"Ludwig Wittgenstein"

José Luis de Jesús Medellín Leal

 

 

I N D I C E  

 

 

INTRODUCCIÓN

OBJETIVO

SEMBLANZA BIOGRÁFICA

LA OBRA DE LUDWIG WITTGENSTEIN

LA FILOSOFÍA TERAPÉUTICA

LA INFLUENCIA DE WITTGENSTEIN

ALGUNOS FRAGMENTOS DE TEXTOS

TRACTATUS LOGICO-PHILOSOPHICUS

INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS

ZETTEL (PAPELETAS)

OBSERVACIONES FILOSÓFICAS

SOBRE LA CERTEZA

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

CUESTIONARIO

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

"Los grandes hombres, aun cuando sigan caminos poco frecuentados,
serán siempre objeto de curiosidad para la mente inquieta"

Thomas de Quincey

 

Ludwig Wittgenstein es un clásico del siglo XX. Entenderemos por "clásico" al autor que,  leyéndolo, logra mejorar nuestro pensamiento. El pensador que nos ocupa no es un autor popular, como tampoco lo fueron, en su época, Sócrates o Guillermo de Occam. Es, pues, un clásico en el sentido que su lectura nos resulta fecunda. 

 

En estas notas sobre su vida y su obra, tocaremos cuatro aspectos (entremezclándolos con alguna frecuencia): 1) marco biográfico; 2) Comentarios sobre la obra de Wittgenstein; 3) Fragmentos de algunos trabajos y 4) la influencia de Wittgenstein en la filosofía del lenguaje. 

 

Wittgenstein se enmarca en la Viena de finales del siglo XIX. Hijo de un rico industrial del acero, mecenas de intelectuales y de una madre artista (música), Ludwig encarnará ambas pasiones y tendencias. Es científico, técnico y artista al mismo tiempo y con igual intensidad. El encuentro con Russell y las matemáticas será definitivo, lo mismo que su contacto con Frege en Viena. En su retiro en Noruega y durante su participación en la primera guerra mundial, toma notas que más tarde serán textos del Tractatus Logico-Philosophicus. Tras una profunda crisis, abandona la filosofía, trabaja como maestro de primaria, jardinero y como constructor de la casa de su hermana. Posteriormente entra en contacto con el Círculo de Viena, vuelve a la academia, a la filosofía y a las matemáticas. 

 

Su planteamiento básico en la primera etapa es que la proposición es la figura lógica de un hecho. En la segunda etapa descubre que existen usos lingüísticos que no describen hechos ni denotan nada; tampoco hay una lógica que abarque todos los juegos de lenguaje posibles. 

En 1947 se retira de la vida académica. Su personalidad es extraña, responde a la figura del intelectual automarginado, como lo fueron Van Gogh, Hesse o Nijinski, es decir, está entre la genialidad y la locura. Piensa que el filósofo no es ciudadano de ninguna comunidad de ideas, imposible de encerrarse en un sistema. Se pregunta: ¿Cómo puedo ser un lógico si antes no soy un hombre? Busca desesperadamente la pureza, siempre amenazado por el abismo. Piensa tanto en la lógica como en la "virtud", pues esta era su naturaleza. Sus clases eran atípicas, diálogos consigo mismo, pensamiento en movimiento autoconstitutivo. No era cortés, pero sí auténtico. 

 

Esta figura singular es autor de dos concepciones contrapuestas, ambas típicas del siglo XX: la neopositivista lógica, cercana al Círculo de Viena y la pragmática presente en sus últimas obras. Sus obras son transparentes y enigmáticas al mismo tiempo, con una nitidez aparente, a pesar de las diferencias de estilo entre las primeras y las últimas. Estas dos concepciones marcan la historia de la filosofía del siglo XX y, pese a sus diferencias, hay elementos de continuidad entre ambas. 

 

Afirma que lo "místico" no pertenece a lo público, pero no por ello lo niega. No porque no se pueda hacer explícito carece de importancia, ya que a veces es más importante lo que no se puede decir. Lo público es lo mínimo. La concepción de la filosofía como una actividad analítica de aclaración de cuestiones básicas, es algo que se mantiene constante en su obra. La filosofía es una actividad, nunca una doctrina. También mantiene sus fobias a la solemnidad, a los convencionalismos y al "éxito". 

 

Su obra es una veta riquísima para los intérpretes, ya que hay poca argumentación y prefiere la escritura aforística. En su primera obra subyace una teoría de la representación figurativa del signo, como algo que hace las veces de otra cosa, que "figura" el mundo real. Los signos son convencionales, y por eso hay múltiples idiomas, pero los pensamientos y las cosas no lo son. Sin embargo, hay muchas cosas que no se pueden decir mediante una comunicación cognoscitiva y que sólo se pueden mostrar. Una de estas cosas es la estructura lógica de las proposiciones. La lógica no puede salirse de ella misma. Por otro lado, lo que no pertenece al conocimiento, al lenguaje que nombra y describe, como la ética y la estética, sólo puede ser mostrado. 

 

El último Wittgenstein cambia completamente la primera concepción, rompe con la teoría de la figuración. Lo que hay son distintos juegos de lenguaje. Pasa de la concepción de una sola una lógica, a la fragmentación en múltiples lógicas locales, donde es imposible encontrar la certidumbre última. El lenguaje es mucho más que nombrar, y no puede sustituir a las cosas. Lo que hace al lenguaje es su uso, sus prácticas de utilización en los diversos juegos, como dar órdenes, informar, contar un chiste. La gente aprende a hablar viendo como habla la gente, con las prácticas y las formas de vida, que no se pueden describir. Los usos forman diferentes significados y entre ellos sólo hay un "aire de familia".  Sólo es posible comprender el significado de un término considerando el contexto o situación en el que es utilizado. De este modo todo juego de lenguaje nos remite siempre a una forma de vida de la que surge y a la que contribuye a articular.

 

Sin lugar a dudas, Wittgenstein es un personaje singular, entre otras cosas, por sus muchas singularidades, por su estilo de pensamiento, por sus confesiones públicas y privadas, por su docencia filosófica, por su modo de vida, y sobre todo por el vigor y la importancia de su reflexión. Pero también en gran medida, este interés lo suscita su vida y su pensamiento enigmático que necesita interpretación. Y a la luz de las muchas interpretaciones, se han desarrollado escuelas y discípulos, seguidores y detractores, amantes y enemigos. Hay algo en él que resulta poético y fascinante.

 

OBJETIVO

 

Este esbozo sobre su vida y su obra, quiere ser wittgeinsteniano en su forma, es decir, abierto, recurrente y libre, y tiene como principal objetivo, motivar la lectura de este pensador, tal como él entendió la filosofía: como una escalera que, tras subir por ella, podemos arrojarla; su lectura será, si conseguimos nuestro propósito, también autodisolutiva. 
SEMBLANZA BIOGRÁFICA

 

Ludwig Wittgenstein nació en Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, el 26 de abril de 1889; durante el reinado del emperador Francisco José I (1848-1916). A finales del siglo XIX y principios del XX, Viena gozó de un gran momento de esplendor cultural; fue uno de los más importantes centros representativos del Art Nouveau y origen de la Wiener Sezession, un movimiento renovador de la arquitectura, con figuras como Otto Wagner (1841-1918), Jose María Olbrich (1879-1908) y Adolf Loos (1870-1933) muchas de cuyas obras renovaron la edificación de la ciudad; es esta Viena la cuna del psicoanálisis con Sigmund Freud (1856-1939); de la música atonal con Arnold Schönberg (1874-1951); del sionismo con Theodor Herzl (1860-1904) y del partido nazi con Adolf Hitler (1889-1945).

