Universidad Abierta

 


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SÓCRATES: EL CRÍTICO DE LA TOTALIDAD.

 

FAZ MORA JOSÉ MARTÍN


 

CONTENIDO

 

INTRODUCCIÓN                                                                                                        

SÓCRATES, SU CONTEXTO, VIDA Y OBRA.               

EL PROBLEMA SOCRÁTICO                                                                          

EL CONTEXTO HISTÓRICO (Grecia en el siglo V a. C.)                         

SU VIDA                                                                                                                   

SU OBRA                                                                                                                  

EL MARCO TEÓRICO DEL ANÁLISIS: LA ÉTICA DE LA LIBERACIÓN   

EL AMBITO DE LA TOTALIDAD                                                                      

EL ÁMBITO DE LA ALTERIDAD                                                                      

LA FILOSOFÍA ÉTICA DE LA LIBERACIÓN                                                      

EL ANÁLISIS SOCRÁTICO DESDE LA PERSPECTIVA DE LA ÉTICA DE LA LIBERACIÓN.                                                                                                      

BIBLIOGRAFIA


INTRODUCCIÓN.

 

El presente ensayo, realizado a título de memoria de examen profesional en opción al grado de Licenciatura en Filosofía por la Universidad Abierta, S.C., tiene una finalidad primordialmente pedagógica y pretende introducir al lector a dos planteamientos filosóficos disímbolos, tanto en contenido como en tiempo, orígenes, latitudes y muchos otros aspectos que seguramente apreciará quien lo lea.

El primero de ellos es la reflexión de uno de los filósofos más importantes del pensamiento occidental: Sócrates, incuestionable inspirador en la creación y formulación de la filosofía griega. A veinticinco siglos de su existencia, Sócrates sigue ejerciendo una fascinación intelectual que pocos pensadores suscitan. Su mensaje y particularmente su figura mantiene una vigencia y atracción que el tiempo no solo no ha opacado, sino que, por el contrario, se consolida. Infinidad de estudios y ensayos se han escrito sobre él y sigue siendo una inagotable fuente de inspiración para el análisis filosófico desde cualquier perspectiva desde la que éste se aborde.

El otro, de particular interés tanto por su actualidad como por ser uno de los esfuerzos filosóficos más consistentes en Latinoamérica y en nuestro país, donde reside tal autor de origen argentino, se refiere al pensamiento filosófico de Enrique Dussel, quien desde la corriente de la filosofía de la liberación a encabezado un fructífero esfuerzo de propuestas filosóficas, particularmente éticas.

Este ensayo pretende, por un parte, una presentación sintética de las respectivas obras de los autores. Para el caso de Sócrates y debido a la distancia temporal y contextual que nos separa, he dedicado una amplia sección para el análisis del contexto histórico y social en que vivió, que pueda permitir al lector abordar su obra con la pertinencia debida, así como situarla convenientemente. Ello seguramente redundará en una mejor comprensión de la crucial importancia que su reflexión filosófica ha tenido en la creación del pensamiento occidental.          

En una segunda parte intento la presentación sintética del pensamiento de Enrique Dussel a manera de introducción, particularmente en lo que al método filosófico se refiere. Recorreremos las fuentes filosóficas en las que nutre su reflexión, así como la pretendida superación que de ellas realiza para levantar una filosofía propia consistente, sugestiva y de gran actualidad.

Siendo el objeto del presente trabajo de carácter pedagógico, he querido que esta presentación brinde al lector un acceso directo a las fuentes, por lo que he recurrido a una considerable profusión de referencias bibliográficas y de citas que le permitirá remitirse directamente a las obras consultadas, todas ellas accesibles para quien esté interesado en ello, convencido de que no hay nada mejor que abrevar directamente de la obra filosófica.

Por otra parte, y a modo de ensayo filosófico, y en cierta medida como excusa artificiosa y hasta arbitraria para acercar al lector a los dos pensamientos filosóficos mencionados, relaciono algunos elementos del pensamiento socrático expuesto en la primera parte, que pueden resaltarse a la luz del discurso ético de la filosofía de la liberación. En modo alguno pretendo descontextualizar al filósofo ateniense del siglo V a.C., y hacerlo pasar por una especie de “antecesor” del actual pensamiento filosófico latinoamericano representado por Dussel. En buena medida la filosofía de éste se sitúa en las antípodas del discurso filosófico griego de la época clásica, al que está íntimamente unido Sócrates. Mi pretensión intenta ser meramente pedagógica, lo cual habrá de juzgar el lector, y un pretexto para aproximar al lector a dos reflexiones filosóficas que, en lo personal, considero de particular importancia. Desde tal perspectiva debe analizarse el presente ensayo.

En lo que respecta a los Diálogos de Platón que refieren el pensamiento y la vida de Sócrates, son citados con una doble clasificación, según sea el caso, ya que utilizo la paginación que se acostumbra tomar como tipo, en conformidad con la edición conocida como estefaniana (1578) y además la paginación de la edición de la colección "Sepan cuantos" de la Editorial Porrúa, y que es la más accesible para el lector en nuestro país. De tal manera que primero aparece la paginación clásica y universalmente reconocida y enseguida, entre paréntesis, la paginación de Porrúa señalando el número de Página y con letra el párrafo en que aparece la cita: Eutifrón, 3 B (Porrúa, Pág. 26 A); Apología  37 A-C (Porrúa, Pág. 16 B-C). En algunos casos sólo aparece alguna de las dos referencias cuando así lo considere pertinente por el lenguaje utilizado. Para el caso de los Recuerdos de Sócrates y la Apología de Jenofonte, cuya edición de la colección "Sepan cuantos" fue la que  consulté, también utilicé el criterio de señalar el número de página y con una letra el párrafo, seguido de la referencia tradicional en que está dividida la obra a través de libros y otra letra para señalar el párrafo del libro en que aparece la cita: Recuerdos, Pág. 150, Libro Segundo II G; Recuerdos, Pág. 160, Libro segundo VII D-F.


SÓCRATES, SU CONTEXTO, VIDA Y OBRA.

 

EL PROBLEMA SOCRÁTICO

 

EL SÓCRATES HISTÓRICO.

 

Sabemos a ciencia cierta que Sócrates fue ejecutado en el 399 a. C., y por referencias de su discurso en la Apología de Platón, para entonces tendría 70 años, por lo que habría nacido hacia el 470 ó 469 a.C.

La inexistencia de escritos de Sócrates, sea por opción consciente del mismo o por situación cultural como señala Taylor, ha colocado a todos los estudiosos de su figura y su papel en el desarrollo del pensamiento filosófico griego en la necesidad de recurrir a los testimonios escritos que de él hicieran discípulos inmediatos suyos como Platón y Antístenes (de quien sólo nos ha llegado algunos fragmentos de las numerosas obras que se le atribuyen, pero como veremos más adelante, parece haber sido fuente de otros testimonios que sí han llegado a nuestros días); contemporáneos que tuvieron algún contacto con él o con discípulos suyos como Jenofonte; testimonios de discípulos de algunos socráticos como el caso de Aristóteles, quien lo fuera de Platón; y testimonios de contemporáneos suyos como el comediante Aristófanes, quien en su obra Las nubes, pinta un retrato sumamente discutido, pero no por ello menos valioso, de Sócrates.

Fue durante la segunda década del siglo XIX que se planteó por primera vez el análisis crítico para el estudio de Sócrates. Schleiermacher  fue el primero en formularlo de manera puntual. El centro del análisis consistió, inicialmente, en el intento de llegar al Sócrates histórico a través de las fuentes escritas que daban testimonio de su vida y su reflexión. Lo primero que se hacía evidente era la discrepancia de la figura de Sócrates transmitida por los distintos autores, aún entre aquellos que le profesaban particular admiración, como los casos de Platón y Jenofonte. A pesar de elementos comunes, particularmente en lo que se refiere a la forma de los diálogos, tanto en su estructura como en la reiteración estereotipada de propuestas generalmente paradójicas, así como la diáfana y aguda ironía de los mismos, el saldo final es bastante contrapuesto. Al considerar por sí solos los testimonios de Jenofonte no alcanza a percibirse la profundidad y el contenido de las consideraciones filosóficas del Sócrates que, en cambio, asoma en la obra de Platón, y resulta sumamente difícil considerar posible que los atenienses hayan tenido motivo alguno para condenar a muerte a alguien como el Sócrates descrito en los Recuerdos de Sócrates. La consideración de los Diálogos de Platón presenta, a su vez, otras dificultades, tanto porque hay notorias diferencias en la figura de Sócrates entre algunos diálogos y otros, como por notorias discrepancias en algunas tesis filosóficas sostenidas por el propio Sócrates en uno y otro diálogo, donde uno de los claros ejemplos sería la doctrina sobre la inmortalidad del alma, claramente inexistente en la Apología en contraste con el Fedón. El notorio contraste de la Apología jenofóntica y la platónica son, quizá, el más claro ejemplo  de la evidente diferencia de los Sócrates de uno y otro. El propio Aristóteles era, desde entonces, de la opinión de que la mayor parte de los pensamientos filosóficos del Sócrates que aparece en los Diálogos de Platón, debían considerarse como doctrinas de éste y no del primero.

