Juan del Jarro y otras historias
Norberto de la Torre
(Publicado por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, 1997)
Primera Parte
Juan del Jarro
Cada quien es libre de organizar a su gusto su propia eternidad.
Michel Rio
"El cadáver ha sido conducido en medio de numeroso acompañamiento,
se veían personas de todas clases y un sinnúmero de jóvenes con cañas
en las manos, como se acostumbra con los cadáveres de los niños
inocentes; sus honras fúnebres han sido tan suntuosas como las de un
poderoso."
"La Restauración" (Jenaro Dávalos)
Testimonios
I
Yo te puedo garantizar la santidad de Juan del Jarro. Beso la tierra ante mí en señal de respeto. Recuerdo una enseñanza que extraje de los santos libros que me prestó el abuelo: "El viejo Abdullah al-Balji dijo a su discípulo. Deberás superar seis obstáculos antes de lograr la verdadera devoción. El primero es cerrar la puerta de la comodidad y abrir la de la dureza. El segundo cerrar la del renombre y abrir la de la insignificancia. El tercero cerrar el descanso y abrir el esfuerzo. El cuarto cerrar el sueño y abrir la vigilia. El quinto cerrar la riqueza y abrir el camino a la pobreza. El sexto obstáculo es el de cerrar la puerta de la esperanza y prepararse para recibir a la muerte." Por eso sé que Juan era un santo, venció los seis obstáculos. Tengo para mí que era un sabio sufi que viajó en las garras del águila, saltó de la cima de Wag a la cima de Qag, aprendió el secreto del halcón, el lobo y la serpiente. Todos lo vimos caminar y recibir limosna y calentarse al sol en el jardín de La Compañía, sin embargo, él viajaba de uno a otro mundo desconocido sin que supiéramos cómo.
II
Sólo sé lo que dicen pero no lo creo. Pienso que Juan del Jarro no existió, lo inventaron. Lo que pasa es que ya no se sabe en que creer, por eso le dan vida a toda clase de cosas: brujas, fantasmas, demonios y santos. Hay mucha ignorancia regada por el mundo y de ella salen puros cuentos propios de personas desocupadas, de gente sin oficio ni beneficio que trata de sorprender la natural credulidad de la mayoría. No, el tal del Jarro no existió, ¿cuándo se ha visto un limosnero al que entierran los obispos y los alcaldes?, yo creo que murió algún rico de una enfermedad oculta, de esas que los hombres de bien esconden, por eso dijeron que había sido Juan del Jarro, para que la gente no se enterara del secreto. El verdadero mendigo, si lo hubo, fue muerto y enterrado como un perro, en el mismo suelo del horno en que vivía.
III
No sé si existió alguna vez un pordiosero como Juan del Jarro, pero si puedo decirles que cada dos de noviembre le llevo unas flores a su tumba, le deposito también una moneda y le pido un deseo. Su cripta es la más visitada en esas fechas, muchas personas le llevan presentes y recuerdos, es como si fuera familiar de todos, es nuestro común antepasado. Creo que si existió porque es muy milagroso, sanó a mi esposa de un mal desconocido, a mí me salvó de la cárcel. A mi compadre lo curó del hígado y ya no toma desde que se lo prometió a Juan del Jarro, un día que se le apareció en la madrugada seguido por un ejército de arañas.
IV
Narrar la historia de Juan del Jarro resulta difícil por cuanto carecemos de registros adecuados para ello. Se cuenta con una referencia vaga en la historia de Primo F. Velázquez, un folleto redactado por el historiador Rafael Montejano que después incluyó en su libro "Del viejo San Luis, tradiciones, leyendas y sucedidos" y un texto incluido en el libro "Leyendas Potosinas" de Mariano Aguilar. Los datos parecen recogidos de los dichos y rumores citadinos. Su vida es una invención que no su muerte, de ésta si se tiene una fecha precisa y algunas circunstancias que le acompañaron, sobre todo del memorable y lujoso sepelio que se registró con detalles en los periódicos de la época. Los datos que sirven de esqueleto para construir su vida pueden resumirse en pocas líneas. Su origen es desconocido, probablemente nació en un poblado cercano a Matehuala. Su infancia y juventud se ignoran. Apareció pordiosero en la ciudad de San Luis Potosí donde vivió poco más de treinta años. Era portador de cierta sabiduría popular y de un amargo humor, propio de los marginados. Entre sus características más notables estaba la de llevar siempre consigo un jarro y un sombrero de copa. Era proclive a los dichos y a una charla constante que le dieron fama de culto, además, adivinaba el futuro y preveía las desgracias. Finalmente, no era el único pordiosero que recorría las calles del San Luis decimonónico, muchos otros, probable secuela de las guerras y la pobreza, vagaban en busca del mínimo sustento, a éstos protegió Juan del Jarro repartiéndoles la limosna que a él le daban.
V
Si señor, Juan del Jarro es una calle.
VI
Mi abuela tiene una estampita de Juan del Jarro, dice que la compró a un señor que vendía milagros. La puso en un altar con flores y le prendió una veladora. Le reza el día de muertos y el día de los santos inocentes. Busqué su biografía en todos los números de Vidas Ejemplares, esos cuentos que coleccionó mi madre, pero no la encontré. Debe ser uno de los santos que discontinuó la iglesia, es probable que ni sea un santo y mi abuela esté medio chiflada. Yo, por si las dudas, me echo una santiguada cada vez que le paso por enfrente.
VII
Mi bisabuelo se llamó Feliciano Guevara, fue un político liberal muy dogmático. Dicen que en su juventud fue radical y uno de los más fieles defensores de las leyes de reforma. Odiaba al clero enriquecido e inclinado a los lujos y a la buena vida. Por lo mismo fue un eficaz ejecutor de expropiaciones de los bienes y propiedades eclesiales. Sin embargo, cuando yo lo conocí era un viejo mocho que asistía todos los domingos a la misa, siempre traía un rosario en el bolsillo y rezaba a todas horas. Pregunté las razones del cambio y me dijeron que se convirtió en cristiano furibundo cuando le enseñaron el cadáver de un mendigo, éste llevaba muchos años de muerto y sin embargo, se conservó intacto, fresco, como si hubiera fallecido hacía unos minutos. Se llamaba, o le decían, Juan del Jarro. Yo creo que el viejo tenía miedo a la muerte o al infierno y por eso se hizo devoto, pero en este lugar, con tanta sequedad y tantas sales en la tierra, es posible que un muertito no se pudra.
VIII
En el siglo XIII se desarrolló una secta que utilizaba la pobreza como arma. Sus miembros alcanzaron un grado de perfección espiritual que contrastaba con la burda maldad secular de su época, llena de reyezuelos y clérigos deslumbrados por el lujo y los placeres de la carne, hasta los papas pecaron de gula y avaricia. Primero se opusieron, los mendicantes, a la vanidad y el ansia de riqueza que estaba acabando con los hombres, pensaban que la acumulación irracional de bienes produciría un efecto destructor sobre el mundo y el alma, por tanto exhibieron su pobreza como una forma de lucha, como una estrategia para denunciar la acción del poder mediante el contraste, ayunaron, se mostraron con el rostro de la pobreza y la muerte para hacer obvio lo falaz y efímero de la vanidad y el lujo. Sin embargo, fueron desoídos y mal comprendidos, se les vio con misericordia y se les hizo objeto da dádivas o caridades, así se les destruyó, fueron incorporados a los vanos intereses del poder, del mundo y sus gobernantes. Los que lograron escapar dándose cuenta de la trampa, vivieron ocultos, compartieron sus enseñanzas en secreto, se convirtieron en una secta gnóstica que se dispersó por los cinco continentes y que, aún hoy, mantiene viva la doctrina original. Juan del Jarro era un miembro notable de esa secta, un filósofo capaz de entender los hechos más contradictorios, podía deducir las causas de las causas a tal grado que parecía profeta, también podía ocultar su historia y borrar todo rastro del pasado de forma que vivía en un continuo presente, para él, el universo provenía del olvido y la meta final era el olvido, porque olvido es uno de los nombres más exactos de Dios.
IX
Tiene que ser cierto ese asunto del mendigo Juan del Jarro, lo dicen los libros y ellos nunca mienten. Yo conocí a un profesor de historia que hasta me enseñó un retrato, estaba muy borroso pero se veía muy bien el sombrero de copa, un morral y el jarro. Además, me dijo, en un periódico viejo dieron la noticia de su muerte y existe un documento, firmado por un sacerdote, en el que se asienta el lugar de su nacimiento y la fecha de su muerte, los nombres de sus padres. Desde luego, si lo dijo un sacerdote tendrá que ser cierto, todo mundo sabe lo cultos y veraces que son los clérigos, por otro lado: ¿qué interés pueden tener para mentirnos?
X
Toda biografía es una invención por eso la de Juan del Jarro sirve para resumir las características y los deseos de un pueblo que vive en la miseria, con la mano extendida para recibir migajas. Puede ser un santo, un asesino prófugo, un anacoreta, un aventurero o nadie. Lo único que importa es su muerte que sirve para darle vida a un personaje. Así, la muerte se vuelve el punto de partida, el momento que inicia la reconstrucción de la derrota, desde ahí se lanzan los anzuelos para enganchar jirones de una historia ignorada, para sacar peces ciegos y trozos de memoria del inmenso y negro mar que es el olvido.
XI
Esta es la historia de un hombre que trajo su soledad como ropaje, unos harapos y un jarro que le prestó su nombre. Entre limosna y limosna adivinaba la muerte porque es la única verdad que traemos dentro, la muerte escondida en un cuchillo, la que derrumba murallas con trompetas, la que se viste de sangre bajo las ciudades rotas. Esta es la historia de Juan, la mía, la tuya. Llegamos a este pueblo a dejar la soledad sobre las calles, con un sombrero de copa, maltratado, y un jarro para que nos preste un nombre.
XII
Existen indicios de que Juan nació en la popa de un barco, ese día la lluvia cayó con insistencia sobre la ondulada lengua del mar. Desde entonces lo persiguen los espíritus del agua: olas, marejadas, crecidas de los ríos. Llegó a creerse un nuevo Noé con un diluvio a sus espaldas. Éstas, y otras, fueron las razones que le obligaron a internarse en el desierto. Se recostó en la cuna dorada de la arena, arrullado con la sonaja de las víboras y el grito ocasional de las aves en el cielo. Lo educaron las espinas, las tortugas y las liebres, lo cuidó el coyote. Aprendió a distinguir el agua y los espejos. Contó todas las hierbas y probó todos los venenos. Supo que las sombras de la noche crecen desde el vientre hasta cubrirlo todo y que es inútil perseguir la luz. Tuvo la certeza, sobre todo, que en el desierto sólo son grandes los pequeños, los que no se ven, los que evaden la mirada del águila y el olfato agudo de la zorra, así pudo disfrazarse, ser arena entre la arena, aprendió del insecto y de la iguana el difícil arte de la mimesis.
XIII
El poder convierte a la naturaleza en un escenario donde se conjugan múltiples batallas, unos regatean la satisfacción de los otros y se apropian de lo que, a la larga, es inaprehensible, así nace la guerra, así ocurrió bajo el dominio de todos los imperios. La boda de la sangre y el acero engendró una procesión de vagabundos que buscaron el calor de las ciudades, el sabor de la sal, los restos del naufragio. Juan llegó como una más de las secuelas de la guerra. Olía a sequedad y pólvora. La marca de cuatro jinetes en el rostro. El paso claudicante. Su voz pobló el silencio de las salas vacías, las cocinas y el patio, se introdujo en las grietas que grabó la luz en las paredes. Acabó familiar hasta borrarse como una fachada en ruinas, sólo su muerte le dio la vida negra de la tinta.
XIV
Relata la leyenda que una secta de mendicantes busca, desde hace mucho tiempo, un jarro de terracota milagroso. Se dice que en él se escucha el mar y el sonido apagado de una cascabel que acecha. El que bebe en ese vaso adquiere la inmortalidad y mitiga el dolor de las espinas que lanza la memoria. Algunos viejos reportan encarnizadas batallas de pordioseros que se disputan un jarro, también de expediciones extenuantes en su busca. Otros afirman que una banda de harapientos en el desierto asesina a todo el que se acerque porque protegen un vaso mágico de barro. La verdad es que el jarro se esconde entre los jarros, algunas tardes pueden escucharse cascabeles, y el rumor del mar, en el mercado.
Juan habla de su vida y su muerte
Habito en el interior de un horno abandonado, con un jarro, un sombrero de copa y una estera. Comparto mis recuerdos con el Tapatío, Torrescano y Mariquita, tres pordioseros que me siguen, tres sombras que cuido para que no se borren. Una cuarta porción la guardo bajo las capas de ceniza que cubren los muros de mi casa, ahí la cuece el fuego de las horas, los meses y los años. Desconozco mi origen, los nombres de mis padres, la historia que explica mis temores. Soy un hombre a la deriva, una sombra que se disuelve en nada. Nada contiene el jarro que llevo conmigo a todas partes, es mi espejo, mi representación: un poco de barro que contiene otro tanto de vacío. Mariquita llora toda la noche, teme a las cerrazones, sus gemidos encienden la ira y las estrellas. Los vecinos le arrojan insultos, agua, algunos objetos contundentes. Ella sufre porque ve a la muerte, el rostro agusanado del poder sin máscara. Mariquita es la que me dice el lugar de la muerte en la casa del tiempo. Llora en la noche por todos los finales: el tuyo y el mío, el de ella misma que se acerca fatalmente. Sí, Mariquita ve a la muerte, la toca con horror cuando la roza en los quicios de las casas; cuando se asoma sin rostro a las ventanas; cuando se densa el silencio, como un presagio, y obliga a que canten los sapos y los tecolotes. Recojo a Mariquita en la mañana, mojada, llorosa. La traigo a mi casa para darle abrigo y un poco de alimento. Le limpio las lágrimas, las costras de mugre, las de sangre, las huellas de las nueve muertes en la frente. Se duerme ya entrada la mañana, en el momento preciso en que las iglesias doblan las campanas para llamar a misa de difuntos.
La nostalgia es un dolor que enraíza en el pasado, en el minuto anterior a la separación o la partida; es un virus que ataca la memoria y la deforma, la obliga a construir puentes, minaretes, elevaciones desde las que volvemos la vista atrás hasta quedar transformados en figuras de sal o en casa de caracol abandonada. Por eso me sorprende la nostalgia que me asalta a veces, yo no tengo pasado ni futuro. Estoy varado en un punto intermedio entre el Edén y la Utopía. Es muy difícil señalar la frontera precisa entre la imaginación y la memoria, recuerdo con la misma intensidad un viaje por mar en un barco de esclavos y una larga caminata en el desierto. Mi origen se pierde en el hueco de la sed, el golpe de la arena, las heridas del hambre. Algunos dicen que nací hacia el norte, en el lugar de los cabezas rojas, donde los huizaches y los cardos te escriben en la piel con las espinas. No sé si tuve una infancia digna o rica o placentera. Me recuerdo pordiosero desde siempre. Vivo de las sobras de una sociedad que me rechaza y aborrezco. Sólo me entretiene cuidar al Tapatío que en su triste delirio se cree plátano, pongo emplastos de hierbas sobre sus brazos amoratados por las mordidas, me enternece verlo cuando se cuelga de la rama de un árbol porque aspira a madurar como las frutas.
