Universidad Abierta

 


IMPORTANTE: Se autoriza la reproducción de este texto para fines no comerciales, agradecemos citar la fuente

 

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

 

Friedrich Nietzsche

 

 

PRIMERA PARTE

 

Apenas llegó Zaratustra a los treinta años, dejó su patria y el lago de su patria y se refugió en la montaña. Durante diez años disfrutó allí, sin cansarse, de su espíritu y de la soledad, hasta que al fin se transformó su corazón. Una mañana se levantó al iniciarse el alba, y plantándose frente al sol le habló así:

 

¡Oh! ¿Cuál sería tu dicha si no tuvieras a quie­nes iluminar? Hace diez años que llegas hasta mi caverna y te hubieras cansado de tu luz y de tu cami­no si no me tuvieras a mí, a mi águila y a mi serpien­te. Cada mañana te esperamos para beneficiamos con tus pródigos rayos y bendecirte por ellos. Pero he aquí que me he hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha elaborado excesiva miel. Ahora necesito manos que se me tiendan. Quisiera dar y distribuir hasta que los sabios entre los hombres de nuevo estén gozosos de su locura, y los pobres, dichosos de su flaqueza. Por eso debo descender yo a las profundidades como lo haces tú por la tarde, cuando te hundes detrás de los mares para llevar tu luz al otro lado del mundo, ¡oh astro esplendoroso! Debo desaparecer como tú, acostarme, como dicen los hombres hacia los cuales quiero descender. ¡Bendíceme, ojo sereno, tú que puedes con­templar sin envidia hasta la dicha que no tiene límites! ¡Mira esta copa que está ansiosa por vaciarse nueva­mente! ¡Mira a Zaratustra que quiere recomenzar a ser hombre!

 

Y así se inició el descenso de Zaratustra.

 

Cuando Zaratustra descendió de la montaña no encontró a nadie. Pero al llegar al bosque se alzó de pronto delante de él un anciano que había dejado su pobre choza para buscar raíces en la selva.

 

El anciano habló así a Zaratustra:

Este caminante no me es desconocido. Ha muchos años que pasó por aquí. Se llamaba Zaratustra; pero está muy cambiado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña. ¿Pretendes hoy llevar tu fuego al valle? ¿No temes el castigo que se da a los incendiarios? Sí; reconozco a Zaratustra. Límpida es su mirada y en su boca no se forma ningún pliegue de tedio. Camina como si danzase. Zaratustra se ha transformado. Zaratustra se ha hecho niño. Zaratustra se ha despertado. ¿Qué vas a hacer al lado de quienes duermen? Tú viví­as en la soledad como el mar y el mar te sostenía. ¿Es que deseas tornar a la tierra, desdichado? ¡Infeliz de ti! ¿Es que de nuevo quieres arrastrar por ti mismo tu pro­pio cuerpo?

 

Zaratustra respondió:

—Amo a los hombres. El sabio replicó. —¿Sabes acaso por qué he ido yo al bosque y a la soledad? ¡Fue porque amaba demasiado a los hom­bres! Ahora sólo amo a Dios. Ya no amo a los hom­bres. El hombre es para mí algo demasiado imperfec­to. El amor del hombre me mataría. —Yo no he hablado de amor. Sólo quiero hacer un regalo a los hombres contestó Zaratustra. —No les des nada dijo el anciano; más bien despójalos de cualquier cosa y ayúdalos a llevarla. ¡Nada será mejor para ellos, a condición de que también sea beneficioso para ti! Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, pero ¡nunca antes que te la pidan! —No, yo no reparto limosnas. No soy lo bastante pobre para eso exclamó Zaratustra.

 

Se rió de Zaratustra el santo y dijo:—Prueba, entonces, a hacerles aceptar tus tesoros. Ellos desconfían de los solitarios y no creen que veni­mos a dar. Resuenan extrañamente en sus oídos los pasos del hombre solitario a través de las calles. Y si en la noche, acostados en sus camas, escuchan los pasos de un caminante, se preguntan: «¿Dónde irá este ladrón?» ¡No vayas cerca de los hombres! ¡Quédate en el bosque! ¡Antes bien, regresa al lado de los anima­les! ¿Por qué no quieres ser como yo: oso entre los osos; pájaro entre los pájaros?

 

Zaratustra le preguntó:

—¿Y qué hace un santo en el bosque? Componer canciones y cantarlas —respondió el sabio—. Cuando hago canciones río, lloro y murmuro; así es como alabo a Dios con las canciones, las lágri­mas y las risas y los murmullos: doy gracias a Dios, que es mi Dios. En cambio, ¿qué presente nos traes tú?

 

Después de escuchar estas palabras del anciano, Zaratustra dijo, antes de despedirse:

—¿Que qué tengo para darte? ¡Déjame partir de prisa para que no te coja nada! De esta manera fue cómo se separaron el uno del otro, el anciano y el joven, riéndose como se reirían dos niños.

 

Cuando de nuevo Zaratustra quedó solo, habló así a su corazón:

«¡Será posible esto! ¡Este viejo santo no se ha enterado aún en su bosque que Dios ha muerto!» Al llegar Zaratustra a la ciudad lindante con el bosque, advirtió en la plaza una gran multitud que se había reunido para ver actuar a un volatinero.

 

Zaratus­tra habló al pueblo y dijo:

—Quiero hablaros del superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho voso­tros para superarlo? Hasta hoy, todos los seres han cre­ado algo por encima de ellos, y ¿queréis ser vosotros el reflujo de esta ola enorme prefiriendo retornar a la animalidad antes que superar al hombre? ¿Qué es el mono para el hombre? Un motivo de risa o una vergüenza dolorosa. Es esto mismo, lo que debe ser el hombre para el superhombre: un motivo de risa o una vergüenza dolorosa. Habéis trazado el camino que va desde el gusano hasta el hombre y queda en vosotros mucho de lombriz de tierra. Antes fuisteis monos y aún ahora tiene el hombre más de mono que un mono. El más sabio de entre vosotros no es más que una cosa disparatada; un híbrido, producto de una planta y un fantasma. Sin embargo, ¿os he hablado yo de transfor­maros en fantasma o en planta? ¡Helo aquí! ¡Yo os muestro al superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Que vuestra voluntad diga: «Sea el super­hombre el sentido de la tierra.» ¡Yo os exhorto, her­manos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y a que no deis crédito a los que os hablen de esperanzas ultraterrenas! Éstos, lo sepan o no, son envenenadores. Son los denigradores de la vida, los moribundos y envenenados, de los que la tierra está hastiada: ¡que se marchen, pues! En otro tiempo la blasfemia hacia Dios era la mayor de las blasfemias; pero Dios ha muerto y con él, sus blasfemadores. ¡Lo que hay ahora de más terrible es blasfemar de la tierra y apreciar en más las entrañas de lo impenetrable que el sentido de la tierra! El alma miraba antes con desdén al cuerpo y nada había superior a este desdén. Quería ella que él fuese enteco, repugnante y famélico. ¡De esa manera preten­día evadirse de él y de la tierra! ¡Y esta alma era, tam­bién, enteca, repugnante y famélica, y en la crueldad hallaba su voluptuosidad! Hermanos míos, decidme vosotros mismos: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es acaso vuestra alma pobreza, inmundicia y vil descontento? Río impuro es el hom­bre, en verdad. Necesario es llegar a ser océano para poder recibir una corriente impura sin mancharse. He aquí este océano: es el superhombre que yo os mues­tro. En él podéis desaguar vuestro gran desprecio. Es la hora del gran desprecio. ¿Puede ocurriros algo más sublime? En la hora en que se torna en hastío vuestra propia felicidad, como vuestra razón y vuestra virtud. La hora en que decís: «¡Qué importa mi razón! ¿Está ávida de ciencia como el león lo está de alimento? Es pobreza, inmundicia y compasivo descontento de uno mismo.» La hora en que decís: «Que importa mi feli­cidad.» Es pobreza, inmundicia y compasivo descon­tento de uno mismo. Pero ¡mi felicidad debería legiti­mar la existencia!» La hora en que decís: «¡Qué importa mi virtud! ¡Hasta ahora no me ha hecho deli­rar! ¡Qué fatigado estoy de mi bien y de mi mal! Todo eso es pobreza, inmundicia y compasivo descontento de uno mismo.» La hora en que decís: «¡Qué importa mi justicia! No veo que sea yo carbón ardiente ¡Pero el justo es carbón ardiente!» La hora en que decís: «¡Qué importa mi piedad! ¿No es la piedad la cruz en donde clavan al que ama a los hombres? Mi piedad no es una crucifixión.» ¿Habéis hablado ya de este modo? ¿Habéis gritado ya de este modo? ¡Ay! Todavía no os he oído gritar. Contra el cielo grita vuestra satisfac­ción, no vuestros pecados. Contra el cielo grita vuestra avaricia aun dentro de vuestros pecados. ¿Dónde está el relámpago que os besará con su lengua de luz? ¿Dónde está la locura que sería preciso inocularos? He aquí que yo os muestro al superhombre: ¡él es este relámpago; él es esta locura!

