La casa y otros lugares

Norberto De La Torre

(Publicado por editorial Verdehalago, México D. F. 1997)

 

 

 

Hace tiempo que escribo porque hay una cosa,

solamente una, que quiero decir.

Banana Yoshimoto

 

 

La casa

La crónica de lo que ha sucedido puede leerse en el poema que se

llama hablar o conversar.

David Huerta

1

Vivo en una casa abandonada, sólo me sostiene el eco, el ruido de las cucarachas en la sombra, el trozo de carbón con el que pinto en las paredes. En los muros del sur escribo historias de una ciudad que no conozco. En los del norte la vida de algunos animales o de los jardines mustios. En el yeso que cubre las de oriente anoto digresiones, absurdos, incoherencias, la esquizofrenia que habita en toda mansión abandonada y la convierte en cuna del terror y del misterio. Al poniente el esquema de los cuentos, cada narración genera otra, los personajes protagónicos se vuelven secundarios, se teje una red. La casa es una memoria carcomida. Cuando se acaben los muros y todos los trozos de cal sean hollados por la tinta, escribiré con los dedos sobre el polvo, trazaré algunos círculos, cada nueva capa será una página, otra señal, otro sin sentido en un libro de barro y de ceniza.

2

Cuenta los pasos necesarios para dar una vuelta en torno de la mesa, después mide las distancias de la sala, el ángulo de los rayos del sol contra el mosaico. Busca las pistas, el posible lugar de las ventanas. Acomoda con cuidado los objetos, ordena, clasifica. Cada cosa es una llave, un anzuelo para pescar olvidos. En todas las casas guardamos una historia de poder y de víctimas, en todas existe un culpable ciego que se dedica a buscar otros culpables en espejos. Las casas acumulan mentiras, esconden el odio y los deseos en el polvo, en el pliegue que forman las cortinas y las colchas, en la falsa sonrisa de un retrato.

3

En la casa se quedaron a vivir los ecos bajo el polvo que guardan las cornisas, sólo salen la noche de San Juan para incendiarse. Una casa es la suma de palabras rotas, el zumbar de las moscas, el lamento de un reloj entre las sombras. En el zoclo guarda historias, pedazos de discurso sin sentido, en las grietas del plafón se esconden frases que sirven de alimento a las termitas.

4

Partimos del puerto de una cama en una embarcación frágil de ceniza hacia los descubrimientos y las guerras, hacia el éxito de un plato de cereal sobre la mesa. Recorremos la casa: los inviernos del jardín, de la cocina. Cerramos los ojos para dejarnos guiar por el olor de una mujer y las naranjas. La marca de las olas se dibuja en la quilla con líneas de sal sobre la madera ennegrecida. Podemos caminar por playas y arrecifes para ver a los barcos de mástiles caídos, los costillares, las proas clavadas en las rocas, las huellas de múltiples naufragios, porque las naves, todas, encallan en la arena blanca de las sábanas.

5

En junio la casa huele a barro y a salitre, a música de lluvia contra el vidrio. Escuchas tus pasos desnudos, el ruido de un mosaico flojo en la recámara. Duermen tu mujer y tus deseos, añoras la risa de niñas que crecieron, bajas a buscar el mar a media sala, a tomar una taza de café, a escuchar los minutos rodando en el desagüe. Extrañas la voz del agua que se quedó en Granada. Recuerdas la lluvia, los temblores, los jicotes prisioneros en el llano. Te levantas; sientes un dolor en la rodilla, una batalla campal en el estómago. El mar reposa, el desierto se arrastra despacio en la escalera. Por la ventana de una habitación al norte se escapan sueños azules de muchacha. La casa, esconde tus andanzas en las grietas, guarda tus palabras bajo el polvo.

6

Se construye la casa a partir del fogón, estableces los límites, acomodas las sombras y los nichos, el lugar de la cama, la mesa, las ventanas. Al final colocas los objetos: el reloj descompuesto, la lámpara de mesa, los cerillos. Se inventa una casa y se rehace, disfrazas los barrotes, las puertas cerradas, le trazas los caminos, le señalas los ecos para guiarte. Abres las ventanas, enciendes el televisor para olvidar la ceguera.

7

Bajo la escalera contando los peldaños que nunca son los mismos, le doy ochenta vueltas al domingo. Cada cosa dispara un resorte en la memoria: la taza con café sobre la mesa, la vieja estufa, el vaso roto, las hormigas que cercan el frasco de miel en la despensa. Busco las claves de una historia en los cajones, en la escritura que dejan caracoles sobre el pasto, en las huellas del viento. Colecciono toda clase de objetos inservibles y con ellos construyo realidades, me invento desenlaces para ocultar la muerte, impongo verbos a mi lento caminar hacia el vacío. Espero el lunes como quien espera una sentencia. Los asientos del café escrituran un final que nunca veo. Cierro mi pluma, empiezo otro domingo a las dos de la tarde, una araña cuelga de la lámpara como el péndulo de un reloj siniestro.

8

Las hormigas construyen caminos que luego borrarán los pasos o la lluvia. Escogen el terreno con cuidado para cavar sus casas y las tumbas, para trazar los túneles, la cámara del poder y los cuarteles. Están condenadas a construir una ciudad de sombras, a marchar en fila tras los pasos de los muertos cargando los escombros, a construir por siempre una torre de babel que nunca crece. Naufragan casi siempre en la melaza, en el mar que fermenta en la basura. Colocan los granos de la arena a la orilla de todos los caminos, acaban perdidas en desiertos.

9

Se guarda la memoria en un código de manchas, en la distribución del polvo, de las grietas, en las muescas grabadas en los muebles, en el lenguaje que inventaron las tortugas. Se registran también las desmemorias, los olvidos. Caminas por la casa como un peregrino, subes y bajas la escalera sin bastón, sin brújula. Observas el jardín, el patio, la azotea. Cumples sin poder evitarlo el ritual de la sábana, la mesa, la escritura. Eres un viajero que se pierde en el pequeño espacio de una casa, acostumbrado a sortear los obstáculos que impiden el paso del comedor a la alcoba. Te sientas a desgranar historias que de pronto se olvidan y tienes que empezar de nuevo tu rosario de cuentos inconclusos.

10

Sostengo un diálogo con la sal y la cuchara para llevar la cuenta de las horas, registro las voces que pueblan la estancia. Mi historia es falsa porque cada vez que la evoco la encuentro diferente. Lo único cierto es que doy vueltas a la mesa de centro de la sala; veo a la lluvia lavando las ventanas; me compro la vida a plazos y la ropa y la cama donde duermo y la casa que me tiene prisionero.

11

Caminamos a la orilla del sol con el hierro del poder sobre la piel a fuego, como remeros encadenados a un barco de cristal que navega en la lava. Recogemos recuerdos para tejer con ellos una memoria de artificio: un ancla. Nuestros destinos ciertos son las tumbas que guardarán el sueño de la sal, el sueño de una piel que nos incendia. Andamos sobre la cuerda floja y las baldosas de una calle húmeda, en la mudez salitrosa de una casa. Contamos los pasos uno a uno como gotas de lluvia en el lomo del río. Como elefantes viejos buscamos la cuna, el mar de arena para abonar la tierra con los huesos.

12

Pienso en el deseo que se desangra bajo el árbol, en la tarde de peces y el desierto. Pienso también en que leeré mis notas como en un espejo en donde se dibuja la sombra dolorosa de un extraño. Observo la calle, las campanas, el viento, el trébol que sobrevive en la maceta, la quietud de mi casa por la tarde. Escuchamos la voz de los vecinos como el ruido del hielo que se quiebra o el llanto de los frenos en la esquina. Qué más puedo decirte sino el eco. Hoy es jueves; alguien pierde el tiempo en un café. Las palomas trazan círculos absurdos en el cielo. La ropa escurre con lentitud en la azotea. Alguien escribe para fabricar mentiras, para teñir la sangre y disfrazarla, arroja un puño de arena hacia el desierto. Me obsesiona el desierto, su secreto de tierra prometida, su absoluta sequedad de penitencia, su colección inmensa de espejismos.