Torrescano es un soldado que cumplió con las marchas forzadas y el arresto, visitó tantas cárceles que la prisión se transformó en su propia piel, su andar, su mirada y su silencio son los de un prisionero. Él me enseñó a condensar el tiempo. Se queda dentro de un círculo que los chicos de la calle pintan con tiza sobre el suelo y la disciplina militar lo obliga a cumplir las órdenes, se queda mirando al horizonte sin moverse. Me introduzco en su cárcel invisible, contemplo con él las hojas de los árboles. Aprendo a ver crecer las ramas, adivinar las arrugas, las grietas en los muros, los caminos ocultos de las termitas que transforman en polvo los tronos y los libros. Separo el tiempo del reloj, veo una guadaña en cada manecilla. En un círculo de tiza, prisionero igual que Torrescano, veo llegar mi muerte al horno en el que vivo y la forma en que es traicionada mi pobreza: la ceremonia del duelo y el entierro son lujosos, para robarme el alma. Recorro las calles empedradas, soy testigo del lentísimo desgaste de las piedras. Leo con cuidado las marcas del orín, los lunares, los olores que emanan de la vida y la muerte. Lo que veo es un eterno presente que se gasta. Sé que se perdió mi lápida, la gente me inventó una historia porque no tolera la pobreza o el anonimato. Me da tanta tristeza la mentira que hicieron de mi vida con mi muerte que me encierro en mi casa a cubrirme de hollín las manos y la cara. Sólo quiero olvidar las campanas, el duelo y el sepelio, borrar la memoria del historiador y del amigo porque son como el cáncer que destruye la verdadera inmortalidad: la del olvido.
Camino por la ciudad para encontrar pedazos de mí mismo en las banquetas, para verme en el espejo que forma la ceniza. Recuerdo el fuego, las heridas, el filo de la espada y la terrible voz de los cañones. Escucho los sonidos de mi nombre en otros labios y son como sombras que se cuelgan del muro, porque soy nada, apenas el portador de una tumba de barro y una cruz de palabras en la frente. La verdadera leyenda es la del jarro, en él enraizaron las miradas, es un útero de tierra, ahí se guarda la voz del mar y la serpiente y el ojo solitario de la muerte.
Durante muchos años desprendí, con cuidado, la arcilla adherida a las raíces de las plantas que estudié para conocer sus poderes o venenos. La tierra alimenta a las yerbas, les proporciona sus diversas cualidades, de ella sale el vacío. Con esa tierra humedecida modelé un jarro para exprimir en él las múltiples substancias del desierto. Cuando decidí abandonar la aridez y los cardos, lo único que llevé conmigo era ese jarro, un recipiente de tierra recocida, un vientre de barro para contener recuerdos.
Frente a mi tumba puedo reconstruir un poco la memoria, ésta es como una ciudad en ruinas atacada por las uñas del tiempo. Mis huesos se perdieron a fuerza de vagar de cementerio en cementerio. Una lápida con la inscripción: -Juan de Dios Asíos, conocido por Juan del Jarro, murió el día 9 de noviembre de 1859 a la edad de 66 años, R.I.P.-, cubre una fosa ajena. A partir de la piedra con mi nombre se construye otra biografía, la del filósofo, el adivino o el santo. Se puede leer aquí, en cada flor depositada por anónimas manos, en cada moneda arrojada de espaldas para comprar deseos, en cada mancha de orín y en cada grieta, una historia que se suma a la historia. De la vieja telaraña de mi vida recuerdo apenas tres o cuatro sombras, una adivinanza y una charla sin sentido para develar cenizas.
Damián
Damián recordaba los recientes días de jolgorio y entusiasmo. El ejército liberal se aposentó en la ciudad y, aunque con recelo pues estas calles y casas están llenas de mochos conservadores, los soldados dieron rienda suelta a las ansias contenidas por el acuartelamiento, las marchas forzadas y la batalla. Esto era embriagarse y perseguir a las mujeres, algunas por el gusto de verlas correr, asustadas, para ocultarse en la iglesia más próxima; otras porque corrían en dirección contraria al templo y, no obstante sus gritos, albergaban en su interior el íntimo deseo de ser alcanzadas. El diablo tiene algo de fascinante y atractivo, de esto se valían los soldados liberales para ejercer dominio sobre los atemorizados ciudadanos y así obtener consideraciones de todo tipo. Les daba risa la hipocresía, pues las personas les hacían caravanas, saludos y ofrecimientos cuando los veían de frente, que contrastaban con las santiguadas, jaculatorias y exorcismos que les lanzaban a sus espaldas. Damián pensaba en esto, y en algunas anécdotas que valía la pena conservar en la memoria, mientras el dolor le mordía la pierna herida. Hace unos días apenas andaba de fiesta y borrachera, hoy tenía que permanecer oculto, disfrazado de peón y con un escapulario sobre el pecho para no ser descubierto.
El penetrante olor del incienso le hacía más insoportable la dolencia de la pierna, le parecía que la herida olía a incienso. No podía abandonar la iglesia, era el lugar más seguro, a nadie se le ocurriría buscar a un demonio liberal junto a la pila del agua bendita. Le inquietaba solamente la presencia ocasional del cura con el cinturón morado, era el mismo al que le había gritado que se muera, el que se ocultó tras las faldas de las beatas y después salió huyendo protegido por la sombra del anochecer y por unos ricos conservadores que le prestaron lo necesario. Ahora mismo estaba ahí, a un lado del altar, cerca de la puerta que debiera dar a la sacristía, charlando con el pordiosero adivino que les había predicho la derrota, de haberle creído hubiera tomado precauciones y no estaría tirado bajo la pila del agua bendita con una bala metida en el muslo. Damián se encogió todo lo que pudo para no ser descubierto por el cura o el pedigüeño. Enroscado y adolorido el soldado pensó -Maldito pordiosero debería enrolarse para luchar por una patria libre de hacendados y de curas abusones, en lugar de andar entre sotanas y adivinando la suerte de señoritas y petimetres-. No supo en que momento se fueron pues el dolor lo adormeció. Pensó entre sueños en la batalla y recordó lo que le dijo a un compañero de armas: "Mi general Vidaurri parece borracho, da órdenes y contraórdenes sin ton ni son, abandonamos posiciones que no debieron ser abandonadas y tomamos otras que no sirven para nada. Los de Ahualulco deben estar muertos de risa viéndonos correr como pollos en patio desconocido".
Despertó con el murmullo de las oraciones, como a las seis de la tarde. Debía pensar rápido en qué hacer pues era imposible pasar la noche ahí sin que se percataran. Mientras le llegaba la inspiración se puso a observar a las gentes que rezaban. Ahí estaba, como en la tercera fila y en actitud piadosa, el señor respetable que descubrieron en una posada de mala muerte a las orillas de la ciudad, muy borracho y con una mujer sentada sobre sus piernas a la que le metió mano por donde pudo mientras ella sólo metía mano en el costal de las monedas. Ahí estaba también la viejita que se divertía jalando por los pelos a cuanto mozalbete pasaba por su banqueta y también echando su basura hacia la puerta de las casas de sus vecinos. Casi al pie del altar estaba, toda de negro y sin pintar, la dueña de un prostíbulo disfrazado de hostería, acompañada por un hombre joven al que ella le decía sobrino y que era en realidad su amante y guardaespaldas. Damián volvió a profesar, en silencio, por la causa liberal, vale más ser un demonio, un asaltante comanche corta cabelleras o un masón come curas, que un hipócrita como estos que, afianzados en la seguridad de las apariencias y mentiras, viven doble vida, una de respetables ciudadanos y otra de insaciables devoradores de placeres y riquezas. Finalmente se decidió, como pudo abandonó la iglesia, ya obscurecía y esto lo sirvió para no ser visto, cojeando caminó hacia el Montecillo. Llegó a despoblado y escogió un lugar pegado a los arbustos para dormir, no se veía nada más que llano, un poco de basura, un horno abandonado y manchas de arbustos aquí y allá.
Lo despertó la luz del sol al amanecer, intentó incorporarse pero el dolor lo volvió a tirar al suelo, lo jaló como si estuviera sujeto a un gancho puntiagudo clavado en la pierna, pensó -Mochos canijos sus balas duelen peor que las nuestras, aunque las de ellos estén benditas; en lugar de bendecirlas con agua lo hacen con veneno los muy...- Interrumpió su pensamiento porque vio una sombra que se acercaba. Trató de hacerse chiquito e imperceptible pero la sombra iba directo a él. Se resignó y esperó lo peor. Cuando ya estaba cerca pudo ver que se trataba del pordiosero, un hombre de mediana estatura, moreno, con chaqueta y sin camisa, usaba sombrero de copa y traía en bandolera un morral y un jarro.
- Buen día- dijo el pedigüeño.
- Buenos le de Dios- contestó Damián.
- Qué le ocurre soldado.
- Por qué piensa que soy soldado- respondió Damián sintiéndose descubierto y temeroso de las represalias del limosnero. Recordó que él y otros compañeros de farra le habían propinado una soberana paliza, entre burlas y risotadas, sólo porque el hombre les pronosticó la derrota en la batalla de Ahualulco.
- Anda usted escondido y en estos tiempos únicamente los soldados derrotados y los gavilleros se ocultan, como no creo que sea de los segundos, tendrá entonces que ser de los primeros.
- Pues si, soy un liberal que se repone de sus heridas.
- Cuáles heridas, si se puede saber.
- De estas- dijo el soldado al tiempo que se remangaba el pantalón para dejar ver una llaga infectada, sanguinolenta y negruzca.
- Eso debe doler mucho.
- Muchísimo.
- Me deja - dijo el limosnero sacando un manojo de hierbas que traía en el jarro.
- Para qué es eso - dijo Damián desconfiado.
- Para curarlo.
- Está bien
El pordiosero no contestó, se inclinó sobre la pierna lastimada, limpió con cuidado sangre y pus, después colocó el emplasto de hierbas sobre la herida y vendó con un trapo limpio que llevaba en el morral. Cuando terminó se alejó un poco del soldado y se sentó a esperar.
- Cómo supo que seríamos derrotados - preguntó Damián.
- Un ejército sólo puede vencer cuando sus soldados se preparan para la batalla, saben velar sus armas, esperan lo inesperado y poseen la humildad para reconocer la fuerza y la maestría de sus enemigos. Cuando los soldados subestiman al oponente, desperdician su energía en golpear mendigos y emborracharse, serán derrotados.
- Qué bueno es usted - dijo Damián- ya se me está quitando el dolor. Por qué no se viene con nosotros, allá puede curar muchos heridos, puede servir de algo y sin pedir limosna a ningún catrín burlón.
- Yo no tengo bando - afirmó el limosnero- no creo que mi persona pueda inclinar la balanza para ningún lado, ni conservador ni liberal. No creo en los generales, nadie puede conducir a otro a la batalla porque cada lucha es personal.
- El destino se rige por leyes que no comprendemos, - añadió después como hablando para sí mismo- la turbulencia y el azar cambian la historia sin que sepamos cómo, lo único que podemos hacer cada uno es encontrar el camino, nuestro camino, el que no puede ser pisado por nadie más, no importa que ese camino esté chueco o parezca contradictorio.
Dicho esto, Juan del Jarro se levantó y fue a buscar al tapatío que, a esas horas, ya debía estar colgado de alguna rama baja de un árbol en la plazuela de La Merced.
Damián lo vio alejarse mientras el dolor se retiraba como por arte de magia, cuando la figura del mendigo se perdió entre las primeras casas, él se levantó y, aún cojeando un poco, se encaminó hacia el sur para encontrar a las tropas del Coronel Valdés.
La marca de la mina
Me contaron una historia de Juan del Jarro, que no se parece a otras que se escuchan en la calle. Me dijeron que Juan fue encontrado, recién nacido, en el fondo de un tiro, seguramente algún minero llevó a su amante a parir en el socavón para no dejar al descubierto malos amores. El asunto es que el niño fue encontrado vivo casi de milagro, amoratado y con la tripa del ombligo ennegrecida por la tierra. El patrón lo adoptó y dejó el ombligo enterrado en el tiro, esto marcó para siempre la vida de Juan del Jarro. Mientras la mina fue próspera y las mulas salían arrastrando trenes interminables de mineral hacia el beneficio, Juan fue protegido del patrón y tuvo siempre más de lo necesario para vivir. Gastaba sin parar reparos en cuanto se le antojó. Decoró su habitación con lujo, la cama de madera fue recubierta con oro, colgó costosísimos cuadros y tapices en las paredes, atiborró su ropero con tal cantidad de ropa que alguna de ella nunca fue estrenada. Pero cuando la mina empezó a inundarse y cada vez era menos el mineral extraído, la bonanza de Juan también menguó. Un día los mineros, envalentonados por el hambre y el alcohol, dieron muerte al patrón. Alegaban quien sabe qué agravios y exigieron el pago inmediato de salarios atrasados. El dueño de la mina no pudo cumplir las demandas y fue apresado, golpeado y por fin muerto. La herencia fue una mina agotada y sin papeles pues estos se quemaron junto con la casa, a la que los mineros prendieron fuego con el fin de borrar las huellas de su asesinato. Juan desde luego no la reclamó, antes bien salió huyendo al amparo de la confusión generada por el incendio. Nunca más se supo de su paradero, dicen que se fue hacia el norte a probar fortuna, y que la tuvo otra vez traficando con metales. Sin embargo, la riqueza que se basa en el oro es siempre volátil y volvió a caer en desgracia, a ser perseguido por enemigos y deudores. Vino después a esta ciudad, se prometió a sí mismo no volver a buscar el dinero y vivir de la caridad que le pudieran dar en especie, por eso se hizo limosnero. La historia que me contaron coincide con la oficial únicamente en que odiaba el baño, el mes de julio y el oro. Lo demás ya lo saben.
Mariquita
I
Los dos hombres caminaban por la calle que da al costado sur de la Plaza de Armas. Había poco trajín y por lo tanto poco ruido, sólo el piar de las aves y el traqueteo de un tiro de mulas que llevaba metal beneficiado rumbo a la Caja Real. Los caballeros se distrajeron de su charla gracias a una risa sonora, de mujer, que surgió de una bocacalle, en el punto en que desemboca en la Plaza de Armas la calle que viene de La Merced. La mujer apareció en la esquina de la Catedral, desaliñada y sucia como siempre, haciendo aspavientos y emitiendo ruidos extraños y risas inmotivadas hacia las sombras bajo los árboles.
- Esa mujer es casi invisible, sólo la delatan su risa abrupta y su insoportable llanto. La primera ocurre en cualquier hora de la tarde, el segundo explota casi siempre cerca de la media noche. Durante el intermedio vaga por las calles con la vista perdida. A veces juega por horas con una rama seca o hace rodar una cuenta de vidrio. Platica, también durante mucho tiempo, con interlocutores imaginarios en una jerga incomprensible.