 

Fue el último hijo del magnate del acero y mecenas del arte, la familia fue de origen judío, aunque convertida al protestantismo y al catolicismo (su madre primero, y luego él la siguió, en encubierto desafío a su padre). Su padre, que estableció la industria de hierro y acero en Austria, era un hombre bastante duro, y demandó mucho de sus hijos varones. Es posible que su personalidad explique el hecho de que tres de los cuatro hermanos Wittgenstein se suicidaron. Ludwig no cubrió las expectativas de su padre. Era un joven sensible, con inteligencia extraordinaria y talentos musicales, pero no tenía interés alguno en el mundo de los negocios.

 

La familia Wittgenstein, además de ser una de las más ricas de la Viena de finales del siglo XIX, fue centro de atracción de artistas, músicos e intelectuales del momento. En la casa paterna, Ludwig creció junto a sus siete hermanos, en un ambiente rico en estímulos culturales y artísticos. Músicos como Brahms, Mahler y Cassals  y el pintor Gustav Klimt, por ejemplo, eran huéspedes habituales de la familia. Aunque Wittgenstein creció en el Palais Wittgenstein en la Alleegasse, absorbiendo este ambiente de alta creación artística, serán las habilidades de carácter técnico su primera inclinación.

 

En 1906 Wittgenstein se gradúa en la Königliche und Kaiserliche Oberrealschule de Linz (ahí fue condiscípulo de Hitler), a donde había sido enviado después del suicidio de dos de sus hermanos. Wittgenstein decide estudiar física con Boltzmann en la Universidad de Viena, sin embargo ese mismo año Boltzmann se suicida también, lo que frustra su decisión. Terminará estudiando ingeniería mecánica en la Technische Hochschule en Berlin-Charlottenburg.

 

Dos años más tarde Wittgenstein parte para Inglaterra para estudiar ingeniería aeronáutica en el famoso departamento de ingeniería de la Universidad de Manchester. Antes había realizado experimentos con nuevos tipos de papalotes para la investigación meteorológica en Glossop, Cheshire.

 

En la Universidad de Manchester desarrolla un motor a reacción asociado a un propulsor que le dirige. El principio había sido ya descrito por Herón de Alejandría, a quien seguramente Wittgenstein había leído en la biblioteca de su padre. El eje del propulsor lo construía una cámara de combustión de volumen variable, mientras que la reacción a chorro se asociaba a las puntas de las aspas. El prototipo que construyó funcionó y aunque llegó a patentarlo, el problema de impermeabilización de los gases expandidos resultó insuperable.

 

El problema de la forma aerodinámica óptima del propulsor era un problema esencialmente matemático y parece que fue esto lo que le llevó a Wittgenstein a interesarse por el estudio de la matemática. Aunque es conocido que al partir hacia Inglaterra ya llevaba en su equipaje la obra de Frege, a quien admiraba notoriamente. A raíz de este interés por la matemática sus intereses filosóficos vuelven a florecer.

 

Parece ser que Wittgenstein tenía ya por entonces un estilo elaborado y conocido respecto al diseño y la arquitectura. C.M. Mason, que era asistente en el laboratorio donde Wittgenstein trabaja en su prototipo de motor aeronáutico, declara que sus conversaciones sobre arquitectura y diseño eran frecuentes.

 

Cuando estaba en Mánchester desarrolló mucho interés por los cimientos de la matemática. Viajó a Cambridge para consultar con Bertrand Russell. Preguntó a Russell si debía seguir explorando la lógica o no. Le dijo a Russell que no quería continuar con la lógica si no tuviera talento suficiente para hacer un trabajo verdaderamente excelente. Había sido influido por Otto Weininger, que le dijo que ser genio era un cargo duro, y era el deber del genio llegar a ser excelente. Russell lo hizo escribir algunas páginas, que luego leyó. Su reacción fue entusiasta: "¡De ningún modo debe usted volver a Mánchester!"

 

En 1912 Wittgenstein interrumpe sus investigaciones en Manchester y decide estudiar Lógica matemática con Russell en Cambridge.

 

Wittgenstein tuvo muchas discusiones largas con Russell durante los tres años siguientes, y Russell llegó a darse cuenta de que él mismo no iba a contribuir con nada de importancia al avance de la lógica. Tal vez Wittgenstein llevaría a cabo su proyecto.

 

Wittgenstein, poseedor de una personalidad irritable, difícil, inestable, tímida y provocativa, no se convirtió en el típico estudiante de clase alta, cuyo comportamiento por educación y riqueza familiar era posiblemente previsible. Al contrario, prefirió marginarse de la vida social de esa comunidad elegante, semiestudiosa y superficial para entregarse en brazos de la filosofía a la que aspiraba entender y recrear. No fue un discípulo fácil, ni un compañero de juergas, aunque sí se reveló como un amigo fiel para aquellos pocos que lo acompañaron en esa época. Tenía un particular gusto por la soledad; tanto que logró vivir, completamente solo, en varios períodos de su vida. Otro ejemplo significativo de esa personalidad y estilo fue la dificultad que encontró en Cambridge para amueblar sus habitaciones, llegando a ordenar un diseño de muebles que encajaba con el grado de simplicidad que buscaba.

 

En la primavera de 1914, Ludwig edifica la primera y única casa de su propiedad, cerca del pueblo Noruego de Skjolden, a la orilla de Sognefjord, en donde pasará periodos de soledad y de trabajo filosófico. La casa fue construida en madera al estilo local; era modesta, con una base, una planta de suelo con pocas habitaciones y un ático. Aunque no está documentada, recuerdos de los amigos que la conocieron indican que tenía detalles ingeniosos. Estaba situada en un acantilado abrupto sobre el lago (sólo se podía llegar remando) y dispuso, entre otras cosas, un cabrestante con un cable del que colgaba un cubo con el que recogía provisiones.

 

A pesar de sus intereses filosóficos, tan lejanos de la política y al nacionalismo, acudió al llamado a filas, cuando se inició la 1º guerra mundial, antes de ir al frente donó cien mil coronas "para ayudar a artistas". Se beneficiarán Rilke, Tralk y Kokoschka entre otros. Se enroló como soldado raso en el ejercito austriaco (despreciando las posibilidades que sus relaciones familiares le brindaban), y la pasó tan mal como era de suponer. Cuentan sus biógrafos que en los campamentos de guerra, sacaba de su mochila los borradores de su opera prima, El Tractatus Logico-Philosophicus, para irlos reelaborando. Una vez, cuando se halló en un pueblecito polaco, visitó una librería, en que encontró un solo libro, El Evangelio Breve de León Tolstói, compró el libro y mientras duró la guerra lo levaba con él. Llegó a ser conocido como "el hombre con el evangelio." Parece que experimentó un despertar religioso (o por lo menos espiritual) que influyó todos sus pensamientos siguientes. Al final, luego de una infernal experiencia en las estepas rusas; de haber conseguido varias medallas al valor (fue una característica muy suya el desprecio por su propia seguridad personal) y de lograr por sus propios méritos convertirse en oficial, fue capturado por los Italianos en las semanas finales de la guerra, y pasó casi dos años en un campamento de prisioneros en Italia. Concluyó así su aportación a una guerra que tan desastrosa fue, en sí misma y en sus consecuencias.

 

Prisionero en Monte Casino mandó el manuscrito del Tractatus a Russell, que lo leyó pero no lo entendió. Esto molestó mucho a Wittgenstein, porque creyó que había resuelto todos los problemas de la filosofía en su libro, incluso los que preocupaban a Russell. Existe todavía la correspondencia de aquel tiempo entre los dos, y se puede ver claramente la molestia de Wittgenstein a causa de la necesidad de explicarle a Russell lo que quiso decir sobre este o ese punto de la lógica. Pero Wittgenstein dependió también de la ayuda de Russell para publicar el libro. Russell escribió una introducción; por eso para Wittgenstein valió la pena explicar claramente el punto de su obra.

 

Después de ser liberado del campamento de prisioneros, Wittgenstein trató sin éxito de publicar su libro. No quería permitir ningún cambio en el texto para hacerlo más fácil de leer. Por esa razón, los editores no veían claro cómo podrían recuperar los gastos de producción. Esto sólo sería posible si se pudiera vender el libro en cantidades suficientes, y en todo caso no era probable que el libro fuera popular.

