La Educación Digital
Antonio M.
Battro y Percival J. Denham
ÍNDICE
Prefacio
I. Una nueva era
• La
globalización, primer signo de cambio
• El
inglés, el nuevo lenguaje planetario
• Un
cambio de escala en la educación
II. La educación y sus circunstancias
•
Educación y empresa
•
Educación y estado
III. El hábito digital
• La nueva
cultura digital
•
Proyectos digitales
• El
tiempo de asimilación
IV. La escuela expandida
• La
educación en un momento crucial
• Una
definición de escuela expandida
• Ayer: el
conocimiento concentrado
• Hoy: el
conocimiento distribuido
• Mañana:
el conocimiento conectado
V. Herramientas nuevas y antiguas
• La tiza
y el pizarrón
• La
Tierra gira
• La vida
minúscula
• El
pupitre y el trabajo
• El jardín
de computadoras
•
Transparencias y cristales
•
Proyectores y proyecciones
• Copias
secas y digitales
VI. La transición digital
• La
capacitación permanente
• El
intercambio cultural
• El
cambio mental
• El
pensamiento crítico
• La
comunicación interna
• Las
aduanas educativas
• La
actualización tecnológica
•
Creatividad y desregulación
VII. Medios y fines
• Los
valores de hoy y de siempre
•
Tecnocentrismo y consumismo
• El
software de dominio público
VIII. La biblioteca digital
• Atomos
versus bits
• El libro
dual
• La
calidad digital
• Leer y
escribir
• Textos e
hipertextos
•
Consultar y navegar
IX. La computadora hogareña
• ¿Un
nuevo mueble o un nuevo instrumento?
• Juegos y
juguetes electrónicos
• Robots
para armar
• La
impresora silenciosa
• La red
comunitaria
X. Los nuevos instrumentos del
pensamiento
•
Procesadores de textos, una nueva forma de escribir
• Un
simpático ratón
• Una
enseñanza más portátil
• Diseños
con computadoras
• El
eslabón de oro de las comunicaciones: el modem
• El
correo electrónico siempre llega a destino
• El fax,
una especie en extinción
• WWW, las
tres letras mágicas
• Bases de
datos confiables y accesibles
• Tablas,
ábacos y planillas de cálculos
• El
scanner, un puente entre dos mundos
• Nuevas
interfaces y viejos teclados
•
Presentadores para llamar la atención
• Los mal
llamados multimedios
• Una
cámara digital sin película
• Los
vídeos digitales en la escuela
• Una
música para todos
XI. Presencia y telepresencia
•
Características de la educación a distancia
• Las tres
generaciones
•
Sincronía y asincronía
• Espacios
de encuentro
• El aula
abierta al mundo
• ¿Cuáles
son su ventajas?
• Los
nuevos nichos educativos
• Un nuevo
tipo de profesor y de alumno
XII. Talento y discapacidad
• El
derecho a comunicarse
• El
obstáculo del teclado
• El
obstáculo de la pantalla
• La
expresión del talento individual
Conclusiones
Este libro se propone presentar un
panorama de la aplicación de las nuevas tecnologías digitales en la educación
de este fin de siglo. En algunos casos hemos identificado aquellas que ya se
emplean con todo éxito, en otros nos encontraremos con promesas a la espera de
confirmación. Haremos, eso sí, lo posible por despertar un "entusiasmo
crítico" para una implementación efectiva y beneficiosa de la mejor
tecnología al servicio de la educación, es decir de la persona humana.
Se trata de un gran desafío pues,
por una parte, la multiplicidad y la complejidad de las nuevas tecnologías
desbordan constantemente los límites tradicionales de las ciencias de la
educación y, por otra, nadie sabe cuáles serán las tecnologías que perdurarán
en la educación del próximo siglo. Un texto de estas características deberá
someterse a revisión en forma periódica por cuanto la explosión tecnológica es
de tal magnitud que muchas innovaciones, que parecían imposibles de aplicar en
el campo de la educación hace pocos años, hoy ya son moneda corriente. Esta
tendencia se extiende a todas las latitudes y, a veces, un producto de alta
tecnología de un país avanzado encuentra una aplicación educativa en un país
periférico antes que en el propio lugar de origen.
Por consiguiente, este libro se
conformará con plantear la situación tal como se presenta hoy al educador
comprometido en la incorporación eficiente de las nuevas tecnologías digitales,
que ya se encuentran disponibles en el mercado y son accesibles para muchos.
Comenzamos este proyecto con su divulgación por Internet, al ofrecer este libro
también en un formato digital en nuestro sitio en la red (www.byd.com.ar) como
ejemplo de una modalidad que se difundirá en muy corto tiempo en el mundo
editorial, el "libro dual", impreso y en red.
En el límite, toda tecnología
puede encontrar una aplicación válida en la educación. De esto se sigue que la
responsabilidad de un "buen uso" de las nuevas herramientas recae
plenamente sobre el educador, los padres y los mismos alumnos. Este buen uso
estará determinado por una correcta adecuación de las nuevas y poderosas tecnologías
al mejoramiento del proceso de aprendizaje. El diseño de las futuras
herramientas tecnológicas para la educación dependerá en gran medida de este
compromiso que el auténtico educador no deberá delegar jamás en la tecnocracia
o en la burocracia, ambas muy proclives a transformar las innovaciones
tecnológicas en fines en sí mismos. El fin de la educación es la formación
integral del ser humano y la tecnología que pasaremos a analizar es un medio
que resultará indispensable para alcanzar esa noble meta.
Una palabra para los lectores
sudamericanos. Este libro es el fruto de más de quince años de trabajo de campo
en la educación digital y por eso, creemos, podrá brindar una ayuda para
nuestros colegas de la región. La mayor parte de las tecnologías digitales que
describimos en este libro han sido ensayadas minuciosamente por nosotros en los
más variados contextos educativos y en diferentes países de América del Sur.
Nuestras evaluaciones, por consiguiente, están basadas en una intensa práctica
cotidiana y nos atrevemos a pensar que podrán ser de utilidad para quienes se
inicien en el mundo digital o deseen continuar su perfeccionamiento en esta
dirección.
Este libro es también el producto
de una colaboración permanente con múltiples equipos de profesionales de
diversas disciplinas. A todos ellos nuestro reconocimiento más sincero y
nuestros deseos de éxito, ya que la semilla sembrada con tanto esfuerzo ha
comenzado a fructificar. A su vez, este punto de apoyo en nuestra experiencia
personal, generacional y regional nos ha servido para procesar una gran
cantidad de información proveniente de los países más avanzados en las nuevas
tecnologías, con los que hemos mantenido estrechos y provechosos contactos
durante estos años.
Agradecemos ante todo a nuestro
amigo Horacio C. Reggini, pionero indiscutible en este campo, quien nos ayudó
en innumerables proyectos digitales desde el comienzo mismo de nuestra
actividad educativa. Uno de nosotros tuvo el privilegio de trabajar con Jean
Piaget en Ginebra en el Centro Internacional de Epistemología Genética, en
variadas oportunidades, desde 1961. Allí conoció a Seymour Papert, cuyas
profecías digitales no sólo se cumplieron sino que permitieron establecer un
nexo fecundo entre las teorías epigenéticas y constructivistas con las
prácticas educativas de la era digital. Tenemos también una gran deuda con
Marvin Minsky y Nicholas Negroponte, del Massachusetts Institute of Technology
quienes han creado un mundo digital más amigable e inteligente y con Steve
Ocko, diseñador inspirado de juguetes digitales. En particular, el notable
libro de Negroponte, Ser digital, se convirtió para nosotros en una guía de
reflexión y en un estímulo para seguir avanzando en el campo de la educación
digital. Una mención muy especial merece nuestra querida colega Lea da Cruz
Fagundes, de la Universidade Federal do Rio Grande do Sul, en Porto Alegre,
quien ha sido capaz de implementar exitosamente muchas de las tecnologías
educativas descriptas en este libro en la inmensa escala geográfica y humana
del Brasil.
Queremos también agradecer a dos
instituciones educativas de Buenos Aires que nos abrieron sus puertas con
generosidad. El Instituto Oral Modelo, que inició, cuando nadie lo hacía en el
mundo, la actividad computacional para discapacitados auditivos y al Colegio
San Martín de Tours de niñas, donde hemos podido aplicar gran parte de las
ideas más avanzadas expuestas en este libro. El apoyo de los profesionales de
estos colegios, de sus autoridades y, sobre todo, la maravillosa colaboración de
sus alumnos y alumnas nos han permitido penetrar en la intimidad del proceso de
aprendizaje y de enseñanza de una nueva generación digital. Pero sería
imposible mencionar a todas las personas que nos han inspirado y ayudado en la
redacción de este libro; la lista ocuparía muchos K de memoria en nuestra
computadora. Han sido numerosos nuestros alumnos y colegas en diversos
laboratorios, colegios y universidades de distintos países, ellos saben cuánto
los recordamos y les agradecemos en estos años de esfuerzos compartidos para
ingresar en una nueva era del conocimiento.
