Universidad Abierta
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ALGUNAS CONSIDERACIONES JURÍDICAS RESPECTO A
LA LEGISLACIÓN NACIONAL EN MATERIA DE TORTURA
JOSÉ JUAN
PELCASTRE VÁZQUEZ
NOTA
INTRODUCTORIA
Aquellos que se
abocan a la tarea de abordar el fenómeno de la tortura, encuentran que no se
parte de cero. Varias ciencias se han ocupado del tema desde muy diferentes
puntos de vista: la sociología, la psicología, la literatura y el derecho,
entre otras.
Es preciso
subrayar que el objetivo de estudio de esta investigación es la tortura desde
el punto de vista del derecho y no el fenómeno como categoría propia y. sobre
todo, fuera de esta disciplina. Esto es, las teorías sobre la tortura son
herramientas para no partir de cero y queda fuera del fin de aquí se persigue
problematizar sobre la validez, congruencia y compatibilidad de estas
herramientas entre si. Lo que interesa es su utilidad en la tarea de esclarecer
un clima ideológico sobre la tortura, así como identificar las características
de una técnica normativa para combatirla, atendiendo al desarrollo que el
fenómeno tortura tiene dentro de nuestra legislación.
Mas que el objeto
de una disciplina o de una teoría especifica,
la tortura constituye un tema que recorre varias materias. Esta
directamente vinculada con los procesos sociales y, por tanto, se fija en
objetos diversos. En esta investigación se abordara a la tortura desde algunas
de las múltiples perspectivas a partir de las cuales es posible tratarla.
Empezaré por
reflexionar sobre el concepto mismo de tortura, luego examinaré al fenómeno a
través de la historia y los organismos internacionales y nacionales que se han
creado para combatirla. Terminaré con un análisis sobre la legislación de este
fenómeno en nuestro país.
CAPITULO I
1.1 EL TÉRMINO
El mundo, ante la
interpretación del hombre, está lleno de significaciones, Tan pronto como
decide ir más allá de los objetos mismos, encuentra que éstos tienen un valor
que los trasciende: una significación. Ante un cachorro prehispánico, yendo más
allá de su función específica, un arqueólogo puede dar fácilmente una larga y
precisa explicación respecto a lo que este objeto significa en cuanto a la
cultura que lo hizo y su nivel de civilización. Si nos limitamos a los objetos
culturales y, a la vez, ampliamos mas este campo, con muy poco esfuerzo
podremos encontrar algo mas allá de ellos mismos. La
manera en que viste una persona nos puede indicar status socioeconómico, su
tipo de actividad e incluso, algunas
características de su personalidad. Como
este podría citar infinidad de ejemplos.
Cuando vemos en
un objeto no su valor per se, sino algo que lo trasciende o, en otras palabras,
cundo tomamos un objeto como representante de otro hecho distinto del objeto
mismo, estamos considerándolo como signo. Un signo, diría Raúl Ávila, es
"un hecho perceptible que nos da información sobre algo distinto de sí
mismo".
El ejemplo de la
ropa no es muy obvio; en cambio, es claro el valor del signo cuando damos
varios golpes a la puesta para indicar que estamos ahí y que deseamos que la
abra: el hecho perceptible son los golpes y la información es el significado
que le atribuimos. También son claramente signos las indicaciones que aparecen
en las calles o carreteras para normar la circulación de los vehículos, o las
palabras que empleamos para comunicarnos cuando hablamos o escribimos. ¿Cuál es
la diferencia entre los signos del primer tipo, como el vestido o el cacharro,
y los del segundo, como golpear en una puesta o las palabras?, En los primeros,
la finalidad de comunicar algo más allá del objeto mismo no es la función
primaria: el vestido sirve fundamentalmente para cubrirse el cuerpo y el
cacharro para, digamos, cocinar con él. En cambio, en los segundos, su función
primaria - en realidad su única función - es la de comunicar, se producen
voluntariamente para establecer la comunicación, En los otros, la comunicación
- es decir, su uso como signos - es involuntaria. Al respecto Charles Bally ha
expresado que "la primera condición que la lógica impone al lenguaje es la
de ser claro y evitar ambigüedad". El autor plantea la postura ideal de
que cada signo no debe tener más que un valor y que cada valor no debe
representarse mas que por un signo. La realidad es otra muy distinta, ya que
una gran cantidad de palabras (significantes) responden a varias acepciones
(significados). Un mismo significante puede poseer diferentes significados
dependiendo del contexto dentro del cual se exprese.
1.1.1 LOS CONTEXTOS
DEL SIGNIFICADO.
En la lengua
sucede normalmente que una palabra tiene múltiples acepciones. Si hojeamos
cualquier diccionario nos daremos cuenta de esto. Para seleccionar la acepción
adecuada, las palabras (significantes) necesitan ubicarse en un contexto; es
decir, colocarse entre otras palabras. Este es el sentido estricto más conocido
de la palabra contexto. En uno más amplio, es el marco de referencia con
respecto al cual los signos adquieren un significado determinado. Existen
varias clases de contexto, que enseguida analizaré:
a) El contexto
Semántico.
En este contexto,
una palabra adquiere su significado con referencia al significado de las otras
palabras. Veamos en el Diccionario de la Real Academia Española algunas de las
acepciones de la palabra tortura. La que aparece a principio es muy general:
"Desviación de lo recto, curvatura, oblicuidad, inclinación". Mas
adelante se presentan otras acepciones que dicen que tortura puede ser también
la acción y efecto de tortura o atormentar, que mas bien es un perogrullo que
una definición, para finalmente agregar que se trata de un dolor, una angustia,
pena o aflicción grandes. Hasta aquí la definición no puede ser más vaga y, sin
embargo, ¿cómo es que no nos confundimos cuando alguien nos comunica algo
usando la palabra tortura? No nos confundimos porque es muy poco probable que
una persona se nos acerque diciendo solamente “¡Tortura!”. Lo más seguro es que
quien use la palabra la diga junto con otras que forman al contexto y que
ayudan a precisar su significado. Veamos cómo trabaja el contexto en los
siguientes ejemplos:
Esta carretera
tortuosa hace el camino lento
Antes de
crucificar a Cristo, los soldados lo torturaron hasta la agonía.
¡ Fue una tortura
abstenerme de probar el banquete!
En estos ejemplos
hay algunas palabras clave que precisan el significado. En el primero, la
palabra carretera ubica a tortura en un contexto geométrico, idea que es
reforzada por el sustantivo camino. En el segundo ejemplo las palabras
crucificar y agonía y la referencia a Cristo indican de qué se trata. En el
último ejemplo, la palabra banquete señala a qué clase de tortura se hace
referencia.
El contexto semántico permite seleccionar las
acepciones de las palabras. El hecho de que una palabra tenga muchas acepciones
parece que hace imprecisa a la lengua, pero no es así. Acabamos de ver que el
contexto ayuda a atribuir una acepción precisa a la palabra. De esta manera, un
solo vocablo nos sirve para decir muchas cosas diferentes,
b) El contexto
Situacional.
Como ya he dicho,
la palabra contexto no sólo se refiere al contexto semántico; también hay uno
que podemos llamar situacional, porque se refiere a la situación de las
personas en el espacio, en el tiempo y en el diálogo. Este contexto se refiere
a palabras como: aquí, allá, cerca, lejos, enfrente, atrás, izquierda, derecha,
arriba o abajo. O a expresiones de tiempo como: hoy, ayer, mañana... El
contexto situacional puede referirse también a los hablantes en un diálogo: yo,
tú, él... ¿quién es yo, quién es tú y quien es él? Puede ser cualquier persona:
sólo la situación decide en cada caso quien es quien.
c) El Contexto
Físico.
Este tercer tipo
de contexto no recurre a las otras palabras que aparecen junto a ella cuyo
significado queremos precisar, ni a la situación en el espacio, en el tiempo o
en el dialogo, sino que se apoya en el mundo exterior, el mundo físico que nos
rodea. Si vemos las palabras damas y caballeros en dos puertas distintas,
sabemos muy bien de qué se trata, Aquí el contexto físico nos ayuda a interpretar
el sentido de las palabras, Este contexto es selectivo y económico, Me explico:
si una caja tiene el letrero de frágil sabemos que debemos manipularla con
cuidado, Si no tuviéramos un contexto físico tendríamos que explicar
largamente: "quienes vayan a manipular esta caja, deberán hacerlo con
cuidado por que su contenido es delicado". Es decir, que la palabra frágil
condensa toda la explicación; y digo que es selectivo porque se dirige
únicamente a quienes pueden llegar a verla.
d) El Contexto Cultural.
Cada vez hemos
ampliado mas el sentido de contexto; ahora presentaré el mas amplio de todos,
el contexto cultural. En rasgos muy generales, se puede decir que es todo el
cúmulo de conocimientos que tiene una persona por el simple hecho de vivir en
cierta comunidad. Tiene conocimientos
que su propia experiencia le ha dado, etcétera. Todo esto nos ayuda
constantemente a interpretar lo que oímos. Retomemos unos de los ejemplos
mencionados anteriormente, porque en ellos también podemos notar la influencia
del contexto cultural. El ejemplo de "... lo torturaron hasta la
agonía", que cite cuando hablé del contexto semántico, también puede
ubicarse en un contexto cultural mas amplio, sugerido por el nombre de Cristo
en el mismo ejemplo. En el mundo occidental, el cristianismo constituye una
parte importante del acervo cultural, y la vida de Cristo es conocida por la
mayoría de las personas.
