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DE LA TORRE GONZÁLEZ NORBERTO
INTRODUCCIÓN
La cultura es un asunto que llama poderosamente la atención en los años que cierran el siglo y de cara al siglo que se inicia. Comunicadores, filósofos, sociólogos, psicólogos, científicos y políticos, abordan el tema de la cultura desde muy diversos ángulos. Es indudable que durante el proceso de producción simbólica se generan obras capaces de producir la emoción estética y de inducir el desarrollo humano hacia metas deseables de convivencia y armonía, pero, también, emergen los yerros y las catástrofes que generan el genocidio, la hambruna, la pobreza y la marginación. Por ello, es importante no quitar el dedo del renglón y participar continua y activamente en la discusión de la cultura, en la crítica del lenguaje y la significación, para llevar la producción simbólica en el sentido de la construcción de una comunidad humana más satisfactoria y habitable.
UN TORNILLO Y UN POEMA
SOBRE CULTURA Y POLÍTICAS CULTURALES
1: Meditar sobre la cultura es, al mismo tiempo, meditar desde la cultura, lenguaje de un lenguaje, enfrentar un espejo a otro espejo, dentro y fuera. Quien esto escribe responde a un conjunto de condiciones psicológicas e históricas y, desde esta perspectiva, sólo aporta un punto de vista, otro, para terciar en el coloquio donde se analizan y discuten los productos de la creatividad que dan sentido a la conducta individual y social.
2: El territorio de la cultura se expande y se contrae, forma cordilleras, valles, hondonadas, litorales. Tratar de construir un mapa de la cultura resulta un esfuerzo inútil, los límites se borran, los ríos se secan y aparecen otras fronteras y nuevos manantiales. Se forman otros mapas a partir de aquellos que encuentran su lugar en los museos. Es preciso sin embargo, colocar algunas señales, intentar un catálogo, recobrar la memoria en la interminable lucha con la muerte.
3: Es innegable que en la década de los ochenta se produjeron cambios que en los noventa se constituyen en rupturas, en choques y contradicciones que servirán de crisol a la nueva cultura. La revolución tecnológica transformó los procesos de producción artística, de tal manera que influyen en el mercado del arte y la divulgación de la cultura. La responsabilidad por la educación y la identidad nacional se ha desplazado desde el Estado hasta la iniciativa privada y los grandes consorcios económicos que producen una cultura ideologizada de masas y la difunden a través de los medios masivos de comunicación. Los productores de arte se debaten entre el comercio y la depresión por efecto de la derrota, aparente, del proyecto socialista. Ante este panorama se requiere de una actitud serena que rescate los valores humanos y los oponga a la ola creciente de la derecha engrandecida y el neofascismo disfrazado de modernidad. En el binomio eficiencia contra humanitarismo, creemos, deberá triunfar el segundo término, sólo así se acabará la explotación. El arte es importante en esta lucha, es el mecanismo de rescate de los valores más deseables.
4: La realidad se nos aparece como una paradoja. Natura y cultura interactúan para modificar el universo. La creación es incompleta todavía, las contradicciones en el devenir humano y natural dan paso a un proceso de muerte y resurrección, de creación y recreación.
5: Charlar sobre cultura es lanzarnos de cabeza a ese vasto y complejo mundo en el que tiene acomodo desde un tornillo hasta un poema, el mareo es inevitable. El panorama de la cultura admite múltiples lecturas y es una obligación personal ampliar nuestra capacidad como lectores, enriquecer nuestros códigos y marcos de referencia para constituirnos en intérpretes eficaces de la realidad.
6: El lector recrea y anima la historia y la cultura, sin él, la historia es una colección de fechas muertas.
7: Tratándose de cultura y sobre todo de políticas culturales, los conceptos en juego son múltiples, diversas formas de entender la cultura y la promoción cultural se discuten y contradicen. Existen conceptos que entienden la cultura como la creación y conocimiento de las bellas artes. Otras la ven como toda manifestación o producto salido de las manos del hombre al interactuar con la naturaleza, oponiendo de este modo, natura y cultura. Formas intermedias tratan de conciliar las dos anteriores para lograr definiciones operacionales que faciliten el diseño de políticas factibles. De cualquier modo, toda política cultural tiene que ver con un proyecto social específico, con una posición particular acerca de la mejor forma de organizarse para obtener el bienestar de todos los integrantes de la comunidad.
8: En San Luis Potosí se han puesto en práctica políticas culturales como el mecenazgo que protege a unos pocos creadores, obligando a los demás a permanecer en la marginalidad, favoreciendo la aparición de mafias y grupos que se apoderan de los escasos medios y recursos para la difusión del arte y la cultura. Un segundo proyecto es la democracia cultural cuya meta es la difusión y popularización de la cultura, procurando el acceso igualitario de los individuos y grupos al disfrute de los bienes culturales. Sin embargo, esta democracia es también autoritaria, en el sentido de que son unos pocos los que deciden qué tipo de cultura se difunde, cuáles productos son culturales y cuáles no, cuándo una manifestación artística tiene calidad y cuándo no. La tal democracia se pulveriza y deviene otra vez en autoritarismo populista que acaba por desvincular al creador del público, éste último se siente manipulado y obligado a consumir un arte que no entiende, no le interesa y no pidió; el resultado es la realización de eventos ante butacas vacías, en el consumo del arte por los propios artistas y la elite intelectual. Es usual que los consumidores de pintura sean los pintores y de literatura los escritores, esto obliga al rebuscamiento de las estructuras significativas y los lenguajes, que se alejan de las posibilidades de interpretación del ciudadano común, es decir, se crea una cultura para las elites.
9: En el curso de la producción y reproducción del universo simbólico el ser humano genera obras, productos que acaban por perderse, por quedar semiocultos en museos, en bibliotecas, en desvanes. Cambian los contextos, las significaciones, lo que ayer conmovía hoy nos deja indiferentes. Sin embargo, quedan ahí, en los rincones de la memoria, para ser rescatados algún día: las pinturas, los edificios y los libros.
10: Los libros recogen, sintetizan, conservan, los esfuerzos del hombre, generación tras generación, por crear una sociedad más armónica. Moriremos todos, el polvo cubrirá varias veces nuestros huesos que serán polvo sobre otros huesos y tal vez, sólo tal vez, alguien en el futuro, nos contemple desde las páginas de un libro
11: Abordar el tema de la cultura es tanto como ponerse a ejercitar las piernas sobre la cuerda floja, las trampas acechan a cada acción y en cada frase. Permítame el lector, pensar en voz alta, tratar de descubrir señuelos, identificar obstáculos con los que el propio actuar y discurrir se enredan. Un escollo al trabajo de promoción de la cultura es la soberbia, el actuar con la creencia de que se tiene a la verdad agarrada por los cuernos. El fenómeno cultural es elusivo, cambiante, múltiple, pretender imponerle una dirección y un destino, es un acto de vanidad que casi siempre se castiga con el fracaso. La cultura es un proceso, una resultante de la actividad cotidiana, es como un río que se escapa entre los dedos. Existe una visión miope de la cultura que la concibe como algo estático, como un conjunto de objetos que se separan de su creador para subirse, como una deidad, al altar de lo adorable. La soberbia nos hace sobrevalorar nuestro producto, convertimos nuestros productos culturales en fetiches propicios para la idolatría. Combatir la vanidad es muy difícil por los muchos disfraces que utiliza, porque aún la humildad, cuando se ostenta, es una forma de orgullo refinado. Otra barrera al trabajo cultural es la categorización de la realidad y la ideologización de los bienes culturales. Frecuentemente construimos representaciones del mundo que nos circunda y después actuamos como si nuestros esquemas fueran la realidad misma, confundimos el símbolo con la cosa simbolizada. El universo de la cultura es inestable, no se deja nombrar, en cuanto lo hacemos se transforma. Tengo la impresión de que no somos nosotros los que trabajamos en la cultura, sino la cultura la que trabaja en nosotros: nos libera y nos esclaviza, nos aclara y nos oculta, nos da sentido y nos anula.
12: La cultura es como el agua: invade, se trasmina, se manifiesta en todos los ámbitos del quehacer humano. Una taza, un trapo, un bote, un edificio, una pintura, un libro, son objetos que arraigan en el terreno de la cultura. Desde esta perspectiva el artista, y el promotor de cultura, funcionan como arqueólogos, como encargados de rescatar y desempolvar objetos para construir con ellos la memoria. Armados con una escobilla y una lupa quitan las capas que cubren una abigarrada colección de cacharros que a primera vista se integran como un gran basurero. Quien dedica su tiempo a la producción y rescate de objetos culturales debe andar con mucho cuidado, la torre de Babel, símbolo por excelencia de la cultura, crece y en la misma proporción aumenta la incomunicación. La multiplicidad y la contradicción, motores de la historia, dibujan una esquizofrenia en la que conviven el arte y la corrupción, la poesía y la calumnia. La locura reposa en la familia, en la escuela, en el parque, en las calles, en la oficina. La vemos en las aberraciones del discurso, en la confusión de los periódicos, en el divorcio entre lo dicho y lo hecho, en la ceguera, la vanidad, la megalomanía. Así como aparecen de pronto el arte y el poema, existe la represión, la calumnia, el chisme, la corrupción. La cultura construye sus propias trampas. Junto al arte se edifica un montón de artificios. Sin embargo, la cultura del engaño y el chisme tiene su encanto, es preciso registrarla, valorar la sorpresa que produce encontrar una afirmación hecha desde las rodillas como si fuera una verdad probada. A veces la estupidez produce cultura y nos enseña que lo humano es imperfecto, que el absurdo es parte integrante de nosotros mismos y puede aparecer en cualquier momento.
