Universidad Abierta

 


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Mártires mexicanos. Relatos sobre la persecución religiosa en México

 

Wilfrid Parsons

 

 

Palabras del traductor

 

Con los términos que emplearía un historiador como Michel de Certeau, puedo decir que la presente obra es un intento por lograr una descripción de los hechos desde una perspectiva que pretende ubicarse entre la escritura sabia y la oralidad popular. Es decir, no es un trabajo con todo el aparato metodológico que se emplea en el quehacer historiográfico; pero tampoco es una mera ennumeración de acontecimientos, más o menos bien construida, que se ha transmitido de persona a persona. Ni mundo sin conciencia ni conciencia sin mundo. Me parece que éste es el camino que ha recorrido el autor de Mártires mexicanos, quien realmente fue un testigo de los sucesos que describe, pero no un “actor” de los mismos. En todo caso, su “autoría” la encontramos en la escritura de esta historia, es decir, es autor de aquello que aconteció en la medida que los hechos humanos son más que ellos mismos: son la recreación de quien los narra y de aquél que accede a dicha narración.

Más aún, su condición de extranjero en nuestro país le da a su trabajo una perspectiva que enriquece la interpretación tanto de la fe religiosa de los mexicanos, cuanto de la fe política de los hombres que gobernaron México a finales de los años veinte y principios de los treinta. Por supuesto, no se trata de afirmar una ingenua imparcialidad en el quehacer de interpretar los hechos sino reivindicar el sentido y valor de la propia experiencia (o vivencia, como suelen decir algunos filósofos contemporáneos) en la cual no podemos hablar en sentido estricto de falta de objetividad porque la propia experiencia es aquello que posibilita el acto de juzgar todo lo objetivo y subjetivo de nuestra vida. De hecho, siempre que nos atenemos a describir, interpretamos; el simple acto de señalar el mundo es editarlo desde nuestra propia vivencia.

Los rostros a veces anónimos y desgarrados que presenta el jesuita norteamericano Wilfrid Parsons, nos muestran a jóvenes, niños, hombres y mujeres del campo, profesionistas, sacerdotes, monjas, estudiantes, ancianos, padres de familia, religiosos; quienes devuelven el entusiasmo a nuestra fe en un mundo con afanes espectaculares, donde la mano izquierda siempre sabe lo que dio la mano derecha; fortalecen la alegría del servicio sencillo a los demás y renuevan el misterio de la absoluta gratuidad que hizo presente al Eterno en la historia.

 

Ignacio Hernández-Magro Miranda

Santa Fe, Ciudad de México.

Diciembre de 1999.

 

Mártires mexicanos. Relatos sobre la persecución religiosa en México

 

Prefacio

 

Este libro intenta ilustrar con una serie de hechos la naturaleza de una lucha que se libró en los últimos diez años en el país vecino. No es una obra de controversia, mucho menos un trabajo erudito sobre la situación mexicana. No es un recuento de todos los sucesos mexicanos. Está pensado para dar al lector un retrato lo más fiel posible de cómo han vivido los mexicanos durante ese tiempo, particularmente si fueron parte de la Iglesia en la lucha. Está francamente escrito con simpatía hacia estos mexicanos, pero con un esfuerzo sincero por comprender y presentar el punto de vista de aquellos que fueron sus opositores.

Una palabra debe ser dicha sobre las fuentes de muchos incidentes que se narran a lo largo del libro. Desde el momento en que no es una obra científica de historia, generalmente las referencias no son dadas, excepto cuando se quiere considerar las citas de los libros, los cuales son casi siempre restringidos a escritores que, generalmente, han sido conocidos como simpatizantes del gobierno mexicano. Muchos de los incidentes relatados, como se podrá notar, son experiencias personales del autor o le fueron narradas de primera mano por personajes involucrados en ellas. El autor está en deuda con estas personas. Para toda la última parte del libro, después del capítulo XI, el autor ha tenido el privilegio de inspeccionar los archivos privados  de la Delegación Apostólica de México, ahora en San Antonio Texas. Estos archivos consisten en reportes exhaustivos realizados por los obispos o administradores de cada diócesis mexicana para el representante del Papa; en primer lugar, de acuerdo con el cuestionario que se les pidió responder y, en segundo, de acuerdo con los reportes mensuales hechos desde entonces. Estos archivos son material inédito y son utilizados con permiso especial. Son mencionados aquí por primera y única vez como autoridad de estos capítulos. El resto de lo que se narra es del conocimiento público.

 

 

 

 

Contenido

 

Capítulos

 

I. El dilema

II. El reto

III. El desafío

IV. El Padre Pro

V. Los pastores ocultos

VI. Heroínas anónimas

VII. Tres meses

VIII. ¿La solución?

IX. Meditación en Tepozotlán

X. Interludio político

XI. Atando cabos

XII. El sol antes de la tormenta  

XIII. “Encontraré al pastor...”

XIV. Las catacumbas

XV. El eterno desacuerdo

XVI. Una rivalidad

XVII. “No hay Dios”

XVIII. Calidoscopio

XIX. “De profundis”

XX. Muerte y juicio

XXI. La decencia dice adiós

XXII. Epílogo

 

 

 

 

I. El dilema

 

El pueblo de Irapuato, en el estado de Guanajuato, está en un cruce ferroviario donde se puede llegar directamente por el camino Ciudad de México-Guadalajara, o cambiar de vía por el largo camino del norte, hacia Juárez y El Paso.

Es un pueblo flojo y polvoriento, con un solo hotel que puede ver y no es más atractivo que cualquier pueblo de Estados Unidos. La comida era un rutinario plato grasiento de huevos fritos con sabor a conservador y café frío servido desde el desayuno. Pronto la comida se había acabado y no había nada más que hacer sino deambular para saber lo que era Irapuato. Tenía casi nada: una suerte de desesperanza, de lugar rutinario, sucio, gris y apático.

Desde entonces, en ese pueblo de Irapuato, tuve la experiencia que parecía esconder el verdadero misterio y espíritu de México.

Estaba solo, arrodillado en la parte trasera de una de las parroquias de Irapuato. El piso era irregular, de piedra, duro e incómodo; las paredes grises estaban rayadas por las marcas del tiempo; banderas desteñidas de rojo y amarillo quedaban colgadas en el techo. Una o dos mujeres arrodilladas aquí o allá. Mientras estaba arrodillado, con sentimiento de dificultad y dispersión, una puerta lateral se abrió y un pequeño indígena, de tal vez cuarenta años de edad, entró. Vestía solamente sus pantalones y chamarra de algodón, sus sucios y desnudos pies con sandalias de piel, su invariable y vistosa manta alrededor del cuello y un gran sombrero en la mano.

Lentamente se movió hacia la mitad de la iglesia, se arrodilló, colocó con cuidado su sombrero junto a él y, repentinamente, se inclinó y besó el suelo. Luego se enderezó y, todavía arrodillado, estrechó sus brazos en forma de cruz. De esta manera permaneció mucho tiempo: arrodillado y emocionado. Nunca olvidaré sus ojos: veían hacia adelante; a mí no me vieron en absoluto. Eran café oscuro, casi negros. No declaraban, no se distraían, sino que estaban alumbrados. Por unos segundos observé un auténtico éxtasis de devoción. Cuando dejé la iglesia, todavía estaba ahí, de rodillas.

Durante horas estuve bajo el encanto de aquel pequeño indígena. Años de lectura, estudio y trato con los mexicanos siempre me han dejado un enigma por resolver: ¿Puede ser destruida la Iglesia en México como lo fue en Inglaterra, Suiza y Prusia, o como no lo fue en Irlanda o Polonia? ¿Puede la fe  ser arrancada del espíritu de la gente? En el pasado lo ha sido más de una vez. ¿Puede ocurrir aquí en México? Todo lo demás me parece una discusión inútil. El corazón del debate está aquí, en el espíritu de los mexicanos, no en los periódicos o en los palacios legislativos o en los obscuros y húmedos calabozos.

Esto, entonces, es lo que significa México. ¿Lo que ví en los ojos de mi Irapuato indígena morirá para siempre y se convertirá en sólo una mirada sin sentido? Me parece que esto es lo valioso de este estudio; me parece que todavía es una pregunta inquietante.

México, más que Rusia y España, es una tierra generosa para el destino humano. Hace ciento quince años fue el lugar que dió a conocer la civilización española; era la Nueva España. Junto al esplendor de su arquitectura, pintura, escultura, bibliotecas y salas de lectura, nosotros fuimos como colonias, en un siglo y medio, débiles esfuerzos de aldeas llenas de retraso y enfermedad. Cuando España abandonó México, dejó una cultura y una civilización, con lo cual queremos decir que fueron tan grandiosas que ningún país pudo expresar tanto; los sólidos monumentos todavía están ahí para mostrarlas, en cientos de iglesias, escuelas, salas, construcciones públicas y casas privadas. Nosotros todavía tendremos que recorrer un largo camino antes de que hayamos creado toda la belleza que fue y es México.

Sin embargo, hace ciento veinte años México dejó de crecer repentinamente, los mexicanos comenzaron a pelearse entre ellos; difícilmente se edificaba una construcción de cualquier tamaño o se creaba alguna pieza de arte hasta que Porfirio Díaz construyó muchos edificios públicos y Diego Rivera comenzó a cubrir paredes con propaganda bolchevique. Durante todo ese tiempo hasta entonces hubo un enemigo que los políticos que dirigieron el país temieron y odiaron; alguien a quien despojaron y aprisionaron con un enredo de leyes: la Iglesia católica. Hasta Porfirio Díaz, en sus veintisiete años consecutivos de ejercicio autocrático, nunca permitió, a pesar de la gran literatura polémica en contra, que la Iglesia tuviera más que una débil existencia con la boca cerrada.

Como consecuencia de todo esto, en 1935 el gobierno mexicano anunció que alguien a quien le teme por encima de todas las cosas, más que a la explotación extranjera del petróleo y los metales, más que al gobierno gringo de Washington, es a la misma Iglesia católica. ¿Será porque él también se había fijado en los ojos de los indígenas y vió lo que yo vi en Irapuato?

Cada turista en México ha visto los ojos que lentamente se levantan ante él, así como los verdes campos por los que atraviesa y las aldeas de adobe, y se pregunta qué hay detrás de todo eso. ¿Qué recuerdo ancestral arde ahí? ¡Cuántos maestros han ido y venido y no han podido conquistarlos!

Es como si te echaran una mirada y por debajo hubiera un pensamiento en voz baja: “Ah, bueno, otro maestro. Hemos tenido muchos y tendremos otros más. La vida es dura pero el sol y la tierra son buenos. Podemos vivir a pesar de todo.”

Después, los fuertes pies desnudos presionan el antiguo azadón para continuar el eterno y duro trabajo para ganarse la vida con la tierra.

