Universidad Abierta

 


IMPORTANTE: Se autoriza la reproducción de este texto para fines no comerciales, agradecemos citar la fuente

 

HIJOS EN LIBERTAD

 

A. S. NEILL.

 

 

INDICE

 

           

EL TEMA DE ESTE LIBRO       

 

LIBERTAD... ¡NO LICENCIA!     

El autocontrol

           

ACTITUDES ANTIVIDA 

            Modales          

            El deber y la responsabilidad    

            Respeto           

            Convencionalismo        

            Deshonestidad 

            Discriminación 

 

LA ESCUELA  

            Deberes escolares       

 

SEXO  

            Educación sexual         

            Masturbación   

            Nudismo          

            Masculinidad y feminidad          

            Menstruación   

            Circuncisión     

            Anticonceptivos

            Homosexualidad          

 

LA INFLUENCIA SOBRE LOS HUOS    

            Carrera

            Censura           

            Malas compañías         

            Religión           

            Formación del carácter 

            Matrimonio       

 

PROBLEMAS DE LA INFANCIA           

            Palizas

            Destructividad  

            Bravuconadas y riñas   

            Mentiras          

            Hurtos 

            Enfurruñamiento           

            Televisión         

            Comida y alimentación 

            Chuparse el pulgar       

            La hora de acostarse    

            Juguetes          

            Fantasía          

 

PROBLEMAS DE LA ADOLESCENCIA 

            Salidas nocturnas        

            Procacidades   

            Automovilismo  

            El tabaco         

            La bebida         

            Consumo de drogas     

            Maquillaje        

            Indumentaria    

            Dinero  

            Restricciones   

            Rebeldía          

            Matrimonio mixto         

 

TENSION EN LA FAMILIA        

            Desacuerdo entre los padres     

            Abuelos           

            Hogares destruidos      

            Rivalidad entre hermanos          

            Adopción         

            Actitud parental

 

TERAPIA         

            Miedo  

            Tartamudeo      

            Psicoterapia     

            Introversión      

 

UNA ÚLTIMA PALABRA           

 

 

EL TEMA DE ESTE LIBRO.

 

¿Cómo se distingue la libertad de la licencia?

Mi editor norteamericano me implora que escriba un libro para explicar estos términos, y me dice: “Debe hacerlo, porque muchos padres norteamericanos que leye­ron su Summerhill se sienten culpables por la severidad con que trataron a sus hijos y les dicen que a partir de ahora son libres. Generalmente el resultado es un chiqui­lín consentido, porque los padres no saben ni remotamente lo que es la libertad. No entienden que la libertad es una toma y daca: libertad para los padres así como para el niño. A mi juicio, por libertad no se entiende que el niño pueda hacer todo lo que se le ocurra ni tener todo lo que desee."

Sí, en términos simples este es el meollo de la cues­tión. La libertad exagerada se convierte en licencia.

Yo defino la licencia como algo que trasgrede la li­bertad ajena. Por ejemplo, en mi escuela el niño disfruta de libertad para concurrir a las clases o dejar de hacerlo, porque eso es cosa suya, pero no está autorizado a tocar la trompeta cuando otros desean estudiar o dormir.

Durante mi estada en Estados Unidos visité a algunos médicos y profesores. A veces cuando llegaba a la casa, la esposa y los hijos estaban en el cuarto. Los niños se quedaban y monopolizaban la conversación.

Hoy, cuando un huésped norteamericano vino a visi­tarme a "Summerhill", había tres niños en mi estudio. “Bueno, chicos  -les dije-, háganse humo. Quiero con­versar con este señor." Y se fueron sin chistar.

Naturalmente, el principio se habría aplicado a la in­versa. Mis alumnos me dicen muchas veces que levante campamento cuando quieren quedarse a solas... por ejemplo para ensayar una obra de teatro.

Todos los niños son egoístas: "¡Yo primero!" Los pa­dres deben apreciar y aceptar esta etapa en su justo valor. Al mismo tiempo, deben negarle al chico el derecho exagerado a hacer su santa voluntad.

La respuesta adecuada es: "Sí, Bobby, puedes usar las herramientas de mi auto para arreglar tu bicicleta, pero tendrás que volver a guardarlas en el baúl del coche cuando hayas terminado con ellas." Semejante respuesta puede sonar a disciplina, e incluso es posible que impli­que disciplina, pero para mí se trata del simple toma y daca de la vida.

¿Cómo es posible que los niños aprendan a auto contro­larse si nunca les impedimos que hagan lo que quieren? He aquí una pregunta que me formulan a menudo.

¿Pero quién aconsejó alguna vez que se autorice a los niños a hacer todo lo que quieran? Sin duda no fui yo. El chico puede decidir lo que no desea hacer. Por ejemplo, estudiar latín. Pero no goza de libertad para jugar a los vigilantes y el ladrón dentro del auto del padre.

¿Cuál es la auténtica definición del autocontrol? ¿Se trata simplemente de comportarse con decoro, como cuando uno se traga las blasfemias mientras juega al golf con un pastor bautista? No, a mi juicio el autocontrol implica la capacidad para pensar en los demás, para respetar el derecho de los demás.

El hombre auto controlado no se sienta a la mesa con otros comensales y se sirve la mitad del contenido de la ensaladera.

La anécdota cuenta que Frank Harris se jactó en una oportunidad de haber cenado en las mejores Casas de Londres. "Sí, Frank  le respondió Oscar Wilde. ¡Una sola vez!"

En mi libro Summerhill señalé que “Lo que muchos padres no entienden es la diferencia entre libertad y licen­cia. En el hogar donde impera la disciplina, los niños no gozan de derechos. En el hogar donde se lo consiente, el niño tiene todos los derechos. El hogar bien organizado es aquel en que los niños y los adultos disfrutan de Iguales, derechos."

Desde que Summerhill se publicó en 1960, he recibido centenares de cartas de padres e hijos de todo el mundo. La mayoría de ellas provino de Estados Unidos. En tér­minos generales, los interrogantes giran en torno de los principios fundamentales de la libertad en el hogar. Este libro contiene extractos de algunas de dichas cartas y los pasajes salientes de mis respuestas.

El lector descubrirá que ya no tengo que agregar nada dramáticamente nuevo. En mi libro Summerhill: A Radical Approach to Child Reading, enuncié todos los principios sobre los que se asienta la escuela "Sum­merhill", todos los puntos fundamentales de los métodos que empleo en mi relación con los niños. Lo que en­contrará aquí es una prolongación de esa filosofía: la aplicación de los principios de "Summerhill" a las situaciones específicas que se presentan constantemente en los hogares.

 

 

LIBERTAD...¡NO LICENCIA!

 

Hace poco tiempo que soy madre, y a mi esposo y a mí nos gustaría criar a nuestro hijo en una atmósfera de libertad. Pero cuando discutimos este problema, no logramos determinar con certeza cuando termina la libertad y donde empieza la indulgencia excesiva, ni tampoco cuál es el momento en que debemos intervenir por una razón de seguridad. Por ejemplo, ¿debemos fijar normas de aseo y respeto a la propiedad?

 

La seguridad es esencial. Deben proteger a su hijo. Deben cuidar que no juegue en calles transitadas ni se zambulla en aguas profundas. En estas cuestiones basta con el sentido común.