- ¿Por qué no la protegen las autoridades o la beneficencia pública?
- Lo han hecho en contadas ocasiones, pero la mujer es rebelde y al menor descuido escapa del albergue para volver a la vagancia desde el alba hasta que cae la noche.
- ¿Cómo sobrevive?
- De la caridad, la que le dan espontáneamente, o la que le brindan Juan del Jarro o el doctor Anselmo Calvillo.
- Pero si el tal Juan del Jarro es otro pordiosero.
- Juan recibe dádivas en exceso y del sobrante sostiene a otros mendigos, en especial a los que están afectados de sus facultades mentales.
Los dos hombres dieron unos pasos más, en silencio, mientras el visitante observaba con cuidado los edificios.
- Que bella es esta Plaza de Armas.
- Un poco más pequeña que la de tu ciudad.
- Pero la desmerecen los mendigos, ¿por qué hay tanto?
- Los políticos, sólo sirven para saquear o despilfarrar las arcas, además exigen préstamos forzosos, dizque para salvar a la patria de sus enemigos, sin darse cuenta que ellos mismos son el más dañino. Y por si fuera poco el General Santana se lleva para su ejército a los hombres más fuertes y jóvenes y nos regresa heridos, baldados y locos. Pero en fin, vamos, ahí está la casa de don Pedro, que ya debe estar esperándonos.
II
-¡Mamaaaá! Ahí está otra vez la loca, llora y grita como endemoniada, no nos va a dejar dormir otra vez.
- Échale un balde de agua fría.
- Ya van dos que le arrojo, la pobre está hecha una sopa, se morirá de pulmonía.
- Llama al sereno por la ventana para que se la lleve.
- No lo veo por ningún lado, esos veladores se aparecen siempre cuando no los necesitas, pero si los requieres se vuelven de humo.
- Háblale a tu padre para ver si hace algo.
- No, espera, ya viene Juan del Jarro, se la llevará para el Montecillo.
- Que bueno, allá es donde debe estar, con los otros pobres y limosneros, y no aquí perturbando la paz de las casas decentes. Ya ve a dormir niña, es tarde y di una oración por la loca, ojalá y dios se apiade de ella y la acoja en su santo seno.
- Mamá, que cosas dices.
- Es mejor para ella, así dejará de sufrir.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
III
- Deberíamos ir con el jefe político y exigirle que ponga solución al asunto de los pordioseros, cada día son más.
- Si, perturban la paz y son fuente de calamidades y enfermedad.
- Andan por ahí llenando de piojos y quien sabe qué más bichos perniciosos.
- El problema es que no hay trabajo, los constructores están parados y las haciendas producen poco y mal. No hay dinero en las arcas para construir albergues ni dar de comer a tanto desarrapado. Las minas se agotaron o están inundadas. El precio de las cosas es casi impagable, en pocos años aumentaron al doble o el triple. Lo que si podría hacerse es llenar un carro con ellos y llevárselos lejos, a donde no molesten.
- Dicen que la loca María estaba preñada, que unos mozalbetes de la indiada se la llevaron al llano, por el rumbo de las huertas, y la violaron. Las madres de la caridad tuvieron que recogerla, cuidarla y ocultarla, para que la gente buena no se enterara de tan bochornoso asunto. El niño nació bien y fue dado en adopción en medio del más absoluto secreto.
- A propósito de Mariquita, dicen que se volvió loca porque la dejó plantada su prometido en la puerta de la iglesia.
- No es cierto, ella vivía por el rumbo de El Salado, cerca de Catorce, cuando ocurrió el ataque de una banda de lipanes, fue hecha prisionera, violada y torturada, su familia muerta a flechazos, su casa se quemó. Logró escapar de alguna forma pero la desgracia hizo que perdiera la razón.
- O sea que ya van varias violaciones.
- Si hombre, de nada le sirven los perros que la cuidan ni las buenas intenciones de Juan del Jarro.
- Alguien me dijo, muy confidencialmente, que no fueron de la indiada los que la violaron hace poco, sino un señor conocido de la sociedad que se aprovechó de ella con engaños. Me dijo que las autoridades ocultaron todo para evitar el escándalo.
- No lo dudo, caras vemos..., la hipocresía es el pecado original de este pueblo.
IV
Mariquita y Juan del Jarro caminaban lentamente, de la plazoleta del Carmen se dirigían hacia el Montecillo, el lugar donde viven los pobres y los muertos. Ella platicaba en su idioma inentendible y hacía ademanes señalando hacia los lugares y las cosas más inusitadas, él le prestaba atención, concentrado, como si en verdad entendiera lo que le decía. El espectáculo era patético, dos mugrosos caminando al atardecer hacia un horno abandonado. Ella empezaba a ponerse seria conforme la sombra de la noche se extendía, él, la calmaba tomándola del brazo. Ya de noche sólo se oía el llanto lastimero de Mariquita, el canto de un tecolote y el silbo del viento entre las tumbas.
V
Mariquita odiaba las sombras, pero sobre todo la presencia de la muerte. Cuando alguien moría o enfermaba de gravedad, la limosnera lloraba prolongada y lastimeramente. Decían que reaccionaba como animal y que su falta de razón había afinado sus instintos. Presentía a la muerte como el perro o el coyote. Se llegó al extremo de afirmar que la mujer era una bruja, un nagual, que transformada en bestia asolaba poblados y rancherías. Algunas mujeres le temían pues pensaban que Mariquita, convertida en loba, secuestraba a los niños. Otras sólo amenazaban a sus hijos diciéndoles que de portarse mal, la pordiosera se los llevaría durante uno de sus ataques de locura.
Juan habla del cólera
He visto morir a la gente de muchas maneras: heridos por flechas o por bala, acuchillados, atacados por males de la sangre, por tumores que crecen de improviso, por un mal duelo. La humanidad es como el hígado de Prometeo, se regenera cada vez que lo devoran las harpías, cada vez que el águila mensajera se lleva un trozo de carne con el pico. Tal parece que la única lucha, la verdadera, la que nunca se podrá ganar es con la muerte. Por eso resultan risibles las cosan en que uno se afana cada día. Nada es importante frente al rostro descarnado. Nada puede saltar la barrera de la nada. Vi los ejércitos de Calleja, de Santana, del Amo Oviedo, todos eufóricos y pendencieros si ganaban, humildes y silenciosos cuando se topaban con la pérdida. Vi, también, a más de doce gobernadores disputarse el título de benefactor de la patria y sin embargo sus nombres se perdieron en la insaciable boca del olvido, sólo se recuerdan, si acaso, los de aquellos que el poder entrampó en sus redes: el que fue asesinado por la espalda y el que perdió la razón.
Pero lo que más pude atestiguar, como el profeta, fue la vanidad; los hombres hacen grandes fiestas por cualquier mínima victoria, llenan de flores su camino y escancian su presunción con los mejores vinos y los discursos más huecos, fácilmente se olvidan de la espada de Némesis para entregarse a los placeres fútiles. No ven más allá de su pequeño entorno, creen que el universo se mide a partir de su ombligo, no pueden contemplar el verdadero rostro de la enfermedad como yo vi el rostro del cólera, que durante el mes de julio causó mortandad entre los pobres. Estuve cerca de Regina Miranda cuando dejó este mundo, vomitó incontables veces antes de dar el paso definitivo hacia la tumba y lo único que dejó fue su miseria y el olor de sus heces. Después de ella el Montecillo se llenó de cadáveres, dicen que fueron más de cuatro mil los muertos. Por eso tengo para mí que julio es el mes de la muerte y tiemblo cada vez que se acerca, con su falda de lluvia y sus calores.
Dos veces atacó a la ciudad el cólera, dos veces rodaron las carretas con los cuerpos y la tierra se abrió para recibir lo mismo a los humildes que a los sabios. Las dos veces, cuando se llevó a Regina al cumplirse el primer tercio y a don Pedro Vallejo al cerrarse el medio siglo, Mariquita lloró continuamente por espacio de un mes agregando sus lágrimas a los charcos de julio y Torrescano cayó en un prolongado estado de estupor. Yo no pude hacer nada más que acompañar a la distancia los cortejos y constatar que la única verdad es la del polvo y que, por más que se intente, nadie puede viajar más lejos que un par de metros bajo tierra.
El tapatío
El tapatío era poseedor de la locura más extraña que por acá se ha visto: se creía plátano. El sobrenombre indicaba su origen pero no su procedencia. Dicen que se le quemó el cerebro en las tierras del sur, donde trabajó de peón en las haciendas frutícolas. Se fue a probar fortuna y el sol del istmo le secó el seso. Sucio y con la vista perdida se acercaba a la gente y preguntaba: -¿Estoy maduro?- al tiempo que ofrecía el brazo para que lo probaran. Los más agresivos lo mordían con fuerza provocándole grandes moretones y hasta costras, siempre traía los brazos llenos de cardenales. Los más recatados o asquerosos evitaban morderlo debido a la suciedad, pero no tenían ecrúpulos para decirle que los frutos sólo maduran en los árboles, lo ayudaban a subirse a una rama y ahí lo dejaban, madurando, hasta que Juan del Jarro se apiadaba de él, lo bajaba con cuidado y lo llevaba hasta una sombra para protegerlo y alimentarlo.
La vida cotidiana
Las calles de San Luis dormían, como siempre, la placidez de una siesta interminable sólo interrumpida por alguna que otra noticia que despertaba a sus habitantes. Éstas se referían por lo general a hechos de la política, al equilibrio de fuerzas entre liberales y conservadores, contando estos últimos con la no muy oculta simpatía de los notables y el clero dominante. Sin embargo, no faltaban los informes de nota roja como el asesinato de M. Henri Androis a manos de sus compatriotas Biet y Larivoir, que primero mataron y desaparecieron a Juan Waskelmen, ayudante de Androis, para inculparlo, y después dieron muerte a M. Henri para robarlo, sólo que la culpa azotó las noches de Carlos Biet hasta obligarlo a confesar, primero a su esposa, posteriormente a la policía. También se recuerda la muerte de don Archivaldo Staines quien por no hablar español contestó en inglés a un llamado de ¿quién vive? durante una noche de queda, el capitán al mando pensó que se burlaban de él y de inmediato ordenó fuego, el súbdito inglés quedó muerto en la calle provocándose un problema de talla internacional. Eran noticia, además, los asaltos en los caminos por parte de bandas de gavilleros y de indios.
El tiempo resbalaba despacio por las calles que van de la alhóndiga a la lonja, del cuartel de caballería hasta la plazuela de El Rebote, de la panadería de Las Damas a la tienda de El Moro. La gente contaba el tiempo por las fiestas religiosas o los días de mercado. La población se sacudió con la paliza a los presos en la calle de Maltos, los fusilamientos frente al palacio de gobierno, las luchas entre conservadores y liberales que triangulaban sus batallas entre el Santuario, el Carmen y San Francisco mediante ataques sorpresivos y metralla, o se divirtió con las aventuras del Chino Ignacio y el Tiernón, o con los honores a los restos de Iturbide que entraron por el Montecillo y salieron rumbo a México después de solemnes reconocimientos.
La mirada de los ciudadanos se dirigía hacia el norte con inquietud pues de ahí provenían la mayoría de los asaltos, el peligro de una invasión, la toma de la capital por los distintos ejércitos, ora centralistas, ora federalistas; o hacia el sur con curiosidad porque de allá venían las noticias más interesantes, tanto de la política, como de la moda o el espectáculo que tanto gustaban a las familias de clase acomodada de esta ciudad de piedra, que se calentaba bajo el sol del desierto.
Cuando nada ocurría afuera, lo suficientemente interesante para llamar la atención, entonces las miradas se volvían hacia el interior y jugaban con la vida y las reputación de los propios vecinos, así se violaba la privacía de cualquier clase de gente mediante inventos o exageraciones. Los salones de reunión para tés, meriendas, juego de baraja, también los días de campo, paseos a las huertas y misas dominicales, así como los días de mercado, ofrecían ocasión propicia para el tejido de toda clase de interpretaciones, mentiras y comentarios. En muchas ocasiones Juan del Jarro fue la comidilla de estas reuniones, los más vieron en el pordiosero una monserga, una molestia menor que tenían que soportar pero que les servía para limpiar su conciencia obsequiándole con caridades y sobrantes que irían a parar a manos de otros limosneros. Otros, sin embargo, apreciaban las cualidades del mendigo y lo creían receptor de dones divinos que lo hacían santo a pesar de su miseria, limpio no obstante la mugre que cubría su cuerpo, sabio en la ignorancia, profeta, sobre todo les atraía el misterio que rodeaba su figura.
Cinco predicciones y un encuentro
Primera predicción:
Niní se reponía de la prolongada fiesta con la que celebró su petición de mano, descansaba y comía dulces, sentada frente al portal de su casa, cuando vio venir a Juan del jarro en busca de su limosna cotidiana.
- ¿Cuándo me caso Juan? - preguntó Niní- pensando que ponía una trampa al limosnero.
- Nunca - respondió el mendigo-
Algunos días después, el novio asistió a una fiesta en donde se hizo de palabras con otro asistente, se retaron a duelo y al otro día el prometido murió a manos de su enemigo. La novia adolorida, se quedó casi en calidad de viuda y nunca más fue requerida con fines de casorio.
Segunda predicción:
El padre prior de San Agustín se topó una tarde con Juan del Jarro y hablaron de lo inevitable, de la muerte y la necesidad de estar siempre preparados para tal eventualidad. Juan aportó los razonamientos más interesantes que pudo encontrar aunque el padre no los tomaba muy en cuenta por venir de quien venían.
- A propósito Juan, cuándo moriré.
- Dentro de muy poco padre.
- ¿y de qué?
- De la cabeza
El prior pensó que ese sería el primer error de Juan pues su estado de salud era inmejorable. Sin embargo, tres días después murió, no se sabe si de una meningitis o de una hemorragia cerebral que lo llevó con prontitud a la tumba.
Tercera predicción:
El sacerdote Jerónimo Buendía arreglaba el jardín mientras charlaba con Juan del Jarro, invitaba al pordiosero a dejar la mendicidad para volverse una persona productiva. Le ofreció trabajo en la sacristía o la posibilidad de ayudarle en sus quehaceres con la comunidad cristiana. Juan se negó y manifestó su voluntad de seguir pidiendo, alegaba que sólo así podría seguir siendo pobre y comprender el drama de los que eran como él. El ministro insistió con el argumento de que la miseria no era una ocupación deseable.
- En fin - le dijo- piénsalo y me resuelves al regreso de mi próximo viaje, que deberá ser pronto.
- No habrá tal viaje - dijo el limosnero.
En efecto, el fraile nunca viajó, pocos días después moría de tétanos, enfermedad que contrajo mientras manipulaba la tierra con abono del jardín.
Cuarta predicción:
Juan del jarro se dirigía hacia el horno que ocupaba a manera de vivienda. Iba distraído, pensaba tal vez en los sucesos del día cuando desde un andamio le gritó un alarife:
- Ya vas a cocinarte la mugre Juan.
