Universidad Abierta
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para fines no comerciales, agradecemos citar siempre la fuente.
Sherezade me ha enseñado a
creer que
la lógica humana engaña y
sumerge en un
mar de contradicciones.
Mis
ideas,
si
acaso existen, ladran; no explican nada,
estallan
IV
En el pasado se guardan los mitos del caos y del edén, su temperatura
es templada, en él transitan las historias fantásticas y los animales
prodigiosos. El aire del pasado se forma con pequeños prismas que destruyen la
luz, por eso cada vez que puede uno contemplarlo parece diferente y la relación
entre sus partes cambia, de tal forma, que el telar de sus historias se
deshace, se enmarañan los hilos de las que fueron con los de las que pudieron
ser. El pasado guarda el miedo en el abismo central que lo genera, Lovecraft lo
describe con pericia pero no lo nombra, sólo podemos intuir que se trata del
agujero negro de la pérdida.
Las palabras
construyen también los lunes y los sábados. Tejen con un hilo de signos las
mortajas, los lienzos con que se cubre la putrefacción y los desgarramientos.
La palabra es una caja que guarda en el fondo las incertidumbres y las dudas,
el origen de todas las mentiras.
Hoy es lunes a la hora en que los insectos salen a buscar manzanas: El
aire huele a brasas. Las sombras son rayas de un tigre que se mueve en
silencio. El reloj vomita segundos como lava y deja una marca de fuego en lo
que toca. La ciudad enmudece, se oye, sola, una voz de campana en la memoria,
el lamento de múltiples finales. Somos testigos del inevitable florecer de
ruinas, del llanto y el desgarro. Todos podemos escribir un libro que contenga
el desastre, enriquecer la historia con otro Apocalipsis. El fin de siglo se
puebla con bestias que libera el desencanto y nuestra condición de condenados a
la tumba. Traemos cuatro jinetes cabalgando en el vientre, un perro bicéfalo,
varias salamandras y tres buitres: Vamos por la calle con un reloj descompuesto
y los ojos cerrados para ver con claridad la pesadez de la catástrofe.
XIV
Río es la metáfora más certera
de la vida, fluye, arrastra las huellas de su paso a través del paisaje.
Aparece en los textos como hilo conductor de múltiples relatos. Contiene el
manantial, la represa y el despeñadero. El agua fue estudiada minuciosamente
por la hermenéutica china que se desprende del Tao Te King y del I Ching.
También Gastón Bachelard la estudia en su monumental obra sobre poética. Agua
es origen y destino, fuente de todo lo que vive. Río es un elemento del
paradigma agua. Es símbolo de lo que se mueve y cambia, verbo, inestabilidad:
tiempo. En la imagen dinámica del río tienen igual peso el cauce y el agua que
lo surca, ambos aspiran a fundirse el uno en otro hasta borrar la idea de vaso
y contenido. Después de mirar un rato la corriente no es posible saber si es el
agua la que graba los surcos en la tierra, o ésta es la que arrienda la carrera
impetuosa del líquido hacia el mar. Río es historia, larga cinta de sorpresas
del que dice Gorostiza: "Mas nada ocurre, no, sólo este sueño/
desorbitado/ que se mira a sí mismo en plena marcha." Algunas de las
revelaciones más importantes del saber se han dado a las márgenes de un río,
desde la purificación hasta el desastre, basta leer, para entenderlo, el poema
más viejo del Gaviero, o sentarse a la orilla de un arroyo manso para
contemplar el drama de la agonía de un tule amarillento, capturada por la luz
en una gota de agua.
El propósito de contar una
historia no es otro que ocupar el tiempo, sobre todo las tardes, cuando el
silencio inunda el patio y la oficina se queda sola, con apenas un poco de aire
que mueve las cortinas. El calor es una pasta amarilla que se adhiere a los
muros y a los escritorios. Las voces de la ciudad llegan hasta este lugar como
susurros, apagados y lentos. Algunos días todo se queda inmóvil, congelado por
la intensidad de un sol que se deja caer sobre las piedras. Entonces la memoria
produce imágenes, cuadros con los que forma una película, absurda y sin
sentido, donde las escenas se tejen al azar, desconectadas, sin un destino
cierto. Todas las tardes se construyen universos nuevos sobre la piel en ruinas
del desierto. En cada casa, jardín y calle desenlaza una historia que se agota.