13: El olvido juega un papel importante en la historia de escribir la historia. El olvido erosiona, borra las fronteras, instala valles donde había montañas, se encarniza especialmente con la solemnidad y la soberbia, es el dios tutelar de la cultura, el demonio de vanidades y éxitos efímeros. Olvidamos el dolor, nuestra propia estupidez, el goce que tuvimos hace tiempo, nuestros muertos, las guerras, los fracasos. Olvidar nos protege y nos lastima. La historia le debe menos a la memoria que al olvido. Los humanos, todos, padecemos una constante amnesia selectiva que dota de significación a los pocos elementos que guarda la memoria. Los olvidos cumplen la función de los silencios en el poema o el diálogo amoroso: sugieren. La resultante final es que la realidad, lo que creemos la realidad, se construye, como un texto, a tachaduras y borrones.
14: La mentira es inherente a la cultura. Se miente cuando la naturaleza deviene en obra, cuando la realidad se fragmenta para convertirse en frase. Los Aztecas se referían al artista, al alfarero, como aquel que hace mentir al barro. La falsedad se cuela en el discurso, está presente como posibilidad y como hecho. Mentira y verdad se enlazan como polos opuestos del mismo juego, se contradicen para acabar mezclados y así construir verdades con mentiras.
15: Resulta difícil delinear una política cultural cuando estamos sumergidos en un conjunto de culturas que conviven, chocan, se contradicen, se niegan. Sólo es posible recoger un catálogo y mostrarlo, ofrecer las distintas manifestaciones del arte para que sea el público quien, al educar su gusto e interpretar de acuerdo a su proyecto social de vida, acepte o descarte las manifestaciones que respondan a sus expectativas.
16: El concepto de realidad es objeto de revisión frecuente, filósofos, científicos, escritores, lo toman como tema de su búsqueda. La realidad, el mundo objetivo, es una construcción artificial que se forma a partir de sensaciones, percepciones y juicios que esquematizan la naturaleza para volverla operable, entendible. En la base del concepto de realidad se encuentra el concepto del yo. El sujeto, el yo, es un lugar frecuentado a últimas fechas por pensadores que intentan una nueva manera de entender el fenómeno humano. La tradicional concepción del yo de la ciencia en occidente, resulta un estorbo, una limitante. La división entre sujeto y objeto responde más a una necesidad del pensamiento y el lenguaje que a las demandas de la realidad. Sin embargo, el problema no es sólo de orden científico y filosófico. El método de construcción del mundo a partir de los pronombres, la dicotomía entre yo y otro, se traduce en problemas de comportamiento en donde el individuo adquiere una jerarquía de privilegio con respecto al mundo, al no yo. El objeto cobra presencia y validez frente al sujeto que lo aprehende y lo conoce, de esta forma el sujeto se vuelve la medida de las cosas. La soberbia inherente a esta visión es obvia: el hombre se vuelve el rey de la creación, el centro ordenador que modifica el entorno con arreglo a sus propias necesidades, sin tomar en cuenta las consecuencias de sus actos y sin mostrar respeto a la naturaleza y a sus semejantes. Concebirme como ente separado, obligado a modificar el mundo y a los demás de acuerdo con mis propias perspectivas, es un error que emana de otorgar demasiada importancia a mi yo, a mi individualidad, de tomarme demasiado en serio; la consecuencia ineludible será la soledad y el conflicto. La categorización y esquematismo del pensamiento lineal tradicional sólo puede romperse permitiendo el acceso a un estado de conciencia más elástico, menos esquizofrénico, en donde el yo, mi yo, se diluya con el yo de los otros. No soy importante, es la verdad, nada de mí es importante, ni siquiera esto que escribo, porque se morirá conmigo o aún antes.
17: En cuanto a la promoción cultural se refiere, casi toda corre por cuenta del Estado, por lo menos en San Luis Potosí. La iniciativa privada se ha visto timorata y desorientada en lo relativo al apoyo a la cultura, cuando mucho da trabajo a algunos artistas contratándolos como fondo para eventos comerciales y convenciones. La promoción seria: apoyo a proyectos artísticos - culturales; ediciones; formación y estímulo a creadores e intérpretes, es un terreno ignorado por los industriales y comerciantes. La iniciativa privada potosina no tiene un proyecto cultural visible, ni bueno ni malo, simpatiza tal vez, con algunos proyectos y fundaciones nacionales como Televisa, Domeq o Banamex, pero no logra salir de su posición de espectador azorado y desinformado, que le impide adoptar un papel más activo y responsable en la vida cultural de la entidad.
18: La historia se escribe a pausas con la intervención arbitraria de quien reconoce ciclos, inicios, finales. El historiador fija los datos y el sentido para ayudarnos a caminar en la memoria. Sin embargo hay otra historia, la que no reconoce placas ni homenajes porque se mueve como el agua: socava, erosiona, produce derrumbes, desarma los datos para demostrarlos falsos. Alrededor de las fechas se desata la polémica, relojes y calendarios pronto dejan ver el artificio. La historia de San Luis, como todas, establece sus fronteras en el tiempo, señala sus días: nacimiento, dolor, fiesta, muerte. En una acta se asienta como nacimiento de la ciudad el 3 de noviembre de 1592, pero fundamos la ciudad todos los días y cada vez que el sol calienta las piedras de la calle. A diario una ciudad se muere y otra es fundada en la mañana cuando las señoras humedecen las aceras y los perros trazan rutas sobre asfalto. Esta ciudad es la suma de ciudades superpuestas, una colección de muertos silenciosos. El tres de noviembre, cuatrocientos años después, es un pretexto para recordar llanuras, los nómadas latiendo en el desierto, un camino de misiones y metales, una lucha encarnizada con la arena, un cerro comedor de indígenas y mulas, un discutir de espinas que envejecen. Sería bueno tal vez, fundar otra ciudad aprovechando el hueco de los campanarios o el remate de una calle empedrada; una ciudad que se asome, discreta y humilde, por todas las ventanas.
19: El hecho cultural se inserta en el proceso de transformación social, tiene que ver con el orden político y económico, con las relaciones de dominación, con la norma y la costumbre. La cultura es el vehículo de simbolización en el que se generan los choques, las contradicciones de las distintas posturas y proyectos. La crítica cultural descubre, revela las tendencias, los compromisos ideológicos de la obra de arte, de los símbolos que se producen durante la contienda por una sociedad más sana. La crítica puede moverse en el ámbito de las ciencias sociales, o en el terreno de la anécdota. Los dos niveles críticos: el de la teoría y el de la anécdota, juegan un papel muy importante en la difusión y dirección de la cultura, ambos interactúan enriqueciéndose. Sin embargo es en la actividad de ponerle nombre a las tendencias cuando el crítico se mete de lleno en terreno resbaloso. Atribuir a los distintos rostros, personalidades y biografías el comando de posiciones particulares, o la representatividad de los diversos grupos en conflicto es muy riesgoso. Los individuos son piezas inconscientes de un proceso social que los rebasa. Además la posición relativa de un sujeto en el equilibrio social es inestable y siempre sujeto a los movimientos de las corrientes dominantes. Las personas reproducen al interior de sí mismas, las contradicciones del sistema en el que viven, de tal manera que si bien es posible identificar a quien preferentemente defiende una visión particular, también es probable que, bajo ciertas circunstancias, una persona promueva posiciones antagónicas a las que usualmente se adhiere siendo, naturalmente, ciega a la contradicción interna que ello implica. En la práctica cotidiana de la crítica se tiende al juicio, al prejuicio, a la etiqueta; se detectan grupos, mafias, trayectorias; se inventan relaciones, apoyos, padrinazgos. No se puede desdeñar la importancia de las amistades y definiciones ideológicas durante el proceso de acomodación de las estructuras burocráticas, administrativas y de poder, pero es necesario asentar que, en los logros personales, en los nombramientos, en las decisiones políticas, mucho hay de circunstancial y azaroso.