El pedigüeño no contestó la burla, siguió su camino sin inmutarse.
- Cuándo moriré adivino, si le atinas te dejaré mis propiedades en herencia.
- No tendrás tiempo de hacer el testamento.
Juan apresuró el paso y no había recorrido cien metros cuando el albañil resbaló del andamio y cayó sobre una piedra rompiéndose el cuello, su muerte fue instantánea.
Quinta predicción:
Dos jóvenes se dirigían a un tentadero, alegres y preparados para disfrutar a plenitud las emociones que prometía la aventura. Por el camino se toparon con Juan del Jarro. Conocedores de la fama de adivino del mendigo, le hicieron toda clase de preguntas sobre su ventura, que si se casarían con una mujer hermosa, que si tendrían dinero y salud suficientes, que si asistirían al baile que organizaban los mercaderes de la lonja y, finalmente, cuándo llegaría la hora de rendir cuentas al creador. Nada les respondió Juan, caminó junto a ellos en silencio y al llegar al punto en que sus pasos tomaron caminos divergentes, les dijo - Tú morirás muy pronto- y al otro - Tú no pero te verás muy cerca -. Los jovenzuelos olvidaron con rapidez su encuentro con el limosnero, distraídos por la ilusión de un día rico en experiencias placenteras. Esa misma tarde un novillo los tomó desprevenidos, mató a uno de terrible cornada y al otro lo dejó mal herido, a punto de la tumba.
El encuentro:
Don Pedro Barajas regresaba a la Catedral después de una comida en casa de don Juan Othón, durante la sobremesa se habló del gobernador Sepúlveda y de otros políticos y militares, así como de los difíciles tiempos que corrían, escasos de dinero y pletóricos de peligro, a esto se le aunaba la inseguridad por tanta delincuencia debida al deterioro de la moral cristiana, también la presencia de los tercos liberales que se empeñaban en hacer daño en los bienes y personas que estaban bajo el resguardo de la Santa Madre Iglesia. Meditaba el clérigo sobre todo esto y otros asuntos propios de su ministerio cuando se encontró de pronto con Juan del Jarro. Como tenía ganas de charlar todavía y faltaba un buen tiempo antes de su próxima ocupación, invitó al mendigo para que lo acompañase y se tomara con él un vaso del agua fresca que lo esperaba sobre la mesa donde preparaba sus bártulos para oficiar la misa. Sacerdote y limosnero entraron en el templo y se dirigieron a la sacristía donde se acomodaron en sendas sillas.
La conversación que ahí se sostuvo permanece en el secreto, sólo se sabe que el obispo habló de las cosas que lo inquietaban, en especial las amenazas al libre ejercicio de la religión y el sacerdocio, los robos y confiscaciones de que, ilegal y abusivamente, eran objeto las órdenes religiosas. Juan, por su lado, predijo ciertos hechos como la reconciliación entre la Iglesia y el Estado, otra epidemia, una sequía, la invasión de los franceses y, para el próximo siglo, una guerra civil que dejaría los campos tintos en sangre y una gran inundación. La reunión duró poco, apenas un par de horas, sin embargo, en el ánimo de los dos se produjeron cambios muy sutiles y ya nunca recuperaron la serenidad que precedió a ese encuentro. Se cree que Juan del Jarro sólo confió el secreto al doctor don Anselmo Calvillo y el obispo a su confesor.
Años más tarde, cuando los familiares del don Anselmo revisaban su legado para organizarlo, encontraron entre sus papeles hojas sueltas y cuadernos que contenían notas sobre el estado de sus pacientes y, salteados, algunos apuntes que se referían a sus entrevistas con Juan del Jarro, y otros en los que se asentaban opiniones del obispo sobre este personaje. Las notas eran pocas y redactadas de tal manera que se volvían prácticamente inentendibles. Sin embargo, haciendo un esfuerzo de reconstrucción pueden dilucidarse algunas ideas que, tanto don Pedro como el doctor, tenían acerca del mendigo. Lo consideraban una especie de nuevo profeta apocalíptico, con el ojo tan sutil como San Juan y tan complejo como el de Valentino. Juan del Jarro era, para ellos, una especie de filósofo desencantado que no confiaba en el progreso, sospechaba de todo avance y toda propuesta prometedora, vivía convencido de la irredimible maldad inoculada por el pecado original que no era otro que el deseo, creía que la sabiduría o el conocimiento fueron inventados por el diablo para inducir la ceguera, recelaba de todo aquel que pretendiera conducir a los otros o imponerles una moral o una doctrina y sobre todo, estaba convencido de que atesorar tierras o riqueza era la comprobación más clara de la estupidez humana. - Las cosas no son nuestras, nosotros somos de las cosas- le dijo un día a don Anselmo y éste anotó la frase en el reverso de una receta inútil. Lo que si fue cierto, esto se desprendía de las notas encontradas, es que ambos, médico y sacerdote, tuvieron un especial respeto y admiración por el pordiosero al que consideraban una mezcla de profeta Daniel y Francisco de Asís, pero con la amargura de los que saben que van a morir de sed en el desierto.
Juan se reconoce extranjero
Viví en esta ciudad por más de treinta años pero siempre fui un extranjero. Nadie puede ser hijo del desierto, no es posible arraigar en la arena. El viento cambia el rostro de la ciudad cada minuto, las piedras que amanecen no son las mismas que reciben las primeras sombras de la tarde. Todos fuimos expulsados del origen con una espada de fuego, todos somos extranjeros en el sitio mismo en que nacimos. Jamás tuve maestros pero aprendí a escuchar las voces que cuelgan de los hilos del tiempo, las que forman la red indestructible que me apresa, oigo, por ejemplo, el tambor de selvas africanas, la fiereza de los celtas y los guachichiles, la vanidad de los romanos, la rigidez de los judíos, la sensual fantasía de los árabes, la sencillez musical de los aztecas, la terquedad de los iberos. Todas esas voces son mi voz que se oculta en un horno. Entiendo también, el significado del vuelo de una mosca, el de un silbido de víbora en la sombra, el del color de una planta que se muere, el de una flor que brota entre las peñas. Huyo de la verdad para encontrarla. Conozco el valor del agua cuando crece la aridez por todos lados, y el valor del silencio. Vivo pues extraño en tierra extraña, para ver hacia adentro, para entregar mis vísceras a las aves rapaces y alimentar con ellas la única realidad que vale: la locura.
Torrescano
Los únicos que no batallaban por empleo eran los soldados, el país era un montón de guerras que se superponían: nacionales, regionales y locales. Había mucho general, coronel, capitán. Todos los caudillos requerían hombres de refresco y los tomaban de distintas maneras: ofreciéndoles pagas fabulosas que nunca cumplían, por la fuerza mediante el mecanismo de la leva, con arengas y discursos en favor de la patria y la libertad. El caso es que los hombres eran devorados por el torbellino de la guerra. Los que no morían, eran devueltos a su tierra heridos, mutilados o con la razón perdida. Uno de estos últimos era Torrescano, un hombre sencillo transformado en artillero que se volvió loco por el ruido de tanto cañonazo. Torrescano andaba por toda la ciudad con una bolsa llena de basura y hablando solo. Cuando se producía un ruido accidental más o menos intenso, él se tiraba al suelo, se cubría la cabeza con los brazos y temblaba de miedo, como esperando la llegada de metralla. Los niños y adolescentes lo amagaban con palos, lo exhortaban a darse preso y a cumplir una sentencia de acuartelamiento, pintaban un círculo con tiza sobre el suelo y ahí dejaban al pobre trastornado, sin moverse por horas, hasta que llegaba Juan del Jarro a liberarlo. Un psiquiatra del siglo veinte le hubiera diagnosticado catatonia pues caía en estados estuporosos que duraban a veces varios días. Durante esos ataques Juan del Jarro se sentaba junto a él y ambos permanecían inmóviles, con la mirada perdida en el horizonte. Cualquiera que los hubiera visto, sin conocerlos, creería que sostenían una comunicación sin palabras, una larga y enriquecedora charla silenciosa.
El día que murió Juan del Jarro, Torrescano lloró al ver la procesión y los cánticos y los niños con palmas en las manos y a las cofradías vestidas con sus hábitos. Después del sepelio nadie volvió a verlo, dicen que él se llevó el jarro y se internó en el desierto hasta perderse.
Don Anselmo
Don Anselmo Calvillo fue un médico muy respetado, certero en sus diagnósticos, eficaz en sus tratamientos y, sobre todo, muy humano. Fue el doctor de cabecera de muchas familias respetables, atendía los hospitales y dispensarios que sostuvieron algunas órdenes religiosas, de manera que tenía todo su tiempo ocupado. Sin embargo se daba maña para consultar gratuitamente y aún proporcionar medicamentos a un numeroso grupo de pobres y limosneros. Era en fin un hombre querido y solicitado por todos los habitantes, sin importar su clase o condición económica. Lo único que en él resultaba curioso era su extraña amistad con el pordiosero Juan del Jarro, nadie la entendía pero todos la respetaban.
Doña Anita Meza confesó a unas cuantas y escogidas amistades que su abuelo, el doctor don Anselmo, conversaba con Juan del Jarro sobre medicina y sobre todo de farmacología, éste le enseñó al médico las prodigiosas propiedades de algunas plantas y el efecto curativo de ciertas posiciones, ejercicios y formas de respirar. Según ella don Anselmo afirmó alguna vez que debía más de sus conocimientos al del Jarro que a la escuela. "Este dicho puede ser un poco exagerado pero uno nunca sabe" - decía doña Anita -. Por esto, gracias al cariño y admiración que su abuelo profesaba por el limosnero, decidió trasladar sus restos desde el montecillo, panteón que sería destruido gracias a una orden del gobernador don Rafael Cepeda, hasta el nuevo panteón de El Saucito, donde sus cenizas reposarían en la cripta familiar.
Juan del Jarro tenía una especial predilección por la compañía de don Anselmo Calvillo, los unía una amistad inexplicable. A tal grado, se sabe con certeza, que el médico era el único confidente del pedigüeño. El galeno conocía sus secretos, hablaba con él durante mucho tiempo, daban juntos larguísimos paseos. Era también el único que tenía sobre Juan alguna influencia y éste se dejaba, de vez en cuando, atender por el médico que lo exploraba, lo bañaba y trató siempre de convencer al limosnero de lo necesario de la higiene. Los ligó una complicidad que superó las barreras de la muerte y de la que se tienen algunas referencias en las notas desperdigadas de don Anselmo que fueron conservadas por sus descendientes.
El doctor Anselmo Calvillo, rescató el jarro y el morral del mendigo conocido como Juan del Jarro. Guardó celosamente estos objetos y, poco antes de morir, encargó a un sirviente que los enterrara en el desierto. Nadie volvió a saber el paradero del enviado ni si cumplió cabalmente su cometido.
Las bromas
Era común que la gente tratara de hacer bromas a Juan del Jarro, le planteaban situaciones con las que pretendían poner en evidencia la falsedad de sus predicciones o lo endeble de sus conocimientos. Jugaban con él poniéndole trampas y cuestiones insolubles. Una ocasión, por ejemplo, una dama que se divertía con un grupo de amigas preguntó al mendigo, en tono de burla, por el nombre del que sería su esposo, a lo que Juan contestó: - te casarás, pero no con el padre del niño que llevas en el vientre -. La muchacha se puso pálida al ser descubierto, frente a sus amistades, un embarazo que ni siquiera ella conocía. El asunto causó escándalo y la familia se vio precisada a enviar a la bromista fuera de la ciudad para ocultar lo inocultable o, por lo menos, atenuarlo con la distancia.
Otra vez un grupo de jóvenes preparó una broma para reírse del pordiosero, uno de ellos se hizo el muerto tirándose en el suelo, sobre una calle que Juan recorría invariablemente, ese día el pedigüeño tardó más de lo acostumbrado por lo que los bromistas, incluido "el muertito", tuvieron que soportar el fuerte sol de la mañana por casi una hora, sin embargo, la espera se vio coronada por el éxito pues hacia el mediodía apareció Juan del Jarro que caminaba lento, como siempre. Los mozalbetes empezaron a fingir que lloraban y daban gritos, dijeron al mendigo que su amigo había muerto y le pedían que lo resucitara. Juan se aproximó al joven tirado en la banqueta, lo observó con cuidado y después se quitó el sombrero, se santiguó y dijo: - descanse en paz, nada se puede hacer -. Se fue en silencio y no bien había doblado la esquina, los muchachos irrumpieron en risas, dijeron al amigo que se levantara y festejaban su broma. El actor no se levantó, una hemorragia interna, provocada tal vez por el intenso calor, cortó en efecto su vida.
Los aumentos curiosos de Juan Vildósola
I
Juan Vildósola (1841 - 1860), estudiante del Seminario Conciliar Guadalupano Josefino, escribió un diario en el que anotó los hechos que a su juicio revistieron mayor importancia durante sus últimos años en el seminario. El padre Montejano lo reporta en su Biobibliografía de los escritores de San Luis Potosí (UNAM 1979) con el título "Diario de noticias de los años 1857,1858 y 1859 que han acontecido en S. Luis Potosí, con otros foráneos, y además unos aumentos curiosos, los cuales están al fin de este tomo" Es un manuscrito de 186 páginas. En él dio cuenta de la muerte y entierro de Juan del Jarro. Sin embargo, las extrañezas que recopiló fueron tantas que se vio precisado a redactar un segundo tomo para contenerlas. En este volumen adicional de sus memorias el seminarista registró, en párrafos precedidos por una fecha imprecisa, cosas extrañas que le comentaron o sucedieron en la ciudad o sus alrededores, entre éstas contó algunas que directa o circunstancialmente estuvieron relacionadas con Juan del Jarro. Relata por ejemplo en las primeras páginas de su segundo tomo, donde recoge los dichos que recibió de sus mayores, que en el verano de 1828, cuando aún se entretenía la gente comentando el éxito de la presentación de "El pirata" en donde demostraron su virtuosismo los Zavala y se comentaban las intrigas de don Vicente Romero contra el gobernador Ildefonso Díaz de León, se vino un temporal impresionante, la nublazón se prolongó por tres semanas. El agua causó crecidas de ríos, arroyos y pozas, derribó algunas casas construidas pobremente y sin cuidado. A punto estuvo de inundarse la ciudad de forma tal que los daños serían irreparables. Toda la gente rezaba y pedía devotamente la escampada. Como si Dios se hiciera eco de los ruegos dejó de llover entrando agosto, el cielo se despejó, el viento detuvo su carrera, el sol recalentó las piedras. Al amanecer del día primero se vio limpia como nunca la ciudad, la gente volvió a las calles, el sol y la luna se vieron juntos en el cielo hasta ya muy avanzada la mañana. Algunos reportan que ese día vieron por primera vez la figura de Juan del Jarro, entró por el norte, recorrió las plazuelas, la calle del recreo, la del platanito, la del refugio, la de aurora y la del ángel. Inició su larga carrera de pedigüeño. Entró en silencio, de cada donativo que le daban separó una parte y la entregó a los otros limosneros en señal, tal vez, de que no sería un competidor para ellos. Pronto su presencia se sintió habitual, como si siempre hubiera estado ahí, como si fuera parte del paisaje. Se fue la lluvia y llegó el del jarro con la misma naturalidad con que amanece cada día.