La situación se complicaba más aún, si se consideraba el retrato que Aristófanes plasmó en  Las nubes. Sócrates habría sido solo un sofista más: retórico charlatán de pocos escrúpulos, poseedor de una doctrina oscura, esotérica y hermética, que representaba los antivalores de la polis, y por ello mismo sería, como lo presenta la obra, el principal subvertidor de los fundamentos espirituales de Atenas, en plena coincidencia con sus acusadores durante el juicio que le condujera a la muerte.

Algunos manifestaron serias reservas sobre la posibilidad de acceder al Sócrates histórico con excepción de los hechos relativos a su juicio y ejecución. Todo lo demás, señala Olof Gigon, debe ser considerado como una creación "poética" sobre el ideal de filósofo que elaboraron sus discípulos.

La discusión llevó, finalmente, al análisis crítico de las fuentes mediante criterios científicos, tanto filológicos, exegéticos, hermenéuticos, literarios y el auxilio de ciencias como la arqueología, historia, sociología y otras que con el paso del tiempo fueron desarrollándose de tal forma que permitieran dicho análisis. Del siglo pasado a la fecha los criterios se han enriquecido mucho, por ello Jeager afirma que "Es cierto que la mayor capacidad de comprensión histórica y de interpretación psicológica que hoy tenemos parece dar a nuestros esfuerzos una base más segura"

 

LAS FUENTES SOCRÁTICAS.

 

JENOFONTE.

 

En un primer periodo, y luego del planteamiento del análisis crítico de las fuentes, el propio Schleiermacher abonó el camino para considerar a Jenofonte como una fuente privilegiada, con ciertas reservas, ya que él mismo considera que Sócrates "pudo" y "debió" haber tenido otras cualidades y capacidades que expliquen el efecto causado por él, más allá de las que testifica Jenofonte y que no parecen dar cuenta adecuadamente del impacto que la obra de Sócrates causó en el medio filosófico y cultural de Atenas. Por otra parte, en opinión de Gómez Robledo, el carácter de "historiador" que se atribuyó a sí mismo el propio Jenofonte y que se le reconoció durante mucho tiempo sin el debido análisis crítico, explicaría también la prevalencia del testimonio jenofóntico en un primer periodo

El tiempo terminó por poner las cosas en su debido lugar. Especialistas como Heinrich Maier (1913),  Karl Joël (1893-1901), León Robin (1911), entre otros muchos, contribuyeron a matizar en mucho el testimonio de Jenofonte

Hoy día, ante todo, se acepta que Jenofonte nunca fue un miembro cercano al círculo socrático a quien sólo conoció durante su juventud, sin volver a verle nunca más. Lo anterior lleva a considerar lo tardío de la composición de sus escritos, realizados varios decenios después de la muerte de Sócrates y con la intención política de integrarse nuevamente y reconciliarse a la polis luego de más de cuarenta años de ausencia. El escrito menos tardío, consideran los analistas de manera unánime, es la primera parte de sus Recuerdos de Sócrates, conocida como "defensa"  y que se refiere a una acusación póstuma (fines de la década del 390) y distinta al juicio final de Sócrates, y que posteriormente colocara a la cabeza - dos primeros capítulos - de la obra mencionada. Por si fuera poco hay coincidencia en señalar la escasa capacitación filosófica de Jenofonte, lo cual se evidencía al contemplar la figura del Sócrates de los Memorabilia y la Apología, más bien campechano, simple y de gran sentido común que filósofo profundo, así como abundante y redundante moralista de fácil palabra antes que dialéctico penetrante y analítico. De ser cierta la imagen socrática de Jenofonte, difícilmente puede entenderse como alguien así pudo provocar la profunda trastocación filosófica que sin asomo de duda produjo la actuación de Sócrates en el medio cultural griego.

Para Taylor el propósito declaradamente apologético de los Recuerdos es a lo que debe atribuirse la imagen, por así decirlo, achatada y de bajo perfil ("vulgar") de Sócrates: "El propósito apologético de Jenofonte le obliga a suprimir, dentro de todo lo posible, todo rasgo original de carácter de su héroe que desconcertaría seguramente a un lector torpe y de ideas convencionales" . Esta misma razón, es la más considerable de las objeciones de Taylor al testimonio de Jenofonte, aún y cuando le otorga cierta validez dentro de ciertos límites.

Es por todo lo anterior, que hoy día se tiende a pensar que en realidad Jenofonte plasmó la imagen que de Sócrates tenían otros contemporáneos suyos, posiblemente discípulos de éste, entre los cuales alcanza a vislumbrarse la figura de Antístenes, adversario de Platón,  y a quien se atribuye el inicio del cinismo.

A pesar del giro de casi ciento ochenta grados que la crítica se encargo de hacer sobre la credibilidad de la obra de Jenofonte, se admite que su testimonio, a condición de ser sometido a los criterios de autenticidad generalmente reconocidos hoy en día y mencionados más adelante: aporta elementos válidos para conocer el pensamiento y la personalidad de Sócrates.

 

LOS DIÁLOGOS DE PLATÓN.

 

El testimonio platónico de Sócrates no resulta bien librado durante el primer periodo del análisis crítico iniciado, como dijimos con anterioridad, en la segunda década del siglo XIX y se prolongó hasta casi iniciar el presente siglo. Ya desde la antigüedad clásica Aristóteles sembró el virus de la duda en relación al Sócrates de los Diálogos platónicos al señalar, como lo dijimos antes, que la mayoría de los pensamientos filosóficos del Sócrates de Platón deben considerarse como doctrinas de éste y no de aquél.

Se generalizó la opinión de que Platón había utilizado la figura de Sócrates para exponer sus propias teorías filosóficas, por lo que se deducía que había "jugado" con la verdad histórica y no era entonces una fuente confiable para llegar al Sócrates histórico. Bajo tal perspectiva el testimonio de Jenofonte era, en cambio, tenido por más fiel. Las cosas cambiaron sustancialmente con el paso del tiempo a medida que abundaron los estudios y análisis, tanto de la obra platónica como de la de Jenofonte.

Burnet (1911, 1924), Maier (1913), Ritter (1931) y Taylor aportaron elementos decisivos para revalorar el testimonio de Platón. Si bien existen divergencias, el resultado final arroja bases más sólidas para enfrentar el así llamado "problema socrático".

Para Maier, los escritos de la primera época de Platón (Apología y Critón) son los únicos que pueden considerarse fuentes históricas del Sócrates real. Otros diálogos como Laques, Carmides, Lisis, Ión, Eutifrón y los dos Hipias, deben entenderse como relatos de libre creación, pero esencialmente fieles a la verdad. El resto de las obras platónicas no pueden considerarse fuentes históricas seguras para conocer el pensamiento y la figura de Sócrates.

