Pensar la política

Norberto de la Torre

(Publicado por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, 1999)

 

 

Con la transición de una sociedad a otra,

se transforman también los deseos personales,

el modelo de sus instintos y pensamientos.

Norbert Elías

Desconocer a los otros, ignorarlos es un acto

de autocomplacencia cognoscitiva que impide que los

paradigmas se renueven, se reformulen sistemáticamente

por vía de múltiples pequeños cambios que terminan siendo

el gran cambio.

Federico Reyes Heroles

 

Introducción

Este libro se constituye con textos os textos que aspiran a cumplir con las características del ensayo, es decir, son reflexiones sueltas, comentarios sobre un tema general: el poder y la política. Estas digresiones no se ofrecen como una verdad sino como un corte, un punto de vista, una lectura. Casi todos los textos fueron redactados para leerlos durante mi participación como comentarista en el noticiero matutino del canal siete de la televisión local, por lo mismo, se apegan más a la forma de una divagación que al propósito de una revisión exhaustiva del tema del poder. Los fragmentos se relacionan con preocupaciones en cuanto a la conducta política y también con hechos circunstanciales como un proceso electoral, una declaración, un artículo de periódico o una conducta de los gobernantes, los partidos o las agrupaciones políticas. Los textos se presentan en orden cronológico, escribí uno detrás de otro sin seguir un plan preconcebido, dejé que los temas y las aproximaciones siguieran el curso vacilante y azaroso del pensamiento, con sus saltos y retrocesos, con sus desviaciones y reiteración. Son, en general, impresiones de momento, cortes en un proceso de reflexión constante con el que aspiro a explicarme algunos hechos de la historia que me tocó vivir.

La vida no tiene una continuidad inexorable, el azar interviene para cambiar los rumbos. Imaginamos un futuro que no llega porque acecha la incertidumbre, el caos, lo fragmentario. La vida corre a saltos en una sucesión fatal de interrupciones y reencuentros. Ahora, por ejemplo, tomo la pluma para reiniciar una columna que había muerto. "Pensar la política" es un intento por hacer reflexión sobre los hechos que se presentan de pronto y que inquietan a los habitantes de este lugar y este tiempo y, juntos, inventar una realidad de nuestro gusto con los pedazos de la historia rota, que sigue un plan pero no es el nuestro sino el del caos que se oculta bajo el orden.

Escribo estos fragmentos para tratar de darle un orden a las cosas, los hechos y las relaciones. Con ellos pretendo organizar mi percepción y mi experiencia y, también, inventar el tiempo, encontrar un sentido al acontecer, precisar las direcciones y destinos. Escribo sobre todo para conversar, para mostrarme al otro y descubrirlo, ese otro que me define y sin el cual soy un animal sin casa, una voz inaudible en el vacío. Sin embargo, sé que las palabras mienten, enredan, son luz que convierte la realidad en un baile de sombras. El lenguaje revela, descubre, disuelve la grisalla, después, él mismo se transforma en velo y oculta el universo de lo no nombrado, de lo que se reprime y olvida, de todo lo que vive en el silencio. Redacto unas notas y las dirijo a ti, o a él, al eco que teje una malla con las voces. Te preguntarás qué relación tiene todo esto con pensar la política: el punto es el poder, que repta entre las sombras, la gramática que determina la forma de anudar los signos y nos obliga a construir redes en las que, irremediablemente, quedamos atrapados. Por esto tengo a veces la tentación de construir absurdos, algo así como: los árboles se peinan y dejan caer sus hojas viejas que buscan una tumba a sotavento; o también, las tortugas escriben una lenta y larga carcajada sobre la página amarilla del desierto. El poder es la trampa en que caemos todos y el discurso la cadena que nos ata. Sin embargo podemos, ocasionalmente, transformar el discurso en una charla, una conversación, un intercambio de signos para inventar la eternidad y después asesinarla.

Equilibrio y poder

La reflexión política debe partir del reconocimiento de un hecho que, por obvio, frecuentemente se pasa por alto: la vida se desenvuelve en una serie de estados de tensión y distensión. El organismo se mantiene en equilibrio cuando posee todos los elementos necesarios para su salud y bienestar; se rompe el equilibrio cuando por carencia o exceso se amenaza la seguridad y la vida. El deseo es la primera manifestación de la carencia, nos lleva a resolver los estados tensionales que genera la necesidad, a recuperar el equilibrio perdido. En un segundo momento, inmediato posterior a la aparición del deseo, surge la voluntad de poder. La fuerza del deseo se dirige desde luego a la obtención de los satisfactores necesarios, pero también a la producción y reproducción de las condiciones que aseguren el alcance de estos satisfactores. El hombre organiza su vida, sus grupos y comunidades, llevado por la fuerza de su deseo y por la voluntad de poder. Así, el poder configura un complejo de tecnologías físicas, económicas y sociales que aseguran o prometen asegurar la satisfacción. Las tecnologías del poder se enclavan en la lucha contra tánatos, la muerte, y por lo tanto en las zonas más primitivas de la personalidad, muy cerca de lo animal, de lo instintivo.

 

Las fuentes del poder

El poder consiste en la capacidad para inhibir, producir o controlar la conducta de los otros y de la naturaleza. Los grupos o individuos que retienen o monopolizan lo que otros necesitan ejercen poder sobre ellos, es decir, les imponen una forma de conducirse mediante la dotación de reglas o leyes. Lo que normalmente monopolizan los grupos dominantes y que se constituye en fuentes de poder es: la fuerza, la riqueza y el conocimiento. El uso excesivo del poder, provenga de la fuente que sea, agudiza las contradicciones entre poderosos y sumisos y siempre acaban por perder aquellos frente al embate irracional y violento de éstos. De aquí que Sun Tzu aconseje nunca cercar completamente al enemigo, siempre hay que dejar una salida. En ningún caso el poder es absoluto, todos tenemos algo que otro necesita, aunque sólo sea nuestra capacidad de trabajo, así, todos ejercemos poder sobre otros y de esta manera el poder se transforma en un sistema, en una red que sostiene un conjunto de equilibrios y desequilibrios que se forman, se rompen y se reconstruyen.

 

Deseo y poder

La voluntad de poder emana del deseo como una forma de lucha contra la insatisfacción y la muerte. Sólo el pensamiento más evolucionado y los complejos caminos de la sublimación imaginan al poder como un medio para el logro de la armonía social. Sin embargo, ante la amenaza de la muerte y el aumento de tensión provocada por la necesidad, el poder retoma su cauce natural y se convierte en arma para preservar la vida propia y la satisfacción personal, sin importar a qué o a quién se arrase en el camino. Por esto la actividad política, entendida como el conjunto de conductas y estrategias encaminadas a la obtención de poder, fácilmente se aleja de los conceptos ideales de justicia y bien común para responder a motivos más simples de dominación y supervivencia.

 

Poder y alienación

El poder diseña un conjunto de técnicas con las que busca generar condiciones que garanticen la producción de satisfactores. Sin embargo, la creación misma de estas condiciones genera nuevas necesidades que requieren a su vez de otras tecnologías, así, las sociedades humanas se ven expuestas a equilibrios y desequilibrios que expanden el deseo y provocan contradicciones entre el deseo de los individuos concretos y el que emana de los sistemas de producción que estos crearon. La creación de un sistema productivo complejo modifica los hábitos de consumo, favorece la emergencia de nuevos deseos que atan al humano a su criatura. El proceso de alienación convierte a los individuos en parte intercambiable del aparato productivo, invierte los términos y ya no es el sistema de producción el que está al servicio del ser humano sino éste el que sirve a los intereses de la maquinaria generadora de la riqueza.

 

Los fines de la política

La política es un repertorio de conductas y estrategias que pueden definirse en dos sentidos según sea el objetivo que persiguen. Por un lado, como dijimos arriba, tienen como fin el logro y la conservación del poder. Por otro, la finalidad es la construcción de una forma de organización humana en la que el deseo de los unos no sea la fuente de las carencias de los otros, es decir, una sociedad organizada de tal modo que se garantice la satisfacción de todos y evite crear necesidades artificiales que pongan en peligro la vida del propio ser humano y la del medio en que se desarrolla. Esta segunda definición es ingenua por cuanto aspira a detener el proceso de contradicción inherente al fenómeno social, a desatar el inextricable nudo que liga al deseo con el poder, es ingenua, por lo menos, si no se piensa en una modificación de la conciencia, en otra forma de manejar el deseo que no pase por la voluntad de poder. El lenguaje es una representación, una construcción, una nueva realidad que es y no es la que representa. El fin de la política es la construcción de un sentido, utiliza el lenguaje para reproducir las condiciones que permitan la supervivencia, para generar una cultura, es decir, una matriz que imponga una dirección a los relatos. La política es una ilusión con la que se pretende escapar de lo inevitable: la muerte. Se debe meditar sobre la política, desentrañar todas sus capas de sentido, para saber que antes de la última palabra siempre hay una tumba que aguarda, para darse cuenta de que oculta, en lo más íntimo, el silencio.

 

El discurso

El discurso es uno de los recursos que el poder utiliza para lograr sus fines de dominación y control, por eso, cuando se tocan los asuntos relacionados con la política el terreno se vuelve pantanoso, las trampas acechan en cada afirmación y en cada frase. El que habla de política hace política y este doble papel de crítico y actuante torna riesgoso el ejercicio, siempre se corre sobre la cuerda floja entre el cinismo y la utopía. El término política es ambiguo y polisémico, su significado cambia según se engarce en el contexto del discurso. Así, política se utiliza como símbolo de distintas realidades, a veces contradictorias, posee la cualidad de construir o desconstruir, de significar o silenciarse. El vocablo política puede tener varios significados. La palabra nos induce a tratar de resolver la tensión que se genera entre sus sentidos posibles. Si el poder nace del deseo, el discurso y la cultura nacen de aquel para imponer una forma particular de producción. Sin embargo, gracias a la capacidad del lenguaje para desobedecer y desconstruir los sentidos, tiene la posibilidad de incidir sobre la conciencia para modelarla, puede utilizar las tecnologías del poder para desarticular el poder, de tal manera se vuelve imprescindible la reflexión sobre la política, con todos los riesgos que se corren, para encontrar las trampas, detectar los mecanismos enajenantes del discurso y substituirlos con otros cuyo fin sea el de construir nuevas realidades, alternativas en las que lo uno y lo múltiple, el yo y el otro, se integren en un solo universo. Para ello tal vez resulte propio abandonar el discurso tradicional de la política y substituirlo con el silencio que surge cuando una gota de lluvia se rompe contra el polvo.

El papel de la cultura

La palabra poder describe una acción, la de ejercer control sobre la propia conducta o la de los demás. El manejo del poder, es decir, de la capacidad para controlar y controlarse, se aprende en las etapas tempranas del desarrollo de la personalidad y está íntimamente ligado con la manifestación del deseo. El término poder designa una forma de interactuar con el otro en la que el deseo intenta vencer las resistencias que topa en su camino hacia la satisfacción mediante un acto de control. Toda relación humana, cualquiera que sea su naturaleza: familiar, amorosa, profesional, erótica o de amistad, está matizada por el deseo y el poder, éstos son los hilos con que se teje toda la trama de las relaciones sociales. En el contexto de las relaciones de poder la cultura cumple una misión reguladora que impide los excesos, establece los límites que evitan la destrucción de los individuos y las comunidades.

La política en siete minutos

En mi habitual comentario durante el noticiero, expuse algunas ideas sobre política, sólo que debido a las limitaciones del tiempo de televisión y a mi costumbre de divagar, siempre me quedo con la sensación de que algo importante no fue dicho o de que lo expresado puede sugerir lecturas erróneas. Resumo pues, lo afirmado hace ocho días, para describir en siete minutos, con la mayor precisión posible, el objeto y cualidades de la política: 1) La política es una actividad, es decir, un conjunto de conductas que se realizan con arreglo a un fin. 2) En teoría el objeto de la política es la búsqueda del bienestar de todos mediante la habilidad para reducir conflictos y lograr acuerdos. En la práctica, sin embargo, la intención moral y romántica deviene ingenua porque el poder emerge, fatalmente, como fin central de la conducta política. 3) La práctica política es efectuada por unos cuantos individuos, una minoría que aspira a conducir a la mayoría silenciosa hacia un sistema o forma de organización social que ellos, la minoría, consideran como deseable para todos. 4) La mayoría sostiene frente a la política y los políticos actitudes que van desde el franco rechazo hasta el interés obsesivo. En la actualidad los sentimientos más comunes son la indiferencia, la descalificación, la sospecha y la desconfianza. 5) Política es: una teoría o disciplina que estudia las propuestas de organización social; un discurso; una práctica o arte. Sin embargo, ninguna de las tres vertientes de aproximación a la política puede darse en forma pura, las tres están inevitablemente ligadas, de manera tal que quien estudia a la política hace política y el discurso es el puente que une la teoría con la práctica. 6) La política puede estudiarse mejor si se le ve a la luz de la teoría de los juegos. Los participantes tienen como objeto ocupar la casilla del poder y para ello recurren a todos los trucos imaginables: el engaño, las alianzas, el aislamiento, los convenios, la traición, el ataque verbal, la huida, los repliegues, los bloqueos, el soborno, la manipulación, la amenaza, las promesas, las dádivas, los privilegios, la seducción y otros. 7) Una característica importante del juego de la política es que sus reglas son variables según los jugadores las cambien por acuerdo, alianza o poder, y queden debidamente legitimadas, es decir, aceptadas por todos o por la mayoría, no importa si esta aceptación es por la razón o por la fuerza. 8) Lo único que no está permitido en política es el uso indiscriminado de la violencia o las armas, porque entonces deja de ser política para transformarse en guerra. 9) La moral, la ética, la verdad, no son valores que adquieran, en el juego de la política, el estatuto de reglas, a menos que los contendientes las propongan y acepten como tales. Ver lo político a través de lo moral resulta un absurdo, tal como acusar de inmoral a un jugador de dominó porque le ahorcó a sabiendas la mula de seis a su contrincante. 10) El discurso político corre el riesgo constante de falsearse o gastarse en la medida de su politicidad. Es decir, en cuanto que su objetivo primordial y último es el poder, así, cualquier propuesta que se haga es estratégica, sirve a un fin más o menos oculto que siempre está más allá de lo propuesto. El discurso político, como el poético, es eminentemente polisémico, connotativo, abierto, sólo que aquel aspira al poder y éste a la belleza. 11) La sociedad es un conjunto organizado de personas que conviven, nunca es estática, atraviesa por múltiples conflictos que deben resolverse. En estas condiciones la política se destaca como una de las formas que contribuyen a la solución de las tensiones. Cuando una comunidad utiliza con eficacia la política los conflictos disminuyen o se resuelven, aunque no desaparecen del todo. Un uso ineficaz de la política agudiza los conflictos existentes, crea nuevos conflictos y en general somete al grupo a niveles de insatisfacción y ansiedad intolerables.

