Universidad Abierta
Nicolás Maquiavelo
Índice de contenido
Dedicatoria de Nicolás Maquiavelo al magnifico Lorenzo de Médicis
Cap.1. De cuántos son los géneros de principados y de los modos en que se adquieren
Cap 2. De los principados hereditarios
Cap 3. De los principados mixtos
Cap 4. De las razones por las que el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores después de la muerte de Alejandro
Cap 5. Del modo en que se deben gobernar las ciudades o principados que, antes de ser ocupados, vivían con sus propias leyes
Cap 6. De los principados nuevos que se adquieren con las armas propias y con virtud
Cap 7. De los principados nuevos que se adquieren con las armas y la fortuna de otros
Cap 8. De aquellos que por maldades han llegado al principado
Cap 9. Del principado civil
Cap 10. De cómo se deben medir las fuerzas de todos los principados
Cap 11. De los principados eclesiásticos
Cap 12. De cuántos son los géneros de milicias y de los soldados mercenarios
Cap 13. De los soldados auxiliares, mixtos y propios
Cap 14. De los deberes de un príncipe para con la milicia
Cap 15. De las cosas por las cuales los hombres y especialmente los príncipes, son alabados o vituperados
Cap 16. De la liberalidad y de la parsimonia
Cap 17. De la crueldad y de la piedad, y de si es mejor ser amado que temido, o viceversa
Cap 18. De qué modo los príncipes deben guardar sus promesas
Cap 19. De cómo evitar ser despreciado y odiado
Cap 20. De si las fortalezas y muchas otras cosas que con frecuencia hacen los príncipes, son útiles o no
Cap 21. De cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado
Cap 22. De los secretarios que los príncipes tienen cerca de ellos
Cap 23. De qué modo se ha de huir de los aduladores
Cap 24. De por qué los príncipes de Italia han perdido sus Estados
Cap 25. Del poder de la fortuna sobre las cosas humanas, y de qué manera se le debe resistir
Cap 26. Exhortación a apoderarse de Italia y liberarla de los bárbaros
Descripción de cómo procedió el duque Valentino para matar a Vitellazo Vitelli Oliverotto de Fermo, al Señor Pablo y al duque de Gravina Orsini
Dedicatoria de Nicolás Maquiavelo al magnifico Lorenzo de Médicis
Suelen, las más de las veces, aquellos que desean adquirir gracia ante un príncipe, salirle al encuentro con las cosas que, entre las suyas, tienen por más valiosas o en las cuales le ven deleitarse más; de donde se ve muchas veces serles regalados caballos, armas, telas recamadas con oro, piedras preciosas y ornamentos similares, dignos de su grandeza. Deseando, pues, ofrecer a vuestra magnificencia alguna prueba de mi sumisión, no he encontrado, entre mis bienes, cosa a la cual yo tenga por más valiosa o tanto estime como el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, aprendido por una larga experiencia de las cosas modernas y una continua lectura de las antiguas; las cuales, al yo haber con gran diligencia largamente meditado y examinado y ahora en un pequeño volumen condensado, envío a vuestra magnificencia.
Y si bien juzgo esta obra indigna de serle presentada, sin embargo mucho confío en que por vuestra humanidad deba ser aceptada, considerando que no puedo haceros mayor don que daros facultad de poder, en brevísimo tiempo, entender todo aquello que yo, en tantos años y con tantas incomodidades y peligros, he conocido y entendido. No he ornado ni rellenado esta obra con cláusulas amplias o con palabras ampulosas y magnificas o con cualquier otra afectación u ornamento extrínseco con los cuales muchos suelen componer y ornar sus cosas; porque yo he querido o que ninguna cosa la honre o que solamente la variedad de la materia y la gravedad del argumento la hagan grata. No quiero que sea reputada como presunción si un hombre de bajo e ínfimo estado se atreve a examinar y a enunciar reglas para los gobiernos de los príncipes; porque, así como aquellos que dibujan un paisaje se ponen abajo, en el llano, para considerar la naturaleza de los montes y la de los lugares altos, y para considerar la de los bajos se ponen alto, sobre los montes; de igual modo, para conocer bien la naturaleza de los pueblos es necesario ser príncipe, y para conocer bien la de los príncipes es necesario pertenecer al pueblo.
Acoja, pues, vuestra magnificencia este pequeño obsequio con el ánimo con que yo lo envío; y si ella diligentemente lo considera y lee, conocerá en su interior un grandísimo deseo mío: que ella alcance la grandeza que la fortuna y sus otras cualidades le prometen. Y si vuestra magnificencia, desde la cúspide de su altura, alguna vez vuelve los ojos a estos lugares bajos, conocerá cuán inmerecidamente soporto una grande y continua malignidad de la fortuna.
I
De cuántos son los géneros de principados y de los modos en que se adquieren
Todos los Estados, todos los dominios que han tenido y tienen imperio sobre los hombres, han sido y son repúblicas o principados. Los principados son o hereditarios, en los cuales los de la sangre de su señor han sido durante largo tiempo príncipes, o son nuevos. Los nuevos, o son nuevos totalmente, como lo fue Milán para Francesco Sforza, o lo son como miembros agregados al Estado hereditario del príncipe que los adquiere, como es el reino de Nápoles para el rey de España.8 Estos dominios así adquiridos están acostumbrados a vivir bajo un príncipe o a ser libres, y se adquieren con las armas de otros o con las propias, por fortuna o por virtud.
II
De los principados hereditarios
Dejaré de lado el razonar sobre las repúblicas, porque en otra ocasión razoné sobre ellas largamente. Me ocuparé sólo del principado, e iré tejiendo la urdimbre arriba indicada y discutiré cómo estos principados se pueden gobernar y conservar.
Digo, pues, que en los Estados hereditarios y acostumbrados a la sangre de su príncipe hay bastante menos dificultad para conservarlos que en los nuevos; porque basta sólo no preterir el orden de sus antecesores y, después, contemporizar con las eventualidades; de modo que si tal príncipe es de ordinaria industria, siempre se mantendrá en su Estado, si no hay una extraordinaria y excesiva fuerza que lo prive de él; y, privado que sea, en cuanto un siniestro ocurra al ocupante, lo reconquistará.
Nosotros tenemos en Italia, por ejemplo, al duque de Ferrara, el cual no ha resistido los asaltos de los venecianos en 1484, ni los del papa Julio en 1510, por otra razón que por ser antiguo en aquel dominio. Porque el príncipe natural tiene menos razones y menos necesidad de ofender, de donde resulta que sea más amado; y si extraordinarios vicios no lo hacen odiado, es razonable que naturalmente sea bien aceptado por los suyos. Y en la antigüedad y continuación del dominio se extinguen la memoria y las razones de las innovaciones; porque siempre una mutación deja las adarajas para la edificación de otra.
III
De los principados mixtos
Pero en el principado nuevo se encuentran dificultades. Primeramente, si no es todo nuevo, sino como miembro (que puede llamarse en conjunto casi mixto), sus variaciones nacen en principio de una dificultad natural, la cual existe en todos los principados nuevos: ésta es que los hombres mudan voluntariamente de señor creyendo mejorar; y esta creencia los hace tomar las armas contra él; en lo que se engañan, porque ven después, por experiencia, haber empeorado. Lo cual resulta de otra necesidad natural y ordinaria, que hace que siempre se necesite ofender a aquellos de quienes se convierte en nuevo príncipe, con gente armada y con otras infinitas injurias que lleva consigo la nueva adquisición; de modo que tú tienes enemigos en todos aquellos a los que has ofendido al ocupar aquel principado, y no puedes mantener como amigos a quienes te llevaron a él, por no poder satisfacerlos del modo que esperaban, y por no poder usar tú en contra de ellos medicina fuerte, pues estás obligado con ellos; porque siempre, aunque uno sea fortísimo por sus ejércitos, tiene necesidad del favor de los habitantes para entrar en una provincia. Por estas razones Luis XII, rey de Francia, ocupó rápido Milán y rápido lo perdió: y bastó para arrebatárselo, la primera vez, las fuerzas propias de Ludovico; porque aquellos pueblos que le habían abierto las puertas, al encontrarse, en su opinión, engañados en aquel bien futuro que habían esperado, no pudieron soportar la insolencia del nuevo príncipe.
Es bien cierto que, al adquirirse por segunda vez los países rebelados, se pierden con más dificultad; porque el señor, tomada experiencia de la rebelión, es menos titubeante para asegurarse, castigando a los delincuentes, exhibiendo a los sospechosos y fortaleciéndose en las partes más débiles. De modo que, si para que Francia perdiese Milán bastó, la primera vez, un duque Ludovico que alborotase en sus confines, para hacérselo perder, la segunda, fue necesario tener en contra a todo el mundo y que sus ejércitos fuesen batidos o expulsados de Italia; lo que deriva de las razones antes dichas. No obstante, tanto la primera como la segunda vez, le fue arrebatado. Las razones generales de la primera pérdida ya se han discutido; resta ahora explicar las de la segunda, y ver qué remedios tenía y cuáles puede tener uno que esté en las mismas condiciones, para poder mantenerse mejor en lo conquistado, que no usó Francia. Digo, por tanto, que estos Estados que al ser conquistados se agregan a un Estado antiguo de aquel que los adquiere, o son de la misma provincia y de la misma lengua o no lo son. Cuando lo son hay gran facilidad para conservarlos, máxime cuando no están acostumbrados a vivir libres; y para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la línea del príncipe que los dominaba, pues en todo lo demás, manteniéndolos en las mismas condiciones y no habiendo diferencia de costumbres, los hombres viven pacíficamente; como se ha visto que han hecho Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que tanto tiempo han estado unidas a Francia; y aunque haya alguna diferencia de lengua, no obstante, las costumbres son parecidas, por lo que entre ellos es posible entenderse fácilmente. Y quien los adquiere, si desea conservarlos, debe tener dos cuidados: uno, que la sangre del príncipe se extinga; otro, no alterar ni sus leyes ni sus tributos; de tal manera que en brevísimo tiempo forme, con el principado antiguo, un solo cuerpo.
Mas cuando se adquieren Estados en una provincia diferente en lengua, costumbres y organización, aparecen las dificultades, y entonces se necesita tener gran fortuna y gran industria para conservarlos. Y uno de los mejores y más eficaces remedios sería que la persona que los adquiere fuese a vivir en ellos. Esto haría más segura y más durable aquella posesión: como hizo el Turco en Grecia, el cual, con todas las otras precauciones observadas para conservar aquel Estado, si no hubiese ido a vivir ahí no habría podido conservar aquel Estado, si no hubiese ido a vivir ahí no habría podido conservarlo. Porque, estando ahí, se ven nacer los desórdenes y pronto pueden remediarse; mas no estando ahí, se conocen cuando son tan grandes que ya no tienen remedio. Además de esto, la provincia no es expoliada por tus oficiales; y como los súbditos están satisfechos del recurso directo ante el príncipe, por ello tienen más razones para amarlo, si quieren ser buenos, o si quieren ser de otra manera, para temerle. Aquellos que del exterior quieran invadir aquel Estado, lo pensarán más; ya que, si reside en él, sólo puede con grandísima dificultad perderlo.
El otro gran remedio es establecer colonias en uno o dos lugares, que sean ataduras para aquel Estado; porque es necesario o hacer esto o tener bastante gente de caballería e infantería. En las colonias no se gasta mucho, y sin gastos o con pocos, las establece y mantiene; y solamente ofende a aquellos a quienes quita sus campos y sus casas para darlos a los nuevos habitantes, que son una mínima parte de aquel Estado; y ésos a los que ofende, al permanecer dispersos y pobres, no pueden dañarlo nunca; todos los otros permanecen, por un lado, ilesos (y por esto deberían aquietarse), y, por el otro, temerosos de errar, por miedo a que les suceda a ellos igual que a aquellos que han sido expoliados. Concluyo que estas colonias no cuestan, son más fieles, ofenden menos, y los afectados no pueden dañar, por estar pobres y dispersos, como he dicho. Por lo que se ha de notar que a los hombres se les debe acariciar o extinguir; porque se vengan de las ofensas ligeras, mas de las graves no pueden; así que la ofensa que se hace al hombre debe ser tal que no se tema la venganza. Mas si se tiene, en lugar de colonias, ejército, se gasta más, por tener que consumir en esa guardia todos los ingresos del Estado, de modo que lo adquirido se convierte en pérdida; y ofende mucho más porque daña a todo aquel Estado con los cambios de alojamiento de su ejército; por este malestar todos sufren, y cada uno se convierte en enemigo; y son enemigos que pueden dañar permaneciendo, batidos, en sus casas. En todos sentidos, pues, esta guardia es inútil, como la de las colonias es útil. Debe también quien se encuentra en una provincia diferente, como he dicho, hacerse jefe y defensor de los vecinos menos poderosos, ingeniarse para debilitar a los poderosos de ella, y cuidarse de que, por algún accidente, no entre algún forastero tan poderoso como él. Y siempre sucede que éste es introducido por aquellos que están descontentos, ya por demasiada ambición, ya por miedo; como se vio cuando los etolios introdujeron a los romanos en Grecia; y en toda provincia donde ellos entraron, fueron introducidos por sus habitantes. El orden de las cosas es que tan pronto como un forastero poderoso entra en una provincia, todos aquellos que son en ella menos poderosos se le adhieren, movidos por la envidia que tienen de quien ha ejercido el poder sobre ellos; por tanto, respecto de estos poco poderosos, aquél no tiene trabajo alguno en ganárselos, porque rápidamente todos juntos hacen una unidad con el Estado que él ha adquirido. Solamente tiene que pensar en que no cobren demasiada fuerza y demasiada autoridad; y fácilmente podrá, con sus fuerzas y con el favor de aquéllos, aplastar a los que son poderosos, para permanecer, en todo, árbitro de aquella provincia. Quien no gobierne de este modo, perderá pronto lo adquirido y, mientras lo tenga, encontrará ahí infinitas dificultades y enojos.
