Lenguaje en el Pensamiento y la Acción
MEMORIA DE EXAMEN PROFESIONAL EN OPCIÓN AL TITULO DE
LICENCIADA EN CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN
LORNA SORAYDA BÁRCENAS RAMÍREZ
San Luis Potosí, S.L.P., México, Enero del año
2000.
CONTENIDO
Introducción
Capítulo I. Relación Acción-Pensamiento
Capítulo II. Lenguaje y supervivencia
Capítulo III. Los signos y símbolos
Capítulo IV. Informes, deducciones y juicios
Capítulo V. Los contextos
Conclusión
Fuentes
INTRODUCCIÓN
Cada rama de la ciencia –geología, zoología, química,
física, astronomía-, así como las diferentes ramas
de las matemáticas –aritmética, álgebra, cálculo,
etcétera- tienden a establecer su propio conjunto especializado
de conceptos, que son las claves para la comprensión de los fenómenos
clasificados en cada campo específico. De ésta manera,
para cada rama típica de contenido se provee un conjunto de significados
y principios tan estrechamente entretejidos que uno, cualquiera de ellos,
implica algún otro, de acuerdo con las condiciones definidas y que,
bajo otras condiciones, implica a su vez otros, y así sucesivamente.
Tan peculiarmente íntima e interdependiente es la relación
del lenguaje con el pensamiento, que vale la pena un análisis especial
de este tema. La sola voz "lógica", que proviene de <<logos>>,
significa indiferentemente palabra y discurso o pensamiento y razón.
El origen del pensamiento se encuentra en su perplejidad, una confusión,
una duda. El pensamiento no es una cuestión de combustión
espontanea; no se produce solo sobre principios generales. Algo debe
provocarlo y evocarlo.
La capacidad para pensar reviste una enorme importancia; está
considerada como la habilidad que diferencía al hombre de los animales
inferiores, al igual que el habla. Sin embargo, dada la vaguedad
de mis nociones acerca del cómo y porqué de la importancia
del pensamiento, vale la pena enunciar explícitamente los valores
propios del pensamiento. El pensamiento nos capacita para dirigir
nuestras actividades con previsión y para planificar de acuerdo
con fines a la vista, u objetivos de los que somos conscientes. Nos
capacita para actuar y conseguir objetivos futuros o lograr el dominio
de lo ausente y alejado del presente al establecer diferentes modos y líneas
de acción, nos capacita para saber qué hay de puramente aperitivo,
ciego e impulsivo en la acción inteligente.
El pensamiento es la función principal de la inteligencia y
en su poder supremo para que la lucha humana por la supervivencia desemboque
en el triunfo de la innovación, del cambio y del progreso y en la
derrota de statu quo. El pensamiento es conjetura, selección
de hipótesis, comprobación crítica, experimentación,
búsqueda imaginativa de lo nuevo y curiosidad permanente.
También mediante el pensamiento desarrolla el hombre signos
artificiales y los dispone de tal manera que le indiquen por adelantado
determinadas consecuencias, así como la manera de asegurarlas o
de evitarlas. Por tanto, es indispensable para cualquier desarrollo
importante del pensamiento la existencia de signos intencionales.
El lenguaje cumple ese requisito. Gestos, sonidos, formas escritas
o impresas son, en términos estrictos, existencias físicas,
pero su valor original esta intencionalmente subordinado al valor que adquieren
como representantes de significados.
El pensamiento impreso no encuentra en él sino un estado de
recepción pasivo, debiendo la humanidad, para vencer esa desespiritualizacion
que la amenaza tan gravemente, reemplazarle por el magnetismo viviente.
El mecanismo del lenguaje es, al nacer, al igual que otros mecanismos
motores, nada más que una posibilidad. Los símbolos son existencias
físicas y sensoriales particulares,
lo
mismo que cualquier otra cosa. Solo son símbolos en virtud
de que sugieren y representan (por medio de la experiencia), es decir,
de los significados.
El crecimiento posterior de los nervios y músculos debe combinarse
con la práctica para producir un repertorio de sonidos adecuados
para hablar.
Con ese desarrollo como base, el medio social proveerá los estímulos
necesarios para la adquisición del lenguaje como medio de supervivencia.
Muchísimas veces los filósofos han utilizado expresiones
como "el libro de la naturaleza", "lenguaje de la naturaleza", pues bien,
precisamente gracias al pensamiento, las cosas dadas en la experiencia
son significantes de cosas ausentes y la naturaleza habla un
lenguaje susceptible de interpretación. Para un ser pensante,
las cosas son registros de su pasado; así como los fósiles
nos cuentan la historia anterior de la tierra y enuncian su futuro; así
como a partir de las posiciones actuales de los cuerpos celestes pueden
predecirse eclipses con anticipación.
La expresión shakesperiana de "lenguas en los árboles,
libros en el correr de los arroyos", expresa el poder que adquieren las
existencias cuando las usa un ser pensante.
No hay hombre que emprenda algo si no es según un punto de vista
u otro, que le sirve como razón de lo que hace; y sean cuales fueren
las facultades que emplee, lo que constantemente dirige la acción
es su comprensión de las cosas, este bien o mal informado, y de
acuerdo con esa comprensión, verdadera o falsa, se orientarán
todas sus potencialidades… Los templos tienen sus imágenes sagradas,
y observamos la influencia que siempre han ejercido sobre la humanidad.
Pero, en realidad, los poderes invisibles que siempre han gobernado a los
hombres y a los que todos, de manera universal, estén sometidos,
son las idea y las imágenes que tienen en la mente. En consecuencia,
es de gran interés poner el máximo cuidado en el entendimiento,
orientarlo adecuadamente en su búsqueda del conocimiento y en los
juicios que formule.
Los conceptos nos capacitan para generalizar, para ampliar, para transferir
nuestra comprensión de una cosa a otra. Los conceptos estandarizan
nuestro conocimiento. Nuestros conceptos alcanzan un máximo de individualidad
definida y de generalidad (o aplicabilidad) en la medida en que muestran
como las cosas dependen unas de otras o influyen unas sobre otras, en lugar
de expresar las cualidades que los objetos poseen estadísticamente.
El ideal de un sistema de conceptos científicos es lograr continuidad,
libertad y flexibilidad de transición en el paso de un hecho y un
significado cualesquiera a otros; esta exigencia se ve satisfecha en la
medida en que dominemos los vínculos dinámicos que mantienen
las cosas en un proceso continuamente cambiante, un principio que afecta
al modo de producción o crecimiento.
Para ser auténticos seres pensantes, debemos estar dispuestos
a mantener y prolongar ese estado de duda que constituye el estímulo
de la investigación rigurosa, así como a no aceptar ninguna
idea ni realizar ninguna afirmación positiva de una creencia hasta
que no se hayan encontrada razones que la justifiquen.
Desde mi punto de vista, la totalidad del proceso de pensar consiste
en formar una serie de juicios relacionados de tal modo que
se sostienen mutuamente conduciendo a
un juicio final : la conclusión.
Juzgar es seleccionar y sopesar el alcance de los hechos y las sugerencias,
tal como se presentan, así como decidir si los hechos supuestos
son realmente hechos y si la idea utilizada es una idea sólida o
una mera fantasía. Una persona en su sano juicio puede estimar,
apreciar y evaluar, con tacto y detenimiento.
De lo anterior se desprende que el núcleo de un buen hábito
de pensamiento se encuentra en la capacidad para enunciar juicios pertinente
y discriminadamente.
La vida es ante todo y antes que nada acción, y el pensamiento
es el instrumento usado por los hombres, como tales, en la superación
de los problemas prácticos de la vida en todas sus dimensiones.
CAPÍTULO I.
Relación acción-pensamiento
En el presente capítulo, seguiremos la relación
de acción a pensamiento, aunque no exactamente en el orden en que
se da en el desarrollo de un ser humano.
Cuando vemos a un bebé, muchas veces nos hemos preguntado en
qué estará pensando. Por la propia naturaleza de las
cosas, podemos estar seguros acerca del interés principal de un
bebé.
