El pozo

Norberto De La Torre

(Publicado por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 1994)

Ciudad

Lo que te voy a relatar no es una historia, es una sucesión de sombras. Te lo escribo en un intento por dar acomodo a las voces que me trae el viento: los ecos y los ecos de los ecos. El texto es un poco el hilo de los sueños que me inventan y te inventan, también dan su forma a las calles, a los ciclistas y a los pájaros. Me habla el sol, la palmera, la mujer silenciosa de la plaza, el bolero, sus fantasmas se mezclan con los míos para formar un discurso abigarrado. Te digo mi experiencia que no es mía y el mundo de los otros. Sueño desde tus propios sueños. Todo empezó con una huida. Escapé de una cárcel que casi no recuerdo, era de piedra, de humo, de fuego, de agua salada. Desde el momento en que abandoné sus paredes me asaltaron las luces como dagas y las voces que me siguen.

Me fugué de prisión, rompí sus muros, resbalé por sus largas columnas y vine a dar al desierto. Pero nunca conté con esta sed de arena, esta inmensidad sin límites que resulta infinitamente peor que el estrecho marco de mi celda. Me paso la lengua por los labios y el dorso de la mano para sorber mi sudor, para beberme. Agua es la palabra, la única palabra que me queda y también: lluvia, lago, río, charco, arroyo, catarata. Estoy a punto de volverme loco, de que se me incendie la realidad a golpes de sol. Camino a pesar de todo para escapar de los monstruos de arena y para alcanzar a los de agua que se alejan. Mis pasos, lentos, sostenidos sólo por una sed de fierro, apuntan hacia un cúmulo de sombras, hacia una esperanza de siluetas. Llegué a una ciudad casi de noche empujado por las sombras del desierto. Las viejas calles sueltan voces, se desprenden de los muros añejos como costras. Se superponen las charlas y las leyendas con el aullido triste de los perros. La soledad, esa vieja vagabunda, se entretiene silbando como el viento, recorre las calles. La ciudad es como un cementerio, como un laberinto que cambia de forma: nacen nuevos callejones, se mueren avenidas arboladas, crece la hierba en los resquicios y las paredes se derrumban. Camino entre las ruinas con un costal de miedo sobre el hombro. Me meto a una calle que se cierra y otra se abre a mi derecha o a mi izquierda. La ciudad está viva y me tiene aprisionado, no me deja salir, me detienen sus muros: los de piedra, los de lodo. Me detienen también los relojes que se escuchan muy quedo. Un animal de arena se traga todo poco a poco: las viviendas, los grandes edificios y a los muertos. Cuando la bestia acabe con su lenta labor de rumiante, con su largo proceso digestivo, volveré a quedar en el desierto. La luna limpia de sombras las paredes. En busca de un refugio me introduzco en una posada, localizo mi habitación y me tiro en la cama para recuperar las fuerzas. Me dormí con una mujer de sal que me abrazaba y extraía todo el líquido de mi cuerpo, todos mis humores. Me quedé casi muerto con la sed sobre la piel y el vientre. Sueño que me trago bardas, ladrillo por ladrillo, hasta que despierto sudoroso de saciedad y miedo. Las sábanas se esfuman, se disuelven las paredes. Mis uñas se clavan en la arena mientras eructo otra ciudad bajo la luna.

Llegué a este lugar hace años, no supe cómo, simplemente llegué, tal vez impulsado por un afán de aventura o en una atropellada huida porque soy un prófugo. Es posible que la ciudad no exista y sea yo el que la construye durante un interminable sueño. En este momento camino entre los charcos de una calle empedrada. El sol salió para secar la lluvia impregnada en el adobe. Medio bordeando charcos percibí el olor de la leche que hierve. Veo hacia los portones de madera con herrajes pintados de negro. De pronto una casona de muros encalados. Busco algo pero sólo recuerdo mi inquieto sueño de anoche en la posada y un ancho desierto. En realidad quiero escapar de todo, de esta sed roñosa, fugarme de la fuga misma. La casa me fascina, me atrae, estoy seguro de que guarda algún secreto importante. Me cuelo en un portal frente a la casa para guarecerme de la lluvia y al mismo tiempo protegerme de ser sorprendido, espiando, por alguno de sus habitantes. Me dediqué a observar los altos ventanales con vidrios emplomados y balcones de hierro con diseños de arabescos. Un muslo bien torneado y de una blancura de porcelana se asomó, insinuándose apenas, en el balcón de uno de los ventanales. El corazón me dio un vuelco y empecé a sudar inexplicablemente, presa de una agitación y excitación casi erótica. Me percibí violando la intimidad de una mujer desconocida. La pierna avanzó despreocupada hasta que apareció una mujer bellísima que se alisaba los cabellos aprovechando los rayos del sol como secantes. Sus movimientos aumentaban mi ardor. Me hizo sentir mal la posibilidad de ser calificado como un vulgar mirón pero no pude despegar la vista de la ventana. Otra figura se sumó a la de la mujer, ésta era la de un hombre desnudo también, que la rodeó con sus brazos por la cintura. Ambos se acariciaron. Traté de enfocar el rostro del hombre que irrumpió en mi relación con la mujer de la ventana: ese hombre era yo. De pronto los herrajes empezaron a desdoblarse, se movieron sinuosos como las víboras de los encantadores. Las flores de lis y los sarmientos se volvieron barrotes y la casa de muros encalados una cárcel. Yo estaba adentro con una mujer de sal, pero también afuera en un crisol de arena.

Sueño nuevamente. La ciudad me tiene entre espejismos, esta ciudad en donde los edificios se tragan a otros edificios y yo trago ladrillos hasta llenarme la boca de tierra roja. Traté de mirar nuevamente a la ventana pero en su lugar una ancha avenida se extendía hasta el horizonte. Estoy en la banqueta, un hombre me tiene amenazado con un cuchillo y otro me agarra por la solapa. Quiero correr y escapar de esta agresión pero mis músculos están paralizados y en mi memoria una escena de amor en la ventana. Mi angustia se refleja en los ojos del atacante más cercano y me veo en sus pupilas, perseguido, corriendo entre las calles. Hay mil temblores guardados todavía abajo de la tierra. Sueño y siento una garra en la garganta: es la sed, me acompaña casi desde que llegué a esta ciudad fantasma. Una barda detiene mi carrera y atrás de mí los coyotes, las bandas de asesinos nocturnos, los verdugos, los soldados y una procesión de monjas: quieren prenderme fuego. La barda de piedra es un obstáculo y trato de escalarla clavando las uñas en los recovecos. Si no fuera por esta sed. Mi lengua es de arena. Mis ojos son de arena. Me llega un olor de incienso y el tañer de unas campanas. Creo que el muro que trato de escalar es una iglesia. Adivino a las beatas que rezan el rosario somnolientas, al monaguillo que hace oscilar el incensario. Me veo metiendo la mano por un orificio en la madera para sacar la limosna. La mano me duele, la barda de piedra logró sacarme sangre de las uñas. Se oyen cada vez más cerca el aullar de los coyotes y los pasos de los verdugos. Cierro los ojos de dolor y los abro en zaguán atestado de macetas, es una selva diminuta llena de caracoles y lombrices y hormigas. Estoy en una tina, desnudo y sumergido en agua jabonosa, tengo sed pero el agua de la tina sabe amarga. En el pelo tengo arena y en las uñas, en las axilas y en los pliegues de la piel. El sol es un gran globo que se hincha con rapidez ante mis ojos. Voy a morir en esta ciudad que cambia. El frío me hace contraer los músculos a pesar del sol casi blanco. Presiento la lluvia, la veo venir con el olfato y con los huesos; es posible que al fin sacie esta sed terrible. Escucho otra vez los pasos y las voces. La tristeza toma forma, la miro como a una mujer de espaldas, como un niño perdido, como un viejo con hambre, como un hombre torturado.

