Universidad Abierta
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Mártires mexicanos. Relatos sobre la persecución religiosa
en México
Wilfrid Parsons
Palabras
del traductor
Con los términos que emplearía un
historiador como Michel de Certeau, puedo decir que la presente obra es un
intento por lograr una descripción de los hechos desde una perspectiva que
pretende ubicarse entre la escritura sabia y la oralidad popular. Es decir, no
es un trabajo con todo el aparato metodológico que se emplea en el quehacer
historiográfico; pero tampoco es una mera ennumeración de acontecimientos, más
o menos bien construida, que se ha transmitido de persona a persona. Ni mundo
sin conciencia ni conciencia sin mundo. Me parece que éste es el camino que ha
recorrido el autor de Mártires mexicanos,
quien realmente fue un testigo de los sucesos que describe, pero no un “actor”
de los mismos. En todo caso, su “autoría” la encontramos en la escritura de
esta historia, es decir, es autor de aquello que aconteció en la medida que los
hechos humanos son más que ellos mismos: son la recreación de quien los narra y
de aquél que accede a dicha narración.
Más aún, su condición de extranjero
en nuestro país le da a su trabajo una perspectiva que enriquece la
interpretación tanto de la fe religiosa de los mexicanos, cuanto de la fe
política de los hombres que gobernaron México a finales de los años veinte y
principios de los treinta. Por supuesto, no se trata de afirmar una ingenua
imparcialidad en el quehacer de interpretar los hechos sino reivindicar el
sentido y valor de la propia experiencia (o vivencia, como suelen decir algunos
filósofos contemporáneos) en la cual no podemos hablar en sentido estricto de
falta de objetividad porque la propia experiencia es aquello que posibilita el
acto de juzgar todo lo objetivo y subjetivo de nuestra vida. De hecho, siempre
que nos atenemos a describir, interpretamos; el simple acto de señalar el mundo
es editarlo desde nuestra propia vivencia.
Los rostros a veces anónimos y
desgarrados que presenta el jesuita norteamericano Wilfrid Parsons, nos
muestran a jóvenes, niños, hombres y mujeres del campo, profesionistas,
sacerdotes, monjas, estudiantes, ancianos, padres de familia, religiosos;
quienes devuelven el entusiasmo a nuestra fe en un mundo con afanes
espectaculares, donde la mano izquierda siempre sabe lo que dio la mano
derecha; fortalecen la alegría del servicio sencillo a los demás y renuevan el
misterio de la absoluta gratuidad que hizo presente al Eterno en la historia.
Ignacio Hernández-Magro Miranda
Santa Fe, Ciudad de México.
Diciembre de 1999.
Mártires
mexicanos. Relatos sobre la persecución religiosa en México
Prefacio
Este libro intenta ilustrar con una
serie de hechos la naturaleza de una lucha que se libró en los últimos diez
años en el país vecino. No es una obra de controversia, mucho menos un trabajo
erudito sobre la situación mexicana. No es un recuento de todos los sucesos
mexicanos. Está pensado para dar al lector un retrato lo más fiel posible de
cómo han vivido los mexicanos durante ese tiempo, particularmente si fueron
parte de la Iglesia en la lucha. Está francamente escrito con simpatía hacia
estos mexicanos, pero con un esfuerzo sincero por comprender y presentar el
punto de vista de aquellos que fueron sus opositores.
Una palabra debe ser dicha sobre las
fuentes de muchos incidentes que se narran a lo largo del libro. Desde el
momento en que no es una obra científica de historia, generalmente las referencias
no son dadas, excepto cuando se quiere considerar las citas de los libros, los
cuales son casi siempre restringidos a escritores que, generalmente, han sido
conocidos como simpatizantes del gobierno mexicano. Muchos de los incidentes
relatados, como se podrá notar, son experiencias personales del autor o le
fueron narradas de primera mano por personajes involucrados en ellas. El autor
está en deuda con estas personas. Para toda la última parte del libro, después
del capítulo XI, el autor ha tenido el privilegio de inspeccionar los archivos
privados de la Delegación Apostólica de
México, ahora en San Antonio Texas. Estos archivos consisten en reportes
exhaustivos realizados por los obispos o administradores de cada diócesis
mexicana para el representante del Papa; en primer lugar, de acuerdo con el
cuestionario que se les pidió responder y, en segundo, de acuerdo con los
reportes mensuales hechos desde entonces. Estos archivos son material inédito y
son utilizados con permiso especial. Son mencionados aquí por primera y única
vez como autoridad de estos capítulos. El resto de lo que se narra es del
conocimiento público.
Contenido
Capítulos
I. El dilema
II. El reto
III. El desafío
IV. El Padre Pro
V. Los pastores ocultos
VI. Heroínas anónimas
VII. Tres meses
VIII. ¿La solución?
IX. Meditación en Tepozotlán
X. Interludio político
XI. Atando cabos
XII. El sol antes de la
tormenta
XIII. “Encontraré al pastor...”
XIV. Las catacumbas
XV. El eterno desacuerdo
XVI. Una rivalidad
XVII. “No hay Dios”
XVIII. Calidoscopio
XIX. “De profundis”
XX. Muerte y juicio
XXI. La decencia dice adiós
XXII. Epílogo
I. El
dilema
El pueblo de Irapuato, en el estado
de Guanajuato, está en un cruce ferroviario donde se puede llegar directamente
por el camino Ciudad de México-Guadalajara, o cambiar de vía por el largo
camino del norte, hacia Juárez y El Paso.
Es un pueblo flojo y polvoriento,
con un solo hotel que puede ver y no es más atractivo que cualquier pueblo de
Estados Unidos. La comida era un rutinario plato grasiento de huevos fritos con
sabor a conservador y café frío servido desde el desayuno. Pronto la comida se
había acabado y no había nada más que hacer sino deambular para saber lo que
era Irapuato. Tenía casi nada: una suerte de desesperanza, de lugar rutinario,
sucio, gris y apático.
Desde entonces, en ese pueblo de
Irapuato, tuve la experiencia que parecía esconder el verdadero misterio y
espíritu de México.
Estaba solo, arrodillado en la parte
trasera de una de las parroquias de Irapuato. El piso era irregular, de piedra,
duro e incómodo; las paredes grises estaban rayadas por las marcas del tiempo;
banderas desteñidas de rojo y amarillo quedaban colgadas en el techo. Una o dos
mujeres arrodilladas aquí o allá. Mientras estaba arrodillado, con sentimiento
de dificultad y dispersión, una puerta lateral se abrió y un pequeño indígena,
de tal vez cuarenta años de edad, entró. Vestía solamente sus pantalones y
chamarra de algodón, sus sucios y desnudos pies con sandalias de piel, su
invariable y vistosa manta alrededor del cuello y un gran sombrero en la mano.
Lentamente se movió hacia la mitad
de la iglesia, se arrodilló, colocó con cuidado su sombrero junto a él y,
repentinamente, se inclinó y besó el suelo. Luego se enderezó y, todavía
arrodillado, estrechó sus brazos en forma de cruz. De esta manera permaneció
mucho tiempo: arrodillado y emocionado. Nunca olvidaré sus ojos: veían hacia
adelante; a mí no me vieron en absoluto. Eran café oscuro, casi negros. No
declaraban, no se distraían, sino que estaban alumbrados. Por unos segundos
observé un auténtico éxtasis de devoción. Cuando dejé la iglesia, todavía
estaba ahí, de rodillas.
Durante horas estuve bajo el encanto
de aquel pequeño indígena. Años de lectura, estudio y trato con los mexicanos
siempre me han dejado un enigma por resolver: ¿Puede ser destruida la Iglesia
en México como lo fue en Inglaterra, Suiza y Prusia, o como no lo fue en
Irlanda o Polonia? ¿Puede la fe ser
arrancada del espíritu de la gente? En el pasado lo ha sido más de una vez.
¿Puede ocurrir aquí en México? Todo lo demás me parece una discusión inútil. El
corazón del debate está aquí, en el espíritu de los mexicanos, no en los
periódicos o en los palacios legislativos o en los obscuros y húmedos
calabozos.
Esto, entonces, es lo que significa
México. ¿Lo que ví en los ojos de mi Irapuato indígena morirá para siempre y se
convertirá en sólo una mirada sin sentido? Me parece que esto es lo valioso de
este estudio; me parece que todavía es una pregunta inquietante.
México, más que Rusia y España, es
una tierra generosa para el destino humano. Hace ciento quince años fue el
lugar que dió a conocer la civilización española; era la Nueva España. Junto al
esplendor de su arquitectura, pintura, escultura, bibliotecas y salas de lectura,
nosotros fuimos como colonias, en un siglo y medio, débiles esfuerzos de aldeas
llenas de retraso y enfermedad. Cuando España abandonó México, dejó una cultura
y una civilización, con lo cual queremos decir que fueron tan grandiosas que
ningún país pudo expresar tanto; los sólidos monumentos todavía están ahí para
mostrarlas, en cientos de iglesias, escuelas, salas, construcciones públicas y
casas privadas. Nosotros todavía tendremos que recorrer un largo camino antes
de que hayamos creado toda la belleza que fue y es México.
Sin embargo, hace ciento veinte años
México dejó de crecer repentinamente, los mexicanos comenzaron a pelearse entre
ellos; difícilmente se edificaba una construcción de cualquier tamaño o se
creaba alguna pieza de arte hasta que Porfirio Díaz construyó muchos edificios
públicos y Diego Rivera comenzó a cubrir paredes con propaganda bolchevique.
Durante todo ese tiempo hasta entonces hubo un enemigo que los políticos que
dirigieron el país temieron y odiaron; alguien a quien despojaron y
aprisionaron con un enredo de leyes: la Iglesia católica. Hasta Porfirio Díaz,
en sus veintisiete años consecutivos de ejercicio autocrático, nunca permitió,
a pesar de la gran literatura polémica en contra, que la Iglesia tuviera más
que una débil existencia con la boca cerrada.
Como consecuencia de todo esto, en
1935 el gobierno mexicano anunció que alguien a quien le teme por encima de
todas las cosas, más que a la explotación extranjera del petróleo y los
metales, más que al gobierno gringo de Washington, es a la misma Iglesia
católica. ¿Será porque él también se había fijado en los ojos de los indígenas
y vió lo que yo vi en Irapuato?
Cada turista en México ha visto los
ojos que lentamente se levantan ante él, así como los verdes campos por los que
atraviesa y las aldeas de adobe, y se pregunta qué hay detrás de todo eso. ¿Qué
recuerdo ancestral arde ahí? ¡Cuántos maestros han ido y venido y no han podido
conquistarlos!
Es como si te echaran una mirada y
por debajo hubiera un pensamiento en voz baja: “Ah, bueno, otro maestro. Hemos
tenido muchos y tendremos otros más. La vida es dura pero el sol y la tierra
son buenos. Podemos vivir a pesar de todo.”
Después, los fuertes pies desnudos
presionan el antiguo azadón para continuar el eterno y duro trabajo para
ganarse la vida con la tierra.
Así viven cuatro quintas partes de
los mexicanos y así lo han hecho mucho antes de la llegada de los españoles.