Así viven cuatro quintas partes de los mexicanos y así lo han hecho mucho antes de la llegada de los españoles. Cualquiera que conoce a los indígenas sabe cuán impenetrable es el último santuario de su mente.

Los misioneros tuvieron éxito en su tiempo con respecto al viejo sistema hacendario de los siglos anteriores a su llegada; libraron, y a veces perdieron, una lucha contra los insaciables colonizadores españoles y enseñaron su cúmulo de artes y oficios del Viejo Mundo.

Una primera revolución librada contra los indígenas, contra una España más joven, dividió la manera de pensar y amenazó con destruir, o al menos cambiar radicalmente, la civilización que se había desarrollado: mitad española, mitad indígena. Hoy, la última revolución ha progresado.

Una vez, temprano por la mañana de un domingo, viajé a Ayotzingo con el arzobispo Díaz para una confirmación; era un pequeño pueblo no lejos del volcán Iztaccíhuatl. Tuvimos que acercarnos al lugar a través del campo porque no había camino para automóvil. Como nos desviamos del trayecto, el arzobispo tuvo que detener el auto y comenzó a ponerse sus ropas episcopales (estaba vestido con lo que llamamos ropa de religioso y los otros sacerdotes, por supuesto, vestidos de laicos). Sus asistentes le llamaron la atención; le dijeron que se metería en problemas; que era contra la ley aparecer así en público y cosas por el estilo. Con un gesto característico de autoridad, el arzobispo Díaz no los tomó en cuenta: “¡No voy a ir con mi gente vestido de ministro protestante!”

Pronto fuimos recibidos por una docena de pequeñas y jóvenes mujeres, vestidas de blanco, con canastas de flores que, caminando con timidez, esparcían bajo las ruedas de nuestro auto. Después, un arco triunfal en rojo, blanco y verde, ¡los colores mexicanos! Luego, un grupo de hombres disparaba proyectiles aéreos -cohetes. ¡Esos cohetes! El arzobispo, como de costumbre, se reía de mi reacción ante ellos. Simplemente alguien lo prende, lo mantiene en la mano hasta que comienza a sacar chispas, y luego se va; cuando llega hasta lo más alto acaba con una tremenda explosión; deben haber tenido dinamita. Todo el día, de diez a cinco, estallan cientos de ellos -en honor al arzobispo. Fuera de la pequeña iglesia, hermosa y vieja, hecha de piedra, con preciosas decoraciones labradas -sólo una de ellas tiene cientos- toca una banda de veinte músicos campesinos. También todo el día, toca canciones nacionales, ópera, marchas, piezas clásicas, bajo la dirección de un viejo patriarca quien ha entrenado a cada miembro del grupo del pueblo.

Las confirmaciones se celebraron todo el día con todos los niños menores de un año, al viejo estilo español. La ofrenda era un pedazo de cobre valuado en tres talleres de hilados -una antigua costumbre mexicana que se ha convertido por parte de los propagandistas en un horrible ejemplo de cómo el clero exprimía a la gente por sus servicios ministeriales. Afuera, los cohetes estallaban, la banda tocaba, y yo deambulaba por las filas de productos y comida que se extendían en brillantes telas en la parte delantera del cementerio: era el acostumbrado tianguis de los domingos; y una y otra vez entraba en la iglesia y meditaba sobre el misterio de la fe del corazón de estas personas. Era sólo un pequeño oasis -¿lo era?- en medio del surgimiento de la gran actividad del México moderno. Hoy ciertamente no es diferente de cualquier otro día, es decir, no es diferente del año 1689 cuando los antepasados de estos campesinos conocieron al arzobispo Francisco de Aguiar, exactamente de la misma manera en que antes lo hizo esta iglesia que tenía al fondo a la Mujer Dormida cubierta de nieve. ¿Sería raro que alguna vez las costumbres de México hubieran sido trastocadas aunque sea un poco?

Por supuesto, no en todos los pueblos ha habido tanta paz como en éste. A veces, se quiere arrancar las raíces de México, entonces hay tragedia y, algunas veces, comedia. Lo cierto es que la revolución social, que tiene como fin explícito la prosperidad para el trabajador de la ciudad y para el peón del campo, ha sido desde su verdadero origen una lucha cerrada entre la vida y la muerte contra la Iglesia. Hasta los generosos deseos de justicia social que han sido promovidos por León XIII y Pío XI, han sublevado tanto a los viejos como a los jóvenes corazones de México, aún entre los mismos católicos. Es la tragedia de un país que con una rivalidad a muerte de su población indígena ha detenido cualquier progreso real en nuestros días.

En efecto, ha habido resistencia a los planes de la revolución.

¿Qué tan extendido, qué tan profundo es todo esto? ¿Es algo más que la falta de buena voluntad de una antigua población (en parte indígena, en parte semi-privilegiada, en parte blanca) para cambiar su forma de hacer las cosas?

¿Es la vieja falta de buena voluntad para cambiar el arado por el tractor, el pozo por el canal de riego? ¿Es la religión una lucha indiferente a todo esto? Estos son los problemas que este libro intenta mostrar para dar alguna luz sobre el profundo problema que nunca ha sido estudiado desde dentro. ¿Podrá estar de acuerdo la fe con la adopción de nuevos modos de construir, de plantar y cosechar, de manufacturar los bienes que permiten la vida en general? ¿Es posible que crezcan juntas: la fe, con vigor para infundir su espíritu tradicional, y las actuales formas de vida?

En un pueblo de Sonora, en 1934, la maestra impuso, o trató de imponer, a los niños indígenas que repitieran de memoria el “uno, dos, uno, dos, no hay Dios”. Pero los niños no hicieron nada de esto. Cada vez que la maestra repetía las palabras, azotaban sus pupitres y gritaban: “¡Hay Dios!”. Así la desgastaron. Ella perdió la batalla por desesperación.

En octubre de 1934, todos los sacerdotes fueron acorralados en el estado de Chihuahua, pero poco a poco pudieron salir disfrazados. Ningún servicio público fue permitido en ninguna iglesia. Un sacerdote escribió que en la humildad del pueblo X, particularmente en los hombres, encontró su más grande consolación. En la noche, en una casa modesta, llegaban juntos, algunas veces en un número de setenta; ahí los sacerdotes confesaban y daban la comunión durante la misa mientras algunos de aquéllos permanecían afuera haciendo guardia para evitar alguna emoboscada. Otro grupo, todos hombres jóvenes, encontraron la misma forma clandestina de satisfacer sus necesidades espirituales.

Los más afortunados tenían un sacerdote. En Vera Cruz, las cosas fueron más difíciles. Hace algún tiempo, la prensa católica inglesa publicó una carta de una señora también católica e inglesa, quien estaba de paseo por el Caribe. Un domingo, al llegar a Ver Cruz, desembarcó y pidió que le enseñaran una iglesia. Miradas sin expresión o atemorizadas fue lo único que encontró. Finalmente, una persona la llevó a su lado y le dijo que si quería comulgar tendría que seguirla. Así lo hizo y por caminos intricados encontró la segunda parte de la historia: una casa enorme y ostentosa. Ahí entró a un recibidor y vió a mucha gente arrodillada devotamente. Pero sin altar y sin sacerdote. Sus interrogantes fueron respondidas con la indicación de ir al armario, abrir la puerta, “tome el copón y dése usted misma la comunión”.

“¡Darme a mi misma la comunión!”, exclamó.

“No hay otra manera. El sacerdote viene aquí sólo ocasionalmente para la misa. El Papa nos ha dado el permiso para hacerlo por nosotros mismos”.

Uno se puede imaginar la terrible perplejidad y devoción que esta señora inglesa encontró por sí misma detrás de las catacumbas. No era, por supuesto, nada inusual para los mexicanos. He oído que el Santo Sacramento ha sido escondido en radios, botiquines, estuches de libros -dondequiera que los perseguidores no tuvieran el cuidado de buscar.

El Papa dio esta prerrogativa el 23 de diciembre de 1927.

Hasta ha habido Tarcicios y Pancracios. Durante los terribles días de 1927-29 las prisiones se llenaron de católicos. En algún lugar, uno de los prisioneros tenía un hijo de seis años de edad. Se tenía la costumbre de permitirle a este niño visitar a su papá; como era un muchaco lleno de vitalidad y carisma, se ganó el cariño hasta de los custodios.

Un día llegó como de costumbre, se la pasó bromeando con los guardias, bailó y rió con los prisioneros, y cuando pasó entre ellos les puso la mano dentro de la camisa para darle la comunión a cada uno. Luego, con las mismas alegres cabriolas que acostumbraba, se fué: lo que había dejado a los prisioneros era más precioso que su misma vida.

Hasta donde he notado, no hay diferencia entre hombres y mujeres, al menos en el sur de México. Un día me ocurrió algo en la capital de un estado, que mantendré en el anonimato, donde el gobernador se opuso al gobierno federal en materia jurídico religiosa. Para probarlo, sólo necesito mencionar que el obispo del lugar vino a verme en su auto vestido con sus hábitos episcopales. Esto tal vez fue inevitable porque yo me había vestido con ropas de seglar y él no podría haberme reconocido.

Pasé la noche en el cuarto del capellán del convento, donde las monjas -pero esa es otra historia.  Al día siguiente, el secretario del obispo me llevó por el pueblo para enseñarme la vista del lugar. Entramos a la catedral. La misa continuaba. De acuerdo con una costumbre muy arraigada, los hombres estaban del lado izquierdo y las mujeres del derecho, viendo desde la entrada. Ambos lados estaban llenos.

Le dije a mi acompañante:

“¿Día de fiesta?”.

“No, me respondió, “es lo que ocurre normalmente en la misa de ocho”.

Es necesario añadir que, después de la misa, todos los fieles se agruparon en el altar donde estaba el Santísimo Sacramento (en la catedral, debo recordarlo) para comulgar.

Pude haber sido reconocido con mis ropas de laico, que me puse para cumplir con la ley y no para disfrazarme (de hecho, creo que mi sotana era lo bastante vistosa para ser reconocida fácilmente por cualquier inspección policial), aunque ya no estoy tan seguro.

Un día, un compañero y yo llegamos al pueblo que está junto al más glorioso de los centros turísticos, el Lago de Pátzcuaro; ambos con ropas de laicos. Al día siguiente, que era domingo, por lo tanto día de tianguis, el pueblo estaba lleno de indígenas de los alrededores. Caminábamos por las calles y pensamos que seguramente estábamos a salvo de ser identificados, pero los indígenas, uno tras otro, se quitaban el sombrero y se inclinaban hacia adelante con el murmullo de una oración...