Las ideologías
diferentes también constituyen un contexto cultural que hay que tomar en cuenta
para la interpretación exacta de algunas palabras. El torturador o verdugo es
para el ciudadano de la Nueva España del siglo XVI o XVII un ser respetable,
honesto y normal, mientras que en nuestros días es un ser despreciable,
prepotente y clandestino.
Para redondear la
idea, veamos qué implicaciones puede tener para la significación la diferente
formación profesional de una persona. Por ejemplo, la palabra tortura es
interpretada por un psicólogo o un médico como: "padecimiento físico o
moral de alguien, muy intenso y continuado", mientras que para un abogado
o criminólogo, en términos generales será: "La cuestión, ó el acto de
atormentar a un reo con el objeto de arrancarle la confesión del delito que se
le imputa". Aquí la diferente formación profesional constituye un contexto
cultural distinto. Esta formación profesional distinta puede darse, a veces, en
el mismo campo, ya que en cada disciplina hay varias teorías que acuñan su
propia terminología. Es muy importante que tengamos conciencia de este hecho,
para que no nos metamos en discusiones que nunca acaban, sólo porque algunos de
los términos que empleamos significan una cosa para un persona y otra para
otra. Por eso conviene, sobre todo, establecer ahora la interpretación que se
dará al término tortura en esta investigación.
1.2 EL CONCEPTO
DE TORTURA
¿Cuántas veces no
hemos escuchado las palabras tortura o tormento? Muchas más las hemos
utilizado, pero sabemos realmente qué significan, si son sinónimos y a qué se
refieren exactamente.
Etimológicamente, el término tortura
encuentra sus orígenes en la voz latina torquere que devino en "
torcido", mientras que tormento es un cultismo derivado del latín
tormentum, que a su vez viene de torquere. Ambos términos son de cuño antiguo.
Lo cierto es que
aún cuando las voces tormento han sido empleadas desde hace siglos, fecha
parece que no han alcanzado un solo significado, Debemos pues, reducir el campo
de acción.
Si acudimos al
diccionario nos topamos con la noción más generalizada y simple: "Tortura:
Acción y efecto de torturar o atormentar (sic). Dolor, angustia, pena,
aflicción grande" Si observamos que nos dice sobre tormento, la idea,
aunque en principio pareció ilógica, ahora comienza a aclararse:
"Tormento: Acción y efecto de atormentar (sic). Angustia o dolor físico.
Dolor que se le causaba al reo contra el cual había prueba semiplena o
indicios, para obligarle a confesar o declarar". Cabe preguntarnos si
ambas palabras se usan en español con el mismo sentido. María Moliner, en su
Diccionario de usos de español nos da la respuesta. Para ella tortura es el
“... padecimiento muy intenso que le es infligido a alguien como castigo o pena
para hacerle confesar algo". Tormento, en cambio, es el "padecimiento
físico o moral muy intenso y continuado”. Es claro que la diferencia entre un
término y otro es muy sutil y si consultamos cualquier diccionario de sinónimos
veremos que, efectivamente, para usos prácticos, las sutilezas no cuentan y son
considerados sinónimos:
Tormento:
suplicio, martirio, tortura, muerte, padecimiento, dolor, sacrificio, pena,
angustia, sufrimiento...
Tortura :
martirio, tormento, suplicio, padecimiento, dolor, sufrimiento, sacrificio,
muerte, persecución, pena...
Así, tormento y tortura serán dos palabras
que se utilizaran como sinónimos en el transcurso de esta investigación.
1.2.1 SU
DEFINICIÓN
Como he señalado arriba, el contexto
que rodea una palabra (significante) determina su significado. Bastarían
algunos meses o años para que un término mude por completo su significado, casi
siempre en correspondencia con el vaivén político. Veamos, por ejemplo, que el
tormento (como palabra y acto), que para la sociología significa: “Ampliación
de dolores corporales y sufrimientos físicos a los detenidos a quienes se
acusaba de algún delito, con el fin de obtener de ellos la confesión de su
culpabilidad o que declaren los nombres de sus cómplices”, en el antiguo
derecho estaba legalmente reconocido y formaba parte del procedimiento
judicial. Se aplicaba a reos contra quienes sólo existía prueba semiplena o
indicios y se fundaba en la privilegiado valoración de la confesión como medio
de prueba y en la necesidad procesal de obtenerla por cualquier medio. Cabe
recordar que el movimiento reformador del siglo XVIII combatió con energía el
tormento desde un punto de vista humanitario. Fue necesario poner de manifiesto
el precario valor de las declaraciones obtenidas por medio de él y restarle
valor procesal a la confesión para que pudiera extenderse la corriente que
pugnaba por abolir el tormento.
Sin embargo, no
desapareció totalmente de las legislaciones europeas hasta el siglo XIX y
todavía, por desgracia, ofrece lamentables supervivencias, amparadas en la
clandestinidad y en ciertas practicas policíacas legales e ilegales.
Pero volviendo al
tema que nos ocupa, el término tortura ha sido utilizado, sobre todo en los
últimos tiempos, de una manera categórica y uniforme, esto ha motivado que el
vocablo día con día se defina mejor. La carga política que conlleva no le
permite ser tratado con ligereza, vaguedad e imprecisión. Expertos en ciencia
política y juristas realizan innumerables esfuerzos por perfeccionar la
definición "internacional” de tortura que proporcione luz sobre la
cuestión. No debemos olvidar, sin embargo, que al definir algo se deben
establecer las cualidades y caracteres propios de un objeto, Gracias a la
definición concretamos los rasgos esenciales del objeto definido para
diferenciarlo de los objetos que se le parecen. Por eso, no son válidas las
definiciones como: "Tormento: Acción y efecto de atormentar o
atormentarse", tan comunes en prácticamente todos los diccionarios.
Sabemos que la mayor dificultad que
debe librar cualquier definición es la de verificar lo definido y, como podemos
ver, esto no siempre ocurre con el término tortura, Por fortuna se ha ahondado
en la lógica y ahora la definición del término es de carácter y aceptación
universal. Por el momento no me detendré a analizar este punto, pues en el
capítulo 3 de esta investigación se aborda el tema con más detenimiento, Sin
embargo, cabe aclarar, que los intentos por elaborar esta definición universal
han sido francamente fructíferos.
El hecho de que
dentro de la comunidad internacional exista consenso acerca de la definición de
tortura, no es producto de la casualidad. Los intereses que se encuentran en
juego no son poca cosa: se trata de una cuestión de derechos humanos.
1.3 ESPECIES DE
TORTURA.
El hombre para comprender mejor lo que
lo rodea requiere establecer un orden: planificar, clasificar, jerarquizar, son
actividades que la humanidad emprende para combatir el caos natural de las
cosas. En este afán ordenador el hombre clasifica. Entenderé por clasificación
"la distribución de los objetos en clases de acuerdo con la semejanza que
entre ellos exista; la distribución se realiza de tal forma que cada clase
ocupa un lugar fijo exactamente determinado en relación con las demás”.
Los criterios de
clasificación son diversos, podemos atender el tamaño, color, peso, orden
alfabético, etcétera; es decir, que la clasificación goza de un amplio margen
de libertad que no debe tocar nunca lo arbitrario.
Clasificar, como
diría García Maynez, es un problema de perspectiva. Hay tantas clasificaciones
como criterios de división existen, pero la selección de estos criterios no
debe ser caprichosa.
En materia de
tortura los autores que se han ocupado del tema, se han remontado a la
definición primaria y clasifican al fenómeno básicamente en dos tipos:
padecimiento
físico
padecimiento
moral o de la mente
Ambos infligidos
a alguien en busca de arrancarle la confesión del delito que se le imputa.
En el caso del
término tortura, a diferencia del terrorismo o sabotaje, en el renglón de los
criterios clasificatorios, parece imperar la armonía. Así pues, abordaré
individualmente cada tipo:
1.3.1 TORTURA
FÍSICA
Partamos de una
definición de tortura vista desde el derecho:
Torture. To inflict intense pain to body or mind
for pruposes of punishment, or to extract confession or information, or
sadistic pleasure. In old criminal low, the infliction of violent bodily pain upon
a person, by means of the rack, wheel, or other engine, under judicial sanction
and super intendence, in conection with interrogation or examination of the
person, as a means of extorting confession of guilt, or of compelling him to
discloce his accomplices.
La tortura física es una realidad;
ilícita universalmente, se practica ocasionalmente o sistemáticamente por
agentes policiacos. Es una penosa realidad que degrada lo policiaco y envicia
la vida pública porque corrompe la salud del hombre, del acusado. Quienes la
ejercen no se conforman con el cuerpo --sin duda lo más común--, sino que
llegan al alma de los detenidos. Para muchos es un mal necesario, un lubricante
de la máquina logística. Ignacio Carrillo Prieto la llama”... instrumental del
proceso que conduce al castigo y el hombre moderno la encuentra de nuevo y aún
antes de la existencia jurídica plena de su falta. Es un castigo anterior al
castigo... “.
Hemos aprendido a
aceptar el sufrimiento como algo integral de la vida del hombre, sabemos que
jamás podremos erradicarlo del todo e incluso a veces nos regodeamos en la
sensación del dolor; sin embargo, no admitimos que se inflija arbitrariamente a
nuestros semejantes o a nosotros mismos.