13

Uno escribe un diario, rescata los pedazos de la tarde, los cuchillos del sol en el verano. Uno recoge los desechos como perro hambriento en basureros para encontrar palabras, para seguir la pista de todo lo que debe ser contado, por ejemplo: del hombre que ignora sus cadenas, del que ríe a pesar del puñal que lo atraviesa, del que tapa inútilmente las goteras de su casa. Un libro se escribe sin saberlo. Descubres primero los finales, después inventas la historia que te plazca. Puedes intercalar entre las páginas un recetario o el discurso de un necio, da lo mismo, las palabras se pudren en sus tumbas hasta volverse olvido. Anoto los pasos y las horas, la cal que se agrieta en las paredes:

...Me duelen los pies.

...Un tren pasó silbando a media tarde.

...Los perros buscan una sombra para echarse.

Uno escribe el sueño del historiador, los discursos, el dolor, un perfume de mujer que se diluye. Uno caza los recuerdos en el parque, en la pesada soledad de la oficina, en la calle serpiente y basurera, en el infinito que encierran los muros de una casa. Se redacta un libro de la misma manera que un viaje por mar hasta el naufragio. Deslizas la pluma por el papel hasta quedar sin tinta. Cuando se cubre la hoja final de la libreta uno se queda mudo, sucio de tinta y de palabras, cubierto de vanidad y de retórica. Uno encuentra la paz cuando se calla.

14

Crece la hierba sin límite y sin freno, en ella se esconden los insectos, bajo su sombra se consuma el ritual de la cópula y la muerte. El domingo imagina inmóviles arañas, aves solitarias, sequedad, una mosca tratando inútilmente de perforar cristales. Este domingo en especial, que empezó a las dos en punto de la tarde, se dispara una bala perdida al horizonte, mientras se muere de sed con el agua prisionera en las cisternas.

15

Las voces de los muertos no se mueren, se enredan con tu voz, con el ruido de los pasos en la sombra. Imaginas la noche, los demonios, el sabor de la sangre, de la sal. Estás perdido en la inmensidad de tu propia recámara, sólo escuchas el tic-tac del reloj, el crujir de tu piel que se envejece, una jauría de lobos en el patio.

 

16

Me gustaría relatar el viaje en las garras de un ave, en la cubierta de un barco a la deriva o en un paracaídas; decir la sensación de la aventura, el peligro de caer o de perderse. Quisiera dibujarte los olivos, los puentes y la fría soledad de la alcazaba, también los secretos de la cueva, de una muerte eterna, la mirada de Dios dentro del pozo. Sin embargo, te escribo un diario inútil en el que se oye apenas la metálica voz de los cubiertos en la mesa, los ruidos apagados en la sala y las goteras.

17

Mi casa es de palabras y la ciudad que invento al anudar historias. Combino letras para fabricar las piedras, los meses, las puertas, los minutos, pero sobre todo las trampas y las cárceles, el edificio del poder y las estatuas. Vivimos con un grillete en el tobillo que nos lleva siempre a los mismos lugares. Hasta que un día oculto en el invierno o en el mes de septiembre, vienen del mar las víboras de agua, nos enfrentamos al fuego y los derrumbes, al filo de las espadas en la noche. Ese día nos levantamos más despacio, pisamos con los pies desnudos el polvo, las cenizas que sabemos son restos de palabras muertas, vamos al lavabo a enjuagarnos la cara y en el espejo, sólo se ve el rostro de la tierra dormida y la sobria silueta de una tumba.

18

Un desierto madura en la despensa. Me acabo de servir un poco de agua. El viento hace vibrar los ventanales. Los libros yacen en el polvo como tumbas. Construyo el vecindario con trozos de memoria desprendida y errante. Te digo la historia de mis pasos vagabundos con palabras robadas, chupando los recuerdos de las piedras, de los cráneos desnudos, del fósforo que brilla entre los huesos.

19

Se pierden la tarde y las palabras en los pozos que dejaron las rupturas. Estoy anclado en el puerto de una mesa, hasta aquí llegan las olas del tiempo, chocan con el vaso, lamen el respaldo de las sillas, desportillan las tazas y los platos. El mar es una marca de sal y caracoles sobre las piedras rojizas del desierto. Duermen cuatro tigres en el cajón más obscuro de la cómoda. Trato de decirte el día que ya se muere, los rostros portadores de un amor anónimo, las cicatrices, las uñas del poder sobre una piel que sangra. Reúno los restos del naufragio, los trozos de una realidad que se deshace. Es inútil, tal vez, llenar la memoria con despojos a sabiendas de que las palabras mienten. Sin embargo, rescato el eco de un huapango, el ruido de unos pies en la tarima, la mudez de un farol que nunca enciende, para inventar con ellos una historia absurda y una calle; mientras tanto, espero a que los tigres se despierten.

20

La sombra cubre lentamente el patio mientras en él se escribe una multitud de historias mínimas: el descenso ocasional de las urracas, los diques de arena y las hormigas, la muerte de un grillo en la pileta. Una mosca lucha por librarse de la red que la aprisiona. El sol declina. El patio sueña una serie sinfín de desenlaces. Otro grillo canta a la orilla del agua.

21

La casa es un mar sin puerto, sin estrellas, cubierta de una cerrazón que no termina. Sólo puedes espantar la angustia si enciendes una señal de luz tras las ventanas, o cuelgas una palma en los dinteles, o una cabeza de ajos, o cierras los ojos al espejo. Vivimos sembrando adioses. Colocamos los relojes en la sala, los libros, los almanaques. Trazamos caminos que son círculos, otros que nos llevan a la nada. Levantamos altares sobre altares. Al final sólo es cierto el infarto, el sudario, el cáncer que nos traga desde adentro.

La calle

En ti otra vez:

Calle que dolorosamente como una herida te abres.

J. L. Borges

1

El mar salpica las aceras de este pueblo de piedra en el desierto, los peces graban su esqueleto en el adobe. Salimos a la calle a ver la sal y los cardos rodando sobre arena. Huele a sequedad el horizonte. Los perros rascan para buscar las huellas del diluvio. Algunas tardes la cerrazón libera a la tristeza y escuchamos el silbato de un barco invisible, el lamento de las puertas al cerrarse, el silencio de una campana que dobla por los muertos. Este pueblo no conoce el mar pero lo huele, lo inventa en la quilla con que cortan el aire las palomas, en el velamen que se orea en los tendederos, en los mástiles que esgrimen las iglesias y sobre todo en la arena que le heredó el desierto.

2

Detente a contemplar el viento, mira cómo derrumba los altares y los ídolos. Escucha el cascabel de las serpientes, la voz quejumbrosa de los búhos. Esta calle atraviesa un desierto entre espejismos, se oye el rumor de los cardos invisibles. El sol se bebe la humedad de las aceras, el sudor de un ebrio que dormita en la sombra. La calle es nada, eco, el rasgo de una letra que se muere, un lugar donde se guarda el silencio de las puertas cerradas. Reconozco mis pasos y los pasos del gato, la soledad de los postes, las marcas de la muerte en el asfalto. Los domingos las calles se retuercen sobre la sartén ardiente del desierto; el aire arrastra oleadas de polvo. Te digo la memoria de una calle ya muerta que enciende sus faroles por la tarde y desemboca sola, temblorosa, sin amigos, sin pasos, en el mar de la noche.

3

Caminamos sobre el cauce de un río, bajo el cielo cruzado por alambres, entre las casas mudas. Andamos cicatrices que son calles, espacio del encuentro y la ruptura. Acecha en cada esquina el amor, el asalto, el sorpresivo chillido de unos frenos, las bolsas de plástico, los papeles, el sonido metálico de los botes vacíos. Nos da miedo la soledad de la cuadra, silbamos para espantar las sombras. Un rostro se asoma a la ventana para espiarnos. Las calles se quedaron desiertas, la ciudad se desangra, recorremos sus venas secas y ulceradas, sus aceras que un árbol cubre, amorosamente, con sus hojas.