Cualquiera que conoce a los indígenas sabe cuán impenetrable es el último
santuario de su mente.
Los misioneros tuvieron éxito en su
tiempo con respecto al viejo sistema hacendario de los siglos anteriores a su
llegada; libraron, y a veces perdieron, una lucha contra los insaciables
colonizadores españoles y enseñaron su cúmulo de artes y oficios del Viejo
Mundo.
Una primera revolución librada
contra los indígenas, contra una España más joven, dividió la manera de pensar
y amenazó con destruir, o al menos cambiar radicalmente, la civilización que se
había desarrollado: mitad española, mitad indígena. Hoy, la última revolución
ha progresado.
Una vez, temprano por la mañana de
un domingo, viajé a Ayotzingo con el arzobispo Díaz para una confirmación; era
un pequeño pueblo no lejos del volcán Iztaccíhuatl. Tuvimos que acercarnos al
lugar a través del campo porque no había camino para automóvil. Como nos
desviamos del trayecto, el arzobispo tuvo que detener el auto y comenzó a
ponerse sus ropas episcopales (estaba vestido con lo que llamamos ropa de
religioso y los otros sacerdotes, por supuesto, vestidos de laicos). Sus
asistentes le llamaron la atención; le dijeron que se metería en problemas; que
era contra la ley aparecer así en público y cosas por el estilo. Con un gesto
característico de autoridad, el arzobispo Díaz no los tomó en cuenta: “¡No voy
a ir con mi gente vestido de ministro protestante!”
Pronto fuimos recibidos por una
docena de pequeñas y jóvenes mujeres, vestidas de blanco, con canastas de
flores que, caminando con timidez, esparcían bajo las ruedas de nuestro auto.
Después, un arco triunfal en rojo, blanco y verde, ¡los colores mexicanos!
Luego, un grupo de hombres disparaba proyectiles aéreos -cohetes. ¡Esos
cohetes! El arzobispo, como de costumbre, se reía de mi reacción ante ellos.
Simplemente alguien lo prende, lo mantiene en la mano hasta que comienza a
sacar chispas, y luego se va; cuando llega hasta lo más alto acaba con una
tremenda explosión; deben haber tenido dinamita. Todo el día, de diez a cinco,
estallan cientos de ellos -en honor al arzobispo. Fuera de la pequeña iglesia,
hermosa y vieja, hecha de piedra, con preciosas decoraciones labradas -sólo una
de ellas tiene cientos- toca una banda de veinte músicos campesinos. También
todo el día, toca canciones nacionales, ópera, marchas, piezas clásicas, bajo
la dirección de un viejo patriarca quien ha entrenado a cada miembro del grupo
del pueblo.
Las confirmaciones se celebraron
todo el día con todos los niños menores de un año, al viejo estilo español. La
ofrenda era un pedazo de cobre valuado en tres talleres de hilados -una antigua
costumbre mexicana que se ha convertido por parte de los propagandistas en un
horrible ejemplo de cómo el clero exprimía a la gente por sus servicios
ministeriales. Afuera, los cohetes estallaban, la banda tocaba, y yo deambulaba
por las filas de productos y comida que se extendían en brillantes telas en la
parte delantera del cementerio: era el acostumbrado tianguis de los domingos; y
una y otra vez entraba en la iglesia y meditaba sobre el misterio de la fe del
corazón de estas personas. Era sólo un pequeño oasis -¿lo era?- en medio del
surgimiento de la gran actividad del México moderno. Hoy ciertamente no es
diferente de cualquier otro día, es decir, no es diferente del año 1689 cuando
los antepasados de estos campesinos conocieron al arzobispo Francisco de
Aguiar, exactamente de la misma manera en que antes lo hizo esta iglesia que
tenía al fondo a la Mujer Dormida cubierta de nieve. ¿Sería raro que alguna vez
las costumbres de México hubieran sido trastocadas aunque sea un poco?
Por supuesto, no en todos los
pueblos ha habido tanta paz como en éste. A veces, se quiere arrancar las
raíces de México, entonces hay tragedia y, algunas veces, comedia. Lo cierto es
que la revolución social, que tiene como fin explícito la prosperidad para el
trabajador de la ciudad y para el peón del campo, ha sido desde su verdadero
origen una lucha cerrada entre la vida y la muerte contra la Iglesia. Hasta los
generosos deseos de justicia social que han sido promovidos por León XIII y Pío
XI, han sublevado tanto a los viejos como a los jóvenes corazones de México,
aún entre los mismos católicos. Es la tragedia de un país que con una rivalidad
a muerte de su población indígena ha detenido cualquier progreso real en
nuestros días.
En efecto, ha habido resistencia a
los planes de la revolución.
¿Qué tan extendido, qué tan profundo
es todo esto? ¿Es algo más que la falta de buena voluntad de una antigua
población (en parte indígena, en parte semi-privilegiada, en parte blanca) para
cambiar su forma de hacer las cosas?
¿Es la vieja falta de buena voluntad
para cambiar el arado por el tractor, el pozo por el canal de riego? ¿Es la
religión una lucha indiferente a todo esto? Estos son los problemas que este
libro intenta mostrar para dar alguna luz sobre el profundo problema que nunca
ha sido estudiado desde dentro. ¿Podrá estar de acuerdo la fe con la adopción
de nuevos modos de construir, de plantar y cosechar, de manufacturar los bienes
que permiten la vida en general? ¿Es posible que crezcan juntas: la fe, con
vigor para infundir su espíritu tradicional, y las actuales formas de vida?
En un pueblo de Sonora, en 1934, la
maestra impuso, o trató de imponer, a los niños indígenas que repitieran de
memoria el “uno, dos, uno, dos, no hay Dios”. Pero los niños no hicieron nada
de esto. Cada vez que la maestra repetía las palabras, azotaban sus pupitres y
gritaban: “¡Hay Dios!”. Así la desgastaron. Ella perdió la batalla por
desesperación.
En octubre de 1934, todos los
sacerdotes fueron acorralados en el estado de Chihuahua, pero poco a poco
pudieron salir disfrazados. Ningún servicio público fue permitido en ninguna
iglesia. Un sacerdote escribió que en la humildad del pueblo X, particularmente
en los hombres, encontró su más grande consolación. En la noche, en una casa
modesta, llegaban juntos, algunas veces en un número de setenta; ahí los
sacerdotes confesaban y daban la comunión durante la misa mientras algunos de
aquéllos permanecían afuera haciendo guardia para evitar alguna emoboscada.
Otro grupo, todos hombres jóvenes, encontraron la misma forma clandestina de
satisfacer sus necesidades espirituales.
Los más afortunados tenían un
sacerdote. En Vera Cruz, las cosas fueron más difíciles. Hace algún tiempo, la
prensa católica inglesa publicó una carta de una señora también católica e
inglesa, quien estaba de paseo por el Caribe. Un domingo, al llegar a Ver Cruz,
desembarcó y pidió que le enseñaran una iglesia. Miradas sin expresión o
atemorizadas fue lo único que encontró. Finalmente, una persona la llevó a su
lado y le dijo que si quería comulgar tendría que seguirla. Así lo hizo y por
caminos intricados encontró la segunda parte de la historia: una casa enorme y
ostentosa. Ahí entró a un recibidor y vió a mucha gente arrodillada
devotamente. Pero sin altar y sin sacerdote. Sus interrogantes fueron
respondidas con la indicación de ir al armario, abrir la puerta, “tome el copón
y dése usted misma la comunión”.
“¡Darme a mi misma la comunión!”,
exclamó.
“No hay otra manera. El sacerdote
viene aquí sólo ocasionalmente para la misa. El Papa nos ha dado el permiso
para hacerlo por nosotros mismos”.
Uno se puede imaginar la terrible
perplejidad y devoción que esta señora inglesa encontró por sí misma detrás de
las catacumbas. No era, por supuesto, nada inusual para los mexicanos. He oído
que el Santo Sacramento ha sido escondido en radios, botiquines, estuches de
libros -dondequiera que los perseguidores no tuvieran el cuidado de buscar.
El Papa dio esta prerrogativa el 23
de diciembre de 1927.
Hasta ha habido Tarcicios y
Pancracios. Durante los terribles días de 1927-29 las prisiones se llenaron de
católicos. En algún lugar, uno de los prisioneros tenía un hijo de seis años de
edad. Se tenía la costumbre de permitirle a este niño visitar a su papá; como
era un muchaco lleno de vitalidad y carisma, se ganó el cariño hasta de los
custodios.
Un día llegó como de costumbre, se
la pasó bromeando con los guardias, bailó y rió con los prisioneros, y cuando
pasó entre ellos les puso la mano dentro de la camisa para darle la comunión a
cada uno. Luego, con las mismas alegres cabriolas que acostumbraba, se fué: lo
que había dejado a los prisioneros era más precioso que su misma vida.
Hasta donde he notado, no hay
diferencia entre hombres y mujeres, al menos en el sur de México. Un día me
ocurrió algo en la capital de un estado, que mantendré en el anonimato, donde
el gobernador se opuso al gobierno federal en materia jurídico religiosa. Para
probarlo, sólo necesito mencionar que el obispo del lugar vino a verme en su
auto vestido con sus hábitos episcopales. Esto tal vez fue inevitable porque yo
me había vestido con ropas de seglar y él no podría haberme reconocido.
Pasé la noche en el cuarto del
capellán del convento, donde las monjas -pero esa es otra historia. Al día siguiente, el secretario del obispo
me llevó por el pueblo para enseñarme la vista del lugar. Entramos a la
catedral. La misa continuaba. De acuerdo con una costumbre muy arraigada, los
hombres estaban del lado izquierdo y las mujeres del derecho, viendo desde la
entrada. Ambos lados estaban llenos.
Le dije a mi acompañante:
“¿Día de fiesta?”.
“No, me respondió, “es lo que ocurre
normalmente en la misa de ocho”.
Es necesario añadir que, después de
la misa, todos los fieles se agruparon en el altar donde estaba el Santísimo
Sacramento (en la catedral, debo recordarlo) para comulgar.
Pude haber sido reconocido con mis
ropas de laico, que me puse para cumplir con la ley y no para disfrazarme (de
hecho, creo que mi sotana era lo bastante vistosa para ser reconocida
fácilmente por cualquier inspección policial), aunque ya no estoy tan seguro.
Un día, un compañero y yo llegamos
al pueblo que está junto al más glorioso de los centros turísticos, el Lago de
Pátzcuaro; ambos con ropas de laicos. Al día siguiente, que era domingo, por lo
tanto día de tianguis, el pueblo estaba lleno de indígenas de los alrededores.
Caminábamos por las calles y pensamos que seguramente estábamos a salvo de ser
identificados, pero los indígenas, uno tras otro, se quitaban el sombrero y se
inclinaban hacia adelante con el murmullo de una oración...