Todo ese día y la mañana siguiente, las iglesias estaban llenas de feligreses y no pudimos evitar recordar que Pátzcuaro fue el lugar de aquél proto-mártir de los jesuitas de México, el padre Gonzalo de Tapia, cuya vida ha sido escrita con gran intensidad por el padre W. Eugene Shiels, S.J., y que murió en manos de indígenas paganos del norte en 1594. El martirio en México no comenzó en 1910 con Madero, ni siquiera en 1915 con Carranza; comenzó en 1520 cuando los frailes franciscanos y dominicos, los monjes agustinos y más tarde los jesuitas, comenzaron solos, un siglo antes de sus hermanos en Canadá y el estado de Nueva York, a cristianizar y civilizar a los pieles rojas de México.   

Las fuerzas obscuras que habían ocupado la tierra por innumerables siglos, exigían la sangre del invasor para renunciar a la sangre de los niños aztecas que bebían con tanta libertad. La sangre nueva se servía generosamente; y hoy en día, sin lugar a dudas, el México católico no lo olvida.

Dos imágenes más hay en mi mente.

Una de ellas es la iglesia de San Felipe de Jesús en la Ciudad de México. El mismo nombre de san Felipe mueve la sangre. Fue mexicano, misionero franciscano en Filipinas y martirizado en Japón en 1597. Es el primer y único indígena nacido en América del Norte que ha recibido el honor de la canonización. En América del Sur fue Santa Rosa de Lima, San Toribio -pero esa es otra historia. San Felipe es el segundo patrono de la diócesis de Baltimore en Estados Unidos, es historia y nunca olvidado en la ciudad de Maryland desde 1936.

En la iglesia de San Felipe de Jesús en la Ciudad de México, permanecí una noche en una parte de la adoración nocturnal. Sólo era el turno de esta parroquia para llevar a cabo esa noche una serie de ceremonias a nivel nacional que ocurrían una tras otra a lo largo del año. La iglesia estaba repleta -solo de hombres; hombres con sandalias en sus desnudos pies y una manta alrededor de sus hombros vestidos de algodón; hombres con ropas frescas de noche con motivo de una fiesta en Paseo de la Reforma. La iglesia estaba repleta hasta llegar a la sofocación y tuve que ser muy enérgico conmigo mismo para obligarme a permanecer dentro. El arzobispo Díaz, uno de los grandes oradores de México, estaba en el púlpito. Él y ellos iban a estar ahí toda la noche, dos mil ciudadanos varones de la Ciudad de México, quienes escondían su devoción religiosa de los turistas ocasionales que venían del norte. Había sermón, himno, lectura, meditación, desde las cinco de la mañana cuando toda la multitud de hombres feligreses asistía a la misa y a la Santísima Comunión, mucho después de que yo y la ciudad estuviéramos dormidos.

Otra imagen que viene a mí es una iglesia que mantendré en el anonimato por razones que podrían parecer simples. Era un día especial con misa de guardar, para la cual se me pidió, o más bien se me ordenó, que celebrara, a pesar del hecho de que las normas del Gobierno estuvieran un poco en desacuerdo. Sin embargo, lo peor que podía pasarme es que me mandaran de regreso a casa...

De manera que dije misa. La iglesia estaba repleta. A las siete, la hora de mi misa, el sacerdote que celebraba la de seis continuaba en la orilla del altar dando la comunión. Se me instruyó que tomara su lugar en la orilla y comenzara la misa cuando fuera conveniente, o sea, cuando hubiera alguien que me sustituyera. Luego, cuando había terminado de sustituirlo, me relevó el sacerdote que diría la misa de ocho. Bueno, me llevó tal vez veinte minutos decir misa y todo el resto del tiempo dí la comunión, tanto a hombres como a mujeres.

Cuando, exhausto, finalmente llegué a descansar a la sacristía, le pregunté al sacristán: “¿Cuánto más va a continuar esto?”

“Hay misas de cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez”, dijo parcamente, “y comuniones para todos ellos”.

Así es México -o al menos algunas partes de él. Es la prueba más clara y profunda del dilema moderno.

II. El reto

 

En el mes de febrero de 1927, el General Plutarco Elías Calles, entonces Presidente de México, repentinamente creó otra de las muchas crisis que han invadido la vida de los católicos en México. Por un decreto-ley, gracias a una resolución congresional que le daba al Ejecutivo poder para legislar durante los recesos del Congreso, ordenó a todos los sacerdotes de los estados que dejaran sus actividades y se reportaran inmediatamente en la Ciudad de México.

No sé de un solo sacerdote que haya obedecido esta ley. Pero el resultado de esta desobediencia fue que cada sacerdote se convirtió, sólo por ese hecho, en una persona fuera de la ley, en sujeto de arresto o algo peor. 

¿Qué produjo esta ruptura? Para comprenderla es necesario retroceder un poco.

El general Calles había sustituido al general Obregón como presidente el 1o de diciembre de 1924, después de una elección seguida de una revuelta armada (diciembre de 1923 a abril de 1924). Fue ideada por Adolfo de la Huerta, una persona del triunvirato junto con Calles y Obregón, quien había acordado dividir la presidencia entre ellos. De la Huerta reclamó por encontrarse en segundo lugar, pero los otros dos decidieron por él. Así, dejó el campo de batalla y fue escandalosamente derrotado. La elección continuó como un asunto acordado. Tuvo suerte en abandonar el país y tomar camino hacia Los Ángeles, donde pasó el tiempo anterior a su regreso a la Ciudad de México como profesor de canto para los aspirantes al dinero y al honor en los estudios de Hollywood. Su alumno más famoso, hasta donde yo sé, fue un hijo de Enrico Caruso; pero alguna vez apareció por un momento en las noticias y mostró que el virus del microbio presidencial estaba todavía en sus venas. Así como el emigrante ruso que maneja un taxi en el Sueño de París de Tarkoë Selo...

Cuando Calles llegó a ser presidente, grandes cosas se esperaban de él. Era conocido por su gran carácter, había sido un exitoso comandante en el campo de batalla y los norteamericanos que lo habían conocido se animaban diciendo que “sabía lo que quería” -era una buena deferencia con la revolución mexicana.

Tenía grandes planes. Pretendía que la Constitución de 1917 significara lo que realmente decía. Obregón, durante sus cuatro años como presidente, no logró ir mucho muy lejos en esta dirección. Parece haber gobernado bajo el amplio principio de conseguir lo que se pueda sin suscitar demasiados problemas y esperar una buena oportunidad para conseguir el resto. Dejó las restricciones religiosas de la Constitución bastante abandonadas considerándolas, aparentemente, como un  elemento de equilibrio para cuidar que la Iglesia fuera demasiado lejos, pero no como una cimitarra para cortarle la cabeza. Por supuesto, cuando Carranza, su jefe en la Revolución, había mostrado signos de querer abolir las cláusulas restrictivas, Obregón se lo notificó; aquel tordillo veterano reconoció los signos, tuvo que huir de la Capital y conocer una muerte ingnominiosa una noche de marzo de 1920 en Tlaxcaltongo, en una cabaña cuesta abajo hacia Vera Cruz.

Obregón esperó un tiempo prudente y luego se instaló en el trono. Su principal dificultad había sido conseguir el reconocimiento de Estados Unidos algo que, por supuesto, era esencial pero que sus representantes plenipotenciarios consiguieron arreglar muy  bien en las negociaciones con John Barton Payne, quien llegó a ser jefe de la Cruz Roja, y con Charles Beecher Warren, quien fue rechazado por el Senado cuando el presidente Coolidge quiso hacerlo su abogado general. Ambos lo reconocieron en los Tratados de Bucareli, además le consiguieron un préstamo. Cuando de la Huerta se metió en problemas al final de su período, encontró todavía en buenos términos a Estados Unidos que le dió un buen crédito por diez millones de pesos para armas, las cuales llegaron fácilmente. Cuando se retiró a la vida privada, tenía autorización legal para poseer un monopolio de garbanzo -”comidos dondequiera que se hable español”- que después tramitó para hacerlo totalmente suyo con la ayuda de un préstamo de cinco millones de pesos que le dió el Grace Bank de Nueva York.

Calles estuvo muy frustrado consigo mismo. Era impaciente. Quiso hacerle ver a todo mundo que debía cumplir con la Constitución, a pesar del costo para él o para cualquier otro. Así procedió y pronto estaba en dificultades con Estados Unidos, el cual había sido tan amigable con sus predecesores. Sus problemas con el petróleo son historia reciente y no precisamente parte de este relato.

Sus problemas con la Iglesia comenzaron en enero de 1925. En México no existe algo así como un secreto de Estado, de manera que pronto Calles preparó un amplio decreto-ley para que la Iglesia quedara debajo de los tres poderes, lo cual fue garantizado por el Congreso entrante. Una vieja entrevista con el arzobispo de la Ciudad de México, monseñor Mora y del Río, fue citada en el Excélsior como si fuera algo nuevo. En ella se le hace decir que la Iglesia resistiría cualquier intento por hacer realidad las cláusulas anti-clericales de la Constitución. Este desafortunado suceso enfureció a Calles, quien parece haber jurado a sus dioses que no sería destruido.

Ha sido un asunto de gran disputa saber quién comenzó la pelea. El arzobispo ha sido acusado de comenzarla, de haber desafiado al presidente antes de que éste hubiera hecho cualquier cosa por sí mismo. No hay mucho fundamento en esta acusación. Mora era un hombre maduro, gentil y con criterio, y las personas de este tipo tienen un proverbio español acerca de los perros que duermen. Por el contrario, él me dijo en mayo de 1927, en San Antonio, después de que fue arrestado y arrojado al exilio, que él no dio un paso hasta que tuvo la certeza de que Calles ya estaba decidido y había comenzado a redactar la ley. De hecho, algunos días antes de la entrevista que apareció, Calles había manifestado sus intenciones.

A su debido tiempo, la ley fue escrita y promulgada; surtió efecto con una dolorosa coincidencia mexicana, el 31 de julio, la fiesta del patrono de los jesuitas: San Ignacio de Loyola.

La Iglesia estaba paralizada. Hubo miles en México que creyeron que era mejor así que continuar, aún bajo las amenazas de mutilación de un Obregón. Para la Constitución de 1917 la Iglesia había sido privada de cualquier status de organización con prioridad ante la ley; permanecía oculta para dirigir colegios privados o tener cualquier propiedad y las posesiones que de hecho tenía eran declaradas propiedad del Estado, el cual decidía cuándo y cómo la Iglesia las usaría para fines religiosos. A ninguna publicación religiosa se le permitía comentar desfavorablemente algún acto del gobierno cuando éste tocara las relaciones con la Iglesia. A los misioneros extranjeros no se les permitió que se introdujeran al país para evangelizar; quienes lo hicieron fueron expulsados y sólo de manera oculta se formó una generación de religiosos mexicanos en seminarios, quienes estaban al margen de la ley. Esto permitió que la Iglesia no desapareciera por falta de ministros y por falta de educación cristiana para los niños; mientras tanto, a cada estado se le permitió que decidiera en su propia legislatura cuántos sacerdotes habría para cubrir las necesidades de la gente. El ministerio religioso fue declarado profesión pública como la medicina y el derecho, y los sacerdotes eran como doctores y abogados: recibían su licencia para practicar dentro del Estado. Si no tenían licencia, no podía practicar.