La realidad se rompe bajo el peso del sol hasta quedar en costras, como los
vidrios de un caleidoscopio, sostenidos apenas por el beso del aire y el
llamado secular de las campanas.
Te describo la tarde a trozos
porque la veo romperse bajo el peso del sol, los pedazos caen sobre pisos y
azoteas, cubren los prados, las escaleras, el rastro de las horas que se
alejan. Yo camino por las calles del centro, recojo las esquirlas de la tarde
rota, el polvo que escurre por la boca de las gárgolas sedientas, y fabrico con
ellos dos o tres estampas y el hilo para maltejer recuerdos. A propósito de las
gárgolas, las hay, semiocultas por los cables de la luz y los aleros, que se
dedican a morder espejos, devoran trozos de la realidad, degluten imágenes que
acaban en el insaciable vientre del olvido.
No escribir; cuán largo es el
camino para lograrlo.
Cuántos esfuerzos para no
escribir, para que,
escribiendo, no escriba pese
a todo
No
escribir. Nada más. No escribir. Esa es la fórmula.
Las palabras son tales
mientras se las pronuncia.
Las palabras conservadas
están muertas y engendran
La pestilencia. Olvídame y te
seré devuelto.
“Palabras de Monelle”
I
Escribo un largo poema que no
es en realidad poema sino una conversación que salta y se retuerce, o corre
incontenible como un chorro de agua que dejó la lluvia. Es un poema en prosa
que sólo aspira a terminar en el silencio. Aquí caben las moscas, las
cucarachas, el sol sobre el mosaico, la palabra simple, un trozo de pan y una
manzana. No te digo cosas importantes porque tales cosas no existen, las crea
la vanidad y la ceguera. Existe sí, un diente de león que se desgarra, una
flor, la sombra de un tigre en la azotea, un libro y un despertador mudo en la
recámara. Nada es importante, si acaso, la luz que nace de una gota de rocío
que se evapora.
II
No se lo digas a nadie pero el
nombre de la rosa es un misterio, uno de los tantos enigmas del silencio. No
digas los secretos en voz alta porque las palabras no pueden sujetarse con
palabras, pierden con rapidez su origen y acaban a la deriva sin un destino
cierto, son espejos que desecha el poder para fabricar con ellos caleidoscopios
y fantasmas. Por eso te digo solamente un rayo de sol en el invierno, una
paloma herida, un árbol mustio, para guardar un mínimo recuerdo del desastre.
IV
Un poeta anónimo del siglo
XVIII dejó dicho, en el colofón de un libro que nunca dio a la imprenta:
"No me siento culpable por escribir con falta, una coma mal puesta o la
omisión de un acento no me importan. Mis instrumentos de escritura no son finos
para evitar la codicia del coleccionista o el bibliotecario. Mis libros están
hechos para oxidarse, para regresar a la ceniza" Con esto, tal vez, quiso
decir que la trascendencia es un engaño, que la muerte y el olvido son inevitables,
todo lleva a la orilla que bordea el abismo, la ruina y el desastre.
VI
IX
Construyo estos fragmentos
para tratar de darle un orden a las cosas, los hechos y las relaciones. Con
ellos pretendo organizar mi percepción y mi experiencia y, también, inventar el
tiempo, encontrar un sentido al acontecer, precisar las direcciones y destinos.
Escribo sobre todo para conversar, para mostrarme al otro y descubrirlo, ese
otro que me define y sin el cual soy un animal sin casa, una voz inaudible en
el vacío. Sin embargo, sé que las palabras mienten, enredan, son luz que
convierte la realidad en un baile de sombras. El lenguaje revela, descubre,
disuelve la grisalla, después, él mismo se transforma en velo y oculta el
universo de lo no nombrado, de lo que se reprime y olvida, de todo lo que vive
en el silencio. Redacto unas notas y las dirijo a ti, o a él, al eco que teje
una malla con las voces.