4

Recorre las calles del centro, se sabe de memoria cada paso, las rutas más secretas de la lluvia, los caminos del polvo. Casi ve crecer las grietas en los muros y los mapas de sal que pinta el sol cuando se bebe el agua. Distingue a las palomas por su forma de pararse en el pretil del quiosco; él tiene veinte años de guardar el trazo de su vuelo en la retina. Se sienta en una banca del parque para oír las campanas, para rumiar sus soledades, sus envidias, el dolor de no saber la dirección correcta hacia ninguna parte. Siente los grilletes del poder en los tobillos; se imagina al gobernante armando un rompecabezas con espejos y los ojos vendados. Se sienta en un café todas las tardes a presenciar la muerte ritual del día, los pasos de la gente que regresa a sus casas, a presentir el grito de un dragón bajo la tierra. Después deja unas monedas en la mesa, camina sobre la lengua gris del pavimento y se deja morir entre las sábanas; él sabe que mañana podrá ver a la ciudad con los ojos abiertos, las palomas, los pasos de la gente de ayer que no es la misma; sobre todo será testigo de otro día que muere y de su propia muerte en el desierto blanco de una cama.

5

Todas las calles conducen a otra calle, a las bocas cerradas de las casas o al desierto. No te puedo decir más que las campanas, el eco de guerra, la monótona voz del vecindario, el implacable masticar de las polillas. Sólo puedo recoger el polvo en los zapatos, dibujarte las huellas, introducir en el sobre unos granos de arena, un par de viejas palabras deshuesadas, acercarme a tu puerta, echarlos al buzón para tu colección de absurdos. Después, tejeré sinsentidos para ocultar el ruido de mis pasos, caminaré hacia el norte, hacia el lugar sin calles en donde podré encontrar reposo en las cenizas

6

La ciudad guarda las señales de una interminable procesión de monstruos, en la tierra se ven las marcas de sus garras, las ruinas son huellas de su paso nocturno. Las bestias se esconden en los sitios insólitos: el calendario, los espejos, el hilo mas negro de la noche, los minuteros, el barril de una pluma que no sirve. Existen catálogos que intentan una clasificación de aberraciones, sin embargo, todos ellos son falsos. Las salamandras y los perros dejan pedazos de su cuerpo en el camino, cada trozo da origen a una nueva bestia, otra forma para disfrazar el miedo. En mayo por ejemplo, los pájaros de hielo se dejan caer en picada para sacarle los ojos a la tierra, en junio una víbora de sol se enrosca en la cúspide del quiosco y se traga a las palomas sedientas que no vuelan. Cada casa de la ciudad es un zoológico en el que, además de caracoles e insectos que temen a la sal, hay perros de sombras en la alcoba, un tigre de agua reposa a los pies de la cama, serpientes de arena dentro de los muros, alacranes albinos, sapos de papel que revientan cada enero, lobos alados que prefieren dormir en las estancias, arañas de metal, gatos llorando en la azotea. En realidad esta ciudad es una selva en ruinas que retiene el aliento de puros animales y el sueño de un hombre que se corta las manos para ver si del muñón le salen alas.

7

El mercado no cambia, ni sus miasmas, ni las ratas que lo habitan por la noche. Ahí se mercan gordas, objetos inútiles de plástico, vísceras colgando de los ganchos, víboras de cascabel y chiquiadores. Se escuchan en los radios cumbias, la voz de Kalimán y un diputado. Bosteza una mujer. Un hombre reposa su embriaguez en la banqueta. Se camina en silencio entre tomates. A propósito del mercado, en sus puertas se mueren los discursos y nace el regateo, la lucha por el pan, el niño mocoso bajo el puesto, el perro famélico entre moscas. Aquí no valen promesas de campaña, ni firmas de convenio en las audiencias; todo huele a muerte, a sudor, a flor marchita en los altares. El vendedor de fruta espanta a las abejas con un trapo. El sol calienta las macetas de barro y las verduras. Alguien escupe en la banqueta el amargo sabor de las monedas.

8

Un callejón sinuoso se pierde en la esquina y surge de nuevo más allá de las vías, en el centro del barrio, en la parte trasera del mercado donde huele a cerveza y desperdicios. Escribo al ritmo aburrido y pertinaz de la llovizna, para inventar mi voz, para escucharme en el eco del obscuro zaguán en el que vivo. Anoto lo que veo: la escena de un grillo que devora a otro; la de la pareja que se lame oculta en el interior de un automóvil; la del llanto; la inmovilidad de un gato alerta; la mirada de un gendarme feroz bajo la máscara. Inventamos el amor, la cárcel, los temblores, la historia de un reino que no existe. Vivimos en una red de calles que se borran, en una ciudad que vive y se renueva y calla, mientras danzan los juglares en Palacio.

 

La iglesia

Cuando dejamos todo lo concebible, todo lo expresable,

todo lo visible, sólo entonces abandonamos todas las cosas.

Cuando en este sentido, abandonamos todo, flotamos en la luz.

Maestro Eckhart

Un barco de cristal navega en aire con una carga de memoria en sus bodegas. La vieja madera del altar desprende olor de incienso, del copal que se adhiere a la cantera y al morado ropaje de la muerte. Oigo mis pasos sobre la nave en cruz, resuenan, se vuelven eco entre los ecos. Vine a la iglesia a buscar el infierno que arde en los cepos donde se guardan las limosnas. Llegué a la hora del ángelus, el momento preciso en que el diablo despierta y se desprende del oro que cubre los retablos.

Los fieles vienen y se van, los atrae la campana, los domingos, se forman en una procesión interminable. Entran con una manzana mordida en el bolsillo y salen con la culpa mal lavada. Ellos me odian, me pintan con la imagen del miedo en sus misales, me imaginan de fuego, me inventan una piel viscosa, unas alas negras. Soy en realidad una presencia solitaria que late en el brillo de metal de los altares, en las piedras que cubren las coronas. Soy el que no soy; cómplice del sacristán y del soldado, una lágrima falsa, la esencia del rubí que guarda el cetro. Uno de cada mil se queda en el centro de la iglesia callada, espera a que se apaguen los candiles, a que las sombras opaquen el brillo de la plata y entonces ve la luz que se esconde en las tinieblas. Uno de cada mil intuye que yo soy él: un ángel condenado a vivir bajo la máscara.

Crece una palabra en las esquilas, otra en el hueco donde anidan las palomas. Todo templo es una construcción de signos, la suma del discurso de los muertos, una danza de sombras cuando el aire se enreda entre las llamas. Aquí el misterio es un misterio, debajo de cada disfraz hay una máscara o un nuevo disfraz o nada. El incienso se queda sin aroma y sólo es una nube de polvo sobre el piso, un velo caído, un poco de humo inútil casi muerto.

Vine atraído por el olor de los cirios, por el recuerdo de las flores de mayo y de noviembre. Camino en silencio los catorce pasos que conducen a la muerte mientras el órgano acompaña el ritmo de una misa lenta, el murmullo de todos los pecados. Alguien dijo que aquí encontraría el cáliz, la palabra, el secreto de los nombres nonatos. Sigo las señales, los olores, la huella de los pasos grabados en el piso. Interpreto los nombres de las criptas, practico una cábala absurda con las letras, con el mensaje oculto en los vitrales, sólo obtengo el silencio por respuesta. La iglesia es un elefante adormilado con aliento de mirra y flores que se pudren. Me detengo en los retablos que describen los tormentos. La culpa es como una sombra, como una mancha que crece en las paredes y fingen no ver los oficiantes ni las mujeres que rezan el rosario ni el acólito que apaga las candelas. Me coloco bajo el centro de la cúpula para seguir las cruces como si fueran marcas a la orilla de un camino, pero son los amarres de una red, trozos de una cárcel invisible. Guardo silencio. Una imagen de Jesús se prende al techo como queriendo salirse de la iglesia. Alguien mintió pues sólo encuentro el rostro de los muertos y una profusión de signos que ocultan otros signos.