Los romanos, en las provincias que tomaron, observaron bien estos principios; establecieron colonias, entretuvieron a los menos fuertes sin acrecentar su fuerza, rebajaron a los poderosos, y no dejaron que adquiriesen reputación los forasteros poderosos. Y quiero que baste, como ejemplo, la provincia de Grecia: entretuvieron a los aqueos y a los etolios; fue rebajado el reino de Macedonia; fue expulsado Antíoco; no obstante los méritos de los aqueos y de los etolios, jamás les permitieron que engrandecieran Estado alguno; ni la persuasión de Filipo los indujo nunca a ser sus amigos sin rebajarlo; ni el poder de Antioco pudo hacer que le consintieran tener en aquella provincia algún Estado. Porque los romanos hicieron en estos casos aquello que todos los príncipes sabios deben hacer: no solamente controlar los escándalos presentes, sino los futuros, y aquéllos, con toda industria, obviarlos: porque, previniéndolos a distancia, fácilmente se pueden remediar, pero esperando a que se te acerquen, la medicina no está a tiempo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Y pasa con esto como dicen los médicos del tísico: que, al principio de su mal, es fácil de curar y difícil de conocer, pero con el paso del tiempo, al no haber sido conocido ni curado, se vuelve fácil de conocer y difícil de curar. Así pasa en las cosas del Estado; porque, conociendo a distancia (lo que no es dado sino a un prudente) los males que nacen en él, se curan pronto; mas cuando, por no haberlos conocido, se dejan crecer de modo que todos los conozcan, ya no tienen remedio.
Por eso los romanos, viendo a distancia los inconvenientes, los remediaron siempre, y nunca los dejaron crecer para huir de una guerra, porque sabían que la guerra no se elude, sino que se difiere en ventaja de otro; así, decidieron hacer la guerra contra Filipo y Antioco en Grecia, para no tener que hacerla contra ellos en Italia; y podían, por entonces, huir de una y otra, lo que no quisieron. No les agradó nunca eso, que está siempre en boca de los sabios de nuestros tiempos, de gozar del beneficio del tiempo, sino más bien del de su virtud y prudencia; porque el tiempo trae consigo todo, y puede conducir tanto al bien como al mal y al mal como al bien.
Pero volvamos a Francia, y examinemos si, de las cosas dichas, se ha hecho alguna; y hablaré de Luis, y no de Carlos, pues de aquél, por haber tenido una más larga posesión en Italia, se ha visto mejor su modo de proceder: y se verá cómo él ha hecho lo contrario de lo que se debe hacer para conservar un Estado en una provincia diferente. El rey Luis fue introducido en Italia por la ambición de los venecianos, que querían ganarse con su venida la mitad del Estado de Lombardía. Yo no quiero censurar esta resolución tomada por el rey; porque, al querer meter un pie en Italia, y al no tener en esta provincia amigos, sino antes bien, al serle, por el comportamiento del rey Carlos, cerradas todas las puertas, fue forzado a tomar como amigos a quienes pudo; y habría acertado en el partido tomado, si en los otros manejos no hubiese cometido error alguno. Adquirida, pues, la Lombardía, el rey recuperó rápidamente la reputación que le había quitado Carlos: Génova cedió; los florentinos se convirtieron en sus amigos; el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Forli, los señores de Faenza, de Pésaro, de Rimini, de Camerino, de Piombino, luqueses, pisanos, sieneses, todos salieron a su encuentro para ser sus amigos. Entonces pudieron comprender los venecianos la temeridad de la resolución que habían tomado: ellos, por adquirir dos ciudades de Lombardía, hicieron al rey señor de dos tercios de Italia.
Considérese ahora con cuán poca dificultad habría podido el rey mantener en Italia su reputación, si hubiese observado las reglas antes dichas, y tenido seguros y defendidos a todos sus amigos, los cuales, por ser numerosos, débiles y temerosos, unos de la Iglesia y otros de los venecianos, estaban siempre necesitados de permanecer con él; y por medio de ellos habría podido fácilmente asegurarse de los grandes que quedaban. Pero él, tan pronto estuvo en Milán, hizo lo contrario, dando ayuda al papa Alejandro para que ocupase la Romaña. No se dio cuenta de que con esta resolución se hacía débil a sí mismo, privándose de los amigos y de aquellos que se habían arrojado a sus brazos; y grande a la Iglesia, añadiendo a lo espiritual, que le da tanta autoridad, lo temporal. Y cometido un primer error, fue constreñido a seguir; hasta que, para poner fin a la ambición de Alejandro, y para que no se convirtiese en señor de Toscana, fue constreñido a venir a Italia. No le bastó haber hecho grande a la Iglesia y perdido a los amigos, sino que, queriendo el reino de Nápoles, lo dividió con el rey de España; donde él era, al principio, árbitro de Italia, llevó a un compañero, a fin de que los ambiciosos de aquella provincia y los descontentos con él tuviesen a quien recurrir; y cuando pudo haber dejado en aquel reino a un rey tributario suyo, no lo hizo, por poner a uno que podía echarlo a él.
Es cosa verdaderamente muy natural y ordinaria el desear adquirir; y siempre cuando lo hagan los hombres que pueden, serán alabados y no censurados; pero cuando no pueden y quieren hacerlo a toda costa, aquí están el error y la censura. Si Francia, por tanto, podía con sus fuerzas asaltar Nápoles, debía hacerlo; si no podía, no debía dividirlo. Y si la división que hizo de Lombardía con los venecianos mereció excusa, por haber mediante ella metido el pie en Italia, aquélla merece censura, por no estar excusada por la necesidad.
Había, pues, Luis cometido estos cinco errores: destruyó a los menos poderosos; acrecentó en Italia la fuerza de un poderoso; introdujo en ella a un extranjero potentísimo; no vino a vivir aquí; no estableció colonias. Incluso tales errores, viviendo él, podrían no haberle causado daño, si no hubiese cometido el sexto: quitar su Estado a los venecianos, porque mientras él no había hecho grande a la Iglesia ni metido en Italia a España, era razonable y necesario rebajarlos; mas al haber tomado aquellas resoluciones, no debió jamás consentir en su ruina; porque al ser aquéllos poderosos, habrían siempre mantenido a los otros distantes de la empresa de Lombardía, tanto porque los venecianos no lo habrían consentido sin convertirse en sus señores, como porque los otros no habrían querido quitársela a Francia para dársela a ellos; y para enfrentarse a ambos no habrían tenido ánimo. Y si alguno dijese: el rey Luis cedió a Alejandro la Romaña y a España el Reino para huir de una guerra, respondo con las razones arriba mencionadas: que nunca se debe dejar seguir un desorden para huir de una guerra; porque ella no se evita, sino que se difiere en desventaja tuya. Y si algún otro alegase la palabra que el rey había dado al papa de hacer por él aquella empresa a cambio de la anulación de su matrimonio y el capelo de Ruán, respondo con lo que más adelante diré acerca de la palabra de los príncipes y cómo se debe observar.
Ha perdido, pues, el rey Luis la Lombardía por no haber observado ninguna de aquellas reglas observadas por otros que han tomado provincias y querido retenerlas. No es esto milagro alguno, sino algo muy ordinario y razonable. Y de esta materia hablé en Nantes con Ruán, cuando el Valentino (que así era llamado vulgarmente César Borgia, hijo del papa Alejandro) ocupaba la Romaña; porque al decirme el cardenal de Ruán que los italianos no entendían de la guerra, yo le respondí que los franceses no entendían del Estado; pues, de entender, no habrían dejado venir a la Iglesia a tanta grandeza. Y por experiencia se ha visto que, en Italia, la grandeza de aquélla y de España ha sido provocada por Francia, y la ruina de ésta provocada por aquéllas. De aquí se extrae una regla general, la cual nunca o rara vez falla: que quien es causa de que alguien se convierta en poderoso, se arruina; porque aquel poderío es provocado por aquél o con industria o con fuerza, y la una y la otra son sospechosas para quien se ha convertido en poderoso.
IV
De las razones por las que el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores después de la muerte de Alejandro
Consideradas las dificultades que se tienen para mantener un Estado recién adquirido, podría alguno maravillarse de cómo sucedió que Alejandro Magno llegase a ser señor de Asia en pocos anos y, habiéndola apenas ocupado, muriese; por ello, parecía razonable que todo aquel Estado se rebelase; sin embargo, los sucesores de Alejandro lo conservaron, y no tuvieron, para retenerlo, otra dificultad que aquella que entre ellos mismos, por ambición propia, surgió. Respondo que los principados de los que se tiene memoria se encuentran gobernados de dos modos diversos: o por un príncipe y todos los otros siervos, los cuales, como ministros, por gracia y concesión suya, ayudan a gobernar ese reino; o por un príncipe y por barones, los cuales, no por gracia del señor, sino por antigüedad de la sangre, tienen ese grado. Estos barones poseen Estados y súbditos propios, los cuales los reconocen como señores y les tienen un afecto natural. Aquellos Estados que se gobiernan por un príncipe y por siervos tienen a su príncipe con más autoridad; porque en toda su provincia no hay ninguno a quien reconozcan como superior sino a él; y si obedecen a algún otro, lo hacen como ministro y funcionario, y no le profesan particular afecto.
Los ejemplos de estas dos variedades de gobierno son, en nuestros tiempos, el Turco y el rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor; los demás son sus siervos; y dividiendo su reino en sanjacados, manda ahí a diversos administradores, y los transfiere y cambia como le parece. Mas el rey de Francia se encuentra en medio de una multitud antigua de señores, en aquel Estado reconocidos por sus súbditos y amados por ellos: tienen sus privilegios, y no puede el rey despojarlos de ellos sin peligro propio. Quien considere, entonces, uno y otro de estos Estados, encontrará dificultad para conquistar el Estado del Turco, pero, una vez vencido, gran facilidad para conservarlo. Así, por el contrario, se encontrará en cualquier aspecto más facilidad para ocupar el Estado de Francia, pero gran dificultad para conservarlo.
Las razones de la dificultad para ocupar el reino del Turco estriban en no poder ser llamado por los príncipes de ese reino, ni poder esperar, con la rebelión de aquellos que lo rodean, facilitar su empresa. Lo cual deriva de las razones antes dichas; porque al ser todos sus esclavos y al estarle obligados, se pueden con más dificultad corromper; y aun corrompiéndose, se puede esperar de ellos poca utilidad, por no poder aquéllos atraerse a los pueblos, por las razones mencionadas. De ahí que quien asalta al Turco necesita pensar en encontrarlo unido; y le conviene esperar más de sus propias fuerzas que de los desórdenes de otros. Pero una vez vencido, y derrotado en la batalla de modo que no pueda rehacer sus ejércitos, no se debe dudar de nadie que no sea de la sangre del príncipe; extinguida la cual, no queda ninguno de quien se tenga que temer, porque los otros no tienen crédito con los pueblos; y así como el vencedor, antes de la victoria, no podía esperar nada de ellos, así no debe, después de ella, temerles.
Lo contrario sucede en los reinos gobernados como el de Francia; porque con facilidad tú puedes entrar, ganándote a algún barón del reino; porque siempre se encuentran algunos descontentos y algunos que desean innovar: éstos, por las razones dichas; pueden abrirte el camino a ese Estado y facilitarte la victoria. La cual después, si se quiere mantener, trae consigo infinitas dificultades, tanto con quienes te han ayudado como con quienes tú has oprimido; no te basta extinguir la sangre del príncipe, porque restan siempre aquellos señores, que se convierten en jefes de las nuevas revueltas; y al no poder ni contentarlos ni extinguirlos, pierdes ese Estado ante cualquier eventualidad que sobrevenga.
Ahora bien, si se considera cuál era la naturaleza del gobierno de Darío, se encontrará semejante al reino del Turco; y por ello a Alejandro le fue necesario primero derrotarlo completamente y obligarlo a retirarse; después de tal victoria, muerto Darío, quedó seguro para Alejandro ese Estado por las razones antes expuestas. Y sus sucesores, si hubiesen permanecido unidos, habría podido gozarlo en paz; no surgieron en aquel reino otros tumultos que los que ellos mismos suscitaron. Mas a los Estados organizados como el de Francia es imposible poseerlos con tanta tranquilidad. De aquí nacieron las frecuentes rebeliones de España, de Francia y de Grecia contra los romanos, por los numerosos principados que había en esos Estados; mientras perduró la memoria de éstos, siempre estuvieron los romanos inseguros de esa posesión; mas, extinguida la memoria de ellos, con la fuerza y la permanencia del imperio, se convirtieron en poseedores seguros. Y pudo incluso cada uno de ellos, combatiendo después entre si, atraerse parte de aquellas provincias, según la autoridad que ahí había adquirido; y aquéllas, por haberse extinguido la sangre de sus antiguos señores, no reconocían sino a los romanos.
Consideradas, por tanto, todas estas cosas, nadie se maravillará de la facilidad que tuvo Alejandro para mantener el Estado de Asia y de las dificultades que han tenido los demás para conservar lo conquistado, como Pirro y muchos otros. Lo cual no se debe a la mucha o poca virtud del vencedor, sino a la diferencia del sujeto.
V
Del modo en que se deben gobernar las ciudades o principados que, antes de ser ocupados, vivían con sus propias leyes
Cuando, como he dicho, aquellos Estados que se adquieren están acostumbrados a vivir con sus propias leyes y en libertad, si se quieren conservar, he aquí tres maneras: la primera, arruinarlos; la otra, ir a habitarlos personalmente; la tercera, dejarlos vivir con sus leyes, imponiéndoles un tributo y creando un gobierno de pocos que te los conserve como amigos. Porque ese gobierno, al haber sido creado por aquel príncipe, sabe que no puede perdurar sin su amistad y su poder, y tiene que hacer todo para conservarlo; y una ciudad acostumbrada a vivir libre se retiene más fácilmente a través de5 sus propios ciudadanos que de cualquier otro modo, si se quiere preservar.
