Tuve conocimiento de la existencia del Haikú en los primeros años de la década de los setenta y de forma inapropiada: como un reto. Un médico amigo me pidió que demostrara mis dotes de escritor mediante la confección de un haikú. Días más tarde me obsequió un librito con una introducción histórico-crítica de esta forma de poetizar y una antología de los más notables compositores de haikú en el Japón. Lo leí y después me di a la tarea de escribir mi primer ejemplar, lo hice, pero con ello no quedó demostrada mi destreza, si acaso mi vanidad. Sin embargo, escribí otros cuatro o cinco de estos poemas sintéticos y los incluí en mi primer libro publicado (Por el Sendero, UASLP 1975). Debo decir que si algo pudiera salvarse de aquel libro, serían algunos de esos poemitas, porque tienen la ventaja de ser concisos y evitan el exceso a que, en ese entonces, era tan proclive. En los años siguientes volví, de vez en cuando, a tratar de construir haikús, tal vez por la fascinación que ejerce la posibilidad de meter, como los magos, el universo en un sombrero.
Sobre la estructura,
historia y técnica del haikú, no existe mucha información en español, sólo he
leído el libro que me inició: "El Haikú Japonés", con selección
y prólogo de Nuria Parés, Ediciones
Oasis, México 1966. Más tarde consulté algunas páginas sobre el tema, escritas
por Octavio Paz en "El Signo y el Garabato", Joaquín Mortiz 1973; dos
o tres artículos en revistas; El libro de Samuel Wolpin, "El Zen en la
literatura y la pintura", subtitulado Antología ilustrada del haikú y el
relato, Editorial Kier, Buenos Aires 1985; finalmente el libro "Breve
Historia del Haikú en la Lírica Mexicana", escrito por Ty Hadman en
Ediciones Domés, México 1987.
En resumen, esta es una
forma de poesía sintética, de origen japonés, que respeta una regla básica, el
hecho de reducir una idea poética, de escribir un poema, con una extensión de
diecisiete sílabas, distribuidas en tres versos, de cinco sílabas el primero,
siete el segundo y cinco el tercero. Parece ser que la traducción de la palabra
haikú sería la de verso inicial, esto se debe a que existió una forma de poema,
anterior, en el Japón y que se construía con treinta y un sílabas, en cinco
versos, de cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas respectivamente. Estos
poemas se llamaban Tanka y eran una forma de poesía colectiva ya que se
elaboraban como un juego, en el que un poeta proponía el verso inicial, o las
primeras tres líneas, y otro concluía el poema adicionando los dos versos
finales de siete sílabas cada uno. Con el tiempo la tanka perdió popularidad y
el haikú se constituyó en objeto de
atención por parte de muchos e importantes poetas de Japón. Debo mencionar aquí
que recientemente otro amigo, Antonio Carreiras, me obsequió algunos ejemplares
de tankas contemporáneas escritas por el catalán Carles Riba: “Del joc i del
foc” 1946; escrito en catalán y editado después en edición bilingüe por Paulina
Crusat en “Obra poética” Madrid; Ínsula, 1956. Riba dice: “...la forma me llegó
como prescrita: la de la tannka, la que podríamos llamar copla japonesa,
afinada por siglos del cultivo más exigente y sutil. Me estaba prescrita, empero, desnuda de sus recursos y ornatos,
apartada de sus temas y figuras, libre de sus condiciones minuciosas: tan sólo
con el ámbito de sus 31 sílabas asimétricamente distribuidas en cinco líneas
breves.” Recibí también un ejemplar de la edición privada titulada Tannkas, de
Mario Hernández, publicada en Madrid en 1989, Hernández describe a la tanka
como un tipo de poema japonés, compuesto de dos estrofas y con la siguiente
disposición silábica 5-7-5/7-7, también
nos dice que otros cultivadores de tannkas fueron Carles Riba, citado, Jorge
Luis Borges en “El oro de los tigres” y Octavio Paz en “Versiones y
diversiones”.