Para Burnet y Taylor, en cambio, pueden y deben utilizarse todos los diálogos platónicos como fuente histórica de Sócrates. La obra de Taylor establece, desde luego, algunos matices al considerar que las obras en las que existe consenso generalizado de que pertenecen al último periodo de su vida, tales como: El Sofista, El Político, Filebo, Timeo, y Las Leyes, en las que Sócrates se presenta de manera periférica hasta su desaparición en la última, no pueden ser fuentes históricas ya que conscientemente Platón hace desaparecer la figura socrática pues sabe que las ideas ahí plasmadas son resultado de las reflexiones filosóficas propias y no de su maestro. La única excepción sería el Filebo donde Sócrates sí ocupa el personaje central por ser el tema de la obra cuestiones de ética y psicología moral propias de la reflexión socrática. El anterior razonamiento, en opinión de ambos autores sería "la prueba positiva de que Platón no usó una "máscara" para encubrirse o como un ideal imaginario de lo que debe ser "el filósofo"...Podemos deducir con buena razón, que Platón, en todo caso, no tuvo conciencia de haberse apartado de la verosimilitud histórica en el retrato de Sócrates trazado en la mayor parte de sus diálogos, en los que el filósofo es la figura central". Más adelante señala: "...por consiguiente...el retrato que hace Platón de su Maestro es esencialmente exacto, y la información que ofrece tiene la intención de ser considerada como hecho histórico.", y a continuación aclara debidamente: "Naturalmente, de esto no se debe sacar la consecuencia de que no hubo "transfiguración" de Sócrates en la mente de Platón al meditar éste sobre su muerte mártir ; pero sí debe deducirse que cualquier proceso de idealización ha sido inconsciente y que no existe ningún engaño deliberado en los diálogos. Asimismo, tampoco obliga a pensar que todo lo que nos cuenta Platón deba ser una verdad histórica exacta."

 

Las conclusiones de la escuela alemana, encabezada por Maier y las de la escuela escocesa por Burnet y Taylor, difieren en cuanto que ésta última encuentra en Sócrates al creador de la teoría de las ideas, la inmortalidad del alma, el retorno del saber como recuerdo de la preexistencia del alma. En fin, para tal escuela Sócrates es el padre de la metafísica occidental. La escuela alemana no llega a tanto y considera que tales ideas no son realmente socráticas pues no están expuestas en las obras de Platón que deben considerarse fuentes históricas de Sócrates. Según Maier, citado por Jeager, la peculiaridad de Sócrates no debe entenderse desde la perspectiva del pensador teórico, sino que "hay que considerarlo como el creador de una actitud humana que señala el apogeo de una larga y laboriosa trayectoria de liberación moral del hombre por sí mismo y que nada podía superar: Sócrates proclama el evangelio del dominio del hombre sobre sí mismo y de la "autarquía" de la personalidad moral."

Sea que el interesado en el tema socrático se incline por las conclusiones de una u otra escuela, hay consenso en reconocer a los diálogos juveniles de Platón, como auténticas fuentes para el conocimiento del Sócrates histórico, en lo que puede apreciarse de éste, en el sentido de lo dicho por Magalhaes-Vilhena: "Nos parece evidente que cuando se dice hoy que el Sócrates de Platón es el Sócrates de la historia, o por lo menos el más histórico de los Sócrates que han llegado hasta nosotros, no se quiere decir que haya una identificación total entre los dos y que el primero agote completamente al segundo. Lo que debe y puede decirse...es que el Sócrates de Platón, en sus puntos más esenciales, y por más que no sea en todo históricamente exacto, es el más fiel retrato de Sócrates entre los que poseemos.."

Los estudios sobre la obra de Platón, aún y cuando difieran en la interpretación (hermenéutica) y en la exégesis, de acuerdo a la diversidad de criterios utilizados, reconocen casi de manera unánime la validez del testimonio socrático particularmente en los primeros diálogos, a los que se otorga, incluso, el nombre de diálogos socráticos, a saber: Critón, Eutifrón, Laques y el Carmides. La Apología ocupa, desde la perspectiva de prácticamente todos los estudiosos un lugar excepcional en cuanto al testimonio socrático

 

ARISTÓTELES.

 

Durante un tiempo, se creyó encontrar en Aristóteles la fuente ideal para el conocimiento de Sócrates, pues en opinión de algunos  el testimonio de aquél sería más "objetivo" por no hallarse tan apasionadamente interesado como los discípulos inmediatos de Sócrates en el problema de quién era éste y cuáles habrían sido sus aspiraciones, hallándose sí en cambio, lo suficientemente cerca de él en el tiempo como para poder averiguar acerca de su personalidad más de lo que es posible hacerlo ahora.

De acusador, Aristóteles acabo en acusado de aquello mismo que denunciaba en Platón. Nadie mejor que  Magalhaes-Vilhena y su famosa sentencia sobre el estagirita para plantear la situación: "Cuando Aristóteles habla de los demás piensa esencialmente en sí mismo. Sus alusiones históricas son, por así decirlo, una discusión sobre su propia doctrina....Los elementos de apariencia histórica que encierra la exposición aristotélica, son sobre todo materiales que el filósofo utiliza en función de su propio sistema". Tanto la escuela alemana como la escocesa, a las que nos hemos referido en el anterior apartado, coinciden en cuanto al punto de partida: eliminar a Aristóteles como fuente histórica de Sócrates.

Aristóteles presenta a un Sócrates como predecesor de su propia doctrina, al atribuirle la determinación de los conceptos generales (definición universal) y el método inductivo de investigación como los dos grandes logros del pensamiento socrático. Los relatos aristotélicos de Sócrates en los primeros capítulos de la Metafísica, son en el fondo una argumentación para su polémica con Platón, ¿qué mejor que recurrir al propio maestro de Platón para argumentar en su contra? Sin demeritar que los logros que Aristóteles atribuye a Sócrates sean o no ciertos, el avance en torno a la reflexión  y el análisis del problema socrático terminó por desplazar de manera casi definitiva el criterio de utilizar el testimonio aristotélico como "el" criterio que permitía salvar la zanja entre Jenofonte y Platón, en el que se tuvo durante un buen tiempo a Aristóteles. Por otra parte, y particularmente de acuerdo a la escuela escocesa, el testimonio aristotélico no decía nada en absoluto de la personalidad de Sócrates, de cuya representación se había "evaporado" todo rasgo individual.

 

LOS CRITERIOS DE AUTENTICIDAD CONTEMPORÁNEOS

 

Hoy día, el análisis crítico y científico de las fuentes, desde diversos ángulos y ciencias como la filología, la crítica literaria, la historia y particularmente la hermenéutica contemporánea desde el propio Schleiermacher, quien fuera el primero en plantear el análisis crítico de las fuentes socráticas atravesando por Dhilthey, Heidegger y, finalmente, Gadamer, han permitido establecer de acuerdo a una serie de principios tanto teóricos como metodológicos, una serie de criterios que, aplicados a todo tipo de textos pertenecientes a una época lejana y diferente de la nuestra, permiten otorgarles un alto grado de confiabilidad respecto de su historicidad. La exégesis bíblica y la hermenéutica cristiana, tanto protestante como católica, han colaborado también en este campo con autores como Rudolf Bultmann, Fuchs, Ebeling, James M. Robinson, J. Jeremias, Lambiasi y Léon-Dufour.

Los criterios de historicidad universal y científicamente reconocidos por la exégesis y la hermenéutica actuales, relativos a Sócrates, son los siguientes:

a)       Criterio de testimonio múltiple: las cosas que están bien y sólidamente atestiguadas en muchas o todas las fuentes, tienen mayor garantía de ser históricas.

b)       Criterio de discontinuidad o desemejanza, el cual puede enunciarse de la siguiente forma: se considera históricamente aceptable una situación, opinión, idea, palabras o un hecho atribuido a Sócrates, cuando esto no se explica ni como un producto de la tradición filosófica o literaria precedente, ni del ambiente contemporáneo, ni tampoco como retropoyección de lo que caracteriza a la vida y las concepciones de las posteriores escuelas socráticas, por ello, deben considerase auténticos los elementos de la reflexión filosófica de Sócrates que sean irreductibles al ambiente griego de aquel tiempo y a las concepciones de las escuelas socráticas.

c)       Criterio de continuidad o conformidad, el cual es complementario del anterior, mediante el cual se afirma que pueden considerarse históricamente aceptables aquellas situaciones, opiniones, ideas, palabras y hechos que están en estrecha conformidad con el contexto histórico-cultural del ambiente griego al que, en este caso, nuestro filósofo se dirige, por lo que se puede considerar como auténtico un dicho o actitud de Sócrates que esté en estrecha conformidad, no solo con la época y el ambiente, sino además y sobre todo íntimamente coherente con la enseñanza esencial del autor.

Es lo que de manera demasiado sintetizada, Reale y Antiseri, señalan como la “perspectiva del antes y del después de Sócrates”, que se va abriendo camino entre los especialistas y que permiten así tener elementos más certeros sobre el pensamiento filosófico y la vida de Sócrates.