20: El centralismo es uno de los factores que más importantemente inciden en el desarrollo de la política nacional. El proceso de consolidación del Estado obligó a centralizar el poder y al establecimiento de estructuras de control que permitieran planificar con arreglo a un proyecto específico de organización del país. El monopolio de las decisiones políticas y administrativas permitió, por un lado, la unificación y el desarrollo de México, pero por otro aumentó la tensión entre las regiones y el centro. Una de las cosas que más molesta a los habitantes de la provincia es la intervención autoritaria de la metrópoli en los asuntos que, teóricamente, pertenecen a la soberanía de los Estados. Esta intromisión explica la resistencia de las regiones a las decisiones centralistas, la actitud resentida hacia el chilango, el rechazo de un sistema y un partido que permitió el sacrificio de los Estados para satisfacer las necesidades del centro. El autoritarismo centralista matiza toda la relación del poder federal con la provincia, en todos los renglones: educación, trabajo, salud, justicia, cultura. En materia de política cultural, la proyección y el éxito del artista sólo es posible si se obtiene la aceptación, el reconocimiento de la metrópoli. Cualquier creador que se mueve en el ámbito de su Estado, es considerado sólo un artista menor y local. El centro impone sus criterios estéticos, decide sobre el valor de la obra del artista provinciano, califica y descalifica, a veces pretende escribir la historia regional desde la óptica de los grandes centros de investigación pero sin conocer la vida, la cotidianidad de los habitantes de la región que describen. Ante la actitud centralista de la cultura dominante, el artista provinciano puede optar por alguna de tres posiciones posibles: primera; emigrar hacia el centro para buscar la aceptación e integrarse al opresor y así evitar el papel de oprimido; segunda; acepta el vasallaje, pone sus miras en el centro, sobrevalora la producción de la capital y desprecia la de su propio entorno; tercera; se organiza con otros artistas de provincia para generar movimientos artísticos que rivalicen con las propuestas capitalinas, que discutan en favor de una forma de organizar el país, menos autoritaria. La huida y el vasallaje son actitudes que conspiran en favor de un estado de cosas que alienta la concentración del poder. La reflexión sobre el valor del quehacer regional, la formación de una clara identidad, la aceptación de lo que se es y de lo que se puede ser, la defensa de la intimidad y la autonomía, son tal vez, los caminos para lograr políticas culturales no centralistas, ni autoritarias.
21: El artista, como interlocutor de las instituciones de cultura, frecuentemente establece con ellas una relación de dependencia, se transforma en burócrata, cuando no en un demandante, siente que la sociedad y el Estado están obligados a mantenerlo porque, en su vanidad, se piensa un profeta o visionario que cumple con un alto encargo y una función social privilegiada.
22: Se pueden decir muchísimas cosas de la difícil relación del arte y la política, pero tal vez resulte más útil escuchar las gotas de la lluvia golpeando las ventanas o imaginar la noche, invadida de sombras y silencio.
ARTE: CRÍTICA DE LA CRÍTICA
La crítica es una actividad que ejercemos todos. El enjuiciamiento fácil, la descalificación sobre la marcha de conductas y obras son cosas que se hacen más o menos irresponsablemente sin tener, la mayoría de las veces, los conocimientos suficientes que validen nuestro juicio. Un gran número de personas nos atrevemos a juzgar lo mismo sobre música que sobre pintura, sobre las formas de gobierno, la literatura, el fútbol, la moral; utilizamos para ello como marco de referencia el conjunto, confuso y empírico, de conocimientos recolectados aquí y allá, en lecturas superficiales, en charlas de sobremesa, en los medios masivos de comunicación. Esta forma de crítica es un hecho social, está ahí, genera o favorece el rumor y el chisme, se llena de frases hechas que modelan la cultura de recetario de la ideología dominante, simple y bipolar.
Existe otra crítica que recurre al instrumental teórico y metodológico que le ofrecen las ciencias sociales. La crítica teórica y sistemática se aplica fundamentalmente a las obras humanas conceptualizadas como artísticas. La crítica del arte rebasa los límites de lo empírico para adoptar un método, un conjunto de pasos que la lleven primero a entender, después a explicar y por último a juzgar, la obra de arte. El primer problema aparece cuando el crítico intenta definir el objeto de su actividad. El arte es difícil de aprehender, se esfuma, cambia al transformarse la sociedad. En el proceso de producir satisfactores, al establecerse la forma de creación y acumulación de la riqueza, surgen obras que de pronto son consideradas como arte por sectores importantes de la comunidad, estas obras por lo general poseen dos requisitos o por lo menos uno de ellos: el primero es la maestría o habilidad para manejar los materiales que el artista elige para fabricar sus objetos, la palabra, el color, el sonido. El segundo la originalidad en el planteamiento de los temas, de la forma en que el artista va a interpretar la realidad física y social en la que vive.
En la actualidad el arte ha logrado desprenderse de sus vínculos con lo utilitario para transformarse en un acto de expresión y de comunicación en el que el artista adopta el papel de desmitificador. Metido de lleno en el proceso de simbolización y significación de la sociedad, en la creación de sentidos, lenguajes e ideologías, el arte se ofrece como aliado o como enemigo, valida y reproduce el aparato ideológico dominante, o lo descalifica y pretende desarticularlo.
En realidad el arte debería ser el mecanismo crítico por excelencia, un instrumento de desideologización y desenmascaramiento de todos aquellos aspectos de la cultura y propuestas de organización social que solapen el autoritarismo, el poder bajo cualquiera de sus formas. La cultura ideologizada dominante está llena de trampas, distorsiona, mistifica, obscurece los sentidos mediante discursos aparentemente inocentes, favorece los mecanismos de sujeción, los que buscan la reproducción de las condiciones que hacen posible la persistencia de un estado de cosas chapucero e injusto, autoritario, explotador.
Si el arte es una crítica, la crítica del arte es una crítica de la crítica, una metacrítica, en este sentido, el papel del crítico consiste en sumergirse en la obra de arte para ver si ésta cumple con su papel de restauradora de los sentidos, despojándolos de su oculta intención de logro o conservación del poder. El crítico valora y cuantifica la destreza en el manejo de materiales para la facturación del arte, pero también observa la capacidad del artista para ver la realidad y desenmascararla, para reinterpretar el sistema de relaciones sociales, denunciar sus trampas, su intención de control. El crítico puede perderse en el puro análisis de la forma y el oficio y de esta manera hacerse cómplice, legitimador del sistema social injusto, o puede apostar en favor de una crítica y un arte que atienda al cultivo de los valores más deseables del ser humano contra el individualismo egoísta, la explotación, el achatamiento del esquema de interpretación de la realidad. El crítico, como el artista, siempre corre un riesgo, es ineludible. Un crítico o un artista que tiene temor a la crítica está acabado, se volverá patrocinador inconsciente de los vicios sociales y humanos. El crítico que por no arriesgarse pretende una postura neutral se hace cómplice del aparato dominante, la neutralidad no existe, lo que prevalece es la contradicción.
CULTURA PARA LOS TRABAJADORES
Uno de los aspectos que contempla el proyecto cultural del Estado mexicano, es el de la cultura para los trabajadores. Abordar el tema nos enfrenta a dificultades que tendremos que resolver antes de plantear la promoción y difusión de la cultura entre los trabajadores.
Si el arte es un mecanismo de liberación, un instrumento que va más allá de la cosa bella para develar, descubrir los procesos de significación que conspiran contra la armonía y la humanización; si el arte es capaz de ponerse en entredicho a sí mismo, en la medida que puede ser ideologizada, volverse herramienta para la sujeción y el control en favor del poder maquinizado y ciego; si es más que la pueril concepción psiquiátrica de una terapia ocupacional. Si el arte es esto, entonces tendremos que partir, en la elaboración de programas culturales para trabajadores, del conocimiento de su situación vital: de la violencia que sobre ellos se ejerce, de la repercusión de la manera de producir en su bienestar y forma de ver el mundo, de su explotación y sojuzgamiento. Cualquier programa de cultura para los trabajadores está condenado a fracasar si no se toma en cuenta la cultura de los trabajadores.
Los obreros han sido víctimas de múltiples agresiones a lo largo de su historia como clase y como sector de la sociedad, explotados desde la colonia en las incipientes organizaciones fabriles, han soportado después el peso del desarrollo del capitalismo mexicano, se les sacrificó y sigue sacrificando por la construcción de un país abstracto que no entienden y que les es ajeno. El proceso de consolidación del poder estatal centralizado, requirió del control de las centrales obreras y sindicatos casi desde su nacimiento. Los líderes comprometidos con sus bases fueron rápidamente substituidos mediante cooptación, clientelismo, alianza o represión, por líderes que pactaron con el poder del Estado para postergar la satisfacción de las demandas obreras y permitir el rápido crecimiento de la burguesía nacional. Aún hoy, las cúpulas sindicales permanecen aferradas y dependientes del Estado autoritario y centralista, reproducen las condiciones que preservan la posición sumisa del trabajador.