Como ejemplo están los espartanos y los romanos. Los espartanos retuvieron Atenas y Tebas creándoles un gobierno de pocos; sin embargo, las volvieron a perder. Los romanos, para conservar Capua, Cartago y Numancia, las deshicieron; y no las perdieron: quisieron conservar Grecia casi como la conservaron los espartanos, haciéndola libre y dejándole sus leyes, y no tuvieron éxito; de modo que se vieron constreñidos a destruir muchas ciudades de esa provincia, para retenerla. Porque, en verdad, no hay otro modo seguro de poseerlas que la ruina. Y quien llega a ser señor de una ciudad acostumbrada a vivir libre, y no la deshace, espere ser deshecho por ella; porque siempre tiene como refugio, en la rebelión, el nombre de la libertad y sus antiguas instituciones; las cuales ni por el largo paso del tiempo ni por los beneficios se olvidan jamás. Y por más que se haga o se prevea, si no se desunen o dispersan los habitantes, éstos no olvidan aquel nombre ni aquellas instituciones; y de pronto, por cualquier accidente, recurren a ellos; como hizo Pisa después de cien años de haber estado sometida en servidumbre a los florentinos. Mas cuando las ciudades o las provincias están acostumbradas a vivir bajo un príncipe cuya sangre se ha extinguido, al estar, por un lado, acostumbrados a obedecer, y, por el otro, al no tener al antiguo príncipe, no llegan a un acuerdo para crearse uno entre ellos y no saben vivir libres; de modo que son más lentos para tomar las armas, y con más facilidad puede un príncipe gánaselos y asegurarse de ellos. Mas en las repúblicas hay mayor vida, mayor odio, más deseo de venganza; no las deja, no puede dejarlas descansar la memoria de la antigua libertad; de manera que la vía más segura es extinguirlas o habitarías.
VI
De los principados nuevos que se adquieren con armas propias y con virtud
No se maraville nadie si, en el discurso que haré de los principados del todo nuevos, de los príncipes y de los Estados, recurro a notabilísimos ejemplos; porque, al caminar los hombres casi siempre por las rutas trazadas por otros y al proceder en sus acciones por imitación, al no poder seguir del todo las rutas de otros ni alcanzar la virtud de aquellos a quienes imitas, debe un hombre prudente entrar siempre por rutas trazadas por grandes hombres e imitar a aquellos que han sido excelentísimos, para que, si la virtud de éstos no lo alcanza, al menos le deje algún olor; y hacer como los arqueros prudentes, los cuales, al parecerles el lugar donde se proponen herir demasiado lejano, y conociendo hasta dónde llega la virtud de su arco, ponen la mira bastante más alta que el lugar destinado, no para alcanzar con su flecha tanta altura, sino para poder, con la ayuda de tan alta mira, lograr su propósito.
Digo, pues, que en los principados completamente nuevos, donde haya un nuevo príncipe, se encuentra para mantenerlos más o menos dificultad, según sea más o menos virtuoso aquel que los adquiere. Y como este evento de convertirse de particular en príncipe presupone o virtud o fortuna, parece que una u otra de estas dos cosas mitiga, en parte, muchas dificultades: sin embargo, aquel que ha estado menos apoyado en la fortuna, se ha mantenido más. Resulta aún más fácil si el príncipe, constreñido por no tener otros Estados, viene personalmente a habitarlo. Mas para volver a aquellos que por virtud propia, y no por fortuna, han llegado a ser príncipes, digo que los más notables son Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros similares. Y si bien de Moisés no se debe razonar, por haber sido un mero ejecutor de las cosas que le eran ordenadas por Dios, no obstante debe ser admirado sólo por aquella gracia que lo hacía digno de hablar con Dios. Mas consideremos a Ciro y a los otros que han adquirido o fundado reinos: se encontrará a todos admirables; y si se consideran sus acciones y procedimientos particulares, no parecerán discrepantes de los de Moisés, que tuvo tan gran preceptor. Y al examinar sus acciones y su vida, no se ve que ellos hayan tenido otra cosa de la fortuna que la ocasión; la cual les dio materia para poder introducir aquella forma que les pareció mejor; y sin aquella ocasión la virtud de su ánimo se habría perdido, y sin aquella virtud la ocasión habría venido en vano. Era, pues, necesario que Moisés encontrase al pueblo de Israel, en Egipto, esclavo y oprimido por los egipcios, para que aquéllos, por salir de la esclavitud, se dispusiesen a seguirlo. Convenía que Rómulo no cupiese en Alba y hubiese sido expuesto al nacer, para que pudiese convertirse en rey de Roma y fundador de aquella patria; era necesario que Ciro encontrase a los persas descontentos con el imperio de los medos, y a los medos blandos y afeminados por la larga paz. No habría podido Teseo demostrar su virtud, si no hubiese encontrado a los atenienses dispersos. Estas ocasiones, por tanto, hicieron felices a estos hombres, y su excelente virtud hizo que aquella ocasión fuese conocida; por lo que su patria fue ennoblecida y llegó a ser felicísima.
Aquellos que por vías virtuosas similares a éstas llegan a ser príncipes, adquieren el principado con dificultad, mas con facilidad lo conservan; y las dificultades que tienen para adquirir el principado, en parte nacen de las nuevas órdenes e instituciones que se ven forzados a introducir para fundar su Estado y su seguridad. Y se debe considerar cómo no hay cosa más difícil de emprender, ni más incierta de alcanzar, ni más peligrosa de manejar, que hacerse jefe para introducir nuevos órdenes; porque el introductor tiene por enemigos a todos aquellos que con los antiguos órdenes se beneficiaron, y tiene tímidos defensores en todos aquellos que se beneficiarán con los nuevos órdenes. Esta timidez nace en parte del miedo a los adversarios, que tienen las leyes de su lado, y en parte de la incredulidad de los hombres; los cuales no creen de verdad en las cosas nuevas, si no ven nacer de ellas una firme experiencia; de donde resulta que cada vez que aquellos que son enemigos tienen oportunidad de atacar, lo hacen facciosamente, y los otros defienden tímidamente; de modo que, junto con ellos, se peligra.
Es necesario, por tanto, si se quiere comprender bien esta parte, examinar si estos innovadores se mantienen por sí mismos, o si dependen de otros; esto es, si para llevar a cabo su obra necesitan rogar, o verdaderamente pueden forzar. En el primer caso rigen siempre mal y no conducen a cosa alguna; pero cuando dependen de sí mismos y pueden forzar, entonces raras veces peligran. De aquí nace que todos los profetas armados venzan, y los desarmados se arruinen. Porque, además de las cosas dichas, la naturaleza de los pueblos es variable; y es fácil persuadirlos de una cosa, mas es difícil afirmarlos en esa persuasión; y por ello conviene estar preparado de modo que, cuando ellos ya no crean, se les pueda hacer creer por la fuerza. Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer observar por mucho tiempo sus constituciones si hubiesen estado desarmados; como en nuestros tiempos sucedió a fray Jerónimo Savonarola; el cual se arruinó con sus nuevos órdenes en cuanto la multitud comenzó a no creerle; y él no tenía modo de mantener firmes a los que habían creído, ni de hacer creer a los descreídos. Así, estos sujetos tienen gran dificultad para conducirse, todos los peligros se encuentran en su camino, y conviene que con la virtud los superen; mas, cuando los han superado y comienzan a ser venerados, al haber extinguido a aquellos que tenían envidia de su calidad, permanecen poderosos, seguros, honrados y felices.
A tan altos ejemplos quiero añadir un ejemplo menor que, sin embargo, guardará alguna proporción con aquéllos, y que quiero me baste para todos los casos similares: y éste es el de Hierón el siracusano. Este, de particular, se convirtió en príncipe de Siracusa; y tampoco conoció otra cosa de la fortuna que la ocasión; porque estando los siracusanos oprimidos, lo eligieron capitán suyo, de donde mereció ser nombrado su príncipe. Y fue de tanta virtud, aun en su condición de particular, que quien de él escribe, dice: "nada le faltaba para reinar, excepto el reino" Este eliminó la vieja milicia, organizó la nueva; dejó las amistades antiguas, tomó nuevas; y como tenía amistades y soldados que eran suyos, pudo sobre tal cimiento edificar todo edificio: de modo que lo que con tanta fatiga conquistó, con poca lo mantuvo.
VII
De los principados nuevos que se adquieren con las armas y la fortuna de otros
Aquellos que solamente por fortuna se convierten, de particulares, en príncipes, con poca fatiga lo logran, pero con mucha se mantienen; y no encuentran dificultad alguna en el camino, porque vuelan; mas todas las dificultades nacen una vez colocados. Y esto es así cuando se concede a alguno un Estado por dinero o por gracia de quien lo otorga: como sucedió a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto, donde fueron hechos príncipes por Darío, a fin de que las mantuviesen para su seguridad y gloria; como también eran hechos emperadores aquellos que, de particulares, por corrupción de los soldados, alcanzaban el imperio. Estos permanecen únicamente por la voluntad y fortuna de quien se los ha concedido, que son dos cosas volubilísimas e inestables; y no saben ni pueden mantener aquella posición: no saben, porque si no se es hombre de gran ingenio y virtud, no es razonable que, habiendo vivido siempre en condición privada, sepan mandar; no pueden, porque no tienen fuerzas que les sean amigas y fieles. Además, los Estados que se poseen de súbito, como todas las otras cosas de la naturaleza que nacen y crecen rápidamente, no pueden tener raíces ni ramificaciones; de modo que el primer tiempo adverso los destruye a no ser que, como he dicho, aquellos que repentinamente han llegado a ser príncipes sean de tanta virtud que sepan prepararse súbitamente para conservar lo que la fortuna ha puesto en su regazo, y aquellos cimientos que los otros han echado antes de convertirse en príncipes, ellos los echen después.
Yo quiero, de una y de otra de estas formas de llegar a ser príncipe, por virtud o por fortuna, invocar dos ejemplos que permanecen todavía en nuestra memoria: y éstos son Francesco Sforza y César Borgia. Francesco, por los debidos medios y con gran virtud suya, de particular se convirtió en duque de Milán; y aquello que con mil afanes había adquirido, con poca fatiga lo mantuvo. Por otra parte César Borgia, llamado por el vulgo duque Valentino, adquirió el Estado con la fortuna del padre, y con ella lo perdió; no obstante haber empleado todas las obras y haber hecho todas aquellas cosas que un hombre
prudente y virtuoso debía hacer para echar sus raíces en aquellos estados que las armas y la fortuna de otros le habían concedido. Porque, como arriba se dijo, quien no echa los cimientos primero, podrá, sólo con gran virtud, echarlos después, aun cuando se echen con malestar para el arquitecto y peligro para el edificio. Si, por tanto, se consideran todos los procedimientos del duque, se verá que echó grandes cimientos a su futuro poder, los cuales no juzgo superfluo examinar, porque no sabría yo qué mejores preceptos dar a un príncipe nuevo, que el ejemplo de sus acciones; y si sus disposiciones no le beneficiaron, no fue por culpa suya, sino debido a una extraordinaria y extrema malignidad de la fortuna.
Tenía Alejandro VI, al querer hacer grande a su hijo el duque, bastantes dificultades presentes y futuras. Primero, no veía camino para poder hacerlo señor de algún Estado que no fuese Estado de la Iglesia; y, si pretendía tomar el de la Iglesia, sabía que el duque de Milán y los venecianos no se lo consentirían; porque Faenza y Rímini, estaban ya bajo la protección de los venecianos. Veía, además de esto, a los ejércitos de Italia, y en especial a ésos de los que habría podido servirse, en manos de aquellos que debían temer la grandeza del papa; y, sin embargo, no podía fiarse de ellos, por estar todos con los Orsini, los Colonna y sus cómplices. Era, pues, necesario que se turbase aquel orden y se desordenasen sus Estados para poder enseñorearse con seguridad de parte de ellos. Esto le fue fácil, porque encontró que los venecianos, movidos por otras causas, habían vuelto a dejar entrar a los franceses en Italia; lo que no solamente no contradijo, sino que hizo más fácil con la disolución del antiguo matrimonio del rey Luis. Entró, pues, el rey en Italia con la ayuda de los venecianos y el consentimiento de Alejandro; tan pronto estuvo en Milán, el papa obtuvo de él gente para la empresa de Romaña, la cual le fue prestada por la reputación del rey.
Conquistada, pues, por el duque la Romaña, y derrotados los Colonna, si quería mantenerla y proseguir más adelante, se lo impedían dos cosas: una, sus ejércitos que no le parecían fieles; la otra, la voluntad de Francia; esto es, que los ejércitos de los Orsini, de los cuales se había valido, lo dejasen montado sin caballo, y no solamente le impidiesen la conquista, sino le quitasen lo conquistado; y que el rey, entonces, le hiciese algo similar. De los Orsini tenía ya una prueba en contra cuando, después de la expugnación de Faenza, asaltó Bolonia, y los vio conducirse con frialdad en ese asalto; y respecto del rey, conoció su ánimo cuando, capturado el ducado de Urbino, asaltó la Toscana; empresa de la cual el rey lo hizo desistir. Por todo esto el duque decidió ya no depender de las armas y de la fortuna de otros. Y, primero, debilitó a los partidos Orsini y Colonna en Roma, porque a todos sus seguidores que eran gentileshombres se los ganó haciéndolos gentileshombres suyos y dándoles grandes estipendios, y los honró, según su rango, con mandos y gobiernos; de modo que, en pocos meses, en el ánimo de aquéllos se extinguió el afecto por los partidos, y todo se volvió hacia el duque. Después de esto, esperó la ocasión de destruir a los jefes de los Orsini, habiendo dispersado ya a los de la casa Colonna; esta ocasión le vino bien y él la usó mejor; porque, al advertir los Orsini, tarde, que la grandeza del duque y de la Iglesia era su ruina, hicieron una asamblea en Magione, Perusa; de ésta nació la rebelión de Urbino y los tumultos de Romaña e infinitos peligros para el duque, mismos que superó con la ayuda de los franceses. Y recuperada su reputación, no fiándose de Francia ni de otras fuerzas externas, para no tener que arriesgarse, recurrió a los engaños; y supo disimular tan bien sus intenciones que los Orsini mismos, por medio del señor Paulo -con quien el duque no escatimó ninguna clase de cortesía para asegurarlo, dándole dinero, vestidos y caballos-, se reconciliaron con él; tanto que su ingenuidad los condujo a Sinigaglia, haciéndolos caer en sus manos. Al exterminar, pues, a estos jefes, y convertir a los partidarios de éstos en amigos suyos, había echado el duque bastantes buenos cimientos para su poder, teniendo toda la Romaña con el ducado de Urbino, y pareciéndole, máxime, haber conquistado a la Romaña como amiga y haberse ganado a todos aquellos pueblos, que habían comenzado a saborear el bienestar de pertenecerle.