II
Siete de abril. Casi nadie lo sabe pero Juan del Jarro sabe escribir, lo vi hace unos días trazando palabras sobre el polvo. Lo encontré sentado en un baldío y con una vara escribía sobre el suelo. Me acerqué silencioso para verlo y él, aunque detectó mi presencia, siguió con su actividad. Dibujaba signos extraños, rayas, palabras sin sentido, todo esto alternado con términos en latín y algunas palabras sueltas como: eternidad, infinito, nada, muerte y otras que no recuerdo. Pensé que Juan podría ser un buen escritor pues su charla era más o menos culta y con sentido, tenía una memoria poco común y era de palabra fácil, algunos pensaban que era un limosnero filósofo. Convencido de esto y con la creencia de que no escribía por no tener los medios, me ofrecí a proporcionárselos, lo dotaría de papel suficiente y hasta le ayudaría a mejorar su estilo o a completar su aprendizaje del idioma si así fuese necesario. Juan del Jarro rechazó, casi indignado, mi buena voluntad. Me dijo, entre otras cosas que él nunca escribiría sobre algo más permanente que el polvo o la arena del desierto, que las palabras nacieron para ser transportadas por el aire, que lo escrito moriría antes aún de que la tinta se secara. Debo confesar que no entendí varias de las cosas que me dijo y con otras estuve en franco desacuerdo.
Afirmó que la tarea del escritor es ingrata porque se ubica en el punto de mayor tensión entre la libertad y el orden, entre el deber y el instinto. El que escribe debe combatir la locura desde la locura misma y está condenado a sucumbir bajo el peso de su propia vanidad, herido con el filo mortal de lo indecible. En el mejor de los casos es como un ciego tratando de encender una antorcha humedecida. Finalmente concluyó: los que redactan la historia son sepultureros, la muerte es su materia y la lengua es la madera y los clavos con que construyen el féretro. Por eso no quiero dejar ninguna huella de mi paso por la vida, nada que pueda ser convertido en imagen detenida en el tiempo, nada que me ate o que, sujeto a mi cuello como una piedra de molino, me sumerja en el profundo mar de la memoria.
III
Doce de junio. No son raras las ausencias de Juan del Jarro, durante ellas se interna en el desierto. Algunos piensan que para recolectar las plantas que utiliza durante sus curaciones. Otros, que huye de la carga que representan los otros limosneros y para retornar a los lugares que lo vieron crecer. Lo cierto es que se ausenta de improviso, sin avisar a nadie.
Un hombre reporta haber visto a Juan en compañía de unos indios ataviados a la usanza de los curanderos o sacerdotes de las tribus salvajes. Estaban sentados, al atardecer, formando un círculo sobre una meseta. El observador había salido de cacería y ya regresaba cuando lo atrajo un sonido raro, como de ecos que repitieran una plegaria. Los indios tenían la mirada fija en un objeto verde en el centro del círculo, tal vez se trataba de un cacto redondo y de piel lisa de los que por ahí abundan. Juan miraba al cielo donde un halcón volaba vigilante. El lugar estaba en completo silencio, a no ser por las voces. Poco después Juan tomó la planta y la introdujo en el Jarro, al mismo tiempo el halcón se dejó caer, como rayo, sobre una liebre que corría en las faldas del cerro y luego remontó el vuelo con su presa en el pico, todo esto vio el observador que siguió con la mirada el gesto rapidísimo del ave. Cuando volvió los ojos a la meseta Juan estaba solo, los indios se disiparon como sombras. Juan se levantó y emprendió lentamente su regreso a casa. Bajó la pendiente el cerro desde la meseta en que estaba colocado. S oyó el aullar de unos coyotes alejándose. El observador salió despavorido y no se detuvo hasta alcanzar la protección de los muros y la luz de la ciudad, contó lo sucedido a quien encontraba en su camino. Nadie le creyó. Todos habían visto a Juan del Jarro que cuidaba con devoción a Torrescano mientras éste caía en uno de sus ataques de inmovilidad.
IV
veinte de agosto. La ciudad ha sido víctima, en varias ocasiones, de plagas y epidemias. De las segundas se recuerda el cólera que causó mortandad en los años de 1833 y 1850, los ataques de influenza, los resfriados comunes al final del otoño. Por lo que toca a las primeras todo el mundo conoce la invasión de ratas en las cercanías de las caballerizas, los alrededores de la alhóndiga y en general en los lugares donde suele acumularse la basura. Los insectos nocivos también infectan todo, no sólo las casas de los pobres; no es raro encontrar pulgas, chinches y cucarachas en los hogares de las familias más pudientes y prestigiadas. Las falenas o mariposas nocturnas tachonan los muros como grandes moños de luto en el mes de septiembre. Por el rumbo de las huertas proliferan los ciempiés y las arañas. Una variedad de estas últimas se convirtió en plaga el verano pasado, de nada sirvieron los venenos, las escobas y el fuego, aparecían por todos lados y aunque su mordedura no era mortal si resultaba muy dolorosa. Todo el mundo se quejaba por la invasión de los arácnidos. Un día Juan del Jarro apareció con su morral lleno de unos insectos parecidos a los escarabajos, eran negros, de caparazón duro que cubría unas alas doradas y brillantes, tenían a los lados unos puntos amarillos, como granos de arena. Los depositó por pares en distintos lugares de la ciudad, especialmente en las orillas, sobre todo las que colindaban con las huertas y las más próximas al río. A los tres días las arañas disminuyeron en número de manera considerable y a las dos semanas desaparecieron casi totalmente. Lo extraño es que tampoco se volvieron a ver los escarabajos. Este año las libélulas alegraron las márgenes del río con sus grandes alas tornasoles.
V
ocho de febrero. Un viejo sacerdote que dio clases en el seminario me confesó su creencia de que Juan del Jarro era un profeta, un nuevo vidente del Apocalipsis. Me dijo saber, de buena fuente, que Juan Predijo la llegada de un tiempo de idolatría y descreimiento. El mendigo afirmó que el hombre rebasaría los límites de la tierra; aumentaría su poder destructivo hasta lo increíble; la guerra invadiría el mar, la montaña, el cielo, la selva y el pantano. Dijo que la humanidad sería capaz de producir incontable riqueza pero que al mismo tiempo morirían millones por la enfermedad y el hambre; que se lograría obtener, por la ciencia, la mayor cantidad de tiempo libre, las más variadas formas de diversión y esparcimiento, sin embargo, miles morirían por propia mano. Vaticinó el advenimiento de los más grandes imperios que se hayan imaginado y de nuevas enfermedades más nocivas que el cólera y más fatales. Dijo que lo único inmutable, desde siempre y para siempre, sería el deseo y su hijo el poder, que éstos eran los motores de la torre de Babel y del desastre. El viejo cura afirmó que me proporcionaría el nombre de su informante para confirmar lo dicho por el mendigo y para que, juntos, previniéramos al pueblo de la destrucción prevista. El sacerdote fue trasladado de improviso, por instrucciones del obispo, a cumplir una misión en el sur del país, no lo he vuelto a ver desde el día de su partida.
VI
tres de noviembre. Ayer fue visto Juan del Jarro en más de tres lugares al mismo tiempo. Puede ser que la ignorancia de la gente facilite la propagación de este rumor. Son tantas las fantasías y tantos los hechos insólitos que se le atribuyen al pordiosero que uno ya no sabe si dar crédito a tanta superchería. Lo más curioso de Juan del Jarro es que, al decir del pueblo, puede ser cualquier cosa, desde una ráfaga de viento hasta un lobo que aúlla a las lunas de octubre.
VII
cuatro de julio. Cada año, en este día, llega el hombre misterioso. Se trata de un hombre de porte distinguido, muy elegante, que arriba con un tren de carretas. Efectúa algunas diligencias en las cajas reales, se entrevista con algunos de los hombres notables, especialmente administradores y dueños de las minas. Después se pierde caminando por las orillas de la ciudad. Se le ha visto, sobre todo, por el rumbo del Montecillo, sostiene larguísimas conversaciones con Juan del Jarro que lo ve con respeto, casi con miedo. Se va siempre cuando los últimos rayos de sol acarician el lomo azul de la cerranía.
Los encuentros de este poderoso con el mendigo despiertan la curiosidad de los vecinos. De aquí se desprende un sinnúmero de chismes que enriquecen la fantasía popular. Algunos piensan que se trata de una vieja amistad del pordiosero, que le visita cada cuatro de julio en cumplimiento de una promesa. Otros que se trata de un enviado para ofrecerle a Juan un puesto y una posición envidiables en el extranjero, pero que éste rechaza una y otra vez para cumplir con su vocación de pobre. Otros más creen que llega el mismísimo demonio a tentar al pordiosero, para perder su alma. Lo único cierto es que posteriormente a las visitas Juan queda agotado, no sale del horno por varios días, don Anselmo le lleva medicina y lo cuida hasta que se repone, sólo el médico conoce el secreto del extraño visitante y sus consecuencias. Nadie ha podido sacarles, ni a Juan ni a don Anselmo, una sola palabra sobre este misterio.
VIII
doce de noviembre. Hace tres días enterraron a Juan del Jarro. Hoy, al atardecer, las escasas falenas que sobreviven de la temporada volaron hacia el panteón del Montecillo, se les vio volar alrededor de las fosforescencias que emergen de las tumbas. La luna cruzó solitaria por el cenit, a pesar de que el cielo estaba limpio no se vieron las estrellas.
Una visión contemporánea
Hace unos días encontré este artículo en un diario local, "El Sol de San Luis", sección A, pág. 7, titulado "Contra riqueza, pobreza", título que hace una clara referencia a los pecados capitales. Lo transcribo porque tiene relación con el tema que nos ocupa, el tono ensayístico del texto tal vez se dispare con respecto al contenido y la forma de lo que aquí se dice, pero creo necesario incluirlo porque representa una visión más, otra forma de entender la vida y muerte de Juan del Jarro:
"Contra riqueza, pobreza"
Juan del Jarro es un personaje instalado en la memoria colectiva de los habitantes de San Luis Potosí, aparece de pronto durante una charla informal, en una nota de periódico o como protagonista de una tira cómica. Desde que supe de él me fascinó, al grado de escribir inspirado en su historia un mal poema, excesivamente largo y retórico. Ignoro los motivos que me hacen atractiva su figura, tal vez tengan que ver con ocultos mecanismos psicológicos y con algunos hechos de su biografía que intuyo ligados con los mitos que soportan una particular forma de entender la realidad.
La vida de Juan del Jarro es prácticamente desconocida, sólo se retienen algunos datos aislados cuya veracidad sería muy difícil de comprobar. Se sabe que era un marginado, pobre y limosnero. Compartía con otros pordioseros parte de lo que a él le daban. Adivinaba el futuro, especialmente las tragedias y la muerte. Era un conversador fluido y memorioso. Falleció hacia el final de la sexta década del siglo diecinueve. Estos pocos hechos y su muerte, o con más precisión, su sepelio que fue lujoso y concurrido bastaron para darle un lugar en el recuerdo, un espacio en la interminable parrafada de los libros de historia. Si tratamos de entender cómo se realizaron los amarres que lo unieron a la intrincada red de la cultura, qué características lo anclaron en el río de la memoria, lo más probable es que fallemos, la lógica racional siembra trampas, confunde los motivos, enreda las anécdotas. Sin embargo, se puede intentar un ejercicio de reflexión que apunte hacia el entendimiento, si no de Juan, si de los lectores que lo obligan a permanecer en el limbo, los que lo atan con estampas, veladoras y flores a una tumba vacía cada dos de noviembre.
Dos cosas llaman la atención de la biografía o leyenda de Juan del Jarro: lo vago de su historia y las contradicciones o paradojas que contiene. La vaguedad deja huecos, abre puertas hacia lo inefable y oculto, convierte al relato en un espejo en el que puede reflejarse cualquier rostro. Por lo que toca a las contradicciones, constituyen los nudos que posibilitan la metáfora, el relato de un relato que no es otro que el de aquí y ahora. Así, la muerte del pordiosero y su magnífico entierro representan o encarnan el mito de la salvación: el pobre muere y entra al paraíso. El sepelio comandado y oficiado por notables y jerarcas de la iglesia garantiza la santidad de los humildes, siempre que éstos vivan de acuerdo con los preceptos de la moral dominante. Existe un abismo entre la figura austera de Juan del Jarro y la más vital y rebelde del Pito Pérez literario. El primero llevó una vida marginal sin rebelarse, recibió con sencillez lo que le dieron, trató con respeto a sus donadores y les sirvió otorgándoles la diversión de su palabra y sus profecías; el segundo se burló de todo y de todos, hasta de él mismo, rompió todas las reglas con que se cose el telón que oculta la mentira, y acabó, hilo lacre, abandonado y solo con un esqueleto como esposa.
El San Luis Potosí empobrecido, conservador, silencioso y frugal, encuentra en Juan del Jarro su retrato más fiel: una historia llena de lagunas y misterio; una vida piadosa repartida entre la caridad y el hambre; la esperanza de la salvación cristiana y la santidad. Juan del Jarro, como San Luis Potosí, lleva una estrecha y cordial relación con los ministros de la iglesia, conoce los santorales y las fiestas religiosas, a falta de creatividad cultiva la memoria, rocía sus relaciones con la humildad y discreción necesarias para esconder la amargura, la burla, el dolor que deben desprenderse de su condición de marginado. Ciego a la indignación o la rebeldía intenta paliar su consecuencia: la locura. Sólo es capaz de ver la enfermedad y la muerte porque sabe a fin de cuentas que sólo hay dos puertas de salida a la indigencia: la locura o la muerte.
Sin embargo, las interpretaciones no pueden ser tan rígidas y definitivas, existen otras señales, indicios que nos pueden llevar por caminos distintos. La pobreza, por ejemplo, se ofrece como el disfraz de potencias ignoradas y deseables, de tal modo Juan del Jarro es una reinterpretación del pordiosero que se pasea entre los pretendientes, aceptando las burlas y desprecios, en espera del arco y el tálamo que lo sacarán definitivamente del anonimato y el olvido; o del pobre de Asís consciente de que sólo desde la miseria puede salvar a los otros miserables y que la pobreza es ante todo una descalificación de la soberbia y el atesoramiento. Lo que desenmascara sin lugar a dudas la violencia del verdugo es la víctima. Juan de Jarro es la víctima. El verdugo no tiene salvación, su conciencia será su enemiga para siempre, a menos que la víctima desaparezca por cualquiera de dos caminos posibles: la beatificación o la condena. Así, Juan del Jarro es beatificado para exculpar a los verdugos, para desresponsabilizar a la sociedad por su miseria. El sepelio lujoso se constituye en una traición porque borra, con el espectáculo, una vocación de vida, Juan fue limosnero y siempre quiso serlo, enterrarlo como poderoso contradice su postura, la deforma. Por eso cuando muere es honrado como los verdugos por los verdugos, para ocultar el rostro de la necesidad y el hambre con la máscara del incienso y los responsos.
