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LA
REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL POSITIVISMO
JORGE HUMBERTO RAMOS VALDEZ
CONTENIDO
PRESENTACIÓN
INTRODUCCIÓN
LA SITUACIÓN
PRERREVOLUCIONARIA
OPOSICIÓN AL ANTIGUO
RÉGIMEN EN FRANCIA
LA VIDA POLÍTICA
LA VIDA SOCIAL
LA VIDA ECONÓMICA
CAUSAS Y ASPECTOS
BÁSICOS
LOS ESTADOS GENERALES
LA ASAMBLEA
CONSTITUYENTE
LA ASAMBLEA
LEGISLATIVA
LA CONVENCIÓN Y
PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA
EL DIRECTORIO
LAS CONSECUENCIAS DE
LA REVOLUCIÓN FRANCESA
EL POSITIVISMO
EL POSITIVISMO EN LOS
PAÍSES EUROPEOS.
CONCLUSIONES
AUTOEVALUACIÓN
BIBLIOGRAFÍA
PRESENTACIÓN
El presente trabajo es
una síntesis de las causas y hechos que dieron
origen a periodo histórico conocido con el nombre de Revolución Francesa, pero sin
olvidar que el hombre como protagonista de la historia anticipo este echo por el poder de
las ideas generadas en la Ilustración. Además de hablar de una doctrina filosófica
denominada Positivismo que propone a la ciencia como el estado de saber y conocimiento
último en el hombre.
Los diferentes temas y
subtemas que fueron tratados en el presente trabajo, logran mostrar el devenir de la
historia universal del hombre, pero buscando que el lector descubra que la presencia del
hombre tiene varios puntos climáticos donde sus potencialidades y capacidades le ayudan y
obligan a ver, juzgar y crear.
El trabajo incluye el
análisis critico de especialistas en materia de historia y filosofía así, como
señalamientos, reflexiones y conclusiones personales que tienen la intención de ser un
grano mas dentro de la inmensidad del saber del hombre.
LA REVOLUCIÓN
FRANCESA Y EL POSITIVISMO.
Los fundamentos
intelectuales de la Revolución Francesa los encontramos en el periodo de la historia
denominado Ilustración, esta debemos entenderla como la dirección filosófica definida
por el empeño en extender la crítica y la guía de la razón a todos los campos de la
experiencia humana. En este sentido Kant escribió: La Ilustración es la
liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significaba para
Kant como la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta
incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de
decisión valor para servirse por sí mismo de ella
Ten el valor de servirte
de tu propia razón: He aquí el lema de la Ilustración.
La Revolución
Francesa fue una revolución burguesa de tipo liberal y democrático-nacionalista que
abarcó la década comprendida entre 1789 y 1799. Por su cronología se constituye en el
hecho con el que principia la Epoca Contemporánea, cuyos acontecimientos han sido factor
de enorme influencia.
Antes de
comenzar a hablar de la Revolución francesa, nos es indispensable hacer una breve
referencia a las ideas que la gestaron:
El final del siglo XVIII fue una época de
trastornos en muchas partes de hemisferio occidental, trastornos que se pueden atribuir,
directa o indirectamente, al fermento de las ideas conocidas como la Ilustración. Estas
ideas, reflejo de las necesidades y tensiones de una sociedad cambiante se basan en el
nuevo conocimiento científico del siglo XVII, que engendró una nueva fe en la razón y
en el progreso. Por un lado, esto llevó a un rechazo de la autoridad y a una afirmación
de los Derechos del Hombre, expresados en la famosa declaración de Rousseau de que el
hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado. Por otro lado, las nuevas ideas
fueron una inspiración para los monarcas, que, al terminar el siglo XVII, empezaron a
concentrar el poder en sus propias manos y a gobernar mediante agentes burocráticos
nombrados por ellos. Sin embargo, estas actividades centralizadoras encontraron
resistencia en todos aquellos que tenían intereses creados en el Antiguo régimen,
Iglesias, gremios y corporaciones y, sobre todo, la aristocracia. Sus líderes recurrieron
a las teorías de Montesquieu y Burke para demostrar que la sociedad era una forma
orgánica y que sus agrupaciones tradicionales no sólo conferían derechos inalienables a
sus miembros sino que producían un equilibrio de poder que resguarda los individuos de la
tiranía. Esto junto al deseo de autonomía de las provincias dio origen al descontento.
Quedó muy claro entonces que el fermento no se detendría ahí.
Era más
probable que ocurriera una rebelión en las regiones en que la aristocracia podía contar
con el apoyo de los campesinos; pero en Europa Oriental estos últimos aún eran ciervos,
y era poco probable que se revelaran para apoyar a los terratenientes que eran sus
opresores directos. Sin embargo, a los campesinos también les desagradaban las
innovaciones y a veces luchaban tenazmente por conservar su forma de vida tradicional.
Las
revoluciones aparecieron por primera vez en gran escala en las colonias inglesas de
América. Recurriendo a la filosofía de Locke sobre el derecho natural, los colonizadores
se negaron a pagar un impuesto establecido por el parlamento en Londres, en el que no
estaban representados. Para 1775 la disputa había llegado a una guerra declarada. Los
hombres moderados que habrían mantenido la antigua estructura de la sociedad fueron
sustituidos por otros con objetivos más democráticos y la guerra por la independencia
nacional ganó apoyo en todos los estratos sociales. El ejemplo norteamericano fue una
inspiración para los rebeldes de los países bajos, así como en Francia, cuyas tropas
habían peleado en el lado norteamericano en la guerra.
La Revolución
Francesa se encuadra dentro del ciclo de transformaciones políticas y económicas que
marcaron el fin de la Edad Moderna y el comienzo de la Edad Contemporánea. La
independencia de EEUU y el desarrollo de la Revolución Industrial, iniciada en la Gran
Bretaña, son los otros dos grandes procesos que señalan esta transición histórica.
El proceso
revolucionario francés es, sin duda, el más importante dentro del agitado panorama
político del siglo XVIII. Es, además, uno de los más polémicos. La historiografía se
ha preocupado constantemente de él y son muchos los escritos y los libros que presentan
la revolución francesa como una gran gesta o, por el contrario, un acontecimiento
perjudicial y hasta innecesario para Francia y la cultura occidental.
Es difícil
tratar de sacar a la luz los motivos que nos llevan a esta pasión por el tema. Muchos son
los factores que se amontonan en torno a Francia y a la revolución, presentándola como
un tema apasionante y tremendamente complejo.
En este trabajo
trataremos de explicar y enumerar lo mejor posible las causas y los principales hechos de
este proceso que trascendental en la historia de la humanidad.
Hacía el
último tercio del siglo XVIII Francia atraviesa una situación de grave crisis política
y social, debido a dos hechos fundamentales:
a)
La debilidad
cada vez más acentuada del antiguo régimen.
b)
El proceso de
descomposición del absolutismo.