X
El poder repta entre
las sombras, la gramática determina la forma de anudar los signos y nos obliga
a construir redes en las que, irremediablemente, quedamos atrapados. Por esto
tengo a veces la tentación de construir absurdos, algo así como: los árboles se
peinan y dejan caer sus hojas viejas que buscan una tumba a sotavento; o
también, las tortugas escriben una lenta y larga carcajada sobre la página
amarilla del desierto. El poder es la trampa en que caemos todos y el discurso
la cadena que nos ata. Podemos, ocasionalmente, transformar el discurso en una
charla, una conversación, un intercambio de signos para inventar la eternidad y
después asesinarla.
Puedo
asegurarte que jamás escribiré un poema que me salve. Ninguno más allá del
ruido de los platos en la mesa, ninguno más musical que un canto de paloma solitaria
en la sequía, ninguno con más calor que la tibieza de una sábana limpia. Llevo
la marca inevitable de la muerte y, sin embargo, regreso, para perder el
tiempo, a la misma mesa del café todas las tardes. No escribiré pues un poema
que se vuelva mi sarcófago, mi carne, sin bálsamo, se perderá en la arena.
XVI
El viento levanta los papeles para vestir la llanura con un paisaje
absurdo. El agua corre dentro de su prisión de cobre. Las horas graban rostros
en los muros y las piedras. Las lagartijas y los perros se beben el sol en las
banquetas. Los discursos se rompen y bajo su piel se asoma una terrible
realidad: la del olvido. El texto mismo, que se despliega ante mis ojos,
empieza a sufrir los embates del tiempo que terminará por convertirlo en
partículas de polvo en las cornisas.
XVII
Cualquier
cosa que se diga acerca del silencio, cualquier interpretación o sentencia, no
lo aclara, lo destruye. Afirma la teoría que una palabra no es metáfora, que
ésta se construye con una frase o una expresión. Sin embargo, hay palabras que
por sí solas dan origen a una expresión metafórica por su enorme carga de
sentido. Así, silencio, es la fuente de todos los significados, la más
contundente de todas las metáforas.
XVIII
Trato
de rescatar palabras que la gente tira a la basura, las limpio, retiro con
cuidado las costras que las cubren, las pongo a orear, reúno un montón de
palabras que buscan una realidad para nombrarla. Sin embargo, al término de
cada singladura me descubro los bolsillos llenos de silencio y, en las tardes,
arrojo los silencios a la sala y el patio, a las calles, los jardines, las
panaderías y las antesalas.
XIX
De la palabra espejo huyo
insistente. Sin embargo, aparece de pronto en el centro de un texto, se
introduce subrepticia y sigilosa, dueña de una transparencia que le roba al
cristal y al azogue. El problema del vocablo espejo es que funciona como un
eficaz disparador de lugares comunes. Es un término esencialmente tramposo
porque construye una realidad inexistente; es el signo de lo imaginario, la
memoria y lo indecible. Aristóteles propone al espejo como símbolo de una
poética, por cuanto es capaz de recrear con precisión lo que la luz define. Sin
embargo, L. Carroll descubre la trampa al enseñarnos que el mundo reflejado
responde a leyes propias y distintos misterios. El espejo es hermano del poema,
oculta mucho más de lo que dice. Así, el espejo metido en la metáfora fractura
el universo, libera el terror. Por eso es frecuentemente utilizado por la
magia. Entero, juega con la luz para engañar a la realidad con ella misma;
roto, se transforma en caleidoscopio, en mandala, en la imagen misma del caos o
del desastre. Un espejo es fiel testigo de la marcha del tiempo y el abominable
encuentro con el doble. Si lo miras con fijeza sobrevendrá una sensación de
vértigo. Es también una puerta, un ojo, el espía, el borde que limita la
locura; el vórtice donde se mezcla lo real con lo ficticio. Se dice que las
horas más negras de la noche, el tigre y los demonios, nacen del espejo cuando
lo toca un rayo de luz que oculta un reflejo de Venus en sus pliegues.