Una de las razones por las
que el haikú fue tan importante es porque se ligó con las prácticas
espirituales del Budismo y en especial del Budismo Zen, a tal grado que el
haikú no puede entenderse si no se conocen aspectos y concepciones del Budismo
Zen tales como: la meditación, los ejercicios respiratorios, el concepto de
realidad y de vacío, la iluminación o Satori, el Koan, la conciencia y otros.
El haikú es un poema que aspira a convertirse en remate, en síntesis de un
largo proceso de meditación, es la evidencia verbal de un ensanchamiento de la
conciencia que permite al poeta observar lo que la conciencia ordinaria no
puede ver. La realidad está ahí: el sapo salta hacia el estanque, la mariposa
vuela, la luna se refleja en el lago, una espiga se dobla por efecto del
viento. La naturaleza se despliega ante nosotros, es la misma para todos, sin
embargo, en su pequeñez y su grandeza, su significado, su unicidad y
multiplicidad simultáneas, sólo es visible para quien tiene la disciplina para
ver con todo el cuerpo y no nada más con los ojos.
La cultura y la estética
japonesas influyeron notablemente en los pintores impresionistas y en algunos
escritores de lengua inglesa y francesa de la misma época, así se inició la
occidentalización del haikú. En el caso del español correspondió al mexicano
José Juan Tablada ser el primero en publicar libros de haikú, después de él
cultivaron el género, o alguna otra forma de poesía sintética, autores como:
Ramón López Velarde, Carlos Pellicer, José Rubén Romero, José Gorostiza, Xavier
Villaurrutia, Eduardo Lizalde, Octavio Paz y otros. Efraín Huerta contribuye a
la poesía sintética con sus llamados poemínimos que son poemas que no respetan
más que dos reglas básicas: la brevedad y la de la ironía. Mario Benedetti
publica un libro “Rincón de haikús” en Editorial Alfaguara, México 1999. En la
nota previa a los 224 haikús publicados hace un repaso de poetas japoneses que
lo practicaron así como de algunos occidentales, sobre todo aporta datos de
bibliografía en español que puede consultarse. Un estudio serio y completo
sobre la poesía sintética está por hacerse aunque, pienso, resultará un trabajo
de titanes.
El problema más serio al que
se enfrenta un hispanohablante al elaborar haikú es el de la brevedad, supongo
que decir con diecisiete sílabas en japonés no es lo mismo que decir con
diecisiete sílabas en español; de ahí la dificultad para cumplir estrictamente
con la regla cuando se escribe en nuestro idioma. De hecho un alto porcentaje
de los excelentes haikús de Tablada no se ajustan al metro de 5, 7, 5 sílabas.
Con frecuencia se tiene que recurrir a las licencias poéticas, aplicando el
metro gramatical o el rítmico según convenga, aún así resulta difícil resumir
una experiencia espiritual, una visión global del mundo, en diez o doce
palabras incluidos los artículos y las conjunciones.
De acuerdo con la teoría
tradicional de la literatura española, el haikú corresponde con la
versificación en arte menor y está emparentado con las seguidillas, éstas son
cuartetos con un metro de 7, 5, 7, y 5 sílabas; con la endecha cuyos versos son
de siete sílabas; con las coplas populares y con los cuartetos de pie quebrado;
sin embargo, estas formas de poesía sintética española están más relacionadas
con la música y la fiesta que con la poesía aunque existen ejemplos de ella de
la más alta calidad poética.
El escritor mexicano Alfonso
Reyes describe otra forma de poesía sintética a la que llama jitanjáforas, éstas
son composiciones en las que se usan voces que no llegan a formar palabras, o
palabras unidas que resultan un absurdo, un ejemplo que señala el propio Reyes
y del que obtiene el nombre del género es el poema de Mariano Brull: “Filiflama
alabe cundre/ ala alalúnea alífera/ alveolea jitanjáfora/ liris salumba
salífera” Como puede verse la jitanjáfora persigue la música del sonido que
pueden producir las letras unidas sin importar para nada el significado. Para
Reyes la jitanjáfora emerge de ciertos estados de ánimo, primitivos, que apelan
al ritmo como una forma de producir catarsis, por ello las jitanjáforas son muy
frecuentes en las canciones y rondas infantiles, en los conjuros mágicos y
otras formas de un lenguaje que podríamos llamar irracional.