Otra vez la calle, bordeada de sólidas construcciones con barrotes en las ventanas, bordeada de cárceles. Los viandantes visten, todos, con el característico overol de los presos. Llevo cadenas en las manos y grilletes en los tobillos. Tengo sed pero no puedo salir en busca de agua. Los coyotes me alcanzan, siento el calor infernal de las antorchas. Tal vez sea mejor dejar que me atrapen y acabar de una vez por todas con esta sed. Deseo escapar de los fantasmas. Me fugué de una prisión para caer en otra. Estoy en una ciudad pero en realidad muriendo de sed en el desierto, bajo un sol intenso, con la piel convirtiéndose en arena. Ahora estoy en una plaza. En el quiosco un hombre continúa con un discurso que empezó hace más de cien años y se repite aunque cambien el orador y el público. Las moscas merodean en los basureros y sobre el lomo de los canes que dormitan en el césped. Del palacio de gobierno salen personas, se dirigen en fila a la catedral que está enfrente, desde ahí la fila llega a la casa del prestamista y otra vez al palacio de gobierno. De la plaza parten cuatro calles, desembocan cada una en otra plaza y de ésta salen cuatro calles que llegan a otra plaza y al mismo discurso, a las moscas, al mismo sol resbalándose en el cielo. Hasta aquí llegan las voces del mercado y se suman a los ruidos del cuartel y del ajetreo de los callejones. Te escribo para entretener mi sed y para dejar un testimonio de mi huida. Me salí de una cárcel húmeda y salobre para llegar a una de tierra y de raíces. En el camino se llenaron mis bolsillos de objetos inútiles: un poco de ceniza, una navaja, dos monedas, varias cartas que releo por las noches, una pluma y un anillo. Cada escritor redacta un libro con el que pretende descifrar el sueño de otro fugitivo. Escucho el sonido de los cornos y el ladrar de una jauría de perros cazadores. Emprendo nuevamente la carrera.

La ciudad levanta bardas para impedir mi salida. Siete adolescentes beben cerveza junto a un poste. Una pareja se acaricia entre jadeos. Un hombre moribundo se arranca los puñales del cuerpo y se desangra. Me persiguen otra vez la sed y el miedo. Empujo los batientes de una vieja puerta de madera y me introduzco en una nueva ciudad exactamente igual a la que dejo atrás. Escribo notas que meto en botellas y las deposito en las charcas y en la arena para dejar señales. Bajo la ciudad hay túneles que duplican la madeja enredada de las calles. En los túneles hay casas que parecen cantinas y bancos que son en realidad las guaridas de los asaltantes y los asesinos. Las ratas van y vienen por las calles subterráneas. Cada ciudad es como una herida purulenta sobre la piel del mundo y en ellas se esconden fugitivos. Huyo de la sal y de mi sombra. Los muertos se apilan formando capas y después se levantan.

De pronto estoy otra vez en la posada, me veo dormido junto a una mujer de barro. Alrededor de la cama y en desorden, muchas hojas escritas se esparcen por el suelo y sobre los muebles. Levanto algunas y leo en ellas la historia de un hombre fugitivo en una ciudad cambiante y viva. Leo con avidez los textos para encontrar el desenlace, para conocer el sueño del hombre que duerme y que me inventa. Afuera se oye el silencio del desierto: el canto del búho, el aullido y el tintinear de los cascabeles. Los rayos de la luna atraviesan la malla de las cortinas. El hombre de la cama se despierta y me vuelvo un manchón de tinta en el espejo.

El pozo

Me gustaba ver al sol romperse cuando agitaba con la mano el agua cristalina del pozo. Me pasaba las horas con la mirada fija en la superficie del agua, me decía cosas. Hay paisajes en las ondas líquidas: un desierto, una selva de sombras, rostros de animales. Mi abuela me gritaba diciéndome que me alejara de ahí, que me iba a caer, que me volvería loco de tanto sol en la cabeza. Sin embargo, mi abuela dice que la locura está detrás de tantas cosas. Vaticina que perderá sus cabales: quien coma pan con agua; cante en la mesa mientras come; hable solo; quien lea en lugar soleado o no rece el rosario. Si lo que la abuela dice es cierto no existe escapatoria posible a la sinrazón. Por eso no hice caso y seguí sentándome a la orilla de la pila, metiendo la mano en el agua para romper el sol en resplandores.

A veces me tiraba de panza y me ponía a contemplar el desfile de soles por el lomo del agua. Es curioso ver a los renacuajos moverse en pos de los puntos luminosos. El calor se hacía más denso con el correr de los minutos, como si en realidad hubiera un número igual de soles en el cielo a los que ruedan en las ondas del agua. Mi mano, sumergida, se dedicaba a romper anillos, a crear ondas que chocan con las ondas. Tan pronto perseguía a un pulgón del agua que no se dejaba alcanzar, como rascaba la lama de las paredes con todo el brazo sumergido en el agua. Dicen que el pozo no tiene fondo y que, del otro lado, un niño pesca soles con la mano. También que el fondo está en el centro de la tierra y que el agua hierve. Hay monstruos adentro, fantasmas, tesoros, mujeres que fueron sacrificadas, maleantes, duendes.

Un día leí, en un libro de la biblioteca que un muchacho, Narciso, se tiró al agua porque estaba enamorado de su imagen. Creo que en realidad lo atraía el agua y todas las cosas que dice, los mundos que oculta. No estaba enamorado de sí mismo sino de los renacuajos y los pulgones, del sol que se parte y de la luna que se bebe el agua y se mete en el pozo hasta llenarlo. Tal vez se lanzó a buscar los duendes o al que pesca soles del otro lado.

Cada día se enojaba más mi abuela y lastimaba mis oídos con sus gritos. Decía a mi padre que paso el día lanzando piedras al agua, panza a tierra; que voy a morir de insolación o que, lo más seguro, acabaré en el fondo del pozo, enredado entre la lama.

Me agradaba ver mi rostro reflejado y notar cómo se deformaba por la acción del viento sobre la superficie. Cuando me acercaba al agua poco a poco, sin cerrar los ojos, tratando de hacer coincidir los dos rostros que se miran, sentía el frescor en mis mejillas y, al atacarme la sensación de ahogo, sacaba la cabeza y una máscara de azogue resbalaba gota a gota por mi piel, mis pelos mojados apuntaban hacia el fondo del pozo y escurrían; en cada gota se reflejaba un mundo que se sumaba a los mundos que habitan en el agua.

Los renacuajos huyen asustados, se esconden bajo las piedras que sobresalen de las paredes o se protegen en las sombras. Yo masticaba lentejuelas verdes, de las que proliferan en la orilla de la pila, son dulces pero dejan un sabor a lodo que tarda varios días en quitársete; tal vez me enferme o me salgan ronchas en el cuerpo si las sigo comiendo, pero no puedo dejar de masticarlas. En las tardes sin viento el agua parecía sólida, como un gran espejo, mi rostro reflejado estaba quieto y hasta los pulgones semejaban piedrecillas inmóviles. Sólo el vapor que asciende revela la existencia del agua. En torno al pozo crecen flores y arbustos que se duplican al asomarse al espejo. Metía la mano o lanzaba una piedra al centro para que las ondas reboten y el pozo se convierta en un caleidoscopio. ¿por qué mi abuela pensará que voy a caer al agua?. A veces me quedaba quieto, sin respirar casi, esperando ver la cara de alguna mujer, de algún fantasma acuático. Tal vez Narciso no se lanzó tras su propia imagen sino a buscar el mundo que se esconde en cada gota.

Recordé un refrán que repetía mi madre: "Después de niño ahogado, tapen el pozo". Nunca vi la necesidad de tapar el pozo, ni ahora, es tan bello, hay tantas cosas adentro. Las nubes atraviesan muy lento el espejo del agua, parecen grandes buques que desfilan y que yo bombardeaba, les destruía los flancos con piedritas, pero los barcos de algodón se recomponen y prosiguen su navegar inexorable hasta perderse. Los renacuajos simbolizan tiburones rondando las naves en espera de los desperdicios pero nada, las nubes se alejan y los batracios vuelven a ser bolitas negras arremolinándose en el pozo. A veces el sol se detiene, amarillo, en el centro del pozo, semeja un ojo. El ojo crecía y su pupila negra era como un pozo dentro de otro pozo. La luna también juega con el agua, la pinta de plata lentamente hasta transformar el espejo en un espejo. Me costaba trabajo distinguir, en ocasiones no sabía cuál era la luna y cuál el pozo, los dos eran como espejos y yo estaba en ambos, multiplicado hasta el infinito. Varias veces me dio el vértigo pero no sufrí, al contrario, anhelaba sumergirme y bogar en las nubes. Me imaginé como una canica dorada, con cola. Deseé ser como la luna y beberme toda el agua hasta transformarme en pozo; que el sol nadara sobre mi piel y saludar al que pesca del otro lado, descubrir las verdaderas razones de Narciso.

No sé por qué recuerdo tanto el refrán de mi madre, me asusta porque ya no encuentro soles jugando sobre el agua. Se acabaron los renacuajos y la luna, las lentejuelas verdes. Hace mucho que no veo mi piel derritiéndose en azogue y mis cabellos mojados. Sólo hay un túnel negro y la voz de mi abuela llamando a la cordura.