 

Así habló Zaratustra a la multitud. Cuando quedó en silencio, uno entre el gentío exclamó:

—Ya hemos oído hablar bastante del volatinero. Ahora queremos verlo. Y todo el pueblo se rió de Zaratustra, mientras el volatinero iniciaba su actuación.

 

Asombrado miraba Zaratustra al pueblo. Luego habló así:

—El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre; una cuerda tendida sobre el abismo. Es peligroso pasar al otro lado, peligroso permanecer en el camino, peligroso mirar hacia atrás; peligroso parar­se y peligroso temblar. La grandeza del hombre está en ser un puente y no un fin; lo que hay en él digno de ser amado es el ser un tránsito y un crepúsculo. Amo a los que viven únicamente para desaparecer, porque pasan al más allá. Amo a los grandes despreciadores, porque son los que aman mejor; son flechas del deseo dirigidas hacia la otra orilla. Amo a los que no buscan detrás de las estrellas una razón para perecer o para ofrecerse en holocausto; a los que se sacrifican a la tierra para que un día la tierra pertenezca al superhombre. Amo al que vive para conocer y que quiere conocer, a fin de que un día viva el superhombre, porque es así como él desea su propio renunciamiento. Amo al que ama su virtud; por­que la virtud es una voluntad de renunciamiento y una flecha de deseo. Amo a quien no reserva para sí ningu­na partícula de su espíritu, sino que quiere ser, todo él, el espíritu de su virtud; porque es así cómo, en espíritu, cruzará el puente. Amo a quien de su virtud hace su inclinación natural y su destino; porque de este modo querrá, a causa de su virtud, seguir viviendo y no subsistir. Amo a quien no quiere poseer demasiadas virtudes. Hay más virtud en una que en dos virtudes; es un nudo donde se sujeta el destino. Amo a quien derrocha su alma, al que no quiera aceptar ni agradecimiento ni restitución alguna, porque da siempre y no quiere guar­darse. Amo a quien se avergüenza de ver caer los dados en su favor y que entonces pregunta: «¿Soy, acaso, un jugador de ventaja?», porque quiere perecer. Amo a quien arroja palabras de oro al encuentro de sus obras y que tiene siempre más de lo que promete: porque quie­re su renunciamiento. Amo a quien justifica a los del porvenir y que rescata a los del pasado, porque quiere que los de hoy le hagan perecer. Amo a quien corrige a su dios porque ama a su dios: porque quiere que la cóle­ra de su dios lo haga perecer. Amo a quien posee alma profunda aún en el tormento; a quien una pequeña aventura puede hacer perecer, porque así cruzará el pre­sente sin vacilaciones. Amo a aquel cuya alma desbor­da hasta el punto de olvidarse de sí mismo y de que toda cosa sea en él; pues así toda cosa se transformará en su renunciamiento. Amo a quien es libre de corazón y de espíritu; así su cabeza sólo servirá de entrañas para su corazón, pero su corazón lo arrastrará al renunciamien­to. Amo a todos los que son cual pesadas gotas que caen una a una de la sombría nube suspendida sobre los hombres: ellas anuncian el relámpago que se acerca y desaparecen como visionarios. He aquí: yo soy un visionario del rayo, una pesada gota que cae de la nube; pero este rayo se llama superhombre.

 

Después que hubo dicho estas palabras, Zaratustra contempló una vez más al pueblo y guardó silencio. Pero a su corazón le dijo: He aquí que ríen; no me comprenden; no soy yo la boca que necesitan estos oídos. ¿Acaso será preciso quebrantar de antemano sus oídos para que aprendan a oír con los ojos? ¿Será necesario meter ruido, como los platillos y los predicadores? ¿O es que sólo tienen fe en los tartamudos? Poseen algo de lo cual se mues­tran orgullosos. ¿Cómo llaman a esto, de lo cual se sienten orgullosos? Lo llaman civilización. Esto es lo que los distingue de los cabreros. Por esto no quieren, cuando se habla de ellos, oír la palabra "despacio". Hablaré, entonces, a su orgullo. Les hablaré de lo que hay en ellos de más despreciable: del último hombre.»

 

Y habló así Zaratustra al pueblo:

—Ya es hora de que el hombre se señale a sí mismo una meta. Hora es ya de que el hombre siembre la semilla de su más alta esperanza. Todavía su suelo es bastante fértil. Pero llegará el día en que este suelo se convertirá en pobre y estéril y ningún árbol frondo­so podrá crecer en él. ¡Infeliz de él! Se acerca el tiempo en que el hombre no arrojará por encima de los hombros la flecha de su deseo, en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar. Yo os digo: es preciso llevar dentro de uno mismo un caos para poder poner en el mundo una estrella. Yo os digo: lleváis en vosotros un caos. ¡Infeliz de él! Se acercó el tiempo en que el hom­bre no pondrá más estrellas en el mundo. ¡Desgracia­do! Se acerca el momento del más despreciable de los hombres, que ya no sabe despreciarse a sí mismo. ¡He aquí! Yo os muestro al último hombre. Y el último hombre guiñando el ojo pregunta: «¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es deseo? ¿Qué es estrella?» Entonces la Tierra se habrá hecho más pequeña y sobre ella dará saltos el último hombre, que todo lo empe­queñece. Su raza es inextinguible como la del pulgón. El último hombre es el que vive más tiempo. «Hemos inventado la felicidad», proclaman los últimos hom­bres y guiñan el ojo. Han abandonado las comarcas donde la vida era dura, porque experimentan necesidad de calor. Todavía aman al vecino y se rozan con él por­que sienten necesidad de calor. Pecado es para ellos caer enfermo y ser desconfiad9. Avanzan con pruden­cia. ¡Ha de estar loco quien tropieza con las piedras y con los hombres! Un poco de veneno de aquí y de allá para procurarse sueños agradables. Y muchos venenos para morir agradablemente. Todavía se trabaja porque el trabajo es una distracción. Pero se vigila para que la distracción no cause debilidad. Ya no llega uno a hacerse ni pobre ni rico: son dos cosas muy penosas. Nadie querrá gobernar. Nadie querrá obedecer. Son dos cosas muy penosas. ¡Nada de un pastor y un reba­ño! Todos desean lo mismo, todos son iguales: quien piense de otro modo se mete por su gusto en la casa de los locos. «En otro tiempo todos estaban locos», dicen los más sutiles, parpadeando. Se es prudente y se sabe todo lo que ha acontecido: así pueden burlarse sin tér­mino. Aun riñe, pero en seguida se reconcilia para no estropearse la digestión. Hay un pequeño placer para el día y un pequeño placer para la noche; pero se respeta la salud. «Nosotros hemos inventado la felicidad», exclaman los últimos hombres y guiñan el ojo. Aquí concluyó el primer discurso de Zaratustra, que también se le llama «prólogo», porque en este punto fue interrumpido por los gritos y la alegría de la multitud.