XXIII
Tengo un poema pegado en la suela del zapato que no me
deja caminar a gusto, de pronto el pie se me queda pegado a las baldosas, como
si echara raíces, como si yo fuera una parte inmóvil de la ciudad en ruinas.
Por la noche desprendo el poema con una cuchilla, cuidadosamente para no añadir
otra marca, para no sumar un corte nuevo a las heridas que produjo la jornada,
lo deposito junto al reloj, la pluma y las monedas y al otro día lo vuelvo a
colocar en su lugar en el zapato. El poema me sirve como ancla, obliga una
marcha claudicante, es como una espina molesta que mi impide dormitar durante
las horas de vigilia. El poema, con el tiempo, ha recogido arena, cadáveres de
insectos, polvo, defecciones, pequeños unicornios, se ha convertido en un
pesado lastre que me balda.
En un cielo de plomo el sol
ya muerto
Y en nuestros desgarrados
corazones
¡El desierto, el desierto...
y el desierto!
I
Algún día escribiré
dos o tres cosas que me inspira el desierto, tan pronto como logre olvidar un
texto en el que vive un cuerpo desgarrado, un corazón negro, un poco de dolor y
la sal. Mientras tanto guardo un puñado de arena y tres espinas en la palma de
la mano para que no se me olviden la sed y el espejismo, para nombrar el oasis
que se oculta tras las dunas. Lo que puedo decirte por lo pronto es que, en el
desierto, la tarde crece como la sombra de un gato que se arquea.
III
ada uno de mis pasos se marca
en una página de arena. A veces me gusta desandar un poco del camino para darme
cuenta que tejí una red inextricable con mis huellas. Aquí no puedes distinguir
a los vivos de los muertos, todos son como rayos de sol que reverberan sobre la
dorada superficie del desierto. Vuelvo a las calles conocidas, a las viejas
iglesias, a los parques, pero nunca son los mismos. El viento escribe nuevos
mapas. Las fachadas reciben la luz que desvanece la sombra de los años. Sólo
una cosa permanece intacta, la arena que cede bajo la suela. El pavimento no
logra esconder las dunas ni los cardos rodantes, ni las ruinas que viven
adentro de los muros de las casas nuevas.
IV
La primavera muere de sed
mientras el desierto cambia la piel y deja escamas finísimas de polvo. No
llueve, sólo caen campanadas y oraciones por la tarde que acompañan el olor de
los cirios, del aceite que reposa en las sartenes, de la sangre oculta bajo un
manto de sombras. Esta ciudad es un gran reloj de arena que no tiene otro fin
más que marcar el tiempo con las grietas que parten los muros, las estatuas y
los rostros. Por eso me siento aquí todas las tardes, a diez pasos de la
catedral, para escuchar el silbo del viento entre las dunas y decir otra
oración que suena como una interminable letanía: las campanas son de arena, las
palomas son de arena, los palacios son de arena, las sillas son de arena, las
monedas son de arena, mis palabras son de arena y todos somos parte de la piel
que abandonará el desierto.
VII
Escribo con espinas, sobre las
pencas de un nopal sediento, para dar un breve testimonio del agua que se
agota, de las tunas, del exterminio cruel de los venados, de las ciudades que
se mueren transformadas en arena, de los muertos, de la víbora que espera
agazapada, del águila que se hunde lentamente, del ave que aguarda su carroña.
El desierto reposa tras las puertas para entrar a las casas de los ciegos que
sólo pueden ver lo que reflejan los espejos.
VIII
Los huicholes creen que la
cuna del sol es el desierto. Allá en Viricota, donde crece el peyote, nació el
astro. Primero se prendió la tierra, surgieron del suelo débiles llamas azules
que cubrió el viento con arena. Estallaron los granos de sílice como estrellas
diminutas, se fundieron y formaron una bola de fuego en la meseta. Así nació el
sol, se unieron el fuego, la tierra y el viento para crearlo. Después, un gran
venado lo lanzó hacia el cielo y ahí espera regresar a morir, en el desierto.