Y como esta parte es digna de darse a conocer y de ser imitada por otros, no quiero dejarla de lado. En cuanto hubo capturado el duque la Romaña, encontrándola bajo el mando de señores impotentes, los cuales más se habían aprestado a expoliar a sus súbditos que a gobernarlos, y a darles ocasión de desunión y no de unión, tanto que toda aquella provincia estaba llena de latrocinios, de riñas y de toda clase de insolencias, juzgó que era necesario, si se quería tornarla pacífica y obediente al brazo real, darle un buen gobierno. Para ello puso al frente a micer Remirro de Orco, hombre cruel y expedito, a quien dio amplísimo poder. Este, en poco tiempo, la tomó pacífica y unida, con grandísima reputación. Después, juzgó el duque que no era necesaria tan excesiva autoridad, porque temía que se volviese odiosa, y puso al frente una magistratura civil para la provincia, con un presidente excelentísimo, donde cada ciudad tenía su abogado. Y, puesto que conocía que el pasado rigor le había generado algún odio, para apaciguar los ánimos de aquellos pueblos y ganárselos del todo, quiso mostrar que si alguna crueldad se había cometido, no provenía de él, sino de la acerba naturaleza del ministro. Y, tomando de esto ocasión, una mañana lo hizo, en Ceseña, exponer partido en dos pedazos, en la plaza, con un leño y un cuchillo ensangrentado al lado. La ferocidad de ese espectáculo hizo a aquellos pueblos, por un tiempo, permanecer satisfechos y estupefactos. Mas regresemos al punto de partida. Digo que, hallándose el duque suficientemente poderoso y en parte asegurado contra los peligros presentes, por estar armado a su modo y haber en buena parte destruido aquellos ejércitos vecinos que podían atacarlo, le faltaba, si quería continuar su conquista, el respeto del rey de Francia; porque sabía que el rey, quien había advertido tarde su error, no podría tolerarlo. Y comenzó, por eso, a buscar nuevas amistades y a vacilar ante Francia cuando entraron los franceses al reino de Nápoles en contra de los españoles que asediaban Gaeta. Y su intención era asegurarse de ellos, lo que habría conseguido pronto, si Alejandro hubiese vivido.
Y éste fue su comportamiento en cuanto a las cosas presentes. Mas, en cuanto a las futuras, debía temer, en primer lugar, que un nuevo sucesor en la Iglesia no le fuese amigo y tratase de arrebatarle aquello que Alejandro le había dado. Por lo que pensó asegurarse de cuatro modos: primero, exterminar toda la sangre de aquellos señores a quienes había despojado, para quitar al papa esa oportunidad; segundo, ganarse a todos los gentileshombres de Roma, como he dicho, para poder con ellos refrenar al papa; tercero, hacer al Colegio tan suyo como pudiese; cuarto, adquirir tanto imperio, antes de que el papa muriese, que pudiese por sí mismo resistir un primer ataque. De estas cuatro cosas, a la muerte de Alejandro, había conseguido tres; la cuarta estaba casi conseguida: porque de los señores expoliados mató a cuantos pudo alcanzar, y poquísimos se salvaron; se había ganado a los gentileshombres romanos, y en el Colegio tenía una grandísima influencia; y en cuanto a las nuevas conquistas, había previsto convertirse en señor de Toscana, poseía ya Perusa y Piombino, y había tomado a Pisa bajo su protección. Y como no debía tener respeto a Francia (que ya no se lo debía tener, por haber sido los franceses despojados del Reino por los españoles, de modo que a cada uno de ellos le era necesario comprar su amistad), saltaría sobre Pisa. Después de esto, Luca y Siena cederían rápidamente, en parte por envidia a los florentinos, en parte por miedo; los florentinos no tenían remedio. Si hubiese conseguido esto (y casi lo conseguía el mismo año en que Alejandro murió), habría adquirido tanta fuerza y tanta reputación que por sí mismo se habría sostenido y no habría ya dependido de la fortuna y fuerza de otros, sino de su propia potencia y virtud. Mas Alejandro murió cinco años después de que él había comenzado a desenvainar la espada. Lo dejó sólo con el Estado de Romaña consolidado, con todos los otros en el aire, entre dos poderosísimos ejércitos enemigos, y enfermo de muerte. Y había en el duque tanta fiereza y tanta virtud, y tan bien conocía cómo los hombres se han de ganar o perder, y eran tan eficaces los cimientos que en tan poco tiempo había echado que, sino hubiese tenido aquellos ejércitos encima, o si hubiese estado sano, habría vencido cualquier dificultad. Y que sus cimientos eran buenos, se vio: la Romaña lo esperó más de un mes; en Roma, aunque medio vivo, estuvo seguro; y aun cuando los Baglioni, Vitelli y Orsini vinieron a Roma, no encontraron aliados contra él; si no pudo hacer papa a quien deseaba, al menos impidió que lo fuese quien él no quería. Mas si a la muerte de Alejandro hubiese estado sano, cualquier cosa le habría sido fácil. El me dijo, el día en que fue electo Julio II, que había pensado en lo que podía suceder al morir el padre, y a todo había encontrado remedio, excepto que jamás pensó en su propia muerte, en estar, él también, por morir.
Recogidas por mí, entonces, todas las acciones del duque, no podría censurarlo; antes bien, me parece, como he hecho, proponerlo por modelo a todos aquellos que por fortuna y con las armas de otros han accedido al poder. Porque él, al tener grandes ambiciones y miras altas no podía conducirse de otra manera; y sólo se opusieron a sus designios la brevedad de la vida de Alejandro y su propia enfermedad. Quien, entonces, juzgue necesario para su principado nuevo asegurarse de los enemigos, ganarse amigos, vencer o por fuerza o por fraude, hacerse amar y temer por los pueblos, seguir y reverenciar por los soldados, exterminar a aquellos que te puedan o deban ofender, innovar con nuevos modos las instituciones antiguas, ser severo y grato, magnánimo y liberal, exterminar a la milicia infiel crear una nueva, mantener las amistades de los reyes y de los príncipes de modo que tengan que beneficiarte con gracia u ofender con temor, no puede encontrar más frescos ejemplos que las acciones de éste. Solamente se le puede acusar de la designación de Julio como pontífice, en la cual hizo una mala elección; porque, como he dicho, al no poder hacer un papa a su gusto, él podía lograr que alguno no fuese papa; y no debía jamás consentir el papado de aquellos cardenales a los que había ofendido, o que, convertidos en papas, hubiesen de tenerle miedo. Porque los hombres ofenden o por miedo o por odio. Aquellos a quienes él había ofendido eran, entre otros, San Piero ad Vincula, Colonna, San Giorgio Ascanio; todos los demás, convertidos en papas, debían temerle, excepto Ruán y los españoles: éstos por vínculos y obligación; aquél por poder, pues estaba vinculado con el reino de Francia. Por tanto el duque, antes que cualquier cosa, debía hacer papa a un español, y, al no poder, debía consentir que fuese Ruán y no San Piero ad Vincula. Y quien crea que en los grandes personajes los beneficios nuevos hacen olvidar las viejas injurias, se engaña. Erró, pues, el duque en esta elección, y ello fue causa de su última ruina.
VIII
De aquellos que por maldades han llegado al principado
Mas como de particular se llega a ser príncipe por otros dos modos, los cuales no pueden atribuirse del todo a la fortuna o a la virtud, no me parece adecuado dejarlos de lado, aun cuando de uno de ellos se pueda razonar más extensamente en donde se trate de las repúblicas. Estos son: cuando por cualquier vía malvada o nefanda se asciende al principado, o cuando un ciudadano privado, con el favor de sus otros conciudadanos, llega a ser príncipe de su patria. Y, hablando del primer modo, se mostrará con dos ejemplos, uno antiguo y el otro moderno, sin examinar mayormente los méritos de esta parte, porque juzgo que basta, a quien le fuese necesario, con imitarlos.
Agatocles el siciliano, no sólo de privada sino de ínfima y abyecta condición, llegó a ser rey de Siracusa. Éste, hijo de un alfarero, llevó siempre, en todas las etapas de su existencia, una vida malvada; sin embargo, acompañó sus maldades con tanta virtud de ánimo y de cuerpo, que, volviéndose a la milicia, por los sucesivos grados de aquélla llegó a ser pretor de Siracusa. Una vez consolidado en aquel grado, habiendo resuelto convertirse en príncipe y mantener con violencia y sin obligación hacia otros aquello que por un acuerdo le había sido concedido, y teniendo sobre este proyecto suyo un arreglo con Amílcar el Cartaginés, quien con sus ejércitos militaba en Sicilia, convocó una mañana al pueblo y al senado de Siracusa, como si con ellos hubiese tenido que deliberar cosas concernientes a la república y, a una señal convenida, hizo asesinar por sus soldados a todos los senadores y a los más ricos del pueblo; muertos los cuales, ocupó y mantuvo el principado de aquella ciudad sin ninguna rebelión civil. Aun cuando fue dos veces derrotado por los cartagineses y, por último, sitiado, no sólo pudo defender su ciudad, sino que, dejando parte de su gente en la defensa frente al asedio, con la otra atacó Africa, y en breve tiempo liberó a Siracusa del sitio y puso a los cartagineses en una situación de extremo peligro: tuvieron necesidad de pactar con él, conformarse con las posesiones de África y, a Agatocles, dejarle Sicilia.
Quien considere, entonces, las acciones y vida de éste, ninguna o pocas cosas verá que pueda atribuir a la fortuna: con esta clase de cosas, como antes he dicho, que no por favor de alguno, sino por los grados de la milicia, los cuales con mil incomodidades y peligros se había ganado, llegó al principado, el cual después, con muchas medidas enérgicas y peligrosas, mantuvo. No puede, sin embargo, llamarse virtud a matar a sus ciudadanos, traicionar a los amigos, no tener lealtad, ni piedad, ni religión; estos modos pueden hacer adquirir imperio, mas no gloria. Porque si se considera la virtud de Agatocles para entrar y salir de los peligros, y su grandeza de ánimo para soportar y superar las cosas adversas, no se ve por qué él ha de ser juzgado inferior a cualquier excelentísimo capitán; sin embargo, su feroz crueldad e inhumanidad, con sus infinitas maldades, no permiten que sea, entre los hombres excelentísimos, celebrado. No puede, pues, atribuirse a la fortuna o a la virtud aquello que sin una ni otra fue conseguido por él. En nuestros tiempos, reinando Alejandro VI, Oliverotto el fermanés, al haber quedado, muchos años atrás, siendo pequeño, sin padre, fue, por un tío materno llamado Giovanni Fogliani, educado, y en los primeros tiempos de su juventud, confiado a militar bajo Paulo Vitelli, a fin de que, saturado de esa disciplina, llegase a algún grado sobresaliente en el ejército. Muerto después Paulo, militó bajo su hermano Vitellozzo; y en brevísimo tiempo, por ser ingenioso y de persona y ánimo gallardos, llegó a ser el primer hombre de su ejército. Mas pareciéndole cosa servil permanecer al servicio de otros, pensó, con la ayuda de algunos ciudadanos de Fermo a quienes era más cara la servidumbre que la libertad de su patria, y con el favor vitellesco, ocupar Fermo; y escribió a Giovanni Fogliani que, tras haber estado muchos años fuera de casa, quería venir a verlo a él y a su ciudad y, en cierto modo, verificar el estado de su patrimonio; y ya que no se había fatigado por otra cosa sino por adquirir honor, para que sus ciudadanos viesen que no había empleado el tiempo en vano, quería regresar con honores y acompañado de cien soldados de caballería amigos y servidores suyos; y le rogaba fuese de su agrado ordenar que los fermaneses lo recibiesen honrosamente; lo cual no solamente daba honor a él, sino a sí mismo, puesto que era su pupilo. No omitió, pues, Giovanni ninguna de las cortesías debidas hacia el sobrino; y después de haberlo hecho recibir por los fermaneses honrosamente, se alojó en sus casas, donde, pasados algunos días, y dispuesto a ordenar secretamente aquello que para su futura maldad era necesario, hizo un convite muy solemne, al que invitó a Giovanni Fogliani y a todos los principales hombres de Fermo. Y consumidas que fueron las viandas y todos los otros entretenimientos que se acostumbran en convites similares, Oliverotto, a propósito, inició ciertos razonamientos graves, hablando de la grandeza del papa Alejandro y de su hijo César, y de sus empresas. Al responder a estos razonamientos Giovanni y los otros, él, de pronto, se levantó diciendo que ésas eran cosas para hablarse en lugar más secreto; y se retiró a una habitación, a la que Giovanni y todos los otros ciudadanos le siguieron. Aún no habían tomado asiento cuando, de los lugares secretos de aquélla, salieron soldados que mataron a Giovanni y a todos los otros. Después de este homicidio, montó Oliverotto a caballo, se apoderó de la ciudad, y sitió en el palacio a la suprema magistratura; de manera que, por miedo, fueron constreñidos a obedecerle y a establecer un gobierno, del cual se hizo príncipe. Y muertos todos aquellos que, por estar descontentos, podrían ofenderlo, se afirmó con nuevos ordenamientos civiles y militares; de modo que durante el año que tuvo el principado no solamente estuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que se volvió temible para todos sus vecinos. Y habría sido su expulsión difícil como la de Agatocles, si no se hubiese dejado engañar por César Borgia, cuando en Sinigaglia, como antes se dijo, apresó a los Orsini y a los Vitelli; ahí, preso él también, un año después de cometido el parricidio fue, junto con Vitellozzo, a quien había tenido como maestro de sus virtudes y maldades, estrangulado.
Podría alguno preguntarse a qué se debe que Agatocles, así como otros semejantes, después de infinitas traiciones y crueldad, haya podido vivir largo tiempo seguro en su patria y defenderse de los enemigos externos, y de sus ciudadanos no sufrir jamás conspiración en contra; siendo que muchos otros, mediante la crueldad, no han podido, aun en tiempos pacíficos, mantener el Estado, y menos en inciertos tiempos de guerra. Creo que esto proviene de las crueldades mal usadas o bien usadas. Bien usadas pueden llamarse aquellas (si del mal es lícito hablar bien) que se hacen de una sola vez, por la necesidad de asegurarse, y en las que después no se insiste más, sino que se convierten en todo lo útiles posible para los súbditos; mal usadas son aquellas que, aun cuando en un principio son pocas, con el tiempo, más que extinguirse, crecen. Los que observan el primer modo pueden, con Dios y con los hombres, tener para su Estado algún remedio, como lo tuvo Agatocles; los otros, es imposible que se mantengan. De donde se debe observar que, al apoderarse de un Estado, debe el que lo ocupe examinar todas aquellas ofensas que le es necesario hacer, y todas hacerlas de una sola vez, para no tener que renovarlas cada día, y poder, al no renovarlas, asegurar a los hombres y ganárselos con beneficios. Quien hace otra cosa, por timidez o por mal consejo, está siempre necesitado de tener el cuchillo en mano; no puede jamás apoyarse en sus súbditos, al no poder éstos, por las recientes y continuas injurias, estar seguros de él. Porque las injurias se deben hacer todas juntas, de manera que, saboreándose menos, ofendan menos; y los beneficios se deben hacer poco a poco, de manera que se saboreen mejor. Debe, sobre todo, un príncipe vivir con sus súbditos de modo que ningún accidente, bueno o malo, tenga que hacerlo cambiar; porque al venir, por los tiempos adversos, la necesidad, tú no estás a tiempo de hacer el mal; y el bien que tú haces no te favorece, porque se juzga forzado, y no te proporciona agradecimiento alguno.
