UNIVERSIDAD ABIERTA IMPORTANTE: Se autoriza la reproducción de este texto para fines no comerciales, agradecemos citar la fuente http://www.universidadabierta.edu.mx ENSAYOS SOBRE PEDAGOGÍA HERBERT SPENCER INDICE Cronología. EDUCACION INTELECTUAL, MORAL Y FISICA CAPITULO I ¿Que conocimientos son más útiles CAPITULO II De la educación intelectual . CAPITULO III De la educación moral CAPITULO IV De la educación física CRONOLOGIA 1820. nace en Derby Inglaterra el 17 de abril y en el seno de una familia metodista, Herbet Spencer, hijo de un profesor de matemáticas y sobrino del pastor anglicano Thomas Spencer, quien determinaría la educación de filósofo. 1833/37. Realiza estudios tú materia de ciencias naturales y matemáticas, así como sobre cuestiones sociales y políticas, siempre dirigido por su tío y sin acudir a centros públicos de enseñanza. 1837. Corno ingeniero civil, es contratado por la Compañía de Ferrocarriles de Londres y Birmingham. Publica en el Nonconformist, de forma periódica, sus cartas sobre La esfera de acción gubernamental, recogidas en libro al siguiente año. 1846. Cesa en su empleo; al quebrar la compañía de ferrocarriles, y se ve obligado a dedicarse más asiduamente al periodismo, colaborando en el Civil Enginee and Architects Journal. 1848/53. Ocupa la subdirección de The Economist. Colabora con la Westminster Review. 1850. Publica Social Statics. 1852. Publica The development hypothesis, que ya forma parte de su sistema filosófico, buscando la fundamentación de empirismo inglés sobre las nuevas teorías de las ciencias naturales, influido por el esvolucionismo darwiniano. Publica también este año A new theory of population. 1854. Edita Manners and fashion y The genesis of sciences. Desde el 1853. y apoyado por su mecenas E. L. Youmars, que corre con la publicación de sus obras en Estados Unidos, sólo se dedicaría actividades filosóficas. 1855. Publica The priciples of psicology, parte de su obra central sucesivamente ampliada y revisada. 1857. Publica Progress: its Iaw and cause. Reedición de A new theory of populaion. 1858. Publica sus Essays scientific, political and speculative. 1861. Edita su Education physical, intelectual and moral. 1862. Publica los principios. El filósofico idealista Martineau lanza en su Science, nescience and faith el primer ataque contra las doctrinas materialistas y ateas de Spencer. 1863. Publica la segunda colección de la serie de sus Ensayos. 1864. Edita The clasification of the sciences, donde marca las distancias con el también positivista Augusto Comte. 1866/67. Aparecen los dos tomos de sus Priciples of biology, continuación de la obra de 1855. 1870/72. Refunde y actualiza sus principios de psicología, nuevamente editados. En 1871 aparece su libro Recent discussion in science , philosophy and morals. 1873. Publica The study sociology Descriptive sociology , en revista, Repleis to criticism. 1874. Edita The moral of trade. 1876/82. Ven la luz los dos primeros tomos de sus Principles of Sociology 1879. Publica The Rights of children and the true principles of family government y the data of ethics, formando esta última publicación parte de su magna obra Filosofía científica. 1882. la Academia de ciencias Morales y políticas francesa le nombra miembro correspondiente; Spencer rehusa la designación, declarándose contrario a todo tipo de honores, premios y reconoci- mientos públicos. Emprende viaje a los Estados Unidos de América. 1884. de regreso a lnglaterra, edita Religion, restrospect and prospect; Retrogresive religion; y Last words about agnosticism and the religion of humanity. 1887. Edita en Londres sus Factors of organic evolution, primero de sus libros que ve la luz antes en Inglaterra que en América desde 1853. 1888. Publica un estudio sobre Estatic of Kant. 1891. Edita justice, última parte de sus Principios de moral así como From freedom to sondage. 1892. Publica the priciples of ethics, seguidos de Negative and positive beneficence. 1893. Edición de The inadecuacy of natural selection, A rejoinder to Prof Weissmann y Weissmnanism once more. Su famosa polémica con el biólogo Alemán se prolongaría durante todo el año siguiente. 1894. Se publica una selección de Aforismos extraídos dei conjunto de sus obras. 1896 - Aparece el tercer tomo de los Principios de Sociología, centrando así su obra central filosófica, System of Synthec philosophy, compuesta por once volúmenes. 1897. Edita el libro Variuous fragments 1898. Viaja de nuevo por Europa y los Estados Unidos de Amérca. 1902. Edición de Facts and comments, última obra publicada en vida del filósofo. 1903. Muere en Brighton, el ocho de diciembre. 1904. Se publica póstumamente su Autobiografía. 1911. Edición póstuma de sus Essays on education and kindred subjets. CAPITULO I ¿QUÉ CONOCIMIENTOS SON MAS UTILES? Lo agradable ha precedido a lo útil. Utilidad relativa de los conocimientos para la educación. Ideal de la educación. Jerarquía de las actividades humanas. Principales ramas de la educación. Educación para la conservación directa del individuo Educación para la conservación indirecta del individuo. Conocimientos necesarios a los padres de familia para educar a sus hijos. Conocimientos necesarios al ciudadano para ejercer las funciones públicas. Educación literaria y artística Disciplina de la educación. Resumen. Se ha observado con exactitud que en el curso de los tiempos el adorno de la persona ha precedido al uso del vestido. Pueblos que se someten a grandes sufrimientos para tatuarse el cuerpo, soportan temperaturas extremas sin tratar casi de mitigar su dolor. Humboldt refiere que el indio del Orinoco trabajará durante quince días para procurarse colores, gracias a los cuales espera ser admirado, y la misma mujer que no vacilaría en salir completamente desnuda de su cabaña no se atrevería a incurrir en infracción tan grande de la moda como la de salir sin estar pintada. Los viajeros han comprobado que las baratijas y cuentas de color son más estimadas por las tribus salvajes que las telas de algodón y los trajes amplios y cómodos, y las anécdotas que refieren el grotesco uso que aquéllas hacen de las camisas y demás prendas qué se les dan revelan claramente cómo la idea de adornarse sobrepasa en ellas a la de vestirse. Pero hay todavía ejemplos más concluyentes; testigo el hecho narrado por el capitán Speke cuando hacia buen tiempo - dice éste.- los africanos se pavoneaban orgullosamente envueltos en sus mantos de piel de cabra; pero a la menor humedad se los quitaban prontamente, los plegaban con cuidado y exponían, tiritando, sus carnes desnudas a la inclemencia de la lluvia. Todo lo que sabemos de la vida primitiva parece indicar que el uso del vestido ha nacido realmente del afán de adornar el cuerpo. Tenemos tanta mayor razón para insistir en este origen, cuanto hasta en nosotros mismos se observa que son muchos los que se preocupan, más del lujo que del bienestar, de la elegancia que de la comodidad, de las apariencias que deben a sus trajes que de los servicios que estos les prestan. Es curioso observar que la misma correlación existe en la esfera intelectual. lo mismo en ésta que respecto de la persona, el gusto de lo decorativo no cede el paso al uso de lo útil. No sólo en, las Épocas anteriores, sino hoy mismo, la ciencia aplicada al bienestar es pospuesta a las artes de mera ostentación. En las escuelas griegas se enseñaba principalmente música, poesía, retórica y algo de una filosofía que hasta la reforma de Sócrates ejerció escasa influencia en las acciones de los hombres. La misma antítesis existe ahora en nuestras escuelas y universidades. Se nos acusará acaso de repetir una cosa trivial, pero no por ello dejaremos de decir que el estudio del griego y del latín es inútil los jóvenes en sus carreras respectivas nueve veces de cada diez. Es ya observación vulgar la de que en un comercio, en una oficina, en la gestión de la propiedad, en la educación de la familia, en el desempeño de las funciones de director de un banco o de un camino de hierro, no se obtiene beneficio de no saber que tanto ha costado adquirir; tan poco útil es, que la memoria se encarga de olvidarlo en su mayor parte. Si se halla ocasión de aventurar alguna cita latina o cualquier alusión a los mitos griegos se aprovecha menos para ilustrar el asunto que con propósito de mostrar erudición.. Si tratamos de averiguar por que motivos reales se da a los jóvenes una educación clásica no tarda en verse que es simplemente por acomodarse a la opinión general. los hombres forman la inteligencia de sus hijos como visten su cuerpo, según la moda dominante. Así como el indio del Orinoco no sale de su cabaña sin cubrirse la epidermis de pintura no con el objeto de alcanzar un fin útil, sino porque se avergonzaría de no mostrase así, del mismo modo se exige de los Jóvenes un estudio completo del griego y del latín, no por el valor intrínseco de estas lenguas, sino por no exponerlos a la gran humillación de descubrir que las ignoran. Se quiere que reciban la educación de un hombre de mundo, buscando en ella a manera del signo de una posición social que imponga cieno respeto a los demás. Este paralelo es aún más exacto respecto del otro sexo. Así en lo que se refiere al cuerpo corno en lo relativo al espíritu, el gusto de lo decorativo ha seguido dominando en mayor grado en la mujer que en el hombre. Antiguamente, el adorno de la persona preocupaba igualmente la atención de ambos sexos. Hoy ya no es así. Con el desarrollo de la civilización, el sentimiento de la comodidad ocupa el primer rango en el vestido de los hombres, y de igual modo su educación se va encaminando más bien en el sentido de lo útil que en el de lo agradable. Pero respecto de las mujeres, este cambio no ha seguido la misma progresión, ni en una esfera ni en la otra el deseo de excitar la admiración aventaja en la mujer al de tener trajes cómodos y de abrigo; los pendientes; las sortijas, los brazaletes, los peinados complicados, el uso de los cosméticos y a veces de la pintura, la fatiga y cuidado que se toma para atraer la atención con su manera de vestir, el martirio que se impone por seguir la moda, son otros tantos hechos en apoyo de nuestro aserto. Y en cuanto a la educación, la notable preponderancia concedida a ciertos conocimientos demuestra hasta qué punto se subordina en la mujer lo útil y lo conveniente al brillo y la ostentación. ¡Cuánto tiempo consagrado al baile, a la manera de presentarse en el mundo, al piano, al canto, al dibujo! Si preguntáis por qué se aprende el italiano y el alemán, descubriréis como única razón real, a través de las mil respuestas risibles que se os darán. la de que el conocimiento de esas dos len- guas es necesario a una señorita. No es que los libros escritos en ellas puedan ser de utilidad para las mujeres apenas si tienen alguna para ellas, sino que poseer tales conocimientos permite cantar en varios idiomas, y el grado de perfección con que estos ejercicios se ejecutan proporciona aplausos y admiración. Se abruma la memoria de la mujer con el relato del nacimiento, muerte y aniversario de los reyes y otras nimiedades históricas semejantes, no porque ello proporcione ningún beneficio directo, sino porque las gentes consideran esa vana erudición como parte integrante de una educación esmerada, y no poseerla seria exponerla al desdén de los demás. la lectura, la escritura, la ortografía, esto es lo único que se hace aprender a las jóvenes con un fin real de utilidad práctica, y aun muchas de esas cosas se les enseñan más bien por respeto a la opinión ajena que por su propia ventaja. Para demostrar plenamente la verdad de que el gusto de lo agradable ha precedido al de lo útil, lo mismo en la esfera intelectual que en la material, necesitamos examinar la razón de ser de este fenómeno. Estriba sin duda en que, desde los más remotos tiempos hasta los presentes las necesidades individuales han estado subordinadas a las sociales, entre las cuales se ha considerado como principal el imperio de la sociedad sobre el individuo. Se imagina generalmente, con poco acierto, que no hay más gobierno que el de los reyes, parlamentos o autoridades constituidas. Los gobiernos reconocidos como tales tienen por complemento otros gobiernos anónimos, que se desenvuelven en todas las esferas, por modestas que sean, en que los hombres se afanan por ejercer un dominio cualquiera. Dominar, granjearse consideraciones, captarse la simpatía de los superiores: he aquí la universal lucha en que se consumen las principales fuerzas virales. Cada uno procura subyugar a los demás por su riqueza, sus costumbres ostentosas, la magnificencia de sus vestidos, o bien por la extensión de sus conocimientos o la profundidad de su inteligencia; así se han formado las apretadas mallas de la red de mil jerarquías que mantienen el orden social. No es sólo el jefe salvaje quien con sus terribles pinturas de guerra, con las cabelleras de los enemigos colgadas a la cintura, trata de imponerse por el terror a sus inferiores. No es la belleza mundana la única en soñar conquistas, merced a un elegante atavío, a maneras distinguidas, a innumerables talentos. El sabio, el historiador, el filósofo, se valen de su ciencia adquirida con idéntica intención. Ninguno de nosotros se contentaría con dejar que su individualidad se desenvolviera libremente. Hay en todos como una incesante necesidad de subyugar a los demás, de someterlos a nuestra voluntad. Esto es lo que determina realmente el carácter de nuestra educación. Nos preocupamos menos del valor intrínseco de lo aprendido que de los triunfos, honores y respeto que ha de proporcionarnos, de la influencia que ha de reportamos, de la posición que hemos de deberle; en una palabra, de la mayor consideración que ha de imponer al prójimo. Así, en todo el curso de la Vida, lo importante no es ser, sino parecer en punto a educación, se aprecia menos el valor real de los conocimientos que el efecto que su posesión ha de producir en el mundo. y desde el instante en que esta idea prevalece, el interés real de la ciencia para nosotros queda reducido al que tiene el salvaje en limar sus dientes o teñir sus uñas. Si se desea aún prueba más evidente del carácter primitivo e incompleto de nuestro sistema de educación haremos observar cuán poco se ha estudiado y discutido metódicamente, con el fin de obtener con conclusiones bien definidas, el valor comparativo de las diferentes ciencias. No se ha adoptado todavía criterio alguno para esta apreciación, ni tan siquiera se ha concebido claramente la existencia de semejante criterio; y apenas si se ha sentido su necesidad. Se leen libros, se oyen muchos discursos acerca de este objeto, determinan los padres enseñar a sus hi1os tal rama de la ciencia con preferencia a otra, más no se guían para hacer su elección sino por la costumbre, por una particular predilección, por un prejuicio, sin presumir la importancia extrema que tiene el determinar antes de una manera racional cuáles son las cosas que realmente merecen ser aprendidas. Se ve, es cierto, discurrir en muchas esferas sociales acerca de la importancia de tos diferentes géneros de instrucción. ¿Hasta qué punto compensará esta instrucción el tiempo in- vertido en adquirirla? ¿No hay cosas cuyo conocimiento sería más importante y en las cuales sería preferible emplear este mismo tiempo? Si alguien se toma el trabajo de plantear las cuestiones, se apresura a resolverlas de manera sumaria, según sus preferencias personales. Es verdad que de vez en cuando renace ti eterna discusión acerca del mérito comparado de las dos educaciones, clásica y científica; pero estar discusión generalmente no ha traspasado tos limites de un mero empirismo, ni ha sido nunca sometida aun criterio fijo. Por otra parte, la cuestión en ella perseguida es insignificante, comparada con la cuestión total. de la que constituye sólo un aspecto. Se cree que decidiendo cuál educación es preferible, la clásica o la científica, se habrá hallado ala vez el ideal de la educación racional. Esto es imitar a los que imaginan que toda la ciencia de la higiene consiste en saber qué alimento es más