A. M. B y P. J. D
San Isidro y Buenos Aires
Se dice que, hace miles de años,
empezamos a contar con los dedos y que de allí nacieron los números o dígitos,
que eran diez. Hasta que se inventó el 0. Leibniz probó que todos los números
se pueden escribir con sólo dos dígitos, el 1 y el 0. Se inauguró así en el
siglo XVII la "era binaria". Se demostró después que esta
simplificación favorecía el cálculo automático y que las máquinas podían
efectuar cualquier cálculo realizado efectivamente por un calculista humano
(conocido también como "computador"). A estas máquinas se las llamó,
en inglés, digital computers, computadoras o computadores digitales. A los
dígitos binarios 1 y 0 se los bautizó bits, binary digits, que se convirtieron
en los "elementos" de la información. Y comenzó a mediados de este
siglo la "era digital". Las máquinas digitales se revelaron como
"máquinas universales" y pronto desbordaron el cauce numérico de sus
orígenes. No sólo sirven para hacer enormes cálculos a gran velocidad sino que
los mismos dígitos binarios se pueden emplear para representar y para
transmitir toda suerte de información, para procesar textos, imágenes y
sonidos.
Esta prodigiosa versatilidad
digital ha transformado profundamente a la sociedad de este fin de siglo y,
como veremos, ha iniciado una revolución irreversible en la educación.
Especialmente ha invertido el paradigma pedagógico que giraba en torno a la
escuela, centro tradicional de atracción y foco del aprendizaje. La educación
digital ha comenzado a distribuir el conocimiento fuera de la escuela, del
colegio y de la universidad, llevándolo hacia el hogar y el trabajo, gracias al
empleo creciente de la informática y de las telecomunicaciones.
La materia prima de la nueva
educación es el bit por segundo, la cantidad de información por unidad de
tiempo. De allí el programa fascinante de irradiar bits por el mundo. La
educación digital se basa precisamente en esta distribución centrífuga del
conocimiento. El bit es un elemento indestructible, algo así como el gen
hereditario que se transmite intacto de generación en generación. Tiene una
capacidad ilimitada para combinarse con otros bits y puede correr a la
velocidad de la luz por las redes digitales. Los dígitos binarios 1 y 0 bastan
para representar las más variadas formas del mundo continuo y cambiante, del
mundo "analógico" donde vivimos. Ese proceso se llama
"digitalización". Y con la digitalización nada quedará como antes
aunque todavía nos resulte difícil comprender en profundidad el impacto de este
nuevo modo de comunicación y de información, en particular en la educación de
las nuevas generaciones.
El siguiente "experimento
mental" es provocador. Si resucitáramos a un médico que practicaba la
cirugía hace un siglo y lo lleváramos a un quirófano moderno, se encontraría
perdido y ciertamente no podría ejercer su profesión. Por otro lado si
despertáramos a un maestro que ejercía la educación también hace un siglo y lo
invitáramos a una escuela de nuestro barrio, no la encontraría muy cambiada y
seguramente podría dar su clase. Esta comparación (que no es nuestra, sino que
hemos recogido de otros) es irritante, pero cierta. Una interpretación
inmediata es que la educación no ha progresado tanto como las ciencias médicas.
Sin embargo, y este es el mensaje central de este libro, muchos son los
indicios que señalan que la educación está por dar un cambio sustancial en el
umbral del siglo XXI, una transformación como nunca se ha visto. Un cambio
digital.
En realidad asistimos a la agonía
de una forma secular de educar. En todos los niveles de enseñanza, desde el
jardín de infantes hasta los institutos superiores de investigación y
enseñanza, nos encontramos en una fase de transición crítica del sistema
educativo. En este punto, una levísima perturbación de las condiciones
políticas, sociales y económicas puede hacer balancear las instituciones
educativas hacia una regresión irreversible o hacia una nueva etapa
constructiva, colmada de desafíos e interrogantes. Bastaría una onda de
"fundamentalismo" ideológico o de "proteccionismo"
comercial para destruir irremisiblemente a la educación del futuro. Sería
suficiente, en cambio, el impulso de una genuina "desregularización"
de las comunicaciones y de la educación para abrir nuevas oportunidades a la
enseñanza y al aprendizaje de todo tipo y nivel.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo y
cuándo se manifestará en concreto este nuevo mundo de la educación digital,
pero hay, por de pronto, muchos indicios que anuncian el fin irremediable de la
educación tradicional. Todo es cuestión de adelantarse a ese momento, de estar
preparado para ofrecer nuevas soluciones a los nuevos problemas, algo semejante
a lo que sucedió con el derrumbe del muro de Berlín. Personalmente estamos
convencidos de la victoria de la libertad y de la caída de las barreras que
agobian a la educación. Este libro está escrito a partir de este optimismo
crítico. Sería nuestro mayor deseo poder contribuir a desentrañar los signos
premonitorios de este cambio y trazar algunos caminos para el futuro de la
educación. Pero somos conscientes de nuestras limitaciones y no creemos en las
profecías científicas. Lo que sigue es una reflexión sobre lo que se puede
hacer en la práctica para provocar esos cambios digitales que consideramos
deseables.
No quedan dudas sobre el impacto
del fenómeno de la globalización en las relaciones humanas y en las
transacciones de todo tipo, pero debemos reconocer que paradójicamente, hasta
ahora, el principal sector que ha resistido frontal y tenazmente a esta
globalización es la propia educación. No existe una "educación
global", planetaria, en el sentido, por ejemplo, del turismo, que se
encuentra en explosivo crecimiento y moviliza ingentes recursos en todo el
mundo. En lugar de promover esa tendencia centrífuga que será fuente de riqueza
y de bienestar muchos gobernantes y educadores se esfuerzan por defender lo
indefendible. Se aplican tozudamente en proteger su jurisdicción educacional,
con los viejos argumentos nacionalistas, que en este campo, como en tantos
otros, han sido superados por los acontecimientos. Esa actitud localista y
centralizadora está profundamente errada y deberá cambiar. Además, ¿qué mejor
manera de defender una cultura local o nacional que abrirse al mundo y hacerla
conocer a todos?
Lamentablemente, cuando se
proponen modificaciones en los programas de educación para integrar las nuevas
tecnologías digitales sucede que el punto de vista localista es tan arraigado
que estas iniciativas muchas veces sólo sirven para proteger el statu quo, para
hacer más de lo mismo. Se cambia simplemente el "soporte" para que
nada cambie... No se piensa explícitamente en la integración de los conocimientos
dentro de una escuela, entre las mismas escuelas y entre regiones y países.
Pero creemos que en el futuro será
imprescindible que todas nuestras acciones educativas estén diseñadas para que
también tengan sentido fuera de nuestro circuito local. Son todavía pocos los
que se atreven a impulsar la idea de convertir a la educación en una empresa
cultural de carácter global, integrada regional e internacionalmente, en una
genuina actividad "globalizada". En tal sentido, es bien conocido el
aporte de la escuela piagetiana en el reconocimiento de los procesos de
"descentración" y de "co-operación" en la constitución del
conocimiento. Piaget decía que "es imposible en cualquier nivel separar al
objeto del sujeto. Sólo existen las relaciones entre ambos, pero estas relaciones
pueden estar más o menos centradas o descentradas y el pasaje de la
subjetividad a la objetividad consiste precisamente en esta inversión de
sentido". Por esta razón, tomar en cuenta el punto de vista del otro es
una condición de crecimiento y de desarrollo personal. Comunicarse, además, con
personas de otros ambientes y culturas es potenciar la solidaridad social y el
talento individual.
A pesar de algunas iniciativas
promisorias como las asociaciones internacionales de colegios universitarios
que incluyen un intercambio permanente de alumnos y profesores, o los sistemas
de reconocimiento de cursos superiores entre países, como sucede en algunos
programas universitarios dentro de la comunidad europea, poco se hace aún para
la integración sistemática de la enseñanza a nivel regional o mundial. Las
becas y subsidios de viajes demuestran la conveniencia de "sacar" a
un individuo de su medio habitual para su progreso personal y el de toda la
comunidad. Es cierto que hay miles de becarios dando vueltas por el mundo, pero
son legión los que deciden quedarse en los centros de mayor atracción cultural.
En tales casos fracasa el propósito de "intercambio educativo", la
necesidad imperiosa de establecer una doble vía de comunicación. Creemos que,
frente a esta situación, la educación digital inventará nuevos caminos para
mantener en contacto a los estudiantes y profesores a través de las distancias
y acercará más a todos.
En efecto, sabemos que las nuevas
redes digitales podrán revertir algún día ese proceso de dispersión y
despilfarro de recursos. Por el momento, las comunicaciones educativas son
extremadamente restringidas y no se pueden comparar a ningún sistema exitoso en
vigencia en otros ámbitos. Consultemos simplemente la información on line para
las reservas de vuelos aéreos o los sistemas bancarios. ¿Acaso hay algo
parecido en educación? Este es el drama actual: no hay suficiente conciencia
del inaceptable atraso en el tema de las comunicaciones en educación. Pero el
destino de la educación dependerá, en gran medida, de la libertad para aprender
y enseñar que nos otorgarán las comunicaciones por encima de todas las
fronteras físicas y mentales.