Otras características de Juan que lo hacen susceptible de identificar con los mitos son: su posibilidad de adivinación y clarividencia; su capacidad para substraer de los poderosos lo que es necesario a los mendigos; su habilidad para interrumpir la enfermedad; su lenguaje que funciona como instrumento de seducción; el horno donde vive; y su jarro, un retrato de él mismo, una pieza de barro que carga su vacío en el vientre.
La locura
Todos los esquemas de interpretación de la realidad son manifestación de la locura, lo que hace la diferencia entre ellos es el consenso, la legitimación, la dominancia. Así, la definición de la locura se liga necesariamente con el poder y es éste el que marca los límites, el que define el adentro y el afuera, el lugar y el vacío. Juan supo, de alguna manera, que una forma de alcanzar la libertad es la locura, el estado desde donde es posible saltar de una realidad a otra, romper las cadenas del poder y la rueda de las categorizaciones rígidas. Una característica notable de la historia de Juan del Jarro es su cercanía con la locura. Protegió preferentemente a los mendigos que estaban afectados de sus facultades mentales, los que vivían en mundos paralelos, los que caminaban por las rutas de realidades alternas. Esta predilección no es gratuita, el mendigo sabía que la locura, como la enfermedad y la guerra, es uno de los elementos de la catástrofe.
Los tres pordioseros locos que protegió el del jarro son en realidad un símbolo del tiempo. El Tapatío, Torrescano y Mariquita representan, en ese orden, el pasado, el presente y el futuro. La locura del Tapatío tiene algo de místico y deseable, significa el retorno, al transformarse en fruta se despoja de sí mismo, regresa al paraíso, se coloca en un punto anterior al nacimiento del pecado original y de la culpa. La silenciosa inmovilidad de Torrescano es una imagen del eterno presente que se gasta, del instante que vive para siempre y que constituye el ombligo de la eternidad, el punto donde convergen los caminos, el nudo de la red. El llanto y el dolor de Mariquita ante la sombra es producto de una visión del desenlace, el grito ante la presencia de la muerte, la voz de quien es testigo del desastre. La locura es la razón por la que Juan del Jarro se convierte en profeta, él tiene la posibilidad de encontrar el sentido que se oculta en los relatos porque su propia locura se enreda con los hilos del tiempo.
El sepelio
Un jovencito llegó apresuradamente hasta el consultorio del doctor don Anselmo Calvillo y, con la respiración agitada, le dio el siguiente mensaje: "Doctor, dice Juan del Jarro que vaya a verlo, pero no antes de que termine su consulta de la mañana, que allá lo espera para que cumpla su promesa". El médico temió lo peor, ya no pudo concentrarse en su tarea. Terminó como pudo su consulta y se dirigió hacia el Montecillo, al horno abandonado en el que vivía el mendigo. En él encontró a Juan del Jarro, yerto, sin vida pero con la serenidad reflejada en el rostro. La promesa consistía en darle sepultura pero sin informar a nadie, en silencio, sin más sudario que la casaca que llevaba puesta, y la mugre. Don Anselmo dudó, no sabía cómo cumplir lo ofrecido, cómo darle sepultura sin decírselo a nadie, ni siquiera a la autoridad o al administrador del panteón. La indecisión lo hizo perder tiempo, el suficiente para que los pordioseros y vecinos pobres se dieran cuenta del fallecimiento y propagaran la noticia por toda la ciudad.
En menos tiempo del que se emplea para decir Jesús, empezaron a llegar curiosos, pronto el Montecillo era una romería, caras tristes, llantos y oraciones llenaron los alrededores del horno. don Anselmo trató de alejarlos, les pidió que lo dejaran solo para cumplir con su oficio, pero fue imposible, al poco rato empezaron a llegar los religiosos, miembros de las cofradías y de la jerarquía eclesiástica y, entre todos, se dieron a la tarea de organizar las honras fúnebres. Llevaron el cadáver a la iglesia de San Juan de Dios donde se realizó el velorio, las oraciones y la misa de cuerpo presente. Se hicieron notar ante el féretro todas las clases sociales, ricos, pobres, mendigos, jornaleros. Hicieron guardia los caballeros y las damas con sus uniformes y distintivos de la cofradía: los de la Buena Muerte, los de las Benditas Ánimas, los de la Vela Perpetua, los de San Pedro, los del Señor de los Desamparados, los de las Venerables Órdenes Terceras, también los Mayordomos de los barrios, autoridades eclesiales y civiles. En ningún momento se dejó solo el cuerpo del fallecido, a toda hora fue blanco de oraciones y deseos de salvación. Cumplido el velorio se emprendió la marcha hacia el cementerio, todos competían por cargar el ataúd, el paso fue más lento de lo normal debido a tanto cambio de cargadores que sólo alcanzaban a dar unos pasos. Una multitud formaba el cortejo en donde, como ya dijimos, se veía toda clase de gente, desde la más encumbrada y pudiente hasta la más miserable. Durante todo el recorrido se entonaron cánticos fúnebres y buenos deseos por el descanso de su alma. El féretro fue seguido por un grupo numeroso de niños con palmas en las manos, como se acostumbra en los entierros de los santos inocentes.
El acta que registra la defunción de Juan afirma que le dieron sepultura el 9 de noviembre de 1859, también consigna su lugar de origen, padres y apellidos, y el pedazo de tierra que albergó sus huesos. En el segundo tomo del diario de Vildósola, citado, se dice que al amanecer del cuarto día posterior al entierro, se vieron salir del panteón del Montecillo varios centenares de escarabajos negros que rodaban una bola de arcilla hacia el desierto.
Segunda Parte
Otras historias
Sherezade me ha enseñado a creer que
la lógica humana engaña y sumerge en
un mar de contradicciones.
Naguib Mahfuz
El barco negro
La leyenda del barco se perdió muy pronto en el olvido por ser de suyo inverosímil. Sin embargo, algunos datos recogidos aquí y allá, vaticinan que esta ciudad lejana al mar será destruida por un barco. La señora que hace la limpieza de la casa cada miércoles dice que su abuela escuchó de su abuela, el temor que los indios le tienen a esas máquinas capaces de parir hombres blancos y caballos sobre la playa. Los tlaxcaltecas que vinieron con los primeros españoles a poblar estas tierras cercanas al cerro de San Pedro, trajeron consigo la creencia de que existe un buque negro, un galeón pesado e imponente que puede surcar el mar, moverse sobre arena o hundir su quilla en el lomo del viento; este barco, sin tripulación y sin vigía, recorre el mundo levantando las almas de los muertos.
En una crónica se cuenta que en las noches de luna nueva por el cielo del sur desciende una nave negra de la que baja un ejército de sombras a envenenar el aire y hacer más grande la extensión del desierto. Las sombras recorren todos los callejones, sus lamentos se escuchan entre sueños, dejan una mancha roja sobre el cuerpo de los niños que nacieron al declinar el día, después se van, antes de que la niebla se levante, abordan de nueva cuenta su navío y levan anclas, un aire helado corre al norte y se los lleva con las velas henchidas. La crónica desde luego es falsa pero algunas noches, en septiembre, no se pueden dormir los perros ni los niños lactantes, se oye el crujir de los cordajes y los mástiles. En esas noches, por el rumbo del parque Tangamanga todo es más obscuro, como si la luz de la luna se eclipsara con la silueta de un barco que desciende.
La piedra
Las piedras cuentan el silbo de los años, la historia de los viejos guerreros, el eco de inútiles batallas. Narran la vida fugaz de una guirnalda o un delirio y cómo se pudren las estatuas. Hablan de los pasos silenciosos del coyote, del orín con que se cubren las espadas, del sueño de los muertos. Cada piedra guarda un trozo de memoria, algunas voces, fragmentos de una canción anónima y el susurro del viento.
Existe una piedra en especial que rodó mucho tiempo hasta quedar oculta en los cimientos del Palacio de Gobierno. En ella se guarda la locura del rey y del profeta, en ella está la sangre y el veneno. Quien la escucha en octubre cuando la luna sale, irremediablemente muere con las señas de la asfixia sobre el rostro.
Bestiario Mínimo
1
Como parte de los informes requeridos por la corona, para contar con un archivo de datos acerca de los recursos naturales de las tierras conquistadas o colonizadas, se elaboró entre otras cosas, un documento sobre la fauna habitante en las cercanías del mineral del cerro de San Pedro y en general de todo animal e insecto encontrado en el Tunal Grande. De esta zoología se escribieron dos copias; una se anexó al resto de los reportes y fue remitida al Virrey para que éste la hiciera llegar a su destino final en España. El otro legajo, constituido por ciento cuarenta y ocho folios, se encuadernó con cuidado y se conservó en la Capitanía para su consulta. De ahí pasó al archivo del Ayuntamiento en donde se utilizó con frecuencia por frailes, curanderos y estudiosos de las ciencias naturales, todos ellos le agregaron notas al margen y textos sueltos en los que daban cuenta de nuevas especies y de los rasgos o características de las ya conocidas. El libro se guardó con el título de: "Relación de los animales de toda laya que vuelan, corren o se arrastran en tierras Chichimecas". El manuscrito se perdió entre papeles conforme fueron menos frecuentes las consultas, por otro lado, el archivo municipal atravesó dificultades como incendios, inundaciones y saqueos, que produjeron merma en su acervo y desorden en su clasificación. El catálogo de referencia apareció en uno de los atados que se apilaban en la bodega municipal, lo tuve en mis manos cuando en 1981 se ordenó el envío de todos los documentos al Archivo Histórico del Estado; llamó tanto mi atención que perdí mucho tiempo en leerlo al descubrir la noticia de varias criaturas hoy extintas: insectos extraordinarios, mamíferos pequeños de rara conducta, animales de gran tamaño que un día trotaron por el valle. Tomé algunas notas que hoy transcribo, otros datos los guardé en la memoria, de manera que la descripción que ofrezco puede estar distorsionada por el paso del tiempo y contaminada con mi propia fantasía. En lo que sigue expongo la versión más fiel posible de aquellos bichos que consideré sorprendentes y de los que puedo dar una referencia más o menos clara e inteligible. El manuscrito fue vuelto a liar en una paca junto con actas de nacimiento y muerte, así como legajos de trámites administrativos; después se apiló en una camioneta de carga y se trasladó a las bodegas del Archivo Histórico en donde espera a ser descubierto nuevamente.
2
Un escarabajo negro, de ocho centímetros de largo por cuatro o cinco de ancho, habita en los matorrales que constituyen un lindero natural para el desierto. Es un animal provisto de caparazón duro y mandíbulas poderosas con las que rompe la vaina de las semillas de los arbustos en que vive. Su concha está dividida en dos segmentos que al abrirse liberan unas alas bellísimas de color azul metálico, el abdomen es también azul y está anillado con dos franjas amarillas y brillantes. Los naturales se refieren a este insecto con un vocablo que significa sol o solecito; el nombre obedece al hecho de que, tal vez, el animalito está emparentado con las luciérnagas. En su época de celo que coincide con el mes de octubre, el escarabajo emprende un vuelo por encima de las copas de los árboles, su abdomen se enciende con una luz azul intensa y traza figuras caprichosas sobre el pizarrón de sombras, porque su danza de amor tiene lugar varias horas después de que nació la noche. La luz y el movimiento atraen a la hembra con su belleza hipnótica, pero si ésta no aparece en el momento preciso, la luz azul se torna amarilla, después roja y el animal se muere consumido en una llamarada. Es delicioso ver en las noches claras de octubre, hacia el norte de la ciudad por donde nacen los caminos de arena, el cielo salpicado de focos azules que se mueven y de vez en cuando, una luz que se transforma en sol nocturno y en el cuerpo calcinado de un escarabajo. Los niños del lugar se entretienen detectando a las hembras durante el día para ocultarlas, sólo por ver el estallido de un sol en las tinieblas.
3
Según las creencias de los naturales de estas tierras, los animales se clasifican de acuerdo con los cuatro puntos cardinales, o los cuatro colores, o los elementos. Sin embargo su orden no deja de ser curioso y arbitrario pues las bestias de tierra no son las que en ella viven, ni las de agua son los peces o los habitantes del mar y de los ríos, tampoco son las salamandras las únicas huéspedes del fuego. Nos explican los viejos de las tribus, que hay aves de tierra y agua, de la misma manera hay peces de aire o fuego.
Se reporta una garza de agua en el desierto: patas largas, hábil voladora, ojos color de arena, su plumaje es verde como los charcos lamosos del verano, unas plumas blancas y muy suaves le cubren la línea de la quilla. Este pájaro vive en parvadas, anida en los troncos caídos de los árboles y en los huecos que abandonan las serpientes, se alimenta de los pequeños lagartos que viven en las dunas cazándolos al vuelo, clavándose en los montículos de arena como si fueran olas. Su enemigo natural es la tormenta, el trueno las asusta al grado de dejarlas inmóviles, al alcance inevitable de los gatos silvestres, los coyotes y demás predadores de los llanos. Sin embargo, se llevan bien con las víboras a las que incluso ayudan a empollar sus huevos. Dicen las madres más expertas que la molleja de estas garzas, ingerida en trozos muy pequeños, es buena para curar a los niños del espanto. Se pueden ver volar en el ocaso, en formación y con el sol de cola, como si emprendieran un viaje sin regreso hacia la noche.
4
Los animales ponzoñosos no escasean en esta región, los hay de todos tipos: víboras, arácnidos, gusanos, escorpiones, batracios, bichos a los que usualmente se les teme por la peligrosidad de su picadura. Me sorprendió sin embargo, la descripción de una mariposa portadora de un veneno de acción tan extraña como mortal. La falena es un animal de tamaño regular para su especie, blanca como la nieve, con tres pares de patas blancas, antenas también blancas en forma de hoja de helecho. La única nota de color la dan sus ojos: manchitas de sangre que interrumpen la necedad del blanco.
En las tardes de marzo, se ve a estas mariposas volando en círculos alrededor de los charcos que reflejan la luz de la luna. También se acercan, a riesgo de morir quemadas, a las llamas de los cirios, las hogueras, las antorchas. Empiezan a salir cuando se oculta el sol. Es en general un insecto inofensivo que sirve de alimento a las aves y a las arañas que logran atraparlos con sus hilos. Se alimenta de una cactácea muy espinosa que produce una flor efímera, grande y llamativa. La floración se da una vez al año y los pétalos rojos se disponen de tal forma que semejan una corona, o un tocado de esos que por aquí usan los personajes de mayor dignidad y poder. La mariposa introduce un filamento puntiagudo que guarda enrollado en la parte ventral de su cabeza, penetra con él la piel del cacto, esquivando las espinas, y liba el líquido que corre por la nervadura. El veneno debe tener su origen en esa planta, la falena sólo es intermediaria o portadora. Es probable que se trate de un alcalino que actúa sobre el tejido neuronal humano y que aumenta su toxicidad durante el tiempo de vida de la flor, que es de unas cuantas horas.