nutritivo, si pan o la patata. La cuestión importante, en nuestro concepto, no es la de si tal o cual ciencia es útil, sino la de conocer su utilidad relativa. Se estima justificada por completo una manera peculiar de ver, citando ja adquisición de cierto número de 'ventajas mediante un determinado género de estudios; pero se olvida que el punto litigioso es saber si éstos compensan el trabajo ¿qué su posición impone?. Es siempre útil, en mayor o menor escala, todo objeto en que el hombre consume alguna fuerza activa. Un año bien empleado en el estudio de la heráldica daría, sin duda, nociones más exactas acerca de las costumbres y usos de otros tiempos. El individuo que conociera las distancias existentes entre todas las poblaciones en Inglaterra podría acaso sacar partido, en el curso de su vida, de los mil hechos que había aprendido, como si, por ejemplo, algún día necesitaba preparar un plan de viaje. El que recogiera todos los cuentos, anécdotas etc., de una comarca, llegaría quizás a descubrir cómo se transmiten las tradiciones. Preciso es, sin embargo, convenir que en todos estos casos el beneficio no seria proporcionado al esfuerzo. Se consideraría con razón como absurdo, el proponer aun joven semejantes nociones, en vez de estimularle a aprender otras cosas mucho más útiles. Ahora bien, sien los ejemplos citados es necesario atenerse a la utilidad real del resultado, no debe aplicarse el mismo criterio a todo sistema de educación? Si dispusiéramos de tiempo suficiente para abarcar todas las ciencias, nos seria permitido no elegir. Dice una antigua canción; Si el hombre estuviera seguro de que su vida había de durar, como otras veces, millares de año, cuántas cosas aprendería cuántas otras liaría sin apresuramiento ni fatiga. Pero puesto que la existencia es breve no debemos olvidar el corto tiempo de que disponemos para instruirnos tiempo que limitan todavía las mil ocupaciones de la vida siendo menester, por tanto ver la manera de emplearlo más provechosamente. Antes de dedicar tantos años a aprender lo que dictan la moda o el capricho. ¿no seria prudente comparar los resultados que así pueden obtenerse con los que se lograrían empleando los mismos años de otro modo? En esto estriba, pues, la cuestión capital en materia de educación, ya es hora de discutiría ordenada v metódicamente. El problema más importante de la educación, cual es elegir entre los diferentes estudios que se disputan nuestra preferencia, es precisamente el que suele examinarse en último lugar. Para resolverlo, para poder hallar nuestra dirección racional debemos investigar ante todo qué conocimiento es más importante poseer. O valiéndonos de una frase de Bacon, caída desgraciadamente en desuso, debemos averiguar el valor relativo de cada ciencia. Es necesario, pues, en primer término un criterio de evolución. Afortunadamente no puede haber discusión acerca del modo de determinar este criterio en general. Al contender a propósito del valor de un orden determinado de conocimientos, todos lo hacen indicando su influencia en alguna dirección de la vida. A esta pregunta tan sencilla: ¿Para qué sirve esto? el matemático, el filósofo, el filólogo, el químico, inmediatamente contestarán explicando de qué manen la ciencia que cada uno posee influye ventajosamente en la vida, disminuyendo el sufrimiento, favoreciendo si bien encaminando a la felicidad. El profesor de escritura demuestra que este arte, es un poderoso medio para el manejo de los intereses propios, así como para proveer a mil necesidades sociales; da, pues, la prueba exigida a lo que a él respecta. Cuando un sabio numismático, que pasa la vida investigando las huellas de un pasado desaparecido, no puede Wostnr en qué es útil a la humanidad la ciencia que cultiva, vese obligado a reconocer que sus conocimientos carecen relativamente de valor. Esta es, por tanto, la manera de probar, directa o indirectamente, la utilidad de una ciencia. ¿Cómo debe vivirse? Para nosotros, esta es la cuestión capital. No la planteamos tan sólo en el sentido material de la frase, sino en el más absoluto y extenso. Este problema ge- neral abraza todos los siguientes: ¿ Cuál es la verdadera línea de conducta que debe seguirse en cada situación, en cada circunstancia de la vida? ¿Cómo tratar al cuerpo? ¿Cómo dirigir la inteligencia? ¿Cómo manejar los negocios? ¿Cómo debe educarse la familia? ¿Cómo es necesario cumplir los deberes de ciudadano? ¿Cómo empicar mejor todas nuestras facultades para el bien propio y el de los otros? ¿Cómo, en fin, vivir con vida completa? He aquí lo que más nos interesa conocer y lo que la educación debe ante todo enseñarnos. El fin de la educación es prepararnos a vivir con vida completa. Por tanto, el único criterio racional para juzgar cuál es el mejor sistema de educación es saber en qué grado se aproxima cada uno al fin perseguido. Este criterio no se ha empleado nunca más que parcialmente; nadie se ha servido de él, sino de un modo muy vago y poco consciente, siendo así que es menester aplicarlo científica, metódicamente y en todas las ocasiones. Debemos recordar siempre que el fin de la educación es conducir al hombre a la vida completa, y cuando eduquemos a nuestros hijos, debemos elegir nuestros métodos y estudios entendiendo que este objeto determinado es preciso, en primer termino, sacudir el yugo de la absurda autoridad de la moda en materia de educación; la moda no ofrece ganancia alguna. Es necesario también que nos elevemos sobre cierta manera grosera y empírica de juzgar las cosas, defecto en el cual incurren hasta personas inteligentes' que Se toman el trabajo de ejercer alguna vigilancia acerca de la cultura intelectual de sus hijos. No basta pensar que talo cual ciencia les será útil en lo porvenir o que esta misma ciencia posee un valor práctico superior al de tal otra; ante todo débese investigar el medio de apreciar el valor respectivo de cada ciencia, para saber la que ha de cultivarse preferentemente. Esta tarea es, sin duda alguna, muy difícil; quizás, nunca sea posible cumplirla por completo; pero la dificultad que ofrece no debe de ser causa para que la abandonemos cobardemente. Por el contrario, habiendo, como hay, en juego en ella muchos y graves intereses, importa desplegar gran energía para hacerse dueños de la dificultad. Procediendo con método, llegaremos pronto y fácilmente a importantes resultados. No hay duda que lo primero es clasificar, según su importancia, las principales direcciones de la actividad que constituyen la vida humana. Divídense éstas naturalmente, como sigue: 1) actividad que concurre directamente a la conservación del individuo; 2) actividad que, proveyendo a Las necesidades de La existencia, contribuye indirectamente a su conservación; 3) actividad empleada en educar y disciplina a la familia;' 4) actividad que asegura el mantenimiento del orden social y de las relaciones políticas; 5) actividad de diversas clases empleada en llenar los momentos de ocio de La existencia, es decir, en la satisfacción de los gustos y de los sentimientos. Tal es aproximadamente el orden jerárquico de las diferentes direcciones de la actividad humana. Inútil nos parece demostrarlo con mayor extensión. Es de toda evidencia que en primer término están las acciones y precauciones con cuyo auxilió nos aseguramos incesantemente nuestra seguridad personal. Imaginé monos un individuo tan ignorante como un niño en mantillas con relación a los objetos inmediatos y los movimientos de tos seres que le rodean, no sabiendo cómo guiarse entre tilos ni garantizarse de sus peligros; este individuo podrá tener la seguridad de que perderá la , vida en la calle la primera vez que salga solo, cualesquiera que sean, por otra parte, sus conocimientos en los demás asuntos. Débese, pues, reconocer que el saber más esencial es el que garantiza la seguridad del individuo, puesto que esta ignorancia le sería más funesta que ninguna otra. Tampoco cabe negar que el segundo lugar corresponde a la conservación indirecta del individuo es decir, a los medios de asegurar su subsistencia. Evidentemente, la obligación de subvenir al propio sostenimiento es anterior a los demás deberes que impone la familia puesto que, por regla general, no es posible crear esta sin haber cumplido con aquella primera condición. Proveer a su sostenimiento es la primera necesidad del hombre; después viene la de subvenir a las atenciones de la familia. Por lo tanto, los conocimientos que deben adquirirse para conservarse a si mismo tienen valor superior a los que permiten asegurar el bienestar de la familia. En el sucesivo desarrollo de la sociedad, la familia ha precedido al Estado. Los hijos han sido educados antes de la existencia del Estado, y podrían seguir siéndolo después de su destrucción, mientras que el Estado perecería sin ellos. Resulta de esto que los deberes de padre de familia tienen más importancia que los de ciudadano. Puesto que el valor y la fuerza de una sociedad descansan, en último extremo, en el carácter de los individuos que la forman, y la educación es el medió más seguro de influir en este carácter, naturalmente se deduce que la prosperidad social descansa en la prosperidad de la familia. La ciencia que coopere más directamente al desarrollo de esta última debe, pues, prevalecer sobre la que asegure la existencia de la primera. Las numerosas artes de agradable recreó que llenan los ocios dejados por más graves ocupaciones, tales como la poesía, la música, la pintura etcétera, implica claramente la preexistencia social. Dichas artes, no lo es imposible que se desenvuelvan en grande escala sin lazos sociales de largo tiempo establecidos, sino que tienen su principal fuente en los sentimientos sociales y de simpatía general. La sociedad, a más de facilitar su desarrollo, alimenta de continuo las ideas y sentimientos que expresan. Por consiguiente, todo cuanto contribuya a formar buenos ciudadanos es más importante que todo lo que pueda servir para adquirir ciertos talentos y satisfacer el gusto y en materia de educación debe preferirse lo primero a lo segundo. He aquí, pues, repetimos, lo que podemos llamar el orden racional de esta jerarquía: educación que prepara para la conservación directa del individuo; educación que prepara para su conservación indirecta; educación que enseña a educar a la familia; educación que forma al ciudadano; por último, educación en que se cultivan las artes, verdadero refinamiento de individuo. Es innegable que estas diferentes ramas de la educación tienen entre si lazos muy íntimos, y que cualquiera de ellas auxilia útilmente para adquirir las demás Indudablemente. Cada división encierra partes más esenciales que algunas de las existentes en visiones presentes. Así, un hombre muy hábil en negocios, pero que tuviese muy limitadas las restantes facultades se acercaría menos al ideal de la vida completa que otro más inepto para procurarse recursos pecuniarios, pero que poseyese mayor juicio y discreción como jefe de familia. No pretendemos que sea necesario desenvolver la ciencia de la vida; práctica proscribiendo el estudio de las artes y de la literatura; por el contrario, es preferible saber algo de todo esto. No obstante las grandes divisiones que hemos establecido subsisten a pesar de estas ligeras restricciones, y se subordinan unas a otras según el orden indicado, porque las divisiones corres- pondientes de la vida real se hacen mutuamente posibles en este mismo orden. Naturalmente, el ideal de la educación consistiría en obtener la preparación completa para la posesión de todas estas actividades. Pero no permitiendo el estado de nuestra sociedad la realización de este ideal, debemos contentarnos con mantener una justa proporción entre los diferentes grados de preparación para cada una de las divisiones de la actividad humana. Huyamos de consagrar nuestra inteligencia al desarrollo de un orden exclusivo de conocimientos, por importante que nos parezca, con perjuicio de los demás; dirijamos igualmente nuestra atención hacia todos, proporcionando nuestros esfuerzos a su valor relativo. Es preciso, sin embargo, exceptuar los casos en que aptitudes particulares determinan racionalmente la vocación de una ciencia especial, que se convierte en verdadera profesión. En general, el oficio de la educación debe ser adquirir en la mayor medida posible los conocimientos que ayuden con más eficacia a desenvolver la vida individual y social bajo todos sus aspectos, limitándose a desflorar aquellos que concurran menos eficazmente a este desenvolvimiento. Al dirigir la educación según estos principios, es menester no perder de vista ciertas consideraciones generales. Teniendo como fin todos los objetos en que se ejercita la inteligencia humana el auxiliar al hombre en la realización del ideal de la vida completa, puede ser su valor absoluto o relativo. Hay conocimientos que tienen valor intrínseco; otros de valor casi intrínseco; otros cuyo valor es puramente convencional. El entorpecimiento y el ruido en los oídos preceden generalmente a la parálisis; la resistencia opuesta por el agua aun cuerpo en movimiento es proporcional al cuadrado de la velocidad; el cloro es un desinfectante: he aquí hechos de valor intrínseco, como el de todas las verdades científicas en general, y que influirán en las acciones del hombre dentro de mil años, lo mismo que en la actualidad. El conocimiento profundo de nuestro idioma, adquirido con el estudio del griego y el latín, sólo tiene valor casi intrínseco, como subordinada que se halla su duración a la de nuestra propia lengua El valor de ese confuso tejido de fechas, nombres y acontecimientos insignificantes, que usurpa en nuestras escuelas el nombre de ciencia de la historia, es puramente convencional; esta ciencia sola sirve para ahorrarnos las absurdas censuras que la opinión inflige al que no la posee. Ahora bien: así como la historia universal es más importante que la de una nación o de un siglo; así como la historia de una nación o de un siglo es más importante que la de una ciudad durante el pasajero transcurso de una moda, así la ciencia que posee valor intrínseco debe anteponerse a aquella cuyo valor casi intrínseco, y ésta preceder a la de valor puramente convencional. Terminemos estos preliminares. La adquisición de todo conocimiento tiene dos valores el uno como saber, el otro como educación o disciplina intelectual; es en primer termino, un ejercicio intelectual, y en segundo, un medio de dirigir nuestras acciones debiendo considerarse bajo estos dos aspectos el resultado de un saber adquirido como preparación a la vida completa. He aquí, pues, las consideraciones generales en que fundaremos nuestra investigación de un sistema de educación racional: 1) división de toda la vida en actividades de géneros diferentes, de importancia decreciente: 2) valor intrínseco, casi intrínseco y convencional de cada orden de conocimientos en su relación ton estas diferentes actividades: 3) doble influencia de los mismos como saber y como educación o disciplina intelectual. Afortunadamente, la parte más importante de la educación, la que tiene por objeto proveer de modo directo a nuestra propia conservación está asegurada por la misma Naturaleza; era demasiado grande su importancia para que quedase abandonada a nuestra ligereza. En el niño que todavía en brazos de su nodriza oculta el rostro y llora a la vista de un extraño ve reflejado el instinto de conservación, que le impulsa a huir de lo que le es desconocido y puede serle peligroso. Cuando comienza a andar, el terror que experimenta a la aproximación de un perro que no conoce, los gritos agudos y la rapidez con que se acerca a su madre al ver alguna cosa inesperada, nos muestran este mismo instinto ya más desarrollado. Además, su inteligencia se ocupa principalmente, hora por hora, en adquirir los conocimientos que sirven para preservarle directamente de todo daño; no cesa de aprender cómo ha de mantener su cuerpo en equilibrio y de observar sus movimientos, a fin de evitar los choques; poco a Poco va conociendo cuáles objetos son duros y le ocasionarán daño si tropieza con ellos, cuáles son pesados