El barro y la ceniza

Ahora, cuando la memoria es una calle

de mercaderes y hombres muertos... Ahora esta palabra

con su resorte de niebla.

José Carlos Becerra

1

Camino desde el barro a la ceniza mientras tejo una red de mentiras y adivino una tumba vacía. Pienso que me escribes, leeré tus cartas con los ojos velados por el viento y la arena. Me dices que una mujer se te volvió de tinta y la buscas entre las viejas palabras, en las páginas del libro más oculto en el librero. Sueñas una mujer y una ciudad azul. Te emborrachas para inventar a los amigos. Lloras cuando te descubres oculto en un poema, cierras el libro con la certeza de lo efímero y la muerte. Leo tus cartas, recorro las calles que fabricas, te imagino en la cuadra que sigue, en el otro cuarto, en el barrio lejano. Inventas una nueva ciudad con los restos que dejaron los temblores y las guerras. Recibí ayer tus últimas palabras como dedos de fuego, como ojos, como frases de piedra en catecismos, recibí también el olor de la cena del vecino, tres ladridos, unas cuantas hormigas moribundas. Contesto tus epístolas como un perro responde a los aullidos y porque sé del dolor que te producen los espejos. Te escribo para darnos un lugar en el olvido, por eso lleno las hojas con los pasos, con la sombra de una araña en los rosales, con el olor del queso que se pudre en la alacena. Termino mis cartas, las mando a una dirección que no es la tuya, las meto en una botella que arrojaré al desierto o en la pata anillada de una paloma herida y ciega. Vivimos en un mundo de palabras, en los cuartos de una torre de babel en ruinas, en la luz artificial de una pantalla. Los deslumbramientos, la sorpresa y el encuentro son como luces que se apagan para dejar su lugar a los desgarros, a la voz artificial de unas promesas. Los signos que inventamos son signófagos y con ellos destrozamos nuestras propias entrañas. Te escribo de dolor para morderme adentro o caer en el absurdo de querer apagar las palabras con palabras.

2

Las ramas del ficus se agitan con el aire y atrae mi atención hacia la maceta en que baila, del otro lado del vidrio. Adivino al poder bajo las piedras, en el humo que brota de las chimeneas, en la masa pastosa de los informes y las estadísticas, en las uñas del gato que duerme y ronronea sobre el tapete. El discurso se me enreda con las sombras que cubren las ciudades, con los espasmos del ficus bajo el golpe del frío. Busco una forma de acomodar palabras. Tomo por ejemplo un libro de poemas y lo leo en la calle, en la fila que aguarda para pagar la luz o el pan; también me siento en una banca de la biblioteca y cierro los ojos, escucho desde ahí los ruidos del mercado, el golpe de las botas sobre el pavimento. La verdad es que sólo puedo dar testimonio de mis desmemorias, de mi torpe andar a ciegas entre nombres. Puedo decir de las salamandras que estallan como soles en la tarde, o de las arañas que se dejan tragar enteras por sus enemigos y después los devoran desde adentro. Te escribo, a pesar de todo, para enviarte el olvido, para formar estampas con las víboras del aire entre las ramas.

3

Construyo una memoria para dejar señales en los rincones más obscuros. Cada nuevo texto es una trampa, un cadáver, un poco de voz que se transforma en eco cuando lo toca el aire. Te puedo decir la inevitable estupidez de la rutina, la vuelta de los días uncidos al trapiche, el silencio de un río que se ha secado. Sostengo la terquedad de enviarte unas palabras cada lunes, o las tardes en que el aire abraza los badajos. Te digo por ejemplo la voz del piano, la del agua que choca contra el piso, la risa de una mujer en la alameda, la soledad del guardián, la lentitud de los pasos en la calle. Te escribo desde la casa de la cuadra que sigue con la mal disimulada vanidad de que me leas y de que inventes otra memoria de fantasmas con los pedazos de la mía que se deshace.

4

Se equivocan los pájaros

Inician a destiempo su bullicio

Los engaña su sangre y su impaciencia

Tomás Segovia

Desde la esquina norte de la calle se ve desolación, el cadáver de un río, dos cuchillos negros que atraviesan el cielo. Más allá las tumbas, los caminos secretos de los muertos. En el aire circulan pájaros negros del invierno y los días cenicientos de noviembre. Observo las equívocas aves mientras el paisaje se borra para dar lugar al nuevo rostro de la ciudad ya vieja, donde los muertos buscan su acomodo lo más lejos posible del altar y las flores. Caminamos sobre lápidas que tapizan el llano, los pasillos, los parques, las aceras, los patios. Podemos ver desde cualquier esquina el viento en remolino que se entretiene en apagar las velas una a una, a los cuervos como barcos de luto varados sobre las ramas secas de los árboles. Si quieres conocer una ciudad empieza por familiarizarte con sus muertos, con las voces que soplan por la tarde entre rendijas, con las sombras reptantes, con el polvo. La ciudad es una sucesión de cementerios, una gran memoria que se llena con los huesos exhumados de las criptas.

5

Cada uno emprende un viaje hacia su tumba y guarda en la piel con cicatrices la marca del viento, de las zarzas, los golpes de la arena. Nacemos con el dolor pegado como sombra. Morimos siempre que la leche se derrama o una voz de mujer nos abandona. Fabricamos las calles, los mapas, vivimos bajo la sombra del poder que nos desgarra con un puñal de engaño, nos llevan a la trampa con señuelos. Sólo es posible apreciar la vida desde la obscura soledad de las criptas.

6

Rascamos su nombre a cada cosa, levantamos las costras, las capas de polvo para descubrir el absurdo acomodo de las letras, el juego de un discurso al filo del otoño y en la muerte amarilla del verano. Las palabras son pabilos negros, durmientes en un limbo de papel, reos a la espera de sentencia. Irremediablemente escribimos el libro de una historia con los pasos inútiles, con la arena y el vidrio, con la rutina de un café todas las tardes. Estamos condenados a cruzar nuestras miradas en la calle sin ver más allá de la máscara, sin conocer las ausencias, el dolor del poder que nos tritura. Sólo vemos el saber que se quiebra en el conflicto, en los carteles desgarrados, en los estantes de las bibliotecas, en el delirio del historiador y del político. Caminamos de duelo sobre asfalto. Nos sentamos algunas tardes a velar a la ciudad, rezamos por el eterno descanso de las piedras.

7

Te pudieras llamar Jorge Humberto o César, Rosario o Guadalupe; José, Félix, Octavio, Pablo o Federico; de cualquier modo llenamos crucigramas con los nombres que se enlistan en un negro pizarrón de funeraria. Fabricamos toda clase de trampas con la tinta, que después enviamos a la imprenta y los concursos para ver si funcionan, para engañar a los lectores con señuelos. Recogemos los ecos del barrio, los albures, las trampas que destraban otras trampas, el rumor de todas las cocinas, pero pronto se pierden para dejar su lugar a los olvidos.

8

Caminamos sin rumbo con un puñado de olvido y otro de memoria para formar con ellos las fachadas, los ladridos de un perro, la historia de una mujer emparedada, la de un hombre que escupe fuego en las esquinas. Inventamos cada día el olor del pan y del aceite, el desfile sin fin de las hormigas, la calle, el cementerio, el sol que roba su color a la tinta. Recorremos los mapas, las aceras, dibujamos nuevos pasos sobre el polvo. Mientras tanto, los políticos construyen una ciudad de vidrio que se rompe. El viento desgarra las banderas.