El haikú, a diferencia de otras formas de poesía sintética, se
preocupa poco por la rima y por el ritmo, pone más atención en el hecho
intuitivo, en el acto de pelar la realidad como una cebolla y descubrir un mundo
diferente detrás de cada capa. Se piensa que el haikú es una pequeña y delicada
estampa de la naturaleza, una especie de poesía bucólica que persigue la
recreación estética del paisaje. Creo que esto no es literalmente cierto, lo
que pasa es que para la tradición Taoísta y el Budismo Zen, la naturaleza es
parte integrante del Tao, es el espejo en el que puede verse el afuera y el
adentro, lo claro y lo oscuro, lo uno y lo otro, es el lugar en el que se
funden el sujeto y el objeto. Para el Zen la montaña, el lago, el río, el árbol
y la luna son representación y símbolo de lo acontecido también hacia el
interior del alma humana. El I Ching construye sus imágenes a partir de la
naturaleza, pero con ellas lo que pretende relatar son los conflictos y
vicisitudes por las que atraviesa el sujeto durante su proceso de maduración y
perfeccionamiento, en el camino de conocer su relación consigo mismo, su
comunidad, su entorno y con el todo. El haikú siempre habla entonces del alma
humana, del punto exacto en el que sujeto y objeto desaparecen para dar paso a
la percepción de la totalidad, de la relación indestructible que existe entre
lo interior y lo exterior, lo pequeño y lo grande, lo blanco y lo negro, el
Yang y el Yin: el Tao.
El haikú es fin y principio,
así como resume un trance, una experiencia espiritual, una visión expandida: la
del poeta; puede también constituirse en llave, en puerta de acceso a una nueva
experiencia espiritual: la del lector. De esta manera el arte del haikú se
bifurca, como el de toda la poesía, en el arte de escribir y en el arte de
leer. Ambos requieren, necesariamente, de un proceso de preparación que
predispone al organismo para ver, para rasgar el velo y descubrir lo que hay
atrás de lo inmediato y lo evidente, para meter el universo en un sombrero,
presenciar la existencia viva del aleph. Resulta absurdo sentarse a escribir
haikús atendiendo sólo a la regla métrica que los caracteriza, tanto como
leerlos en la parada del camión o en la fila del banco, el haikú es, debe ser,
un alfiler en la conciencia, una piedra en el zapato, la secuela de un acto de
concentración sobre la naturaleza o la realidad, pero también un estímulo, una
paradoja con la que se resuelve lo insoluble, un koan. El término japonés koan
se puede traducir como problema, sin embargo, se trata de un problema singular,
un enredo, un absurdo, tal vez el vocablo más apropiado sea el de aporía, es
decir, una proposición lógica sin solución.
La literatura sintética no
se circunscribe a la poesía, existen formas breves de la prosa que han
cultivado los autores casi desde que se inició la escritura, tales como la
sentencia, el refrán, la adivinanza, el chiste, la máxima, el aforismo, el
escolio, el epígrafe, más recientemente el fragmento como género. El escritor
español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)
creó un género al que denominó greguerías, este vocablo significa
algarabía o gritería y fue usado por el escritor para designar una forma de
prosa muy breve. Las greguerías son definidas por Ramón Gómez de la Serna como
la unión o suma del humor y la metáfora, el diccionario define las greguerías
como frase breve, aguda y paradójica. Según su creador la greguería es el
atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, y
afirma: “Si la greguería puede tener algo de algo es del haikú, pero es haikú
en prosa”.
Haikú o greguería, poesía o
prosa, la literatura sintética es verdaderamente difícil, su brevedad se
convierte más que en un facilitador en un obstáculo, con frecuencia falla,
pierde actualidad muy rápido, se torna lugar común, frase moralista o absurdo.