Todo ese día y la mañana siguiente,
las iglesias estaban llenas de feligreses y no pudimos evitar recordar que
Pátzcuaro fue el lugar de aquél proto-mártir de los jesuitas de México, el
padre Gonzalo de Tapia, cuya vida ha sido escrita con gran intensidad por el
padre W. Eugene Shiels, S.J., y que murió en manos de indígenas paganos del
norte en 1594. El martirio en México no comenzó en 1910 con Madero, ni siquiera
en 1915 con Carranza; comenzó en 1520 cuando los frailes franciscanos y
dominicos, los monjes agustinos y más tarde los jesuitas, comenzaron solos, un
siglo antes de sus hermanos en Canadá y el estado de Nueva York, a cristianizar
y civilizar a los pieles rojas de México.
Las fuerzas obscuras que habían ocupado
la tierra por innumerables siglos, exigían la sangre del invasor para renunciar
a la sangre de los niños aztecas que bebían con tanta libertad. La sangre nueva
se servía generosamente; y hoy en día, sin lugar a dudas, el México católico no
lo olvida.
Dos imágenes más hay en mi mente.
Una de ellas es la iglesia de San
Felipe de Jesús en la Ciudad de México. El mismo nombre de san Felipe mueve la
sangre. Fue mexicano, misionero franciscano en Filipinas y martirizado en Japón
en 1597. Es el primer y único indígena nacido en América del Norte que ha
recibido el honor de la canonización. En América del Sur fue Santa Rosa de
Lima, San Toribio -pero esa es otra historia. San Felipe es el segundo patrono
de la diócesis de Baltimore en Estados Unidos, es historia y nunca olvidado en la ciudad de Maryland desde 1936.
En la iglesia de San Felipe de Jesús
en la Ciudad de México, permanecí una noche en una parte de la adoración
nocturnal. Sólo era el turno de esta parroquia para llevar a cabo esa noche una
serie de ceremonias a nivel nacional que ocurrían una tras otra a lo largo del
año. La iglesia estaba repleta -solo de hombres; hombres con sandalias en sus
desnudos pies y una manta alrededor de sus hombros vestidos de algodón; hombres
con ropas frescas de noche con motivo de una fiesta en Paseo de la Reforma. La
iglesia estaba repleta hasta llegar a la sofocación y tuve que ser muy enérgico
conmigo mismo para obligarme a permanecer dentro. El arzobispo Díaz, uno de los
grandes oradores de México, estaba en el púlpito. Él y ellos iban a estar ahí
toda la noche, dos mil ciudadanos varones de la Ciudad de México, quienes
escondían su devoción religiosa de los turistas ocasionales que venían del
norte. Había sermón, himno, lectura, meditación, desde las cinco de la mañana
cuando toda la multitud de hombres feligreses asistía a la misa y a la
Santísima Comunión, mucho después de que yo y la ciudad estuviéramos dormidos.
Otra imagen que viene a mí es una
iglesia que mantendré en el anonimato por razones que podrían parecer simples.
Era un día especial con misa de guardar, para la cual se me pidió, o más bien
se me ordenó, que celebrara, a pesar del hecho de que las normas del Gobierno
estuvieran un poco en desacuerdo. Sin embargo, lo peor que podía pasarme es que
me mandaran de regreso a casa...
De manera que dije misa. La iglesia
estaba repleta. A las siete, la hora de mi misa, el sacerdote que celebraba la
de seis continuaba en la orilla del altar dando la comunión. Se me instruyó que
tomara su lugar en la orilla y comenzara la misa cuando fuera conveniente, o
sea, cuando hubiera alguien que me sustituyera. Luego, cuando había terminado
de sustituirlo, me relevó el sacerdote que diría la misa de ocho. Bueno, me
llevó tal vez veinte minutos decir misa y todo el resto del tiempo dí la
comunión, tanto a hombres como a mujeres.
Cuando, exhausto, finalmente llegué
a descansar a la sacristía, le pregunté al sacristán: “¿Cuánto más va a
continuar esto?”
“Hay misas de cinco, seis, siete,
ocho, nueve y diez”, dijo parcamente, “y comuniones para todos ellos”.
Así es México -o al menos algunas
partes de él. Es la prueba más clara y profunda del dilema moderno.
II. El
reto
En el mes de febrero de 1927, el
General Plutarco Elías Calles, entonces Presidente de México, repentinamente
creó otra de las muchas crisis que han invadido la vida de los católicos en
México. Por un decreto-ley, gracias a una resolución congresional que le daba
al Ejecutivo poder para legislar durante los recesos del Congreso, ordenó a
todos los sacerdotes de los estados que dejaran sus actividades y se reportaran
inmediatamente en la Ciudad de México.
No sé de un solo sacerdote que haya
obedecido esta ley. Pero el resultado de esta desobediencia fue que cada
sacerdote se convirtió, sólo por ese hecho, en una persona fuera de la ley, en
sujeto de arresto o algo peor.
¿Qué produjo esta ruptura? Para
comprenderla es necesario retroceder un poco.
El general Calles había sustituido
al general Obregón como presidente el 1o de diciembre de 1924, después de una elección
seguida de una revuelta armada (diciembre de 1923 a abril de 1924). Fue ideada
por Adolfo de la Huerta, una persona del triunvirato junto con Calles y
Obregón, quien había acordado dividir la presidencia entre ellos. De la Huerta
reclamó por encontrarse en segundo lugar, pero los otros dos decidieron por él.
Así, dejó el campo de batalla y fue escandalosamente derrotado. La elección
continuó como un asunto acordado. Tuvo suerte en abandonar el país y tomar
camino hacia Los Ángeles, donde pasó el tiempo anterior a su regreso a la
Ciudad de México como profesor de canto para los aspirantes al dinero y al
honor en los estudios de Hollywood. Su alumno más famoso, hasta donde yo sé,
fue un hijo de Enrico Caruso; pero alguna vez apareció por un momento en las
noticias y mostró que el virus del microbio presidencial estaba todavía en sus
venas. Así como el emigrante ruso que maneja un taxi en el Sueño de París de Tarkoë Selo...
Cuando Calles llegó a ser
presidente, grandes cosas se esperaban de él. Era conocido por su gran
carácter, había sido un exitoso comandante en el campo de batalla y los
norteamericanos que lo habían conocido se animaban diciendo que “sabía lo que
quería” -era una buena deferencia con la revolución mexicana.
Tenía grandes planes. Pretendía que
la Constitución de 1917 significara lo que realmente decía. Obregón, durante
sus cuatro años como presidente, no logró ir mucho muy lejos en esta dirección.
Parece haber gobernado bajo el amplio principio de conseguir lo que se pueda
sin suscitar demasiados problemas y esperar una buena oportunidad para
conseguir el resto. Dejó las restricciones religiosas de la Constitución
bastante abandonadas considerándolas, aparentemente, como un elemento de equilibrio para cuidar que la
Iglesia fuera demasiado lejos, pero no como una cimitarra para cortarle la
cabeza. Por supuesto, cuando Carranza, su jefe en la Revolución, había mostrado
signos de querer abolir las cláusulas restrictivas, Obregón se lo notificó;
aquel tordillo veterano reconoció los signos, tuvo que huir de la Capital y
conocer una muerte ingnominiosa una noche de marzo de 1920 en Tlaxcaltongo, en
una cabaña cuesta abajo hacia Vera Cruz.
Obregón esperó un tiempo prudente y
luego se instaló en el trono. Su principal dificultad había sido conseguir el
reconocimiento de Estados Unidos algo que, por supuesto, era esencial pero que
sus representantes plenipotenciarios consiguieron arreglar muy bien en las negociaciones con John Barton
Payne, quien llegó a ser jefe de la Cruz Roja, y con Charles Beecher Warren,
quien fue rechazado por el Senado cuando el presidente Coolidge quiso hacerlo
su abogado general. Ambos lo reconocieron en los Tratados de Bucareli, además
le consiguieron un préstamo. Cuando de la Huerta se metió en problemas al final
de su período, encontró todavía en buenos términos a Estados Unidos que le dió
un buen crédito por diez millones de pesos para armas, las cuales llegaron
fácilmente. Cuando se retiró a la vida privada, tenía autorización legal para
poseer un monopolio de garbanzo -”comidos dondequiera que se hable español”-
que después tramitó para hacerlo totalmente suyo con la ayuda de un préstamo de
cinco millones de pesos que le dió el Grace
Bank de Nueva York.
Calles estuvo muy frustrado consigo
mismo. Era impaciente. Quiso hacerle ver a todo mundo que debía cumplir con la
Constitución, a pesar del costo para él o para cualquier otro. Así procedió y
pronto estaba en dificultades con Estados Unidos, el cual había sido tan
amigable con sus predecesores. Sus problemas con el petróleo son historia
reciente y no precisamente parte de este relato.
Sus problemas con la Iglesia
comenzaron en enero de 1925. En México no existe algo así como un secreto de
Estado, de manera que pronto Calles preparó un amplio decreto-ley para que la Iglesia
quedara debajo de los tres poderes, lo cual fue garantizado por el Congreso
entrante. Una vieja entrevista con el arzobispo de la Ciudad de México,
monseñor Mora y del Río, fue citada en el Excélsior
como si fuera algo nuevo. En ella se le hace decir que la Iglesia resistiría
cualquier intento por hacer realidad las cláusulas anti-clericales de la
Constitución. Este desafortunado suceso enfureció a Calles, quien parece haber
jurado a sus dioses que no sería destruido.
Ha sido un asunto de gran disputa
saber quién comenzó la pelea. El arzobispo ha sido acusado de comenzarla, de
haber desafiado al presidente antes de que éste hubiera hecho cualquier cosa
por sí mismo. No hay mucho fundamento en esta acusación. Mora era un hombre
maduro, gentil y con criterio, y las personas de este tipo tienen un proverbio
español acerca de los perros que duermen. Por el contrario, él me dijo en mayo
de 1927, en San Antonio, después de que fue arrestado y arrojado al exilio, que
él no dio un paso hasta que tuvo la certeza de que Calles ya estaba decidido y
había comenzado a redactar la ley. De hecho, algunos días antes de la
entrevista que apareció, Calles había manifestado sus intenciones.
A su debido tiempo, la ley fue
escrita y promulgada; surtió efecto con una dolorosa coincidencia mexicana, el
31 de julio, la fiesta del patrono de los jesuitas: San Ignacio de Loyola.
La Iglesia estaba paralizada. Hubo
miles en México que creyeron que era mejor así que continuar, aún bajo las
amenazas de mutilación de un Obregón. Para la Constitución de 1917 la Iglesia
había sido privada de cualquier status de
organización con prioridad ante la ley; permanecía oculta para dirigir colegios
privados o tener cualquier propiedad y las posesiones que de hecho tenía eran
declaradas propiedad del Estado, el cual decidía cuándo y cómo la Iglesia las
usaría para fines religiosos. A ninguna publicación religiosa se le permitía
comentar desfavorablemente algún acto del gobierno cuando éste tocara las
relaciones con la Iglesia. A los misioneros extranjeros no se les permitió que
se introdujeran al país para evangelizar; quienes lo hicieron fueron expulsados
y sólo de manera oculta se formó una generación de religiosos mexicanos en
seminarios, quienes estaban al margen de la ley. Esto permitió que la Iglesia
no desapareciera por falta de ministros y por falta de educación cristiana para
los niños; mientras tanto, a cada estado se le permitió que decidiera en su
propia legislatura cuántos sacerdotes habría para cubrir las necesidades de la
gente. El ministerio religioso fue declarado profesión pública como la medicina
y el derecho, y los sacerdotes eran como doctores y abogados: recibían su
licencia para practicar dentro del Estado. Si no tenían licencia, no podía
practicar.