El sufrimiento,
el dolor, deben guardarse, sujetarse, contenerse y para eso existen leyes.
En este apartado
no interesa hacer un catálogo de tormentos o de las diferentes muertes que se
viven en la tortura: sumergir al reo en agua, quemarlo completo o en partes,
matarlo de frío y hambre, aplicarle electroshocks, golpearlo, herirlo,
etcétera; lo interesante y fundamental es detectar que la tortura no es un
castigo, como asegura Carrillo Prieto, una pena, pues hay castigo o pena cuando
un juez la impone, fuera de este contexto, el sufrimiento es injuria, abuso, sadismo... todos merecedores de castigo.
La tortura, como
señalé arriba, tiene como objetivo "extract a confession or
information" para inculpar al sujeto de un delito determinado, Sin
embargo, este sistema, como afirmó en su momento Diderot:
Es una invención
segura para perder a un inocente de complexión débil y delicada y salvar a un
culpable que nació robusto. Los que pueden soportar ese suplicio y los que no
tienen bastantes fuerzas para sufrirlo mienten igualmente. El tormento que se
hace sufrir en la tortura es seguro, pero el crimen del hombre que lo sufre no
lo es; ese desdichado al que (se le aplica) tortura se preocupa mucho menos de
declarar lo que sea que de liberarse de lo que siente.
Es claro que la
tortura no cumple con la finalidad para la que esta destinada, que es falso
aquello que se escucha que "en la tortura nadie se acuerda de
mentir". Es lamentable que a un hombre inocente se le arranque la
confesión de un crimen. Es innegable también que la intensidad del dolor o la
flaqueza de la persona hacen confesar al inocente lo que no ha cometido.
Las leyes
compelen a los delitos públicos, pero qué hay de aquellos que se cometen en las
tinieblas, aquellos adornados con la impunidad. El riesgo que existe de
atormentar a un solo inocente debe, y de hecho se hace, valuarse en tanto que
existe la enorme posibilidad de cometer un mas grave atropello.
La definición
incluye una cláusula que espanta; dice que el tormento se implica por
"sadistic pleasure". Aquí, efectivamente, se cumple el cometido, pues
si no se logra una confesión, sí se consigue una diversión o, por lo menos, un
gozo por parte de los torturadores. Esto ha sido abordado por muchos literatos,
que escudados en que la literatura es " ficción", denuncian sin
comprometerse.
Henri Alleg, en
su novela “La tortura”, nos da cuenta perfecta de ello y Franz Kafka, en su
cuento " En la colonia penitenciaria”, no se queda atrás. También la
literatura mexicana cuenta con joyas al respecto en autores como: Vicente Riva
Palacio, José Revueltas, Salvador Elizondo, entre otros.
Veamos el caso de
Kafka:
Durante las
primeras seis horas, el condenado mantiene casi tan vivo como al principio,
sólo sufre dolores. iQue tranquilo se queda el hombre después de la sexta hora!
Hasta el mas estólido comienza a comprender, (...)
El explorador
había sido recomendado por personas muy importantes, había sido recibido con
gran cortesía, y el hecho de que lo hubieran invitado a la ejecución podría
significar que se deseaba conocer su opinión sobre el asunto.
No es menos
impresionante que “Farabeuf”, de Salvador Elizondo, donde el autor se inspiró
en la famosa fotografía de un suplicio chino, el de los "cien
cortes". La imagen del torturado que en ella aparecía le dio la pauta para
escribir su obscuro relato que esta permeado de una belleza perversa que parte
de ese recodo demoniaco (como veremos más adelante con Fromm), de la naturaleza humana, donde coinciden
erotismo y tortura.
Finalmente, la
definición dice que la tortura se aplica también para descubrir a los cómplices
del detenido; pero esto es bastante absurdo pues, como ya se señaló, la tortura
física no es un medio oportuno para descubrir la verdad, entonces ¿cómo se
espera que pueda servir para encontrar supuestos cómplices? Es pueril pensar
que un hombre que se acusa a sí mismo de algo que no cometió no acuse aún con
mas facilidad a otros,
1.3.2 TORTURA
MORAL O DE LA MENTE
Peter Deeley nos brinda al respecto una
definición que no deja margen a la duda: "La tortura de la mente” ha sido
definida como “la imposición de sufrimientos mentales creando un estado de
tensión y angustia por medios diferentes a los ataques físicos.
Hay acercamientos
sociológicos que no son precisamente tan repugnantes como el puñetazo o el
puntapié: un individuo puede ser reducido a una piltrafa sumisa sin que se haya
puesto un dedo sobre él”. Según el mismo autor, y comparto su opinión, nada
resulta más eficaz para producir resultados determinados, que un continuo
ataque a la mente.
A diferencia de
la tortura física, en la de la mente no se puede predecir cuáles serán los
resultados. La primera marca al torturador en que momento debe detenerse -
antes de que muera el acusado - mientras que en la segunda no hay medio para
determinar la agonía mental. Tal vez sea esta la causa de que, según informes,
esta sea menos recurrida que aquella. Pero lo más grave del asunto es que
existen ciertas prácticas policiales, que aunque son generalmente aceptadas,
equivalen a la tortura mental o moral. Tal es el caso de un interrogatorio
prolongado que espera obtener sus resultados del agotamiento físico del
prisionero; o simplemente las amenazas e intimidaciones.
G, van Heuvan
Goedhart, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Proteger a Refugiados y
Presidente de la Corte de Honor holandesa, escribió:
La tortura
sicológica es más efectiva en muchos casos que la física. Esto es sin duda
cierto si la víctima tiene un coeficiente intelectual por arriba del promedio.
Parece que la inteligencia hace la tortura física más tolerable, pero al mismo
tiempo expone más al individuo a la tortura mental.
1. 4 ETIOLOGÍA DE
LA TORTURA: ACEPTACIÓN DE LA VIOLENCIA.
La tarea de
abordar un fenómeno como tortura no puede hacerse de manera aislada,
Necesariamente debemos partir de analizar a la violencia en general, pues de
ella surge.
Aunque así lo
deseemos, la violencia no es excepcional en la vida de los hombres; ha sido una
compañera fiel de la humanidad. No podemos negar lo evidente: no existe una
sola época o lugar que no haya conocido alguna manifestación de violencia en su
desarrollo e historia; nuestro país no es la
excepción, México ha vivido guerras, conquistas, movimientos obreros,
campesinos y estudiantiles en aras de alcanzar y mantener un desarrollo
"moderno".
La violencia
forma parte de la realidad de nuestro ser social e individual, No son pocos los
autores que se han cansado al demostrarlo
Freud señala en
“El malestar en la cultura”, que el ser humano no es un ser manso, que guarda
un gran cúmulo de agresividad y que, bajo circunstancias propicias, el prójimo
bien podría ser la vía para descargar esa agresividad.
De esta
afirmación se desprende la probabilidad, sin duda alta de que los torturadores,
lejos de constituir una monstruosa excepción dentro del conjunto de seres
humanos, sean gente común y corriente y no sádicos o trastornados.
Esta descabellada
hipótesis ya ha sido comprobada.
Recordemos el
caso Milgram.
En 1974, el
psicólogo norteamericano Stanley Milgram demostró que gente en la que el trato
cotidiano no haría sospechar inclinación a la crueldad en la vida diaria, es
capaz de producir dolor a otros si así lo ordena alguien con autoridad.
Para comprobar su
teoría Milgram utilizó civiles, de nivel medio a quienes se instruyó para que
aplicaran una serie de shocks eléctricos a otras personas. Los shocks no eran
reales como tampoco lo eran las víctimas, pero eso no lo sabían los aplicadores
del tormento. Se les indicó que lo que se buscaba era medir los efectos del
castigo. Lo interesante - y a la vez alarmante - fue que la mayoría de ellos,
el 65%. asintieron en usar lo que creían eran niveles de electricidad altamente
peligrosos,
Otro caso digno
de mención es el estudio realizado por Molly Harrower, psicóloga en la
Universidad de Florida, quien en 1976 mandó a expertos que analizaran los
informes sobre los test aplicados a cinco criminales nazis y los compararan con
los informes que se tenían de ocho norteamericanos, supuestamente
"normales", sin revelar cuales eran cuales. Los expertos no pudieron
distinguir a los criminales de los " normales" y dictaminaron que
todos respondían a personalidades ajustadas; es decir, que todos podían ser, si
las circunstancias así lo exigían, torturadores.
La agresión,
parece ser entonces, un rasgo indestructible de la naturaleza humana. Abelardo
Villegas, hablando al respecto, y comentando los trabajos de Konrad Lorenz dice
que:
... Los hombres
siempre e han destruido unos a otros. Ya el hombre de Pekín con hachas
rudimentarias mataba a sus semejantes y los engullía. (...) ahora, por primera
vez, es posible una masacre total por medios artificiales.
Y siguiendo con
Konrad, éste dice en su libro “Sobre la agresión: el prendido mal”, que la
humanidad contemporánea está a punto de autodestruirse porque hay un desface
entre la celeridad con que se transforma el mundo histórico, lleno de peligros,
y el sistema de instintos que nos ha permitido sobrevivir hasta ahora. Para él
la celeridad histórica no ha dado tiempo suficiente a que se adapte el tiempo
biológico.