Estos dos
hechos, que podemos calificar de causas profundas, contribuyen a formar un clima de
inestabilidad e incertidumbre en Francia, cuyo progreso económico había alcanzado a lo
largo del siglo XVIII un nivel de prosperidad que hacia necesario modificar las viejas
estructuras tradicionales para que ese progreso continuara su propio desarrollo.
Entre 17774 y
1776 el economista Turgot, uno de los ministros más importantes de Luis XVI, intenta
llevar a cabo un programa de reformas económicas, poro es destituido antes de ponerlas en
práctica. Igual ocurriría con Necker, su sucesor, cuyas reformas hallaran una fuerte
oposición entre las clases privilegiadas, hasta ser retirado también del Ministerio de
Hacienda.
El término
Antiguo Régimen fue aplicado al periodo histórico que se desarrolló en Francia desde el
siglo XVII, y que se finalizará violentamente con la revolución de 1789. Pero, en un
sentido más amplio, hoy se entiende por Antiguo Régimen el conjunto de
instituciones políticas, económicas, sociales y religiosas existentes en Europa desde el
siglo XVI hasta finales del siglo S.XVIII, y cuyo ordenamiento y estabilidad serán
progresivamente transformados con las revoluciones liberal-burguesas del siglo XIX.
La
organización política de Francia, hacia 1789, era monárquica. El rey pretendía que su
poder derivaba de Dios, a quien únicamente debía cuenta de sus actos. Sus súbditos no
tenían ningún derecho, pero sí el deber de obedecer.
El rey
declaraba la guerra y hacía la paz; comandaba los ejércitos; determinaba los gastos y
fijaba los impuestos; nombraba y destituía a los funcionarios y dirigía la
administración entera. Las provincias eran administradas por los intendentes, con poder
omnímodo y arbitrario.
El rey hacía
las leyes, que eran la expresión de su voluntad personal, pues si bien debía tener en
cuenta las "costumbres fundamentales del reino", tales costumbres eran
contradictorias y vagas, y hubiera sido difícil definirlas claramente. Además, el rey
dirigía la administración de justicia, pues esta se dictaba en su nombre y por
funcionarios que el designaba. Se usaba el tormento para lograr la confesión de los
acusados, a quienes se juzgaba en secreto y a los que se aplicaban las penas bárbaras de
las marcas con hierros candentes, de la picota, del látigo y de la horca.
La libertad
individual estaba amenazada constantemente por la policía, que podía aprender a
cualquiera con una simple orden del rey, la "carta sellada". No se daba la causa
de la detención porque "tal era la voluntad del rey". Existía la censura
previa y no existía la libertad de consciencia.
En la sociedad
francesa se distinguían tres estados o clases:
1. El
clero: era la primera de las clases sociales privilegiadas. Conservaba un gran prestigio e
influencia. Además recibía los diezmos de los fieles, poseían extensas propiedades, que
abarcaban la cuarta parte de la superficie de Francia, y como si fuera poco, no pagaban
impuestos.
2. La
nobleza: esta era la segunda clase privilegiada formada por un número de personas
análogo al del clero, que poseían tierras de parecida importancia y extensión.
Percibían de los campesinos, que vivían en sus tierras, los antiguos derechos feudales,
y sólo pagaban impuestos en casos especiales.
3. En
El Tercer Estado se distinguían distintas categorías, alguna de las cuales había
logrado privilegios. La capa superior del estado llano era la burguesía; la inferior, los
obreros y campesinos. Estos últimos soportaban pesadas cargas que, en la generalidad de
los casos, les privaban de las cuatro quintas partes del fruto de su trabajo. Debían
pagar los impuestos al estado, el diezmo a la iglesia y los derechos feudales al señor.
La industria
estaba entorpecida con excesivas reglamentaciones e impuestos. Existían aduanas internas;
las pesas y medidas variaban según las regiones; algunos artículos, como los cereales,
debían consumirse en el lugar de producción; se aplicaban derechos de aduana que en
muchos casos anulaban el intercambio.
CAUSAS Y
ASPECTOS BÁSICOS:
La revolución
francesa abarca un período de 10 años (1789-1799), durante los cuales se establecieron
en toda Europa nuevas formas de organización política, social y económica, surgieron
nuevos usos y costumbres y triunfaron nuevos modos del pensamiento y nuevas tendencias
espirituales.
Las causas
substanciales de la revolución francesa fueron en primer término la arbitrariedades y
abusos del antiguo régimen, ya mencionadas, y en segundo lugar la acción de los
filósofos y enciclopedistas.
Las causas
ocasionales de la revolución. Francesa fueron la debilidad de carácter del nuevo rey
Luis XVI y la grave crisis financiera.
Más de un
siglo antes de que Luis XVI ascendiera al trono (1774), el Estado francés había sufrido
periódicas crisis económicas motivadas por las largas guerras emprendidas durante el
reinado de Luis XIV, la mala administración de los asuntos nacionales en el reinado de
Luis XV, las cuantiosas pérdidas que acarreó la Guerra Francesa en India (1754-1763) y
el aumento de la deuda generado por los préstamos a las colonias británicas de
Norteamérica durante la guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783). Los
defensores de la aplicación de reformas fiscales, sociales y políticas comenzaron a
reclamar con insistencia la satisfacción de sus reivindicaciones durante el reinado de
Luis XVI.
Luis XVI,
quién contaba con apenas 20 años de edad carecía de condiciones como gobernante pues su
carácter era débil, su inteligencia era mediana y se dejo influenciar por su esposa
María Antonieta de Austria y por su primo el Duque de Orleans.
Dada la grave
crisis financiera el rey se vio obligado a llamar al gobierno a dos personajes de
reconocida honestidad: R. Jaques Turgot, un hombre de ideas liberales que instituyo una
política rigurosa en lo referente a los gastos del estado, y a Malesherves.
Turgot,
ministro de hacienda, resumió su plan en esta frase: "Ni banca rota, ni empréstito,
ni aumento de impuestos".
Como el plan
económico molestaba a la corte Turgot lo presentó gradualmente, pero en 1776, cuando
estableció un impuesto que debía ser pagado por todos los dueños de tierras, fuesen o
no privilegiados el rey, por instancia de los afectados, lo obligó a renunciar.
Malesherves
intentó garantizar los derechos de los ciudadanos, pero también se vio forzado a
renunciar. Entonces el antiguo régimen se restableció con todo su vigor.
Para aplacar
los ánimos, Luis XVI designó como sucesor de Turgot a Nécker, un banquero ginebrino de
sólida fortuna personal y gran reputación como financista. Obtuvo grandes empréstitos
que pasajeramente aliviaron la situación financiera. Pero estos remedios resultaron
ineficaces, porque simultáneamente, aumentaron los gastos públicos como consecuencia de
la guerra que estallo entre Inglaterra y Francia, al apoyar esta última a las colonias
inglesas de América del Norte. Como los privilegiados no deseaban una reforma de fondo
provocaron la caída de Nécker en 1781.
