Universidad Abierta

 


IMPORTANTE: Se autoriza la reproducción de éste texto para fines no comerciales, agradecemos citar siempre la fuente.

 

 

 

BREVEDADES

Norberto de la Torre

 

 

 

Tiempo es una metáfora que duele

 

 

 

 

 

Sherezade me ha enseñado a creer que

la lógica humana engaña y sumerge en un

mar de contradicciones.

 

Naguib Mahfuz

 

 

Mis ideas,

si acaso existen, ladran; no explican nada,

estallan

 

E. M. Ciorán

 

 

 
I
Algo resbala en la torre que guarda las campanas, una mancha de orín, una grieta que busca los cimientos, es el tiempo que forma sus capullos alrededor de las ruinas. Sobre el tiempo reflexionan los practicantes de diversas ramas del saber humano: filósofos, médicos, físicos, lingüistas, químicos, historiadores, literatos, agrónomos. Se trata de una categoría imprescindible para entender el funcionamiento de la cosa y el ser, de sus complejas relaciones y la dinámica que determina sus cambios. Por esto se dedican extensos y minuciosos tratados para dilucidar la naturaleza del tiempo, su incidencia en el desarrollo de los fenómenos físicos, los cauces y saltos que efectúa durante la narración que construye la cultura. A pesar de todo podemos afirmar que, si el tiempo es una categoría, forma parte de maya, cualquier cosa que se afirme sobre él es cierta si se apega a las leyes de la razón dominante, pero también es falsa si se observa desde un ángulo inusual de la conciencia. Como quiera que sea, el tiempo es un asunto serio que se presta muy bien para pasar la tarde sumido en reflexiones, mientras el árbol se deshace de sus hojas amarillas.

 

II
El tiempo es una cualidad de la memoria, de la misma substancia que los unicornios y los centauros. Las estructuras neurales cumplen múltiples funciones desde los organismos simples hasta llegar al punto, en los cerebros más complejos, de capturar señales para convertirlas en signos y éstos en símbolos y éstos en discurso. Resulta una obviedad decir que la cosa en sí es inaprehensible, sólo se puede aspirar a tener una representación de la realidad que se ofrezca útil en el manejo del dolor y el placer. Así la metáfora es una llave imprescindible en el paso de la biosfera hacia la noósfera. El Leviatán y el Pegaso, Prometeo y la tortuga, la sirena y el tiempo, el lugar y la utopía, son productos de la actividad nerviosa que tienen la finalidad de funcionar como representaciones, mecanismos de subjetivación, como ariete en la destrucción de la historia para reconstruirla. Cada metáfora obedece a las regulaciones de su estructura interna, a sus leyes y determinantes, pero puede desde luego, violar todos los principios que la forman, volverse metáfora de ella misma y arrojar una cortina de humo sobre la lente que la observa.
 
III
Existen varios términos que pretenden explicar el tiempo: eternidad, hora, pasado, presente, futuro, segundo, instante. Sin embargo, cada uno es una metáfora por sí mismo, si queremos constatarlo habrá que consultar a muchísimos autores, pero tal vez sea más eficiente observar un reloj hasta que muera. Como ya dijimos, el tiempo es de la misma naturaleza que el ave Roc y Polifemo, podemos suponer que se guardó en la caja de Pandora, o que es el hilo que devanan las sombras con los dedos, o el agua silenciosa que corre por el cauce del Leteo.

 

IV

En el pasado se guardan los mitos del caos y del edén, su temperatura es templada, en él transitan las historias fantásticas y los animales prodigiosos. El aire del pasado se forma con pequeños prismas que destruyen la luz, por eso cada vez que puede uno contemplarlo parece diferente y la relación entre sus partes cambia, de tal forma, que el telar de sus historias se deshace, se enmarañan los hilos de las que fueron con los de las que pudieron ser. El pasado guarda el miedo en el abismo central que lo genera, Lovecraft lo describe con pericia pero no lo nombra, sólo podemos intuir que se trata del agujero negro de la pérdida.

 

V
El presente es como un velo que lo oculta todo, las relaciones entre sus partes son en  extremo complejas, también es móvil y le gusta oponer espejos contra espejos. En él se guarda la piedra de Sísifo, una espada que cuelga de cada cabeza y un sin número de trampas para cazar incautos. Presente es la metáfora más útil porque la tenemos a mano, es como el lugar en que estamos parados, como el amnios que debemos rasgar, la cadena que debemos romper para evadir el cruel picotazo de las águilas. Aquí el asunto crucial es el ruido que anuncia la llegada del carretón ligero de la muerte.
 
VI
El futuro es de hielo y lo empaña un vapor perenne. Contiene, entre otros mitos, el del diluvio y la utopía. En el futuro el sol es un fuego disperso que lo arrasa todo, ahí sólo se distingue el cuerpo encorvado de Caronte y las inevitables leyes del desastre.
 
VII
El tiempo es una sensación que produce el movimiento o la función que cumplen los verbos en la frase. El tiempo es un fantasma invisible y una metáfora que dota de sentido a las percepciones y a los discursos. En general creemos en la continuidad y suponemos nexos indisolubles entre el pasado, el presente y el futuro, pero la verdad es que son tres cosas que se regulan por leyes diferentes, de acuerdo con ciertos contenidos entre los que pueden incluirse los titanes, el tigre y las Erinias.
 
VIII
G. Bachelard escribe un profuso tratado del instante, el momento suspendido entre dos nadas, ahí se afirma que la única forma de romper la eternidad es el momento, esa punta que rasga la pesadez de lo inmovible.
 
IX
Los domingos se construyen con sabor de aceite, un rumor de llantas en la esquina, el monótono canto de una paloma, la soledad arrastrándose en las calles, una grieta que corre lentamente por el muro y un jardín sediento. Los domingos están hechos de palabras igual que los meses y los años. La historia cubre las ruinas y los esqueletos para ocultar lo que tienen de nada, de silencio, de puro devenir inexorable y sin sentido. Domingo es el primer día de la semana, el que anuncia la presencia de las tumbas, es principio y final de un nuevo círculo, el que cierra un eslabón más de la cadena, el que confirma la presencia indestructible del silencio.
 
X

Las palabras construyen también los lunes y los sábados. Tejen con un hilo de signos las mortajas, los lienzos con que se cubre la putrefacción y los desgarramientos. La palabra es una caja que guarda en el fondo las incertidumbres y las dudas, el origen de todas las mentiras.

 
XI
Tres términos guardan una relación intensa con el tiempo: placer, dolor y poder, juntos establecen una dialéctica que produce todos los discursos, todas las historias, los tres son capaces de imponer su marca sobre el tiempo, distorsionarlo, alargarlo, condensarlo, disolverlo, ellos son los principales generadores del instante y de su magia. El tiempo es nada, vuelo de una luz entre el follaje, una gota de agua en la montaña, el eje que sostiene la ficción, las posibilidades de la tinta sobre la hoja en blanco, la inevitabilidad de la tierra y la ceniza. El tiempo es finalmente una metáfora que duele, tanto, como ver el nacimiento de las sombras.
 
