Universidad Abierta
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El Congreso Constituyente
Ernesto Jiménez Hernández
CONTENIDO
Introducción
Objetivos
Capítulo
I.
Antecedentes
Históricos de la Constitución de 1824 a la Constitución de 1857.
Capítulo
II.
El
Plan de Tuxtepéc.
El
Porfiriato.
Etapa
Prerrevolucionaria.
La
Revolución Mexicana.
Capítulo
III.
El
Congreso Constituyente.
El
Tema de la Educación.
La
Cuestión Agraria.
Los
Monopolios.
Acuñación de moneda y emisión de billetes
La
Soberanía de la Nación.
Composición
del Congreso de la Unión.
Los
Informes de Gobierno.
Impartición
de Justicia.
Responsabilidad
de los funcionarios.
El
Municipio.
El
Trabajo y la Previsión Social.
Capítulo
IV.
Otro
enfoque del Congreso Constituyente de 1916 – 1917.
La
Constitución de 1917
Garantías
individuales.
Garantías
sociales.
Organización
del estado mexicano.
Reformas
a la Constitución.
Artículos
transitorios.
La
Constitución.
¿Qué
es la Constitución?
La
Constitución es la Ley de Leyes de un País.
Decisiones
políticas fundamentales plasmadas en la Constitución.
Conclusiones.
Bibliografía.
Cuestionario.
Introducción.
La
mejor manera de conocer al pueblo mexicano es mediante el estudio de su
historia y sus instituciones; conocimiento que reafirma nuestra identidad, para
así comprender nuestro modo de ser y las metas que como nación nos hemos
fijado.
El
presente trabajo describe una parte importante del pasado histórico de nuestro
país, sus luchas, sus problemas, sus aspiraciones, sus logros, en fin, todos
aquellos sucesos políticos y económicos que han conformado nuestra realidad
social.
Nos
remonta al siglo XIX para conocer a los personajes que intervinieron en la
construcción de la patria, mostrando el perfil y la ideología que profesaban;
por lo que vivieron y murieron. Se exponen sus principales hechos y obras, así
como el papel que desempeñaron en la vida política de la naciente República.
Esos
personajes, muchas veces rodeados de grandes dificultades y peligros, fueron
los que crearon y dieron forma a nuestras constituciones, las que, a su vez,
establecieron la estructura del Estado mexicano.
Esas
leyes fundamentales son brevemente analizadas, así como la forma de gobierno
federal, republicano, popular y representativo que crearon; los órganos
públicos que establecieron; las decisiones políticas adoptadas y los derechos
individuales y, ene el caso de la Constitución de 1917, las garantías sociales
que proclamaron.
Hay
que hacer notar que las tres constituciones federales de México, no fueron el
fruto de una meditación pacífica, sino la consecuencia de sangrientos hechos de
armas, de auténticas revoluciones: de la Independencia originó la Constitución
de 1824, la de Ayutla a la Constitución de 1857 y los movimientos de 1910 y
1913, la actual de 1917.
El
pueblo se identifica con sus grandes antepasados a través de sus leyes
fundamentales. También por ella sabe de los derechos principales que le
corresponden a cada individuo, a todo mexicano y a los diferentes sectores
sociales, especialmente a los más necesitados. Así mismo, esos ordenamientos
supremos les señalan sus obligaciones máximas.
La
divulgación de los derechos superiores de los mexicanos, por medio de estos
preceptos, lleva el propósito de contribuir a su mayor observancia y respeto.
De igual forma, al extender más el conocimiento de nuestros deberes
elementales, podremos cumplirlos conscientemente.
Objetivos.
Los
objetivos más importantes del presente trabajo, son diversos, y su contenido
habrá de presentarse a continuación:
Es
la manera idónea de conocer al pueblo
mexicano y sus instituciones jurídicas especialmente su carta fundamental, la
Constitución General de la República.
El
conocimiento directo de los factores que influyeron como causas inmediatas y
mediatas, como antecedentes de influencia para el establecimiento de la
Constitución General de la República con vigencia hasta nuestros días.
Presentar
nuestro pasado histórico que dio origen al Congreso Constituyente y la constitución
de 1917.
Recordar
un gran número de los personajes de la vida nacional que con sus luchas armadas
o sus tareas ideológicas conformaron diversas aportaciones que dieron la pauta
fundamental a la elaboración de la Constitución de 1917, recogiendo los reclamos
del pueblo de México, principalmente de la clase más desprotegida o de la que
formó la inmensa mayoría en el país, los campesinos, los obreros y los
trabajadores no asalariados.
Saber
de manera clara y específica cuáles fueron los aspectos políticos más
importantes que influenciaron la Carta Magna, en la lucha por el poder en
México, entre otros temas, uno de los
más importantes, el porqué se instauró el principio de sufragio efectivo y no reelección, que es muy actual hasta
nuestros días.
La
exposición de las partes más importantes de la Constitución en 1917, en sus
temas fundamentales, como la educación, la libertad de culto, las garantías
individuales, la composición del gobierno, los principios que unen a la
República Representativa y Federal, el Poder Judicial, la instauración del
juicio de Amparo, la composición del gobierno con su división tripartita de
poderes, la función y composición del Poder Legislativo, el Ejecutivo y la
duración en su cargo, los derechos de los trabajadores, los derechos de los
campesinos y la distribución de la tierra, el combate a los monopolios y otros
aspectos de gran interés para la nación.
CAPÍTULO
I.
1.
Antecedentes Históricos de la Constitución de 1824, a la Constitución de 1857.
Nuestra
Constitución vigente se basa en una anterior, la de 1857 y ésta a su vez,
proviene de la primera Constitución de 1824.
El
nacimiento de la primera Constitución emana de los siguientes acontecimientos
históricos, políticos y sociales:
En
el año de 1808 Francia invadió España, Napoleón se impuso a la Corona Española
y, por medio de artificios, logró que Fernando VII renunciara como
soberano. Posteriormente, el emperador
francés colocó a su hermano José Bonaparte como monarca español.