La difusión del inglés como lengua
universal es un claro signo cultural de la globalización de este fin de siglo,
pero la enseñanza del inglés como segunda lengua en la escuela tradicional deja
mucho que desear en todas partes del mundo. No se ha tomado suficiente
conciencia del atraso que significa para la globalización el no poder
comunicarse en inglés. Una vez más la educación mira hacia otro lado en lugar
de movilizar suficientes recursos materiales y humanos para resolver un
problema tan serio y urgente.
Mucho se podría avanzar en el
aprendizaje de cualquier idioma extranjero, por ejemplo, con un fácil acceso a
videoconferencias y a Internet desde el colegio y desde las propias casas.
Lamentablemente todavía las comunicaciones tienen un costo demasiado alto
¡Nadie aprendería su propia lengua si fuera necesario pagar las horas de
comunicación verbal con la tarifa vigente en las compañías de
telecomunicaciones, cuanto más para aprender una segunda lengua! Pero esta
situación no podrá continuar por mucho tiempo debido al crecimiento de los
vínculos digitales entre las personas y a la eliminación de los monopolios
estatales y privados. En esta tendencia hacia la desregulación vemos una luz de
esperanza para una educación globalizada.
El acceso masivo a la educación es
un fenómeno social prodigioso en sí mismo pero que no asegura la calidad de esa
educación. ¿Cómo hacer para mantener la calidad de la enseñanza frente a la
avalancha de candidatos, al desborde de las exigencias laborales y a la presión
social? Nadie sabe a ciencia cierta cómo proceder con sensatez en este campo,
pero nada impide que en algún punto se combinen la cantidad y la calidad bajo
nuevas formas difíciles de imaginar aún.
Sabemos que la educación es un
servicio cuya demanda crece en forma rápida. Es el momento de generar nuevos
"empresarios de la educación" para que procedan a derribar las
murallas que siguen aislando a las diferentes comunidades educativas del mundo
y, de esa forma, se aprovechen mejor tantos talentos dispersos. Podemos
imaginar, tal vez, un nuevo tipo de empresa educativa globalizada pero nos
oponemos frontalmente a la idea de convertir a la educación en una mera
subsidiaria de las empresas de medios y comunicaciones. Lo que se necesita es
gente de la educación con genuina capacidad empresaria. No empresarios que
pretendan hacer educación de cualquier manera.
Debemos reconocer que la
introducción masiva de las nuevas tecnologías digitales no ha cambiado
demasiado la intimidad del proceso educativo aunque en muchos países, incluido
el nuestro, el número de computadoras en las casas supera al que se encuentra
en las escuelas. Es un buen comienzo para lanzar a funcionar una educación
globalizada. ¿Quién hubiera imaginado esta distribución de computadoras hace
sólo una década? Pero aquí subsiste un problema grave y difícil de resolver:
las computadoras en las casas no siempre tienen usos educativos interesantes y
raramente están conectadas con la escuela. Una vez más corremos el riesgo de
quedarnos en la superficie de las estadísticas en lugar de evaluar la profundidad
de los cambios educativos deseables.
En las escuelas más afortunadas
"cuando se dupliquen los alumnos se duplicarán las máquinas" pero los
niños siguen aprendiendo como antes y los adultos enseñan esencialmente de la
misma manera ¡con computadoras o sin ellas! Es como si se evaluara una sociedad
por el número de personas que saben conducir un automóvil, lo que no nos dice
mucho sobre la conducta al volante ni menos sobre la calidad de vida del mundo
motorizado. Por ejemplo: cuando se empezó a "informatizar" el sistema
educativo, algunos comprobamos que no tenía sentido seguir aumentando
ciegamente el número de equipos en la escuela y que era menester recurrir a las
computadoras existentes en las casas. Para ello implementamos algo nuevo, la red
digital, algo casi subversivo para el carácter tradicionalmente centrípeto de
la escuela, cuya regla es que el alumno "debe aprender en el aula".
Una red de computadoras, por el contrario centrifuga las ideas, las mezcla, las
hace correr por caminos raramente transitados, permite que "la escuela
vaya al alumno". No es fácil, como se comprende, implementar una propuesta
que corre en sentido exactamente opuesto a la modalidad fuertemente
centralizada por siglos de educación presencial, pero las ventajas están a la
vista. Ahora podemos exigir una enseñanza distribuida, antes estábamos
obligados a un aprendizaje concentrado.
Piaget solía citar la frase del
físico Ch. E. Guye que decía "la escala crea el fenómeno". En efecto,
debemos saber que el cambio de escala provoca fenómenos nuevos tanto en la
materia como en la mente, donde el cambio de magnitud genera con frecuencia una
"catástrofe cognitiva" a la manera de René Thom. Esto significa que
lo que es perfectamente válido en una escala deja de serlo en otra, lo que no
excluye que la transición pueda ser también una catástrofe feliz. El cambio de
escala en la educación obliga a un cambio de actitud frente a las
comunicaciones. Por eso es triste comprobar que frecuentemente se alientan
vanas esperanzas dentro del ámbito escolar y se hace alarde de disponer de
recursos maravillosos que en la práctica no son tales pues están limitados a
unos pocos accesos a la red digital y a un altísimo costo operativo. Es mejor
comenzar más modestamente despertando el interés real por las redes internas de
la escuela, de costo cero, siguiendo con las comunicaciones locales a las casas
hasta poder llegar al mundo de Internet, con millones de usuarios en una red
planetaria que se expande a pasos exponenciales. Estos cambios de escala son muy
difíciles de captar. ¿Quién puede honestamente imaginar una red internacional
de un millón de escolares si ya aparecen problemas absolutamente nuevos con
redes internas de pocos cientos de alumnos? ¿Cómo se podría usar esta red
colosal de manera sensata, creativa y digna?
La tendencia docente más difundida
es la de defender sistemas de comunicación "controlables". Las
consecuencias educativas de esta inercia mental son graves. Se sigue enseñando
lo mismo, con redes o sin ellas, cuando todo obligaría a inventar, en la nueva
escala global de las comunicaciones, temas que son imposibles de imaginar y
realizar en el nivel local. Para ello es menester prepararse en forma
escalonada, probando y corrigiendo continuamente hasta dominar la escala en que
uno se encuentra. Eso llevará años. Se trata de una nueva frontera: conquistar
progresivamente nuevas escalas de conectividad e interactividad. Esa será la
manera más apropiada de entrar en la nueva era digital.
En lo que nos atañe hay una
evidente correlación entre la marginalidad social y las carencias educativas.
Hoy más que nunca se cuestiona la enseñanza tradicional que en muchos casos se
ha vuelto "reaccionaria". Percibimos que se mantiene un desfasaje
creciente entre la acelerada transformación de la sociedad, la cultura, la
política, la economía y la producción frente a los conocimientos y valores
impartidos en el aula. En efecto, nadie puede negar que es difícil mantener a
los docentes actualizados en los temas más relevantes o interesar a los alumnos
en tareas que tienen poca vigencia en la vida cotidiana y en el trabajo.
Además, como las empresas exigen un personal cada vez mejor capacitado, los
responsables en recursos humanos deben luchar constantemente contra las fallas
sensibles en la educación de quienes ingresan y también contra la insuficiente
capacitación recibida en el propio trabajo.
La visión
"eficientista", ahora de moda, que pretende imponer una educación
dirigida principalmente a la producción, tiene también serias limitaciones.
Nosotros no la compartimos tal como muchas veces se la presenta. Mantenemos que
la educación va mucho más allá de la adquisición de una habilidad, de un know
how particular. La educación es en realidad la adquisición de una "segunda
naturaleza", de un hábito mental, como decían los antiguos maestros, que
impregna toda la conducta y todo el saber. El hábito de aprender es lo que
distingue al hombre civilizado. Pero debemos reconocer que los cambios globales
de la última década han sido tan prodigiosos que la enseñanza formal no ha
logrado todavía incorporarlos con acierto.
Entraremos con nuevos hábitos,
buenos y malos, en la educación del tercer milenio. A nuestro entender esto es
evidente en la incomprensible marginación de la educación respecto de las tres
actividades de mayor crecimiento del mundo, la llamada triple T de las
telecomunicaciones, turismo y transporte. Las escuelas siguen considerando a
las telecomunicaciones como un gasto y no como una inversión esencial. La
educación a distancia y la presencial continúan en pugna en lugar de
complementarse. En cuanto al turismo son contadas las iniciativas educativas
valiosas y sistemáticas al respecto. En general se reducen a viajes escolares
de fin de curso, sin llegar a crear un ambiente propicio para la instrucción in
situ, fuera de los muros de la escuela. Pero nadie negaría, por ejemplo, que la
mejor manera de aprender un idioma es vivir en el lugar donde se lo habla.