 

Regresó a Viena para visitar a su familia, a fin de renunciar a su herencia. Después de la guerra era tal vez el hombre más rico de toda Europa, teniendo una fortuna de más de trescientos millones de coronas. Renunció a ésta en favor de sus hermanas, de tal manera que fuera imposible que la recuperara. Su contador describió su acción como "suicidio financiero." Pero él insistió, porque quería vivir libre de cargos mundanos lo más posible. Siempre después en su vida padeció escasez de dinero, pero nunca aceptó nada de su familia. Cuando recibió ayuda de sus amigos, era siempre algo por iniciativa de ellos. Nunca pidió nada que no ganó de una manera u otra.

 

La guerra lo cambió mucho. Sufrió dificultades mentales, y experimentó a veces una depresión seria. Los problemas con la publicación de su libro agravaron sus pensamientos sombríos, pero al fin fue publicado, simultáneamente en Inglaterra y Alemania.

 

Después de la publicación del Tractatus (1921), interrumpió su actividad filosófica, ejerció en varios poblados la profesión de maestro rural. Después de varios intentos abandonó definitivamente la idea de enseñar a niños. Debía ser un profesor irascible e impaciente, que exigía a sus alumnos tanto como a sí mismo. El caso es que en la primavera de 1926, un incidente con un alumno y una posterior acusación contra su estilo de enseñanza y sus castigos le llevó a dimitir de su puesto creándole un estado de inseguridad y un sentimiento moral de fracaso. Definitivamente se consideraba no apto para la profesión. Incluso antes de su dimisión formal, ya tenía un empleo como jardinero en el monasterio de los hermanos de la Caridad en Hütteldorf, un suburbio de Viena, lo que demuestra que llevaba tiempo considerando su incapacidad como maestro. Se informa sobre la posibilidad de incorporarse como monje, pero el abad logra disuadirlo de tomar esa decisión.

 

En 1926 regresó a Viena y restableció relaciones amables con sus familiares, con quienes no había tenido mucho contacto desde 1913, cuando murió su padre. Como ya no tenía una profesión propia, entró en un arreglo con un amigo que conoció durante la guerra, el arquitecto Paul Engelmann. Lo ayudaría en el diseño y construcción de una casa para Margarethe, su hermana, que se había casado con el inglés Thomas Stoneborough. Wittgenstein y Engelmann eran amigos muy íntimos—Engelmann era uno entre pocos que entendió lo importante de lo que Wittgenstein había escrito en el Tractatus. En una carta a Ludwig von Ficker, Wittgenstein le escribió que su libro se dividía en dos partes: lo escrito, y todo lo que no había escrito, que quedaba sin expresión. Esto, dijo Wittgenstein, era la parte importante.

 

El 3 de junio de 1926, muere su madre, lo que agranda su crisis personal y moral. Dada la situación depresiva de Wittgenstein, su hermana y su amigo Paul Engelmann lo convencen definitivamente de que participe en el diseño de la mansión de Margarethe, proyecto por el que Wittgenstein había mostrado siempre interés. Conocemos también por esta época, testimonios que indican la intención de Wittgenstein de dedicarse a la arquitectura, por lo que acometer la empresa podía servir para ponerse a prueba ante esta profesión.

 

Poco a poco Wittgenstein tomó cargo del proyecto, hasta que llegó a ser jefe. Esto no lo causó a Engelmann ningún problema. Se conformó totalmente con todas las decisiones de diseño que Wittgenstein hizo. Éste exigía que todos los detalles se llevaran a cabo con cuidado y exactitud. Los diseños de las aldabas y cerraduras eran tan importantes como los de los rasgos estructurales de la casa. El resultado era una casa distinta de diseño, sin adorno alguno. Es curioso que después de la segunda guerra mundial la casa fuera usada como caballeriza, por los Rusos, que ocuparon Viena hasta 1955. Ahora, muy modificada, es una parte de la embajada búlgara.

 

Así, entre 1926 y 1928, Ludwig Wittgenstein, el filósofo, toma funciones de arquitecto y diseña y construye la mansión, conocida como la Kundmanngasse, que su hermana, Lady Margarethe Stonborough-Wittgenstein, decidió edificar en Viena. En principio, la casa parece un ejemplo de arquitectura moderna temprana; pero, según los expertos, una mirada atenta revela que el diseño y muchos detalles de su construcción son tan únicos dentro del contexto de la arquitectura de comienzos del siglo XX como la propia filosofía wittgensteiniana.

 

Su hermana Hermine relata este proceso en sus Familienerinnerungen (Recuerdos de familia):

                                                                                                                                     

"Ludwig diseñó cada ventana y puerta, cada cierre de ventana y radiador, con tal cuidado y atención al detalle como si fueran instrumentos de precisión, y a la vez de forma sumamente elegante. Y entonces, con su incansable energía, se aseguraba que todo se realizara con el mismo meticuloso cuidado. Todavía puedo escuchar al cerrajero preguntándole, respecto a una cerradura, "Dígame Señor Ingeniero, ¿es tan importante un milímetro aquí o allá?" Incluso antes de que terminara de hablar, Ludwig contestó tan alto y vigorosamente "¡Sí!" que el hombre casi salta del susto. En verdad, Ludwig tenía tal sensibilidad para las proporciones que a menudo medio milímetro era importante."

 

Realizó muchas modificaciones a los planes iniciales, que no tienen un carácter funcional sino más bien estético. Wittgenstein, sin mucha preocupación por la fachada exterior, luchó por mantener una simetría interior. Se vio así en ocasiones obligado, por ejemplo, a engordar muros para lograr esta simetría interior, lo que naturalmente conlleva una pérdida de espacio.

 

De todas formas, quizá lo más sobresaliente fue la precisión y el rigor matemático con el que se realizó toda la construcción, consecuencia de lo cual fue el costo final que alcanzó cifras astronómicas.

 

Durante este período recobró otra vez sus contactos con el mundo de la filosofía. En aquel tiempo, Moritz Schlick, catedrático de filosofía en la Universidad de Viena, buscó conocer a Wittgenstein. Había leído el Tractatus, y lo había impresionado mucho. Schlick había reunido alrededor de sí algunos estudiantes universitarios que tenían intereses semejantes, y que más tarde formaron el círculo de Viena. Entre ellos estaban Rudolph Carnap, Friedrich Waismann, Herbert Feigl y Kurt Gödel. Al fin, por medio de su hermana Margarethe, Wittgenstein y Schlick se encontraron. En esa época hace escultura en el estudio de su amigo Drobil.

 

Durante los años 1925-28 Wittgenstein se quedó en Viena, salvo una visita breve a Inglaterra en 1925. Tenía muchas discusiones con Schlick y sus colaboradores, a veces sobre la filosofía, a veces sobre la poesía. Parecía siempre más claro que los pensamientos de Wittgenstein y los de los demás miembros del grupo no se acoplaban. Ellos habían pasado por alto el elemento místico de sus escritos. Por eso, habían creído que sus actitudes acerca de la metafísica y la religión eran hostiles, como las de ellos. Era una equivocación grande.

 

Durante aquellos años Wittgenstein llegó a creer que podía hacer otra vez buen trabajo en la filosofía. En 1929 regresó a Cambridge, pensando en conseguir una beca del Trinity College. Pero necesitaba tener el grado de doctor; lo pudo conseguir, haciendo constar los antecedentes de su residencia estudiantil anterior y presentando el Tractatus como tesis. Era cómico que un filósofo de gran reputación como Wittgenstein tuviera que someterse a exámenes. Los sinodales fueron G. E. Moore (con entusiasmo) y Bertrand Russell (de mala gana). Claro que salió bien. Al salir de la sala de exámenes Wittgenstein los palmeó y les dijo, "No se preocupen. Sé que nunca van a entenderlo."