y le herirán si le caen encima, qué cosas soportarán el peso de su cuerpo y cuáles no, que dolor causan el fuego, los proyectiles y los instrumentos cortantes. Esto, con otros muchos elementos de información, útiles para evitar la muerte o los accidentes, constituye el objeto continuo de su estudio. En fin, cuando algunos años más tarde, corre, salta, se ejercita en juegos de fuerza o de destreza, vemos en todas estas aficiones mediante las cuales los músculos se desarrollan, los sentidos se agudizan y el juicio se hace más rápido, tina preparación a saber conducir su cuerpo en medio de los objetos que le rodean y a eludir los peligros que se presentan a todo el mundo en la vida; Habiéndose tomado la Naturaleza tan gran cuidado en instruirnos, no hemos de ocuparnos gran cosa en esta educación fundamental. Lo único que debe exigirse es que se deje a los niños libertad completa para adquirir esta experiencia y recibir esta enseñanza; que la Naturaleza no sea contrariada, como lo es por ignorantes directoras de colegio que impiden generalmente a las niñas confiadas a sus cuidados entregarse a la espontaneidad de su actividad física, según ellas desearían hacerlo, haciéndolas de esta suerte incapaces hasta cierto punto, de preservarse a sí mismas en caso de peligro. Sin embargo, no es esto todo lo que comprende la educación que debe preparar a la conservación directa del individuo. Además de defender cl cuerpo de cuanto pueda perjudicar o destruir mecánicamente su organismo; es necesario protegerlo contra las consecuencias de las infracciones de la ley fisiológica, cuyas consecuencias son la enfermedad o la muerte. Para llegar a la vida completa es necesario, no sólo prevenir el anonadarniento repentino y la vida, sino que cambien escapar a la decadencia y lenta aniquilación que traen consigo nuestros malos hábitos. Como sin la salud y la energía es punto menos que imposible cualquier especie de' actividad, sea industrial, paternal, social, etc., es evidente que este segundo modo de conservación directa de sí mismo no tiene menos importancia que el primero, y que los conocimientos encaminados a asegurarnos su posesión deberían colocarse en tango muy elevado. Es verdad que también aquí estamos dotados de un guía; la Naturaleza se ha asegurado la sumisión relativa a sus principales exigencias por medio de nuestras sensaciones físicas y de nuestros deseos. Afortunadamente para nosotros, la falta de alimento, cl calor excesivo, el frío extremado producen advertencias muy imperiosas para ser desatendidas) y si el hombre obedeciese siempre estas y otras advertencias semejantes, aunque menos fuertes tendría que tener relativamente muy pocos males. Si a la fatiga del cerebro siguiera constantemente el reposo; si la opresión que resulta de una atmósfera cargada determinase en todo caso la ventilación; si no se comiera sin hambre. ni se bebiera sin sed, el organismo rara vez se hallaría ¿n estado de no funcionar, Pero hay en esto tan profunda ignorancia de las leyes de la vida, que los hombres ni siquiera saben que sus sensaciones son sus guías naturales y más dignas de confianza cuando no han llegado a embotarse o a viciarse a causa de una persistente desobediencia. De suerte que, hablando con lógica precisión, la Naturaleza nos ha provisto de guardianes oficiosos de nuestra salud, que la falta de saber hace frecuentemente inútiles. Si alguien dudase de lo importante que es para nosotros estar familiarizados con los principios de la fisiología como medio de alcanzar la vida completa, que mire en torno suyo y vea cuan pocos hombres y mujeres de edad regular o avanzada hay bien conservados, sólo por excepción en- contraremos el ejemplo de una salud vigorosa en la vejez, y en cambio, a cada momento contemplamos casos de enfermedades agudas, de males crónicos, de debilidad general de prematura decrepitud. No hay nadie que no confiese, si se le pregunta, que en el curso de su vida se ha atraído enfermedades de que las más ligeras nociones de higiene le habrían preservado. Aquí, es una enfermedad del corazón: consecuencia de una fiebre reumática originada por el poco cuidado en elegir una habitación bien situada; allí, una vista perdida para la ciencia, a causa del exceso en el estudio. Ayer se trataba de una persona cuya persistente cojera provenía de que, a. pesar del dolor que experimentaba, seguía sirviéndose de una rodilla ligeramente herida; hoy se nos habla de otra que ha necesitado guardar cama largos anos por ignorar que las palpitaciones que sufría eran uno de los efectos del cansancio de su cerebro. Ya es una lesión incurable que proviene de algún estúpido alarde de fuerza, ya una constitución que no ha podido reparar las perdidas ocasionadas por un trabajo excesivo, emprendido sin necesidad. En nuestra ¿poca vemos por todas partes las perpetuas indisposiciones que acompañan a la debilidad. No nos fijemos en los sufrimientos, el cansancio, la melancolía, las pérdidas de tiempo y de dinero que por estos motivos pesan sobre nosotros; atendamos únicamente a que la falta de salud impide el cumplimiento de nuestros deberes, imposibilita o dificulta la gestión de los propios negocios, produce una irritabilidad funesta para la dirección de los hijos hace imposible el ejercicio de las funciones de ciudadano y convierte el placer tú una fatiga. ¿No es evidente que los pecados contra el orden físico, así los de nuestros abuelos como los nuestros, alterando la salud, disminuyen más que ninguna otra causa la vida completa, y en cierta medida hacen de la existencia una enfermedad y una carga, cuando debe ser un beneficio y un goce? No es esto todo. La vida que así se empobrece también se acorta. No es verdad, como se supone generalmente, que después de un desorden o ¿enfermedad nos restablezcamos por completo. Ninguna perturbación funcional desaparece sin dejar huellas permanentes de su paso en el organismo: éste queda resentido pata siempre. Tal vez la lesión no sea inmediatamente apreciable, pero agregada a otras del mismo genero que la Naturaleza nunca deja de anotar en la rigurosa cuenta que lleva, influirá en nosotros hasta que, inevitablemente acorte la vida. Por la acumulación de estas pequeñas injurias que sufre nuestra salud es por lo que las constituciones más robustas se ven minadas y destruidas antes de tiempo. Reflexionando acerca de cuánto dista cl término medio de la vida de su duración posible podemos darnos cuenta de la inmensa extensión del daño. Y si a las heridas parciales de vitalidad que produce la falta de una salud vigorosa añadimos la pérdida final causada por la muerte prematura, c9mprenderemos quede ordinario abreviamos imprudentemente la vida en una mitad. Por tanto, la ciencia que directamente concurre a la propia conservación, impidiendo la pérdida de la salud, tiene capital importancia. No pretendemos que la posesión de esta ciencia remediaría por completo y en todos los casos el mal. Es evidente que, en el período actual de nuestra civilización, ¡a necesidad obliga con frecuencia al hombre a infringir las leyes higiénicas. Además, aun prescindiendo de semejante necesidad, la inclinación nos llevaría a menudo a sacrificar un bien futuro a una satisfacción inmediata. Pero si pretendemos que la verdadera ciencia, convenientemente enseñada, haría mucho, y puesto que para obedecer las leyes de la higiene ante todo es preciso conocerlas, es necesario que la difusión de esta ciencia enseñe y prepare, en un porvenir más que menos lejano, métodos de vida más conformes a la razón. Deducimos de lo dicho que siendo para el hombre una salud robusta y la energía moral que la acompaña los primeros elementos de la dicha, la ciencia que se propone la conservación de estos bienes no cede en importancia a ninguna otra, y aseguramos sin vacilar que deben formar parte esencial de toda educación racional cursos de fisiología suficientemente completos para llevarnos a la inteligencia de las verdades generales de esta ciencia y trazarnos nuestra conducta en la vida ordinaria. ¡Extraña cosa que necesitemos hacer esta afirmación! Más extraña todavía que debamos defenderla. No faltan, sin embargo, gentes que la acogerán con burlona sonrisa. Esas personas que enrojecerían de vergüenza si alguien les sorprendiese diciendo Engenia por Ifigenia o mirarían como un insulto la acusación de ignorancia respecto de los trabajos mitológicos de algún semidiós fabuloso, declaran sin el menor rubor que no saben dónde está la trompa de Eustaquio, cuáles son las funciones de la médula espinal, cuál es el número normal de pulsaciones o cómo los pulmones se llenan del aire exterior. En tanto que esperan impacientes ver versados a sus hijos en supersticiones que se remontan a dos mil años. no se preocupan de que adquieran algunos conocimientos acerca de la estructura y funciones de su propio cuerpo. Hasta prefieren que no las posean: ¡tan tiránica es la influencia de la rutina, tan terrible y complejo en nuestra educación el predominio de lo agradable sobre lo útil! No tenemos necesidad de insistir sobre el valor del orden de conocimientos que concurren indirectamente a la conservación del individúo, proporcionándole los medios de ganarse la subsistencia. Todo el mundo está de acuerdo en este punto, y aún la generalidad lo estima, acaso demasiado exclusivamente, como el verdadero fin de la educación. Pero mientras todos se hallan propicios a asentir a la proposición abstracta de que la instrucción que da aptitud a los jóvenes para asegurar su subsistencia tiene altísima importancia, quizás importancia soberana, muy pocos son los que se preocupan de saber qué género de instrucción desarrolla mejor esta aptitud. En verdad, la lectura, la escritura y la aritmética son enseñadas con inteligente apreciación de su objeto. Pero esto es todo . A la par que la mayor parte de lo que se aprende carece aplicación a la actividad industrial, se prescinde de un número inmenso de conocimientos relacionados directa- mente con dicha actividad. En efecto, aparte de algunas clases muy poco numerosas, ¿en qué se ocupan los hombres? Pues se ocupan en la explotación, preparación y distribución de diferentes productos. ¿Y de qué depende el éxito en la explotación, preparación y distribución de estos productos? Depende del empico de métodos adaptados a la naturaleza especial de cada uno de ellos; del exacto conocimiento de sus propiedades físicas, químicas o vitales, según los casos; depende en una palabra, de la ciencia. Este orden de conocimientos, descuidado en gran parte en nuestras escuelas, es precisamente aquel en que se funda la realización de los progresos que hacen posible la vida civilizada. Aunque esta verdad sea indiscutible, parece como si no se tuviera conciencia de ella; sin duda, lo muy familiar que nos es ha influido para que nos habituemos a no tenerla en cuenta. Dejemos a un lado la ciencia más abstracta, la lógica, guía indispensable, sin embargo, de la que dependen, sépanlo no, por la exactitud de sus previsiones, lo mismo el productor que el comerciante en grande escala, y consideremos desde luego las matemáticas. Esta ciencia, en su calidad d¿ ciencia de los números, dirige todas las actividades industriales, ya se trate de regular los procedimientos. de valuar los precios, de comprar, de vender o de llevar la contabilidad. No es necesario que insistamos en demostrar la importancia de esta rama de las ciencias exactas. En las artes de construcción es indispensable tener también algunos conocimientos en la rama especial de las matemáticas que les es aplicable. El carpintero de aldea que traza el plan de su trabajo según reglas empíricas aplica continuamente, lo mismo que el constructor de un Britannia Bridge , las relaciones de distancia .EI agrimensor que mide la tierra vendida , el arquitecto que levanta el plano de la casa que se quiere edificar, el contratista que se encarga de la construcción, el albañil que coloca la piedra, todos los que, ajustan las diferentes partes del edificio, son guiados por verdades geométricas. La construcción de los ferrocarriles está regulada desde el principio hasta el fin por las regias de la geometría: preparación de planos, trazado de líneas, medida de cortes y taludes, proyectos y construcción de puentes1 acueductos, viaductos, túneles y estaciones. Lo mismo sucede con los puertos, muelles y las diferentes obras del ingeniero o del arquitecto que se extienden a lo largo de las costas o cubren el país, no sólo en su superficie, sino hasta en las minas y profundidades del terreno. En nuestros días, el labrador mismo se sirve del nivel para colocar convenientemente sus tubos de drenaje; es decir, recurre a los principios de la geometría. Vienen a continuación las ciencias abstracto concretas , el éxito de las manufacturas modernas depende de la aplicación de la mecánica, la más sencilla de entre ellas. Es preciso conocer y aplicar en cada máquina las propiedades de la palanca, del eje, de la rueda; y al uso de las máquinas somos deudores hoy de toda clase de productos. Seguid la historia de un panecillo. El terreno de donde procede ha sido regado por medio de tubos de drenaje, construidos según las reglas dadas por la mecánica; con máquinas se labré la superficie del suelo: con máquinas se segó, trillé, aventó y molió el trigo; por último, si la harina hubiese sido enviada a Gosport, con máquinas hubiese sido convertida en galletas. Dirigid la vista en torno de vuestra habitación. Si su construcción es moderna, probable es que los ladrillos de sus muros hayan sido mediante máquinas fabricados, y con máquinas también aserrado y cepillado el entarimado, labrada la campana de la chimenea, hecho y estampado el papel de la pared. El tablero de la mesa, los pies torneados de las sillas, el tapiz, las cortinas, todo es producto de la maquinaria. Nuestro mismo vestido, liso, bordado o estampado, ha sido tejido, tal vez cosido a máquina ? Las hojas del libro que leéis, ¿ no han sido fabricadas por medio de máquinas, y con ayuda de otra máquina tal vez impreso? Agregad a esto que a la maquinaria se deben los principales medios de transporte los productos por mar y por tierra. Fijaos por otra parte, en que el éxito o fracaso de toda industria depende de que la ciencia mecánica haya sido bien o mal aplicada. EI ingeniero que incurre en un error al calcular la resistencia de los materiales que emplea, construye un puente que se derrumba: el manufacturero que se sirve de una máquina mala, se 've arruinado por otro cuya máquina pierde menos fuerza por el roce y la resistencia; el constructor de navíos que se sujeta al modelo antiguo, es superado por otro que construye con arreglo al principio de la línea de flotación reconocido en mecánica. Ahora bien; como la aptitud de una nación para sostener la competencia con las demás depende de la actividad y de la habilidad de los individuos que la componen , síguese de ella que el estado en que se halle la ciencia mecánica puede cambiar los destinos de un país. Elevémonos ahora de las ramas de las ciencias abstracto-concretas, que estudian las fuerzas mecánicas, a las ramas que se ocupan de las fuerzas moleculares y llegaremos a una nueva y vasca serie de aplicaciones A este grupo de ciencias. unido a los grupos precedentes débese la máquina de vapor? que realiza el trabajo de millones de brazos. La rama de la ciencia física que se ocupa en establecer las leves del calor nos ha enseñado la manera de economizar el com- bustible en numerosas industrias, de aumentar el producto de los altos hornos. sustituyendo el aire caliente al aire frío, de ventilar las minas, de evitar las explosiones mediante el uso de la lámpara de seguridad, de regular, en fin, por medio del termómetro la aplicación de una multitud de proce- dimientos. Otra rama de la física, que tiene por objeto el estudio de los fenómenos de la luz, da vista al anciano al miope, ayuda con el microscopio a descubrir las enfermedades y las falsificaciones y a mismo tiempo previene los naufragios con el liso de faros perfeccionados, las investigaciones relativas a la electricidad y de magnetismo han salvad incalculable número de existencias y de riquezas