Universidad Abierta

 


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LOS VALORES EN EL CONTEXTO DE LA EDUCACIÓN

 

VELÁZQUEZ LICEA EULALIO

 

 

CONTENIDO

 

INTRODUCCIÓN

FUNDAMENTOS TEÓRICOS DE LA FORMACIÓN DE VALORES

LA FORMACIÓN DE VALORES

DIAGNÓSTICO de NECESIDADES educativas

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

ANEXOS

 

INTRODUCCIÓN

 

Dedicar una investigación a la formación de valores en el ámbito escolar es, hoy por hoy, un asunto de suma relevancia no únicamente en el contexto educativo, sino en general para la sociedad. Basta con mirar a nuestro alrededor para darse cuenta de  que algo anda mal en las relaciones interpersonales, intergrupales, interétnicas, por poner algunos ejemplos. “Hay una crisis generalizada de valores” argumentan diversas personalidades; los cambios sociales han transformado en “obsoletos” a los valores hasta ahora válidos; el proceso de transformación de los valores no ha concluido en esta etapa de la historia lo que explica esa crisis valoral; las instituciones tradicionales, es decir, la familia, la iglesia, la escuela, han fallado en su encomienda de formación de valores de las nuevas generaciones. Todos estos juicios y otros más se han expresado últimamente en relación con una problemática que, a juicio del autor, es más profunda e impactante de lo que la mayoría supone.

Si se pide expresar en pocas palabras la esencia de este problema, se puede decir con justa razón, que la complejidad y diversidad de la sociedad y de sus productos culturales han transformado la visión del mundo del individuo a tal grado que los viejos modelos de formación de valores ya no operan en la misma medida que antes y, en tanto nos ponemos de acuerdo en cómo deben de operar y bajo qué criterios, las nuevas generaciones y aún la propia, se desarrollan impactando a la sociedad y a la naturaleza de manera tal que los riesgos de una vuelta a la simple lucha por las necesidades primarias es una cada vez más cercana realidad. No hay que olvidar que la tarea de la Formación de Valores supone, entre otras cosas, la preservación y enriquecimiento de la cultura, de las instituciones que la constituyen, de la identidad y soberanía nacional, de la memoria histórica, de la salvaguarda de la Naturaleza y del género humano, en un mundo cada vez “menos” humano y sujeto a políticas que anteponen el interés económico a cualquier intento de superación y mejora de la Humanidad.

 

“Hay que nacer para humano, pero sólo llegamos plenamente a serlo cuando los demás nos contagian su humanidad a propósito ... y con nuestra complicidad” (Savater, 1997, 27).

 

Si se parte de una concepción de la realidad humanizada, hablar de valores es hablar del ser humano, de sus posibilidades, de sus limitaciones, de cómo se imagina al mundo, de como lo ha ido modelando a través de los lentes de la ideología y de la ciencia, de la cultura, y de la tradición.

Conceptualmente, entonces, un valor está presente en la interrelación entre el sujeto y el objeto, por lo que se dice que es un concepto relacional dado que es producto de la actividad práctica del hombre, por tanto, los valores se encuentran mediados por la práctica histórico-social, en un sistema social determinado, en sus instituciones y en cada uno de nosotros, al interiorizarse en la conciencia del ser humano y convertirse en los reguladores internos de su actividad.

Los valores son subjetivos por su existencia, pero objetivos por su determinación social, de modo que un valor es la significación socialmente positiva de los objetos, acciones y fenómenos de la realidad, conforme a la definición ofrecida por José Ramón Fabelo, por lo que hablar de Formación de Valores implica un proceso en el cual, el sujeto conoce, entiende, comprende y hace suyo, es decir, interioriza los valores.

En el ámbito mundial, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Declaración de Derechos de los Niños, las diferentes cartas y declaraciones en defensa de las minorías étnicas, de género y de protección al medio natural son, junto con las declaraciones de la  UNESCO sobre educación y de la UNICEF, la OEI, la CEA y la AELAC, instituciones internacionales cuya finalidad es fomentar la igualdad en la formación y derechos de los seres humanos, un claro ejemplo del interés que mantiene en la actualidad la formación de valores de las nuevas generaciones.

