Universidad Abierta

 


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MODERNIDAD Y POSMODERNIDAD EN AMÉRICA LATINA

 

JOSÉ M. ORTÍZ DOMÍNGUEZ

 

 

CONTENIDO:

 

 

INTRODUCCION

 

CAPITULO I: ANTECEDENTE: EL PROYECTO DE MODERNIDAD

1.1.   Origen

1.2.   Concepto de Modernidad

1.3.   Características de la Modernidad

1.4.   La lógica de la Modernidad

1.5.   Los ideales de la Modernidad

1.6.   Las sombras de la Modernidad

 

CAPITULO II: POSMODERNIDAD

          2.1. Antecedentes: crisis de la Modernidad

          2.2. Concepto de Posmodernidad

          2.3. Tres fuentes teóricas del Posmodernismo

          2.4. Neoliberalismo y Posmodernidad

          2.5. La condición posmoderna

          2.6. Los ideales de la Posmodernidad

          2.7. El hombre posmoderno

 

CAPITULO III: MODERNIDAD Y POSMODERNIDAD EN AMERICA LATINA

          3.1. Culturas tradicionales y modernidad

          3.2. El occidente único, no universal

          3.3. Deculturación, Induculturación y Reculturación

          3.4. Tradición, cultura y modernidad

 

CONCLUSION

 

BIBLIOGRAFIA           

 

INTRODUCCION

 

Sin duda alguna, hablar del debate  modernidad-posmodernidad es referirse a un tema quizá poco abordado y discutido en América Latina  y en particular en nuestro país. Se habla y se escribe sobre el proyecto neoliberal pero escasamente se discute en torno al discurso de la Posmodernidad. Resulta no ser todavía un tema recurrente y socorrido por intelectuales y escritores de esta región.

         

Desde que en 1980 Jurgen Habermas escribiera en contra del posmodernismo acusándolo de proyecto conservador, diferentes pensadores de Europa y Estados Unidos han hablado de una cultura posmoderna, algunos para atacarla y otros más para justificarla y defenderla.

         

En el presente trabajo se aborda pues este tan polémico tema con el fin de analizar su origen, los principios teóricos que lo rigen, el marco o contexto histórico en el que se desarrolla y sus implicaciones para América Latina. Claro está, tal objetivo requerirá de un juicio valorativo personal con el que el lector podrá o no estar de acuerdo; que por cierto, para este momento histórico ya no resulta tan apremiante.

 

Así pues, el  trabajo se dividió en  tres partes o capítulos claramente identificados y entrelazados entre sí por una lógica interna que subyace en toda la propuesta, con el propósito de lograr, hasta donde fuera posible el logro del objetivo general anteriormente enunciado.

         

Así tenemos que en el capítulo I se hace una revisión del llamado proyecto de modernidad iniciado con la Ilustración y sustentado en tres principios básicos: la razón, el orden y el progreso.  Aquí se presenta  la modernidad como el gran proyecto utópico ideado con el fin de lograr el desarrollo de las naciones, pero que en su afán de construir ese futuro promisorio se pierde entre las sombras de la destrucción por el mismo generadas. Quizá para algunos resulte innecesaria la referencia a la modernidad; sin embargo, no hay que perder de vista que el posmodernismo no puede entenderse sin su referente inmediato, la modernidad.

 

En la parte número dos se entra de lleno en el análisis del Posmodernismo: qué es, qué características tiene, cómo se ha ido generando, qué consecuencias e implicaciones en el orden de lo teórico y de la vida cotidiana ha tenido para el ser humano, etc.  Para Jameson, por ejemplo, la cultura posmoderna no es otra cosa más que la lógica de lo que él llamó “capitalismo tardío”. Folster, por ejemplo, distingue dos tipos de Posmodernismo: el de reacción y el de resistencia.  Y así sucesivamente.

            

Dentro de este mismo apartado se ha tenido que hacer referencia al proyecto neoliberal  como el gran telón de fondo que sirve para contextualizar económica, política y socialmente la cultura posmoderna.

              

En la parte tres del trabajo se hace un estudio, reflexión y valoración sobre las implicaciones de la modernidad y la posmodernidad  en América Latina. Sobre todo en el ámbito cultural, la pregunta resulta inminente: ¿de qué manera América Latina podrá hacer frente en los próximos años el reto de la globalización sin tener que renunciar a su identidad étnica, racial y cultural? Cuestionamiento por demás apasionante y difícil de esclarecer.

 

Finalmente, es necesario señalar que el presente trabajo pretende ser una modesta pero significativa aportación sobre el tema en cuestión. Hubo, sin duda alguna, un esfuerzo por agotar bibliográficamente el tema. Se abordó con la disciplina, profundidad y seriedad necesarias. En fin, pretende ser una invitación a todos aquellos curiosos académicos y estudiantes que en sus largas horas de búsqueda quizá no se han topado con alguna obra que traté de integrar tópicos como: modernidad, neoliberalismo, posmodernidad, capitalismo tardío, etc.

 

 

CAPITULO I

ANTECEDENTE: EL PROYECTO DE  MODERNIDAD

 

1.1 Origen

 

Durante el siglo XVIII se fueron dando un conjunto de procesos de apertura social, política, cultural y filosófica que permitieron que el hombre de esa época percibiera su mundo y sus problemáticas de manera muy distinta a como el hombre del medievo las había percibido.

         

Sin duda alguna, dos fueron los grandes acontecimientos que tuvieron que ver con esos procesos de apertura: la Revolución Francesa y el Iluminismo. Veámoslos con cierto acercamiento.

         

El Iluminismo, como corriente filosófico-cultural tiene la capacidad de cuestionar la tradición escolástica en conjunto y su metodología deductiva causal, por la que se trataba de explicar el mundo recurriendo a razonamientos abstractos y partiendo de causas exteriores al mismo.

 

Por el contrario, el Iluminismo expone que a través de la filosofía se pueden descubrir las causas de los acontecimientos  naturales y sociales; porque la filosofía no debe estar separada de la ciencia y su desarrollo.

         

Además, por vez primera, establece la idea de que el pensamiento debe tener una función, no sólo teórica, sino también  práctica: es decir, haciendo uso adecuado de la razón, el hombre puede moldear la vida misma juzgando y criticando todo aquello que esté en contra de la racionalidad, el progreso y el bienestar general de los seres humanos. Así pues, el pensamiento deberá analizar y valorar que el orden social y las instituciones existentes estén acordes a la razón.

         

De esta forma, y por vez primera, el hombre adquiere un papel protagónico en y para la historia, sin precedentes: “La razón permite al hombre alcanzar mayores grados de libertad y progreso”.

         

Como puede entenderse tal concepción cambia radicalmente la actitud y la disposición del hombre ante el mundo y ante la vida. Dejará de ser ese sujeto pasivo, receptivo y acomodaticio que se cruzaba de brazos y se sentaba a esperar que las soluciones a sus diferentes necesidades sociales le bajaran del cielo por obra y gracia del Creador.