por medio de la brújula, han fomentado el desarrollo de muchas artes por la electrotipia, y acaban de proporcionarnos con el telégrafo un agente que, en el porvenir, regulará las transacciones comerciales y desenvolverá las relaciones políticas incluso en los detalles de la vida doméstica, desde el fogón de cocina perfeccionando hasta el estereoscopio de una mesa de salón,. las aplicaciones de los adelantos científicos vienen a contribuir poderosamente a nuestro bienestar y nuestros goces: Mucho más numerosas todavía son las aplicaciones de la química. El blanqueador, el tintorero, el fabricante de telas estampadas, se entregan todos a operaciones que alcanzan más o menos éxito según que en ellas se aplican o no las leyes de la química. Esta ciencia debe servir de guía en la fundición del cobre, del estaño, del cinc, del plomo, de la plata y del hierro. La refinación del azúcar, la fabricación del gas, la del jabón, la de la pólvora, son operaciones químicas en parte , y lo propio sucede con la fabricación del cristal y de la porcelana. Cuestión química de que depende la ganancia o la pérdida del fabricante de cerveza; es distinguir si punto en que las materias destinadas a la destilación alcanzan el grado de la fermentación alcohólica, de aquel en que entran en la fermentación ácida; y el que explote una fábrica importante de esta clase no tardará en tocar las ventajas de tener un químico al servicio de su establecimiento. De hecho, apenas hay hoy manufactura alguna que no se relacione en mayor o menor grado con la química. En nuestros días, hasta en la agricultura necesita este guía si que a ella quiera consagrarse con provecho. El análisis de los abonos y del suelo, el modo de adaptar aquellos a éstos; el empleo del ñeso o de otras sustancias que fijen el amoníaco, el uso del estiércol, la producción de los abonos artificiales, en fin, son otros tantos beneficios de la química con los cuales es menester que el labrador se familiarice . Ya se trate de alumbramientos de aguas o de desinfección donde surnideros de fotografía, de amar pan sin levadura o de extraer perfumes de los detritus , tenemos que reconocer que la química se relaciona ¿en todas las industrias, y que por esta razón su conocimiento importa a cuantos directa o indirectamente se interesan en ellas. En las ciencias concretas, empezaremos por la astronomía. De esta ciencia ha nacido la navegación, que ha hecho posible cl inmenso comercio exterior, que Sostiene a gran parte de nuestro pueblo, al mismo tiempo que nos proporciona muchos objetos de primera necesidad y la mayor parte de los de lujo. la geología es también una ciencia cuyo estudió coopera, en gran parte, al progreso industrial. Ahora que las minas de hierro son Riente tan abundante de> riqueza; ahora que la seguridad de nuestro aprovisionamiento de carbón es asunto de capital interés: ahora que tenemos una Escuela de Minas y un servicio de inspectores geólogos, es innecesario insistir acerca de esta verdad, a saber: que el estudio de la envoltura terrestre interesa a nuestra prosperidad material. ¿qué decir de la ciencia de la vida ,de la biología ? ¿No tiene también por base la investigación de los procedimientos indirectos de la conservación personal? No tiene, es verdad, relaciones muy íntimas ¿en lo que llamamos ordinariamente manufacturar, pero está inseparablemente ligada a la primera dé las industrias, la producción de alimentos. Debiendo la agricultura acomodar sus métodos a los fenómenos de la vida vegetal y animal, siguese de ello que la ciencia de estos fenómenos es su base racional. Es cierto que los labradores han reconocido y aplicado empíricamente muchas verdades biológicas antes de que fuesen científicamente concebidas. Sabían, por ejemplo, que ciertos abonos convienen a determinadas plantas; que ciertos cultivos tornan el suelo impropio para otros; que de caballos mal nutridos no puede esperarse un buen trabajo; que tal o cual enfermedad de las bestias o de los carneros se produce en estas o en las otras circunstancias Estas nociones y las que el agricultor diariamente adquiere por la experiencia relativa al modo de cuidar las plantas y los animales constituían la suma de hechos biológicos que le eran conocidos, hechos biológicos de que depende en gran parte el resultado de sus esfuerzos. Ahora bien; si aun mal definidos y rudimentarios le prestan tan importantes servicios juzgad que valor no tendrían tales hechos si llegaran a ser positivos, bien definidos y profundos. Esto nos permite vislumbrar los beneficios que reporta la biología racional la verdad de que la producción de calor animal implica una pérdida de sustancia y que, por consiguiente impidiendo la pérdida del calor se evita la necesidad de un aumento de nutrición, esta verdad, resultado de conclusiones puramente teóricas, sirve hoy de guía para cebar el ganado, pues tenemos pruebas de que manteniendo los establos a una alta temperatura se economiza forraje. Lo mismo acontece en lo concerniente a la variedad de alimentos, habiendo demostrado las experiencias fisiológicas no sólo que es provechoso el cambio de nutrición, sino que también la digestión se facilita con la mezcla de alimentos distintos en el estómago. Igualmente a la biología deben los agricultores el conocer la causa de la enfermedad llamada vértigo, que se ceba todos los años en millares de carneros. Sabemos ahora, en efecto, que dicha enfermedad proviene de la presencia de un entozoario que ejerce cierta presión en el cerebro, bastando extraer este insecto por el sitio del cráneo cuyo reblandecimiento indica él lugar en que se halla, para que el carnero se cure en casi todos los casos. Otra ciencia que ejerce influencia directa en la prosperidad industrial de una nación, es la sociología. Los hombres que estudian diariamente la situación del mercado financiero ; que pasan revista a los precios corrientes; que discuten las probabilidades de la mejor o peor cosecha del trigo, del azúcar, del algodón, de lana, de la seda; que piensan las probabilidades de la guerra y de la paz, y que basan en estos datos sus operaciones comerciales, se consagran a la sociología. La estudian empírica, erróneamente, pero la estudian, porque sus ganancias o pérdidas dependen de la exactitud de sus apreciaciones. No es sólo el negociante, el manufacturero, quien debe guiarse en sus transacciones flor la comparación entre la oferta y la demanda, comparación qué exige el conocimiento concreto de numerosos hechos, y por consiguiente, el general de diversos principios sociales, sino que también el comerciante al por menor debe de tener en cuenta todas estas consideraciones. Su prosperidad depende ante todo de la exactitud de sus previsiones relativas al precio al por mayor y dé la extensión del consumo. Es evidente que todo el que se vea envuelto en el torbellino de la actividad comercial tiene interés vital en conocer las leyes según las cuales se modifica esta actividad. Es, pues, fundamentalmente importante para quien se interesa en la producción, el cambio y la distribución de las mercancías, el poseer ciertos conocimientos que derivan de algunas ramas de la ciencia. A los hombres que, de cerca o de lejos, tengan relaciones con nuestras industrias (¿y quién no las tiene?) les interesa conocer las propiedades matemáticas, físicas y químicas de las sustancias, quizás algunas leyes biológicas, y sin disputa, las de la sociología. El buen o mal éxito que se obtiene en los esfuerzos para ganarse la vida lo que es una manera indirecta de proveer a la conservación personal depende del conocimiento que se posee de ciertos hechos referentes a una o varias de estas ciencias; conocimiento irracional, empírico generalmente pero real. Lo que llamamos aprender un comercio es, en realidad, bajo uno u otro nombre, aprender la ciencia que le sirve de fundamento. Los estudios científicos propiamente dichos son, pues, de extraordinaria importancia porqué preparan a la vida industrial y comercial, y porque el conocimiento reflexivo tiene superioridad inmensa Sobre el conocimiento empírico. No basta conocer los hechos, cuando se está interesado en la producción y el cambio; es preciso saber también el por que y el cómo de las cosas, las leyes de su encadenamiento. Asimismo es preciso conocer con frecuencia el por qué, el cómo y el encadenamiento de otros hechos. En este siglo de sociedades en participación, casi todo el mando, excepto el campesino, está interesado como capitalista en alguna industria que no es la suya. Con frecuencia su ganancia y su pérdida dependen de sus conocimientos en las ciencias relacionadas con aquella industria. Tomemos por ejemplo una mina de hulla cuyos accionistas se ven arruinados: no hubiera sido así si hubiesen sabido que ciertos fósiles pertenecen a la capa de granito rojo, bajo la cual no se encuentra el carbón mineral. Se han hecho numerosos ensayos para construir máquinas electromagnéticas, que se esperaba podrían reemplazar a las máquinas de vapor; si. los que han proporcionado los fondos hubiesen conocido la ley general de la correlación y de la equivalencia de las fuerzas, no hubieran perdido su dinero. Todos los días se ven personas que constituyen sociedades para aplicar inventos cuya futilidad podría demostrar el menos versado en la ciencia. Cuántas fortunas no se han comprometido en ensayos practicados en la: realización de algún proyecto imposible. Si la perdidas de dinero que resultan de la ausencia de conocimientos científicos son ya ahora tan frecuentes en nuestra sociedad, cuánto más frecuentes y mayores no serán en lo porvenir para los que permanezcan extraños a la ciencia! A medida que sean más científicos los procedimientos industriales, lo que debe inevitablemente acontecer bajo el aguijón de la competencia , y a medida que las sociedades en participación se multipliquen, lo que con seguridad ha de verificarse, todos tendrán mayor necesidad de poseer conocimientos positivos . Lo que más se descuida en nuestras escuelas es precisamente aquello de que tenemos más necesidad en la vida. Nuestras industrias, sin la instrucción supletoria que los hombres adquieren como pueden después que se ha dado por terminada su educación, sin esa instrucción acumulada de siglo en siglo a espaldas de la en- señanza oficial no sólo perecerían, sino que nunca habrían existido. Si no hubiese habido entre nosotros otra enseñanza que la dada en las escuelas públicas, Inglaterra sería hoy lo que era en los tiempos feudales. Nuestra ciencia, extendiendo diariamente sus dominios, mostrando las leyes que presiden a toda clase de fenómenos, permitiéndonos sostener la Naturaleza a nuestras necesidades y procurar al campesino de hoy goces que otras veces eran inaccesibles a los mismos reyes. no se debe sino en pacte insignificante a nuestros establecimientos de instrucción publica. Los conocimientos vitales - aquellos sobre los que descansa nuestra existencia nacional - se han propagado en la sombra y en el retiro del gabinete, mientras nuestro profesores oficiales apenas hacían otra cosa que balbucear algunas fórmulas. Llegamos a la tercera de las grandes divisiones de la actividad humana, división de nuestra actividad para la cual nada nos prepara. Si por casualidad sólo llegase a la posteridad un fragmento de nuestros libros clásicos o un trozo de nuestras composiciones de colegio, ¿cuál no sería el asombro de un anticuario del porvenir al no hallar en estos papeles y en estos libros nada que le indicase que los discípulos que de ellos se servían deberían tener hijos alguna vez ¡Y bien! – diría -; esto debía ser un curso de estudios para los célibes. Observo que aquí se llamaba la atención hacia multitud de cosas, especialmente acerca de la inteligencia de las obras legadas por pueblos que no existían ya, o pertenecientes a otros que existían aún( lo que indica, al parecer, que este pueblo tenía pocas propias de mérito). pero no descubro en todo esto ni una alusión al arte de educar a los niños. Estas gentes no podían estar tan falsas de sentido que permaneciesen extrañas a un asunto que implica la más grave de las responsabilidades. Evidentemente, estos serían los estudios de una de sus órdenes monásticas. En realidad, ¿no es inconcebible que si la vida y la muerte de nuestros hijos, sí sus cualidades morales dependen de la manera como los eduquemos, no se haya dado nunca en nuestras escuelas la menor instrucción acerca de estas materias a alumnos que mañana serán padres de familia? ¿No es. monstruoso que el porvenir de una generación nueva quede abandonado a la influencia de hábitos irreflexivos, a la instigación de los ignorantes, al capricho de los padres. a las sugestiones de las nodrizas o a los consejos de las abuelas? Si un negociante se consagrase al comercio sin poseer la menor noción de la aritmética ni de la teneduría de libros, ¿no nos burlaríamos de su necedad , augurándole desastrosas consecuencias? Si antes de haber estudiado anatomía, cualquiera se dispusiese a manejar el bisturí del cirujano, ¿no nos sorprenderíamos de su audacia y compadeceríamos a los enfermos y sin embargo, que los padres acometan la difícil tarea de educar a sus hijos sin haber soñado nunca en preguntarse cuáles son los principios de la educación física, moral, intelectual que deben servirles de guía, esto no nos inspira ni asombra respecto de los padres, ni piedad para los niños sus víctimas. Los millares de seres humanos que sucumben, los centenares de miles que sobreviven para arrastrar una salud enfermiza, los millones que crecen con constituciones menos fuertes que las que deberían tener, nos dan idea del mal causado por los padres que ignoran las leyes de la vida. Piénsese que el régimen a. que se somete a los niños ejercerá una influencia saludable o perniciosa sobre todo su , porvenir., que hay veinte maneras .de engañarse y sólo una de acatar, y se medirá la extensión de las miserias que introduce en el mundo nuestro caprichoso e irreflexivo sistema de educación. Se dispone que un muchacho vaya vestido con chaqueta corta, ancha y ligera, y que juegue así, a la intemperie; con los miembros enrojecidos por el frío, y esta decisión ejerce una influencia durante toda su vida., ya por la enfermedad ya por el empobrecimiento de su naturaleza; por lo menos, será poco vigoroso en su edad madura, circunstancia que constituirá un obstáculo a su felicidad. Sométase a los niños a un régimen alimenticio poco variado y escasamente nutritivo, y se resentirán de ello hasta el ultimo día de su vida, disminuyendo considerablemente su actividad como hombres o como mujeres. Prohíbanseles los juegos ruidosos o impídaseles a causa de su vestido demasiado ligero salir al frío, y de seguro que no alcanzarán la medida de fuerza y de salud a que la Naturaleza les había destinado. Cuando sus hijos se ven atacados de enfermedades o de debilidad , los padres llaman a esto una desgracia, una prueba que les envía la Providencia. El caos que reina en sus cabezas, como en las de los otros, les hace suponer que los efectos se producen sin causa o por causas sobrenaturales. No hay nada de esto. En ciertos casos, sin duda, estas causas se han recibido por herencia', pero más frecuentemente tienen su origen en las absurdas prácticas observadas con los niños. La responsabilidad de tantos sufrimientos, debilidad. abatimiento, incumbe, en general, a los padres. Pusieron especial cuidado en dirigir, hora tras hora, cuanto se refería a la existencia de sus hijos, y con cruel ligereza omitieron instruirse en las leyes del desenvolvimiento vital, que contrariaban incesantemente con sus órdenes y prohibiciones. En su completa ignorancia de las más importantes leyes fisiológicas, minaron de continuo la constitución de sus hijos, infligiendo así la enfermedad, la muerte prematura, no sólo a sus descendientes en primer grado, sino a todos los demás. Los funesto efectos de la ignorancia senos presentan no menos grandes en la educación moral que en la física. Ved la joven madre y el régimen que establece en la habitación de la nodriza. Hace algunos años apenas, esa joven se sentaba en los bancos de la escuela, donde se recargaba su