La
población en el antiguo territorio de la Nueva España, en su carácter de
colonia española, que realizaban los trabajos más pesados y humildes,
manteniéndose en una total ignorancia y marginación por parte de los grupos
superiores.
Los
criollos y los españoles formaban la cúspide de esta estructura social, aunque
los criollos por ser hijos de españoles, nacidos en la colonia, soportaban un
nivel de sometimiento e inferioridad frente a los españoles emigrantes y
autoridades españolas y eclesiásticas.
Como
ya se mencionó, las autoridades españolas metropolitanas dejaron de gobernar, y
en la Nueva España – hoy México – surgieron ideas de libertad, no sólo en la
ciudad capital, sino en otras partes como los cabildos de Jalapa y San Luis
Potosí. Lo mismo sucedió en otras
colonias de América.
Así,
Fray Melchor de Talamantes, misionero peruano y mártir de la Independencia de
México, formuló un plan político y una convocatoria para la organización del
Congreso Nacional en la que proponía suprimir la autoridad civil española. Estos fueron los primeros pasos del proceso
independentista en nuestro país, mismo que culminaría en 1821, después de la
irrupción del movimiento armando de 1810, encabezado por Miguel Hidalgo y
Costilla e Ignacio Allende, continuando por José María Morelos y Pavón y
consumado por Vicente Guerrero.
Además
de tales hechos, influyeron en la creación de nuestra Ley Suprema de 1824 las
ideas filosóficas de Rousseau respecto de la soberanía y las de Montesquieu,
importante pensador francés, sobre la división de poderes como un sistema de
pesos y contrapesos en el ejercicio del poder.
Por otro lado, esa ley se inspiró en el federalismo norteamericano y se
hizo palpable el influjo de la Constitución de Cádiz de 1812 en lo relativo al
procedimiento para la elaboración de las leyes.
Una
vez consumada la Independencia de México, el primer Congreso Constituyente
mexicano promulgó en 1824. La primera Constitución Política del país, que sería
la Constitución original fundamentada en hechos históricos – políticos de
profundas raíces nacionalistas.
Dicha
norma, postuló la soberanía nacional y estableció la República representativa,
popular, federal. Consignó además, un
sistema presidencialista, un poder legislativo sólido con amplias facultades,
dividido en dos Cámaras, y una estructura judicial constituida por una Corte
Suprema de justicia y Tribunales de Circuito y de Distrito.
La
Constitución de 1824, de corte liberal, fue sustituida por las Sietes Leyes
Constitucionales de 1836 y las Bases Orgánicas de 1843, promulgadas por
gobiernos conservadores. En 1847 fue la
constitución originaria, siguiendo en orden de importancia la norma suprema de
1857, la que desde el momento de su promulgación fue combatida por los
conservadores clericales. La lucha
política entre liberales y conservadores, dio pie a la Guerra de Reforma, lucha
civil que duró tres años, resultando finalmente triunfador el grupo liberal
encabezado por el Presidente Benito Juárez.
La
Carta Magna de 1857 estableció la supremacía de la Constitución, la división de
poderes, el gobierno republicano, democrático, representativo y federal. Reconoció los derechos del hombre, “como la
base y el objeto de las instituciones sociales...” y estableció el juicio de
amparo para hacerlos respetar. El
amparo es el medio – instrumento – que tiene toda persona (física o moral,
hombre o mujer, mexicano o extranjero, etc.) para presentarse ante un juez o
tribunal federal y pedir su protección (su amparo) por garantía violada por la
autoridad (Congreso Federal o Estatal, Presidente, Gobernador o por los propios
jueces).
Con
la Constitución de 1857, como bandera primordial, se luchó en 1862 – 1867
contra la invasión francesa y el efímero II Imperio Mexicano, encabezado por
Maximiliano de Habsburgo. Al triunfo de
las armas liberales, quedó restaurada la República, con Benito Juárez en la
presidencia. Al morir éste, Sebastián
Lerdo de Tejada quedó al frente del gobierno.
Debido a la sublevación de Porfirio Díaz y el grupo de antilerdista, se
emitió el Plan de Tuxtepec, con el que Díaz salió victorioso y, en 1876, llegó
al poder donde permaneció más de 30 años, exceptuando el período de Manuel
González (1881 – 1884).
Con
el general Díaz, el país estuvo en una relativa situación de “paz y progreso”,
misma que empezó a decaer a finales del siglo XIX, cuando surgieron demandas
específicas en contra de un pequeño sector privilegiado (compuesto por
terratenientes militares de alto rango e intelectuales, conocidos como “los
científicos”), y de la excesiva inversión extranjera. Se agregaron a la situación descrita las graves condiciones
económicas y sociales que mantenían al pueblo obrero y campesino e inclusive a
un importante sector de la clase media, en una situación de extrema pobreza.
Ante
la imperante crisis económica y social, a principios del siglo XX, surgieron
diversos movimientos (ideológico – políticos), en primer término, para derrocar
el gobierno dictatorial. La negativa de
Díaz para dejar el poder condujo al estallido de la Revolución de 1910,
encabezada por Francisco I. Madero, quien logró la renuncia y retirada de Díaz.
Desde
sus inicios, el movimiento maderista invocó la necesidad de reformar la Carta
Magna de 1857, para modificar las circunstancias en que el país vivió durante
sesenta y siete años.
Desafortunadamente, no pudo llevar a cabo sus objetivos, debido al golpe
militar encabezado por Félix Díaz y secundado por Victoriano Huerta en 1913,
con el consecuente asesinato de Madero y José María Pino Suárez.
Sin
embargo, Venustiano Carranza enarboló nuevamente la bandera constitucionalista
y su principal objetivo fue la derrota del usurpador Victoriano Huerta y el
regreso al orden constitucional.