XII
Las manecillas de todos los relojes son en realidad espadas que cortan, incansables, la cabeza de cada minuto y cada hora. Heráclito se mira en el río. Cada sábado el mar se transforma en un incendio y una gran serpiente dibuja, a coletazos, cicatrices de sal sobre la arena. Si recorres el domingo las calles de la ciudad silente, podrás ver las ruinas, las que se muestran descarnadas e impúdicas y también las que se ocultan bajo la efímera apariencia de los edificios nuevos.

 

XIII

Hoy es lunes a la hora en que los insectos salen a buscar manzanas: El aire huele a brasas. Las sombras son rayas de un tigre que se mueve en silencio. El reloj vomita segundos como lava y deja una marca de fuego en lo que toca. La ciudad enmudece, se oye, sola, una voz de campana en la memoria, el lamento de múltiples finales. Somos testigos del inevitable florecer de ruinas, del llanto y el desgarro. Todos podemos escribir un libro que contenga el desastre, enriquecer la historia con otro Apocalipsis. El fin de siglo se puebla con bestias que libera el desencanto y nuestra condición de condenados a la tumba. Traemos cuatro jinetes cabalgando en el vientre, un perro bicéfalo, varias salamandras y tres buitres: Vamos por la calle con un reloj descompuesto y los ojos cerrados para ver con claridad la pesadez de la catástrofe.

 

XIV

Río es la metáfora más certera de la vida, fluye, arrastra las huellas de su paso a través del paisaje. Aparece en los textos como hilo conductor de múltiples relatos. Contiene el manantial, la represa y el despeñadero. El agua fue estudiada minuciosamente por la hermenéutica china que se desprende del Tao Te King y del I Ching. También Gastón Bachelard la estudia en su monumental obra sobre poética. Agua es origen y destino, fuente de todo lo que vive. Río es un elemento del paradigma agua. Es símbolo de lo que se mueve y cambia, verbo, inestabilidad: tiempo. En la imagen dinámica del río tienen igual peso el cauce y el agua que lo surca, ambos aspiran a fundirse el uno en otro hasta borrar la idea de vaso y contenido. Después de mirar un rato la corriente no es posible saber si es el agua la que graba los surcos en la tierra, o ésta es la que arrienda la carrera impetuosa del líquido hacia el mar. Río es historia, larga cinta de sorpresas del que dice Gorostiza: "Mas nada ocurre, no, sólo este sueño/ desorbitado/ que se mira a sí mismo en plena marcha." Algunas de las revelaciones más importantes del saber se han dado a las márgenes de un río, desde la purificación hasta el desastre, basta leer, para entenderlo, el poema más viejo del Gaviero, o sentarse a la orilla de un arroyo manso para contemplar el drama de la agonía de un tule amarillento, capturada por la luz en una gota de agua.

 
XV

El propósito de contar una historia no es otro que ocupar el tiempo, sobre todo las tardes, cuando el silencio inunda el patio y la oficina se queda sola, con apenas un poco de aire que mueve las cortinas. El calor es una pasta amarilla que se adhiere a los muros y a los escritorios. Las voces de la ciudad llegan hasta este lugar como susurros, apagados y lentos. Algunos días todo se queda inmóvil, congelado por la intensidad de un sol que se deja caer sobre las piedras. Entonces la memoria produce imágenes, cuadros con los que forma una película, absurda y sin sentido, donde las escenas se tejen al azar, desconectadas, sin un destino cierto. Todas las tardes se construyen universos nuevos sobre la piel en ruinas del desierto. En cada casa, jardín y calle desenlaza una historia que se agota. La realidad se rompe bajo el peso del sol hasta quedar en costras, como los vidrios de un caleidoscopio, sostenidos apenas por el beso del aire y el llamado secular de las campanas.

 
XVI
Es inusual que las tardes inicien cuando despunta el alba, pero sucede algunas veces cuando el sol decide dar marcha atrás en su camino. Este fenómeno se reporta en leyendas y en los reportes de historiadores expertos en las viejas culturas, anteriores a la invención de la escritura. Puede pensarse que se trata de un mito, representado por Faetón inexperto dando tumbos en el cielo, en un carro sin control jalado por caballos desbocados. Si te fijas bien, durante los años siguientes al bisiesto, en el verano, dos o tres días amanecen con el color del ocaso y un viento vesperal, precursor de las sombras, vela los ojos que despiertan. Una explicación para esto, obsequiada por los chamanes del desierto, es que la luna, a veces, transformada en espejo, induce una locura momentánea que nos hace percibir la realidad como una imagen. Yo no sé cuanta razón exista en todo esto, pero puedo decir porque me consta, que esta mañana salieron las falenas a revolotear en torno a los faroles apagados; eran apenas las ocho, antes meridiano, y el silencio crecía sobre la arena, mi sombra se lanzó como una flecha hacia el oriente.
 
XVII
Los rayos del mismo sol que calentó los muros de Éfeso y las playas de Samos hoy recorren las arenas del desierto, entran en esta ciudad transformados en río que abrasa los cristales, las piedras, los relojes; descubren la ceniza que se oculta en las cosas. Todas las tardes veo las gotas de la luz en la clepsidra y escucho el rumor del río, en el que no podré bañarme, pero llevará mi cuerpo, convertido en despojo, hacia su tumba.

 

XVIII

Te describo la tarde a trozos porque la veo romperse bajo el peso del sol, los pedazos caen sobre pisos y azoteas, cubren los prados, las escaleras, el rastro de las horas que se alejan. Yo camino por las calles del centro, recojo las esquirlas de la tarde rota, el polvo que escurre por la boca de las gárgolas sedientas, y fabrico con ellos dos o tres estampas y el hilo para maltejer recuerdos. A propósito de las gárgolas, las hay, semiocultas por los cables de la luz y los aleros, que se dedican a morder espejos, devoran trozos de la realidad, degluten imágenes que acaban en el insaciable vientre del olvido.

 

 

Elementos para un poema

 

 

No escribir; cuán largo es el camino para lograrlo.

Cuántos esfuerzos para no escribir, para que,

escribiendo, no escriba pese a todo

 

Maurice Blanchot

 

No escribir. Nada más. No escribir. Esa es la fórmula.

 

Josefina Vicens

 

 

Las palabras son tales mientras se las pronuncia.

Las palabras conservadas están muertas y engendran

La pestilencia. Olvídame y te seré devuelto.

“Palabras de Monelle”

 

Marcel Schwob

 

 

I

Escribo un largo poema que no es en realidad poema sino una conversación que salta y se retuerce, o corre incontenible como un chorro de agua que dejó la lluvia. Es un poema en prosa que sólo aspira a terminar en el silencio. Aquí caben las moscas, las cucarachas, el sol sobre el mosaico, la palabra simple, un trozo de pan y una manzana. No te digo cosas importantes porque tales cosas no existen, las crea la vanidad y la ceguera. Existe sí, un diente de león que se desgarra, una flor, la sombra de un tigre en la azotea, un libro y un despertador mudo en la recámara. Nada es importante, si acaso, la luz que nace de una gota de rocío que se evapora.