IX
Del principado civil
Pero, viniendo al otro modo, cuando un ciudadano privado, no por perversidad u otra violencia intolerable, sino con el favor de sus conciudadanos se convierte en príncipe de su patria (el cual puede llamarse principado civil; no es necesario para llegar a él o total virtud o total fortuna, sino más bien una astucia afortunada) , digo que asciende a este principado o con el favor del pueblo o con el de los grandes. Porque en toda ciudad se encuentran estos dos humores diversos; y nace de esto: que el pueblo desea no ser mandado ni oprimido por lo grandes, y los grandes desean mandar y oprimir al pueblo; y de estos dos apetitos diversos nace en las ciudades uno de estos tres efectos: o principado o libertad o licencia.
El principado es suscitado o por el pueblo o por los grandes, según que una u otra de estas partes tenga la ocasión. Porque los grandes, al ver que no pueden resistir al pueblo, comienzan a aumentar la reputación de uno de ellos; y lo hacen príncipe para poder, bajo su sombra desahogar sus apetitos. El pueblo, asimismo, al ver que no puede resistir a los grandes, aumenta la reputación de uno, y lo hace príncipe para ser, bajo su autoridad, defendido. Quien llega al principado con ayuda de los grandes, se mantiene con más dificultad que aquel que llega con ayuda del pueblo; porque se encuentra príncipe, rodeado de muchos que le parecen ser sus iguales, y por esto no los puede ni mandar ni manejar a su modo. Pero aquel que llega al principado con el favor popular, se encuentra solo y tiene en torno a poquísimos o a ninguno que no estén prontos a obedecer. Además de esto, no se puede con honestidad satisfacer a los grandes sin injuria de otros, pero sí al pueblo; porque el fin del pueblo es más honesto que el de los grandes, por querer éstos oprimir y aquél no ser oprimido. Además, del pueblo enemigo un príncipe nunca puede asegurarse, por ser demasiados; mas de los grandes puede asegurarse, por ser pocos. Lo peor que puede esperar un príncipe de un pueblo enemigo es ser abandonado por él; pero de los grandes, como enemigos, no sólo debe temer ser abandonado, sino también que se le volteen; porque, al haber en ellos más previsión y más astucia, siempre avanzan a tiempo para salvarse, y tratan de congraciarse con aquel que esperan que venza. Necesita además el príncipe vivir siempre con el mismo pueblo; mas puede pasársela bien sin los mismos grandes, al poder hacerlos y deshacerlos cada día, y quitarles y darles, a su gusto, reputación.
Y para aclarar mejor esta parte, digo que los grandes se deben considerar principalmente de dos modos: o en su proceder se gobiernan de modo que se obligan en todo a tu fortuna, o no. Aquellos que se obligan, si no son rapaces, se deben honrar y amar; aquellos que no se obligan, se han de examinar de dos modos: o hacen esto por pusilanimidad y defecto natural de ánimo; entonces tú debes servirte de ellos, máxime si son buenos consejeros, porque en la prosperidad te honrarán, y no habrás de temerles en la adversidad. Pero cuando no se obligan por cálculo o por razón ambiciosa, es signo de que piensan más en ellos que en ti; de éstos debe el príncipe cuidarse, y temerles como si fuesen enemigos declarados, porque siempre, en la adversidad, ayudarán a arruinarlo. Debe, por tanto, el que se convierte en príncipe mediante el favor del pueblo, conservarlo como amigo; lo que le es fácil, ya que éste no le pide más que no ser oprimido. Pero el que, contra el pueblo, se convierte en príncipe con el favor de los grandes, debe antes que cualquier otra cosa, procurar ganarse al pueblo; lo que le es fácil, cuando lo toma bajo su protección. Y puesto que los hombres, cuando obtienen un bien de quien creían obtener un mal, se obligan más con su benefactor, se vuelve rápidamente el pueblo más benévolo con él que si, con sus favores, lo hubiese conducido al principado. Y puede el príncipe ganárselo de muchos modos, para los cuales, como varían según el caso, no se puede dar una determinada regla; por ello se dejarán de lado. Concluiré sólo que a un príncipe le es necesario tener al pueblo como amigo; de otra manera no tiene, en la adversidad, remedio.
Nabis, príncipe de los espartanos, resistió los ataques de toda Grecia y de un ejército romano victoriosísimo, y contra ellos defendió su patria y su Estado; y le bastó, al sobrevenir el peligro, asegurarse de pocos: lo que, si hubiese tenido al pueblo como enemigo, no le habría bastado. Y que no haya alguno que contradiga mi opinión con aquel proverbio trillado de que "quien funda en el pueblo funda en el fango"; porque eso es verdad cuando un ciudadano privado lo toma como fundamento, con la esperanza de que el pueblo lo libere cuando él sea oprimido por sus enemigos o por los magistrados (en este caso podría hallarse a menudo engañado, como en Roma los Gracos y en Florencia micer Giorgio Scali); mas si el príncipe que en él se funda puede mandar y es hombre de valor que no se atemoriza ante la adversidad, no omite los otros preparativos, y sabe con su valor y disposiciones animar al pueblo, nunca se encontrará engañado por él, y le parecerá haber echado buenos cimientos.
Estos principados suelen peligrar cuando pasan del orden civil al absolutismo. Porque estos príncipes o mandan por sí mismos o por medio de magistrados; en el último caso, es más débil y más peligroso sostenerse, porque dependen en todo de la voluntad de aquellos ciudadanos que actúan como magistrados, los cuales, máxime en tiempos adversos, pueden quitarle con gran facilidad el Estado, oponiéndosele o no obedeciéndole. Y el príncipe no está a tiempo, en los peligros, de tomar la autoridad absoluta, porque los ciudadanos y súbditos, que acostumbran recibir órdenes de los magistrados, no están, en tales coyunturas, prestos a obedecer las suyas; y habrá siempre, en los momentos de peligro, penuria de gente en quien pueda confiar. Porque semejante príncipe no puede fundarse sobre aquello que ve en tiempos pacíficos, cuando los ciudadanos tienen necesidad del Estado; porque entonces todos corren, todos prometen, y cualquiera quiere morir por él, cuando la muerte está lejos; mas en los tiempos adversos, cuando el Estado tiene necesidad de los ciudadanos, entonces encuentra pocos. Y es tanto más peligrosa esta experiencia, cuanto que no puede hacerse más que una sola vez. Y por ello un príncipe sabio debe buscar un modo por el cual sus ciudadanos, siempre y en toda circunstancia, tengan necesidad del Estado y de él; y así siempre le serán fieles.
X
De cómo se deben medir las fuerzas de todos los principados
Conviene, al examinar la calidad de estos principados, hacer otra consideración: a saber, si un príncipe tiene tanto poder que pueda, de ser preciso, por sí mismo sostenerse, o si siempre tiene necesidad de la defensa de otros. Y para aclarar mejor esta parte, digo que juzgo que pueden valerse por si mismos aquellos que pueden, o por abundancia de hombres o de dinero, organizar un ejército adecuado, y sostener una batalla campal con cualquiera que llegase a asaltarlos; y así también juzgo que siempre tienen necesidad de otros aquellos que no pueden enfrentarse con el enemigo en campaña, sino que tienen necesidad de refugiarse dentro de las murallas y defenderlas. El primer caso ya se ha discutido y adelante diremos lo que ahí proceda; en el segundo caso no se puede decir otra cosa, salvo exhortar a tales príncipes a fortificar y abastecer su capital, y a no tener en cuenta el resto del país. Y cualquiera que tenga bien fortificada su capital, y respecto de los otros gobierno con sus súbditos se haya conducido como arriba se ha dicho y abajo se dirá, será siempre con gran recelo asaltado; porque los hombres son siempre enemigos de las empresas donde se ve dificultad, y ninguna facilidad puede verse en asaltar a uno que tenga su capital resguardada y no sea odiado por el pueblo.
Las ciudades de Alemania son libérrimas, tienen poco territorio, obedecen al emperador cuando lo desean y no temen de él ni de ningún otro potentado que tengan a su alrededor; porque están de tal modo fortificadas que cualquiera considera que su expugnación debe ser tediosa y difícil. Porque todas tienen murallas y fosos apropiados; tienen suficiente artillería; tienen siempre en los almacenes públicos qué beber, qué comer y con qué calentarse por un año; y además de esto, para poder tener a la plebe saciada, y sin daño al erario público, tienen siempre en común la capacidad de darle trabajo por un año en las ocupaciones que son el nervio y la vida de aquella ciudad, y de cuya industria la plebe se sustenta. Tienen además en alta estima los ejercicios militares, y sobre esto hay muchas ordenanzas para mantenerlos.
Un príncipe, pues, que tenga una ciudad fuerte y no se haga odiar, no puede ser asaltado; y si a pesar de ello hubiese quien lo asaltare, éste partiría con vergüenza; porque las cosas del mundo son tan variables que es casi imposible que alguien pueda estar un año ocioso con los ejércitos asediándolo. Y a quien replicase: si el pueblo tiene sus posesiones fuera y las ve arder, perderá la paciencia, y el largo asedio y el interés propio le harán olvidar al príncipe; le respondo que un príncipe poderoso y animoso superará siempre todas aquellas dificultades, dando a los súbditos ora esperanza de que el mal no será largo, ora temor de la crueldad del enemigo, ora asegurándose con destreza de aquellos que le parecen demasiado atrevidos. Además de esto, el enemigo, lógicamente, debe quemar y arruinar el país a su llegada, cuando los ánimos de los hombres están todavía caldeados y dispuestos a la defensa; y, empero, tanto menos el príncipe debe dudar cuanto que, pasados algunos días, cuando los ánimos se han enfriado, los daños ya están hechos, los males están recibidos y ya no hay remedio alguno; y entonces tanto más vienen a unirse a su príncipe cuanto que les parece que él tiene, con ellos, una obligación, ya que sus casas fueron quemadas y sus posesiones arruinadas en defensa suya. Y está en la naturaleza de los hombres obligarse tanto por los beneficios que se hacen como por los que se reciben. De ahí que, si se considera bien todo, no sea difícil para un príncipe prudente tener, al principio y después del asedio, firmes los ánimos de sus ciudadanos, siempre y cuando no les falte con qué vivir ni con qué defenderse.
XI
De los principados eclesiásticos
Resta solamente, al presente, razonar de los principados eclesiásticos, respecto de los cuales todas las dificultades se presentan antes de poseerlos; porque se adquieren o por virtud o por fortuna, y sin una ni otra se conservan; porque son sustentados por antiguas ordenanzas religiosas, las cuales son tan poderosas y de tal calidad, que mantienen a sus príncipes en el Estado, cualquiera que sea su modo de proceder y vivir. Estos son los únicos que tienen Estados y no los defienden, súbditos y no los gobiernan; y estos Estados, a pesar de estar indefensos, no les son quitados; y los súbditos, a pesar de no ser gobernados, no se preocupan, ni piensan ni pueden enajenarse de ellos. Sólo estos principados son, pues, seguros y felices. Mas por estar regidos por razones superiores, a las cuales la mente humana no alcanza, dejaré de hablar de ellos; porque, al ser exaltados y sostenidos por Dios, sería oficio de hombre presuntuoso y temerario razonar acerca de ellos. Sin embargo, si alguno me preguntase de dónde viene que la Iglesia, en lo temporal, haya venido a tanta grandeza, siendo que antes de Alejandro los potentados italianos, y no sólo los que se llamaban potentados, sino todo barón y señor, aunque pequeño, en cuanto a lo temporal la estimaban poco, y ahora hace temblar a un rey de Francia, y ha podido expulsarlo de Italia y arruinar a los venecianos; no me parecería superfluo traer en buena parte a la memoria estos hechos, aunque sean conocidos. Antes de que Carlos, rey de Francia pasase a Italia, esta provincia estaba bajo el imperio del papa, los venecianos, el rey de Nápoles, el duque de Milán y los florentinos. Estos potentados debían tener dos cuidados principales: uno, que ningún extranjero entrase a Italia con ejércitos; el otro, que ninguno de ellos ocupase más Estados. Aquellos de quienes se tenía más cuidado eran el papa y los venecianos. Para hacer a un lado a los venecianos se necesitaba la unión de todos los otros, como sucedió en la defensa de Ferrara; y para contener al papa se servían de los barones de Roma; entre los cuales, por estar divididos en dos facciones, los Orsini y los Colonna, siempre existía razón de escándalo; y al estar con las armas en la mano ante los ojos del pontífice, tenían al pontificado débil y enfermo. Y aunque a veces surgiese un papa animoso, como lo fue Sixto, ni la fortuna ni el saber pudieron jamás desligarlo de esta incomodidad. Y la brevedad de su vida era una razón; porque en diez años que, regularmente, vivía un papa, difícilmente podía tener sometida a una de las facciones; y si, por ejemplo, uno de ellos había casi extinguido a los Colonna, surgía otro, enemigo de los Orsini, que los hacía resurgir, y a los Orsini no tenía tiempo de extinguirlos.