Con lo anterior pretendo corregir la impresión, si la hubo, de que me propongo descalificar a la política, sólo señalo sus características, que a los ojos de un moralista parecerían deleznables y negativas. La política es necesaria a la comunidad, igual que la religión, el derecho, la ciencia, la filosofía o el arte, sólo que cada una de estas disciplinas persigue un fin diferente: la moral lo bueno, la ciencia el conocimiento, el arte la belleza, la política el poder.

 

Historia de un disparo

Pidió la hora y le dieron un balazo. Esta frase encabezó una nota de la sección policiaca de un periódico local. La información en el cuerpo de la nota se refería a un chofer que se aproximó, por la noche, al guardián uniformado de un negocio para pedirle la hora, éste, sin mediar razón alguna desenfundó su arma y disparó sobre el interrogador. El hecho relatado parece trivial por cotidiano, de este tipo de sucesos están plagadas las páginas dedicadas a la nota roja de los diarios. Sin embargo podemos hacer un ejercicio de reflexión que nos ayude a entender o interpretar una conducta que no carece de interés por cuanto implica algunos factores que merecen atención: el tiempo, el poder, la muerte y el lenguaje. El hecho de disparar sobre un individuo que pregunta la hora puede entenderse como una defensa, un acto de poder, o de locura.

En el primer caso, la defensa, podemos entender que, en la mente del velador, se desató el pánico debido al conocimiento de que solicitar la hora o un cigarro es parte del ritual del asaltante, por lo tanto la proximidad de un desconocido, amparado por la obscuridad de la noche, que pregunta la hora, es señal inequívoca de un asalto o una violencia. El policía interpretó los signos según su código personal y no tuvo otra salida que disparar sobre quien, a su juicio, amenazaba su integridad o su vida. La intención del herido permanece incógnita, pudo tratarse en efecto de un delincuente que preparaba un robo, o bien de un transeúnte ingenuo que preguntó la hora sin reparar en las consecuencias, o de una persona solitaria que pretendió iniciar una charla para romper su soledad. Lo que se hace evidente es que las incontables trampas del lenguaje, verbal y no verbal, las marcas generadoras de sentido, produjeron este hecho de sangre, el vigilante interpretó los signos como un peligro y respondió ante una fatalidad con otra.

Como acto de poder, el velador uniformado y el arma que porta son símbolos de control, parte de los mecanismos con que la sociedad organizada impone límites a la conducta. El vigilante está ahí para defender un principio, un concepto generado por el discurso jurídico y económico: el de la propiedad privada. La propiedad que defiende no es la suya, el velador sólo cumple el encargo de resguardar el orden impuesto por la cultura dominante, no juzga, no medita las causas y las consecuencias, sólo actúa. El papel asignado, de brazo de la ley, le impide ejercer un juicio de valor que le dé pistas acerca de qué es más importante, la mercancía o la vida. Por esto, cuando el policía interpreta la presencia del interrogador como virtual amenaza para los bienes encomendados, ejerce el poder que le fue conferido y dispara contra quien, a su juicio, rompe las reglas, invade un espacio prohibido, cruza una frontera imaginaria y artificial. La agresión del disparo se produce por la acción del discurso de poder implícito, la norma dominante impone las reglas que regulan y legitiman la conducta y la muerte.

A partir de la locura, la conducta del velador se explica por la presencia de una paradoja. Quién, en su sano juicio, puede pedir la hora y no esperar un disparo o una cuchillada por respuesta. Solicitar a bocajarro la ubicación precisa del instante implica someter la mente del interrogado a la presión de buscar una respuesta al viejo problema de la humanidad: el devenir y su desenlace, la muerte. El tiempo puede considerarse como una cualidad intangible de la materia o como una categoría del razonamiento, un método para apresar la realidad, para entenderla y manipularla, en ambos casos su medición es arbitraria, las manecillas del reloj no miden el tiempo sino la velocidad con que recorren el espacio de la carátula impulsadas por el mecanismo de un péndulo, en todo caso, lo que marca el reloj no es el tiempo sino el número de veces que se ha cumplido un ciclo construido con múltiplos de doce. Así, el velador interrogado cayó en un estado de perplejidad, producido por el vértigo de verse obligado a dar respuesta a lo insoluble, se colocó ante una bifurcación, por un lado la locura y por el otro la muerte, las dos formas de parar el tiempo. La acción de disparar se explica por la presencia del absurdo, la única defensa contra la locura es la locura. El que interroga pide un absurdo, la hora, y obtiene del interrogado otro absurdo, el disparo.

El relato de nota roja se transforma en un cuento taoísta, en la reproducción de una paradoja que lleva necesariamente a disolver la realidad para demostrar que ésta es una construcción caprichosa de la mente. Entre el acto de pedir la hora y el de sacar un arma y accionarla, media una realidad construida con signos, un discurso que violenta los hechos y se resuelve, desenlace fatal, en la muerte y el silencio.

 

El intelectual como lector

Reflexionar acerca del papel o función del intelectual frente a la sociedad y la política no es una empresa nueva, la discusión se inicia desde el origen mismo del pensamiento moderno y la propuesta liberal. Sin embargo, tres siglos después las cosas no parecen estar más claras, antes bien, el agotamiento de los conceptos totalizadores plantea nuevas dificultades. El modelo moderno, capitalista y liberal, de interpretar el mundo se encuentra sometido a prueba por la irrupción de una realidad compleja, políticamente plural, culturalmente diversa, en donde los intereses se multiplican y confrontan, una realidad en que las paradojas están a la orden del día, en donde conviven los mecanismos más sofisticados para producir riqueza con las comunidades más miserables y hambrientas. La industria del entretenimiento crece en proporciones desmesuradas, a pesar de ello, la soledad y el estrés son endémicos, el suicidio alcanza un lugar privilegiado entre las causas de muerte. El desgaste de nuestra forma tradicional de entender el mundo nos obliga a enfrentar nuevos modos de organizar nuestro discurso, otras formas de generar significados a partir de la desconstrucción de los que ya se han probado ineficientes. En este contexto, la investigación sobre el papel del intelectual en la comunidad adquiere nuevos límites, otras dimensiones. Las figuras del intelectual y el artista, como hoy los entendemos, se desprenden de la ilustración y sirven para encarnar los conceptos de la razón y el progreso. El personaje central del naciente mundo moderno fue el aventurero, el hombre capaz de desarraigarse de la rígida estratificación social del feudalismo y lanzarse a la exploración de nuevas formas de abordar la relación con el mundo. Así surgen los héroes de la era moderna: el explorador, el científico, el conquistador, el intelectual. La ideología liberal le asigna a este último el papel de consejero del príncipe, de legitimador de un discurso que preserve los valores más útiles a la luz de una forma particular de entender el universo: la de la modernidad. El intelectual ha sido también, muchas veces, crítico del poder, del orden social, sin embargo su acción crítica se traba con lo criticado y termina por ejercer un acto de poder frente al poder, a la moral dominante opone otra moral, no menos rígida y autoritaria, atascándose así en una rueda sinfín en donde necesariamente un acto contra el poder es un acto de poder. De esta forma su papel ha sido el de un equilibrista que camina sobre la cuerda floja, llevando en un extremo de la pértiga la legitimación y en el otro la crítica, ambas útiles para mantenerse de pie sobre el alambre. En la nueva visión que hoy empieza a configurarse ya no tienen cabida los viejos héroes de la ilustración; ya no importa la razón sino las razones, ni la verdad sino las verdades, ni la necesidad del Estado o la sociedad como entes abstractos sino las necesidades de las personas reales y concretas. La nueva figura del mundo se opone a conceptos totalizadores y finalistas, al mesianismo político tradicional, al discurso del poder que permite la violencia y la explotación hasta el desgaste de los recursos humanos y naturales. Esta postura elimina al intelectual como nuevo sacerdote poseedor de la verdad para transformarlo en un ser humano común, trabajador y participativo. Al no existir una razón legitimadora única y universal, una verdad absoluta, el intelectual se convierte en un lector, uno más, de los hechos sociales, puede contribuir por ello, como cualquier otro, al diseño de formas de convivencia, a la propuesta de maneras de administrar, respetar y preservar la naturaleza y, en fin, puede aportar sus lecturas e interpretaciones al acervo que recoge la cultura.

A pesar que ya no es posible concebir al intelectual como una especie de cerebro de la comuna porque nadie puede suponer, razonablemente, que es portador del encargo de encontrar la verdad, si podemos percatarnos de que el concepto de intelectual ha estado ligado indisolublemente con el de cultura. Es aquí, en la comprensión de la cultura y su papel durante el proceso de cambio y transformación de las comunidades, donde un buen lector, artista, profesional o maestro, puede contribuir a generar nuevos significados. El concepto globalizador de cultura es un concepto dominante que emerge de los sectores dominantes. La cultura es en realidad un conjunto de culturas, de distintas visiones que conviven y se oponen. Así, las culturas son discursos, sistemas de signos y significados que son útiles para organizar las percepciones, para construir una memoria, para regular un complejo sistema de relaciones parentales, comunitarias y sociales, para normar las relaciones entre los individuos y entre los pueblos. Las culturas son el fondo, el ambiente en el que se organizan los hechos en relatos inteligibles y útiles. Finalmente la cultura es un lenguaje de lenguajes y sin él seríamos una aglomeración caótica de seres sin destino y sin propósito. Desde esta perspectiva el papel del intelectual no es relevante como especialista en el manejo de la verdad, ésta es elusiva y variable. Su verdadera utilidad estriba en sus posibilidades de lectura y en su capacidad para crear nuevos sentidos. Sin embargo, la función de lector no es exclusiva de un grupo privilegiado, lectores somos todos en la medida en que podemos entender e interpretar las señales de nuestro entorno. La misión del Estado y de una política cultural útil es la formación de lectores capaces de acercarse a los hechos de múltiples maneras, de encontrar significados ocultos, de imprimir nuevos sentidos a lo cotidiano. En términos de cultura lo deseable es la construcción de un ambiente que permita y respete el crecimiento de las culturas, que promueva la hibridación y el intercambio, para ello es necesario evitar el privilegio de unas visiones sobre otras y la imposición de una norma o meta desde el exterior, permitir que cada cultura se desarrolle según sus propias necesidades y exigencias, favorecer un ambiente que no puede ser otro que el de la libertad.

Las elecciones: una respuesta cultural

La jornada electoral del seis de julio de 1997 admite múltiples lecturas. Sin embargo, creo que la visión más esclarecedora será la que tome en cuenta una perspectiva cultural. La sociedad mexicana ha incorporado cambios en su apreciación del mundo, en sus hábitos de consumo, formas de convivencia y relaciones de poder gracias a la introducción de nuevas tecnologías en los procesos de producción, educación y comunicación, al desarrollo de la vida urbana y al surgimiento de nuevos grupos que demandan un lugar en el complejo sistema de relaciones sociales. Son estos cambios los que propician nuevos estilos del actuar político, de tal modo que no es el voto el que produce la democracia sino la adopción de una actitud democrática la que genera la posibilidad de una elección real.

El sistema político mexicano posrevolucionario se caracterizó por el presidencialismo como eje rector de la vida política, así, la sociedad vivió un sistema autoritario paternalista que dio sus primeras señales de agotamiento en la década de los sesenta. A partir de entonces los cambios en la vida nacional iniciaron un proceso de transformación hacia lo que podríamos llamar un sistema de poder compartido. Evitamos el adjetivo democrático porque el pueblo, la mayoría de los mexicanos, poco tiene que ver con la distribución del poder, la toma de decisiones y la acción política. Son en realidad las cúpulas o elites, de los sectores económicos y políticos, las que pugnan por una redistribución del poder, compiten desde las organizaciones sociales y los partidos para escamotear facultades al ejecutivo, limitar el desmesurado poder que tenía, pretenden estructurar un nuevo sistema de pesos y contrapesos, menos centralizado en el ejecutivo, más acorde con la dinámica social contemporánea. El paso de uno a otro sistema no se da con facilidad, coexisten diferentes maneras de enfrentar el hecho político, los conflictos entre tradición y renovación impregnan el escenario donde tiene lugar el juego electoral. Las elecciones pasadas no son ni un parte aguas ni un hito, si acaso pueden interpretarse como una radiografía, un corte que da cuenta del estado que guarda el tejido social y la cultura de un pueblo. El resultado en las urnas da fe del desgaste del sistema autoritario de partido único y presidencialismo absolutista, también del nacimiento de una nueva distribución del poder que, fraccionado, se comparte con otros partidos y con los grupos que controlan los recursos económicos y humanos. En este corte se hacen evidentes, sobre todo, los juegos y las contradicciones de las diversas culturas que cohabitan en el territorio nacional, los relatos y discursos que aspiran a construir una realidad más plural y tolerante pero todavía no democrática por cuanto que la democracia es incompatible con la pobreza, la injusticia y la ignorancia que aquejan a más del sesenta por ciento de los mexicanos.