 

II

No se lo digas a nadie pero el nombre de la rosa es un misterio, uno de los tantos enigmas del silencio. No digas los secretos en voz alta porque las palabras no pueden sujetarse con palabras, pierden con rapidez su origen y acaban a la deriva sin un destino cierto, son espejos que desecha el poder para fabricar con ellos caleidoscopios y fantasmas. Por eso te digo solamente un rayo de sol en el invierno, una paloma herida, un árbol mustio, para guardar un mínimo recuerdo del desastre.

 

III
Una paloma apoya sus alas en el aire inquieto del verano naciente. Una pluma se mece frente al vano de la puerta. Los rayos del sol transforman el mantel en un desierto de arena blanca donde las moscas cumplen su ritual de peregrinas en busca del maná y el basurero prometido. Cómo escribir con estos elementos. La paloma sedienta se posa en el pretil de una fuente seca. El mantel se vuelve azúcar y leche derramada. Las moscas merodean entre restos de comida y platos sucios. Una guitarra suena a mis espaldas y no acaba de encontrar su tono. A pesar de todo, se puede escribir un poema con el calor que una mujer abandonó en la cama, un vaso vacío, los círculos que trazan los insectos alrededor de un farol en llamas, la víbora que se presiente entre las piedras, el barro, la nube, el sabor de la sal, o una bolsa de plástico que substituye a los cardos en las calles de una ciudad tendida sobre arena.

 

IV

Un poeta anónimo del siglo XVIII dejó dicho, en el colofón de un libro que nunca dio a la imprenta: "No me siento culpable por escribir con falta, una coma mal puesta o la omisión de un acento no me importan. Mis instrumentos de escritura no son finos para evitar la codicia del coleccionista o el bibliotecario. Mis libros están hechos para oxidarse, para regresar a la ceniza" Con esto, tal vez, quiso decir que la trascendencia es un engaño, que la muerte y el olvido son inevitables, todo lleva a la orilla que bordea el abismo, la ruina y el desastre.

 
V
El poema es como el corazón del lenguaje, late para llenar sus venas de sentido. El ritmo es muy importante pero puede extraerse de la lluvia y el río, de los pasos sin rumbo, de la lenta pesadez de los segundos, de los rizos que dibuja el aire sobre el polvo. El ritmo puede inducir el sueño o la locura.  Sin embargo, ningún poeta puede acceder a la poesía. Por eso afirmo que no escribo, la escritura me nombra. El poema me escribe. El poeta no existe, es el poema el que se deja encontrar por el sujeto. Hay poemas ocultos en el jardín, en la despensa, en el aroma que desprenden las cocinas y las panaderías, en las patas de una abeja moribunda, en el orín que marca las paredes, en la nostalgia del agua, en la acidez de los membrillos y el inolvidable olor de la creolina. Hay un poema oculto que nadie puede encontrar, sólo tú, si tienes la paciencia.
 

VI

Una oración se dice, Señor, con la mirada puesta en el vacío, en el punto donde nace el miedo. El hombre intuye el poder de la palabra, su doble rostro, su papel de fundación y apocalipsis, su capacidad alquímica. Por eso la historia es una gran plegaria, un ruego que aspira a detener el tiempo pendular de la guadaña. Un solitario recurre a la oración cuando encuentra el vórtice de un caleidoscopio, cuando bordea el río negro del olvido, cuando se le rompen adentro los sentidos y escucha un coro implacable desde atrás de la máscara. La oración nació el mismo día que se inventaron los espejos, como un conjuro, una fórmula para imponer un orden, para evadir el caos. Los rezos se pueden clasificar por la utilidad que brindan, en los que atemperan un estado de tensión extraordinario y los que sólo acompañan un ritual que se repite. El hombre reza para sacarse la espina dolorosa de la muerte, para hablar con Dios como si fuera una presencia íntima, así, la oración surge de la invalidez o la soberbia. Existen estudios sobre el papel de la oración en la conducta ritual, durante las ceremonias iniciáticas, de fertilidad, de expiación o funerales. Se cree por ejemplo, que pronunciar una determinada combinación de voces puede ser útil para ganar una batalla o atraer el amor de una mujer renuente. También se reza para influir en el proceso de transmutación de la materia o para invocar al diablo. De aquí se desprende que la oración está ligada al poder de forma ineludible. El hombre asume la palabra como una fuente de dominio y la utiliza para colocar una rienda a lo indomable, para convertir a Dios en su instrumento. Así, una plegaria pretende involucrar a las fuerzas de lo oculto; contrarrestar la enfermedad y la muerte. La oración busca alianza con lo desconocido y lo temible. En los reportes sobre el origen de todas las culturas se observa una intención por descubrir el verdadero nombre de la cosa o el ser, el que determina su esencia y su forma, para de este modo controlarla, esclavizarla, dirigirla. El canto, la oración o el poema son realmente tecnologías del poder que corren muy cerca de la desesperación, aspiran a vencer lo inevitable: la muerte. El rezo es un escudo contra la espada flamígera, surge de la impotencia y de la culpa en el momento en que se cruza la puerta del Edén. El poema y el canto son manifestaciones del poder y la soberbia, sólo un vanidoso pretende tocar la inmortalidad con la palabra o, por lo menos, convertir a la divinidad en cómplice. El rezo es una forma sutil de la demencia. Por todo esto te pido, Señor, escuches mi silencio. Mis palabras no son más que una prueba de la vanidad, de la locura por grabar un absurdo nombre en la memoria. Oye, Señor, el sonido de mi carne que se pudre, el de mis huesos que se tornan de arena y de ceniza. Escucha, te lo ruego, la voz del viento que arrastra el polvo de todas las generaciones, de todas las ciudades y sus ruinas, de las guerras, las pestes, los derrumbes. Olvida los nombres, los altares, las coronas, las estatuas, la púrpura y el cetro. Atiende a los sin nombre, a los que perdieron sus armaduras y sus hábitos, a los que son como un grano de sal o una gota de lluvia en la tormenta, los que hacen germinar una flor en cada tumba.
 
VII
Enumerar las cosas es un oficio inútil. Cada nuevo conjunto impone un orden arbitrario al universo. Las anécdotas no son más que prendas de tela mal cosida con los hilos del tiempo. Un final puede ser también el clímax o el principio o solamente una atmósfera, todo depende del que narra y cómo se tejan los indicios. En todas las historias se percibe el olor del poder que las construye. La gramática y la verdad conspiran contra el silencio final de los poemas, también contra el olor de la hierba que se quema, contra la muerte inevitable y la lluvia y el cuchillo y el hambre que los niños guardan bajo el llanto y las luces de un tiovivo en el desierto.
 
VIII
No soy un escritor. Escribo para distraer unos minutos a la tarde; escuchar una voz en el silencio; conversar con un interlocutor desconocido al que pueda decirle la importancia de perder el tiempo o la de sentir una gota de lluvia en la cabeza. Hablo de la lucha que sostengo contra mi propia soberbia. Te digo cosas, cualquiera, con los pedazos de las frases muertas. Enumero. Junto al azar imágenes y destellos de una realidad que ya no existe. Cada escrito es un cajón que guarda las cosas más dispares: un cielo nublado, tres gajos de naranja y un retrato de mujer con niño.