La literatura sintética no se puede escribir a propósito, surge de un estado de
ánimo, de una experiencia extraordinaria, de la meditación, es más producto de
un hallazgo que del oficio. Cuando la literatura sintética se cultiva y se
frecuenta es necesario escribir docenas, a veces cientos de poemas, haikús o
greguerías, para lograr una que valga la pena, de cualquier manera, la
tentación de intentarlo tiene que ver con la necesidad de jugar, de conservar
un aspecto lúdico que aleje la solemnidad y la pedantería. Al final el tiempo
erosiona las grandes obras, las novelas, los poemas extensos, los sistemas
complejos del pensamiento filosófico y los reduce a unas cuantas frases que son
las que logran trascender borrándose, incorporándose a eso que permanece, casi
anónimo, y que llamamos el dominio público.
Antes de concluir debe
advertirse que la poesía sintética y en especial el haikú, son cultivados por
infinidad de poetas y escritores, de distinto nivel de talento y dominio del
oficio, desde principiantes hasta verdaderos creadores con capacidad de asumir
y resolver los riesgos del poema. Si quisiéramos hacer una recopilación del
haikú, de los últimos cincuenta años por ejemplo, el material recogido daría
para varios tomos gruesos. Sin embargo, de la infinidad de haikús escritos, la
mayoría son fallidos o no pasan de ser simples juegos de ingenio, difícil es
salvar uno o dos de cada centenar, a pesar de todo, constituyen un testimonio
de actividad poética que no puede desdeñarse y, entre todos ellos, tal vez
encontremos algunos que sirvan para levantar una capa más de la cebolla, para
dejarnos ver un poco más del universo.
1
El cielo sangra
con las lanzas
clavadas,
de los magueyes.
De sus heridas
nacen
las rutas del
olvido.
2
Se agitan las
imágenes de
azogue
en la retina;
como peces sin
aire
en la sartén de
arena.
3
Caminamos con
el peso de los
muertos
en la espalda.
Las lápidas
tapizan
ciudades y
desiertos.
4
El universo
cabe en un
sombrero
o en un vaso;
en la gota que
tiembla
sobre un tallo de
luz.
5
En el desierto,
un canto de
sirenas
rasga el aire.
Las dunas
escrituran
con sal su voz
estéril.
6
Las hojas caen
al silencioso
ritmo
de las lágrimas
y se vuelven
raíces,
semillas y
silencio.
7
Cada cien años
las ciudades inventan
un terremoto,
esconden viejas ruinas
bajo las ruinas nuevas.
8
La bota muestra
cicatrices de tiempo
en el desierto,
con las marcas del
poder
que hiere lo que toca.
9
En el otoño
pequeño sol naciente:
la mandarina.
Y los azahares duermen,
tristes, en la
memoria.
10
En las cañadas
guarda su voz añeja
el zapatista.
También sus viejos
dioses
y las huellas del
tigre.
11
Un ejército
desfila silencioso
junto al río.
La corriente oculta
lágrimas de soldado
12
En la cantera
crecen las marcas
tristes
de las pisadas,
son cicatrices de
sal
que cubren las
heridas.
13
Al atardecer,
como una cerrazón
crece la culpa
y los pájaros
negros
enmarañan las
sombras
14
Las nubes tejen
con hilos de agua
y luz
el horizonte
hasta formar una
red
para pescar
silencios
15
La luz del templo
perdura
silenciosa
en mi memoria,
en terrible
contraste
con la sombra que
arrastro.
16
La muerte aguarda
mientras la luz
se rompe,
duermen los
tigres
pero sueñan el
sitio
del próximo
zarpazo
17
Inútilmente
las escobas
retiran
el polvo terco
que cubre
persistente
a todas las
ciudades.
1
Las blancas luces
caían a cascadas
sobre el césped.
2
Las aves callan.
La jacaranda
canta
con su follaje.
3
Buscas absurdas
palomas asoleadas,
a media noche.
4
El toro pace
y observa al
tiempo,
morir de tedio.
5
El viento llora
mientras busca su
lecho
entre las hojas.