El mensaje de los votantes

Los cambios en la distribución del poder, el crecimiento inesperado de los grandes capitales, el empobrecimiento de las mayorías, la acción del narcotráfico, los medios masivos de comunicación, la norteamericanización de la industria y el comercio, la deuda pública con la consiguiente pérdida de soberanía, el debilitamiento de la fe como elemento de cohesión de las familias y las comunidades, el desgaste de las corporaciones sindicales y gremiales, el aumento de la agresión y la delincuencia, la corrupción, la apropiación y resignificación de los productos culturales del capitalismo. Todos estos factores han transformado la cultura nacional y presionan en el sentido de un nuevo diseño político, que si bien todavía no democrático, por lo menos establece nuevas reglas del juego, favorece la creación de un sistema de equilibrios que propicia la aparición de límites, límites al autoritarismo, a la corrupción, al nepotismo, a la ineficiencia, al compadrazgo y otros vicios que ya han alcanzado niveles intolerables. En la nueva forma de gobernar se trata de entender el sentido de la elección, desentrañar el mensaje que pueda traducir las expectativas o deseos de los votantes y, a partir de ellas, estructurar otra manera de organizar la comunidad, propiciar la participación de un mayor número de personas en el disfrute de la riqueza social y establecer las reglas más eficaces que regulan la convivencia.

El resultado electoral de julio del noventa y siete emite un mensaje a dos instancias fundamentales: el Estado, especialmente al Poder Ejecutivo, y el Partido Revolucionario Institucional. En cuanto al Ejecutivo se le pide, para conservar la gobernabilidad, que acepte las limitaciones que la votación le impuso, pero además, que suprima los vicios tradicionales del Estado. Se le exige también eficiencia y sensibilidad, esto es, ni el extremo de una tecnocracia insensible que pierda de vista el verdadero fin de la administración que es el bienestar de las personas y no de los sistemas, que no confunda el medio con el fin; ni, tampoco, el otro polo, el del populismo irracional, el paternalismo ineficiente y apapachador que acaba por crear burocracias pesadas, costosas e incapaces. Los gobernantes hoy no pueden guiarse sólo por sus propias ideas ni por el capricho personal, tienen que decidir no solamente para sus gobernados sino con ellos, buscar el consenso, la participación de todos, incluso de los que piensen diferente. Por lo que toca al Partido del Estado, el Revolucionario Institucional, parece ser que se le exige convertirse en un partido de militantes y no de cúpulas, en un partido que proponga un gobierno eficiente y eficaz y que se oponga a los abusos de los gobernantes; se le exige independizarse de la autoridad del poder ejecutivo para que pueda gobernarse con la autoridad de los militantes, con una auténtica democracia al interior que lo convierta en representativo por lo menos de un sector de la población.

 

La designación de un gabinete

Visto superficialmente, la ola de chistes, rechazo y comentarios adversos que provocó la nominación del gabinete que integrará la próxima administración gubernamental, la de 1997 a 2003, parecería una reacción normal de frustración y desencanto que sufren quienes se ven o se sienten excluidos. Se ratificaron en sus puestos a un buen porcentaje de funcionarios de la pasada administración. La reacción de repudio podría calificarse como un berrinche, uno más, como los que acostumbramos ver cada seis años. Sin embargo, los esquemas de interpretación de la realidad política han cambiado y lo que hace seis, doce o dieciocho años era una pataleta a la que se respondía con la clásica frase porfiriana de "ese pollito quiere su maicito", hoy admite distintas lecturas. Debemos entender que, de cara al fin de milenio, la demanda ya no es gobernar para el pueblo sino con el pueblo.

El discurso político nacional que se construye durante el último cuarto de siglo esgrime como argumentos fundamentales la lucha contra el autoritarismo, la aceptación de la pluralidad y la creación de un sistema de pesos y contrapesos que ponga un dique a la tiranía y el abuso. Frente a este paradigma, la lectura de la conducta política del nuevo gobierno y las reacciones ante ella de los medios, la clase política y la población general, debe entenderse como parte de un proceso de renovación del discurso y el acto político tradicional, una lucha por establecer nuevos esquemas de relación entre gobernantes y gobernados que impida el mesianismo y el ejercicio excesivo de la autoridad. En este proceso tenemos dos elementos en pugna: la conducta del gobernante y la reacción de los diversos grupos ciudadanos.

Por cuanto corresponde a la conducta del gobernante, y su equipo de trabajo, si bien apenas contamos con el precedente de una campaña electoral, con todo lo que ésta tiene de falsedad, y siete días de ejercicio del poder, es posible detectar por lo menos tres rasgos útiles para un acercamiento, una lectura que, aunque incipiente, nos de cuenta del estilo personal de gobernar que se avizora. El primero de estos rasgos es el discurso oral y público, que hasta hoy ha sido mesurado, congruente con el tono político nacional que propone eficiencia y democracia, el lenguaje del gobernador Fernando Sliva Nieto es claro, sencillo, sin pedantería ni rebuscamiento, apunta a la concordia, la concertación y la tolerancia. Como defectos evidentes sólo podemos hacer notar que es frío y repetitivo, connota mayor compromiso con las propias ideas que con una actitud de escucha y atención a las demandas de los demás. El segundo rasgo a considerar es el manejo del rumor. Los miembros del equipo que conduce hoy la política en el Estado son muy hábiles en la utilización del rumor como arma política, como estrategia para encausar las expectativas del público hacia escenarios ficticios y permitirse así un buen margen de maniobra no para proponer sino para imponer su propio esquema como dominante, lo que acaba por producir en el público una sensación de engaño. Los operadores políticos del ejecutivo hacen afirmaciones, elaboran listas de posibles funcionarios, revelan supuestos acuerdos, generan informaciones que sueltan a los medios de comunicación o al interior de los distintos grupos políticos y sociales, para establecer un juego del gato y el ratón en el que la oferta del queso resulta una trampa para cazar incautos. Durante este proceso de estrategia política se utiliza la personalidad y el prestigio de muchos personajes de la vida local para usarlos como señuelo, para distraer la atención y acabar imponiendo a los miembros de su propio grupo. El tercer rasgo se refiere a la designación concreta de los miembros del gabinete, que se ofrece como el primer mensaje de hecho del gobernante hacia sus gobernados, este mensaje puede leerse como el producto de la sordera política, nos habla de cerrazón, de miedo o rechazo a la pluralidad, de exclusión de propuestas políticas diversas o alternativas y, sobre todo, de autoritarismo y una pasiva intolerancia a todos los catalogados como diferentes, o como miembros de grupos distintos al que se considera triunfador. En el mejor de los casos, las designaciones pueden recibirse también como manifestación de la presencia de una actitud que prefiere lo conocido por temor y no por convicción. El argumento de que se eligió a personas capaces resulta una mala defensa, lo que está en juego no es la capacidad de los nombrados, esa la podemos dar por sentada, lo que se cuestiona es su filiación de grupo y la intolerancia manifiesta al no conformar un equipo incluyente en el que estén representados todas las fuerzas y todos los sectores que animan el quehacer político local. Tampoco la amenaza, o la espada de Damocles colocada sobre la cabeza de los funcionarios, resuelve la falla de base, nadie pide su cabeza, lo que se solicita es apertura y pluralidad.

Por lo que toca a la reacción de los gobernados, ésta es producto de los nuevos aires que campean en la arena política nacional y no sólo de la frustración o el berrinche. Sin embargo, es posible que en algunos sectores exista una sobrerreacción o una respuesta exagerada, sobre todo, tomando en cuenta que aún es muy pronto para efectuar descalificaciones apresuradas y definitivas, se debe dar tiempo a que las cosas se acomoden, a que los distintos actores dialoguen y abran espacios para la formación de ese sistema de pesos y contrapesos que garantiza la vida democrática. Lo que sí es cierto es que una sociedad y un gobierno autoritarios, cerrados e inmóviles son los representantes de un modo viejo y gastado de hacer política, los nuevos signos exigen la presencia de una ética, una lucha frontal contra el autoritarismo, la injusticia y la tiranía que se sostiene por el apego a una rígida razón de Estado. La apertura y el cambio no garantizan por sí mismos la eficacia, esto es cierto, la inclusión de algo nuevo siempre implica un riesgo, pero deberá correrse si se actúa de buena fe y contra la irracionalidad de lo inmovible, en todo caso, la misma espada de Damocles pende para todos.

 

Marginación

La cultura no es un simple catálogo de conocimientos, obras, creencias y saberes, es algo vivo que está permeado por la contradicción. Los individuos y grupos poseen visiones, esquemas de interpretación del mundo que chocan con las que tienen otros individuos y grupos, surgen así las luchas en las que unos intentan destruir o marginar a los que piensan diferente. La lucha de los contrarios se constituye en el motor del desarrollo de la conciencia o de la historia. Durante la contienda de visiones las partes recurren a mecanismos o estrategias para lograr la dominancia, uno de estos mecanismos es la exclusión, que privilegia el bienestar de elites minoritarias frente a las mayorías marginadas. Existen muchos tipos de marginación, las más evidentes son: a.- Económica, los grupos dominantes excluyen o desplazan a la mayoría para disfrutar, ellos solos, de los beneficios de la riqueza. b.- Social, Los grupos dominantes rechazan a los diferentes por causa de su sexo, color, raza, edad, vestimenta, lengua, religión, educación u otras características consideradas por las elites como indeseables. c.- Jurídica, quienes detentan el ejercicio o administración de la ley, la utilizan para marginar a, o abusar de, quienes son receptores pasivos e indefensos ante ella. d.- Política, los grupos en el poder excluyen a sus oponentes del proceso de toma de las decisiones que conciernen a toda la comunidad. El problema de la marginalidad nos obliga a repensar nuestra cultura, a proponer otros esquemas de relaciones humanas que desarticulen los mecanismos perversos del poder, es decir, oponer la democracia al autoritarismo, la tolerancia a la exclusión. La destrucción del otro, del diferente, no garantiza la propia supervivencia, antes bien la pone en riesgo.

El conflicto

El punto de equilibrio entre los diversos factores y fuerzas que animan el conglomerado social es muy frágil, se rompe fácilmente por la contradicción entre el deseo y la realidad para dar lugar al conflicto. La supervivencia de una sociedad está dada por su competencia para manejar y resolver los conflictos de intereses. El conflicto se presenta cuando choca el deseo con la realidad, o cuando se enfrenta el deseo con otro deseo. La intensidad del conflicto resulta de la suma de la intensidad del deseo más la intensidad de la resistencia. Las tensiones sociales, Chiapas por ejemplo, obedecen a la presencia de conflictos que provocan tensión y dificultan la convivencia. La misión del Estado y la política es la de servir como vínculo entre opuestos, como facilitador de la solución de los conflictos. Sin embargo, el Estado y la política fallan, frecuentemente, porque: se alían con uno de los elementos de la contradicción y se vuelven parte del conflicto; generan nuevas contradicciones que agravan el conflicto original; proponen soluciones ajenas a los intereses en pugna; la soberbia o el adoctrinamiento les impiden ver con claridad las características y matices de la situación conflictiva; ponen por encima de los intereses reales de los individuos los intereses de entidades abstractas como el Pueblo, la Nación o el Estado, estos conceptos, expresados con mayúscula, son términos retóricos propios de la jerga política. Son contrarios a la solución adecuada de los conflictos la intransigencia e intolerancia, el dogmatismo, la ignorancia, el autoritarismo. Un error común del político ineficiente es que no busca soluciones sino culpables.

La crítica 1

La crítica es una actividad que, cuando no se reduce al vituperio o la murmuración, pretende juzgar las obras humanas para detectar en ellas su valor o sus fallas. La crítica es un ejercicio de la razón mediante el que se busca dar respuesta a una o varias de las preguntas fundamentales del ser humano: ¿Cuál es la naturaleza del poder? ¿Cómo se deben organizar las relaciones sociales? ¿Es necesario el Estado? Y de serlo ¿Cuál debe ser su función? ¿Qué características debe tener una ética viable? Para responder a estas preguntas la crítica recurre a métodos y teorías que dan sentido y dirección a la actividad crítica. Cada crítico ejerce su acción con arreglo a una teoría o cosmovisión que supone mejor o más eficiente que aquellas con las que se confronta. Existen muchos tipos de crítica: a.- Si el marco es una teoría, la crítica puede ser liberal, marxista, humanista, estructural, socialdemócrata, anarquista, etc. b.- Si el marco es ético puede hacerse con respecto a convicciones o con respecto a fines. c.- Puede atender a los grandes hechos de la dinámica social como la cultura, las relaciones de producción, la lucha de clases. d.- Puede ser anecdótica si estudia el papel de las élites durante el devenir histórico. La crítica puede anularse a sí misma si se reduce solamente a la murmuración o la censura; no parte de criterios claros; no establece con precisión su método y su marco de referencia; recurre a la retórica, la ideologización y otras prácticas que distorsionan el discurso; oculta intenciones o motivos personales que se relacionan con la lucha por el poder; se usan ineficientemente las herramientas teóricas, conceptuales y metodológicas; se utiliza dolosamente la falsedad.

Las muchas caras del PRI

El Partido Revolucionario Institucional nace como parte de una estrategia que pretende asegurar la subsistencia del sistema político emanado de la revolución. Durante un siglo, 1810 a 1910, el esfuerzo de los distintos actores de la historia de México se dirigió hacia la modernización del país, hacia la construcción de un capitalismo liberal que permitiera una más eficiente capacidad para producir riqueza. La Revolución no cambia el rumbo, insiste en el liberalismo, sólo que ahora teñido por una visión a la Norteamericana.

Desde su inicio el PRI jugó varios papeles en el proceso de la edificación del Estado Mexicano, su éxito fue la posibilidad de acomodarse a las exigencias de los distintos grupos en el poder. Así, el PRI se constituyó en un cuartel de reserva para la clase política; en un instrumento al servicio del Poder Ejecutivo; en el generador de un discurso y una cultura política basada en el nacionalismo; en una oficina administradora de los procesos electorales. Si leemos los artículos, libros y opiniones que se han vertido sobre el PRI a lo largo de los años, llegamos a la conclusión de que este Partido es muchos partidos, es un organismo que cambia según las demandas del poder que lo controla. Sin embargo, es posible detectar algunos rasgos que lo caracterizan y que, hasta hoy, han permanecido relativamente estables: no es verdaderamente un partido, su papel es el de servir como brazo político del Estado, especialmente del Poder Ejecutivo. Su fortaleza electoral no se basa en su militancia sino en sus alianzas con líderes, caciques y sobre todo en su asociación con las agrupaciones sindicales, los gremios y otros grupos de poder, controlados mediante privilegios y concesiones. No es autónomo, su dirigencia y candidatos son seleccionados en forma autoritaria, a sugerencia del titular del ejecutivo o de la jerarquía central, basados en compromisos adquiridos, razones afectivas o necesidades de cooptación. Su propuesta ideológica se basa en la defensa de un nacionalismo retórico, siempre excesivo, que corre el riesgo de volverse conservador y, en caso extremo, fascista.