 

IX

Construyo estos fragmentos para tratar de darle un orden a las cosas, los hechos y las relaciones. Con ellos pretendo organizar mi percepción y mi experiencia y, también, inventar el tiempo, encontrar un sentido al acontecer, precisar las direcciones y destinos. Escribo sobre todo para conversar, para mostrarme al otro y descubrirlo, ese otro que me define y sin el cual soy un animal sin casa, una voz inaudible en el vacío. Sin embargo, sé que las palabras mienten, enredan, son luz que convierte la realidad en un baile de sombras. El lenguaje revela, descubre, disuelve la grisalla, después, él mismo se transforma en velo y oculta el universo de lo no nombrado, de lo que se reprime y olvida, de todo lo que vive en el silencio. Redacto unas notas y las dirijo a ti, o a él, al eco que teje una malla con las voces.

 

X

El poder repta entre las sombras, la gramática determina la forma de anudar los signos y nos obliga a construir redes en las que, irremediablemente, quedamos atrapados. Por esto tengo a veces la tentación de construir absurdos, algo así como: los árboles se peinan y dejan caer sus hojas viejas que buscan una tumba a sotavento; o también, las tortugas escriben una lenta y larga carcajada sobre la página amarilla del desierto. El poder es la trampa en que caemos todos y el discurso la cadena que nos ata. Podemos, ocasionalmente, transformar el discurso en una charla, una conversación, un intercambio de signos para inventar la eternidad y después asesinarla.

 

XI
Cada palabra es el eslabón de una cadena con la que pretendo capturar un referente insólito: un tigre dormido en el quiosco de la plaza de armas; un buitre posado, como una paloma, en la punta del asta; una hiena parda que recorre silenciosa los pasillos del claustro; un verdugo que decapita incansable con el minutero de un reloj gigante. Sin embargo, todo está dicho, la más ínfima partícula de la realidad se oculta tras un nombre. La esencia es una mancha sepia que se borra, un suspiro, una capa finísima de nada que une el sustantivo con la cosa. Por eso no tiene caso llenarte de palabras, sólo describirte la forma en que reptan las estrellas en el agua y el sonido apagado de una piedra que descubre la profundidad del pozo.

 

XII
Encuaderno todas mis cartas y pongo los legajos en las bancas del parque, los olvido en oficinas, en tiendas, sobre la mesa de una cafetería. Los regalo a los ciegos. También meto algunas hojas en botellas y las arrojo al agua que corre junto a las aceras, la que baja por las calles en los días de tormenta. Los deposito en el lecho seco de los ríos. Todo con la finalidad de que un lector eventual pueda ser testigo de mis torpezas, y de hallar el camino más sereno hacia la tumba.

 

XIII
 
Un poema se construye con desperdicios, con la materia informe o putrefacta, con la sombra de una realidad que nace y el olor de los cirios en noviembre, con el eco. Para escribir un poema es necesario huir del poema, de las formas cerradas del discurso. Un poema es un ensayo, libre fluir de las palabras, salto del sentido hacia el silencio. Un poema es un teléfono que suena en la quietud de una casa vacía, una gota de miel en la despensa, los pasos de un gato entre las sombras, también el dolor que mana de la herida, la luz del rayo contra un cielo nocturno, el sonido que anuncia los desastres. Es imposible escribir un poema, las palabras no pueden aprehender la forma definitiva de la flama ni del agua. Casi ningún poema da en el blanco, si acaso, algunas líneas pegan cerca. El centro de la diana se oculta, inevitablemente, en el misterioso latir de lo indecible.

 

XIV

Puedo asegurarte que jamás escribiré un poema que me salve. Ninguno más allá del ruido de los platos en la mesa, ninguno más musical que un canto de paloma solitaria en la sequía, ninguno con más calor que la tibieza de una sábana limpia. Llevo la marca inevitable de la muerte y, sin embargo, regreso, para perder el tiempo, a la misma mesa del café todas las tardes. No escribiré pues un poema que se vuelva mi sarcófago, mi carne, sin bálsamo, se perderá en la arena.

 
XV
El altar de las adivinaciones está cubierto con vísceras, caparazones de tortuga que revientan al fuego, hojas de roble, piedras con extrañas inscripciones. En él hay también cuchillos, uñas, dientes, navajas, filos para rasgar el velo que oculta los secretos. Sin embargo, la realidad es como una cebolla y en el fondo hay nada, apenas un poco de dolor y el túnel negro del deseo.

 

XVI

El viento levanta los papeles para vestir la llanura con un paisaje absurdo. El agua corre dentro de su prisión de cobre. Las horas graban rostros en los muros y las piedras. Las lagartijas y los perros se beben el sol en las banquetas. Los discursos se rompen y bajo su piel se asoma una terrible realidad: la del olvido. El texto mismo, que se despliega ante mis ojos, empieza a sufrir los embates del tiempo que terminará por convertirlo en partículas de polvo en las cornisas.

 

XVII

Cualquier cosa que se diga acerca del silencio, cualquier interpretación o sentencia, no lo aclara, lo destruye. Afirma la teoría que una palabra no es metáfora, que ésta se construye con una frase o una expresión. Sin embargo, hay palabras que por sí solas dan origen a una expresión metafórica por su enorme carga de sentido. Así, silencio, es la fuente de todos los significados, la más contundente de todas las metáforas.

 

XVIII

Trato de rescatar palabras que la gente tira a la basura, las limpio, retiro con cuidado las costras que las cubren, las pongo a orear, reúno un montón de palabras que buscan una realidad para nombrarla. Sin embargo, al término de cada singladura me descubro los bolsillos llenos de silencio y, en las tardes, arrojo los silencios a la sala y el patio, a las calles, los jardines, las panaderías y las antesalas.

 

XIX

De la palabra espejo huyo insistente. Sin embargo, aparece de pronto en el centro de un texto, se introduce subrepticia y sigilosa, dueña de una transparencia que le roba al cristal y al azogue. El problema del vocablo espejo es que funciona como un eficaz disparador de lugares comunes. Es un término esencialmente tramposo porque construye una realidad inexistente; es el signo de lo imaginario, la memoria y lo indecible. Aristóteles propone al espejo como símbolo de una poética, por cuanto es capaz de recrear con precisión lo que la luz define. Sin embargo, L. Carroll descubre la trampa al enseñarnos que el mundo reflejado responde a leyes propias y distintos misterios. El espejo es hermano del poema, oculta mucho más de lo que dice. Así, el espejo metido en la metáfora fractura el universo, libera el terror. Por eso es frecuentemente utilizado por la magia. Entero, juega con la luz para engañar a la realidad con ella misma; roto, se transforma en caleidoscopio, en mandala, en la imagen misma del caos o del desastre. Un espejo es fiel testigo de la marcha del tiempo y el abominable encuentro con el doble. Si lo miras con fijeza sobrevendrá una sensación de vértigo. Es también una puerta, un ojo, el espía, el borde que limita la locura; el vórtice donde se mezcla lo real con lo ficticio. Se dice que las horas más negras de la noche, el tigre y los demonios, nacen del espejo cuando lo toca un rayo de luz que oculta un reflejo de Venus en sus pliegues.