En conformidad con tales criterios las fuentes utilizadas para el presente ensayo son primordialmente los diálogos socráticos pertenecientes al periodo juvenil de Platón: Apología, Critón, Eutifrón, Laques, y el Carmides, así como los Recuerdos de Sócrates y la Apología de Jenofonte sometidas al análisis de los criterios anteriores. Para algunos temas se considerarán algunos diálogos de otros periodos de la obra de Platón, como el Fedón por ejemplo, pero siempre a la luz de los criterios de autenticidad y la opinión de los estudiosos del tema.

 

EL CONTEXTO HISTÓRICO (Grecia en el siglo V, a. C.)

 

CONTEXTO ECONÓMICO

 

LOS CAMBIOS DE LA ECONOMÍA EN EL MEDITERRÁNEO (SIGLOS VIII AL VI A. C.)

 

Para el siglo V a. C., en el que Sócrates vive, Grecia y en particular Atenas habían culminado un largo proceso que les condujo a obtener la hegemonía económica y política del Mediterráneo, dicho proceso estuvo directamente vinculado a los cambios socioeconómicos producidos por el advenimiento de la Edad del Hierro (segundo milenio a. C., en adelante) que suplantó a la de Bronce (del tercero al segundo milenio a. C.).

En efecto, el descubrimiento del hierro y el perfeccionamiento de la técnica para su elaboración, tuvo un efecto revolucionario sobre las estructuras económicas de los pueblos del Medio Oriente y el Mediterráneo. La utilización del hierro significó un notable avance en la capacidad productiva de la sociedad, ya que éste permitió la elaboración de mejores herramientas como el arado, hachas, cuchillos, martillos, hoces, etcétera, lo que revolucionó la técnica agrícola y aumentó la capacidad productora de la agricultura, base productiva esencial de la sociedad antigua. Los metales de las épocas anteriores, el cobre y el bronce, no reunían las características necesarias para su aplicación en tales herramientas. El bronce, por ejemplo, tuvo sus principales aplicaciones en objetos de lujo y armas. El hierro, mejor distribuido que los otros metales, resultó también más barato por lo que su uso se popularizó dejando así de ser monopolio exclusivo de los ricos. Gracias al aumento de la productividad y a su capacidad para generar una nueva división del trabajo, el uso del hierro transformó la producción misma y la forma en que la sociedad se apropiaba de sus frutos, particularmente en lo que se refiere a la apropiación individual de éstos, ya que durante las épocas precedentes prevalecían formas de apropiación colectiva. Aunado a lo anterior, la Edad de Hierro vio un notable aumento en la producción de mercancías, y con ello, la expansión del comercio.

Tal transformación de la base económica originó el desarrollo de aquellas regiones que presentaban mejores condiciones para la explotación de los nuevos avances de las fuerzas productivas. El Mediterráneo vio surgir dos polos de desarrollo que aprovecharon las oportunidades: Palestina, con los fenicios, y Grecia. Fenicios y griegos se disputaron la hegemonía económica, particularmente comercial, en la zona durante los siguientes siglos posteriores al X a.C., una vez superada la turbulencia ocasionada en la zona por las invasiones de los “pueblos del mar” y la caída de las civilizaciones de la Edad de Bronce de la región.

Los fenicios antecedieron a los griegos en el liderazgo comercial en la zona pues, originarios de la región y asentados aún antes que los griegos, desde el siglo XII Tiro y Sidón, entre otras ciudades, realizaban un intenso comercio en la zona y la invasión de los “pueblos del mar” (s. XII) no ocasionó un trastocamiento tan profundo como para otras regiones del Mediterráneo. Del siglo XI al VIII los fenicios tuvieron un periodo de auge económico, comercial y hasta cultural indiscutible en la zona, dirigidos por una oligarquía mercantil, que había establecido varias ciudades a lo largo del Mediterráneo incluyendo el Egeo. Hacia el siglo IX a. C., inclusive los griegos adoptaron el alfabeto fenicio y agregaron signos para las vocales

Para el siglo VIII, y una vez consolidadas las estructuras sociales de su región, los griegos irrumpieron en el Mediterráneo y rompieron el monopolio del comercio fenicio en el Egeo, iniciando un progresivo proceso de expansión a las costas de sur de Italia, Sicilia, Asia Menor, e incluso, la costa francesa. Thomson lo expresa así: "...se produjo en Grecia, entre los siglos VII y VI antes de Cristo, un movimiento de expansión comercial, que aunque pequeño, según las pautas modernas, significó, sin embargo, una nueva etapa en la evolución de la sociedad antigua, caracterizada por el surgimiento de una clase mercantil, que en numerosas ciudades conquistó el control del Estado y estableció una constitución democrática" Tal era la situación para el siglo VI en Grecia y particularmente en Atenas, donde la clase de los comerciantes habían consolidado su control sobre el estado con las famosas reformas de Solón y, posteriormente, las de Clístenes.

A mediados del siglo VI, luego que los fenicios fueron dominados por los persas, los griegos consolidaron su dominio en la zona. El siguiente siglo, en el que vivió Sócrates, es testigo del particular ascenso económico de Atenas luego de que las guerras médicas contra los persas desplazaron el centro de gravedad económico de Jonia hacia el ática. Atenas vivió entonces el esplendor inigualable del siglo V, coincidiendo con la vida de nuestro filósofo, la ciudad era entonces la principal potencia marítima y comercial de Grecia.

Las clases sociales atenienses. Sin considerar, desde luego, la existencia de las dos clases sociales básicas del sistema de producción esclavista, los esclavos y los hombres libres, los griegos establecieron varias clases sociales teniendo como criterio de su conformación la capacidad tributaria de los individuos, así existían los pentacosiomedimni, los hipeis (caballeros), los zeugitae ("uncidos" mayoría de los ciudadanos y campesinos áticos) y thétes (villanos o ciudadanos pobres). Esta última clase fue añadida por Solón.

 

CONTEXTO POLÍTICO

 

LAS FASES EVOLUTIVAS DEL ESTADO ATENIENSE

 

La evolución del estado griego, como la de cualquier sociedad de la época significa la transición de la tribu al estado. Claro está que para el caso de Grecia, el tipo de estado finalmente conformado a través del proceso fue radicalmente distinto al de las civilizaciones vecinas, particularmente de los imperios orientales como Persia y Egipto. Ni siquiera todos los pueblos griegos adoptaron formas de gobierno común. La famosa “democracia” ateniense fue el resultado final de este proceso en dicha ciudad y en otras ciudades griegas, pero no en todas, donde el más claro ejemplo es Esparta con su monarquía, o las tiranías de innumerables ciudades griegas.

Entre los investigadores existe consenso en señalar distintas y claras etapas que condujeron de la organización tribal a la democracia ateniense, éstas son: Monarquía, Oligarquía (aristocracia terrateniente), Tiranía y, finalmente, Democracia.

La monarquía corresponde todavía a un periodo, avanzado si se quiere, de la etapa tribal que los griegos poseían al entrar a la península griega. Una vez establecidos sobre las ruinas de la civilización micénica y habiéndola heredado, además de la monarquía se identifican otras formas de  organización estatal como el boulé o consejo de jefes, y el Ágora o asamblea de hombres libres.

Para el caso de Atenas, se instauró una especie de triunvirato en el que estaban el Rey, el Polemarco (comandante militar), y el Arconte (un magistrado). Los cargos eran, inicialmente, vitalicios pero evolucionaron a  puestos de elección. De hecho, la figura del Rey desaparece en cuanto tal y se fusiona con la del Arconte, a quien con el paso del tiempo también se denomina Arconte Rey. Precisamente a este magistrado, el segundo de los nueve arcontes de que constaba el arcontado, se dirige Sócrates al inicio de su proceso, pues era este el funcionario encargado de atender los casos que afectaban a la religión del estado. Junto a este triunvirato funcionaba el Consejo del Areópago, que vigilaba la elección de los arcontes y tenía poder para asegurar el cumplimiento de las leyes.

La acumulación de poder de una nobleza vinculada a la propiedad territorial, los eupátridas, transformaron la monarquía en un gobierno oligárquico dominado por dicha clase que se fue convirtiendo en terrateniente, en la medida en que a través de préstamos de semilla y abastecimientos se apropiaban de las tierras de los agricultores pobres, a quienes llegaban incluso a esclavizar, pues la esclavitud por deudas era una práctica común en la época (siglo VIII). Durante este periodo se afianzó el poder de los eupátridas, quienes controlaban las instituciones del estado ateniense anteriormente mencionadas.