En sus palabras:
(No sorprende
que) la evolución de los instintos sociales y cosa aún mas importante, las
inhibiciones sociales, no hayan podido avanzar a la par del desarrollo que el
crecimiento de la cultura transmitida por tradición, y principalmente del
adelantamiento material, ha impuesto a la humana.
A esto hay que agregar que para Lorenz
la agresividad cumple un papel central en la supervivencia, porque no es
completamente destructiva, sino que posee una serie de resortes inhibitorios
que la median o regulan: un loba no atacaría nunca a sus crías, un animal feroz
frena su agresividad si anda lejos de su hábitat.
Tiene
posibilidades de fuga, etcétera.
La diferencia
entre Lorenz y Freud es que éste último extrajo la conclusión de que el hombre
está dividido en una dualidad; por un lado posee una pulsión de vida o de deseo
de vivir (en unidades cada vez más grandes) y, por otra, una pulsación opuesta,
que pugna por disolver esas unidades y reducirlas al estado inorgánico inicial.
En otras palabras, para el psicoanálisis junto al Eros (vida) trabaja muda una
pulsión de muerte (Thanatos), en la obra de su disolución. Una parte de esta
pulsión se dirige al mundo exterior y sale convertida en deseo de agredir, de
destruir. Las dos variedades de pulsiones rara vez se presentan por separado.
En el sadismo de esta frente a una liga de esta naturaleza: placer y
destructividad; aspiración al amor y pulsión de destrucción.
Freud no admite
la existencia del mal como algo innato en el ser humano, y menos aún porque se
supone --en la cultura cristiana, al menos--, que Dios lo ha creado a su imagen
y semejanza y no se concibe en Dios la existencia del mal.
Para Konrad, en
cambio, el hombre, como cualquier animal, no está formado sólo por dos
instintos, sino por varios, por lo que él llamaría, incluso, un sistema
flexible de instintos: instintos pequeños al servicio de cuatro fundamentales:
alimentación, reproducción, fuga y agresión. Para este autor, según los
estímulos que se reciban y las situaciones que se vivan, cada instinto se hace
oír.
Otro
psicoanalista que en este momento es oportuno citar es Erich Fromm, quien en su
“Anatomía de la destructividad humana” señala que:
(...) el hombre
difiere del animal por el hecho de ser el único primate que mata y tortura a
miembros de su propia especie sin razón ninguna, biológica ni económica, y siente
satisfacción al hacerlo, En esta agresión “maligna”, la que constituye el
verdadero problema y el peligro para la existencia del hombre como especie.
Aquí Fromm retoma
un concepto de larga tradición en la religión y en la filosofía: el mal. Para
él una cosa es la agresión, que considera biológica y otra la destructividad,
que es agresión maligna, matizada de maldad, que ésta sí es especifica del
hombre. La destructividad proviene del mal y éste es anímico, como lo son
también la ira, las enemistades, las rivalidades. Cuando Fromm señala que la
agresión en la destructividad es maligna, se refiere a que e demoniaca, porque
el demonio es quien provee los vicios al cuerpo que no los tiene. Aquí coincide
con San Agustín quien hace una distinción entre los vicios que nos provienen de
la mente y los que provienen del ánimo (alma),
Pero independientemente de qué postura
tomemos, lo cierto es que la inclinación agresiva es una disposición autónoma,
originaria del ser humano que encuentra en la cultura (religión, derecho,
moral, etcétera) su obstáculo poderoso.
Retomando a Freud diré que la agresión
es el retoño de pulsión de muerte que esta junto al Eros y que comparte éste el
gobierno del universo.
La cultura norma la lucha entre Eros y
Thanatos; vida y muerte; destrucción y desarrollo. Esta lucha es el contenido
esencial de la vida en general y el desarrollo cultural es fruto de esta
contienda.
Ahora, una de las características
fundamentales de la violencia es su instrumentalidad. Como lo ha afirmado Julio
Barreiro, la violencia en sí misma no existe. Su utilización o empleo ha de
orientarse necesariamente hacia la consecución de un fin, ya mediato, inmediato
o remoto. Walter Benjamín refuerza esta misma idea al afirmar que la violencia
"... sólo puede ser buscada en el reino de los medios y no en el de los
fines" y esto en absoluto se traiciona con lo planteado por Freud, Lorenz
o Fromm.
Hannah Arendt
comparte también este criterio y se aventura a afirmar que "la violencia
por naturaleza es instrumental ".
A estas alturas
se comprenderá que el estudio de la tortura reviste una enorme complejidad, y
por eso a interesado a filósofos, juristas, sociólogos, psicólogos y analistas,
entre otros. Todos intentan, desde sus ámbitos, esclarecer el fenómeno, tomando
conciencia de él, aunque esta toma de conciencia sea amarga.
1.5 ACTITUDES
FRENTE A LA TORTURA
Hay varias
maneras de abordar el tema, desde la dualidad: los que están a favor de ella y
los que están en contra, o desde la perspectiva del torturado y del espectador,
ya sea pasivo o activo. yo utilizaré esta última manera de abordar el tema.
1.5.1 EL
TORTURADOR: SÁDICO O ARCÁNGEL
“(...) ¿Qué son
estos verdugos?, ¿Sádicos? ¿Arcángeles irritados?, ¿Señores de la Guerra, de
terribles caprichos?, Si hubiera que creerles,
serían todo al mismo tiempo". Pero precisamente quienes han padecido
tortura no les creen, Nenri Alleg, escritor francés que sufrió tormento en una
prisión de Argel, considera que sus verdugos querían convencerse y convencer a
la víctima de su poder total. Es cierto que estos tiranos pueden llegar a ser
superhombres ante la debilidad de aquellos que tienen a su merced; están
convencidos de su alta responsabilidad: ser severos y fuertes para lograr
domesticar a la peor de las bestias, la bestia humana. Son semidioses, de raza
muy distinta a la de los frágiles mortales: se creen indestructibles,
invulnerables.
Ellos se
consideran trabajadores al servicio del Estado su parte más delicada:
salvaguardarlo a toda costa, al precio que sea. Después de leer cualquier
novela o cuento toque el tema, uno se da perfecta cuenta de que los
torturadores están materialmente desbordados por su tarea:
Ir... me arrastró
hasta la primera habitación donde se hallaban la tabla y el magneto. Tuve
tiempo de ver a un musulmán desnudo al que hacían levantar a puntapiés y correr
hacia el pasillo, Mientras Ir... y Cha...
y los demás se ocupaban de mí, el resto del grupo había proseguido su
“trabajo” con la tabla y el magneto, Habían interrogado a un sospechoso para no
perder tiempo.
A veces sucede
que tienen que representar un papel tranquilo, como el que representan en la
vida cotidiana; nadie adivinaría que son capaces de hacer lo que hace; otras
martirizan un cuerpo, corren, juran y gritan de rabia...
Gibson y
Haritos-Fatouros, psicólogos expertos en la "obediencia ciega" de los
torturadores, aseguran al respecto que:
... Los
torturadores tienen personalidades normales. Cualquiera de nosotros, en una
situación similar, sería capaz de la misma crueldad. Probablemente no pueda entenderse
a un sádico trastornado para ser un torturador o asesino eficaz. Tiene que
estar en completo control cuando realiza su trabajo.
Son gente que
gusta del trabajo bien hecho; y si es necesario, llevaran su conciencia
profesional hasta el asesinato; la inflexibilidad los domina.
En unos cuantos
rasgos Alleg describe a los torturadores y las etapas de metamórfosis que
sufren:
Hay los mas
jóvenes, impotentes y trastornados que murmuran: “es horrible”, cuando alumbran
con su linterna a un ajusticiado. Después están los ayudantes de los verdugos,
aquellos que aún no participan directamente en el asunto. Estos sólo sostienen
y transportan a los prisioneros. Los hay endurecidos y otros que no lo están
todavía; pero todos están ya presos en el engranaje, todos son ya
imperdonables.
Después describe a los especialistas, a
los "guapos'” aquellos que hacen todos los trabajos, lo que gozan ante los
espasmos de un electrocutado.
Ninguno de estos
hombres existe por si mismo, unos dependen de otros, en cadena, y todos dependen del, torturado, éste es su
razón de ser.
En la tortura los
individuos no cuentan: unos y otros se irán y serán sustituidos por otros. Lo
que queda es la violencia, el odio repetido por sistema.
El torturador se
justifica alegando que más vale torturar a
un hombre si su confesión permite salvar centenares de vidas.
La tortura es
clandestina, pero pretende combatir delitos clandestinos: una mano que arroja
una bomba, un desplegado que ofende, sin firma; un disparo que nadie sabe de
donde vino, etcétera. No hay detenido flagrante, por eso hay que obligarlos a
hablar.
1.5.2. EL
TORTURADO.
Es el elegido, el
mesías en la pasión. La mayor parte de los torturados no dicen -confiesan-
nada, porque no tienen nada que decir, a menos que consientan, obligados por el
sufrimiento, en hacer falsas declaraciones, o en declararse culpables
gratuitamente de un crimen. En lo que se refiere a aquellos que tendrían algo
que confesar, se sabe bien que esos no hablan, o casi ninguno lo hace.