LOS ESTADOS
GENERALES:
En 1788, la
gravedad de la situación obligó a Luis XVI a llamar nuevamente a Nécker, este sugirió
al rey la convocatoria de los Estados Generales (una asamblea formada por representantes
del clero, la nobleza, y el tercer estado), exigida también por el pueblo.
Luis XVI
accedió finalmente a celebrar unas elecciones nacionales en 1788. La censura quedó
abolida durante la campaña y multitud de escritos que recogían las ideas de la
Ilustración circularon por toda Francia. Nécker, a quien el monarca había vuelto a
nombrar interventor general de Finanzas en 1788, estaba de acuerdo con Luis XVI en que el
número de representantes del Tercer estado (el pueblo) en los Estados Generales fuera
igual al del primer estado (el clero) y el segundo estado (la nobleza) juntos, pero
ninguno de los dos llegó a establecer un método de votación.
A pesar de que
los tres estados estaban de acuerdo en que la estabilidad de la nación requería una
transformación fundamental de la situación, los antagonismos estamentales
imposibilitaron la unidad de acción en los Estados Generales, que se reunieron en
Versalles el 5 de mayo de 1789. Las delegaciones que representaban a los estamentos
privilegiados de la sociedad francesa se enfrentaron inmediatamente a la cámara
rechazando los nuevos métodos de votación presentados. El objetivo de tales propuestas
era conseguir el voto por individuo y no por estamento, con lo que el tercer estado, que
disponía del mayor número de representantes, podría controlar los Estados Generales.
Las discusiones relativas al procedimiento se prolongaron durante seis semanas, hasta que
el grupo dirigido por Emmanuel Joseph Sieyès y el conde de Mirabeau se constituyó en
Asamblea Nacional el 17 de junio. Este abierto desafío al gobierno monárquico, que
había apoyado al clero y la nobleza, fue seguido de la aprobación de una medida que
otorgaba únicamente a la Asamblea Nacional el poder de legislar en materia fiscal. Luis
XVI se apresuró a privar a la Asamblea de su sala de reuniones como represalia. Ésta
respondió realizando el 20 de junio el denominado Juramento del Juego de la Pelota, por
el que se comprometía a no disolverse hasta que se hubiera redactado una constitución
para Francia. En ese momento, las profundas disensiones existentes en los dos estamentos
superiores provocaron una ruptura en sus filas, y numerosos representantes del bajo clero
y algunos nobles liberales abandonaron sus respectivos estamentos para integrarse en la
Asamblea Nacional.
LA ASAMBLEA
CONSTITUYENTE Y EL INICIO DE LA REVOLUCIÓN 1789-1791.
El rey se
dirigió en persona a la "pretendida Asamblea Nacional" cuyos actos declaró
nulos y sostuvo que los tres ordenes debían sesionar por separado. La asamblea no acató
la indicación. Esto significaba que la monarquía había sido vencida por la asamblea,
pues el poder legal quedaba virtualmente limitado por el de ésta.
Los
revolucionarios fundaron en Versalles una sociedad política a la moda inglesa,
popularmente conocido como el Club de los Jacobinos, porque se reunía en el antiguo y
deshabitado convento de ese nombre.
El rey se vio
obligado a ceder ante la continua oposición a los decretos reales y la predisposición al
amotinamiento del propio Ejército real. El 27 de junio ordenó a la nobleza y al clero
que se unieran a la autoproclamada Asamblea Nacional Constituyente. Luis XVI cedió a las
presiones de la reina María Antonieta y del conde de Artois (futuro rey de Francia con el
nombre de Carlos X) y dio instrucciones para que varios regimientos extranjeros leales se
concentraran en París y Versalles. Al mismo tiempo, Nécker fue nuevamente destituido. El
pueblo de París respondió con la insurrección ante estos actos de provocación; los
disturbios comenzaron el 12 de julio, y las multitudes asaltaron y tomaron La Bastilla
una prisión real que simbolizaba el despotismo de los Borbones el 14 de
julio.
Antes de que
estallara la revolución en París, ya se habían producido en muchos lugares de Francia
esporádicos y violentos disturbios locales y revueltas campesinas contra los nobles
opresores que alarmaron a los burgueses no menos que a los monárquicos. El conde de
Artois y otros destacados líderes reaccionarios, sintiéndose amenazados por estos
sucesos, huyeron del país, convirtiéndose en el grupo de los llamados émigrés. La
burguesía parisina, temerosa de que la muchedumbre de la ciudad aprovechara el
derrumbamiento del antiguo sistema de gobierno y recurriera a la acción directa, se
apresuró a establecer un gobierno provisional local y organizó una milicia popular,
denominada oficialmente Guardia Nacional. El estandarte de los Borbones fue sustituido por
la escarapela tricolor (azul, blanca y roja), símbolo de los revolucionarios que pasó a
ser la bandera nacional. No tardaron en constituirse en toda Francia gobiernos
provisionales locales y unidades de la milicia. El mando de la Guardia Nacional se le
entregó al marqués de La Fayette, héroe de la guerra de la Independencia
estadounidense. Luis XVI, incapaz de contener la corriente revolucionaria, ordenó a las
tropas leales retirarse. Volvió a solicitar los servicios de Nécker y legalizó
oficialmente las medidas adoptadas por la Asamblea y los diversos gobiernos provisionales
de las provincias.
Otras de las
consecuencias de la toma de la bastilla fue la revolución agraria y social en la campiña
francesa. Los campesinos en armas asaltaron castillos y residencias señoriales;
incendiaron los edificios de las oficinas de recaudación de los impuestos, que tan
desconsideradamente les gravaban. Los campesinos destruyeron así, violentamente el
régimen feudal; la asamblea al saberlo lo aniquiló legalmente.
La redacción
de una constitución La Asamblea Nacional Constituyente comenzó su actividad movida por
los desórdenes y disturbios que estaban produciéndose en las provincias (el periodo del
'Gran Miedo'). El clero y la nobleza hubieron de renunciar a sus privilegios en la sesión
celebrada durante la noche del 4 de agosto de 1789; la Asamblea aprobó una legislación
por la que quedaba abolido el régimen feudal y señorial y se suprimía el diezmo, aunque
se otorgaban compensaciones en ciertos casos. En otras leyes se prohibía la venta de
cargos públicos y la exención tributaria de los estamentos privilegiados.
A
continuación, la Asamblea Nacional Constituyente se dispuso a comenzar su principal
tarea, la redacción de una Constitución. En el preámbulo, denominado Declaración de
los Derechos del hombre y del ciudadano, los delegados formularon los ideales de la
Revolución, sintetizados más tarde en tres principios, "Liberté, Égalité,
Fraternité" ("Libertad, Igualdad, Fraternidad"). Mientras la Asamblea
deliberaba, la hambrienta población de París, irritada por los rumores de conspiraciones
monárquicas, reclamaba alimentos y soluciones. El 5 y el 6 de octubre, la población
parisina, especialmente sus mujeres, marchó hacia Versalles y sitió el palacio real.