Esto hacía que las fuerzas temporales del papa fuesen poco estimadas en Italia. Surgió después Alejandro VI, el cual, de todos los pontífices que haya habido jamás, mostró mejor cuánto un papa, con dinero y con fuerza, podía prevalerse; e hizo, con el duque Valentino como instrumento y con ocasión del paso de los franceses, todas aquellas cosas de las que he tratado antes, al hablar de las acciones del duque. Y aunque su intención no fuese hacer grande a la Iglesia, sino al duque, sin embargo lo que hizo se tomó en grandeza para la Iglesia; la cual, después de su muerte, extinguido el duque, fue heredera de sus fatigas. Vino después el papa Julio, y encontró a la Iglesia engrandecida, en posesión de toda la Romaña, debilitados los barones de Roma y, por la persecución de Alejandro, anuladas aquellas facciones; y encontró también el camino abierto al modo de acumular dinero, jamás usado tanto antes de Alejandro. Cosas que Julio no sólo siguió, sino acrecentó; y pensó en ganar Bolonia, extinguir a los venecianos y expulsar a los franceses de Italia; y todas estas empresas le resultaron bien y con tanta más gloria cuanto que hizo todo para engrandecer a la Iglesia y no a algún particular. Mantuvo asimismo los partidos de los Orsini y los Colonna en los términos en que los encontró; y aunque entre ellos hubiese algún jefe que provocase alteraciones, no obstante, dos cosas los mantuvieron quietos: una, la grandeza de la Iglesia que los atemorizaba; la otra, el no tener cardenales, los cuales son origen de tumultos entre ellos. Jamás estarán quietos estos partidos mientras tengan cardenales; porque éstos nutren, en Roma y fuera de ella, a los partidos, y aquellos barones están forzados a defenderlos; y así, de la ambición de los prelados, nacen las discordias y tumultos entre los barones. Ha encontrado, pues, Su Santidad el papa León, este pontificado poderosísimo; por lo que se espera que, si aquéllos lo hicieron grande con las armas, éste, con su bondad y otras infinitas virtudes, lo hará grandísimo y venerado.
XII
De cuántos son los géneros de milicias y de los soldados mercenarios
Después de haber hablado en particular de todas las cualidades de aquellos principados acerca de los cuales en un principio me propuse razonar, de haber considerado en alguna parte las razones del bien y del mal de su existencia, y mostrado los modos por los cuales muchos han procurado adquirirlos y mantenerlos, me resta ahora tratar, en general, de las ofensas y defensas que en cada uno de los ya mencionados pueden presentarse. Hemos dicho antes cómo a un príncipe le es necesario tener buenos fundamentos; de otra manera, necesariamente le llega su ruina. Los principales fundamentos que tienen todos los Estados, ya sean nuevos, viejos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas. Y como no puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas, y donde hay buenas armas conviene que haya buenas leyes, dejaré a un lado el razonar acerca de las leyes y hablaré de las armas.
Digo, pues, que las armas con las cuales un príncipe defiende su Estado, o son propias, o son mercenarias, o auxiliares o mixtas. Las mercenarias y las auxiliares son inútiles y peligrosas. Y si uno tiene su Estado fundado en las armas mercenarias, no estará jamás firme ni seguro; porque éstas son desunidas, ambiciosas, indisciplinadas, infieles; gallardas frente a los amigos, frente a los enemigos, viles; no tienen temor de Dios ni fe en los hombres; y tanto se difiere la ruina cuanto se difiere el ataque; y en la paz eres expoliado por ellas, y en la guerra por los enemigos. La razón de esto es que no tienen otro amor, ni otra razón que los mantenga en campaña que un escaso estipendio, el cual no es suficiente para hacer que quieran morir por ti. Quieren ser tus soldados mientras tú no hagas la guerra; mas, cuando la guerra viene, o huyen o se van. De lo cual debería costar poco trabajo persuadir, porque la presente ruina de Italia no ha sido causada más que por haber, en el espacio de muchos años, descansado en armas mercenarias. Estas hicieron gracias a alguno ciertos progresos; y parecían valientes entre ellas; mas cuando vino el extranjero, mostraron lo que eran; de ahí que a Carlos, rey de Francia, le fue lícito tomar Italia con greda. Y quien decía que nuestros pecados eran la causa de ello, decía la verdad; pero no eran los que él creía, sino éstos que he narrado; y como eran pecados de príncipes, han padecido la pena también ellos.
Quiero demostrar mejor lo desafortunado de estas tropas. Los capitanes mercenarios o son hombres excelentes en las armas o no lo son: si lo son, no puedes fiarte de ellos, porque siempre aspirarán a su propia grandeza u oprimiéndote a ti, que eres su patrón, u oprimiendo a otros contra tus intenciones; mas, si el capitán no es virtuoso, lo ordinario es que te arruine. Y si se responde que cualquiera que tenga las armas en la mano, mercenario o no, hará esto, replicaré cómo las armas deben ser operadas o por un príncipe o por una república: el príncipe debe ir en persona y hacer el oficio de capitán; la república ha de mandar a sus ciudadanos; y cuando manda a uno que no resulta hombre valiente, debe cambiarlo, y cuando lo es, frenarlo con las leyes para que no se extralimite. Y por experiencia se ve que sólo los príncipes y las repúblicas armadas hacen progresos grandísimos, y que las tropas mercenarias nunca hacen más que daño; y con mayor dificultad cae en poder de un ciudadano suyo una república armada con ejércitos propios que una armada con tropas extranjeras.
Estuvieron Roma y Esparta muchos siglos armadas y libres. Los suizos están armadísimos y son libérrimos. Entre los ejércitos mercenarios antiguos están, por ejemplo, los cartagineses, los cuales estuvieron a punto de ser oprimidos por sus soldados mercenarios, concluida la primera guerra contra los romanos, a pesar de que los cartagineses tenían por capitanes a sus propios ciudadanos. Filipo de Macedonia fue hecho por los tebanos, después de la muerte de Epaminondas, capitán de su gente; y les quitó, después de la victoria, la libertad. Los milaneses, muerto el duque Filipo, contrataron a Francesco Sforza contra los venecianos; éste, vencidos los enemigos en Caravaggio, se alió con ellos para oprimir a sus patrones los milaneses. Sforza, su padre, estando a sueldo de la reina Juana de Nápoles, la dejó de repente desarmada; por lo que ella, para no perder el reino, fue constreñida a echarse en brazos del rey de Aragón. Y silos venecianos y los florentinos en el pasado acrecentaron su imperio con estas armas, y sus capitanes no se convirtieron, sin embargo, en príncipes suyos sino que los defendieron, respondo que los florentinos en este caso fueron favorecidos por la suerte; porque algunos de los capitanes virtuosos, de los cuales podían temer, no vencieron, algunos tuvieron oposición y otros volvieron su ambición a otro lugar. Quien no venció fue Giovanni Aucut, del cual, como no venció, no pudo conocerse la lealtad; mas todos confesarán que, de haber vencido, habrían quedado los florentinos a su discreción. Sforza tuvo siempre a los Braccio por adversarios, y mutuamente se refrenaron. Francesco volvió su ambición hacia Lombardía; Braccio contra la Iglesia y el reino de Nápoles.
Pero vengamos a lo que ha sucedido recientemente. Hicieron los florentinos capitán suyo a Paulo Vitelli, hombre prudentísimo que, de condición privada, había adquirido grandísima reputación. Si él hubiese expugnado Pisa, ninguno habrá que niegue que convenía a los florentinos tenerlo consigo; porque, si se hubiese puesto a sueldo de sus enemigos, no habrían tenido remedio; y si lo hubiesen conservado, habrían tenido que obedecerle. Si se consideran los procedimientos de los venecianos, se verá que ellos obraron segura y gloriosamente mientras hicieron la guerra con armas propias (que fue antes de que se volviesen con sus empresas hacia tierra firme), cuando con nobles y plebe armada obraron virtuosísimamente. Mas cuando comenzaron a combatir en tierra, abandonaron esa virtud y siguieron las costumbres de guerra de Italia. Al principio de su expansión por tierra, por no tener mucho Estado y por gozar de gran reputación, no tenían mucho que temer de sus capitanes; mas, cuando se extendieron (que fue bajo Carmignuola), tuvieron una prueba de este error; porque, al verlo virtuosísimo, cuando bajo su dirección habían batido al duque de Milán, y conociendo por otra parte su tibieza en la guerra, juzgaron ya no poder vencer con él porque no quería, ni poder licenciarlo, para no perder lo que habían adquirido; de manera que se vieron en la necesidad, para asegurarse, de matarlo. Tuvieron después por capitanes a Bartolomeo de Bérgamo, a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y a otros, con los cuales debían temer pérdidas, no ganancias: como sucedió después en Vailate, donde, en una jornada, perdieron lo que en ochocientos años, con tanta fatiga, habían adquirido. Porque de estas armas nacen sólo lentas, tardías y débiles adquisiciones, y súbitas y sorprendentes pérdidas. Y como he venido, con estos ejemplos, a Italia, que durante muchos años ha sido gobernada por armas mercenarias, quiero tratar de éstas desde el principio, para que, vistos el origen y progresos de ellas, se puedan corregir mejor.
Debe pues entenderse cómo, luego que en estos últimos tiempos el imperio comenzó a ser rechazado en Italia, y que el papa en lo temporal adquirió más reputación, se dividió Italia en numerosos Estados; porque muchas de las grandes ciudades tomaron las armas contra sus nobles, los cuales, al principio favorecidos por el emperador, las tenían oprimidas; y la Iglesia las favorecía para adquirir reputación en lo temporal; de muchas otras sus ciudadanos se convirtieron en príncipes. De ahí que, al haber caído casi toda Italia en manos de la Iglesia y de algunas repúblicas, y al no estar aquellos sacerdotes y aquellos otros ciudadanos habituados al conocimiento de las armas, comenzaron a contratar extranjeros. El primero que dio reputación a esta milicia fue el romañol Alberigo de Conio. De la escuela de éste descendieron, entre otros, Braccio y Sforza, que en sus tiempos fueron árbitros de Italia. Tras ellos vinieron todos los otros, que hasta nuestros días han gobernado estas armas. Y el resultado final de su virtud ha sido que Italia haya sido recorrida por Carlos, depredada por Luis, forzada por Fernando y vituperada por los suizos. El orden que ellos siguieron ha consistido, primero, para darse reputación a sí mismos, en despojar de reputación a la infantería.
Hicieron esto porque, al encontrarse sin Estado y dependiendo de su industria, si eran pocos infantes éstos no les daban reputación, y si eran muchos no podían mantenerlos; y por esto se limitaron a la caballería, con la cual, por ser en número soportable, eran mantenidos y honrados. Y habían llegado las cosas a tal extremo que en un ejército de veinte mil soldados no se encontraban dos mil infantes. Habían, además de esto, usado de toda industria para alejar de sí y de los soldados la fatiga y el temor: no se mataban en la pelea, sino que tomaban prisioneros y sin exigir rescate; de noche no atacaban las ciudades; los de las ciudades no atacaban a los acampados; alrededor de los campamentos no hacían empalizadas ni fosos; no campeaban en invierno. Y todas estas cosas estaban permitidas por sus ordenanzas militares y dispuestas por ellos para huir, como he dicho, de la fatiga y los peligros: tanto que condujeron a Italia a ser esclava y vituperada.
XIII
De los soldados auxiliares, mixtos y propios
Las armas auxiliares, que son las otras armas inútiles, se dan cuando se llama a un poderoso para que con sus armas venga a ayudarte y a defenderte; como hizo hace poco tiempo el papa Julio, el cual, al haber visto en la empresa de Ferrara la triste prueba de sus armas mercenarias, se volvió a las auxiliares, y convino con Fernando, rey de España, en que con su gente y ejércitos debería ayudarlo. Estas armas pueden ser útiles y buenas para sí mismas, pero son, para quien las llama, casi siempre dañosas; porque si pierden, acabas deshecho; si vencen, quedas prisionero suyo. Y aun cuando de estos ejemplos están llenas las historias antiguas, sin embargo, no quiero apartarme de este ejemplo fresco del papa Julio II, cuya decisión no pudo ser menos ponderada: por querer Ferrara, se puso totalmente en manos de un extranjero. Mas su buena fortuna hizo nacer una tercera cosa que impidió recogiese el fruto de su mala elección; porque, al haber sido sus auxiliares derrotados en Ravena, y surgido los suizos, quienes arrojaron a los vencedores contra toda opinión suya y ajena, no vino a quedar prisionero de sus enemigos, pues huyeron, ni de sus auxiliares, pues venció con otras armas y no con las de ellos. Los florentinos, estando totalmente desarmados, condujeron diez mil franceses a Pisa para expugnaría; decisión por la cual corrieron más peligro que en cualquier tiempo de tribulaciones. El emperador de Constantinopla, para oponerse a sus vecinos, introdujo en Grecia a diez mil turcos, los cuales, terminada la guerra, no quisieron irse; lo que fue el principio de la servidumbre de Grecia ante los infieles
Así pues, aquel que no quiera vencer, válgase de estas armas, porque son mucho más peligrosas que las mercenarias. Ya que con éstas la ruina está hecha, pues están totalmente unidas, dispuestas a obedecer a otros; mas las mercenarias, para ofenderte, una vez que han vencido, requieren más tiempo y mejor ocasión, por no ser un solo cuerpo y por haber sido reclutadas y pagadas por ti; en éstas un tercero al que hagas jefe no puede tomar de pronto tanta autoridad que te ofenda. En suma, en las mercenarias es más peligrosa la ignavia, y en las auxiliares, la virtud.
Por tanto, un príncipe sabio siempre ha huido de estas armas y recurrido a las propias; y ha preferido perder con las suyas que vencer con las otras, juzgando que no es verdadera victoria aquella que con armas ajenas se adquiere. No dudaré jamás en poner por ejemplo a César Borgia y sus acciones. Este duque entró en Romaña con armas auxiliares, conduciendo sólo gente francesa; y con ellas tomó Imola y Forlí. Mas después, al no parecerle seguras tales armas, recurrió a las mercenarias, juzgándolas menos peligrosas y tomó a sueldo a los Orsini y a los Vitelli. Después de actuar, al encontrarlas dudosas, peligrosas e infieles, las eliminó y se volvió a las propias. Puede verse fácilmente la diferencia que hay entre una y otra de estas armas, si se considera la diferente reputación del duque cuando tenía sólo a los franceses y cuando tenía a los Orsini y Vitelli, que cuando se quedó con sus propios soldados, apoyado en sí mismo: y siempre se encontrará engrandecida; nunca fue más estimado que cuando todos vieron que era absoluto poseedor de sus armas.