Su primer problema es el dominio de su cuerpo como herramienta para
asegurarse una adaptación cómoda y eficaz al medio, tanto
físico como social. El niño ha aprendido a hacerlo
prácticamente todo: ver, oír, extender el brazo, manipular,
mantener el cuerpo en equilibrio, gatear, caminar, etc.
Si bien es cierto que los seres humanos tienen incluso más
reacciones instintivas que los animales inferiores, también lo es
que las tendencias instintivas son mucho menos perfectas en los hombres,
y que la mayoría de ellas tienen muy escasa utilidad mientras no
son combinadas y dirigidas de un modo inteligente. Puede no ser literalmente
cierto que el niño quiera tocar la luna, pero sí es verdad
que necesita mucha práctica antes de poder decir si un objeto
está a su alcance o no. Extiende instintivamente el brazo
en respuesta a un estímulo del ojo, y ésta tendencia es el
origen de la capacidad para alcanzar y tocar con exactitud y rapidez, pero,
no obstante, el dominio final requiere la observación y selección
de los movimientos adecuados y su ordenamiento con vistas a un fin.
Estas operaciones de selección y ordenamiento consciente constituyen
el pensamiento, aunque, claro está, de un tipo rudimentario.
Puesto que el dominio de los órganos corporales es necesario
para todos los desarrollos posteriores, tales problemas son interesantes
e importantes, y su resolución lleva implícita una auténtica
formación de la capacidad de pensar.
Aunque en los primeros meses el niño principalmente está
ocupado en aprender a usar su cuerpo para adaptarse a las condiciones físicas
de una manera cómoda y a usar las cosas con habilidad y eficacia,
también son muy importantes las adaptaciones sociales. En
su relación con los padres, hermanos, hermanas, etcétera,
el niño aprende los signos de satisfacción del hambre, de
eliminación de la incomodidad, de la aproximación de una
luz, un color o un sonido agradables. Su contacto con cosas físicas
lo regulan las personas, y pronto distingue a éstas como los más
importantes e interesantes de todos los objetos con los que tiene que tratar.
(Dewey, 175-176)
La alegría que el niño muestra cuando aprende a usar
los sonidos con sensaciones visuales y éstas con sensaciones gustativas
y tactiles, y la rapidez con que la inteligencia crece en el primer año
y medio de vida son pruebas suficientes de que el desarrollo del control
físico no es un logro físico, sino intelectual. (Piaget,
p. 21)
Con todo, el gran instrumento de adaptación social es el habla,
es decir, la adaptación precisa de los sonidos que se escuchan a
los movimientos de la lengua y los labios; y con el desarrollo del habla,
la aparición de vida mental.
El alcance de sus posibles actividades se ve indefinidamente ampliado
en la medida en que observa lo que otras personas hacen y trata de comprender
y hacer lo que éstas últimas le sugieren. Así
pues, el modelo esquemático de vida mental se establece en los primeros
cuatro o cinco años.
Años, siglos, generaciones de inventar y planificar, han contribuido
al desarrollo de los comportamientos y ocupaciones de los adultos que rodean
al niño. Sin embargo, para él, esas actividades son
estímulos directos, son parte integrante de su medio natural, se
despliegan en términos físicos que llaman la atención
de su ojo, su oído y su tacto. Por supuesto no puede
apropiarse de su significado directamente a través de los sentidos,
pero éstos le proporcionan estímulos a los cuales responde,
de modo que concentra la atención en un orden superior de materiales
y problemas. De no haber sido por este proceso mediante el cual los
logros de una generación constituyen los estímulos que dirigen
las actividades de la generación siguiente, la historia de la civilización
habría quedado escrita en el agua, y cada generación habría
tenido que volver a abrirse laboriosamente camino desde la vida salvaje.
Al aprender a comprender y producir palabras, los niños aprenden
mucho más que palabras : adquieren un hábito que les
abre un nuevo mundo.
La imitación es uno de los medios, por tan solo uno, por los
cuales las actividades de los adultos proveen estímulos tan interesantes,
tan variados, tan complejos y tan nuevos que llegan a provocar un rápido
progreso del pensamiento.
Si pudiéramos aprender como los loros, por simple copia de los
actos exteriores de los demás, nunca habríamos tenido que
pensar, ni conoceríamos, una vez dominado el acto copiado, el significado
de lo que acabáramos de hacer.
Los educadores y los psicólogos han afirmado a menudo que los
actos que reproducen la conducta de otros se adquieren por mera imitación.
Sin embargo, raramente un niño aprende por imitación consciente,
y decir que la imitación es inconsciente equivale a decir que, desde
mi punto de vista, no se trata en absoluto de imitación. La
palabra, el gesto, el acto, las ocupaciones de otro, están en la
línea de algún impulso ya activo y sugieren algún
modo satisfactorio de expresión, algún fin en el que pueden
hallar realización. Una vez aprehendido éste fin, el
niño advierte que otras personas, lo mismo que los hechos naturales,
le sugieren nuevos medios para lograrlo. Escoge algunos medios que
observa, los ensaya, los encuentra útiles o inútiles, ve
confirmada o debilitada la creencia en su valor, y así continúa
escogiendo, orientando, adaptando, sometiendo a prueba, hasta que consigue
lo que desea. El espectador puede observar luego el parecido de éste
acto con el acto de algún adulto y concluir que se ha adquirido
por mera imitación, aunque, en realidad, se adquirió mediante
la atención, la observación, la selección, la experimentación
y la confirmación por los resultados. El empleo de éste
método garantiza la disciplina intelectual y el resultado educativo.
La presencia de las actividades del adulto desempeña un papel muy
importante en el desarrollo intelectual del niño, porque
añade a los estímulos
naturales del mundo nuevos
estímulos más exactamente adaptados a las necesidades
de un ser humano, más ricos, mejor organizados, más complejos
y de mayor alcance, que permiten adaptaciones más flexibles y provocan
reacciones nuevas. Pero al utilizar éstos estímulos,
el niño sigue los mismos métodos que utiliza cuando se ve
forzado a pensar para dominar
su cuerpo.
(Dewey, 177-178)
Cuando las cosas se convierten en signos, cuando adquieren una capacidad
representativa como sustitutos de otras cosas, el juego deja de ser mera
exuberancia física para convertirse en una actividad que implica
un factor mental. Al jugar, los niños desarrollan su imaginación
al máximo; utilizan una piedra como mesa, hojas como platos, bellotas
como tazas. Así usan sus muñecas, sus trenes, sus piezas,
sus juguetes. Al manipularles, no sólo viven con las cosas
físicas, sino en el vasto mundo de los significados naturales y
sociales que las cosas evocan. Así cuando los niños
juegan a que son caballos, a la tienda, a la casa o a hacer llamadas, están
subordinando lo físicamente presente a su significado ideal. De
ésta manera se define y se constituye un mundo de significados,
un arsenal de conceptos, tan fundamental para todo logro intelectual.
En el curso natural del crecimiento, los niños encuentran inadecuados
los juegos irresponsables y de pura ficción; las cosas sólo
tendrán importancia como estímulos de un significado.
La actitud sigue siendo de juego, pero el significado adquiere tal carácter
que debe tomar cuerpo, o por lo menos expresarse en cosas reales.
El juego es completamente libre, mientras que en el trabajo el interés
apunta al producto o resultado en que la actividad culmina
La palabra trabajo no es muy satisfactoria, ya que a menudo se utiliza
para denotar una actividad rutinaria que logra resultados útiles
con una mínima selección reflexiva de los medios, una adaptación
deliberada para producir las consecuencias deseadas.
El trabajo significa actividad dirigida por ciertos fines que el pensamiento
propone a una persona como algo que se ha de conseguir; significa ingenio
e inventiva en la selección de los medios apropiados y el trazado
de planes, y por ende, significa también que las ideas y las expectativas
son verificados por los resultados reales. (Dewey, p. 180)
CAPÍTULO II.