 
XX
Nacimiento y muerte. A partir de estos dos sucesos puedo escribir cualquier cantidad de cosas cursis. Toda vida carga su muerte en las entrañas y toda muerte es el síntoma de una vida que renueva. Es inútil ocultar con las palabras el olor de la primavera o el crujir de una piel que se reseca. Puedo fabricar estatuas o estampar nombres y adjetivos sobre los muros que acabarán en ruinas, pero no quiero, sólo aspiro a tomar una hoja seca entre mis dedos, deshacerla, y abonar con ella las macetas.
 
XXI
A veces las palabras se pronuncian de tal modo que producen un efecto letal en quien las oye. El afectado enferma, primero, de soberbia, enloquece más tarde y acaba por morir después de una pérdida total de la memoria. No se conoce antídoto contra el veneno pero ayuda, en el tratamiento de la víctima, la aceptación de la propia pequeñez y de lo efímero. En algunos centros de rehabilitación a los intoxicados se les obliga a dormir junto a los muertos, a contemplar una y otra vez el ocaso, a sentir la muerte en los pétalos de una flor que abre y la vida en las nervaduras rígidas de una hoja amarilla que se cae.

XXII
 
Olvido es la palabra clave de la historia, lo único que puedes encontrar entre las ruinas. Olvido y silencio describen la verdadera naturaleza de lo eterno. Por eso no le digas a nadie tus secretos, la voz es una señal premonitoria de la muerte y cada palabra es un enigma que se vuelve espada. Las palabras cortan la realidad a tajos para construir abismos, zonas de discurso en las que habitan la vanidad y la locura.

 

XXIII

Tengo un poema pegado en la suela del zapato que no me deja caminar a gusto, de pronto el pie se me queda pegado a las baldosas, como si echara raíces, como si yo fuera una parte inmóvil de la ciudad en ruinas. Por la noche desprendo el poema con una cuchilla, cuidadosamente para no añadir otra marca, para no sumar un corte nuevo a las heridas que produjo la jornada, lo deposito junto al reloj, la pluma y las monedas y al otro día lo vuelvo a colocar en su lugar en el zapato. El poema me sirve como ancla, obliga una marcha claudicante, es como una espina molesta que mi impide dormitar durante las horas de vigilia. El poema, con el tiempo, ha recogido arena, cadáveres de insectos, polvo, defecciones, pequeños unicornios, se ha convertido en un pesado lastre que me balda.

 

 

Desierto

 

 

En un cielo de plomo el sol ya muerto

Y en nuestros desgarrados corazones

¡El desierto, el desierto... y el desierto!

 

M. J. Othón

 

 

I

Algún día escribiré dos o tres cosas que me inspira el desierto, tan pronto como logre olvidar un texto en el que vive un cuerpo desgarrado, un corazón negro, un poco de dolor y la sal. Mientras tanto guardo un puñado de arena y tres espinas en la palma de la mano para que no se me olviden la sed y el espejismo, para nombrar el oasis que se oculta tras las dunas. Lo que puedo decirte por lo pronto es que, en el desierto, la tarde crece como la sombra de un gato que se arquea.

 

II
El desierto es un paso necesario en el viaje hacia el infierno, un territorio de iniciación o prueba, en definitiva una confrontación con el espejo. En esta vastedad de arena tiene lugar la lucha inevitable con fantasmas. El desierto representa un estado de carencia que nos pone al borde de la salvación o de la muerte. En infinidad de mitos el desierto juega el papel de la amenaza y la catástrofe, la antítesis del Edén, la cara oculta del paraíso. Al desierto se accede por la culpa y se escapa por la expiación. Sin embargo, sólo en él es posible encontrar la puerta que abre hacia la tierra feraz de los vergeles; sólo ahí el vacío funciona también como promesa. Se requiere estar en el desierto para vislumbrar la tierra prometida. Desierto es el signo del deseo. La sed, el hambre, la soledad, la pobreza y la inclemencia constituyen la base para caer en la tentación o la rebeldía. Así, aridez y abandono, son condiciones necesarias para descubrir el rostro de Dios, o del demonio. Desierto es el símbolo finisecular más poderoso, resume el fracaso de los grandes sueños del poder, representa el verdadero rostro, el que siempre estuvo oculto por la máscara. En este páramo de fuego se duda sobre la existencia de un pasado mítico y de un futuro promisorio, se piensa que todos son engaños del deseo. Sólo es real el fuego purificador y las aristas de la arena y una imagen del agua que no existe.

 

III

ada uno de mis pasos se marca en una página de arena. A veces me gusta desandar un poco del camino para darme cuenta que tejí una red inextricable con mis huellas. Aquí no puedes distinguir a los vivos de los muertos, todos son como rayos de sol que reverberan sobre la dorada superficie del desierto. Vuelvo a las calles conocidas, a las viejas iglesias, a los parques, pero nunca son los mismos. El viento escribe nuevos mapas. Las fachadas reciben la luz que desvanece la sombra de los años. Sólo una cosa permanece intacta, la arena que cede bajo la suela. El pavimento no logra esconder las dunas ni los cardos rodantes, ni las ruinas que viven adentro de los muros de las casas nuevas. 

 

IV

La primavera muere de sed mientras el desierto cambia la piel y deja escamas finísimas de polvo. No llueve, sólo caen campanadas y oraciones por la tarde que acompañan el olor de los cirios, del aceite que reposa en las sartenes, de la sangre oculta bajo un manto de sombras. Esta ciudad es un gran reloj de arena que no tiene otro fin más que marcar el tiempo con las grietas que parten los muros, las estatuas y los rostros. Por eso me siento aquí todas las tardes, a diez pasos de la catedral, para escuchar el silbo del viento entre las dunas y decir otra oración que suena como una interminable letanía: las campanas son de arena, las palomas son de arena, los palacios son de arena, las sillas son de arena, las monedas son de arena, mis palabras son de arena y todos somos parte de la piel que abandonará el desierto.

 

V
Me doy cuenta que te nombro el desierto en otras cartas, o por lo menos alguna de las máscaras que usa. La verdad es que me obsesiona, tanto, que tengo uno pequeño en el bolsillo, contenido en una caja de cerillas; en él juegan las dunas a que son olas e inventan un mar que no conocen. Abro la cajita con cuidado, especialmente las tardes, para escuchar los lamentos del viento desgarrado con espinas, el golpe de la arena en los tunales y el ruido de unos cascabeles en la sombra.
 
VI
En un grano de arena está el desierto, lo demás es una ilusión provocada por el dolor de la sed.

 

VII

Escribo con espinas, sobre las pencas de un nopal sediento, para dar un breve testimonio del agua que se agota, de las tunas, del exterminio cruel de los venados, de las ciudades que se mueren transformadas en arena, de los muertos, de la víbora que espera agazapada, del águila que se hunde lentamente, del ave que aguarda su carroña. El desierto reposa tras las puertas para entrar a las casas de los ciegos que sólo pueden ver lo que reflejan los espejos.    