Esto último evitó que Calles, al
hacer cumplir la ley por él y por otros con severas penas, precipitara una
explosión. Para la Iglesia de México esto no era una separación entre la
Iglesia y el Estado; era el tipo más cercano de unión. La Iglesia se convirtió
en un Departamento de Estado; al hacerlo así recibía su misión evangelizadora
del Gobierno. En otras palabras, la Iglesia de México dejaba de ser parte de la
Iglesia católica y se convertía en una Iglesia del Estado mexicano. Es curioso
notar que todas las grandes revoluciones comenzaron de esta manera. La primera
de ellas, la Revolución Francesa, tuvo su juramento constitucional para los
clérigos, y la última, en Rusia, estableció su Iglesia Viviente. Es como si
hubiera una especie de manual secreto para la política eclesíástica religiosa y
todas las Iglesias lo siguieran ciegamente: siempre con los mismos resultados.
El hecho de que las misiones extranjeras en México, la mayoría de protestantes
norteamericanos, aceptaran las nuevas leyes, sólo puede ser explicado bajo el
supuesto de que el gobierno no hiciera cumplirlas contra el trabajo de dichas
misiones; además, la mayoría de las Iglesias protestantes tienen una historia
europea de subordinación al Estado y su acción algunas veces fue consecuente.[1]
Ahora bien, cuando el arzobispo
Caruana, quien fue delegado apostólico en México, todavía estaba ahí, había
previsto la gran tormenta y recomendó la formación de un Comité Episcopal, que
sería presidido por el arzobispo y estaría formado por todos los obispos que se
encontraran en la ciudad en ese momento. En poco tiempo, esto se llevaría a
cabo con todos los obispos del país. Para el puesto de Secretario del Comité se
nombró al obispo Pascual Díaz, un jesuita de Tabasco, quien por causa de las
leyes de ese ferviente estado que exigían a todos los clérigos casarse, fue
obligado a residir en la Ciudad de México.
Este Comité enfrentó la decisión de
cómo encarar la crisis. Su decisión fue que a partir del 31 de julio todas las
iglesias dejarían de funcionar hasta que las leyes fueran revisadas o anuladas.
Esta suspensión ha sido llamada de diferentes maneras: “interdicto”, “huelga
eclesiástica” o de cualquier otra forma que los prejuicios de una persona que
se refiere a este hecho le inspiren decir. A decir verdad, no fue ninguna de estas
cosas; fue, en opinión de los obispos de México y del Papa en Roma, una mera
necesidad. Para ellos, las leyes fueron un intento obvio de crear una Iglesia
independiente en México, subordinada al Estado, aislada de la catolicidad y de
la unidad de la Iglesia universal. Para lograrlo, se obligó a la Iglesia
mexicana a aceptar esta situación y fue separada de la Iglesia católica; además
es muy probable que Calles o sus enviados conocieran bastante bien la doctrina
católica para prever el resultado. En cualquier caso, esa fue la decisión y fue
fatídica.
Mientras tanto, los seglares
católicos de México también habían sido reunidos -la Asociación Cristiana de Jóvenes Mexicanos (ACJM), la Organización de Jóvenes Católicos, los Padres de Familia, las Damas
Católicas, los Caballeros de Colón.
Un grupo católico, la Liga Defensora de
la Libertad Religiosa, también hizo una fatídica decisión. Votó por un
boicot, por una huelga de compradores católicos que se negaban a adquirir
cualquier tipo de lujo que vendiera cualquier simpatizante del gobierno.
Los jóvenes, hombres y mujeres se
lanzaron al movimiento con gran alegría y entusiasmo, con un peculiar humor que
sólo los mexicanos son capaces de tener cuando las cosas se ponen de la peor
manera. He participado en docenas de conversaciones con mexicanos cuyo futuro
era tan negro como ninguna otra cosa y no recuerdo que no terminaran con alguna
bulliciosa broma aquel asunto personal y difícil.
No puedo revivir todas las cosas
placenteras que fueron hechas en la
primera manifestación de protesta antes de que
más tarde todo se volviera un
asunto oscuro y lleno de crueldad. Dos jóvenes
amigos míos, un oficial de la armada y el otro arquitecto, instalaron
una estación de radio ambulante, que cada noche colocaban en una casa
diferente, para emitir mensajes, unir a los católicos y atacar despiadamente al
gobierno; éste estaba cada vez más molesto. Poco después mi amigo fue llamado
como experto de radio por su superior y se le ordenó que utilizara un detector
de señales con el fin de encontrar la estación que emitía los mensajes
ofensivos. Saludó y se dió prisa para perfeccionar los preparativos de la
emisión de la tarde. Un día, después de casi un mes de todo esto, los agentes
del gobierno finalmente dieron con los audaces emisores, quienes salían del
lugar mientras los soldados entraban por la puerta de enfrente. El oficial
regresó tranquilamente a su cuartel; y el joven arquitecto se encontró en un
automóvil en las afueras de la ciudad con su hermana, quien con atención le
empacó una bolsa con “un cambio de traje”. Después de un largo viaje en tren,
buscó la bolsa con el traje de repuesto y encontró ¡unos pantalones negros y un
smokin! Les dio algún uso los años que estuvo exiliado en Estados Unidos.
En otra ocasión, la ciudad se vio
nublada por muchísimos globos en el cielo, los cuales habían sido soltado por
los jóvenes en señal de protesta contra el gobierno. Luego, la ciudad despertó
sorpresivamente con carteles agudos e inteligentes que habían colocado las personas
que se encontraban del lado de los católicos. Hubo debates, algunos desfiles
repentinamente dispersados, cartas en los periódicos.
Pero estos pequeños triunfos
terminaron y no muchas semanas después los jóvenes salieron rumbo a las
montañas donde había campos de armamento; sus hermanas arriesgaron sus manos, y
algunas veces las perdieron, haciendo municiones. Luego, en la oscuridad de la
noche, ellas mismas manejaron grandes camiones hacia las montañas; por lo menos
así ocurrió en el caso de una joven señorita que conocí, cuyos papás se
alarmaron y la enviaron a toda prisa a estudiar escultura con las hermanas del
Sagrado Corazón en Nueva York. Desafortunadamente, me temo que encontró las
salas de Manhattanville muy mansas después de sus brutales incursiones en el
monte Ajusco hacia los campamentos de los rebeldes. Pero hoy vive casada en
México y pertenece a una familia muy católica a pesar de las dificultades.
Ningún obispo aceptó el status que
el nuevo gobierno decretó para todos; tal vez, no más de dos o tres sacerdotes
lo hicieron, lo cual es un mejor récord del que tuvo la Iglesia francesa en la
Revolución o la Iglesia ortodoxa en Rusia. Hubo, sin embargo, un incidente
peculiar en el caso del “Patriarca” Pérez, quien formó una nueva Iglesia, la “Iglesia
Católica Apostólica y Mexicana”, bajo el patrocinio del gobierno y a la que se
le dio una de las iglesias más viejas de la Ciudad de México. Pérez era un
sacerdote y uno o dos sacerdotes más se separaron con él. Es interesante notar
que cuando el “patriarca” fue a su lecho de muerte, mandó llamar a un sacerdote
jesuita y murió con arrepentimiento y consuelo. Su cisma ya había muerto de
muerte natural algún tiempo antes.
Los obispos, mientras tanto, no
estaban sin hacer nada. De hecho, en julio, junto con una Carta Pastoral,
habían repartido a su gente esta solemne promesa:
“Antes que Dios, antes que la
humanidad civilizada, antes que nuestro país, antes que la historia,
protestamos contra ese decreto. Con la ayuda de Dios y con su ayuda, los
sacerdotes católicos y la gente de México lucharemos para que ese decreto,
junto con los artículos anti-religiosos de la Constitución, sean enmendados y
no nos detendremos hasta que esto sea llevado a cabo”.
Tal vez era alarmante para algunos
poner este mensaje junto con la Carta Pastoral porque se pedía explícitamente
una separación de la Iglesia y el Estado como lo más práctico para llevar una
vida en paz en un país donde se reconocía que ya no había un acuerdo religioso
satisfactorio.
Sin embargo, no se detuvieron con
palabras. Dos de ellos, el arzobispo Ruiz de Morelia y el obispo Díaz de
Tabasco, buscaron una cita con Calles a través de los buenos oficios de ciertos
francmasones moderados. Largas y a veces intensas reuniones terminaron con este
curioso ultimátum del presidente: “Sólo tiene dos opciones: o van al Congreso o
toman las armas.”
Fueron al Congreso. Con la memorable
firma de dos millones de nombres de ciudadanos mexicanos, una participación
enorme como yo nunca había visto, suplicaron al Congreso que escuchara el
argumento de pacificación para revisar los artículos considerados persecutorios
en la Constitución. Calles fue acusado de que la petición ni siquiera había
sido leída; en cualquier caso, el Congreso no resolvió nada. En un país donde
los votos son algo importante, los diputados se habrían alarmado de este hecho.
Pero en México estaba el ejército...
Así, poco a poco, todo el resto del
año, la gente comenzó a rebelarse: en lugares donde las iglesias fueron
obligadas a cerrar, donde los cultos privados fueron cerrados a la fuerza,
donde los sacerdotes y monjas extranjeros fueron perseguidos y expulsados, como
la famosa Madre de Norteamérica y sus Monjas de la Visitación, donde los
católicos más entusiastas fueron arrestados y sus propiedades expropiadas con
los más variados pretextos. En los estados de Jalisco, Guanajuato y Michoacán
los hombres jóvenes comenzaron a tomar las montañas con cualquier tipo de
armas, la mayoría viejas y rústicas, pero lograron reunirse. Por el mes de
enero, Coahuila y partes de Chihuahua estuvieron en llamas; Oaxaca, Colima,
Nayarit y Zacatecas les siguieron. La otra alternativa de Calles, después de
que los obispos eligieron y fracasaron con la suya, fue continuar con el
laicado.
Bien se ha dicho que si hubiera sido
dejado en manos de los obispos, México no habría tenido una batalla. Con
algunas excepciones, son irremediablemente pacifistas. Ciertamente era un
momento de gran angustia para ellos. Sabían que el derrocamiento del gobierno
mexicano envolvía el derrocamiento de una fuerza más vasta y poderosa, como de
la Huerta lo había descubierto en 1923, y Escobar lo supo en 1929. Hubo una
prohibición norteamericana sobre los envíos privados de armas hacia México y un
mercado abierto para el gobierno. Antes, en 1868, al revolucionario Juárez se
le permitió robar armas y municiones del almacén del general Sheridan, en la
frontera, con el fin de atacar al Emperador Maximiliano. Ellos saben todo esto
y lo que se libró en este asunto para llevarlo a cabo. En esto no fueron
engañados. Dwight Morrow mismo me lo dijo más tarde, en mayo de 1928, en su penthouse de la Quinta Avenida y la
Calle 66 de Nueva York: el gobierno norteamericano no consideraría ninguna
solución de la cuestión religiosa en México que involucrara un cambio en el
régimen.