Lenguaje y supervivencia
El lenguaje es al nacer, solamente una posibilidad Pero el desarrollo
posterior de los nervios y músculos se combina con la práctica
para así, producir un extenso repertorio de sonidos adecuados para
hablar. Con éste desarrollo como base, ya el medio social
proveerá los estímulos que se necesitan para la adquisición
del lenguaje como medio de supervivencia.
Hay circunstancias externas y circunstancias internas que hasta cierto
punto, reclaman y orientan el pensamiento. Las necesidades prácticas
de conexión con las condiciones reales existentes, naturales y sociales,
invocan y dirigen el pensamiento.
Las personas no piensan en general, las ideas no surgen de la nada.
El pensamiento surge de una situación directamente vivida.
La influencia social entra en el proceso del desarrollo del lenguaje.
Si los reflejos audiovocales han sido suficientemente establecidos para
el sonido de una palabra como para hacer surgir la respuesta de articularla,
ya no es necesario que el niño por sí mismo pronuncie la
palabra estimulante. Esta puede ser dicha por otro. El efecto
será entonces el del niño que repite los sonidos que oye
pronunciar a otros.
El niño evoca el reflejo audiovocal más cercanamente
parecido que, con sus limitaciones actuales de pronunciación, ha
sido capaz de fijar. Es esencialmente una etapa-loro vulgarmente
conocida como "aprendizaje por imitación". El término
imitación es sin embargo, tan inexacto como engañoso, puesto
que sugiere que el proceso consiste en aprender las reacciones orales de
otros por la copia voluntaria de ellas; siendo en realidad la puesta
en acción de los hábitos de lenguaje previamente adquiridos
por los estímulos auditivos. (Piaget, p. 25)
El aprendizaje del lenguaje entonces, así como en los estadíos
de la expresión laríngea y de los gestos., encontré
que el control social es un factor decisivo. Con el incremento del
desarrollo, sin embargo, entran a jugar otras consideraciones. Además
de nombrar y pedir objetos, el niño comienza a hablar sobre ellos.
Discurre con sus juguetes y acerca de ellos. Repasa verbalmente trozos
de su experiencia del día mientras descansa en su cuna por la noche,
y al hacerlo sustituye las respuestas verbales por los movimientos manifiestos
empleados originalmente al vivenciarlos. En otras palabras, el lenguaje
se transforma para él en un vehículo de pensamiento. (Piaget,
p. 28)
Los sonidos del lenguaje de los otros estimulan al niño de muchas
maneras en forma paralela al surgimiento de los reflejos audiovocales.
Con éstos sonidos se controla el comportamiento del niño:
se lo consuela, se atrae su atención y se le dan signos por los
cuales él sabe será atendido de varias maneras. El
lenguaje sirve para condicionar las actividades del bebé.
El logro final del desarrollo lingüístico es la respuesta
al lenguaje mediante el uso del lenguaje, como es la respuesta a una pregunta.
Esto ocurre tarde, generalmente después de haberse obtenido un buen
dominio del lenguaje. Aparte de la dificultad intelectual que ello
implica, parece haber una especie de inercia: el niño está
dispuesto a abandonar el plácido, irresponsable
paraíso de los reflejos audiovocales, por el desorientado mar de
la interrogación. (Piaget, p. 29)
Una acentuada característica del uso temprano de palabras del
niño es la de aplicar una palabra a un amplio orden de situaciones
extendidas mucho más allá de aquellas
en las
cuales fue adquirida. Tales extensiones son tan notables e importantes
que nunca se ha dejado de prestarles gran atención.
Es obvio decir que el niño ha comenzado la abstracción
y la generalización; abstrayendo de diversas situaciones algunos
rasgos comunes, y agrupando así todas éstas situaciones dentro
de una misma categoría. Obviamente ésta es una de las etapas
del desarrollo del pensamiento y éste es un punto que ha sido ampliamente
reconocido desde la época de los primeros observadores –Sigismund,
Taine, Darwin y Romanes, hasta nuestros días-. Pero hoy nadie,
pienso podría estar satisfecho con esta sola explicación.
Por lo menos otros tres factores deben ser tomados en cuenta. Primero,
debemos reconocer que éste amplio uso de las palabras no comienza
en el momento en que el niño adquiere el lenguaje convencional:
es un desarrollo gradual de su más temprana actividad lingüística.
En segundo lugar, no es suficiente hablar de la similitud objetiva
que las situaciones tienen para el niño, dejando de lado las respuestas
afectivas que aparecen en él y las funciones que ellas tienen en
su conducta. En tercer lugar, no debemos olvidar que la palabra por
sí misma es un instrumento para el niño, una herramienta,
y esto determina sin duda la manera en que es usada. (Piaget, p. 53)
Para hacer un registro completo del proceso no debemos comenzar en
el punto en que el niño adquiere las primeras palabras convencionales
del lenguaje adulto. Este estudio del lenguaje me conduce a afirmar
que el desarrollo es continuo y que no responde a una serie de etapas,
como sostienen algunos escritores tales como Bühller.
Ninguna interpretación basada sobre la evocación de una
palabra por la similitud de aspectos objetivos puede abarcar un hecho de
éste tipo. La palabra es el modo como un infante se maneja
ante una situación compleja; la semejanza con otra situación
es ahora, principalmente, la de que en cada caso alguien esta usando algo,
una persona manipulando un instrumento.
La comunicación entre dos adultos está frecuentemente
sujeta al error, pero Piaget indica que la comunicación entre niños
pequeños es más deficiente aún, a menos que las ideas
que han de comunicarse sean ya bien conocidas por ambos niños.
La conversación entre los niños no es suficiente al principio
para sacar a los narradores de su egocentrismo, porque cada niño,
ya sea porque trata de explicar sus propios pensamientos o de entender
los de otros, está encerrado en su propio punto de vista.
Es verdad que éste fenómeno se da también entre adultos.
Pero éstos han tenido por
lo) menos alguna práctica en la discusión o la conversación,
y conocen sus fallas. Hacen un esfuerzo por entender y ser comprendidos
–a menos que la desconfianza o el enojo los reduzca a un estado pueril-,
porque la experiencia les ha mostrado la abrumadora complejidad
de la mente humana. Los niños,
por su parte, no sospechan
nada.
(Piaget, p. 94)
El lenguaje desde el nacimiento hasta la adultez, es la principal herramienta
a utilizar como medio de supervivencia.
Las condiciones sociales también sancionan una inferencia correcta
en cuestiones en las que la acción fundada en el pensamiento válido
es socialmente importante. Estas sanciones del pensamiento adecuado
pueden afectar a la vida misma, o por lo menos a una vida razonablemente
libre de malestar permanente. Los signos de enemigos, de protección,
de comida o de las condiciones sociales más importantes deben aprehenderse
correctamente. (Dewey, p. 37-38)
El hombre espera del hombre la confrontación. Un mensaje
pleno de contenido y de inspiración personal. Quien habla
se encuentra en 'continuas relaciones de reciprocidad con
el que escucha; uno
guía al otro, siendo
guiado a su vez por
éste".
Majorana, p. 10)
El orador se representa a sí mismo, porque imagina y crea; "su
palabra es un trozo de vida, más vivido que visto". Los estados
de ánimo podemos proyectarlos y hacer a los demás partícipes
de éstos. Solo necesitamos hablar expresivamente, conforme
a la naturaleza de nuestros sentimientos e ideas.
La palabra escrita, si bien puede ser más madura, depende mucho
de su impacto, de la habilidad que se posea para el manejo de la pluma,
cosa nada fácil ni accesible a todos. El lenguaje escrito,
no obstante la ambigüedad de que participa por ser de carácter
ordinario, frente al lenguaje formalizado, es más preciso que el
lenguaje verbal; pero, al mimo tiempo, carece de la riqueza y el
poder de comunicación que posee la palabra hablada. La pobreza
del comunicado escrito proviene, por una parte, de la pérdida de
tonos, énfasis, que se observan en la expresión oral
y que no pueden sustituirse con los signos de puntuación, de exclamación,
tipo cursivo y otros recursos que empleamos en la comunicación escrita,
todo lo cual trae por consecuencia un 'enfriamiento del lenguaje hablado
al codificarse en escritura". (Flores, p. 113) La escritura
no pone en contacto directo al emisor (es la persona que envía el
mensaje) con el receptor (es quien recibe el comunicado).