—¡Danos a este último hombre! ¡Oh Zaratustra! —gritaban—. ¡Haznos semejantes a estos últimos hombres! ¡Quédate tú como superhombre!

 

Y la muchedumbre se regocijaba, aplaudía burlo­namente y chasqueaba la lengua.

 

Zaratustra se entris­teció y habló así a su corazón:

«No me comprenden: no soy yo la boca que nece­sitan estos oídos. Quizás porque he vivido demasiado tiempo en las montañas y he escuchado demasiado a los arroyos y a los árboles, les hablo ahora como a cabreros. Serena está mi alma y luminosa como la montaña en las primeras horas del día. Pero me juzgan como de corazón frío y como un bufón de siniestras burlas. Y helos aquí que me miran y que ríen. Y mientras ríen, me siguen aborreciendo. Hay hielo en sus risas.»

 

Sucedió algo en aquel momento que hizo enmude­cer todos los labios y concentró todas las miradas. El volatinero, que durante todo este tiempo estuvo ac­tuando, había salido por una pequeña puerta y camina­ba sobre la cuerda tendida entre dos torres, por encima de la plaza pública y de la multitud. Cuando se halla­ba precisamente a mitad de camino, se abrió nueva­mente la puertecilla y un muchacho con aire de bufón y vestido estrafalariamente, saltó afuera y siguió con paso rápido al volatinero.

 

—¡Adelante, cojo! —gritó con horrible voz—; ¡Adelante, holgazán, mamarracho, cara pálida! ¿Quieres que te haga cosquillas en los talones? ¿Qué haces ahí, entre esas torres? En una de ellas deberías estar encerrado para que no obstruyas el camino a uno que es mejor que tú!.

 

Y a medida que hablaba se acercaba más; pero, cuando estuvo a un solo paso del volatinero, sucedió algo terrible que fue lo que hizo enmudecer todos los labios y concentrar todas las miradas: el bufón lanzó un grito diabólico y saltó por encima de quien le obs­truía el paso. El volatinero, al advertir la victoria de su rival, perdió la cabeza y la cuerda; arrojó su balancín y, aún más rápidamente, se lanzó al abismo, como un torbellino de brazos y piernas. Entonces la multitud, como un mar agitado por la tempestad se dispersó desordenadamente, huyendo sobre todo del sitio donde iba a caer el cuerpo del vola­tinero. Zaratustra permaneció inmóvil y sereno. A su lado cayó el cuerpo, desgarrado y quebrantado, pero vivo todavía. Momentos después el herido recobró la conciencia y vio a Zaratustra arrodillado cerca de él. —¿Qué haces ahí? —dijo al fin—. Sabía hace mucho tiempo que el diablo me echaría la zancadilla. Ahora me arrastra al infierno. ¿Quieres tú impedirlo?. —Por mi honor, amigo —respondió Zaratustra—, todo eso de que hablas no existe. No hay ni diablo ni infierno. Tu alma estará muerta más pronto que tu cuerpo. ¡No temas, pues, ya nada! con desconfianza el hombre elevó sus ojos y res­pondió: —Si dices la verdad, nada pierdo al perder la vida. Apenas soy un animal al cual se le ha hecho trabajar a fuerza de golpes y de hambre. —Nada de eso—insistió Zaratustra—: del peligro has hecho tu oficio; nada censurable hay en ello. Ahora tu oficio te ha hecho perecer. Yo, por eso, te enterraré con mis manos.

 

El moribundo no pudo ya responder; pero movió una mano como si buscara la mano de Zaratustra para expresarle su gratitud. Caía entre tanto la tarde y se cubría de sombra la plaza pública. La multitud comenzó a disgregarse, pues hasta la curiosidad y el espanto concluyen fati­gándose. Zaratustra permaneció sentado en tierra, al lado del muerto, abstraído en sus pensamientos, olvi­dándose hasta del tiempo. Al fin vino la noche y un viento frío sacudió al solitario.

 

Zaratustra se levantó, entonces, y habló a su corazón:

 

«En verdad, ¡buena pesca ha hecho hoy Zaratus­tra! No ha pescado a un hombre, pero ha pescado un cadáver. Inquietante es la vida humana y además, des­provista de sentido: un bufón puede llegar a serle total. Quiero enseñar a los hombres el sentido de su existen­cia, quién es el superhombre, el relámpago de la som­bría nube que es el hombre. Pero todavía estoy lejos de ellos y mi espíritu no habla a sus sentidos. Para los hombres todavía ocupo un puesto intermedio entre un loco y un cadáver. Sombría es la noche, sombrías son las palabras de Zaratustra. ¡Ven, compañero rígido y helado! Voy a llevarte al lugar en que he de enterrarte con mis manos.»

 

Luego que Zaratustra hubo hablado a su corazón colocó el cadáver sobre sus espaldas y se puso en mar­cha. No había caminado cien pasos cuando un hombre se deslizó hasta él y le habló al oído en voz baja.

 

¡Era el bufón de la torre! —Aléjate de esta ciudad, ¡oh Zaratustra! —le insinuó. Hay aquí mucha gente que te aborrece. Los buenos y los justos te aborrecen y te llaman su ene­migo y su detractor; los fieles de la verdadera fe te aborrecen y te consideran un peligro para el pueblo. Suerte tuya ha sido que se burlaran de ti, porque verdaderamente hablabas como un bufón. Suerte tuya ha sido asociarte al perro muerto; humillándo­te así te has salvado por esta vez. Pero vete de esta ciudad; si no, yo saltaría mañana por encima de un muerto.

 

Cuando terminó de decir estas palabras, desapare­ció el hombre y Zaratustra prosiguió su camino por las oscuras calles. Encontró a los sepultureros en la puerta de la ciu­dad; lo iluminaron con sus antorchas; reconocieron a Zaratustra y se burlaron mucho de él.

 

«Zaratustra se lleva el perro muerto, ¡bravo! Zara­tustra se ha hecho enterrador Nosotros tenemos las manos demasiado limpias para esta clase de caza. ¿Quiere Zaratustra robar su alimento al diablo? ¡Vamos! ¡Buen apetito! ¡A condición que el diablo no sea un ladrón más hábil que Zaratustra! ¡Les robará a ambos, les comerá a los dos!»

 

Y reían entre ellos, acercando sus cabezas.

 

Ni una palabra les respondió Zaratustra, y prosiguió su camino. Durante dos horas caminó a lo largo de los bosques y de los pantanos y escuchó tantos aullidos de lobos hambrientos, que el hambre se apo­deró de él. Entonces se detuvo ante una casa aislada, en donde brillaba una luz.

 

«El hambre se apodera de mí como un bandido

—pensó Zaratustra—. En medio de los bosques y de los pantanos el hambre se apodera de mí, en la noche profunda. Mi hambre tiene raros caprichos. A menu­do no acude a mí hasta después de la comida y hoy no ha venido en todo el día. ¿Dónde, pues, se ha retrasado?»