La gran paradoja del PRI es que sirvió muy bien para producir las condiciones que permitieron el desarrollo de una economía de mercado y una cultura liberal, pero este mismo desarrollo transformó la sociedad, generó una nueva cultura, favoreció el crecimiento de las ciudades, multiplicó las opciones educativas y de trabajo, mejoró los índices de salud y supervivencia, hizo proliferar las comunicaciones, conectó el mercado nacional con el extranjero. Estas nuevas condiciones son las que hoy conspiran contra el partido que ayudó a realizarlas, se cumple así una ley inexorable: las nuevas instituciones desplazan a las viejas que han dejado de servir en la estructura social.

Durante la construcción del relato histórico del siglo que termina, el PRI ha sido un personaje protagónico que, según el lector que lo analice, asume el papel de héroe o de villano. Por un lado se le percibe como un mecanismo conciliador de las luchas por el poder, que logró consolidar las propuestas de la Revolución Mexicana, evitó más derramamiento de sangre, abrió el camino hacia el establecimiento de un Estado basado en las instituciones y que propició el desarrollo económico y social de la nación. Por otro lado, se le ve como el demonio, el término PRI-gobierno lo transforma en causa de todos los males del país, en el ogro autoritario que ha trastornado la economía, concentra la corrupción y la practica casi con exclusividad. Creo que las dos interpretaciones, extremas, son equivocadas por falta de precisión, pero también, ambas, son acertadas en la medida en que caricaturizan aspectos que realmente matizan la actuación del PRI en el proceso político mexicano. Existe una visión esquizofrénica con respecto al partido: sus defensores son ciegos a las fallas evidentes, al autoritarismo y rigidez; sus detractores no quieren ver su participación en la historia, su carácter de organismo dinámico que reproduce al interior las contradicciones de la sociedad, el hecho de que no se pueden hacer juicios de rasero, no todos los militantes del PRI son iguales, como no lo son todos los miembros de cualquier otro partido.

 

La democracia como proyecto

La palabra democracia es un término político y como tal sujeto a las distorsiones propias del discurso del poder. Si atendemos al significado etimológico, es decir, el pueblo como depositario de la facultad para decidir el rumbo de la organización social, salta a la vista que la democracia es, todavía, un proyecto no realizado en razón de que, desde los griegos hasta nuestros días, han existido mecanismos de exclusión que reducen los posibles electores y quitan la voz a un número variable de personas. En la democracia cada ciudadano debe tener voz y voto, además de un peso igual que el de cualquier otro ciudadano. Sin embargo, existen reglas explícitas que definen al ciudadano y que marginan a quien no reúna los requisitos marcados por la ley que emana de las cúpulas, existen también reglas no escritas y situaciones de hecho que propician la segregación e impiden la posibilidad de participar a muchos en la toma de decisiones. La pobreza y la ignorancia conspiran contra la posibilidad de una verdadera democracia. En una comunidad injusta y desigual la democracia no es posible.

 

Posmodernidad: otra forma de leer

Frente al fracaso aparente de la propuesta socialista los pensadores y políticos actuales han vuelto los ojos hacia posiciones sociológicas semiolvidadas, revisan autores, científicos y filósofos que permanecieron más o menos ignorados. El liberalismo se vuelve sobre sí mismo para rescatar conceptos que están en la base del pensamiento moderno pero que su reiterada utilización ha deformado y enrarecido, así, la ideología dominante pule y saca brillo a sus viejos principios para venderlos como descubrimientos. El discurso político actual, despojado de la vehemencia y la convicción casi religiosa del socialismo, utiliza un conjunto de vocablos que ocultan la voluntad de poder y la pretensión de verdad.

La crítica llamada posmoderna se vuelve contra los conceptos clave de la ilustración: progreso, finalidad, razón, sujeto, verdad, para proponer una nueva idea del mundo en la que tienen cabida las razones, el pluralismo, la tolerancia y el acuerdo. Sin embargo, este posmodernismo tiene por lo menos dos vertientes: la conservadora; propone el capitalismo como punto final de la historia humana, a la que ya no le queda otro camino que limar los abusos resultantes del ejercicio ciego de la forma capitalista de producción. La crítica; que desconstruye los viejos pilares del pensamiento occidental con el fin de abrir nuevos derroteros, estimula la creatividad para promover una nueva figura del mundo, una transformación de la cultura que permita eliminar los vicios y secuelas del capitalismo liberal y su cultura dominante. Para la vertiente conservadora sólo hace falta establecer una ética, necesaria para reducir o eliminar las consecuencias desastrosas de nuestro sistema económico, esta visión, ingenua, falla porque si bien el pensamiento socialista resultó defectuoso por cuanto se liga con las ideas de razón, progreso, finalidad y es de hecho una forma radical de las ideas de la ilustración, sus equívocos no eliminan los hechos, como la existencia de las contradicción y la lucha de clases. El pensamiento posmoderno más fructífero y esperanzador no es el que proclama el fin de la historia, sino el que promueve el inicio de un nuevo ciclo, el que utiliza con humildad todas las verdades y aportaciones de las culturas anteriores para edificar con ellas una nueva cultura, más favorable a la convivencia y la equidad.

El fracaso de los grandes modelos teóricos emanados del pensamiento liberal, la persistencia del hambre, la explotación, la pobreza y la crueldad a las que se suman los males contemporáneos como nuevas y desconocidas enfermedades, exterminio de especies, destrucción de sistemas ecológicos y, finalmente, el fantasma de la guerra y la destrucción total, han llevado al cuestionamiento de los conceptos fundamentales de la cultura llamada occidental, a la crítica de las ideas que constituyen los pilares del esquema dominante de interpretación de la realidad: la idea del hombre, del alma, de la naturaleza, de la sociedad y de la cultura. El pensamiento moderno nace con las ideas de la ilustración y acompaña el establecimiento y desarrollo del capitalismo y la economía de libre mercado, que hoy da señales de agotamiento, muestra incapacidad para resolver problemas elementales de convivencia, justicia y respeto, favorece la concentración de poder, la explotación y la marginación de importantes sectores de la humanidad y, en general, el deterioro de la calidad de vida de la mayoría en beneficio de unos cuantos seres humanos privilegiados que gozan del disfrute irracional de la riqueza.

La crítica de los supuestos básicos del pensamiento moderno ha llevado a revalorizar los nexos entre natura y cultura, a revisar el concepto de sujeto, al examen de una visión dualista que separa y opone lo racional y lo natural como si se tratara de cosas distintas. El punto de vista tradicional que ve la naturaleza como la sustancia pasiva de la acción del hombre está en la base de la destrucción de muchos ecosistemas y de la generación de un medio ambiente pobre, insalubre, que pone en riesgo la vida en el planeta.

 

El problema de los militantes del PRI

Los miembros del Partido Revolucionario Institucional enfrentan un difícil problema: el de la necesidad de un cambio. La dificultad estriba en que no se trata de simples y superficiales reformas, sino de un replanteamiento estructural, extenso y profundo, que facilite la acción política en las condiciones sociales, económicas y culturales del México actual. Más arriba señalé algunas características del PRI que sirvieron para su crecimiento y desarrollo, que permitieron el control de la conflictiva etapa posrevolucionaria y la consolidación de un proyecto modernizador, pero que acabaron convirtiéndose en factores que minaron su estructura organizativa y, sobre todo, su legitimidad. La permanencia en el poder no puede ser impune, desgasta a las personas y las instituciones, altera la visión de los poderosos haciéndoles ver como reales las ilusiones que crea el discurso.

Algunos de los defectos más evidentes del PRI son: incapacidad de las corporaciones para controlar la conducta política de sus agremiados, especialmente su voto. La disciplina rota. La casi inexistencia de una estructura administrativa eficiente fuera de los períodos de actividad electoral. Unos documentos básicos mal escritos, llenos de parches impuestos por las modas sexenales y los caprichos de los distintos presidentes de la República. La persistencia de un discurso nacionalista, cualquier nacionalismo es conservador, sectario, peligrosamente cercano al fanatismo y siempre en conflicto con las recientes propuestas de pluralidad y globalización. Finalmente, una militancia sin iniciativa, acostumbrada a la manipulación, el dedazo y las decisiones cupulares, dócil por una disciplina mal entendida y por la esperanza del beneficio que otorga el sistema mediante la cooptación y los privilegios. A estos factores internos se suma el descrédito y la sospecha por parte de un número cada vez mayor de mexicanos, la existencia de una diversidad cultural imposible de sujetar en pocas ideas políticas ni en una plataforma doctrinaria rígida y el fortalecimiento de los partidos de oposición.

Hoy escuchamos, en el concierto de la discusión política nacional, voces que afirman, unas que el PRI es inmortal, otras que ya está muerto. Estas dos concepciones, extremas, responden, la primera, a una miope apreciación de la realidad, un conservadurismo que pretende imponer el poder del Partido a pesar de los cambios sufridos por la nación, estos nostálgicos creen, como Porfirio Díaz, que México no está preparado para la democracia y por lo tanto se requiere la manipulación y una vigilancia estrecha por parte de quienes si saben lo que conviene a todos. La segunda concepción, la del PRI muerto, no es menos simplista que la primera, es sostenida por quienes más que la verdad buscan el poder, para ellos el Partido es símbolo de todo lo negativo, la encarnación de lo ineficiente y corrupto, no tiene remedio, está condenado a perder en la contienda maniquea entre bien y mal, su derrota o su muerte representa, para esta visión reduccionista, el triunfo de los buenos y el advenimiento de una época dorada.

Es claro que ni la visión profética de los dinosaurios priístas ni la apocalíptica de sus opositores, describen con certeza la compleja situación de México, en la que los conflictos demandan soluciones que el viejo sistema del Estado autoritario ya no puede dar. La pluralidad étnica, geográfica, económica y cultural plantea una compleja red de relaciones que exige una estrategia política menos simplista y más eficiente.

El PRI no está muerto, está enfermo y requiere, para sanar, medidas que le permitan asumir un lugar en la sociedad plural, entre otras: 1.- Establecer una estructura administrativa permanente y eficaz, que propicie la generación de recursos necesarios para cumplir con sus objetivos. 2.- Reducir privilegios a las corporaciones, que han perdido control y credibilidad. 3.- Otorgarle dignidad y oportunidades a la militancia individual. 4.- Buscar la mayor independencia posible con respecto al Poder Ejecutivo y el Estado. 5.- La revisión de sus principios y programas para actualizarlos, proponer una idea de hombre, sociedad y cultura más acorde con el pensamiento social contemporáneo, más acorde con la posibilidad de una convivencia sana, productiva en lo económico y lo espiritual. 6.- Generar una actividad política democrática en lo interno y hacia el exterior. La democracia no garantiza un buen gobierno, esto es cierto, pero a la larga siempre serán más costosos el autoritarismo y la imposición.

Soberbia: el mal de la cultura moderna

Un esquema para la interpretación de la realidad, una cultura dominante, se construye con unas cuantas ideas eje, ideas que dan forma a la institución, sustentan el poder y orientan el sistema de creencias y saberes con que una comunidad opera sobre el mundo, le da sentido y dirección a la conducta de los individuos. Durante el proceso de la relación del deseo con la realidad surgen conocimientos y habilidades que se transforman en tecnologías, en métodos mediante los que se ejerce el control de la producción, el poder, el discurso y la moral. Una cultura, edificada con un conjunto determinado de principios clave, funciona durante algún tiempo, propicia una cosmovisión, un conjunto de reglas y costumbres que facilitan la convivencia. Sin embargo, toda cultura alcanza sus propios límites, el uso de su tecnología introduce cambios y nuevas condiciones en los que se hacen necesarias otras formas de control, otras maneras de organizar a la comunidad. Toda cultura sufre un desgaste y está condenada a crear, ella misma, las razones para su destrucción y su muerte.

Una característica de la cultura occidental dominante es la soberbia. La idea del hombre como cima de la evolución, favorece una postura vanidosa en la que el ser humano se separa de la naturaleza para convertirla en objeto, en materia sujeta a la explotación. A partir de esta dicotomía aberrante, en la que el hombre pierde su condición de naturaleza para convertirse en sujeto, se producen otras fragmentaciones. Nos expulsamos del paraíso y nos condenamos a la soledad de quien es consciente de su diferencia. Después, el sujeto se distingue de otros sujetos, establece una categorización esquizofrénica que divide y jerarquiza al fenómeno humano en grupos: razas, nacionalidades, pobres, enfermos, niños, mujeres, ancianos, etnias; de tal modo que el carácter de rey de la creación es finalmente monopolizado, ejercido preferentemente, por el hombre blanco acaparador de la riqueza, urbano, miembro de una civilización de alto desarrollo y tecnología sofisticada.

Como quiera que sea el concepto del hombre, hijo de Dios o cabeza de la evolución; la vanidad se asoma cuando se asigna un valor, cuando asume una jerarquía, como si fuera cierta, que permite la explotación, la desigualdad, el deterioro de los ecosistemas, la falta de respeto a la vida y la libertad de lo otro y los otros. Es en el discurso y la conducta política donde tenemos los más claros y profusos ejemplos de la soberbia humana, ésta es inherente al poder, es ahí donde la pretensión de verdad y la necesidad de control provocan la rigidez y el autoritarismo. El poder crea una ideología, un derecho, una razón de Estado, una cultura que apuntala sobre la idea dominante del hombre como centro del universo, así reproduce una visión paradójica en la que aún el ser humano es sacrificable para un, supuesto, bien del ser humano. La concentración de la riqueza, la fuerza y el conocimiento en unos cuantos individuos tiende a reforzar una actitud arrogante en quien, por esto, se siente superior a los demás. Dividir y clasificar la realidad para operar en ella es válido y sobre todo útil, pero confundir esta clasificación con "La verdad", resulta un error de alto costo por cuanto hace imposible el logro de una sociedad tolerante, humilde y respetuosa.