Pero cuando lo que está sobre el tapete no es la seguridad, es más difícil contestar la pregunta. Tomemos el aseo. Toda madre sabe que debe lavar los pañales, que debe bañar a la criatura, que debe proporcionarle buenos alimentos. Pero el aseo no debe convertirse en un fetiche, porque si lo hiciera acarrearía complejos. Exageramos so­bremanera su importancia. Cuando era niño, conocí a tres campesinos que, de ello estoy seguro, jamás en su vida se habían bañado. Todos pasaron los 90 años. A de­masiados niños se los lava en exceso por temor a que los vecinos vean una cara sucia.

Pero el hecho es que a casi todos los niños les gusta tomar un baño caliente. He observado que sólo se niegan a bañarse aquellos en quienes se ha provocado una ac­titud de rebeldía.

¿Hasta qué punto una madre joven debe intervenir en defensa de la propiedad? Todo niño debe aprender las leyes de lo mío y lo tuyo. Si se lo educa correctamente no habrá muchas dificultades en este contexto. Puedo decirle a un niño de cinco años: "sal de mi coche, es mío", sin obtener una reacción hostil. Hasta el más pequeño de mis alumnos sabe que no puede introducirse en mi jardín y llevarse la carretilla o el rastrillo. Los niños aceptan en seguida estas reglas, con la condición de que la costumbre de tocar o tomar cosas no se convierta en un factor desencadenante de sermones o enojos.

Es imposible fijar leyes sobre la libertad y la licencia: cada padre debe juzgar individualmente por dónde pasa la línea divisoria. A menudo debemos decirle que no a una criatura, aunque seamos firmes partidarios de la libertad. Las casas han sido hechas por los adultos, y los niños tienen mil dificultades para acomodarse a ellas. "¡No toques ese jarrón!" "No le tires la cola al gato." "No rayes el piano de cola con ese clavo." Desde el punto de vista de un niño de tres años, el piano, con su enchapado lustroso, es un magnífico pizarrón sobre el que se puede escribir con tiza o un lindo muro en el que se pueden hincar clavos... ni más ni menos. Lo difícil es encontrar la forma de conservar lo que valoramos en las cosas, dejando al mismo tiempo que el niño se desarrolle en su debido tiempo y lugar. Evidentemente, los padres que jamás dicen '”no", están criando a un niño consentido que no estará en condiciones de enfrentar la realidad poste­rior. Semejante niño se criará con la idea de que el mundo debe suministrarle todo lo que desea.

Cuando se llega a la contraposición entre libertad y licencia, no podemos consultar ninguna Biblia, ninguna enciclopedia, ninguna autoridad definitiva. A cada padre le cabe la responsabilidad de usar la cabeza. Lo único que podemos postular es que nunca se debe asustar al niño, ni se le deben inculcar sentimientos de culpa.

Es mucho lo que depende de su personalidad, señora. Si usted es una mujer razonablemente serena, si mantiene una sana relación sentimental con su esposo, si está sufi­cientemente alejada, ya sea en el plano geográfico o físico, de parientes entrometidos, tendrá la oportunidad, una buena oportunidad, de criar a un niño lo menos neu­rótico posible. Las decisiones que deberá tomar diaria­mente acerca de los momentos en que corresponde decir “sí" y los momentos en que corresponde decir “no", esta­rán libradas a su criterio.

 

 

Cuando mi Johnny vuelve de la escuela invade la sala con sus compañeritos. Yo protesto porque alborotan todo. De vez en cuando dejan cáscaras de maní sobre la alfombra. Tampoco son muy considerados con los muebles. Soy una decidida partidaria de que Johnny tenga amigos y me encantan sus compañeros, pero me gustaría arrear a esa pandilla hasta el cuarto de Johnny. Este protesta y dice que su habitación es demasiado chica para seis muchachitos. Arguye que esta también es su casa y que debemos permitir que sus amigos ocupen el salón principal y disfruten de él. ¿Se trata de un problema de libertad o de licencia? Johnny tiene 14 años.

 

Me parece que se trata de lo segundo. La libertad con­siste en hacer lo que se desea siempre que no se trasgreda la libertad de los demás. Johnny está trasgrediendo la li­bertad de usted.

Lo cierto, es que los niños no deben estar en el mismo recinto que los adultos. Nuestros anaqueles, nuestros or­namentos, nuestros relojes de pared no significan nada para ellos. Pero ay, sólo los ricos pueden suministrarles a los niños habitaciones especialmente diseñadas para ellos. El cuarto de los niños debería construirlo el herrero del pueblo. Naturalmente, en la practica los niños ocupan los ambientes que los adultos emplean con fines adultos, y lo cierto es que a veces los adultos necesitan silencio y una decoración estética.

En "Summerhill" no permitimos que los chicos entren en la sala de profesores y siembren el piso con maníes y envoltorios de goma de mascar. Cuando invitamos a los niños a ver televisión en la sala de mi esposa, les pedimos que se porten correctamente.

Yo le diría a Johnny: "Escucha, hijo mío, puedes traer a tus amigos cuantas veces quieras, pero si nos aturden a todos con sus ruidos y arrojan cosas al piso, vuelan."

Nadie debe dominar el hogar. Allí todos tienen iguales derechos a la comodidad, la tranquilidad y el silencio. Permitir que un niño consiga todo lo que quiera equivale, a convertirlo en un joven tirano

 

Mi hijo de 8 años interrumpe mis conversaciones con mi esposa. No queremos acorralarlo y ahogar su personalidad.¿Qué podemos hacer al respecto?

 

Es difícil contestar cuando no sé qué clase de padres son ustedes. Lo más probable es que le hayan acordado a su hijo más licencia que libertad, y que ahora estén cose­chando tempestades. Quizá su cháchara constante es pro­ducto de las preguntas acumuladas que ustedes no contestaron anteriormente. ¡O quizás es simplemente un charlatán nato!

No sé qué relación existe entre usted y su hijo. Es po­sible que lo interrumpa porque quiere irritarlo. O porque su Edipo le hace, sentir deseos de distanciar al padre de la madre. ¿Cómo se puede analizar una situación sin verla?

Lo que digo en general a los padres es lo siguiente: No permitan que su hijo los domine, si ustedes no lo domi­nan a él. No dejen que los interrumpa, si ustedes no lo interrumpen a él. Cuando se convierte al niño en una es­pecie de estatua montada sobre un pedestal, se lo perjudica.

Actualmente muchos padres abrigan la idea de que cuando se coarta al niño se lo convierte en un tarado o en un Al Capone. ¡Pamplinas! Los padres deben decir "no” cuando el no es necesario. No deben permitir que su hijo los intimide.

Yo estaba conversando con un hombre de negocios norteamericano. Su hijo de 13 años se aburría con nues­tra plática. Pegó un respingo, nos interrumpió y gritó: "Papá, dame la llave del auto. Voy a dar un paseo. "Muy bien, hijo", respondió el padre, y le entregó al chico la llave de su Cadillac nuevo. A mi juicio ese fue un simple caso de necedad y licencia... para no hablar de lo criminal que es poner en manos de un chiquilín una máquina mortífera.