Ojalá y nunca tapen el pozo, que no corten la luz y el aire al universo que se agita en el agua; que no me dejen solo sin poder ver el sol y las nubes. Que no lo tapien ahora que vivo aquí y soy el agua y los pulgones y la luna. Mi piel es líquida igual que mis ojos y mi pelo. Si tapan el pozo me moriré otra vez y para siempre

El desierto

Lo primero que te encuentras cuando partes en busca de tu doble es una gran franja de miedo, un ancho desierto con unas cuantas varas secas aquí y allá. A lo lejos, borrosas, se distinguen unas montañas verdes que marcan el horizonte. A cada paso que das la línea verde se aleja y el aire se hace más denso mientras la sensación de miedo y soledad te paraliza los músculos.

No se puede explicar el infinito y tampoco el desierto. No sé qué es más doloroso, si el sol que asaetea desde el cielo o esos soles diminutos que ceden ante las pisadas y que están calientes, se clavan en la piel y en los ojos. También el frío de la noche es un tormento, de tal modo que el aire que corre entre las dunas pareciera forjado con navajas.

Son muchos los oasis que encuentro en el camino pero duran poco, menos tal vez que un sueño o un suspiro. Porque el desierto está lleno de fantasmas y cuando crees que los tienes en tus manos se te escapan, como el humo. A veces el desierto se disfraza de selva y el calor se humedece, pero es imposible eliminar el sabor de la arena en los frutos que penden de los árboles. Existe la creencia de que la única forma de salir del desierto es encontrando la fórmula mágica, la combinación apropiada de signos y símbolos, el verdadero nombre de Dios. Pero creo que el nombre de Dios es el silencio. Encontré a mi doble muchas veces, pero en cuanto me acerco lo suficiente para tocarlo, se desmorona hasta quedar convertido en un montón de arena. El último que encontré quedó convertido en un cristal de sílice, plano y brillante. Lo cubrí de inmediato con un paño y no lo he visto: me da horror saber lo que pasará el día que me mire en ese espejo.

El hombre del yelmo dorado

El sol me despertó con una presión de alfileres en los párpados. Llevo tanto tiempo metido en esta cama que las sábanas son como mi propia piel. Esta es la primera vez que tengo deseos de levantarme, de andar por la casa, pasear por las calles y respirar el aire limpio. Busco en mi habitación, sin éxito, la figura de mi esposa o la de un familiar. Retiro las sábanas y contemplo a mi derredor: las blancas paredes, la cómoda de madera, los cuadros. Doy unos pasos vacilantes por el cuarto y después me acerco a la cómoda, tomo una muda de ropa limpia y me visto. Me llama la atención el silencio, silencio que no es la ausencia de ruido pues se oye el trinar de los pájaros y el crujir del ramaje mecido por el viento. Este silencio más bien implica la ausencia de ruido humano: los motores, los pasos, la música, el trajinar en la cocina o en la sala. Salgo al pasillo e inicio un recorrido por la casa. Llamo con voz tenue a mis familiares y conocidos. No encuentro respuesta a mi llamado. La casa está deshabitada, vagué por ella durante un buen rato. No tengo miedo. No me siento solo. Deambulo entre los muebles. Como un niño en casa nueva recorro todos los objetos con la vista: los cuadros, los adornos, los viejos muebles, los objetos de cristal. Descubro objetos que no veía desde hace mucho, algunos de ellos los creí perdidos o recordaba que fueron destruidos.

Supongo que la gente de la casa salió y no tarda en regresar. Me acomodé en mi sillón preferido de la sala y esperé. Recordé el dolor constante, el túnel negro que se me apareció en sueños durante mi larga enfermedad. El silencio tal vez, o mi prolongada estancia en la cama, me hacen sentir el mundo como algo diferente. Los objetos parecen estar animados, los siento como si fueran parte de mí. Ese jarrón por ejemplo, está frío, siento su frialdad sin tocarlo y también siento el calor de la madera de la mesa de centro, como si el calor estuviera impregnado en ella después de tantos años de sostener sobre su lomo tazas y tazas de café humeante.

Hay un cuadro frente a mí: "El hombre del yelmo dorado", de Rembrandt. La debilidad lógica a mi estado de convaleciente me hace ver que el cuadro se transforma. De pronto soy yo que emerjo del juego de sombras, mis rasgos se dibujan claros bajo el amarillo de los arabescos del casco. Mis facciones se mueven para reproducir distintos estados de ánimo. Es como si en lugar del cuadro estuviera un espejo. Tan pronto soy un viejo angustiado por la soledad y la desesperanza como un jovenzuelo con las armas prestas. Cierro los ojos para evitar la visión y volteo hacia la ventana. Las cortinas de gasa dejan pasar los rayos del sol que se depositan con suavidad sobre la alfombra y los muebles. Un rayo, el más claro de todos, apresa mi vista; en él pululan infinidad de pequeños polvillos y pelusas que brillan al ser tocadas por la luz, caen despacio, al llegar al suelo se transforman en pequeñas mariposas blancas que se alejan hacia la zona de sombra de la sala. Dos mariposas hacen el amor mientras vuelan y de sus alas se desprenden granos de polen que se convierten de inmediato en otras mariposas. Son cientos, tal vez miles de animalillos de alas blancas que surgen de la luz, sin embargo, la estancia está vacía, como si desaparecieran al ser tocados por la sombra. Fascinado por la aparición de las mariposas observo la ventana con cuidado para descubrir el orificio por el que se cuelan al interior de la casa; está cerrada y los vidrios intactos. Afuera el paisaje parece un jardín enorme, por todo el horizonte se despliegan multitud de flores que constituyen una alfombra multicolor. Lo curioso es que de cada flor nace un hilo que sostiene un jicote atado de una de sus patas. Cada jicote vuela alrededor de la flor que lo sostiene, como un pequeño planeta girando, perenne, alrededor de su sol. Creo que la excesiva cantidad de flores y de insectos me produce un efecto de visión borrosa o un defecto en la percepción porque de pronto es la flor la que vuela alrededor de los jicotes y la alfombra de arcoiris se vuelve una gran sábana blanca que envuelve todo el campo. Crecen árboles y promontorios y todos están nevados, blancos hasta confundirse con un cielo también blanco, de tal manera que la perspectiva se pierde y parece que contemplo una gran pared. Otra vez el espejo en el que me veo, pero en esta ocasión mi rostro está formado por la acumulación de puntos, como en una fotografía. Cada punto es un jicote atado a una flor y se mueven. Mi rostro danza al ritmo del zumbar de los insectos y vuelven a reflejar los más variados estados de ánimo y edades.

El sol declina. La tarde crece. Me siento débil. Tal vez no debí levantarme de la cama, ahora que regrese mi familia seguramente seré reprendido y reinstalado en mi lecho de enfermo. Sin embargo, no quiero perderme el atardecer. El sol mortecino acentúa el claroscuro del cuadro de Rembrandt, es un cuadro inacabado, cada vez que lo contemplas es distinto, sugiere mundos diferentes. Tal vez el viejo soldado murió en múltiples batallas y cada muerte se grabó en un rasgo de su rostro. Tal vez sí soy el soldado y permanecí atado al yelmo como el jicote a la flor. La sala se volvió a llenar de mariposas pero ahora eran negras; surgían de los haces de luz que se filtraban a través de las cortinas y se tornaban blancas al llegar a la parte sombreada. Varias parejas de mariposas, una blanca y otra negra, copulaban en el aire y de sus alas se desprendían granos de polen que se convirtieron en mariposas grises, cada mariposa gris tenía en su rostro un pedazo de mi rostro. Sentía el éxtasis erótico del orgasmo pero también podía sentir el dolor del parto cada vez que un pedazo de mí se tornaba mariposa. Las mariposas grises fueron mayoría y se extendió el ocaso por mi sala, sólo unos cuantos puntos blancos aquí y allá, sólo unos cuantos puntos negros aquí y allá.

Decidí que ya era tiempo de volver a la cama, me dio tristeza no ver a mi familia en estado de mejoría, por otro lado, me alegré de no ser sorprendido en acto de indisciplina. Volví pues a mi recámara a esperar a mis seres queridos. Me levanté y desandé mis pasos, abrí la puerta de mi habitación. El hombre del yelmo dorado está en mi cama, sus rasgos se transforman hasta parecerse a mi padre, después a mi abuelo, por un momento creí que era el tío aquel que vi morir una tarde de junio. También me recordó la cara de un hombre asesinado y cuya fotografía apareció en el periódico. Me miré, muerto, cubierto por la sábana blanca, con la manguera del suero colgando flácida al lado del lecho y el yelmo, brillando tenue, a los pies de mi cama. Mi familia reza casi en silencio por el eterno descanso de mi alma.