memoria de palabras, de nombres, e fechas, sin que su facultad de reflexión se ejercitase más que en ínfimo grado. Allí no se le dio la menor idea del modo como había de dirigir un espíritu naciente; la educación que recibió allí, la disciplina a que estuvo sometida, no eran la atmósfera más propia para colocarla en estado de hacer por si misma el descubrimiento. Los años sucesivos estuvieron consagrados al estudio de la música, a los primores del bordado, a la lectura de las novelas y a los placeres del mundo. Nunca se le hizo fijar el pensamiento en las graves responsabilidades de la maternidad; no e le dio la sólida cultura intelectual que hubiese podido prepararla a afrontar tales responsabilidades. ¡Vedla ahora enfrente de un carácter que se desenvuelve y cuyo desarrollo te está confiado . Observad su profunda ignorancia de los fenómenos a que asiste y cómo interviene ciegamente en hechos que no podía regular con probabilidades de acierto, aunque poseyera conocimientos superiores. Desconoce la naturaleza de las emociones el orden que preside a su evolución, sus funciones, el punto preciso en que cesan de ser saludables para convertirse en perniciosas; cree que existen sentimientos absolutamente malos lo cual no es verdad respecto de ningún sentimiento; cree que existen sentimiento absolutamente buenos, cualquiera que sea su grado lo cual es también un error, y no conociendo el organismo que tiene ante si, ignora igualmente la influencia que en el puede ejercer este o el otro tratamiento. ¿Cómo. pues, han de eludirse los resultados desastrosos de que son mas diariamente testigos? Ignorando como ignora la joven madre los fenómenos mentales, sus causas y sus efectos, su intervención es con frecuencia más perjudicial que lo habría sido su abstención absoluta. A cada momento ha cohibido el juego regular, benéfico, de las facultades del niño, perjudicando de este modo su felicidad, su porvenir, maleando su carácter, como malea el suyo propio, y enajenándose su afección. Por motivos deducidos del temor, del interés y del orgullo, le impulsa a actos que cree útil alentar, preocupándose poco del móvil, siempre que el acto exterior concuerde con su idea del bien, sin temor a desenvolver de este modo la hipocresía, - el egoísmo - y no los buenos sentimientos. Predicando las sinceridad , le da constantemente el ejemplo de la mentira, profiriendo amenazas que no ejecuta. Mientras le predica el dominio de si mismo, le reprende con acritud por cosas que no lo merecen. No seda cuenta de esta verdad: que en el hogar doméstico, como en el mundo, la única disciplina saludable es la experiencia de las consecuencias, buenas o malas, agradables. o desagradables, que naturalmente derivan de nuestros actos. Falta de toda luz teórica, incapaz de buscar un guía en la observación de las fases por que atraviesa el niño en su desarrollo, la joven madre sigue el impulso del momento con funesta ligereza. la dirección maternal se fía casi siempre de desastrosos resultados si no fuera porque la tendencia a superior del joven espíritu a revestir el tipo moral de la raza, ordinariamente triunfa de todas las influencias secundarias. Y la educación intelectual ¿no es conducida de la misma manera? Si se concede que el espíritu humano tiene leyes y que la evolución de la inteligencia en el niño se ajusta a ellas, es evidente que la educación no puede ser bien dirigida cuando falta el conocimiento de estas leyes. El evidentemente absurdo suponer que es dado regular la formación y acumulación de las ideas sin saber cómo se forman. ¿Cuánto no diferirá la enseñanza tal como es, de la enseñanza tal como debiera ser si son tan pocos los padres y maestros que sepan algo de psicología? Como no puede menos de suceder, el sistema establecido adolece de graves defectos en el fondo y en la forma. Mientras se pasan en silencio cosas esenciales, se impone al espíritu lo que es perjudicial, y se le impone por procedimientos más perjudiciales todavía. Bajo el imperio de la idea estrecha que hace consistir toda la educación en el estudio de los libros, los padres ponen los abecedarios en manos de sus hijos en su más tierna edad. Desconociendo la verdad de que el uso de los libros es simplemente supletorio, que constituye un medio indirecto de aprender á falta del medio directo - un medio de ver con los ojos de otros cuando no podemos ver con los nuestros propios -., los directivos de nuestra educación están siempre prontos a darnos. los hechos de segunda mano, en vez de procurar que los adquiramos por nosotros mismos. No comprendiendo el inmenso valor de esta educación espontánea, que es el fruto de nuestros primeros años; ignorantes de que la observación continua a que se entrega el niño, lejos de ser combatida o cohibida, debe ser diligentemente secundada, tornándola tan exacta, tan completa como sea posible, se obstinan en ocupar sus ojos y su espíritu en ideas y cosas que, en esa ¿poca de la vida, son inteligibles y repulsivas. Poseídos de la extraña superstición por virtud de la cual se adoran los símbolos de la ciencia y no la ciencia misma, no ven que sólo cuando hayan sido agotados los objetos que se encuentren en la casa, en la calle, en el jardín, será menester abrir al niño en los libros nuevas fuentes de información, y esto no sólo porque el conocimiento inmediato es preferible al mediato, sino que también porque el libro no puede despertar ideas, más que en proporción de la experien- cia qué se vaya adquiriendo de las cosas. Hay que observar, además, que esa instrucción de fórmulas se conozca demasiado pronto y se dirige sin consideración a las leyes de nuestro desenvolvimiento mental. Nuestro espíritu asciende necesariamente de lo concreto a lo abstracto. Por no tener en cuenta este hecho, estudios abstractos como la gramática que debieran coronar la instrucción, constituyen su comienzo. La geografía política; ciencia muerta y sin ningún interés para los niños, que debiera ser un apéndice de sociología, se enseña desde luego, al paso que la geografía propiamente dicha, cosa inteligible y relativamente agradable para ellos, es poco menos que olvidada. Casi todas las materias abordadas les son propuestas en un orden anormal, sentando, desde luego, las definiciones, las reglas y los principios, en vez de irlos revelando poco a poco a su espíritu según surjan naturalmente de la observación de los casos, y sobre esto, en el fondo de todos los sistemas, está el método que estriba en obligar a aprender de memoria, por rutina, método que sacrifica el espíritu a la letra. Véase los resultados. Parte por debilitar las percepciones desde el primer instante con el cuidado que se pone en violentar la Naturaleza y forzar la atención del discípulo hacia los libros; parte por la confusión mental que se introduce con la enseñanza de materias que no pueden ser comprendidas y con el prurito de generalizar antes de mostrar los hechos a que la generalización ha de referirse; parte por convenir al alumno en mero recipiente de las ideas de otros, en vez de educarle para la investigación activa de los hechos y de las ideas; parte por recargar excesivamente su cerebro, es el caso que pocas inteligencias producen todo lo que sería dado esperar dé ellas. Pasados los exámenes, se dejan de lado los libros, desapareciendo velozmente las nociones que se adquirieron por no estar organizadas y coordinadas, y si alguna se salva del 9lvido, permanece casi siempre en estado inerte, por no ha- ber cultivado el arte de aplicar los conocimientos y no haber desarrollado en el discípulo la facultad de observar con exactitud y de pensar por si mismo. Añádase a esto que mientras gran parte de las cosas que se aprenden carecen de valor, se descuida la adquisición de conocimientos sobremanera importantes. Las consecuencias son las mismas que hubiéramos podido inferior a priori. La educación física, moral e intelectual de la infancia es terriblemente defectuosa, y lo es principalmente porque los padres son extraños a la ciencia única que podría ilustrarles en su misión. ¿Qué ha de esperarse cuando se ve que emprenden la solución de uno de los problemas más complicados que existen personas que jamás pensaron en darse cuenta de los principios en que esta solución descansa? Se requiere largo aprendizaje para hacer un par de botas, para edificar una casa, para dirigir un navío para conducir una locomotora, ¿y se cree que el desarrollo corporal e intelectual de un ser humano sea cosa relativamente tan sencilla que pueda encargarse de él cualquier persona sin ningún estudio previo? Si no es así, sise reconoce que el proceso de este desenvolvimiento es, como una sola excepción acaso, el más complejo que en la Naturaleza existe y si la necesidad de secundarle ofrece dificultades extraordinarias, ¿no es locura no preparar al hombre para el cumpli- miento de esta misión? Sería preferible sacrificar la adquisición de ciertos conocimientos a omitir esta preparación absolutamente indispensable. Cuando un padre que procede con arreglo a falsos principios adoptados sin examen se enajena el afecto de sus hijos, los impulsa con su severidad a la rebeldía, provoca su ruina moral y labra su propia desgracia, podría pensar, me parece, que el estudio de la etnografía le hubiese valido más que el de Esquilo. Cuando una madre llora a su primogénito, víctima de la fiebre escarlatina, y un ataco sincero le dice lo qué ella sospechaba ya ; que su hijo hubiera sanado si no se hubiese empobrecido su naturaleza con el abuso del estudio; cuando gime bajo el doble peso del dolor y los remordimientos es pobre consuelo para ella poder leer al Dante en el original. Vemos así que para regular la actividad humana en la tercera de sus tres grandes divisiones se necesita algún conocimiento de las leyes de la vida. Es indispensable conocer los primeros principios de la fisiología y las verdades elementales de la psicología, si se quiere educar debidamente a los hijos: Seguros estamos de que esta afirmación será acogida con cierta Sonrisa burlona. Erigir que los padres adquieran conocimientos tan ocultos parecerá desde luego absurdo. En verdad si se exigiese de todos los padres y madres conocimientos profundos en estas materias, se caería visiblemente en el absurdo. Bastará inculcar a los alumnos los principios generales, acompañándolos de algunos ejemplos para facilitar su inteligencia, y se les enseñarán dogmática, ya que no racionalmente. Sea como quiera los hechos siguientes son irrecusables; el desenvolvimiento físico e intelectual de los niños está sometido a leyes: silos padres desatienden por completo en su conducta estas leyes, la muerte es inevitable si sólo la desatienden en parte, sobrevienen graves defectos físicos y morales; sólo cuando en un todo se ajustan a días los hijos llegan a la madurez perfecta. Júzguese, pues, si cuantos algún día han de ser padres no deben esforzarse ardientemente en conocer estas leyes pasemos ya de las funciones paternales a las funciones del hombre en la vida pública. No cabe decir que se omita absolutamente en la enseñanza la instrucción necesaria para el cumplimiento de dichas funciones, porque en los cursos del colegio van comprendidos algunos estudios que tienen, al menos en el nombre, cierta relación con los deberes sociales y políticos. sin embargo, entre estos estudios, el de la Historia es el único al que se concede un lugar importante. Pero como indicamos anteriormente, las nociones que se dan bajo esta denominación a la juventud carecen en absoluto de valor como guías en la vida. los hechos relatados en libros de texto de los colegios y los contenidos en obras más serias, escritas pata los adultos, apenas dejan entrever los principios verdaderos dé la acción política. Las biografías de los soberanos (y nuestros hijos no aprenden otra cosa) no arrojan mucha luz sobre la ciencia social. Saber de memoria las intrigas de corte, los complots, las usurpaciones que han ocurrido y otras cosas por el estilo, con los nombres de todos los personajes que en los sucesos intervinieron, nos dice muy poco acerca de las causas del progreso en las naciones. Leemos que hubo en tal época contiendas con el poder y que esas contiendas produjeron guerras desastrosas; que los generales y sus lugartenientes llevaban tales o cuales nombres; que disponía cada uno de tantos infantes, tantos caballos y tantos cañones; que colocaron sus tropas en este o el otro orden; que maniobraron, atacaron, retrocedieron; que a tal hora del día sufrieron tal pérdida o ganaron tal ventaja; que en cierto movimiento fue muerto un general y un regimiento diezmado; que después de todas las peripecias deI combate, la victoria se decidió a favor de uno u otro. Ejército; en fin, que hubo tantos muertes, tantos heridos y se hicieron tantos prisioneros. En todos los detalles acumulados que componen el relato no se encuentra uno solo que pueda sernos útil al ejercer nuestros derechos de ciudadano. Suponed que hayáis leído con atención no sólo las quince batallas decisivas que se han librado en el mundo, sino que también la narración de todas las demás batallas que consigna la Historia. ¿será por ello más juicioso vuestro voto en las elecciones próximas? Peto -diréis- estos son hechos (si es que a veces no son ficciones), y para muchos serán interesantes. Sí; mas esto no implica en manera alguna que sea útil su conocimiento. Una opinión errónea o mal dirigida puede prestar valor a cosas que carezcan de él. Un taulipómano no cambiaría un tubérculo de tulipán raro por su peso en oro. Hay gentes para quienes un pedazo de porcelana antigua es un tesoro.; otras hay que pagan un precio exorbitante por las prendas u objetos de uso y porte dé un asesino. ¿Se dirá que estos gustos dan la medida del valor real de su objeto? No, sin duda alguna. Debe admitirse, pues, que el placer que pueda encontrarse en el relato de ciertos hechos históricos no prueban su valor, y que, para darnos cuenta de la importancia de este valor, en el caso presente como en todos, es preciso preguntar a qué usos son aplicables. Si alguien nos visitase para decirnos que la gata de nuestra vecina había a dado a luz sus hijuelos ,contestaríamos que el conocimiento de este hecho carecía de valor. Por más que se tratase de un hecho, lo estimaríamos como un hecho inútil, un hecho incapaz de ejercer influencia alguna en nuestra conducta, un hecho que no había de contribuir es nada a que alcanzásemos la plenitud de la vida. Pues bien; si someternos a la misma prueba la gran masa de los hechos llama dos históricos. se llegará a idéntica conclusión. Son hechos de los que nada puede deducirse; hechos no susceptibles de organización : hechos, por consiguiente incapaces de sugerirnos principios de conducta, que es en lo que debe consistiría principal utilidad de la ciencia. Leedlos, si gustáis, por entretenimiento, pero sin lisonjearos de encontrar en ellos una fuente de instrucción. En las obras consagradas a esta materia se prescinde casi por completo de lo que constituye la Historia verdadera. Sólo de algunos años a esta parte han comenzado los historiadores a darnos, en cierta medida, el género de instrucción realmente útil. Lo mismo que en los siglos pasados el rey lo era todo y el pueblo nada, así en los antiguos libros de historia las acciones de los reyes constituían el cuadro, y la vida nacional el fondo indeterminado y vago. Únicamente en nuestros días en que el bien de los gobernados en vez de la felicidad del gobierno ha llegado a ser la idea dominante, los historiadores procuran desentrañar los fenómenos del progreso social. Lo que nos interesa realmente conocer es la birlada natural de la sociedad. Necesitamos saber todos los hechos capaces de mostrarnos cómo una nación se ha formado y organizado. inclúyase entre estos hechos la historia de su gobierno, en la cual se debe hacer mención del mayor numero - posible de anécdotas y pormenores acerca de los hombres que hayan ejercido ese gobierno. y del mayor número de detalles acerca de su constitución, de sus principios, de sus procedimientos. de sus prejuicios v de la corrupción que acusara, v en este cuadro ha de incluirse no sólo lo que se