 

VIII

Los huicholes creen que la cuna del sol es el desierto. Allá en Viricota, donde crece el peyote, nació el astro. Primero se prendió la tierra, surgieron del suelo débiles llamas azules que cubrió el viento con arena. Estallaron los granos de sílice como estrellas diminutas, se fundieron y formaron una bola de fuego en la meseta. Así nació el sol, se unieron el fuego, la tierra y el viento para crearlo. Después, un gran venado lo lanzó hacia el cielo y ahí espera regresar a morir, en el desierto.    

 

IX

Muchas veces fuimos vencidos por la voz del desierto, su llamado nos hizo abandonar Tula, Ur, Jerusalén, Uxmal, Alejandría. También dejamos atrás las márgenes del Nilo y el Ganges. Nuestras casas quedaron vacías a la orilla de un lago, en el valle, en un puerto. Nuestro destino está oculto tras un velo de arena. Las ciudades enferman, acaban convertidas en ilusión o en cárcel, sólo sirven para guardar el dolor y las tumbas; por eso las dejamos a que cumplan su destino de ruinas, su misión de muerto a flor de tierra. No somos el pueblo elegido, si acaso, uno a la deriva. No nos une la sangre, la raza o las creencias sino la sed, las marcas del zarzal, las cicatrices, el silencio, una red de caminos que se borran, el amago de la víbora y el viento.    

 

X

Toda peregrinación en busca de la tierra prometida termina en el desierto. No hay otro lugar donde el maná florezca, no hay otro tan muerto que viva intensamente. El desierto es la cuna del silencio, el aquilón, la tortuga y el fuego, en él habitan los nahuales. Sólo en él se puede ver el verdadero esplendor de las ciudades, escuchar la voz de los profetas, sentir el impulso vital que mueve al león a matar a sus víctimas. En el desierto está el terrible misterio del espejo y el aleph perdido entre la arena.     

 

XI

Nací ayer, dos años después de cumplir los cincuenta. Me vi en un espejo de agua en el desierto. El sol evaporó el paisaje, sólo quedó una gota de lluvia y un grano de arena, para guardar en ellos el silencio. Nací ayer, en el preciso instante en que moría. Después, di el último sorbo a mi café y salí a caminar en las calles, a saludar a dos o tres desconocidos, a rescatar unos cuantos trozos del verano, a sentir en el rostro la salpicadura del agua.

 

XII

Bajo la fuente de la Plaza de Armas hay un surtidor de arena, ahí nace el desierto. Lo descubrí una ocasión en que la luna dibujaba espejos en el cielo. Aquí, en el centro de la ciudad, las dunas inician un peregrinaje hacia sus tumbas, emprenden camino al encuentro con su vocación de médanos, buscan el beso sincopado de las olas, la lengua espumosa del mar, el sabor de la sal. Escuché el rumor de la marea, aquí, donde los cardos se mueven con un jirón de viento y los edificios son granos de sal en la clepsidra.

 

XIII

Los hombres discuten sobre la conveniencia de atacar a los intrusos. El aire sopla en la llanura. Las nubes anuncian la proximidad de la lluvia. El olor de los caballos delata la marcha silenciosa de una caravana compuesta por tres carruajes con aperos, dos mujeres, una docena de hispanos con armadura y tres negros. Los más jóvenes exigen la marcha inmediata para sorprenderlos y cortar sus cabelleras. Los más viejos y prudentes señalan el peligro, “... quienes se acercan a los hombres de piel pálida pueden ser convertidos en esclavos y acabar muertos en la profundidad de los túneles excavados en los cerros del territorio de los zacatecos; o morir pocos días después del contacto, atormentados por los más terribles dolores y con el cuerpo lleno de llagas.” Los hombres hablaron hasta el atardecer, unos relataron las grandes calamidades traídas por el extranjero: pueblos enteros desaparecidos, la muerte de los niños atacados por la fiebre, la captura de muchos guerreros a los que les cortan los dedos de las manos y después cuelgan de los árboles para que sus cuerpos sean mecidos por el viento. Los jóvenes ganaron la discusión, todos se desnudaron, se pintaron la cabeza de púrpura y emprendieron la marcha. Unas horas después volvieron a reunirse junto al fuego, las manos y las piernas ensangrentadas, ya no hablaron, con la mirada fija en las llamas, inmóviles, los borró la noche. En el camino a Zacatecas los cuerpos de una docena de españoles, dos mujeres y tres negros eran comidos por los animales carroñeros del desierto. Hoy, ya no quedan guerreros en el llano, sólo se oye su voz cuando el viento pasa entre las ramas de los huizaches. El venado se fue. Los ríos están secos. La tierra perdió sus entrañas. Se rompieron los arcos y las flechas. Los dioses regresaron a su morada eterna y ahí esperan a que florezcan otra vez los tunales, a que broten los ríos ocultos en la arena. Sólo el desierto permanece con sus secretos ocultos en la savia del nopal y del peyote, en el filo de la roca, en el fuego, en el cascabel de una víbora invisible, en la flor que se resiste a morir de sed en el erial.

 

XIV

Cuando la cerrazón cubre con sus sombras el desierto no me queda más remedio que recurrir a la arena que guardo en la despensa, al cascabel bajo la almohada, al peyote que sueña marejadas en una caja de zapatos oculta en el ropero. Las nubes como barcos de guerra y el presagio del agua espantan al venado, al coyote y a la liebre, a las brujas que recorren los caminos con su falda de fuego. Un espejo se rompe, un velo fugaz cubre la aridez del páramo y después, vuelve la sal, el silencio, la sed, el sol que monda huesos con sus dientes. La lluvia, en el desierto, es efímera y triste como el filo de una espada, como una marca de ceniza en cruz sobre la frente, como el vino con el que se consagra el sacrificio.

 

XV

Algo me arrastró desde siempre hacia el desierto, alguna fuerza inefable condujo mis pasos a la arena, al sitio donde las víboras anidan y el  canto de las palomas es monótono y triste. El mar es una utopía, una imagen lejana más allá de la muerte, un destino que, para mí, permanece inalcanzable a pesar de que mis pies se mojen con sus aguas y sus olas me dejen marcas de espuma en los tobillos. Nací triste y con una sed que no se sacia. El dolor me acompaña como un amigo fiel, como un perro que vigila mis andanzas. Debo confesar que nada importante me ha ocurrido, nada que me distinga  del panadero, el albañil o el oficinista, ni siquiera el dolor es tan intenso como el de una tragedia, el mío es zonzo y pertinaz como una mosca encerrada en un frasco. Nada sobresaliente puedo anotar en mis memorias excepto, tal vez, la paciencia y lealtad de la mujer que conmigo envejece. Sin embargo, me gusta jugar con las palabras, construir con ellas pequeños universos que pueda guardar después en una caja de cerillas o dejarlos a la intemperie para que sean consumidos por el tiempo y la ceniza.