Luis XVI y su familia fueron rescatados por La Fayette, quien les escoltó hasta París a
petición del pueblo. Tras este suceso, algunos miembros conservadores de la Asamblea
Constituyente, que acompañaron al rey a París, presentaron su dimisión. En la capital,
la presión de los ciudadanos ejercía una influencia cada vez mayor en la corte y la
Asamblea. El radicalismo se apoderó de la cámara, pero el objetivo original, la
implantación de una monarquía constitucional como régimen político, aún se mantenía.
El primer
borrador de la Constitución recibió la aprobación del monarca francés en unas
fastuosas ceremonias, a las que acudieron delegados de todos los lugares del país, el 14
de julio de 1790. Este documento suprimía la división provincial de Francia y
establecía un sistema administrativo cuyas unidades eran los departamentos, que
dispondrían de organismos locales elegibles. Se legalizaron los títulos hereditarios, se
crearon los juicios con jurado en las causas penales y se propuso una modificación
fundamental de la legislación francesa. Con respecto a la institución que establecía
requisitos de propiedad para acceder al voto, la Constitución disponía que el electorado
quedara limitado a la clases alta y media. El nuevo estatuto confería el poder
legislativo a la Asamblea Nacional, compuesta por 745 miembros elegidos por un sistema de
votación indirecto.
Aunque el rey
seguía ejerciendo el poder ejecutivo, se le impusieron estrictas limitaciones. Su poder
de veto tenía un carácter meramente suspensivo, y era la Asamblea quien tenía el
control efectivo de la dirección de la política exterior. El poder judicial sería
desempeñado por jueces elegidos por el pueblo. Se impusieron importantes restricciones al
poder de la Iglesia católica mediante una serie de artículos denominados Constitución
civil del Clero, el más importante de los cuales suponía la confiscación de los bienes
eclesiásticos. A fin de aliviar la crisis financiera, se permitió al Estado emitir un
nuevo tipo de papel moneda, los asignados, garantizado por las tierras confiscadas.
Asimismo, la Constitución estipulaba que los sacerdotes y obispos fueran elegidos por los
votantes, recibieran una remuneración del Estado, prestaran un juramento de lealtad al
Estado y las órdenes monásticas fueran disueltas.
Durante los
quince meses que transcurrieron entre la aprobación del primer borrador constitucional
por parte de Luis XVI y la redacción del documento definitivo, las relaciones entre las
fuerzas de la Francia revolucionaria experimentaron profundas transformaciones. Éstas
fueron motivadas, en primer lugar, por el resentimiento y el descontento del grupo de
ciudadanos que había quedado excluido del electorado. Las clases sociales que carecían
de propiedades deseaban acceder al voto y liberarse de la miseria económica y social, y
no tardaron en adoptar posiciones radicales. Este proceso, que se extendió rápidamente
por toda Francia gracias a los clubes de los jacobinos, y de los cordeliers, adquirió
gran impulso cuando se supo que María Antonieta estaba en constante comunicación con su
hermano Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Al igual que la
mayoría de los monarcas europeos, Leopoldo había dado refugio a gran número de
émigrés y no había ocultado su oposición a los acontecimientos revolucionarios que se
habían producido en Francia. El recelo popular con respecto a las actividades de la reina
y la complicidad de Luis XVI quedó confirmado cuando la familia real fue detenida
mientras intentaba huir de Francia en un carruaje con destino a Varennes el 21 de junio.
El grupo más exaltado de revolucionarios halló en la traición del rey un argumento
decisivo para abolir la esclavitud y establecer la república, pero la asamblea quiso
limitar los poderes del rey sin suprimir la monarquía.
Luego de más
de 2 años de trabajo para poder redactar una constitución moderada, para una monarquía
liberal, el rey aceptó la constitución y juró solemnemente acatarla y cumplirla en
todos sus detalles. Finalmente, el 30 de setiembre de 1791, los constituyentes declararon
terminada su misión, iniciándose el nuevo régimen.
LA ASAMBLEA
LEGISLATIVA (1791-1792):
Dentro del nuevo sistema de gobierno, el poder legislativo lo
desempeñaba la Asamblea Legislativa, compuesta por una sola cámara por 745 diputados,
políticos, noveles sin la experiencia de los constituyentes, ya que a propuesta de
Robespierre, la anterior asamblea aprobó la prohibición de reelegir a sus miembros. A la asamblea legislativa le tocó aplicar la
constitución de 1791.
La monarquía
constitucional no alcanzó a durar un año, pues la inestabilidad interior y el comienzo
de las guerras de la Revolución con Europa, provocaron una segunda revolución en agosto
de 1792, que acabó con los reinados y estableció la primera república.
Diversas circunstancias crearon un ambiente desfavorable para la
consolidación de la monarquía constitucional.
En primer
término, el propio rey, quien buscó ayuda extranjera para acabar con la revolución.
En segundo
lugar, los nobles difamaron el nuevo régimen y trataron de conseguir la invasión de
Francia por las fuerzas imperiales.
En tercer
lugar, los católicos, indignados con la constitución civil del clero, se sublevaron en
algunas regiones de Francia.
Por último,
los mismos revolucionarios estaban divididos. Los constitucionales o fudenses, sostenían
la aplicación estricta de la constitución y el mantenimiento integral de los poderes del
rey. Los jacobinos buscaron reformar la constitución, reduciendo los poderes del rey.
Entre los jacobinos se destacó un núcleo de diputados llamados girondinos, que
provenían del departamento de la Gironda, y se convirtieron en dirigentes de la Asamblea
Legislativa. Los llamados cordeleros o franciscanos, de tendencia republicana,
acaudillados por Danton, joven abogado de gran popularidad, y por el periodista Marat,
carecían de influencia en la asamblea, pero la tenían entre el pueblo de París.
El grupo
girondino desarrolló una política cada vez más violenta contra Luis XVI. Para
desenmascarar al rey, y con la ilusión de extender por Europa los principios
revolucionarios, los girondinos propiciaron la guerra, convencidos de que con ella
unificarían a los patriotas frente a enemigos comunes.
El deseo de
entablar una guerra se extendió rápidamente entre los monárquicos, que confiaban en la
derrota del gobierno revolucionario y en la restauración del Antiguo Régimen, y entre
los girondinos, que anhelaban un triunfo definitivo sobre los sectores reaccionarios tanto
en el interior como en el exterior. El 20 de
abril de 1792 la Asamblea Legislativa declaró la guerra al Sacro Imperio Romano.