Después de dos años de luchas internas entre los grupos revolucionarios,
Carranza, con el carácter de Encargado del Poder Ejecutivo, pudo convocar a un
nuevo Congreso Constituyente en septiembre de 1916 y promulgó (dio a conocer a
la Nación y ordenó que se cumpliera) la Constitución, el 5 de febrero de 1917.
CAPÍTULO
II.
1.
El Plan de Tuxtepéc
A
partir de la victoria que la armas mexicanas lograron sobre la intervención
extranjera en el año de 1867, la restauración de los principios republicanos
fue el propósito fundamental que se trazó el gobierno liberal de Benito Juárez.
La
tarea de la reconstrucción del nuevo país quedó en manos de los intelectuales
del ala liberal, entre quienes se encontraban: Benito Juárez, Sebastián Lerdo
de Tejada, José María Iglesias, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano,
Francisco Zarco, Ignacio Ramírez y otros prestigiados pensadores, que lo mismo
incursionaron en las letras que en la política.
Para
colocar al país a la altura de las grandes naciones del mundo de aquella época,
el gobierno mexicano necesitaba, en el orden político, centrar su atención en
los puntos siguientes: la aplicación práctica de la Constitución de 1857, la reducción
del ejército (que se había incrementado considerablemente cuando luchó contra
la intervención), la reactivación de la hacienda pública y la pacificación
total del país.
Durante
los años que corren de 1867 a 1876, período en el que se desarrolla el programa
liberal, la aplicación de la Constitución tuvo que sortear el problema
ocasionado por la separación formal y el equilibrio de los tres poderes
(ejecutivo, legislativo y judicial), en un contexto que hacía imposible
mantenerlos en la práctica.
Después
de ser jurada la Constitución de 1857, se generaron diversos conflictos
internos que condujeron a la Guerra de Reforma. Al presentarse la intervención francesa, el ejecutivo acumuló
poderes extraordinarios, a grado tal, que el legislativo y el judicial
desaparecieron y fueron sustituidos por las instituciones de la
intervención. Los poderes de Juárez, en
su gobierno trashumante, pudieron mantenerse dentro de ciertos límites, pero al
restaurarse la República, el ejecutivo demandó más y más poder, a tal grado
que, años más tarde, esa actitud propició entre otros acontecimientos, la
cancelación del proyecto liberal.
El
reajuste político que la realidad nacional demandaba en ese momento, motivó la
separación de los tres personajes más prestigiados del partido liberal: Benito
Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias.
El
primer indicio de su separación se dio en la elecciones presidenciales de julio
de 1871, cuando Lerdo de Tejada, al igual que Porfirio Díaz, presentaron su
candidatura frente a la de Juárez. Éste
resultó victorioso en las elecciones y ocupó nuevamente la máxima magistratura,
pero cuando murió, en 1872, Lerdo de Tejada asumió la presidencia provisional y
pocos meses después fue electo presidente constitucional.
Cuatro
años más tarde, debido a la realización de nuevas elecciones, Iglesias y Lerdo
de Tejada se enfrentaron en una dura batalla política, ya que el primero
impugnó el intento de reelección del segundo.
El
origen de este enfrentamiento, se remonta al tiempo en que Lerdo fungió como
Presidente de la República e Iglesias como Presidente de la Suprema Corte de
Justicia, es decir, representante del poder judicial.
José
María Iglesias demandaba, al entonces jefe del ejecutivo, que cada uno de los
tres poderes de la unión (legislativo, ejecutivo y judicial) se organizaran de
manera autónoma respecto a los otros dos.
Por su parte, Lerdo argumentaba que, de acuerdo a la tradición, le
correspondía al presidente el nombramiento de los integrantes del poder
judicial, a saber: los jueces de Distrito y de Circuito. En esta atribución venía una omisión que la
misma determinaba con respecto a la elección de los jueces de Distrito y de
Circuito.
Iglesias
consideraba que la intervención del ejecutivo en la organización del poder
judicial, que él representaba, era una grave amenaza para la aplicación de la
democracia en México y para la independencia del propio poder judicial.
A
pesar de la pugna evidente entre ambos políticos, durante la presidencia de
Lerdo no se llegó a un rompimiento abrupto, aunque es necesario señalar que en
1875 Iglesias presentó su renuncia, debido a la expedición de una ley que
limitaba las atribuciones de la Suprema Corte para amparar a personas frente a
la resolución de las autoridades locales, que eran consideradas como electas de
forma ilícita. Iglesias, ante las
súplicas de los Magistrados de la Suprema Corte, retiró su renuncia.
Además
de las circunstancias motivadas por la confusión para interpretar la
Constitución, con respecto a la separación de poderes, también existía en el
país un gran descontento en diversos sectores que se mostraban no conformes con
la reelección presidencial: la de Juárez en 1871 y la que intentaba Lerdo de
Tejada en 1876.
Desde
1871, el general Porfirio Díaz, destacado militar que combatió contra los
franceses, había proclamado el Plan de la Noria, mediante el cual atacaba al
presidente Juárez; lo acusaba de perpetuarse en el poder y censuraba su
reelección. La asonada militar,
secundada por los generales Donato Guerra, Jerónimo Treviño, Francisco Naranjo
y por políticos no conformes con el régimen juarista, fue sofocada por las
tropas gubernamentales y no tuvo mayores consecuencias.
Sin
embargo, la disconformidad siguió vigente y se acentuó cuando Juárez murió y
Lerdo, por ser Presidente de la Suprema Corte de Justicia, ocupó
automáticamente la presidencia interina en 1872. durante la gestión de este último, aparte de que enfrentó una
enorme oposición dentro de sus propias filas, tuvo que sortear dificultades con
los conservadores resentidos que nos olvidaban que el presidente había
incorporado a la Constitución, en septiembre de 1873, las Leyes de Reforma.