Solón, en el 594 a.C., realizó las famosas reformas que llevan su nombre. Tales reformas responden a la necesidad de alianza entre la oligarquía terrateniente de los eupátridas y los comerciantes en ascenso, quienes para entonces desplegaban una dinámica actividad en la región mediterránea. Ambas clases sociales temían el descontento de los campesinos quienes se hallaban al borde de una revuelta debido a la pérdida de sus tierras en manos de los prestamistas, oligarcas y mercaderes, así como a la esclavitud por deudas que también sufrían. Solón comienza por la cancelación de todas las deudas, públicas y privadas, y prohibió la esclavitud por deudas. También otorgó participación política a los ciudadanos de menores recursos (thétes) en la asamblea popular (ecclesia). Las reformas de Solón tuvieron por efecto disminuir el poder de la oligarquía terrateniente, así, por ejemplo, abolió la pretensión de éstos para que los arcontes fueran elegidos por derecho de nacimiento y restringió las facultades del Consejo del Areópago fortaleciendo las de la Asamblea Popular. Sus reformas redundaron en el fortalecimiento de las clases medias y los intereses de los comerciantes. Solón mismo, siendo aristócrata se había dedicado a la actividad comercial.

Desde el punto de vista económico, fue durante su gobierno que se creó una nueva moneda que, según Petrie, ayudó a colocar a Atenas entre los grandes estados comerciales de aquel tiempo. Es preciso considerar que existen indicios de que durante tal periodo comenzaron a explotarse las minas de Laurión, cuyos yacimientos fueron el sustento material de la economía ateniense, fortaleciendo su capacidad comercial a través de la progresiva monetarización de su economía.

La “tiranía” de Pisístrato y sus hijos (561-512/11) fue otra etapa política que consolidó el ascenso de los intereses económicos y políticos de los comerciantes. De hecho la tiranía puso los cimientos para la expansión de la potencia marítima ateniense. Puede afirmarse que la tiranía tuvo una función transitoria, ya que provocó y mantuvo una brecha en el dominio de la oligarquía aristocrática terrateniente, permitiendo así que la clase comerciante en ascenso consolidara sus fuerzas para, finalmente, mediante la democracia tomar el control del estado ateniense, como sucedió luego de la caída del tirano Hipias en una acción combinada de oligarcas y Clístenes, quien finalmente logró resistir los posteriores intentos de aquellos, aliados con los espartanos, por restaurar el estado oligárquico, e instauró la  democracia ateniense.

La obra de Clístenes (510-09) barrió con las formas de organización oligárquicas, al sustituir las cuatro tribus tradicionales por diez. El criterio para crear las diez nuevas tribus fue meramente artificial y con un cierto contenido geográfico y, desde luego, político, si consideramos que las cuatro tradicionales tribus tenían como criterio el nacimiento. Cada tribu contenía, a su vez, tres divisiones o “tritias”, una del área urbana, otra de los distritos marítimos y, finalmente, otra del campo. Con lo anterior se lograba una dispersión políticamente oportuna para evitar sublevaciones tribales, y al mismo tiempo, dado que las reuniones de la Asamblea se realizaban en la ciudad, otorgaba a los miembros de la tribu habitantes de ésta el control político del estado ateniense. Los más poderosos e influyentes ciudadanos eran, desde luego, los comerciantes, quienes aseguraban ventaja permanente sobre los intereses del campo.

Al interior de cada uno de las diez tribus se estableció el demo, que pasó a constituirse en la célula básica de la vida política y social de la democracia ateniense. Cierto es que el demo tenía reminiscencias tribales al seguir considerando la pertenencia a un grupo como lo que daba sentido y, aún, derechos al ciudadano, pero en modo alguno puede considerarse una continuación del antiguo sistema que ahora quedaba definitivamente disuelto.

Igualmente, Clístenes suprimió el Consejo de los Cuatrocientos formado por las cuatro tribus y creó el Consejo de Quinientos, integrado por 50 miembros de cada nueva tribu designados por sorteo. También a tales reformas se atribuye la aparición de un nuevo cargo militar, el estratego (general) y la práctica del ostracismo, por la cual un ciudadano considerado peligroso por el estado podía ser desterrado de la ciudad durante diez años y sin pérdida de sus propiedades y derechos políticos, si existía una mayoría de seis mil votos en la Asamblea Popular.

La Constitución de Clístenes fue la culminación del proceso iniciado durante los dos siglos y medio anteriores de permanente ascenso económico de la clase comercial la cual, finalmente, tomó la dirección del estado ateniense a través de tales reformas, barriendo las antiguas formas de organización tribal y arrebatando el poder a la aristocracia terrateniente. Tal fue el contenido de la “revolución democrática” ateniense.

Sin duda alguna el advenimiento de esta nueva forma de estado significó una radical transformación de la vida social en el aspecto político, sin embargo los límites de tal avance están también señalados por el carácter esclavista de la producción y la actividad económica en general de la época, así como por el localismo, de reminiscencia tribal. La democracia ateniense, sólo otorgaba derechos a los varones libres y atenienses. Ni las mujeres, menores de edad, los metecos (personas establecidas en Atenas que no eran originarios de ella), extranjeros - fueran griegos o bárbaros- como tampoco los esclavos, que podían inclusive ser griegos, tenían derechos plenos en la democracia ateniense.  Un claro ejemplo es la ley de ciudadanía del propio Pericles, propuesta en el 451/50, de acuerdo con la cual solo podían considerarse ciudadanos aquellos varones que descendían de atenienses tanto por línea paterna como materna, independientemente de las distintas explicaciones que los investigadores dan a esta ley, sean razones étnicas o políticas, ésta manifiesta claramente los límites de la democracia ateniense. Así entonces, la democracia ática consistía en el dominio de una minoría sobre una mayoría que carecía de derechos políticos, aunque, como en el caso de los metecos, se recurría a ellos para realizar servicios militares y estatales. Aún así, la organización política ateniense debe verse, sin duda, como un avance en materia de organización estatal, y significa desde muchos puntos de vista una notoria evolución en el terreno político y social.

Las reformas de Efialtes (461) y Pericles, quien le sucedió, reafirman y culminan la obra de Clístenes, al eliminar prácticamente el menguado poder de las instituciones de la nobleza oligárquica terrateniente.

 

CONTEXTO CULTURAL

 

La cultura ateniense del siglo V a.C. está indisolublemente asociada al principal personaje político de la época: Pericles. No en vano dicho periodo recibe el nombre de “el siglo de Pericles”. Durante su liderazgo Atenas desarrolló una actividad constructora sin precedentes, y de entonces datan las grandes obras de Ictino y Fidias. En pintura destacan Mandrocles de Samos y Polignoto de Tasos, de cuyas obras existen referencias. Polícleto de Argos, Mirón y Peonio sobresalen en escultura y sus obras aún hoy provocan admiración.

La literatura griega alcanza niveles sin precedentes con la tragedia y la comedia áticas, a cargo de Esquilo, Sófocles y Eurípides la primera, así como Cratino y Aristófanes en la segunda. El testimonio que ambos géneros literarios ofrecen del nivel de la vida cultural e intelectual de la época, son valiosísimos e imperecederos.

Los grandes historiadores Herodoto y Tucídides son, al igual que los anteriores, contemporáneos del siglo V, junto con el médico Hipócrates. Todos ellos confluyeron en al ambiente cultural de la Atenas de Sócrates.

Directamente vinculado a la filosofía, durante el mismo siglo, Grecia verá nacer el movimiento intelectual de los sofistas (maestros de sabiduría). Hoy día a quedado claro que los sofistas no son esa caricatura creada por Platón en sus Diálogos y confirmada en las obras de Aristóteles que pasara a la posteridad como un sinónimo de hábiles embusteros y charlatanes impulsados por un interés de lucro. Tal posición adoptada por ambos filósofos debe entenderse dado el carácter polémico desde el cual se situaron los dos con respecto al movimiento sofista. Actualmente se reconoce que el movimiento sofista significó una profunda revolución intelectual para la época, ligado íntimamente a los profundos cambios económicos y sociales que ocurrían en Grecia ante el resquebrajamiento del orden de la nobleza oligárquico-terrateniente, que era desplazada por los comerciantes en ascenso, como ya lo analizamos. El cambio de valores de la época, el fortalecimiento del demo y el acceso de la clase comercial a la vida política fue entendido por un grupo de intelectuales, muchos de ellos filósofos de la physis, que rompiendo con antiguas tradiciones culturales emprendieron una labor educativa poniendo al alcance de los nuevos grupos sociales el saber desde una perspectiva práctica (retórica y política), y desde métodos educativos innovadores que incluían desde el cobro por la formación brindada, hasta su actitud errante que rompía con el tradicional esquema de considerar la ciudad-estado como el único y perfecto horizonte de la vida política.