La mirilla

Me disponía a salir de casa cuando descubrí un pequeño orificio en la puerta. La perforación estaba hacia la derecha, casi a la altura de mis ojos. Por ella se filtraba un haz de luz que dibujaba un círculo de aproximadamente cinco centímetros de diámetro sobre el mosaico del piso. Me acerqué para examinar la puerta y ver si el desperfecto se debía a la acción de las termitas. El agujero tenía forma irregular y parecía hecho a propósito, con un clavo o algún objeto puntiagudo ayudado con un martillo; era reciente pues se notaba el color natural de la madera y contenía astillas que indicaban la presión ejercida desde afuera. Limpié con la mano la viruta y apliqué mi ojo sobre el orificio para utilizarlo a manera de mirilla. Quedé sorprendido de lo que observé a través de aquel ojillo improvisado. Una habitación exactamente igual a la que me contenía, sólo que decorada de manera por demás estrafalaria, abigarrada de objetos que pertenecían a diversas épocas y estilos: calendarios con figuras de indígenas esculturales, retratos de familia, cuadros religiosos, dos o tres cromos con reproducciones de pinturas famosas, floreros y jarrones, una lámpara con prismas de vidrio, un par de libros sobre un taburete de madera, cortinas de encaje. Percibí un ligero olor a naftalina. Entró de pronto a la habitación un hombre como de mi edad y complexión. El individuo se movía en forma vacilante entre la barroca acumulación de objetos, algunos de ellos rotos y empolvados. Se acercó a la puerta con la intención de abrirla por lo que me sobresalté; sin embargo, pareció percatarse de la presencia del orificio y a él se dirigió para aplicar su ojo y observar. Por un momento los dos ojos, el mío y el de él, aplicados a la mirilla, provocaron una distorsión del tiempo, una alteración de la realidad en la que una pupila veía a través de otra pupila un sinnúmero de objetos arrumbados en la memoria. Me retiré de la perforación y abrí con rapidez la puerta para sorprender al hombre en su acto de espionaje.

La calle manifestaba la tranquilidad de todas las mañanas. El sol bañaba el pavimento. Los escasos transeúntes apuraban el paso para cumplir con sus obligaciones cotidianas. Todavía confuso, con las imágenes borrándose en mi retina y una sensación de vértigo, salí a la calle y cerré la puerta. Antes de retirarme definitivamente eché llave al cerrojo y revisé la madera que lucía impecable, sólida, sin magulladuras y recién barnizada.

Blanco y negro

Casi todos tenemos una inclinación más o menos oculta por atesorar algún tipo de objetos, por coleccionar algo. Son estas colecciones como el soporte que nos hace sentir seguros ante la realidad cambiante, o las satisfactoras de la íntima vanidad por poseer lo que nadie más puede poseer. A mí me dio por coleccionar espejos de todo tipo, sólo rehuí las lunas de los antiguos roperos y los de grandes dimensiones, debido a que no tenía forma de colocarlos en mi casa. Me especialicé en los pequeños espejos de tocador o de bolsillo. Cuando los sacaba todos para limpiarlos y eran tocados por la luz, ésta se intensificaba, encendía mi casa en una nueva fuente luminosa; algunos vecinos se acercaban atraídos por el espectáculo y tuve que salir a explicarles la causa del fenómeno para evitar llamadas precipitadas a los bomberos.

Los tenía de muchas formas e incrustados en los más variados materiales: en hoja de latón finamente labrado, en concha nácar que rivalizaba en destellos con el espejo, en oro, plata, cobre, en casi todas las maderas preciosas, en pedrería, carey, ámbar y muchos más. El proceso mismo de buscarlos y adquirirlos me brindó insospechadas experiencias. Conocí anticuarios famosos, vendedores de viejo, personas dispuestas a relatarme con pelos y señales, las historias que envuelven a los espejos en venta y que hacen más deseable su posesión. Conocí también lugares encantadores y algunos de lo más vulgar: mercados sucios llenos de trebejos inservibles y tiendas que son verdaderas máquinas del tiempo en donde uno se siente transportado a la intimidad de la vida cortesana.

Entre todos los objetos de mi colección había uno en especial al que aprecié como el más interesante. Era un espejo circular, como de doce centímetros de diámetro, una piedra negra pulida hasta volver su superficie un reflejante de cualidades excepcionales. Estaba incrustado en un trozo informe de ámbar y, aprisionados en éste, dos insectos irreconocibles suspendidos en ese ataúd desde hace miles de años. La imagen que reflejaba era nítida y precisa aunque el ojo la percibiera con el color alterado gracias a lo negro del material con que estaba confeccionado. El espejo a que hago referencia fue uno de los primeros que obtuve y puede decirse que gracias a él me lancé a la búsqueda e inicié mi colección. Como casi todas las cosas importantes llegó a mí de improviso: una tía decidió internarse y pasar sus últimos años en un asilo, así que escogió de entre sus pertenencias las más indispensables y repartió el resto, a manera de herencia adelantada, entre los parientes. Yo era muy joven y me tocó en suerte el espejo, tal vez porque los demás lo consideraron un objeto bello pero inútil, de modo que me fue otorgado casi en calidad de juguete. Pregunté a mi tía sobre el origen de mi nueva posesión pero fueron muy pocos los datos que pudo darme. Ella lo recibió de su madre y ésta lo recogió junto con las pertenencias olvidadas por un huésped ocasional.

Años después llevé a valuar la pieza y busqué referencias acerca de su posible historia. Los datos son escasos y confusos. Las fuentes fueron anticuarios y algunos libros, catálogos para coleccionistas de antigüedades así como viejas revistas de modas y decoración. Con esto pude reconstruir la historia que a continuación relato pero que, desde luego, corre el riesgo de ser falsa.

"El espejo fue fabricado por orden de un joven enamorado para obsequiarlo a la mujer amada en fecha cercana al solsticio de invierno. En realidad mandó hacer dos espejos: el que yo tenía y otro de cuarzo pulido e incrustado también en ámbar pero del más puro que pudo encontrar, de manera que los dos, uno blanco y otro negro, son representaciones de la noche y el día. La relación entre estos jóvenes fue interrumpida por la acción de intereses familiares y él tuvo que alejarse de ella, obligado a cumplir misiones de índole militar en tierras extrañas. Antes de separase definitivamente decidieron quedarse cada uno con un espejo esperando que el destino volviera a reunirlos, cosa que no pasó. El se quedó con el negro y ella retuvo el blanco en espera del retorno del amante".

El espejo negro inició su peregrinar por el mundo y pasó de mano en mano hasta quedar depositado en el estuche de terciopelo verde que tenía en la vitrina de mi casa. En sus andanzas acumuló historias y creencias: se le atribuyeron poderes curativos; se le considera un amuleto contra todos los males; se asegura que fue fabricado por el mismísimo diablo y que, quien lo tenga en su poder, está irremisiblemente condenado; se le relacionó con crímenes horrendos pero también con actos heroicos y sublimes. Supe que algunas santurronas de las que no faltan, propagaron el rumor de que soy un hechicero sólo por el hecho de tener en mi poder el espejo. Consideré todo lo anterior como patrañas, consejas y mitos. Creo que el espejo es un bello ejemplar de joyería y nada más.

En mis viajes, no muchos, y en mis caminatas por las tiendas de anticuarios y mercados, busqué afanosamente el otro espejo para cumplir con el propósito de reunirlos nuevamente, estaba seguro de que nada pasaría, a excepción claro, de sentirme íntimamente satisfecho. Solamente hay algo que me falta por decir de mi pieza preferida y es que, por alguna extraña razón, no podía estar cerca de ningún otro espejo pues en cuanto el otro era aproximado a menos de cincuenta centímetros, inexplicablemente se rompía.

Algunas veces soñé con los espejos, el negro y el blanco juntos, uno frente al otro. Eran sueños ambiguos, confusos y angustiantes, en los que yo terminaba preso dentro de un bloque de cristal, como los insectos embalsamados en el ámbar. La última vez que los soñé amanecí muy débil, con disnea, enfermo, con una fuerte depresión. El médico me ordenó reposo y distracciones además de evitar en lo posible mi obsesión por los espejos, en especial por el ámbar negro. Deposité pues mi espejo en un estuche y lo guardé en una caja de cartón, finalmente aseguré la caja atándola con un cordel y la arrumbé en la repisa superior del guardarropa.