La
reelección intentada por Lerdo de Tejada en los nuevos comicios presidenciales
de 1876, tuvo la oposición franca de diversos grupos políticos, que no tardaron
en manifestarse de forma violenta.
En
efecto, en enero de 1876, el país se convulsionó profundamente cuando el
general Fidencio Hernández, jefe de la guarnición de Tuxtepec, Oaxaca, proclamó
el Plan de Tuxtepec, que desconocía al presidente Lerdo de Tejada. Este plan postulaba la no reelección del
Presidente de la República y Gobernadores de los Estados, proclamaba elecciones
libres, designaba al general Porfirio Díaz Jefe del Ejército Regenerador y
declaraba que, al triunfo de la Revolución, el presidente interino sería
nombrado por la mayoría de los gobernadores que hubiesen apoyado el movimiento.
Al
Plan de Tuxtepec se adhirieron varios militares como Manuel González, quien
sería Presidente de la República en el período 1880 – 1884, y Porfirio Díaz, el
cual aceptó la jefatura del movimiento el 21 de marzo de 1876, reservándose el
derecho de hacer algunas observaciones al texto del Plan. La principal observación consistía en la
vuelta al sistema original de la Constitución de 1857, que facultaba al
Presidente de la Suprema Corte de Justicia para sustituir, en caso de ausencia,
al Presidente de la República.
De
esta manera, el Plan reformado por Díaz, llamado de Palo Blanco, trató de darle
un manto de legalidad constitucional al movimiento que hasta ese momento, sólo
era una sublevación armada.
Las
elecciones presidenciales se llevaron a efecto en julio de 1876, y la opinión
pública esperaba impaciente los resultados que deberían ser declarados,
oficialmente por el Congreso, el 1° de Septiembre del mismo año. Sin embargo, cuando el Congreso inició sus
sesiones el día señalado, no dio a conocer los resultados, sino hasta el 26 de
octubre, fecha en que se proclamó la reelección de Lerdo de Tejada.
El
resultado de la elección obligó a José María Iglesias, quien días antes había
abandonado la capital clandestinamente, a lanzar, desde Toluca, un manifiesto a
la Nación proclamando que la reelección era ilegal, pues se había llevado a
efecto a pesar de que nueve Estados del país se hallaban en estado de sitio y
en otros se había utilizado la fuerza militar sobre los electores. En vista de esos, Iglesias se declaró
presidente provisional y estableció su gobierno en Guanajuato.
Publicó
además un programa de gobierno que postulaba tres puntos básicos: se
comprometían a promover la reforma constitucional para evitar la reelección del
presidente y de los gobernadores; planteaban la reducción del ejército y, por
último, ofrecía que tanto él como todos los miembros de su gabinete, no se presentarían
a las próximas elecciones presidenciales.
De
lo anterior, se desprende que el grupo político seguidor de Iglesias luchó por
un programa político y no por encumbrar a un determinado hombre en el
poder. El lema del movimiento
encabezado por Iglesias: fue “Sobre la Constitución, nada. Sobre la Constitución, nadie”.
Por
otro lado, mientras se daba a conocer la reelección de Lerdo, Díaz dominaba ya
gran parte de la República, en tanto que el movimiento encabezado por Iglesias
sólo tenía fuerza en dos estados: Guanajuato y Querétaro.
Durante
la lucha contra Lerdo, ambos bandos, el de los rebeldes tuxpecanos (apoyados
por grupos caciquiles locales y por militares resentidos por la política
centralizadora y antimilitarista de Juárez y Lerdo), y el de Iglesias,
entablaron contacto. Porfirio Díaz
presentó a Iglesias un esbozo de convenio en el que se proponía, entre otros
puntos: el desconocimiento de los tres poderes federales, la prohibición
constitucional de reelegir al presidente, una lista de ministros que Iglesias
debía nombrar en su calidad de presidente interino y la facultad de aquél
(Díaz) para dar nombramiento a las autoridades militares del centro y del
oriente del país.
Iglesias
no aceptó el convenio e hizo una contrapropuesta que resultó fuera de tiempo,
puesto que se libraba ya la batalla decisiva entre el gobierno lerdista y los
porfiristas, en las llanuras de Tecoac, Tlaxcala. En ella, Manuel González general adicto a Díaz, lograron la
victoria final a favor de los firmantes del Plan de Tuxtepec y de Palo Blanco.
Al
ser derrotado el presidente Lerdo abandonó la capital el 20 de noviembre de
1876, entregando el gobierno civil a un conocido porfirista: Protasio
Tagle. El día 23 del mismo mes, Díaz
entró triunfante a la capital de la República y, en cumplimiento de los planes
firmados, ofreció la presidencia provisional a José María Iglesias, por su
carácter de presidente de la Suprema Corte, a condición de que se adhiriera al
movimiento. Por medio de una
conferencia telegráfica, Iglesias se negó a adherirse al movimiento de
Tuxtepec: “No acepto, ni puedo aceptar... Todo lo que sea separarse de la
Constitución será rechazado por mí, que soy el representante de la legalidad”.
Al
día siguiente de esa conferencia, realizada el 27 de noviembre, Porfirio Díaz
asumió la presidencia provisional, designó su gabinete y dio por terminado su
compromiso con el iglesismo.
Un
mes después, Díaz se trasladó a Querétaro con un contingente de 16 000 hombres
para poner fin al débil reducto iglesista que aún se hallaba en pie de
lucha. El día 21 de diciembre de 1876
se celebró una entrevista entre Díaz e Iglesias, en la que el primero hizo
notar que no iba a negociar, sino a ofrecer a su contrincante una salida
honorable. Iglesias reconoció su
derrota y carente de recursos financieros y humanos, abandonó el país en enero
de 1877, para exiliarse en San Francisco, California.