La vigencia de la temática expuesta en este documento que se pone a su consideración, se puede evaluar también por la corriente exponencial que ha producido en los últimos nueve años, al menos, la diversificación de los enfoques para el tratamiento de la problemática estudiada. En México, después de varios intentos por parte de organizaciones civiles no gubernamentales y de las autoridades de algunos estados de la República, como son Sonora, Guanajuato y Coahuila, finalmente el Gobierno federal, y por supuesto, la Secretaría de Educación Pública ha puesto sus ojos en la formación de valores, desarrollando programas en este momento a nivel de Educación Media Básica (secundaria) con la propuesta de la nueva asignatura denominada “Formación cívica y ética” que viene a sustituir las asignaturas de primero y segundo grados de Civismo y la de Orientación Educativa en tercer grado, que se pondrán en operación el año lectivo 1999-2000. También es destacable el hecho de que en el Plan y programas del nivel Medio Superior (bachillerato o preuniversitario), se haya incluido, como en el caso del Colegio Nacional de Educación Técnica Profesional (CONALEP), asignaturas con un enfoque dirigido hacia la formación de valores, un caso similar se está presentando en el sistema de bachillerato del estado de Veracruz.

Sin embargo, el autor considera que todavía queda un largo camino que recorrer en el esfuerzo por presentar una estrategia global que facilite el camino para la formación de valores de las nuevas generaciones.

Por su parte, y sobre todo de cinco años a la fecha, el interés por investigar las diferentes aristas del problema que suscita la formación de valores, ha producido un importante número de publicaciones en artículos de revistas especializadas, ponencias en congresos, simposios y seminarios; estudios desde perspectivas disciplinares tan distintas como la sociológica, la histórica, la psicológica, la filosófica y la pedagógica, como se muestra en la amplia bibliografía especializada que se presenta aquí.

El contenido de este trabajo se ocupa de una de las aristas del problema de la Formación de Valores en las  nuevas generaciones, él referente a la Formación del Docente, es decir, a la preparación del maestro que le permita propiciar esa Formación de Valores en los niños y jóvenes.

La formación de valores en las nuevas generaciones es una necesidad que la sociedad y el Estado se plantean cada vez con mayor urgencia. Esta necesidad, está presente en la actualidad en prácticamente todos los países del mundo, y, en caso como el nuestro, México, encuentra expresión en la norma que rige el Sistema Educativo Nacional.

Precisamente, los Planes y Programas de Estudio de Primaria y Preescolar, obedecen a los principios emanados del Artículo Tercero Constitucional que a la letra dice:

 

“La educación que imparta el Estado tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano” y “se basará en los resultados del progreso científico” (Art. 30. Const. fracción II.)

 

El desarrollo de la personalidad, efectivamente, cuenta como uno de los elementos componentes de su parte afectiva a los valores.

Sin embargo, entre otros agentes que hacen posible este proceso en la escuela, está el maestro, quien a través de su actividad e interacción con sus alumnos propicia ese desarrollo.

¿Hasta dónde  este proceso se  realiza realmente en la escuela?, ¿Cuenta el docente con los elementos teórico-metodológicos  adecuados para el logro de esta formación?.

Como parte inicial de la investigación, se llevó a cabo un diagnóstico de necesidades educativas referidas a los conocimientos que manejan los maestros de Primaria y Preescolar en relación con la formación de valores en los niños y jóvenes. En este caso, la población estudiada fue la compuesta por los maestros que asisten a nivelación pedagógica profesional en la Unidad Regional Xalapa de la Universidad Pedagógica  Nacional.

El resultado de esta investigación resalta la necesidad de una formación inicial sustentada teórica, histórica, social y metodológicamente de los maestros en ejercicio y de aquellos que actualmente se están formando.