LA CONVENCIÓN
Y LA PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA (1792-1795)
Un día
después de la victoria de Valmy se reunió en París la Convención Nacional recién
elegida. La primera decisión oficial adoptada por esta cámara fue la abolición de la
monarquía y la proclamación de la I República. El consenso entre los principales grupos
integrantes de la Convención no fue más allá de la aprobación de estas medidas
iniciales. Sin embargo, ninguna facción se opuso al decreto presentado por los girondinos
y promulgado el 19 de noviembre, por el cual Francia se comprometía a apoyar a todos los
pueblos oprimidos de Europa. Las noticias que llegaban del frente semanalmente eran
alentadoras: las tropas francesas habían pasado al ataque después de la batalla de Valmy
y habían conquistado Maguncia,
Frankfurt del
Main, Niza, Saboya y los Países Bajos austríacos. Sin embargo, las disensiones se
habían intensificado seriamente en el seno de la convención, donde el Llano dudaba entre
conceder su apoyo a los conservadores girondinos o a los radicales montagnards. La primera
gran prueba de fuerza se decidió en favor de estos últimos, que solicitaban que la
Convención juzgara al rey por el cargo de traición y consiguieron que su propuesta fuera
aprobada por mayoría. El monarca fue declarado culpable de la acusación imputada con el
voto casi unánime de la Cámara el 15 de enero de 1793, pero no se produjo el mismo
acuerdo al día siguiente, cuando había de decidirse la pena del acusado. Finalmente el
rey fue condenado a muerte por 387 votos a favor frente a 334 votos en contra. Luis XVI
fue guillotinado el 21 de enero.
La influencia
de los girondinos en la Convención Nacional disminuyó enormemente tras la ejecución del
rey. La falta de unidad mostrada por el grupo durante el juicio había dañado
irreparablemente su prestigio nacional, bastante mermado desde hacía tiempo entre la
población de París, más favorable a las tendencias jacobinas. Otro factor que
determinó la caída girondina fueron las derrotas sufridas por los ejércitos franceses
tras declarar la guerra a Gran Bretaña, las Provincias Unidas (actuales Países Bajos) el
1 de febrero de 1793, y a España el 7 de marzo, que se habían unido a la Primera
Coalición contra Francia.
Las propuestas
de los jacobinos para fortalecer al gobierno ante las cruciales luchas a las que Francia
debería enfrentarse desde ese momento fueron firmemente rechazadas por los girondinos. No
obstante, a comienzos de marzo, la Convención votó a favor del reclutamiento de 300.000
hombres y envió comisionados especiales a varios departamentos para organizar la leva.
Los sectores
clericales y monárquicos enemigos de la Revolución incitaron a la rebelión a los
campesinos de La Vendée, contrarios a tal medida. La guerra civil no tardó en extenderse
a los departamentos vecinos. Los austríacos derrotaron al ejército de Dumouriez en
Neerwinden el 18 de marzo, y éste desertó al enemigo. La huida del jefe del ejército,
la guerra civil y el avance de las fuerzas enemigas a través de las fronteras de Francia
provocó en la Convención una crisis entre los girondinos y los montagnards, en la que
estos últimos pusieron de relieve la necesidad de emprender una acción contundente en
defensa de la Revolución.
El 6 de abril, la Convención creó el Comité de Salvación
Pública, que habría de ser el órgano ejecutivo de la República, y reestructuró el
Comité de Seguridad General y el Tribunal Revolucionario. Se enviaron representantes a
los departamentos para supervisar el cumplimiento de las leyes, el reclutamiento y la
requisa de municiones. La rivalidad existente entre los girondinos y los montagnards se
había agudizado durante este periodo. La rebelión parisina, organizada por el periodista
radical Jacques Hébert, obligó a la Convención a ordenar el 2 de junio la detención de
veintinueve delegados girondinos y de los ministros de este grupo, Pierre Henri Hélène
Marie Lebrun-Tondu y Étienne Clavière. A partir de ese momento, la facción jacobina
radical que asumió el control del gobierno desempeñó un papel decisivo en el posterior
desarrollo de la Revolución. La Convención promulgó una nueva Constitución el 24 de
junio en la que se ampliaba el carácter democrático de la República. Sin embargo, este
estatuto nunca llegó a entrar en vigor. El 10 de julio, la presidencia del Comité de
Salvación Pública fue transferida a los jacobinos, que reorganizaron completamente las
funciones de este nuevo organismo. Tres días después, el político radical Jean-Paul
Marat, destacado líder de los jacobinos, fue asesinado por Charlotte de Corday,
simpatizante de los girondinos. La indignación pública ante este crimen hizo aumentar
considerablemente la influencia de los jacobinos en todo el país. El dirigente jacobino
Maximilien de Robespierre pasó a ser miembro del Comité de Salvación Pública el 27 de
julio y se convirtió en su figura más destacada en poco tiempo. Robespierre, apoyado por
Louis Saint-Just, Lazare Carnot, Georges Couthon y otros significados jacobinos, implantó
medidas policiales extremas para impedir cualquier acción contrarrevolucionaria. Los
poderes del Comité fueron renovados mensualmente por la Convención Nacional desde abril
de 1793 hasta julio de 1794, un periodo que pasó a denominarse Reinado del Terror.
Desde el punto
de vista militar, la situación era extremadamente peligrosa para la República. Las
potencias enemigas habían reanudado la ofensiva en todos los frentes. Los prusianos
habían recuperado Maguncia, Condé-Sur-L'Escaut y Valenciennes, y los británicos
mantenían sitiado Tolón. Los insurgentes monárquicos y católicos controlaban gran
parte de La Vendée y Bretaña. Caen, Lyon, Marsella, Burdeos y otras importantes
localidades se hallaban bajo el poder de los girondinos. El 23 de agosto se emitió un
nuevo decreto de reclutamiento para toda la población masculina de Francia en buen estado
de salud. Se formaron en poco tiempo catorce nuevos ejércitos alrededor de 750.000
hombres, que fueron equipados y enviados al frente rápidamente. Además de estas
medidas, el Comité reprimió violentamente la oposición interna.
María
Antonieta fue ejecutada el 16 de octubre, y 21 destacados girondinos murieron
guillotinados el 31 del mismo mes. Tras estas represalias iniciales, miles de
monárquicos, sacerdotes, girondinos y otros sectores acusados de realizar actividades
contrarrevolucionarias o de simpatizar con esta causa fueron juzgados por los tribunales
revolucionarios, declarados culpables y condenados a morir en la guillotina. El número de
personas condenadas a muerte en París ascendió a 2.639, más de la mitad de las cuales
(1.515) perecieron durante los meses de junio y julio de 1794. Las penas infligidas a los
traidores o presuntos insurgentes fueron más severas en muchos departamentos
periféricos, especialmente en los principales centros de la insurrección monárquica. El
tribunal de Nantes, presidido por Jean-Baptiste Carrier, el más severo con los cómplices
de los rebeldes de La Vendée, ordenó la ejecución de más de 8.000 personas en un
periodo de tres meses. Los tribunales y los comités revolucionarios fueron responsables
de la ejecución de casi 17 mil ciudadanos en toda Francia. El número total de víctimas
durante el Reinado del Terror llegó a 40.000. Entre los condenados por los tribunales
revolucionarios, aproximadamente el 8% eran nobles, el 6% eran miembros del clero, el 14%
pertenecía a la clase media y el 70% eran trabajadores o campesinos acusados de eludir el
reclutamiento, de deserción, acaparamiento, rebelión u otros delitos. Fue el clero
católico el que sufrió proporcionalmente las mayores pérdidas entre todos estos grupos
sociales. El odio anticlerical se puso de manifiesto también en la abolición del
calendario juliano en octubre de 1793, que fue reemplazado por el calendario republicano.