Hoy existe un profundo rencor en el
corazón de muchos de los mexicanos católicos que conozco porque, con alguna
excepción (el obispo de Huejutla) la jerarquía no pronunció una palabra para
salir y pelear. Lo más que haría, y lo único, fue decirle a la gente que
conocía que tomara las armas para defender sus libertades, siempre que
estuviera en plena posesión de sus derechos y si todas las otras formas de
recurso habían sido agotadas y, además, que hubiera alguna posibilidad de
éxito. Más allá de esto, a pesar de ruegos y amenazas, el Episcopado como un
todo no haría nada
Así, los hombres jóvenes salieron a
los montes, y las mujeres se quedaron atrás para colectar dinero para armas,
hacer municiones y transportarlas a los campamentos por la noche.
Sin embargo, no fue exactamente una
guerra religiosa. Es verdad que su grito de guerra fue “¡Viva Cristo Rey!”
También es cierto que sus enemigos los apodaron con desprecio cristeros, así como jesuita y cristiano fueron al principio términos
de escarnio. La libertad religiosa, por supuesto, fue el primer punto de su
programa, pero la libertad de prensa, la libertad de asociación, la libertad de
reunión pública, fueron necesariamente negadas por un régimen totalitarista
donde sólo un partido político fue tolerado y no fue permitida ninguna
expresión públida de diferencia ideológica hacia este partido. La votación, se
decía, no tiene valor; sólo las balas podrían hablar.
Hubo ocasiones en 1927-28 en que no
se ejecutó el mandato del gobierno en cinco estados y sus fuerzas fueron
expulsadas por de ahí. En esos lugares, sólo el avión quedó como arma ofensiva,
y de alguna manera fue usado como en Etiopía, el noroeste de la India y Siria.
Los soldados profesionales fueron los comandantes de la “defensa armada.” Tengo
ante mí un reporte general de ataques, descritos de manera militar, de mayo 22
a mayo 31 de 1928. Ocurrieron cuando me alcanzaron en esos días rumbo a un
viñedo; es una muestra de dos años de pelea. Durante esos diez días, quince
combates, ganados o perdidos y que involucraron de ciento cincueanta a dos mil
hombres, fueron reportados por sectores de diez estados bastante separados.
Entre 1927 y 1929 multitudes de miembros de la Asociación de la Juventud, todos hombres jóvenes de buena familia y
con educación, perdieron sus vidas. No podemos decir que murieran en vano,
aunque ahora su sacrificio parece ser un fracaso.
Pero mi tarea no es hablar de las
batallas y de la revolución, aunque sea un capítulo glorioso de la historia
mexicana. Mi historia es sobre los sacerdotes, sobre la gente que sufrió y
resistió, pero no peleó; precisamente porque es un silencio épico que jamás ha
sido escrito.
III. El
desafío
En febrero de 1927, Calles precipitó
el clímax de su batalla contra la Iglesia con la orden que dió a todos los
sacerdotes de reportarse en la Ciudad de México. Todos los sacerdotes se
negaron en conjunto y de inmediato se convirtieron en sujetos al margen de la
ley. Obviamente era algo fuera del poder de un presidente mexicano dar
semejante orden: significaba interferir en las funciones espirituales de la
Iglesia, para lo cual no poseía ningún derecho.
Su excusa fue que los sacerdotes
dirigían la rebelión. De hecho, contrariamente a lo que se afirmaba en la
prensa norteamericana de ese tiempo, sólo tres sacerdotes tomaron las armas, y
sus nombres son bien conocidos: los padres Mendoza, Vega y Salinas. Lo hicieron
desafiando las órdenes de sus obispos, quienes los suspendieron de sus
funciones sacerdotales. Tal vez puedan ser perdonados por la confrontación
pavorosa que se vivía en esos tiempos e intentar distinguir su actividad como
sacerdotes de su actuación como meros ciudadanos. Otros cuantos actuaron como
capellanes de las fuerzas armadas en el campo de batalla.
El resto de los clérigos permanecieron,
más o menos, en sus puestos. Muchos de ellos huyeron casi todo el tiempo, y
cuando fueron atrapados fueron asesinados o encarcelados. Algunas veces la
persecución se puso al rojo vivo y quienes pudieron se deslizaron hacia el Río
Grande. Los pueblos de la frontera en Laredo, San Antonio, El Paso y Nogales
estuvieron repletos en esos días de sacerdotes que llegaban sin aliento al caer
la noche para llevar la salvación a una tierra libre. Se instalaron lo mejor
que pudieron gracias a la caridad de los obispos, particularmente el obispo
Shuler de El Paso, el arzobispo Drossaert de San Antonio y el obispo Cantwell
de Los Ángeles. Cuando tenían una oportunidad, se escabullían otra vez de
regreso, vestidos de peones, y hacían sus visitas sacerdotales hasta que la
persecución se ponía al rojo vivo otra vez.
El mismo Calles le dijo en enero de
1928 a John Gregory Mason, un corresponsal del Daily Telegraph de Londres, que él tenía cerca de cincuenta
sacerdotes fusilados por su rebeldía hacia el Gobierno. De hecho, los nombres
de cien sacerdotes son conocidos por haber caído con el pelotón de
fusilamiento.
Estuvo, por ejemplo, el Padre Elías
Nieves, agustino, cuya historia tomé del Bolletino
Historico Agustiniano de junio de 1928. Era un hombre vigoroso de cuarenta
años; cuando llegó la orden de febrero fue puesto como párroco en Cañada de
Casachas, en Michoacán, pero, por supuesto, se mudó de la parroquia a la cabaña
de un nativo.
El 8 de marzo, una compañía de
soldados llegó y preguntó por el sacerdote. Su casa estaba cerrada y
silenciosa. Comenzaron a derribar la puerta. La noticia se había corrido como
un incendio en el vecindario y en poco tiempo una multitud de peones había
hecho una sólida falange alrededor de la iglesia, por temor a que también fuera
destruida. “¿Dónde está el sacerdote?” Nadie lo sabía. Se había escabullido al
pueblo vecino; sin embargo, alguien se lo advirtió a los soldados. Fueron ahí,
pero no había señales de él. Finalmente, una pobre mujer campesina, bajo la
amenaza de tortura, señaló la casa con su tembloroso dedo y el padre Nieves fue
arrastrado públicamente. Dos fuertes peones hicieron un esfuerzo desesperado
por protegerlo, pero ellos también fueron detenidos.
Esa tarde, los tres prisioneros
fueron puestos a salvo en la casa de un rico católico, quien ofreció diez mil
pesos al capitán por sus vidas. Esto ya había ocurrido antes y ciertamente fue
la única razón por la cual fueron frecuentemente perseguidos los sacerdotes por
los capitanes locales. Pero este
“verde” era incorruptible y el padre tuvo que enfrentar al pelotón de
fusilamiento por la mañana. El capitán, sin embargo, les ofreció la libertad a
los dos peones, hasta tuvo que animarlos a ello. Impasiblemente se negaron a
dejar a su pastor, el capitán se encogió de hombros; sólo eran dos vidas más...
El Padre Nieves y los otros fueron
llamados muy temprano, las tropas se cuidaron de los inquietos lugareños. Los
dos peones se arrodillaron para la confesión y la absolución, y dieron un paso
juntos hacia adelante. “Estamos listos”, avisaron. Uno después de otro recibió
una lluvia de balas sin doblegarse.
Era el turno del sacerdote. Caminó
hacia la pared junto a los dos agrupamientos inmóviles; se volteó y pidió unos
momentos para estar consigo mismo. Se hincó un buen rato, después se paró y
dijo: “Estoy listo”. En el momento que los soldados levantaron sus rifles, alzó
su mano. “Hínquense”, les dijo. Les daré la bendición de un sacerdote con todo
mi perdón por lo que ustedes hacen.”
Cada uno de los sencillos soldados
se arrodilló y piadosamente recibió la bendición del sacerdote, haciéndose la
señal de la cruz en sus cuerpos.
El capitán se rió.
“Aun tú tienes mi bendición y mi
perdón,” dijo el padre Nieves. Como respuesta, el capitán sacó su revólver y le
disparó a matar. Luego, para estar seguro, dió un paso adelante y le dió el
tiro de gracia (coup de grace) en la
sien, levantándole la tapa de los sesos.
Su funeral al día siguente fue un
triunfo de la gente del campo; su cuerpo fue colocado junto al de sus dos
compañeros de fe.
Después hubo dos franciscanos, el
padre Junípero y el hermano Humildad. (Se crea o no, ¡esos fueron sus
nombres!). El obispo de Tacámbaro me contó su historia en ese momento.
Cuando llegaron los problemas, el
padre Junípero pensó que era mejor trabajar en los campos de alfalfa que
esconderse porque así podría llevar los servicios de un sacerdote. El hermano
Humildad trabajaba con él porque el padre tenía cerca de los setenta años.
Desgraciadamente un traidor dió
aviso de la inofensiva pareja. Un rico caballero, que tenía lo suficiente para
poseer un automóvil, los llevó rápidamente al pueblo más cercano, pero fueron
vistos por un pelotón de soldados que habían sido avisados e inmediatamente
fueron detenidos y llevados a Zamora, al cuartel del general Fox.
“¿Cuántas misas ha dado?”, preguntó
el general.
El padre Junípero, quien debió
meditar mucho tiempo sobre las Florecillas
de san Francisco, su patrono, respondió ingeniosamente:
“General, usted puede contarlas. He
estado ordenado cuarenta y cinco años. He dicho muchísimas.”
“No le pregunté eso,” gruñó el
furioso general. “Le pregunto que cuántas misas ha dicho desde que fue
prohibido decir misa.”
“La verdad, señor,” respondió el
padre Junípero, “he dicho tantas como he podido.”
Así, tuvo que enfrentar al pelotón
de fusilamiento. Se le puso para ello en un tren militar hacia Yurécuaro. El
tren tenía que regresar inmediatamente y, cerca de Zamora, el oficial
responsable ordenó que se detuviera e hizo que el padre Junípero se bajara.
Como estaba cerca del camino, le dispararon desde el tren. Pero, he aquí y
contemplad que, aunque su cuerpo había sido repleto de balas, ¡permanecía
perfectamente de pie! Estaba, literalmente, muerto sobre sus pies. Uno de los
soldados tuvo que bajarse y empujarlo.
Cuando el hermano Humildad vió lo
que había hecho, comenzó a gritar. Se paró en el andén del tren y lloró -no por
él, ciertamente, sino por el buen anciano que había cuidado tan fielmente.
Entonces, uno de los soldados le puso un rifle detrás de la cabeza, le disparó
y lo pateó.
Cuando alguien vaya por ese camino,
si sabe observar, verá en el trayecto un hermoso monumento que levantó la gente
en el sitio donde el Padre Junípero conoció la muerte. Yo pasé por ahí dos años
después y lo saludé desde el andén del tren con una oración, sin olvidar al
hermano Humildad.