Posteriormente, se efectuó un ciclo de conferencias dictadas por el autor en las principales regiones del estado de Veracruz, México en los espacios ofrecidos por los centros regionales de Maestros dependientes de la Coordinación Estatal de Actualización de la Secretaría de Educación y Cultura del estado de Veracruz. En ellas se disertó ante una audiencia de más de 700 maestros de Educación Básica del Estado sobre la formación de valores en la escuela, sus fundamentos teóricos  y metodológicos. La acogida a esta iniciativa fue  en todos los casos de aceptación y a su vez, reclamo a la necesidad de una mayor capacitación en este campo.

El estudio pretende, entonces, presentar a partir de las recomendaciones resultantes de los trabajos previos, las diferentes alternativas educativas sobre formación de valores que existen, como una medida para favorecer la práctica profesional del maestro y facilitar esta labor, en particular al  propiciar en sus alumnos la formación de valores en tanto desarrolla sus capacidades de valoración y su posterior inserción en la práctica social.

En cuanto al problema, este surge de la contradicción reflejada entre su formación inicial y la actividad profesional de los maestros del nivel básico,  los principios educativos del sistema educativo vigente, con los valores proyectados y los resultados obtenidos en la formación del alumno.

 

Problema:

¿Cómo lograr un desarrollo profesional del maestro para la labor de formación de valores de los niños de primaria?.

 

Objeto de estudio:

La búsqueda del fundamento teórico de las diferentes alternativas para la formación de valores en la Educación Básica.

 

Objetivo:

Enumerar y fundamentar las diferentes alternativas para la formación de valores en la Educación Básica.

 

Campo de acción:

La preparación del personal docente en el nivel educativo de primaria.

 

Métodos y técnicas:

Análisis, síntesis, histórico-lógico, enfoque valorativo y enfoque sistémico.

Revisión y análisis  de información bibliográfica y fuentes documentales, aplicación de encuesta.

Para poder desarrollar este estudio se parte del enfoque de sistema, es decir, se le concibe, en dos niveles, en primer lugar como sistema de investigación al partir de un problema específico, la necesidad de formar a los docentes en el ámbito de la formación de valores, el objeto de estudio,  y el objetivo general, los métodos y técnicas utilizados y las tareas a realizar; y, en segundo lugar, al sistema de formación docente para la formación de valores en específico, donde el eje del sistema es la formación del docente por una parte, y las necesidades de formación de los educandos por la otra.

En este segundo caso los componentes de dicho sistema son:

 

Teóricos:

Valor, Actividad Humana, Actividad Valorativa y  Profesionalidad.

 

Operativos:

Planes y programas de estudio, Docente, Métodos didácticos, Alumno.

 

Personales:

Personalidad.

El contenido del trabajo en cuanto a su aspecto formal se divide en tres capítulos:

En el primero de ellos, se presentan un los fundamentos filosóficos, históricos y sociales, psicológicos y  pedagógicos  del problema enunciado. En el segundo, se formulan las condiciones necesarias, desde el punto de vista fundamentalmente pedagógico, para que el docente pueda propiciar la formación de valores. En el tercero, el diagnóstico realizado en la Unidad Regional Xalapa de la Universidad Pedagógica Nacional a profesores que asisten al curso de nivelación profesional. Finalmente se ofrecen las respectivas conclusiones.

 

Fundamentos teóricos de la formación de valores.

 

LA ACTIVIDAD HUMANA.

 

Hablar de formación de valores, sin referirse a los diferentes concepciones que del ser humano han existido a lo largo de la historia, dejaría incompleto el panorama teórico y sin fundamento a cualquier propuesta posterior.

¿Qué es el hombre? Pregunta fundamental de la filosofía, tiene en la tradición occidental varias respuestas, según Risieri Frondizi (1977), existen al menos una concepción y cinco teorías en relación con el concepto del hombre:

La primera de ellas, se remonta a la tradición judio-cristiana, al concebir al ser humano como una creación divina, su sustento no es científico, ni lógico, sino que se basa más bien en la fe religiosa.