9

El miedo llegó por mar en un barco de lama que trajo el olor de la hiel en sus bodegas: es la palabra, una sombra abisal y gigantesca, una voz en la noche, la esposa del esclavo y del soldado, el redoble de un tambor lejano. Te hablo del miedo porque es un compañero inseparable, como una segunda piel que quema. Lo veo en los ojos opacos del desierto; en las uñas de Maldoror clavadas en el pecho de un niño; en el aliento del poder que es una bestia de múltiples cabezas; en el retrato aceitoso de un ministro; en la casa del comerciante y el político; pero sobre todo en sueños, en la parte más oculta del espejo.

10

Escribo un libro en el que tiene cabida el olor de la tisana y el graznido de una urraca al vuelo, el ruido de agua que escurre en los drenajes. Leí lo que tengo anotado y descubro algunas obsesiones: la sangre que aguarda en las esquinas; el silencio; la inutilidad de buscar una salida; la certeza de que toda meta se vuelve paradoja.

...Se pudren las naranjas en el plato.

...Las hierbas ocultan los caminos en el llano.

...La cerrazón prepara la llegada de la noche.

...Un perro marca con orines el árbol que otros perros marcarán mañana para matar el olor con los olores.

...Esta es una frase que dije ayer y que diré mañana hasta que se vuelva ritual para olvidarla.

...No puedo hacer poemas sino una letanía con la que trato de espantar los domingos sin lograrlo.

...Anudo mis palabras con las tuyas, recojo las de él para contar una historia verdadera y veinte falsas.

...Pretendo alcanzar una puerta que se aleja.

A las tres de la tarde me levanto, cierro mi pluma, recojo los libros, la taza vacía, los papeles que rompí por no gustarme. Escribo en un pedazo de papel que tiraré más tarde: la única salida es no salirse.

11

Al final toda frase acabará sin carne en la fosa común de los lugares.

12

Hago un recuento de las voces que la ciudad esconde, las que habitan el espacio fantasmal de la memoria: el agua, las campanas, el grito de los pregoneros, las piedras que crujen al romperse, la voz de las aves al despuntar el día, el eco de un disparo a media noche. Hablan las calles con palabras de muerto, con los ecos de otras calles, con los rezos. Es posible escuchar algunos días, el ruido de los fusilamientos, las guerras, el trote de caballos en el llano, los acordes lejanos de guitarra, también las batallas del aire, la presencia secular de las pisadas. En los hornos del poder se queman los ladrillos, el pan, las esperanzas. La ciudad guarda también la voz de los poetas que se peinan; suben al camión, adormilados; lastiman por placer a los vecinos; envidian; atesoran; se emborrachan; arrojan su rencor a los que piensan sordos; escupen sobre el piso sus palabras. La ciudad almacena la voz de los poetas en el cajón donde guarda los otoños, mientras convierte en arena sus estatuas y sus libros.

 

13

Debiera experimentar con la palabra. Suponerla mi amante, infiel y prostituta; acariciarla con suavidad hasta que se eleve en arco sobre la sábana de papel en que reposa. Pensarla mi enemiga y esperar entre los pliegues más obscuros de la noche para cortarle la cabeza, los sarmientos; convertirla en sal obligándola a verse en los espejos. Imaginarla indiferente, rodando por las calles, sucia de ceniza, con el lodo que dejó la lluvia. La palabra es de barro, mentirosa, un espejo, una marca de orines en el poste. Se viste con mil pieles como una cebolla, huele a basura y a puchero. Debiera jugar con las palabras, usarlas como llama o como río, pero más vale sentir los estertores del otoño, adivinar las tumbas donde la ciudad acaba, dar la media vuelta y olvidarlas.

14

El día lo pasé entre libros, desempolvé viejos tomos, de otros releí hojas sueltas. Recordé momentos intensos en los que una frase disolvió mis dudas o sirvió de consuelo. Pronto se llenó mi mesa con varios ejemplares y observé sus cubiertas, sus texturas y colores. Ahí estaban mis amigos, las voces que pueblan mi soledad. Los imaginarios que dialogan conmigo y que me inventan mientras yo los invento. Los autores de los libros se sientan conmigo alrededor de la mesa y me ven tomar café, fumar, arrojar bolas de papel al basurero. Les digo mis memorias en silencio. Imagino su rostro y sus locuras, sus resbalones, su chismorroteo y sus odios; su borrachera, su mal humor, sus deslealtades. Cada uno de ellos es un trozo de espejo que dibuja mi silueta y la deforma, cada uno de ellos, como yo, es un pequeño dios vicioso, armado con pluma y un tintero para anotar sentencias sobre periódico viejo o un rollo de papel que se deshace. Los libros guardan bajo el polvo y en la trama amarillenta de sus hojas la sangre del poder y los deseos, el saber que se rompe y petrifica. Se consume mi cigarro, regreso a mis amigos a sus nichos, recojo el polvo que quedó sobre la mesa y salgo a ver cómo la calle se envejece y las campanas lloran y la lluvia limpia de basura las banquetas.

15

El éxito, es un payaso absurdo y engañoso, un juego de espejos que sólo sirve para reproducir al yo por cientos. La historia es una sucesión interminable de fracasos, de ahí la caída de todos los imperios y la permanencia de la enfermedad, el hambre, la pobreza. Sin embargo, no hagas caso, probablemente todo esto que te digo sea otro disfraz de la soberbia, o un intento de apagar el dolor producido por todos los espejos que se me rompen adentro.

16

Más que el recuerdo me llaman la atención las desmemorias, nuestra capacidad de transformar los hechos en historia, de construir máscaras, de inventarle finales a la nada. El periódico se llena de promesas y el lector imagina la causa y el efecto, mientras queda grabada en la retina la imagen de un cadáver en la calle.

17

Se aleja la luz hacia el muro del fondo, la tarde me hace guiños. Me pienso escribiéndote, diciéndote que sí, que fumo, que me tomo una taza de café contigo, que no te veo, te invento. Pienso en tu memoria en la que yo no estoy, en tus pasos medio ciegos en la acera, en los televisores que se encienden para borrar recuerdos. Siento las sombras que nos cubren, no nos conocemos pero vemos el vuelo del último pájaro del día, cuando atraviesa el cielo hacia su nido.

18

Alguien me enseñó unas fotos de la ciudad antigua, de la que murió de sed. La de hoy también se muere mientras teje sus mentiras con el polvo.

19

Las calles dormitan los domingos al arrullo de algún radio encendido y del agua que gotea en los fregaderos. Nos levantamos, leemos el periódico, olemos la soledad que trae el viento, gastamos los minutos en recuento de anhelos y fracasos. Me propuse escribirte todas las semanas y decir en mis cartas el óxido que pinta las paredes, y también comentarte las minucias, las trampas que esperan tras las puertas, los disfraces del poder, la estupidez de convertir en desierto los jardines.

20

Te veo sin verte, sin saber el color de tus afectos, de la misma forma que tu me ves, como una sombra cruzando bocacalles, como un rostro sin nombre y sin historia. Memorizo tus pasos y tus gestos para dar un sentido a nuestro próximo encuentro. Trato de adivinar tu voz y pienso que nos hermana la soledad, la angustia, la risa con que nos burlamos de todas las banderas, de la absurda pantomima del político y sobre todo de nuestra propia estupidez y los errores. Quiero creer que lees esta costura dispareja de palabras, esta obsesión por asesinar los minutos más tristes de la tarde con un poco de tinta, que fabricas con las letras un pedazo de luna corriente de ropero. Todos los días reviso mi buzón estéril para ver si has contestado mis epístolas, o reviso debajo de la puerta donde sólo el silencio se acomoda en capas finísimas de polvo. Vuelvo a salir para no verte, para rozar tu ausencia, para inventarte.