IX
Muchas veces fuimos vencidos
por la voz del desierto, su llamado nos hizo abandonar Tula, Ur, Jerusalén,
Uxmal, Alejandría. También dejamos atrás las márgenes del Nilo y el Ganges.
Nuestras casas quedaron vacías a la orilla de un lago, en el valle, en un
puerto. Nuestro destino está oculto tras un velo de arena. Las ciudades
enferman, acaban convertidas en ilusión o en cárcel, sólo sirven para guardar
el dolor y las tumbas; por eso las dejamos a que cumplan su destino de ruinas,
su misión de muerto a flor de tierra. No somos el pueblo elegido, si acaso, uno
a la deriva. No nos une la sangre, la raza o las creencias sino la sed, las
marcas del zarzal, las cicatrices, el silencio, una red de caminos que se
borran, el amago de la víbora y el viento.
X
Toda peregrinación en busca de
la tierra prometida termina en el desierto. No hay otro lugar donde el maná
florezca, no hay otro tan muerto que viva intensamente. El desierto es la cuna
del silencio, el aquilón, la tortuga y el fuego, en él habitan los nahuales.
Sólo en él se puede ver el verdadero esplendor de las ciudades, escuchar la voz
de los profetas, sentir el impulso vital que mueve al león a matar a sus
víctimas. En el desierto está el terrible misterio del espejo y el aleph perdido
entre la arena.
XI
Nací ayer, dos años después de
cumplir los cincuenta. Me vi en un espejo de agua en el desierto. El sol
evaporó el paisaje, sólo quedó una gota de lluvia y un grano de arena, para
guardar en ellos el silencio. Nací ayer, en el preciso instante en que moría.
Después, di el último sorbo a mi café y salí a caminar en las calles, a saludar
a dos o tres desconocidos, a rescatar unos cuantos trozos del verano, a sentir
en el rostro la salpicadura del agua.
XII
Bajo la fuente de la Plaza de
Armas hay un surtidor de arena, ahí nace el desierto. Lo descubrí una ocasión
en que la luna dibujaba espejos en el cielo. Aquí, en el centro de la ciudad,
las dunas inician un peregrinaje hacia sus tumbas, emprenden camino al
encuentro con su vocación de médanos, buscan el beso sincopado de las olas, la
lengua espumosa del mar, el sabor de la sal. Escuché el rumor de la marea,
aquí, donde los cardos se mueven con un jirón de viento y los edificios son
granos de sal en la clepsidra.
XIII
Los
hombres discuten sobre la conveniencia de atacar a los intrusos. El aire sopla
en la llanura. Las nubes anuncian la proximidad de la lluvia. El olor de los
caballos delata la marcha silenciosa de una caravana compuesta por tres
carruajes con aperos, dos mujeres, una docena de hispanos con armadura y tres
negros. Los más jóvenes exigen la marcha inmediata para sorprenderlos y cortar
sus cabelleras. Los más viejos y prudentes señalan el peligro, “... quienes se
acercan a los hombres de piel pálida pueden ser convertidos en esclavos y
acabar muertos en la profundidad de los túneles excavados en los cerros del
territorio de los zacatecos; o morir pocos días después del contacto,
atormentados por los más terribles dolores y con el cuerpo lleno de llagas.”
Los hombres hablaron hasta el atardecer, unos relataron las grandes calamidades
traídas por el extranjero: pueblos enteros desaparecidos, la muerte de los
niños atacados por la fiebre, la captura de muchos guerreros a los que les
cortan los dedos de las manos y después cuelgan de los árboles para que sus
cuerpos sean mecidos por el viento. Los jóvenes ganaron la discusión, todos se
desnudaron, se pintaron la cabeza de púrpura y emprendieron la marcha. Unas
horas después volvieron a reunirse junto al fuego, las manos y las piernas
ensangrentadas, ya no hablaron, con la mirada fija en las llamas, inmóviles,
los borró la noche. En el camino a Zacatecas los cuerpos de una docena de
españoles, dos mujeres y tres negros eran comidos por los animales carroñeros
del desierto. Hoy, ya no quedan guerreros en el llano, sólo se oye su voz
cuando el viento pasa entre las ramas de los huizaches. El venado se fue. Los
ríos están secos. La tierra perdió sus entrañas. Se rompieron los arcos y las
flechas. Los dioses regresaron a su morada eterna y ahí esperan a que florezcan
otra vez los tunales, a que broten los ríos ocultos en la arena. Sólo el
desierto permanece con sus secretos ocultos en la savia del nopal y del peyote,
en el filo de la roca, en el fuego, en el cascabel de una víbora invisible, en
la flor que se resiste a morir de sed en el erial.