La segunda, que se remonta al periodo clásico de la filosofía griega, fue acuñado por los filósofos estoicos (Cfr. Sexto Empírico), aún cuando tradicionalmente se le atribuye a Aristóteles. Esta es la concepción que habla del hombre como “animal racional”,  es decir, una definición por género próximo y diferencia específica. Seguidores de este enfoque fueron Santo Tomás de Aquino, Francisco Suárez, Descartes, Leibniz y Kant entre otros.

Una tercera teoría es aquella que suma a la anterior la necesidad de reconocer en el ser humano la parte espiritual, interna. A ella se suscriben San Agustín, Sorën Kierkegaard y Max Scheler, entre otros más.

La cuarta,  la sostiene Ernst Cassirer, quien ve en la cultura, es decir, en los productos de la Humanidad el conjunto de sistemas simbólicos que lo representan.

 

“El hombre no vive, como el animal, en un puro universo físico, sino en un universo simbólico que creó y del que forman parte el lenguaje, el mito, el arte, la religión” (Frondizi, 1977, 368).

 

Lo ético, por ejemplo, es una forma simbólica de expresión de la naturaleza humana.

Finalmente, se encuentra aquella teoría que considera al ser humano, como un ser evolucionado y a la que se adscriben científicos y filósofos tales como Darwin, Spencer y Malthus.

¿Cómo integrar estas ideas con la finalidad de este trabajo?

En un mundo donde cada vez es mayor la intolerancia, los procesos pedagógicos de formación de valores en las nuevas generaciones parecen ocupar un lugar de gran relevancia en el proceso, más amplio, de formación que supone la actividad escolar.

El Dr. Gustavo Torroella, en un curso de postgrado sobre “Pedagogía de los valores”, hace la siguiente reflexión:

 

“¿Qué entendemos por vida humana? Cómo surge y brota de las entrañas de la vida humana el tema de los valores como el punto cardinal que orienta esa vida y como un faro  que guía e ilumina el camino” (Torroella, 1994, 1 –2)

 

Surge y brota a través de la actividad, de este modo, la vida humana se define por este autor como “un yo haciendo algo con do las cosas del mundo”, en ese sentido, la actividad es algo que define al ser humano.

Siendo el trabajo un cierto tipo de actividad, es conveniente entonces esclarecer que es la actividad.

Entendida como una categoría filosófica tiene que ver, en primer término con la manera en que  el individuo se relaciona con la realidad. A partir de esta relación es que Pupo Pupo (1990, 74) plantea en principio qué entiende por actividad, a saber:

 

“La actividad, en tanto modo de existencia, desarrollo y transformación de la realidad social, incluye en síntesis lo ideal y lo material, que en la interacción dialéctica sujeto – objeto, se convierten recíprocamente”.

 

En ese sentido, la actividad práctica, primera distinción de la actividad humana en su relación sujeto – objeto, se caracteriza por ser siempre intencionada, y por lo tanto, determinada por el entorno natural y socio – histórico – cultural (Lenin, 1979, 181-182). A través de esta actividad, el hombre humaniza al entorno natural y moldea el social, conforme a sus intereses y necesidades. (Lenin, 1979, 204-225; Pupo P, 1990, 84)

La actividad educativa es entonces, una actividad humana en cuanto transforma  a la realidad de manera intencionada y determinada históricamente, conforme la sociedad se ha ido modificando y creando necesidades diversas, esa intencionalidad se ha ido adecuando a estas necesidades. Por ejemplo, al constituirse los imperios de la antigüedad, fue necesario, entre otras cosas, llevar un registro de las propiedades territoriales, de sus dimensiones, del árbol genealógico de las familias reinantes, de los impuestos recaudados, de sus encuentros con otros pueblos, de la guerra y de la paz; de ahí nacen la escritura, la historia, la matemática y la geometría y, con ellas, otros campos del conocimiento que en periodos anteriores no eran considerados indispensables.