Traté primero de coleccionar otra cosa, monedas o grabados antiguos, pero terminé por abandonar todo intento de reunir una colección y me sumí en la vida rutinaria y de trabajo. De tarde en tarde visitaba a mis amigos anticuarios o daba un paseo por los mercados de trastos viejos, sólo para conversar con los conocidos o distraer mi mente con la variedad de las mercaderías. En uno de esos viajes encontré el espejo blanco, bellísimo, invitándome a llevarlo. Interrogué al dependiente sobre su procedencia y me narró una rara historia de marinos. Pregunté su precio y al conocerlo no me pareció exuberante, incluso sentí cierta urgencia del dependiente por que me lo llevara y pareció dispuesto aun a regalármelo. Acerca de tan extraña actitud me dijo que estaba harto del objeto pues desde que lo tenía, se le rompían misteriosamente todos los espejos y otros objetos de cristal o de vidrio. Me lo llevé entonces.

Al llegar a casa desempolvé mi improvisado almacén y desempaqué el espejo guardado, lo saqué de su estuche y los puse uno frente al otro. De inmediato todo empezó a cristalizarse: las maderas, las telas, los metales. Los muros se volvieron grandes superficies reflejantes, mi imagen se multiplicó hasta el infinito. Traté de salir de la casa pero cada vez que vislumbraba una posible salida, ésta no era mas que otro espejo. Mi sensación no fue precisamente de terror pues no dejaba de tener belleza ese caleidoscopio que crecía a mi derredor. Era como si la realidad se construyera nuevamente, segundo a segundo. Los espejos se reflejaron unos con otros, la realidad se reprodujo, surgieron nuevas realidades totalmente desconocidas para mí. La luz se volvió intensa hasta semejar un incendio en cada espejo, las llamas de cristal proliferaron hasta abarcar todo lo visible. Decidí evitar todo intento por encontrar una salida y me senté en el piso a esperar que alguien me sacara del sueño y aún espero.

Cómosellama

El héroe, ¿Cómo se llama?, anda en busca de su imagen pues lamenta no poderse ver en los espejos. Él asegura haberla guardado en el bolsillo entre un montón de recuerdos: una piedra verde, unas cadenas, cuatro soles pulidos de hojalata, una cuerda de goma y un sobre mágico que encierra las letras en desorden de su nombre. La aventura en realidad no empieza ni termina, es un compás de ausencia, una coma, puntos suspensivos de una historia más grande en donde el héroe busca también su imagen, o por lo menos su sombra. No se sabe si perdió su sombra o nunca la tuvo. Lo cierto es que sufre sin ella. Sólo el amor, en ocasiones, le mitiga el dolor de estar perdido y sin reflejo. No hubo conspiraciones para robar la imagen, ni historias de ladrones. Simplemente, Cómosellama, amaneció un día sin poderse ver en los espejos.

Pueblo

Aquel pueblo estaba hechizado. Sus habitantes fueron convertidos en sombras. Todos vagaban como ciegos por las avenidas y las calles. Uno que otro mago se afanaba en romper el hechizo. Un día creí encontrar el conjuro definitivo, traté de anotarlo en mi cuaderno pero el papel, al contacto con la tinta, se volvió de polvo.

Escuela

Esta es una escuela de enseñanza especial, pero ello no impide que nosotros podamos sentir mucho cariño por quienes se encargan de cuidarnos. Los vemos llegar con sus rostros tristes y su gran compasión, los vemos hacer esfuerzos por lograr que aprendamos las conductas más elementales como lavarnos los dientes o comer correctamente. A veces se desesperan pero siempre terminan abrazándonos y con los ojos llenos de lágrimas. Nos entristece ver su piel que se demacra mientras la nuestra se pone ruborosa, su cuerpo se adelgaza mientras el nuestro se llena.

El director nos regaña y nos golpea a veces sin razón, sé que lo hace porque nos tiene miedo. A pesar de todo, recordamos con cariño a los maestros que pasaron por la escuela, sobre todo cuando en los días de limpieza, el director nos obliga a quitar el polvo de los frascos en que sus restos fueron depositados una vez que se secaron.

La bestia

Un día topé, al dar la vuelta en una esquina, con la siguiente escena: un personaje, más parecido a una bestia mítica que a un ser humano, todo el cuerpo lleno de escamas de piedra, de su tronco emergían dos cabezas, una como de toro y otra como de pájaro. Portaba una tiza con la que seguramente trazaba signos sobre el muro que estaba a sus espaldas. Este hombre, o bestia, hablaba con otro personaje que tenía a su vez tres cuartas partes del cuerpo cubierto de escamas y una única cabeza, como de felino.

Cuando la bestia terminó su discurso, el de la cara de felino castañeteó los dedos y la bestia desapareció al momento. El tigre, jaguar o lo que sea, volteó hacia mí, el miedo me creció de pronto e impulsivamente troné a mi vez los dedos y el segundo personaje se disolvió en el aire.

Sorprendido todavía, me dispuse a abandonar el lugar de tan extraña escena, pero al dar la vuelta vi a un hombre normal, vestido de paisano, que estaba a punto de tronar los dedos.

Miniaturas

Es bueno el hecho de que tu esposa tenga una afición, eso te resuelve el dificilísimo problema de tener qué regalarle en las cuatro o cinco fechas importantes del año: el día de la amistad, aniversario de bodas y otros que se me escapan. La mía colecciona miniaturas y mis excursiones para la compra de obsequios incluyen las tiendas de dichos objetos y aquellas que contienen las pequeñas figurillas, las pulgas vestidas o las pinturas realizadas en un grano de arroz. A lo largo de dieciocho años de matrimonio le regalé una gran cantidad de miniaturas, además de las que le obsequian familiares y amistades y las que ella misma adquirió. Inundó la casa un verdadero zoológico de figuritas de vidrio soplado, multitud de cuadritos realizados en los más disímiles materiales, mueblecillos de madera, casitas propias para hormigas. Los objetos en miniatura proliferaron y ocuparon las vitrinas, las mesas de la sala, los estantes para adornos. Después invadieron burós, cajones, libreros. En casi todos los rincones y lugares más o menos apropiados existe una, o varias miniaturas. Conforme aumentó la colección de mi esposa, ésta adquirió cierto parecido con los objetos acumulados, se desenvolvía entre ellos con facilidad. Me pareció incluso que su estatura disminuyó imperceptible pero constantemente. Llegó el momento en que me costó trabajo encontrar a mi mujer cuando volvía a casa después de mis diarias ocupaciones. Hoy hace dos meses que no la veo, debe estar escondida entre las figuritas de la recámara o cómodamente instalada en la casita que compramos durante nuestro viaje de bodas.

La trampa

No sé cómo me metí en la trampa, entré insensiblemente. Primero me atrajo el brillante color del piso pulido y después la sutil transparencia de los muros, la luz difusa que no lastimaba los ojos a pesar de su persistencia, ahí nunca era de noche. Me atrajo también la suave música que parecía emanar de todos lados. Cuando me dí cuenta estaba perdido en la maravillosa red de salas y corredores. Por más intentos que hice no logré dar con la salida. Intenté perforar el muro inútilmente, busqué ventanas, orificios, respiraderos. Vagué por los pasillos haciendo marcas con la hebilla de mi cinturón pero las marcas proliferaron igual que los pasillos. Abandoné todo intento de escapar, hice algunos preparativos y descansé un rato. Me sumí en un profundo grado de meditación y entonces resolví el misterio. Demasiado tarde, la bomba estaba a punto de estallar.

La rana

En la sala hay un retrato grande y a colores de mi hermanito. Ya casi no lo recuerdo, sólo su sonrisa inocente y su cara de "yo no fui" después de que hacía una travesura. Mis padres todavía lo buscan y de vez en cuando recorren hospicios y guarderías con la esperanza de encontrarlo. Si llega alguna carta la abren con ansiedad por si hay noticias de su paradero. Se perdió hace cinco años. El zaguán se quedó abierto y dicen mis padres que seguramente se salió sin ser visto. Paso muchas horas en el jardín frente a la rana de barro que decora el centro de la fuente, es una rana grande y tiene los ojos tristes. Recuerdo mucho aquella ocasión en que mi hermano la rompió y después, con los ojos llenos de lágrimas, corrió a acusarme y me señaló como el autor del accidente. Todavía me duelen, en la memoria, los cintarazos que me dio mi padre. Él, mi papá, se puso furioso y me castigó severamente. Me proporcionó acto seguido, un bote de cemento de contacto y me obligó a reparar el daño pegando la rana pedazo a pedazo. Puse cuidado en utilizar el pegamento de la forma adecuada y reforcé cada pieza para evitar una nueva ruptura. Pasé muchas horas realizando la tarea. Recuerdo los ojos chispeantes del niño y su sonrisa burlona, recuerdo su carita de ángel detrás de mis lágrimas. Fue la última vez que lo vi, esa tarde se perdió. Terminé de armar la rana con la luz de la luna y después me acosté, sin cenar, siguiendo las instrucciones de mi padre.