Algunas veces los soldados
maltrataban a sus víctimas después de que habían muerto. En Silao, un pueblo
cerca de Salamanca en Guanajuato, donde hoy la gente llega a la estación y
ofrece sus prendas de lana, alfarería y guantes para vender, los campesinos se
levantaron en armas después de que las tropas del gobierno habían destruido la
famosa estatua de Cristo Rey en el Cubilete manifestándose, además, por la
deportación del Delegado Apostólico, monseñor Fellippi, ordenada por el
presidente Obregón.
Después de la escaramuza, las tropas
del gobierno llegaron a Baltierilla. El párroco, el Padre Jesús Méndez, quien
se había mantenido discreto pero abierto cuando estaba en su casa, fue
arrastrado al paredón para ser fusilado. Después amarraron el cuerpo a la
defensa de un camión y lo arrastraron
varias millas sobre el polvo de los caminos del campo.
No todos los sacerdotes fueron
asesinados. Los sótanos de la Ciudad de México estuvieron repletos de sacerdotes
y monjas, fueron cientos. Algunos fueron torturados y asesinados, otros
“desaparecidos”. Durante meses, el obispo de Aguascalientes, monseñor
Valdespino, estuvo en prisión y el simple hecho de estar ahí debió haber sido
una tortura porque era un hombre de cerca de trescientas detenciones. Fue
expulsado del país en 1927 y murió poco después, como cualquiera lo hubiera
previsto si lo hubiese visto como yo en El Paso.
Algunas veces los custodios hacían
algo para aliviar esta situación porque los amigos de los prisioneros siempre
estaban dispuestos a pagar mucho por pequeñas consideraciones a sus parientes y
amigos. Ciertamente, el general Roberto Cruz, Jefe de la Policía y ejecutor del
padre Pro, hizo mucho bien por ellos. De las peticiones de los católicos de la
Ciudad de México, calculó que podría exigir una suma de veinticinco mil pesos
al mes a las familias a las que permitiera refugiar un sacerdote y decir misa.
Con lo que recibió, construyó un fantástico palacio en la Ciudad de México, el
cual todavía se puede admirar. Desafortunadamente, no lo disfrutó mucho porque
calló de la gracia del dictador Calles, se reveló con Escobar y, derrotado,
huyó a Estados Unidos. Un amigo mío, quien no hace mucho tiempo pasaba por
Nogales hacia México, lo vió vestido pobremente y recargado en un poste de la
estación del tren, era un holgazán común. Después, por un cambio de suerte, fue
llamado a México por el presidente Cárdenas.
Los asesinos de sacerdotes fueron
bastante comunes. Así, por agosto de 1926, el Padre Luis Bátiz, párroco de
Chalchihuites, Durango, fue fusilado con tres jóvenes de la A.C.J.M. Su gente
intentó salvarlo, pero él lo impidió. Su tumba es hoy un lugar de
peregrinación.
En un pueblo de Jalisco, en 1927, el
padre Francisco Vera fue sorprendido mientras decía misa y fue fusilado cuando
usaba su ropa litúrgica. El capitán que lo fusiló le tomó una foto antes de
matarlo y se la envió a Calles para mostrarle su entusiasmo. Calles se la dió a
los periódicos. En otro pueblo de Jalisco, el asistente de un párroco (el Padre
Sabas Reyes) fue torturado durante tres días por no decir el paradero de su
pastor: fue fusilado. Así ocurrió la historia para más de cien. Es una historia
que nunca fue publicada por los periódicos del mundo, ni siquiera por los que
practican la difusión de noticias sensacionalistas.
Por ese tiempo, se encontraba en la
Ciudad de México un escritor que había oído todos los cuentos sobre las
represalias que se practicaban contra la población. Había escrito bien y a
menudo a favor de la revolución y se
reusaba a aceptar lo increíble, tal como siempre lo había hecho. De
manera que un grupo de sus camaradas hicieron una colecta, según me contaron, y
lo desafiaron a salir y ver. Su nombre era Carleton Beals.
Fué y lo que vió está contenido en el
capítulo diez y ocho de su libro, El
laberinto mexicano. No se le
puede pedir que entienda los asuntos y que ponga de relieve la lucha entre la
Iglesia y el Estado, pero se puede reconocer su valor por decir la historia
desconocida de lo que él mismo vió y oyó de primera mano.
Uno de sus primeros escándalos fue
ver a las autoridades gubernamentales de Guadalajara presumiéndole que cuarenta
ancianos y mujeres que habían sido atrapados llendo a misa habían sido
acorralados y fusilados durante la noche en el cementerio. Su siguiente
escándalo fue encontrar que la esposa de un importante oficial del gobierno
tenía misa en su propia casa, mientras
que una pobre mujer con su chal, que se apresuraba por las calles para ir a
misa temprano por las mañanas, fue seguida y finalmente destinada a ser atacada
por un pelotón de soldados.
Decía, “se convirtió en un buen
deporte arrestar católicos bajo sospecha, mantenerlos en prisión sin darle
preferencia a los cargos hasta que pagaran cientos de pesos por ser liberados y
bajo promesa de mantener la boca cerrada.” Después, encontró que el
procedimiento se había extendido hasta llegar a un edicto de confiscación sobre
las propiedades de católicos considerados como rebeldes, “de manera que sus pertenencias, finalmente,
llegaron a las manos de los oficiales preferidos.” Sobre el homicidio de un
prominente abogado e ilustre católico, Anacleto González Flores, supo más tarde
que “el Gobierno nunca presentó pruebas documentales que lo relacionaran
directamente con las bandas rebeldes que operaban en el estado.”
Pero lo que más le impresionó fue la
orden de concentración que dió el General Ferreira, quien obligó a evacuar un
área de Jalisco de ochocientas mil millas cuadradas, con cincuenta mil
habitantes establecidos. A todos se les ordenó salir y llegar a cinco lugares
designados -”quienes tenían cultivos de trigo, cebada y frutas listas para ser
cosechadas, estimadas en un valor de cuarenta millones de pesos.” La idea era
pacificar la región por desolación; y la orden fue ampliamente obedecida en
cada pedazo de tierra, la cual era bombardeada desde el aire cuando esto no
ocurría. Hasta los dueños de grandes haciendas tuvieron que dejar todas sus
pertenencias porque ya habían desaparecido y se les dijo que ni siquiera se les
permitía tener un encargado; hasta un sólo peón que se quedara sería fusilado.
“¡Una migración a Acadia,” gritó el señor Beals, “que dejó amargos recuerdos y
cicatrices de odio!”
Amargura y odio -sí; y sin asombro.
Había visitado familias en Guadalajara que lo habían perdido todo por tener el
privilegio de atender la misa o porque uno de sus hijos salió a las montañas
para vengar los agravios contra su gente.
El señor Beals no entiende “cómo
Cristo Rey, el Príncipe de la Paz, había servido para la matanza de hombres,
mujeres y niños inocentes.” Probablemente si él hubiera sido un tapatío y
realmente hubiera sufrido lo que vió, podría comprender que la muerte es
preferible a la esclavitud y que ésta es, únicamente, el indigno resultado de
ver su riqueza transferida a “generales” que no hacía mucho tiempo eran
sirvientes en la casa de su papá.
No vacila en decir: “De esta
desolación y de este éxodo, los militares y los bandidos irresponsables, no los
católicos, fueron responsables. Jalisco, el estado de la Unión más rico en
agricultura, fue barrido por una plaga de rebeldes y militares, el país quedó
deshecho por una plaga de grillos.” ¿Y el resultado? “Los nuevos acuerdos en
Los Altos se conviertieron, en parte, en un colosal robo con el cual todos los
ricos hacendados, además de mantener la Guardia Roja de Jalisco (no muy
amigable) fueron obligados a sobornar generales y políticos con el fin de
comprar privilegios para que se les permitiera cosechar sus cultivos.”
Pero no sólo sufrieron los
hacendados del país. Uno de sus más grandes líderes católicos en Guadalajara
fue Anacleto González Flores. Era un abogado que también había sido uno de los
organizadores de la Acción Católica.
Fue Presidente de la A.C.J.M., la organización juvenil de su estado, y fue
fundador de la Unión Popular.
Tranquilamente tomó su camino, practicó su profesión lo mejor que pudo y se
reunía con católicos a quienes animaba a mantenerse firmes en su fe. Sobre todo
porque eran vulnerables, sin la vida sacramental de la Iglesia y en medio de daños
físicos graves, a aliarse con el gobierno para salvar sus vida y
propiedades.
Una noche fue a visitar la casa de
dos de sus sobrinos, Ramón y Jorge Vargas González, cuando la policía irumpió y
arrestó a los tres. Fueron llevados a la estación de policía e interrogados
sobre el paradero del arzobispo de Guadalajara, monseñor Orozco y Jiménez,
quien entonces se escondía, a veces en las montañas y a veces en la misma
ciudad. Ellos se negaron a decir una palabra. Fueron torturados y aún así
continuaron en silencio.
Por ello fueron alineados contra la
pared y fusilados el 1o de abril de 1927. “¡Yo muero, pero Dios no muere!”
fueron las últimas palabras de Anacleto, como García Moreno. La heróica y joven
viuda platicó detalladamente a su joven hijo todo lo que había ocurrido, de
manera que nunca lo olvidara; él tiene, además, una fotografía tomada junto al
cuerpo de su padre. Tampoco Guadalajara se ha olvidado de él: se mantiene firme
en la ciudad como un caballero ilustre. Con gran cariño y grandeza todavía se
encuentra en la memoria de esa vieja ciudad, la segunda más grande de
México.
Hay un tipo de testarudez en
Guadalajara que nadie ha sido capaz de vencer. A un sátrapa del gobierno se le
ocurrió cambiar los nombres de las calles que tenían nombres de santos (un
verdadero compendio de martiriología) en las avenidas I, II, III, etc., y la
1o, 2o y 3o calles. Pero la población no lo aceptó. Los santos se mantuvieron
todo el tiempo que quiso la gente. La oficina postal se negó a repartir las
cartas a las calles con los nombres de los viejos santos; sólo repartía a las
nuevas direcciones. La gente no escribía cartas. Cuando una mañana muchos de
los nuevos letreros ya no estaban y, en cambio, permanecían grabados los
nombres de los santos en las piedras que todo mundo conocía bien, los oficiales
agradecían no tener que hablar más del asunto. En días más felices espero ver
el nombre de Anacleto Flores adornando la calle principal de la ciudad.
No necesito ofrecer mi propio juicio
sobre todo esto. Ha sido juzgado por hombres de quien nadie puede sospechar
prejuicios por la Iglesia. Ernesto Gruening, cuyos juicios han sido
completamente desfavorables hacia la Iglesia, investigó las represiones y
represalias y concluyó así:
“Fue el ejército mexicano el que no
dejó morir a la Iglesia. Los militares fueron oportunistas y patrioteros en su
persistencia. Aceptaron la lucha sólo con un grito. Cualquiera persona podía
ser denunciada y a la larga despojada.
En el Jalisco conservador, donde la gran simpatía por los rebeldes no implicaba
necesariamente una ayuda abierta, los comerciantes, hacendados y rancheros de
las filiaciones católicas conocidas fueron sistemáticamente arrestados y sus
propiedades confiscadas.