Nunca me canso de repetir estas palabras: "La libertad debe ser válida para ambas partes." El niño debe gozar de libertad para hablar sin que lo interrumpan, y el padre debe gozar de libertad para hablar sin que lo interrumpan. El niño debe poder resistirse a que el padre se entro­meta en su vida personal y sus cosas personales, y el padre debe tener derecho a negarle a su hijo su Cadillac, o sus palos de golf, o su corbata, o la paz de su cuarto de trabajo, o la interrupción de su siesta.

 

Mi hijo tiene 4 años. Berrea y grita y hace un ruido espantoso. ¿Ha llegado a una edad en la que puedo enseñarle que debe respetar los derechos ajenos?

 

Sí, dígale que se calle, pero no aderece la orden con argumentos morales. El empleo de sermones es equivoca­do e inútil.

Incluso un niño de 4 años empieza a entender lo que significan los derechos ajenos. En nuestro parlamento escolar semanal de “Summerhill" una nena de 4 ó 5 años empieza a charlar o a hacer ruido. El presidente le dice: “Cállate, Nellie, hay una asamblea." Ella se calla... aunque sólo sea por 5 minutos. Pero no siente miedo, porque la voz del presidente no trasluce una autoridad severa. Aquí los niños viven rodeados por una atmósfera en la que se sienten estimados... aunque sean unos maldi­tos incordios.

En un buen hogar, un hogar sin miedo, el niño de 4 años no se sentirá lastimado si le dicen que se calle.

 

Se muy bien que una chica de 15 años tiene muchas amistades, pero mi Jeannette habla constantemente por teléfono. Nuestros amigos nos llaman y no pueden franquear la barrera del sonido. ¿Debemos permitir que Jeannette hable todo lo que quiera o  eso implicaría licencia?

 

Pienso que eso es lo que implicaría. Yo le diría senci­llamente: "Oye, querida, tú no eres la única que vive en esta casa. Hay otra gente que desea usar el teléfono de modo que deja la línea libre."

 

Mi hija  aduce que está criando a sus criaturas en una atmósfera de libertad, pero desde mi punto de vista es demasiado permisiva. Los chicos consiguen todo lo que quieren, y no respetan las necesidades y deseos de los adultos. Ella cree estar siguiendo los preceptos de "Sum­merhill". Yo no estoy muy segura de que sea así. ¿Qué opina usted?

 

No me resulta fácil opinar porque no conozco la situa­ción. Hace poco tiempo le pregunté a la madre de uno de mis alumnos: "¿Por qué pierde los estribos cuando su chico dice una mala palabra o rompe una taza?

Ella me contestó: "No soy una mujer feliz. Hace 5 años que mi esposo no se acuesta conmigo. Mi vida es una larga frustración, eso me saca de quicio Y les grito a los chicos."

El hecho de dar a los niños todo lo que quieran puede implicar que se les concedan sucedáneos por el amor que sus padres no son capaces de brindarles. En un buen ho­gar, los niños no tienen derecho a empuñar la batuta. Ellos, lo mismo que los adultos, son socios de una em­presa laboriosa y feliz.

Por otra parte, es posible que usted no sea la persona ideal para juzgar la forma en que se debe criar a los ni­ños. Quizás es partidaria de la disciplina rígida, de la teoría en virtud de la cual a los-niños-se-los-debe-ver-pe­ro-no-oír. Quizás es una de esas abuelas que piensan que sus hijas son mujeres incompetentes que todo lo hacen mal.

Espero que usted comprenda que silos padres de su nieto no están de parte del niño, este no Será feliz ni ahora ni en su vida futura. Pero, al mismo tiempo, los regalos costosos del tipo de las radios y las bicicletas no aseguran la dicha de un niño, así como los Cadillacs y RolIs Royces jamás han aumentado en un ápice la verda­dera dicha interior de un adulto. Cuando las cosas se obtienen con demasiada facilidad, no se aprecian. Este es el motivo por el cual los buenos psicoterapeutas exigen que todos sus pacientes les paguen honorarios, pues saben, que aquellos no valorarían nada que hubieran obtenido gratuitamente.

 

Mi chico es  fanático del jazz dirige una orquesta y práctica en nuestra casa. Mi esposo y yo hemos llegado a un punto en el que ya no podemos soportarlo. El estrépito constante del saxofón con el que ensaya todo el día y de la orquesta que ensaya tres veces por semana, nos vuelve locos. ¿Cómo se resuelve un problema de esta naturaleza?

 

El chico dice que no tiene otro lugar donde reunirse y ensayar. Si se tratara de mi casa, me libraría del ruido alquilando una piecita en otra parte y pagaría el alquiler con gusto.

Pero siempre se plantea el problema del dinero. ¿Dis­ponen de fondos para alquilar un salón de ensayos?

Personalmente los comprendo porque aborrezco algu­nos de esos ruidos que la gente llama música. Mi escuela tiene su propia orquesta de jazz pero, afortunadamente, practica en un cuarto bastante alejado de mi sala.

Sin embargo, prohibir el jazz constituiría un crimen contra el chico y engendraría en la casa una tensión inso­portable. No se puede proscribir el jazz ni el "rock and roll" ni ninguna otra forma de expresión moderna sólo porque a uno no le gusta.

No veo otra solución que la de la sala alquilada. Pero si no pueden sufragar los gastos, sólo atino a sugerirles que usen tapones para los oídos y que se resignen. En la casa de una profesora de piano, a la familia no le queda otro recurso que el de aguantar el estrépito.

 

Cuando en mi casa se conversa, mi hija grita para atraer la atención. Esto tiene constantemente sobresaltado a mi esposo, quien se limita a gritar más fuerte. Le decimos a la chica que su actitud es grosera, antipática, etcétera, pero nuestras palabras caen en oídos sordos. ¿Tiene alguna solución?

 

Sí, una que he empleado muy a menudo en mi escuela: “Mary, no te oímos bien. Vamos, levanta la voz." Generalmente resulta.

El método represivo es inútil e implica una pérdida de tiempo. Me parece que su hija se siente inferior, un estor­bo en la familia. Es posible que sus gritos signifiquen: "Vean, señores, no podrán olvidarme. Les aseguro que me haré oír." Y es muy posible que se trate de una protesta constante contra su postergación.

¿Pero por qué se inquieta por lo que, al fin y al cabo, es un problema de segundo orden? ¿Se preocupa por el adoctrinamiento que su hija recibe en la escuela o en la iglesia? Alguna vez se sienta tranquilamente a pensar: ¿Por qué mi hija se muestra rebelde y desdichada?

Profundicen, señores, profundicen y dejen de preocu­parse por los que no son sino síntomas exteriores de con­flictos internos. Procuren llegar al fondo de las cosas, al meollo de la vida, más allá de los detalles, convencionales que son efímeros y minúsculos. Su pobre chica tiene un agravio, una protesta, un infortunio que les oculta.

Las vociferaciones pueden ser un disfraz: es posible que el tímido grite cuando lo agredan, para ocultar su te­rror. No se puede curar nada atacando los síntomas. Ustedes, los padres, deben tratar de convertir la casa en un lugar feliz para su hija.