El lenguaje, a través de la palabra oral y escrita, llega a
sus máximos alcances al trasmitir ideas con un fin determinado.
CAPÍTULO III.
Los signos y símbolos
El pensamiento confiere a los acontecimientos y objetos físicos
una condición muy diferente de la que tienen para un ser no reflexivo.
Estas palabras, para alguien que no ve en ellas signos lingüísticos,
son meros garabatos, extrañas variaciones de luz y sombra.
Pero para quien son signos de otras cosas, el conjunto
de señales representa una idea u objeto. Estamos
tan acostumbrados al hecho de que las
cosas tengan significado para nosotros, de
que no sean simples estímulos de
los órganos de los sentidos, que no
llegamos a darnos cuenta de que solo
están cargados de significados que
tienen debido a que en el pasado
las cosas ausentes no fueron sugeridas
mediante las presentes y a que éstas
sugerencias se han visto confirmadas por
la experiencia posterior. Un objeto es más que
una simple cosa: es una cosa con una significación definida.
La distinción que se ha hecho, puede entenderse mejor si se
piensa en cosas y acontecimientos que resultan extraños y se los
compara con las mismas cosas y acontecimientos tal como se aparecen a personas
que tienen un cabal conocimiento de ellos; o si se quiere comparar
una cosa o un acontecimiento tal como era antes, con lo que es después
de haber logrado dominarlo intelectualmente. Para un lego, un charco
de agua puede significar únicamente algo con qué lavar o
para beber; para otra persona puede representar una unión de dos
elementos químicos, gases, que no líquidos; si bien puede
significar algo que no se debe beber porque puede provocar una fiebre tifoidea.
Para un bebé, al principio las cosas son únicamente manchas
de color y de luz, fuentes de sonido; sólo adquieren significado
en la medida en que se convierten en signos de posibles experiencias, aunque
no todavía presentes ni reales. Para el científico
erudito, el alcance de los significados que poseen las cosas ordinarias
es mucho más amplio que para el hombre común. Una piedra
no es simplemente una piedra, sino un tipo de mineral determinado, originario
de un estrato geológico, etc; dice algo acerca de lo que ocurrió
hace millones de años y mantiene
viva la evolución de la historia
de la tierra. (Dewey, p. 35-36)
Al subrayar la importancia de los signos en relación con significados
específicos corremos el riesgo de pasar por alto otro aspecto, igualmente
destacable. Los signos no
solo ponen de relieve significados específicos o individuales,
sino también son instrumentos para la agrupación de significados
en relación recíproca. Las palabras no son únicamente
nombres o títulos de significados particulares; también constituyen
enunciados en los que los significados particulares; también constituyen
enunciados en los que los significados
se organizan en relación
recíproca. Las principales
solo ponen de relieve significados específicos o individuales, sino
también son instrumentos para la agrupación de significados
en relación recíproca.
Las principales clasificaciones intelectuales que constituyen el capital
operativo del pensamiento lo ha construido para nosotros nuestra lengua
materna. Nuestra auténtica carencia de conciencia explícita,
cuando usamos el lenguaje, de que estamos empleando las sistematizaciones
de la especie, muestra cuán radicalmente nos hemos acostumbrado
a sus distinciones y agrupaciones lógicas. (Dewey, p. 199)
El pensamiento es imposible sin lenguaje y es importante recalcar que
el lenguaje incluye mucho más que el lenguaje oral y escrito.
Los gestos, los cuadros, los monumentos, las imágenes visuales,
los movimientos de los dedos y todo lo que se emplee deliberada y artificialmente
como signo, es lógicamente, lenguaje. Decir que el lenguaje
es necesario para pensar equivale a decir que los signos son necesarios
.El pensamiento no trata con simples cosas, sino con sus significados,
sus sugerencia; y los significados, para ser aprehendidos, han de estar
encarnados en existencias sensibles y concretas. Sin significados,
las cosas no son más que estímulos ciegos, cosas en bruto
o fuentes casuales de placer o dolor; y puesto que los significados no
son en sí mismos cosas tangibles, deben vehicular los significados
con los símbolos. Si un hombre se acerca a otro para expulsarlo
de la habitación, su movimiento no es un signo. Pero si el
hombre señala la puerta con la mano o pronuncia el sonido <<¡fuera!>>,
su acto se convierte en un vehículo de significado: es un
signo, aunque no un signo completo en sí mismo. Lo importante
de los signos es lo que significan y representan. Canis, Hund, chien, dog,
perro: no hay ninguna diferencia en los que la cosa exterior es, con tal
de que el significado esté presente.
Los objetos naturales son signos naturales de otras cosas y acontecimientos.
Las nubes representan lluvia; una huella representa la pieza de caza o
un enemigo; una roca saliente sirve para identificar minerales bajo la
superficie. Sin embargo, las limitaciones de los signos naturales
son muy grandes.
En primer lugar, la excitación física o sensorial directa
tiende a distraer la atención de lo que se significa o indica.
No habrá prácticamente nadie que no recuerde haber señalado
un objeto o alimento a un gato o un perro, con el único resultado
de que el animal dirigiera su atención a la mano que señalaba,
no a la cosa señalada.
En segundo lugar, allí donde hay signos naturales, quedamos
fundamentalmente a merced de los acontecimientos exteriores; hemos de esperar
hasta que el suceso natural se presente por sí mismo para ser advertidos
de la posibilidad de que otro suceso se presente a continuación.
En tercer lugar, los signos naturales, puesto que no han sido originalmente
diseñados para que sean signos, son engorrosos, voluminosos, incómodos,
difíciles de manejar. Por el contrario, un símbolo
está diseñado, inventado, como cualquier herramienta o utensilio,
para servir a la finalidad de vehicular un significado. (Dewey, p. 196)
Por tanto, es indispensable para cualquier desarrollo importante del
pensamiento la existencia de signos ya que el lenguaje cumple con ese requisito:
sonidos, gesticulaciones, formas escritas e impresas; éstas existencias
físicas adquieren su valor original cuando representan un significado.
Hay tres aspectos de los signos artificiales
que favorecen su
utilización como representantes de significados:
En primer lugar, el valor sensible y directo de sonidos tenues y de
diminutas marcas escritas o impresas es muy ligero. Como consecuencia,
la atención no se aleja de su función representativa.
En segundo lugar, su producción está bajo nuestro control
directo, de modo que se pueden producir cuando se necesiten. Cuando
podemos pronunciar la palabra lluvia, no tenemos por qué esperar
una futura precipitación real para orientar nuestro pensamiento
en esa dirección. No podemos producir la nube; pero podemos
producir el sonido, y en lo que respecta al significado, el sonido vale
tanto como la nube.
En tercer lugar, los signos lingüísticos arbitrarios son
cómodos y fáciles de manejar. Son compactos, portátiles
y sutiles. Mientras vivimos, respiramos; y las modificaciones, mediante
los músculos de la garganta y la boca, del volumen y cualidad del
aire, son simples, fáciles e indefinidamente controlables.
También se usan como signos posiciones corporales y gestos de la
mano y el brazo, pero son burdos e inmanejables en comparación con
las modificaciones de la respiración para producir sonidos.
No es de extrañar que se haya elegido el habla como la principal
materia de signos intelectuales intencionales. Los sonidos, aunque
son sutiles y refinados, son fácilmente modificable, son transitorios.
Este defecto es corregido por el sistema de palabras escritas o impresas,
que apela al ojo. (Dewey, p. 196)
Sin olvidar la íntima conexión existente entre significado
y signos (o lenguaje), podemos advertir con mayor detalle en qué
contribuye el lenguaje a: 1) los significados específicos, y 2)
la organización de significados.