21

Abro las cortinas para ver la cerrazón y adivinar, a través del cristal, el frío con que se anuncia octubre. Extraño las palomas que un vecino saca a volar todas las tardes, extraño el sol de ayer que brillaba sobre la cúpula reseca del desierto. Tengo en la sangre el virus de Babel que me induce a cambiarle sentido a las palabras, a eslabonar mis frases al borde de la tumba o en el momento en que los edificios se derrumban bajo el peso del tiempo y la mentira. Sin embargo, quiero creer que podemos levantar un puente sobre el abismo que separa nuestras casas, que los puñales se quedarán sin filo. Mis palabras son hijas del absurdo y el sueño, de las muchas paradojas que me forman; olvídalas, yo sólo escribo para matar el tiempo, mientras espero el vuelo rutinario de las aves que trazan círculos sobre la mancha gris del cielo

 

 

22

Disculpa que te distraiga con el sonido agudo de un perro ladrando en el traspatio o con el rumor del agua. Los imperios se acaban, las verdades se tornan de papel y se marchitan; sólo permanece el olor del guisado, una copa, el calor de una mujer. Te veo entrar en el mercado y en las oficinas, construir cada día un pedazo de ciudad, te veo dar vueltas alrededor de nada y también veo a la muerte sentada en las esquinas. Nos encanta construir poco a poco nuestras cárceles, nos afanamos en fabricar cadenas, inventamos discursos con espejos, compramos el inútil saber que testimonian los papeles. Sin embargo, traemos la soledad en el bolsillo y la memoria saturada de mentiras. Por eso prefiero darte la noticia de que el olor a pan flota en el aire, que no hay mejor remedio para curar la ceguera que apagar la luz cuando la noche nace.

23

Si te fijas bien, verás las marcas del poder como cuchillo y como flor marchita en las jarras sin agua de las oficinas, verás el dolor en cada pordiosero y el deseo que se arrastra herido por la luz artificial de los mercados, mientras tanto, el otoño se esconde en cierto olor inefable que se deposita en las cornisas a la hora final de la mañana, cuando el sol se entretiene en rasguñar la piel con sus agujas y la lluvia se asoma detrás de los relojes.

La ventana

Sin consideración, sin lástima, sin pena

me encerraron en altas y sólidas murallas.

Ahora estoy sentado aquí sin esperanza.

Constantino Cavafis

a Leticia

Guardo el recuerdo de una ventana que es al mismo tiempo todas las ventanas: las que duermen con los párpados cerrados, las que velan, las que huelen a mastique y a madera, las que anidan polillas en su vientre, las que oxidan el muro y los alféizares. La lluvia lava los cristales llevándose el polvo, las miradas. El agua torna en espejos las ventanas. Las casas se asoman a la calle desde sus ojos fijos El viento intenta penetrar la intimidad moviendo las cortinas. La ventana es un ojo, una catarata, una pintura que atrae por todo lo que oculta.

Te hablo de una ventana que me dejó ver el mes de junio convirtiéndose en río; de otra cruzada por barrotes; de la que pone al deseo fuera de mi alcance; la que dibuja la silueta de una mujer en las marcas del agua sobre el vidrio. De las que son ojos y cárcel y amortiguan las voces de la calle hasta volverlas un confuso murmullo de todas las ausencias. Digo lo que tengo que decirte: las palomas, los amantes, la protesta, el desagradable olor del poder que se pudre tras la máscara, el olvido que es un velo tejido con palabras, la navegación de las ventanas en la noche.

Las historias de amor amanecieron entre los dedos helados de noviembre. Sentí tu aliento rodar sobre mi espalda y ese gran silencio que nos une. Guardo el fuego, las cenizas; paso el tiempo adivinando tu imagen y tus máscaras. La memoria se inunda con tus pasos, con tu voz que es un eco familiar entre los ecos. Es sábado, el amor amaneció en mi cama acurrucado en un hueco, en el calor de tu piel junto a mi cuerpo. Una mosca insiste en salir a la mañana, en volar entre las trenzas del aire. Amo tus cabellos enredados, tu tibio palpitar de mar en calma. Abajo esperan la cocina y el patio, el agua, el jabón, la cubeta. Aquí mi vista se pierde en la ventana, en el pájaro que escribe sobre el cielo. El amor amaneció conmigo como una plataforma, como un vaso con agua en el desierto. Escucho en el piso de arriba tu ajetreo para quitar el polvo, para construir un puerto en la recámara, el ancla que impida la deriva de la casa. En cada casa hay un incendio que se apaga, una brasa a la espera del viento. Se desgastan las palabras de la misma manera que pierden su filo los cuchillos y las sartenes se llenan de cochambre. Amo sin embargo, la taza desportillada en la que bebo mi café todos los días, el polvo que cubre los retratos, la huella del aceite en los manteles, la grieta del mosaico en la escalera. Amo la cama y la ventana y la tibieza de tus piernas; la mañana que despierta con sus dedos de hielo derritiéndose. Este grillo que recorre el pretil es el mismo de ayer y no es el mismo. Es el que canta para formar un coro con el ruido del péndulo. El sol seca los últimos vestigios de la lluvia, deja una absurda escritura de sal en los cristales, un tenue velo, un prisma que rebana la luz. Se evaporan también los residuos de tinta en la plumilla, las palabras me salen como una rasgadura, como una herida sin sangre, una línea invisible y afónica. No te puedo decir si el paisaje que veo tras la ventana está muriendo, o sólo miro retratos que a fuerza de insistirse quedaron grabados en el vidrio.

Construir el mar

Se hace tarde

y la tierra se quedará de nuevo

con los puños cerrados

Felix Dauajare

1

Para construir el mar sólo hacen falta los recuerdos, y ver caer la piedra poco a poco hasta formar arena. Ver el alma despellejarse a olvidos. Mar y tiempo caen al basurero, construimos el mar con los naufragios.

2

Es necesario hablar del viaje y de la arena, de tanta flor que crece ya marchita entre las dunas. Hablar del mar con odio porque es una promesa o un recuerdo. Y andar a tientas bajo este sol, con un pesado cargamento de navajas.

3

Ese perro es un espejismo y esta mujer y el policía. Brotan espejismos en cada inspiración, con cada paso. No hay una puerta ni una calle, sólo los espejos, la arena, miles de ventanas sobre un fondo amarillo y dos o tres palmeras.

4

Afuera está el desierto, aquella sensación de mar sin agua, oleadas de arena multiplicando soles. El mar se vuelve mito en esta sequedad en la que el sueño se agrieta y la tierra grita sed a cuarteaduras.

5

Cruzo la noche sobre un pez de escamas negras, de mis ojos crecen mitos, de mis manos espejos. Tal vez soy sólo un sueño de otro jinete de peces.

6

Todas las mañanas alguien sale para buscar un puerto en los escombros, detrás de las iglesias, en los atrios, bajo la capa de aserrín de las cantinas, al final de la calle, en basureros. Todas las mañanas alguien sale oliendo a mar, para morir de sed en el desierto.

7

Estás desnuda. Tus piernas son de arena como playas. Las olas te revuelcan, te penetran; remolinos de espuma corren por tu vientre y te duermes cuando los caracoles estallan en tormenta. Tus piernas son un puerto en esta ciudad sin faro.

8

Cómo se parece al mar este desierto, cuando bajan los pájaros a picotear la arena, cuando las sombras cubren las aristas y sólo se oye un rumor de marejada. Cómo se parece al mar cuando en las mañanas descubres los objetos que arrojaron las olas: botellas de cerveza, dos o tres cadáveres, un condón, restos de un naufragio en automóvil y unas ramas secas.

9

Se ve llegar a esta ciudad de arena el costillar desnudo de naves olvidadas, las quillas, los velámenes, caracoles que imprimieron su rostro sobre rocas. Arriban los despojos: una gaviota muerta, un poco de sal, el olor del odio y este gran silencio. Los erizos se adhieren con amor a los nopales.