 

Politizar contra despolitizar

De todas las definiciones del término política la más evidente es la que se deriva de su etimología: relativo a la polis o ciudad; es decir, el conjunto de reglas, costumbres, conductas y habilidades que hacen más tolerable la vida en común. Desde este punto de vista serían políticas todas las acciones encaminadas a resolver los conflictos que genera la convivencia. El deseo, inherente a la condición natural del ser humano, nos hace dinámicos y productivos pero, también, nos enfrenta con la realidad física, psicológica y social, la obtención de satisfactores tiene, debe tener, como límite la preservación de nuestra propia vida y la de los otros, de aquí nace la necesidad de la ley, de un sistema de regulación que frene la fuerza del deseo e impida que ésta, en su ímpetu, ponga en riesgo al sujeto o a su entorno natural y social.

Con base en lo anterior me resultan extraños ciertos reclamos que piden despolitizar lo que por su origen y su fin es político. Por ejemplo, notables representantes de grupos empresariales exhortan a que no se politice la necesidad de una reforma a la Ley Federal del Trabajo. La solicitud resulta absurda porque se trata de una ley y toda ley es política por cuanto regula las relaciones de los individuos con la comunidad. Además, en un sistema de producción capitalista las relaciones obrero patronales son clave para la buena marcha de la organización social y cualquier acto que las regule es inevitablemente político. Si bien el concepto de la lucha de clases ha perdido el papel central que jugaba en los inicios del capitalismo, en el actual, de tecnología sofisticada, corporaciones internacionales, privilegio de la información sobre el trabajo, no ha disminuido su importancia, sólo adopta otras formas como los reclamos de grupos marginales, especialmente los feministas y de los grupos étnicos. La lucha de clases despojó al proletariado y a la burguesía de su papel protagónico pero los substituyó con otros grupos en pugna: el de la gran masa de marginados y empobrecidos contra la pequeña elite que consume el ochenta por ciento de la riqueza mundial.

Creo que pedir que se despolitice lo político es, finalmente, un acto político con el que se pretende ocultar los intereses de los grupos dominantes. Despolitizar algunos hechos como la Ley Federal del Trabajo, el problema del comercio ambulante o el riesgo de los ecosistemas, es querer convertir un asunto público en uno privado, uno de interés comunitario en un hecho puramente técnico y deshumanizado. Aquí está el fracaso del tecnócrata, pretender que es más importante el sistema que los seres humanos, concretos, para los que se construye. La pretensión de verdad, la soberbia y el autoritarismo abonan en favor de un proceso enajenante donde las personas acaban como esclavos de sus obras. Los asuntos que conciernen a grupos y comunidades no deben despolitizarse, por lo contrario, deben ser sometidos a discusión, despojados de todo matiz autoritario, transformarlos en actividad eminentemente política, entendida ésta como el arte de lograr una convivencia armónica de los humanos con ellos mismos y con la naturaleza en la que habitan.

 

Paranoia y política

El término paranoia designa un tipo de personalidad o un trastorno de orden psicológico más o menos grave. Tres son los síntomas o características presentes en la paranoia: ideas de autorreferencia, sensación de ser acosado o perseguido y egocentrismo o sentimientos de superioridad. La cultura dominante favorece la paranoia que es un trastorno común en un mundo que otorga estímulos a la competencia; busca la originalidad que acrecienta el individualismo; supravalora la riqueza, la fuerza y la información, en una palabra el poder. Cuando el poder se convierte en el hilo conductor de la organización social, se crean las condiciones idóneas para el nacimiento y/o exacerbación de los síntomas de la paranoia. Si la política es considerada como el arte de obtener, conservar o acrecentar el poder, entonces una buena dosis de paranoia es deseable y necesaria en el político, le permite mantenerse alerta y detectar a tiempo cualquier ataque o movimiento que se geste en su favor o en su contra. El problema es que, el síndrome, produce efectos colaterales. El político que no controla su paranoia sufre una distorsión de sus esquemas de interpretación del mundo que genera, hacia el interior, angustia, inseguridad, tensión que puede arrastrar hacia neurosis graves o somatizaciones que alteran el estado general de salud. Hacia el exterior, puede llevarlo a conductas autoritarias, agresivas e intolerantes, hacia la creación de un sistema casi delirante en el que se inventan amigos y enemigos, se convierte en presa de inexistentes complots y maquinaciones, acaba por excluirse de la realidad para vivir en el mundo que él mismo construye. Cuando la política se concibe como una actividad encaminada hacia la construcción de una sociedad cada vez más justa y gratificante, en la que el poder no juegue un papel tan primordial como hasta hoy, entonces la paranoia no sólo es innecesaria sino un signo de enfermedad y desequilibrio. Si la paranoia está ausente, entonces el mundo no se divide en amigos y enemigos, se percibe a la sociedad como un todo orgánico, constituido por seres humanos que juegan un importante papel en el devenir y que tienen derecho a ser respetados y escuchados, a participar en la edificación de un mundo que al fin y al cabo es para todos.

 

Creatividad

En el discurso político actual se afirma que la creatividad es necesaria para encontrar solución a los variados y complejos problemas que plantea la convivencia en nuestras comunidades de fin de siglo. El término creatividad es definido por el diccionario como la disposición a inventar, descubrir y crear, es la capacidad para producir algo nuevo: una obra, una manera de ver o conducirse, un esquema de interpretación, una forma original de resolver conflictos. La creatividad también se entiende como la competencia lingüística natural en cualquier hablante nativo de una lengua, como la destreza para manejar signos, símbolos y sentidos que permitan reordenar el discurso, abrir las puertas hacia nuevas formas de percibir y entender la realidad con toda su red de relaciones, sus igualdades y sus diferencias, sus acuerdos y conflictos. El acto creativo, fundante, renovador, está en la base de la dinámica social, mediante él se renuevan las formas de relación del ser humano con el mundo y consigo mismo, se obtienen mejores condiciones para una vida sana y satisfactoria, mediante él se construye la cultura. La política es un arte y como tal requiere de la creatividad para incrementar su eficacia, sin embargo, la cultura dominante, la ideología y la incapacidad de los sistemas educativos, conspiran contra el establecimiento y realización de las personalidades creativas, mediante los mecanismos de control de la cultura y la proposición de valores como la riqueza y el poder.

 

El horror económico

El libro "El horror económico" de Viviane Forrester, contiene una profusión innecesaria de adjetivos y un lenguaje más que crítico emocional, expone muchos argumentos que da por probados sin aportar los datos o los hechos que apoyan sus conclusiones, es un libro que se suma a los catastróficos presagios de Malthus, del Club de Roma y de otros apocalípticos. Sin embargo, el texto tiene una virtud, pone el dedo en la llaga, señala los dos factores más importantes que contribuyen a la marginación e injusticia de nuestra sociedad de fin de siglo. Estos factores son, primero, el sistema económico de capitalismo avanzado y libre mercado. Este sistema basado originalmente en la explotación del trabajo para producir riqueza mediante la apropiación de la plusvalía, ha llegado hoy, gracias a la formación de corporaciones transnacionales y a los avances de la tecnología, a disminuir el valor del trabajo humano y acrecentar la segregación. Estamos pasando del capitalismo explotador al capitalismo excluyente, de un sistema que se preocupó por el ser humano, por lo menos para explotarlo, a un sistema en el que la ganancia se ha liberado de la mano de obra, el individuo dejó de ser sujeto explotable para ser sujeto prescindible. En el actual sistema socioeconómico las personas sólo tienen valor en tanto que consumidores potenciales. El hombre ya no vale por lo que produce sino por lo que consume, ya no es más un sujeto social sino un sujeto de crédito. El no consumidor es nada, pueblo, pobre, entidad abstracta, habitante anónimo de favelas, cinturones de miseria, basureros. La economía capitalista finisecular sólo tiene un objetivo: la ganancia. El patrón explotador identificable dejó su lugar a las sociedades anónimas, a los pequeños grupos sin patria y sin frontera que manipulan desde sus computadoras las economías de los países y que promueven la concentración de la riqueza en muy pocas manos.

El otro factor que V. Forrester menciona es el discurso, la cultura dominante que, mediante la construcción de significaciones, manipula, engaña y oculta. El discurso ha rechazado conceptos que la sociología demostró útiles para entender el proceso histórico y que todavía son vigentes, a pesar de los esfuerzos para olvidarlos, tales como el de la lucha de clases o el de las relaciones de producción y su importancia en el diseño de la superestructura social. El discurso político contemporáneo pretende que son el autoritarismo y la ineficacia de los Estados lo que produce la pobreza y así esconde la intervención de las corporaciones transnacionales y su afán desmedido de riqueza. El conservadurismo aplica todos los mecanismos de control del discurso para proteger un estado de cosas a todas luces injusto y cruel. Todos los aliados del sistema señalan culpables, con el dedo flamígero, pero no al verdadero: el afán de poder y la concentración de la riqueza. El nuevo discurso democrático resultará una trampa más, en la medida en que pretenda sanear la vida política sin modificar una economía que margina y explota, que transforma al humano en un consumidor voraz e insaciable, que destruye recursos naturales y ecosistemas para sostener su aparato productivo.

La cultura dominante, con sus trampas, ideologías y contradicciones, teje un grueso velo con el que oculta las razones y las causas. Vivimos la época de las comunicaciones, estamos saturados de información, la historia se desarrolla ante nuestros ojos en la pantalla de televisión y, paradójicamente, la ignorancia crece, somos incapaces de usar esa información para nuestro bienestar o para resolver nuestros problemas más inmediatos. La información se nos viene encima y nos deja paralizados, sin saber qué hacer, con una sensación de impotencia. Conocemos lo que ocurre en otros continentes o lugares lejanos, casi en el momento en que sucede, pero somos incapaces de darnos cuenta, a veces, de lo que pasa en nuestra propia casa, a nuestros hijos y vecinos. La publicidad y los medios de comunicación se manejan, de tal modo, que promueven enormes cantidades de información inútil, favorecen las creencias pero impiden el razonamiento: no pensamos, creemos.

Una visión catastrófica y desencantada nos deja un mal sabor de boca, pero siempre es mejor que un optimismo ramplón y demagógico que produce la ceguera. Si le pudiera describir a mi abuelo, muerto en los sesenta, la situación actual del país con sus secuestros, devaluaciones, delincuencia, corrupción, impunidad, pobreza, marginación, desempleo, seguramente pensaría que miento, que la realidad que le digo es producto de mi mente atormentada, me diría que la Ciudad de México que yo describo no puede ser el Distrito Federal sino uno de los nueve círculos del infierno dantesco. A pesar de todo, es posible creer en una vía de salvación, rescatar a Fausto de las garras de su propia codicia. Creo que la humanidad enfrentará sus problemas y encontrará soluciones. Sin embargo, la contradicción y la lucha serán muy costosas, provocarán mucho dolor y mucha muerte; hoy mismo, la economía informal, la mendicidad y la delincuencia son las armas que la mayoría silenciosa está usando para contrarrestar la cruel e injusta concentración de la riqueza. Así, nos enfrentamos a una disyuntiva: o producimos más alimentos y menos automóviles, más satisfactores primarios y menos riqueza de papel o de plástico, o irremediablemente seremos destruidos por efecto de las leyes de la dialéctica que pretendemos ignorar. La soberbia mató a Ícaro, nuestras alas empiezan a derretirse.

La grilla

Utilizamos la palabra grilla para referirnos a un cierto tipo de conducta política que recurre a estrategias como las alianzas, el rumor, el chisme, la traición, el espionaje, la calumnia, la mentira, que tienen como finalidad última la circulación de las elites. El vocablo grilla, nos sirve muy bien para contrastarlo con el significado de la palabra política, entendida como actividad superior que persigue la sana convivencia de todos los miembros de un grupo mediante la discusión y el acuerdo, que busca el establecimiento de reglas claras con las que los individuos norman su conducta y las relaciones con sus semejantes. En términos generales la grilla no resuelve otra cosa más que la circulación de los grupos en el poder, su influencia efectiva en la solución de problemas sociales y de convivencia es mínima o casi nula. La grilla se agota rápido porque carece de proyecto y visión de futuro, sus aspiraciones no van más allá de metas personales y, si acaso, de la solución de problemas inmediatos que representen un peligro para la conservación del puesto o el poder. La distinción fundamental entre grillo y político es que el primero no tiene un proyecto de organización de la comunidad, aspira al poder por el poder mismo, el puesto es su meta, persigue los privilegios personales. El político tiene una mirada clara, un derrotero que involucra a los otros, busca la solución de problemas y el beneficio de toda la comunidad o, por lo menos del grupo, juega en equipo, busca el puesto para cumplir objetivos de más largo alcance.

Poder contra poder

El poder es acosado por el poder. El uso excesivo del autoritarismo y la explotación genera necesariamente un contrapoder. Un peligro que acecha constantemente a los políticos es el de su propia destrucción debida a los excesos en el ejercicio de su autoridad. Para el político es más peligrosa la falta de control sobre sí mismo que la falta de control sobre los demás.

 

La corrupción

Nuestras sociedades de fin de siglo enfrentan problemas que de no resolverse pondrán en riesgo la supervivencia de la organización social e incluso de la vida misma. Se pueden destacar cuatro como de importancia o que merecen un orden primordial en su atención: La economía de libre mercado y sus secuelas de concentración de la riqueza, empobrecimiento y marginalidad. La destrucción irracional de los ecosistemas por la sobre explotación de los recursos naturales y la transformación de la naturaleza en basura gracias al consumismo. Una visión ideologizada y pobre de la realidad, por efecto de un sistema educativo ineficiente, falto de una mirada humanista y, también, gracias a la publicidad que modela, con fines de comercio, los gustos y la cotidianidad de los individuos. Finalmente, la corrupción que corroe todos los niveles de la organización social.