 

Mi hijo de 5 años está cautivado por una serie de televisión que se transmite todos los días a las 18 horas. El televisor está en la sala. Su padre llega a casa todos los días alrededor de las 18, agotado y ávido de silencio y tranquilidad. El programa de vigilantes y ladrones lo irrita terriblemente. ¿Cómo es posible conciliar estos intereses encontrados?

 

Puesto que no conozco la topografía de la casa, no se si el televisor se podría instalar en otro cuarto: digamos en la cocina o un dormitorio. Lamentablemente la irrita­ción del padre se comunicará al hijo, y es posible que este identifique el placer de la televisión con la cólera paterna.

Miles de hogares tienen problemas análogos. Mi pro­pio televisor está en nuestra sala. A menudo debo ver un programa que les interesa a los demás pero no a mí. Cla­ro que, por otra parte, me queda el recurso de abandonar el cuarto. El programa de televisión es la maldición de todas las familias. Casi siempre los adultos quieren ver una buena pieza teatral, en tanto que los chicos prefieren la música "pop" o una serie.

En una familia libre se producen muchas concesiones mutuas. Al chico le gusta ver a Batman; al adulto le gusta ver teatro o fútbol. ¿Qué hacer? Mi esposa y yo estamos en la misma situación con nuestra hija y resolvemos el problema mediante cì¥Á9            


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HIJOS EN LIBERTAD.

A. S. NEILL.

INDICE

           

EL TEMA DE ESTE LIBRO       

LIBERTAD... ¡NO LICENCIA!     

El autocontrol

           

ACTITUDES ANTIVIDA 

            Modales          

            El deber y la responsabilidad    

            Respeto           

            Convencionalismo        

            Deshonestidad 

            Discriminación 

LA ESCUELA  

            Deberes escolares       

SEXO  

            Educación sexual         

            Masturbación   

            Nudismo          

            Masculinidad y feminidad          

            Menstruación   

            Circuncisión     

            Anticonceptivos

            Homosexualidad          

LA INFLUENCIA SOBRE LOS HUOS    

            Carrera

            Censura           

            Malas compañías       

            Religión           

            Formación del carácter 

            Matrimonio       

PROBLEMAS DE LA INFANCIA           

            Palizas

            Destructividad  

            Bravuconadas y riñas   

            Mentiras          

            Hurtos 

            Enfurruñamiento           

            Televisión         

            Comida y alimentación 

            Chuparse el pulgar       

            La hora de acostarse    

            Juguetes          

            Fantasía          

PROBLEMAS DE LA ADOLESCENCIA 

            Salidas nocturnas        

            Procacidades   

            Automovilismo  

            El tabaco         

            La bebida         

            Consumo de drogas     

            Maquillaje        

            Indntes elementos dignos de su estima. Sobrevalorar las ropas sugiere falta de interés por las cosas más importantes de la vida.

El castigo y las rabietas no servirán para nada. Por el contrario, semejantes reacciones le probarán a la chica que no la quieren en la medida suficiente. Pero si la rela­ción entre la madre y la hija es espontánea, no resulta difícil abordar eficazmente una situación sin recurrir a, la cólera o el castigo. Cuando Bobby toma una de mis he­rramientas y no la devuelve, no titubeo en decirle categóricamente que quiero que me la restituya. Pero en mis palabras no hay odio, ni ira, ni acentos moraliza­dores. Es posible que al día siguiente Bobby me reprenda por haber llegado tarde a una clase. Lo hace a menudo. Y este mismo sentimiento puede convertirse en norma den­tro de la familia cuando el padre y el hijo no están separados por un abismo insalvable, cuando no se ha inculcado temor a los pequeños.

Convierta su hogar en un lugar feliz para su hija, y le sorprenderá la rapidez con que se disiparán muchos pro­blemas.

 

EL AUTOCONTROL

 

En su libro Summerhill usted menciona a menudo el autocontrol. ¿Qué significa exactamente "autocontrol"?

 

El autocontrol depende mucho de la psicología, la filosofía y los valores de la misma madre. Ningún niño puede ser auto controlado cuando su madre se preocupa más por los objetos que por su hijo. El autocontrol es ajeno al tipo de madre que pone el grito en el cielo si se rompe un estúpido jarrón o que quiere impresionar a los vecinos con un hijo o una hija simpática y cortés. Ninguna madre con complejos respecto del sexo y los excrementos podrá tener un hijo auto controlado. El término postula la presencia de una mujer equilibrada, serena.

Aparentemente estoy pintando el retrato de una madre ideal que nunca existió sobre la tierra o el mar. Sin em­bargo, lo que quiero decir es que un niño no puede ser más auto controlado que su madre. Toda madre debe con­trolarse a sí misma antes de poder criar a un niño auto ­controlado. Debe renunciar a todas las ideas convencio­nales sobre el aseo, la desprolijidad, el ruido, las palabrotas, los manoseos sexuales, la destrucción de juguetes, etcétera. Un niño sano debe destruir consciente-mente muchos juguetes. Ningún moralista, ningún adepto a ritos religiosos, ningún cultor de la disciplina podrá tener un hijo auto controlado. El autocontrol im­plica una conducta que emana de la propia personalidad, no de la coacción exterior. El niño moldeado no tiene personalidad: sólo es una copia de sus padres.

 

Para permitir el autocontrol, el individuo no debe ser necesariamente educado o culto. Recuerdo a Mary, una sencilla mujer de una aldea de pescadores escoceses. Mary era maravillosamente plácida: nunca se alteraba, nunca se enfurecía, tomaba instintivamente el partido de sus hijos e hijas, estos sabían que ella aprobaba todos sus actos. Como madre, Mary era una gallina clueca rodeada por sus polluelos, tenía el don natural de irradiar amor sin convertirlo en un amor posesivo. Era un alma simple que nunca había oído hablar de psicología o de autocon­trol, pero que practicaba cabalmente este último sistema. Cuando trataba con su familia se dejaba guiar por sus emociones y no se atenía a ninguna pauta rígida sobre educación infantil. Claro que disfrutaba de mejores con­diciones que las que rodean a una madre instalada en un departamento de Filadelfia. Sus hijos pasaban mucho tiempo al aire libre y no tenía aparatos costosos que fuera necesario proteger de las manos infantiles: ni radios, ni televisores, ni planchas eléctricas. La familia no tenía ro­pas caras que hubiera que salvaguardar del polvo. Se producía un sencillo intercambio sin vislumbres de prepoten­cia parental. Los chicos crecían como yuyos sin un cultivo exagerado y nutridos por el amor. Mary sabía que era lo que se podía esperar de una criatura más o menos en la misma forma en que sabía lo que se podía esperar de un ternero. No pretendía que un pepino echara her­mosas flores ni que su hijo de 3 años estuviera limpio y fuese considerado. Lo que le toleraba a una criatura de 5 años no se lo toleraba a otra de 10. Mary amaba a sus hijos pero también se quería a sí misma: se respetaba y. nunca habría permitido que sus cachorros se aprovecha­ran de su bondad. Llamaba al pan pan. Los chicos sabían que se podía confiar en ella. Sabían que no era posible zarandearla de un lado a otro, pero sabían sobre todo que era una madre que nunca los explotaba, que los amaba y que nunca les pedía imposibles. Ese era un ejemplo de verdadero autocontrol: un hogar sin presiones.