 

Inmediatamente después del examen, Wittgenstein pidió una beca del Trinity. Su proyecto fue recomendado por Russell y Moore, y los Consejeros Universitarios lo aceptaron. Así comenzó una carrera académica en Cambridge que duró más o menos 17 años. Durante estos años tuvo lugar una revolución en la filosofía, que cambió para siempre el rostro de nuestro personaje.

 

Para renovar su beca tuvo que presentar al College dos trabajos: Observaciones filosóficas y Gramática filosófica. Que fueron  evaluados por Bertrand Russell como "muy importantes". Pero Russell añadió, en forma privada, que dudaba de su veracidad, si esto fuera verdad, dijo, tendría consecuencias muy serias para la filosofía. En aquel entonces comenzó a hacerse una gran distancia intelectual entre los que en otro tiempo fueran colaboradores y amigos.

 

Su modo de enseñar filosofía era original: sin papeles ni apuntes, con una asombrosa concentración mental, ante un auditorio atento y selecto del que salieron representantes eminentes de la filosofía analítica, pensaba y repensaba las cuestiones en permanente diálogo con sus alumnos en un vivo diálogo socrático: vale más buscar que hallar.

 

En Octubre de 1930, cuando estaba trabajando con mucho esfuerzo sobre el problema del conocimiento, le cayó en mente la idea de que no era posible hablar de la experiencia, excepto por medio de un idioma público; o sea, el lenguaje de la experiencia se aprendió por medio de la misma enseñanza, por medio de que se aprendieron las palabras del mundo de cada día: el mundo de mesas, sillas, animales, casas, etc. Puede ser que la experiencia sea privada, pero toda la gente puede entender el idioma con que se describe. Por eso, las palabras no pueden referirse a ningún objeto privado, o no podríamos entenderlas.

 

Esta revelación lo llevó a criticar el método de su libro previo. Llegó a ver muchos de sus pensamientos anteriores como equivocaciones típicas de lo que describía como la enfermedad de la filosofía. El propósito de la filosofía quedaba en lo mismo —resolver las confusiones— pero la técnica había cambiado a fondo. Por contraste con el Tractatus, ahora rechazaba la pretensión que hubiera una forma general de la proposición. El idioma tomaba varias formas, de hecho innumerables, y los usos del idioma eran no menos complicados que los tipos de comportamiento humano.

 

Poco a poco va transitando su pensamiento desde las proposiciones del Tractatus a las de la Investigaciones Filosóficas. Es ahora cuando aparece por primera vez el concepto del lenguaje como un instrumento que puede ser usado de varios modos: Las palabras son como manivelas, que hacen posibles diversas operaciones; es como decir que un bastón, puede ser usado como palanca; solamente el uso, el modo de usarlo, lo hace ser palanca.

 

En el año 1930, Wittgenstein dio conferencias de filosofía en la Universidad Cambridge. Al principio tuvieron lugar en una sala grande, pero casi inmediatamente el sitio se cambió a los cuartos de un amigo de Wittgenstein, y siempre después las conferencias así como las discusiones que las acompañaban tenían lugar o en aquellos cuartos o en los de él mismo.

 

Típicamente asistían entre 15 y 20 personas, amigos, uno que otro profesor, estudiantes de investigación extranjeros y alumnos. El cuarto estaba amueblado de manera sencilla —sillas simples, un sillón (ocupado siempre por G. E. Moore, únicamente a él se le permitía fumar), una mesita cubierta de papeles. Wittgenstein hablaba sin apuntes, pero sus presentaciones estaban siempre bien preparadas. Caminaba alrededor del cuarto con viveza, gesticulando fuertemente, a veces parando de repente en silencio, al parecer luchando para esclarecer su pensamiento. De vez en cuando se sentaba unos minutos en silencio, fijando la vista en la mano, o murmurando "¡Qué estúpido soy!" Muchas veces pedía ayuda de su auditorio. Un estudiante dijo una vez después de una de esas conferencias, "Nunca antes había visto pensar a una persona."

 

Dijo de su método de enseñanza: "Cuando enseño  filosofía, me comparo con un guía que está mostrándoles como pasear alrededor de Londres. Tengo que conducirlos del norte al sur, del oriente al poniente... Después de que los había conducido muchas veces por la ciudad, por varios rumbos, habríamos pasado por alguna calle específica un sinnúmero de veces, cada vez como parte de un paseo diferente. Al fin y al cabo van a conocer Londres." Describía la situación de enseñar filosofía como si hubiera un hombre en un cuarto, frente a una pared en que varias puertas falsas están pintadas.  El hombre quiere salir, trata de abrirlas, pero ve que eso no sirve. Mientras tanto, aunque no se da cuenta, hay una puerta verdadera detrás de él. Necesita sólo volverse y abrirla. Para ayudarlo a salir del cuarto, necesitamos convencerlo de mirar en otra dirección. Pero eso es difícil, porque resiste nuestros esfuerzos; cree que sabe donde está la salida.

 

A Wittgenstein no le gustaba la filosofía académica, y animaba a sus estudiantes a que no ejercieran la filosofía como una carrera. Mejor fuera que se dedicaran a un trabajo honesto, como médicos, obreros o plomeros. No obstante, quería que siguieran pensando en las preguntas importantes de la filosofía. Para él estas preguntas eran una pasión que lo obsesionaba y que no le permitía dejarlas. Odiaba también a Cambridge, que le parecía corrupta y superficial. En general, su actitud hacia el mundo moderno era pesimista. Percibía por todos lados decepción, falsedad y violencia, mientras que él valoraba la honradez, la lealtad, y la amistad. Se sentía de otro planeta.

 

En el año 1935, se le acabó a Wittgenstein la beca de Trinity College, y pensó en poner casa en la Unión Soviética. Visitó el país con un amigo y le gustó el lugar. Pero no pudo conseguir permiso de emigrante, porque no tenía ninguna profesión útil, los rusos no lo aceptaron. Por lo tanto, se quedó en Cambridge el curso 1935-36. Pasó el año siguiente solo en su casita en Noruega. Allí finalizó lo que ahora constituye los primeros 188 párrafos de Philosophische Untersuchungen (Investigaciones Filosóficas). Ese tiempo fue muy fecundo para su trabajo.

 

En 1937 regresó a Cambridge, y en 1939 aceptó la cátedra de Ciencias Morales de la Universidad, que G. E. Moore había ocupado antes que él. Esta es una historia interesante. En 1938 sucedió el Anschluß (Anexión), la unión forzada entre Austria y Alemania, creando Alemania Mayor. Por eso, Wittgenstein perdería su pasaporte austriaco. Habría pasado a ser ciudadano de Alemania si no lograba a ser súbdito británico. Wittgenstein no quería ser alemán (de la Alemania nazi). Pero en aquel tiempo muchos refugiados austriacos querían entrar Inglaterra, y dicho país no estaba aceptándolos. Tendría mayor posibilidades de éxito en ganar ciudadanía británica si tuviera un puesto universitario. Por lo tanto, cuando se ofreció la cátedra, la aceptó de inmediato. Habría sido imposible que el gobierno británico hubiera rechazado al profesor de las Ciencias Morales de la Universidad Cambridge. Así que casi por casualidad fue que Wittgenstein se quedó en Cambridge. Si no, la historia de la filosofía  del siglo XX hubiera sido muy diferente.

 

Antes de que tomara posesión de su cargo, estalló la segunda guerra mundial. Wittgenstein no podía soportar quedarse en Cambridge, con su atmósfera de irrealidad y esterilidad, mientras que la nación estaba luchando por su sobrevivencia. Se ausentó de la Universidad y se puso a trabajar como asistente de hospital en Guys, en Londres durante los bombardeos, y después fue asistente de investigaciones médicas en Newcastle. En Newcastle, propuso algunas innovaciones técnicas que fueron útiles en su tiempo. De vez en cuando había pensado en ser médico, y el trabajo que hacía, le daba mucha satisfacción. Hizo algunos amigos en el Guys, con quienes mantuvo correspondencia hasta que murió.