Entre los muchos recursos que se utilizan para favorecer el control de la fuerza de trabajo, se encuentra la creación de una cultura simple, melodramática, nacionalista, que se reproduce y difunde a través de los medios masivos de comunicación y de un sistema educativo pobre, burocrático, dedicado más a la expedición de certificados en serie que a la formación integral del educando. La resultante es una clase obrera desilusionada, frustrada, que cree más en la lotería que en sus representantes, pasiva, sin conciencia gremial ni de clase, despolitizada, que se preocupa por el destino de los personajes de telenovela y no por su propia situación social, evade la realidad a través de la fiesta, el alcohol, el fútbol o "la tele", si protesta lo hace por medio de manifestaciones civiles heterogéneas, más bien rebeldes que revolucionarias, que cumplen un efecto catártico y no liberador.
En estas condiciones la difusión del arte y la cultura para los trabajadores puede volverse cómplice del poder o de acabar en el terreno de la incomprensión y el rechazo. Los obreros ven como sospechosa cualquier acción, por noble que sea, que parte desde afuera, desde la autoridad. La cultura para los trabajadores deviene en manipulación y en espectáculo. La cultura de los obreros, su estimulación, puede ser el camino más viable; una cultura que revise las demandas de los trabajadores, sus gustos y expectativas, que desarticule las ideologías y la cultura de masas, para substituirlas por una producción simbólica que parta desde la base, desde la relación cotidiana del trabajador con su entorno y de la necesidad de replantear las formas de organización laboral y social.
SAN LUIS POTOSÍ, CULTURA Y DESARROLLO
La cultura potosina nace y se desarrolla en el seno de la cultura occidental, en la hibridación que se genera durante la conquista y la colonia. La ciudad de San Luis Potosí se funda por voluntad del conquistador, con arreglo a sus necesidades y formas de acumulación de la riqueza. El proceso de configuración del perfil cultural potosino arranca desde la fundación, participa de las vicisitudes y conflictos del desarrollo histórico de México. Las luchas de los criollos contra la imposición de los peninsulares, las demandas de los mestizos, las presiones de los indios, los usos y costumbres de todos ellos en la cotidianidad, dieron lugar al establecimiento de un sistema de organización, unas relaciones de producción y una cultura que tiene más puntos de coincidencia con la cultura nacional que particularismos regionales. El mosaico cultural de San Luis Potosí, cambiante y móvil al ritmo de la consolidación del Estado Nacional, reproduce los acuerdos y contradicciones que permiten el arribo de la organización político - económica del capitalismo occidental y la cultura que lo legitima.
La sociedad de San Luis Potosí se las ha arreglado bastante bien para sostener un modelo de cultura dominante conservador, temeroso, con alto nivel de resistencia al cambio, fuertemente influido por las ideas religiosas. No podemos, sin embargo, calificar este modelo de monolítico, se agitan al interior divergencias y paradojas. Si bien la cultura dominante es de corte tradicional, se dieron, y se dan en ella, movimientos que retan y contradicen el inmovilismo costumbrista. Para diseñar políticas culturales adecuadas en el Estado es necesario tener presente algunas características importantes: la cultura dominante es de tipo occidental, novohispana y conservadora; el conjunto de creencias y costumbres potosinas tienden a reproducir las condiciones de crecimiento del sistema capitalista de producción; la sociedad potosina es preferentemente tradicionalista, arisca como su geografía, con resistencia al cambio y a la innovación; existen grupos y personas que, como respuesta al conservadurismo, postulan proyectos alternativos desmitificadores de la cultura dominante; los proyectos alternativos y sus impulsores casi siempre son reducidos a la marginalidad; la cultura local está impregnada de autoritarismo.
Definir o delimitar la potosinidad es un esfuerzo vano porque a pesar de que la tendencia cultural dominante es liberal, las contradicciones inherentes al sistema imponen a la cultura una dinámica que la somete a transformación constante. Lo potosino de hoy no será, seguramente, lo potosino de mañana.
Para abordar el problema de la cultura potosina como objeto de estudio, tendremos que correr a lo largo de dos direcciones fundamentales: la primera en el sentido del recuento y rescate de aquellos usos, costumbres y obras que contengan rasgos susceptibles de ser calificados como distintivos de lo potosino y de ningún otro Estado o región; la segunda consistiría en el recuento y catalogación de toda muestra cultural que, aunque pretenda universalidad, sea producto de la actividad de oriundos o residentes del Estado.
La primera de estas direcciones es la que ofrece más obstáculos y trampas. A primera vista la cultura del Estado reproduce el panorama de la cultura nacional. Nuestra cultura es un palimpsesto, una amalgama en la que puede detectarse un sinnúmero de influencias: Hispana, Arabe, Nahuatl, Huasteca, Tarasca, Francesa, Norteamericana, Negra. Antes de la colonia no existió ninguna civilización fuerte y altamente estructurada en San Luis Potosí, a excepción de la Huasteca, por lo mismo la cultura y costumbres Chichimecas fueron fácilmente desplazadas, borradas, substituidas por una cultura importada del centro y que, implantada alrededor de las minas, se desarrolla siguiendo el cauce del modelo cultural de occidente. Sólo los grupos étnicos de la Huasteca y la zona Pame logran imprimir algunas marcas que pueden considerarse típicamente potosinas pero, tan escasas y débiles, que difícilmente alcanzan a pintar o acentuar diferencias visibles entre lo potosino y lo no potosino.
En todo el territorio de San Luis Potosí conviven y se superponen distintas cosmovisiones, diversas culturas que se agitan en el marco de la cultura dominante, pero de ninguna de ellas puede decirse que sea estrictamente potosina, todas están emparentadas con otras culturas, sobre todo las que se dan en el centro del país. Existen dos lugares comunes entre los visitantes o nuevos residentes de San Luis: que es una sociedad culta y que es, también, una sociedad cerrada, repelente a lo nuevo y con un poco de xenofobia. No me atrevo a validar estas creencias pero si fueran ciertas, no creo que sean características de este Estado y más bien se comparten con comunidades semejantes como la guanajuatense, la poblana o la hidrocálida. La búsqueda de rasgos de la potosinidad, a más de difícil, es una actividad que puede abonar en favor del inmovilismo y localismo, puede levantar una cortina cultural impermeable a influencias y renovaciones, sostenedora de un conservadurismo anquilosado.
Por la otra dirección, la del catálogo y rescate de la manifestación y aportaciones culturales hechas por nacidos o residentes en el Estado, puede ser una actividad más nutriente y revitalizadora, siempre y cuando, tal rescate sea alentado por una actitud abierta, desmitificadora de las grandes figuras, no aliada con la ideología dominante, que restituya su lugar a las aportaciones que hasta hoy se consideran marginales, que acepte la pluralidad, la divergencia. La metodología puede empezar por la estructuración de una enciclopedia potosina que, a partir de los estudios existentes, otorgue su lugar a infinidad de figuras y personalidades olvidadas, baje del pedestal a las que han sido hipervaloradas para apoyar a la cultura tradicional enajenante.
POLÍTICA CULTURAL
1: LA DEFINICIÓN Y LA IMPORTANCIA
Para delinear una política cultural es necesario poner sobre la mesa una definición, o por lo menos una idea más o menos clara de aquello que queremos delimitar con el término cultura. Podemos definirla como: el conjunto de procesos, creencias, conocimientos y obras que dan sentido, significado y dirección al acontecer humano. La cultura es un lenguaje y como tal, define, clarifica y orienta el desarrollo de los individuos y de las sociedades. Un tornillo, una taza o un libro son cultura en tanto que signos de un discurso social que marca el rumbo de la evolución histórica. En el ámbito de la cultura se hacen evidentes las contradicciones del proceso social que nos envuelve, la lucha entre las distintas formas de entender y manipular la realidad, la competencia por el poder y la riqueza. Una política cultural participa, inevitablemente, de la dinámica de la contradicción. Se alía y fortalece al elemento dominante apostando por el conservadurismo, o intenta subvertir el orden establecido luchando contra el autoritarismo en favor de una sociedad más justa.
Nada importante puede hacerse en el campo de la transformación social si no se modifican al mismo tiempo las matrices culturales que imprimen dirección al accionar humano. No se puede imponer un modelo de desarrollo si no se toma en cuenta los valores y creencias de los individuos involucrados. Las buenas intenciones y las mejoras más obvias serán rechazadas si no corresponden con la cosmovisión de quien las recibe. La cultura forma parte del proceso histórico global, lo anima, acentúa o reduce sus diferencias, sus conflictos. El concepto simplista tradicional que distingue ente alta y baja cultura, entre arte y artesanía, es un concepto ideológico e ideologizante que favorece las relaciones de dominación. Por esto, la política cultural asume una relevancia insoslayable, tiene que ver directamente, como realidad y como anhelo, con el proyecto de sociedad, de Estado y de Nación.
Una política cultural eficiente debe involucrar a la educación formal en todos sus niveles, a la educación informal y a los medios masivos, al arte y sus creadores, a los investigadores y científicos, las editoriales, los museos. De tal forma, que no puede diseñarse una política cultural congruente, sin considerar la política educativa, la de difusión a través de los medios de comunicación, la de apoyo a los creadores de arte y los investigadores en todas las disciplinas, la de la producción, distribución y consumo de los objetos culturales. En ultima instancia, no puede hablarse de una política cultural válida, si no parte de una política general sana, que busque el bienestar de todos con preferencia al poder o los intereses particulares, que no busque la dominación sino la justicia.