Los sofistas son ahora equiparados con el movimiento de la "Ilustración". La revolución intelectual y educativa de los sofistas no había tenido precedente en Grecia, ellos convirtieron la reflexión filosófica en su vertiente ética, política y discursiva en tema de público interés. Cierto es que el movimiento sofista no fue, como ningún movimiento intelectual, monolítico y no estuvo exento de algunos de los excesos destacados por Platón y Aristóteles, sin que por ello deba prevalecer la valoración negativa que durante mucho tiempo predominó para entenderlo.

En tal ambiente intelectual surgió Sócrates, y como es de esperarse, de él se nutrió para su desarrollo intelectual y moral. Aunque, como lo analizaremos adelante:es causa de polémica entre los analistas, hay quienes consideran que él mismo fue, en alguna etapa de su vida un sofista, en conformidad con el testimonio de Aristófanes en Las nubes.

 

CRONOLOGÍA HISTÓRICA.

 

Sócrates nace en el 470 a.C., ocho años antes de la creación de la liga marítima délico-ática, que encabezara Atenas y muere en el 399 a.C., a tan solo cinco años de la derrota de Atenas por Esparta, en la segunda guerra del Peloponeso. Así, Sócrates vive inmerso en el llamado “siglo de Pericles”, periodo de esplendor tanto político, económico como cultural de Atenas, y fue también testigo de la inmediata y posterior decadencia de Atenas mediante la guerra contra Esparta que culminó en la derrota, de la cual no pudo levantarse nuevamente la ciudad.

Para cuando Sócrates nace, los griegos son ya la potencia indiscutible del Mediterráneo. Ese mismo año, y a principios del siguiente, los griegos obtenían la definitiva victoria sobre los persas en la batalla del Eurimedonte, colofón con el cual culminaban  las guerras médicas y remataban las victorias de la década anterior: Salamina (480), Platea (479) y Micala (479), con las que pusieron fin a la amenaza persa. El proceso de hegemonía griega en la zona había iniciado dos siglos antes frente a los fenicios, y la derrota del expansionismo persa la consolidó. Fue durante este periodo, y gracias a la creación de la liga délico-ática que Atenas ascendió a la cúspide de su prestigio político y económico en el mundo griego. Para entonces el antagonismo contra el otro principal estado griego, Esparta, también conocida como Lacedemonia, y quien agrupaba a otros estados griegos en la liga del Peloponeso, se iba agudizando.

Pericles, el gran estadista, fue jefe indiscutible del estado ateniense del 461 al 429, en tal periodo Atenas fue el centro cultural, político y económico más importante de Grecia y el Mediterráneo. En este contexto Sócrates vivió su infancia, juventud y el primer periodo de su vida adulta. Durante los doce años de la primera guerra del Peloponeso (457 al 445) cruzó de la adolescencia a la juventud. La convenida paz de los treinta años, que resultó ser de solo catorce, coincide con el primer periodo de su vida adulta.

Hacia los 39 años de su vida, dio inicio la segunda guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas, la cual vivió íntegramente, no solo como espectador, sino activamente rindiendo servicios militares durante el sitio de Potidea (432-429), la batalla de Delión (424) y la de Anfípolis (422). Los veintisiete años que duró la guerra (431 al 404) coinciden con el periodo de la vida adulta y vejez de Sócrates, y su muerte fue resultado de la reinstauración de la democracia ateniense de la postguerra.

Los grandes y graves cambios en la situación histórica que tocó vivir a Sócrates han permitido a Taylor afirmar acertadamente que: "Su juventud y su primera madurez transcurrieron en una sociedad separada de aquella en que crecieron Platón y Jenofonte, por el mismo abismo que separa la Europa de la posguerra de la Europa de la preguerra.".

Conviene detallar someramente los momentos decisivos de la gran guerra de los griegos, a fin de conocer el contexto político y social que tocó a Sócrates vivir.

La segunda y definitiva guerra del Peloponeso suele dividirse en dos periodos divididos por una pequeña etapa de tregua, conocida como la Paz de Nicias. El primer periodo de acciones bélicas es conocido como la Guerra de Arquidamo (431 al 421), nombre del rey de Esparta que condujo los ejércitos peloponesios al Ática, y a él corresponden las tres actividades militares que Sócrates realizara en servicio de su ciudad, en plena edad adulta.

La Paz de Nicias, pactada en marzo del 421 y proyectada para durar cincuenta años dio claros indicios de fracaso desde el inicio, ya que algunos aliados de Esparta se opusieron enérgicamente a ella, particularmente Corinto, Mégara, Elide y Beocia. Incluso algunos de estos estados formaron una alianza peloponésica distinta de la que tenían con Esparta. Las alianzas eran modificadas de un mes a otro, algunos como Corinto se adherían y luego se retiraban. Mientras tanto Atenas realizaba alianzas con los disidentes de la liga peloponésica. Finalmente, a tan solo cuatro años de pactar la paz, Esparta atacó a los peloponésicos opositores en la batalla de Mantinea (418), ciudad con la que Atenas había realizado una alianza. De este modo Esparta volvió a hegemonizar la liga del Peloponeso y las actividades bélicas no tardaron en reactivarse.

En Atenas, por otra parte, el curso de los acontecimientos había dado, desde antes, un vuelco significativo a favor del bando bélico encabezado por Alcibíades, quien en la primavera del 420 fue elegido estratego (general), y comenzó a hegemonizar políticamente a la ciudad. Entre otras cosas, realizó alianzas con los peloponesios que se oponían a Esparta como Mantinea, Argos y Élide. Luego de la batalla de Matinea la paz con Esparta, de hecho, quedó rota ya que Atenas inclusive tuvo un contingente armado en dicha batalla apoyando a su aliado. Aún así no se desencadenó una lucha abierta entre las ligas adversarias encabezadas por Esparta y Atenas

Es importante para el contexto y la circunstancia específica de Sócrates señalar el papel que Alcibíades desempeñó en la última parte de la fatal guerra, pues de acuerdo con las fuentes, tanto Jenofonte y Platón, principalmente éste último, señalan la íntima cercanía afectiva que uniera a ambos personajes. Como veremos, Alcibíades, llevó buena parte en la responsabilidad de la derrota final de los atenienses, y ello, en opinión de los analistas fue un factor, sin ser el principal, que intervino en la animosidad contra Sócrates que le condujo a ser juzgado y condenado.

La segunda parte de la gran guerra dio inicio, prácticamente, luego de que la batalla de Mantinea pusiera en entredicho la Paz de Nicias. La brutal voluntad de poder de Alcibíades condujo, en el  416, el ataque a la isla de Melos, quien había sido neutral durante la guerra. La acción fue brutal: los atenienses tomaron la isla, asesinando a todos los varones y esclavizando a todas las mujeres y niños, quienes fueron vendidos.

El suceso decisivo que inclinó la guerra en favor de Esparta y contra Atenas fue la expedición ateniense a Sicilia (415-413). Leontinos y Segesta, estados griegos atacados por Selinunte, a quien apoyaba Siracusa, potencia hegemónica de la isla de Sicilia, solicitaron ayuda militar a Atenas.  Alcibíades vio la empresa con gran interés y se empeño en convencer a los atenienses de la importancia de involucrarse, aún contra la opinión de Nicias, otro de los estrategos atenienses. En votación pública, el demo, decidió intervenir en la empresa convencido por Alcibíades y desoyendo a Nicias. Sea por su reciente y fácil victoria sobre Melos, o porque la expectativa de obtener grandes riquezas despertó en los atenienses todo tipo de expectativas extravagantes, según el testimonio de Plutarco, el hecho es que los atenienses se embarcaron en la empresa que a la postre significaría su desastre final. El sentir generalizado era de seguridad en la victoria, pero, de acuerdo con Begston, quien no cita la fuente: "únicamente algunos pesimistas empedernidos, de los que se dice formaba parte Sócrates, tenían sus dudas.".