Paso algunas tardes en el jardín, repito, frente a la rana. De tarde en tarde pego el oído a la figura de barro para ver si todavía oigo su vocecita hipócrita pidiéndome que lo deje salir.

El enemigo

Más indiferente que curioso me dejé arrastrar a la consulta con el adivino. Gustavo es un vidente que utiliza un vaso con agua como medio para sus premoniciones. Gustavo, absorto, daba pequeños giros al vaso y contemplaba el líquido transparente al tiempo en que con voz monótona predecía acontecimientos futuros. Un giro más y el agua lanzaba pequeños destellos de colores. El adivino ignoraba todo estímulo que proviniera del ambiente, sólo atendía al vaso y su lenguaje misterioso que permanecía oculto para cualquier otro observador.

-- Vas a tener ofertas favorables en aspectos de trabajo. Tu familia estará tranquila con algunos problemas menores. Alguien muy cercano a ti contraerá matrimonio. Una persona cuyo nombre empieza con L te traerá prosperidad.

La voz era plana, impersonal y arrojaba adivinaciones una tras otra. El vaso cobraba vida por momentos, se convertía en la húmeda ventana hacia lo desconocido.

-- Tendrás éxito económico pero ten cuidado, un enemigo te odia y desea minar tus fuerzas hasta hacerte fracasar por completo.

Las manos de Gustavo acariciaban el vaso y produjeron que su calor cubriera el cristal con multitud de gotitas de vapor condensado. No sé cómo me dejé llevar a la consulta, mi situación es bastante mala como para empeorarla con predicciones fabulosas. Dejé el poco dinero que traía en las manos del adivino y me dirigí a casa. Al llegar me instalé en la sala y coloqué en el tocadiscos un disco con música de Beethoven. El Claro de Luna invadió todos los rincones. La identidad del enemigo que me pronosticó Gustavo se hizo clara de pronto, justo en el momento de la detonación y el disparo que me perforó la sien y me envolvió en las sombras.

El remedio

La vela dibuja formas caprichosas con las sombras: un florero alargado, el respaldo de una silla que tiembla, la ondulante línea de la cama. Pilar está arrodillada con la vista fija en la puerta del baño, la luz se asoma por la rendija tocando apenas la alfombra. Todo está en silencio a no ser por el murmullo del rezo y el chapotear del agua en la regadera.

Siempre es lo mismo, Miguel sale de la procuraduría después de un día de trabajo policial, llega a su casa a las dos o tres de la mañana muy tomado, en taxi pues el carro quedó olvidado en las afueras de alguna cantina. Abre la puerta con estrépito e irrumpe en la casa ante el miedo que le sale por los ojos a su esposa. Como si el temblor de Pilar fuera un excitante él empieza a gritar e insultarla para luego, ignorando los reclamos de ella, meterse en el baño y purificar con agua una nueva noche de parranda. Ella mientras tanto, acerca la vela encendida y el frasco con hierbas a la puerta del baño y reza, siguiendo las instrucciones del curandero, con la esperanza de ahuyentar a los demonios que Miguel trae en el cuerpo. El sale del baño y como demostración de desdén hacia las creencias de su esposa, toma la pistola y dispara sobre el improvisado altar ensuciando la recámara con pedazos de cera que Pilar tendrá que recoger al día siguiente con cuidado.

Hoy es la novena noche que se aplica el remedio, si no funciona Pilar está decidida a abandonar a Miguel. Se oye el característico ruido de la llave al cerrarse y el canturreo del marido en el baño. Abre por fin la puerta y se topa con la rutinaria escena: su mujer de rodillas junto a la cama con sus rezos, la vela al pie de la puerta del baño junto al frasco con hierbas olorosas. Cansado y nada más por no dejar, saca la pistola de su funda y apunta sobre la vela. Esta vez el cirio permanece intacto a pesar de la explosión, deformando la silueta de los objetos con sus sombras. El rostro de Miguel está pálido, como la cera con que Pilar había taponeado el cañón de la pistola.

Adaptación

La habitación huele a desinfectante y las sábanas están ásperas. Me duele la cabeza. Escucho como timbales que resuenan en mi cráneo. Espero que pronto desaparezca ese ruido interno y llegue por fin el silencio.

Vine a este pueblo hace algún tiempo. Me bajé de un camión destartalado y me dirigí hacia el centro, hacia la Plaza de Armas. Recorrí unas calles empedradas y por fin encontré un hotel, me registré y salí después a recorrer la ciudad que con el tiempo me sería familiar. Al día siguiente me presenté a las autoridades de la institución para la que fui contratado. Varios días después empecé a captar el fenómeno. Estaba sentado a la mesa de un café, frente al quiosco de la plaza. En una mesa contigua charlaban seis o siete individuos que ya tenían repletos los ceniceros y varios vasos vacíos. Presté atención a sus voces y me enteré de que sus interlocuciones eran completamente inconexas, sin sentido, tal vez existía entre ellos un sobreentendimiento, una lógica particular construida con los años de conocerse y que daba significación a sus comentarios, un significado que para mí era extraño por no conocer las premisas en que se basaba su discurso. Sin embargo, conforme conocí a la gente del poblado me extrañó, cada vez más, el hecho de que nunca respondían lógicamente a las preguntas que se les planteaban. Sus diálogos parecían monólogos absurdos.

Me di cuenta de que vivía en una ciudad de sordos y que cada uno de sus habitantes fingía una normalidad inexistente. Intercambiaban frases deshiladas que descifraban a su arbitrio. La situación me desconcertó e inicié pesquisas para descubrir el origen de tal aberración. Todo fue inútil, nadie escuchaba mis preguntas y mucho menos les daba respuesta. Los diálogos rutinarios parecían pláticas de esquizofrénicos. Algunas personas lograron sospechar que yo investigaba acerca de la sordera evidente de los habitantes, empezaron a verme con recelo y después con franca hostilidad. Me sentí solo y malhumorado, el hecho de percibir el trastorno y no poder evitarlo acentuaba mi incomunicación. Las cosas empeoraron, los discursos bizarros y aquella verborrea de locura estuvieron a punto de robarme la razón.

Hace días aparecieron los primeros síntomas: perdí el apetito, mi dolor de cabeza se tornó intenso, aumentó mi temperatura corporal, mis tímpanos parecían estallar. El virus me atacó con crudeza, mi mal se agravó hasta que un día, frente al televisor, me desvanecí y perdí el conocimiento. Acaba de entrar la enfermera y algo me dijo al tiempo que corría las cortinas, seguramente sobre mi estado de salud, pero le contesté que las recientes elecciones fueron un fraude, que el mundial de fútbol sería un éxito y que los camiones de la ciudad eran amarillos. Estoy contento a pesar del dolor, mi proceso de adaptación se ha iniciado.

Linchamiento

El motín se terminó hasta muy entrada la noche. Se hizo necesaria la intervención del ejército y los bomberos para dispersar a la muchedumbre que se abalanzaba sobre la casa marcada con el número 14 de la calle diecinueve. Fue imposible identificar al hombre víctima del tumulto, hasta sus piezas dentarias fueron esparcidas. No recuerdo otro caso de linchamiento en mis casi veinte años de trabajo policíaco. La casa fue destruida: vidrios rotos, muebles despedazados, duelas del piso levantadas, cortinas arrancadas. Imposible hacer una reconstrucción del escenario, sólo quedaron fragmentos de una multitud de objetos y en casi todos ellos, huellas de la sangre del occiso.

Llevado más por la curiosidad que por la urgencia de aclarar el caso, me dediqué a investigar los antecedentes del linchamiento. N, la víctima, era un sujeto tranquilo y solitario, con voz suave y tendencia a la depresión. Desde muy chico fue rechazado por sus padres y parecía atraer sobre sí el desprecio y la agresividad de los otros: sus condiscípulos lo golpeaban por causas baladíes; sus jefes lo regañaban y utilizaban de chivo expiatorio. Se casó pero su matrimonio duró poco pues su mujer lo insultaba, lo presionaba y hasta llegó a golpearlo varias veces, finalmente lo abandonó para huir con uno de sus compañeros de trabajo. No tenía amigos y con frecuencia llegaba golpeado a casa debido a las constantes agresiones de los vecinos y pandilleros del barrio.

Al parecer N se cansó de la situación y pensó que si su única habilidad era atraer la animadversión de los demás, servir de válvula de escape a la frustración y el encono de sus semejantes, trataría al menos, de sacar provecho de ello convirtiendo su debilidad en fuente de su riqueza. Después de pensarlo un poco acabó por insertar entre los avisos de ocasión del diario más popular el siguiente texto: "¿Amaneció de mal humor? ¿Necesita descargar sus enojos? ¿Alguien a quien gritar para sentirse fuerte?. Solicite entrevista con el señor N, en la calle Diecinueve No. 14. Horario de atención de 10:00 a 14:00 horas."