En el caso de los significados específicos, un signo verbal
selecciona, separa un significado de los que de otra manera sería
un flujo vago e indistinto; retiene, registra y almacena ese significado;
y lo aplica cuando lo necesita, a la comprensión de otras cosas.
Si combinamos éstas diversas funciones en un complejo de metáforas,
podemos decir que un signo lingüístico es valla, etiqueta y
vehículo, todo a la vez. (Dewey, p. 197-198)
La palabra es una porque todo el mundo ha experimentado cómo
el aprendizaje de un nombre adecuado para lo que era oscuro y vago
aclara y cristaliza toda la cuestión. Hay significados que
parecen estar a nuestro alcance, pero que son elusivos, que rehusan condensarse
en una forma definida. A veces, la construcción de una palabra
pone de alguna manera –es casi imposible de decir de qué manera-
limites alrededor del significado, lo extrae del vacío, lo destaca
como una entidad en sí misma. Cuando Emerson dijo que habría
querido conocer el verdadero nombre de una cosa, su nombre poético,
antes que la cosa misma, presumiblemente pensaba en esa radiante y
luminosa función del lenguaje. El placer que los
niños experimentan al preguntar
y aprender los nombres de todas las cosas que los rodean indica que los
significados se van convirtiendo para ellos en individuos concretos, de
modo que su comercio con las cosas va pasando del plano físico al
intelectual. Nombrar algo es darle un título,
dignificarlo y honrarlo elevándolo de la mera existencia física
a la categoría de significado, que es distinta y permanente.
La palabra como una etiqueta es porque las cosas van y vienen, o nosotros
vamos y venimos, y en ambos casos las cosas escapan a nuestra atención.
Nuestra relación sensible directa con las cosas es muy limitada.
La sugerencia de significados mediante los signos naturales se limita
a las ocasiones en que se produce contacto directo o visión.
Pero un significado establecido por un signo lingüístico queda
conservado para la utilización futura. Aún cuando la
cosa no esté presente para representar el significado, se puede
reproducir la palabra para evocarlo. Puesto que la vida intelectual
depende de la posesión de un arsenal de conocimiento, la importancia
del lenguaje como instrumente de preservación de significados es
imposible de calcular. Es evidente que el método de almacenamiento
no es totalmente aséptico; a menudo las palabras corrompen y modifican
los significados que se supone que han de conservar intactos, pero el resto
de infección es un precio que todo ser vivo paga por el privilegio
de vivir.
La palabra es un vehículo cuando un signo separa y fija un significado,
es posible usar ese significado en un nuevo contexto o una nueva situación.
Esta transferencia y nueva aplicación es la clave de todo juicio
y toda deducción. Poco provechoso sería para el hombre
el haber reconocido que una nube concreta fue la premonición de
una tormenta concreta, si en eso se agotará el reconocimiento; tendría
que volver a aprender lo mismo una y otra vez, ya que la próxima
nube y la próxima lluvia serán acontecimientos diferentes.
Si así fuera, resultaría imposible todo desarrollo acumulativo
de la inteligencia. (Dewey, 198)
Los símbolos son existencia físicas y sensoriales particulares,
lo mismo que cualquier otra cosa. Sólo son símbolos
en virtud de que sugieren y representan, es decir, de los significados.
En primer lugar, representan estos significados para cualquier individuo
siempre que haya tenido experiencia de alguna situación en la cual
éstos significados fueran realmente pertinentes. Las palabras
pueden destacar y preservar un significado tan solo cuando el significado
se ha vista previamente implicado en nuestro trato directo con las cosas.
El intento de dar un significado a través de la mera palabra,
sin ningún contacto concreto con una cosa, equivale a privar de
significado inteligible a la palabra.
En segundo lugar, aunque las nuevas combinaciones de palabras sin la
intervención de cosas físicas puedan proporcionar nuevas
ideas, ésta posibilidad tiene sus límites.
En tercer lugar, las palabras que originalmente representaban ideas,
terminan por convertirse, debido al uso constante, en simples piezas de
un juego; es decir, se vuelven cosas físicas manipulables de acuerdo
con ciertas reglas o ante las que se reacciona mediante ciertas operaciones
sin tener conciencia de su significado. Stout –que ha llamado
<<signos sustitutivos>> a tales términos-, dice que <<los
signos algebraicos y aritméticos se usan en gran medida para sustituir
a signos… Es posible usar signos de éste tipo siempre que
de la naturaleza de las cosas simbolizadas pueden derivarse reglas fijas
y definidas de operación, de modo que se las pueda aplicar en la
manipulación de signos, sin ninguna otra referencia a su significado.
Una palabra es un instrumento para pensar acerca de un significado que
la misma expresa; un signo sustitutivo es un medio para no pensar
en el significado que simboliza>>. Sin embargo, al
principio se aplica tanto a las palabras ordinarias como a
los signos algebraicos; también ellos nos capacitan para utilizar
significados a fin de lograr ciertos resultados sin necesidad de pensar.
En muchos aspectos, los signos que son medios para no pensar prestan una
gran utilidad; al representar lo familiar, liberan cierta atención
para dedicarla a significados que, por ser nuevos, requieren una interpretación
consciente. No obstante, el premio que la escuela otorga al logro
de facilidades técnicas, a la habilidad en la producción
de resultados exteriores, convierte a menudo estas ventajas en auténticos
perjuicios. En la manipulación de símbolos para hablar
bien, para dar respuestas correctas, para seguir fórmulas prescritas
de análisis, la actitud del alumno se vuelve mecánica antes
que reflexiva, la memorización verbal sustituye a la investigación
del significado de las cosas.
(Dewey, p. 201)
CAPÍTULO IV.
Informes, deducciones y juicios
Se ha dicho que extraer deducciones es la gran tarea de la vida.
Todo el mundo tiene necesidad, cada día, a cada hora, a cada momento,
de enfrentarse con hechos que no ha observado directamente antes, y no
con el propósito general de incorporarlos a su arsenal de conocimientos,
sino porque los hechos mismos son importantes para sus intereses o sus
ocupaciones. La tarea del magistrado, del comandante, del navegante,
del físico, del agricultor, no es otra cosa que juzgar acerca de
la evidencia y actuar en consecuencia… Que lo hagan bien o mal depende
de que cumplan bien o mal con los deberes de sus diferentes profesiones.
Es la única ocupación en que la mente no deja jamás
de estar comprometida.
Cuando se presenta una situación que entraña una dificultad
o una confusión, son que se encuentra en ella puede adoptar
una de las actitudes siguientes: o bien eludirla, abandonar el vuelo
de la fantasía e imaginarse poderoso, rico o dueño –de alguna
manera- de los medios para dominar la dificultad; o bien, finalmente,
enfrentarse realmente a la situación. En este último
caso se comienza por reflexionar.
En el momento en que empieza a reflexionar, empieza necesariamente
a observar, a fin de tomar nota de las condiciones. Algunas de estas
observaciones se realizan mediante el uso directo de los sentidos;
otras, a través del recuerdo de observaciones previas, propias o
ajenas. La persona que tiene que acudir a una cita observa con sus
ojos su situación presente, recuerda el lugar a donde debía
llegar a la una y pasa revista mental a los medios de transporte que conoce
y sus respectivas localizaciones. De ésta manera obtiene el
reconocimiento más claro y distinto posible de la naturaleza de
la situación con la que tiene que enfrentarse. Algunas de
las condiciones son obstáculos; otras, ayudas o recursos.
Ya sea que las condiciones le lleguen por percepción directa, ya
sea a través de la memoria, todas ellas conforman los hechos del
caso. Son las cosas que están allá, con las que hay
que contar. Lo mismo que todos los hechos, son obstinados.
No se los puede eliminar mediante procedimientos mágicos, únicamente
porque sean desagradables. Es inútil desear que no existan
o que fueran diferentes. Hay que tomarlos como son. Su observación
y su recuerdo deben utilizarse sin referencias de ningún tipo para
no pasar por alto o juzgar erróneamente aspectos importantes.