El Comité de Salvación Pública, presidido por Robespierre, intentó reformar Francia
basándose de forma fanática en sus propios conceptos de humanitarismo, idealismo social
y patriotismo. El Comité, movido por el deseo de establecer una República de la Virtud,
alentó la devoción por la república y la victoria y adoptó medidas contra la
corrupción y el acaparamiento. Asimismo, el 23 de noviembre de 1793, la Comuna de París
ordenó cerrar todas las iglesias de la ciudad esta decisión fue seguida
posteriormente por las autoridades locales de toda Francia y comenzó a promover la
religión revolucionaria, conocida como el Culto a la Razón. Esta actitud, auspiciada por
el jacobino Pierre Gaspard Chaumette y sus seguidores extremistas (entre ellos Hébert),
acentuó las diferencias entre los jacobinos centristas, liderados por Robespierre, y los
fanáticos seguidores de Hébert, una fuerza poderosa en la Convención y en la Comuna de
París.
Durante este
tiempo, el signo de la guerra se había vuelto favorable para Francia. El general Jean
Baptiste Jourdan derrotó a los austríacos el 16 de octubre de 1793, iniciándose así
una serie de importantes victorias francesas. A finales de ese año, se había iniciado la
ofensiva contra las fuerzas de invasión del Este en el Rin, y Tolón había sido
liberado. También era de gran relevancia el hecho de que el Comité de Salvación
Pública hubiera aplastado la mayor parte de las insurrecciones de los monárquicos y
girondinos.
La disputa
entre el Comité de Salvación Pública y el grupo extremista liderado por Hébert,
concluyó con la ejecución de éste y sus principales acólitos el 24 de marzo de 1794.
Dos semanas después, Robespierre emprendió acciones contra los seguidores de Danton, que
habían comenzado a solicitar la paz y el fin del reinado del Terror. Georges-Jacques
Danton y sus principales correligionarios fueron decapitados el 6 de abril. Robespierre
perdió el apoyo de muchos miembros importantes del grupo de los jacobinos
especialmente de aquéllos que temían por sus propias vidas a causa de estas
represalias masivas contra los partidarios de ambas facciones. Las victorias de los
ejércitos franceses, entre las que cabe destacar la batalla de Fleurus (Bélgica) del 26
de junio, que facilitó la reconquista de los Países Bajos austríacos, incrementó la
confianza del pueblo en el triunfo final. Por este motivo, comenzó a extenderse el
rechazo a las medidas de seguridad impuestas por Robespierre. El descontento general con
el líder del Comité de Salvación Pública no tardó en transformarse en una auténtica
conspiración.
Robespierre,
Saint-Just, Couthon y 98 de sus seguidores fueron apresados el 27 de julio de 1794 (el 9
de termidor del año III según el calendario republicano) y decapitados al día
siguiente. Se considera que el 9 de termidor fue el día en el que se puso fin a la
República de la Virtud.
La Convención
Nacional estuvo controlada hasta finales de 1794 por el grupo que derrocó a Robespierre y puso fin al Reinado
del Terror. Se clausuraron los clubes jacobinos de toda Francia, fueron abolidos los
tribunales revolucionarios y revocados varios decretos de carácter extremista, incluido
aquél por el cual el Estado fijaba los salarios y precios de los productos. Después de
que la Convención volviera a estar dominada por los girondinos, el conservadurismo
termidoriano se transformó en un fuerte movimiento reaccionario. Durante la primavera de
1795, se produjeron en París varios tumultos, en los que el pueblo reclamaba alimentos, y
manifestaciones de protesta que se extendieron a otros lugares de Francia. Estas
rebeliones fueron sofocadas y se adoptaron severas represalias contra los jacobinos y
sans-culottes que los protagonizaron.
La moral de los
ejércitos franceses permaneció inalterable ante los acontecimientos ocurridos en el
interior. Durante el invierno de 1794-1795, las fuerzas francesas dirigidas por el general
Charles Pichegru invadieron los Países Bajos austríacos, ocuparon las Provincias Unidas
instituyendo la República Bátava y vencieron a las tropas aliadas del Rin. Esta
sucesión de derrotas provocó la desintegración de la coalición antifrancesa. Prusia y
varios estados alemanes firmaron la paz con el gobierno francés en el Tratado de Basilea
el 5 de abril de 1795; España también se retiró de la guerra el 22 de julio, con lo que
las únicas naciones que seguían en lucha con Francia eran Gran Bretaña, Cerdeña y
Austria. Sin embargo, no se produjo ningún cambio en los frentes bélicos durante casi un
año. La siguiente fase de este conflicto se inició con las Guerras Napoleónicas.
Se restableció
la paz en las fronteras, y un ejército invasor formado por émigrés fue derrotado en
Bretaña en el mes de julio.
La Convención
Nacional finalizó la redacción de una nueva Constitución, que se aprobó oficialmente
el 22 de agosto de 1795.
EL DIRECTORIO
(1795-1799)
La nueva
legislación confería el poder ejecutivo a un Directorio, formado por cinco miembros
llamados directores. El poder legislativo sería ejercido por una asamblea bicameral,
compuesta por el Consejo de Ancianos (250 miembros) y el Consejo de los Quinientos. El
mandato de un director y de un tercio de la asamblea se renovaría anualmente a partir de
mayo de 1797, y el derecho al sufragio quedaba limitado a los contribuyentes que pudieran
acreditar un año de residencia en su distrito electoral.
La nueva
Constitución incluía otras disposiciones que demostraban el distanciamiento de la
democracia defendida por los jacobinos. Este régimen no consiguió establecer un medio
para impedir que el órgano ejecutivo entorpeciera el gobierno del ejecutivo y viceversa,
lo que provocó constantes luchas por el poder entre los miembros del gobierno, sucesivos
golpes de Estado y fue la causa de la ineficacia en la dirección de los asuntos del
país. Sin embargo, la Convención Nacional, que seguía siendo anticlerical y
antimonárquica a pesar de su oposición a los jacobinos, tomó precauciones para evitar
la restauración de la monarquía. Promulgó un decreto especial que establecía que los
primeros directores y dos tercios del cuerpo legislativo habían de ser elegidos entre los
miembros de la Convención. Los monárquicos parisinos reaccionaron violentamente contra
este decreto y organizaron una insurrección el 5 de octubre de 1795. Este levantamiento
fue reprimido con rapidez por las tropas mandadas por el general Napoleón Bonaparte, jefe
militar de los ejércitos revolucionarios de escaso renombre, que más tarde sería
emperador de Francia con el nombre de Napoleón I Bonaparte. El régimen de la Convención
concluyó el 26 de octubre y el nuevo gobierno formado de acuerdo con la Constitución
entró en funciones el 2 de noviembre.