 

El hombre, en ese momento histórico, llega a concebir el mundo como un orden autorregulado, regido por un conjunto de leyes que es necesario descubrir. La realidad aunque aparenta ser caótica, obedece a pautas regulares y constantes que el hombre tendrá que ir percibiendo a través de la razón y la observación. Se abre, pues, una visión hasta ese momento no vislumbrada: el hombre que comienza a ver y conocer no sólo su presente, sino que es capaz de ver lo que puede llegar  a suceder. Un hombre constructor de realidades presentes y futuras.

 

Paralelo a este gran movimiento filosófico-cultural, se puede hablar de otro movimiento de no menor importancia y/o trascendencia histórica: la Revolución Francesa, considerada por muchos, y en especial, por  Hobsbawn como la gran revolución de masas de la historia.

         

Este hecho enseñó a mujeres y hombres que la historia no es una serie causal de acontecimientos, sino que los hombres y la razón pueden impactar en ella, los seres humanos pueden hacer algo por redirigir el decurso de la historia. Claro está, para ello será muy necesario reconocer el papel insoslayable de la razón; de esta manera la fe, como facultad  teológica de acercamiento y reconocimiento del mundo se delega a un segundo plano:  “los hombres pueden entonces modificar las tendencias del desarrollo histórico y con el conocimiento de las leyes de la sociedad, pueden también reformar y revolucionar sus instituciones”.

         

Así, el hombre del siglo XIX y siguientes es capaz de reconocer que los males sociales como la miseria, el hambre, el analfabetismo, el atraso, etc., no provenían de causas externas, naturales o sobre naturales, sino que básicamente eran provocados por causas específicas, históricas y socialmente determinadas y que incluso él mismo había generado; pero que sin embargo el tenía la gran oportunidad histórica de modificar.

         

De esta manera se comienza a gestar y más adelante a consolidar una mentalidad moderna sustentada en la razón, el progreso, el conocimiento científico, el crecimiento tecnológico y el dominio o control de las condiciones sociales.

 

El siglo XVIII es,  pues, testigo de estos acontecimientos que a momentos parecían verse aniquilados por el retorno de la monarquía borbónica al poder y cuyo dominio duró hasta 1848.  Hay que decir que este periodo de Restauración en Francia significó el retorno a la tradición, la autoridad, la norma, el ritual, el símbolo; en suma, la restauración de la vieja sociedad feudal.

         

Sin embargo, y esto también hay que decirlo, la burguesía emergente tendría que irse abriendo paso, impulsándose cada vez más como clase dominante, estableciendo un nuevo orden social y cierta continuidad política. Así, el gran ideal de la burguesía muy bien puede resumirse en dos palabras: orden y progreso.

         

La mentalidad y en general, el hombre moderno estaban ya gestados. El incipiente capitalismo y la Revolución Industrial daban, pues, esa especificación del hombre moderno como señor  y dominador no solo de la naturaleza sino también de la vida social. A partir de ese momento el hombre cobra otra posición muy distinta a la que había estado anclado durante siglos en la Edad Media. Metafóricamente, diríamos que es el hombre que se descubre a sí mismo como un ser con inmensas potencialidades, cualidades y virtudes que lo pueden llevar a ser actor, protagonista, emprendedor y autosuficiente. El hombre medieval, resignado y sacralizado, había quedado atrás.

 

1.2 Concepto de Modernidad

 

Preguntémonos ¿qué es la modernidad? ¿Qué significado e implicaciones tiene la palabra modernidad? ¿Con qué aspectos de la vida social tiene que ver la modernidad? ¿Qué caracterización podría hacerse del llamado hombre moderno?

         

Dice Perán Erminy: “ Lo moderno tiene una doble acepción. Por un lado se refiere a lo más novedoso. Por el otro, a la época de la utopía tecnológica de la modernidad, un modelo social que viene de la Ilustración, de la Revolución Industrial y del imperio de la razón. La dinámica social se dirige desde entonces, hacia el progreso, el adelanto y el desarrollo”.

 

Sin duda la modernidad como  corriente de pensamiento se fundamenta en el racionalismo de Descartes: la racionalización de la existencia al extremo de llamar a la razón “la diosa”.

         

Este pensamiento moderno fue marcado por el surgimiento de grandes utopías sociales, políticas, económicas, culturales, tecnológicas, industriales, etc.

         

Los ilustrados creyeron en la cercana victoria sobre la ignorancia y la servidumbre por medio de la ciencia. Los capitalistas, por su parte, confiaban en alcanzar la felicidad gracias a la racionalización de las estructuras sociales y el incremento de la producción; los marxistas esperaban la emancipación del proletariado por la lucha de clases.

          

Sin embargo y con todo y sus diferencias ideológicas los tres estaban de acuerdo en algo sustancial: “si se puede”. Si se puede llegar a la victoria, si se puede llegar al progreso, al estado social perfecto, a la Parusía cristiana. Este hecho ideológico fue la constante ininterrumpida de la modernidad.

 

Así tenemos que el hombre moderno era un hombre comprometido con la humanidad, porque confiaba en ella, en sus posibilidades y en su virtual avance. El hombre moderno creía en la razón universal y en la posibilidad de llegar a la pura verdad. El hombre moderno era un hombre enamorado de la vida, con un proyecto claro e ideales firmes y aglutinantes. Optimista, que no está a gusto con la vida  y las condiciones que le tocó vivir, pero que tiene fe y esperanza de mejorarla. Y esta verdad es la que le permite darle sentido a toda su existencia humana.

          

En fin, el hombre moderno, convencido de poder cambiar su mundo apuesta su presente por un futuro mejor para él y para todos. Es por esta misma razón que en la modernidad nos encontramos con discursos que tienen una gran capacidad de convocatoria y aglutinamiento.

 

1.3 Características de la Modernidad

 

El hombre moderno es un hombre crítico, inspirado en la duda metódica de Descartes: “solo puedo no dudar que dudo”. O sea que para el hombre moderno ya nada estará sacralizado, ya nada estará garantizado: nada será ya absoluto e incuestionable. Se trata pues, de un hombre crítico. Nada es  porque sí; existe una razón, una racionalidad que puede llevarnos a la explicación de muchas realidades en apariencia incomprensibles.

          

De esta forma la razón “transforma su discurso en mito para poder pensarse a sí misma, el mito  ahora es iluminismo y el iluminismo se torna inevitablemente mitología”.

        

La razón así, se ve como una historia, como una narrativa, “la autoenunciación de sí misma es la característica que va a permear a la modernidad”.

 

Por otra parte, y también como característica de modernidad, se percibe que la sociedad moderna, envuelta en un mundo occidentalizado, representa la gran civilización contemporánea con una cantidad sorprendente de nuevos conocimientos, con gran avance científico y tecnológico. Una sociedad en la que se han llegado a alcanzar niveles ilimitados de producción de bienes y servicios o artefactos cada vez de mejor calidad y menor precio en el disputado mercado de libre comercio, en el que compiten los países de tecnología de punta robotizada y competitiva.

         

En dichas sociedades modernas se promueve la superación personal individual con la meta de ser un triunfador a toda costa, en que todo medio lícito e ilícito es válido. Después de todo el fin justifica los medios, y el fin en este caso es convertir todo quehacer humano en dinero.