El caso es que las personas atacadas no alcanzan a diferenciar el piquete con respecto al del mosquito común. El sujeto envenenado se rasca un poco, se pone algo de saliva sobre la piel enrojecida y la molestia desaparece. No es hasta unas semanas después que los síntomas se hacen evidentes: inicia con una pérdida progresiva de la memoria, ésta se suple con la fabulación y el delirio; la percepción de la realidad se distorsiona; el sujeto emprende una hiperactividad que se intensifica hasta la manía; se pierde el apetito. Un picado por la mariposa se lanza a toda clase de aventuras, en especial aquellas que apoyan sus delirios. Quienes no conocen el animal ni la acción de su veneno, toman frecuentemente a los afectados por líderes o santos, por lo menos hasta que sus alteraciones los llevan a conductas raras o violentas. La locura que sucede al piquete puede pasar desapercibida durante mucho tiempo. La causa de la muerte suele ser el asesinato, el suicidio, o el infarto si el corazón es débil; si se evaden estos peligros, el veneno mata por asfixia en medio de un ataque de espasmos, cuando en su delirio final los intoxicados se afanan en detener el tiempo. Otra particularidad de la mariposa es que se transforma en arena durante el último minuto del verano
5
Los naturales de estas tierras inhóspitas se hacen acompañar durante sus caminatas, por un mamífero, roedor, una especie de rata de campo grande, de pelo gris e hirsuto en el que continuamente se prenden los cardos y las hojas secas de los llanos. Tratan al animal de la misma forma que nosotros prodigamos cuidados a los perros. Sin embargo, no es posible pensar en que sea doméstico, se trata más bien de una asociación conveniente y simbiótica.
El medio natural de la mascota es el terreno agreste de matas espinosas, de preferencia aquel que se extiende por las faldas de los cerros. Se aparean en invierno, en cubiles que excavan para depositar sus críos, cuidarlos y protegerlos de sus enemigos: el halcón y el coyote. Son excelentes cazadoras de ardillas, lagartijas, iguanas y hasta llegan a sorprender a las aves pequeñas que imprudentes se paran a su alcance. Son de vida corta pues se matan entre ellas en un acto instintivo que tiene que ver, tal vez, con el control de la población; el espectáculo de sus guerras es abominable pues supera los niveles de crueldad y fiereza que puedan imaginarse.
De cómo se inició la convivencia entre el roedor y el hombre no se tienen indicios, es posible que el animal empezara por seguir a los cazadores en busca de los deshechos y sobrantes de comida, como es de apariencia agradable y conducta pacífica, no le fue difícil a los hombres aceptarlo como compañía, además alerta sobre la presencia de probables agresores y, en caso extremo, puede servir él mismo de alimento. Se utiliza también su pelo para tejer las cuerdas de los arcos y su piel para confeccionar zapatos.
La posibilidad de sobrevivencia del animal guerrero es muy baja pues además del suicidio en masa que representan sus sangrientas luchas, son fácil blanco de sus predadores en septiembre, cuando mudan de pelo y son localizables por el color de su piel de un rojo intenso.
6
Siete kilómetros al sur del cerro de las minas hay otro cerro, en su interior deben existir corrientes o depósitos de agua porque su vegetación es inusual en esta zona. La parte más baja del montículo es arenosa pero conforme se asciende, el paisaje se transforma dando lugar a diversas coloraciones de la tierra, desde la rojiza hasta la negra saturada de humus; las plantas que empiezan por ser varejudas de hoja pequeña y quebradiza acaban substituidas en la cima, por matas de hoja grande y tallos carnosos. El lugar se conoce como el Cerro de las Hormigas; ahí es posible detectar más de un centenar de variedades diferentes de este insecto.
En las faldas se encuentra la hormiga roja común con sus características construcciones en forma de volcán. Más arriba se pueden encontrar muchas familias que varían en color y tamaño, desde las casi microscópicas negritas que infestan todo el lugar, hasta las gigantes de cabeza negra y abdomen amarillo que ocupan la corona de la cima. A pesar de tanta hormiga diferente, cada especie controla su terreno pues sus soldados se encargan de mantener, precisos, los límites de sus fronteras. No son raras las batallas entre especies cuando por causas naturales se altera la disposición de su terreno, en esas ocasiones el cielo se tachona de reinas voladoras, azules, negras, amarillas, rojo sangre, que no vuelven a bajar hasta que el suelo se tapiza de cadáveres, de esta manera se mantiene un control ecológico sobre el número de individuos y de especies. Otra forma de control son los incendios que florecen en agosto.
De todas las hormigas existe una que los naturales buscan con esmero pues se le atribuyen poderes especiales, es una hormiga azul de medio centímetro de largo, de difícil acceso porque vive en cuevas profundas y en grietas ocultas en el cerro. Las reinas de esta especie son ligeramente más grandes, aladas, cabeza y tórax azules y abdomen blanco. La vida y costumbres de este insecto son como las de cualquier hormiga con sus larvas, obreras, soldados, sus nidos formados por cámaras conectadas con canales que forman un laberinto bajo tierra. Cada nueve años más o menos, se reproduce un número extraordinario de reinas, del doble del tamaño normal. Cuando maduran estas reinas gigantes, matan a todos los individuos de su nido y después se ponen a producir una gran cantidad de huevos con los que darán lugar a una nueva generación de hormigas azules.
Tal vez la gran fertilidad de las gigantes azules, o su fuerza guerrera, o cierto alcalino neurotrópico que se almacena en su abdomen, genera la creencia de que el insecto es un regalo de los dioses. El caso es que los naturales, cada nueve años, organizan expediciones para cazar a las reinas de la hormiga azul; cuando las atrapan separan el abdomen del resto, cabeza y tórax son secados e introducidos en saquitos de piel teñida de azul, que después portan atados a sus cinturones, a manera de amuleto. El abdomen es ingerido crudo, se dice que un gramo basta para producir varias horas de contacto con los dioses y demonios; el que lo ingiere danza y habla al viento durante un día y una noche, después, como secuela, aumenta su virilidad y su fuerza en el combate, será capaz, si sobrevive a las alucinaciones, de engendrar cien hijos y matar a cien enemigos.
El científico Fray José de Calderón afirma que la hormiga es venenosa, introduce la baba del demonio en quien la come, él dice que el insecto hincha su abdomen con la secreción de las etalactitas más profundas de las minas y que no es otra cosa que la sangre del diablo, que corre siempre junto a los veneros de metales preciosos.
7
La Relación de Animales es un documento que no parece tener la antigüedad que se desprende de sus páginas, la razón es que éste y otro libro que narraba los mitos cósmicos de los guachichiles fueron atacados por una rara variedad de polilla, por una especie de araña color sepia, que empezaba a devorar el papel por donde lo tocó la tinta y acaba por convertir los pliegos en una fina capa de polvo del color de la arena. El arácnido no probó jamás otros legajos, sólo estos dos, los atacaba una y otra vez a pesar de todos los cuidados del bibliotecario.
El cuidador del archivo municipal, el que fungía en 1981, me dijo que una vieja curandera iba cada mes a recoger con cuidado el polvo y los cuerpos secos de las polillas para mezclarlos con miel y el jugo de una flor efímera; el jarabe resultante era un remedio eficaz para curar el mal de amores o para inducir olvido en quien sufre por sus recuerdos. También me dijo que no creía en la veracidad de los documentos pues con tantas copias fueron deformados hasta convertirlos en un puro ejercicio de la mentira y la fábula.
Lo que si recuerdo es que cuando tuve en mis manos la Relación, mi piel se cubrió de polvo y maté a dos o tres insectos cafés y pequeñitos que corrían sobre mi brazo. Después de ese día, siento a veces que construyo una torre grande con todo lo que tengo en la memoria y luego un ejército de arañas la reducen a polvo y vuelvo a empezar, otra vez, a edificarla.
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Nadie la nombra, sólo se refieren a ella con apodos. Es un animal que nadie ha visto, pero todos confirman su existencia. Es de la familia del nagual pues adopta la forma que desea. Se dice que su apariencia preferida es la de la víbora porque le permite ocultarse fácilmente. Sin embargo, es posible verla disfrazada de coyote, ardilla, pájaro negro, también como una mariposa nocturna con ojos pintados en las alas. Es una bestia de la buena suerte a pesar de los misterios que le inventan y del temor que despierta en quienes se topan con ella de improviso. Su carne seca y molida, mezclada con el agua, es un buen antídoto contra la locura y sirve, también, para aguzar la vista y descubrir las ciudades efímeras que crecen por la noche entre las dunas. Sólo su nombre es mortal si lo pronuncias, por eso la gente siempre carga una pomada hecha con aceite y la ceniza de un arbusto extraño que crece entre las peñas, para untarla en sus labios si la inconsciencia o el descuido los hacen proferir el nombre. Ella concede toda clase de dones a quien la respeta y le guarda con cuidado sus secretos, de lo contrario, una cruz de ceniza sobre los labios es lo único que puede conjurar la ira del animal que enfurece, cuando alguien tiene la soberbia de nombrarlo.
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El redactor de la Relación clasifica la fauna en tres grandes capítulos: el primero con los animales conocidos por todos; el segundo con aquellos que son comunes aquí pero ignorados en el viejo continente; el tercero recoge las bestias que no fueron vistas por el investigador pero que le describieron los naturales, o los indios y españoles que regresaban de alguna expedición.
Es del tercer capítulo que obtuve los informes de los animales arriba mencionados. En él se da cuenta de serpientes aladas; de unos murciélagos gigantes, blancos, que viven en lo más arisco de la sierra y bajan cada trece años a sobrevolar el valle por espacio de una semana durante el solsticio de invierno; de unas arañas grandes y a punto de extinguirse porque sólo copulan en las llamas, durante los incendios comunes en verano; de unas libélulas blancas que emprenden un vuelo vertical por la mañana y se elevan hasta la altura necesaria para transformarse en agua; de un insecto parecido a las cochinillas que rehuye la luz y gusta de habitar en los relojes.
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Con la idea de obtener más datos y refrescar mi memoria acerca de lo contenido en el documento, fui al Archivo Histórico para indagar sobre el paradero de la Relación. Fui remitido a varios empleados que me miraron sorprendidos y me enviaron con otros, el último de ellos un hombre recluido en la bodega detrás de un pequeño escritorio, él me dijo que muchos papeles se perdieron por la acción de una polilla color tinta que ataca solamente a los folios que contienen mentiras y fabulaciones, dejando intactos los legajos que registran datos objetivos de hechos y batallas; por esta razón decidieron no exterminarla ya que era un auxiliar invaluable en el rescate de la verdadera historia y un enemigo voraz de lo subjetivo, lo dudoso y lo mítico.
Antes de salir, vi cómo el hombre se rascaba la piel del cuello, ahí se le veía un enrojecimiento, un piquete producido por una mariposa nocturna, blanca como la nieve, que voló y fue a posarse sobre la flor roja de un cacto que se oreaba en la ventana.
El llamado
"Al declinar la décima cabañuela, cuelga la sombra del conejo a la mitad del cielo como una moneda. Si te toca verla cuando el sol tiñe de rojo los primeros minutos de la tarde, escucharás el llamado del lobo, el silencio de un tigre agazapado y al acecho, el dulce despertar de la serpiente. La silueta de una mujer azul se grabará en tus ojos y la locura te pisará la sombra."
Esta profecía me vino a la memoria desde el cajón de las viejas lecturas. Sin embargo, no entiendo por qué tiene que ser azul la mujer en mis pupilas como aquella que aplasta la cabeza de un dragón alado. Prefiero la mirada sorprendida de la niña que se descubre mujer una mañana, el rostro de una joven que duda en el sitio donde los caminos se bifurcan, la que espera en algún lugar de la tarde sin dragón y sin túnica.
Lo que si me atrae es la imagen del tigre y la serpiente porque los siento moviéndose por dentro, me caminan al filo de los nervios, hacen que mi piel se tense como la de un tambor a punto en plena selva. Esto me pasa en ocasiones, hoy por ejemplo, mientras camino despacio, veo a la luna que sangra y busco una silueta azul de mujer, pero no encuentro sino la sombra transparente de una ausencia.
Nada
Observo a las hormigas que evitan los obstáculos del piso, buscan los caminos, se detienen un momento ante las grietas, desandan las rutas, trazan una escritura sobre el polvo. Así tejemos una red de pasos indecisos en marcha inevitable hacia la fosa que aguarda con paciencia nuestro arribo. Mientras tanto inventamos una realidad de humo, construimos nuestra casa y las ciudades, ponemos un reloj sobre la mesa.
Un tigre duerme a los pies de la cama para llevar la cuenta de las noches con sus rayas. En los cajones de un armario guardamos un dragón y una serpiente, una hogaza de pan, la fotografía de alguien que olvidamos. No sé por qué te escribo de hormigas y de armarios si el viento borra los signos de la arena, desarma los libros para construir nuevos textos con las hojas. Toda vida es un relato que se mueve al azar y se enreda con los huecos, con el poder y el deseo, con la ausencia. El único motivo de los textos es el vacío, un no espacio que intuimos por llenar y que se aleja ante el embate inclemente de las letras. Te escribo desde este patio porque no estás, eres una presencia de nada que se siente como una burbuja en el estómago y la piel, como esa grieta abismo que detiene los pasos de la hormiga. Eres la imagen virtual de una mujer de arena y la de un hombre mudo que me mira sin ver desde el silencio.
Lo anterior me hace pensar que el primer hombre fueron dos y eran gemelos: uno fue Adán, el otro Nada, éste un ser sin forma, sin tiempo y sin deseo. Por eso nos movemos entre dos ausencias, la de una manzana y la de nosotros mismos. Nos gustan los espejos, el mar, la noche, los misterios, porque sabemos de alguna manera que estaremos completos hasta encontrar a Nada. Sabemos también, y esto nos duele, que Nada fue creado a la imagen de Dios y no nosotros.
Santuario
Al dar la vuelta en una esquina inesperada, te topas con la fachada inconfundible de un santuario; se percibe primero el olor a humedad y flores muertas, después, mezclados, el de la cera y el aceite. Los santuarios son importantes en el pueblo porque son como los nudos del tiempo o como anclas, como la tapa del frasco en que se guarda el éter. Cada altar es un trozo del mapa que fija la memoria, una caja repleta de recuerdos. En uno se coloca una cinta dorada, un listón del que penden borlas rojas, una estampa de la Virgen Morena, el retrato de una mujer de formas redondeadas y un exvoto. En otro se clavan con tachuelas el cromo de un volcán nevado, un cartel del Ché Guevara y el de un grupo de rock que baila. En uno más la imagen del Buda y un poema cursi y los restos de una vara de incienso.