Finalmente, las nuevas tecnologías de la construcción permiten crear escuelas,
talleres y laboratorios móviles, estructuras funcionales más abiertas y
flexibles, bien equipadas y transportables, y no fijas y cerradas entre paredes
de ladrillo. ¿Veremos tal vez algún día aparecer un "campamento
educativo" de nuevo estilo, perfectamente equipado y conectado por red?
Reconocemos que el sistema
educativo tradicional se encuentra muchas veces separado del resto de la
sociedad y que ésta, incluso, la percibe a menudo, y paradójicamente, como una
rémora, un obstáculo para su desarrollo. Lo repetimos, las instituciones
educativas como tales, son las más reacias a la globalización. Pero aquellas
que no se abran al mundo real, que no cambien radicalmente en su modo de
enseñar a las nuevas generaciones que vivirán en el siglo XXI, serán eliminadas
por la misma sociedad, como está sucediendo con industrias y servicios
obsoletos. La educación deberá abandonar definitivamente el aislacionismo en el
que se ha enquistado, renunciar a privilegios anacrónicos e integrarse
debidamente en la sociedad abierta.
Pensamos que en este proceso de
globalización de la educación las empresas jugarán un papel protagónico cada
día más importante. En efecto, las empresas (exitosas) saben adaptarse a los
cambios del mercado con mucha rapidez; la educación no siempre sabe hacerlo, es
lenta y muchas veces reacciona tarde a los cambios. Las mejores empresas
conocen muy bien la relación costo/ beneficio y hacen lo posible para mejorar
su producto final, procuran una calidad total, corrigen sobre la marcha y no
esperan un examen final para rechazar un producto. En la educación estas ideas
(en la jerga empresaria lean production) parecen extrañas, aunque algunos
pioneros han comenzado a aplicarlas. Tampoco se penaliza una "mala práctica"
en la enseñanza como en la medicina o en la ingeniería. Los responsables no
están habituados a dar cuenta satisfactoria de los resultados estrictamente
educativos de los ingentes recursos utilizados en la formación (demasiado
prolongada a veces) de los alumnos, como es la obligación de las empresas
frente a sus accionistas. Por eso deben ser bien recibidas las evaluaciones
externas y auditorías educativas que comienzan a aplicarse en algunos lugares.
Por otra parte, la práctica
empresaria puede ser estimulada en el colegio, como se hace a veces con gran
éxito en iniciativas comerciales dirigidas por grupos de alumnos (tipo Junior
Achievement). A su vez, como contrapartida, las propias empresas deberán
convertirse en centros educativos permanentes. Felizmente, son cada vez más
numerosas las empresas comprometidas con la educación de su personal. Por ahora
se la llama "capacitación", para diferenciarla de la educación
formal, pero pronto descubriremos que estamos hablando del mismo proceso educativo.
En efecto, muchas empresas tienen vínculos con universidades, algunas con
establecimientos secundarios y técnicos (pero muy pocas con el nivel primario).
La pregunta es: ¿por qué siguen tan desconectados aún el mundo del trabajo y el
mundo de la educación? Y sus derivadas: ¿no podrían ambos interactuar mejor y
complementarse? ¿qué diferencia hay, realmente, entre aprender y trabajar? ¿se
puede aprender sin trabajar? o ¿se puede trabajar sin aprender?
En esta transición hacia una
globalización de la educación el Estado deberá cambiar su orientación. Es de la
mayor urgencia, en efecto, otorgar la mayor libertad posible a los sistemas
educativos nacionales para que encuentren su propio camino y estimular en todos
los casos la competencia internacional. Los países empezarán tarde o temprano a
"vender y a comprar educación". Ya lo hacen indirectamente a través
de los medios masivos de comunicación, pero el intercambio se hará más genuino
y efectivo con los servicios sin fronteras de una educación digital. Veremos
fructificar en los próximos años este nuevo tipo de servicios educativos
internacionales de una manera espectacular. Los países que se nieguen a abrir
sus fronteras a este nuevo intercambio de ideas y de conocimientos se
retrasarán inexorablemente. El Estado deberá garantizar y alentar este derecho
de sus ciudadanos de transitar sin problemas por los nuevos territorios del
mundo digital.
En suma, con el correr del tiempo,
de la misma manera que la televisión libre se infiltra hasta en los países más
totalitarios, así la educación más avanzada podrá penetrar en todas las
regiones del globo siguiendo, entre otros medios, los caminos de las
telecomunicaciones, el turismo y el transporte. De esta manera, disminuirá la
imposición de horarios y lugares de encuentro y cada persona o grupo podrá
optar por los cursos que más le convengan. La libertad de aprender y enseñar
deberá ser preservada en su total integridad, como lo garantizan pero no
siempre practican, las constituciones de los países modernos.
De esta manera desaparecerán
progresivamente los territorios "cautivos" dentro del mapa de la
educación, los alumnos y sus familias buscarán maestros y docentes en toda la
red mundial de educación y elegirán a los que mejor respondan a sus reclamos y
necesidades (¿y viceversa?). Los programas vigentes en una localidad serán
sencillamente ignorados si no satisfacen las exigencias familiares y el apetito
intelectual del alumno. Y, lo que es más serio, nadie ni nada lo podrá impedir.
Muchos que hoy dedican su tiempo a crear programas educativos municipales,
provinciales, nacionales, o internacionales, creyendo que pueden controlar los
contenidos del aprendizaje hasta en su últimos detalles, serán superados por
los acontecimientos en una educación global.
No habrá lugar en el mundo
globalizado para un "pensamiento único" en la educación, para un
programa dictado por los ministerios, para un currículum impuesto por una
determinada doctrina educativa. La nueva sociedad del conocimiento pasará por encima
de todas estas barreras, será una sociedad digital, mundial y libre. Hay
razones para creer que no postulamos una utopía. Habrá que prepararse para
ello, pero pocos son los que han tomado conciencia de que el muro de Berlín de
la educación, que mantiene aislado a los Estados y a las personas, ya se ha
derrumbado...
Los antiguos filósofos decían que
el hábito es una "segunda naturaleza". Eso significa que la
naturaleza del hombre se enriquece (o empobrece), se perfecciona (o se denigra)
con el hábito. Hay buenos y malos hábitos. Esta concepción, ligada a la noción
de "virtud" tuvo, en su tiempo, importantes consecuencias prácticas
en las costumbres y también en la moral, en la educación e incluso en la
política. Actualmente el concepto de hábito ha pasado a segundo plano, tanto en
la teoría como en la práctica, especialmente entre los educadores, pero
merecería mayor atención.
En realidad podríamos decir que
todo el proceso de la educación se basa en la creación de "nuevos
hábitos". Recientemente las ciencias contemporáneas han venido al rescate
de esta noción casi olvidada pero tan necesaria. Las ciencias cognitivas, la
etología, las neurociencias, todas ellas investigan la adquisición de hábitos,
su mantenimiento y su pérdida. Desde las conductas innatas, genéticamente
programadas, hasta las más libres creaciones del espíritu humano, pasando por
los reflejos elementales y los mecanismos neurofisiológicos de la
"habituación" y adaptación, podemos decir que el aprendizaje humano se
basa en la incesante construcción de nuevos hábitos. Jerome Bruner, el
distinguido psicólogo y educador norteamericano ha llegado a afirmar que
"el conocimiento sólo sirve cuando se convierte en hábito".
En algunos casos, como el que nos
ocupa, el hábito está ligado a la irrupción masiva de una nueva tecnología en
la sociedad humana. El automóvil, el teléfono, la radio, la televisión han
creado nuevos hábitos en el mundo entero. También la informática ha modificado
drásticamente los comportamientos sociales en los más variados campos en este
fin de siglo. Sólo la educación, curiosamente, parecería inmune a esa
transformación. No existe todavía un buen "hábito digital" de
carácter educativo que pueda competir con otros que no lo son, como el
"zapping" televisivo o los juegos de vídeo.
¿Pero cómo se forma este hábito
digital? En primer lugar, la familiaridad con las computadoras y las
comunicaciones para aprender y enseñar es todavía escasa. En efecto, la
organización típica de una escuela (mal) llamada "informatizada"
consiste en la existencia de un mundo aparte donde se "hace
computación", con horarios rígidos y espaciados. Pero este ejercicio no
influye, como debería hacerlo, en la intimidad de la educación. La prueba es
que si quitásemos el pizarrón de un aula de esa escuela la maestra no podría
dar clase, si en cambio elimináramos de un día para otro todas las
computadoras, ¡las clases se seguirían dando sin problemas! (pero no así la
facturación del colegio). En realidad, a pesar de tantos esfuerzos la
computadora no se ha incorporado plenamente a la educación moderna. Aún no ha
sido debidamente domesticada. Para muchos es apenas un instrumento que conviene
tener por imposición social y/o programática. Ciertamente no ha logrado
renovar, hasta hoy, los viejos hábitos de la enseñanza y del aprendizaje
heredados del siglo pasado como las actividades presenciales, las clases
magistrales, los exámenes.