La tarea educativa es, sin lugar a dudas, una actividad humana que se ha realizado desde que el ser humano vive en sociedad. La necesidad de supervivencia, primero frente a los retos de la naturaleza y, enseguida, los que se enfrentan en la diaria convivencia, así parece demostrarlo. Evidencias de lo que aquí se afirma se encuentran en documentos históricos y todo hace suponer que del mismo modo se operó en la época prehistórica.

A través de la práctica educativa, el ser humano también conoce, es decir, realiza otro tipo específico de actividad, la actividad cognoscitiva.

A través de ella, el sujeto se relaciona con el objeto, adquiere dominio sobre él y lo describe, explica, se apropia y lo transforma.

Finalmente, se encuentra la actividad valorativa. Según Pupo Pupo, “ ... la actividad valorativa de una forma u otra da cuenta del ser social del hombre, de sus necesidades e intereses” (1990, 92), así, refleja no solamente las relaciones sujeto – objeto, sino que va más allá  a la relación sujeto – sujeto, en un proceso de humanización de la realidad al tiempo que, “ ... prescribe y norma la actividad y vincula los momentos práctico y cognoscitivo” (1990, 93), dado que , si no son accesibles a la valoración no pasan por el tamiz de lo humano, esencial en todo proceso, de manera que  esta actividad da cuenta tanto del aspecto social del ser humano como de sus necesidades e intereses.

A través de su actividad es que el hombre transforma, conoce y valora, trasciende la relación sujeto – objeto y alcanza el nivel de lo intersubjetivo, de la actividad práctica a la cognoscitiva y de esta a la valorativa y comunicativa.

Esta actividad se realiza siempre en sociedad y en su interior nos regimos por reglas y normas de las cuales las más esenciales son las normas morales que rigen la moralidad. Sin embargo, si todo quedara  solucionado en este nivel, significaría que el desempeño moral es heterónomo, no obstante, el hecho de ser entes que valoran, es decir, de tener la capacidad de valorar o realizar actividad valorativa transforma al ser humano en una entidad potencialmente autónoma. Precisamente la función social que cumplen los valores expresados en las normas de convivencia, se actualizan a través de la orientación valorativa que “ ... como expresión de la práctica, está condicionada socialmente y actúa en correspondencia con los intereses ideo clasistas que representa” . (Pupo Pupo, 1990, 94)

El análisis realizado por el Dr. Pupo Pupo, permite ubicar el proceso de la formación de valores en un ámbito específico: la actividad valorativa, que supone la síntesis dialéctica de lo subjetivo y lo objetivo.

 

ELEMENTOS ESENCIALES DEL PROCESO FORMATIVO.

 

La escuela, como hoy la conocemos, entendida como una institución que forma parte de un Sistema Educativo Nacional, tiene su origen en otro tipo de necesidad, la de masificar la educación como una premisa básica para el desarrollo económico de los países capitalistas emergentes. Sin embargo, en términos generales, el proceso educativo se entiende:

Como un proceso en el cual el ser humano recibe desde su nacimiento una diversidad de influencias por parte de la sociedad, que identifica en su vida adulta, con una determinada concepción del mundo natural, social y personal, siendo en este sentido determinado por el momento histórico que le ha tocado vivir. ... Así, el elemento mediador, en el que la necesidad es la fuerza motriz que lleva a esa actividad a obtener resultados, es la práctica. Actividad intencionada, en cuanto a que expresa de manera concreta las necesidades del sujeto, que motiva el interés, que plantea fines específicos, que utiliza algunos recursos como medios y obtiene determinados resultados.

Es en este sentido que la educación debe entenderse como un fenómeno social.

Ahora bien, ¿qué entender cuando se dice que la educación es también un proceso docente-educativo?. Como bien lo señala Álvarez de Zayas (1999, 9).

 

“La pedagogía es la ciencia que tiene como objeto de estudio el proceso formativo” .