Sobre la corrupción Josué Sáens, en un artículo de "Vuelta" publicado en noviembre de 1987, hace una clasificación: 1: Dirigida, cuando un personaje poderoso obliga a sus empleados a realizar actos que lo benefician. 2: Compartida, cuando se asocian dos o más personas del mismo nivel para realizar negocios ventajosos. 3: Piramidal, el ejemplo clásico es la mordida, empleados menores obtienen pagos que después distribuyen hacia arriba según reglas establecidas. 4: Funcional, son los pagos que ciudadanos comunes hacen para lubricar los engranajes del aparato burocrático. 5: estructural, es el sistema de alianzas y compromisos que obliga a tolerar distintos tipos de corrupción. 6: Intelectual o psicológica, distorsiona el sistema perceptivo, sobre todo la autocrítica, y hace que los funcionarios se crean superiores, infalibles, predestinados. Los tipos 1 y 2 tienen como finalidad el acrecentamiento de la riqueza del corrupto, son sumamente dañinos por cuanto hay desviación de recursos hacia la clandestinidad o el extranjero. Los tipos 3 y 4 encarecen el costo de los servicios, aunque por otro lado, son relativamente democratizadores porque distribuyen el poder en pequeñas dosis, equilibran las fuerzas y constituyen una forma de redistribución de la riqueza. Los tipos 5 y 6, junto con el fraude electoral, son formas de corrupción política que no busca, en primer lugar, la riqueza sino el poder, su adquisición y conservación. Es indudable que la corrupción es una plaga, una enfermedad que aqueja a todos los gobiernos y que infecta otros organismos de la sociedad, civiles y económicos. La corrupción mina la solidez del Estado, genera incredulidad y desconfianza con respecto a las instituciones y la autoridad.

Además de las formas de corrupción arriba mencionadas, existen otros tipos de conducta que si bien carecen de la intencionalidad y el dolo del acto delictivo, es decir, el sujeto no quebranta la ley ni la interpreta en su beneficio, no son menos dañinas, me refiero al dispendio, la ignorancia, la irresponsabilidad, la indolencia, conductas que no constituyen un delito pero que socavan las bases en las que se asienta la convivencia y armonía social. Un trabajador o funcionario que dilapida el dinero de la comunidad, que aplica mal los recursos comunitarios o que no retorna, en servicios y productos, a la sociedad lo que recibe como salario, produce el mismo daño, o mayor, que el que generan los corruptos. Sin embargo, el dispendio, la irresponsabilidad y la flojera no son achacables únicamente a los individuos, la cultura facilita el surgimiento de conductas que contravienen los objetivos de una sana administración de las políticas de convivencia y bienestar común. El individualismo, la competitividad, la búsqueda de la riqueza, el afán de poder, la exageración en el consumo, la idea de progreso, son elementos necesarios para el buen funcionamiento de un sistema de corte capitalista, pero también favorecen la distorsión de los valores. La cultura que sostiene y da significado a nuestra conducta, en este sistema económico y político, está plagada de paradojas y contradicciones que por un lado promueven el desarrollo y la producción de riqueza pero, por otro, estimulan el egoísmo y la competitividad que producen la injusticia, marginación y pobreza de la mayoría.

Salud y poder

La cultura dominante propia del sistema de producción capitalista, que promueve la creación, acumulación y concentración de la riqueza, que basa su permanencia en los hábitos de consumo, en la explotación irracional de toda clase de recursos y en la inhumana regulación de la vida social por las leyes del mercado, genera un conjunto de creencias y actitudes que tienden a sostener y reproducir las condiciones que propician la subsistencia del sistema. Uno de estos rasgos culturales lo constituye la obsesión por la salud y la juventud, el horror a la enfermedad, la vejez y la muerte. El cuidado de la salud no es, de ninguna manera, censurable, antes bien parece una actitud no sólo deseable sino necesaria para la buena marcha de la sociedad. El problema no es el rasgo cultural por sí mismo sino su inextricable liga con el discurso del poder. La obsesión por la salud y la repugnancia por la vejez sirven muy bien para reforzar el individualismo propio de la sociedad liberal, el apego narcisista y ciego a las apariencias, el consumo de toda clase de cosas innecesarias o inútiles, al mismo tiempo, da origen a un mercado millonario de productos que prometen la juventud y la vida eternas. El nuevo Paraíso está en el mercado: en la ropa juvenil y deportiva, en la enorme variedad de fármacos, en la comida dietética y balanceada, en el vestido que acentúa la delgadez y el vigor físico. La paradoja estriba en que la misma organización, el mismo mercado que promueve la preocupación por la salud, es depredador insensible de la naturaleza y factor de la concentración de la riqueza que favorece la marginación, la miseria y la enfermedad. La producción de ropa especializada, aparatos, medicamentos y demás parafernalia para lograr una imagen ideal y saludable, implica el consumo de materia prima, la utilización de cantidades enormes de energía y recursos no renovables. Así, nuestra lucha por prolongar la vida y la juventud acabará por enfermar al medio ambiente en que vivimos, de tal manera, que la salud de unos cuantos significa la miseria, la enfermedad y la muerte de la mayoría silenciosa y marginada.

 

Democracia y eficacia

El término y tema de la democracia ha sido motivo de discusión interminable durante los últimos años, sobre todo a partir del alejamiento de la promesa igualitaria del socialismo. El desmoronamiento de los regímenes encaminados a la organización socialista obligó, a intelectuales y pensadores, a rescatar los aspectos más deseables y prometedores del pensamiento liberal, y encontraron la democracia como un valor apreciable para una comunidad organizada. A partir de entonces la democracia es señalada como el ideal de la organización social, la mejor forma conocida para lograr el equilibrio entre libertad y responsabilidad, entre deseo individual y necesidades de los demás. Se le ha vinculado con la libertad, la economía, el desarrollo, la política, la cultura, la ética. Se sabe que la democracia es un valor, un régimen político, en general un proceso que requiere de la negociación, el consenso y el acuerdo para resolver los conflictos inherentes a la vida y a la vida en la comunidad.

De los múltiples ensayos que existen sobre democracia quiero referirme a uno que llamó mi atención porque da respuesta a una pregunta interesante: ¿Es suficiente implantar la democracia para salir del atraso o instalar el desarrollo? El artículo a que me refiero es del economista Ugo Pipitone y aparece en el número 7 de la revista "Metapolítica" En él se revisan algunos casos de países que han salido del atraso y encuentra que han podido hacerlo tanto países con un sistema democrático como algunos que tienen un sistema autoritario. Igualmente hay países democráticos que se han manifestado incapaces para lograr el desarrollo, de la misma forma que muchos países de régimen autoritario. "Parece legítimo sospechar que más que los regímenes políticos, lo que cuenta para los fines exitosos de salida del atraso es la calidad de un Estado, su coherencia y eficacia administrativa y su credibilidad social" "... El mundo existe independientemente de las intenciones de los políticos y de las formas institucionales que den cuerpo a esas intenciones... Democracia y autoritarismo no son fórmulas dotadas de alguna virtud o defecto universal. Una democracia con administración pública ineficaz, o regímenes autoritarios corroídos por la corrupción, no puede ejercer un papel positivo como agentes del desarrollo o como remedio contra el atraso" El autor señala seis aspectos que considera necesarios para elevar la calidad de un Estado: 1: Una administración pública profesionalizada, eficiente y eficaz, y con una alta moral de grupo 2: Fuerza y prestigio suficiente que le permita actuar con relativa autonomía frente a las propuestas conservadoras y tradicionales 3: La percepción, por parte de los líderes, de la urgencia del desarrollo como factor de seguridad pública. 4: Elevado grado de cooperación entre la iniciativa privada, el Estado y la comunidad. 5: Capacidad de la política económica para modificarse sobre la marcha, adaptándose a situaciones y prioridades cambiantes. 6: La existencia entre las máximas autoridades del Estado y la administración pública, central y periférica, de una relación fluida y de recíproca confianza.

 

El oficio de la política

La política es un arte y como tal requiere de la presencia de dos factores fundamentales: talento y oficio. El talento es una predisposición que surge de la presencia de algunas características biológicas y hereditarias, combinadas con las experiencias durante los primeros años de vida, es decir, los años de formación. No creo que la vocación exista como una especie de toque mágico que transforma fatalmente al individuo en un artista, del tipo que sea, la inclinación artística surge de la integración, muchas veces azarosa, de múltiples factores biológicos, educativos y sociales que dota al sujeto de cierta facilidad, en el caso del político, para conseguir posiciones de privilegio y liderazgo en los grupos a los que pertenece. Por lo que respecta al oficio, se obtiene con trabajo y disciplina. El oficio es muy importante en el trabajo del artista, sin él, la creatividad y el talento son como briosos caballos ciegos o como un barco a la deriva. El oficio implica el desarrollo de un conjunto de habilidades que otorgan eficacia y eficiencia en el logro de objetivos políticos. De los artistas el escritor trabaja con el lenguaje, el músico con los sonidos, el danzante con su cuerpo. El político, como el actor, trabaja con su propia personalidad, tiene que ser hábil para mentir y para usar la verdad en su provecho, desarrollar un mínimo de paranoia que le mantenga en estado de alerta, debe ser seductor e histriónico, requiere de sentido común y de pericia en el manejo de las reglas elementales de convivencia, sobre todo, debe tener conciencia de que la política es una espada de doble filo que frecuentemente hace rodar la cabeza de quien la usa.

En el arte de la política el oficio se adquiere con el dominio de un conjunto de técnicas que tienen por finalidad la conservación o logro del poder. La estrategia política se realiza en dos planos fundamentales: la conducta y el discurso. Los actores políticos particulares buscan el poder y el control más amplio posible de sus fuentes. Para ello desarrollan habilidades que les permiten sortear con más o menos éxito los obstáculos y dificultades presentes en los caminos que conducen al poder. Así, los políticos pactan alianzas, provocan rupturas, forman grupos, mienten, engañan, corrompen, declaran, distorsionan, convencen, manipulan, develan, ocultan, seducen, agreden, agradan, unen, destruyen, compran, cooptan, reclutan, traicionan. No siempre actúan en desacuerdo con las reglas de la ética, lo que sí hacen es subordinar el bien, la verdad, la belleza o la razón al valor para ellos más importante, el poder. La conducta del político es a veces moralmente válida y a veces censurable, pero siempre estratégica, es decir, persigue un fin que está más allá de la conducta misma. Cuando hace el bien, o el mal, no le importan en cuanto a valores por sí mismos sino en tanto que sirven para imponer su personal visión y ejercer el control de las personas y los acontecimientos, acrecentar su poder.

La política es una actividad social, la ejercen los individuos pero siempre frente a los otros, en el marco de la comunidad. El poder convierte al otro en objeto, lo cosifica, lo hace potencialmente aliado, súbdito o jefe, lo transforma en pieza de un sistema cuyo fin es reproducir las condiciones, culturales y económicas, de dominación.

El corporativismo

En la política mexicana, posterior a la consolidación de proyecto revolucionario, el corporativismo ha jugado un importante papel. Ha servido para dar estructura y estrategia al sistema político. El Estado prefiere tratar con agrupaciones, a través de sus líderes, entre otras cosas porque es más fácil corromper a un líder que a una comunidad. La democracia amplia y directa, la democracia participativa, siempre fue un problema porque fácilmente se sale de control y, con frecuencia, los intereses de las mayorías corren con sentido opuesto a los de los grupos privilegiados, económicos o políticos. Resulta más rápido y efectivo llegar a un acuerdo con un puñado de jefes que con todos los interesados o todos los votantes. Por otro lado, siempre es más factible que un individuo se haga oír apoyado en un grupo que si recurre sólo a su razón o convicción. Por eso el autor de "La democracia en América" dice que a una burocracia sólo puede vencerla otra burocracia.

El sistema mexicano se basa en un Estado autoritario, piramidal, con reminiscencias militares en donde la cadena de mando parte de la cabeza a la base con una jerarquización que va del Jefe Supremo al pueblo, pasando por toda la caterva de mandos intermedios de los distintos grupos en juego. Es cierto que el Estado corporativista se está debilitando, sobre todo porque las llamadas bases desconfían de sus líderes, evaden el control y deslegitiman, con su voto, los acuerdos pactados por sus dirigentes. Sin embargo, la inercia de casi setenta años hace que, aunque desgastado y maltrecho, el corporativismo, los pactos y alianzas entre dirigentes de grupos, formales e informales, todavía sea eje importante en el juego del poder y de la circulación de las elites. El corporativismo como estructura inherente a un sistema político es nocivo porque necesariamente deviene autoritario, excluyente, y acaba por construir un régimen de gallinero, como táctica es peligrosa si los líderes manipulan y engañan a sus seguidores para lograr fines privados y cotos de poder.

Por esta característica de la política mexicana es que, cíclicamente, surgen organizaciones que pretenden sumarse a la contienda por el poder. Para no ir muy lejos podemos recordar la Corriente Democrática, que terminó en cisma y originó el PRD, el Grupo San Ángel, México Nuevo, y ahora la Corriente Renovadora que vela sus armas para participar en la contienda electoral del año dos mil. Bienvenida esta corriente si enriquece la vida política nacional, si se convierte en una opción para participar efectivamente, si representa un proyecto plural, sensible a la necesidad de abatir la desigualdad y la miseria, a combatir un sistema económico a todas luces injusto que privilegia a los que más tienen y prefiere la economía de papel de las bolsas y los bancos, frente a una economía de producción de satisfactores básicos, alimentos, salud y educación, para las mayorías. Si, por el contrario, la Corriente Renovadora es otro grupo, uno más, que promueve intereses oscuros y personales, que se forma para servir como escalera a los dirigentes y promotores, es decir, si fue construido como una estrategia para obtener y/o acumular poder, entonces, será un factor más del ya complejo e inútil sistema político mexicano que se está muriendo.

La violencia como síntoma

Los robos, asaltos, secuestros y en general el estado de violencia que vive la capital de la república y que, en grado creciente, afecta también a las principales ciudades del país, produce en el ciudadano un estado de tensión que se suma a las otras preocupaciones que le agobian como son la estabilidad en el trabajo o de la fuente de ingresos, el bienestar de la familia y la procuración de salud, educación, transporte, alimentación, esparcimiento, ahorro. En una comunidad invadida por la violencia y la impunidad todos nos sentimos víctimas, porque lo hemos sido o porque lo somos en potencia. La víctima desarrolla una condición paranoide, se aísla de todo por temor al ataque, ocupa una buena parte de su tiempo en idear formas y estrategias de defensa, consume recursos en aditamentos que le hagan sentirse protegido, es irritable y desconfiado, percibe al otro como su enemigo, el miedo lo paraliza y disminuye su capacidad para el trabajo, el gozo y la creatividad. La frustración lo vuelve peligroso pues tiende a reaccionar con violencia ante la violencia y a dejarse llevar por un impulso cada vez más incontenible de venganza.