Mientras no está sólidamente establecido el hábito
de pensar, enfrentarse a la situación para descubrir hechos requiere
esfuerzo. En efecto, la mente tiende a rehuir lo que es molesto y,
por ende, a alejarse del conocimiento adecuado de lo especialmente perjudicial.
(Dewey, p. 99)
Junto con el conocimiento de las condiciones que constituyen los hechos
con los que hay que enfrentarse, surgen las sugerencias de posibles modos
de acción. Estas alternativas compiten entre sí.
Por comparación decide qué alternativa es la mejor, cual
es la que tiene mayores probabilidades de procurar una solución
satisfactoria. La comparación se produce indirectamente.
En el primer momento piensa en una solución,
y la deja en el pensamiento suspenso para volver
nuevamente a los hechos. Ya tiene un punto de vista que lo conduce
a nuevas observaciones y recuerdos y a una reconsideración de las
observaciones anteriores, a fin de comprobar el valor del camino sugerido.
A menos que utilice la sugerencia como guía de nuevas observaciones
en vez de provocar la paralización del juicio, la aceptará
apenas se presente, y entonces el pensamiento será escaso.
Los hechos recientemente observados pueden provocar nuevas sugerencias,
y seguramente lo harán en una situación compleja. Estas
sugerencia se convertirán en señales para la posterior investigación
de las condiciones. Los resultados de esta indagación comprueban
y corrigen la inferencia propuesta o sugieren una nueva. Esta continua
interacción entre, por un lado, los hechos desvelados por la observación
y, por otro, las propuestas de solución y los métodos de
tratamiento de las condiciones sugeridos, continúa hasta que una
solución sugerida satisface todas las condiciones del caso y no
entra ya en conflicto con ningún
aspecto del mismo aún
por descubrir. (Dewey, p. 100)
El término técnico que designa los hechos observados
es datos. Los datos constituyen el material que hay que interpretar
y explicar; o, en caso de deliberación acerca de lo que hay que
hacer o de como hacerlo, el material que se ha de manejar y utilizar.
Las soluciones sugeridas para las dificultades que la observación
ha descubierto constituyen las ideas. Datos (hechos) e ideas (sugerencia,
soluciones posibles) constituyen los dos factores indispensables y correlativos
de toda actividad reflexiva. (Dewey, p. 101)
La capacidad para organizar el conocimiento consiste, en términos
muy amplios, en el hábito de revisar los hechos y las ideas previas
y relacionarlas entre sí sobre una nueva base; a saber, sobre la
base de la nueva conclusión a la que se ha llegado.
Los juicios no tienen lugar aisladamente, sino en conexión con
la solución de un problema, la aclaración de algo obscuro
y desconcertante, la resolución de una dificultad. El propósito
de resolver un problema determina qué tipo de juicios han de hacerse.
Es imprescindible que los juicios no solo sean correctos, sino también
pertinentes a un problema determinado. Juzgar es seleccionar y sopesar
el alcance de los hechos y las sugerencias, tal como se presentan, así
como decidir si los hechos supuestos son realmente hechos y si la idea
utilizada es una idea sólida o una mera fantasía.
Se pueden aprehender las características importantes del juicio
si se piensa en las operaciones a las que originariamente se aplicaba la
palabra juicio, es decir, la decisión autoritaria en cuestiones
de controversia jurídica, el procedimiento del juez en el tribunal.
De estos rasgos, se distinguen tres: 1) una controversia, consiste en pretensiones
opuestas acerca de la misma situación; 2) un proceso de definición
y elaboración de esas pretensiones y de selección de los
hechos que se aducen en su apoyo; 3) una decisión final, o sentencia,
que clausura la cuestión en disputa mientras sirve al mismo tiempo
como regla o principio para decidir casos futuros.
A menos que haya algo dudoso, la situación se puede aprehender
de un vistazo; se capta de golpe, es decir, que es simple percepción
y reconocimiento, pero no juicio. Si la cuestión es íntegramente
dudosa, si todo en ella es tinieblas y oscuridad, entonces
es un misterio absoluto, y tampoco es este caso tiene lugar el juicio.
Pero sí sugiere, aún cuando sólo sea vagamente, diferentes
significados, posibles interpretaciones rivales, entonces hay en ella algún
punto en cuestión, algo en juego. La duda toma la forma de
discusión, de controversia mental.
La audición de la controversia, el proceso, la evaluación
de las afirmaciones alternativas, se divide en dos ramas, una de las cuales,
en un caso dado, puede ser mas importante que la otra. En la consideración
de una disputa legal, éstas dos ramas seleccionan la evidencia y
escogen las reglas aplicables; son los hechos y la ley del caso.
En toda ocurrencia real hay muchos detalles que forman parte del acontecimiento
total, pero que, no obstante, no son significativos en relación
con el tema en cuestión. Todas las partes de una experiencia
están igualmente presentes, pero distan mucho de tener el mismo
valor en cuanto signos o en cuanto evidencias. Ni hay tampoco etiqueta,
marca o señal de ninguna clase que diga: esto es importante o esto
es trivial. Tampoco la intensidad, la vivacidad o la notoriedad son
medida segura de valor indicativo o probatorio. (Dewey, p. 116)
Algo importante puede ser totalmente insignificante en esta situación
particular, y la clave de la comprensión de toda cuestión
puede ser algo modesto o escondido. Los rasgos no significativos
distraen; insisten en sus pretensiones para que se los considere señales
o indicios que hay que interpretar, mientras que los rasgos realmente insignificativos
no aparecen en absoluto en la superficie. De ahí que el juicio
sea necesario incluso en lo relativo a la situación o acontecimiento
presente para los sentidos; la eliminación o el rechazo, la selección,
el descubrimiento, la iluminación, tiene que producirse necesariamente.
Mientras no hayamos llegado a una conclusión final, el rechazo y
la selección han de ser provisionales o condicionales. Seleccionamos
las cosas que esperamos o en las que confiamos que sean indicios de significado.
Pero no sugieren una situación que las acepte e influya en ella,
reconstruimos nuestros datos del caso; pues, desde el punto de vista intelectual,
mediante los hechos del caso queremos decir los rasgos que se utilizan
como evidencia para sacar una conclusión o tomar una decisión.
Una vez formado, el juicio es una decisión; cierra, o concluye
el problema en cuestión. Esta determinación no sólo
sirve para el caso particular presente, sino que también contribuye
a fijar una regla o método para la decisión de cuestiones
semejantes en el futuro, así como la sentencia del juez concluye
una disputa particular y al mismo tiempo constituye un antecedente para
decisiones futuras. Si la interpretación que se ha adoptado
no se ve contradicha por los acontecimientos posteriores, se presume la
validez de una interpretación similar en otros casos cuyas características
no sean tan evidentemente distintas como para invalidarla. De ésta
manera, poco a poco se van construyendo principios del juicio y va ganando
peso y autoridad una cierta manera de interpretar. En resumen, los
significados se estandarizan; se convierten en procesos lógicos.
A través del juicio se aclaran los datos confusos y se reúnen
hechos aparentemente discontinuos e incoherentes. El esclarecimiento
es análisis. La reunión o unificación, es síntesis.
Las cosas pueden producir en nosotros un sentimiento peculiar, pueden provocarnos
una indescriptible impresión. Esto
es, se puede sentir que una cosa
es redonda; un acto puede aparecer rudo; sin embargo, esta impresión,
ésta cualidad, puede perderse, ser absorbida, diluida en la situación
total. Sólo cuando necesitamos utilizar precisamente ese aspecto
de la situación original como instrumento de dominio de algo extraño
u oscuro en otra situación, destacaremos la cualidad de tal modo
que se individualice. Sólo cuando necesitamos caracterizar
la forma de algún nuevo objeto o la cualidad moral de algún
nuevo acto, ese elemento de redondez o de rudeza de la experiencia anterior
se separa y erige en rasgo distintivo. Si el elemento seleccionado
esclarece lo que sin él resulta oscuro en la nueva experiencia,
si estabiliza lo que es incierto, entonces gana en eficacia y definición
de significado. (Dewey, p. 116)
Por tanto, una idea es una unidad semejante al juicio, sino más
bien una unidad elemental en la formación de un juicio. Podemos
comparar una reflexión completa con un párrafo; el juicio
es como una oración.