10

Es necesario construir un faro en el centro mismo de la ciudad que duerme; señalar los arrecifes, los escollos: a tanto ciclista trasnochado, a tanto perro y a las ratas, al andariego solitario, al borracho, al muchacho que silba, al obrero repegado a la pared, al pandillero. En el desierto un faro, en la noche un faro, una luz que se vista de palomas en la tarde. Es posible fabricar los tabiques con arena, reproducir la luz con los espejos, duplicar el rumor del mar con el monótono canto de los grillos, taladrar el acantilado a fuerza de polvo y de silencios. Las mariposas buscan una luz para incendiar sus alas, antes que sufrir la pena de verse devoradas por zanates.

11

Todas las ciudades han sido asoladas por galeones, aún esta ciudad de tunas silenciosas, incluso este páramo de arena que no recuerda al mar pero guarda un poco de sal en la memoria.

12

Esta ciudad debería tener un puerto donde anclaran las olas y el rumor del mar destrozara el silencio. Garambullos junto al mar, nopales junto al mar, un cerro con viruela junto al mar, arena sobre arena. El silencio se mete en una concha y en las palomas. La piedra se carcome y el desierto crece a pesar del discurso. Sólo bicicletas y minutos, iglesias, dulcerías. La ciudad debería tener un puerto en medio del desierto.

13

Hace tiempo que no escucho el mar ni el romper de la ola en los tunales. Las palabras son de arena y sólo sirven para construir castillos que se quiebran al golpe de la espuma. Mientras tanto, el sol cuelga para blanquear los muros, para cocer la sal, volver lentos los pasos, sembrar la memoria con desiertos, para acompañar el silbido y ese deambular de ciego entre los aparadores y el recuerdo del mar en el desierto.

Máscaras

1

La noche es una máscara y se adorna con el silbato solitario del sereno, el aullido de un perro nocherniego, un camión que se aleja, una luna redonda, una rama de luto detrás de la ventana. Una máscara es el día, la noche, los discursos, los televisores, los rostros deformados. Detrás de la máscara un charlatán, detrás del charlatán: un sabio, un asesino, un bobo, un socialista, un boxeador, un cantante y al final, otra máscara y la realidad que se aleja en el vagón de un tren que se perdió en la noche.

2

El viento regresa persistente a embarrar con silencio las paredes. Una calle se abre hacia la arena, otra se viste de recuerdos y borrachos. El viento nupcial arrastra botes de cerveza, hojas secas y basura. Ruedan los arbustos redondeados y estériles, como un mensaje de aridez en las ciudades.

3

El orín pinta de amarillo hasta el paisaje. Sólo los huizaches y los cactos rasgan el silencio con espinas.

 

4

Sorprenden bicicletas, policías, paseantes, muchachas sin rostro en las banquetas, y la arena forma capas finas en el llano.

5

Ocultan el cielo las banderas, dibujan laberintos al ritmo de las olas. Ya no es posible contemplar silencios, con tanto trapo agitándose en el viento. Sólo se ven los cardos rodando en las banquetas, los adobes y a los perros orinándose en las astas.

6

Un disparo anónimo en las sombras se repite resonando en sueños, al golpe del agua en los tinacos. Tal vez un pleito callejero, un insomnio, una salva, después el silencio se adhiere al pavimento y a la sábana. La realidad es una bala perdida entre las balas.

7

Nadie llora, nadie se sorprende, todo sigue igual mientras el sol se muere.

8

Caen las palomas y los globos entre los pasos de la tarde lenta. Por el cielo vuelan campanadas, para recordar que las palomas caen desde hace siglos.

9

Se quedan las piedras panza al sol, como lagartijas, como pájaros de luz al terminar el día: Los incendios prenden a espacios regulares, cubren el horizonte de banderas, la soledad es el viento que agita los pendones.

10

Noviembre es un desierto, sólo silba el viento al chocar con los muros. Proliferan altares con ofrendas de muertos. Cada piedra es una tumba, cada brillo de sol, cada flor, cada palabra. Un horizonte de flores amarillas. Calabazas. Una pequeña llama al final del camino en donde la propia muerte se encuentra con la muerte. Noviembre sale de noche a recordar a sus muertos

11

Cayó el silencio en ecos. Todo es brillar de cuchillos en el odio. La metáfora es un dolor desnudo, el miedo metido en el poema. Los rostros se deforman por el cáncer del poder. Los ojos acerados de la muerte juegan a esconderse de sí mismos. Unos bronces abollados ya no suenan y el miedo ya no es suficiente para derribar murallas. Todo es caminar a ciegas con un olor a carne que se pudre y unos bronces abollados que no suenan. El cíclico sonar de las trompetas y las paredes caen, alguien construye otra ciudad sobre las ruinas.

Golem

1

Desperté con una bestia dentro, y otro nombre escondido entre las letras de mi propio nombre. Sé que soy una bestia sin memoria que deambula en los sueños de Enoch y de San Juan, sé que soy un monstruo dentro de otro monstruo.

2

Una ligera vuelta sobre el eje y el caleidoscopio cambia su vítreo espectáculo de luces. Los magos. Los juglares. Los ilusionistas. La luna se aburre de tanto verse reflejada en las lagunas. El caleidoscopio gira. El grillo canta de soledad entre las sombras.

3

La casa se llena de silencios del tamaño de un segundo muerto. Los jardines florecen de silencios que al final se marchitan.

4

La calle se transforma en zarzas, en un enredijo de sarmientos. En cada zarza hay un incendio, con esta ya van cuatrocientas zarzas que se queman, cuatrocientos dioses que me mandan a salvar a mi pueblo. Sé que no existe la calle, ni las zarzas, pero igual me debato inútilmente entre las sombras.

5

Punza la necesidad de escupir tinta sobre las hojas amarillas del viejo calendario, hasta quedar vacío, con la mirada que se pierde en nada y un montón de alfileres de punta en la memoria.

6

Colecciono muertos, campanadas. Coloco minutos en cajitas, un poco de arena. El desierto crece. Las sombras proliferan, sólo de vez en cuando escucho mis propios pasos, como un eco que se pierde entre las criptas.

 

Post scriptum

Un poema es una cosa que será.

Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Vicente Huidobro

Una manzana es un poema y una manzana.

Una manzana se pudre en el frutero, o deja un sabor agridulce

en la memoria.

Una manzana rueda hacia la noche igual que el autobús,

las palabras gastadas o un ciclista.

Mañana iniciaré otra historia, la de un cortejo fúnebre o la de un limón que pende, solitario, de una rama desnuda en el invierno.

EL REINO

1

Se dice que en el reino de Su, en el valle que riegan las aguas de dos ríos, el Emperador cierra los ojos para escuchar la voz del pueblo como el rumor del mar en una concha. Construye una ciudad al tacto, de ceniza. Mientras esto ocurre, alguien se sienta a las puertas del palacio a repartir concesiones y venganzas, a sazonar los discursos con azúcar.

2

En el reino el emperador gustaba de practicar audacias, por ejemplo: se mezclaba entre la gente disfrazado y de pronto se quitaba la máscara para que lo vieran todos sus ministros. También apresaba de improviso al jefe de la guardia y lo mandaba azotar en el centro de la plaza pública, o se unía a los grupos inconformes, lanzaba piedras contra su propia casa y ayudaba a golpear a sus hermanos. La gente le aplaudía porque las ocurrencias del emperador fueron muy útiles para distraer el hambre y olvidar el dolor, para servir de tema por las tardes y acortar el tiempo de espera de la lluvia.

3

El tiempo transcurre a diferente velocidad en cada barrio y según el día de la semana. Los domingos en el mercado es lento y silencioso. Los lunes, en la plaza de armas, se resbala la luz como el aceite. En el reino los relojes trabajan a ritmos diferentes y no se puede saber la hora exacta. El gobernante tiene un reloj inexorable al que trata de detener a toda costa, pero nunca lo logra, siempre es el reloj el que destrona y oxida las coronas hasta volverlas polvo.