Una forma práctica de generar
hábitos digitales es la exposición continuada y sin restricciones a un ambiente
informatizado. Así como la mejor manera de aprender una lengua es vivir en una
comunidad donde se habla ese idioma, para adquirir el "idioma
digital" es preciso vivir en un "hábitat digital". En general,
son pocos los docentes que concurren voluntariamente a cursos de computación.
Cuando lo hacen están sometidos a las mismas pautas restrictivas de sus
alumnos, horarios reducidos y poca disponibilidad de máquinas. Es absolutamente
necesario romper este molde rígido y abrir las nuevas tecnologías a todos,
docentes y alumnos por igual. Para lograrlo no hay nada mejor que crear un
ambiente donde los docentes tengan posibilidad de capacitarse, es decir de
adquirir nuevos hábitos digitales en forma libre dentro del colegio o en su
casa. Es preciso crear "el aula que faltaba" para ellos, con las
mayores comodidades y el mejor equipamiento, sin limitación de horario. Nuestra
experiencia en el Colegio San Martín de Tours de Buenos Aires resultó
alentadora. Cuando comenzamos nuestro asesoramiento nos encontramos con una instrucción
informática tradicional a cargo de un pequeño grupo de expertos, en un aula
cerrada. Propusimos abrir el juego y ofrecer cursos de computación a todos los
docentes que quisieran capacitarse. Poco a poco la situación fue cambiando y
ahora el colegio, al cabo de dos años, ha logrado incorporar a todos los
docentes y directivos al mundo digital. El colegio cuenta con más de cien
docentes capacitados en comunicaciones e informática frente al puñado de
expertos en computación del comienzo. La capacitación de los adultos no fue
fácil, no todos estaban convencidos de la necesidad de hacerlo, pero
revolucionó profundamente el colegio. El aula cerrada con llave se desintegró y
las computadoras en red comenzaron a poblar los patios y pasillos de toda la
institución. Todos, administrativos, docentes y alumnas, se beneficiaron al
poder trabajar en total libertad con las mejores herramientas informáticas.
Esta experiencia señala que, en
lugar de restringir el uso de las pocas computadoras de la sala de informática
a las contadas "horas de computación", es imprescindible ofrecer a
toda la comunidad escolar un acceso libre a las máquinas, en todo momento y en
todo lugar. Esto significa que las computadoras deberán estar conectadas en red
dentro de la institución, y de esa manera, dejarán de ser computadoras
"personales" para transformarse en computadoras
"interpersonales", distribuidas por todo el colegio, pasillos, aulas,
bibliotecas, patios. El hábito digital se adquiere rápidamente cuando el usuario
puede sentarse ante cualquier equipo, en todo momento y en cualquier lugar de
la escuela y apropiarse enteramente del instrumento. Esta ubicuidad de las
máquinas es una propiedad digital por excelencia, todas las computadoras están
conectadas entre sí y conmigo mismo en todo momento y lugar; están a mi
disposición y no a la inversa, como sucede en la inmensa mayoría de las
escuelas.
Pero la familiaridad no se limita
de hecho a la escuela sino que se extiende al hogar. El concepto de
"escuela expandida" no es más que la prolongación de la educación en
el hogar y en la sociedad. Lamentablemente, los educadores no son líderes
genuinos del cambio tecnológico y la mayoría sigue pasivamente las ondas del
mercado y de las modas; todavía no todos han adquirido ni reconocen las ventajas
del hábito digital en su propia vida personal. Por eso sustentan, en el mejor
de los casos, la idea errónea de que sólo el aumento del número de computadoras
"en la escuela" podrá hacer avanzar la educación. No se ha tomado
conciencia suficiente del formidable recurso existente en los hogares. Una
rápida encuesta bastará, sin embargo, para comprobar la riqueza en
equipamientos informáticos instalados en el hogar frente a la escasez crónica
en la escuela.
Lo que nos preocupa es comprobar
que esta enorme riqueza en talento humano y en equipamientos informáticos está
desperdiciada para la educación por la sencilla razón de que el hogar no está
conectado digitalmente con la escuela. Aquí habrá que impulsar por todos los
medios un cambio profundo en conectividad. Lo primero es conectar en red las
casas de docentes y alumnos con la escuela si queremos establecer un hábito
digital acorde con las necesidades de la globalización moderna. En efecto, en
la casa, la computadora familiar es el instrumento de todos, niños y adultos
por igual. La conectividad, por otra parte, ha comenzado ya con el uso de
Internet en el hogar y su crecimiento prodigioso es un tema en sí mismo. ¡Pero
la escuela sigue desconectada de la casa! Esta es una asignatura pendiente.
Debemos crear una verdadera escuela expandida, ya que esta conexión digital
entre la casa y la escuela será el sustento de la nueva educación.
Pero si la familiaridad con la
computadora es condición necesaria para establecer el hábito digital, debemos
reconocer que no es suficiente. El uso de la computadora debe tener un
significado personal para el usuario. Muchas veces las computadoras están
instaladas pero nadie las usa con regularidad ni con provecho. Una prueba
infalible es verificar si la computadora está encendida en el escritorio de un
directivo o en la sala de docentes. Otra prueba es calcular el número de
documentos impresos en papel en un establecimiento educativo. Mientras la
computadora se use simplemente como máquina de escribir la institución seguirá
inundada de papeles, memos, tareas para corregir, listas, avisos, etcétera Pero
la prueba decisiva está en el aula. El ideal para muchos docentes, mal llamados
"informatizados", sería contar con una computadora al frente de la
sala para controlar la actividad computacional de cada uno de sus alumnos en
sus bancos. Es sumamente difícil romper este esquema verticalista, la
irradiación de conocimientos desde una fuente única hacia los receptores más o
menos bobos de la información.
Nuestro desafío educativo se basa,
por el contrario, en superar este modelo centralizado y otorgar la máxima
confianza a la inteligencia distribuida en forma horizontal, entre pares. El
docente aprenderá a exigir los trabajos prácticos en forma digital a través de
la red, la evaluación on line cotidiana de todas las tareas reemplazará al
examen final, y todos se encontrarán comunicados con la mayor libertad de
consultar, de preguntar, equivocarse y crear. En las escuelas donde esta
práctica digital ya ha comenzado, los cambios favorables se suceden a velocidad
vertiginosa. Podemos dar testimonio personal de ello.
En la práctica, este camino hacia
una mayor unión de la sociedad humana exige un cambio de cultura, comenzando
por un profundo cambio de hábitos de trabajo en la vida cotidiana. Y esto
supone un entrenamiento particular que no es fácil pero merece ser ensayado ya
que sus ventajas son evidentes. Por de pronto ayuda a nivelar los tiempos de
ocio y de estudio. Disminuye el estrés del cambio. Por ejemplo, salir o volver
de vacaciones no significará un salto tan brusco de actividad para los alumnos
y profesores. Desaparecerán tanto la urgencia de "dejar todo listo"
al partir, como la montaña de tareas al regreso y las decisiones en lista de
espera. El "escalón" de las vacaciones se hará menos abrupto, más
gentil y podríamos llegar de esta manera a una mayor armonía personal. Este
aspecto primará en la educación a distancia, que no se suspenderá jamás por
vacaciones. Siempre encontraremos alguien en red con nosotros para aprender y
para enseñar, en todo momento. Pero el hecho de estar siempre conectado, de
estar siempre en red, no significa estar atado a una tarea sino todo lo
contrario, crea una sensación de enorme libertad, que podemos ejercer en
cualquier momento y lugar.
Nos atrevemos a pensar que no
siempre se descansa cuando uno se "desconecta". Estos nuevos hábitos
digitales de estudio comenzarán a desarrollarse en la escuela y continuarán
perfeccionándose durante toda la vida bajo la forma de una capacitación
permanente. El cambio será muy profundo y tendrá consecuencias insospechadas
para la educación en su conjunto, para la sociedad global y para cada uno de
nosotros. Lo que se protegerá es el verdadero descanso, absolutamente necesario
para el equilibrio físico y espiritual de las personas cuando el trabajo o el
estudio transiten con mayor facilidad por las redes digitales. Estos tiempos de
descanso y de trabajo no obedecerán más a un rígido cronograma burocrático,
estarán regulados por nuestro propio reloj interno.
Un consejo elemental: hay que
practicar el ejercicio de eliminar, dentro de lo posible, el documento en
papel. Eso lleva tiempo, pues hemos acumulado siglos de una cultura de la
impresión sobre papel, montañas de documentos públicos y privados. Ahora
sabemos que el papel es caro y se deteriora, que los libros, diarios y revistas
no se pueden conservar por largo tiempo, que es preciso encontrar soportes más
ecológicos, duraderos y flexibles para su consulta. La respuesta, una vez más,
es la digitalización: el bit es incorruptible. Así lo han entendido
perfectamente muchos documentalistas y bibliotecarios pero pocos educadores.