La víctima no tiene nombre, no tiene
cara, no tiene identidad. Simplemente es la "elegida "; mesías
redentor. ¿Qué sentido tiene todo eso? Simple: la víctima, que ha sido
martirizada en nuestro nombre (nación, seguridad, patria, progreso,
estabilidad...), si supera el dolor, logra que recobremos, al fin, un poco de
nuestro orgullo.
Sartre diría: "... la víctima nos
libera, al permitirnos descubrir que, como ella misma, tenemos el poder y el
deber de resistirlo todo".
Digo esto porque
el papel que desempeñamos es fortuito: según la ocasión, no importa quién, no
importa cuándo, el " elegido " se convertirá en víctima o en verdugo.
Y no sabemos cuando los papeles se intercambiarán.
No es fácil juzgar ni a unos ni a
otros: Víctima y verdugo no son más que una imagen grotesca de nuestra propia
imagen. ¿Cómo saber que haré si mis
amigos, mis compañeros, mis jefes, torturan al enemigo?, Nadie está seguro si
hablará ayudado por el tormento. Cabe preguntarnos: ¿yo hablare?.
Muchas veces
hemos escuchado que cuando la víctima calla, soporta el suplicio, todo se
salva; pero cuando habla, cuando el dolor es más poderoso que ella y le arranca
sus palabras de la carne, nadie tiene derecho a juzgarle, ni siquiera aquellos
que lo soportaron todo.
De las víctimas,
en general, se sabe poco, se conoce aún menos, acaso los gritos, las heridas,
los sufrimientos. . .
El torturado
considera el tormento como algo diabólico, dantesco, inhumano, pero no es así.
Después de haber leído a Freud, a Fromm, a Lorenz, a los criminólogos expertos,
no nos queda más que coincidir con Sartre en que:
... la tortura no
es inhumana; es simplemente un crimen innoble y crapuloso, cometido por hombres
y que los demás hombres pueden y deben reprimir. Lo inhumano no existe en
ninguna parte, salvo en las pesadillas que engendra el miedo.
1.5.3. EL
ESPECTADOR
Todos hemos sido
espectadores (pasivos o activos, presentes ausentes) de actos de tortura, Dos
actitudes son más comunes ante el hecho. la aceptación de su existencia, con la
resignación del silencio, y la denuncia, ahora más concurrida que nunca.
Para Gabriel
Marcel, escritor francés, sólo hay dos posturas,"... los que aprueban o
admiten y los que reprueban y vomitan de asco. (Y agrega) Estimo que uno se
deshonra al guardar silencio en presencia de estos horrores". Aunque terriblemente
duro, yo estoy de acuerdo con él cuando sentencia, estricto y riguroso, al
espectador. Considera que también éste es un torturador, un sádico si no
denuncia, porque, " Lo que el hace (el torturador), nosotros lo hacemos
(el espectador) en la medida en que consentimos en ello, Y callar es
consentir".
Pero no es fácil
denunciar, la tortura es un tema vedado, nadie hable de ella, o casi nadie, A
veces, algunos hilillos de voz se infiltran en el silencio y nos abofetean el
miedo y la cobardía, la displicencia y la abulia.
Sartre coincide
con Marcel cuando asegura que " y qué es lo que nos distinguía de esos
sádicos? Nada, puesto que callábamos, "
En términos
generales hay consenso en la indignación, Sin embargo, así, excluida, pero
aplicada sistemáticamente, atrás de la fachada de la legalidad democrática, la
tortura puede definirse como una institución semiclandestina, producto de
múltiples causas: racismo, complots, nacional, etcétera, y siempre se traduce
en
malestar : ¿de
que servirá inquietar o incluso lograr concientizar a los verdugos? Si alguno,
como Judas, se arrepiente, acabará ahorcado en sus remordimientos y sus jefes
lo reemplazarán por otro. Lo terrible, dadas las circunstancias, es que no
basta castigar o reeducar a algunos individuos, la tortura se ha impuesto ya
por sí misma en la vida y en el desarrollo del hombre.
Y en el caso de
México, cabe ahora parafrasear a Voltaire: “Después de esto, preguntamos por
qué el tormento sigue aplicándose en Francia (México), que goza fama de ser una
nación humanitaria y de costumbres apacibles.”
CAPITULO II
2. LA TORTURA EN
LA HISTORIA
La persistencia
del uso de muy variadas modalidades, en casi todos los pueblos y todas las
épocas, nos hace pensar que la tortura es un fenómeno originado por impulsos y
sentimientos profundamente arraigados en el alma de los hombres, Por lo que es
muy probable que su aparición se remonte más allá del instante en que estos
empezaron a dejar testimonios de su progreso cultural.
Saber cuándo,
como y por que el ser humano empezó a
torturar a sus semejantes se antoja una tarea imposible; tanto como la de
eliminar para siempre de la faz de la tierra tan aberrante práctica. Sin
embargo, cada vez crece entre los pueblos la convicción de que debe desaparecer
tal conducta por inhumana y amoral. Otra convicción generada por la misma causa
seria que en la medida que sean descubiertas y divulgadas las motivaciones, las
técnicas aplicadas y sobre todo las consecuencias de su empleo, se irán creando
las condiciones para terminar con ella. En el presente capítulo me propongo
efectuar un seguimiento analítico de la evolución histórica que ha tenido la
tortura dentro de las civilizaciones más destacadas desde la antigüedad hasta
la época moderna.
Conviene aclarar
que no será objeto de este trabajo definir y precisar el concepto de tortura,
puesto que ya se hizo en el primer capítulo de esta tesis, Lo que sí resulta
pertinente delimitar, como marco de referencia, es a qué tipo de tortura se
abocará esta investigación.
No será al tipo de
tortura aplicada a un prisionero de guerra por el vencedor ebrio de impulsos
destructores y sediento de sangre; tampoco a la infligida por salteadores y
ladrones que llegan a "aserrar los dedos. Quemar los pies y torturar de
varias maneras" a sus víctimas renuentes a confesar dónde guardan sus
riquezas; ni a la que sufren infinidad de niños a manos de sus padres o tutores
neurotizados e incapaces de proporcionarles un trato digno y humano. No es mi
interés abordar éstas ni otras modalidades de tortura que se les parezcan.
Concretamente, la
que habré de analizar en estas páginas será la que se ejerce en personas
sujetas a investigación. Es decir, la tortura que es producto de una supuesta
impartición de justicia.
Obviamente, el
elemento jurídico será el tamiz a través del cual se efectúe este escrutinio;
sin menospreciar otros que acaso tengan poco que ver con las ciencias del
derecho, tales como las artes plásticas o la literatura que en su afán por
recrear la realidad llegan a registrar con fiel aproximación casos específicos
de tortura.
2.1 LA TORTURA EN
LOS PUEBLOS ANTIGUOS.
Uno de los más
serios problemas que enfrentan un investigador al rastrear a lo largo de la
historia el uso de la tortura, lo constituye la escasez de fuentes y
testimonios que le permitan saber cuáles pueblos la practicaron y bajo qué
condiciones
Inclusive, esa es
la razón por la que resulta imposible precisar cuál fue el momento y el sitio
donde apareció,
Quizá la
hipótesis más aproximada a su origen sea la de estudiosos como Pietro Verri,
quien afirma que la tortura es "tan antigua cuanto lo es en el hombre el
sentimiento de dominar con despotismo a otros hombres, cuanto lo es (...) el
instinto de extender sus acciones a medida más bien de sus posibilidades que la
razón”.
No fue sino hasta
que apareció la escritura, al inicio del segundo milenio antes de Cristo, que
se empezaron a registrar en rudimentarios caracteres las primeras noticias
acerca del empleo de la tortura como un medio para lograr
justicia,
Es probable que
ya desde antes de que el rey babilonio Hamurabi, hacia el siglo XVIII a. C.,
estableciera en su famoso Código las disposiciones jurídicas más antiguas que
conocemos, otros pueblos se hayan valido, como los babilonios, del tormento
físico para sancionar las faltar a una normatividad determinada, aunque no
dispusieran de leyes escritas. Y si pocos fueron los pueblos antiguos que
plasmaron por escrito ese tipo de pormenores de sus actos cotidianos, menos aún
fueron los que desarrollaron un sistema de justicia basado en leyes apegadas a
criterios civilizados. Las dos culturas antiguas que más lograron desarrollar
formas de vida avanzada fueron la griega y la romana, en tanto que la gran
mayoría de pueblos subsistían bajo formas menos desarrolladas y algunas
cercanas incluso de la barbarie. Ante este horizonte, conviene dedicar mayor
atención a dichas culturas para examinar el fenómeno de la tortura en la
antigüedad.
2.1.1 GRECIA.
Como se sabe, el
pueblo griego fue uno de los iniciadores del proceso de culturización de la
humanidad. Diversos factores que no viene al caso revisar aquí dieron a los
griegos la posibilidad de emprender un desarrollo que a la larga quedaría como
la base de toda la cultura occidental. Uno de ellos indudablemente fue el
alfabeto que los griegos tomaron de la cultura fenicia durante el décimo siglo
antes de Cristo, y que supieron adaptar a sus necesidades de comunicación
escrita y mejorarlo posteriormente para hacer de él un poderoso instrumento de
progreso y civilización, La clase aristocrática en el poder fue la que mejor
supo aprovecharlo para mantener su dominio ante las demás. Así, en la Esparta
del siglo VII a. C., Licurgo redactó la primera Constitución Política del mundo
griego, la cual sirvió de modelo para las legislaciones posteriores con las que
se regirían las múltiples polis o ciudades - estado.