Justo aquí, el papel de Alcibíades comenzó a tener una importancia decisiva en los acontecimientos, unido al cambiante parecer del demo ateniense. Encargado junto con Nicias y Lámaco de la expedición, Alcibíades vio cambiar radicalmente su situación. Acusado de profanación a los sagrados misterios de Eleusis, acusación de dudosa fundamentación según Begston, fue obligado a volver a la ciudad a enfrentar los cargos, pero huyó y finalmente fue a parar a Esparta donde se convirtió en asesor político y militar de éstos contra la propia Atenas, aconsejando y convenciendo a los espartanos para intervenir en la guerra apoyando a Siracusa. Los consejos de Alcibíades fueron aceptados por Esparta y fue enviado un importante y decisivo apoyo militar al mando de Gilipo. Pero no paró allí Alcibíades, quien recomendó también atacar la propia región ática, logrando que Esparta iniciara una campaña militar que tomó la ciudad de Decelia y la fortificó para asediar Atenas (primavera del 413). La campaña espartana provocó un sensible retroceso en la actividad económica ateniense, pues se calcula que alrededor de veinte mil esclavos escaparon de las actividades productivas, principalmente metalúrgicas de las minas de Laurión. De esa manera Alcibíades, deseoso de venganza, traicionó a la ciudad.

El final de la expedición.- Ya desde principios del invierno del 414 Nicias, quien había quedado al mando luego de la muerte de Lámaco, había hecho llegar a Atenas un mensaje solicitando que se suspendiera la empresa en Sicilia, o bien, se enviaran refuerzos suficientes. En ello estaba la ciudad cuando el ejército espartano penetró en el Ática la primavera del 413 causando gran devastación. Finalmente, los atenienses decidieron enviar refuerzos a Sicilia, y con ello Atenas echó su suerte en la campaña contra Sicilia, al hacer acopio de una enorme fuerza militar y enviarla al mando de Demóstenes para reforzar la expedición. Si no obtenía la victoria contra Siracusa y los Espartanos no solo acabaría la expedición, sino que la misma Atenas se vería en grandes peligros para defenderse, lo que, finalmente, ocurrió. La astucia militar de Gilipo, aunada a la indecisión de mando de Nicias, significó el fracaso absoluto de la expedición: Demóstenes y Nicias fueron tomados prisioneros y ejecutados. Todas las tropas atenienses fueron tomadas prisioneras y los sobrevivientes, según Tucídides unos cuarenta mil, fueron arrojados a las canteras de Siracusa donde la mayoría perdieron la vida por las rigurosas condiciones que en ellas imperaba. Así acabó la expedición auspiciada por Alcibíades, quien ahora asesoraba a los espartanos contra Atenas. La empresa, según cálculos costo la vida o la libertad a casi cincuenta mil individuos.

Si bien, circunstancias de carácter personal intervinieron en la catástrofe, tales como la voluntad ambivalente de Alcibíades y la indecisión y superstición de Nicias, a nadie más que al demo de Atenas y a sus demagogos debe atribuirse la situación, toda vez que en decisión pública se decidió iniciar y continuar la guerra, si bien, el demo no estaba suficientemente enterado de la situación objetiva y sus decisiones se realizaban por convencimientos retóricos fundados en ilusiones, falsas esperanzas y especulaciones de toda índole. La falta de conducción política y militar que denotó Nicias, fue producida en cierta medida por la decisión de la ciudad de juzgar y separar a Alcibíades del cargo, lo cual solo puede achacarse a la ciudadanía ateniense que decidió hacerlo, más allá de si eran fundados o no los cargos. El sólo hecho de que se le formularan es significativo sobre la situación que guardaba la fama de Alcibíades, quien con sus posteriores actitudes durante la expedición contra Sicilia y en el desenlace final de la guerra contra Esparta, mostró con creces una ambición de poder sin límites ni escrúpulo alguno, muchas veces al amparo de la propia ciudad.

Para recuperarse de la derrota, Atenas aumentó los impuestos a los estados de la liga ática, motivo por el cual algunos de sus miembros se inconformaron e iniciaron rebeliones apoyadas por Esparta. En breve Esparta pactó con los persas (412) al mando del sátrapa de Sardes, Tisafernes. El propio Alcibíades, quien afanosamente buscaba vengarse de la ciudad, fue de los principales promotores de tal alianza.
La abolición de la democracia: el gobierno de la oligarquía (Mayo a septiembre del 411). El desastre de Sicilia y al notorio agotamiento que presentaba Atenas en ese entonces llevaron a un grupo de oligarcas adversarios de la democracia y encabezados por Antifonte a la supresión de ésta: se abolió la Constitución de Clístenes que había ordenado la vida ateniense desde hacía un siglo. Alcibíades estuvo involucrado en la conspiración pues esperaba que la instauración de la oligarquía le permitiera volver a la ciudad, por ello se confabuló con sus promotores bajo la promesa de pactar con el persa Tisafernes y así mitigar la influencia de Esparta, de quien para entonces se había distanciado. La oligarquía instauró un Consejo de los Cuatrocientos, de cuyo seno se elegían los estrategos y demás funcionarios. Fracasos militares ante Esparta, así como sublevaciones de ciudades del Helesponto, de la isla de Samos y de la de Eubea, imprescindible para el abastecimiento de víveres para la ciudad, hicieron insostenible la situación de la oligarquía y provocaron su caída.

Restauración de la democracia: llamamiento de Alcibíades. Luego de restaurarse la democracia ateniense, se sucedieron varios éxitos militares que ilusionaron a los atenienses quienes legaron a rechazar propuestas de paz realizadas por Esparta. Para julio del 410 las instituciones democráticas estaban plenamente restauradas. Al año siguiente continuaron los triunfos militares de Atenas. Para entonces Alcibíades, había logrado que la flota ateniense lo nombrase estratego al unírseles durante la rebelión de Samos contra la oligarquía lo cual habla del oportunismo político del personaje, y los triunfos militares obtenidos terminaron por congraciarlo ante los ciudadanos, que ahora lo veían como el salvador de la ciudad. En junio del 408 la ciudad llamó a Alcibíades a quien otorgó una recepción triunfal, dio el mando supremo de las fuerzas atenienses y se le compensaron los bienes embargados, anulando su sentencia a muerte, y olvidando la tenacidad con la que había combatido a Atenas asesorando a los espartanos.

La intervención de Persia en apoyo de  Esparta.- Para entonces, los persas modificaron su política en relación a Grecia. Tisafernes, quien había mantenido una política oscilante entre Esparta y Atenas fue enviado a otra satrapía y su lugar lo ocupó Ciro, hijo del rey Darío II, quien se inclinó definitivamente por Esparta. Además los espartanos habían encontrado un excelente militar en la persona de Lisandro quien dirigía las acciones bélicas contra Atenas. El dinero persa en apoyo de las fuerzas peloponésicas no tardó en colocar a Atenas en una situación crítica, y pronto las grandes esperanzas depositadas en Alcibíades terminaron en fracaso luego de la derrota de Nocio (407), con la que la carrera de éste llegó a su fin, huyendo primero a Tracia y luego con los persas donde fuera finalmente asesinado a instancias de Lisandro (404).

La batalla de las islas Arginusas. Aún en tales circunstancias los ateniense obtuvieron una victoria militar importante contra Esparta en las mencionadas islas, pero un temporal impidió que fueran salvados los náufragos atenienses, por lo que el demo ateniense, con su característica volubilidad acicateada por los demagogos, condenó en bloque a los estrategos y ejecutó de inmediato a los que estaban en la ciudad en un proceso notoriamente irregular. Tocó a Sócrates ser elegido senador en el pritaneo que juzgó a los estrategos y en todo momento se opuso a la sentencia y ejecución a pesar de las amenazas y presiones de los demagogos y el demo.

La derrota definitiva. En el 405 los espartanos asestaron el golpe final a Atenas en la batalla de Egospótamos. Con su flota destruida Atenas no pudo ya oponer resistencia al avance de las fuerzas comandadas por Lisandro, las cuales sitiaron la ciudad que, luego de tres meses, en abril del 404 debió rendirse incondicionalmente. Atenas perdió toda su flota, fue obligada a destruir todas las obras de fortificación para su defensa y todas sus posesiones le fueron arrebatadas. Aún así, corrió con cierta suerte, ya que algunos de los aliados de la liga del Peloponeso, como Corinto, deseaban la destrucción total de Atenas, pero Esparta se negó a ello. De este modo Atenas quedó humillada y perdió todo liderazgo entre los griegos. El impacto fue brutal para los ciudadanos atenienses, quienes tan solo una generación antes habían llegado a encumbrarse política, económica y culturalmente, de tal forma que aún hoy se reconoce a tal época como uno de los periodos más esplendorosos de la antigüedad. Para el 404 todo había acabado, y Esparta se enseñoreaba en el ámbito griego.