Con
esta rápida y fácil victoria sobre las fuerzas de la legalidad. Porfirio Díaz
dio por terminado el movimiento militar, regresando a la capital para hacerle
frente a un doble problema: las próximas elecciones y, por consiguiente, la
crítica de la opinión pública.
2. El Porfiriato.
Después
del triunfo del Plan de Tuxtepec, el gobierno provisional convocó a elecciones,
las cuales, según Ralph Roeder, fueron celebradas bajo control militar y
limitado la concurrencia a las casillas, sólo a aquellos ciudadanos mexicanos
conformes con el Plan de Tuxtepec. De
esta manera, Porfirio Díaz llegó al poder tomando posesión el 5 de mayo de
1877, por un período que concluiría el 30 de noviembre de 1880. Su gobierno se caracterizó por la
centralización del poder, tanto en lo militar, como en lo político y
económico. Así mismo, se reorganizó la
situación fiscal del país y se combatió fuertemente al contrabando. Estos cuatro años fueron para Díaz el inicio
de un proyecto de gobierno a largo plazo.
Al
término del período presidencial de Díaz, su fiel seguidor y compadre, general
Manuel González, asumió la presidencia el 1° de diciembre de 1880. durante su gobierno se inauguró el
ferrocarril de México a El Paso, Texas; se fundó el Banco Nacional de México y
se reanudaron las relaciones con Inglaterra, cuestión que no fue favorable, ya
que se reconoció la deuda a favor de ese país.
Otro factor negativo fue la quiebra del Nacional Monte de Piedad,
situación que, aunada al lanzamiento de una moneda de níquel se acuño en
cantidades ilimitadas, dio paso a una devaluación del salario, provocando el
descontento popular.
Por
otro lado, se gestaron diferentes rebeliones indígenas provocadas por el
despojo de tierras, apoyado en una política represiva que resultó nefasta para
la popularidad de González. Cuando
Manuel González dejó la presidencia, el 30 de noviembre de 1884, existía un
descontento generalizado.
Mientras
tanto, Porfirio Díaz continuó activo en la política nacional, primero como
Secretario de Fomento y después como gobernador provisional del Estado de
Oaxaca. Percibió el mal estado que
guardaba la nación, lo cual era un campo fértil para apoyar su retorno a la
presidencia.
Ya
desde 1881, el general Manuel González respondía a una consulta que le hiciera
Ramón Corona, en relación a la sucesión presidencial: “... la elección del
señor general Díaz será conveniente, porque hasta hoy no veo otro hombre que
reúna los mismos elementos que él, no sólo para mantener la paz en la República
y sostener sus instituciones, sino que siendo su período presidencial el que
inició el progreso que se desarrolla actualmente en el país, nadie mejor que él
podrá ser una garantía de que bajo su administración se lo obtendrá por
completo...”.
Antes
estas premisas de “paz y bienestar” el general Porfirio Díaz logró ser
nuevamente electo, y comenzó una etapa fructífera y de constantes reajustes y
reformas a lo establecido por la Constitución. Cabe resaltar, en especial, la modificación que sufrió el
Artículo 78 Constitucional en relación a que “El Presidente entrará a ejercer
su cargo el 1° de diciembre, y durará en él cuatro años, pudiendo ser reelecto
para el período constitucional inmediato...”.
De esta manera, la bandera del Plan de Tuxtepec, la “no reelección” y
los postulados del propio plan, quedaron en el olvido.
A
partir de 1884, el General Porfirio Díaz, apoyado por la fuerza militar,
pacificó todas las sublevaciones que se presentaron, incluyendo las constantes
rebeliones de indígenas y las del grupo lerdista, sobreviviente inconforme con
las reformas a la Constitución. Su
gobierno dictatorial se caracterizó por el apoyo al grupo “científico”,
compuesto por hombres relevantes del positivismo, por la apertura al capital
extranjero, por la velada intromisión de la Iglesia en la vida política de
México y por la represión a la libertad de prensa y a todo movimiento en contra
de sus disposiciones. Todo esto
convirtió al México republicano en una dictadura.
Durante
las primeras décadas del Porfirismo, México experimentó importantes avances en
materia económica, tales como la ampliación de las comunicaciones
interestatales, gracias a la expansión ferrocarrilera; se planteó un programa
definido dentro de la minería y en ciertas ramas de la agricultura de
exportación , aunque la de autosuficiencia permaneció con el atraso técnico
característico, toda esta prosperidad
se debió, en gran parte, a las inversiones del capital extranjero las cuales
comprometían la soberanía nacional, en a medida en que los extranjeros eran
propietarios de los bancos y sistemas financieros, de los negocios de crédito,
de la luz eléctrica, del telégrafo, de la vías férreas, e inclusive de recursos
acuíferos y de las extensiones agrícolas y ganaderas del país.
De
igual forma, se obtuvo bienestar para una minoría privilegiada de la población,
pero a costa de los sectores más desprotegidos del país. Para fines del siglo XIX y comienzos del XX,
la Constitución de 1857 y la Leyes de Reforma (en especial la Ley Lerdo o Ley
de Desamortización), así como las Leyes de Colonización y de Baldíos, fueron
factores determinantes en la elevada concentración territorial, originada,
entre otras cosas, en las desamortización de los bienes de manos muertas. Las tierras de las comunidades indígenas,
las tierras de los pueblos, las tierras de las cofradías y las tierras de común
repartimiento y pequeñas propiedades desaparecieron, quedando en manos de
nuevos latifundistas y hacendados. El
acaparamiento de la tierra ocasionó la concentración del peonaje y de los
labriegos, quienes ofrecieron su trabajo en calidad de peones acasillados
virtuales de los propietarios.
Los
nuevos capitalistas se enriquecieron y se hicieron poderosos trabajando sus
haciendas, sustituyendo el cultivo extensivo por el intensivo y de exportación
– azúcar, algodón y henequén –, por el tradicional de maíz, fríjol, trigo y
hortalizas.