Ese mismo siglo
vio nacer en Atenas una de las legislaciones más allegadas al fenómeno de la
tortura cuando, luego de un intento de rebelión popular. Dracón fue designado
legislador extraordinario; el código que redactó fue tan severo - incluía
disposiciones que iban desde la tortura por azotes hasta la pena de muerte -
que aún hoy, cuando una ley impone un castigo cruel, suele decirse de ella que
es una "ley draconiana", en honor del citado gobernante ateniense.
Pero no sólo hubo legisladores de mano
dura en la Grecia clásica; otros llegaron, como Solón en la Atenas del
principio del siglo VI a. C., para implantar leyes progresistas que tendían al
humanismo. Fue así como poco a poco la conjugación de diversas tendencias dio a
la Grecia antigua instrumentos legales cada vez más afinados con los que se
impartía la justicia de aquellos días. La práctica de la democracia entre los
griegos - otra de sus grandes aportaciones a la cultura humana - permitía que
en los procesos penales participaran directamente los ciudadanos en el
ejercicio de la acusación y la jurisdicción; proceso en el que el Estado muy
poco o nada tenía que ver. Las leyes griegas admitían la aplicación de la
tortura pero sólo a los esclavos y a los metecos (extranjeros) por considerar
los seres carentes de calidad moral o cívica en los cuales confiar; no así a
los hombres libres, Por lo común, los juicios se realizaban en el ágora, donde
el pueblo ventilaba públicamente todos los asuntos que le atañían. Allí se
efectuaba un debate entre los involucrados en la comisión del acto ilícito,
luego del cual se daba la sentencia y, en dado caso, se procedía a torturar al
inculpado allí mismo, por lo que los tormentos no llegaban a los grados de
crueldad y sadismo alcanzados en otros pueblos.
Por lo que
respecta a los ejemplos de tortura que las letras griegas nos ofrecen, podemos
mencionar la tragedia de Esquilo “Prometeo encadenado”, en la que Zeus, padre
de los dioses, castiga al semidiós Prometeo por entregar a los hombres el
secreto del fuego y lo condena a sufrir tortura eterna encadenado a las rocas
del Cáucaso, donde un águila le devorara para siempre las entrañas. Desde luego
que estamos ante un caso simbólico en el que predomina la poesía, sin embargo
hay que reconocer que en él esta la idea matriz, aunque en sentido figurado,
que representa la esencia del pensamiento griego de que si los dioses pueden
torturar y ser torturados, con mayor razón los hombres que son creación divina.
Otro caso mucha mas terrenal que el anterior lo presento Sófocles en su
tragedia “Antígona” cuando Creón, tiránico rey de Tebas, condena a su sobrina,
cuyo nombre da titulo a la obra, a ser sepultada viva en castigo por
desobedecer su mandato que prohibía dar sepultura a Polinice, hermano de la
heroína muerto al atacar la ciudad, También en las comedias de Aristófanes esta
presente el elemento de la tortura, pues sus piezas, aparentemente llenas de
jocosidad y sátira desbordada, encierran una radiografía bastante fiel del
comportamiento de los atenienses de los siglos IV y III a. C., época culminante
de la cultura griega.
Por ejemplo, en
"Las ranas" se da el diálogo siguiente: "- Jantías: [...]Toma a
este esclavo y somételo a tormento, y si alcanzas a saber que yo en algo fui
culpable, bien puedes darme la muerte, - Eaco: ¿y cómo lo someto a tormento?, - Jantías: De todo modo
posible: amárralo a una escalera, cuélgalo, azótalo con un chicote de puntas,
descuéllalo, tuerce sus miembros, Échale vinagre en las narices y cárgalo de
tabiques... todo, todo lo que quieras, pero no lo vayas a azotar con ajos y con
rabos de cebolla."
2.1.2. ROMA
Si bien Roma fue
heredera directa de los grandes logros griegos - artes, religión, prácticas
socio-políticas, etcétera - no sería justo negar a los romanos sus propias
capacidades de generar una cultura en ascenso. Así como los griegos nos legaron
las nociones universales de arte y democracia, los romanos aportaron a la
humanidad la jurisprudencia, considerada por muchos como el más sólido
fundamento de la vida civilizada.
Ya desde el
período monárquico, entre los siglos VIII y VI a. C., en Roma se realizaban
procesos de tipo acusatorio, con mayor razón durante la República y el Imperio.
Y al igual que en las polis griegas, la tortura sólo se empleaba con los
esclavos y los extranjeros y la justificaban con los mismos argumentos que los
griegos: solamente los hombres libres gozaban de calidad moral y civil, por lo
tanto era posible dar crédito a su palabra durante un juicio sin la necesidad
de torturarlos.
Pero a diferencia de los griegos, los
romanos no aplicaban la tortura sólo como pena, es decir, luego de que era
dictado un veredicto que declaraba culpable al acusado. En Roma se torturaba a
esclavos y a bárbaros (extranjeros) bajo el argumento de inquisitio veritatis
per tormenta, lo cual no significa otra cosa que "investigar la verdad
mediante la tortura". Este hecho vino a marcar un cambio importantísimo en
su práctica, ya que se asistía al nacimiento de la tortura como medio para
lograr la confesión necesaria para inculpar al enjuiciado. O sea que la tortura
en este caso no era un castigo promovido por la culpabilidad, sino un castigo
previo al probable castigo. Al tormento aplicado durante un juicio los romanos
le llamaron questio, y las confesiones de los esclavos y extranjeros carecían
de valor legal si no eran obtenidas por medio del castigo físico. Otra
diferencia con respecto a los griegos era que, además de públicamente, se podía
torturar en privado; la pública era supervisada por el quaesitor y ejecutada
por el tortor; podía realizarse en casa del dueño de los esclavos en presencia
de las partes y de siete testigos, en tanto que la privada era permitida a los
dueños de los esclavos en caso de conflictos domésticos, aunque esta modalidad
comenzó a desaparecer a partir de la República y prácticamente quedó suprimida
durante el Imperio. A partir del siglo II a. C., el proceso romano se alteró
notoriamente al ser responsabilidad de los jueces la instrucción preliminar, la
cual era secreta y por escrito. Con ello se inauguró el sistema de tipo
"inquisitivo" y fue posible entonces someter a tortura a los acusados
de crimen majestatis, siendo personas libres de nacimiento, Esto se debió a que
el crimen político de Estado comenzó a tomarse como sacrilegio ante el cual no
era posible ofrecer garantías ni ponerse límites a su castigo si se deseaba
conservar la integridad y el poder del Imperio. A partir de ese momento se fue
generalizando, en todos los procesos y ante cualquier delito, el uso de la
tortura para obtener una confesión, llegándose al extremo de torturar incluso a
los testigos. Tales excesos trajeron como consecuencia reacciones en contra de
la tortura por considerarla ineficaz para los fines que perseguía. Personalidades
tan elevadas como Cicerón, Séneca, Quintiliano o Tertuliano objetaron su uso
con argumentos por demás contundentes.
El primero, en su
Oratio pro Lucio Cornelio Syla expone sus razones por las que la considera
"dominada por el sufrimiento, gobernada por la complexión de cada uno, de
su ánimo como de sus miembros; la corrompe la
esperanza, la debilita el temor, de suerte que en medio de tantas angustias no
queda ningún lugar para la verdad". Séneca afirmaba que "el dolor a
los inocentes obliga a mentir", Quintiliano suponía que con ella se
obtenían "declaraciones falsas, porque mienten quienes la resisten
callando y mienten los débiles que hablan a la fuerza". Tertuliano se
opuso a la tortura de cristianos porque no se les atormentaba para obtener una
confesión sino para hacerles renegar de sus ideas religiosas, y con ello lo
único que se lograba era hacerlos rechazar su fe sólo para terminar los
tormentos.
Sin duda, el
Digesto de Justiniano titulado De quaestionibus es el texto romano más
ilustrativo en el cual se establecieron con toda precisión y claridad las condiciones de la tortura, fijando sus
límites y previniendo de sus peligros para fines probatorios. En él se fijan
las reglas para esclarecer los delitos mediante la tortura, e indica que sólo
se debía recurrir a ella cuando recaían sobre el acusado vehementes sospechas y
se hubieran agotado todos los recursos. La forma de aplicar la tortura quedaba
al prudente arbitrio de los jueces; los menores no podían ser torturados para
obtener pruebas contra otra persona; se podía torturar a los esclavos en
asuntos contra sus dueños por cuestiones de adulterio, de fraude cometido en el
censo
o del delito de lesa majestad; se eximia de
la tortura, los militares y veteranos y a sus hijos, así como a los descendientes
de varones ilustres hasta sus bisnietos, siempre que no hubiera ninguna mancha
sobre su honor.
Como podemos
inferir, todas estas alusiones a la práctica de la tortura en la nación mas
civilizada de la antigüedad demuestran que si bien los romanos no supieron
evitar su uso, al menos procuraron darle un cause legal en correspondencia con
las situaciones socio-políticas que les tocó vivir.
2.2 LA TORTURA EN
LA EDAD MEDIA.