 

Después de dos años de ausencia, regresó a Cambridge, en donde se quedó hasta  mediados de 1947.

 

Wittgenstein renunció su puesto como catedrático de las Ciencias Morales en la Universidad de Cambridge en el año 1947. Dio sus últimas conferencias en la primavera de aquel año, y después obtuvo licencia hasta que terminó el año. Se le había hecho más y más claro que su influencia no les era grata a sus alumnos. Había crecido entre ellos un espíritu partidario que no permitía el desarrollo de mentes abiertas, y ocasionaban a veces discusiones bizantinas sin que entendieran bien lo que estaban diciendo. Su personalidad era tan fuerte que era inevitable que algo de este tipo pasara. Esto le daba mucha pena.

 

Había ahorrado suficiente dinero para vivir sencillamente por algunos años sin que necesitara ingresos. Viajó a Irlanda donde vivía un amigo íntimo que fue su alumno, el médico M. O'C. Drury. Drury era psiquiatra, jefe de una clínica en Dublín. Arregló que Wittgenstein alquilara una casita en el oeste del país, en la costa más aislada. En este atmósfera de soledad trató de trabajar, y produjo con mucha dificultad lo que conocemos ahora como la segunda parte de las Philosophische Untersuchungen (Investigaciones Filosóficas). Su salud estaba empeorando en aquel tiempo, y algunas veces necesitó cambiar de domicilio. Cuando vivió en la costa, decían que podía amansar a las aves, dándoles de comer de su propia mano.

 

En 1949 visitó a Norman Malcolm en la Universidad de Cornell. Ahí conoció a Oets Bouwsma, Max Black, y otros importantes filósofos norteamericanos. Cuando regresó a Inglaterra, se descubrió que tenía cáncer. En el 1950 vivió con amigos en Cambridge y Oxford, ya no podía trabajar mucho. A  finales de 1950 visitó otra vez su casita en Noruega, y consideró la posibilidad de quedarse permanentemente. Pero su salud seguía empeorando, y tuvo que abandonar sus planes y regresar a Cambridge. Era claro que estaba a punto de morir, fue invitado por su médico a vivir con él y con su familia. En los últimos dos meses de su vida trabajó intensamente, y produjo pensamientos sobre la certidumbre comparables a los mejores de su vida. Siguió  trabajando hasta dos días antes de morir. Murió el 29 de abril de 1951, habiendo cumplido 62 años. Antes de que perdiera el conocimiento, dijo a los amigos reunidos alrededor de su cama, "Digan que he tenido una vida maravillosa."

 

Wittgenstein no era un hombre religioso en el sentido ordinario, pero tenía una fuerte sensibilidad religiosa. Después de una dura discusión entre sus amigos, fue sepultado según el rito de la iglesia católica. No obstante, ellos se preguntarían siempre, si habían hecho lo correcto.

 


LA OBRA DE LUDWIG WITTGENSTEIN 

 

La obra de Wittgenstein no puede disociarse de su vida y de su inteligencia, ni éstas de su tiempo. Es la expresión de un filósofo metido en las contradicciones de una época, del imperio en el que nació y de su cultura.

                                          

Su vida transcurre en el período, quizá, más convulso del ya por sí revolucionado siglo XX. Desde el año en que nació, 1889, hasta el año en que murió, 1951, se desmoronan los grandes imperios europeos, se subvierte el orden social con la Revolución Rusa, y luego la reacción nazi fascista. Dos guerras mundiales y el surgimiento fulgurante de una nueva potencia: Estados Unidos. Cambios en las costumbres, la moral, el arte, la política... Nada queda por modificar y Wittgenstein se ocupa, sin pretenderlo deliberadamente, que la revisión llegue hasta el propio sentido de la filosofía. 

 

La manera de trabajar de Wittgenstein era muy peculiar. Sus reflexiones están dispersas, tomadas en apuntes de clase por sus alumnos (a los que no daba ninguna importancia ni corregía, ya que no los tomaba como textos definitivos) y en libros publicados póstumamente con los escritos que dejó a sus albaceas. Resulta una obra cuyo conocimiento es más propio de un historiador que de un filósofo. Apuntes manuscritos, dactilografiados, escritos en diversidad de papeles y con correcciones de diferentes épocas.

 

Se conocen un poco más de 20 libros de su autoría, los investigadores están de acuerdo en que los pilares representativos de su trabajo filosófico son el "Tractatus logico-philosophicus" e "Investigaciones Filosóficas", pero Wittgenstein publicó sólo dos libros en vida: El Tractatus y un diccionario gramatical escolar, y aun cuando preparó como una unidad gran parte de Investigaciones Filosóficas, éste fue terminado y publicado póstumamente, todo lo demás resulta del trabajo de sus alumnos, albaceas y amigos. Una labor importante, pero tan dispersa como si un fuerte viento hubiera hecho volar todos sus papeles por la Europa de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, y a pesar de estas dificultades, sigue siendo leído y discutido.

 

El texto más antiguo que se conserva de Wittgenstein es de 1913. Son unas notas dictadas a un estenógrafo, con posterioridad a su primer viaje a Noruega con su amigo David Pinsent. El texto "Notes on Logic" (Notas sobre Lógica) fue corregido por él y por B. Russell. Luego vuelve a Noruega y desde el 29 de marzo al 14 de abril de 1914 lo visita su profesor Moore, al que le dicta un texto luego conocido como "Notes dictated to Moore" (Notas dictadas a Moore). El segundo texto de Wittgenstein.

 

Este texto pudo ser el que permitiera al filósofo obtener el título de Bachelor of Arts (Bachiller en Artes) por la Universidad de Cambridge. Pero Wittgenstein se negó a escribir una introducción al trabajo y a agregarle el usual aparato de notas y bibliografía. Como Moore le dijera, por carta, que estos requisitos eran ineludibles, Wittgenstein se encolerizó y mandó a sus colegas al infierno. El resultado fue que no consiguió el título y que Moore, muy molesto con Wittgenstein, interrumpiera la relación por largo tiempo.

 

Su pensamiento, aunque amante de la sencillez requiere un buen esfuerzo de comprensión. Abomina del lenguaje técnico que usa el filósofo para "vestir" al Rey desnudo; usa ejemplos continuamente para no alejarse de la vida, pero la inevitable complejidad del tema lo convierte, a pesar suyo, en un escritor abstruso, que inspira respeto o temor al no iniciado.

 

"He anotado todos estos pensamientos como observaciones, en párrafos cortos, de los que, en algunos casos, hay una cadena bastante larga sobre un mismo tema, mientras que en otros paso repentinamente de un tema a otro. Al principio, tenía la intención de reunirlo todo en un libro cuya forma me imaginé de manera diferente en distintos momentos. Pero lo esencial era que los pensamientos procedieran de un tema a otro en un orden natural y sin interrupciones.

 

Tras varios intentos fallidos para amalgamar mis resultados en dicho conjunto, me di cuenta de que no lo lograría nunca. Lo mejor que podía escribir nunca dejaría de ser más que observaciones filosóficas; mis pensamientos se paralizaban pronto cuando intento forzarlos en una única dirección en contra de su inclinación natural. Y por supuesto, ello tenía que ver con la naturaleza de la investigación. Esto nos fuerza a viajar por un amplio campo de pensamientos entrecruzados en todas las direcciones. 

Las observaciones filosóficas de esta obra son como diversos esbozos de paisajes hechos en el curso de esos largos y comprometidos viajes. 