En
resumen, la vida de la aristocracia era muy placentera, rodeada de lujos,
opulencia y con una fortuna adquirida fácil y rápidamente, en tanto que la vida
de los obreros, empleados, clase media y campesinado, se constituyó en el
soporte de esa burguesía suntuosa aliada al capital extranjero y, sólo en
apariencia, constructora del México moderno.
3. Etapa Prerrevolucionaria.
Dentro
de la transformación de la estructura económica del país, la industria exigió
mayor número de operarios y la clase obrera aumentó considerablemente,
exigiendo derechos y reivindicaciones.
Con anterioridad a la década de 1870, no es posible hablar de la
existencia de organizaciones obreras, ya que dentro de las entidades
mutualistas y cooperativas, no prevalecía una unidad de intereses comunes que
permitieran la organización obrera nacional.
Fue hasta el 16 de septiembre de 1872, al integrarse el Círculo de
Obreros de México, con carácter nacional, cuando surgió el movimiento obrero.
Las
demandas iniciales de esta organización se centraron en: instrucción de obreros
adultos y educación obligatoria a sus hijos, establecimiento de talleres para
dar trabajo a los artesanos, cumplimiento de las garantías políticas y sociales
para los obreros, sin que recayera sólo en ellos el servicio militar, absoluta
autonomía en su conciencia y en su culto, defensa legal contra las exigencias y
desigualdades de los impuestos y la variación del tipo de jornal, entre
otros. Fueron éstos los puntos que
sentaron las bases de los derechos de los trabajadores.
El
movimiento obrero reivindicó el derecho de huelga, instrumento indispensable
con el que ha podido reclamar sus prestaciones laborales. Este derecho fue ampliamente utilizado
durante las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX. En diversas fábricas e industrias los
obreros se manifestaron contra las injustas jornadas de trabajo y los precarios
aumentos salariales, lo que provocó acciones represivas inmediatas, que crearon
un ambiente de hostilidad y enfrentamiento entre patrones y asalariados. De acuerdo con Jesús Silva Herzog: “...Un
peón ganaba en la ciudad treinta y siete centavos diarios y un maestro albañil
setenta y cinco centavos. La jornada de
trabajo era por regla general de diez a doce horas...”, además de que había
preferencia por los trabajadores extranjeros en la contratación laboral. En este contexto se editaron diversas
publicaciones que apoyaban al movimiento obrero y al cambio de gobierno, en
virtud de que para 1900, Porfirio Díaz cumplía ya dieciséis años consecutivos
en el poder. Entre estos periódicos
podemos mencionar a Regeneración, Evolución Social, El Hijo del Trabajo, La
Comuna, La Voz del Obrero, El Socialista y El Hijo del Pueblo, entre otros.
De
todos ellos destacó el periódico Regeneración, dirigido por Ricardo y Jesús
Flores Magón. En especial, el primero
luchó intensamente por la desaparición de la propiedad privada, la implantación
del trabajo comunal de la tierra y la eliminación de la explotación obrera en
las fábricas, peticiones que quedaron plasmadas en el Programa del Partido
Liberal en el año de 1906, firmando por él y otros importantes activistas, como
Juan Sarabia, Antonio I. Villarreal, Librado Rivera, Manuel Sarabia y Rosalío
Bustamente.
A
través de Regeneración, el Partido Liberal transmitió a trabajadores,
campesinos y público en general, la necesidad de agruparse para resolver
demandas como: la reducción del período presidencial a cuatro años sin
posibilidad de reelección, la libertad de pensamiento y expresión, la supresión
de tribunales militares especiales, del servicio militar obligatorio y del
militarismo profesional, la supresión de las escuelas del clero y la creación
de alternativas de instrucción laica, la renuncia del clero católico a sus
pretensiones de intervenir en el gobierno y la aceptación, por su parte, de la
separación Iglesia – Estado; la nacionalización de los bienes eclesiásticos, el
establecimiento de la jornada de ocho horas y de un salario mínimo, la garantía
de higiene en las fábricas y el alojamiento a obreros, la prohibición del
trabajo infantil y la indemnización por accidentes de trabajo. En el ramo agrario se demandó: la concesión
de tierras bajo la condición de no venderlas, para mantener así la división de
la propiedad y evitar el acaparamiento por capitalistas; la creación de un
Banco Agrícola que apoyara a los cultivadores, favoreciera al pequeño
propietario y gravara a los grandes capitales; la restitución al pueblo de las
tierras detentadas por los caciques y los funcionarios de la dictadura; la
devolución de las tierras confiscadas a las comunidades indígenas y a los
pueblos fronterizos de la zona libre; la sustitución de cárceles por colonias
penitenciarias y la protección de la raza indígena. En conclusión, estos propósitos sintetizan la crisis política y
social que vivía el país hacia julio de 1906.
Las
ideas antes expuestas y la dinámica de lucha que propiciaba la miseria tan
alarmante que vivía el pueblo mexicano, quedaron de manifiesto en las famosas
huelgas de los mineros de la Cananea Consolidated Cooper Company, ubicada en la
localidad de Cananea, Sonora, que estalló en mayo de 1906 y la huelga de los
trabajadores textiles de Río Blanco, Veracruz, en enero de 1907.
A
pesar de la terrible represión que imperaba sobre cualquier movimiento o
manifestación en contra de los patrones y el gobierno porfirista, los
trabajadores se lanzaban a la lucha por la defensa de sus demandas y
necesidades.
La
crisis económica de 1905 provocó en los mexicanos la búsqueda de nuevas
alternativas y cambios, tanto en lo político, como en lo económico y
social. La opinión pública hizo patente
su inconformidad y don Porfirio empezaba a recibir más críticas que
adulaciones.