El día que apareció el anuncio el periódico empezó a distribuirse como siempre, alrededor de las siete de la mañana. Hacia las doce del día se iniciaron los reportes acerca de que algo raro ocurría en el domicilio de N. Un par de horas más tarde y ante la insistencia de las llamadas nos trasladamos al lugar de los hechos. Ríos de gente se dirigían hacia la casa de N desde todas direcciones. La tragedia se precipitó con rapidez incontenible. Los primeros en llegar hicieron un trato y después se dedicaron a insultar y proferir amenazas contra N. Fue una mujer la que inició el problema; con sus insultos se le incendió la amargura y no pudo controlar sus emociones, se acercó a N y lo abofeteó inmisericorde. El ruido de los golpes y un poco de sangre excitó a la muchedumbre que se comportó como una colección de tiburones hambrientos. Los golpes proliferaron y los gritos y la histeria. Aquello se convirtió en segundos en un asesinato ritual. Cuando N hubo desaparecido la gente enloquecida desgarró sus retratos, después los espejos en que se contempló muchas veces, finalmente sus objetos: su ropa, sus muebles, sus enseres. De N no quedó ni el recuerdo, el coraje llegó al extremo de ahogarlo por completo en el olvido.

La mosca

Una mosca entra en el cuarto desde la zona de sombra de la sala. El locutor refiere los hechos más dramáticos con el rostro impasible, su voz, educada y monótona, sale del televisor como una secreción que arrastra accidentes aéreos, bombardeos, secuestros, mutilaciones. Junto a la cama un perrito juega con un zapato de tela al que logra despojar a medias de su cinta. El zumbar de la mosca hace contrapunto con la voz que surge de la televisión. La mosca se mueve alrededor del foco, después se posa un momento sobre el marco de un cuadro y de ahí al espejo, a la bolsa de plástico que cubre un traje en el guardarropa abierto, al cubrecama y, finalmente, se detiene en el piso, como a cuarenta centímetros del perro que mordisquea el tenis. El cachorro dejó el zapato y fija su mirada en la manchita negra de la mosca. El hombre explica los detalles de una tragedia en un lugar lejano, intermitentemente aparecen a cuadro las escenas de cuerpos inertes sobre el suelo y de adolescentes uniformados que portan fusiles y tienen las caras sucias y también inexpresivas, como la del hombre que narra las noticias. En el noticiero se dice de unas mujeres que, al no poder tolerar el sufrimiento de los pobladores del lugar lejano, les enviaron libros, estampas de santos y oraciones impresas para que tengan en qué entretenerse mientras mueren. Una araña tiende sus hilos con paciencia en el ángulo que forman el techo y la pared norte de la recámara.

El perro saltó sobre la mosca con la intención de tragársela pero se fue en blanco, el insecto emprendió el vuelo un instante antes del ataque y fue a pararse en la orilla de una taza que está sobre la cómoda, se pierde en el interior para ir a buscar los restos de café y azúcar que reposan en el fondo.

Un nuevo comentarista habla de toros, de estocadas, del arte de matar a una bestia que embiste inútilmente sobre una tela que sirve para engañarlo y llevar su carrera hacia la nada, o hacia la aguda punta de una espada; unos ciclistas se esfuerzan por alcanzar la meta, después un boxeador vaticina su triunfo. La mosca vuela ahora en torno de la cabeza del cachorro que le tira mordiscos para atraparla mientras sigue con la cinta del zapato enredada en las patas. El insecto esquiva con habilidad las dentelladas y se para, retador, en la oreja del can, éste se rasca la cabeza con la pata obligando a la mosca a volar hacia la lámpara. La mosca elude también el golpe del periódico enrollado. Se para en la pantalla para simular un gran lunar sobre la frente del periodista.

La sección internacional refiere otra guerra, en otro país, y con esto logra convertir ambas, la de aquí y la de allá, en hechos triviales y tribales. Más tarde se entrevista a un escritor y luego al presidente de un país sureño. El cachorro se cansó y dormita con parte de la agujeta sobre el lomo y la mosca que le ronda y a la que trata de espantar con movimientos esporádicos de la cola. El noticiero finaliza, se anuncia la ganancia de la bolsa y el nuevo precio de los metales. Se ven escenas de cajeras de banco con fajos de billetes en las manos, en la memoria se mezclan estas imágenes con las de los cuerpos que están abandonados en el lugar de la tragedia. El zumbido de la mosca se intensifica hasta volverse molesto, sus alas baten desesperadamente para escapar de la trampa; los hilos pegajosos de la telaraña se adhieren a sus patas y su abdomen. En el televisor la luz del estudio se diluye y el locutor queda como una sombra en el centro de la pantalla. Una araña camina por el techo.

Guardián

Una casa abandonada es un lugar donde la historia forma remolinos, imán de voces, sombra en la que anidan las mentiras y los muertos. Cuatro cuadras al norte de la iglesia está una construcción deshabitada. Los que la han visto no pueden coincidir al describirla porque cambia según la toque el sol o el viento, o el punto de mira del que observa. La casa es un no sitio que sólo puede definirse por ausencias y por ecos, por el quedo murmullo de termitas que le graban un rostro por adentro.

El último habitante de la casa fue un perro flaco y semiciego que casi por instinto llegaba todas las tardes a buscar cobijo entre las ruinas. Se le veía venir desde el momento en que las sombras, como dedos, se lanzaban sobre la piel del mundo, cuando los primeros cantos de los grillos tocan a silencio. El chucho de color pardo sucio mostraba en las patas, las orejas y el hocico la señal de heridas viejas. Caminaba sin prisa, husmeando aquí y allá, reconocía cada poste, cada árbol, los trozos carcomidos de los muros. Finalmente recorría de lado a lado y varias veces la reja oxidada de la casa, como cerciorándose de que continuaba igual que en la mañana. Después se introducía a lo que fue jardín y hoy un matorral de hierbas crecidas y espinosas, llegaba hasta la puerta en donde iniciaba una inspección general de la casona en ruinas. Rascaba las puertas y ventanas en un llamado inútil, iba a la parte de atrás y regresaba para echarse al pie de la puerta como un centinela adormilado que despertaba ante la presencia de cualquier ruido inusual o extraño.

El perro se transformaba por la noche en el feroz guardián de la construcción abandonada. Cuando algún chiquillo intentaba la aventura de explorarla, el can atacaba pelando los dientes y gruñendo de tal forma que el resultado inevitable era la carrera despavorida del intruso hacia la protección de la calle. Nadie osaba pasar, ni siquiera por la acera del frente de la casa. Por las mañanas, el animal abandonaba su puesto de guardia y se lanzaba entre los callejones en busca de los desperdicios que le servían de alimento. Quien llegó a verlo en el día y lejos de la casa, lo describió como un perro asustadizo que huía con el rabo entre las patas ante la más leve amenaza, no era el fiero vigilante de las ruinas, lo vieron juguetear, revolcarse y dar interminables vueltas hasta quedar mareado y dormirse con las cuatro patas al aire, borracho por el sol y las vueltas.

El porqué de la nocturna conducta del sabueso se explicaba por múltiples rumores, el más creíble es el de que en esa casa vivió su dueño quien lo abandonó cuando tuvo que cambiarse a una casa más chica. Sin embargo, había también decires que lindaban con la leyenda. El perro murió sobre el tapete deshilachado de la entrada, no se volvieron a escuchar sus gruñidos. Lo más probable es que durmiera en la casa porque le gustaba el tapete, porque en él reconocía sus olores y sus pulgas. Espantaba a los intrusos porque si, por instinto, por la necesidad inútil de saberse guardián. Cuidó por años una casa vacía y murió sin saberlo, sobre un tapete viejo. La casa sigue ahí, llena de polvo. Por la noche, a veces, se escucha el eco de un perro ladrándole a las sombras.

Solovino

Me gusta imaginar libremente mientras escribo, el problema es que divago, desvarío a veces. Se me van las palabras en corriente como un caudal que fluye interminable. Cuesta trabajo redondear la anécdota y no caer en sinsentidos. Creo que no existe una anécdota redonda, cada historia es parte de otra historia más grande. Es preciso sin embargo, no poner palabras inútiles, asentar sólo aquellas que encajan ajustadas como en un rompecabezas. Pero volviendo a la historia, batallo mucho para precisar sus límites y no sólo eso, también se me dificulta encontrar en un pajar de historias, la que resulte de verdad importante, la que debe ser contada. Hay muchas historias: las que rescatan mitos, las que desgarran los velos de una realidad que se escabulle. Pero es posible que se requieran unos ojos especiales para detectar esos temas, esas tramas fascinantes. Me conformo con sentir el placer de garrapatear palabras en una hoja blanca. Mientras el papel se llena de grafismos, como esos muros a espaldas de la estación del ferrocarril, me dedico a ver cómo pasa el tiempo y los transeúntes.