Al comienzo se dan situaciones
híbridas, a saber, la coexistencia de textos impresos y textos digitalizados,
como cuando un arquitecto despliega un plano sobre papel que ha sido generado
por computadora y que podría consultarse directamente desde la máquina. Pero
con el tiempo será posible adquirir el hábito de comunicarse sin papeles.
Incluso el fax de papel resulta obsoleto frente al modem/fax que permite enviar
y recibir mensajes directamente desde la computadora.
Una vez establecida la red entre
los alumnos y sus profesores, las cosas empiezan a marchar a otro ritmo. Uno de
los beneficios inmediatos es que disminuye la acumulación de tareas. Comenzamos
a resolver los problemas sin agobiarnos porque el trabajo no se acumula, se
procesa por partes. En la red digital vivimos "conectados", estamos
siempre on line, es decir integramos un sistema de comunicación permanentemente
abierto. Con esta enorme ventaja: los mensajes digitales no interfieren con el
descanso ni con el trabajo. El destinatario los consultará en el momento más
adecuado. Pero la respuesta también puede ser inmediata, si fuera necesario,
cuando los interlocutores resuelven encontrarse simultáneamente en línea. Es
difícil transmitir el valor de esta experiencia dialogal y digital a distancia.
Este libro ha sido escrito de esta
manera y en muchas ocasiones fue procesado durante todo el día y casi toda la
noche. Uno de nosotros es búho (prefiere trabajar de noche) el otro alondra
(prefiere la madrugada). Este diálogo electrónico no es simplemente una
conversación telefónica entre amigos o un intercambio entre autores que
comparten muchas ideas. Se trata de un nuevo género de presencia virtual entre
interlocutores distantes cuyos mensajes perduran y adquieren como una vida
propia. Nuestro libro se fue armando lentamente, al correr de los meses. Nunca
desapareció en un cajón, siempre "estaba allí", on line, a nuestra
disposición en el espacio digital. Hicimos en total cientos de versiones, con
la mayor tranquilidad, sin apuro. Tal vez el resultado no revele
suficientemente esta persistente y minuciosa tarea, tejida sin prisa ni pausa.
Pero al hacerlo de esta manera experimentamos cómo se desenvuelve un proyecto
en el "tiempo digital".
En nuestra experiencia educativa,
donde hemos procesado miles de mensajes electrónicos, observamos que lo primero
que mejora es la relación afectiva entre las personas. Esto se debe, como
dijimos, a que el diálogo digital no es invasor, no interrumpe una actividad
sino que la enriquece. Es curioso, pero el primer dato objetivo en el trabajo
digital a distancia es la disminución significativa de los llamados telefónicos.
En las instituciones educativas el tema del teléfono es muy serio. Todos
sabemos que el uso convencional del teléfono puede llegar a ser alienante ya
que el interlocutor queda siempre "expuesto". En cambio, en una
comunidad conectada por redes digitales la comunicación telefónica se reduce
progresivamente a determinados temas coyunturales mientras que las
informaciones más sustanciales transitan entre las personas, pero sólo a través
de las computadoras, que obran como un filtro y disminuyen los roces. Además,
queda un registro digital en la memoria de la computadora, lo que asegura el
seguimiento de cada tema, la privacidad absoluta de los documentos y memos, su
consulta rápida, etcétera. Todo ello incita a una actividad más profesional.
En el sistema educativo, lo hemos
comprobado muchas veces, los primeros beneficiados por esta nueva cultura son
los administradores y directivos. Inmediatamente después comienzan a intervenir
los docentes y el círculo se completa cuando ingresan los alumnos, cientos o
miles, a la red. Entonces podemos asistir a un fenómeno nunca visto antes en el
colegio. Se abre un inmenso abanico de intereses, de cuestiones, de propuestas.
Muchas de ellas se expresan por primera vez en público, se presentan en
sociedad, se someten a crítica. El comienzo puede ser algo caótico y es preciso
que haya docentes con sentido común para orientar (sin censurar) este intenso
tráfico de ideas y anuncios. Se plantea inmediatamente la responsabilidad de
guiar a los jóvenes usuarios por el camino del respeto mutuo, lo que exige
crear también una "etiqueta" digital que elimine la necesidad de una
"policía de bits" como dice Negroponte. La tarea no es fácil ni
inmediata, pero si la escuela digital sigue un desarrollo normal, al cabo de un
tiempo (¿un año?), los mensajes toman un nuevo estilo, disminuyen las
trivialidades y aumenta la participación constructiva de todos, alumnos y
docentes por igual.
En segundo lugar, en contra de lo
que puedan imaginar algunos, la escuela digital enriquece notablemente la
calidad del encuentro personal, cara a cara, entre el profesor y su alumno, que
es la base de toda educación. En efecto, cuando se ha preparado el encuentro
con un intercambio digital previo, detallado e interactivo, el diálogo personal
en el aula, en el taller o en el laboratorio se establece sobre un fundamento
más firme y sustancial. Más aún, se elimina de esta forma la imposición de
muchos traslados inútiles para seguir un curso y se aprovechan mejor las
reuniones realmente indispensables. La agenda educativa cambiará
sustancialmente cuando disminuyamos la redundancia en nuestra actividad de
aprender y de enseñar. Nos reuniremos para celebrar el encuentro más que para
pasarnos información. De esa manera evitaremos el mal endémico de la
"reunionitis". La escuela digital será esencialmente un lugar para el
encuentro, pero un encuentro abierto al mundo.
Para crear un hábito es preciso
tiempo. Ese tiempo no puede reducirse a voluntad, es inelástico. Está ligado a
la capacidad que poseen los esquemas mentales para "asimilar" la
novedad. Este tema ha constituido la principal preocupación de un psicólogo
como Jean Piaget. De alguna manera la constitución de nuevos hábitos digitales
depende del desarrollo de nuevos esquemas mentales. Este desarrollo no se
improvisa ni se impone desde el exterior. Exige una esforzada adaptación a las
nuevas características del ambiente digital. Hemos mencionado la exigencia
temporal, donde percibimos etapas claramente diferenciadas. Las primeras horas
sirven sólo para acceder a los instrumentos (generalmente unas 10 horas son
suficientes), después viene un período de aprendizaje (unas 100 horas) y
finalmente una larga etapa de práctica. Sólo al superar las 1000 horas podemos
afirmar que el usuario ha incorporado (asimilado) un nuevo hábito digital en su
vida de estudio y de trabajo. Esta sucesión temporal de carácter logarítmico
posiblemente esté relacionada con la creación de nuevos circuitos cerebrales en
las diferentes etapas de asimilación de un hábito cognitivo. Sobre el tema hay
mucho que investigar todavía, pero todo nos induce a pensar que se trata de un
proceso interno de asimilación constructiva más que de una
"impregnación" pasiva del ambiente externo. Por eso debemos dar
tiempo suficiente al docente y alentarlo para que incorpore estos nuevos usos
de las herramientas digitales en su vida. El alumno lo hará naturalmente en el
largo proceso de aprendizaje que asegura la escuela.
Uno de los hechos novedosos que
aporta la educación digital es que los alumnos aprenden o usan la tecnología
más rápidamente que sus maestros. Cualquier intento de revertir esta situación,
obligando a "marcar el paso", será inútil y contraproducente. Muchas
veces los docentes repiten la misma lección año tras año mientras que sus
alumnos se han adelantado al programa debido a que acceden con extrema
facilidad a la información digital más actualizada. Para el docente el gran
desafío de la educación digital implica "enseñar mientras se
aprende", o sea: aprender con sus alumnos y de ellos.
Todavía nadie, debemos reconocer,
se ha atrevido a crear una escuela predominantemente digital, donde el alumno
desde su primer día de clase contara con todos los elementos necesarios para
crear un hábito digital sin pasar por otros intermediarios. Por ejemplo, no se
ha estudiado aún el proceso de adquisición de la escritura con niños que usaran
"exclusivamente" computadoras frente a otros que siguieran el método
tradicional de alfabetización. Una larga experiencia con la alfabetización digital
nos inclina a pensar que este método sería significativamente más productivo y
rápido que el tradicional. Pero el mero intento de enseñar a escribir a un niño
pequeño pulsando las teclas de una computadora en lugar de dibujar las letras
con lápices en un papel, representaría para muchos, el equivalente de un
"experimento prohibido". Sin embargo creemos que esta prohibición es
simplemente un tabú irracional, imposible de justificar. Algún día, no muy
lejano, los niños llevarán a la escuela una computadora liviana como una nueva
caja de útiles para aprender a escribir. Pero muchos ya habrán aprendido a
hacerlo desde sus casas gracias a las máquinas de sus hermanos o amigos.