El juicio, la comprensión y el concepto, son todos componentes
del proceso reflexivo en el cual una situación confusa e inquietante
se transforma en una coherente, clara y definida.
CAPÍTULO V.
Los contextos
Cuando vemos algo moverse, escuchamos un sonido repentino, percibimos
un olor, cuando hemos comprendido qué significa una ardilla que
corre, dos personas que conversan, una explosión de pólvora,
decimos que hemos comprendido. Comprender es captar el significado.
Mientras no comprendemos, siempre que nos pique la curiosidad, nos sentimos
inquietos, desconcertados, y por ende, motivados para investigar.
Cuando ya hemos comprendido, por lo menos comparativamente, nos sentimos
intelectualmente cómodos y tranquilos. Hay un momento, en
el curso de nuestra investigación, en el que el significado solo
está sugerido, en el que mas bien lo dejamos en suspenso como posibilidad
antes que aceptarlo como realidad. Entonces, el significado es una
idea. Una idea está a mitad del camino entre la comprensión
segura, la confusión y el desconcierto mental. Mientras la
aceptación de un significado sea condicional, esto es, para utilizar
y probar, es una idea, una suposición. Cuando se lo acepta
positivamente, es que ha habido comprensión de algún
objeto o acontecimiento.
Una idea termina normalmente ofreciendo una comprensión, de
tal modo que una cosa o un acontecimiento adquieran significado.
Una cosa comprendida, una cosa con significado, es distinta tanto de una
idea, que es un significado incierto y todavía aislado, como de
una cosa en bruto, meramente física. Puedo tropezar con algo
en la oscuridad y golpearme sin comprender nada de lo que es esa cosa.
Hasta el momento, no es mas que una mera cosa cualquiera. Si
enciendo una luz e investigo, advierto que esa cosa es un taburete o carbonera.
Ahora es un objeto conocido, algo comprendido, una cosa con un significado,
que las tres son expresiones sinónimas. (Dewey, p. 124)
En el caso del significado de las palabras, al observar a los niños
y merced a nuestra propia experiencia en el aprendizaje de algún
otro idioma diferente al nuestro, nos damos cuenta de que acontecimientos
tales como los sonidos, que originariamente estaban desprovistos de significado,
adquieren un significado por el uso, y que éste uso implica siempre
un contexto.
Cuando los niños están aprendiendo a comprender y utilizar
el lenguaje, el contexto está compuesto de objetos y actos.
Un niño asocia sombrero con el hecho de ponerse algo en la cabeza
cuando sale de casa; cajón, con el acto de estirar algo fuera de
una mesa, etcétera. Debido a la presencia directa de
un contexto de acciones realizadas con objetos, las palabras aisladas adquieren
fuerza que para las personas mayores son propias de oraciones completas.
Poco a poco, otras palabras que originariamente adquieren significado por
el uso en un contexto de acciones manifiestas, se vuelven capaces de proporcionar
por si mismas el contexto, de tal modo que la mente puede prescindir del
contexto de cosas y actos.
Es evidente que hablar con oraciones completas constituye una adquisición
lingüística. Pero lo mas importante es que muestra
que una persona ha realizado un gran
avance intelectual . Ahora puede pensar uniendo signos verbales y
cosas no presentes a los sentidos y sin acompañarlas con ninguna
acción manifiesta de su parte. Cuando comprende combinaciones
semejantes que hacen los otros, está en posición de un nuevo
recurso que amplía indefinidamente su experiencia personal, que
de otra manera será escasa. Cuando aprende a leer, los signos
arbitrarios de un papel adquieren significado para él, y obtiene
así la posesión de los medios necesarios para extender aún
más su experiencia hasta incluir lo que han experimentado otras
personas muy alejadas de él en el espacio y en el tiempo.
(Dewey, p. 130)
No es fácil entender al comienzo las cosas porque no tienen
significado en nuestra experiencia, y que su significacion se adquiere,
lo mismo que en el caso de los sonidos, por introducción en un contexto
de uso a través de la producción de ayuda o placer –en calidad
de comida, de enseres o de prendas de vestir-, o bien de daño o
dolor, como el fuego cuando nos aproximamos demasiado a él, las
agujas que pinchan o el martillo que
golpea los dedos en vez del clavo.
Tomemos por ejemplo, una tenue lucecita que centella en el cielo por
la noche y comparemos la visión original de la misma con el amplio
y detallado conocimiento que de ella tiene un astrónomo experto.
Este último la identifica, digamos como el planeta, asteroide, satélite
o estrella fija que es el sol de algún otro sistema. Cada
una de éstas cosas lleva consigo un inmenso repertorio de significados:
distancia, velocidad de movimiento y todo lo que puede encontrarse en
un voluminoso libro sobre astronomía.
La diferencia entre la simple lucecita centelleante y un objeto de inmensa
significación ilustra la adquisición de significado que ha
tenido lugar en el caso de todo lo que comprendemos o sabemos.
También ilustra el hecho de que la adquisición de capacidad
para comprender -que es lo mismo que la adquisición de significado
por parte de las cosas- es inmensamente ampliado por el lenguaje, por la
elaboración de una serie de significados y por el razonamiento.
Este último proceso depende de la posesión
de algún tipo de sistema de signos
lingüísticos, pues hemos de recordar
que los símbolos matemáticos también son
un tipo de lenguaje. (Dewey, p. 131)
Podemos resumir diciendo que las cosas adquieren significado cuando
se las usa como medios para producir consecuencias ( o como medios
para impedir la aparición de consecuencias no deseadas ) o cuando
se las establece como consecuencias para las que tenemos que descubrir
los medios. La relación medios-consecuencias es el centro
y el corazón de toda comprensión. Las operaciones por
las cuales las cosas llegan a ser comprendidas como sillas, mesas, zapatos,
sombreros, comida, etcétera, ilustran la relación medios-consecuencia
desde el lado de los medios. La relación inicial con el lado
de la consecuencia se ilustra con cualquier invento. Edison pensó
en producir luz mediante el uso de la electricidad; luego, tuvo que
descubrir las condiciones de las cosas y las relaciones que la producían;
esto es, los medios para ello. Lo mismo ocurrió en el caso
de Langley y los hermanos Wright tras su concepción de la idea,
como fin deseado, de una máquina de volar. Y los ilustran
todos los casos ordinarios de planificación. Pensamos en algo
necesario o deseable y luego tenemos que buscar los materiales y los métodos
adecuados para hacer realidad esa idea.
Siempre que tenemos que resolver un problema de este tipo, las cosas
entran en la relación medios-consecuencia y al hacerlo adquieren
un significado a través de la producción de luz eléctrica,
o como la gasolina, antes casi un subproducto, obtuvo un nuevo significado
cuando se inventó el motor de explosión.
El alcance pedagógico de este principio es demasiado obvio como
para mencionarlo aquí. Una de las principales causas por las
que la escuela no consigue asegurar que el progreso en la capacidad para
comprender sea un resultado educativo valioso estriba en el desdén
por la provisión de proyectos que estimulen la inventiva y el ingenio
de los alumnos en lo que se refiere a la propuesta de los fines que se
deben realizar, o en el hallazgo de los medios para llegar a consecuencias
previamente pensadas. Ninguna rutina, ninguna actividad impuesta
desde afuera, consigue desarrollar la capacidad de comprender, aún
cuando promueven habilidades en el quehacer exterior. Son demasiados
los llamados problemas –pero que en realidad solo son tarea impuestas-
que, en el mejor de los casos, sólo logran un tipo de habilidad
mecánica en la aplicación de reglas fijas y la manipulación
de símbolos. En resumen, únicamente nos encontramos
con un desafío al entendimiento cuando existe o bien una consecuencia
deseada para cuya consecución tenemos que buscar los medios,
o bien algo –incluso los símbolos en la medida en que la experiencia
ha madurado- que se presenta en tales condiciones que es necesaria la reflexión
para advertir qué consecuencias se pueden derivar de su uso.