 

Meditando de este modo Zaratustra, llamó a la puerta de la casa. Apareció en seguida un anciano. Llevaba una luz y preguntó:

 

—¿Quién viene hacia mí y quita mi mal sueño?

—Un vivo y un muerto —respondió Zaratustra—. Dame de comer y de beber; olvidé hacerlo durante el día. Quien da de comer al hambriento conforta su pro­pia alma; así habla la sabiduría.

 

Se retiró el viejo y regresó al poco rato con pan y vino.

 

—Perverso país es éste para los que tienen hambre—murmuró—; por eso vivo aquí. Hombres y animales vienen hasta mí, el solitario. También invito a comer y a beber a tu compañero: está más cansado que tú.

 

Zaratustra respondió:

—Difícilmente podré convencerlo, porque mi compañero está muerto.

—Me es igual —refunfuñó el viejo—; quien llama a mi puerta debe aceptar lo que le ofrezco. ¡Comed y que os vaya bien!

 

Zaratustra partió en seguida de nuevo y caminó durante dos horas, confinándose en el sendero y en la luz de las estrellas. Estaba acostumbrado a las camina­tas nocturnas y le placía mirar a la cara a todo lo que duerme. Cuando amaneció, Zaratustra se hallaba en una selva espesa y ningún camino se dibujaba ante él. Colocó, entonces, el cadáver en el hueco de un árbol, a la altura de su cabeza, para protegerlo contra los lobos, y él se acostó en el suelo sobre el musgo. Fati­gado de cuerpo, pero tranquilo de alma, inmedia­tamente se durmió. Largo tiempo durmió Zaratustra. Sobre su rostro pasaron la aurora y la mañana. Al fin se abrieron sus ojos y lanzó una mirada asombrada sobre la selva, y en silencio también se miró a sí mismo, sorprendido. Luego, se levantó apresuradamente, como marinero que de pronto ve tierra, y lanzó un grito de alegría por­que había descubierto una nueva verdad. Y habló a su corazón diciéndole:

«Mis ojos se han abierto. Tengo necesidad de com­pañeros, de compañeros vivos; ¡nada de compañeros muertos y de cadáveres que llevo conmigo a donde quiero! Tengo necesidad de compañeros vivos que me sigan porque quieran seguirse a sí mismo, doquiera que yo vaya. Mis ojos se han abierto. ¡No es a la mul­titud a quien debe hablar Zaratustra, sino a camaradas! ¡Zaratustra no debe ser el pastor y el perro de un rebaño! He venido para llevarme muchas ovejas del reba­ño. El pueblo y el rebaño se irritarán contra mí. Zara­tustra quiere ser motejado de bandido por los pastores. He dicho pastores; pero ellos se llaman a sí mismo los buenos y los justos. He dicho pastores, pero ellos se llaman los fieles de la verdadera fe. ¡Contemplad a los buenos y a los justos! ¿Quién es aquel a quien más aborrecen? Al que quebranta su índice de valores, al destructor, al criminal; pero éste es precisamente el creador. Compañeros: esto es lo que busca el creador, y no cadáveres, ni rebaños, ni creyentes. Creadores como él: esto es lo que busca el creador; busca a los que establezcan nuevos valores en nuevos índices. Compañeros: esto es lo que busca el creador: segado­res que cosechen con él,  porque en él todo está madu­ro para la cosecha. Pero le faltan las cien hoces. Para que así, lleno de energía, siegue las espigas. Compa­ñeros: esto es lo que busca el creador; busca a los que saben afilar sus hoces. Se los tildará de destructores y de denigradores del bien y del mal. Pero ellos serán los que cosecharán y los que harán fiesta. Creadores como él, esto es lo que busca Zaratustra; busca a los que cosechen y huelguen con él; ¡nada tiene que hacer con rebaños, pastores y cadáveres! ¡Y tú, primer compañe­ro mío, reposa en paz! Bien te he sepultado en tu árbol hueco; bien te he abrigado contra los lobos. Pero me separo de ti; el tiempo ha pasado. Una nueva verdad ha nacido en mí, entre dos auroras. No debo ser ni pastor ni sepulturero. Ya no volveré a hablar nunca al pueblo; por última vez he hablado a un muerto. Quiero reunir­me con los creadores, con los que cosechan y se huel­gan: les mostraré el arco iris y todos los peldaños que conducen hasta el superhombre. Cantaré mi canción a los solitarios y a los que son dos en soledad; y a  que posea oídos para las cosas inauditas yo le colmaré el corazón con mi felicidad. Camino  hacia mi meta; sigo mi ruta; saltaré por encima de los vacilantes y de los retrasados. Así mi marcha será la renunciación.»

 

Cuando eso habló Zaratustra a su corazón, el sol brillaba en el cenit. Interrogó al cielo con la mirada porque escuchaba sobre su cabeza el grito penetrante de un ave. Era un águila que trazaba en el aire grandes

círculos y una serpiente estaba colgada de ella; mas no como una presa sino como un amigo, pues se hallaba enrollada alrededor de su cuello.

 

—¡Son mis animales! —exclamó Zaratustra, y se regocijó con todo su corazón—.

 

El animal más altanero que existe bajo el sol y el animal más astuto que existe sobre la tierra han salido a explorar para ver sí Zaratustra vivía aún. En verdad, ¿estoy vivo todavía? He hallado más peligros entre los hombres que entre los animales. Zaratustra sigue caminos peligrosos. ¡Que me guíen mis animales!

 

Después de haber hablado así, recordó Zaratustra las palabras del santo de la selva, suspiró y dijo a su corazón:

 

«¡Es preciso que sea más prudente! Que sea astu­to en lo profundo de mi corazón, como mi serpiente. Pero pido un imposible: ruego a mi orgullo que se acompañe siempre de mi prudencia. Y si algún día me abandona mi prudencia, ¡ay, gusta de echar a volar; que pueda al menos mi orgullo volar con mi locura!»

 

Así comenzó a descender Zaratustra.

 

DISCURSO DE ZARATUSTRA

 

1.LAS TRES METAMORFOSIS

 

Voy a señalaros las tres metamorfosis del espíri­tu: el espíritu, en camello; el camello, en león, y final­mente el león, en niño. Muchas cargas pesadas hay para el espíritu; para el espíritu paciente y vigoroso en quien domina el respeto. Su vigor reclama la carga pesada, la más pesada. El espíritu robusto pregunta:

 