XIV
Cuando la cerrazón cubre con
sus sombras el desierto no me queda más remedio que recurrir a la arena que
guardo en la despensa, al cascabel bajo la almohada, al peyote que sueña marejadas
en una caja de zapatos oculta en el ropero. Las nubes como barcos de guerra y
el presagio del agua espantan al venado, al coyote y a la liebre, a las brujas
que recorren los caminos con su falda de fuego. Un espejo se rompe, un velo
fugaz cubre la aridez del páramo y después, vuelve la sal, el silencio, la sed,
el sol que monda huesos con sus dientes. La lluvia, en el desierto, es efímera
y triste como el filo de una espada, como una marca de ceniza en cruz sobre la
frente, como el vino con el que se consagra el sacrificio.
XV
Algo me
arrastró desde siempre hacia el desierto, alguna fuerza inefable condujo mis
pasos a la arena, al sitio donde las víboras anidan y el canto de las palomas es monótono y triste.
El mar es una utopía, una imagen lejana más allá de la muerte, un destino que,
para mí, permanece inalcanzable a pesar de que mis pies se mojen con sus aguas
y sus olas me dejen marcas de espuma en los tobillos. Nací triste y con una sed
que no se sacia. El dolor me acompaña como un amigo fiel, como un perro que
vigila mis andanzas. Debo confesar que nada importante me ha ocurrido, nada que
me distinga del panadero, el albañil o
el oficinista, ni siquiera el dolor es tan intenso como el de una tragedia, el
mío es zonzo y pertinaz como una mosca encerrada en un frasco. Nada
sobresaliente puedo anotar en mis memorias excepto, tal vez, la paciencia y
lealtad de la mujer que conmigo envejece. Sin embargo, me gusta jugar con las
palabras, construir con ellas pequeños universos que pueda guardar después en
una caja de cerillas o dejarlos a la intemperie para que sean consumidos por el
tiempo y la ceniza.
XVI
Cuando escampa en el desierto
la luz fabrica espejos con arena, los escorpiones abandonan su guarida y por
unos momentos florece el paraíso en la memoria. Después, el recuerdo del agua
cae hasta el fondo del olvido y sólo queda la marca de la lluvia en el
cuaderno.
XVII
El desierto es una presencia
imaginaria que llama a tu puerta con un aldabón de arena. Si le abres invadirá
la sala, el comedor, la escalera, la despensa. Su voz es un canto de sirena y
el rumor del silencio. El desierto es una imagen que inventamos, como el mar y
el paraíso. A veces, desde tu alcoba, podrás ver de frente a la llanura, oler
la sal, sentir el golpe del aire contra el rostro; podrás, también, seguir la
trayectoria de un barco a la deriva que se desliza entre las dunas o el camino
que trazan las serpientes. A pesar de todo, no es posible desentrañar el
misterio de las navegaciones ni el lugar exacto donde aguardan las tumbas.
XVIII
Puedes caminar durante quinientos años en el desierto hasta encontrar la
forma de convertir un atardecer en amuleto, puedes andar los caminos de arena
para descubrir los espejismos ocultos bajo las piedras, entre las raíces de un
peyote que dormita, sobre las crestas del viento enfurecido, en el destello de
un rayo que presagia tormenta. Puedes recorrer todos los caminos y siempre
contarás con la presencia del polvo. El polvo cubre las dunas y la piel, la
superficie de las hojas sedientas del huizache, el pretil de las ventanas;
opaca la luz de los espejos y el rostro de la luna; está, como Dios, en todas
partes. Por esto es inevitable contar la historia del polvo, detectar sus
características y develar sus mitos, descubrir su naturaleza y su destino.