6
Las aves vuelan
como lluvia de
flechas
hacia sus tumbas.
7
Con hilos de sol
apenas
suspendido,
el árbol tiembla.
8
La mariposa,
colorida y
grácil,
es un gusano.
9
Sangran las nubes
sobre la arena y
los espejismos.
10
Rueda la luna
y el triste
otoño,
como los cardos.
11
Pétalos de luz,
fuego entre
peñascos:
en el desierto.
12
Mujer de arena,
tu piel encierra
sombras
y los infiernos.
13
Seguí tus ojos
como estela de
luz
en el recuerdo.
14
En el silencio
de las manos
unidas
surge el sexo.
15
Mi mano siente
un dulcísimo
calor
sobre tu seno.
16
Morimos siempre
que una voz de
mujer
nos abandona.
17
La tarde lenta
fue tras el velo
triste
de tu ausencia.
18
Los políticos
construyen una
ciudad
de vidrio roto.
19
El poder crece
en sentido
contrario
al de los pasos.
20
Satán promete
coronas y
tesoros.
La zorra duerme.
21
Entre mis manos
tengo un sol de
maíz
hecho de llanto.
22
Renazco siempre
al verter mi
historia
sobre los versos.
23
El mundo gira,
como pompa de
jabón
llena de niños.
24
La casa vive
como efímera
flor,
un solo día.
25
En esta calle
sólo se oyen
retumbar,
los pasos viejos.
26
En la mullida
soledad de tu
cama
inventas sueños.
27
El vaso roto
dispara un
resorte
en la memoria.
28
El nombre nace.
El ritual del
bautizo
lo vuelve piedra.
29
Tras la ventana
un rayo de
silencio
dibuja sombras.
30
Con líneas de luz
el sol inventa
tigres
en los jardines.
31
Camina torpe
porque tiene un
poema
en el zapato.
32
De madrugada,
espada mortal de
luz
el hielo cae.
33
Vuelve la lluvia,
florecen los
jardines
sobre las tumbas
34
La flor cobija
con sus pétalos suaves
un infinito.
35
El sol saluda
la promesa de
lluvia
en el desierto.
36
Siete sílabas
esconden un
instante
que se destruye.
37
En el invierno
provocan los
incendios
las salamandras.
38
La lluvia cae,
en cada mandarina
un dragón nace.
39
Callan las aves
en el momento
fatal
de los derrumbes.
40
En el desierto
destilan su
soledad
los garambuyos.
41
Agazapada
Donde la vida
crece,
Vive la muerte.
42
En la memoria
las bestias que
se pierden
se vuelven
sueños.
1
La casa se llena
de silencios del tamaño de un segundo muerto.
2
Nadie llora,
nadie se sorprende, todo sigue igual mientras el sol se muere.
3
Todas las
ciudades han sido asediadas por galeones, incluso esta ciudad que no recuerda
el mar pero tiene un poco de sal en la memoria.
4
Al final toda
frase acabará sin carne, en la fosa común de los lugares.
5
Olvido y silencio
describen la verdadera naturaleza de lo eterno.
6
Las formas
literarias más frecuentadas son el plagio y la paráfrasis.
7
A partir de la
muerte sólo quedan dos caminos: el olvido y la leyenda. Pero ésta es, en
realidad, una de las formas del olvido.
8
A veces la
democracia es un tormento tan sutil que ni el Marqués de Sade la hubiera
imaginado como tal.
9
El insulto y la
diatriba son síntomas de que la democracia está presente y trabaja a favor de
su suicidio.
10
Quien juega con
espejos corre el riesgo de perder su imagen.
11
Nada hay más
patético y vulnerable que un hombre que pide una caricia, o un voto.
12
Mis pasos dejan
marcas de arena en las banquetas, porque tengo un pedazo del desierto en los
zapatos.
13
Al atardecer el
árbol solitario se vuelve niebla cuando lo toca la mirada desde lejos. Es como
Eurídice que se disipa para evitar la mirada del poeta.
14
Un desierto se
arrastra despacio en la escalera.