No quería apartarme de los ejemplos italianos y recientes; pero no quiero dejar de lado a Hierón de Siracusa, a quien ya he nombrado antes. Este, como dije, hecho por los siracusanos jefe de los ejércitos, conoció pronto que la milicia mercenaria no era útil, por ser sus caudillos como los nuestros italianos; y pareciéndole que no podía conservarlos ni dejarlos, los hizo cortar a todos en pedazos; después hizo la guerra con sus armas y no con las ajenas. Quiero ahora traer a la memoria una figura del Antiguo Testamento adecuada a este propósito. Ofreciéndose David a Saúl para ir a combatir con Goliat, provocador filisteo, Saúl, para darle ánimo, lo armó con sus propias armas; mismas que cuando David se las hubo puesto, rechazó, diciendo que con ellas no podía valerse bien por si mismo, y que quería enfrentar al enemigo con su honda y su cuchillo.
En fin, las armas de otros o se te caen de la espalda, o te pesan o te oprimen. Carlos VII, padre del rey Luis XI, al haber, con su fortuna y virtud, liberado a Francia de los ingleses, conoció esta necesidad de armarse con armas propias, y estableció en su reino la ordenanza de la caballería y de la infantería. Después el rey Luis, su hijo, disolvió la infantería y comenzó a contratar suizos; este error, seguido de otros, es, como se ve ahora de hecho, razón de peligros en aquel reino. Porque, al haber dado reputación a los suizos, ha debilitado todas sus armas; pues ha disuelto totalmente la infantería y a su caballería la ha hecho depender de las armas de otros; porque, al estar acostumbrada a militar con los suizos, no le parece poder vencer sin ellos. De aquí nace que los franceses contra los suizos no basten, y que sin los suizos contra otros nada intenten. Han sido, pues, mixtos los ejércitos de Francia, en parte mercenarios y en parte propios; todas estas armas juntas son mucho mejores que las simplemente auxiliares o las simplemente mercenarias, y muy inferiores a las propias. Y baste dicho ejemplo; porque el reino de Francia seria insuperable si las ordenanzas de Carlos hubiesen sido acrecentadas o preservadas. Mas la poca prudencia de los hombres los lleva a comenzar una cosa en la que, por parecer de momento buena, no advierten el veneno que hay oculto, como dije anteriormente acerca de las fiebres tísicas.
Por tanto, aquel que en un principado no conoce los males cuando nacen, no es verdaderamente sabio; y esto es dado a muy pocos. Y si se considera la primera razón de la ruina del imperio romano, se encontrará que comenzó sólo al tomar godos a sueldo; porque a partir de aquel momento comenzaron a enervarse las fuerzas del imperio romano; y toda aquella virtud que se arrebataba a éste, se daba a aquéllos. Concluyo, pues, que, sin tener armas propias, ningún principado está seguro; antes bien, depende totalmente de la fortuna, al no tener virtud que en la adversidad con lealtad lo defienda. Y fue siempre opinión y sentencia de los hombres sabios que "nada es tan débil e inestable como la aureola de poder que no se sustenta en la fuerza propia". Y las armas propias son aquellas que están compuestas o por súbditos o por ciudadanos o por criados tuyos; todas las otras son o mercenarios o auxiliares. El modo de ordenar las armas propias será fácil de encontrar si se examinan los ordenamientos de los cuatro que he nombrado anteriormente, y si se mira cómo Filipo, padre de Alejandro Magno, y cómo muchas repúblicas y príncipes se han armado y ordenado; a estos ordenamientos me remito totalmente.
XIV
De los deberes de un príncipe para con la milicia
No debe, pues, un príncipe tener otro objeto, ni otro pensamiento, ni tomar cosa alguna por su arte, fuera de la guerra y su orden y disciplina; porque aquélla es arte que atañe únicamente a quien manda; y es de tanta virtud que no sólo mantiene a aquellos que han nacido príncipes, sino que muchas veces hace a los hombres de fortuna privada ascender a aquel grado; y, por el contrario, se ve que cuando los príncipes han pensado más en las delicadezas que en las armas, han perdido su Estado. La primera razón que te hace perderlo es descuidar este arte; y la razón que te hace adquirirlo es ser experto en este arte. Francesco Sforza, por estar armado, de particular se convirtió en duque de Milán; y sus hijos, por huir de las molestias de las armas, de duques se convirtieron en particulares. Porque, entre otros males que te acarrea, el estar desarmado te hace despreciable; ésta es una de aquellas infamias de las cuales el príncipe debe guardarse, como más adelante se dirá: porque entre uno armado y uno desarmado no hay proporción alguna; y no es razonable que quien está armado obedezca voluntariamente a quien está desarmado, y que el desarmado esté seguro entre servidores armados; porque habiendo en uno desdén y en el otro sospecha, no es posible que juntos operen bien. Y por esto un príncipe que no se ocupe de la milicia, además de otras calamidades, como he dicho, no puede ser estimado por sus soldados, ni fiarse de ellos. Por tanto, nunca debe alejar el pensamiento de este ejercicio de la guerra, y en la paz no debe ejercitarse más que en la guerra; lo que puede hacer de dos modos: uno con las obras y el otro con la mente. En cuanto a las obras, además de tener bien ordenados y ejercitados a los suyos, debe dedicarse siempre a la cacería, y mediante ella acostumbrar el cuerpo a las incomodidades; y entre tanto aprender la naturaleza de los sitios, conocer cómo se alzan los montes, cómo desembocan los valles, cómo se extienden los llanos y entender la naturaleza de los ríos y de los pantanos; y en esto poner grandísimo cuidado. Tal conocimiento es útil de dos modos: primero, aprende a conocer el país y puede entender mejor su defensa; además, mediante el conocimiento y la experiencia en esos sitios, con facilidad comprende cualquier otro sitio nuevo que le sea necesario reconocer, porque las colinas, los valles, llanos, ríos y pantanos que hay, por ejemplo, en Toscana, tienen con los de las otras provincias cierta similitud; de tal manera que del conocimiento del terreno de una provincia se puede fácilmente llegar al conocimiento de las otras. Y el príncipe que carece de esta pericia, carece de la primera cualidad que debe tener un capitán; porque ésta enseña a encontrar al enemigo, elegir alojamientos, conducir los ejércitos, ordenar las batallas y sitiar las ciudades con ventaja A Filopemen, príncipe de los aqueos, entre otras alabanzas que por los escritores le son dadas, está la de que en tiempos de paz nunca pensaba más que en las cosas de la guerra; y cuando andaba en el campo con los amigos a menudo se detenía y razonaba con ellos: -Si los enemigos estuviesen en aquella colina y nosotros nos encontrásemos aquí con nuestro ejército, ¿quién de nosotros tendría ventaja?, ¿cómo se podría ir, conservando la formación, a su encuentro?; si quisiésemos retirarnos, ¿cómo tendríamos que hacerlo?; si ellos se retirasen, ¿cómo podríamos perseguirlos?- y les proponía, andando, todos los casos que en un ejército pueden ocurrir;'3 escuchaba sus opiniones, decía la suya, la corroboraba con razones; de modo que, por estas continuas reflexiones, nunca podía, al guiar los ejércitos, surgir accidente alguno que para él no tuviese remedio. Pero en cuanto al ejercicio de la mente, debe el príncipe leer las historias, y en ellas considerar las acciones de los hombres eminentes; ver cómo se han gobernado en las guerras; examinar las razones de sus victorias y derrotas para poder huir de éstas e imitar aquéllas; y sobre todo hacer como hizo en otro tiempo cualquier hombre eminente, quien tomó como ejemplo a alguno que con anterioridad fue alabado y celebrado, y del cual tuvo siempre presentes sus proezas y acciones: como se dice que Alejandro Magno imitaba a Aquiles; César a Alejandro; Escipión a Ciro. Cualquiera que lea la vida de Ciro escrita por Jenofonte, reconocerá después, en la vida de Escipión, cuánta gloria le resultó de aquella imitación, y cuánto en la castidad, afabilidad, humanidad y liberalidad, Escipión se ajustó a aquellas cosas que de Ciro fueron escritas por Jenofonte. Un príncipe sabio debe observar semejantes modos; y nunca en tiempos de paz estar ocioso, sino con industria hacer un capital para poder valerse de él en la adversidad, de manera que, cuando cambie la fortuna, lo encuentre preparado para resistir.
XV
De las cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o vituperados
Resta ahora ver cuáles deben ser los modos y el comportamiento de un príncipe con los súbditos o con los amigos. Y como sé que muchos han escrito sobre esto, temo, al escribir ahora yo, ser tenido por presuntuoso, máxime porque me aparto, al tratar de esta materia, de los métodos de otros. Mas por ser mi intención escribir cosas útiles para quien las entiende, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad efectiva de la cosa que a la representación imaginaria de ella. Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que jamás se han visto ni conocido en la realidad; porque es tanta la distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que aquel que deja lo que hace por lo que se debería hacer, conoce más pronto su ruina que su preservación; porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, inevitablemente se arruina entre tantos que no lo son. De aquí que sea indispensable que un príncipe, si quiere mantenerse, aprenda a poder no ser bueno, y a usarlo o no según la necesidad.
Dejando, pues, de lado las cosas imaginadas acerca de un príncipe, y hablando de las que son verdaderas, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y especialmente los príncipes, por estar colocados más alto, son juzgados por algunas de estas cualidades que les acarrean o censura o alabanza. Así es que uno es tenido por liberal, otro por miserable (usando un término toscano, porque avaro, en nuestra lengua es también aquel que por rapiña desea enriquecerse; llamamos miserable a aquel que se abstiene demasiado de usar lo suyo); uno es considerado dadivoso, otro rapaz; uno cruel, otro piadoso; uno fementido, el otro fiel; uno afeminado y pusilánime, el otro feroz y valeroso; uno humano, otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno íntegro, otro astuto; uno rígido, otro condescendiente; uno grave, otro ligero; uno religioso, otro incrédulo, etcétera. Sé que todos reconocerán que sería cosa muy laudable que en un príncipe se encontrasen, de todas las cualidades anteriores, aquellas que son tenidas por buenas; mas como no se pueden tener ni observar enteramente, porque las condiciones humanas no lo consienten, le es necesario ser tan prudente que sepa huir de la infamia de aquellos vicios que le arrebatarían el Estado y, si fuese posible, guardarse de los que no se lo quitarían; pero si esto no es posible, se puede caer en ellos con menos preocupación. Y, además, no se cuide de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente pueda salvar su Estado; porque, si se considera bien todo, se verá que cualquier cosa que parezca virtud, de seguirla, seria su ruina; y de cualquier otra que parezca vicio, de seguirla, surgiría su seguridad y bienestar.
XVI
De la liberalidad y de la parsimonia
Comenzando, pues, por la primera de las indicadas cualidades, digo que sería bueno ser tenido por liberal; sin embargo la liberalidad, usada de modo que seas tenido por liberal, te ofende; porque si se usa virtuosamente y como se debe usar, no será conocida, y no te evitará la infamia de lo contrario. Pero si se quiere mantener entre los hombres el calificativo de liberal, es necesario no omitir ninguna clase de suntuosidad, de manera que siempre que un príncipe así haga, consumirá en semejantes obras todas sus riquezas; y tendrá necesidad al final, si quiere mantener el nombre de liberal, de gravar extraordinariamente al pueblo y ser recaudador fiscal, y hacer todas aquellas cosas que puedan hacerse para tener dinero. Lo que comenzará a hacerlo odioso ante sus súbditos, y poco estimado por todos, pues se habrá vuelto pobre; de modo que, al haber con esta liberalidad suya ofendido a muchos y premiado a pocos, se resentirá al primer inconveniente y peligrará al primer riesgo, y, al comprenderlo y querer retractarse, incurrirá súbitamente en la infamia de miserable.
Un príncipe, pues, al no poder usar de esta virtud de la liberalidad sin daño suyo, de modo que sea conocida, debe, si es prudente, no cuidarse del calificativo de mísero; porque con el tiempo será tenido siempre por más liberal, al ver que, con su parsimonia, sus ingresos le bastan, puede defenderse de quien le hace la guerra, y puede acometer empresas sin gravar al pueblo; de manera que viene a hacer uso de la liberalidad con todos aquellos a quienes no quita, que son infinitos, y de la miseria con todos aquellos a quienes no da, que son pocos. En nuestros tiempos no hemos visto hacer grandes cosas sino a aquellos que han sido tenidos por míseros; los demás se han extinguido. El papa Julio II, aunque se sirvió del calificativo de liberal para arribar al papado, no pensó después en conservarlo para poder hacer la guerra; el actual rey de Francia ha hecho tantas guerras sin imponer un tributo extraordinario a los suyos, sólo porque ha suplido los gastos superfluos con su amplia parsimonia; el presente rey de España, si hubiese sido liberal, no habría hecho ni vencido en tantas empresas.
Por tanto, un príncipe debe preocuparse poco, para no tener que robar a sus súbditos, para poder defenderse, para no volverse pobre y despreciable, para no verse forzado a volverse rapaz, de incurrir en el calificativo de mísero; porque éste es uno de esos vicios que lo hacen reinar. Y si alguno dijese: César con liberalidad llegó al imperio, y muchos otros, por haber sido liberales y considerados como tales, han alcanzado grados eminentísimos; respondería: o eres un príncipe ya hecho o estás en vías de lograrlo; en el primer caso, esta liberalidad es dañosa; en el segundo, es muy necesario ser tenido por liberal. Y César era uno de aquellos que querían llegar al principado de Roma; mas, si después de haber llegado, hubiese sobrevivido y no hubiese moderado aquellos gastos, habría destruido aquel imperio. Y si alguno replicase: muchos que han sido príncipes y que con los ejércitos han hecho grandes cosas fueron considerados liberalísimos; te respondería: o el príncipe gasta lo suyo y lo de sus súbditos, o lo de otros; en el primer caso, debe ser parco; en el otro, no debe omitir ninguna especie de liberalidad. Y a aquel príncipe que va con los ejércitos, que se sostiene con presas, con saqueos y con rescates, y que dispone de lo de otros, le es necesaria esta liberalidad; de otra manera, no seria seguido por los soldados. Y de aquello que no es tuyo o de tus súbditos, se puede ser más generoso donante, como lo fueron Ciro, César y Alejandro; porque gastar lo de otros no te quita reputación, antes bien, te la aumenta. Solamente gastar lo tuyo es lo que te daña; y no hay cosa que se consuma tanto a si misma como la liberalidad: mientras la usas, pierdes la facultad de usarla; y te vuelves pobre y despreciable, o, para rehuir la pobreza, rapaz y odioso. Y entre todas las cosas de que un príncipe debe cuidarse, está la de ser despreciable y odioso; y la liberalidad a una y a otra cosa te conduce. Por tanto, es más sabio atenerse al calificativo de miserable, el cual engendra una infamia sin odio, que, por querer el nombre de liberal, verse obligado a incurrir en el calificativo de rapaz, el cual engendra una infamia con odio.