Esto último evitó que Calles, al hacer cumplir la ley por él y por otros con severas penas, precipitara una explosión. Para la Iglesia de México esto no era una separación entre la Iglesia y el Estado; era el tipo más cercano de unión. La Iglesia se convirtió en un Departamento de Estado; al hacerlo así recibía su misión evangelizadora del Gobierno. En otras palabras, la Iglesia de México dejaba de ser parte de la Iglesia católica y se convertía en una Iglesia del Estado mexicano. Es curioso notar que todas las grandes revoluciones comenzaron de esta manera. La primera de ellas, la Revolución Francesa, tuvo su juramento constitucional para los clérigos, y la última, en Rusia, estableció su Iglesia Viviente. Es como si hubiera una especie de manual secreto para la política eclesíástica religiosa y todas las Iglesias lo siguieran ciegamente: siempre con los mismos resultados. El hecho de que las misiones extranjeras en México, la mayoría de protestantes norteamericanos, aceptaran las nuevas leyes, sólo puede ser explicado bajo el supuesto de que el gobierno no hiciera cumplirlas contra el trabajo de dichas misiones; además, la mayoría de las Iglesias protestantes tienen una historia europea de subordinación al Estado y su acción algunas veces fue consecuente.[1]

Ahora bien, cuando el arzobispo Caruana, quien fue delegado apostólico en México, todavía estaba ahí, había previsto la gran tormenta y recomendó la formación de un Comité Episcopal, que sería presidido por el arzobispo y estaría formado por todos los obispos que se encontraran en la ciudad en ese momento. En poco tiempo, esto se llevaría a cabo con todos los obispos del país. Para el puesto de Secretario del Comité se nombró al obispo Pascual Díaz, un jesuita de Tabasco, quien por causa de las leyes de ese ferviente estado que exigían a todos los clérigos casarse, fue obligado a residir en la Ciudad de México.

Este Comité enfrentó la decisión de cómo encarar la crisis. Su decisión fue que a partir del 31 de julio todas las iglesias dejarían de funcionar hasta que las leyes fueran revisadas o anuladas. Esta suspensión ha sido llamada de diferentes maneras: “interdicto”, “huelga eclesiástica” o de cualquier otra forma que los prejuicios de una persona que se refiere a este hecho le inspiren decir. A decir verdad, no fue ninguna de estas cosas; fue, en opinión de los obispos de México y del Papa en Roma, una mera necesidad. Para ellos, las leyes fueron un intento obvio de crear una Iglesia independiente en México, subordinada al Estado, aislada de la catolicidad y de la unidad de la Iglesia universal. Para lograrlo, se obligó a la Iglesia mexicana a aceptar esta situación y fue separada de la Iglesia católica; además es muy probable que Calles o sus enviados conocieran bastante bien la doctrina católica para prever el resultado. En cualquier caso, esa fue la decisión y fue fatídica.

Mientras tanto, los seglares católicos de México también habían sido reunidos -la Asociación Cristiana de Jóvenes Mexicanos (ACJM), la Organización de Jóvenes Católicos, los Padres de Familia, las Damas Católicas, los Caballeros de Colón. Un grupo católico, la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, también hizo una fatídica decisión. Votó por un boicot, por una huelga de compradores católicos que se negaban a adquirir cualquier tipo de lujo que vendiera cualquier simpatizante del gobierno.

Los jóvenes, hombres y mujeres se lanzaron al movimiento con gran alegría y entusiasmo, con un peculiar humor que sólo los mexicanos son capaces de tener cuando las cosas se ponen de la peor manera. He participado en docenas de conversaciones con mexicanos cuyo futuro era tan negro como ninguna otra cosa y no recuerdo que no terminaran con alguna bulliciosa broma aquel asunto personal y difícil.           

No puedo revivir todas las cosas placenteras que fueron hechas  en la primera manifestación de protesta antes de que  más  tarde todo se volviera un asunto oscuro y lleno de crueldad. Dos jóvenes  amigos míos, un oficial de la armada y el otro arquitecto, instalaron una estación de radio ambulante, que cada noche colocaban en una casa diferente, para emitir mensajes, unir a los católicos y atacar despiadamente al gobierno; éste estaba cada vez más molesto. Poco después mi amigo fue llamado como experto de radio por su superior y se le ordenó que utilizara un detector de señales con el fin de encontrar la estación que emitía los mensajes ofensivos. Saludó y se dió prisa para perfeccionar los preparativos de la emisión de la tarde. Un día, después de casi un mes de todo esto, los agentes del gobierno finalmente dieron con los audaces emisores, quienes salían del lugar mientras los soldados entraban por la puerta de enfrente. El oficial regresó tranquilamente a su cuartel; y el joven arquitecto se encontró en un automóvil en las afueras de la ciudad con su hermana, quien con atención le empacó una bolsa con “un cambio de traje”. Después de un largo viaje en tren, buscó la bolsa con el traje de repuesto y encontró ¡unos pantalones negros y un smokin! Les dio algún uso los años que estuvo exiliado en Estados Unidos.

En otra ocasión, la ciudad se vio nublada por muchísimos globos en el cielo, los cuales habían sido soltado por los jóvenes en señal de protesta contra el gobierno. Luego, la ciudad despertó sorpresivamente con carteles agudos e inteligentes que habían colocado las personas que se encontraban del lado de los católicos. Hubo debates, algunos desfiles repentinamente dispersados, cartas en los periódicos.

Pero estos pequeños triunfos terminaron y no muchas semanas después los jóvenes salieron rumbo a las montañas donde había campos de armamento; sus hermanas arriesgaron sus manos, y algunas veces las perdieron, haciendo municiones. Luego, en la oscuridad de la noche, ellas mismas manejaron grandes camiones hacia las montañas; por lo menos así ocurrió en el caso de una joven señorita que conocí, cuyos papás se alarmaron y la enviaron a toda prisa a estudiar escultura con las hermanas del Sagrado Corazón en Nueva York. Desafortunadamente, me temo que encontró las salas de Manhattanville muy mansas después de sus brutales incursiones en el monte Ajusco hacia los campamentos de los rebeldes. Pero hoy vive casada en México y pertenece a una familia muy católica a pesar de las dificultades.

Ningún obispo aceptó el status que el nuevo gobierno decretó para todos; tal vez, no más de dos o tres sacerdotes lo hicieron, lo cual es un mejor récord del que tuvo la Iglesia francesa en la Revolución o la Iglesia ortodoxa en Rusia. Hubo, sin embargo, un incidente peculiar en el caso del “Patriarca” Pérez, quien formó una nueva Iglesia, la “Iglesia Católica Apostólica y Mexicana”, bajo el patrocinio del gobierno y a la que se le dio una de las iglesias más viejas de la Ciudad de México. Pérez era un sacerdote y uno o dos sacerdotes más se separaron con él. Es interesante notar que cuando el “patriarca” fue a su lecho de muerte, mandó llamar a un sacerdote jesuita y murió con arrepentimiento y consuelo. Su cisma ya había muerto de muerte natural algún tiempo antes.

Los obispos, mientras tanto, no estaban sin hacer nada. De hecho, en julio, junto con una Carta Pastoral, habían repartido a su gente esta solemne promesa:

“Antes que Dios, antes que la humanidad civilizada, antes que nuestro país, antes que la historia, protestamos contra ese decreto. Con la ayuda de Dios y con su ayuda, los sacerdotes católicos y la gente de México lucharemos para que ese decreto, junto con los artículos anti-religiosos de la Constitución, sean enmendados y no nos detendremos hasta que esto sea llevado a cabo”.

Tal vez era alarmante para algunos poner este mensaje junto con la Carta Pastoral porque se pedía explícitamente una separación de la Iglesia y el Estado como lo más práctico para llevar una vida en paz en un país donde se reconocía que ya no había un acuerdo religioso satisfactorio.

Sin embargo, no se detuvieron con palabras. Dos de ellos, el arzobispo Ruiz de Morelia y el obispo Díaz de Tabasco, buscaron una cita con Calles a través de los buenos oficios de ciertos francmasones moderados. Largas y a veces intensas reuniones terminaron con este curioso ultimátum del presidente: “Sólo tiene dos opciones: o van al Congreso o toman las armas.”

Fueron al Congreso. Con la memorable firma de dos millones de nombres de ciudadanos mexicanos, una participación enorme como yo nunca había visto, suplicaron al Congreso que escuchara el argumento de pacificación para revisar los artículos considerados persecutorios en la Constitución. Calles fue acusado de que la petición ni siquiera había sido leída; en cualquier caso, el Congreso no resolvió nada. En un país donde los votos son algo importante, los diputados se habrían alarmado de este hecho. Pero en México estaba el ejército... 

Así, poco a poco, todo el resto del año, la gente comenzó a rebelarse: en lugares donde las iglesias fueron obligadas a cerrar, donde los cultos privados fueron cerrados a la fuerza, donde los sacerdotes y monjas extranjeros fueron perseguidos y expulsados, como la famosa Madre de Norteamérica y sus Monjas de la Visitación, donde los católicos más entusiastas fueron arrestados y sus propiedades expropiadas con los más variados pretextos. En los estados de Jalisco, Guanajuato y Michoacán los hombres jóvenes comenzaron a tomar las montañas con cualquier tipo de armas, la mayoría viejas y rústicas, pero lograron reunirse. Por el mes de enero, Coahuila y partes de Chihuahua estuvieron en llamas; Oaxaca, Colima, Nayarit y Zacatecas les siguieron. La otra alternativa de Calles, después de que los obispos eligieron y fracasaron con la suya, fue continuar con el laicado.

Bien se ha dicho que si hubiera sido dejado en manos de los obispos, México no habría tenido una batalla. Con algunas excepciones, son irremediablemente pacifistas. Ciertamente era un momento de gran angustia para ellos. Sabían que el derrocamiento del gobierno mexicano envolvía el derrocamiento de una fuerza más vasta y poderosa, como de la Huerta lo había descubierto en 1923, y Escobar lo supo en 1929. Hubo una prohibición norteamericana sobre los envíos privados de armas hacia México y un mercado abierto para el gobierno. Antes, en 1868, al revolucionario Juárez se le permitió robar armas y municiones del almacén del general Sheridan, en la frontera, con el fin de atacar al Emperador Maximiliano. Ellos saben todo esto y lo que se libró en este asunto para llevarlo a cabo. En esto no fueron engañados. Dwight Morrow mismo me lo dijo más tarde, en mayo de 1928, en su penthouse de la Quinta Avenida y la Calle 66 de Nueva York: el gobierno norteamericano no consideraría ninguna solución de la cuestión religiosa en México que involucrara un cambio en el régimen.