Desde sus
primeros momentos, el Directorio tropezó con diversas dificultades, a pesar de la gran
labor que realizaron políticos como Charles Maurice de Talleyrand-Perigord y Joseph
Fouché. Muchos de estos problemas surgieron a causa de los defectos estructurales
inherentes al aparato de gobierno; otros, por la confusión económica y política
generada por el triunfo del conservadurismo. El Directorio heredó una grave crisis
financiera, que se vio agravada por la depreciación de los asignados (casi en un 99% de
su valor). Aunque la mayoría de los líderes jacobinos habían fallecido, se encontraban
en el extranjero u ocultos, su espíritu pervivía aún entre las clases bajas. En los
círculos de la alta sociedad, muchos de sus miembros hacían campaña abiertamente en
favor de la restauración monárquica. Las agrupaciones políticas burguesas, decididas a
conservar su situación de predominio en Francia, por la que tanto habían luchado, no
tardaron en apreciar las ventajas que representaba reconducir la energía desatada por la
población durante la Revolución hacia fines militares. Existían aún asuntos pendientes
que resolver con el Sacro Imperio Romano. Además, el absolutismo, que por naturaleza
representaba una amenaza para la Revolución, continuaba dominando la mayor parte de
Europa.
No habían
pasado aún cinco meses desde que el Directorio asumiera el poder, cuando comenzó la
primera fase (de marzo de 1796 a octubre de 1797) de las Guerras Napoleónicas. Los tres
golpes de Estado que se produjeron durante este periodo el 4 de septiembre de 1797,
el 11 de mayo de 1798 y el 18 de junio de
1799, reflejaban simplemente el reagrupamiento de las facciones políticas
burguesas. Las derrotas militares sufridas por los ejércitos franceses en el verano de
1799, las dificultades económicas y los desórdenes sociales pusieron en peligro la
supremacía política burguesa en Francia. Los ataques de la izquierda culminaron en una
conspiración iniciada por el reformista agrario radical François Nöel Babeuf, que
defendía una distribución equitativa de las tierras y los ingresos. Esta insurrección,
que recibió el nombre de 'Conspiración de los Iguales', no llegó a producirse debido a
que Babeuf fue traicionado por uno de sus compañeros y ejecutado el 28 de mayo de 1797.
Luciano Bonaparte, presidente del Consejo de los Quinientos; Fouché, ministro de
Policía; Sieyès, miembro del Directorio y Talleyrand-Perigord consideraban que esta
crisis sólo podría superarse mediante una acción drástica. El golpe de Estado que tuvo
lugar el 9 y 10 de noviembre (18 y 19 de brumario) derrocó al Directorio. El general
Napoleón Bonaparte, en aquellos momentos héroe de las últimas campañas, fue la figura
central del golpe y de los acontecimientos que se produjeron posteriormente y que
desembocaron en la Constitución del 24 de diciembre de 1799 que estableció el Consulado.
Bonaparte, investido con poderes dictatoriales, utilizó el entusiasmo y el idealismo
revolucionario de Francia para satisfacer sus propios intereses. Sin embargo, la
involución parcial de la transformación del país se vio compensada por el hecho de que
la Revolución se extendió a casi todos los rincones de Europa durante el periodo de las
conquistas napoleónicas.
Una
consecuencia directa de la Revolución fue la abolición de la monarquía absoluta en
Francia. Asimismo, este proceso puso fin a los privilegios de la aristocracia y el clero.
La servidumbre, los derechos feudales y los diezmos fueron eliminados; las propiedades se
disgregaron y se introdujo el principio de distribución equitativa en el pago de
impuestos. Gracias a la redistribución de la riqueza y de la propiedad de la tierra,
Francia pasó a ser el país europeo con mayor proporción de pequeños propietarios
independientes. Otras de las transformaciones sociales y económicas iniciadas durante
este periodo fueron la supresión de la pena de prisión por deudas, la introducción del
sistema métrico y la abolición del carácter prevaleciente de la primogenitura en la
herencia de la propiedad territorial.
Napoleón
instituyó durante el Consulado una serie de reformas que ya habían comenzado a aplicarse
en el periodo revolucionario. Fundó el Banco de Francia, que en la actualidad continúa
desempeñando prácticamente la misma función: banco nacional casi independiente y
representante del Estado francés en lo referente a la política monetaria, empréstitos y
depósitos de fondos públicos. La implantación del sistema educativo secular y muy
centralizado, que se halla en vigor en Francia en estos momentos, comenzó durante
el Reinado del Terror y concluyó durante el gobierno de Napoleón; la Universidad de
Francia y el Institut de France fueron creados también en este periodo. Todos los
ciudadanos, independientemente de su origen o fortuna, podían acceder a un puesto en la
enseñanza, cuya consecución dependía de exámenes de concurso. La reforma y
codificación de las diversas legislaciones provinciales y locales, que quedó plasmada en
el Código Napoleónico, ponía de manifiesto muchos de los principios y cambios
propugnados por la Revolución: la igualdad ante la ley, el derecho de habeas corpus y
disposiciones para la celebración de juicios justos. El procedimiento judicial
establecía la existencia de un tribunal de jueces y un jurado en las causas penales, se
respetaba la presunción de inocencia del acusado y éste recibía asistencia letrada.
La Revolución
también desempeñó un importante papel en el campo de la religión. Los principios de la
libertad de culto y la libertad de expresión tal y como fueron enunciados en la
Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano, pese a no aplicarse en todo momento
en el periodo revolucionario, condujeron a la concesión de la libertad de conciencia y de
derechos civiles para los protestantes y los judíos. La Revolución inició el camino
hacia la separación de la Iglesia y el Estado.
Los ideales
revolucionarios pasaron a integrar la plataforma de las reformas liberales de Francia y
Europa en el siglo XIX, así como sirvieron de motor ideológico a las naciones
latinoamericanas independizadas en ese mismo siglo, y continúan siendo hoy las claves de
la democracia. No obstante, los historiadores revisionistas atribuyen a la Revolución
unos resultados menos encomiables, tales como la aparición del Estado centralizado (en
ocasiones totalitario) y los conflictos violentos que desencadenó.
·
En el terreno
económico, el Mercantilismo, como política oficial de los gobiernos, había terminado
definitivamente.
·
La
separación de la iglesia y el Estado realizada en 1794, anulada más tarde por Napoleón,
se constituyó en el antecedente del divorcio entre la religión y la política, no sólo
en Francia, sino también en otros países.
·
La influencia
de la Revolución repercutió durante gran parte del siglo XIX y trascendió a muchas
naciones del mundo Occidental.
La Ilustración
al igual que la Revolución Francesa influyeron, como lo hemos visto, enormemente en la
independencia de los países latinoamericanos, pero también, como consecuencia de ambos,
la sociedad europea de principios del siglo XIX se había Transformado.
Una
manifestación de la transformación cultural y por lo tanto, conceptual filosófica del
siglo XIX en Europa fue la aparición del Positivismo; que tiene como postulado que la
filosofía se debe limitar a la experiencia de los hechos y se abstenga de toda
especulación sobre lo metafísico.