"Todo esto es muy lindo -dice la madre norteameri­cana que reside en la ciudad-, pero yo no vivo en el campo.

Supongo que todo depende de la medida en que usted quiere verdaderamente a su hijo. Su pequeño de 2 años se portará mal si siente que se encuentra en un entorno tenso, donde usted repite constantemente: "No, no lo hagas." Intuirá que la vida será para él un largo período de adiestramiento.

Usted no debe pretender que su hijo adquiera hábitos higiénicos prematuramente, montándolo sobre la bacinilla para educarlo. Si la bacinilla está allí, cuando llegue el momento aprenderá a usarla. Si le desagrada un determinado alimento, no debe obligarlo en ningún caso a comerlo. Ni siquiera debe inducido a comerlo. Si se toca los órganos genitales, cuando lo hace debe sonreír complacida.

¿Y sus rabietas? ¿Y las ocasiones en que le pega a la hermanita menor? ¿Y cuando rompe algo? Es inútil tra­tar de razonar con una criatura de 2 años, porque no entiende la relación de causa y efecto. Cuando le tira de la cola al gato es ocioso decirle: "'¿Te gustaría que te tiraran de la nariz?" Hay oportunidades en las que se debe decir “no”,oportunidades en las que hay que apartar al niño de la hermanita llorosa a la que le ha pegado injusta­mente, oportunidades en las que se le debe decir: "No toques eso." La madre serena sabrá qué hacer y qué decir. Pero la madre cuya voz y cuya mano asustan a su hijo sólo logrará que se agudice el mal comportamiento

El autocontrol es intangible, nadie puede enseñarlo. Son muy pocos los niños a los que se les inculcó el auto control desde la cuna. Veo que son menos agresivos, más tolerantes, más ágiles, más libres en el plano espiritual. No es probable que se dejen condicionar por los moralis­tas, enemigos de, la vida.

Pero el autocontrol no implica que no se deba proteger al niño. Cuando una madre me escribe para preguntarme si la instalación de una pantalla de chimenea perjudica el autocontrol; suspiro.

Una de las madres más atribuladas es la que cría un niño de 4 años y vive en una calle muy transitada. A me­nudo debe olvidar todas las normas del autocontrol para rescatar asustada a su hijo errabundo. Los autos, las bicicletas, los productos inflamables, las zanjas... he aquí una serie de elementos que determinan que a muchas madres ansiosas les resulte muy difícil crear una atmósfera de autocontrol. Pero si la madre sólo se preocupa por la seguridad de su hijo y no se entromete en su vida desde otros ángulos, es muy probable que este llegue a la meta.

 

Muchas personas repiten lo que usted escribió acerca de “Summerhill" pero a mi juicio no hacen nada por trasladarlo a la práctica. Parecen llevar a "Summerhill" en la cabeza pero no en las vísceras. Conozco padres que citan entusiasmados su libro y después coartan Ia libertad de sus hijos. ¿Qué me cuenta?

 

Sí, es muy cierto que algunos padres estiman la idea de libertad en el plano intelectual, pero no en el emocional. Están aquellos que dicen: "La libertad es muy linda, pero..." A menudo el "pero" significa: "Cómo encajarán los niños libres en una sociedad que no lo es?” A menudo el “pero" significa: “¿Mi hija optará por el amor libre?" Cuando el "pero" no refleja miedo, refleja puritanismo. Recuerdo la historia que cuenta Wilhelm Stekel acerca de la oportunidad en que analizó a un muchacho de l7 años, hijo de un psiquiatra. El muchacho se sentía muy culpable porque, había copulado con su hermana. Cuando concluyó el análisis, el padre consultó a Stekel en pre­sencia del chico.

-Y bien, doctor, ¿que le pasa a mi hijo?

Stekel respondió que no podía transgredir el secreto profesional, ni siquiera para conformar a un padre.

-Quiero que papá lo sepa- intervino el muchacho, y entonces Stekel contó todo.

El padre se rió.

-Claro que entiendo... el viejo complejo del incesto.

Al día siguiente, cuando el chico concurrió al consultorio de Stekel, tenía la cara llena de moretones. Su pa­dre, el psiquiatra, lo había llevado a su casa y le había pegado una paliza brutal.

Más tarde, el padre mismo fue a analizarse con Stekel. Este descubrió que en realidad su paciente estaba enamo­rado de su propia hija, y que los celos lo habían impul­sado a pegarle al hijo.

He aquí un buen ejemplo de un individuo que acepta una situación intelectualmente pero la rechaza emocionalmente. Desde que escuché esta historia hace 45 años, me he abstenido de revelar a los padres los secretos descu­biertos en el curso de mis conversaciones con muchachos o chicas.

En cuanto a aquellos que enuncian conceptos liberales, Reich los definió como "mercachifles de la verdad". Los conozco. No son hipócritas: generalmente son idealistas jóvenes que captan una porción de un mensaje y la adap­tan a sus propios complejos. Pregunta: ¿Acaso no es esto lo que hacemos todos?

Hay un género de candidatos a maestros de mi escuela que yo me resisto a emplear: son los que vienen deli­rando sobre "Summerhill". "He buscado este paraíso durante toda mi vida." Estos hombres o mujeres fracasan siempre. Porque “Summerhill" no es un lugar ideal, y en dos semanas el sueño se desmorona. Huyo de los maestros ilusos.

En última instancia, al hombre se lo debe juzgar por sus actos. Es inútil ir de un lado a otro disertando locuazmente sobre la libertad de los niños si no se hace nada al respecto. Pienso que Krishnamurti debería haber pasado su vida entre los niños en lugar de recorrer el mundo adoctrinando a burguesas, algunas de las cuales, me temo, utilizaron su mensaje para apuntalar sus vidas inúti­les. Ojo con los predicadores, ya se trate de Billy Graham o de agitadores políticos. Cuando salgo a dar conferencias me consuelo pensando que hablo sobre lo que he hecho y no sobre lo que estoy haciendo. Es lógico pretender que el escritor y el predicador practiquen lo que aconsejan. Los obispos que bendicen naves de guerra no conforman a nadie.

El único evangelio que debe predicar el hombre es el suyo propio, aunque es difícil determinar hasta qué punto uno se ha abrevado en los demás. Tal como yo he copiado el autogobierno de Homer Lane y el autocontrol de Reich.

 

Ningún hombre es una isla. Pero me alegro de que Orson Bean no diga que su escuela de 15th Street, Nueva York, es una escuela “Summerhill”. El seguirá su propio rumbo.

 

ACTITUDES ANTIVIDA

 

MODALES

 

¿Cómo es posible que Ios niños aprendan modales  si no se les dice como deben comportarse en la mesa o cuando les presentan a alguien? Yo creo que los modales no son innatos. En consecuencia, ¿no se deben inculcar?

 

En verdad se trata de lo siguiente: ¿Debemos enseñar etiqueta a nuestros niños?

Recuerdo la primera vez que encontré un bol para lavarse los dedos en un banquete de gran alcurnia. Un señor bebió el agua del suyo. Yo tuve la precaución de observar lo que hacían los demás.