refiere a la naturaleza y organismo del gobierno central , sino que también cuanto respecta a los gobiernos locales hasta en sus últimas subdivisiones. Trácese a la vez v esto no había necesidad de decirlo. una descripción paralela del gobierno eclesiástico, de su organización , su conducta, su grado de poder , sus relaciones con el Estado y al mismo tiempo del ceremonial, del culto , del credo de las ideas religiosas, así de aquellas en que nominalmente sé ha creído , como de aquellas en que se ha creído de verdad y han dirigido la conducta de los hombres. Conozcamos igualmente cuál ha sido el dominio ejercido por ciertos clases sobre otras ,de lo que dan testimonió las fórmulas sociales de cortesía, los títulos, las salutaciones, las fórmulas empleadas en las cartas v en los discursos. Conozcamos también los usos populares establecidos entre personas de una misma familia v entre las extrañas. sin excluir los que se refieren a las relaciones entre ambos sexos y a las de los padres con sus hijos. Las supersticiones corrientes, desde los mitos más im- portantes hasta los cuentos de brujas, deberían ser cuidadosamente referidos. Sería menester después trazar el cuadro industrial de la nación , inquiriendo hasta qué punto reinaba en ella el método y la división de trabajo; cuáles eran los reglamentos en vigor: si los productores constituían castas, corporaciones o trabajaban aisladamente: qué clase de relaciones existían entre patrono y obrero: cómo circulaban los productos; qué medios de comunicación había v cuál era el signo representativo de los valores. Además, sería preciso detallar el estado de las artes industriales bajo el punto de vista técnico, indicando los procedimientos seguidos y la cualidad cíe los productos. Por otra parte habría necesidad de poner de manifiesto el estado intelectual de las diferentes clases nacionales, en lo relativo a las exigencias impuestas por la educación , en los progresos realizados por cada una de las ciencias en su peculiar manera de pensar, y a continuación el grado de su cultura estética en la arquitectura, pintura, escultura, música, trajes, poesía y ficciones. Tampoco se debería omitir el cuadro de su vida diaria; antes bien, detallar cuáles eran el régimen doméstico, la alimentación, los placeres. Finalmente, como sirviendo de lazo a todo este vasto conjunto de hechos, se debería trazar una exposición de su moral teórica y práctica en todas las clases, y según se dedujese de la legislación, de las costumbres, de los proverbios y de las acciones. Estos hechos deberían ser relatados tan brevemente como lo consintiera el cuidado de la claridad y de la exactitud, agrupándolos y disponiéndolos de suerte que pudieran ser abarcados en su conjunto y considerados como partes correlativas de un todo. El fin que ha de perseguirse es que al estudiante le sea fácil advertir desde luego la armonía que existe entre ellos, con objeto de que aprenda a conocer cuáles son los fenómenos coexistentes. El cuadro de los distintos siglos debe disponerse de modo que se vea cómo se modifican las creencias, las instituciones, los usos y las leyes, y la armonía de un edificio se funde en la armonía de otro edificio que le sucede. Este es el conocimiento del pasado que puede ser útil al ciudadano para dirigir su conducta. La única historia con valor práctico podría denominarse sociología descriptiva y el servicio más importante que el historiador puede prestarnos es referir la vida de las naciones por tal manera que nos proporcione elementos de sociología comparada, a fin de determinar las leyes fundamentales de los fenómenos sociales. Nótese ahora que, aun suponiendo que se llegue a adquirir una suma suficiente de conocimientos históricos de verdadero valor, tendrán escasa utilidad si no se posee la clave de ellos, y la clave sólo de la ciencia hemos de esperarla. Sin las generalizaciones de la biología y de la psicología, es imposible hallar la explicación racional de los fenómenos sociales. No se comprenderán los hechos más simples de la vida social, como por ejemplo, la relación entre la oferta y la demanda, si no se han hecho algunas observaciones, por groseras y empíricas que sean, acerca de la naturaleza humana y si es imposible penetrar las verdades sociológicas más elementales sin saber cómo el hombre siente y piensa en circunstancias dadas, es notorio que no se llegará a la inteli- gencia de toda la ciencia sociológica si no se conoce a fondo al hombre con todas sus facultades corporales y mentales. Considera el asunto bajo el punto de vista abstracto, y surgirá por, sí misma la siguiente conclusión: la sociedad se compone de individuos; todo lo que en ella se realiza es resultado de las acciones individuales combinadas; luego en la dirección de la acción individual es donde ha de encontrarse la solución de los fenómenos sociales. Pero como las acciones de los individuos se fundan en las leyes de su naturaleza, no es posible comprenderlas sin el conocimiento de estas leyes. Reducidas a su expresión más sencilla, estas leyes son corolarios forzosos de las que presiden a la vida del cuerpo y del espíritu en general. Por canté, la biología y la psicología son los intérpretes indispensables de la sociología. Para formular esta conclusión de una manera más simple todavía, diremos: todos los fenómenos sociales son fenómenos de la vida, y como las manifestaciones más complejas de la vida deben conformarse a las leyes de la misma, no es posible su inteligencia sin el conocimiento de estas leyes Así. Pues, cuanto se refiere a la dirección de la actividad humana en su cuarta división, depende necesariamente de la ciencia. De todo lo que se enseña comúnmente en los colegios v universidades , en pocas cosas halla el hombre auxilio para su conducta cómo ciudadano. Parte escasa tan sólo de la Historia, tal como se escribe, puede ofrecer para él utilidad práctica y nada le prepara en la educación que recibe a hacer de ella uso provechoso. Le faltan los elementos y hasta la idea misma de la sociología descriptiva. careciendo a la par de esas generaciones de las ciencias orgánicas sin las cuales la sociología misma de muy poco le serviría. Llegamos ahora a la última división de la actividad humana , que abarca las distracciones, los entretenimientos para llenar nuestras horas de ocio. Después de haber examinado qué educación nos hace más aptos para velar por la conservación y mantenimiento de nuestra vida, para el cumplimiento de nuestros deberes paternales y para la dirección de nuestra conducta social y política, examinemos cuál es la que más nos conviene con relación a nuestros goces literarios – y - artísticos , bajo todas sus formas y a los que nos proporciona el espectáculo de la Naturaleza. Como hemos antepuesto todo lo que afecta más directamente al progreso humano y lo hemos juzgado todo según el criterium del valor práctico, tal vez se inferirá de aquí que desdeñamos estos objetos secundarios; pero sería gran error creerlo así; antes al contrario, concedemos verdadero valor a la cultura estética y a los placeres que proporciona. Sin la pintura, la escultura, la música, la poesía y las emociones producidas por las bellezas naturales de toda especie perdería ]a vida la mitad de sus encantos. Lejos de considerar la educación del gusto y los goces que proporciona como desprovistos de importancia, creemos que ambas cosas ocuparán en lo porvenir ,mucho mayor lugar qué en el presente en la vida del hombre. Cuando hayamos sometido por completo las fuerzas de la Naturaleza; cuando se hayan perfeccionado los medios de producción y economizado todo lo posible el trabajo físico del hombre; cuando la educación esté tan bien organizada que la preparación para las funciones más esenciales de la actividad humana pueda obtenerse en plazo relativamente corto; y cuando, por consecuencia, el hombre tenga mas tiempo libre a su disposición, entonces lo bello en el arte y en la Naturaleza ocupará con justo título un lugar importante en todos los espíritus. Pero no es lo mismo mentir a qué la cultura estética contribuya en gran escala a la felicidad humana, que admitir que sea fundamentalmente necesaria a esta felicidad. Por importante que pueda ser debe ceder el primer puesto a la cultura en las demás esferas que directamente se relacionan con los deberes diarios de la vida. Como ya hemos dicho, la literatura y las bellas artes solo pueden existir en virtud de las actividades que producen la vida social, y es evidente que lo tornado posible debe seguir a aquello que lo posibilita. Un hortelano cultiva una planta por su flor pero no desatiende las hojas ni las raíces, que son los agentes de la producción de la flor. Así, mientras ve en la flor el producto al cual todo debe estar subordinado, el jardinero sabe que las hojas y las raíces tienen por sí mismas mayor importancia, porque de ellas depende la evolución de la flor. Prodiga todos sus cuidados a la salud de la planta, y comprende que seria locura no cuidarla si quiere obtener la flor. Ocurre lo mismo en el caso que nos ocupa. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la poesía; todo esto puede ser considerado como la eflorescencia de la vida civilizada. Mas aún atribuyéndole valor tan superior que la vida civilizada que la produce deba estarle subordinada en un todo pretensión casi insostenible, será siempre forzoso admitir que su primera condición esencial es una civilización robusta, y que la educación que conduzca a este resultado debe ocupar el rango más importante. Aquí aparece más de relieve el vicio de nuestro sistema de educación. Se descuida la planta para sólo pensar en la flor; se olvida lo que sostiene la vida para no pensar más que en lo que le da elegancia. Mientras no se enseña nada de lo que interesa a la conservación personal; mientras sólo se proporcionan nociones elementales acerca de las cosas que permiten al hombre ganarse el sustento y que debe aprender más tarde acá y allá, como le sea posible; mientras no se nos inicia en el más insignificante estudio preparatorio al cumplimiento de los deberes paternales y en lo referente a los deberes de ciudadano , dándosenos por toda preparación el Conocimiento de una masa de hechos, muchos sin importancia y los otros sin sentido, en cambio se consagran todos los cuidados a la enseñanza de cosas que proporcionan a la vida refinamientos, brillo y exterioridad. Aunque admitamos que el conocimiento de las lenguas modernas tenga su valor. porque facilita la lectura de los originales, la conversación con los extranjeros y la costumbre de viajar, no se sigue de ello que debe ser adquirido a expensas de otros conocimientos de más vital interés. Aun suponiendo exacto que con la educación clásica se alcance un estilo elegante y correcto, no cabe sostener que la elegancia y la corrección del estilo sean tan útiles como la posesión de los principios con cuyo auxilio, educaríamos convenientemente a nuestros hijos. Concedemos que la lectura de los poetas antiguos, de aquellos que han escrito en las lenguas muertas. contribuye a formar el gusto; ¿mas se deducirá de esto que el perfeccionamiento del gusto compensa la ignorancia de las leyes de la higiene? Los talentos, las bellas artes, las letras, todo lo que constituye. como ya hemos dicho, la eflorescencia de la civilización, debe subordinarse a la instrucción, a la disciplina en que la civilización se basa. siendo su destino, en la educación lo mismo que en la vida. llenar los momentos de ocio. Ya que hemos determinado el rango de la estética y afirmado que si su cultivo debe formar parte de la educación ha de ser con el carácter de subsidiario, vayamos a inquirir cuáles son los conocimientos que conducen derechamente a este fin y tienen más relaciones con esta esfera de la actividad. Por inesperada que parezca la afirmación, no es menos exacto que el arte más elevado se funda. en todas sus ramas, en el conocimiento científico; que sin la ciencia no hay pro- ducciones perfectas ni apreciación completa de las mismas. Posible es que artistas de gran renombre hayan carecido de cultura científica en el sentido limitado que ciertas gentes dan a esta palabra; pero a fuer de atentos observadores, poseían seguramente cierta suma de esas generalizaciones empíricas que constituyen los rudimentos de la ciencia, y si de ordinario no se elevaron al nivel de la perfección artística, búsquese la causa en que sus generalizaciones no eran bastante exactas y numerosas. A priori se demuestra que la ciencia está oculta bajo el arte, con sólo recordar que las producciones artísticas son en mayor o menor escala representación de fenómenos objetivos o subjetivos cuya representación no puede ser buena, sino en la medida en que se ajusta a las leyes de estos fenómenos, y para acomodarse a estas leyes es menester que el artista las conozca. No tardaremos en ver que esta conclusión apriori es comprobada por la experiencia. Los jóvenes que se dedican al estudio de la estatuaria necesitan conocer los huesos y los músculos del cuerpo humano, saber cómo están dispuestos y cuáles son sus ligamentos y funciones. Corresponden estos conocimientos a la ciencia, y su adquisición se ha juzgado indispensable para prevenir los errores en que incurren los escultores que no los poseen. Es preciso que se instruyan también en los principios de la mecánica, y porque en general los ignoran, incurren con frecuencia en faltas imperdonables bajo este punto de vista. He aquí un ejemplo: para que una estatua se tenga en pie, es menester que la línea vertical que pasa por el centro de gravedad, la línea recta, como se dice, repose sobre el punto de apoyo, de lo cual resulta que cuando el hombre coma la actitud llamada de reposo, actitud en que una de las dos piernas está rígida y la otra no, la línea de dirección cae en medio del pie de la pierna rígida. Ahora bien, los escultores que no están familiarizados con la teoría del equilibrio representan frecuentemente esta actitud de suerte tal, que la línea de dirección cae entre ambos pies. La ignorancia de las leyes del movimiento ambulatorio origina errores del mismo género, como lo atestigua la admirada estatua del Discóbolo, la cual, en la posición que tiene, caería inevi- tablemente hacia adelante si el disco no la sostuviese En la pintura es todavía más evidente la necesidad de conocimientos científicos, si no racionales, empíricos por lo menos. De dónde procede que las pinturas chinas sean tan grotescas, sino de que los chinos ignoran las leyes de la verosimilitud y de que es absurda su perspectiva lineal y nula el área . Por qué son tan defectuosos los dibujos de los niños, sino a causa de la falta de verdad, falta que proviene de su ignorancia de la manera como cl aspecto de los objetos varía según las distintas condiciones en que se presentan a nuestra vista. Recordaran sólo los libros y las conferencias con que se instruye a los discípulos, considerad la crítica de Ruskin y las obras de los prerrafaelistas y veréis que el progreso en el arte de la pintura implica el conocimiento creciente del modo como se producen los efectos en la Naturaleza. La observación más asidua, si no es auxiliada por la ciencia, no preservará a los pintores del error. Todo pintor comprenderá que si no conociese de antemano cómo debe cambiar el aspecto de los objetos en condiciones dadas, no le seria posible su reproducción. y saber que las cosas deben revestir cierto aspecto, es conocer, en cierto modo, la ciencia de las apariencias. Por falta de ciencia, Mr. S. Lewis, no obstante ser un pintor concienzudo, proyecta la sombra de una persiana en líneas firmes y marcadas sobre la pared de enfrente, cosa que no hubiera hecho a estar familiarizado ton la teoría de 1~ penumbra. Por falta de ciencia, Mr. Rossetti, habiendo observado una iridiscencia particular causada por algunas superficies cabelludas baje la influencia de los rayos , luminosos ( iridiscencia que reconocía por causa la difracción de la luz al pasar por entre los cabellos), incurre en el error de representar este fenómeno en superficies y circunstancias en que no puede producirse. Aun será mayor la sorpresa con que se nos oirá decir