         

La modernidad apuesta a un cambio social no muy lejano, apuesta por un mundo más justo y equilibrado: “En este sentido, la modernidad se afirma desde una idea de plenitud, imposible de alcanzar; pero sin embargo,  perseguida a partir de la fuerza inaudita de los lenguajes desencantados del hombre. Por lo tanto lo moderno se instituye como crisis a partir de la fractura entre los dialectos (esferas narrativas) y lo real”.

         

En fin, la razón como divinidad, augura un sentido para la historia, una ética universal para los hombres, un gusto para el arte. Por la razón, el hombre moderno descalifica como patológico cualquier teoría sobre el mundo que sacuda los sólidos principios de la razón. Así, el hombre moderno reproduce una ideología totalitaria, sea comunista, nazi o fascista.

 

1.4 La lógica de la Modernidad

 

Lo que bien puede llamarse lógica de la modernidad puede resumirse más o menos así: que la dinámica de la modernidad es pluralista. Es decir, que puede abordarse desde ángulos totalmente distintos, comenzando con la desacralización de la Biblia y pasando por la emancipación de la propiedad y de los mercados sobre la soberanía del monarca. Dicho de otra manera la modernidad permea todos los ámbitos de la vida social alterándolos sustancialmente.

           

Por otro lado, tras un análisis pueden percibirse otras lógicas de la modernidad como lo son: la división funcional del trabajo, el arte de gobernar y la tecnología, que muy atinadamente describe Heller:

 

“La lógica de la división funcional  del trabajo abarca los problemas y acciones por los que se distribuye la gente de una determinada sociedad entre las funciones socialmente importantes: de producción, distribución y redistribución...El modus operandi y la calidad concreta de esta lógica se define por como se distribuye la gente entre las funciones, por las proporciones respectivas de libertad  y coacción en el proceso de distribución, por las formas jerárquicas o no jerárquicas de su distribución entre funciones...

         

La lógica de la tecnología tiene un impulso específicamente moderno para su sustrato: el impulso por el dominio de la naturaleza, la determinación de no vivir  dependiendo de las condiciones externas de la existencia humana y de hacer el ámbito humano, en lugar de conformarse con su crecimiento orgánico.

         

La lógica del arte de gobernar es un arte solo aparentemente. Es más bien la expresión del espíritu  innovador universal de los modernos que no están impresionados por el marco aristotélico de las formas lógicamente posibles de gobierno pero tienen confianza en poder descubrir nuevas formas más allá de las limitaciones”.

 

1.5 Los ideales de la Modernidad

 

Pareciera que este punto fuera algo así como un corolario que se desprende de lo anteriormente descrito acerca del proyecto de modernidad.

          

La razón indica el camino a seguir: la humanidad tiene el gran reto, el gran compromiso de sobrepasar el salvajismo, la barbarie y la ignorancia, y llegar a un estado de gracia, a un orden social distinto en el que, guiados por la razón se camine hacia el progreso. Diríamos, es la Parusía cristiana que los modernos secularizan. De ahí las grandes narrativas, las grandes utopías que hablan de un futuro mejor: el presente no importa, hay que trabajar, luchar y dar la vida por ese ideal irremplazable, por ese futuro no muy lejano que todo hombre sensato añora. Este es, pues, el ideal principal de la modernidad.

 

Y de este gran ideal, diríamos, se desglosan otros más. Por ejemplo, el ideal de occidente de ser ejemplo y modelo a seguir para todos aquellos pueblos que no han podido llegar a la modernidad:  “El occidente no solo ha conducido al mundo hacia la modernidad, sino que al tiempo que los pueblos en otras civilizaciones se modernizan también se occidentalizan abandonando sus valores, instituciones y costumbres tradicionales y adoptando los que prevalecen en el occidente”.

         

Es cierto, quizá no sea un ideal directamente asumido; con todo, la modernidad fomenta la influencia de unas culturas sobre otras, provee medios para que una cultura exporte sus valores a otras,  propicia los mestizajes. Su capacidad para permear de ideas, imágenes, sonidos, estilos, modas es clara y se refleja en uno de sus principios originarios:  la noción puramente racional de la universalidad apremia a exportar, cuando no a imponer, los beneficios y logros de determinada sociedad:  “No pocas veces hemos visto que una nación poderosa intenta imponer sus propios criterios, respaldados  por la demostración lógica de sus virtudes universales (incluso por la fuerza), sobre las naciones que no han llegado a la etapa moderna, civil y secular”.

 

La modernidad, en fin, establece un nuevo orden social sustentado en una organización  política y democrática, en el desarrollo de las fuerzas productivas y el libre mercado y en la secularización de la vida social.  Dicho orden social será, pues, el ideal a alcanzar  para toda sociedad subdesarrollada.

         

Como podrá apreciarse esta manera de entender y explicar el mundo representa la forma secular o laica de la visión aristotélico tomista acerca del mundo y de la vida que predominó desde la antigüedad hasta la Edad Media.  La modernidad viene a romper estos viejos esquemas porque ya no tenían la capacidad de responder atinadamente a los nuevos fenómenos económicos, políticos y sociales generados en ese nuevo orden moderno.

 

1.6 Las sombras de la Modernidad

 

Son varios los puntos  -diríamos- oscuros del proyecto de modernidad que no lograron  y todavía no logran aclararse del  todo, al grado de manifestarse en forma de contradicción, en una especie de dialéctica quizá inevitable.  Esto es, conforme fue avanzando el proyecto de modernidad sus aplicaciones e implicaciones favorables iban trayendo consigo, a la vez, retrocesos, males inevitables que lastimaban o ensombrecían dichos beneficios.

          

Un primer punto en el que se puede reflexionar está dado por la manera en como arrasó la modernidad todas las modalidades tradicionales del orden social. Por ejemplo, la organización social solidaria con una actitud afectiva, fraterna y de ayuda mutua expresada en aras de un proyecto puramente individual e individualista: “cuando más se acepta el orden moderno, más se asociará lo nuevo con lo mejor”.

         

Esto es, entre más se acercaban las sociedades tradicionales a los ideales de la modernidad más se renunciaba a la identidad, identificando la nueva cultura como lo mejor. Y de repente, al voltear, dichas sociedades se dan cuenta de que sería imposible vivir de diferente forma a la asumida por el orden moderno.

 

Una segunda sombra estaría dada por la manera en como los elementos de modernidad se imponen sobre la tradición descalificándola, suplantándola o simplemente haciendo caso omiso a su existencia. Procesos que pueden llamarse de Deculturación, induculturación y reculturación (dichos procesos se retomarán más afondo en el último capítulo al referirse sobre América Latina). Así la pregunta no se hace esperar: ¿cómo puede una sociedad trastocada  por el germen de la modernidad mantener y reproducir su identidad cultural?

         

La sombra de la destrucción parece no abandonar  el proyecto de modernidad. Más aún aparece recurrentemente en forma de concomitante. Y quizá con mayor claridad pueda percibirse esta sombra en el orden del desarrollo tecnológico, que en busca de mejores y más confortables formas de vida se destruye cuanto aparece al paso; siendo el medio natural el más afectado.