La
nueva generación de intelectuales, influenciados por las ideas revolucionarias
europeas, comenzó a pedir cuentas a Porfirio Díaz, la pobreza del pueblo era
lacerante, la entrada del capital extranjero insultante y la reelección ya no
se podía tolerar. Se reclamaba el
cambio.
La
grave situación política, contraria a una nueva reelección y al candidato a la
vicepresidencia impuesto por Díaz, se aceleró debido al contenido de la famosa
entrevista Díaz – Creelman (1908), en donde el presidente hizo alarde de su
gran disposición para dejar el poder y reconocer a los partidos de
oposición. La revuelta ocasionada fue
realmente importante, aumentó la literatura oposicionista, se dejaron oír con
más fuerza los postulados políticos y la posibilidad de sustituir a Díaz quedó
más cercana.
Al
poco tiempo el presidente se arrepintió de sus aseveraciones y buscó de nueva
cuenta la reelección, en 1910. Sin
embargo, se incrementó la organización de partidos, destacando la presencia del
Partido Antirreeleccionista, encabezado por Francisco I. Madero, autor de la
Sucesión Presidencial en 1910, obra que causó gran impacto en el debate sobre
la democracia.
El
ambiente político propició que Madero lanzara, en abril de 1910, su candidatura
a la Presidencia de la República y obtuviera como respuesta su encarcelamiento
en San Luis Potosí. En los comicios de
septiembre resultó nuevamente electo Porfirio Díaz como presidente, y Ramón
Corral como vicepresidente, para el período del 1° de diciembre de 1910 al 30
de noviembre de 1916.
Madero
logró escapar hacia los Estados Unidos, y el 5 de octubre de 1910 proclamó el
Plan de San Luis, donde desconocía al gobierno de Díaz, declaraba nulas las
elecciones, exigía el sufragio efectivo y la no reelección, y señalaba el 20 de
noviembre, como fecha para que el pueblo mexicano se levantara en armas en
contra el viejo régimen.
4. La Revolución Mexicana.
El
Plan de San Luis fue secundado por los miembros de los clubes liberales de
varios Estados de la República. La
insurrección contra Díaz se hizo evidente en estados como Coahuila y
Chihuahua. El 21 de mayo de 1911, en
Ciudad Juárez, se firmaron los tratados del mismo nombre en los que Francisco
Vázquez Gómez, Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, representantes del
movimiento revolucionario, y Francisco S. Carvajal, enviado del gobierno de
Díaz, convinieron los siguientes cuatro puntos: primero, la renuncia de Díaz
ocurriría antes de terminar el mes de mayo; segundo, el vicepresidente Ramón
Corral renunciaría de igual manera; tercero, Francisco León de la Barra,
secretario de Relaciones Exteriores, ocuparía la presidencia interina para
convocar a elecciones, de acuerdo con lo estipulado en el Artículo 81 de la
Constitución, y cuarto, se indemnizarían los perjuicios ocasionados por la
revolución y cesarían las hostilidades entre ambos grupos.
El
25 de mayo de 1911, Porfirio Díaz presentó su renuncia y dejó provisionalmente
el gobierno a León de la Barra. Seis días
después, abandonó el país a bordo del buque Ipiranga.
Tal
como se previno en los Tratados de Ciudad Juárez, León de la Barra asumió la
presidencia interina y convocó a elecciones generales. Sin embargo, se dejó intacta la vieja
estructura porfirista, por lo que este período fue de constante lucha entre la
herencia del antiguo régimen y la implantación de uno nuevo.
El
interinato no dejó satisfechos ni a obreros, ni a campesinos en sus diversas
demandas, ya que continuaron los mismo problemas, como las invasiones a las
propiedades de las comunidades, las sucesivas huelgas fabriles y los
levantamientos campesinos.
Durante
esta etapa de la revolución surgió un conflicto debido a la controversia creada
por el desarme y el licenciamiento de las diversas fuerzas
revolucionarias. La presión de los
acontecimientos fue definitiva, por lo que León de la Barra renunció a su cargo
un mes antes del término legal de su mandato.
El
6 de noviembre de 1911, Francisco I. Madero ocupó solemnemente el cargo de Jefe
del Ejecutivo, teniendo como vicepresidente a José María Pino Suárez, no
obstante la franca oposición que comenzaba a gestarse en torno a su persona y a
su programa. En efecto, el general
Bernardo Reyes, pocos días después de la toma de posesión, lanzó un plan que
modificaba, en lo sustancial, el Plan de San Luis, declaraba nulas las
elecciones y se postulaba como presidente provisional.
Por
su parte, la Junta Revolucionaria de Morelos, encabezada por Emiliano Zapata,
elaboró el 28 de noviembre de 1911 el llamado Plan de Ayala, en el que se
manifestó el reclamo por el incumplimiento de lo ofrecido por Madero en 1910,
en lo relativo a la devolución de las tierras a las comunidades indígenas y
agrarias del Estado de Morelos. Zapata
encabezó a partir de entonces el Ejercito Libertador del Sur.
Entre
tanto, en Chihuahua, Pascual Orozco se oponía al régimen maderista mediante el
Plan de la Empacadora, en el que se acusaba al presidente y a su gabinete de
corrupción y traición al país y al movimiento revolucionario. Por otra parte, en Veracruz, Félix Díaz,
sobrino del expresidente, se manifestaba en contra de Madero y pedía el
gobierno para sí mismo.
A
pesar de que Madero intentó conciliar intereses y aplicar una serie de
reformas, fue víctima de la asonada militar conocida como “La Decena Trágica”,
ocurrida a partir del 9 de febrero de 1913.