que la música necesita el desarrollo de la ciencia, No obstante, puede probarse que la música es simplemente la expresión idealizada, y que, por tanto. será buena o mala según se ajuste o no a las leyes de la expresión natural. Las diversas inflexiones de la voz humana expresando los distintos sentimientos del hombre y sus grados de intensidad son el origen de la música, y puede demostrarse que estas inflexiones y estas cadencias no son producto de la casualidad, sino que están determinadas por ciertas leyes generales que presiden a los actos virajes, a lo que se debe su propiedad de expresión Síguese de lo dicho que las frases musicales y las melodías compuestas sobre la base que estas frases ofrecen no pueden producir efecto, sino cuando están en concordancia, con aquellas leyes generales. Difícil es presentar aquí ejemplos en apoyo de nuestra opinión; pero quizás baste señalar esa multitud de baladas que invaden nuestros sajones, para citar una muestra de las composiciones que la ciencia no toleraría. Esos cantos pecan contra la ciencia, porque revisten con ja forma de la música ideas que no son suficientemente bellas para engendrar la expresión musical; pecan también contra la ciencia, porque sus frases musicales no tienen relaciones naturales con las ideas expresadas, aun que estas ideas fuesen bellas; en resumen, son malas porque no son verdaderas, y decir que no son verdaderas es afirmar que no son científicas. Lo propio sucede en poesía. Como la música, la poesía tiene su origen en esos modos naturales de expresión que acompañan a los sentimientos profundos. Su ritmo, sus atrevidos y numerosos tropos. sus hipérboles, sus inversiones violentas, todo esto es sólo la exageración de las formas naturales de un lenguaje apasionado. Por consiguiente, para ser buena la poesía, debe respetar las leyes de la acción nerviosa a que obedece el discurso apasionado, dando a las diferentes partes del discurso distintos grados de intensidad; debe respetar la ley de proporción, moderando la expresión poética cuando los sentimientos son menos intensos, empleándola más libremente cuando la emoción crezca y desplegándola por completo cuando ésta llegue a su colmo. Si no obedece a estas leyes, degenera en ampulosa y es artificio puro Obsérvese que en la poesía didáctica no son lo bastante respetadas dichas leyes, y porque rara vez lo son en absoluto hay tantas poesías contrarias al espíritu del arte. No sólo es imposible que el artista produzca una obra verdadera sin conocer las leyes de los fenómenos que quiere representar, sino que también es menester que comprenda la impresión que causará su obra en el espíritu del espectador o del auditorio, y esta es una cuestión psicológica. La impresión producida por una obra de arte depende evidentemente de la manera de pensar y sentir de aquellos a quienes se presenta y como en la manera de pensar y sentir de todos existen ciertos caracteres comunes, existen también cienos principios generales que deben servir de norma a toda obra de arte. Esta regla sólo puede ser comprendida y aplicada cuando el artista conoce su relación con las leyes del espíritu humano. Preguntar si es buena la composición de un cuadro, es, en rigor, preguntar qué efecto producirá en la inteligencia y sentimiento de los espectadores; preguntar si el pensamiento de un drama está bien desarrollado, equivale a preguntar si las situaciones se hallan convenientemente dispuestas para fijar la atención del auditorio y no abusar de ningún género de sentimientos, Por igual manera, en la distribución de las principales partes de un poema, en la combinación de las palabras de una simple frase, el éxito depende de la habilidad con que impresionamos la energía mental y la sensibilidad del Iector. Los artistas, en el curso de su educación y de su vida, acaban de acumular en su espíritu cierto número de máximas que les guían en la ejecución de sus obras. Si nos remontamos a la fuente de estas máximas, la encontraremos movitablemente en las leyes psicológicas. Sólo conociendo estas leyes y sus consecuencias, producirán los artistas obras en perfecta armonía con ellas. No creemos, en verdad, que la- ciencia haga artistas. Cuando decimos que éstos deben comprender las grandes leyes de los fenómenos objetivos y subjetivos no pretendemos que con el conocimiento de estas leyes se supla la falta de percepciones naturales. Se nace artista como se nace poeta, y la educación no crea ni al uno ni al otro. Lo que afirmamos es que las facultades innatas no dispensan al artista de apoyarse en la - ciencia organizada. La intuición es mucho, pero no lo es todo. Sólo cuando el genio va aliado con la ciencia alcanza la plenitud de su fuerza. Como ya hemos dicho, la ciencia es necesaria para producir, y además para apreciar las obras de arte. ¿Por qué el hombre adulto es más capaz que el niño de apreciar las bellezas de un cuadro? ¿No es porque conoce mejor las escenas de la Naturaleza o de la vida que el cuadro representa? ¿Por qué el gentleman encuentra más placer que el campesino en la lectura de un hermoso poema? ¿No es porque su conocimiento más completo de las cosas y de los hombres le permite ver en él lo que el otro no ve? Ahora bien; si, como es claro en estos casos, debemos estar en algún modo familiarizados con las cosas representadas para ser capaces de gozar con su representación, de igual suerte no es posible apreciar la representación por completo si las cosas representadas no nos son también completamente conocidas. El hecho es que toda verdad adicional" expresada por una obra de arte proporciona un goce adicional también al espíritu que la contempla, goce de que carece el que no conoce esta verdad. Cuanto mayor número de realidad expresa un artista en su obra, mayor número de facultades pone en juego, más ideas sugiere y mayor placer produce. Pero para experimentar este , placer, le es forzoso al espectador, al agente, al lector, el conocimiento de las realidades que el artista indica, y conocer estas realidades es poseer esa gran cosa: la ciencia. Y ahora no echemos en olvido otro hecho culminante, a saber; que la ciencia, además de ser la base de la escultura, de la pintura, de la música, de la poesía, es poesía por sí misma. La opinión común de que la ciencia y la poesía se rechazan procede de una ilusión. Es sin duda cierto que, como estados de conciencia, el conocimiento y la emoción se excluyen mutuamente. Sin duda es cierto también que la tensión extrema de la reflexión tiende a amortiguar los sentimientos, lo propio que la violencia extrema de los sentimientos tiende a oscurecerla reflexión; y en tal sentido sería exacto decir que ambas direcciones de la actividad se ejercen cada una a expensas de la otra. Pero lo que no es cierto es que los hechos científicos estén en sí mismos desprovistos de poesía, o que la cultura científica nos incapacite para el ejercicio de la imaginación y el amor a lo bello. Antes al contrario, la ciencia abre al sabio vastos horizontes de poesía allí donde el ignorante nada ve. Los hombres absorbidos en investigaciones científicas nos muestran a cada momento que sienten, no sólo tan vivamente corno los otros, sino aún más vivamente, la poesía de su objeto. Cualquiera que hojee las obras de geología de Hugh Miller o lea los Estudios de las costas marítimas , de Mr. Lewis , verá que la ciencia aviva el sentimiento poético en vez de extinguirlo, y los que conocen la vida de Goethe saben que el poeta y el sabio pueden coexistir con igual plenitud en el mismo individuo. ¿No es absurdo, sacrílego, creer que cuando menos se estudia la. Naturaleza mas se la reverenda? ¿Se puede imaginar que una gota de agua, que para el vulgo es sólo una gota de agua, pierde algo a los ojos del físico por saber éste que si la fuerza que reúne los elementos de que aquélla se compone quedase súbitamente en libertad se produciría un relámpago ? ¿Cabe pensar que lo que parece al espectador no iniciado un simple copé de nieve no despierta ideas más elevadas en el que examina con el auxilio del microscopio las formas maravillosamente variadas y tan elegantes de sus cristales? ¿Se puede creer que esa roca redondeada; surcada de estrías paralelas, evoca tanta poesía en el espíritu del ignorante como en el del geólogo, que sabe que un alud de hielo se deslizó sobre ella hace un millón de años? La verdad es que aquellos que- no han penetrado nunca en los dominios de la ciencia son ciegos ante la gran poesía que les rodea. Quien en su juventud no ha coleccionado insectos ni plantas, desconoce el interés que inspira un seto o una pradera.. Quien no ha desenterrado fósiles, no sabe cuántas ideas poéticas despiertan los lugares en que se hallan ocultos esos tesoros científicos. Quien en sus paseos por la orilla del mar no ha ido provisto de un microscopio y un aquarium , no conoce las delicias de las costas marítimas. ¡Triste es; en verdad4 ver cómo los hombres se ocupan en trivialidades y permanecen indiferentes ante los más admirables fenómenos; cómo se desdeñan de conocer la arquitectura de los cielos, mientras malgastan el tiempo en despreciables controversias acerca dejas intrigas amorosas de María, reina de Escocia; cómo se aplican a criticar sabiamente una oda griega, y pasan sin notarlo ante ese gran poema épico que ha escrito el dedo de Dios en las capas de la tierra! Vemos , pues, que la cultura científica constituye una preparación necesaria en la última división de la actividad humana. lo mismo que en las anteriores; vemos que la estética general se funda forzosamente en leyes científicas. y que lo bello absoluto será inaccesible para nosotros si no conocemos estas leyes; vemos que para la critica y exacta apreciación de las obras de arte se requiere el conocimiento de la naturaleza de las cosas; en otros términos: se necesita de la ayuda de la ciencia; vemos finalmente, que la ciencia es. no sólo indispensable auxiliar del arte y de la poesía bajo todas sus , formas, sino que también puede ser considerada, con harta razón, eminentemente poética. Hasta ahora nos hemos preguntado la utilidad que tienen este o el otro género de conocimientos para servirnos de guía en la vida; réstanos examinar el valor relativo de cada uno de estos diferentes géneros de conocimientos bajo el punto de vista de la disciplina. Nos vemos forzados a tratar con relativa brevedad esta parte de nuestro objeto, parte que. por fortuna. no exige un desarrollo muy extenso. Al demostrar qué conocimientos son preferibles para nuestro gobierno, hemos demostrado cuáles son los mejores pata nuestra disciplina. Podemos estar ciertos de que el conocimiento de la clase de hechos cuya posesión nos es más útil como regla de conducta supone el ejercicio mental más adecuado para fortalecer nuestras facultades. Sería completamente contrario a la magnífica armonía de la Naturaleza que tuviésemos necesidad de cierta clase de cultura tomo instrucción, y de la cultura diferente como gimnastica mental. Vemos por todas partes, en la creación que la fa- cultades se desarrollan por el cumplimiento mismo de los fines para cuya realización existen, y no son artificiales ejercicios, imaginados con propósitos de adaptarlas a esos fines. Los pieles rojas adquieren en la carrera la ligereza y agilidad que los convierte en excelentes cazadores de los animales que persiguen, y gracias a los diversos ejercicios que ocupan su vida, logran a poseer una energía física superior a la que la gimnástica les hubiese dado. Su destreza en tender lazos a su enemigo o a su presa indica una finura de percepción imposible de adquirir por la educación artificial, Lo mismo ocurre al hombre en todas las circunstancias y en todas las profesiones. El indio cuya vista, acostumbrada a percibir de lejos los seres que deben perseguir o de que necesita huir, adquiere la potencia del telescopio, de igual manera que el tenedor de libros, a quien una práctica constante permite sumar simultáneamente varias columnas de cifras, debe el desarrollo extraordinario de sus facultades especiales al ejercicio continuo de las mismas. Podemos asegurar a priori, que esta ley se aplica a todos los ramos de la educación, y dejar sentado que la educación más útil bajo el punto de vista de la dirección es también la más útil bajo el punto de vista de la disciplina. Veamos la prueba; Una de las ventajas invocadas para justificar la preeminente importancia concedida en nuestro sistema de enseñanza al estudio de las lenguas, es que con él se desenvuelve la memoria. Se supone que esta ventaja pertenece exclusivamente al estudio de las palabras, cuando es lo cierto que las ciencias proporcionan campo de ejercicio mucho más vasto a nuestra memoria. No es tarea fácil acordarse de todos los nombres relativos a nuestro sistema solar ; no lo es retener todo lo referente a la vía Láctea. Tan grande es el número de los cuerpos compuestos, que aumenta de día en día con los descubrimientos de la química, que, a excepción de los profesores, a pocas personas les sería dable enumerarlos y recordar la constitución atómica y las afinidades de todos esos cuerpos compuestos; apenas es permitido a aquellos que convierten la química en exclusiva ocupación de su vida. En la enorme masa de fenómenos que ofrece la corteza terrestre ven la más enorme aún de los fósiles que encierra, hay materia suficiente de trabajo durante años para la memoria del geólogo. Cada parte principal de la física, la acústica, el calor, la luz, la electricidad, contiene hechos en número suficiente para asustar al que se propusiera aprenderlos todos. Pero mucho mayor todavía es el esfuerzo de nuestra memoria en las ciencias orgánicas. Sólo en la anatomía del cuerpo humano es tal el número de detalles, que el discípulo necesita generalmente aprenderlos por quinta y sexta vez antes de poder recordarlos con alguna seguridad. A trescientas veinte mil se acercan las especies de plantas que distinguen los botánicos, y las formas de la vida animal conocidas por los zoólogos se elevan a la cifra de dos millones. La acumulación de hechos que se presenta a la atención de los sabios es tan importante, que sólo dividiendo y subdividiendo el trabajo les es posible estudiarlos. Al conocimiento detallado de los hechos referentes a la rama especial de la ciencia a que se dedica, cada sabio une conocimientos generales en las demás ramas que con ella se relacionan, y quizás los elementales en algunas otras. Es, pues, evidente que la ciencia, aunque no se cultive en toda su extensión., proporciona ejercicio suficiente a la memoria, siendo, por lo menos, disciplina tan buena para esta facultad como lo puede Ser el estudio de las lenguas. Considérese ahora que si tan útil es la ciencia como ejercicio de la memoria, si no más que las lenguas, es infinitamente superior a ellas por el género de memoria que cultiva. En el estudio de una lengua, la serie de ideas de que el espíritu se penetra corresponde a hechos en su mayor parte accidentales, mas en el estudio de las ciencias, las series de ideas en que se ocupa la memoria corresponden a hechos necesarios. Verdad es que la relación de las palabras con su significado es, en cierto sentido natural; que hay posibilidad de remontarse al conocimiento de algunas relaciones originales, aunque rara vez a su origen mismo, y que las leyes de esta génesis forman una rama en la ciencia del espíritu humano, que se llama filología; pero como no se pretenderá seguramente que en la enseñanza de las lenguas, tal como de ordinario se practica, se indiquen habitualmente, explicándose sus leyes, esas relaciones naturales entre las palabras y su significado, forzoso es admitir que se presentan y perciben como puramente fortuitas. Por el contrarío, en el estudio de las ciencias, las relaciones que se ofrecen al espíritu son relaciones de causalidad, y bien enseñadas ,el discípulo las comprende como tales. Mientras que el estudio de las lenguas familiariza, pues. al espíritu con relaciones irracionales, el estudio de las ciencias le familiariza con relaciones racionales' mientras. que el uno no ejercita más que la memoria, el otro ejercitaba a par la memoria vía inteligencia. Considérese. después