Es bueno saber cuáles son los cubiertos que se deben usar en la mesa. Pero, claro está, la etiqueta varía de un país a otro. En Gran Bretaña, ningún caballero beberá mientras tenga comida en la boca. Pero esta norma social no rige en él continente europeo. En una oportunidad cometí una torpeza cuando me senté en el sofá de un hogar alemán: más tarde me informaron que en los hogares alemanes el sofá siempre está reservado para los huéspedes importantes.

Cuando me descubro ante una dama mi ademán disi­mula el hecho de que nuestra civilización patriarcal tiene a la mujer por un ser inferior. Nuestros modales refina­dos para con las mujeres procuran compensar esa creencia.

SI, es mejor conocer las reglas de la etiqueta en nues­tro mundo convencional. Pero los modales son algo dis­tinto. Los buenos modales implican pensar en los otros. Los modales no se pueden enseñar. En mi escuela no en­señamos etiqueta. Si un chico lame el plato a nadie le im­porta... en realidad, nadie le presta atención. Nunca educamos a un niño para que diga "Gracias" o "Buenos días". Pero cuando un chico se ha burlado de un nuevo alumno rengo, los otros niños convocan una asamblea especial y la comunidad le dice al trasgresor, muy claramente, que en la escuela no hay lugar para los malos modales.

El niño libre desarrolla sus modales naturales. A me­dida que madura, tiene la prudencia de asimilar la corte­sía superficial que es más justo definir como "etiqueta".

 

Si un niño no es cortés en el sentido habitual, sin duda  ofenderá a algunas  personas. ¿Su rechazo  o su disconformidad no serán perjudiciales para  el niño?

 

¿Qué es la cortesía? La cortesía implica pensar en los demás y en sus sentimientos. Los niños pequeños se inte­resan primordialmente por sí mismos: el adulto egoísta es un hombre que nunca se ha desarrollado.

El niño disciplinado es cortés con los adultos si los teme. El niño libre adquiere una cortesía natural sin sa­crificar su sinceridad. Si el niño es siempre descortés ello se debe a que ha sido mal educado, a que ha internalizado un resentimiento contra los adultos. Piense en la mala impresión que le produce a un niño el hecho de que le digan: "Besa a la abuela"; o en el rencor que acumula cuando le ordenan: "Nene, dale las gracias a la tía Mary por su lindo regalo."

Los padres y maestros prudentes nunca relaman cor­tesía. Las raíces de la descortesía están en los padres exi­gentes. La señora Smith dice: “No quiero que la señora Green, de la casa de al lado, piense que mis hijos no han sido correctamente criados." La señora Smith pretende congraciarse con sus vecinos a costa de sus hijos.

Pienso que la palabra gratitud se debería borrar del diccionario. La gente que reclama gratitud es necia. Mi buen amigo Henry Miller me escribió explicando que ga­naba muchísimo dinero con la publicación de The Tropic of Cancer (Trópico de Cáncer). “Pienso que SummerhiIl merece una parte", agregó, y me envió 1,000 dólares. Pero los sentimientos que albergo respecto de Henry Miller no son sentimientos de gratitud sino de cordialidad para con un hombre muy, muy querido. Ignoro cuáles serían mis sentimientos si un John Smith desconocido me enviara un millón de dólares. Estoy seguro de que no se lo podría rotular con la palabra gratitud.

Mi muy estimado progenitor, deje que sus hijos descu­bran su propia pauta de cortesía. Deles amor y ellos serán automáticamente corteses. Pero si los fastidia con reglas de conducta, es muy probable que esté sentando en sus fibras íntimas las bases necesarias para que sean desconsiderados con los demás.

 

A mi chico nunca le inculcamos buenos modales. Dice “gracias” y “por favor” por iniciativa propia. Es considerado con los demás. Pero por alguna razón tiende a tomar los alimentos con los dedos. Mi esposa y yo fuimos complacientes, con la esperanza de que superara esta etapa, pero continúa aferrado a esa espantosa costumbre. Sinceramente, estamos muy disgustados, y además nos pregun­tamos si no adquirirá este hábito en forma permanente, para su propio bochorno y el nuestro en años posteriores. ¿Qué opina?

 

¿Tiene 5, 10 ó 15 años Claro que con el transcurso del tiempo superará esta etapa. Cuando invite a cenar a su primera novia, no tomará la comida con los dedos.

Yo no atacaría esta costumbre mientras él tocara sus propios alimentos. Claro que protestaría si metiera los dedos en mi porción de tarta de manzanas.

Es posible que tenga un complejo respecto del conven­cionalismo. Nuestros hábitos de ingestión están estiliza­dos. ¿Por qué debemos abstenemos de comer los guisan­tes con el cuchillo o de echar el té en el plato para en­friarlo? ¿Por qué no podemos tomar el queso con los dedos en lugar de depositarlo sobre una galletita con el cuchillo? Si tomamos las manzanas y las peras con la mano, ¿por qué no podemos hacer otro tanto con las salchichas o el pastel de cerdo? Pienso que desde este punto de vista el chico no está muy errado. Pero aten­ción, no excluyo la idea de que su motivación incons­ciente consista sólo en fastidiar a los viejos.

Dice en su carta que usted y su esposa son partidarios de no imponer al niño ningún tipo de aprendizaje o res­tricción. ¿Pero cuánto tiempo hace que sustentan este principio? ¿Antes de oír hablar de "Summerhill" eran educadores del carácter? En verdad, ¿intimidaban al niño cuando este era muy pequeño? ¿Y algunos años más tar­de le dijeron: ” Eres libre y puedes hacer lo que quieras”? En tal caso, eso es lo que está haciendo. Si el problema se me presentara a mí, no diría nada.

Esto me recuerda una magnífica exhibición de buenos modales a la que asistí en una oportunidad. El clérigo de la aldea invitó a un obrero a su mesa. El plato era un picadillo de carne. En seguida el obrero empezó a man­dárselo al buche con el cuchillo. El clérigo empuñó su cuchillo y lo blandió con entusiasmo. Naturalmente, yo lo imité.

 

EL DEBER Y LA RESPONSABIUDAD

 

¿Por qué el niño debe hacer soIo lo que le gusta? ¿Cómo podrá enfrentar una vida que le impondrá un cúmulo de  deberes desagradables.?

 

La infancia no es la adultez. La infancia consiste en jugar, y ningún niño juega lo suficiente. Cuando el niño haya jugado bastante empezará a trabajar y a enfrentar dificultades, y se desempeñará correctamente aunque su trabajo incluya un montón de elementos desagradables.

La mayoría de la gente odia el trabajo. Muchas veces he preguntado a mis interlocutores: "¿Si ganara una for­tuna, conservaría su empleo?" Los artistas, los médicos, algunos directores de escuela, los músicos, los agriculto­res y otras personas creadoras contestan afirmativamente; muchas otras responden que abandonarían el trabajo... sobre todo los peones, empleados de tienda, burócratas, camioneros y obreros de fábricas que permanecen junto a la línea de montaje y no abrigan ningún sentimiento respecto al producto final. Esto porque la mayoría de los empleos carecen de verdadero interés y los jóvenes en particular los odian.

Los niños criados en una atmósfera de libertad pueden abordar tareas desagradables, pero nunca se obsesionan con el trabajo. Lo que quiero decir es que el niño libre no acumula cólera y aborrecimiento contra, quienes les im­ponen estos deberes. Si un joven o una joven experi­mentan una sensación de libertad interior, los trabajos no los exasperan demasiado.