Hoy existe un profundo rencor en el corazón de muchos de los mexicanos católicos que conozco porque, con alguna excepción (el obispo de Huejutla) la jerarquía no pronunció una palabra para salir y pelear. Lo más que haría, y lo único, fue decirle a la gente que conocía que tomara las armas para defender sus libertades, siempre que estuviera en plena posesión de sus derechos y si todas las otras formas de recurso habían sido agotadas y, además, que hubiera alguna posibilidad de éxito. Más allá de esto, a pesar de ruegos y amenazas, el Episcopado como un todo no haría nada

Así, los hombres jóvenes salieron a los montes, y las mujeres se quedaron atrás para colectar dinero para armas, hacer municiones y transportarlas a los campamentos por la noche.

Sin embargo, no fue exactamente una guerra religiosa. Es verdad que su grito de guerra fue “¡Viva Cristo Rey!” También es cierto que sus enemigos los apodaron con desprecio cristeros, así como  jesuita y cristiano fueron al principio términos de escarnio. La libertad religiosa, por supuesto, fue el primer punto de su programa, pero la libertad de prensa, la libertad de asociación, la libertad de reunión pública, fueron necesariamente negadas por un régimen totalitarista donde sólo un partido político fue tolerado y no fue permitida ninguna expresión públida de diferencia ideológica hacia este partido. La votación, se decía, no tiene valor; sólo las balas podrían hablar.

Hubo ocasiones en 1927-28 en que no se ejecutó el mandato del gobierno en cinco estados y sus fuerzas fueron expulsadas por de ahí. En esos lugares, sólo el avión quedó como arma ofensiva, y de alguna manera fue usado como en Etiopía, el noroeste de la India y Siria. Los soldados profesionales fueron los comandantes de la “defensa armada.” Tengo ante mí un reporte general de ataques, descritos de manera militar, de mayo 22 a mayo 31 de 1928. Ocurrieron cuando me alcanzaron en esos días rumbo a un viñedo; es una muestra de dos años de pelea. Durante esos diez días, quince combates, ganados o perdidos y que involucraron de ciento cincueanta a dos mil hombres, fueron reportados por sectores de diez estados bastante separados. Entre 1927 y 1929 multitudes de miembros de la Asociación de la Juventud, todos hombres jóvenes de buena familia y con educación, perdieron sus vidas. No podemos decir que murieran en vano, aunque ahora su sacrificio parece ser un fracaso.

Pero mi tarea no es hablar de las batallas y de la revolución, aunque sea un capítulo glorioso de la historia mexicana. Mi historia es sobre los sacerdotes, sobre la gente que sufrió y resistió, pero no peleó; precisamente porque es un silencio épico que jamás ha sido escrito.

 

III. El desafío

 

En febrero de 1927, Calles precipitó el clímax de su batalla contra la Iglesia con la orden que dió a todos los sacerdotes de reportarse en la Ciudad de México. Todos los sacerdotes se negaron en conjunto y de inmediato se convirtieron en sujetos al margen de la ley. Obviamente era algo fuera del poder de un presidente mexicano dar semejante orden: significaba interferir en las funciones espirituales de la Iglesia, para lo cual no poseía ningún derecho.

Su excusa fue que los sacerdotes dirigían la rebelión. De hecho, contrariamente a lo que se afirmaba en la prensa norteamericana de ese tiempo, sólo tres sacerdotes tomaron las armas, y sus nombres son bien conocidos: los padres Mendoza, Vega y Salinas. Lo hicieron desafiando las órdenes de sus obispos, quienes los suspendieron de sus funciones sacerdotales. Tal vez puedan ser perdonados por la confrontación pavorosa que se vivía en esos tiempos e intentar distinguir su actividad como sacerdotes de su actuación como meros ciudadanos. Otros cuantos actuaron como capellanes de las fuerzas armadas en el campo de batalla.

El resto de los clérigos permanecieron, más o menos, en sus puestos. Muchos de ellos huyeron casi todo el tiempo, y cuando fueron atrapados fueron asesinados o encarcelados. Algunas veces la persecución se puso al rojo vivo y quienes pudieron se deslizaron hacia el Río Grande. Los pueblos de la frontera en Laredo, San Antonio, El Paso y Nogales estuvieron repletos en esos días de sacerdotes que llegaban sin aliento al caer la noche para llevar la salvación a una tierra libre. Se instalaron lo mejor que pudieron gracias a la caridad de los obispos, particularmente el obispo Shuler de El Paso, el arzobispo Drossaert de San Antonio y el obispo Cantwell de Los Ángeles. Cuando tenían una oportunidad, se escabullían otra vez de regreso, vestidos de peones, y hacían sus visitas sacerdotales hasta que la persecución se ponía al rojo vivo otra vez.

El mismo Calles le dijo en enero de 1928 a John Gregory Mason, un corresponsal del Daily Telegraph de Londres, que él tenía cerca de cincuenta sacerdotes fusilados por su rebeldía hacia el Gobierno. De hecho, los nombres de cien sacerdotes son conocidos por haber caído con el pelotón de fusilamiento.

Estuvo, por ejemplo, el Padre Elías Nieves, agustino, cuya historia tomé del Bolletino Historico Agustiniano de junio de 1928. Era un hombre vigoroso de cuarenta años; cuando llegó la orden de febrero fue puesto como párroco en Cañada de Casachas, en Michoacán, pero, por supuesto, se mudó de la parroquia a la cabaña de un nativo.

El 8 de marzo, una compañía de soldados llegó y preguntó por el sacerdote. Su casa estaba cerrada y silenciosa. Comenzaron a derribar la puerta. La noticia se había corrido como un incendio en el vecindario y en poco tiempo una multitud de peones había hecho una sólida falange alrededor de la iglesia, por temor a que también fuera destruida. “¿Dónde está el sacerdote?” Nadie lo sabía. Se había escabullido al pueblo vecino; sin embargo, alguien se lo advirtió a los soldados. Fueron ahí, pero no había señales de él. Finalmente, una pobre mujer campesina, bajo la amenaza de tortura, señaló la casa con su tembloroso dedo y el padre Nieves fue arrastrado públicamente. Dos fuertes peones hicieron un esfuerzo desesperado por protegerlo, pero ellos también fueron detenidos.

Esa tarde, los tres prisioneros fueron puestos a salvo en la casa de un rico católico, quien ofreció diez mil pesos al capitán por sus vidas. Esto ya había ocurrido antes y ciertamente fue la única razón por la cual fueron frecuentemente perseguidos los sacerdotes por los capitanes locales. Pero este “verde” era incorruptible y el padre tuvo que enfrentar al pelotón de fusilamiento por la mañana. El capitán, sin embargo, les ofreció la libertad a los dos peones, hasta tuvo que animarlos a ello. Impasiblemente se negaron a dejar a su pastor, el capitán se encogió de hombros; sólo eran dos vidas más...

El Padre Nieves y los otros fueron llamados muy temprano, las tropas se cuidaron de los inquietos lugareños. Los dos peones se arrodillaron para la confesión y la absolución, y dieron un paso juntos hacia adelante. “Estamos listos”, avisaron. Uno después de otro recibió una lluvia de balas sin doblegarse.

Era el turno del sacerdote. Caminó hacia la pared junto a los dos agrupamientos inmóviles; se volteó y pidió unos momentos para estar consigo mismo. Se hincó un buen rato, después se paró y dijo: “Estoy listo”. En el momento que los soldados levantaron sus rifles, alzó su mano. “Hínquense”, les dijo. Les daré la bendición de un sacerdote con todo mi perdón por lo que ustedes hacen.”

Cada uno de los sencillos soldados se arrodilló y piadosamente recibió la bendición del sacerdote, haciéndose la señal de la cruz en sus cuerpos.

El capitán se rió.

“Aun tú tienes mi bendición y mi perdón,” dijo el padre Nieves. Como respuesta, el capitán sacó su revólver y le disparó a matar. Luego, para estar seguro, dió un paso adelante y le dió el tiro de gracia (coup de grace) en la sien, levantándole la tapa de los sesos.  

Su funeral al día siguente fue un triunfo de la gente del campo; su cuerpo fue colocado junto al de sus dos compañeros de fe.

Después hubo dos franciscanos, el padre Junípero y el hermano Humildad. (Se crea o no, ¡esos fueron sus nombres!). El obispo de Tacámbaro me contó su historia en ese momento.

Cuando llegaron los problemas, el padre Junípero pensó que era mejor trabajar en los campos de alfalfa que esconderse porque así podría llevar los servicios de un sacerdote. El hermano Humildad trabajaba con él porque el padre tenía cerca de los setenta años.

Desgraciadamente un traidor dió aviso de la inofensiva pareja. Un rico caballero, que tenía lo suficiente para poseer un automóvil, los llevó rápidamente al pueblo más cercano, pero fueron vistos por un pelotón de soldados que habían sido avisados e inmediatamente fueron detenidos y llevados a Zamora, al cuartel del general Fox.

“¿Cuántas misas ha dado?”, preguntó el general.

El padre Junípero, quien debió meditar mucho tiempo sobre las Florecillas de san Francisco, su patrono, respondió ingeniosamente:

“General, usted puede contarlas. He estado ordenado cuarenta y cinco años. He dicho muchísimas.”

“No le pregunté eso,” gruñó el furioso general. “Le pregunto que cuántas misas ha dicho desde que fue prohibido decir misa.”

“La verdad, señor,” respondió el padre Junípero, “he dicho tantas como he podido.”

Así, tuvo que enfrentar al pelotón de fusilamiento. Se le puso para ello en un tren militar hacia Yurécuaro. El tren tenía que regresar inmediatamente y, cerca de Zamora, el oficial responsable ordenó que se detuviera e hizo que el padre Junípero se bajara. Como estaba cerca del camino, le dispararon desde el tren. Pero, he aquí y contemplad que, aunque su cuerpo había sido repleto de balas, ¡permanecía perfectamente de pie! Estaba, literalmente, muerto sobre sus pies. Uno de los soldados tuvo que bajarse y empujarlo.

Cuando el hermano Humildad vió lo que había hecho, comenzó a gritar. Se paró en el andén del tren y lloró -no por él, ciertamente, sino por el buen anciano que había cuidado tan fielmente. Entonces, uno de los soldados le puso un rifle detrás de la cabeza, le disparó y lo pateó.

Cuando alguien vaya por ese camino, si sabe observar, verá en el trayecto un hermoso monumento que levantó la gente en el sitio donde el Padre Junípero conoció la muerte. Yo pasé por ahí dos años después y lo saludé desde el andén del tren con una oración, sin olvidar al hermano Humildad.