2: LOS ANTECEDENTES.
En el Estado de San Luis Potosí coexisten, a veces rivalizan, diversas culturas, diferentes formas de entender el arte y la costumbre. Estas culturas están determinadas por la situación geográfica, el nivel socioeconómico, las etnias, el grado de escolaridad, la posición relativa con respecto al aparato productivo, la marginalidad. Una política cultural deberá definir el proyecto social hacia el que apunta y deberá tomar en cuenta las diferencias y las semejanzas, reconocer la diversidad y evitar la actitud autoritaria de quien privilegia una concepción por encima de las otras. Se han aplicado distintas formas de política cultural, desde el mecenazgo hasta el populismo, que en su momento promovieron el trabajo creativo de los potosinos e incorporaron al Estado al proceso de consolidación del proyecto nacional, pero que generaron también, secuelas y vicios favorecedores del control de los recursos y los espacios por unos cuantos privilegiados, redujeron el hacer cultural al modelo del espectáculo y el museo, crearon un público para el goce refinado del arte conservador pero insensible a la pobreza, al atraso que prolifera en las calles y las zonas marginadas.
3: EL PROBLEMA
El contenido simbólico de la sociedad cambia y se transforma, se convierte en rito y en mito, en hábito y liberación. La discusión teórica del fenómeno de la cultura señala las líneas generales de acción de una política deseable, sin embargo, la práctica real del promotor cultural ofrece una gran cantidad de obstáculos: se ve obligado muchas veces a tomar partido frente al conflicto de visiones, o a tratar de reducir las diferencias; tiene que manejar recursos y decidir sobre su destino entrampándose en una acción financiera que deviene autoritaria; tiene que evaluar o calificar la "calidad" de las diversas ofertas culturales y artísticas haciendo intervenir su criterio personal como medida o patrón para la toma de decisiones; se ve envuelto en fin en las contradicciones y paradojas de la discusión por la cultura que es, finalmente, la discusión por un proyecto social.
Otro problema del promotor cultural son los creadores e intelectuales, éstos están inscritos ineludiblemente en el proyecto político de la comunidad; disputan por el poder para ellos mismos o para los grupos con los que están aliados, o bien, aspiran a un orden social libre de manipulación; manejan el lenguaje para ideologizarlo, o para destrabar sus mecanismos de control. De cualquier modo, se constituyen en un grupo sensible, difícil de coordinar, conciliar y organizarse, por su alto nivel de individualismo y competencia. A pesar de todo, la ausencia de una política cultural o la acción pasiva o pretendidamente neutral del promotor, favorecerán el crecimiento de una cultura dominante deshumanizadora y enajenante en perjuicio de las culturas, más frescas y vitales, que se producen en la vida cotidiana de los diferentes grupos que interactúan en la comunidad. El promotor cultural, el Estado en cuanto tal, deberá cuidarse de caer en las trampas ideologizantes de la creación y difusión de la cultura, o en el uso manipulador de la promoción cultural, que facilita la preservación de una sociedad injusta basada en la explotación desmedida de recursos y personas. La neutralidad es imposible, intentarla es caer en el conservadurismo cuando no en acciones francamente retardatarias.
4: LO POSIBLE
La política cultural idónea es aquella que responde a las demandas y necesidades de todos los grupos sociales y que, con una visión democrática, busca desarticular los mecanismos de sujeción para buscar una sociedad más libre. De cualquier forma el trabajo por la cultura se enfrenta a constantes conflictos que no habrán de resolverse más que en la práctica diaria y junto con la transformación social hacia metas de mayor dignificación. Como una propuesta viable sólo pueden señalarse líneas generales de acción que se constituyan en una política cultural que promueva el logro de una comunidad menos autoritaria, menos explotadora, más sana. Estas líneas generales son: el estímulo a todas las culturas que conviven en el territorio del Estado, preferentemente a aquellas que promueven la liberación, la justicia y el respeto. La búsqueda de la autogestión y el libre desarrollo de cada cultura, acentuando más el proceso creador que la obra en sí. El estímulo a la creatividad como una cualidad útil para la adecuada solución de los problemas. El apoyo a la investigación que recoja y catalogue las diversas manifestaciones culturales vivas, las que modelan la conducta cotidiana y prefiguran el futuro de los individuos.
CONSERVACIÓN Y CULTURA
"En la medida en que la cultura es expresión de
las
condiciones sociales de producción...
pretender la preservación de las culturas indígenas
es anacrónico y en el fondo reaccionario".
Rodolfo Stavenhagen
La frase anterior nos hace meditar sobre la validez del intento de preservar las tradiciones populares si con ello mantenemos las condiciones culturales que permiten la reproducción de un sistema autoritario de explotación, si se alienta el mito de la democracia capitalista bajo el disfraz ideológico de la defensa de una tradición forjada en el feudalismo y alentada, por sus tintes nacionalistas, a la luz de un sistema que requiere de la sumisión y el control. Las manifestaciones de la cultura popular y la tradición son valiosas, en tanto que instrumentos de significación y resignificación de la realidad, cuando apuntan hacia el enriquecimiento de la vida y la experiencia de quienes la producen y utilizan. Pero en cuanto se hace de ellas un uso oficializado y miope a la cosmovisión que representan, se corre el riesgo de vaciarles el sentido y transformarlas en mercancía o en espectáculo simplón para turistas.
EL CONTROL DEL SENTIDO
NOTAS SOBRE CULTURA Y POLÍTICA CULTURAL
Hasta el término notas es demasiado ambicioso
para designar un ensayo sobre la cultura escrito
en este momento: a lo sumo puede uno tratar de
precisar ciertas perplejidades.
George Steiner
La reflexión sobre la cultura no es actividad novedosa, forma parte del discurso que da origen al pensamiento moderno, la encontramos ya como uno de los pilares de la ilustración. En México los estudios sobre cultura surgen como una forma de precisar un perfil y una identidad frente a las amenazas, sentidas o reales, de la intervención extranjera, primero durante el coloniaje español, después contra las presiones de la cultura francesa y más recientemente la norteamericana. Estos intentos por definir y defender la cultura nacional se inician con la postura de algunos cronistas en defensa de los indios, siguen con las disertaciones de Eguiara y Eguren, Francisco Javier Clavijero y otros; atraviesan el siglo XIX en las múltiples disputas que promueven la cancelación del feudalismo colonial y la modernización del país hacia un sistema liberal en lo económico y lo político. Durante el presente siglo son muchos los pensadores que inciden sobre el tema de la cultura. En cualquier biblioteca medianamente provista podemos encontrar más de una docena de libros que lo tocan. Elaborar una lista de autores que abordan el asunto daría material para un breve diccionario especializado. Entre la "Historia antigua de México" y los recientes libros que tratan el tema de la cultura, existe un número suficiente de textos, revistas y periódicos como para formar una biblioteca de buen tamaño.
La Organización de las Naciones Unidas formó una comisión para el estudio de la cultura y las políticas culturales que resalta la liga entre cultura y desarrollo, discute los enfoques tradicionales de la promoción cultural y plantea una visión más acorde con la situación actual. La comisión de la ONU establece que: a) la cultura no es sólo un instrumento del progreso sino la condición misma del desarrollo y su fin; b) acepta la pluralidad y la estimula eliminando toda visión jerarquizante; c) entiende la libertad cultural como un derecho colectivo, el que tienen los grupos a elegir su modo de vida y organización; d) afirma que las políticas culturales no pueden ser asunto únicamente de los ministerios de cultura sino que son de competencia intersectorial; e) la cultura no puede ser relegada a una función subsidiaria; f) la creatividad es esencial para el desarrollo, no sólo aplicada a las artes sino también al gobierno, la política, tecnología, industria, comercio, educación, salud; g) solicita propiciar un nuevo tipo de investigación que integre cultura, desarrollo y formas de organización política.