de esto, que una de las grandes superioridades de la ciencia sobre las lenguas, como medio de disciplina intelectual, es que desarrolla el juicio. Según ha hecho observar con sobrada razón el profesor Faraday en una conferencia acerca de la educación mental dada en cl Instituto Real, el defecto más común en los hombres es la insuficiencia del juicio. La sociedad en general -dice- ignora todo lo que concierne a la educación del juicio, y es lo peor que también ignora su ignorancia. Y la causa que asigna a tal estado de cosas es la falta de cultura científica. Su conclusión encierra innegable verdad. No es posible formar juicio exacto de las cosas, de los acontecimientos v de sus consecuencias sin conocer las relaciones que existen entre los fenómenos que nos rodean. El conocimiento del significado de las palabras. por amplio que sea, no nos llevará nunca a inferir de las causas los efectos. Sólo mediante el auxilio de la ciencia nos es dado ponernos en condiciones de deducir conclusiones de los datos primordiales y de comprobar enseguida estas conclusiones a la luz de la observación y la experiencia. Y esta es una de las inmensas ventajas del científico. La ciencia que constituye el mejor instrumento de disciplina intelectual , lo es así mismo disciplina moral. El estudio de las lenguas tiende a aumentar el indebido respeto a la autoridad. Tal palabra significa esto, dice el maestro o el diccionario ; esta es la regla para tal o cual caso , añade la gramática : órdenes que el discípulo acepta como superiores a toda discusión. El estado constante de su espíritu es el de la más completa sumisión a la enseñanza dogmática.. y el resultado de semejante hábito la predisposición a aceptar sin examen todo lo que encuentre establecido. Muy otro es el carácter que imprime al espíritu el estudio de la ciencia. A cada paso. invoca la ciencia el testimonio de la razón individual Las. verdades no son aceptadas bajo la fe del maestro; todos pueden si quieren, experimentarlas y en muchos casos se invita al discípulo a que deduzca las conclusiones por sí mismo. Sometense a su juicio todos los procedimientos seguidos en las investigaciones científicas. No se le impone que acepte lo que no se le demuestre, y la confianza en las propias fuerzas que de este modo se despierta en él se acrecienta con la uniformidad con que la. Naturaleza justifica sus inducciones siempre que las ha buscado oportunamente. Proviene de aquí ésa independencia de juicio, que es uno de los elementos más preciosos del carácter. No es esta la única ventaja moral que nos lega la educación científica. Cuando se ha procedido en ella, como debería hacerse siempre, bajo la forra de investigaciones personales en el mayor número de casos posibles, desarrolla la perseverancia y la sinceridad. Como dice el profesor Tyndall a propósito de la investigación inductiva es menester poner a ella. con el convencimiento de la necesidad de un trabajo paciente un humilde y serio asentimiento a todo lo que la Naturaleza nos revele. La primera condición para el buen éxito consiste en la leal voluntad de aceptar la verdad, abandonando toda idea preconcebida, por cariño. que nos inspire, que resulte estar en contradicción con ella. Creedme: se realizan nobles v numerosos actos de abnegación y sacrificio a espaldas del mundo. en el corazón de un verdadero adepto de la ciencia. cuando en el secreto de su laboratorio persigue el curso de sus experiencias. En fin, debemos decir y la aserción producirá sin duda extrema sorpresa que la disciplina de la ciencia es superiora la de la educación ordinaria, hasta bajo el punto de vista de la cultura religiosa del espíritu humano. No es necesario advertir que no empleamos las palabras ciencia y religión en la acepción limitada que comúnmente se les da. sino en su sentido más amplio y elevado. La ciencia es, sin duda, hostil a las supersticiones que han corrido en el mundo bajo el nombre de religión; pero no loes a la religión esencial que esas supersticiones ocultan a nuestros ojos. Sin duda también, una parte de nuestra ciencia corriente está impregnada de cierro espíritu irreligioso; pero tal espíritu no existe en la verdadera ciencia, en la que penetra en el fondo de las cosas. La verdadera ciencia y la verdadera religión ha dicho el profesor Huxley, terminando una serie de conferencias son dos hermanas gemelas, a quienes no se puede separar sin ocasionar la muerte de una o de otra. La ciencia se eleva a medida que es religiosa; la religión florece a proporción que extiende sus raíces en las profundidades de la ciencia; las grandes obras realizadas por los filósofos han sido fruto menos de su inteligencia que resultado de la dirección impuesta a la misma por un espíritu eminentemente religioso. La verdad se ha revelado, más bien que a su genio , a su paciencia, a su amor, a su sencillez, a su abnegación. Lejos de ser la ciencia irreligiosa, como muchos creen, hay, por el contrario, lo irreligioso en el abandono de la ciencia: la irreligiosidad está en el hecho de negarse a estudiar las maravillas de ja creación, Veámoslo en un sencillo ejemplo. Supongamos que se celebra de continuo y en frases pomposas el mérito de un escritor; supongamos que el objeto de las alabanzas que se le dirigen se hace consistir en la sabiduría, grandiosidad y belleza de sus obras; supongamos que los que así las elogian sin' cesar no las hayan visto mas que por el forro, no las hayan Ieído nunca, no hayan tratado jamás de comprenderlas ¿Que valor pueden tener para el escritor esos elogios? ¿Qué puede pensar de la sinceridad de aquellos que sé los tributan? Y no obstante, si es lícito comparar las cosas pequeñas a las grandes, así es como generalmente procede la humanidad para con el universo y su causa. Decimos mal; se conduce mucho peor. El hombre no se contenta con pasar indiferentemente al lado de los fenómenos que proclama como maravillosos, sino que condena a aquellos mismos que se entregan a la observación de la Naturaleza, acusándoles de entretenerse con bagatelas, desprecia a los que manifiestan un interés activo hacia tantas maravillas. Repetimos que lo irreligioso no es la ciencia, sino la indiferencia científica. La devoción a la ciencia es un culto tácito, es el reconocimiento implícito del valor de las cosas que se estudian, y por consecuencia, de su causa. No es un homenaje que se presta simplemente con los labios, no es un fingido respeto, es respeto probado por sacrificios del tiempo, del pensamiento y del trabajo. Otro aspecto hay en la cuestión, bajo el cual la verdadera ciencia es esencialmente religiosa. Este aspecto consiste en que la ciencia inspira respeto profundo hacia esa uniformidad de acción que se revela en todas las cosas y una fe implícita en la misma. Por la acumulación de sus experien- cias, adquiere el sabio una creencia absoluta en las relaciones inmutables de los fenómenos, en las leyes de causalidad. en la necesidad de resultados buenos o malos. En vez de las recompensas y de los castigos de que hablan los símbolos tradicionales y que los hombres esperan vagamente obtener o evitar a despecho de su desobediencia, el sabio descubre que hay recompensas y castigos que se derivan de la constitución ordenada de las cosas, y que la deso- bediencia lleva inevitablemente aparejados resultados funestos. Descubre que las leyes a que debemos someternos son , a la par, benéficas e inexorables, ve que ajustándonos a ellas la marcha de las cosas tiende siempre hacia un grado mayor de perfección y de bienestar: innecesariamente en la observación de estas leyes y se indigna cuando se las infringe . Por esta razón al afirmar los eternos principios de las cosa y la necesidad de representarlas se muestra esencialmente religioso agréguese a estas consideraciones otra fase religiosa de la ciencia: la de que sí lo mediante ella nos es dado concebir con exactitud lo que somos y cuáles son nuestras relaciones con los misterios del ser. En efecto al propio tiempo que nos manifiesta todo lo que se puede saber, la ciencia marca los límites más allá dé los cuales es imposible saber nada. Nos muestra esta imposibilidad haciéndonos tocar en todos sentidos infranqueables límites; nos hace sentir la cortedad de la inteligencia humana en presencia de aquello que la supera, como ninguna otra cosa puede hacérnosla sentir. Mientras que su actitud es altiva respecto de las tradiciones y autoridades humanas, manifíestase humilde ante el impenetrable velo que le oculta lo Absoluto. Su altivez y su humildad son igualmente justas. El sabio sincero, y con este nombre no designamos al que exclusivamente se ocupa en calcular distancias, analizar compuestos o numerar especies, sino al que a través de las verdades de orden menor persigue verdades más elevadas y tal. vez la verdad suprema, el verdadero sabio, repetimos, es el único hombre que sabe cómo por encima no sólo del conocimiento humano. sino que de toda concepción humana, está el Poder Universal, del que son simples manifestaciones la Naturaleza, la Vida, el Pensamiento. Terminemos, pues, repitiendo que la ciencia tiene capital valor para la disciplina del hombre, lo propio qué para su dirección. Es preferible, bajo todos los conceptos y puntos de vista, aprender el sentido de las cosas, a conocer el sentido de las palabras. Como educación intelectual, moral y religiosa. El estudio de los fenómenos que nos rodean es inmensamente superior al estudio de las gramáticas y tratados lexicológicos. Por tanto, a la pregunta que nos ha servido de punto de partida ¿qué saber es más útil? la respuesta unánime es la ciencia. Este es el veredicto pronunciado en todos los casos expuestos. Por lo que respecta a la conservación personal, al mantenimiento de la vida y de la salud, los conocimientos cuya posesión entraña más importancia son los científicos. Si se trata de proveer indirectamente a dicha conservación personal librando la subsistencia en el trabajo, los conocimientos científicos son también los más importantes para ello En el cumplimiento de las funciones paternales, Se nos presenta como gula indispensable la ciencia. Para la inteligencia de la vida nacional, histórica y Presente, inteligencia sin la cual el ciudadano no puede dirigir su con- ducta, la clave indispensable es la ciencia. Ocurre lo mismo respecto a la producción y a los goces; artísticos bajo todos sus aspectos: en una ven otros la ciencia constituye la preparación. Igualmente, para la disciplina intelectual, moral y religiosa, el estudio más eficaz es la ciencia. La cuestión, que en un principio se presentaba erizada de dificultades, ha llegado a ser en el curso de nuestro examen relativamente sencilla. No es necesario evaluar los diferentes grados de importancia de las distintas direcciones de la actividad humana, puesto que vernos que el estudio de la ciencia, en el más amplio sentido de la palabra, es la mejor preparación para todas ellas. No tenemos que elegir, entre los derechos que se arrogan sobre nosotros, estudios a los que se atribuye convencionalmente extraordinario valor, y los de otros estudios cuyo valor, aunque intrínseco, es menor para muchos, pues vemos que los estudios más útiles en cada caso son también los que mayor valor intrínseco tienen, valor que no depende de la opinión., sino que es invariable, como lo son las relaciones del hombre con el mundo que le rodea. Necesaria y eterna, lo propio que las verdades por ella proclamadas, la ciencia interesa a toda la humanidad en todos los tiempos. En el porvenir más remoto, como hoy, será de importancia inmensa para los hombres el poseer la ciencia de la vida física, intelectual, social y todas las demás ciencias, como una clave de la ciencia de la vida. Y sin embargo, este estudio, que tanto aventaja a los demás en importancia, es el que menos se atiende en un siglo de pretendida cultura. Lo que llamamos civilización nunca hubiera podido producirse sin el auxilio de la ciencia, a pesar de lo cual ésta apenas forma parte apreciable en nuestra culta educación. Aunque seamos deudores a la ciencia de que millones de hombres puedan vivir hoy en un espacio de terreno que , antes con dificultad suministraba la nutrición necesaria para algunos millares, apenas hay entre estos millones quien tribute algún respeto a la causa eficiente de su existencia en la tierra. El progresivo conocimiento de las propiedades y de las relaciones de las sustancias ha permitido a tribus errantes convertirse en naciones populosas y gozar además de placeres y comodidades que sus abuelos, desnudos, casi aislados, no hubieran podido imaginar. ¡ Y esa ciencia se admite con pena y despecho en nuestros establecimientos de instrucción superior! Al lento descubrimiento de la coexistencia de los fenómenos y de su encadenamiento debemos el habernos emancipado de las más groseras supersticiones; sin la ciencia seguiríamos siendo fetichistas o inmolaríamos numerosas víctimas para que nos fuesen propicias las divinidades infer- nales, y esto no obstante, esa ciencia que, en vez de concepciones degradantes, descubre a nuestros ojos algunas de las grandezas de la creación, esa ciencia se ve denigrada en nuestros libros de teología y en ocasiones anatematizada desde lo alto de la cátedra. Parafraseando cierta fábula oriental, diremos que en familia de los estudios la ciencia es la Cenicienta que oculta en la oscuridad perfecciones ignoradas. Le ha sido dado hacer todo el trabajo de la casa. Gracias a su habilidad, abnegación e inteligencia, se han obtenido todas las comodidades y placeres de la vida, y mientras se ocupa incesantemente en servir a los demás, se la aisla a fin de que sus orgullosas hermanas puedan ostentar sus oropeles a los ojos del mundo. Posible sería llevar más lejos el paralelo, porque se apresura el desenlace, y con él el cambio de situaciones. Las hermanas orgullosas caerán en merecido abandono, y la ciencia, proclamada la mejor y más bella, reinará como soberana. CAPITULO II DE LA EDUCACIÓN INTELECTUAL Los antiguos y los nuevos sistemas - Progresos verificados en la educación intelectual. Principio fundamental de la educación intelectual - Sistema de Pestalozzi. - leyes de la educación in- telectual. - Educación en la infancia - Lecciones de cosas - Enseñanza del dibujo - Enseñanza de la geometría .- Ventajas de la buena educación intelectual. Existen necesariamente estrechas relaciones entre los sistemas sucesivos de educación y los estados sociales con que han coexistido. Como las instituciones de cada época tienen sus raíces en el espíritu nacional, en todas ellas, cualquiera que sea su origen, se presenta como un cierto tire de familia . Cuando los hombres recibían su credo completo y acabado y su interpretación por conducto de una autoridad infalible que se desdeñaba de darles explicación alguna, natural era que la enseñanza fuese puramente dogmática. La máxima - de la escuela era entonces la misma que la de la Iglesia: Creed y no preguntéis. Por el contrario, hoy que el protestantismo ha conquistado para el hombre el derecho del libre examen , haciendo prevalecer el hábito de apelar a la razón, es su consecuencia que la instrucción de la juventud revista la forma de una exposición ofrecida a su inteligencia. Cuando imperaba el despotismo político, duro en sus órdenes, que castigaba el delito más insignificante con la muerte, implacable en su venganza para con los rebeldes; se desenvolvió simultáneamente una disciplina académica, dura como él, que multiplicaba los castigos y prodigaba los golpes por la menor infracción de sus reglas; una disciplina autocrática mantenida por el palo, la férula y el calabozo. El acrecentamiento de la libertad política, la dulcificación de las leyes criminales, han ido acompañados de un progreso de la misma índole hacia una educación menos coercitiva. El discípulo se ve ya menos cohibido por prohibiciones de toda especie; se emplean para dirigirle otros medios, mejor que los castigos. En los tiempos del ascetismo, en que los hombres, en conformidad con la ley del amor a los sufrimientos, creían que cuanto más se abstuviesen de los goces más se aproximaban a la perfección, debiase necesariamente