La violencia y el delito son fenómenos presentes en todas las sociedades y en todos los tiempos, son el resultado de la acción de los mecanismos del poder dominante y de la eterna lucha entre la norma y el deseo. Podemos decir que un porcentaje bajo de violencia, reducida a zonas claras y delimitadas, es estadísticamente normal. Sin embargo, los altos índices que alcanza en las sociedades contemporáneas están, necesariamente, ligados con las características de la estructura social, su cultura y su economía, que favorece la irracional concentración de la riqueza y sus secuelas de marginación y empobrecimiento, enfermedad y muerte. Nuestra organización social, política y económica, se torna cada vez más rígida. Las formas de producción de la riqueza están controlados por un reducido número de personas. El incalculable poder que acumulan las élites produce la impotencia y la miseria de la mayoría excluida. El mayor porcentaje del consumo de bienes, servicios y energía lo hace un porcentaje mínimo de la humanidad. Ésta, y no otra, es la razón del aumento de la violencia. El Estado ha perdido credibilidad y confianza porque ha sido incapaz de cumplir con su función reguladora y de equilibrio, él mismo se ha visto empobrecido y marginado de los grandes procesos de producción, ha perdido muchas batallas frente a los grupos del poder económico que ya no lo ven como un aliado sino como un sirviente. La insensibilidad y la crudeza de un sistema económico que pone al mercado y el dinero por encima de cualquier otro valor, aunado a la incapacidad del Estado para poner freno a los mecanismos concentradores de riqueza y a la ambición, son los factores que dan origen al incremento de la violencia, debido a que los desposeídos exploran caminos que les restituyan su dignidad y su derecho a poseer la parte de la riqueza que les corresponde con justicia y, al no encontrar formas lícitas, recurren a cualquier mecanismo a su disposición, así, crece la economía informal, el narcotráfico, la delincuencia, la prostitución, como formas alternativas de redistribución de la riqueza.

Es entendible, no justificable, que las víctimas opten por la venganza y quieran regresar a etapas primitivas y superadas de la estructura jurídica, que pidan la pena de muerte y la aplicación del código del talión o del draconiano. Resulta verdaderamente absurdo, sin embargo, que instituciones modernas, juristas competentes, profesionales informados y aún ministros de la iglesia se manifiesten dispuestos a reimplantar la venganza como forma de relación humana. Está bien documentado que la muerte no previene ni corrige la conducta delictiva, su implantación como pena obedece solamente al deseo de venganza. Es cierto que el acto delictivo no es la mejor manera de reducir los conflictos y contradicciones que contiene la sociedad, la violencia más que resolver acelera la descomposición social. Por ello se recurre a la ley que señala las sanciones para los actos que la violan o quebrantan, sanciones que deben apuntar a la prevención, cuando mucho y en el menor de los casos a la corrección, pero nunca a la venganza porque los actos punitivos de la ley no surtirán efecto si no se resuelven primero los problemas de orden estructural del sistema económico y político que causan la violencia.

 

Las redes del poder

Un tema recurrente en el análisis político es el de los grupos, sus enfrentamientos, sus alianzas y su influencia en el desarrollo económico, político y cultural de una nación. Los grupos o redes de poder juegan un importante papel en los procesos que dan forma y dirección a las organizaciones sociales. Todo grupo, público o privado, formal o informal, está inserto en la estructura social de poder, favorece o contradice visiones particulares del mundo, si bien su acción puede estar más o menos cerca de la conducta propiamente política, entendida ésta como la encaminada a controlar el Estado.

En el ámbito de la política existen dos tipos de grupos: los institucionalizados, como partidos políticos, organizaciones civiles, religiosas, militares, burocracias administrativas; y los informales, grupos sin membrete, dinámicos y maleables, que pueden infiltrar sus ramificaciones en varios grupos institucionales y que actúan mejor desde la sombra y el anonimato. Los grupos informales son redes de poder que se construyen mediante afinidades, compromisos, alianzas, amistad, parentesco, compadrazgo, complicidad, clientelismo, cohecho, imposición. Los individuos aumentan su capacidad de influencia a través de los grupos y éstos se fortalecen por el número de sus miembros o por habilidad de sus líderes. En el tejido político las redes informales de poder entran en conflicto con las estructuras institucionalizadas y con otras redes informales que alientan propósitos distintos. A estos grupos se les conoce popularmente como mafias y se les identifica con algún nombre que los distingue, por lo general el de su cabeza visible, así aparecen juanramiristas, teofilistas, jongutudistas, horacistas y otros istas que dan tema y color a la política local. La característica del anonimato hace imposible detectar los límites y contornos de estos grupos, tampoco se puede precisar su número de miembros, sobre todo porque en ellos la traición es habitual y los cambios de bando se dan con mucha frecuencia. Son grupos de alta eficacia pero de baja cohesión, muy susceptibles a los cambios y modificaciones de la estructura política, efímeros si se les compara con la duración de los grupos institucionales, están sujetos a la suerte de sus líderes, unidos por lazos débiles pero que les permiten gran movilidad. La mayoría de los miembros de una red informal sostienen con ella una relación parasitaria, extraen su cuota de poder del capital político del grupo y lo ejercen en representación del líder, nunca por sí mismos.

Las redes informales de poder cumplen una función valiosa durante la circulación de las élites, están presentes en el inicio de todo proceso revolucionario, constituyen un factor acelerador del cambio social, son instrumentos importantes para vencer las resistencias de la tradición, pero también, indudablemente, introducen un alto grado de incertidumbre en la actividad política, entorpecen y distorsionan los mecanismos de la administración pública, aceleran e intensifican el desgaste de la vida institucional, estimulan el divisionismo, la desconfianza y la sospecha. Dado que su finalidad es el control del Estado y el incremento de su poder, su actuación está relativamente desligada de las demandas sociales y de los intereses de las mayorías a los que sólo toman en cuenta como parte de su discurso. En el interior de toda red o grupo de poder siempre germina una visión fragmentada de la realidad que divide al mundo en nosotros y ellos, buenos y malos, amigos y enemigos y que, por su simplificación y maniqueísmo, deviene autoritaria. La vida política de toda comunidad está minada por la presencia de redes de poder cuyas contradicciones constituyen el motor del cambio social.

Otra característica de las redes informales de poder es que son, en buena medida, imaginarias, existen en tanto se les represente, están más en el imaginario colectivo que en la realidad, son al mismo tiempo presencia y fantasma, se les conoce por sus resultados, nunca por sus métodos que se ocultan en los pasillos oscuros de la vida cortesana, en los secretos de alcoba o de cantina.

En la política mexicana, por ejemplo, se identifican dos tipos de red: la de los amigos del gobernante y la de los funcionarios, los íntimos y los institucionales. Las luchas y contradicciones de estos dos grupos son las que imprimen su tono y dinámica al proyecto político en turno. Del destino de estas luchas y de la habilidad para manejarlas depende el grado de éxito o fracaso del proyecto. Si los íntimos concentran demasiado poder, entonces el gobierno se vuelve errático, caprichoso, con tendencia al dispendio, lleno de proyectos no realizados o innecesarios, amenazado constantemente por la disgregación y el desorden. Si son los institucionales los que exceden su poder, entonces se disminuye la gobernabilidad, crece la burocracia y se torna lenta la administración, se disminuye el margen de maniobra para modificar lo tradicional y para instalar mecanismos más modernos y eficaces de gobierno y administración. El éxito del Estado depende de su habilidad para mediar en el conflicto, para utilizar el impulso de las redes de poder, informales y formales, para beneficio de toda la sociedad. No se gobierna para satisfacer los caprichos de íntimos o institucionales, sino para disminuir el sufrimiento de la mayoría, para impedir, en lo posible, la marginación y la pobreza, para generar las condiciones económicas, políticas y culturales que permitan una comunidad más justa y gratificante para todos.

La crítica 2

A partir de algunos comentarios recibidos en el sentido de que a mi crítica le falta el sabor de la ironía y la denuncia, quiero retomar lo expresado más arriba en torno a la crítica y diferenciarla muy brevemente de la ironía y la denuncia. Por crítica entiendo un acto intelectual que se realiza conforme a un método (sociológico, filosófico, político, etc.), que consiste, en general, en la confrontación de visiones distintas de la realidad, para deducir cuál de ellas ofrece más ventajas como esquema de interpretación del mundo, o como instrumento más eficiente para operar sobre él. El papel o utilidad de la crítica es el de contribuir a la construcción de una o varias herramientas teóricas y de razonamiento que nos hagan más eficaces para el logro de una convivencia armónica y satisfactoria con la naturaleza, con los otros seres humanos y con nosotros mismos. La crítica debe evitar las concepciones reduccionistas que ven a la realidad en blanco y negro, sin percibir toda la gama de tonalidades y matices.

La denuncia es un acto que pone en evidencia la violación de una ley o norma establecida. No es una propiedad de la crítica aunque suele asociarse con ella. Una reflexión crítica sobre una conducta o fenómeno puede dar origen a una denuncia. El problema de la denuncia es que, cuando no la antecede un razonamiento crítico, o cuando no está bien fundamentada con los argumentos y pruebas necesarias, se transforma en chisme.

La ironía se entiende como la burla fina, una forma de revelar las contradicciones y el absurdo de un discurso o conducta. La ironía si forma parte del instrumental crítico, Aristóteles la utilizó como la primera fase de su método mayéutico. Sin embargo no toda crítica es necesariamente irónica ni toda ironía es crítica. La ironía mal usada queda reducida a chiste.

La pena de muerte

Ya tocamos, en un párrafo anterior, la pena de muerte, sin embargo, en virtud del interés que despierta por el aumento de la violencia y el delito, creo necesario señalar lo siguiente: 1: La postura pro instalación de la pena de muerte está más ligada con un sentimiento visceral de venganza que con una postura racional y civilizada. 2: La existencia de la pena de muerte no incide sobre los índices de violencia ni previene los actos delictivos. 3: La pena de muerte es incompatible con casi todas las creencias religiosas, el cristianismo imperante en México la prohibe como uno de los más elementales actos de caridad cristiana. El Evangelio la rechaza. 4: Por un acto de simple congruencia no podemos exigir, con una mano, la condonación de la pena capital para nuestros compatriotas sentenciados en EUA, y con la otra pretender instalarla en nuestra legislación. 5: Dado que la impartición de la justicia es imperfecta, proclive a dañar más a los que menos tienen, siempre resulta menos riesgosa la posibilidad de perdonar a un culpable que la de matar a un inocente.

 

Futuro y medio ambiente

La historia de México se inicia con uno de los fenómenos ecológicos más dramáticos y desgarradores de la historia de la humanidad, la introducción, en el ecosistema recién descubierto, de microorganismos que produjeron un desequilibrio que se manifestó con la muerte de más de la mitad de los pobladores del nuevo continente por el tifo, la viruela y otras enfermedades para las que no tenían defensa. La enfermedad y la guerra produjeron la catástrofe demográfica más impresionante que registra la historia. La considerable reducción de pobladores indígenas produjo problemas de orden económico y político que incidieron en el medio ambiente como el agotamiento de pastizales; deforestación, las fiebres y otras epidemias continuaron azotando, en especial a los más pobres.

La introducción, por parte de los conquistadores, de nuevas especies animales y vegetales, en el continente descubierto, alteró irreversible y definitivamente el medio ambiente americano. Se introdujo también una economía diferente, otras relaciones de producción, otra manera de concebir la interacción del hombre con la naturaleza, una cosmovisión distinta. Todo esto cambió el rostro no sólo cultural sino físico de América y este cambio no fue del todo impune, muchos murieron por la explotación y la enfermedad, se agotaron recursos naturales, se perdieron ecosistemas que fueron substituidos por plantaciones que se convirtieron en economías de enclave y monocultivos que acabaron por agotar el suelo, se perdieron grandes extensiones de selvas y bosques, aumentaron las zonas desérticas y los páramos. El cambio en la concepción de la naturaleza y las modificaciones del equilibrio ecológico se produjeron por el choque de las sociedades esclavistas y pueblos nómadas americanos con el modo de producción feudal que introdujeron los colonizadores. Durante los espectaculares cambios que provocó la conquista de México dos fueron los agentes más letales: los virus y bacterias que diezmaron y disminuyeron la población indígena, y los propios españoles que, a través de la guerra de conquista, mataron, esclavizaron y explotaron a los indios y después introdujeron una forma de producción que alteró el equilibrio biológico preexistente.

Sin embargo fueron las ideas de la ilustración, el establecimiento del modo capitalista de producción y el desarrollo del Estado nacional independiente y liberal, los factores que construyeron nuestra cultura contemporánea, que dieron cauce a la adopción del pensamiento moderno con su forma particular de entender la relación del hombre consigo mismo, con la naturaleza y con la sociedad. Las reformas Borbónicas que se iniciaron en México después de 1760 constituyen el primer intento por modernizar la economía, a partir de ellas se instala el proceso de consolidación del sistema capitalista, que cobra fuerza con la declaración de independencia y el debate de conservadores y liberales que recorre todo el siglo diecinueve. Desde la llegada del Visitador José de Gálvez hasta nuestros días la cultura emanada de la revolución industrial y la ilustración, el impulso liberal y el pensamiento moderno, son los ordenadores de nuestra vida política y económica: la economía de mercado basada en la concentración y acumulación de capital, en un aparato productivo racional, acorde con los avances más sofisticados de la ciencia y de la técnica, y un Estado nacional democrático y representativo, sustentado en la soberanía del pueblo y la división de poderes.