“O eran atacados al querer salvar
sus cultivos de ser tomados. Si un hombre muy maltratado escapaba con vida,
ardiendo en indignación huía a las montañas. Pudo haber sido neutral o un
simpatizante pasivo; pero se convirtió en un rebelde activo con la
intransigente pasión de un hombre ofuscado.”[2]
Página tras página, el doctor
Gruening enlista casos de hombres a quienes les ocurrió esto y algunos que
perdieron la vida. En Guadalajara, Alfonso Arce, cuyos parientes fueron
apresados por oficiales, no estuvo en peligro, pero fue fusilado treinta y seis
horas más tarde, dejando una viuda y tres pequeños niños. En Guanajuato, José
Santibáñez, bajo las órdenes del general José Amarillas; otros más fueron
asesinados por soldados cuando éstos les dipararon al viajar en carreta; y así
otros tantos. La Ley Fuga, por
supuesto, jugó un papel importante en los hechos: era el pretexto de que la
víctima había sido asesinada “cuando intentaba escapar.” El Doctor Gruening
descubrió una nueva ley: la Ley del
suicidio, la cual era una invención del General Roberto Cruz: el prisionero
había sido encontrado en su celda por la mañana con un hoyo de bala en la
cabeza y un revólver a su lado. A la gente se le pedía que creyera que no se
había investigado al prisionero después del arresto para saber si tenía armas
ocultas.
Así, la lista de honor en México
está muy extendida. Por lo menos dos niños conocidos sufrieron la muerte: Tomás
de la Mora, de diez y seis años de edad, quien por sí mismo se amarró la cuerda
alrededor del cuello para no dejar a los soldados que lo tocaran. Y Pepito Sánchez
del Río, de sólo trece, quien caminó tranquilamente hacia la tumba que habían
cavado para él, de manera que no tuviera que ser llevado hasta ella una vez que
los soldados terminaran su trabajo.
IV. El Padre Pro
Muchos sacerdotes perdieron la vida
bajo las represalias de la rebelión anti-callista durante 1927-1929,
desafortunadamente muchos de ellos murieron oscuramente y nunca sabremos los
detalles de su desaparición. Permanecen como testigos mudos de la negativa del
clero mexicano a obedecer la orden gubernamental de abandonar sus obligaciones
sacerdotales.
Pero hay una víctima del pelotón de
fusilamiento que, por una u otra razón, se convirtió en una figura mundial. Una
razón es que el gobierno tomó fotografías de su ejecución y las dió a las
agencias de noticias, que a su vez las repartieron por todo el mundo.
Este acto de Calles fue un serio
error de cálculo. Su objetivo era mostrarle al mundo cómo se rebelaban los
sacerdotes contra el gobierno y cómo el éste detenía la rebelión. El resultado
fue que los cristianos de diferentes partes del mundo aceptaron al padre
Jjesuita Miguel Agustín Pro Juárez como un mártir; y otras personas, con el
testimonio de hombres como Ernest Gruening y Carleton Beals (quienes
ciertamente fueron testigos imparciales en el asunto), simplemente vieron las
ejecuciones como otro ejemplo de la barbarie mexicana.
Debido a los disturbios durante la
juventud del padre Pro, gran parte de su educación fue en el extrajero. Regresó
como sacerdote a México justo al final del fatídico mes de julio de 1926 con el
que comenzaron los problemas. Su primera tarea sacerdotal fue escuchar en
confesión a miles de personas que atestaban las iglesias en la víspera de ser
cerradas. Nos dice en alguna de sus cartas que confesaba de las cinco y media
de la mañana hasta las once; después, de tres a ocho de la noche. Dos veces,
nos dice, era movido de un lugar a otro en una condición muy endeble, debido a
que se había enfermado los últimos meses de su estancia en el extranjero.
Pero una vez que las iglesias fueron
cerradas, comenzó un nuevo tipo de existencia. Sus cartas estaban llenas de
escenas divertidas y apasionantes que le occurrieron. Aquí tenemos un recuento
de sus nuevas obligaciones, típicas de todos los otros sacerdotes.
“Tan pronto como los servicios en
las iglesias fueron suspendidos, organicé lo que se llamó ‘estaciones para la
comunión’. Eran diferentes lugares donde iba a dar la comunión. De esta manera,
diariamente distribuía unas trescientas comuniones. Los primeros viernes de mes
hubo un aumento considerable; el último primer viernes de mes dí mil doscientas
comuniones. Había fijado ciertos días para para oír a la gente en confesión, y
tenía varias casas designadas donde la
gente de todas las clases iba a consultarme, a recibir algún consejo o a
escuchar alguna exhortación.
“¿Cómo animarme con tanto trabajo,
encontrándome tan débil y acabando de dejar el hospital?... Esto me mostraba,
en último término, que si la Divina Providencia, quien me convertía en su
instrumento, no tenía ayuda en el trabajo, yo había fallado completamente a
aquello de: Unde non ego sed gratia Dei
mecum.”
Algunas veces el trabajo creció
peligrosamente y la policía tuvo que ponerse más lista, pero el padre Pro
siempre mantenía la prudencia:
“A pesar de la estricta vigilancia
por parte de la policía secreta, que tenía en esa ciudad más de diez mil
agentes, fui capaz de bautizar, presidir matrimonios y aplicar los santos
óleos. En dos ocasiones, la policía llegó al lugar donde ejercía mi ministerio;
en una de ellas eran las seis y media de la mañana; yo estaba en alguna de las
estaciones para la comunión. Justo a la mitad de la comunión, dos sirvientas
llegaron gritando, ‘¡la policía!’ Todo mundo se puso pálido de terror.
‘Tranquilos,’ les dije, ‘escondan sus velos, distribúyanse en los cuartos y no
hagan ningún ruido.’ Disfrazado con mi
traje color gris y con el Santísimo Sacramento en el pecho, fuí a recibir a los
intrusos.
“‘Aquí hay un culto público,’ me
dijeron.
“‘No, no hay ninguno,’ respondí.
“‘Pero sí lo hay, señor, aquí hay un
culto público.’
“‘Bueno, los engañaron, caballeros.’
“‘Vimos a un sacerdote entrar en...’
“‘Tenemos órdenes de revisar la
casa. Síganos.’
“‘Bueno, ¡eso me gusta! ¿Los sigo?
¿De quién es la orden? Permítanme decirles mi nombre. Vamos a la casa y si
encuentran un culto público, me lo dicen, así podré oír misa.’
“Comenzaron a correr por la casa y,
para evitar que mi infortunio fuera peor, los acompañé para decirles qué había
detrás de cada puerta cerrada. Pero, como era la primera vez que iba al
interior de la casa, lo que dije ser un cuarto para dormir se convirtió en un
estudio. No encontraron a ningún sacerdote y la inteligente policía se llevó a
sus guardias a la entrada de la casa. Me salí con ellos, diciéndoles que si no
tenía nada más qué hacer, permanecería a su lado mientras atrapaban al audaz
sacerdote, quien había hecho un deporte por la extraordinaria vigilancia y por
las ganas enormes que tenía la policía de encontrarlo. Después terminé de dar
la comunión; cuando regresé al mismo lugar el sacerdote todavía no había
aparecido.”
Alguna vez, por un momento, su
audacia fue demasiado lejos para quienes visitaba con la intención de darles la
comunión; tuvo que renunciar a esta tarea porque no era conveniente; no sin
haber tenido un poco de diversión privada a expensas de la honrada policía.
“En otra ocasión, llendo a misa en
las inmediaciones, repentinamente tropecé con dos policías que cuidaban la casa
donde iba a celebrar.
“Esta vez estamos perdidos,’ me dije
a mí mismo. Entrar sería exponerme a mí mismo; regresar sería temor; abandonar
a la gente que está dentro sería una vergüenza. Con toda la frialdad posible,
me detuve enfrente de los policías, apunté el número de la casa, me desabotoné
el abrigo como si fuera a mostrarles algo y dije: ‘Hay un gato ahí dentro.’ Me
dieron un saludo militar y me dejaron pasar. Pensaron que estaba en la reserva
militar y que les había mostrado una de las insignias que estos militares
acostumbran usar bajo sus abrigos. ‘Ahora hay un gato adentro,’ dije, mientras
subía las escaleras. La misa fue imposible. La gente que me veía llegar
empalidecía y quería ponerme a salvo detrás de un ropero. ‘Ahora estamos un
poco más seguros,’ les dije, ‘viendo que tenemos a la policía cuidando nuestra
casa.’ Pero no tuvo caso. Querían que saliera por el techo. Tomé mi sotana,
salí por donde había entrado y recibí dos magníficos saludos militares de los
policías.”
Por supuesto, tenía que usar
diferentes disfraces, así como lo hacían todos los sacerdotes que realizaban el
mismo peligroso trabajo que él.
“Mi apariencia de estudiante
mantenía en calma muchas de las sospechas sobre mi profesión. Algunas veces con
una vara en la mano, otras con un perro policía que me habían dado y que me
seguía de cerca; otras manejaba la bicicleta de mi hermano (que ya me había
dejado un moretón en el brazo izquierdo y un chichón en la frente) para ir por
todos los lugares día y noche y hacer algo de provecho...
“Me habían nombrado jefe de la mesa
de conferencistas y mi obligación consistía en preparar a aquéllos que iban a
hablar frente a multitudes. Muchos hombres jóvenes de la capital venían a
vernos, jóvenes con talento y esperanza que resolvían sus dificultades de
filosofía, moral, sociología y política.
“Oí confesiones aun en las cárceles;
aquí dediqué la mayoría de mi tiempo porque estaban llenas de católicos. Les
llevaba alimentos, almohadas, cobertores, dinero, cigarros o todo esto junto.
¡Si los custodios supieran que clase de ave era! ¡Cómo deseaba que lo supieran,
así podría ser prisionero, aunque fuera por un par de semanas! Veinte días
después fue dada una orden para que me arrestaran. Pero no había sido
ejecutada, a pesar del hecho de no encontrarme escondido, de llevar a cabo todo
lo que tenía que hacer a plena luz del día, y aplena luz eléctrica, y que el
sol no siempre sirviera para mis propósitos.
“Había dado muchos retiros. Uno lo
dí disfrazado de mecánico a unos veinte choferes. Lo tuvimos en un gran patio.
Otro fue para unas ochenta maestras del gobierno, mujeres sin ningún temor de
Dios ni de los hombres. Negaban la existencia del infierno y la inmortalidad
del alma. El retiro terminó con veinte notables conversiones; todas las mujeres
recibieron la comunión.
“Un día fuí a atender a una mujer
enferma. Era una teosofista de la primera orden que echó un montón de pestes y
blasfemias contra lo que nosotros considerábamos como lo más santo y sagrado.
Realmente era una boca infernal, pero en seis días ha cambiado completamente.
Muy probablemente morirá mañana a consecuencia de una operación, pero le dí la
Santísima Comunión a tiempo.”
Así, cuando el año 1926 terminaba y
se acercaba 1927, con los rebeldes ya formados en las montañas, la alegría se
convirtió en preocupación al comenzar la represión.