4

Los historiadores anotan con cuidado las cosas que suceden en la calle, construyen los libros y una memoria falsa porque siempre se olvidan del bote de basura, de la taza rota, de las horas que se pierden en el baño, de los huesos que mondan las hormigas.

5

El emperador intenta darle nuevos usos a los viejos recuerdos. Pretende, por ejemplo, convencer a sus ministros y a la corte de que la distancia más corta entre dos puntos es un laberinto. Afuera de palacio, mientras tanto, los pordioseros engrosan las filas de un ejército mudo que carga sus cuchillos en el vientre.

6

El origen del reino se pierde en los tiempos de la esclavitud y las guerras. Su fin se avizora entre las crueles contracciones del hambre. Sin embargo, los habitantes inventaron algunos espectáculos para no ver la arena tragándose a las casas, para no ver la seca piel de un reino moribundo.

 

7

Relatar las historias del reino es una empresa inútil porque casi siempre la memoria es una colección de tumbas. Cada nuevo emperador inventa otra ciudad y otro destino.

Olinda

Olinda creció a partir del punto en el que se cruzan los caminos, ahí fue depositada por el viento que la trajo entre el polvo y las esporas. Primero se alargaron sus calles siguiendo la traza que grabó la lluvia, después se levantaron las fachadas con sus ojos en blanco y sus cornisas. Más tarde se oyeron las campanas, el golpe del agua, los pregones, el silbato del tren y del sereno. La ciudad es del tamaño de un grano de arena y la rodea un desierto en el que medran otras ciudades y otros vientos. Lo más curioso de Olinda es que está habitada por leyendas que anidan en los huecos, en los pozos sin agua, en los vientres que construyen las termitas, en la panza de vasijas olvidadas. En Olinda las historias son como ecos prisioneros en los tiros profundos de las minas, reptan por los túneles secretos, conviven a sus anchas con los bichos que pueblan los drenajes. Si caminas por las calles de esta ciudad escucharás el rumor de las leyendas y basta que levantes una piedra o te acerques al pretil de un pozo, para que escuches los relatos, las anécdotas que se superponen para dar origen a las historias híbridas, las que inventan el poder y el deseo. Olinda, ya lo dije, vive en un grano de arena, escondida entre los pliegues de un caracol que se calcina en la playa; puedes llevarlo al oído y escucharás el mar, el vuelo del dragón, la voz de los nahuales, pero sobre todo tu voz que inventa espejos, un caracol con una ciudad adentro y un cruce de caminos que se mueve entre dunas.

Para una teoría de los lugares

Tenemos que aprender de

nuevo a pensar el espacio.

Marc Augé

M. Augé define lugar, como un espacio que propicia la memoria, una construcción simbólica y concreta en donde ocurren hallazgos y desencuentros. Por contraste, el no lugar es un espacio in-significante, un puro tránsito marcado por la soledad y la indiferencia. Sin embargo, él mismo reconoce que ninguno de los dos es inmóvil, devienen palimpsestos, acumulan capas de sentido y sin sentido. Cada lugar es un gancho del que penden olvidos y recuerdos, un mapa de sombras que escrituran una historia y mil finales. Por eso te digo del jardín silente que almacena cadáveres para pintarse de verde en el verano.

Existe un gran catálogo, una arqueología de los lugares. El corrector Raimundo Silva afirma que lo vio en las bodegas de la imprenta, revueltos sus tomos con los que forman una pila de manuscritos abandonados. Uno de los libros es un intento de clasificación en el que se siguen tres ejes principales: la línea, agrupa las calles, los caminos, las rutas de viaje y de comercio; la cruz, incluye algunas plazas, los puntos precisos que sirven para colocar estatuas, semáforos o espejos, los nudos de la red en las ciudades, el altar en algunos mercados; el rubro más numeroso es el de los círculos o centros, en él se enlistan la mayoría de los sitios, los que son como imanes, los que liberan un llamado sutil al inconsciente, los que invitan al reposo, aquí están las casas, las iglesias, también la plaza de armas y el museo que exhibe testimonios falsos, la blanda cama, la voz de las valkirias y el sonido de los platos en la mesa. Contiene, el catálogo, otras vías para ordenar lugares pero son más caprichosas, se enlistan por ejemplo las ciudades que fueron asediadas por soldados; las fortalezas derrotadas; los desvanes que probablemente alberguen el aleph; casi todas las casas por la tarde; las cocinas si huelen a pan o manzanilla. Al final viene una lista larguísima de tumbas, descritas con tal precisión que casi se oye el ruido producido por la fricción de los gusanos contra el hueso.

El tratadista afirma que las razones por las que un espacio se transforma en lugar son múltiples: el equilibrio de las fuerzas que le dan origen, la cantidad de ki que lo alimenta, el número de personas que lo piensan o lo inventan, el desgaste del tiempo en sus aristas, la cualidad mágica de los nombres que le imponen. Lo cierto es que al construir una ciencia del lugar, se tiene que pasar por el intento de resolver el cómo y el por qué se cargan de sentido, cuál es el truco que los vuelve símbolo. Debe conocerse también el mecanismo inverso, el de la ruina y el orín, el que acaba por dejarlos como un tenue resplandor de fósforo en la noche.

Los lugares se forman gracias al discurso del poder y la costumbre, a fuerza de grabar en las piedras los caminos del agua. Sin embargo, la historia se teje al margen con una cicatriz en el adobe y un corazón tallado en la corteza, también con el nombre de la tienda en la esquina y el rostro familiar de los vecinos, o con un cigarro y una taza de café sobre la mesa. Un lugar es un espacio cargado de sentido que vuelve a ser espacio si lo pierde, es como un libro que se escribe al azar por la acción de múltiples autores. En él cada huella ocupa su lugar en el proceso de anudar los hechos en series y cadenas. El problema es que las series pueden alterarse, se reordenan de facto cada vez que alcanzan el momento fatal del desenlace. Así, un lugar es surtidor de narraciones diferentes, formado con signos sobre signos hasta quedar en ruinas, arrasado por el peso de todos los finales.

Una teoría de los lugares no puede dibujarse si no se toma en cuenta a los lectores. El signo es nada, una marca de bala sobre el yeso, una cicatriz en el tronco de un árbol, un letrero borroso, una banca vacía junto a la fuente. El lector rescata las señales para encontrar en ellas la ruptura, o bien, el abrazo que terminó en dos nombres labrados en la pared del quiosco. El lugar no existe, es una cualidad de la conciencia, un invento para ocultar la nada. Si se toma en cuenta el punto de vista de los lectores se puede hacer una clasificación alterna: lugares públicos, solemnes, íntimos, comunes. Bajo esta perspectiva el no lugar pierde también su calidad de nada, lo significa todo por ausencia. Espacio y lector se relacionan de tal modo que la teoría que aspire a contenerlos sólo puede entenderse como una rama de la filosofía, la psicología o la hermenéutica. Cada lector inventa sus lugares, los puebla con historias falsas. El lugar es una metáfora, como el tiempo y el sujeto. No es, representa, esconde su sentido bajo una capa de símbolos que cambian.

La metáfora nace en el discurso, sujeta a la implacable ley de la gramática, la templa el dolor, el placer y la espada, cumple la doble función de ala y de grillete. Romper una metáfora es inútil, su muerte genera más metáforas y cada una es otra caja de Pandora que guarda en el fondo la anhelada presencia del olvido. Por esto cada lugar contiene al todo. La casa por ejemplo alberga una selva y un desierto, el mar y a las tormentas. Si buscas con cuidado encontrarás un tigre debajo de la cama y una ciudad completa en la despensa. La casa cubre con sus muros un castillo, un cementerio, un campo de batalla ensangrentado, una sabana azotada por el viento, una torre y una cárcel. Te describo los lugares que encuentro en mi camino para que tú los leas y encuentres otros tigres y otros cementerios, o una nave de locos que te lleve a visitar lugares, porque la teoría nos dice que sólo podrás verlos con el lenguaje misterioso del sueño o la locura.