 

Se abordan una y otra vez, desde distintas direcciones, los mismos puntos y otros casi iguales haciendo cada vez nuevos esbozos. Muchos de ellos fueron mal dibujados o eran poco característicos, con todos los defectos de un mal dibujante. Tras rechazarlos, quedaban unos cuantos tolerables, que ahora tenían que ordenarse, y a veces cortarse, de modo que si uno los miraba, podía obtener una imagen del paisaje. Así que, en realidad, este libro no es más que un álbum." (Prefacio de Wittgenstein: en Investigaciones Filosóficas) 

 

El legado escrito de Wittgenstein puede hacer encanecer al investigador más curtido. Hay observaciones y observaciones de observaciones (destinadas al consumo personal) que no tienen fecha ni señales claras de adonde pertenecen y por donde prosiguen. Sin embargo no se debe deducir de ello que Wittgenstein era caótico, sino que (un poco a la manera de Husserl) repensaba críticamente todo lo que decía. De ahí que al enfrentarse con su propio pensamiento lo sometiera al mismo proceso que si fuera el producto de una obra ajena.

 

En cierta forma la manera de trabajar de Wittgenstein no es privativa de su genio, sino que se extiende a muchos investigadores y pensadores anónimos que pugnan por registrar sus observaciones mientras se van desplegando en conjuntos de complejidad creciente. Llega un momento que el estudioso se bloquea (si mira hacia atrás, y trata de reconstruir el proceso que lo ha llevado a cierta conclusión). El problema no está en el movimiento de su pensamiento, sino en la manera de registrarlo. 

 

Hasta ahora, fuera de las notas (que se agregan a otras) formando jerarquías y entramados, no había forma de ampliar los límites inherentes al carácter secuencial de la escritura. Sin embargo, gracias a la tecnología informática y a su desarrollo en el hipertexto, ya es posible generar "mapas" conceptuales que crecen, en todas direcciones y en diferentes niveles, y que pueden ser rehechos parcialmente sin afectar la claridad del conjunto.  

 

Rand J. Spiro, trabajando con varios equipos de colaboradores, ha desarrollado uno de los modelos más convincentes hasta la fecha de hipertexto didáctico y del tipo de aprendizaje que pretende conseguir. Inspirándose en Philosophical Investigations (Investigaciones Filosóficas) de Ludwig Wittgenstein, Spiro y sus colabores sugieren que la mejor forma de abordar los problemas pedagógicos complejos (...) consiste en acercarse a ellos como si fuesen paisajes desconocidos.   

 

En estas páginas incluimos, entre otros, fragmentos de los dos textos principales de Wittgenstein, uno del Tractatus y otro de las Investigaciones Filosóficas. El Tractatus y las Investigaciones Filosóficas están escritos en aforismos; un estilo personal ajeno al positivismo lógico. El aforismo es una dimensión figurativa del pensamiento: una vez dicho, ya no hay más que hablar, no hay más que decir. Ni una palabra más —dice José Bergamín—: el aforismo es perfecto. Desde esta perspectiva, el aforismo es inconmensurable. No importa que sea cierto o incierto: lo que importa es que sea certero.

 

El texto sacado del Tractatus Logico-Philosophicus se compone en realidad de varios fragmentos. El primero recoge la tesis ontológica básica de esta obra: el mundo consta de todos los hechos y éstos son causales, carecen de necesidad. El segundo plantea la adecuación e inadecuación entre los signos y los símbolos. El tercer fragmento trata del análisis lógico del lenguaje y de su relación con el mundo. En el cuarto, finalmente, se delimitan los ámbitos (ética, estética, religión...) de los que no se puede decir nada con sentido, para concluir con su famosa afirmación: "De lo que no se puede hablar, más vale guardar silencio".

 

El Tractatus está organizado por medio de un sistema numérico en diversas partes estructuradas, según un sistema de matrices basado en el número siete, haciendo una lectura por renglones o por columnas se puede ver cómo cada observación sustenta a las demás y viceversa, las observaciones están ordenadas de la manera siguiente:

 

 

 

a

b

c

d

e

f

g

I

1.1

1.2

2

2.1

2.2

3

3.1

II

2.1

2.2

3

3.1

3.2

3.3

3.4

III

3

3.1

3.2

3.3

3.4

3.5

4

IV

3.2

3.3

3.4

3.5

4

4.1

4.2

V

4

4.1

4.2

4.3

4.4

4.5

5

VI

5

5.1

5.2

5.3

5.4

5.5

5.6

VII

5.6

6

6.1

6.2

6.3

6.4

6.5

 

 

El prólogo de Wittgenstein al Tractatus es un buen resumen de la obra, dice lo siguiente: "Posiblemente sólo entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos. No es, pues, un manual. Su objetivo quedaría alcanzado si procura deleite a quien, comprendiéndolo, lo leyera. El libro trata los problemas filosóficos y muestra –según creo– que el planteamiento de estos problemas descansa en la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Cabría acaso resumir el sentido entero del libro en las palabras: lo que puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar. El libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar, sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de este límite (tendríamos, en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable). Así pues, el límite sólo podrá ser trazado en el lenguaje, y lo que reside más allá del límite será simplemente absurdo. En qué medida coincida mi empeño con el de otros filósofos es cosa que no quiero juzgar. Lo que aquí he escrito, ciertamente, no aspira en particular a novedad alguna; razón por la que, igualmente, no aduzco fuentes: me es indiferente si lo que he pensado ha sido o no pensado antes por otro. Quiero mencionar simplemente que debo a las grandes obras de Frege y a los trabajos de mi amigo Bertrand Russell buena parte de la incitación a mis pensamientos. Si este trabajo tiene algún valor, lo tiene en un doble sentido. Primero, por venir expresados en él pensamientos, y este valor será tanto más grande cuanto mejor expresados estén dichos pensamientos. Cuanto más se haya dado en el clavo. En este punto soy consciente de haber quedado muy por debajo de lo posible. Sencillamente porque para consumar la tarea mi fuerza es demasiado escasa. Otros vendrán, espero, que lo hagan mejor. La verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Y, si no me equivoco en ello, el valor de este trabajo se cifra, en segundo lugar, en haber mostrado cuán poco se ha hecho con haber resuelto estos problemas".

 

Bertrand Russell en el apéndice de la primera edición del Tractatus dice: "El Tractatus lógico-philosophicus del profesor Wittgenstein intenta, consígalo o no, llegar a la verdad última en las materias de que trata, y merece por su intento, objeto y profundidad que se le considere un acontecimiento de suma importancia en el mundo filosófico. Partiendo de los principios del simbolismo y de las relaciones necesarias entre las palabras y las cosas en cualquier lenguaje, aplica el resultado de esta investigación a las varias ramas de la filosofía tradicional, mostrando en cada caso cómo la filosofía tradicional y las soluciones tradicionales proceden de la ignorancia de los principios del simbolismo y del mal uso del lenguaje."

 

De las Investigaciones Filosóficas, por su parte, se propone aquí un fragmento en el que Wittgenstein critica primero su anterior concepción del lenguaje para pasar, a continuación, a presentar algunos aspectos de su nueva idea de la filosofía. Según su nueva concepción, la tarea de la filosofía no consiste en corregir el uso ordinario del lenguaje, sino en comprender su funcionamiento de forma adecuada, lo que resolverá por disolución los problemas filosóficos tradicionales.

 

En su libro My Philosophical Development (1959), Bertrand Russell lanzó una crítica encarnizada contra las Investigaciones Filosóficas: "Esta obra es completamente ininteligible. Sus teorías positivas me parecen insignificantes y las negativas sin fundamento. No vi en las Investigaciones Filosóficas nada que me parezca interesante y no entiendo por qué toda una escuela encuentra una gran sabiduría en las páginas de este libro". Russell, el principal promotor del Tractatus, rechazaba la idea de que el mundo del lenguaje estuviese separado del mundo de los hechos; estaba convencido de que esa intuición convertía a la actividad filosófica en una simple trivialidad: "En el mejor de los casos será una ayuda lexicográfica y en el peor un juego social sin importancia".

 

Tanto en el Tractatus como en las Investigaciones Filosóficas Wittgenstein contrapone dos conceptos de filosofía.