La vidriera por la que estoy protegido del viento, da hacia una plazoleta y me divierte ver a los globeros luchando por sostener su mercancía contra los reclamos del aire; a las palomas; a la gente que camina; a los aseadores de calzado. Pero es imposible, ahí, detectar una historia. Parece todo tan rutinario, tan vacío. Me entretiene mirar hacia los pies de los paseantes, observar sus zapatos, calcular el ritmo de sus pasos, adivinar el rostro y el estado de ánimo a través de los pasos. Puedo inventar personajes, transformar la placita en un universo mágico en donde las tramas se crucen, las situaciones emotivas se superpongan y se mezclen. Entonces sería un loco construyendo mitos y el dolor y el hastío quedarían ocultos. Sigo sin contar algo importante. Tal vez ese perro que husmea desde hace un rato en la plaza, que escudriñó todos los rincones y metió las narices en todos los lugares: a la orilla del prado, bajo las bancas, al pie de los postes. Es un perro común y corriente, de pelambre amarilla, de orejas largas y caídas, ojos color miel, las patas delanteras con un poco de blanco, como si trajera unos guantes percudidos. En algunas zonas del cuerpo muestra ronchas enrojecidas, producto de la sarna o alguna infección en una herida vieja. Terminó su recorrido según parece y Solovino escogió un pedazo de banqueta, soleado, para reposar sus huesos y poner a orear sus ronchas. Dio varias vueltas antes de doblar sus patas traseras en un ritual minucioso, como si la posición final fuera de suma importancia para conciliar el sueño. Arrojó una mirada despectiva a su derredor y colocando el hocico sobre sus patas delanteras cerró los ojos y dejó que lo acariciaran el sol y las moscas.

Qué lejos está este perro adormilado de aquellos canes que pasaron a la historia por sus hazañas, qué lejos de Argos por ejemplo. Por asociación empiezo a recordar otros lebreles, como aquel collie diminuto al que hacíamos correr tratando de ganar al galgo en su carrera. Recuerdo un perro peludo, pequeñito, que ladraba por horas, histérico e irritable, cuya dueña, una novia que tuve, hablaba hasta por los codos con una voz chillante. Ella, mi exnovia, era blanca como la leche y gustaba de ponerse vestidos con un gran escote para después acariciarse los senos, con el pretexto de tapárselos, hasta dejarlos enrojecidos como las ronchas de Solovino que dormita, plácido, en la acera de enfrente. Tuve también una novia morena, hosca y agresiva, a la que dejé de ver porque su perro, un pastor encerrado y maligno, me mordió en la pantorrilla.

El cuaderno se llena y yo sin apresar el hilo de una historia. Es posible que sólo deje salir unas cuantas ideas para que se oreen al sol también y se recompongan en una historia verdadera. Me imagino a Argos durmiendo en el estiércol, con el anciano porquerizo como único compañero y la idea fija de no morir antes de ver por última vez a su amado dueño. Esa sí es una historia y no la de este pobre canino, anónimo y semimuerto, que se deja, indolente, atropellar a cada rato por los niños y sus triciclos. El perro abre los ojos y levanta la cabeza. Dirige hacia mí su mirada color miel, casi dulce, como si supiera que él está motivando el que gaste mi tinta en su reposo inútil. Se levanta despacio, estira los huesos como esperando que se le acomoden las coyunturas. Bosteza, se sacude y se dirige después hacia un niño que porta un helado; el niño se asusta y busca de inmediato la protección tras las piernas de su madre. Solovino se da vuelta ignorando la aprensión del niño y se acerca al poste próximo, lo huele, lo rodea para observarlo por todos lados y después estampa su marca. Vuelve a explorar el terreno, husmea con la nariz pegada al suelo, una nubecilla de moscas lo sigue posándose intermitentemente sobre su lomo. Encuentra un pedazo de chicharrón de harina, lo empuja con el hocico, lo toma con los dientes, lo suelta de nuevo, estornuda irritado por el ácido de la salsa roja que impregna el alimento, lo muerde al fin y lo empuja con la lengua tragándoselo casi sin masticarlo. Descubre un papel periódico arrugado y empieza a olerlo cerca de una banca. Un parroquiano mueve de improviso el brazo y el animal interpreta este movimiento como una amenaza, mete el rabo entre las patas y se aleja con la cabeza gacha, como pidiendo perdón por su imprudencia. El perro regresa al lugar en que estuvo dormitando y se echa otra vez para dejar pasar la tarde.

Mientras tanto, me decido a transformar esta plaza en un verdadero surtidor de significaciones. El quiosco por ejemplo, es un ágora, un tablado, un escenario y en él se suceden historia tras historia. La de una señora que se instaló en el quiosco el día que ejecutaron a su marido y se quedó a vivir ahí por espacio de treinta años, pidiendo piedad para el ahorcado. La de un par de amantes sorprendidos en el centro de su coloquio amoroso, que lavaron con sangre la tarima cuando el irascible padre de la dama vació su pìstola sobre la pareja que, según él, mancillaba su honor. El quiosco usado de trinchera cuando el pueblo se defendió de los apaches. El lugar se transforma ante mis ojos y tan pronto es un estrado del que surgen ardorosas piezas oratorias, como un refugio que alberga a indefensos ciudadanos perseguidos por la policía con sus garrotes. La banda de música acompaña los pasos de la gente alrededor de la plaza: señoritas con vestidos largos llenos de cintas y encajes, vestidos que ocultan grandes polizones; señoritas de playera y falda corta de mezclilla que coquetean con jóvenes ataviados con trajes de casimir inglés de anchas solapas y sombreros de carrete.

Solovino chilló haciendo polvo mis ensueños pues un triciclo maguyó su rabo. El perro se movió y fue a echarse bajo la sombra de un arbusto, ahí estaría protegido de otro imprudente ataque de triciclo. Un perrillo faldero de color gris que portaba un collar con estoperoles se acercó a Solovino para olerlo y éste, emitió un débil rugido y peló los dientes para desalentar al intruso, cosa que logró con creces pues el perrito salió corriendo para buscar la protección de su dueña. Los ojos color miel del can sarnoso volvieron a fijarse en mi presencia para después ignorarme como si yo fuera una más de las impertinentes moscas que lo acosan.

Traté de concentrarme en mi texto y recuperar el escenario perdido, en busca de una historia redonda. El aire se hizo más violento conforme avanzó la tarde y agitó las copas de los árboles. Las imágenes que empezaron a fraguarse en mi narración fantástica fueron barridas por el ventarrón de marzo y me dejaron enfrente de una plaza rutinaria, con un quiosco viejo y un perro dolorido que se lamía el rabo con displicencia mientras las moscas le rondaban chupando la sanguaza que salía por sus heridas.

El globero enardeció su lucha contra el aire y los hilos de sus globos se le enredaron en los brazos y en el rostro. En parte por el aire y en parte por sus movimientos desordenados, el sombrero del hombre fue a dar al piso, agravando su situación ya de por sí embarazosa. El globero intentó tomar el sombrero del suelo, pero el viento pretendía no dejarlo en paz y lo empujó un poco hasta dejarlo fuera del alcance de sus manos. El hecho no podía ser más cómico, el hombre detrás de su sombrero mientras hacía esfuerzos por impedir que sus globos escaparan. En su lucha, el vendedor se acercó peligrosamente a los árboles de la plaza y algunos de sus globos explotaron al romperse la tensión del hule, gracias a los arañazos de las ramas sin hojas. El ruido de los globos que estallaron hirió los tímpanos de Solovino que empezó a ladrar y correr imitando, un poco, los grotescos movimientos del globero. El susto del perro fue soberbio, al grado que emprendió una huida de pánico hacia la acera del otro lado de la plaza. Todo fue en un instante: el chirriar de las llantas; el chillido de dolor de Solovino; la sangre que impregnó la calle; la gente que se arremolinó para ver el accidente; la llegada de la policía y del personal de limpieza del ayuntamiento que se llevaron el cuerpo, inerte, del animal de pelambre amarilla y las moscas que lo siguieron como única comitiva. Unos minutos después la plazoleta recobró su calma dominical, con su banda de música y el rechinar de triciclos. El globero se quedó, luchando contra el viento. Me marché sin encontrar la anécdota redonda, la historia que rescate el mito o que descorra los velos de una realidad oculta.