 

Este proceso formativo, o de enseñanza-aprendizaje, contiene en su seno dos procesos, el de instrucción y el de educación, el primero relacionado con los conocimientos, capacidades, habilidades y destrezas y, el segundo, con la interiorización de creencias, convicciones, normas y valores. Por tanto, la pedagogía tiene como objeto de estudio al proceso educativo en tanto estudia la formación de la personalidad humana.

La relación que internamente se presenta entre los objetivos educativos, los contenidos educativos, el problema, los métodos, la forma, el medio y la evaluación otorgan el carácter sistémico del proceso en cuanto obedece a las leyes pedagógicas que establecen la relación entre los objetivos y cada uno de los componentes del sistema.

Como bien lo expresa Álvarez de Zayas (1996,10),

 

 “Podemos definir el proceso docente-educativo como aquel proceso que, como resultado de las relaciones sociales que se dan entre los sujetos que participan, está dirigido, de un modo sistémico y eficiente, a la formación de las nuevas generaciones, tanto en el plano educativo como instructivo (objetivo), con vista a la solución del problema social: encargo social, mediante la apropiación de la cultura que ha acopiado la humanidad en su desarrollo (contenido); a través de la participación activa y consciente de los estudiantes (método); planificada en el tiempo y observando ciertas estructuras organizativas estudiantiles (forma); y cuyo movimiento está determinado por las relaciones causales entre esos componentes y de ellos con la sociedad (leyes), que constituye su esencia”.

 

Es en esa formación que encuentra su sentido el quehacer docente, al preparar al ser humano para vivir en sociedad.

Al asumir el Estado la tarea de educar a los ciudadanos, este compromiso se concreta en los Sistemas Educativos Nacionales. Así, en México, desde la creación de la Secretaría de Educación Pública en 1921, es el Estado quien establece los fines del proceso docente-educativo, sus enfoques particulares, de cada nivel, grado y asignatura, plasmados en los Planes y programas de estudios.

La escuela es el ámbito natural en el cual se realiza este proceso, sin embargo, no es el único, Álvarez de Zayas (1999, 12), establece en este sentido dos ámbitos diferenciados:

El escolar, al cual subdivide en docente-educativo propiamente dicho, el extradocente y el extraescolar.

El no-escolar, donde ubica los procesos de formación del individuo que se producen en la familia, en las organizaciones políticas y de masas y, en otras instituciones sociales ajenas a la escuela.

Por último, la finalidad de ese proceso docente educativo es la formación de la personalidad de los educandos, para ello es que se desarrollan al interior del aula los diferentes procesos didácticos y comunicativos, a través de los cuales logra su concreción la actividad formativa de la escuela.

Para el análisis e interpretación de lo que aquí se va a estudiar, se tomará como punto referencia por parte del autor esta concepción del proceso formativo.

En ese sentido coincide magistralmente Marín Ibáñez ( 1993, 16) quien sostiene que:

 

“La educación es una actividad radical y reduplicadamente humana: es del hombre en cuanto tal y para el hombre. El sujeto –tanto agente como paciente- de la educación es siempre el hombre. Pero además lo es porque pretende humanizar al hombre, desplegar sus virtualidades dormidas, hacerle ser todo lo que puede y debe ser. La educación pretende alumbrar en cada persona una lograda personalidad; sencillamente hacer al hombre más valioso. O no valdría la pena que nos pusiéramos a educar.”

 

De esta manera, se puede sostener que la educación abarca al menos tres procesos sistémicamente integrados que interactúan entre sí, determinando en cierta medida la manera como el ser humano capta la realidad, la asume e interviene, al tiempo que es determinado social e históricamente:

Como fenómeno social.

Como proceso docente-educativo.

Como proceso de desarrollo de la personalidad.


LA FORMACIÓN DE VALORES.

 

¿Por qué se sostiene en la actualidad que la formación de valores es una necesidad urgente en la sociedad?