 

LA FILOSOFÍA TERAPÉUTICA

 

Para esclarecer las características y función de la filosofía terapéutica, Wittgenstein procede nuevamente en esta ocasión -como lo hiciera en el Tractatus- a contraponerla con la filosofía dogmática que se presenta, en las Investigaciones Filosóficas bajo la metáfora de la enfermedad. Se trata de precisar la peculiar patología filosófica que aproxima a los hombres a moscas encerradas en una botella, que aletean sin cesar mientras buscan infructuosamente una salida. Cautivos en la jaula que el lenguaje construye para nosotros, los filósofos parecen condenados a transitar una y otra vez los mismos significados, inevitablemente:

                                   

Una figura nos tuvo cautivos. Y no podíamos salir pues reside en nuestro lenguaje y éste parece repetírnosla inexorablemente.

 

Esta enfermedad filosófica radica en un cierto uso ilegítimo del lenguaje. Para descubrirlo Wittgenstein acepta el desafío de recorrer hasta sus últimas consecuencias los caminos por los que nos conducen los temas principales de la filosofía dogmática, para mostrarnos las trampas que nos tienden con su condición aporética. Estas aporías se producen cuando el lenguaje "hace fiestas", es decir, cuando sale de vacaciones: "Los problemas que nos ocupan surgen cuando el lenguaje marcha en el vacío, no cuando trabaja". Porque la filosofía tradicional despoja a las palabras de aquello que les da vida: sus usos cotidianos y las situaciones concretas en las que estos usos se efectivizan. Persiguiendo esencias, conceptos puros, procesos inmateriales y fundamentaciones últimas, los filósofos sólo han logrado crear un reino de fantasmas. Lo grave es que su perversión nos seduce y fascina al punto de convertirnos en enfermos complacidos que se resisten a la cura, entre otros motivos para conservar el privilegio ganado en años: el sitio de honor reservado para la Verdad y el Saber absolutos. Porque si bien se presenta bajo la máscara de la pura y desinteresada teoría, lo cierto es que el discurso de la filosofía tradicional ocupa un lugar de poder en nuestra sociedad. Desde allí produce efectos innegables, garantizando el sistema de creencias establecidas y las prácticas sociales que a ellas le corresponden. Al enmascarar la relación existente entre nuestras prácticas y nuestros conceptos empobrece en forma alarmante nuestra capacidad de acción. El discurso filosófico oculta de modo deliberado sus condicionamientos y el modo de funcionamiento de sus conceptos, aislándose en un pretendido reino de universalidad y objetividad absolutas. Pero la consecuencia inevitable de este aislamiento del lenguaje es que queda sin contención su poder de crear ídolos. "En nuestro lenguaje hay anclada toda una filosofía", afirma Wittgenstein, al tiempo que nos muestra como, ya desde el más puro y formal nivel sintáctico, el lenguaje nos obliga a pensar en términos de sustancia, sujeto, causa, fundamento... El privilegio de la práctica filosófica, tal como la conocemos se asienta en supersticiones y prejuicios, y es necesario reconocerlos primero, para poder luego pasar a desactivarlos.

 

La filosofía terapéutica se construye como un peculiar trabajo de estudio y crítica del lenguaje. Porque si en el lenguaje reside la causa de la enfermedad de la filosofía dogmática, en el lenguaje se encuentra también la clave para su cura. La alternativa es dirigir otra vez nuestra mirada hacia el lenguaje, pero ahora desde una diferente perspectiva. Por esto, la modalidad de esta tarea no es ya la propia de análisis filosófico. No se trata de descubrir la inmutable forma lógica de nuestras proposiciones o construir lenguajes artificiales que excluyan toda vaguedad y ambigüedad a través de las rígidas reglamentaciones de sus leyes lógicas. Wittgenstein tiene claro que no aspira a un ideal, porque nuestro lenguaje "está en orden así como está".

 

Aceptar esto no es fácil, porque grande es la fascinación que ejerce en nosotros el ideal de la perfección e inmutabilidad. Ideal al que difícilmente se adecuan las cosas y las palabras que cotidianamente manejamos:

 

Cuanto más cerca examinamos el lenguaje efectivo, más grande se vuelve el conflicto entre él y nuestra exigencia. (La pureza cristalina de la lógica no me era dada como resultado: sino que era una exigencia). El conflicto se vuelve insoportable, la exigencia amenaza ahora convertirse en algo vacío- Vamos a parar a terreno helado donde falta la fricción y así las condiciones son en cierto sentido ideales, pero también por eso no podemos avanzar. Queremos avanzar, por ello necesitamos la fricción. Deseamos volver al terreno áspero.

 

Y es precisamente describiendo nuestros cotidianos usos del lenguaje como regresamos al suelo áspero de la práctica lingüística cotidiana. La filosofía terapéutica se aplica como estudio y crítica del lenguaje, pero no guiada por las exigencias de la lógica, sino por la constatación de las peculiaridades del lenguaje que de hecho tenemos. A esta práctica filosófica Wittgenstein reconoce una tarea importante: retrotraer las palabras del lenguaje filosófico que gira en el vacío de lo pretendidos significados puros a las situaciones concretas en las que comúnmente son utilizadas.

 

Queda claro que la filosofía terapéutica no se presenta como teoría sino como pura actividad. Esta actividad tiene en un primer momento un objetivo crítico: la destrucción de las ilusiones filosóficas mediante una adecuada descripción o relevamiento de nuestras formas habituales de hablar. Pero esta descripción debe efectuarse de modo tal que existan relaciones entre nuestros usos de las palabras y la praxis en las que están ancladas, esto es, la red de relaciones institucionales de poder en torno a la cual se articula la forma de vida que constituye ese significado.

 

A partir de aquí es posible distinguir distintos momentos en la práctica de crítica del lenguaje denominada por Wittgenstein "filosofía terapéutica". Cada uno de ellos, lejos de resolverse en una identidad acabada, se construye a partir de superposición de métodos diversos en los que sin embargo es posible reconocer un cierto aire de familia. Este aire de familia se hace explícito en el nombre con que Wittgenstein bautiza a su modo peculiar de entender la actividad positiva de la filosofía: "No hay un único método en filosofía, si bien hay realmente métodos, como diferentes terapias". El primer momento, que podríamos llamar crítico o deconstructivo, se articula a su vez en dos etapas: La primera, orientada a señalar e identificar la enfermedad característica de la filosofía, nos sensibiliza en el reconocimiento de las trampas en las que nos encierran sus temas principales -la sobredimensión del juego nominativo del lenguaje, la búsqueda de esencias, la asimilación de la comprensión y el significado a estados o procesos mentales, la ilusión de la viabilidad de fundamentaciones últimas e instancias metacríticas-:

 

El lenguaje ha preparado las mismas trampas para todos, la inmensa red de caminos equivocados transitables. Y así vemos como uno tras otro los hombres siguen los mismos caminos y sabemos dónde van a doblar, dónde seguirán derecho sin ver la desviación. Así, pues, se debería poner señales en todos los lugares de los que parten caminos equivocados, para ayudar a pasar los puntos peligrosos.

 

La segunda, que precisamente se apoya en la posibilidad de sortear estas trampas, consiste en el reconocimiento y afirmación del carácter histórico del discurso filosófico, de la contingencia de sus conceptos y problemas, de su solidaridad con las formas de vida con las que se entrelaza. Aspectos que los filósofos se empeñaron en ocultar durante siglos a través de artilugios destinados a operar la "sustracción del discurso filosófico al condicionamiento". Para esto Wittgenstein recurre a diversos métodos terapéuticos. Por ejemplo, ejercitarse en imaginar el transcurso histórico de la evolución de nuestros pensamientos de modo distinto a como efectivamente aconteció. O también, inventar juegos de lenguaje y formas de vida alternativas, correspondientes a tribus lejanas y exóticas, diferentes a todas las conocidas. De este modo nos acercamos al segundo momento de la filosofía terapéutica, que se construye sobre la base de minuciosas descripciones de nuestros juegos de lenguaje cotidianos. Se trata de "compilar recuerdos para una finalidad determinada". Ocurre, sin embargo, que tan pronto como desplegamos esta finalidad advertimos en toda su extensión los aspectos pedagógicos que de algún modo se insinuaban ya en los momentos anteriores de la filosofía terapéutica.