El polvo es un ente y una
idea, es al mismo tiempo cosa y representación de la cosa, es el origen de todo
el universo, anterior al fuego y al agua, es, como afirma Reyes: lo más viejo
del mundo. El polvo pinta, construye los paisajes, se deposita rojo sobre la
dorada superficie del desierto, mancha de ocre las paredes, estampa mariposas
grises en el horizonte, hace volar papalotes que son una mácula en el cielo. El
caos no es otra cosa que polvo en libertad para formar estrellas o diluvios, o
interminables planicies de vacío, es la masa con que se construye la forma y
ésta no es más que un recipiente para guardar el polvo que es, simultáneamente,
vaso y contenido. Dice también Alfonso Reyes en su breve pero erudito tratado
sobre el polvo que el desierto, cansado de la injuria de las ciudades y cansado
de esperar por siglos de los siglos, se decidió a envolverlo todo con un manto
de arena. Las cosas se transforman, sin sentirlo, en clepsidras que siembran
infinitas dunas en el tiempo, y al final sólo las dunas permanecen. El desierto
tiene una sola finalidad, un destino fatal, el de pintar el terrible rostro del
infinito con el polvo. Nuevamente Reyes: en el polvo se nace, en él se muere.
Es el alfa y el omega. Es necesario descubrir sus misterios, su ser y su
esencia. Sabemos, desde luego, que el polvo es una máscara, una sobrepiel que
oculta los sentidos y las significaciones, el sitio de la contradicción y de la
lucha: La venganza del polvo, es algo que puede leerse como los asientos del
café, que sólo son otro disfraz del polvo. Sabemos también que los primeros
lectores del polvo fueron considerados habitantes de la locura, después
vinieron las pitonisas, los magos, los sacerdotes, los poetas, los filósofos.
Los desiertos muestran cicatrices, grietas de sangre, restos de la noche,
abalorios. Su voz es la que nace del caos, de la serpiente, del antiguo
lenguaje de la arena. Si cometes la imprudencia de internarte a ciegas en el
paisaje móvil del desierto acabarás perdido en un camino que se borra, con un
recuerdo del mar grabado en una piedra, una zarza en llamas y una salamandra
provocando incendios en el cielo.
La escritura construye
La ciudad.
La geografía subterránea de
las ciudades
impondría maneras más
susceptibles aún
de incendiar la mirada
Llovió un
poco de soledad entrando agosto. La tarde atravesó la Plaza de Armas,
titubeante, como perdida en una ciudad extraña, se fue zigzagueando por la
calle de Madero y se perdió entre los caminantes de la plaza de El Carmen. La
sombra que dejó a su paso me hizo recordar las ciudades oscuras, las que medran
bajo tierra. En varias ocasiones he querido contarte los rumores que corren
acerca de ciudades subterráneas, pero me pierdo en un sinfín de pequeñeces y
acabo por decirte los rayos del sol, la piel del agua, el polvo que cabalga en
el lomo del aire. Te puedo adelantar lo que afirma la leyenda: las almas de
algunos muertos edifican ciudades bajo tierra. En el panteón hay tumbas que son
en realidad las rutas de acceso hacia un dédalo de calles y edificios ocultos
que guardan la memoria. Existe, por ejemplo, una ciudad construida con
metáforas, entrar ahí produce vértigo porque nada es lo que aparenta, ni las
puertas ni los surtidores ni las panaderías. Todo es una imagen, la máscara de
otra máscara, en ella son inútiles los mapas y las brújulas. Una ventana es un
reloj que marca las horas con el limo que guarda en la cornisa, una cama es la
guarida del tigre, una escalera es un río o una ausencia o un mirador destinado
a los ciegos. Cuando entras a esa ciudad no sabes si caminas, vuelas, te
arrastras, duermes, todo lo que ocurre es un reflejo, un poco de luz en el
azogue, un deslizamiento continuo sobre espejos. Por eso no te digo lo que
alberga el silencio y prefiero estar aquí, en esta vieja casa donde espero el
regreso de la tarde que se perdió entre sombras en la plaza de El Carmen.