Esta resistencia al cambio digital
es pertinaz. Prueba de ello es que cuando recomendamos el uso de una
computadora portátil en la escuela, y a veces en la misma universidad (nos ha
sucedido con estudiantes discapacitados, por ejemplo) es preciso superar una
enorme cantidad de barreras psicológicas y burocráticas, que revelan hasta qué
punto la computadora no es bienvenida sino apenas "tolerada" por la
institución. Pero, como dijimos anteriormente, un día esa resistencia caerá
estrepitosamente. La educación digital hará entonces irrupción con tanta fuerza
que el panorama educativo se transformará irreversiblemente ante el asombro de
quienes no supieron o no quisieron dar ese "salto digital". En
realidad el muro que nos separa del mundo digital ya ha caído pero pocos se
atreven a pasar del otro lado.
Se puede rastrear a lo largo de la
historia una relación muy estrecha entre las formas y contenidos de la
enseñanza con los sistemas sociales de producción de bienes y servicios.
Durante la revolución industrial las escuelas eran verdaderas "fábricas de
enseñar" puesto que la educación tomó el modelo del sistema productivo en
los más variados aspectos. Las mejores escuelas eran las de mayor tamaño, a
semejanza de aquellas empresas que descubrían el valor de una producción en
gran escala. La incorporación de grandes masas de obreros, analfabetos en su
mayoría, al sistema productivo debió ser potenciada con campañas gigantescas de
alfabetización. El diseño arquitectónico de los espacios de aprendizaje no
difería demasiado del que era habitual en las usinas, fábricas y almacenes. Los
exteriores eran muy semejantes y en el interior las aulas amplias y frías que
recibían a decenas de alumnos, sentados en filas, parecían reproducir las
cadenas de montaje de la época. Un maestro al "frente de la clase",
como el capataz a cargo del taller, uniformes o delantales para todos, timbres
y sirenas para marcar el ingreso, la salida y los tiempos libres. Se trabajaba
y se estudiaba los sábados. Las vacaciones estivales fueron previstas en un
comienzo para que los chicos ayudaran a sus padres campesinos en las tareas
tradicionales de las cosechas, después coincidieron con las vacaciones pagas de
los operarios. El sistema era rígido, los programas inflexibles, tanto en la
fábrica como en la escuela. Los cambios sociales y conceptuales eran lentos, la
producción estaba asegurada por decenios en el ambiente educativo y en el
fabril. Aquel mundo ha concluido.
El nuevo milenio se prepara con
otras pautas productivas. Las nuevas empresas funcionan con enorme flexibilidad
y multiplican sus servicios por todo el planeta. Se dice que la nueva industria
exige "cerebro de obra" más que "mano de obra". Entramos de
lleno en la era del conocimiento. Aparecen pujantes industrias sin chimeneas,
como el turismo, las comunicaciones, la informática, la biotecnología, los
servicios de salud, que mueven ingentes recursos financieros y humanos.
Necesariamente la educación ha de variar en consecuencia. Los reclamos por un
cambio profundo en la educación de las nuevas generaciones son imperiosos pero
la inercia del sistema educativo es enorme.
La educación de este fin de siglo
vive un "momento crucial", como dijo Jacques Maritain al término de
la Segunda Guerra Mundial. El gran problema entonces, como ahora, era rehacer
la vida civilizada y democrática desde la educación después de la caída de los
grandes imperios totalitarios. Los dos grandes derrotados de ayer, Alemania y
Japón, son hoy dos potencias mundiales en el campo de la economía, la ciencia,
la tecnología y la cultura. En cambio, por contraste, una nación victoriosa
como la ex Unión Soviética ha entrado en un proceso de implosión y de
disgregación. No se sabe qué pasará con China en los próximos años, pero si
transitara hacia una sociedad abierta su aporte a la cultura podría ser
inconmensurable.
La única superpotencia moderna
está en el nuevo mundo, en América. Paradójicamente, los Estados Unidos viven
hoy una profunda crisis educativa. El famoso documento de 1983 A Nation at Risk
ofrece un diagnóstico implacable y desolador que sigue vigente. Cada día hay
más pobres y analfabetos en el país más poderoso del mundo. ¡Y qué decir de
nuestros países latinoamericanos! Las cifras son pavorosas, incluso en la
Argentina, que se enorgullecía de ser el pueblo más rico y mejor educado de la
región. Por consiguiente el problema de la educación es un problema de
civilización, trasciende todas las fronteras y las culturas.
Las reflexiones que siguen
intentan una salida de este laberinto. Sabemos que si insistimos en las huellas
ya transitadas quedaremos empantanados para siempre y pondremos en peligro el
destino de las nuevas generaciones. El esfuerzo debe realizarse en todos los
frentes de manera simultánea. Nos limitaremos en este capítulo al aporte que
puede brindar la tecnología ya instalada en la sociedad, tecnología que servirá
para mejorar nuestra educación. Este camino nuevo se enlazará necesariamente
con todos los demás.
Toda educación se imparte siempre
dentro de una comunidad, de manera que tanto el establecimiento escolar como el
universitario son, de hecho, ámbitos abiertos, no forman enclaves cerrados.
Pero una cosa es abrirse a la pequeña comunidad medieval o a la sociedad
industrial y nacional del siglo XIX y otra a la nueva sociedad postindustrial y
planetaria del siglo XXI. Las exigencias educativas de la comunidad varían en
cada época y los recursos materiales e intelectuales disponibles para la
educación cambiarán en consecuencia.
Es ilustrativo pensar a la escuela
expandida como un organismo vivo apoyado en dos bases, el establecimiento
educativo (escuela) y la comunidad de sus alumnos y docentes (casa). Llamaremos
"escuela expandida" a la unión entre la escuela y la casa. Siempre ha
existido y seguirá existiendo la escuela expandida, la novedad es que ahora la
nueva onda de expansión transita por carriles tecnológicos de alta complejidad.
Intentemos una recorrida esquemática por la historia de la escuela expandida
desde el punto de vista tecnológico.
En el siglo pasado y en gran parte
de este, la escuela (incluimos bajo este término a toda la enseñanza primaria,
secundaria y técnica) era un ambiente privilegiado que concentraba el
conocimiento dedicado a la educación del niño y del adolescente. Hay infinidad
de ejemplos que prueban esta tesis en las comunidades más variadas del mundo
entero. Pero, además, la escuela concentraba no sólo el conocimiento sino
también las "herramientas pedagógicas", es decir, la tecnología
imprescindible para impartir la enseñanza: pupitres, libros, lápices, plumas,
tinteros, tinta, cuadernos, pizarrones, tizas, mapas. En las casas estos
instrumentos eran escasos o inexistentes. Lamentablemente, un recorrido por el
mundo nos demuestra que en muchos lugares aún perdura esta situación dual,
propia del pasado donde el hogar carece de lo elemental. Este hecho es
tremendamente injusto y configura nuestra mayor deuda internacional. En estas
comunidades olvidadas, la escuela, cuando existe, sigue concentrando todo el
conocimiento y la tecnología educativa como en épocas pasadas.
Cuando la sociedad comenzó a
prosperar, el conocimiento también empezó a distribuirse mejor, junto con la
tecnología adecuada, entre la mayor parte de los ciudadanos. Al aumentar la
capacidad de ahorro de la comunidad, las familias se equiparon con la mejor
tecnología mientras que las escuelas, por diversas razones, no siempre fueron
capaces de seguir esta tendencia. La escuela, especialmente en este fin de
siglo y en las comunidades más avanzadas, ha dejado de ser el espacio
privilegiado y único para aprender y enseñar. Su importancia relativa en la
transmisión del saber ha comenzado a mermar en forma significativa al perder el
monopolio del conocimiento. Este cambio de roles es positivo porque la escuela
del futuro, desligada de muchas imposiciones curriculares, gracias a un mejor
empleo de las nuevas tecnologías digitales a distancia para impartir
conocimientos, será cada vez más importante en el proceso de socialización de
los niños y adolescentes. Se convertirá en un ámbito de encuentro más creativo
y abierto al mundo. Su mayor privilegio será, precisamente, el de poder reunir
a algunos para comunicarse con muchos.
Este movimiento de la balanza
educativa en favor del hogar tiene algunas expresiones interesantes. En los
Estados Unidos, por ejemplo, aumenta constantemente el número de familias de
alto nivel profesional que han decidido no enviar más sus hijos a la escuela
primaria ni al colegio secundario (ingresan directamente en la universidad sin
haber pasado por las aulas). En estos casos son los propios padres quienes se
convierten en docentes de sus hijos, lo que supone una organización familiar y
económica muy especial. Este esquema de "aprendizaje sin escuela", que
parecerá a muchos tan impracticable como indeseable, es sin embargo frecuente
en el caso de los prodigios y talentos excepcionales, donde se prefiere, en
general, una asistencia tutorial permanente, extra-curricular, a la escolaridad
formal. Tal vez en el futuro esta modalidad informal, reservada actualmente
para algunos pocos privilegiados, se difunda como un amplio abanico de
alternativas educativas.