«¿Qué hay de más peso?», y se arrodilla como el camello y quiere una buena carga. «¿Qué hay de más pesa­do?—pregunta el espíritu robusto—. Dilo, ¡oh héroe! para que cargue con ello sobre mí y mi fuerza se ale­gre.» ¿Acaso esto no es humillarse para hacer sufrir a su orgullo, hacer brillar su locura para cambiar en amarga burla su sabiduría? O es esto: ¿desertar una causa en el momento en que celebra su triunfo; ascen­der sobre las montañas elevadas para tentar al tentador? O bien es esto: ¿alimentarse de las bellotas y del heno del conocimiento, y sufrir el hambre en el alma por amor a la verdad? O bien es esto: ¿estar enfermo y des­pedir a los que consuelan; unirse en amistad con sordos que jamás escuchan lo que tú quieres? O bien es esto: ¿sumergirse en el agua sucia, si es el agua de la verdad, no rechazar a las viscosas ranas y a los sapos llenos de pus? O bien es esto: ¿amar a quien nos desprecia y ten­der la mano al fantasma cuando quiere asustamos? Todas estas pesadas cargas echa sobre sí el espíritu vigoroso; y así como sale corriendo el camello hacia el desierto apenas recibe su carga, él se apresura a llevar la suya. La segunda metamorfosis se cumple en el más solitario de los desiertos: aquí el espíritu se transforma en león, pretende conquistar la libertad y ser amo de su propio desierto. Busca aquí su último dueño; quiere ser el enemigo de este dueño como es el enemigo de su último dios: quiere luchar contra el dragón para alcan­zar la victoria. ¿Cuál es el dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando ni dios ni amo? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «Yo quiero.» «Tú debes» acecha al borde del camino relu­ciente de oro bajo su caparazón de mil escamas y sobre cada escama luce en letras doradas: «¡Tú debes!» Bri­llan sobre estas escamas valores de mil años y el más poderoso de todos los dragones habla de esta guisa: «Todo lo que es valor brilla sobre mí.» Ya ha sido cre­ado todo lo que es valor y yo soy quien representa todos los valores creados. ¡En verdad, no debe haber más «Yo quiero»! Así habló el dragón. Hermanos míos, ¿para qué necesita el espíritu al león? ¿No es suficiente el animal robusto que se abstiene y es respe­tuoso? Todavía no puede crear el león valores nuevos; pero si tiene poder para hacerse libre para la nueva cre­ación. Hacerse libre, oponer una divina negación, incluso el deber; tal es, hermanos míos, la tarea para la que el espíritu necesita del león. La más terrible con­quista para un espíritu paciente y respetuoso es la de conquistar el derecho a crear nuevos valores. En ver­dad, éste es para él un acto feroz, el acto de un animal de presa. En otros tiempos amaba el «Tú debes», como su más sagrado bien: ahora le es necesario encontrar la ilusión y lo arbitrario, incluso en este bien, el más sagrado para que realice a costa de su amor la conquis­ta de la libertad: para semejante rapto es indispensable un león. Mas, decidme, hermanos míos, ¿qué puede hacer el niño que no pueda hacer el león? ¿Por qué es preciso que el león raptor se transforme en un niño? El niño es inocente y olvida; es una primavera y un juego, una rueda que gira sobre sí misma, un primer movi­miento, una santa afirmación. ¡Oh hermanos míos! Una afirmación santa es necesaria para el juego divino de la creación. Quiere ahora el espíritu su propia volun­tad; el que ha perdido el mundo, quiere ganar su propio mundo. Os he mostrado tres metamorfosis del espíritu: cómo el espíritu se hace camello, cómo el espíritu se hace león, y, por fin, cómo el espíritu se hace niño.

 

Así habló Zaratustra. Y en este tiempo moraba en la ciudad que se llamaba Vaca Multicolor.

 

2.DE LAS CÁTEDRAS DE LA VIRTUD

 

En presencia de Zaratustra elogiaba a un sabio, destacado por su erudición al hablar del sueño y de la virtud, por lo que lo habían cubierto de honores y recompensas. Alrededor de la magistral cátedra de este sabio se agrupaba toda la juventud. Zaratustra se unió a los jóvenes y se sentó cerca del sitial del maes­tro.

 

Y éste habló así:

Lo primero de todo es honrar el sueño y respe­tarlo. Huir de cuantos duermen mal y se despiertan en la noche. Frente al sueño, hasta el ladrón siente vergüenza. En la noche se desliza con callados pasos. En cambio, el trasnochador es imprudente y hace sonar su cuerno con descaro.

 

Saber dormir no es poca cosa. Es preciso saber estar despierto todo el día para poder dormir bien. Diez veces debes vencerte a ti mismo en el transcurso del día; es la señal de un verdadero can­sancio y un opio para el alma. Diez veces debes reconciliarte contigo mismo, porque, si amargo es vencerse a uno mismo, el que no se reconcilia duerme mal. Diez verdades te es preciso hallar durante el día; pues si no lo haces buscarás verdades en la noche y tu alma permanecerá hambrienta. Diez veces te es preci­so reír y estar gozoso durante el día; de otra manera, serás turbado en la noche por tu estómago, padre de la angustia. Pocas gentes conocen esto: que es preciso poseer todas las virtudes para dormir bien. ¿Levanta­ría un falso testimonio? ¿Cometería un adulterio? ¿Codiciaría la sirviente de mi prójimo? Todo esto se conciliaría mal con un buen sueño. Además de pose­er todas las virtudes, es preciso tener presente esto: hay que enviar a dormir, en el momento oportuno, a las mismas virtudes. ¡No es necesario que riñan entre ellas las gentiles jovencitas! ¡Y sobre todo, por tu causa, desdichado! El buen sueño quiere paz con Dios y con el prójimo. Y, además, paz con el diablo del vecino. De otro modo te visitará de noche. ¡Honor y obediencia a la autoridad, incluso a la autoridad clau­dicante! Así lo impone el buen sueño. ¿Acaso es culpa mía que al poder el guste andar con piernas cojas? Quien lleva a pacer sus ovejas a la verde pra­dera, siempre será para mí el mejor pastor: así lo quie­re el buen sueño. No pretendo ni muchos honores ni grandes tesoros: esto provoca demasiada bilis. Pero se duerme mal sin una buena fama y un pequeño tesoro. Prefiero recibir a una sociedad reducida que a una sociedad perversa: con todo, es preciso que lleguen y se marchen en el momento oportuno: así lo exige el buen sueño. También me placen los pobres de espíri­tu: aceleran el sueño. Son dichosos, sobre todo cuan­do se les da siempre la razón. El día se desliza así para los virtuosos. Cuando llega la noche mucho me guardo de llamar al sueño. A él que es el señor de las vir­tudes no le gusta que lo llamen. Pero medito en lo que he dicho y he pensado durante el día. Mientras rumio mis pensamientos con la paciente mansedumbre de una vaca me pregunto a mi mismo: ¿cuáles fueron hoy tus diez victorias sobre ti mismo? ¿Y cuáles fue­ron las diez reconciliaciones y las diez verdades y las diez explosiones de risa con que se ha regalado tu corazón? Considerando esto, mecido por cuarenta pensamientos, repentinamente se apodera de mí el sueño, el sueño que yo no he llamado, el señor de las virtudes. El sueño me llama sobre los ojos y mis pár­pados me pesan. El sueño me toca la boca y mi boca queda abierta. En verdad, el ladrón que yo prefiero se desliza en mi con ligeros pasos, me roba mis pensa­mientos. Yo permanezco en pie completamente estú­pido como este pupitre. Pero no permanezco en pie mucho tiempo cuando ya me acuesto.

 

Cuando Zaratustra oyó hablar así al sabio, se echó a reír en su corazón: porque una luz había nacido en él. Y habló así a su corazón:

«Este sabio me parece loco con sus cuarenta pensamientos; pero creo que entiende bien el sueño. ¡Dichoso el que habite cerca de este sabio! Tal sueño es contagioso aun a través de un espeso muro. Hasta de su sillón de maestro se desprende un encanto. No en vano los jóvenes estaban sentados a los pies del predicador de la virtud. Velar para dor­mir, dice su sabiduría. Y, en verdad, si la vida no tuviera sentido y si yo debiera escoger un sin senti­do, este sin sentido me parecería el más digno de mi elección. Ahora comprendo lo que antaño se buscaba, sobre todo cuando se buscaban maestros de la virtud. ¡Lo que se buscaba era un buen sueño y vir­tudes coronadas por adormideras! La sabiduría era el sueño sin ensueños para todos estos sabios del púlpito tan alabados. No conocían mejor sentido de la vida. Aún en nuestros días hay muchos que se semejan a este predicador de la virtud y no siempre son tan honrados como él; pero ha pasado su época. No estarán mucho tiempo en pie cuando ya estarán acostados. Bienaventurados los adormilados, porque ellos se dormirán en seguida.»