Algunas veces los soldados maltrataban a sus víctimas después de que habían muerto. En Silao, un pueblo cerca de Salamanca en Guanajuato, donde hoy la gente llega a la estación y ofrece sus prendas de lana, alfarería y guantes para vender, los campesinos se levantaron en armas después de que las tropas del gobierno habían destruido la famosa estatua de Cristo Rey en el Cubilete manifestándose, además, por la deportación del Delegado Apostólico, monseñor Fellippi, ordenada por el presidente Obregón.

Después de la escaramuza, las tropas del gobierno llegaron a Baltierilla. El párroco, el Padre Jesús Méndez, quien se había mantenido discreto pero abierto cuando estaba en su casa, fue arrastrado al paredón para ser fusilado. Después amarraron el cuerpo a la defensa de un camión y lo arrastraron  varias millas sobre el polvo de los caminos del campo.

No todos los sacerdotes fueron asesinados. Los sótanos de la Ciudad de México estuvieron repletos de sacerdotes y monjas, fueron cientos. Algunos fueron torturados y asesinados, otros “desaparecidos”. Durante meses, el obispo de Aguascalientes, monseñor Valdespino, estuvo en prisión y el simple hecho de estar ahí debió haber sido una tortura porque era un hombre de cerca de trescientas detenciones. Fue expulsado del país en 1927 y murió poco después, como cualquiera lo hubiera previsto si lo hubiese visto como yo en El Paso.

Algunas veces los custodios hacían algo para aliviar esta situación porque los amigos de los prisioneros siempre estaban dispuestos a pagar mucho por pequeñas consideraciones a sus parientes y amigos. Ciertamente, el general Roberto Cruz, Jefe de la Policía y ejecutor del padre Pro, hizo mucho bien por ellos. De las peticiones de los católicos de la Ciudad de México, calculó que podría exigir una suma de veinticinco mil pesos al mes a las familias a las que permitiera refugiar un sacerdote y decir misa. Con lo que recibió, construyó un fantástico palacio en la Ciudad de México, el cual todavía se puede admirar. Desafortunadamente, no lo disfrutó mucho porque calló de la gracia del dictador Calles, se reveló con Escobar y, derrotado, huyó a Estados Unidos. Un amigo mío, quien no hace mucho tiempo pasaba por Nogales hacia México, lo vió vestido pobremente y recargado en un poste de la estación del tren, era un holgazán común. Después, por un cambio de suerte, fue llamado a México por el presidente Cárdenas.

Los asesinos de sacerdotes fueron bastante comunes. Así, por agosto de 1926, el Padre Luis Bátiz, párroco de Chalchihuites, Durango, fue fusilado con tres jóvenes de la A.C.J.M. Su gente intentó salvarlo, pero él lo impidió. Su tumba es hoy un lugar de peregrinación.

En un pueblo de Jalisco, en 1927, el padre Francisco Vera fue sorprendido mientras decía misa y fue fusilado cuando usaba su ropa litúrgica. El capitán que lo fusiló le tomó una foto antes de matarlo y se la envió a Calles para mostrarle su entusiasmo. Calles se la dió a los periódicos. En otro pueblo de Jalisco, el asistente de un párroco (el Padre Sabas Reyes) fue torturado durante tres días por no decir el paradero de su pastor: fue fusilado. Así ocurrió la historia para más de cien. Es una historia que nunca fue publicada por los periódicos del mundo, ni siquiera por los que practican la difusión de noticias sensacionalistas.

Por ese tiempo, se encontraba en la Ciudad de México un escritor que había oído todos los cuentos sobre las represalias que se practicaban contra la población. Había escrito bien y a menudo a favor de la revolución y se  reusaba a aceptar lo increíble, tal como siempre lo había hecho. De manera que un grupo de sus camaradas hicieron una colecta, según me contaron, y lo desafiaron a salir y ver. Su nombre era Carleton Beals.

Fué y lo que vió está contenido en el capítulo diez y ocho de su libro, El laberinto mexicano. No se le puede pedir que entienda los asuntos y que ponga de relieve la lucha entre la Iglesia y el Estado, pero se puede reconocer su valor por decir la historia desconocida de lo que él mismo vió y oyó de primera mano.

Uno de sus primeros escándalos fue ver a las autoridades gubernamentales de Guadalajara presumiéndole que cuarenta ancianos y mujeres que habían sido atrapados llendo a misa habían sido acorralados y fusilados durante la noche en el cementerio. Su siguiente escándalo fue encontrar que la esposa de un importante oficial del gobierno tenía misa en su  propia casa, mientras que una pobre mujer con su chal, que se apresuraba por las calles para ir a misa temprano por las mañanas, fue seguida y finalmente destinada a ser atacada por un pelotón de soldados.

Decía, “se convirtió en un buen deporte arrestar católicos bajo sospecha, mantenerlos en prisión sin darle preferencia a los cargos hasta que pagaran cientos de pesos por ser liberados y bajo promesa de mantener la boca cerrada.” Después, encontró que el procedimiento se había extendido hasta llegar a un edicto de confiscación sobre las propiedades de católicos considerados como rebeldes,  “de manera que sus pertenencias, finalmente, llegaron a las manos de los oficiales preferidos.” Sobre el homicidio de un prominente abogado e ilustre católico, Anacleto González Flores, supo más tarde que “el Gobierno nunca presentó pruebas documentales que lo relacionaran directamente con las bandas rebeldes que operaban en el estado.”

Pero lo que más le impresionó fue la orden de concentración que dió el General Ferreira, quien obligó a evacuar un área de Jalisco de ochocientas mil millas cuadradas, con cincuenta mil habitantes establecidos. A todos se les ordenó salir y llegar a cinco lugares designados -”quienes tenían cultivos de trigo, cebada y frutas listas para ser cosechadas, estimadas en un valor de cuarenta millones de pesos.” La idea era pacificar la región por desolación; y la orden fue ampliamente obedecida en cada pedazo de tierra, la cual era bombardeada desde el aire cuando esto no ocurría. Hasta los dueños de grandes haciendas tuvieron que dejar todas sus pertenencias porque ya habían desaparecido y se les dijo que ni siquiera se les permitía tener un encargado; hasta un sólo peón que se quedara sería fusilado. “¡Una migración a Acadia,” gritó el señor Beals, “que dejó amargos recuerdos y cicatrices de odio!” 

Amargura y odio -sí; y sin asombro. Había visitado familias en Guadalajara que lo habían perdido todo por tener el privilegio de atender la misa o porque uno de sus hijos salió a las montañas para vengar los agravios contra su gente.

El señor Beals no entiende “cómo Cristo Rey, el Príncipe de la Paz, había servido para la matanza de hombres, mujeres y niños inocentes.” Probablemente si él hubiera sido un tapatío y realmente hubiera sufrido lo que vió, podría comprender que la muerte es preferible a la esclavitud y que ésta es, únicamente, el indigno resultado de ver su riqueza transferida a “generales” que no hacía mucho tiempo eran sirvientes en la casa de su papá.

No vacila en decir: “De esta desolación y de este éxodo, los militares y los bandidos irresponsables, no los católicos, fueron responsables. Jalisco, el estado de la Unión más rico en agricultura, fue barrido por una plaga de rebeldes y militares, el país quedó deshecho por una plaga de grillos.” ¿Y el resultado? “Los nuevos acuerdos en Los Altos se conviertieron, en parte, en un colosal robo con el cual todos los ricos hacendados, además de mantener la Guardia Roja de Jalisco (no muy amigable) fueron obligados a sobornar generales y políticos con el fin de comprar privilegios para que se les permitiera cosechar sus cultivos.”

Pero no sólo sufrieron los hacendados del país. Uno de sus más grandes líderes católicos en Guadalajara fue Anacleto González Flores. Era un abogado que también había sido uno de los organizadores de la Acción Católica. Fue Presidente de la A.C.J.M., la organización juvenil de su estado, y fue fundador de la Unión Popular. Tranquilamente tomó su camino, practicó su profesión lo mejor que pudo y se reunía con católicos a quienes animaba a mantenerse firmes en su fe. Sobre todo porque eran vulnerables, sin la vida sacramental de la Iglesia y en medio de daños físicos graves, a aliarse con el gobierno para salvar sus vida y propiedades. 

Una noche fue a visitar la casa de dos de sus sobrinos, Ramón y Jorge Vargas González, cuando la policía irumpió y arrestó a los tres. Fueron llevados a la estación de policía e interrogados sobre el paradero del arzobispo de Guadalajara, monseñor Orozco y Jiménez, quien entonces se escondía, a veces en las montañas y a veces en la misma ciudad. Ellos se negaron a decir una palabra. Fueron torturados y aún así continuaron en silencio.

Por ello fueron alineados contra la pared y fusilados el 1o de abril de 1927. “¡Yo muero, pero Dios no muere!” fueron las últimas palabras de Anacleto, como García Moreno. La heróica y joven viuda platicó detalladamente a su joven hijo todo lo que había ocurrido, de manera que nunca lo olvidara; él tiene, además, una fotografía tomada junto al cuerpo de su padre. Tampoco Guadalajara se ha olvidado de él: se mantiene firme en la ciudad como un caballero ilustre. Con gran cariño y grandeza todavía se encuentra en la memoria de esa vieja ciudad, la segunda más grande de México. 

Hay un tipo de testarudez en Guadalajara que nadie ha sido capaz de vencer. A un sátrapa del gobierno se le ocurrió cambiar los nombres de las calles que tenían nombres de santos (un verdadero compendio de martiriología) en las avenidas I, II, III, etc., y la 1o, 2o y 3o calles. Pero la población no lo aceptó. Los santos se mantuvieron todo el tiempo que quiso la gente. La oficina postal se negó a repartir las cartas a las calles con los nombres de los viejos santos; sólo repartía a las nuevas direcciones. La gente no escribía cartas. Cuando una mañana muchos de los nuevos letreros ya no estaban y, en cambio, permanecían grabados los nombres de los santos en las piedras que todo mundo conocía bien, los oficiales agradecían no tener que hablar más del asunto. En días más felices espero ver el nombre de Anacleto Flores adornando la calle principal de la ciudad.

No necesito ofrecer mi propio juicio sobre todo esto. Ha sido juzgado por hombres de quien nadie puede sospechar prejuicios por la Iglesia. Ernesto Gruening, cuyos juicios han sido completamente desfavorables hacia la Iglesia, investigó las represiones y represalias y concluyó así:

“Fue el ejército mexicano el que no dejó morir a la Iglesia. Los militares fueron oportunistas y patrioteros en su persistencia. Aceptaron la lucha sólo con un grito. Cualquiera persona podía ser denunciada y  a la larga despojada. En el Jalisco conservador, donde la gran simpatía por los rebeldes no implicaba necesariamente una ayuda abierta, los comerciantes, hacendados y rancheros de las filiaciones católicas conocidas fueron sistemáticamente arrestados y sus propiedades confiscadas.