La propuesta general de la comisión supone el capitalismo liberal como sistema económico y por lo tanto el desarrollo y el progreso como finalidad, adopta una postura desarrollista cuando hoy mismo el desarrollo y el progreso son cuestionados por muchos pensadores importantes y por otras culturas que sostienen posiciones diferentes. La diversidad cultural es contraria al establecimiento de los grandes relatos, cuestiona cualquier noción que aspire a constituirse en dominante. Así, el gran problema de los programas y políticas culturales es el de reducir las contradicciones entre libertad y planeación, respeto y poder. Recientemente el concepto cultura se ha convertido en clave para la corriente de pensadores que discuten los postulados básicos de la Ilustración y la figura moderna del mundo, para ellos, se requiere de una definición del término que permita la desarticulación del liberalismo capitalista y sus narraciones legitimadoras, que revalore las ideas de verdad, sujeto, razón, progreso, realidad, revolución y utopía, con el fin de diseñar nuevos esquemas de convivencia y formas de entender la relación de los individuos con su prójimo y con la naturaleza. Entre estos dos extremos; por un lado el de una política cultural que resuelva las oposiciones o elimine las secuelas destructivas del sistema liberal, pero que conserve su obsesión por el desarrollo y, por el otro, el de una política cultural que denuncie los mecanismos del discurso que propician la injusticia y la explotación; existen muchas propuestas de política cultural que aspiran a una sana convivencia de todos los individuos y las comunidades mediante la discusión, el consenso, la tolerancia, como formas de lograr la convivencia, es decir, la única solución a la controversia es la democracia, la democracia entendida no como meta sino como vía para eliminar desigualdades, injusticia, crueldad, explotación, democracia como asamblea de iguales que discuten, exponen y aceptan los caminos para la construcción de una sociedad más sana. La política cultural es la liza en que se disputa el control del sentido, con fines de poder o de liberación. La producción y uso de los signos y significados tiene que ver con las formas de organización social y con la construcción de una sociedad más, o menos, sana, justa y eficiente.
Por todo lo anterior hablar sobre cultura implica montarse en un discurso que nos precede, pletórico de trampas. La querella por la cultura, como la llama Guillermo Bonfil, está ineludiblemente ligada con el discurso del poder, se matiza con las distintas visiones e ideologías que pugnan por conservar y/o conseguir la dominancia. Entre éstas destacan tres como las más comunes. Primero una visión conservadora, que define a la cultura como el conjunto de autores y obras que enriquecen el patrimonio de las llamadas bellas artes y cuya política cultural es el mecenazgo. La segunda visión, de la Cultura Nacional, que entiende el fenómeno como el conjunto de creencias, obras, saberes y costumbres que delinean una identidad nacional, una Cultura Nacional que a la larga resulta peligrosa por su sectarismo y su tendencia a volverse autoritaria, su política cultural es el populismo democrático, entendido como la voluntad de hacer llegar, a la mayor cantidad de pobladores posible, todas las manifestaciones que los grupos dominantes definen como valiosas y consideran útiles para reforzar una supuesta identidad nacional. La tercera visión, que cobra fuerza a últimas fechas, define la cultura como el ámbito en el que se producen, circulan y se consumen las significaciones, es decir, el conjunto de narraciones y su gramática que dan sentido y razón de ser a la conducta cotidiana de los individuos, considera que la producción de sentido obedece a múltiples factores que afectan a cada grupo e incluyen la geografía, las formas de producción, las creencias y la historia. La política cultural de esta postura parte de la aceptación de la pluralidad, evita las clasificaciones jerarquizantes, todas las culturas tienen algo qué decir y deben ser escuchadas con respeto, promueve la comunicación entre culturas y el desarrollo de cada una de ellas según sus propias necesidades.
En México la política cultural ha sido sujeta a equívocos que provienen de su asociación con otras actividades, lo que ha impuesto visiones reduccionistas que acaban por distorsionar el concepto cultura y por lo tanto las acciones que la promueven, además de la dudosa y autoritaria visión nacionalista, la cultura fue durante mucho tiempo encasillada en el mismo rubro que la recreación y los deportes, provocando una reducción absurda que confinaba la cultura a elemento decorativo y actividades extra escolares, más recientemente se le unió con las artes, lo que es menos absurdo pero no menos simplista. Las artes son parte importante de la cultura pero no son la cultura ni puede producirse una política cultural desde una visión puramente estética, las políticas culturales deben surgir de acciones multidisciplinarias en las que algo tienen qué decir, además de los artistas, los sociólogos, filósofos, científicos, artesanos, políticos, religiosos, comunicadores, en suma, toda la comunidad insertada en el proceso de creación, circulación y consumo de significaciones.
Espero que sea suficiente esta introducción para bosquejar un marco que ubique el problema que representa el diseño de políticas culturales. En San Luis Potosí no existen muchos trabajos serios y metódicos que piensen a la cultura como objeto, si acaso algunos textos de historia del arte y otros que recogen manifestaciones de cultura popular, o ensayos sobre el movimiento político de 1961 y los de la última década, éstos pretenden el rescate de una dudosa potosinidad que no funciona como concepto explicativo sino como ideológico. Es un hecho que los historiadores potosinos son los que más han contribuido al conocimiento de la cultura local, si bien sus lecturas están matizadas por ideologías particulares que corresponden a su profesión, en el caso de los sacerdotes, o por sus alianzas de clase y sus compromisos con la institución académica y/o política, en el caso de los laicos.
En cuanto a políticas culturales concretas, éstas han estado a cargo de los clérigos durante la mayor parte de la historia de San Luis Potosí. En la segunda mitad del siglo veinte, algunos intelectuales y artistas han intentado participar en el diseño de una política cultural menos conservadora y clerical, para ello han desplegado una mayor actividad, pero ésta casi siempre se circunscribe a foros convocados por políticos, o por la comunidad artística que aspira a convertirse en un interlocutor audible ante las instancias de poder. Los textos que sobre política cultural se producen quedan dispersos en revistas marginales, suplementos y programas de campaña o de gobierno que se transforman en letra muerta. La política real de cultura depende de la preparación, buena fe y talento político de quien dirija las instituciones que se encargan de administrar los recursos destinados a promover la cultura. De esta manera parece que Néstor García Canclini tiene razón cuando afirma que "Para muchos, la política cultural es un tema que se discute sin rigor entre artistas y escritores, o que encubre con argumentos formales simples luchas de intereses por la distribución de fondos públicos y privados".
Ante este panorama parece necesario trazar algunas líneas de reflexión: la primera que tal vez debiéramos abandonar el término Cultura, con mayúscula, y substituirlo por el plural, toda vez que así evitaríamos la trampa de la soberbia y el privilegio de unas manifestaciones sobre otras. La segunda aceptar que la discusión por la cultura implica la discusión por una forma de vida, la apuesta por el diseño de maneras de convivir y organizarse. La construcción de esquemas generadores de sentido nos hace responsables de las consecuencias, así de la creciente comodidad de la vida moderna como de la destrucción irracional de sistemas ecológicos y del crecimiento, aparentemente irreversible, de la pobreza y la inseguridad.
Si entendemos por políticas culturales, regresando a García Canclini: "El conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las organizaciones civiles y los grupos comunitarios organizados, a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o transformación social", deberemos entonces analizar las acciones de cada uno de los actores contenidos en la definición y delinear cuáles serían las políticas más deseables frente a las condiciones reales de factibilidad presupuestal, administrativa y política.
El Estado. En San Luis Potosí ha sido éste el que, casi con exclusividad, se ocupa de promover y difundir la cultura a través de sus organismos en los tres niveles de gobierno. En el Federal, destaca el Instituto Potosino de Bellas Artes, hoy descentralizado, que fue durante muchos años el centro de la vida artística local, de ahí surgieron algunos artistas notables sobre todo en las áreas de artes plásticas y danza. En el nivel Estatal, el encargo de difundir la cultura lo cumple la Secretaría de Educación Pública que durante muchos años incluyó en su organigrama una dirección de cultura, que después se transformó en Consejo Estatal para la Cultura y las Artes y actualmente es el Instituto de Cultura, estos tres son los organismos que más han aportado en favor de la cultura, especialmente en lo relativo a las artes, a pesar de que puede imputársele la persistencia de algunos defectos. Primero, incapacidad para resolver los problemas de la burocracia revolucionaria. Segundo, desórdenes administrativos provocados por las modas sexenales. Tercero, concepciones magisteriales del arte y la cultura con toda su pobreza y desinformación. Cuarto, el desinterés del Estado y los políticos por el aspecto cultural, que se traduce un mínimo apoyo económico, siempre insuficiente, para las actividades de investigación y creación en el área del arte y la cultura, agravada esta escasez por el dispendio, la corrupción y el gasto innecesario en estímulos a un arte comercial y de elite que no requiere el apoyo oficial. Quinto, ineficacia para influir efectivamente en el discurso social y político de la mayoría, lo que transforma al Instituto en un organismo secundario y decorativo al que el Estado le da pocos recursos y menos atención e importancia. Sexto, los trabajadores del Instituto de Cultura son, muchos, improvisados, en el mejor de los casos artistas bien intencionados pero sin los conocimientos mínimos necesarios de sociología, antropología cultural, metodología y otras materias que orientarían la actividad de los involucrados hacia metas más lógicas y más comprometidas con el desarrollo social y el diseño de una comunidad menos injusta y autoritaria. Séptimo, la falta de una legislación adecuada, el sector cultura se sustenta en decretos administrativos que han dado vida, a lo largo de los años, a los diversos centros e instituciones que lo componen. En el nivel municipal los prejuicios, ignorancia, pobreza económica y otros factores son determinantes ya que casi nada hacen por el arte y la cultura, a no ser algunos balbuceos en los ayuntamientos más fuertes del Estado. Para finalizar debe mencionarse a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, institución descentralizada del Estado y que es la gran ausente en el campo del arte y la reflexión humanística, a pesar de que la Constitución Política le asigna la función de difusora de la cultura. Cuando de sus aulas debieran salir los estudios e investigaciones más rigurosas, los artistas mejor formados, las actividades de mayor nivel y calidad, apenas logra armar un concurso de canciones y dos o tres festivales; tal vez esto se deba a la ausencia de una escuela de humanidades y por lo tanto a la falta de reflexión filosófica, lingüística, estética, social y, también, a una Dirección de Difusión Cultural desconectada de la comunidad artística, sin recursos humanos ni económicos, y sin una definición clara de sus metas y procedimientos. La Universidad, hasta hoy, se muestra como una institución profundamente conservadora, más preocupada por la técnica que por la reflexión, más atenta a los títulos, grados académicos y toda la parafernalia propia de una institución de papel que a la discusión seria y la producción de discursos que alternen con otros de la comunidad para encontrar soluciones a los crónicos problemas de la pobreza y la marginación.