 

XVI

Cuando escampa en el desierto la luz fabrica espejos con arena, los escorpiones abandonan su guarida y por unos momentos florece el paraíso en la memoria. Después, el recuerdo del agua cae hasta el fondo del olvido y sólo queda la marca de la lluvia en el cuaderno. 

 

XVII

El desierto es una presencia imaginaria que llama a tu puerta con un aldabón de arena. Si le abres invadirá la sala, el comedor, la escalera, la despensa. Su voz es un canto de sirena y el rumor del silencio. El desierto es una imagen que inventamos, como el mar y el paraíso. A veces, desde tu alcoba, podrás ver de frente a la llanura, oler la sal, sentir el golpe del aire contra el rostro; podrás, también, seguir la trayectoria de un barco a la deriva que se desliza entre las dunas o el camino que trazan las serpientes. A pesar de todo, no es posible desentrañar el misterio de las navegaciones ni el lugar exacto donde aguardan las tumbas. 

 

XVIII

Puedes caminar durante quinientos años en el desierto hasta encontrar la forma de convertir un atardecer en amuleto, puedes andar los caminos de arena para descubrir los espejismos ocultos bajo las piedras, entre las raíces de un peyote que dormita, sobre las crestas del viento enfurecido, en el destello de un rayo que presagia tormenta. Puedes recorrer todos los caminos y siempre contarás con la presencia del polvo. El polvo cubre las dunas y la piel, la superficie de las hojas sedientas del huizache, el pretil de las ventanas; opaca la luz de los espejos y el rostro de la luna; está, como Dios, en todas partes. Por esto es inevitable contar la historia del polvo, detectar sus características y develar sus mitos, descubrir su naturaleza y su destino.

     El polvo es un ente y una idea, es al mismo tiempo cosa y representación de la cosa, es el origen de todo el universo, anterior al fuego y al agua, es, como afirma Reyes: lo más viejo del mundo. El polvo pinta, construye los paisajes, se deposita rojo sobre la dorada superficie del desierto, mancha de ocre las paredes, estampa mariposas grises en el horizonte, hace volar papalotes que son una mácula en el cielo. El caos no es otra cosa que polvo en libertad para formar estrellas o diluvios, o interminables planicies de vacío, es la masa con que se construye la forma y ésta no es más que un recipiente para guardar el polvo que es, simultáneamente, vaso y contenido. Dice también Alfonso Reyes en su breve pero erudito tratado sobre el polvo que el desierto, cansado de la injuria de las ciudades y cansado de esperar por siglos de los siglos, se decidió a envolverlo todo con un manto de arena. Las cosas se transforman, sin sentirlo, en clepsidras que siembran infinitas dunas en el tiempo, y al final sólo las dunas permanecen. El desierto tiene una sola finalidad, un destino fatal, el de pintar el terrible rostro del infinito con el polvo. Nuevamente Reyes: en el polvo se nace, en él se muere. Es el alfa y el omega. Es necesario descubrir sus misterios, su ser y su esencia. Sabemos, desde luego, que el polvo es una máscara, una sobrepiel que oculta los sentidos y las significaciones, el sitio de la contradicción y de la lucha: La venganza del polvo, es algo que puede leerse como los asientos del café, que sólo son otro disfraz del polvo. Sabemos también que los primeros lectores del polvo fueron considerados habitantes de la locura, después vinieron las pitonisas, los magos, los sacerdotes, los poetas, los filósofos. Los desiertos muestran cicatrices, grietas de sangre, restos de la noche, abalorios. Su voz es la que nace del caos, de la serpiente, del antiguo lenguaje de la arena. Si cometes la imprudencia de internarte a ciegas en el paisaje móvil del desierto acabarás perdido en un camino que se borra, con un recuerdo del mar grabado en una piedra, una zarza en llamas y una salamandra provocando incendios en el cielo.

 

 

Ciudades subterráneas

 

 

La escritura construye

La ciudad.

 

Vicente Quirarte

 

La geografía subterránea de las ciudades

impondría maneras más susceptibles aún

de incendiar la mirada

 

Annie Cohen

 

 
I
Muy pronto tuve noticia de los túneles. Apenas pasaron unos días a partir de mi arribo a San Luis Potosí cuando leí, o me contaron, acerca de la existencia de conductos subterráneos que unen a las iglesias pero que también corren hacia poblados y villas cercanas, algunos se dirigen, aparentemente sin razón, hacia el desierto. La idea de una red de calles bajo tierra llamó mi curiosidad y desde entonces recopilo cualquier informe que se relacione con el asunto de los túneles. Como resultado de las indagaciones tengo un fichero que contiene datos e interpretaciones que cubren un amplio espectro de la imaginería popular. Dice una leyenda, por ejemplo, que mucho antes de que llegaran a este valle los nómadas conocidos como chichimecas, el Gran Tunal tenía un clima extremoso que alcanzaba niveles intolerables, de calor en el día y de frío durante la noche. Esto pasaba antes incluso de que los dioses decidieran construir el nuevo sol con las arenas flameantes del desierto. En ese tiempo habitó aquí una raza de humanos de baja estatura, tez blanca, semiciegos, que nunca salían de la protección de las cuevas. Estos pobladores no podían aventurarse hacia la superficie inclemente de la tierra, por lo que excavaron hacia el interior para buscar espacio y movilidad, así crearon intrincados laberintos, poblaciones y, en algunos casos, verdaderas ciudades subterráneas llenas de acción y bullicio. Con el tiempo el clima se tornó más hospitalario, los hombres empezaron a buscar la superficie, dejaron sus cuevas y el submundo que construyeron, además, el enfriamiento produjo contracturas, desplazamientos de la tierra que destruyeron las ciudades subterráneas con temblores e inundaciones. La mayoría se refugió en la nueva seguridad de la costra terrestre, unos pocos se negaron a dejar abandonados sus hogares o quedaron atrapados porque las vías de escape se obstruyeron. Así, existen todavía ciudades bajo tierra, con habitantes semiciegos que producen una cultura extraña de la que tenemos noticia muy de vez en cuando, si el temblor o la catástrofe abren puertas efímeras al inframundo. Nuestra cultura guarda vestigios de un pasado subterráneo como el diablo y el infierno, la fascinación ambivalente por los dragones, la deificación de la serpiente, los viajes al centro de la tierra, la fuente original de los espejos. Fue tan doloroso y dramático el abandono de nuestro pasado bajo tierra que lo cubrimos con una gruesa capa de represión y olvido, al grado que, aún hoy, cuando se descubre un túnel es rápidamente sellado y sólo permitimos su existencia en la leyenda.