“O eran atacados al querer salvar sus cultivos de ser tomados. Si un hombre muy maltratado escapaba con vida, ardiendo en indignación huía a las montañas. Pudo haber sido neutral o un simpatizante pasivo; pero se convirtió en un rebelde activo con la intransigente pasión de un hombre ofuscado.”[2]

Página tras página, el doctor Gruening enlista casos de hombres a quienes les ocurrió esto y algunos que perdieron la vida. En Guadalajara, Alfonso Arce, cuyos parientes fueron apresados por oficiales, no estuvo en peligro, pero fue fusilado treinta y seis horas más tarde, dejando una viuda y tres pequeños niños. En Guanajuato, José Santibáñez, bajo las órdenes del general José Amarillas; otros más fueron asesinados por soldados cuando éstos les dipararon al viajar en carreta; y así otros tantos. La Ley Fuga, por supuesto, jugó un papel importante en los hechos: era el pretexto de que la víctima había sido asesinada “cuando intentaba escapar.” El Doctor Gruening descubrió una nueva ley: la Ley del suicidio, la cual era una invención del General Roberto Cruz: el prisionero había sido encontrado en su celda por la mañana con un hoyo de bala en la cabeza y un revólver a su lado. A la gente se le pedía que creyera que no se había investigado al prisionero después del arresto para saber si tenía armas ocultas. 

Así, la lista de honor en México está muy extendida. Por lo menos dos niños conocidos sufrieron la muerte: Tomás de la Mora, de diez y seis años de edad, quien por sí mismo se amarró la cuerda alrededor del cuello para no dejar a los soldados que lo tocaran. Y Pepito Sánchez del Río, de sólo trece, quien caminó tranquilamente hacia la tumba que habían cavado para él, de manera que no tuviera que ser llevado hasta ella una vez que los soldados terminaran su trabajo.

 

 IV. El Padre Pro

 

Muchos sacerdotes perdieron la vida bajo las represalias de la rebelión anti-callista durante 1927-1929, desafortunadamente muchos de ellos murieron oscuramente y nunca sabremos los detalles de su desaparición. Permanecen como testigos mudos de la negativa del clero mexicano a obedecer la orden gubernamental de abandonar sus obligaciones sacerdotales.

Pero hay una víctima del pelotón de fusilamiento que, por una u otra razón, se convirtió en una figura mundial. Una razón es que el gobierno tomó fotografías de su ejecución y las dió a las agencias de noticias, que a su vez las repartieron por todo el mundo.

Este acto de Calles fue un serio error de cálculo. Su objetivo era mostrarle al mundo cómo se rebelaban los sacerdotes contra el gobierno y cómo el éste detenía la rebelión. El resultado fue que los cristianos de diferentes partes del mundo aceptaron al padre Jjesuita Miguel Agustín Pro Juárez como un mártir; y otras personas, con el testimonio de hombres como Ernest Gruening y Carleton Beals (quienes ciertamente fueron testigos imparciales en el asunto), simplemente vieron las ejecuciones como otro ejemplo de la barbarie mexicana.

Debido a los disturbios durante la juventud del padre Pro, gran parte de su educación fue en el extrajero. Regresó como sacerdote a México justo al final del fatídico mes de julio de 1926 con el que comenzaron los problemas. Su primera tarea sacerdotal fue escuchar en confesión a miles de personas que atestaban las iglesias en la víspera de ser cerradas. Nos dice en alguna de sus cartas que confesaba de las cinco y media de la mañana hasta las once; después, de tres a ocho de la noche. Dos veces, nos dice, era movido de un lugar a otro en una condición muy endeble, debido a que se había enfermado los últimos meses de su estancia en el extranjero.

Pero una vez que las iglesias fueron cerradas, comenzó un nuevo tipo de existencia. Sus cartas estaban llenas de escenas divertidas y apasionantes que le occurrieron. Aquí tenemos un recuento de sus nuevas obligaciones, típicas de todos los otros sacerdotes.

“Tan pronto como los servicios en las iglesias fueron suspendidos, organicé lo que se llamó ‘estaciones para la comunión’. Eran diferentes lugares donde iba a dar la comunión. De esta manera, diariamente distribuía unas trescientas comuniones. Los primeros viernes de mes hubo un aumento considerable; el último primer viernes de mes dí mil doscientas comuniones. Había fijado ciertos días para para oír a la gente en confesión, y tenía varias casas designadas donde  la gente de todas las clases iba a consultarme, a recibir algún consejo o a escuchar alguna exhortación.

“¿Cómo animarme con tanto trabajo, encontrándome tan débil y acabando de dejar el hospital?... Esto me mostraba, en último término, que si la Divina Providencia, quien me convertía en su instrumento, no tenía ayuda en el trabajo, yo había fallado completamente a aquello de: Unde non ego sed gratia Dei mecum.”  

Algunas veces el trabajo creció peligrosamente y la policía tuvo que ponerse más lista, pero el padre Pro siempre mantenía la prudencia:

“A pesar de la estricta vigilancia por parte de la policía secreta, que tenía en esa ciudad más de diez mil agentes, fui capaz de bautizar, presidir matrimonios y aplicar los santos óleos. En dos ocasiones, la policía llegó al lugar donde ejercía mi ministerio; en una de ellas eran las seis y media de la mañana; yo estaba en alguna de las estaciones para la comunión. Justo a la mitad de la comunión, dos sirvientas llegaron gritando, ‘¡la policía!’ Todo mundo se puso pálido de terror. ‘Tranquilos,’ les dije, ‘escondan sus velos, distribúyanse en los cuartos y no hagan ningún ruido.’  Disfrazado con mi traje color gris y con el Santísimo Sacramento en el pecho, fuí a recibir a los intrusos.

“‘Aquí hay un culto público,’ me dijeron.

“‘No, no hay ninguno,’ respondí.

“‘Pero sí lo hay, señor, aquí hay un culto público.’

“‘Bueno, los engañaron, caballeros.’

“‘Vimos a un sacerdote entrar en...’

“‘Tenemos órdenes de revisar la casa. Síganos.’

“‘Bueno, ¡eso me gusta! ¿Los sigo? ¿De quién es la orden? Permítanme decirles mi nombre. Vamos a la casa y si encuentran un culto público, me lo dicen, así podré oír misa.’

“Comenzaron a correr por la casa y, para evitar que mi infortunio fuera peor, los acompañé para decirles qué había detrás de cada puerta cerrada. Pero, como era la primera vez que iba al interior de la casa, lo que dije ser un cuarto para dormir se convirtió en un estudio. No encontraron a ningún sacerdote y la inteligente policía se llevó a sus guardias a la entrada de la casa. Me salí con ellos, diciéndoles que si no tenía nada más qué hacer, permanecería a su lado mientras atrapaban al audaz sacerdote, quien había hecho un deporte por la extraordinaria vigilancia y por las ganas enormes que tenía la policía de encontrarlo. Después terminé de dar la comunión; cuando regresé al mismo lugar el sacerdote todavía no había aparecido.”

Alguna vez, por un momento, su audacia fue demasiado lejos para quienes visitaba con la intención de darles la comunión; tuvo que renunciar a esta tarea porque no era conveniente; no sin haber tenido un poco de diversión privada a expensas de la honrada policía.

“En otra ocasión, llendo a misa en las inmediaciones, repentinamente tropecé con dos policías que cuidaban la casa donde iba a celebrar.

“Esta vez estamos perdidos,’ me dije a mí mismo. Entrar sería exponerme a mí mismo; regresar sería temor; abandonar a la gente que está dentro sería una vergüenza. Con toda la frialdad posible, me detuve enfrente de los policías, apunté el número de la casa, me desabotoné el abrigo como si fuera a mostrarles algo y dije: ‘Hay un gato ahí dentro.’ Me dieron un saludo militar y me dejaron pasar. Pensaron que estaba en la reserva militar y que les había mostrado una de las insignias que estos militares acostumbran usar bajo sus abrigos. ‘Ahora hay un gato adentro,’ dije, mientras subía las escaleras. La misa fue imposible. La gente que me veía llegar empalidecía y quería ponerme a salvo detrás de un ropero. ‘Ahora estamos un poco más seguros,’ les dije, ‘viendo que tenemos a la policía cuidando nuestra casa.’ Pero no tuvo caso. Querían que saliera por el techo. Tomé mi sotana, salí por donde había entrado y recibí dos magníficos saludos militares de los policías.”

Por supuesto, tenía que usar diferentes disfraces, así como lo hacían todos los sacerdotes que realizaban el mismo peligroso trabajo que él.

“Mi apariencia de estudiante mantenía en calma muchas de las sospechas sobre mi profesión. Algunas veces con una vara en la mano, otras con un perro policía que me habían dado y que me seguía de cerca; otras manejaba la bicicleta de mi hermano (que ya me había dejado un moretón en el brazo izquierdo y un chichón en la frente) para ir por todos los lugares día y noche y hacer algo de provecho...

“Me habían nombrado jefe de la mesa de conferencistas y mi obligación consistía en preparar a aquéllos que iban a hablar frente a multitudes. Muchos hombres jóvenes de la capital venían a vernos, jóvenes con talento y esperanza que resolvían sus dificultades de filosofía, moral, sociología y política.

“Oí confesiones aun en las cárceles; aquí dediqué la mayoría de mi tiempo porque estaban llenas de católicos. Les llevaba alimentos, almohadas, cobertores, dinero, cigarros o todo esto junto. ¡Si los custodios supieran que clase de ave era! ¡Cómo deseaba que lo supieran, así podría ser prisionero, aunque fuera por un par de semanas! Veinte días después fue dada una orden para que me arrestaran. Pero no había sido ejecutada, a pesar del hecho de no encontrarme escondido, de llevar a cabo todo lo que tenía que hacer a plena luz del día, y aplena luz eléctrica, y que el sol no siempre sirviera para mis propósitos.

“Había dado muchos retiros. Uno lo dí disfrazado de mecánico a unos veinte choferes. Lo tuvimos en un gran patio. Otro fue para unas ochenta maestras del gobierno, mujeres sin ningún temor de Dios ni de los hombres. Negaban la existencia del infierno y la inmortalidad del alma. El retiro terminó con veinte notables conversiones; todas las mujeres recibieron la comunión.

“Un día fuí a atender a una mujer enferma. Era una teosofista de la primera orden que echó un montón de pestes y blasfemias contra lo que nosotros considerábamos como lo más santo y sagrado. Realmente era una boca infernal, pero en seis días ha cambiado completamente. Muy probablemente morirá mañana a consecuencia de una operación, pero le dí la Santísima Comunión a tiempo.”

Así, cuando el año 1926 terminaba y se acercaba 1927, con los rebeldes ya formados en las montañas, la alegría se convirtió en preocupación al comenzar la represión.