 

La semana pasada mi hijo, Tommy, montó sobre su mo­tocicleta, atravesó la ciudad velozmente y chocó contra un auto estacionado, al que le causo daños calculados en 150 dólares. Nuestros ingresos no nos permiten afrontar importantes gastos imprevistos. Pero, naturalmente, debe­mos pagar esta cuenta. ¿Qué corresponde hacer? ¿Debemos descontar semanalmente el dinero de la pensión de Tommy? ¿Debemos exigirle que venda la motocicleta para juntar el dinero de la indemnización? ¿O qué?'

 

S¡ deciden que Tommy venda su motocicleta para pagar la indemnización se sentirá muy mortificado y lo tomará como, una prueba de que ustedes no lo quieren. Pero no veo ninguna razón para que no ayude a com­pensar los daños con una parte de su pensión. Al fin Y al cabo debe enfrentar la realidad y debe aprender que no es posible que sus padres solventen sus imprudencias.

No conozco, sin embargo, su edad, ni sé qué clase de chico es. Si tiene alrededor de 12 años, es posible que interprete la obligación de pagar como un castigo y se sienta agraviado; pero si tiene 17, está en condiciones de comprender las razones por las que debe contribuir a sufragar, los gastos.

 

Quede viuda cuando mi hijo tenía 6 años. Me vi obligada a trabajar para ganarme la vida y lo pasamos mal. Ahora mi chico tiene 16 años, concurre a la escuela superior y es un buen alumno. No existe la menor probabilidad de que yo pueda financiar sus estudios universitarios. Me gustaría que deje ya la escuela y se emplee para ayudarme a mantener a sus dos hermanos menores. ¿Tengo derecho a pedirle que se convierta a esa edad en el hombre de la familia?

 

No sé qué futuro le aguardaría al chico si se quedara en la escuela, pero pienso que sería incorrecto convertirlo a esta edad en el hombre de la familia. Sospecho que a esta altura de los acontecimientos no podría conseguir un empleo muy bueno.

Pienso que usted deberla desvelarse durante un año o dos para dejarle al chico la oportunidad de decidir por sí mismo lo que desea hacer en la vida. Si lo obligara a abandonar la escuela y a él le disgustara tener que salir a trabajar, la atmósfera familiar no sería muy dichosa, ¿verdad?

No, le aconsejo dejar que él decida.

 

Mi    esposa es esclava de nuestros hijos: levanta las ropas que eIlos dejan tiradas, plancha para ellos y hace todos los trabajos del hogar. Le repito constantemente que los está convirtiendo en chiquiIines  irresponsables, pero ella responde que un poco de amabilidad y atención nunca malcrió a un niño. ¿Quién tiene la razón?

 

A juzgar por la forma en que usted lo presenta, la tiene ella.

Puesto que ser niño implica jugar, el derecho del niño consiste en jugar y jugar. Esto es lo que usted debe prever. El programa que usted elabora para sus niños no es natural. En “Summerhill" no les pedimos a los chicos que trabajen. Los mayores ejecutan algunas tareas porque quieren que sus habitaciones estén presentables. A los más pequeños sencillamente no les importa. Pero si se los deja en paz, es muy posible que cuando estos niños crezcan se preocupen por el aspecto de su entorno.

Claro que en un hogar la situación es distinta. Compa­dezco a la madre que debe lavar los platos y barrer los pisos porque sus hijos adolescentes no la ayudan. Cuando se trata de adolescentes, ella tiene en verdad derecho a decirles que deben colaborar en el trabajo, pero esto no se aplica a los niños más pequeños. El problema deriva en parte de la diferencia que existe entre las pautas de los niños y los adultos. A la mayoría de los niños no les inquieta que en una habitación impere el desorden, y me atrevo a decir que muchos hombres tampoco se preocu­pan por cuidar que sus casas estén impecables. Si los niños se lavan por propia voluntad, magnífico. Pero las amonestaciones constantes implican una falta de cariño parental.

Hablando en términos generales, un chico de hasta 7 años se acicala y trabaja, pero 2 años más tarde elude todas las tareas domésticas. He visto a muchas ado­lescentes que refunfuñaban cuando les pedían que hicieran los trabajos del hogar. Sin embargo, cuando sus madres se iban de vacaciones por una semana, conservaban la casa inmaculada.

Sospecho que cada niño piensa inconscientemente que los adultos tienen el deber de trabajar para él. Con el trascurso del tiempo superan esta etapa... si no se los fastidia. Aconsejo que a los adolescentes se los trate con tolerancia. Los padres prudentes no tienen pretensiones exageradas... exageradas desde el punto de vista psico­lógico.

Y usted, oh esposo, ¿participa en esas tareas domesticas? Deberla hacerlo; ¿sabe?

 

Mi hijo de 15 años elude todas Ias tareas domésticas. Siempre tiene una objeción cuando le pedimos que corte el césped o lleve un paquete o que haga cualquier otra cosa que solicitamos. Considera que transgredimos sus derechos. No estamos en condiciones de pagarle a un jardinero, ni a un mensajero, ni de hacer otros desembolsos extraordinarios. Mi esposa y yo opinamos que un muchacho de esta edad debe tener sentido de la responsabilidad y que nosotros tenemos derecho a recurrir a él para encomendarle ciertos trabajos que está en condiciones de realizar. Sin  embargo no nos atrevemos a coaccionarlo. Por un lado es nuestro único hijo y tememos perder su afecto. Pero por otro lado tenemos grandes conflictos de conciencia y tememos estar malcriándolo al no presionarlo para que nos ayude en nuestras tareas domésticas.

 

¡Oh, los miles de padres que tienen el mismo problema  Jenny no ayuda con el lavado cuando está pasando las vacaciones en casa; Peter vagabundea y ni siquiera se aviene a llenar el depósito de carbón. En la mayoría dc las familias se plantea la misma situación. Los jóvenes aborrecen las tareas domésticas y no han asimilado el sentido del deber que determina que los adultos ejecuten faenas desagradables. A mi juicio esto significa que la in­fancia dura mucho más de lo que la mayoría de la gente piensa.

Un problema análogo es el de los adolescentes que remoloneen hasta una hora avanzada de la mañana. Podemos reñirlos, pero al mismo tiempo debemos esforzarnos por entender su punto de vista. Quizá los adolescentes están más sumergidos en la fantasía de lo que sospe­chamos. La vida real consiste en las tediosas tareas domésticas, y los jóvenes no están preparados para en­frentar la realidad de la vida. Es posible que la chica de 15 años que duerme hasta tarde quiera eludir lo que para ella son fastidiosos trabajos domésticos. Es cierto que a la mayoría de los adolescentes se los induce a ejecutar tareas tediosas, ya sea mediante sermones o mediante la amenaza del castigo. Pero apenas desaparece la compulsión exterior aflora la auténtica inmadurez de la infancia y el adolescente se retrotrae a la niñez y a la irresponsabi­lidad. Los gatos y perros no tienen nada que hacer. Quizás el adolescente que rehuye la responsabilidad siente de algún modo que sus padres lo han tratado como un animalito doméstico.