 

Así habló Zaratustra.

 

3.DE LOS ALUCINADOOS DEL OTRO MUNDO

 

Cierto día, Zaratustra proyectó su ilusión más allá de los hombres, como todos los alucinados del ultra ­mundo. Entonces le pareció el mundo la obra de un dios doliente y atormentado:

—El sueño y la invención de un dios me pareció ser el mundo. Algo semejante a nubes de colores delante de los ojos de un divino insatisfecho. Bien y mal, alegría y dolor, tú y yo; tales eran para mí, las nubes de colores ante los ojos de un creador. El cre­ador quería desplazar los ojos de sí mismo, entonces creó el mundo. Alegría embriagadora es para quien sufre desplazar los ojos de su dolor y olvidarse. Ale­gría embriagadora y olvido de sí mismo: tal me pare­ció un día el mundo. Este mundo, eternamente imperfecto, imagen, e imagen imperfecta, de una eterna contradicción, una alegría embriagadora para su imperfecto creador: tal me pareció un día el mundo. De igual manera, también yo proyecté mi ilusión más allá de los hombres, del mismo modo que todos los alucinados del ultra mundo. ¿Más allá de los hombres, en realidad? ¡Ay, hermanos míos! Este dios que yo he creado era obra de manos huma­nas y locura humana, como lo son todos los dioses. No era más que un hombre, pobre fragmento de un hombre y de un «yo». Surgió de mis propias cenizas y de mi propio rescoldo este fantasma. Y, verdadera­mente, ¡no me vino del más allá! ¿Qué sucedió, entonces, hermanos míos? Yo, que sufría, me supe­ré: he llevado mi propia ceniza a la montaña, he inventado para mí una llama más clara. Y he aquí que el fantasma se alejó de mí. Ahora sería para mí un sufrimiento y una humillación creer en semejan­tes fantasmas.

Esto dijo a los alucinados del ultra mundo: —Dolores e impotencia, he aquí lo que crearon los ultra mundos y esta corta locura de felicidad que sólo conoce el que más sufre. La fatiga de aquel que de un solo salto, de un salto mortal, pretende llegar hasta el fin, esta fatiga pobre e ignorante que no quiere querer, ella fue la que creó todos los dioses y todos los ultra mundos. ¡Hermanos míos, creedme! Fue el cuerpo el que desesperó del cuerpo: anduvo a tientas, con los dedos del espíritu extraviado tentó a lo largo de los últimos muros. ¡Hermanos míos, cre­edme! Fue el cuerpo el que desesperó de la tierra porque oyó hablar al vientre del ser. Quiso entonces pasar la cabeza a través de los últimos muros, y no solamente la cabeza..., quiso pasar al «otro mundo». Pero, el «otro mundo», mundo afeminado e inhuma­no que es una nada celeste, está bien oculto para los hombres... Y el vientre del ser no habla al hombre si no es como hombre. Difícil es demostrar el ser, en verdad, y difícil hacerlo hablar. Las cosas más sin­gulares, ¿no os parece, hermanos míos, las mejor demostradas? Sí; este yo, la contradicción y la con­fusión de este yo, afirma con la mayor lealtad su ser; este yo, que crea, que quiere y que da la medida y el valor de todas las cosas. Y este yo, el ser más leal, habla del cuerpo y lo quiere todavía, aun cuando sueñe y se exalte revoloteando con sus alas rotas. Este yo aprende a hablar cada vez con mayor lealtad: y cuando más aprende más palabras encuentra para exaltar el cuerpo y la tierra. Mi yo me ha enseñado un nuevo orgullo, yo lo comunico a los hombres: ¡Que no escondan ya más su cabeza en la arena de las cosas celestes, sino que la yergan orgullosamen­te; una cabeza terrestre que cree el sentido de la tie­rra! Yo enseño a los hombres una voluntad nueva: seguir voluntariamente el camino que los hombres han seguido ciegamente, aceptar este camino y no resbalar fuera como los enfermos y los decrépitos. Enfermos y decrépitos fueron los que despreciaron el cuerpo y la tierra, quienes inventaron las cosas celestes y las gotas de sangre redentora; ¡y estos venenos dulces y lúgubres fueron del cuerpo y de la tierra de donde los tomaron prestados! Las estrellas les parecían demasiado lejanas para salvarse de su miseria Entonces, se pusieron a suspirar: ¡Ay! ¡Que no haya caminos celestiales para que pudiéramos deslizarnos a otro ser y a otra felicidad! Por eso inventaron sus artificios y sus bebidas sangrantes. Estos ingratos se creyeron arrebatados lejos de su cuerpo y de esta tierra. Pero ¿a quién debían el espasmo y la alegría de su alborozo? A su cuerpo y a esta tierra. Zaratustra es indulgente para los enfer­mos. No se irrita, en verdad, ni por sus maneras de consolarse ni por su ingratitud. ¡Que se curen y se superen y que se creen un cuerpo superior! Zaratus­tra tampoco se irrita contra el convaleciente que con­templa con ternura su ilusión perdida y a media noche vaga errante alrededor de la tumba de su dios pero en las lágrimas que el convaleciente vierte, Zaratustra no ve más que la enfermedad y el cuerpo enfermo. Siempre ha habido muchos enfermos entre los que sueñan y se consumen en Dios. Éstos abo­rrecen con furor a aquel que busca el conocimiento, aborrecen a la más joven de las virtudes: la lealtad. Hacia atrás, hacia los tiempos oscuros, miran siem­pre. Cierto es que entonces la locura y la fe eran otra cosa. La furia de la razón aparecía en la imagen de Dios y la duda era pecado. Conozco demasiado bien a los que son semejantes a Dios. Quieren que se crea en ellos y que la duda sea un pecado. Sé demasiado bien en qué creen más ellos mismos. No es cierta­mente en ultra mundos ni en las gotas de sangre redentora; también ellos creen más en el cuerpo, y es al suyo propio al que consideran como la cosa en sí. Para ellos el cuerpo es algo enfermizo y salían de su piel con el mayor placer. Es por esto que escuchan a los predicadores de la muerte y ellos mismos predi­can los ultra mundos. Escuchad más bien, hermanos míos, la voz del cuerpo curado: es una voz más leal y más pura. Con más pureza y mayor lealtad habla el cuerpo sano. El cuerpo completo, macizo de la cabe­za a los pies, habla del sentido de la tierra.

 

Así habló Zaratustra.

 

4.DE LOS DENIGRADORES DEL CUERPO

 

—Quiero dar mi consejo a los denigrados del cuerpo: No deben cambiar de método de enseñanza, sino únicamente despedirse de su propio cuerpo..., y así hacerse mudos. El niño se expresa así:  Yo soy cuerpo y alma.