Por cuestiones practicas, se considera
que la Edad Media abarca el largo periodo que va de la caída del Imperio Romano
de Occidente, a mediados del siglo V de nuestra era, hasta la toma de Bizancio
por los turcos en el siglo XV, es decir mil años en los que, obviamente,
ocurrieron un sin fin de sucesos, aunque casi todos los historiadores afirmen
que se trató del máximo período oscurantista y lleguen a referirse a esa etapa
como una "larga noche milenaria". Lo cierto es que al caer el Imperio
Romano, éste ya se hallaba dividido en Sacro Imperio de Oriente, con sede en
Bizancio (también conocida entonces como Constantinopla, hoy Estambul, Turquía)
y Sacro Imperio de Occidente, cuya capital siguió siendo Roma. Ambas ciudades y
todos los territorios sometidos a ellas, que prácticamente abarcaban casi toda
Europa, quedaron en poder de los otrora acérrimos enemigos de Roma conocidos
como "bárbaros“ esto es, tribus de origen germánico (godos, visigodos,
bándalos, alanos, etcétera) que durante siglos habían rivalizado con los
romanos por el dominio del centro de Europa. Al tomar posesión de su inmenso
botín, los germanos conservaron casi intactas buena parte de las estructuras e
instituciones romanas, debido sencillamente a la superioridad cultural de los
derrotados. No sucedió lo mismo con la manera de impartir justicia. En el
Imperio de Occidente se implantó la costumbre germánica; en tanto que en el de
Oriente se siguió empleando el sistema del antiguo Imperio, con lo que se
mantuvo en práctica la tortura guiada por las viejas leyes romanas que incluían
a los hombres libres.
2.2.1. EUROPA.
El sistema
impuesto por los germanos durante la Edad Media en Europa occidental fue el que
provenía de sociedades primitivas germanas, que consistía en determinar la
culpabilidad o inocencia del acusado mediante el juramento o los llamados “Juicios de Dios" u ordalías. Tales juicios
se realizaban mediante el duelo judicial cuando éste procedía por la calidad de
las personas; o las del "agua hirviente", donde se sumergía el brazo
del acusado y se le consideraba inocente si lo sacaba ileso; del "agua
fría”, donde se le arrojaba a sitios profundos y era considerado culpable si no
se hundía; del fuego o del hierro candente, con los que se mostraba su
inocencia si no se quemaban.
Se entenderá por
qué con estos "medios probatorios" no hacía falta torturar a los
inculpados y ni siquiera la confesión. No obstante, al parecer, aún en estas
condiciones los esclavos seguían siendo sujetos de tortura, mientras que para
los hombres libres se instituyó la Lex Wisigothorum, que establecía los
pormenores en caso de tortura a hombres libres, emancipados o esclavos. La
tortura de un hombre libre debía ser presenciada por gente "honesta"
y no podía exceder de tres días. Se debía cuidar de no causar la muerte al
torturado ni afectarle permanentemente algún miembro. En caso de muerte por
causas de tortura, el juez era entregado a los familiares del difunto para que
se vengaran del mismo modo, Si se probaba que la muerte no había sido producida
por el tormento, aquél debía pagar quinientos sueldos a los deudos, de lo
contrario pasaba a ser su esclavo.
Para los
emancipados había disposiciones según su estatus económico y regían las mismas
normas que para los libres, salvo en caso de graves consecuencias a raíz de la
tortura; si un emancipado quedaba impedido de algún miembro, el juez tenia que
pagar 200 o 100 sueldos, según el estatus superior o inferior del torturado.
Los esclavos debían ser presentados por su dueño a solicitud del juez, si no lo
hacía era encarcelado hasta que lo presentara, Un esclavo no podía ser
torturado para declarar contra su dueño, a menos de que se tratase de
adulterios, delitos contra el rey o la patria, de falsificación de moneda o de
brujería. Si un esclavo torturado resultaba tullido, el acusador tenia que
pagar su valor al dueño y el esclavo quedaba emancipado. Si moría, el juez lo
debía reponer a su dueño. Para los esclavos también rigió en esa etapa la Lex
Francorum Saliorum, reglamentaba la tortura a esclavos acusados de hurto; se
los sometía a ella si no confesaban su delito, y si lo hacían durante el castigo
eran sentenciado a castración.
Una de las
instituciones de origen romano respetada por los germanos fue la Iglesia Católica y su pontificado, el cual se constituyó en poder político
paralelo, y a veces superior, al de los reyes de toda Europa. En numerosas
ocasiones era el Papa quien dictaba las políticas a seguir en reinos enteros;
inclusive el Papa en turno movía en frecuencia los hilos para el ascenso o la
caída de reyes y reinas. En consecuencia, la impartición de la justicia quedó
en manos de la iglesia, lo mismo que la educación y la cultura. Con lo cual
tuvo el control absoluto de la sociedad europea durante siglos. A principios
del siglo XIII el papa Inocencio III implantó el sistema del proceso
inquisitivo, según el cual se podía proceder sin necesidad de acusador en
nombre de la "utilidad pública”. Esta medida, que revivió viejas prácticas
de persecución contra paganos y herejes practicada ya por los emperadores
Teodosio II y Justiniano en el siglo V, estaba dirigida fundamentalmente contra
el movimiento albigense del sur de Francia. Durante esta etapa se registró un
rápido incremento de las leyes seculares contra la herejía, con las cuales en
casi toda Europa se volvió "normal" que los herejes terminaran sus
días en la hoguera, después de sufrir espantosos tormentos a manos de los
“inquisidores”, palabra que desde entonces y hasta el siglo XVIII infundía
terror entre quienes la escuchaban.
Con esa
aportación de Inocencio III se abría uno de los capítulos más extensos y
macabros de la práctica de la tortura, Y aunque el poder demoledor del Tribunal
del Santo Oficio llegó a actuar en muchas partes del mundo, fue España el país
que durante más tiempo y con mayor grado de organización, recursos y terror
sufrió su implacable actuación.
2.2.2 ESPAÑA
La Edad Media
transcurrió en España bajo el signo de las convulsiones causadas por diversas
guerras de invasión y reconquista, Podemos decir que durante ese período se fue
conformando la base de la nación española que surgió en el fin del medievo. Al
iniciar dicho período, en el siglo V, convivían en España diversos grupos
provenientes de la mezcla paulatina que desde muchos siglos atrás se fue
gestando: celtas, iberos, fenicios, beréberes, griegos, hebreos y romanos. Al
caer Roma en poder de los bárbaros vino una invasión más: la de los godos y
visigodos, que más que imponer su cultura llegaron a adoptar la que ya existía
en la península, y que era mayormente la impuesta por las legiones romanas. En
los albores del siglo VIII tocó a los árabes del norte de África invadir la
península. Desde ese mismo momento, los diversos reinos que ya existían en
territorio peninsular, ligados políticamente al poder de la Iglesia Católica y
su papado, emprendieron la guerra de Reconquista para expulsar a los árabes de
tierra ibérica, guerra que duró casi ochocientos años para lograr su fin.
Una permanencia tan larga de una
cultura tan rica y avanzada en aquella época, como lo era la arábiga,
obviamente tenia que ejercer una influencia muy marcada en la cultura española;
quizá el Unico ámbito que permaneció fuera del alcance del influjo árabe fue la
religión, que en cierto modo fue el motor principal que impulsó a los
peninsulares a expulsar a los moros; hecho que lograron hasta finales del siglo
XV, en plena transición de la Edad Media hacia el Renacimiento, y con el cual
se inaugura la noción de España como patria unificada.
Muy probablemente
algo tuvo que ver la gran confluencia racial y cultural en un territorio tan
relativamente pequeño para que se dieran enfrentamientos y rencores entre
quienes habitaban la península; y no me refiero a los derivados de las guerras,
sino a los primeros siglos del presente milenio.
En materia de
tortura, como parte integrante del Sacro Imperio Germano Románico, la España
medieval aceptó los mandatos de la Lex Wisigthorum. Para mediados del siglo
XIII, el monarca Alfonso X, el Sabio, justificó el tormento a los delincuentes;
basándose en dicha legislación redactó numerosas partidas para impartir
justicia, entre las que figuran nueve leyes que permitían a los jueces
“hiciesen tormentar a los hombres, porque pudiesen saber verdad de ellos. Estos
castigos consistían en azotar y colgar a los acusados de brazos y piernas. Este
tipo de torturas eran autorizadas para obtener confesión si el delito cometido
merecía pena de muerte o mutilación, siempre que se contara con presunciones
fundadas sobre la culpabilidad de los reos. Se empleaba también la tortura para
descubrir a los cómplices del inculpado, a menos de que se tratara de
familiares de éste o hubiesen sido libertos o libertadores de ellos.
En la primera
mitad del siglo XIII el papado construyó los sólidos cimientos de la
organización conocida como " Inquisición, medio siglo bastó para crear el
extenso y complejo sistema que hacía falta a la Iglesia Católica para combatir
a los herejes enemigos de la fe. Su independencia era total y contaba con el
apoyo de la autoridad secular. Poseía sus prisiones y actuaba dentro de un
hermetismo absoluto. Y aunque algunos sectores de la Iglesia se opusieron durante
décadas al uso de la tortura en los procesos inquisitoriales, finalmente fue
autorizado su empleo por una bula pontificia de 1252.
Los ordenamientos
legales de Inocencio III y su cruzada contra los albigenses repercutieron en
España mas que en ningún otro país. La instauración del primer tribunal del
Santo Oficio de la Inquisición se dio en Cartilla hacia 1480 y, al igual que en
el resto de Europa, su principal función fue el ajuste de cuentas a los
enemigos de fe católica, en especial contra los de origen musulmán y hebreo. Es
indudable que en esto tuvo mucho que ver el problema racial que se mencionó
antes.