Según la socióloga mexicana Sylvia Smelkes (1998), eso es debido a que el entorno histórico social ha cambiado en los últimos decenios y, en consecuencia, lo han hecho los valores que se manejan a su interior. El problema radica en que no se han generado nuevos valores, o al menos, no son universalmente aceptados a causa del deterioro de las relaciones sociales, la política devastadora del neoliberalismo, la corrupción de los gobiernos, la injusticia y la impunidad pero sobre todo, por la falta de alternativas a esta situación que trae como consecuencia el deterioro y en ocasiones la pérdida de los valores cívicos, nacionales y culturales. En muchos países como es el caso de los latinoamericanos, la formación de valores va acompañada de una necesaria formación ciudadana en derechos humanos, cívicos, jurídicos y en educación ambiental.

En otras palabras, se necesita de una formación ética que, “ ... requiere formación humana e intelectual de sus promotores, constancia y sistematicidad, coherencia y congruencia, gradualidad y relación con los contenidos curriculares y con el contexto circundante. Sólo el sistema educativo, a través de la escuela, puede ofrecer un proceso formativo con estas características” (Smelkes, Sylvia, 1998).

La formación de valores supone una relación entre la persona en tanto particular, con la comunidad entendida como lo general, de lo interior con lo exterior, es decir, de la interiorización de las normas con las regulaciones y valores comunitarios, de lo individual y lo colectivo, o sea, del reconocimiento de sí mismo con el reconocimiento de valores y normas compartidas y por tanto, legítimas. Esta condición existe para el ser humano conforme a lo expresado por Yurén Camarena (1998, 50), por tres razones fundamentales:

Porque el ser humano es “algo dado”.

Porque es un producto biológico.

Porque está determinado cultural y socialmente.

Pero, por otra parte, se “autocrea” en un proceso sin fin aparente.

Si bien es cierto que una de las funciones de la educación ha sido siempre la formación en valores, teoría y práctica ya no se corresponden. No obstante, las propuestas educativas suponen siempre una propuesta que involucra a los valores.

Entonces, ¿por qué la escuela es el espacio más adecuado para desarrollar los procesos de formación de valores?

Por que en ella, dice la Mtra. Smelkes, es posible el abordaje sistemático de los contenidos, en su descubrimiento, apropiación y fundamentación de los criterios de juicio que se requieren para desarrollar la autonomía en cuanto se refiere a los valores, como lo han asentado Piaget y Kohlberg. A lo que habría que agregar como un proceso intencionado, la formación de habilidades cognitivas (análisis, argumentación y valoración moral), competencias comunicativas y capacidad para investigar y sistematizar la información obtenida. Según la Dra. Yurén Camarena (1998, 51), esto lleva necesariamente al desarrollo de la autonomía intelectual y moral, las cuales normalmente van a la par en su crecimiento.

Finalmente, conforme a esta autora, existen tres momentos en el proceso de esta autonomía: a) la de socialización, que consiste en interiorizar las normas morales, b) la de enculturación, donde se produce la adopción de los modelos éticos, las jerarquías de valores y las creencias, y, c) el desarrollo, “... que resulta de la transformación de esquemas de acción y estructuras cognitivas por efecto de la relación del sujeto con el mundo natural, la sociedad y la cultura” (Yurén C., 1998, 52).

Ahora bien, la problemática que supone la formación de valores en las nuevas generaciones, es decir, la investigación científico pedagógica alrededor de este asunto ha sido realizada en México desde diferentes perspectivas teóricas y disciplinarias.

García  Salord y Vanella (1997) en una investigación pionera realizada hace casi veinte años, concluyen que es el enfoque filosófico el que otorga al término valor la característica de categoría. Este trabajo revela, al estudiar las interacciones sociales que se presentan en el ámbito escolar, las contradicciones que se manifiestan a partir de la heterogeneidad, variedad de niveles y contenidos de la práctica social.

El desarrollo de diferentes disciplinas que de una manera u otra abordan la problemática de los valores, ha permitido que actualmente la tarea de la formación de valores en las nuevas generaciones tienda, como lo sostiene el Dr. Torroella, a concebirse desde una perspectiva científico-pedagógica. Lo anterior, compagina con el enfoque que la Dra. Chacón Arteaga impone al concepto de profesionalidad del docente, el cual intenta integrar el ideal que debería constituir la práctica de todos los maestros, profesores y docentes:

 

“Amor al ser humano.