         

La destrucción social, cultural y natural parece representar la peor pesadilla del proyecto de modernidad: ¿hasta dónde es válida y necesaria la destrucción en pos de tan añorado progreso, en pos de tan anhelada civilización? ¿Será acaso, la destrucción el mal necesario e inevitable de la modernidad?

         

Sin duda alguna la respuesta a tales preguntas dependerá no sólo de la ideología y la posición geográfica dentro del planeta, sino también de las condiciones económicas desde donde esté percibiendo la situación. Obviamente para los grandes capitales, para los grandes inversionistas y transnacionales la respuesta sería más que obvia: todo progreso  implica situaciones de destrucción pero so válidos y justificados. “Después de todo vivimos mucho mejor que antes de la modernidad.

 

 

CAPITULO II

POSMODERNIDAD

 

2.1. Antecedentes: crisis de la Modernidad

 

Hay quienes hablan de “el final de la historia”, en especial los de la escuela neohegeliana que ven en el declive de la guerra fría y la universalización de la democracia liberal occidental las condiciones históricas para la disolución del llamado Estado-nación.

              

Para los defensores de esta interpretación, la revolución que en 1989 tuvo lugar en países como Alemania Oriental, Rumania, Hungría, Checoslovaquia, Polonia y en la Unión Soviética ha confirmado la emergencia del “Estado homogéneo universal”, en el que todas las contradicciones anteriores son resueltas y todas las necesidades humanas satisfechas.

 

Entonces, para esta interpretación ya no hay más luchas y conflictos en torno a los grandes problemas. Lo que persiste, según ellos, es la actividad económica: “se proclama el triunfo del liberalismo sobre el fascismo y el comunismo, y se presagia  la muerte en un futuro no muy lejano, de las diferentes formas de nacionalismo y de conciencia étnica y racial”.

          

Se trata pues de la culminación de los procesos de globalización, de la ruptura de fronteras, de la consolidación de los procesos de libre comercio y de la ratificación de la llamada economía de mercado.

          

Planteadas así las cosas pareciera que el proyecto de modernidad llegó a su máximo esplendor, a su realización plena. Sin embargo, no hay que perder de vista la dialéctica de la modernidad, las contradicciones que a lo largo de su existencia fue generando y reproduciendo en diferentes ámbitos de la vida social.

 

En este sistema o forma de vida de gran confort y de excitantes gratificaciones, de gran riqueza, de placentero consumismo, debería de ser la aspiración lógica de todo ser humano, sin excepción; porque en apariencia es mil veces preferible que optar por un sistema de vida sencillo y limitado, mesurado, dentro de un equilibrio ecológico responsable. Con una organización solidaria y humanista, menos egoísta e individualista.

           

Con todo y las bondades de la modernidad pueden señalarse algunas de las crisis generadas por ella misma:

 

Como consecuencia del desarrollo tecnológico, el hombre como fuerza de trabajo ha sido y seguirá siendo desplazado del campo labora, generando desocupación, pobreza extrema, marginación de sus derechos más elementales: como el derecho a la vida, a la salud y a la educación. En parte este malestar físico está desembocando en delincuencia y suicidio.

 

Se agudiza cada vez más, los problemas de la polarización creciente entre dos mundos opuestos: uno constituido por ricos cada vez más ricos y poderosos que detentan y acumulan con egoísmo y avaricia, la riqueza generada por todos. Y otro mundo constituido por la mayoría de gente marginada y desposeída, discriminados, explotados y por consiguiente, cargada de profundo malestar y resentimiento social, que genera una conducta antisocial o de subversión.

 

Por la competitividad se ha perdido y trastocado los valores éticos y morales. En este mundo todo es permitido para triunfar en la desleal competencia de libre mercado promovida por el sistema moderno. Detentar valores éticos resulta absurdo y tonto pues el mundo actual es de los “listos”, de la inmoralidad y la delincuencia de corbata que se encuentra institucionalizada en todos los ámbitos.

 

Hay una desestructuración de las instituciones sociales: los sindicatos han casi desaparecido, se ha liquidado a la solidaridad y a las fuerzas sociales de defensa, no existe un sentimiento de identidad con el grupo.

 

Paralelamente se promueve el individualismo, el personalismo egoísta alentando al triunfador competitivo. Todos quisieran ser triunfadores pero, ¿cuántos lo logran? Muy pocos. El resto forma el ejército de fracasados. Más aún, los egoístas triunfadores lo son a costa de perder su identidad con el grupo, generándose un sentimiento de soledad y deshumanización.

 

La superpoblación creciente producto de la disminución de la mortalidad, disminuye a su vez, las posibilidades de superación y bienestar futuros que, sumado a la crisis de valores, generan temores de fracaso frente a un porvenir sin expectativas, que se traducen en un sentimiento de frustración, de minusvalía y de depresión y de infelicidad.

 

La ruptura del equilibrio de los sistemas ecológicos, por la depredación irracional con tal de satisfacer el afán de tener y tener. La contaminación ambiental, el acumulo de basura, están, parece ser y sin exageraciones, conduciendo a la autodestrucción de la vida sobre la tierra.

 

La competencia entre potencias por detentar más riqueza y poder sigue siendo un peligro latente de guerras. Quizá no se pueda hablar de carrera armamentista como en décadas pasadas pero con todo, los países poderosos no ha renunciado por completo a la producción de armamento.

 

Estas serían solo algunas de las crisis generadas por la modernidad, y en especial, por el hombre moderno y “civilizado”. Crisis que dejan latente la posibilidad de un desastre mayor a mediano plazo. Hay quienes hablan de una destrucción paulatina e ininterrumpida  del planeta y la humanidad.

           

Y es, pues, en este orden moderno, bajo esta situación crítica en la que se ha cuestionado y dudado de la viabilidad de los ideales de la modernidad. Para muchos resulta verdaderamente incomprensible pagar y seguir pagando (quien sabe hasta cuando) los costos tan elevados en espera de un utópico progreso, desarrollo y modernización para las sociedades más atrasadas. Ya que después de todo son los países subdesarrollados los que más gravemente están pagando las consecuencias de dicha utopía. El saqueo al que se han visto sometidos es verdaderamente alarmante, indignante y despiadado.

 

2.2. Concepto de Posmodernidad

 

Para algunos intelectuales el Posmodernismo representa una corriente que no interesa; otros lo imaginan como una amalgama exótica de corrientes dirigidas por grupos marxistas diríamos, decepcionados.

          

Pero, la pregunta sigue en pie, ¿qué es el Posmodernismo? ¿Un concepto, una práctica, un estilo o un nuevo periodo histórico vinculado a lo que se conoce como era posindustrial? Ciertamente por el momento no existe un acuerdo más o menos generalizado entre los teóricos tanto europeos como norteamericanos.

 

Lo que fuere, el Posmodernismo es una corriente europea y norteamericana que ha tenido por representantes figuras como Frederic Jameson, Hal Foster, Ihab Hassan, Francois Lyotard, Gilles Lipovestky, entre otros.

         

En el fondo, el Posmodernismo es expresión o manifestación del fin de la historia: por ello la muerte de los grandes fines, de los grandes objetivos. Ya no hay que buscar nada, ya no hay que luchar por nada porque ya se está y se vive en la plenitud: “Los grandes cambios y avances de la humanidad hacia su deber ser han terminado porque el capitalismo es justamente el ser total, el nirvana de los sistemas sociales, es insuperable”.