(Dewey, p. 132)
Demasiado a menudo se afirma que se ha comprendido un tema cuando se
ha almacenado en la memoria y se puede reproducir cuando sea necesario.
De nuestro análisis se desprende con toda claridad que nada se conoce
realmente salvo en la medida en que se comprende.
CONCLUSIÓN
El tipo de historia más difícil de escribir es la
contemporánea, ya que no sabemos qué hilos del presente serán
más tarde, en retrospectiva, los que hayan conducido hacia los progresos
más significativos. De cualquier modo, es importante tratar
de apreciar el presente con todos sus significados y en todas sus expresiones.
Se han citado a pensadores del pasado que han ejercido una gran influencia
histórica. Pero los hechos a los que ellos se refieren nos
resultan familiares en nuestra experiencia cotidiana. Toda persona
observadora puede advertir cada día, tanto en sí mismo como
en los demás, cierta tendencia a creer en aquello que sintoniza
con sus deseos. Consideramos que es verdad lo que nos gustaría
que lo fuese y difícilmente aceptamos las ideas contrarias a nuestras
esperanzas y deseos. Todos vamos directamente a las conclusiones;
casi nadie examina ni comprueba sus ideas, y ello se debe a nuestras actitudes
personales. Cuando generalizamos, tendemos a hacer afirmaciones omnicomprensivas;
es decir, que a partir de uno o de unos pocos hechos, realizamos una generalización
que cubre un campo muy amplio. La observación también
revela el poderoso alcance de influencias sociales que no tienen, en realidad,
nada que ver con la verdad o la falsedad de lo que se afirma o se niega.
Algunas de las disposiciones psíquicas que otorgan al pensamiento
limitado y mal orientado su impertinente influencia son buenas en sí
mismas, y justamente por eso resulta imprescindible la educación.
No cabe duda de que la reverencia a los padres y el respeto a quienes ostentan
autoridad son, considerados en abstracto, rasgos valiosos del carácter.
Sin embargo, tal como señala Locke, se encuentran entre las
fuerzas capitales que determinan las creencias al margen e incluso en contra
de las operaciones del pensamiento inteligente. El deseo de estar
en armonía con los demás es en sí mismo un deseable
rasgo del carácter. Pero puede llevar, con excesiva
facilidad, a una persona a incurrir en los mismos prejuicios que los demás
y debilitar así su independencia de criterio. Incluso conduce
a un partidismo externo que considera desleal cuestiona las creencias de
un grupo al que se pertenece.
Debido a la importancia de las actitudes, la capacidad para educar
el pensamiento no se consigue simplemente mediante el conocimiento de las
mejores formas de pensamiento. La posesión de ésta
información no es ninguna garantía de capacidad para pensar
correctamente. Además, no hay ejercicio de pensamiento correcto
cuya práctica dé como resultado un buen pensador.
Todo el mundo conoce personas que, pese a ser pensadores expertos en
un campo especial, en otros terrenos adoptan puntos de vista sin utilizar
la investigación previa que saben necesaria para la justificación
de los hechos más simples en el marco de sus respectivas especialidades.
La función del pensamiento reflexivo, por tanto, es la de transformar
una situación en la que se experimenta oscuridad, duda, conflicto
o algún tipo de perturbación, en una situación clara,
coherente, estable y armoniosa. No hay mejor manera de saber si una
deducción ha sido genuina que preguntarse si terminó con
la sustitución de una situación desconcertante, confusa e
incoherente por una situación clara, ordenada y satisfactoria.
El pensamiento parcial e ineficaz termina en conclusiones formalmente
correctas, pero que no tienen ningún efecto sobre lo personal e
inmediatamente vivido. La deducción vital siempre ofrece al
sujeto pensante un mundo que en algún sentido se vive como diferente,
pues en él algún objeto ha ganado en claridad y en orden.
En resumen, el pensamiento auténtico desemboca en la apreciación
de nuevos valores.
Tomando en cuenta que juzgar es seleccionar y decidir de entre hechos,
sugerencias e ideas hasta que se presenten como una idea sólida.
Podemos decir que una persona en su juicio sano es una persona que tiene
sentido común, que es buen juez de valores relativos, que puede
estimar, apreciar y evaluar, con tacto y discernimiento. De lo anterior
se desprende que el núcleo de un buen hábito de pensamiento
se encuentra en la capacidad para enunciar juicios pertinente y discriminadamente.
La perezosa inercia lleva a los individuos a aceptar, sin investigación
ni verificación personal, ideas que son moneda corriente en su entorno,
Tal vez un hombre utilice el pensamiento para descubrir qué
creen los demás, deteniéndose ahí. Las ideas
de los demás se encarnan en el lenguaje y se convierten en sustitutos
de las propias ideas.
La afirmación común de que el lenguaje es la expresión
del pensamiento sólo es una verdad a medias, y una verdad a medias
que fácilmente puede convertirse en puro error. El lenguaje
expresa el pensamiento, sí, pero no primordialmente ni al comienzo,
de un modo consciente. El motivo primordial del lenguaje es influir
–a través de la expresión del deseo, la emoción y
el pensamiento- en la actividad de los demás; su empleo como
vehículo consciente de pensamiento y conocimiento es una formación
terciaria y relativamente tardía. El contraste ha quedado
bien aclarado por la afirmación de John Locke, según la cual
las palabras tienen un doble uso, civil y filosófico. Entiendo
por uso civil –dice este filósofo- una comunicación de pensamientos
e ideas por medio de palabras que sirvan para sostener una conversación
y un comercio comunes acerca de las cosas y conveniencias ordinarias de
la vida civil… Entiendo por uso filosófico de las palabras
un uso tal que las haga actuar como portadores de las nociones precisas
de las cosas y expresar en general proposiciones ciertas y verdades indudable.
No se puede provocar la capacidad de pensar en ninguna criatura que
no piense ya espontáneamente, o, como solemos decir, naturalmente.
No obstante aún cuando no podemos aprender ni enseñar a pensar,
podemos aprender cómo pensar bien, sobre todo, cómo adquirir
el hábito general de reflexión.
El pensar lleva tiempo y sigue un proceso; pero es evidente que la
educación tiene que ver ante todo con el pensamiento tal como ocurre
realmente en los seres humanos individuales. Su propósito
es crear actitudes favorables al pensamiento eficaz, y para promoverlas
tiene que seleccionar y ordenar acertadamente los temas y las actividades
con ellos relacionadas.
El lenguaje a través de la palabra se puede expresar en diversas
formas: oral, no verbal, impresa y escrita. A que intervienen
diferentes factores en cada una de estas expresiones del lenguaje tales
como el lenguaje corporal, signos, símbolos, etcétera, que
van a significar en la medida de que se haya tenido
alguna experiencia similar en el pasado y
se haya registrado en nuestra memoria.
Bien demostrado está, que el lenguaje en la mejor herramienta
a utilizar por el hombre para expresar sus ideas, pensamientos, así
como para lograr cualquier meta deseada u obtener sus propias conclusiones.
FUENTES
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Baena Paz, Guillermina
"Redacción práctica (el estilo personal de redactar)"
Editores Mexicanos Unidos, México, 1986
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Editores Mexicanos Unidos, México, 1988
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Bühler, K.
"Les Lois generales d'Evolution dans le language de l'Enfant"
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597-607p.
De Bono, Edward
"Pautas y Herramientas para aprender a pensar"
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"Cómo pensamos. Nueva exposición de la relación
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"Comunicación Oral"
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"Teoría del Aprendizaje"
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"El lenguaje en el pensamiento en el niño pequeño"
Ediciones Paidós Ibérica; Barcelona, 1987
96p.
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134p.