Con el tiempo
llegaron a funcionar hasta quince tribunales de la Inquisición repartidos por
todo el territorio de la península. Todos ellos trabajando sin descanso y con
gran eficacia contra los herejes y demás enemigos de Dios y de la Iglesia. La
histeria antijudía ya latente desde siglos atrás ocasionó que los calabozos del
Santo Oficio estuvieran casi siempre rebosantes de “marranos”, como llamaban
los peninsulares a los judíos. Las leyes bajo las que actuaban los inquisidores
fueron cuidadosamente elaboradas para establecer los detalles del proceso
"audición del tormento" le llamaban.
Un enjuiciamiento
inquisitorial se iniciaba por una delación, por rumores públicos por difamación
de algún vecino o por hallarse escritos u objetos sospechosos.
La detención era
ejecutada por el alguacil y un grupo de guardias armados, a quien acompañaba un
escribano para levantar el acta de detención y registrar los bienes del
detenido, La "evidencia" se sometía a los calificadores del tribunal,
quienes determinaban si la persecución y detención estaba justificada o no; en
caso de proceder, al acusado se le conducía a una prisión secreta de la
Inquisición. Nunca se le daba a conocer el delito que se le imputaba ni la
identidad de sus acusadores, Si el delito que se le imputaba ni la identidad de
sus acusadores. Si el delito fuera grave, de inmediato se le confiscaban todos
sus bienes, que pasaban a manos de la "santa" institución. Años
llegaban a transcurrir entre la detención del acusado y la notificación del
cargo en su contra. Aunque recién ingresaba a prisión, al detenido se le
conminaba a manifestar la razón de su arresto, a que confesara todos sus
pecados y a que rezara, La tortura procedía sólo después de una serie de
formalidades procesales que culminaban con la "consulta de fe", o sea
la deliberación entre el inquisidor, el obispo o un representante Y a veces uno
o dos peritos en teología o derecho, y se efectuaba sólo si las pruebas no eran
satisfactorias o si existía duda por alguna razón: el acusado era incongruente
en sus declaraciones, el acusado hacía sólo una declaración parcial, reconocía
su mala acción pero negaba su intención herética, la "evidencia" con
que se contaba era " defectuosa”, etcétera.
Al acusado so
sólo se le atormentaba para hacerlo confesar – aunque esa era la razón central
del tormento - también podía ser torturado en calidad de testigo para obtener
de él información acerca de sus cómplices.
El proceso
llegaba a su fin con el formal
pronunciamiento de la sentencia, que tenía lugar en el Palacio de la
Inquisición si la falta era menor, o en una gran ceremonia pública llamada
"auto de fe", cuando el delito era grave (herejía, brujería, conspiración,
etcétera). Para comparecer en un auto de fe, al acusado se le vestía con
atuendos característicos: el sambenito y el capirote con la representación
gráfica del delito. No eran pocos los que tenían que pagar con su vida la
gravedad de su falta.
Las sentencias de
muerte se ejecutaban por dos maneras principales: en el fuego o a garrote. Pero
en estos casos, la Inquisición bien se cuidaba de no aparecer como la
responsable de las ejecuciones; a los sentenciados a morir los entregaba a las
autoridades, de ese modo, quien se encargaba de ejecutar las sentencias era el
Estado, no la Inquisición.
Entre los
inquisidores españoles más famosos por su crueldad y sadismo destacan Nicolás
Emérico, Alonso de Ojeda y el célebre Tomas de Torquemada, a quienes se les
considera los principales ideólogos de la maquinaria inquisitorial española.
Cada uno de ellos, especialmente Torquemada, puso su "genial"
capacidad organizativa y operativa al servicio de la más despiadada de las
instituciones de justicia. Hay informes que dan cuenta de los métodos aplicados
por éstos y otros inquisidores: el “potro”, la "garrucha", y el
suplicio por "agua", en fin, habría que escribir, como lo hicieron
algunos de esos eminentes funcionarios eclesiásticos, volúmenes enteros con mil
detalles de su procedimientos. Veamos sólo esos tres citados ejemplos.
El
"potro", quizá el tormento inquisitorial por antonomasia, consistía
en amarar fuertemente al inculpado sobre una mesa por tobillos y muñecas y,
lentamente, con la ayuda de unos rodillos acoplados a los extremos del
instrumento, se iba estirando el cuerpo de la víctima. Pocos salían sin
confesar, lo que fuera, de dicho aparato; a menos que desearan quedarse sin
brazos ni piernas para el resto de su vida.
La
"garrucha" se llamaba al suplicio que consistía en atar las manos por
la espalda del detenido para después colgarlo de una polea que había en el
techo. Se le dejaba un momento colgado y luego se le elevaba casi hasta el
techo y se le soltaba para detenerlo violentamente centímetros antes de tocar
el piso, De este modo los brazos eran frecuentemente arrancados de sus
articulaciones. Y sí las víctimas no confesaban en los primeros intentos, para
acentuar el dolor se les agregaba más peso colgando de sus pies.
El método más popular y frecuente era
el del "agua", Se amarraba a la víctima a una plancha con la cabeza
colgando a nivel más bajo que los pies, Entre las ataduras de brazos y piernas
se insertaban estacas, bien fuera para provocarle momentáneos dolores
adicionales o para recuperarlo de los frecuentes desmayos en que caían.
Igualmente se le retorcían las ligaduras hasta que penetraban profundamente en
la piel. Pero éstas eran torturadas secundarias, la principal agonía era el
agua constante y copiosa. Luego de taponar la nariz, se introducía un lienzo en
la boca del torturado, después se le vaciaba una jarra de agua para que la
corriente le empujara el trapo mojado hacia la garganta, con esto se le
obligaba a tragar la mayor parte del agua si no quería asfixiarse; pero tan
pronto como dejaba de tragar el agua el lienzo volvía a obstruir la garganta.
Periódicamente, el inquisidor quitaba el trapo a su víctima por si quería
confesar.
Así como éstas,
en nombre de la legalidad y la defensa de la Iglesia, un inquisidor era libre
de llevar a cabo cuanto le indicara su imaginación sin importar lo pavoroso que
pudiera resultar.
El ejemplo más espeluznante de la
tortura impartida por la inquisición española que se puede hallar en la
literatura nos lo ofrece Edgar Allan Poe en su narración titulada "El pozo
y el péndulo", en la cual un hereje es condenado a morir por los
inquisidores de Toledo de una manera siniestra: lo introduce en un gran
calabozo completamente oscuro, lleno de ratas y toda clase de alimañas; en el
centro, un pozo al parecer demasiado profundo le esperaba en cualquier
descuido; como no caía en él, sus verdugos lo atormentan dándole alimentos muy
salados y privándolo de agua; mas tarde, luego de narcotizarlo, los
inquisidores atan al prisionero en el centro del calabozo, tapado y a el hoyo,
y le aplican el "péndulo", una cuchilla gigantesca y sumamente filosa
que va bajando poco a poco para partirlo en dos. He aquí un fragmento de esa
estupenda narración: “Las oscilaciones del péndulo se efectuaban en un plano
que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta
para que atravesara la región del corazón. Rasgaría la ropa de mi sayo,
volvería luego y repetiría la operación una y otra vez [...] huía lejos, lejos
y luego regresaba, con el chillido de un alma condenada... hasta mi corazón,
con el andar furtivo del tigre. Yo aullaba y reía alternativamente, según me
dominara una u otra idea," Por último, luego de escapar con un poco de
audacia, decisión y suerte, el prisionero está a punto de sucumbir a una tortura
aún peor cuando es rescatado por el ejército francés.
La Inquisición
española actuó con absoluta impunidad y con
el apoyo incondicional de los gobiernos durante más de 300 años, hasta
que fue abolida para siempre en 1809, poco después de la invasión napoleónica a
España. Pero su desquiciada labor no se limitó sólo a territorio ibérico, el
destino quiso que a España, precisamente en el mismo lapso de existencia de la
Inquisición, tocara colonizar y someter a su férreo dominio a una gran cantidad
de naciones, con lo que el trabajo de los inquisidores se vio aumentado y llegó
a afectar a medio mundo, sobre todo a los países de América Latina y, por
supuesto, entre ellos a México.
2.3. LA TORTURA
EN MÉXICO.
“Sepan todos los
vecinos y moradores de esta ciudad de México y sus comarcas como el Señor
Doctor Moya de Contreras, Inquisidor apostólico de todos los reinos de la Nueva
España, manda que todas, y cualquier persona, así hombres como mujeres de
cualquier calidad, y condición que sean de doce años arriba vayan el domingo
primero que viene, que se contaran cuatro de este presente mes de noviembre, a
la Iglesia mayor de esta ciudad a oír la misa, Sermón y Juramento de la fe, que
en ella se ha de hacer y publicar, su pena de excomunión mayor, Mándase pregonar
públicamente para que venga a noticia de todos."
Con este pregón tan hostil e intimidatorio hizo su aparición el tribunal del Santo Oficio en México en el año de 1571, justamente medio siglo después de la derrota del imperio tenochca, y con él se ponía en claro que ningún rincón del mundo estaba fuera del alcance del largo brazo de los