Elevada maestría en el desempeño de su labor pedagógica.

Madurez en la conciencia moral pedagógica.

Prestigio personal.

Capacidad de influir positivamente a través de sus relaciones con sus alumnos, colegas y familiares de sus estudiantes, etc.

Autoridad profesional”.

 

Con estos requisitos mínimos, que de una u otra manera son representativos de los ideales que los pedagogos han establecido para la labor del maestro, deberá enfocarse la tarea pedagógica de la formación de valores de las nuevas generaciones. Como hace más de cien años lo expusiera el educador mexicano  Gregorio Torres Quintero al decir:

 

“El maestro tiene por tarea esencial desarrollar el respeto y el amor a la verdad, la reflexión personal, los hábitos de libre examen al mismo tiempo que el espíritu de la tolerancia, el sentimiento del derecho de la persona humana y de la dignidad, la conciencia de la responsabilidad individual al mismo tiempo que el sentimiento de la justicia y de la solidaridad sociales, y la adhesión al régimen democrático y la república”.


LA FILOSOFÍA Y LOS VALORES.

 

El concepto de valor aparece en la literatura especializada moderna, por primera vez en el campo  económico, es precisamente Adam Smith quien lo utiliza, posteriormente quienes más han desarrollado este concepto son los filósofos, a grado tal, que a finales del siglo XIX surge una disciplina, parte de la filosofía, conocida con el nombre de Axiología o Teoría de los Valores, entre sus principales representantes cabe mencionar a Alexius Meinong (1848-1915), H. Lotze (1817-1881) y W. Windelband (1817-1881)

En el campo de la filosofía, el tratamiento del problema de los valores se remonta, según M. Beuchot (1999), a la filosofía clásica de la antigüedad con Platón y Aristóteles, siguiendo un hilo conductor que lleva de Sto. Tomás de Aquino, Luis Vives, Juan Bautista Vico, Charles Sanders Pierce, John Dewey y Jean Piaget. Por otra parte, destaca el interés que ha despertado la noción de virtud (o valor),  en la filosofía anglosajona contemporánea, donde se encuentran autores como A. MacIntyre (1987), D. Carr (1991), E. Sosa (1993), Ph. Foot (1994) y A. O. Rorty (1981 y 1993).

Desde la perspectiva de la Ética se intenta indagar las posibles respuestas a preguntas como:

¿Qué son los valores?, ¿cualidades del objeto?, ¿ aportaciones del sujeto?, ¿acaso existen independientemente del objeto?, ¿del sujeto?, ¿están inmersas en el sujeto o sólo en el objeto?, ¿son universales y en consecuencia eternos?, o, ¿son relativos al tiempo y el lugar en que se hacen presentes?.

Dependiendo del tipo de respuesta que se tenga en relación a estas preguntas, será la posición teórica que se adopte en relación con las características ontológicas y gnoseológicas de los valores, pero, en verdad y a pesar de la complejidad y en ocasiones contradicción a la que se expone un teórico de los valores, ¿que posición es la que se adoptará en esta investigación?.

Aun cuando más adelante se analizarán las categorías de valor, se puede adelantar que, como lo sostiene Fabelo Corzo et al (1996, 7):

 

 “Son posibles, cuando menos, tres planos de análisis de esta categoría. En el primero, es necesario entender los valores como parte constitutiva de la propia realidad social, como una relación de significación entre los distintos procesos o acontecimientos de la vida social y las necesidades e intereses de la sociedad en su conjunto.

“El segundo plano de análisis se refiere a la forma en que esa  significación social, que constituye el valor objetivo, es reflejada en la conciencia individual o colectiva.

“Por otro lado –y este es el tercer plano de análisis- la sociedad debe siempre organizarse y funcionar en la orbita de un sistem