Las organizaciones civiles. En San Luis Potosí no existen organizaciones civiles autónomas que trabajen en favor de la cultura, a excepción de la Fundación Eduard Seller, financiada con capital extranjero. La iniciativa privada no favorece ni estimula el trabajo artístico y la reflexión cultural, sólo puede reconocerse de ella el mecenazgo tenaz y bien intencionado de don Luis Constanzo. Pero no se trata sólo de una ausencia sino de que los sectores dominantes han hecho lo posible por anquilosar, coartar y destruir las propuestas más vitales y enriquecedoras, proponiendo a cambio una concepción conservadora del arte, una visión que favorece la imposición de criterios con pretensión de verdad, académicos, que descalifican toda manifestación que no concuerde con sus esquemas totalizadores, una inclinación a lo muerto porque esto favorece el homenaje y el monumento. La iniciativa privada propone una política de substitución cultural que pretende implantar el modelo de mercado a lo televisa, influido por conceptos totalizadores que pretenden sostener el modelo de la modernidad, el ideal del mercado libre, el modo capitalista de producción de la riqueza, la iniciativa privada excluye o folcloriza a todas las manifestaciones culturales que no se apeguen al esquema desarrollista.
Los grupos comunitarios organizados. Todos los problemas enunciados hasta ahora influyen para que la actividad de la comuna artística y la de los aficionados al arte subsista casi de milagro, a través de revistas marginales, teatro callejero, foros, encuentros y talleres con el precario apoyo del Instituto de Cultura que no puede cargar a cuestas, él solo, con toda la responsabilidad de la promoción cultural en el Estado. La falta de espacios de calidad para la formación y capacitación artística provoca inconsistencia, indisciplina y falta de información que entorpecen el desarrollo del arte potosino. Finalmente es obvia la falta de educación artística de los lectores posibles, lo que produce una carencia de público en los actos culturales, el almacenamiento por meses o años de la obra literaria y la casi ausencia de segundas o terceras ediciones, además de un gusto estético, por parte de los aficionados, anclado en visiones vetustas sacadas de los ineficientes programas de educación primaria y secundaria. Muchos artistas y creadores sostienen frente al Estado una relación ambivalente de rebeldía y dependencia. Se encuentran divididos por pugnas y discusiones estériles que los enfrentan continuamente entre sí y los transforman en un grupo desorganizado, individualista, alejado del discurso cotidiano y popular, productores de una obra que pocos entienden, alejada de las aspiraciones y gustos reales de la mayoría. Así, los creadores de casi todas las disciplinas artísticas son pocos y desorganizados, vistos por el gran público como seres inútiles por cuanto su actividad no es productiva en el sentido económico, carecen de fuentes de trabajo dignas, de protección social y otras atenciones que sí son proporcionadas al trabajador productivo y al científico. Se debe reconocer, por otro lado, la emergencia de movimientos culturales y contraculturales, la creación de nuevas estructuras significativas que corren por fuera de las instituciones, al margen de los proyectos globalizadores. Lo folclórico y lo popular están sujetos a continuos cambios, a transformaciones que aspiran a romper el control autoritario y a generar distintas formas de relación y convivencia entre los individuos, para ello, se recurre a un proceso de simbolización que substrae del cine, la música, el mercado negro, los barrios, el narcotráfico, la televisión o la delincuencia, los signos con que construye un nuevo lenguaje.
En San Luis Potosí el conjunto de políticas culturales está dictado por distintos organismos, al interior de la administración pública y fuera de ella, muchas veces sin coordinación y sin un propósito definido para el desarrollo social, político o económico del Estado. Si pensamos, como lo afirma la ONU, que la política cultural no es asunto solamente del órgano específico de cultura sino que es una tarea intersectorial, entonces podrían pensarse los mecanismos para conjuntar los esfuerzos de la Secretaría de Educación Pública, la de Turismo, la de Desarrollo Social, así como la forma de involucrar a la Iniciativa Privada y a la Sociedad Civil, en la realización de proyectos que tomen en cuenta no sólo a la producción y difusión de objetos culturales, sino, también, a nuestra forma de organizarnos y convivir, es decir, que contribuyan a la construcción de una comunidad democrática, equitativa y sana. La cultura es una matriz de sentido, por ello su orientación y modificación está íntimamente ligada con nuestra forma de operar sobre la realidad, física y humana, en la que estamos inscritos. Sólo podremos alcanzar una organización social democrática, eficaz y eficiente si nuestros esquemas de interpretación, nuestra cultura, nos lo permite.
Frente a este panorama, las propuestas en el orden de las políticas culturales resultan riesgosas y aventuradas, en razón de que implican una multiplicidad de actores y circunstancias que tornan verdaderamente difícil el consenso y el acuerdo. Sin embargo, creo que existen cuatro grandes líneas organizadoras:
1. Los creadores. En este sentido sería útil discutir y en su caso delinear el perfil y el concepto del artista y su papel en la sociedad, re-evaluar la idea de que el artista es un sufridor profesional, marginado y muerto de hambre, incapaz de tomar decisiones serias y participar en el proceso de transformación social, y también la idea del compromiso que carga al artista con una responsabilidad de profeta o salvador, cuya misión crística lo lleva invariablemente al sacrificio, de esta manera evitar cualquiera de los dos peligros que acechan al artista: la marginación o el mesianismo. Tal vez deba buscarse la integración del artista a su comunidad como cualquier otro trabajador profesional, conseguir para ellos fuentes de trabajo dignas, seguridad social y un trato fiscal acorde con la naturaleza de su trabajo, centros de formación y capacitación de buen nivel, accesibles para cualquier persona sin que su condición socioeconómica se constituya en obstáculo.
2. Las obras. Toda política busca la preservación y difusión del patrimonio cultural. El problema es la definición de cuál o qué es el patrimonio y cuándo la tal preservación se vuelve parte de un discurso ideológico. La ONU sugiere redefinir la noción de patrimonio cultural. Para ayudarnos en esta reflexión tal vez sería útil recurrir a George Steiner: si la cultura es una metáfora compleja de la compleja realidad, la oposición entre metáfora muerta y metáfora viva puede ser orientadora en el sentido de preferir la segunda, es decir estimular preferentemente a la cultura viva, en este sentido, permitir que todos los discursos culturales que coexisten en el Estado se desarrollen en la medida de que resulten útiles para resolver los difíciles problemas de la convivencia, la tolerancia y la satisfacción de todos.
3. Los lectores. En este punto la disyuntiva se establece, para el promotor cultural, entre la necesidad de modificar al lector, estimularlo, motivarlo, educarlo, con lo que estaríamos peligrosamente cerca del discurso autoritario, o la necesidad de leer a los lectores, escucharlos, entenderlos, atenderlos. Aquí es donde la necesidad de investigaciones bien orientadas y multidisciplinarias se hace más patente, el problema de la recepción o las preferencias artísticas del publico debe huir del cliché y el lugar común, para ello, se requiere de una investigación seria, una serie de estudios sobre la cultura que sirvan para establecer hipótesis y orientar el trabajo de las instituciones de cultura.