“El cuatro de diciembre, el día que fueron soltados seiscientos globos para distribuir miles de folletos en defensa de la religión, me tomaron prisionero con un joven. Nos llevaron a la cárcel en la noche, a las siete, marchando entre dos filas de soldados. Pasamos la noche en el patio del cuartel, bajo un cielo despejado y con esta orden en la prisión: ‘Mantengan a los prisioneros libres de comodidades.’ Durante la noche hicimos nuestras alabanzas y cantamos canciones religiosas que podíamos recordar. Al día siguiente fuimos puestos en libertad. Ahora que pienso en eso, me asombro de que no me hayan fusilado. Antes de salir me preguntaron: ‘¿Está listo para pagar alguna cantidad de multa? El señor Calles está muy molesto por el asunto de los globos.’ ‘No, señor,’ respondí, ‘por dos razones: la primera porque no tengo un centavo; la segunda porque, aunque lo tuviera, no quiero mantener por el resto de mi vida el remordimiento de haber contribuido, aunque fuera con un centavo de mi bolsillo, a mantener el actual gobierno.’

“Los católicos habían tomado la defensiva contra Calles y las represalias habían sido terribles, sobre todo en la Ciudad de México. Los primeros en sufrir serían aquellos que pusieran su dedo en la cuestión religiosa. Yo puse los míos hasta el codo. Oh, y si fuera mi suerte ser uno de los primeros, o de los últimos, como sea, en estar en la lista. Si los soy, tengan listas sus oraciones para el Cielo.”

Parecía tener la premonición de que esto no iba a durar. Las sombras se fueron acercando y los pensamientos se hicieron más serios. El “número ganador” ya giraba en el tambor de la lotería.

“Había tenido una experiencia muy graciosa, la cual pudo haber terminado trágicamente la primera noche de un retiro. Al salir de la casa a las nueve y media, me sorprendió la mirada de dos tipos que habían cruzado la calle y me esperaban en la esquina. ‘Mi amigo, me dije, despídete de tu vida.’ Pero confiado en el refrán que dice, quien pega primero pega dos veces, me volví hacia ellos y les pedí un cerillo. ‘Puede conseguir uno en la tienda,’ fue la respuesta. Caminé, pero me siguieron. ‘Tal vez sólo es una coincidencia,’ pensé. Cambié de camino: hicieron lo mismo. ‘Esta vez estoy perdido, me dije a mí mismo. Tomé un auto; hicieron lo mismo. Afortunadamente, el conductor era católico y viendo el aprieto en el que me encontraba se puso a mi servicio. ‘Mira, muchacho, en la esquina que te indique, disminuyes un poco la velocidad; salto y te sigues derecho.’

“Puse mi gorra en el bolsillo y... salté. Me levanté y me recargué en un árbol, pero de tal manera que pudiera ser visto por ellos. Un segundo después pasaron casi rozándome con la salpicadera de su coche. Me vieron, pero no se les ocurrió en lo más mínimo que era yo. Me regresé, pero no tan ágil como lo hubiera querido porque la caída me había dejado aturdido. ‘Calma, muchacho; ahora estamos listos para la otra.’ Y cojeando tomé camino a casa.”

“Sí, anhelaba la calma de nuestros hogares por la paz con la que cumplimos nuestros deberes ordinarios... Pero aquí, en medio del torbellino, me maravillaba del especial cuidado de Dios, de las gracias tan especiales que Él nos da. Su presencia más profunda la sentimos cuando el desaliento nos hace sentir nuestra pequeñez; siento la verdad de aquella respuesta sublime: ‘Por tí mi gracia es abundante: haces que la virtud se haga fuerte en la debilidad.’

“El gran poder de nuestros enemigos, quienes se confiaban al dinero, las armas y las mentiras, iba a caer muy pronto, como la estatua que Daniel vió volcarse por el guijarro que cayó del cielo. Hasta el esplendor de la Resurrección se oculta porque la obscuridad de la Pasión está casi siempre en lo profundo. Por todas partes recibimos noticias de ataques y represalias; las víctimas son muchas; el número de mártires crece cada día. Oh, si sólo me sacara algún número ganador.”

Su hora no estaba lejos. Mientras el general Obregón manejaba su auto por el Bosque de Chapultepec, otro auto se le accercó y desde ahí le arrojó una bomba. Fueron daños menores, sólo un rasguño en la pintura. Los guardias de Obregón dispararon, pero todos los ocupantes habían escapado, excepto el conductor, un tal Nahum Lamberto Ruiz, quien quedó aplastado detrás de la llanta con una bala en el ojo. Nadie más fue atrapado, sólo un jóven indígena, Juan Tirado, quien huía lleno de pánico con otro transeúnte, pero fue capturado finalmente por la policía.

La noche del diez y ocho de noviembre, el Padre Pro se encontraba tranquilamente en la casa de sus papás, en el mismo cuarto que sus hermanos más chicos, Humberto y Roberto. La policía irrumpió y los arrestó a todos. Humberto insistió en confesarse antes de que aquéllos comenzaran, y el padre Pro opuso resistencia a la policía hasta que logró hacer lo que su hermano quería. Entonces les dijo a los dos:

“Desde este momento permítasenos ofrecer nuestras vidas a Dios por la Iglesia de México, y que se nos permita de tal manera que Dios acepte este sacrificio.”

Una vez en prisión -pero dejemos al más joven, Roberto, contar la historia, tal como me la escribió no mucho después:

“En prisión, primero estuvimos todos en la misma celda. Sólo una vez nos pusimos a considerar lo que le diríamos a los jueces, pero inmediatamente Miguel nos dijo: ‘No; no arreglaremos eso; Dios dice que cuando nos encontremos con nuestros jueces no vacilemos en responder porque el Espíritu Santo nos ayudará.’ Así fue el acuerdo. Nos encomendamos entre nosotros de nuevo a Dios, luego nos olvidamos de la seria dificultad en la que nos encontrábamos y comenzamos a cantar alegremente, a bromear y a conversar, así como lo hubiéramos hecho en cualquier otra situación.

“Más tarde cada uno de nosotros fue interrogado por separado y luego incomunidado, aunque yo me encontraba cerca de mi hermano Miguel. Nos mantuvimos serenos y no paramos de declarar que no teníamos que ver nada con el intento de asesinato. (A los tres nos hicieron pronunciar bajo juramento nuestras declaraciones).       

“Durante los seis días que estuvimos confinados, nunca abandonamos nuestros sentimientos de alegría y hablábamos entre nosotros en voz alta. Miguel rezaba el rosario y nosotros lo seguíamos, como también lo hacían muchos otros que estaban confinados. El Padre Pro se hizo querer por todos los demás, hasta por los custodios; compartía su comida con los soldados, les daba cigarros, de hecho era como uno de ellos: un compañero y un amigo. Uno de los custodios lo sometió a sus dudas sobre religión y sobre si estaba permitido pertenecer a una sociedad prohibida. El padre Pro, inmediatamente, se puso a convertir a ese hombre. Tuvo éxito; después de su muerte el hombre regresó a la Iglesia.

“Cerca de una hora antes de la ejecución, aunque nada se nos había dicho, tuvimos el presentimiento de lo que iba a pasar, el padre Pro se dirigió a mí y me dijo: ‘Esta mañana nosotros tres vamos a ser fusilados. No se preocupen; más bien démosle gracias a Dios por haber sido elegidos; vamos a renovar nuestro ofrecimiento y a pedir perdón por nuestros enemigos.’ Cuando llegó la hora y el jefe vino a llamarnos, nos encontró bromeando entre nosotros y brincando de un lado a otro para mantenernos calientes porque hacía muchísimo frío y la inactividad había disminuído nuestra circulación.

“Cuando fue llamado, Miguel salió como había entrado, sin sweater, el cual se había quitado para tener más libertad de movimiento. Lo enviaron de regreso por él, y cuando regresó yo le ayudé a ponérselo. Como yo estaba preocupado por él, Miguel me dió una palmadita en el brazo para mostrarme su auto-control. Salió de la prisión sin una palabra de protesta o de violencia... Lo que ocurrió después, usted ya lo sabe.”

¿Qué fue esto que ocurrió? Juan Tirado había sido terriblemente torturado para implicarlo con los otros; todo lo que diría es que no sabía absolutamente nada, que lo único que ocurrió es que él pasaba por ahí. Manchas de sangre fueron encontradas en la parte trasera del auto, le tomaron las huellas digitales, pero, evidentemente, no eran las de los hermanos Pro ni las de Luis Segura Vilchis, un joven ingeniero católico, muy importante por su trato con los católicos. También fue acusado. No hubo ninguna evidencia para probar la complicidad, sin embargo, los cinco fueron condenados a morir sin un juicio previo.

Mientras tanto, se hacían frenéticos esfuerzos por salvarlos. El amparo, que es el medio de impugnación casi sagrado y que siempre se concede, aun en los peores casos, fue rechazado. Prominentes ciudadanos visitaron a las autoridades, pero se rechazó su petición. Visitaron al embajador norteamericano, Dwight Morrow, quien les dijo que él no podía intervenir. Finalmente, un embajador de Sudamérica recurrió a Calles y consiguió un indulto. Feliz, corrió a la prisión sólo para oír la noticia de que todos ya habían sido fusilados -todos menos Roberto, quien así fue como se salvó. Fue liberado casi inmediatamente.

El padre Pro fue el primero en morir. Cuando fue a la pared en el patio de la prisión, se arrodilló un momento, mantuvo los ojos en el crucifijo que había recibido cuando hizo sus votos. Perdonó a sus enemigos y no permitió que lo vendaran. Colocó sus brazos en forma de cruz y justo en el momento en el que se dió la orden de fuego, gritó: “¡Viva Cristo Rey!”, y calló repleto de balas. Un sargento le dió el tiro de gracia (coup de grace) en la sien.

Humberto, Vilchis y Tirado tomaron su turno. Los dos primeros con el mismo grito, pero a Tirado se le preguntó si quería algo; débil por la tortura y la inminente neumonía, con la voz entre cortada dijo: “¡Quiero a mi mamá!”

Esa noche hubo una escena extraordinaria en la casa de los Pro. Miguel colocado como cualquier ciudadano y también como sacerdote jesuita, desafiando la ley con sotana y roquete, presidía las oraciones. Sobre el pecho del padre Pro, durante toda la noche, se colocó un cáliz con el Sántisimo Sacramento. Roberto dió la noticia de que quería ir a comulgar: ahí estaba la comunión esperándolo.

El funeral fue un inmenso fluir de personas, en quienes la alegría cristiana y el dolor humano se mezclaban de igual manera. Hoy, al padre Pro se le venera y se le pide su intercesión como a un verdadero mártir en cualquier parte que haya católicos.

 

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