        

No existe, pues, una ruptura entre lo que se es y el deber ser, porque simplemente ya se está en éste último. El objetivo se ha logrado, la meta se ha cumplido, no queda más a donde ir.

        

La discusión posmoderna parte de un replanteamiento del significado actual de la modernidad, las petrificaciones, absorciones y agotamientos que ha sufrido al convertirse en la cultura oficial por lo menos en los países de primer mundo altamente desarrollados.

         

Para algunos intelectuales el proyecto de modernidad es salvable; para otros debe de ser rebasado replanteando su tradición, su propuesta, sus ideales, todo ello sustentado con el Iluminismo , con el desarrollo de la ciencia y la tecnología, etc.

          

Hal Foster señala al respecto: “en la política cultural presente hay una oposición básica entre un Posmodernismo que busca desconstruir la modernidad y resistir el status quo y un Posmodernismo que rechaza a ésta y celebra a éste; o sea, un Posmodernismo de resistencia y un Posmodernismo de reacción”.

           

Este señalamiento resulta bastante atinado para comenzar a distinguir y clasificar autores según la corriente que pudieran seguir de resistencia o de reacción.. Por eso es que hay autores posmodernos que tratan de mantener el orden social moderno, mientras que otros vislumbran su inevitable y necesaria extinción.

 

Por otra parte, es conveniente también indicar que el Posmodernismo hay que entenderlo de cara a tres elementos significativos: la revolución tecnológica a partir de las comunicaciones o mejor de las telecomunicaciones que genera otro sentido del tiempo-espacio (la virtualidad sería un ejemplo de esto). Algunos le llaman la era del ciberespacio o de la robótica. Segundo, la globalización de la economía a escala mundial, que bajo la égida de la revolución tecnológica hace al capitalismo entrar en una nueva lógica de apropiación, donde lo nacional varía sustantivamente; ya en apartados anteriores se hablaba, por ejemplo, de un estado homogéneo universal. Cada vez más nuestro espacio tiende a ser el mundo, la “aldea global”. Y un tercer elemento estaría dado por el dominio de una concepción de mercado en la que éste se convierte en el lugar mágico a partir del cual se pueden resolver cuanta necesidad humana exista y de cualquier índole.

         

Estos tres elementos deberán tenerse bien en cuenta porque serán aspectos de un escenario que sirve de fondo para poder comprender cabalmente el Posmodernismo; es más, forman parte del Posmodernismo.

         

2.3. Tres fuentes teóricas del Posmodernismo

 

Desde que Habermas en 1980 emprendiera su ataque contra el Posmodernismo que calificó, en aquella ocasión, de neoconservador, en el mundo pensante tanto de Europa como de Estados Unidos de Norteamérica empezó a vertebrarse un movimiento que hoy ya es claramente distinguible e identificable. Así mismo, Kolakowski también habló de la decadencia de la modernidad y a su vez de su capacidad de recuperación. Estos dos autores influyeron decididamente en lo que sería el origen incipiente de la Posmodernidad.

          

Con todo habría que puntualizar el origen teórico de dicha corriente y por ello es necesario señalar que tres fueron las disciplinas que contribuyeron a lo que hoy se conoce como Posmodernidad:

 

Postestructuralismo francés

 

Esta corriente es heredera del estructuralismo clásico francés de Sassure, Levi Strauss y Barthes. Estos señores centraban su atención en cuatro aspectos fundamentales: la oposición de los significantes, el carácter arbitrario del signo, la dominancia el todo sobre las partes y el descentramiento del sujeto.

          

Foucault, Deleuze, Lyotard, Baudillard y Derrida como los más lúcidos representantes de esta corriente concluyeron que en tres campos se quebraba el racionalismo de Descartes, la autoconciencia hegeliana y el etnocentrismo liberal y marxista.

          

Tales hallazgos fueron esencialmente en la antropología, el relativismo cultural con la existencia del otro extremo  con símbolos, ritos y discursos que, al compararlos con la cultura occidental, nada indicaba que fueran inferiores o superiores; en la lingüística el reconocimiento y desconstrucción de los grandes relatos de nuestra cultura entendidos como secularizaciones, ilustradas o dialécticas, de la religión cristiana cuyo pivote clave es la teoría de la reconciliación en un punto del tiempo; y, en el psicoanálisis, con la existencia del otro interno como la locura, la sexualidad, la mente, etc.

 

Nihilismo clásico alemán

 

Tres son los principales exponentes: Nietzsche, Heidegger y Schopenhauer. A este último se le está rescatando su pesimismo y las constantes llamadas de alertas sobre el aspecto destructivo de la razón.

        

Adorno rescata este elemento al denunciar el carácter opresor de la razón instrumental que consideraba el sujeto con derecho a oprimir a su objeto.

        

De Nietzsche y Heidegger se ha integrado su concepción en contra de los grandes fines y del olvido del cuerpo por la primacía de la conciencia racionalista: el hombre no es el centro de las cosas, el hombre no es el sustituto de Dios. Esta posición coincide con el descentramiento del sujeto occidental en la versión estructuralista.

 

Vanguardismo estético

 

Habermas dice que la modernidad es el aislamiento de las tres esferas básicas kantianas y que su completamiento reside en integrarlas: la ciencia, la moral y la estética. Empero,  él cree que fue el vanguardismo estético quien en verdad desestabilizó las otras dos esferas. Si vemos con claridad las cinco grandes escuelas (expresionismo, simbolismo, futurismo, constructivismo y surrealismo) que pronosticaron la decadencia de la modernidad, lo hicieron con un discurso que se parece mucho al discurso posmodernista. De hecho, el Posmodernismo no es más que la crítica del vanguardismo estético a toda la sociedad.

          

El Posmodernismo  guarda una continuidad sólo en este sentido con la modernidad. Por eso se ha vuelto tan actual Heidegger quien decía que el arte es el único lugar donde se encuentra la verdad.

          

Si procediéramos al antiguo modo marxista, diríamos que los movimientos sociales son los que hoy encarnan el Posmodernismo del mismo modo como los partidos y las clases sociales encarnaron la modernidad. Pero sería falso decir que hay que llevarles una conciencia y educarlos, integrarlos en una internacional, tomar el poder y cambiar el mundo. Al revés de la famosa cita de Marx  sobre Feurbach “ya no se trata de transformarlo  sino de comprenderlo”.

 

2.4. Neoliberalismo y Posmodernidad

 

Se ha producido en el mundo  una revolución técnico científico verdaderamente impresionante y jamás antes visto. El resultado además de una serie de cambios es un salto gigantesco en la producción, ya que al no reducirse la capacidad adquisitiva de la población mundial e incrementarse enormemente la producción, se ha generado una  superproducción en los países imperialistas y en unos cuantos países subdesarrollados.

         

Los beneficios de la técnica en los países imperialistas son verdaderamente impresionantes; el nivel de consumo, de confort y de “felicidad” en estos países parece estar dando la razón al llamado capitalismo en su fase neoliberal.