 

¿Y por qué no expresarse como los niños? Quien está despierto y consciente exclama: Todo yo soy cuerpo y ninguna otra cosa. El alma sólo es una palabra para una partícula del cuerpo. El cuerpo es un gran sistema de razón, una multiplicidad con una sola dirección, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor. Instrumento de tu cuerpo: tal es también tu pequeña razón, que tú denominas espíritu, hermano mío, pequeño instrumento y pequeño juguete de la gran razón. Dices «yo» y te sientes orgulloso de esta palabra. Pero, aunque no quieras creerlo, lo que es mucho más grande es tu cuerpo y su gran sistema de razón: él no dice «yo», pero él es yo. Lo que experi­mentan los sentidos, lo que reconoce el espíritu, no tiene jamás fin en sí. Pero los sentidos y el espíritu querrían convencerte que ellos son el fin de toda cosa: tal es su vanidad. Sólo son instrumentos y juguetes los sentidos y el espíritu. Detrás de ellos aún se encuen­tra el ser. El ser, él también, busca con los ojos de los sentidos y escucha con los oídos del espíritu. El ser siempre busca y escucha: compara, somete, conquista y destruye. Reina y domina incluso sobre el yo. Detrás de tus pensamientos y de tus sentimientos existe un señor más poderoso, un sabio desconocido: se llama el ser. Vive en tu cuerpo; es tu cuerpo. Hay más razón en tu cuerpo que en la mejor sabiduría. ¿Quién sabe, por consiguiente, para qué necesita tu cuerpo de tu mejor sabiduría? Tu ser se ríe de tu yo y de sus cabriolas. «¿Qué son para mí estos saltos y estos vuelos del pensamiento?», se pregunta. Y él mismo responde: «Un rodeo hacia mi objeto. Soy los andadores del yo y el inspirador de sus ideas.» El ser dice al yo: «¡Experimenta dolores!» Y el yo sufre y decide no sufrir más. Y para este fin debe pensar. El ser dice al yo: «Experimenta alegrías.» Entonces el yo se regocija y sueña en seguir regocijándose con fre­cuencia, y para este fin debe pensar. Quiero decir algunas palabras a los denigradores del cuerpo, que ellos desprecian lo que constituye su estima. ¿Quién es el que creó la estima y el desprecio y el valor y la voluntad? Fue el ser el creador que creó por sí mismo la estima y el desprecio, la alegría y el dolor. El cuerpo creador creó por sí mismo el espíritu como una mano de su voluntad aún, en vuestra locura y en vuestro desprecio, servís al ser, vosotros, denigradores del cuerpo. Yo os digo: vuestro ser quiere morir y se apar­ta de la vida. Ya no es capaz de hacer lo que preferi­ría: crear por encima de sí mismo. He aquí su deseo preferido, he aquí todo su celo. Pero es demasiado tarde para esto: de este modo vuestro ser desaparece ¡oh denigradores del cuerpo! Vuestro ser quiere desa­parecer ¡por eso habéis llegado a haceros denigrado­res del cuerpo! Porque nada podéis ya crear por enci­ma de vosotros. Por esta razón deseáis mal para la vida y para la tierra. Una envidia inconsciente se adi­vina en la oblicua mirada de vuestro desprecio Yo no sigo vuestro camino de ningún modo, denigradores del cuerpo. ¡No sois, de ningún modo, para mí, puen­tes hacia el superhombre!

 

Así habló Zaratustra.

 

5.DE LAS ALEGRÍAS Y LAS PASIONES

 

—Hermano mío: cuando posees una virtud y esa virtud es tuya, no la compartes con nadie. Verdad es que tú querrías llamarla por su nombre y acariciarla. Querrí­as tomarla por la oreja y divertirte con ella. Ahora ella compartirá con el pueblo el nombre que tú le des. Tú has llegado a ser pueblo y rebaño con tu virtud. Sería mejor que dijeras: «Aquello que constituye el tormento y la dulzura de mi alma es inexpresable y sin nombre. Y esto es también lo que motiva el hambre de mis entra­ñas.» Que tu virtud se halle demasiado elevada para soportar la familiaridad de las denominaciones, y si te es preciso hablar con ella, no te avergüences de balbu­cear. Habla pues y balbucea: «Esto es mi bien, el que yo amo es así como me satisface enteramente; es así úni­camente como yo quiero el bien. De ninguna manera lo apetezco como el mandamiento de un dios ni como una ley y una necesidad humana, que no sea para mí un guía hacia tierras superiores y hacia paraísos. Es una virtud terrestre la que yo amo; no hay en ella nada de sabidu­ría ni mucho menos de sentido común. A mi lado ha construido su nido este pájaro y por ello lo amo con ter­nura. Ahora incuba en mí sus huevos de oro.» Así es como debes balbucear y alabar tu virtud. Antes tenias pasiones y las llamabas males. Pero ahora sólo tienes virtudes; nacieron de tus pasiones. Tú colocabas en estas pasiones tu objeto más elevado. Entonces ellas vinieron a convertirse en tus virtudes y tus alegrías. Y aun si pertenecieras a la raza de los coléricos o de los voluptuosos, de los sectarios o de los vengadores, todas las pasiones acabarían por transformarse en virtudes; todos los demonios, en ángeles. En anteriores tiempos guardabas perros salvajes en tu cueva; pero se transformado en pájaros, en amables pájaros cantores. Con tus venenos has preparado tus bálsamos; has ordeñado a la vaca, Aflicción: ahora bebes la dulce leche sus ubres. Y ningún mal nace ya de ti, si no es el que nace de la lucha de tus virtudes. Hermano cuando disfrutas de la felicidad es que posees una y nada más. Así caminas más fácilmente sobre el puente. Poseer muchas virtudes es una distinción; pero una suerte muy dura y los hay que han ido a matarse desierto porque estaban fatigados de servir de campos de batalla a las virtudes. Hermano mío: ¿son males guerra y las batallas? Son males necesarios. La envidia y la desconfianza y la calumnia tienen un puesto nece­sario entre las virtudes. Observa cómo cada una de tus virtudes desea lo que de más elevado existe: quiere todo tu espíritu para que todo tu espíritu sea su heraldo; quie­re toda tu fuerza en la cólera, el odio y el amor. Cada virtud está celosa de la otra, y los celos son algo terri­ble. También las virtudes pueden perecer por los celos. Quien da vueltas en torno de la llama de los celos ter­mina como el escorpión, volviendo contra sí mismo el dardo envenenado. ¡Ay, hermano mío! ¿ No viste nunca a una virtud calumniarse y destruirse a sí misma? El hombre es algo que debe ser superado. Por esto necesi­tas amar tus virtudes, pues perecerás por causa de ellas.

 

Así habló Zaratustra.

 

6.EL PALIDO CRIMINAL

 