Hace días
que no leo para ti, en voz alta, el rumor de las ciudades, porque temo que mi
voz se vuelva eco, una ruina más en el derrumbe. Sin embargo, te digo lo que ya
seguramente sabes, para efectuar un sencillo ejercicio de memoria. La ciudad
echa raíces, teje urdimbres bajo tierra para dar lugar a otras ciudades donde
también se triza la basura y los insectos zumban alrededor de las candelas,
donde las tuberías guardan una señal del agua que se bebió el verano y se oyen
los pasos bajo un sol que no logra ocultar la noche, bajo una luz que sólo hace
más terrible la ceguera.
El hombre
pagó al dependiente y se alejó con su viejo semáforo a cuestas. Quería
reconstruir una ciudad y para ello empezó a reunir los objetos que le
parecieron claves para rehacer la atmósfera que conservaba en la memoria.
Pensaba frecuentemente, con nostalgia, en las calles húmedas, el rumor del río,
el olor a limones que provenía de las huertas, el silencio roto con el tañer de
las campanas. Entonces escogió un terreno y le trazó las plazas, las avenidas,
los mercados, señaló el lugar de los muros e inició la tarea. Con el tiempo el
sitio desierto se pobló de fachadas, de paredes con resistentes puertas de
madera, ventanas con herrería, balcones, alféizares y gárgolas. Colocó también
varias fuentes de cantera, dos o tres campanarios y sembró una huerta con
limones, naranjos y guayabos. La ciudad de la memoria creció, se materializaron
los atrios y los escondrijos. El hombre añadió los objetos que pudo conseguir
en tiraderos y tiendas de antigüedades: una sinfonola, una mesa de caoba, un
juego vienés de sala, muchos arcones, bolitas de naftalina, dos viejos anuncios
de Spur Cola y un cartel desleído de Marta Roth inexpresiva. Sin embargo,
faltaba un elemento imprecisable porque, a pesar de todos los objetos y
simulacros, la ciudad no lograba ese tono vital que da la lluvia y el vuelo de
las moscas y el olor del aceite quemado en las cocinas. La ciudad era
silenciosa, no podía reproducir los ecos a pesar de los radios y los acetatos
que hacía sonar el hombre por las tardes. El constructor recorrió todos los
rincones, agitó las campanas, hizo chirriar las puertas. El silencio persistía.
Finalmente abandonó la empresa hasta que, un día, pensó: “Esta ciudad no vive
porque le faltan sus muertos.” Así que cavó una tumba, se introdujo en ella y,
por medio de un mecanismo previamente diseñado, se cubrió con tierra. Esa tarde
silbó el viento al tocar el adobe y las cornisas, hizo que sonaran las campanas
y esparció el aroma de los limoneros por todo el valle. Después la ciudad quedó
en ruinas, los objetos tan afanosamente reunidos fueron cubiertos con la arena.
Hoy sólo es reconocible el olor de los frutos maduros de las huertas y el
murmullo de un río que ya no existe.
VIII
Es probable que las ciudades
subterráneas no despierten interés en la gente que vive en la corteza, debido a
que imaginan los olores y las cloacas. Lo cierto es que en el submundo también
existen ciudades luminosas, valles donde crecen bosques de setas gigantes y
corren arroyos cristalinos, si bien es necesario, para llegar a ellos, salvar
muchos obstáculos tales como el fuego y los temblores, insectos repugnantes y
voraces, algunos depredadores que acostumbran sorprender a sus víctimas
mientras sueñan, pantanos putrefactos que se forman a partir de cadáveres y
desperdicios. Los escasos viajeros que han regresado del peligroso viaje
sostienen la existencia de una comunidad de seres que juegan con manzanas y
reproducen con ellas el movimiento de los cuerpos celestes haciéndolas flotar
en el vacío de sus cavernas. Los miembros de esta comunidad son capaces de
realizar cosas sorprendentes como invertir la dirección del agua en las
cascadas, caminar sobre lava sin quemarse, Sin embargo, lo que más les gusta es
contemplar el botón de una flor cuando se abre y el ruido que producen las
cucharas en la mesa.