“El cuatro de diciembre, el día que
fueron soltados seiscientos globos para distribuir miles de folletos en defensa
de la religión, me tomaron prisionero con un joven. Nos llevaron a la cárcel en
la noche, a las siete, marchando entre dos filas de soldados. Pasamos la noche
en el patio del cuartel, bajo un cielo despejado y con esta orden en la
prisión: ‘Mantengan a los prisioneros libres de comodidades.’ Durante la noche
hicimos nuestras alabanzas y cantamos canciones religiosas que podíamos
recordar. Al día siguiente fuimos puestos en libertad. Ahora que pienso en eso,
me asombro de que no me hayan fusilado. Antes de salir me preguntaron: ‘¿Está
listo para pagar alguna cantidad de multa? El señor Calles está muy molesto por
el asunto de los globos.’ ‘No, señor,’ respondí, ‘por dos razones: la primera
porque no tengo un centavo; la segunda porque, aunque lo tuviera, no quiero
mantener por el resto de mi vida el remordimiento de haber contribuido, aunque
fuera con un centavo de mi bolsillo, a mantener el actual gobierno.’
“Los católicos habían tomado la
defensiva contra Calles y las represalias habían sido terribles, sobre todo en
la Ciudad de México. Los primeros en sufrir serían aquellos que pusieran su
dedo en la cuestión religiosa. Yo puse los míos hasta el codo. Oh, y si fuera mi
suerte ser uno de los primeros, o de los últimos, como sea, en estar en la
lista. Si los soy, tengan listas sus oraciones para el Cielo.”
Parecía tener la premonición de que
esto no iba a durar. Las sombras se fueron acercando y los pensamientos se hicieron
más serios. El “número ganador” ya giraba en el tambor de la lotería.
“Había tenido una experiencia muy
graciosa, la cual pudo haber terminado trágicamente la primera noche de un
retiro. Al salir de la casa a las nueve y media, me sorprendió la mirada de dos
tipos que habían cruzado la calle y me esperaban en la esquina. ‘Mi amigo, me
dije, despídete de tu vida.’ Pero confiado en el refrán que dice, quien pega
primero pega dos veces, me volví hacia ellos y les pedí un cerillo. ‘Puede
conseguir uno en la tienda,’ fue la respuesta. Caminé, pero me siguieron. ‘Tal
vez sólo es una coincidencia,’ pensé. Cambié de camino: hicieron lo mismo.
‘Esta vez estoy perdido, me dije a mí mismo. Tomé un auto; hicieron lo mismo.
Afortunadamente, el conductor era católico y viendo el aprieto en el que me
encontraba se puso a mi servicio. ‘Mira, muchacho, en la esquina que te
indique, disminuyes un poco la velocidad; salto y te sigues derecho.’
“Puse mi gorra en el bolsillo y...
salté. Me levanté y me recargué en un árbol, pero de tal manera que pudiera ser visto por ellos. Un segundo
después pasaron casi rozándome con la salpicadera de su coche. Me vieron, pero
no se les ocurrió en lo más mínimo que era yo. Me regresé, pero no tan ágil
como lo hubiera querido porque la caída me había dejado aturdido. ‘Calma,
muchacho; ahora estamos listos para la otra.’ Y cojeando tomé camino a casa.”
“Sí, anhelaba la calma de nuestros
hogares por la paz con la que cumplimos nuestros deberes ordinarios... Pero
aquí, en medio del torbellino, me maravillaba del especial cuidado de Dios, de
las gracias tan especiales que Él nos da. Su presencia más profunda la sentimos
cuando el desaliento nos hace sentir nuestra pequeñez; siento la verdad de
aquella respuesta sublime: ‘Por tí mi gracia es abundante: haces que la virtud
se haga fuerte en la debilidad.’
“El gran poder de nuestros enemigos,
quienes se confiaban al dinero, las armas y las mentiras, iba a caer muy
pronto, como la estatua que Daniel vió volcarse por el guijarro que cayó del
cielo. Hasta el esplendor de la Resurrección se oculta porque la obscuridad de
la Pasión está casi siempre en lo profundo. Por todas partes recibimos noticias
de ataques y represalias; las víctimas son muchas; el número de mártires crece
cada día. Oh, si sólo me sacara algún número ganador.”
Su hora no estaba lejos. Mientras el
general Obregón manejaba su auto por el Bosque de Chapultepec, otro auto se le
accercó y desde ahí le arrojó una bomba. Fueron daños menores, sólo un rasguño
en la pintura. Los guardias de Obregón dispararon, pero todos los ocupantes
habían escapado, excepto el conductor, un tal Nahum Lamberto Ruiz, quien quedó
aplastado detrás de la llanta con una bala en el ojo. Nadie más fue atrapado,
sólo un jóven indígena, Juan Tirado, quien huía lleno de pánico con otro
transeúnte, pero fue capturado finalmente por la policía.
La noche del diez y ocho de
noviembre, el Padre Pro se encontraba tranquilamente en la casa de sus papás,
en el mismo cuarto que sus hermanos más chicos, Humberto y Roberto. La policía
irrumpió y los arrestó a todos. Humberto insistió en confesarse antes de que
aquéllos comenzaran, y el padre Pro opuso resistencia a la policía hasta que
logró hacer lo que su hermano quería. Entonces les dijo a los dos:
“Desde este momento permítasenos
ofrecer nuestras vidas a Dios por la Iglesia de México, y que se nos permita de
tal manera que Dios acepte este sacrificio.”
Una vez en prisión -pero dejemos al
más joven, Roberto, contar la historia, tal como me la escribió no mucho
después:
“En prisión, primero estuvimos todos
en la misma celda. Sólo una vez nos pusimos a considerar lo que le diríamos a
los jueces, pero inmediatamente Miguel nos dijo: ‘No; no arreglaremos eso; Dios
dice que cuando nos encontremos con nuestros jueces no vacilemos en responder
porque el Espíritu Santo nos ayudará.’ Así fue el acuerdo. Nos encomendamos
entre nosotros de nuevo a Dios, luego nos olvidamos de la seria dificultad en
la que nos encontrábamos y comenzamos a cantar alegremente, a bromear y a
conversar, así como lo hubiéramos hecho en cualquier otra situación.
“Más tarde cada uno de nosotros fue
interrogado por separado y luego incomunidado, aunque yo me encontraba cerca de
mi hermano Miguel. Nos mantuvimos serenos y no paramos de declarar que no
teníamos que ver nada con el intento de asesinato. (A los tres nos hicieron
pronunciar bajo juramento nuestras declaraciones).
“Durante los seis días que estuvimos
confinados, nunca abandonamos nuestros sentimientos de alegría y hablábamos
entre nosotros en voz alta. Miguel rezaba el rosario y nosotros lo seguíamos,
como también lo hacían muchos otros que estaban confinados. El Padre Pro se
hizo querer por todos los demás, hasta por los custodios; compartía su comida
con los soldados, les daba cigarros, de hecho era como uno de ellos: un
compañero y un amigo. Uno de los custodios lo sometió a sus dudas sobre
religión y sobre si estaba permitido pertenecer a una sociedad prohibida. El
padre Pro, inmediatamente, se puso a convertir a ese hombre. Tuvo éxito;
después de su muerte el hombre regresó a la Iglesia.
“Cerca de una hora antes de la
ejecución, aunque nada se nos había dicho, tuvimos el presentimiento de lo que
iba a pasar, el padre Pro se dirigió a mí y me dijo: ‘Esta mañana nosotros tres
vamos a ser fusilados. No se preocupen; más bien démosle gracias a Dios por
haber sido elegidos; vamos a renovar nuestro ofrecimiento y a pedir perdón por
nuestros enemigos.’ Cuando llegó la hora y el jefe vino a llamarnos, nos
encontró bromeando entre nosotros y brincando de un lado a otro para
mantenernos calientes porque hacía muchísimo frío y la inactividad había
disminuído nuestra circulación.
“Cuando fue llamado, Miguel salió
como había entrado, sin sweater, el cual se había quitado para tener más
libertad de movimiento. Lo enviaron de regreso por él, y cuando regresó yo le
ayudé a ponérselo. Como yo estaba preocupado por él, Miguel me dió una
palmadita en el brazo para mostrarme su auto-control. Salió de la prisión sin
una palabra de protesta o de violencia... Lo que ocurrió después, usted ya lo
sabe.”
¿Qué fue esto que ocurrió? Juan
Tirado había sido terriblemente torturado para implicarlo con los otros; todo
lo que diría es que no sabía absolutamente nada, que lo único que ocurrió es
que él pasaba por ahí. Manchas de sangre fueron encontradas en la parte trasera
del auto, le tomaron las huellas digitales, pero, evidentemente, no eran las de
los hermanos Pro ni las de Luis Segura Vilchis, un joven ingeniero católico,
muy importante por su trato con los católicos. También fue acusado. No hubo
ninguna evidencia para probar la complicidad, sin embargo, los cinco fueron
condenados a morir sin un juicio previo.
Mientras tanto, se hacían frenéticos
esfuerzos por salvarlos. El amparo,
que es el medio de impugnación casi sagrado y que siempre se concede, aun en
los peores casos, fue rechazado. Prominentes ciudadanos visitaron a las
autoridades, pero se rechazó su petición. Visitaron al embajador
norteamericano, Dwight Morrow, quien les dijo que él no podía intervenir.
Finalmente, un embajador de Sudamérica recurrió a Calles y consiguió un
indulto. Feliz, corrió a la prisión sólo para oír la noticia de que todos ya
habían sido fusilados -todos menos Roberto, quien así fue como se salvó. Fue
liberado casi inmediatamente.
El padre Pro fue el primero en
morir. Cuando fue a la pared en el patio de la prisión, se arrodilló un
momento, mantuvo los ojos en el crucifijo que había recibido cuando hizo sus
votos. Perdonó a sus enemigos y no permitió que lo vendaran. Colocó sus brazos
en forma de cruz y justo en el momento en el que se dió la orden de fuego,
gritó: “¡Viva Cristo Rey!”, y calló repleto de balas. Un
sargento le dió el tiro de gracia (coup
de grace) en la sien.
Humberto, Vilchis y Tirado tomaron
su turno. Los dos primeros con el mismo grito, pero a Tirado se le preguntó si
quería algo; débil por la tortura y la inminente neumonía, con la voz entre
cortada dijo: “¡Quiero a mi mamá!”
Esa noche hubo una escena
extraordinaria en la casa de los Pro. Miguel colocado como cualquier ciudadano
y también como sacerdote jesuita, desafiando la ley con sotana y roquete,
presidía las oraciones. Sobre el pecho del padre Pro, durante toda la noche, se
colocó un cáliz con el Sántisimo Sacramento. Roberto dió la noticia de que
quería ir a comulgar: ahí estaba la comunión esperándolo.
El funeral fue un inmenso fluir de
personas, en quienes la alegría cristiana y el dolor humano se mezclaban de
igual manera. Hoy, al padre Pro se le venera y se le pide su intercesión como a
un verdadero mártir en cualquier parte que haya católicos.
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