 

En este orden mundial, las transnacionales juegan un papel importante, ya que son los organismos que han controlado y monopolizado no solo la producción masiva, sino el mercado mundial. Necesitan para ellos solos el mercado mundial, necesitan ingresar sin limitación de ningún tipo a todos los mercados nacionales y desplazar de ellos a los productores nacionales. Por ello, la desregulación y la abolición de todo tipo de barreras y protecciones que pudieran tener las economías nacionales. Por ello se liquida, también, la capacidad de incidencia que puedan tener los estados en sus diferentes economías nacionales, se recesa deliberadamente la industria y la agricultura y en nombre de la privatización se desnacionaliza más la economía. Estos son los verdaderos objetivos del llamado neoliberalismo.

 

En este mismo orden es en el que se han desarrollado de manera vertiginosa las telecomunicaciones, la digitalización y el uso de los ordenadores: hoy ya se puede comprar desde la comodidad de la casa sin necesidad de salir al establecimiento, a través del Internet, por ejemplo. En el modelo neoliberal se desarrolla  la era de la información: por ejemplo, hoy el conocimiento se duplica cada cinco años; existe, además, más información producida en los últimos treinta años que en los 500 años anteriores.

        

Además, es la era del consumo en exceso, del confort hasta el hedonismo: se busca satisfacer cualquier tipo de gustos en aras de la felicidad individual.

         

Jameson llama a este momento histórico capitalismo tardío. Y en su hipótesis central sostiene que el Posmodernismo es una determinante cultural que corresponde a un momento histórico que el denomina capitalismo tardío o capitalismo multinacional.

         

Dice Jameson: “La tesis general de Mandel sostiene que el capitalismo ha atravesado tres momentos fundamentales y que cada uno de ellos ha significado una expansión dialéctica en relación con el periodo anterior, estos tres momentos son: el capitalismo de mercado, el estadio monopolista o del imperialismo y nuestro propio momento, al que erróneamente se denomina posindustrial, pero para el cual un nombre mejor podría ser el de capitalismo multinacional. El capitalismo tardío o multinacional o de consumo, constituye la forma más pura del capitalismo que haya surgido, produciendo una prodigiosa expansión de capitalismo hacia zonas que no habían sido previamente convertidas en mercancías”.

 

Su hipótesis continúa con algo que resulta bastante interesante y novedoso: la fragmentación que aparece como rasgo distintivo de la Posmodernidad y que suele atribuirse a la complejidad tecnológica y a la saturación de información que proveen los medios masivos de comunicación, para Jameson, son las representaciones con las cuales tratamos de captar algo más profundo “el sistema internacional del capitalismo multinacional de nuestros días” y del cual nos es imposible lograr una representación.

 

2.5. La condición posmoderna

 

Francois Lyotard fue quien habló y escribió de una condición posmoderna. Su estudio tuvo por objeto analizar la condición del saber en las sociedades más desarrolladas.

           

La condición posmoderna  “designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir  del siglo XIX.

          

Al legitimar el saber por medio de un metarrelato, que implica una filosofía de la historia, se está cuestionando la validez de las instituciones que rigen el lazo social”.

          

La función narrativa pierde sus funciones, el gran héroe, los grandes peligros y el gran propósito se dispersan en nubes de elementos lingüísticos narrativos. Cada uno de nosotros vive en la encrucijada de muchas de ellas. No formamos combinaciones lingüísticas necesariamente estables, y las propiedades que formamos no son necesariamente comunicables. Hay muchos juegos de lenguaje diferentes, es la heterogeneidad de los elementos. Solo dan lugar a una institución por capaz: el determinismo local.

 

La condición posmoderna es, sin embargo, tan extraña al desencanto, como a la positividad  ciega de la deslegitimación  ¿dónde puede residir la legitimación después de los metarrelatos?

         

El criterio de operatividad es tecnológico, no es pertinente juzgar lo verdadero y lo justo. ¿El consenso obtenido por discusión, como piensa Habermas? Violenta la heterogeneidad de los juegos del lenguaje. Pero la invención siempre se hace con el desentimiento. El saber posmoderno no es solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil nuestra sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable.

         

Lyotard plantea que el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada posindustrial y de las culturas, en la edad llamada posmoderna. Este paso ha comenzado cuando menos desde fines de los años cincuenta que para Europa señalan el fin de su reconstrucción.

 

Esto es, el saber científico no es todo el saber, no representa la verdad absoluta e irrevocable, siempre ha estado en excedencia, en competencia, en conflicto con otro tipo de saber que el mismo autor llama “narrativo”.

         

Este tipo de saber  no es explicativo, no es causal ni tampoco deductivo. El saber no es la ciencia, sobre todo en su forma contemporánea; y esta última lejos de poder ocultar el problema de su legitimidad , no puede dejar de plantearlo en toda  su amplitud, que no es menos sociopolítica que epistemológica.

         

Ahora bien, precisemos en primer lugar la naturaleza del saber narrativo ya que este examen permitirá por comparación distinguir mejor al menos ciertas características de la forma que reviste el saber científico en la sociedad contemporánea; también ayudará a comprender cómo se plantea hoy la cuestión de la legitimidad.

         

El saber en general no se reduce a la ciencia, ni siquiera al conocimiento. El conocimiento sería el conjunto de los enunciados que denotan o describen objetos, con exclusión de todos los demás enunciados, y susceptibles de ser declarados verdaderos o falsos. La ciencia sería un subconjunto de conocimientos. También ella hecha de enunciados denotativos, impondría dos condiciones suplementarias para su aceptabilidad: que los objetos a los que se refieren sean accesibles de modo recurrente y por tanto en las condiciones de observación explícitas; y que se pueda decidir si cada uno de esos enunciados pertenece o no pertenece al lenguaje considerado como pertinente por los expertos.

 

El consenso que permite circunscribir tal saber y diferenciar al que sabe del que no sabe es lo que constituye la cultura de un pueblo:

         

“El relato es la forma por excelencia de ese saber, y esto en varios sentidos. En primer lugar, esos relatos cuentan lo que se puede llamar formaciones más o menos, es decir, los éxitos o fracasos que coronan las tentativas del héroe, y esos éxitos o fracasos que coronan las tentativas del héroe, y esos éxitos o fracasos  o bien dan su legitimidad a instituciones  de la sociedad  (función de los mitos) o bien  representan modelos más o menos  (héroes felices o desgraciados) de integración en las instituciones establecidas (leyendas cuentos). Esos relatos permiten en consecuencia, por una parte definir los criterios de competencia que son los de la sociedad   donde se cuentan, y por otra, valorar  gracias a esos criterios las actuaciones que se realizan o pueden realizarse con ellos. En segundo lugar, la forma narrativa, a diferencia de las formas desarrolladas del discurso del saber, admite una pluralidad de juegos del lenguaje...”.

         

Los relatos, se ha visto, determinan criterios de competencia y/o ilustran la aplicación. Definen así, lo que tiene derecho a decirse y hacerse en la cultura y, como son también una parte de éstas, se encuentran por eso mismo legitimados.

         

Según Lyotard, el juego de la ciencia implica, pues, una temporalidad diacrónica, es decir, una memoria y un proyecto.