 

II

Llovió un poco de soledad entrando agosto. La tarde atravesó la Plaza de Armas, titubeante, como perdida en una ciudad extraña, se fue zigzagueando por la calle de Madero y se perdió entre los caminantes de la plaza de El Carmen. La sombra que dejó a su paso me hizo recordar las ciudades oscuras, las que medran bajo tierra. En varias ocasiones he querido contarte los rumores que corren acerca de ciudades subterráneas, pero me pierdo en un sinfín de pequeñeces y acabo por decirte los rayos del sol, la piel del agua, el polvo que cabalga en el lomo del aire. Te puedo adelantar lo que afirma la leyenda: las almas de algunos muertos edifican ciudades bajo tierra. En el panteón hay tumbas que son en realidad las rutas de acceso hacia un dédalo de calles y edificios ocultos que guardan la memoria. Existe, por ejemplo, una ciudad construida con metáforas, entrar ahí produce vértigo porque nada es lo que aparenta, ni las puertas ni los surtidores ni las panaderías. Todo es una imagen, la máscara de otra máscara, en ella son inútiles los mapas y las brújulas. Una ventana es un reloj que marca las horas con el limo que guarda en la cornisa, una cama es la guarida del tigre, una escalera es un río o una ausencia o un mirador destinado a los ciegos. Cuando entras a esa ciudad no sabes si caminas, vuelas, te arrastras, duermes, todo lo que ocurre es un reflejo, un poco de luz en el azogue, un deslizamiento continuo sobre espejos. Por eso no te digo lo que alberga el silencio y prefiero estar aquí, en esta vieja casa donde espero el regreso de la tarde que se perdió entre sombras en la plaza de El Carmen.

 

III
La ciudad nunca duerme, ni cuando la toca la hipnótica grisura del otoño ni en el momento más oscuro de la noche. Te digo esto una tarde de octubre, bajo una cerrazón que ya parece eterna, mientras alguien construye otra ciudad con el detritus. Por cierto, las ciudades que medran bajo tierra están habitadas con ciegos que confunden al sol con las monedas, se alimentan con los restos que dejan los naufragios y las guerras, beben el vino que destilan las gárgolas y se arrullan con el ruido del agua en albañales. Todas las ciudades están edificadas con las ruinas y son, en realidad, enormes y ruidosos cementerios.

 

IV
El símbolo ciudad es tan rico y variado en significaciones posibles que se vuelve difícil de utilizar, introduce ambigüedad e imprecisión en los textos. La ciudad es un escenario, una bestia impersonal y gigantesca, un cáncer de la naturaleza que se reproduce gracias al capricho y la locura; es también un intento de continuar la creación asignándole un destino, reordenándola, significándola. La ciudad es un espejo en el que se reproduce la batalla cósmica, en el que se deforma el rostro de natura. Ciudad es símbolo de poder y de soberbia, es hija monstruosa del deseo, como Frankenstein, aspira a la perfección y termina en el desastre. Ricoeur afirma que la vida de la metáfora se cifra en la tensión que genera, tensión entre dos significados distintos o entre dos interpretaciones posibles de la misma imagen; en este sentido la ciudad como metáfora es de una intensidad inusitada porque en su interior debaten la utopía y el Apocalipsis.

 

V

Hace días que no leo para ti, en voz alta, el rumor de las ciudades, porque temo que mi voz se vuelva eco, una ruina más en el derrumbe. Sin embargo, te digo lo que ya seguramente sabes, para efectuar un sencillo ejercicio de memoria. La ciudad echa raíces, teje urdimbres bajo tierra para dar lugar a otras ciudades donde también se triza la basura y los insectos zumban alrededor de las candelas, donde las tuberías guardan una señal del agua que se bebió el verano y se oyen los pasos bajo un sol que no logra ocultar la noche, bajo una luz que sólo hace más terrible la ceguera.

 

VI

El hombre pagó al dependiente y se alejó con su viejo semáforo a cuestas. Quería reconstruir una ciudad y para ello empezó a reunir los objetos que le parecieron claves para rehacer la atmósfera que conservaba en la memoria. Pensaba frecuentemente, con nostalgia, en las calles húmedas, el rumor del río, el olor a limones que provenía de las huertas, el silencio roto con el tañer de las campanas. Entonces escogió un terreno y le trazó las plazas, las avenidas, los mercados, señaló el lugar de los muros e inició la tarea. Con el tiempo el sitio desierto se pobló de fachadas, de paredes con resistentes puertas de madera, ventanas con herrería, balcones, alféizares y gárgolas. Colocó también varias fuentes de cantera, dos o tres campanarios y sembró una huerta con limones, naranjos y guayabos. La ciudad de la memoria creció, se materializaron los atrios y los escondrijos. El hombre añadió los objetos que pudo conseguir en tiraderos y tiendas de antigüedades: una sinfonola, una mesa de caoba, un juego vienés de sala, muchos arcones, bolitas de naftalina, dos viejos anuncios de Spur Cola y un cartel desleído de Marta Roth inexpresiva. Sin embargo, faltaba un elemento imprecisable porque, a pesar de todos los objetos y simulacros, la ciudad no lograba ese tono vital que da la lluvia y el vuelo de las moscas y el olor del aceite quemado en las cocinas. La ciudad era silenciosa, no podía reproducir los ecos a pesar de los radios y los acetatos que hacía sonar el hombre por las tardes. El constructor recorrió todos los rincones, agitó las campanas, hizo chirriar las puertas. El silencio persistía. Finalmente abandonó la empresa hasta que, un día, pensó: “Esta ciudad no vive porque le faltan sus muertos.” Así que cavó una tumba, se introdujo en ella y, por medio de un mecanismo previamente diseñado, se cubrió con tierra. Esa tarde silbó el viento al tocar el adobe y las cornisas, hizo que sonaran las campanas y esparció el aroma de los limoneros por todo el valle. Después la ciudad quedó en ruinas, los objetos tan afanosamente reunidos fueron cubiertos con la arena. Hoy sólo es reconocible el olor de los frutos maduros de las huertas y el murmullo de un río que ya no existe.

 
VII
Los perros descansan en la sombra. Se oye el golpe del agua en las cisternas. Los gobernantes imaginan una realidad que se deshace. El silencio es como un manto enorme que cubre a la ciudad, se adhiere al polvo de los llanos, a los muros de piedra. Todo parece estar en un compás de espera: la leche sobre las mesas, los pasos de quien no sabe su destino, la música de fondo, la terrible quietud de las campanas. La ciudad espera en paz otro derrumbe para sumar una capa más de ruinas a su historia.

 

VIII

Es probable que las ciudades subterráneas no despierten interés en la gente que vive en la corteza, debido a que imaginan los olores y las cloacas. Lo cierto es que en el submundo también existen ciudades luminosas, valles donde crecen bosques de setas gigantes y corren arroyos cristalinos, si bien es necesario, para llegar a ellos, salvar muchos obstáculos tales como el fuego y los temblores, insectos repugnantes y voraces, algunos depredadores que acostumbran sorprender a sus víctimas mientras sueñan, pantanos putrefactos que se forman a partir de cadáveres y desperdicios. Los escasos viajeros que han regresado del peligroso viaje sostienen la existencia de una comunidad de seres que juegan con manzanas y reproducen con ellas el movimiento de los cuerpos celestes haciéndolas flotar en el vacío de sus cavernas. Los miembros de esta comunidad son capaces de realizar cosas sorprendentes como invertir la dirección del agua en las cascadas, caminar sobre lava sin quemarse, Sin embargo, lo que más les gusta es contemplar el botón de una flor cuando se abre y el ruido que producen las cucharas en la mesa.

 

IX