4. Las instituciones: en este rubro es en el que más determinantemente se impone lo posible frente a lo deseable. Los recursos no son ilimitados, el Estado atiende otros encargos de vital importancia además de la difusión de la cultura. Por otro lado el modelo capitalista de libre mercado conspira contra una concepción humana y vital de la cultura. Por ello, a pesar del esfuerzo de los últimos años, los cambios en las instituciones son lentos, arrastran viejos lastres políticos, económicos y administrativos. Sin embargo, es posible proponer reformas, eficientar su capacidad administrativa y de gestoría, profesionalizar al promotor o trabajador de la cultura, y sobre todo pugnar para que cada vez sean más los individuos, las instituciones y los organismos que se involucren en la discusión por la cultura. El Estado no genera la cultura, antes bien es la cultura la que propone las condiciones para la existencia del Estado. Así, la responsabilidad del aparato de gobierno es el estímulo de las culturas que faciliten el desarrollo y favorezcan la construcción de una sociedad en donde la convivencia, la justicia y la democracia sean posibles. En San Luis Potosí, aparte de las políticas culturales establecidas que hasta hoy se han ocupado, casi con exclusividad, de las artes y el patrimonio cultural, se hace necesario plantear una línea de investigación y de conductas que vinculen la cultura con el desarrollo, que introduzcan la creatividad, característica fundamental del arte, en todos los sectores de la administración pública: economía, salud, educación, tecnología, turismo y política. Para ello se debe partir de una legislación adecuada. Hasta hoy, las instituciones encargadas de la difusión y promoción de la cultura se sustentan en un conjunto de decretos administrativos, dispersos, que promueven la duplicidad y que hacen imposible un diseño de administración coherente y eficaz. Se requiere dar su lugar a la cultura en el texto de la Constitución política del Estado Libre y Soberano de San Luis Potosí, generar las leyes reglamentarias pertinentes, modificar la Ley Orgánica de la Administración Pública, la del municipio libre y todas las que puedan contribuir a una propuesta de política cultural que propicie la democracia, la libertad y el mayor bienestar de todos los habitantes del Estado.
Para concluir debo confesar que no sé bien a bien cuáles serían las políticas más idóneas para la acción cultural, tal vez cada uno de nosotros tenga parte de la respuesta. Sin embargo, creo que una población culta, es decir, informada y creativa, siempre buscará y encontrará las formas idóneas para conducir su propio desarrollo, puedo señalar, además, las actitudes que han entorpecido la acción por la cultura: el autoritarismo, la ceguera del poder, la soberbia, la falta de rigor y disciplina, la ignorancia y el protagonismo.
ENTRE ARTE Y PODER, UN APUNTE PARA LA ÉTICA DEL ARTISTA.
Aventurarse a reflexionar sobre la actitud ética del artista frente al Estado es entrar en terreno entrampado, lleno de paradojas y contradicciones. Un análisis más o menos serio requiere de despejar algunas incógnitas: habría que llegar, primero, a un acuerdo en torno a lo ético, analizar las diferentes posturas que alrededor de la moral han surgido a lo largo de la historia, desde distintas perspectivas religiosas, filosóficas, sociales. Después tendremos que desmenuzar el concepto de arte, exponer las principales aportaciones de los estudiosos acerca de lo estético, definir el arte y esclarecer su función social y psicológica. Tendremos que poner bajo la lente al artista, penetrar sus rasgos, sus características, sus motivaciones, determinar si existe eso que llamamos artista como un ser especial que debe tener una conciencia especial frente a sí mismo, frente a la comunidad y frente al Estado. Finalmente, tendremos que delimitar nuestro concepto de Estado: ¿Entenderemos éste como el conjunto de relaciones de producción, como una forma de organización social?, o, ¿En su excepción más limitada, como una estructura de gobierno?. Intentar la empresa arriba mencionada excede los límites de este artículo.
La expresión de una tesis fundamentada que vincule al arte y la moral en la persona del artista, requiere de la construcción de un marco teórico extenso y sistemático, así como de la estipulación de un criterio metodológico de análisis. Por ello sólo bosquejo en adelante algunas ideas que pueden ser orientadoras para una investigación más amplia, sobre todo porque no quiero eludir la responsabilidad de emitir algunas opiniones particulares respecto al tema que nos ocupa, trataré de no caer en un maniqueísmo bipolar, ciego a los matices y tonalidades de la difícil relación entre virtud y poder.
De primera intención me parece un tanto artificial la separación del artista del resto de la comunidad y ofrecerle un tratamiento especial, elitista por necesidad. Siguiendo por esta línea sería necesaria la construcción de un código gremial en el que debiera definirse la actitud ética frente al Estado, de los panaderos, oficinistas, albañiles, tenderos, profesionistas. De alguna manera ya existe esta departamentalización cuando en los cursos universitarios se imparte una ética específica para distintas profesiones: médicos, abogados, ingenieros. Sin embargo, estas éticas particulares tienden más a normar la relación del profesional con su clientela, no a ubicarlo en una posición determinada frente al poder. Cabe preguntarse a esta altura: ¿Cuál es la razón para poner en el tapete la actitud ética del artista en particular?, ¿Es en realidad el artista una especie de oráculo de la historia cuya misión es profetizar?, ¿Cuál ha sido el peso específico del artista en los cambios y revoluciones sociales?, ¿Cuál es el papel del artista en el proceso social de la lucha de clases?, ¿Cómo debe asumir el artista su papel en la lucha de clases?, ¿Es posible vencer al Leviatán armado con un diccionario y un pincel?, ¿Existe una, rígida y única, moral de clase?, ¿La alianza de clase supone una manera de vestir o de cortarse el pelo?. Estas y otras preguntas me han asaltado durante el ejercicio de mi afición por la poesía y la práctica de mi escritura. Parto de dos observaciones básicas para bosquejar una posible respuesta a estas interrogantes.
La primera, que es evidente que nuestra organización social responde a determinantes históricas, el capitalismo neoliberal que nos engloba marca una etapa más en el período de contradicción dinámica en el que se encuentra el proceso social. El fracaso económico del socialismo obliga a una recomposición de las fuerzas en lucha, que aleja el tercer momento de la ley de los contrarios, ubicando el antagonismo de clase en algún lugar en el futuro. El Estado, es evidente también, ha revitalizado su alianza con la clase dominante para conservar y acrecentar su poder, su capacidad de dominación.
La segunda observación, referente al artista, es que éste nace inmerso en una cultura que le precede y le sobrevive, poseído por un lenguaje que le impone sus controles ideológicos, nace en el seno de una clase de la que extrae su cultura, su posición relativa en el conflicto social. Su obra, quiéralo o no, responde a intereses de clase y, sea del signo que sea, enriquecerá el conflicto y propiciará el desarrollo social al agudizar las contradicciones del proceso en el que vive. De derechas o de izquierdas, burgués o proletario, mientras más vehementemente defienda sus convicciones con más fuerza inducirá el cambio social aunque éste, lo más probable, no será en el sentido que sus anhelos personales imaginaron sino que estará condicionado por múltiples factores que, repito, están por encima de las motivaciones individuales.
Estas consideraciones tal vez lleven a pensar que reduzco el papel del hombre al de simple juguete de las fuerzas sociales, no es esa mi intención pues sería tanto como negar la relación dialéctica entre individuo y sociedad, quiero subrayar únicamente la diferencia entre lo deseable y lo posible.
La ética como disciplina cultural forma parte del conflicto, es ideológica y superestructural. Dos son las posiciones éticas fundamentales: aquella que considera el bien como estático e inmutable, sujeto a una norma rígida de aplicación universal; y la que considera el bien como múltiple, dependiente de las circunstancias histórico - sociales, como un elemento cultural e ideológico al servicio de los intereses contradictorios en el seno de la sociedad. Max Weber define estas dos posiciones fundamentales como ética de convicción la primera, ética de responsabilidad la segunda, ambas se dan en el político como momentos diferentes de su relación con el Estado y la comunidad.
De lo dicho hasta ahora pueden desprenderse algunas reflexiones, la primera que no considero necesaria la mitificación del intelectual, que éste es uno más en el conjunto de los actores sociales, tan importante como el panadero o el oficinista, lo único que lo distingue es su decisión personal de producir objetos que pueden llegar a ser artísticos o no, dependiendo de los procesos de significación de la sociedad y la cultura. La segunda una verdad de perogrullo, que todo hombre, no importa su actividad o profesión, ni siquiera la conciencia que de ello tenga, es un actor político, juega un papel inevitable en el interior del conflicto social, más vale que asuma conscientemente su papel político o correrá el riesgo de vivir enajenado, al servicio de intereses que ni conoce ni se imagina.
En cuanto al código ético, creo que no existe uno que no esté matizado con los intereses de las clases y los grupos en conflicto. Existen normas, tal vez, que tengan las características del imperativo categórico: el respeto al otro y a sí mismo, por ejemplo; la prohibición de destruir o dañar al otro, conscientemente por lo menos; la obligatoriedad de todo ser humano para combatir la enajenación, la ignorancia, el autoritarismo. Sin embargo son muchos, variados y contradictorios los caminos que conducen al bien común y sobre todo, es el conjunto de los seres humanos cualquiera que sea el signo ideológico que los guíe, el que en su práctica cotidiana, con el planteamiento y solución de conflictos personales, induce el cambio al agudizar las contradicciones del proceso social. El artista o los artistas, sostienen una relación con el Estado en la que ambos se transforman al contradecirse y negarse. Cuál es la norma moral que debe conducir esa relación, creo que depende de la alianza de clase, del grado de conciencia por parte del artista de la situación social en la que vive, de la cantidad y calidad de información que posea acerca de la dinámica social y la cultura. Sin embargo, hay algo que sí puede afirmarse y es que no se debe juzgar al artista con una rigidez decimonónica. Libertad, flexibilidad y espontaneidad son características inherentes al arte y al artista.