 

En efecto, en el primer momento se desarrollan instrumentos para lograr un cambio en la mirada propia y ajena que nos permita liberarnos de las trampas del lenguaje filosófico. A través de la descripción de los usos ilegítimos -es decir "desarraigados"- a veces levemente exagerados con el objetivo de enfatizar la disfuncionalidad, el lector o discípulo puede reconocer las dificultades y deformaciones y proceder a corregirlas, reconduciendo las palabras de su empleo metafísico a su empleo cotidiano. Pero debe apresarlas profundamente, "arrancarlas de raíz" para poder empezar así un nuevo modo de pensar y por lo tanto también de ver las cosas. Por esto, en un segundo momento, solidario e indisoluble del primero, el lector o discípulo es guiado -también a través de minuciosas y pacientes descripciones- hacia la adquisición de una "visión sinóptica" que le permita abarcar la red de conexiones existentes entre nuestros juegos de lenguaje y también entre estos y las respectivas formas de vida: "El pensador se parece mucho al delineante que quiere marcar todas las conexiones".

 

Wittgenstein insiste, una y otra vez, en que el procedimiento indicado para marcar estas conexiones no es en modo alguno la explicación sino la descripción: la descripción de los usos lingüísticos. La práctica filosófica se aleja así del modelo científico. No reemplaza una teoría por otra, y por lo tanto puede dejar la sensación de que se han destruido cosas importantes y que nada deja a cambio. Pero las cosas importantes no eran sino las cadenas que nos amarraban a una equivocada concepción del lenguaje y de su relación con el mundo. Y lo que nos deja a cambio son instrumentos que nos acercan la posibilidad de trabajar sobre nosotros mismos trabajando sobre el lenguaje. Por lo tanto el cambio que opera su práctica es mucho más sutil, pero también mucho más radical, que cualquier cambio que se produzca en el nivel de los conceptos. Porque trabajando sobre la propia comprensión se transforma nuestra manera de ver las cosas, y se modifican, al mismo tiempo, nuestras expectativas. Es decir, "lo que nosotros exigimos de ellas".

 

A partir de una práctica filosófica en apariencia inocente, el propio Wittgenstein dice  "deja todo como está", es posible recuperar plenamente la capacidad de acción de los hombres. No es que Wittgenstein creyera que la filosofía terapéutica era capaz de cambiar el mundo, pero sí creía que al cambiar la dirección de nuestra mirada era la condición de posibilidad de todo cambio. La visión sinóptica no sólo nos permite revelar desajustes o defasajes entre las prácticas y los conceptos sino que nos permite identificar alternativas que permanecen ocultas bajo los efectos de poder de los discursos hegemónicos.

 

Indudablemente se trata de un aprendizaje arduo, que se actualiza a través de una experiencia personal e intransferible y que se halla orientado por el objetivo de la recuperación de la justeza de la mirada, opacada por la tan mencionada enfermedad filosófica. Ninguna explicación o transmisión de contenidos puede ayudar en esta tarea. Pero sí ayuda acompañar a los hombres señalándoles los cruces peligrosos y acercándoles instrumentos metodológicos para que puedan continuar en camino, no sin antes advertirles que nunca se llega al lugar de la Verdad o el Saber sino que se trata de una actividad constante. Porque para Wittgenstein, la filosofía en su sentido terapéutico o positivo es la permanente lucha "contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje". En los textos del llamado "último Wittgenstein -especialmente en las Investigaciones Filosóficas y en las Observaciones a los Fundamentos de la Matemática- es posible advertir una reflexión clara, aunque implícita y asistemática, sobre de estos métodos que se presentan como terapias, destinada a multiplicarlos y optimizarlos.

 

Para cumplir con las obligaciones de su beca en el Trinity College. Wittgenstein escribió dos manuscritos grandes, que ahora han sido publicados con los títulos Philosophische Bemerkungen (Observaciones filosóficas) y Philosophische Grammatik (Gramática filosófica).

 

En 1934, entre la publicación del Tractatus y la de Investigaciones Filosóficas, aparecieron dos documentos en inglés, mecanografiados, y encuadernados con envolturas de azul y café, que circularon entre los estudiantes del Trinity. Se llamaban The Blue and Brown Books (El libro azul y el libro marrón). Wittgenstein envió copias de ambos cuadernos a Russell, diciendo que no sabía si le pudieran interesar, pero que si no le interesaban, eso no importaba. En estos cuadernos fueron disparados los primeros tiros verdaderos de la propia revolución de Wittgenstein.

 

LA INFLUENCIA DE WITTGENSTEIN

 

La Filosofía Analítica, impulsada por Wittgenstein, fue un movimiento teórico aparecido en el siglo XX, dominante en Gran Bretaña y Estados Unidos desde la II Guerra Mundial, que trata de aclarar el lenguaje y analizar los conceptos expresados en él. Este movimiento ha recibido diversas designaciones, como análisis lingüístico, empirismo lógico, positivismo lógico, análisis de Cambridge y filosofía de Oxford. Los filósofos analíticos y lingüistas están de acuerdo que la actividad propia de la filosofía es aclarar el lenguaje o, como algunos prefieren, esclarecer conceptos. El objeto de esta actividad es solucionar las disputas filosóficas y resolver los problemas filosóficos, los cuales, afirman, se originan en la confusión lingüística.

 

El análisis del lenguaje como un modo de pensamiento ha continuado como una dimensión contemporánea significante en filosofía. Aunque pocos filósofos contemporáneos mantienen que todos los problemas filosóficos son lingüísticos, se sigue sosteniendo ampliamente, que para resolver problemas filosóficos se debe prestar mucha atención a la estructura lógica del lenguaje y a la utilización del lenguaje en los discursos cotidianos.

 

 


ALGUNOS FRAGMENTOS DE TEXTOS

 

En esta sección presentaremos algunos fragmentos, seleccionados, de los textos más representativos de Ludwig Wittgenstein:

 

TEXTO 1.  TRACTATUS LOGICO-PHILOSOPHICUS

 

TEXTO 2.   INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS

 

TEXTO 3.   ZETTEL (PAPELETAS)

 

TEXTO 4.   OBSERVACIONES FILOSÓFICAS

 

TEXTO 5.   SOBRE LA CERTEZA

 

 

TRACTATUS LOGICO-PHILOSOPHICUS

Varios fragmentos

Texto 1

 

1. El mundo es todo lo que acaece.

                                                       

1.1  El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.

 

1.11  El mundo está determinado por los hechos y por ser todos los hechos.

 

1.12  Porque la totalidad de los hechos determina lo que acaece y también lo que no acaece.

 

1.13  Los hechos en el espacio lógico son el mundo.

 

1.2  El mundo se divide en hechos.

 

1.21 Cualquier cosa puede acaecer o no acaecer y todo el resto permanece igual.

 

(3.32 El signo es lo perceptible en el símbolo.)

 

3.323 En el lenguaje corriente ocurre muy a menudo que la misma palabra designe de modo y manera diferentes —porque pertenece a diferentes símbolos— o que dos palabras que designan de modo y manera diferentes se usen aparentemente del mismo modo en la proposición.

 

Así, la palabra "es" se presenta como cópula, como signo de igualdad y como expresión de la existencia; "existir", como un verbo intransitivo, lo mismo que "ir"; "idéntico" como adjetivo; hablamos de algo, pero también de que algo sucede.

 

(En la proposición "Verde es verde" —donde la primera palabra es un nombre y la última un adjetivo—, estas