Bernardo Reyes, Félix Díaz y
Manuel Mondragón, tres generales del viejo régimen porfirista se levantaron en
armas. En un principio, Victoriano
Huerta combatió contra ellos, en su carácter de general maderista; pero,
posteriormente, se unió a éstos y otros generales, y junto con el embajador
norteamericano, Henry Lane Wilson, acordaron por medio del Pacto de la
Embajada, coaccionar a Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez, para
que renunciaran a sus cargos. Aunque
éstos aceptaron dimitir, fueron asesinados el día 22 del mismo y trágico mes.
En
esa forma, el general Victoriano Huerta llegó al poder, que le fue transmitido
por Pedro Lascuráin, quien ocupó unas cuantas horas la presidencia.
Ante
la situación, varios gobernadores maderistas, entre los que destacaron
Venustiano Carranza de Coahuila, y Abraham González de Chihuahua, decidieron
pronunciarse en contra del usurpador Victoriano Huerta. Mientras Abraham González era cobardemente
asesinado, Carranza convocaba, con el Plan de Guadalupe, al pueblo y a
militares leales a la causa, a tomar las armas para restablecer la legalidad en
el país. Así, a efecto de luchar
enconadamente en contra del usurpador, el Ejército Constitucionalista levantado
en armas en contra de Huerta por todo el territorio nacional, contó con hombres
como Francisco Villa en el norte, Álvaro Obregón en el noroeste, Pablo González
en el centro y, por su cuenta, Emiliano Zapata en el sur del país. Sus luchas militares y políticas ocasionaron
serias dificultades al gobierno ilegítimo de Huerta.
Además
de las dificultades mencionadas, Huerta se encontró con la falta de
reconocimiento a su gobierno por parte del presidente norteamericano Woodrow
Wilson, quien censuró la política del embajador estadounidense en México, Henry
Lane Wilson, debido a su injerencia en los asuntos de política interna
mexicana.
La
agresión ocurrió por el pretexto de presionar a Huerta para obtener
reconocimiento de los derechos de los ciudadanos norteamericanos y de la
dignidad de los Estados Unidos, pisoteada, según ellos, cuando miembros del
ejército mexicano hicieron prisioneros a soldados estadounidenses, que habían
desembarcado, pocos días antes frente al puerto de Tampico. El gobierno de Estados Unidos justificó la
violación al territorio mexicano alegando su deseo de “restablecer el orden
constitucional en México”. Ante estas
presiones, Victoriano Huerta renunció el 15 de julio del propio año, ocupando
interinamente la presidencia Francisco Carvajal.
El
ejército revolucionario hizo su entrada triunfal en la capital el 15 de agosto
de 1914. Venustiano Carranza se encargó
del poder ejecutivo, intentado conciliar los intereses de las diversas
facciones militares triunfantes. Para
tal efecto, decidió convocar a un foro donde se pusieran de manifiesto las
diversas posiciones políticas e ideológicas y se llegara a la conciliación de
intereses. La reunión se llevó a cabo,
primero, en la ciudad de México, de donde se trasladó a la ciudad de
Aguascalientes, por ser un sitio neutral y así poder reunir a todos los grupos
políticos en pugna. Las facciones
revolucionarias que concurrieron a la Convención, llegaron a los siguientes
acuerdos: pedir la renuncia de Carranza al poder ejecutivo, el nombramiento de
Francisco Villa como comandante en Jefe del Ejército de la Convención y la
designación de Eulalio Gutiérrez como presidente provisional. En esta Convención se discutieron también
aspectos socioeconómicos importantes para la resolución de los principales
problemas que vivía el pueblo mexicano.
Sin
embargo, Carranza desconoció a la Convención y nuevamente el país se vio
inmerso en una lucha civil. El Primer
jefe trasladó los poderes al estado de Veracruz, en tanto las tropas constitucionales,
encabezadas por Álvaro Obregón y Pablo González, combatían a las divisiones
convencionalistas dirigidas por Francisco Villa y Felipe Ángeles, que mantenían
ocupada la ciudad de México. En abril
de 1916, Carranza volvió a controlar definitivamente la situación militar y
política en el que se diera cauce legal a las demandas sociales, económicas y
políticas surgidas del movimiento revolucionario y que, a su vez, estableciera
las bases necesarias para la elección presidencial.
El
Congreso tendría el carácter de constituyente, en tanto que se
responsabilizaría de implementar reformas urgentes a la Constitución de 1857.
Los
comicios para elegir diputados al Congreso se llevaron a efecto el 22 de
octubre de 1916; el 1° de diciembre se iniciaron los trabajos camerales en el
Teatro Iturbide, hoy teatro de la República de la ciudad de Querétaro.
Corrido
del Constituyente
|
Ya
Venustiano Carranza |
Ándale
chata y nos vamos |
|
tiene
su Constituyente |
ponte
tus naguas de lana |
|
pa’enderezarle
las leyes |
para
que veas esa alquería |
|
que
les va a dar a la gente. |
de
la siudá queretana. |
|
|
|
|
Ándale
chata y nos vamos |
El
diputado Mogica |
|
ponte
tus choclos morados; |
les
grita tantas razones |
|
vamos
al tiatro “Iturbide” |
que
más mejor que Mogica |
|
verás
a los diputados. |
debiera
ser Mogicones. |
|
|
|
|
A
veces un herradero |
Y
aquí se acaban cantando |
|
lo
güelven con sus locuras, |
estos
versos tan corrientes |
|
porque
en el Constituyente |
¡que
viva don Venustiano! |
|
no
falta las herraduras. |
¡vivan
los constituyentes! |
Alfonso
Cravioto
CAPÍTULO
III.
1. El Congreso Constituyente.
La
finalidad de este trabajo es ofrecer al lector un panorama histórico general
que le permita conocer el desarrollo político y social de México, a través de
sus constituciones y de los procesos legislativos de donde surgieron.
El presente abarca desde la Constitución de 1824 a la de 1857, incluye el Plan de Tuxtepec, firmado en enero de 1876 y que está considerado como el antecedente político del Porfiriato, hasta la Constitución de 19