En definitiva, la buena noticia es
que hoy la cantidad y calidad de la tecnología disponible en las casas para
enseñar y para aprender es más que suficiente. El problema es que no siempre se
sabe aplicar esta tecnología con fines educativos. Debemos reconocer que la
escuela expandida es rica en equipamientos y pobre en ideas sobre sus usos
educativos. Este es un dato de la mayor importancia frente a nuestra penuria
crónica en materia escolar. Incorporemos pues cuanto antes esta enorme
inversión familiar al proceso educativo. Para ello la escuela deberá realizar
inversiones inteligentes que complementen o suplementen lo que ya existe en el
hogar. Y la inversión más importante no es en máquinas sino en ideas.
Para llegar al próximo estadio de
la educación en el siglo XXI deberíamos, primero, lograr una inversión
equilibrada en equipamientos informáticos tanto en la escuela como en la casa.
Segundo, conectar la casa con la escuela y a las escuelas del mundo entre sí
por los medios de comunicación más avanzados. Lo repetimos, en lugar de
ladrillos tendremos que aprender a invertir más y mejor en comunicaciones: bits
por segundo versus metros cuadrados.
En la actualidad sólo algunas
universidades avanzadas se han atrevido a impartir sus cursos a distancia,
otorgar títulos y certificados, a través de redes digitales y videoconferencias.
En cambio, las pocas experiencias digitales a distancia realizadas con
establecimientos secundarios o técnicos son claramente insuficientes. En
efecto, para mantener un diálogo educativo genuino y satisfactorio, es preciso
mantener la continuidad del programa a distancia pero comprobamos que los
costos de mantenimiento de la red y de las comunicaciones son aún demasiado
altos para la mayoría de las instituciones de enseñanza. Sólo la desregulación
de las comunicaciones y la sana competencia podrán cortar el nudo que encadena
a la educación a un modelo presencial inmutable y retrógrado. La sociedad
global exige imperiosamente que esta situación se revierta cuanto antes.
Como dijimos anteriormente, las
ciencias de la educación se empeñaron en incorporar la tecnología de la
sociedad industrial para sus propios fines. Esta tecnología era de carácter
eminentemente mecánico y eléctrico. En este fin de siglo, análogamente, la
educación ha debido incorporar los poderosos recursos tecnológicos que ofrecen
los nuevos sistemas electrónicos, magnéticos y ópticos. El contraste entre
ambos tipos de implementación tecnológica es muy ilustrativo. Algunos ejemplos
podrán, además, despertar recuerdos infantiles (y emociones contradictorias) en
muchos lectores.
Ante todo, la tiza y el pizarrón
siguen siendo instrumentos de enorme valor en la enseñanza en todos los
niveles, y en todas partes. Debemos decir que todavía no han sido reemplazados.
Merece señalarse, sin embargo, que varios adelantos de la era informática se
han inspirado en esta tecnología tan antigua como eficiente. De alguna forma la
computadora en la escuela tiende a ocupar el mismo "nicho didáctico"
que la tiza y el pizarrón. Se desearía imitar su bajo costo, accesibilidad y
versatilidad gráfica (dibujos y textos). Se ha avanzado ciertamente en la
disponibilidad de memoria (recordemos los avisos en los pizarrones repletos de
fórmulas: "por favor no borrar"), en la supresión selectiva de símbolos
y trazos (que antes se hacía con el dedo o el borrador), en el agregado de
nueva información, en los colores para resaltar los mensajes, etcétera. Pero, a
decir verdad, no hemos logrado construir aún un auténtico "pizarrón
digital".
El globo terráqueo que gira sobre
su eje en las clases de geografía sigue siendo muy atractivo. Ahora se lo ha
reemplazado por globos de plástico de menor costo, que ruedan por el aula y
pueden pasar de mano en mano. Nos hemos educado con un planisferio colgado en la
pared, pero la innovación en materia de cartografía pasa por los mapas
digitalizados y las fotografías satelitales, que pueden llegar al instante a la
pantalla de una computadora. Algún día tendremos imágenes holográficas o de
realidad virtual de nuestro planeta. Si a ello se agrega la incorporación de
colores ficticios para relevamientos de interés agronómico, industrial,
ecológico, etcétera, se podrá tener una idea acabada del cambio sustancial que
se está produciendo en la representación mental de nuestro planeta. Todo ello
se encuentra ya al alcance de una computadora conectada debidamente en red.
Esta nueva visión dinámica representará un enriquecimiento considerable en la
formación de una "conciencia planetaria" desde la misma escuela primaria.
¡Y qué decir de los maravillosos
microscopios ópticos de los laboratorios escolares! Esta tecnología revolucionó
la enseñanza de la biología elemental a comienzos de siglo. Nada comparable a
observar por el microscopio una buena preparación histológica o un cultivo
bacteriano. Las imágenes del sistema nervioso obtenidas a comienzos de siglo
por Santiago Ramón y Cajal todavía son reproducidas en los más recientes
tratados de histología. Los sistemas de proyección y de fotografía, los oculares
múltiples, etcétera, permiten, además, el acceso simultáneo de muchos alumnos
al reino fascinante de lo minúsculo. Pero toda esta tecnología óptica hoy tiene
una extensión formidable en el campo de la digitalización de imágenes. Muchos
cursos de metalografía, biología y medicina están incorporando miles de
imágenes de microscopio en CD-Roms (compact disk, read only memory).
Naturalmente esta nueva "manera de ver las cosas" en la práctica
docente producirá también cambios sustanciales en los programas de cursos.
Una de las innovaciones
pedagógicas más revolucionarias del siglo pasado fue, sin duda, el diseño
integrado y modular de un pupitre y banco de madera para cada alumno, con su
tintero incorporado, ranuras para depositar plumas y lápices, asiento rebatible
y apoyo para los libros y cuadernos. Esta tecnología se puede considerar como
precursora de la moderna "estación de trabajo" (workstation) que ha
sido concebida para la computadora de mesa (desktop computer). La comparación entre
las dos tecnologías no deja de ser interesante. El banco/pupitre escolar tuvo
una enorme aceptación en el mundo entero y se convirtió en el primer mueble
diseñado expresamente para la educación. El diseño inicial se fue
perfeccionando con el tiempo y llegó a incorporar algunos parámetros
ergonómicos para mayor comodidad de una posición sentada prolongada, con
curvaturas anatómicas para el respaldo y el asiento. Además se construyeron
muebles de diferentes tamaños para diferentes edades. En suma, se creó una
nueva tecnología que fue plenamente exitosa en su tiempo.
Pero este diseño estaba ligado a
la función didáctica tradicional de un maestro al frente de la clase. Los
bancos/pupitres formaban filas paralelas frente al pizarrón y a la tarima del
profesor pero no servían para armar un círculo de discusión. Los alumnos
recibían una enseñanza magistral pero se daban la espalda entre sí, con lo que
se reforzaba una conducta de subordinación. Se pasaba "al frente"
para dar la lección como en el teatro "se sube" al escenario.
Cuando los métodos pedagógicos
comenzaron a cambiar a través de movimientos como la "escuela activa"
esta rígida configuración espacial, de tipo "frontal", también fue
alterada y con ella los propios muebles. Las nuevas funciones didácticas
reclamaban nuevas estructuras espaciales en el aula. En el período de
transición hacia configuraciones más flexibles se ensayaron nuevos e
interesantes diseños: mesas poligonales que se ensamblan con facilidad y sillas
apilables. Actualmente el sistema está buscando un nuevo equilibrio debido a la
incorporación de computadoras en el aula, que ha complicado el panorama. Pero
nuestras preguntas son: ¿cuántas computadoras fijas son necesarias en el aula?
¿Por qué no estimular, además, el uso de computadoras portátiles? Pero son
pocos los establecimientos educativos que se atreven a desarmar el aula, a
flexibilizarla. Hay algo de sagrado en el aula tradicional. Sin embargo,
pensamos que una apertura sería la mejor solución. En realidad la era digital
acaba con el aula como espacio físico cerrado.
Desearíamos compartir algunas
experiencias satisfactorias para abandonar los planos rígidos del aula
tradicional. Así como en el famoso Laboratorio de Medios del Massachusetts
Institute of Technology los equipos más poderosos se congregan en un verdadero
"jardín de computadoras" o "vivario", que jamás cierra sus
puertas, lo que proponemos ahora no es una fantasía, estamos simplemente
relatando nuestra experiencia cotidiana en el Colegio San Martín de Tours. Allí
todas las alumnas (y docentes) tienen acceso libre a las computadoras desde
muchos lugares. Las máquinas se distribuyen por los rincones, patios y
pasillos. Algunos equipos están sobre mesas bajas, muy cerca del piso, para las
más pequeñas. Es más, algunas computadoras portátiles se pueden solicitar en
préstamo a la biblioteca como un libro más. Debemos confesar que causa
admiración ver la celeridad del cambio en las mentes y en las conductas cuando
elegimos la libertad dentro de un colegio. Esta apertura nos llevará pronto a
la sustitución de las aulas por espacios funcionales y paredes virtuales. Ya no
se llamarán aulas porque el conocimiento no soporta divisiones ni fronteras.