La reflexión tácita es la siguiente: Papá y mamá están aquí y ellos tienen el deber de manejar la casa. Sí, en ver­dad se trata de un problema complejo, porque tal como usted intuye correctamente, la coacción puede provocar un distanciamiento. En una familia donde impera una auténtica libertad es imposible que se produzca semejante resultado. Mi esposa le dice a nuestra hija: "Vamos. Te toca el turno de lavar", y no teme que esta se rebele. El distanciamiento sólo se puede producir en las familias autoritarias.

El trabajo forzado siempre es malo. Si el patrón ne­cesita repetirle constantemente a un empleado qué es lo que debe hacer y cómo debe hacerlo, lo mejor será que lo despida. El trabajo sólo sale bien cuando su ejecutor está bien dispuesto. La compulsión debe emanar del trabajo, no del patrón o el padre. La única recompensa que vale la pena es la satisfacción personal de haber ejecutado una tarea correcta y sinceramente.

Un rasgo interesante que se observa en la mayoría de las familias es el de que cuando los padres se van de vacaciones, los adolescentes cocinan, lavan y friegan los pisos. Por el momento, la necesidad determina que los adolescentes se convierten en adultos. Pero apenas regresan los viejos, reaparece la hostilidad al trabajo.

Una sociedad prudente no le pediría a nadie menor de 20 años que ejecute un mínimo de trabajo, porque la in­fancia se prolonga hasta muy avanzada la adolescencia. La infancia es juego: debemos aceptar este hecho. En consecuencia, padres preocupados, suspiren y empuñen el repasador, y recuerden que las pautas de sus hijos difieren de las de ustedes. Para muchos adolescentes un cuarto desordenado no tiene ninguna connotación... sencillamente no lo ven.

Sin embargo, los padres deben abstenerse de explotar a los niños... "Alcánzame el martillo Billy.”  Muy bien si Billy lo está ayudando a reparar una mesa, pero no tan bien si Billy está construyendo un bote o leyendo un libro.

 

RESPETO

 

¿Cómo se debe educar a un niño para que respete a sus padres?

 

¿Qué significa la palabra "respeto."? Pienso que el principal ingrediente de dicha palabra es el miedo, como en el caso de los niños que respetan a sus maestros severos. Mi diccionario define el respeto como "aprecio por el mérito, por la honra; sentir gran aprecio". Muy bien, si sus chicos no creen que usted sea una persona meritoria u honorable o digna de aprecio, ¿qué remedio le queda? ¿Obligarlos a pensar que es una gran persona?

Mis alumnos no me respetan. Nunca les pido respeto. Hoy una niña de 10 años me dijo que soy un tonto rema­tado. ¿Y bien? Esta era la opinión que tenía por la maña­na y era libre de sustentarla. Por otra parte su aserto no llevaba implícita una falta de cariño.

Hay algo insuficientemente desarrollado en los padres que exigen respeto. Evidentemente, no han conseguido inspirar amor a sus hijos y por tanto reclaman un suce­dáneo inferior. Los padres que son verdaderamente justos y rectos con sus hijos no necesitan respeto.

¿Cómo es posible que el niño respete a una madre gru­ñona o a un padre vociferante? ¿Cómo es posible que el niño respete a sus padres cuando los oye mentir? ¿Cómo es posible que el niño respete a una madre que no se atre­ve a enfrentar a un padre prepotente?

Yo respeto a Bertrand Russell por su filosofía, por su humanismo, pero ese respeto no está contaminado por el miedo o la envidia. Si usted quiere que su hijo lo respete, compórtese de modo tal que el respeto aflore naturalmente, o sea merecidamente, y que no sea producto del temor a las represalias.

 

Mi hijo, Donald, es poco respetuoso con sus abuelos. Mi esposo y yo nunca pedimos respeto. Lo que querernos es amor y creo que no hemos conseguido de Donald. Pero me siento abrumada por la indiferencia con que Donald trata a sus abuelos, tanto paternos como materos. A ellos los escandaliza su frialdad y falta de cortesía. ¿Hay algo que pueda decirle al niño?

 

Me siento solidario con usted, con los abuelos y con Donald. Generalmente los abuelos entran en dos categorías: algunos malcrían al niño, con el pretexto de que los padres no saben ni remotamente cómo deben educar a sus propios hijos, en tanto que otros ven a las criaturas como una amenaza para todo aquello en lo que creen. Aborrecen a esos espantosos gandules que se dejan el pelo largo, hablan en jerga y no piensan más que en la música “pop" y las fiestas.

En este caso tengo la impresión de que los abuelos per­tenecen al segundo grupo. Es probable que a Donald lo fastidien sus intromisiones y sus discursos moralizadores. Existe un gran abismo entre un niño de 10 años y un abuelo de 70. Los viejos y los jóvenes no hablan el mismo lenguaje ni tienen las mismas inquietudes. La mayoría de los abuelos está anclada en un período ana­crónico. Es posible que cataloguen como disolutos los estilos y las actitudes a los que no están acostumbrados.

Cuando mis padres vivían yo les escribía regularmente y mis cartas eran de índole “meteorológica". Les decía: “Hemos tenido un día de sol. ¿Cómo marcha el tiempo por allá?" Era difícil encontrar temas que pudieran inte­resarles.

Si Donald no simpatiza con los abuelos, no veo qué se puede hacer al respecto. Hablar con él sería gastar saliva inútilmente. Los niños son dueños de una franqueza natural. Si Donald supiera que sus abuelos le dejarían un millón de dólares en el caso de que se entusiasmara con ellos, tampoco cambiaría de actitud.

Lo único que puedo sugerir es que mantengan a Do­nald lo más lejos posible de los abuelos.

 

Cuando mi hijo no puede salirse con la suya se enoja. Incluso me pierde el respeto y me dice: “Malvada, bruja.” ¿Debo permitir que desahogue su cólera o debo prohibirle que me insulte? El hecho es que me siento muy lastimada cuando oigo que me caracteriza en esa forma.

 

Sería inútil coartarlo. Sólo conseguiría que su odio se internalizara y fermentara. 

El mejor sistema consistiría en que usted se sumara al juego y le endilgara todos los motes que se le ocurrieran pero no de mal talante, claro está. Este cuadro tiene su lado bueno: el niño no tiene miedo de injuriarla. ¡Mag­nífico!

Usted se siente lastimada porque se siente culpable... "Si le hubiera dado mas amor no reaccionar(a con odio en la forma en que lo hace." En cuanto a la teoría de que el niño debe respetar a sus padres... ¡Ay de mí!

Le aconsejo que aprenda a reírse junto con su hijo. El humor y el odio no pueden convivir. Es posible que el niño sea anormalmente sincero, porque debe de haber unos cuantos millones de niños que a veces querrían es­petarle a sus madres algo que rime con “legua", pero no se atreven a hacerlo. Su odio, desahogado, se disipará. Pero si le pega, lo sermonea o lo coarta, es posible que el odio siga latente durante mucho tiempo.

 

CONVENCIONALISMO

 

Ml sobrina, Mary Lou, quiere ser bailarina. Su padres están atónitos. Identifican esa profesión con una vida descarriada. ¿Qué puedo decirles para c