         

No se puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico, ni tampoco a la inversa: “lamentarse de la pérdida de sentido en la Posmodernidad, consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo”.

         

En cuanto al saber narrativo afirmó que no valora la cuestión de su propia legitimación, se acredita a sí mismo por la pragmática de su transmisión sin recurrir a la argumentación y a la administración de pruebas. Por eso une a su incomprensión de los problemas del discurso científico una determinada tolerancia con respecto a él: en principio lo acepta como una verdad dentro de la familia de las culturas narrativas.

 

El saber científico no puede saber sin recurrir a otro saber, el relato, que para Lyotard es el no-saber a falta del cual esté obligado a presuponer por sí mismo y cae así en lo que condena, la petición de principio, el prejuicio.

        

No hay pues, que asombrarse de que los representantes de la nueva legitimación por medio del “pueblo” sean también  los destructores activos de los saberes tradicionales de los pueblos, percibidos ahora en adelante como minorías o separatismos potenciales cuyo destino no puede ser más que oscurantista.

 

“El modo de legitimación del que hablamos, que reintroduce el relato como validez del saber, puede tomar así dos direcciones, según represente el sujeto del relato como cognitivo o como práctico: como un héroe del conocimiento o como un héroe de la libertad”.

         

Un resultado del dispositivo especulativo, es que los discursos del conocimiento sobre todos los referentes posibles son tomados, no con su valor de verdad inmediata, sino con el valor que adquieren debido al hecho de que ocupan un cierto lugar en la enciclopedia que narra el discurso especulativo.

          

El principio del movimiento que anima al pueblo no es el saber en su auto legitimación, sino la libertad en su autofundación o, si se prefiere, en su autogestión.

         

El estalinismo y su relación específica con las ciencias, que entonces no son más que la cita del metarrelato de la marcha hacia el socialismo como equivalente a la vida del espíritu.

         

El gran relato ha perdido su credibilidad, sea cual sea el modo de unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de emancipación. Se puede ver en esa decadencia de los relatos un efecto del auge de técnicas y tecnologías a partir de la Segunda Guerra Mundial, que ha puesto el acento sobre los medios de la acción más que sobre sus fines.

        

La crisis del saber científico, cuyos signos se multiplican desde fines del siglo XIX, no proviene de una proliferación fortuita de las ciencias que en sí misma sería el efecto del progreso de las técnicas y de la expansión del capitalismo. Procede de la erosión interna del principio de legitimidad del saber.

 

“Wittgenstein escribe: se puede considerar nuestro lenguaje como a una vieja ciudad: un laberinto de callejas y de plazuelas, casas nuevas y viejas, y casas ampliadas en épocas recientes, y eso rodeado de bastantes barrios nuevos de calles rectilíneas bordeadas de casas uniformes”.

        

2.6. Los ideales de la Posmodernidad

 

Como ya se mencionó en anteriores apartados el Posmodernismo se sitúa en la época del capitalismo global. El Posmodernismo es una dominante cultural en nuestros días. Algunos autores no acuerdan en denominar a nuestro momento actual Posmodernidad pero si acuerdan en las características que definen a nuestra cultura contemporánea.

         

Desde hace unos años las hormonas filosóficas están agitadas por la discusión modernidad-posmodernidad. La polémica ha montado un escenario importante y ya hay bibliografía que se cita como clásica, lo cual da trabajo y justificación a humanistas que se sienten eximidos de pensar y pasan a resumir, repetir y citar textos. Se está desarrollando un  formidable espectáculo de confusiones.

 

Sin embargo, el asunto central es serio y digno del mayor respeto intelectual. Se trata del derecho de pueblos, etnias, personas a sostener su propia fisonomía (cultural, estética, religiosa, etc.). Ello en oposición al derecho de algún absoluto en turno (religioso, político, científico, racial, etc.) para imponer a esos pueblos, etnias o personas una cultura ecuménica, universal, absoluta e incuestionable.

         

En el escenario modernidad-posmodernidad la primera interpretación (libertaria, respetuosa de las diferencias étnicas y personales) se nombra posmoderna. Y arremete contra la otra, moderna, por las pretensiones totalitarias de ésta última.

         

Los modernos se sienten agraviados cuando ven cuestionada la razón, una divinidad descubierta, al parecer, por los filósofos como Kant o Leibniz. Una divinidad que no solo habría traído las tablas de las leyes del pensamiento, sino que además vino para augurarnos un sentido para la historia, una ética universal para los hombres, un gusto para el arte. Esta grandísima diosa permite al modernismo, naturalmente, descalificar como patológica cualquier teoría sobre el mundo que sacuda los sólidos principios de la razón.

 

Cada bando ha construido una caricatura de los tiempos modernos. Lo que los posmodernos llaman modernidad es un recetario  (filosófico, científico, político moral, estético y religioso) de interpretaciones totalitarias. Y claro está, pueden hallar buenos ejemplos de ideologías fascistas en las obras de Hegel, Rousseau  o Marx sin el menor esfuerzo. Pero    ocurre que casualmente el liberalismo es una filosofía  (afín a los posmodernos) nacido en el seno de lo que ellos llaman...modernidad. Locke, Hume o Spencer han planteado con rigor original los temas centrales de la libertad y el derecho de personas y comunidades. Han defendido  al individuo contra las pretensiones avasalladoras de cualquier fundamentalismo.

         

Por otro lado ¿en qué sentido el totalitarismo es invención moderna? Desde la tribu hasta aquí, el emparejamiento ideológico es la tentación más disponible a que recurren los pueblos. Las comunidades humanas no se han fatigado de enunciar reglas compulsivas contra el peligroso individuo. Platón, por ejemplo, formuló un importante catecismo comunitario en la República, con recetas drásticas para montar un virtuoso hormiguero humano. Si en cambio, se lee el discurso de Pericles en su honra fúnebre, puede verse el ánimo pluralista del Posmodernismo.

 

Los actuales modernos, a su vez, ingresan al escenario armados de su diosa razón y/o de su ideología totalitaria (comunista, nazi o fascista). Luego de los sucesivos fracasos de éstas, los intelectuales suelen enmascarar su ideología tras la defensa de la razón.

         

El nihilismo de Nietzsche que se dejaba ver al denunciar los autoritarismos y abusos de la razón es retomado de alguna manera por Adorno para referirse a los abusos de la razón. De hecho la Posmodernidad tiene como ideal precisamente desenmascar la utopía de la razón como fuente única de verdad y certidumbre en todos los órdenes.

 

Lyotard por ejemplo retoma también esta crítica a la razón cuando habla acerca de lo sublime y de lo bello: para él, la estética de lo sublime se opone a la estética de lo bello, y lo explica de la siguiente forma: La facultad de juzgar tiene dos poderes, apreciar lo bello y apreciar lo sublime.

         

Lo sublime es algo súbito y sin porvenir, se ubica en las vecindades de la demencia: “El gusto estético es inducido por la forma, en cambio, el sentimiento de lo sublime se relaciona con un objeto sin forma. La forma se distingue por poseer un límite bien demarcado. No tener límite es, pues, lo sin forma. La forma implica limitación. El sentimiento de lo bello guarda forma con el entendimiento, mientras que el sentimiento de lo sublime no”.