—¡Jueces y sacrificadores, ¿no queréis matar, antes que el animal tenga erguida la cabeza? Ved: el pálido criminal ha levantado la cabeza; en sus ojos habla el gran desprecio. «Mi yo es algo que debe ser superado; mi yo es mi gran desprecio por los hombres.» Así hablan los ojos del criminal. Su momento supremo fue aquel en que se juzgó a sí mismo. ¡No dejéis que el sublime vuelva a caer en su bajeza! para quien sufre hasta este punto de si mismo no hay más salvación que la muerte rápida. Vuestro homicidio, ¡oh jueces!, debe hacerse por compasión y no por venganza. ¡Y al matar, cuidaos de justificar la vida! No basta que os reconci­liéis con aquel a quien matáis. ¡Qué vuestra tristeza sea el amor del superhombre; así justificaréis vuestra super­vivencia. Decid «enemigo» y no «malvado»; decid «enfermo» y no «miserable»; decid «insensato» y no «pecador». Y tú, juez rojo, si dijeras en voz alta lo que has hecho ya en pensamiento, todos exclamarían: «¡Retirad esta inmundicia y este veneno!» Pero una cosa es el pensamiento, otra cosa la acción y otra cosa la imagen de la acción. La rueda de la causalidad no gira entre estas cosas. Una imagen fue lo que hizo palidecer a este hombre pálido. Estaba a la altura de su acto cuan­do lo cometió; pero después de haberlo realizado no pudo soportar su imagen. Siempre se vio a sí mismo como el autor de un solo acto. Locura llamo yo a esto, porque la excepción se ha hecho la regla de su ser. La gallina es fascinada por la línea. La señal que el crimi­nal ha llevado sobre sí fascina una pobre razón: es la locura después del acto. Jueces ¡escuchad! Todavía hay otra locura y esta locura antes del acto. ¡Ay! ¡No habéis profundizado lo bastante en esta alma! El juez rojo habla así «¿Por qué ha matado este criminal? Quería robar.» Pero yo digo: su alma quería sangre, y de nin­gún modo el robo. ¡Tenía sed de la felicidad que proporciona el cuchillo! No comprendía esta locura pobre razón. Ella fue la que decidió al criminal. «¿Qué importa la sangre! exclamó ella. ¿No quieres aprove­charte de tu crimen para robar? ¿Para vengarte?» Y él escuchó a su pobre razón. Sus palabras le pesaban como el plomo. Robó, entonces, luego de asesinar. No quería tener vergüenza de su locura. El plomo de su falta pesa de nuevo sobre él. Nuevamente su pobre razón está ano­nadada, paralizada y pesada. Si siquiera pudiese sacudir la cabeza rodaría por el suelo su carga. Pero no hay nadie que quiera sacudir esta cabeza. ¿Qué es ese hom­bre? Un cúmulo de enfermedades que, por mediación del espíritu, actúan sobre el mundo exterior; en él quie­ren ellas hacer su botín. ¿Qué es este hombre? Un ovillo de serpientes salvajes entrelazadas que con dificul­tad se soportan tranquilas. Cada una marcha por su lado para buscar su botín por el mundo ¡ Ved este pobre cuer­po! Intenta su pobre alma comprender sus deseos y sufrimientos. Los considera como el placer y la envidia criminal por alcanzar la felicidad que proporciona el cuchillo. Quien cae enfermo, ahora lo sorprende un mal. Es el mal de este momento. Quiere hacer sufrir con lo que le hace sufrir. Pero hubo para él otros tiempos y otro bien y otro mal. La duda y la ambición personal se juz­gaban antes como crímenes. El enfermo se convertía, entonces, en hereje y hechicero. Sufría y quería hacer sufrir como hereje y como hechicero. Pero no deseáis comprenderme. Y exclamáis: «Esto sería nocivo para aquellos de entre nosotros que son buenos.» Pero, ¡qué me importan vuestros hombres buenos! Me repugnan muchas cosas que hay en vuestros buenos. Y precisa­mente no es el mal. ¡Yo quisiera que sufrieran una locu­ra que los haga perecer como este pálido criminal! Yo quisiera. en realidad, que esta locura se llamase verdad, o fidelidad o justicia. Pero su virtud consiste en vivir mucho tiempo en una miserable satisfacción de sí mismo. Soy un pretil a orillas del río. ¡Quién pueda asirse a mi, hágalo! No soy vuestras muletas.

 

Así habló Zaratustra.

 

7. DEL LEER Y ESCRIBIR

 

Sólo amo lo que se ha escrito con la propia san­gre, de todo cuanto se ha escrito. Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu. No es fácil comprender la sangre extraña. Detesto a todos los perezosos que leen. Aquel que conoce al lector, ya nada hace por el lector. Un siglo más de lectores y hasta el espíritu olerá mal. Si todos tuvieran el dere­cho de aprender a leer, a la larga se estropeará no sólo la escritura, sino también el pensamiento. En otros tiempos, Dios era el espíritu. Después se hizo hombre. Ahora se ha elevado al populacho. Quien con sangre escribe máximas, no quiere ser leído, sino que se le aprenda de memoria. El camino más corto sobre las montañas va de una cima a otra; pero para seguirlo es preciso poseer largas piernas. Las máximas deben ser cúspides y aquellos a quienes se habla, hombres gran­des y vigorosos. El aire ligero y puro, el peligro cer­cano y el espíritu lleno de una alegre malignidad; todo esto compagina bien. Quiero ver a los duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor que ahuyenta los fantasmas se crea sus propios duendes. El valor quiere reír. No me hallo en comunión de alma con vosotros. Esta nube que veo por debajo de mí, esta negrura y esta pesadez de que me río es vuestra tormenta. Vosotros miráis a lo alto cuando aspiráis a elevación. Y yo miro hacia abajo porque estoy ¿Quién de vosotros al mismo tiempo puede reír estar alto? Quien se cierne sobre las más altas montañas, se ríe de todas las tragedias de la escena y de vida. Valerosos, despreocupados, burlones, violentos: así nos quiere la sabiduría es mujer y no puede sino a un guerrero decís vosotros «La vida es de llevar.» Pues ¿a qué vuestro orgullo de la mañana y vuestra sumisión de la tarde? La vida es dura de llevar; ¡pero no os pongáis tan tiernos! Todos somos burros y burras agobiados de carga. ¿Que tenemos nosotros de común con el capullo de la rosa que tiembla porque lo oprime una gota de rocío? Verdad es amamos la vida; pero no porque estemos habituados a ella, sino al amor. En el amor siempre hay un poco de locura. Pero también siempre hay un poco de razón  en la locura. Y para mí, también para mí, que me encuen­tro a gusto con la vida, las mariposas y las burbujas de jabón, y todo lo que entre los hombres se les asemeja, me parecen ser los que mejor conocen la felicidad. Deseos de cantar y llorar siente Zaratustra cuando ve revolotear a las pequeñas almas ligeras y locas, encantadoras e inquietas. Yo sólo podría creer en un dios que supiese bailar. Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profundo y solemne. Era el espíritu de la pesadez. Todas las cosas caen por su causa. Es con la risa y no con la cólera como se mata. Adelante; matemos al espíritu de la pesadez! He apren­dido a andar; desde entonces me abandono a correr. He aprendido a volar; desde entonces no espero a que me empujen para cambiar de sitio. Ahora soy ligero. Ahora vuelo. Ahora me veo por debajo de mí. Ahora baila en mí un dios.

 

Así habló Zaratustra.

 

8.  DEL ÁRBOL DE LA MONTAÑA

 

Zaratustra advirtió que un joven le rehuía. Una tarde, cuando caminaba solo por la montaña vecina de la ciudad llamada Vaca Multicolor, encontró a ese joven apoyado contra un árbol y lanzando sobre el valle una mirada plena de tristeza. Zaratustra rodeó con un brazo ese árbol y habló así al joven:

—Si yo quisiera sacudir este árbol con mis manos no podría hacerlo. Pero el viento, al cual no vemos, lo agita y lo doblega a su capricho. De igual manera somos nosotros doblegados y agitados por manos invisibles.

 

Asustado, se incorporó entonces el joven y res­pondió:

—Escucho a Zaratustra y cabalmente pensaba en él.

—¿Por qué te asustas?  preguntó Zaratustra—.El mismo suceso ocurre al hombre y al árbol. Cuando más aspira a elevarse hacia las alturas y hacia la clari­dad, más profundamente ahonda sus raíces en la tierra, en las tinieblas y en el abismo. ¿En el mal?

—¡Sí, en el mal!—Exclamó el joven—. ¿Cómo es posible que hayas descubierto mi alma?

Sonrió Zaratustra y dijo:

—Hay almas que no se descubrirán nunca a menos que se comience por inventarlas.

—Si, en el mal! —insistió el joven—. Decías ver­dad, Zaratustra. Ya no tengo confianza en mí mismo desde que pretendo ascender a las alturas, ni nadie tiene ya confianza en mí. ¿De dónde puede provenir esto? Me transformo con demasiada rapidez. Mi pre­sente contradice mi pasado. Salto con frecuencia los escalones cuando asciendo, cosa que no me perdonan los escalones. Cuando llego a la cima me encuentro solo, siempre solo. Nadie habla. El frío de la soledad me hace temblar. ¿Qué es, entonces, lo que pretendo en las alturas? Mi desprecio y mi deseo aumentan a la par... Cuanto más me elevo más desprecio a quien se eleva. ¿Qué es lo que pre