La ciudad está llena de santuarios, en cada casa hay uno por lo menos, en las calles, en la parte delantera de casi todos los camiones, bajo el puente, en la nave central de los mercados. En el cuadro que da origen a la traza de la ciudad que crece está el santuario mayor, el que no se puede ver porque se esconde bajo un disfraz de piedra adormilada y ciega. En él ofician los sacerdotes de la palabra blanca y lengua negra, los del dulce veneno. Es el santuario del poder donde se guardan cien sacos con el polvo de cien muertos cada uno, donde los exvotos son la sangre y los miembros verdaderos y los ojos velados, donde los cirios se apagan cada tanto bajo el golpe del viento. El santuario del poder es invisible porque crece al ritmo en que la ciudad se agranda, siempre está un paso más allá del límite que la luz señala.
La memoria y el olvido
Encontré un libro de historia impreso en papel corriente, medio comido por polillas. El tomo, empastado en cartón, sufrió las inclemencias del maltrato: hojas arrancadas, pastas detenidas apenas por unos cuantos hilos, huellas borrosas e ilegibles de notas al margen que fueron distorsionadas por el agua. El título y autor se perdieron en las hojas mutiladas.
El libro relata la historia de una ciudad que ya no existe y cuyos límites eran el viento y el desierto. Se fundó por azar sobre un campo cubierto con las cenizas de una guerra y a la margen del río. Al principio era casi una ciudad fantasma, sus habitantes eran de paso. Los caminos que llegaban y salían de la ciudad registraron las huellas de muchos pasajeros, de viajantes que no se llevaron ni siquiera un puñado de arena en los bolsillos. Durante los primeros cien años de existencia, la población de la ciudad cambió totalmente varias veces, entre generación y generación no había vínculos. El viento se llevaba a los pobladores como arenas del desierto y formaba nuevas dunas con los que traía de otras tierras.
Cuando la ciudad cumplió cien años de fundada se reunieron autoridades y notables, discutieron los problemas que generaba lo efímero y mudable. Pensaron que eran necesarios una bandera y un escudo, una historia, algunas leyendas, muchos monumentos. Todo esto con la finalidad de crear una imagen, arraigar a la gente a sus solares, obligarlos a defender los bienes que se acumularon intramuros. Una comisión se dio a la tarea de organizar las cosas: se extendieron muchos certificados de ciudadanía y títulos de propiedad. Se creó el registro civil. Se jerarquizaron los barrios; los más alejados e insalubres para los mendigos y los viajeros recién llegados, los más céntricos y opulentos para los militares, los poderosos, los enriquecidos. Se le pagó a los escribanos y los hombres más viejos para redactar una historia, para que fijaran los días en que la ciudad, de fiesta, recordaría un hecho cívico importante, o de luto, la pérdida de un héroe en una batalla inexistente. Al final, contrataron artesanos para que levantaran estatuas en jardines, frontispicios, en cualquier lugar que permitiera la existencia de un pedestal y una figura.
El olvido le pone trampas a la historia, es como un viento persistente que borra las marcas, oculta las señales con el polvo. La memoria también es engañosa, carga las anécdotas con lastre, las esconde bajo una sucesión interminable de disfraces. Memoria y olvido son los instrumentos con que se modela el barro, con los que se obliga a mentir a la madera y a las piedras. El historiador llena los libros con su versión de las guerras, los tratados de paz, los sueños del soldado y el político; anota las fechas con cuidado para reproducirlas después en pedestales.
Con el paso del tiempo y el arduo trabajo de la comisión, el protocolo se complicó hasta lo indescifrable. Los aseadores levantaban cada mañana carretadas de confeti, serpentinas, flores secas, hojas de papel en los que se escribieron los discursos. Los campos de cultivo y los talleres permanecían mucho tiempo abandonados porque los trabajadores celebraban alguna fecha memorable, o el nombre ilustre que inventaron los ancianos.
Reunidos nuevamente los notables analizaron los inconvenientes de un protocolo complejo y asfixiante. Discutieron los problemas que surgieron de la pesadez y lo inmutable. Decidieron entonces crear la semana de la libertad, una especie de carnaval, ocho días dedicados a la desmemoria; sin homenajes, discursos, himnos ni redobles. Las fiestas tuvieron gran aceptación entre los habitantes, pronto se extendieron hasta cubrir un mes entero. Durante ese tiempo se rompían banderas, se mutilaban las estatuas, o se cambiaban de lugar, de tal suerte que ninguna inscripción en los pedestales correspondía con la estatua sostenida. La semana de la libertad se convirtió en un mes y en un bimestre. La gente se dedicó a des-escribir la historia, a inventarla, reinventarla y desinventarla, hasta tal punto que se perdió el arraigo. La ciudad en ruinas quedó sepultada bajo todos los caminos que la cruzan.
Dionisios
Los ojos de Abraxas, casi rozándome la cara, buscaban quizá
algún vestigio de su ya muy lejana cordura... La muerte y el éxtasis
llegaron en el instante en que nuestros ojos se abrieron.
Jorge Mirabal
Me quema las manos el espejo negro, la piedra que humea con olor a ceniza y azufre. La piedra pulida refleja los trecientos sesenta y cinco nombres de Dios. El reverso está grabado con una imagen terrorífica de Cronos que devora niños y los que convierte en heces, lodo, en un limo verdoso del que crecen plantas y animales extraños: bípedos implumes y lampiños, jorobados que ocultan sus defectos con un trono, macrocéfalos cubiertos con birretes. El espejo me quema y me da vértigo, es como un túnel, un abismo poderoso que me arrastra. Debe ser la resaca y el tufo del vómito que sigue a la embriaguez, el caso es que sólo veo serpientes, dragones, sombras de piel viscosa y purulenta. A mi derredor hay ruinas, estatuas sin cabeza, cuerpos mutilados, sangre. Ríos de saliva humedecen mi piel y la tierra y las piedras. Hay lava también, que se apaga y petrifica al contacto con lenguas invisibles.
Doy unos pasos por esta sementera putrefacta y agónica. Intento recordar la lascivia de ayer, los cuerpos enlazados rodando sobre el césped, los humores que, mezclados, forman esta baba que lo moja todo. Yo soy Dionisios y en el clímax de la noche orgiástica recibí mi herencia, una marca de fuego sobre el pecho, la cicatriz de una palabra que es mi otro nombre, mi verdadero nombre: caos, obscuridad, enigma, Abraxas.
Espero pues una señal, en medio de la noche, en el lodo germinal y maloliente. Soy, también Apolo, el perfumado de luz, el que organiza el camino de los astros, el que revierte la digestión de Cronos para transformar el lodo fecal en los hijos del tiempo.
Soy Dionisios y Apolo: soy Abraxas; el de los dos sexos, el gemelo de Jano. Duermo en el lodo, entre las ruinas, en el páramo fétido y sangrante, en este caos, porque éste, es el paraíso.
La Maltos
En la esquina formada por las calles que dividen a la ciudad en cuatro, se alza la fachada de la vieja casa que albergó a la santa inquisición y después fue el domicilio particular de una mujer contradictoria, devota hasta la crueldad, piadosa hasta el asesinato, mística hasta la lujuria, humilde hasta la megalomanía, efectuaba con frialdad y precisión el ritual que le dictaban sus creencias. Esta mujer, conocida como la Maltos, se convirtió en la espada de Dios y por lo tanto en diablo, en la mitad de Dios que es el infierno. El celo religioso de la Maltos la llevó, después de cometer un sinfín de crueles torturas, enjuiciamientos y asesinatos en el nombre de la santa inquisición, a enclaustrarse y romper todos los espejos de la casa, destruyó candiles, cortinajes, mobiliario, después, en los muros desnudos, empezó a pintar la historia de una nueva creación. Su locura la obligó a plasmar exclusivamente diversas versiones del Apocalipsis en donde el mundo terminaba consumido por el fuego o arrasado por inundaciones o por guerras. Desesperada por su incapacidad para pintar el génesis, arrojó pintura a las paredes y arrancó el yeso coloreado, con sus propias uñas. Cuando los vecinos fueron a buscarla, extrañados por semanas de no verla, encontraron una casa vacía con los muros pintados como en una iglesia. El rostro de la Maltos es el de la mujer que se arroja, en un carro tirado por dos grifos, hacia el centro de un volcán en llamas.
Del caserón sólo queda la fachada y dos o tres habitaciones en pie, una de ellas es una estancia grande con las paredes pintadas con frescos, trazos al carbón, dibujos con tiza. Representan cuanto se pueda imaginar: escenas campiranas, ciudades atestadas, toda clase de animales, guerras crueles, cuadros amorosos, los rostros de los personajes expresan todos los sentimientos posibles, desde el placer orgásmico hasta la tristeza más profunda, no faltan los raptos de mujeres ni las formas ecuestres y las bacanales, de vez en cuando se rompe la continuidad de las formas con espacios manchados de color y otros en donde el yeso se desprendió para dejar ver los bloques del adobe. Si te colocas en cierto punto de la estancia a la hora precisa, las figuras pintadas en la pared parecen animarse, escuchas el rumor del agua en las fuentes de grafito y hueles el aceite en las cocinas. El edificio se reconstruye a partir de los dibujos, se rehacen los jardines, las fuentes, los corredores, cada habitación se llena con los ecos y con nuevos dibujos en los muros.
El edificio es, durante el día, una fachada en ruinas que alberga un estacionamiento, pero algunas noches, cuando la luz del sol se queda prisionera en los charcos que dejó la lluvia, el lugar se convierte en un caleidoscopio y en los muros se despliega una historia que se hace y se deshace. Entonces puede verse cómo se derriten los rostros de los militares y los gobernantes, cómo se hacen polvo las estatuas, también el cuerpo de jóvenes mujeres que se incendian, los rasgos deformados de los que mueren por efecto de venenos, ciudades infestadas de trampas en donde cada casa es una ratonera o una cárcel, pedazos de pan quemado. En el centro del muro norte de la estancia, una mujer se sube a un carro tirado por dos grifos y emprende un viaje fatal hacia las fauces de un dragón que se la traga, el dragón es una casa en ruinas con los muros pintados y ella queda otra vez como una línea de carbón sobre el estuco.
El verdugo
Jacobo Felipe, indio originario de Teocaltiche, cumplió una docena de años en la cárcel. Fue preso y juzgado por haber dado muerte a su mujer a golpes de gorguz. La tarde del 25 de julio de 1536, al salir de la misa, bebió mucha savia de peyote. Bajo el efecto de la bebida se le hicieron presentes los viejos dioses: el venado y el lobo. Vio en su delirio al gran árbol del norte que le hablaba con su profunda voz mineral. Contempló una lucha desigual en la que el Cristo dejaba caer un rayo en la testuz del ciervo y éste se derrumbaba agonizante sobre el polvo. Se distinguió a sí mismo dividido, jalonado al mismo tiempo por un indio desnudo y por un blanco vestido con sotana, cada uno tiraba con más fuerza hasta que lograron partirlo y sus entrañas quedaron regadas por el suelo, el paisaje se llenó de sangre: la del hombre en la cruz, la del venado muerto, le de él mismo desgarrado. Después se vio de rodillas frente al altar, el sacerdote le ofrecía la comunión, pero en vez de pan y vino le daba trozos de peyote y el jugo fermentado de la tuna. Se sintió desprotegido, él era como una planta sin raíz a la merced del aire, como un río seco, como una noche sin luna, como un pájaro sin alas. Se apagó el sol y lo persiguieron los fantasmas, el bebedor de sangre, el nagual, la mujer descarnada, las almas de los muertos. Todos ellos lo siguieron para llevarlo al infierno donde el viento es como de piedras afiladas de obsidiana, donde los coyotes acechan a su presa, donde es inútil la piedra verde y el grano de maíz. Lleno de terror tomó su lanza y repartió mandobles, empuñó la puya que portaba y golpeó sin piedad a toda sombra que se cruzó a su paso, al bulto que alcanzó a distinguir con sus ojos midriáticos. Trató de ahuyentar a los fantasmas hasta quedar rendido.
Al despertar y ya sin los efectos del peyote se vio en medio de un juicio, se le acusó de haber dado muerte a su esposa golpeándola en la cabeza con la lanza. Fue sentenciado a muerte. Se le metió en la cárcel a esperar que se cumpliera con el fallo. Sin embargo, no se encontró en toda la región a nadie que tuviera designado por oficio el de verdugo, ni a persona que quisiera cumplir con la encomienda, por lo tanto, quedó prisionero hasta doce años después de los hechos. Lo soltaron al fin cuando un jurado revisó su caso, conmutaron la pena de muerte por la de cumplir, por el resto de su vida, con la tarea ingrata del Verdugo.
Suycanamé
Suycanamé avanzó con lentitud desde la región del Pánuco hacia el Tunal Grande. Durante el camino repasó la historia de su vida. Nació en el desierto una noche de luna llena. Los primeros años siguió a su grupo en la búsqueda del agua y de la caza. Aprendió entonces todo lo que una mujer debe saber: cobrar las presas que los hombres mataban con sus flechas; desollar animales, curtir la piel, cortar la carne; escoger los cactos más tiernos y las flores maduras; preparar el horno haciendo un hoyo en el lugar apropiado, encender fuego, calentar las piedras, cocer las plantas; machacar el mezquite; extraer el dulce corazón de la yuca; seleccionar los frutos del nopal, despojarlos de su piel espinosa y preparar la bebida; producir los pigmentos que mezclados con el lodo sirven para cubrir la piel de los guerreros. Conoció también el placer de la danza y el sabor de la sangre del peyote, así vio el verdadero rostro de las cosas y escuchó la voz del viento, de la arena, el coyote, el venado y el búho, la del día y la noche, el grito de la muerte. Procreó sus hijos a los que vio crecer y transformarse en guerreros temibles con muchas cabelleras en el cinto. La memoria empezó a lastimarle como si atravesara un zarzal, recordó a los guerreros muertos por el fuego y el filo de la espada, los que fueron colgados de las ramas más altas de los árboles, a los jóvenes y mujeres marcados con el hierro y enviados hacia el sur para venderlos como esclavos, los que murieron en el interior de los túneles que abrieron en el cerro para buscar la plata, los engañados con palabras de misionero y que acabaron su vida en medio de enfermedades repugnantes y desconocidas. Pensó que de pronto se convirtió en una fugitiva, huyó de su casa para esconderse en el desierto. Finalmente cayó en la trampa que le impuso el destino, los hombres, atraídos por la carne de res, por las armas y por el vestido que traían los blancos, se acercaron peligrosamente a los nuevos pueblos, atacaron a los viajeros, las carretas, a los frailes, a los indios y negros que portaban los preciados objetos. Así se vieron perseguidos con encono hasta ser capturados en las cercanías de El Venado. Los hombres más valientes fueron colgados, a los jóvenes se les pusieron grilletes y jamás se les volvió a ver. Ella, los niños y otras mujeres fueron llevadas a un templo en el que se les derramó agua en la cabeza y les llamaron con un nombre extraño y ridículo.
La india guachichil siguió su camino, iba triste, pensaba en los últimos años pasados en la villa de Santiago, con sus dioses y su libertad perdida, sus hijos muertos, la imagen de valientes guerreros balanceándose de las ramas al capricho del viento. Al llegar a la ribera del río verde se detuvo, buscó un lugar apropiado para pasar la noche y trat