        

Resume diciendo que lo sublime es por tanto impresentable por eso se encuentra en los límites de la demencia. En lo bello el  entendimiento y la imaginación se hallan relacionados dentro de cierta proporción. En cambio, con lo sublime ocurre exactamente lo contrario. Así, dicho autor concluye que la estética de lo bello corresponde a la modernidad y la estética de lo sublime corresponde a la Posmodernidad: Lo posmoderno sería aquello que, en lo moderno, muestra lo impresentable en la presentación misma; aquello que se niega el solaz de la forma adecuada, el consenso del buen gusto que haría posible compartir colectivamente la nostalgia de lo inalcanzable; aquello que busca nuevas presentaciones, no para gozar de ellas, sino para impartir un sentido más fuerte de lo impresentable.

 

2.7. El hombre posmoderno

 

Uno de los intelectuales que más ha hablado acerca de las características culturales de la Posmodernidad es el autor de “La era del vacío”,  Gilles Lipovetsky.  Brevemente una síntesis de ese trabajo exponiendo sus puntos principales.

         

Este autor sostiene que asistimos a una nueva fase en la historia del individualismo occidental y que constituye una verdadera revolución a nivel de las identidades sociales, a nivel ideológico y a nivel cotidiano.

        

Esta revolución se caracteriza entre otras cosas por: un consumo masificado tanto de objetos como de imágenes, una cultura hedonista que apunta a un confort generalizado, personalizado, la presencia de valores permisivos  y light en relación a las elecciones y modos de vida personales.

 

Estos cambios, que más adelante se profundizarán, novedosos a nivel de la cultura y los valores morales implican una fractura de la sociedad disciplinaria (también comentada por Michel Foucault) y la instauración de una sociedad más flexible basada y sustentada en la información y en la estipulación de las necesidades, el sexo y la asunción de los “factores humanos”, en el culto a lo natural, a la cordialidad y al sentido del humor. Dicho de otra manera la cultura posmoderna viene a romper con los esquemas rígidos y disciplinados de la modernidad. Podría decirse que la Posmodernidad es la relajación de las normas establecidas por la razón iluminada de la modernidad.

         

Decíamos en el párrafo anterior vivimos en una sociedad del consumo desmedido en el que no solo se compra mercancía y servicios sino también imágenes, de ahí el impacto  de la televisión por ejemplo. En esto, Sartori plantea una tesis demasiado recurrente e innovadora: afirma que el ser humano está perdiendo parte de su esencia, la de ser un ser pensante, y está siendo remplazada por otra: la del homo videns. Es decir, el hombre que ya no lee porque prefiere las imágenes que son más entendibles y que no requieren de esfuerzo alguno para comprenderlas.

          

En este contexto de consumo desmedido se trabaja al extremo con tal de mantener el poder adquisitivo: se renuncia a vivir. Más aún, el consumo se convierte –dice Gilles- en una forma de hedonismo en el que se compra por el placer de sentirse bien.

       

La humanidad se rige por la ley del menor esfuerzo, el confort y su consecución representan objetivos irremplazables para el hombre posmoderno. Por ello es que toda regla o norma coercitiva se trata de evitar por lastimosa e incomoda: hay que anular las normas y vivir con el mínimo de exigencias establecidas: “la cotidianeidad tiende a desplegarse con un mínimo de coacciones y el máximo de elecciones privadas posibles, con el mínimo de austeridad  y el máximo de goce, con la menor represión y la mayor comprensión posible”.

         

Se vive en el mundo del “todo vale”. Cada quien tiene sus propias razones, sus propias justificaciones y sus propias explicaciones y todas son válidas. Se acabaron los límites: poder planificar una vida “a la carta” sería algo así como la utopía de los tiempos posmodernos. Por ello concluye Gilles que en la época posmoderna Narciso se convierte en el mito, en el modelo a seguir y a alcanzar.

 

La sociedad disciplinaria si bien correspondía a un sistema político democrático era de tipo autoritario. Se tendía a sumergir al individuo en reglas uniformes, en eliminar lo máximo posible las elecciones singulares en pos de una ley homogénea y universal, la primacía de una voluntad global o universal que tenía fuerza de imperativo que exigía una sumisión y abnegación a ese ideal.

         

En la modernidad, se luchaba por ideales. Los ideales tenían capacidad de convocatoria, aglutinaban. Las personas eran capaces de donar su vida, de sacrificar sus familias, de renunciar a lujos, comodidades y vanidades en pos de un objetivo común. Hoy se término eso. Cada persona vive su propia vida diseñada por ella misma. El símbolo característico es el individualismo, el narcisismo y el egoísmo desmedido.

 

Lo interesante de pensar es que la modernidad plasmada como sociedad disciplinar constituyó una subjetividad y una forma de ejercer un control de esta subjetividad. Como lo señala Foucault el control de las mentes y las conciencias permitió el control sobre los cuerpos y las prácticas sociales de los sujetos.

         

Pero cuidado, la Posmodernidad no implica una liberación  del control social. La Posmodernidad no nos libera de una estrategia de control global. La manera de ejercer dicho control varía.

 

Ahora dicho control  se ejerce a través de la seducción, de una oferta de consumo, de objetos o de imágenes, consumo de hechos concretos o de simulacros.

        

La cultura posmoderna es en definitiva una pluralidad de subculturas que corresponden a diversos grupos sociales y que adquieren su propia legitimación a existir y a coexistir con otras subculturas con igual o similar reconocimiento social,

        

Dice Lipovetski: “la cultura posmoderna es descentrada y heteroclítica, materialista y psi, porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista, sofisticada y espontánea, espectacular y creativa; el futuro no tendrá que escoger  una de esas tendencias sino que, por el contrario desarrollará las lógicas duales, la correspondencia flexible de las antinomias”.

         

Se diversifican las posibilidades de elección individual, se anulan los puntos de referencia ya que se destruyen los sentidos únicos y los valores superiores dando un amplio margen a la elección individual. Lo interesante es pensar esta lógica no como la aspiración a un paraíso terrenal sino como una nueva forma de control social.

 

 

CAPITULO III

MODERNIDAD Y POSMODERNIDAD EN AMERICA LATINA

 

3.1. Culturas tradicionales y modernidad

 

En este apartado se pretende ejemplificar este contraste sufrido en América Latina entre su identidad cultural y la modernidad. Para ello se retomará como caso la cultura Aymará.

          

La cultura aymará se caracteriza por su contenido ideológico de principios e ideas coherentes con una actitud social solidaria. Su concepción filosófica profunda de la existencia a través de su cosmovisión y percepción animista y terrigena de la interacción del cosmos con la existencia.

          

Tuvo su florecimiento en la Meseta del Collao alrededor del lago Titicaca entre los siglos X y XIII, con cede en Tihuanaco. A fines del siglo XII , se expandió al Ecuador, Bolivia, Perú, norte de Chile y Argentina, transmitiendo su cultura, su forma de vida y su organización.

 

Como producto de la transculturación con diversas civilizaciones locales dio origen a la gran civilización inca de habla quech