XVII
De la crueldad y de la piedad, y de si es mejor ser amado que temido, o viceversa
Prosiguiendo con las otras cualidades mencionadas anteriormente, digo que todo príncipe debe desear ser tenido por piadoso y no por cruel; sin embargo, debe cuidarse de no usar mal esta piedad. César Borgia era considerado cruel; no obstante, aquella crueldad suya había reorganizado, unido y reducido la Romaña a la paz y a la fidelidad. Si esto se considera bien, se verá que él fue mucho más piadoso que el pueblo florentino; éste, por huir del calificativo de cruel, dejó destruir Pistoya. No debe, por tanto, un príncipe cuidarse de la infamia de cruel, para poder tener a sus súbditos unidos y fieles; porque con poquísimos ejemplos él será más piadoso que aquellos que, por demasiada piedad, dejan continuar los desórdenes de los que cometen asesinatos o rapiñas; porque éstos suelen ofender a toda una universalidad, mientras que aquellos castigos que vienen del príncipe ofenden sólo a un particular. De todos los príncipes, al príncipe nuevo le es imposible huir del calificativo de cruel, por estar los Estados nuevos llenos de peligros. Virgilio, en boca de Dido, dice:
La dura tarea y la novedad del reino me hacen actuar
en este sentido y defender mi territorio por todas partes.
Sin embargo debe ser precavido al creer y al actuar, no tener miedo de su sombra, y proceder de modo que, mesurado con prudencia y humanidad, la mucha confianza no lo haga incauto y la mucha desconfianza no lo vuelva intolerable.
Nace de esto una disputa: si es mejor ser amado que temido, o viceversa. Se responde que se quisiera ser lo uno y lo otro; pero puesto que es difícil amontonarlos a ambos, es mucho más seguro ser temido que amado, cuando haya de faltar uno de los dos. Porque de los hombres puede decirse generalmente esto: que son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, rehuidores de peligros, ávidos de ganancias; y mientras les haces el bien, son todos tuyos; te ofrecen la sangre, los bienes, la vida, los hijos, como antes dije, cuando la necesidad está distante; mas cuando se te acerca, ellos se rebelan. Y aquel príncipe que se ha fundado totalmente en la palabra de ellos, al encontrarse desnudo de otros preparativos, se arruina; porque las amistades que se adquieren por un precio y no con grandeza y nobleza de ánimo, se compran, mas no se tienen, y en el momento oportuno no se puede disponer de ellas. Y los hombres tienen menos miedo de ofender a uno que se hace amar que a uno que se hace temer; porque el amor es tenido como un vinculo que obliga, el cual, por causa de la triste condición humana, en cualquier ocasión de utilidad propia es roto; mas el temor es tenido como un miedo al castigo que no abandona jamás.
Debe, sin embargo, el príncipe hacerse temer de modo que, si no consigue el amor, rehuya el odio; porque puede muy bien al mismo tiempo ser temido y no odiado; lo cual conseguirá siempre, si se abstiene de los bienes de sus ciudadanos y de sus súbditos, y de sus mujeres. Y cuando, no obstante, necesite ejecutar a alguien, debe hacerlo cuando haya justificación conveniente y causa manifiesta, pero, sobre todo, debe abstenerse de los bienes de otros; porque los hombres olvidan más pronto la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Además, razones para quitar los bienes nunca faltan; y siempre aquel que comienza a vivir con rapiña, encuentra razones para apoderarse de lo de otros; y, por el contrario, para ejecutar a alguien, éstas son más raras y desaparecen más rápido.
Pero cuando el príncipe está con los ejércitos y ha de gobernar multitud de soldados, entonces es totalmente necesario no cuidarse del nombre de cruel; porque, sin este nombre, no se tiene nunca un ejército unido ni dispuesto a acción alguna. Entre las admirables acciones de Aníbal se menciona ésta: que, teniendo un ejército grandísimo, compuesto de infinitas razas, llevado a combatir en tierras extranjeras, jamás surgió disensión alguna, ni entre ellos ni contra el príncipe, así en la adversidad como en la buena fortuna. Lo que no pudo nacer de otra cosa más que de su inhumana crueldad, la cual, junto con sus infinitas virtudes, lo hizo siempre, ante sus soldados, venerado y terrible; y sin aquélla, para alcanzar tal efecto, sus otras virtudes no le habrían bastado. Los escritores, en esto poco reflexivos, por una parte admiran esta acción suya y, por la otra, condenan su principal razón.
Y que sea verdad que sus otras virtudes no habrían bastado, puede verse en Escipión, rarísimo no sólo en su tiempo sino en la memoria de todas las cosas que se saben, a quien sus ejércitos en España se le rebelaron; lo que no se debió más que a su excesiva piedad, que había dado a sus soldados más licencia de la que convenía a la disciplina militar. Esto hizo que Fabio Máximo, en el senado, lo censurara y lo llamara corruptor de la milicia romana. Los locrios, al haber sido destruidos por un legado de Escipión, no fueron vengados por él, ni fue la insolencia de aquel legado corregida, todo lo cual nació de su naturaleza indulgente; al grado que, queriendo alguien en el senado excusarlo, dijo que había muchos hombres que sabían mejor no errar que corregir los errores. Tal naturaleza habría con el tiempo empañado la fama y la gloria de Escipión, si el hubiese, con ella, perseverado en el mando; mas por vivir bajo el gobierno del senado, esta cualidad dañosa no sólo se ocultó, sino que le dio gloria.
Concluyo, por tanto, volviendo a la cuestión de ser temido o amado, que, puesto que los hombres aman a su voluntad y temen a voluntad del príncipe, debe un príncipe sabio fundarse en aquello que es suyo, no en lo que es de otros; debe solamente ingeniárselas para rehuir el odio, como he dicho.
XVIII
De qué modo los príncipes deben guardar sus promesas
Cuán laudable es en un príncipe mantener su palabra y vivir con integridad y no con astucia, todos lo comprenden: sin embargo, se ve por experiencia, en nuestros tiempos, que aquellos príncipes que han hecho grandes cosas, en poco han tenido su palabra, y han sabido con astucia enredar el cerebro de los hombres, y al fin han superado a aquéllos que se han fundado en la lealtad.
Débese, pues, saber que hay dos formas de combatir: una con las leyes, la otra con la fuerza; la primera es propia del hombre, la segunda lo es de las bestias; mas como la primera muchas veces no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, a un príncipe le es necesario saber usar bien la bestia y el hombre. Este punto fue enseñado veladamente a los príncipes por los antiguos escritores, los cuales escriben cómo Aquiles y muchos otros de aquellos príncipes antiguos fueron dados al centauro Quirón para que los educase y bajo su disciplina los custodiase. Tener por preceptor a alguien mitad bestia y mitad hombre no quiere decir otra cosa sino que necesita un príncipe saber usar una y otra naturaleza; y una sin la otra no es durable. Estando, pues, un príncipe necesitado de saber usar bien la bestia, debe elegir la zorra y el león; porque el león no se defiende de los lazos y la zorra no se defiende de los lobos. Precisa, pues, ser zorra para conocer las trampas, y león para espantar a los lobos. Aquellos que se basan simplemente en el león, no se muestran entendidos. No puede, por tanto, un señor prudente, ni debe, observar su palabra cuando tal observancia se vuelve en contra suya y han cesado las razones que le hicieron prometería. Y silos hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero, puesto que son perversos y no la observan contigo, tú tampoco tienes que observarla con ellos. A un príncipe nunca faltaron razones legítimas para justificar la inobservancia. De esto se podrían dar infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántos tratados de paz, cuántas promesas han resultado nulas y vanas por la infidelidad de los príncipes; y aquel que ha sabido usar mejor la zorra, ha tenido mejor fin. Mas es necesario saber ocultar bien esta naturaleza y ser gran simulador y disimulador; los hombres son tan simples y obedecen tanto a las necesidades presentes, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar. No quiero, de los ejemplos recientes, callar uno: Alejandro VI no hizo jamás otra cosa, ni pensó nunca en otra cosa más que en engañar a los hombres, y siempre encontró sujetos con quienes poder hacerlo. Y nunca hubo hombre que tuviese mayor eficacia en aseverar y con mayores juramentos afirmase una cosa, y que la observase menos; no obstante, siempre le resultaron los engaños según sus deseos, porque conocía bien este aspecto del mundo.
A un príncipe, pues, no le es necesario tener de hecho todas las cualidades mencionadas, pero le es muy necesario parecer tenerlas. Así, me atreveré a decir esto: que, teniéndolas y observándolas siempre, son dañosas, pero pareciendo tenerlas, son útiles; como lo es parecer piadoso, fiel, humano, íntegro, religioso, y serlo, mas tener de tal modo dispuesto el ánimo que, necesitando no serlo, tú puedas y sepas cambiar a lo contrario. Y ha de entenderse esto: que un príncipe, y máxime un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, estando a menudo necesitado, para conservar su Estado, de actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Pero precisa tener un ánimo dispuesto a cambiar según lo que los vientos de la fortuna y las variaciones de las cosas le manden, y, como dije arriba, no apartarse del bien, mientras pueda, mas saber entrar en el mal, de ser necesario.
Debe, pues, tener un príncipe gran cuidado de que no salga jamás de su boca cosa alguna que no esté llena de las cinco cualidades arriba mencionadas y de parecer, al verlo y oírlo, todo piedad, todo fidelidad, todo integridad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria de aparentar tener que esta última cualidad. Los hombres, por lo general, juzgan más con los ojos que con las manos; porque ver es concedido a todos, pero tocar, a pocos. Todos ven lo que tú pareces, pocos tocan lo que tú eres; y esos pocos no osan oponerse a la opinión de los muchos que tienen la majestad del Estado que los defiende; en las acciones de todos los hombres, y máxime de los príncipes, donde no hay tribunal de apelación, se atiende al resultado. Procure, pues, un príncipe vencer y conservar su Estado; los medios serán siempre juzgados honorables y por todos alabados; porque el vulgo se deja llevar por las apariencias y por el resultado de las cosas, y en el mundo no hay sino vulgo; y los pocos no tienen sitio cuando la mayoría tiene dónde apoyarse. Un príncipe de nuestros tiempos, a quien no está bien nombrar, nunca predica otra cosa que paz y lealtad, y de la una y de la otra es acérrimo enemigo; y la una y la otra, si las hubiese observado, le habrían muchas veces quitado o la reputación o el Estado.
XIX
De cómo evitar ser despreciado y odiado
Pero como acerca de las cualidades de las que arriba se hace mención, he hablado de las más importantes, de las otras quiero tratar brevemente desde este punto de vista genérico: que el príncipe piense, como arriba en parte he dicho, evitar aquellas cosas que lo hacen odioso o despreciable; y cada vez que huya de esto, habrá cumplido con su parte y no encontrará en las otras infamias peligro alguno. Odioso lo hace, sobre todo, como dije, el ser rapaz y usurpador de los bienes y las mujeres de sus súbditos; de ello debe abstenerse; y siempre que a la generalidad de los hombres no se quita ni bienes ni honor, viven contentos; y sólo se ha de combatir con la ambición de pocos, la cual de muchos modos y con facilidad se refrena. Despreciable lo hace el ser considerado voluble, ligero, afeminado, pusilánime, irresoluto; de ello un príncipe debe cuidarse como de un escollo, e ingeniarse para que en sus acciones se reconozca grandeza, valor, gravedad, fortaleza; y respecto de los manejos privados de los súbditos, procurar que su sentencia sea irrevocable, y mantenerse en tal opinión, para que nadie piense ni en engañarlo ni en burlarlo.
Aquel príncipe que da de sí esta opinión, es muy reputado; y contra quien es reputado con dificultad se conjura, y con dificultad es asaltado, a condición de que se sepa que es excelente y reverenciado por los suyos. Porque un príncipe debe tener dos temores: uno dentro, por cuenta de sus súbditos; el otro fuera, por cuenta de potentados extranjeros. De éste se defiende con las buenas armas y con los buenos aliados; y siempre, si tiene buenas armas, tendrá buenos aliados; y siempre estarán firmes las cosas de adentro, cuando estén firmes las de afuera, a menos que sean perturbadas por una conjura; y aun cuando las de afuera se agitasen, si él se ha ordenado y vivido como he dicho, si no se abandona, siempre resistirá todo ataque, como dije que hizo el espartano Nabis. Pero respecto de los súbditos, cuando las cosas de afuera no se agitan, se ha de temer que no conjuren secretamente: contra lo cual el príncipe se asegura bien huyendo de ser odiado o despreciado, y teniendo al pueblo satisfecho de él; lo que es necesario conseguir, como arriba extensamente se dijo. Y uno de los más poderosos remedios que tiene un príncipe contra las conjuras es no ser odiado por la generalidad de los hombres; porque siempre quien conjura cree, con la muerte del príncipe, satisfacer al pueblo; mas cuando cree ofenderlo no toma ánimos para adoptar semejante partido; porque las dificultades que tienen los conjurados son infinitas. Por experiencia se ve que han sido muchas las conjuras y pocas las que han tenido buen fin; porque quien conjura no puede estar solo, ni puede encontrar compañía sino entre aquellos que cree están descontentos; y tan pronto como a un descontento le has descubierto tu ánimo, le das ocasión de contentarse, porque manifiestamente él puede esperar todo tipo de ventajas; de manera que, viendo la ganancia segura por esta parte, y por la otra viéndola dudosa y llena de peligros, conviene o que sea un amigo fuera de lo común o que sea un muy obstinado enemigo del príncipe, para que te guarde fidelidad. Y para reducir las cosas a breves términos, digo que por parte del conjurado no hay sino miedo, recelo, temor a la pena que lo amenaza; mas del lado del príncipe está la majestad del principado, las leyes, la protección de los amigos y del Estado que lo defienden; de manera que, aunada a todas estas cosas la benevolencia popular, es imposible que alguien sea tan temerario que conjure. Porque si, de ordinario, un conjurado ha de temer antes de la ejecución del mal, en este caso debe temer también después (al tener por enemigo al pueblo) de cometido el