Este término
fue adoptado por vez primera por Saint-Simon para designar el método exacto de las
ciencias y su extensión a la filosofía. Posterior mente el filósofo frances Auguste
Conte tituló así su filosofía y por obra suya paso a designar una gran dirección
filosófica que, en la segunda mitad del siglo XIX, tuvo muy numerosas y variadas
manifestaciones en todos los países del mundo occidental. Una característica fundamental
del positivismo es la romantización de la ciencia, su exaltación como la única guía de
la vida particular y asociada del hombre, esto es, como único conocimiento, única moral
y única religión posible.
Como
romanticismo de la ciencia el positivismo acompaña y estimula el nacimiento y la
afirmación de la organización técnico industrial de la sociedad moderna y expresa la
exaltación optimista que ha acompañado el origen del industrialismo.
Se pueden
distinguir dos formas puras del positivismo:
1. El
positivismo Social de Saint-Simon, Comte, Staurt Mill, nacido de la exigencia de hacer de
la ciencia en fundamento de un nuevo orden social y religioso unitario.
2. El
Positivismo Evolucionista de Spenser, que
extiende a todo el universo el concepto de progreso e intenta hacerlo valer en todas las
ramas de la ciencia.
Las tesis
fundamentales del positivismo son las siguientes:
A) La
ciencia es el único conocimiento posible y el método de la ciencia es el único valido;
por lo tanto recurrir a causas o principios no accesibles al método de la ciencia, no
originará conocimientos y la metafísica que precisamente recurre a tal método carecerá
de todo valor.
B) El
método de la ciencia es puramente descriptivo, en el sentido de que describe los hechos y
muestra las relaciones constantes entre los hechos, que se expresan mediante las leyes y
permiten la previsión de los hechos mismos (Comte) o en el sentido que muestra la
génesis evolutiva de los hechos más complejos partiendo de los más simples (Spencer).
C) El
método de la ciencia, en cuanto es el único válido, se extiende a todos los campos de
la indagación y de la actividad humana y la vida humana en su conjunto, ya sea particular
o asociada, debe ser guiada por dicho método.
El Positivismo
ha presidido la primera participación de la ciencia moderna en la organización social y
constituye todavía un concepto de la filosofía que es una de las alternativas
fundamentales de tal disciplina y a pesar de haberse abandonado ya toda ilusión
totalitaria del Positivismo romántico, o sea su pretensión de absorber en la ciencia
todas las manifestaciones del hombre.
El POSITIVISMO
EN LOS PAÍSES EUROPEOS.
POSITIVISMO
FRANCÉS.
El fundador del
positivismo francés fue Augusto Comte (1798 1857). Hijo de un funcionario de Montpellier,
estudió allí en la Escuela Politécnica, fue luego secretario del conde Claude Henru
Saint Simon (1760 1825) y entró así en la
corriente de los reformadores sociales parisinos. Enfermo mental, quiso ahogarse en el
Sena, pero se repuso y obtuvo un puesto docente en la Escuela Politécnica de París, que,
por razón de su filosofía, perdió luego. En 1845 se casó en segundas nupcias con
Clotilde de Vaux, cuyo marido estaba en la cárcel, y de misógino pasó a ser hasta tal
punto mujeriego, que con este matrimonio comienza la fase sentimental de su filosofía. El
¨Gran Ser¨ de la humanidad se torna para
él divinidad, las leyes de la naturaleza son los nuevos dogmas, los grandes científicos
los santos, las mujeres los ángeles custodios. Comte se considera a sí mismo como
fundador de una religión, construye iglesias, consagra sacerdotes, escribe encíclicas,
bendice matrimonios e instituye una jerarquía
eclesiástica. Pero sólo un escaso círculo de amigos acompañó al primer papa del
positivismo hasta la fosa, y con el segundo sucesor, que se convirtió al catolicismo,
halló también este movimiento su temprano fin.
A) Positivismo: Una ciencia es, según Comte, positiva cuando
se abstrae de toda especulación sobre la
cosa en sí metafísica, se limita a la exacta observación de los fenómenos visibles y
trata de reducir los resultados de esta observación
a las leyes generales. La filosofía no
debe especular, sino ordenar los resultados de la ciencia natural, no sólo debe explicar
lo pasado, sino predecir lo futuro. Su lema
es, Saber para prever. Así pues, Comte va
más allá que Hume. Éste quería observar, Comte quiere hallar leyes, Hume era
científicamente pesimista, Comte optimista, el era uno sólo espectador, el otro reformador.
B) Los tres estadios: La ciencia atravesó en su evolución tres estadios, 1. En la era teológica lo explicaba aún todo por muchos dioses y demonios, hasta que del politeísmo salió el monoteísmo. 2. En la era metafísica sustituyó los dioses por disposiciones, fuerzas, almas, etc., que se suponían operar los fenómenos visibles. 3. En la era positivista, la ciencia se limita a observar los fenómenos y a ordenarlos bajo leyes universales. El orden de valor de todas las ciencias es el siguiente: matemática, astronomía, física, química, biología, y psicología. La ciencia suprema, para la que existen todas las demás, es la de la estructura y evolución de la sociedad. El progreso de la sociedad lo ve Comte en domar cada vez más las pasiones el animal en nosotros, y en que la razón sea cada vez más claramente la señora en todos los terrenos de la vida. Así se superó el feudalismo de la era teológica por el estado de funcionarios de la era metafísica, que deriva sus leyes civiles positivas de un supuesto derecho natural. La futura sociedad positivista será dirigida por dos potencias :la ciencia y la industria. Todo el poder espiritual estará en un gremio de científicos escogidos, y toda la fuerza material en la industria (fabricantes, grandes terratenientes, grandes comerciantes y banqueros).
La
voz de Comte se hubiera sin duda perdido sin consecuencias, de no haberle procurado un eco
de todo punto inesperado un grupo de grandes especialistas. Hippolyte Taine (1828-1893) ,
profesor de historia del arte en París, aplicó el positivismo por sus tratados de
deslumbrante estilo a todos los campos de la vida del espíritu y colaboró a su victoria
en Francia durante 50 años. Théodule Ribot (1839-1916), que creó en París el primer
laboratorio de psicología experimental, hizo de la psicología una ciencia natural, que,
dentro enteramente del sentido de Darwin, deriva todas las realizaciones de la cultura de
las más primitivas percepciones. Jean Charcot, Alfred Binet, Pierre Janet, Charles Richet
y Edouard Claparéde han continuado desarrollando esta psicología cientificonatural y han
incluido señaladamente en su investigación
los fenómenos de neurosis y de Le Bon han continuado la sociología de Comte. Ya Taine
había señalado claramente, en su teoría del medio, la influencia de la sociedad para la formación del carácter, pero, Le Bon, en
su obra universalmente conocida Psicología
de las masas (1895), lo formuló en forma realmente clásica. De lado católico, Ferdinand
Brunetiere, Henri Vaugeois y Charles Maurras aceptaron la doctrina social positivista y ,
con su partido y su periódico, trataron de abolir la democracia y restaurar la
monarquía.
POSITIVISMO
ALEMÁN.