El proyecto liberal y el desarrollo capitalista, propios no sólo de la historia de México sino del mundo, han impactado en la biosfera de una manera brutal. En el pensamiento moderno del liberalismo democrático, el hombre se concibe como centro de la naturaleza, como una conciencia predestinada al dominio y explotación de los recursos naturales para su beneficio, el hombre es el sujeto activo frente a la naturaleza, objeto pasivo de su manipulación. El resultado de esta creencia es que la naturaleza se organiza y clasifica de acuerdo con las necesidades humanas, el destino y el uso de los bienes naturales obedece a la razón y no hay otra razón que la humana. La soberbia que se desprende de una posición de dominio, del hombre sobre la naturaleza, se ha visto castigada por la espada de Hybris con todas las secuelas del liberalismo salvaje: concentración de la riqueza y empobrecimiento de la mayoría; contaminación y desgaste de la tierra, el aire y el agua; exterminio de muchas especies que ha disminuido la biodiversidad; calentamiento de la tierra y desertificación; hambrunas, epidemias y nuevas enfermedades producidas por la investigación irresponsable; iatrogenia; agotamiento de recursos no renovables. No es gratuito que la Ecología o ciencia que se dedica al estudio de las relaciones del hombre con la naturaleza, aunque prefigurada ya en el pensamiento griego y medieval, haya cobrado auge durante el siglo diecinueve y sea hoy de primordial importancia. Los excesos del liberalismo económico han dado pie para que surja una preocupación justa y deseable por el destino de nuestro planeta, que es nuestra casa y contiene los límites de nuestra propia supervivencia.

Debemos estar alertas, sin embargo, contra toda clase de manipulaciones ideológicas y contra el principio de poder y dominio que matiza toda la cultura de nuestro sistema político y económico, la Ecología tiene dos caras, una que la concibe como una serie de técnicas para eficientar la explotación y el uso de los recursos naturales, otra que la piensa como una forma de entender a la naturaleza para el logro de un equilibrio sano y armónico, la primera está al servicio del poder y la segunda de la liberación. La figura del mundo del pensamiento moderno incluye una idea del hombre como sujeto libre, racional, capaz de forjarse su propio lugar y destino; una idea de la sociedad y del Estado con arreglo a un fin que es el del desarrollo, el progreso y la realización de un destino histórico; una idea de la naturaleza como objeto a disposición del dominio humano para servir a su razón y sus intereses, como algo destinado a la explotación y la conquista; una idea de cultura en donde la ciencia y el arte dan sentido y dirección a la conducta humana a través de la razón. Esta figura del mundo está minada por sus propias contradicciones, sus flaquezas son evidentes en la persistencia del atraso y la pobreza, el progreso se traduce como bienestar para unos cuantos y marginación para los demás, en el fracaso de las utopías tanto liberales como socialistas, en el deterioro del medio ambiente, por si esto fuera poco, el liberalismo a ultranza destruye la institución con la que nace, el Estado Nacional. El Estado benefactor y regulador de las relaciones entre capital y trabajo ha perdido vigencia por la presión de los mercados y el flujo del dinero, para convertirse en un aparato burocrático, en un administrador de la pobreza y en un mecanismo de control al servicio de los intereses económicos. La internacionalización de los mercados y los capitales torna insuficientes a los Estados nacionales para cumplir con su papel de rectores de la economía, y por otro lado, la diversidad cultural que priva hacia el interior de sus límites políticos los hace incapaces de atender con eficacia los problemas que aquejan a todas las comunidades y culturas que contienen. En suma, asistimos en este fin de siglo, al agotamiento de los pilares del sistema capitalista: el Estado Nacional y la cultura de la modernidad.

En los últimos años se inicia la estructuración de una nueva figura del mundo, todavía no puede definirse ni precisarse, apenas contiene algunos puntos que surgen de la crítica de las ideas de la ilustración. En este fin de siglo hemos perdido la fe en el progreso, sobre todo en la idea de progreso que parte de la cultura occidental dominante. Buscamos una nueva relación con la naturaleza en la que el humano ya no sea sujeto explotador sino parte integrante de la biosfera. Sabemos que la razón y la verdad son construcciones teóricas que produce la soberbia, que la riqueza verdadera del mundo parte de la diversidad y la convivencia, que los Estados nacionales se agotan y sólo pueden ser revitalizados mediante el acuerdo, la democracia, la tolerancia y la aceptación de la pluralidad. Sabemos también que son necesarias, por un lado, unidades políticas y administrativas más grandes que puedan contrarrestar los efectos nocivos de la acción del mercado y el capital, organismos internacionales que garanticen el éxito en el ataque a la marginación y la pobreza, y en la protección de la naturaleza.

Una política ecológica se hace indispensable si se aspira a tener un futuro, vivimos en un mundo finito que no puede crecer por siempre, es necesario estimular los ciclos ecológicos para reproducir las condiciones de subsistencia. Requerimos del estudio, la investigación, la discusión y el acuerdo para generar una forma de organización social que garantice una vida humana más plena y satisfactoria. Pero esto no se puede hacer desde posiciones autoritarias y criterios de poder sino desde una postura democrática, incluyente, en la que participen todos los individuos y todas las organizaciones. Los ecólogos necesitan del concurso de otras disciplinas como la geología, la física, la biología, la medicina, la sociología, la filosofía y el arte. Los ministerios de ecología, enclavados en los aparatos de gobierno, requieren de la participación de otras instancias como las dedicadas a la planeación de la economía y el desarrollo, las de salud, educación, cultura, obra pública, y de otros niveles como el municipal, Estatal, regional, nacional e internacional. Se requiera de la actividad de todos, gobiernos y sociedad civil.

El debate más importante hoy es el que pretende diseñar un orden mundial más justo, el que se propone desarticular los mecanismos tramposos del poder, el que aspira a construir un sistema económico que no atente contra el bienestar de la mayoría ni contra la integridad de la naturaleza, el que promueve la tolerancia y acepta la pluralidad sin camisas de fuerza que señalen jerarquías. En este debate son insoslayables temas como la economía, el papel del Estado, la cultura y, desde luego, el medio ambiente. El planeta tierra es nuestra casa y nuestro sustento, su deterioro y destrucción ponen en riesgo la sobrevivencia de la humanidad. La nueva figura del mundo debe hacernos entender que los otros y la naturaleza son parte de nosotros mismos; que la pobreza es un mal que nos perjudica a todos; que la tierra, el aire y el agua son los medios que sustentan la vida y destruirlos generará la muerte; que nuestros hábitos de producción y consumo están abonando a favor del apocalipsis; que la verdadera riqueza natural estriba en la diversidad y convivencia de todas las especies en sano equilibrio y no en el proceso de exterminio sugerido por la ley del más fuerte.

El futuro posible

En varias ocasiones he señalado los que a mi parecer son asuntos de primordial importancia en el proceso de transformación que plantea el fin de siglo. Entre ellos se pueden destacar seis como temas que aparecen con frecuencia en el centro del discurso político: 1) La necesidad de reducir la marginación y la pobreza. 2) El diseño de un modelo económico nuevo, menos injusto y más incluyente. 3) El fomento de hábitos de consumo más racionales, que atiendan a la satisfacción de lo esencial y eviten el gasto suntuario, la explotación excesiva y el desperdicio. 4) La conservación de la biosfera y el control de la contaminación. 5) La redefinición del papel del Estado en las nuevas sociedades. 6) la creación de una cultura repelente al autoritarismo, intolerancia y ambición y que, por lo tanto, promueva la convivencia, el acuerdo, el respeto a los diferentes y la democracia. Éstos, creo, son los problemas que deberán atenderse hoy si queremos un futuro deseable.

Vivimos un presente marcado por el agotamiento y el desgaste. Nuestras metas revolucionarias se disiparon como la niebla o un espejismo. Abrimos los ojos para darnos cuenta que bajo nuestros pies está el desierto, no hemos llegado a la tierra prometida, el camino permanece oculto tras los múltiples becerros de oro que la sinrazón fabrica. Por todos lados son visibles las huellas del desastre, la miseria, los derrumbes, la violencia. Cada noticiero es la crónica puntual de la catástrofe. El pecado de idolatría es uno de los pecados más sancionados por el pueblo hebreo del Antiguo Testamento, porque convierte al hombre en siervo de su propia estupidez, su ceguera y su soberbia. El idólatra, enamorado de su obra, vive preso en su memoria, condenado a construir una torre de Babel que se deshace. El concepto alienación describe muy bien el proceso que nos llevó a edificar una organización social que nos aplasta, nos transforma en apéndices reemplazables de la maquinaria de producción que inventamos, concentra el poder y la riqueza, destruye y agota recursos no renovables. Ante tal panorama no nos queda más remedio que despejar el terreno, es necesario desmontar las mitificaciones y los ídolos.

Cualquier proyecto de organización social, o de gobierno, tiene que considerar en su agenda los puntos mencionados, si quiere consolidarse como un poder legítimo, que responda con prontitud a las demandas de solución de los problemas que aquejan a la mayor parte de la población mundial, a los segregados, los enfermos, los desnutridos, los que carecen de los servicios elementales de salud, educación y bienestar. Si el grupo de poder dominante en México, los políticos en ejercicio y la iniciativa privada quieren formar parte del futuro de la nación, cualquiera que éste sea, deberán enarbolar las banderas de los pobres: la igualdad ante la ley, la protección del ambiente, la democracia electoral y participativa, la tolerancia, el respeto a la pluralidad y a la divergencia, la distribución más equitativa de la riqueza, de otro modo no hay un futuro posible para ellos, la economía informal, la migración, la pérdida de valores y la violencia harán estallar el mundo conocido para dar lugar a una nueva sociedad que nacerá del dolor y de la muerte.

En el año 2000 se pondrán a prueba las posibilidades de supervivencia de nuestro sistema político que deberá evitar el autoritarismo, la mercadotecnia y la demagogia para proponer soluciones reales y viables al problema de la pobreza y todos los que de ella derivan. Se requieren proyectos de desarrollo, en esto coincido con la política del Gobernador Fernando Silva, en los niveles municipal, Estatal y regional, se necesita, también, proteger los recursos naturales, una más ágil distribución de la riqueza y poner coto a la explotación irracional, la ambición y el monopolio. Todas las medidas en este sentido bien vengan, tal vez no sean tan espectaculares como una supercarretera o un gran centro de convenciones, pero a la larga son la única forma de salvar lo que nuestra cultura y nuestra forma de vida tengan de salvable.

1999

El año de 1999 se perfila como uno de los más complejos y difíciles de la segunda mitad del siglo para la política mexicana. Proliferan signos como la violencia, el narcotráfico, los asesinatos y desacuerdos políticos, la supremacía del poder, la concentración de la riqueza, el terrorismo, el empobrecimiento de la mayoría, el ataque al medio ambiente, el debilitamiento de los Estados nacionales, los cambios climatológicos y enfermedades producidas por la manipulación irresponsable de la naturaleza, la deshumanización de la cultura. Pero, también, crece la conciencia, en sectores cada vez más grandes de la población, de que se deben proteger los ecosistemas, reducir la pobreza y construir comunidades más respetuosas y tolerantes, surgen proyectos de gobierno y agrupaciones que dirigen sus esfuerzos a combatir la miseria, el autoritarismo y la contaminación, como el grupo pro desarrollo rural, los bancos de alimentos, los fideicomisos de ayuda para los damnificados, San Luis 2020 y otros. Muchos políticos se percatan de que el poder desgasta y destruye, sobre todo si se utiliza por demasiado tiempo, sin legitimidad y guiado por un egoísmo utilitarista.

En el México posrevolucionario se construyó un pacto político que asentaba las reglas, escritas y no escritas, que regularon la convivencia de los mexicanos. Un conjunto de factores se conjuga para dar lugar a nuestro sistema político, presidencialista, con un férreo control sobre la población a través de un partido de Estado. Entre éstos se cuenta: el asesinato de los caudillos revolucionarios que culmina con la muerte del General Álvaro Obregón; la necesidad de consolidar, con el control del Estado, una economía de mercado y una sociedad industrializada y moderna; la necesidad de construir una cultura nacionalista que permitiera la paz indispensable, junto con la infraestructura física y jurídica, para establecer una plataforma de despegue hacia la modernización. La riqueza y el poder en México se generaron y distribuyeron a partir del Estado y especialmente del poder ejecutivo, él redactaba las reglas, las imponía y las modificaba cuando esto era necesario. La burocracia del ejecutivo manipuló todos los organismos que propiciaban la riqueza y el poder, desde el PRI hasta las oficinas recaudadoras de más alejadas de la capital. A partir de los sesenta las presiones del capitalismo internacional cada vez menos sujeto a los caprichos políticos, el desgaste de las estructuras administrativas del poder por la corrupción y el abuso, el crecimiento demográfico, las dificultades del nacionalismo como ideología para integrar a los marginados y a la resistencia cultural de los pueblos indios, así como su incompetencia para contener la pluralidad de las manifestaciones culturales de todo el país, acabaron por minar, hasta romperlo, el pacto político instituido por el General Calles y sostenido por los presidentes hasta Gustavo Díaz Ordaz.

El acuerdo político está roto, las reglas que sirvieron para conducir la vida política de México son inválidas. Toda la sensibilidad y sabiduría políticas construidas en torno al PRI, como eje de la conducta pública, hoy son inútiles o por lo menos muy defectuosas. Ineludiblemente sujeto a las leyes de la dialéctica, el Estado y su órgano político generaron, en su seno, las condiciones de su propio desgaste. Las contiendas entre la estructura corporativa y la territorial, entre dirigentes y militantes, entre administradores y políticos, las contradicciones en fin entre líderes y grupos de poder que se formaron a la sombra del aparato político dominante, han forzado e interpretado las reglas a su conveniencia hasta vencerlas, convertirlas en asunto de estrategia, fueron sometidas a tanta presión que algunas acabaron por romperse. El partido en el gobierno sufre de un proceso deteriorante que se manifiesta por la división y la desbandada, por la presencia o aparición de grupos que no hacen otra cosa que agudizar las contradicciones internas. La debilidad actual del Partido se debe a sus propios miembros. Sin embargo, la fragmentación y el grupismo no sólo afectan al grupo dominante, permean toda la sociedad: partidos, organizaciones no gubernamentales, sociedades civiles, religiosas y militares. El estado de contradicción activa transforma el campo político mexicano en un verdadero laboratorio. Puede triunfar el autoritarismo, el deseo de poder y riqueza, el espíritu nostálgico de retorno a las viejas fórmulas moribundas y gastadas, o cumplirse el propósito renovador de quienes aspiran a eliminar todo vestigio del pasado, borrar la historia y sumir al Partido Revolucionario y to