La postguerra. Los años inmediatamente posteriores a la derrota ateniense, que coinciden con los últimos de la vida de Sócrates y, desde luego, con su juicio y ejecución, estuvieron caracterizados por una serie de inestabilidades internas consecuencia de la derrota y del periodo de hegemonía espartana que inauguró el final de la guerra. Para comenzar, Atenas se vio sometida a una tiranía de los oligarcas tutelada por Esparta, la cual recibió el nombre de los treinta tiranos, pues todo el poder se concentró en treinta individuos quienes establecieron un régimen de terror que costó la vida a cientos de atenienses. Como si se tratara de una obra de destino trágica, resultó que el principal de los líderes de la tiranía era Critias, otro reconocido amigo de Sócrates, tío de su discípulo Platón. Nuevamente protagonizaba la vida política de Atenas otro personaje relacionado con Sócrates, e igualmente como en el caso de Alcibíades, en opinión de los analistas esto habría de tener cierto impacto en el destino final de Sócrates. Aún así, fue precisamente en este periodo trágico que nuestro filósofo, hacía los 66 años de vida, mostró su radical oposición a las atrocidades de los treinta. Primero debió, de acuerdo a Jenofonte, enfrentarse a la prohibición de hablar con los jóvenes impuesta por el propio Critias y Caricles, originada en la crítica socrática al régimen y luego, en una situación de mayor peligro, se negó a participar, aún a riesgo de su vida, en la ejecución ilegal de un ciudadano decretada por los treinta. La precipitación de la caída del régimen, en opinión del propio Sócrates, fue lo que salvo acaso su vida de manera provisional. A pesar de la represión ejercida contra él, Sócrates no abandonó la ciudad como sí lo hicieron los demócratas, entre ellos amigos de Sócrates como Querefón o Querefonte, él mismo que realizara la pregunta al oráculo de Delfos y que originara en Sócrates la consciencia de su misión filosófica, tal y como lo refiere en la Apología de Platón.

Fue tal el terror impuesto por los treinta, que un grupo de ciudadanos atenienses se levantó contra la tiranía precipitando su caída en el 403, a pesar del apoyo de la guarnición espartana que la respaldaba. Fueron ahora los oligarcas los que se retiraron de la ciudad y fundaron en Eleusis un estado oligárquico separado que se opuso a la democracia ática restaurada. No fue sino hasta el 401/400 que se reincorporaron a Atenas bajo los auspicios de Pausanias, rey espartano que se oponía a la dictadura de facto que el general Lisandro había impuesto.

A la caída de los treinta un comité de diez personas, elegido en asamblea, fue encargado de componer una constitución, así como de revisar y codificar todo el cuerpo del derecho ateniense, su trabajo concluyó finalmente en el 401/400, para cuando se restauró plenamente la democracia en la ciudad. En ese momento Anito, uno de los líderes de la democracia, presentó la denuncia contra Sócrates. Un año después se desarrollo el proceso, la condena y su ejecución.

 

SU VIDA

 

PERIODIZACIÓN

 

Periodizar o distinguir las etapas de la vida de Sócrates enfrenta dificultades íntimamente vinculadas a las de la valoración de las fuentes. La dificultad nace, en buena medida, de que la mayoría de éstas han transmitido solo el testimonio de la última etapa de la vida de Sócrates, y aún las referencias a los periodos anteriores están tamizados por tal imagen, más aún, tal imagen es interpretada, incluso, desde la perspectiva del destino trágico de Sócrates y el impacto que su juicio y muerte produjo en sus discípulos, tal y como lo indica Jeaguer: “Tampoco la influencia directa de Sócrates empezó a plasmarse en una imagen armónica en sus discípulos hasta después de muerto el maestro, evidentemente. La conmoción de este acontecimiento dejó en la vida de aquellos una huella profunda y poderosa. Y todo parece indicar que fue precisamente esta catástrofe la que les movió a representar por escrito a su maestro”

Para el caso de Aristófanes y el testimonio que plasmó en Las nubes, representada en marzo del 423 para cuando Sócrates tiene 46 años aproximadamente, las opiniones son disímbolas. Algunos consideran que es una caricatura grotesca en la que el autor reúne todas las características de los representantes de la “ilustración” sofísta, en ese entonces de moda, y que Aristófanes habría puesto, por así decirlo, en el mismo costal a Sócrates y los sofistas a través del recurso típico de la comedia, en el que el autor da vuelo a la fantasía y a la necesaria comicidad del género, dada su ignorancia en asuntos filosóficos por no ser tal su área de actividad cultural, además de su reconocido conservadurismo que veía en la “ilustración” y el racionalismo de éste, el origen de todo lo que subvertía el viejo orden de Atenas por aquel siglo V. Así opinan Jeager y Gómez Robledo, quienes descartan totalmente el testimonio de Aristófanes por no tener apoyo en otras fuentes y no reunir, así, el criterio del testimonio múltiple.

No piensan igual Taylor, Burnet, Angelópulos y Brun, para quienes, con algunos matices, el testimonio aristofánico debe ser considerado pues revelaría una etapa del desarrollo filosófico de Sócrates anterior a aquella en la que Platón y Jenofonte le conocieron y plasmaron en sus escritos. Incluso, para tal opinión, en los propios diálogos platónicos y los Recuerdos de Jenofonte existen indicios de ello, con lo que operaría entonces el criterio de testimonio múltiple y otorgaría, así, cierto nivel de confiabilidad histórica al testimonio de Las nubes, más aún porque existe plena concordancia y conformidad con el contexto histórico-cultural del ambiente griego en el cual escribe Aristófanes su obra.

Sea como sea, es el único testimonio que correspondería a un periodo anterior al de la vida de Sócrates descrito por Platón y Jenofonte, que para entonces sería unos niños de entre 5 y 7 años respectivamente, y no lo habrían conocido sino hasta alrededor de quince años después, cuando Sócrates habría llegado a su plena madurez filosófica que caracterizaría su discurso y actividad hasta su muerte. Hoy día parece abrirse camino el criterio de otorgar valor histórico al testimonio de Aristófanes.

Como lo mencionamos antes en la cronología histórica Sócrates (470/69 al 399) vive de lleno el llamado siglo de Pericles y el trágico desenlace que la segunda guerra del Peloponeso tuvo para Atenas, su ciudad natal que nunca abandonó, ni siquiera para evitar su ejecución, la cual es resultado directo de la reinstauración de la democracia ateniense de la postguerra.

Reale y Antiseri, así como Gómez Robledo, siguiendo todos a Taylor, consideran que deben distinguirse dos periodos en la vida de Sócrates, uno inicial en el que habría frecuentado a los filósofos de la physis o metereólogos, como Jeaguer dice que se les llamaba entonces, y habría sido impactado por los temas del movimiento sofista aunque desde una perspectiva polémica. No coinciden, en cambio, al señalar la causa por la que Sócrates habría evolucionado a una final y definitiva etapa de la que nos dan testimonio los diálogos de Platón y el testimonio de Jenofonte. Los primeros consideran que "los dos momentos de la vida de Sócrates tienen sus raíces en la etapa histórica en la que le tocó vivir, más que en los hechos de su vida individual", aunque para tal efecto citan al propio Taylor, quien es de opinión contraria pues considera que tal cambio se originó en una suerte de "crisis espiritual"  de Sócrates, a raíz de la respuesta que el oráculo de Delfos da a su amigo Querefón respecto de “si había alguno más sabio” qué Sócrates, lo cual le lleva a descubrir su "misión" de hacer descubrir la ignorancia de cada quién y el cuidado de su alma: "Sócrates, hacia la mitad de su vida, pasó por un periodo de crisis, cuyo resultado fue el surgimiento de un hombre con una clara conciencia de una "misión".". Como ya vimos, Taylor otorga validez al testimonio de Aristófanes y considera que en sus “primeros tiempos” Sócrates había sido, incluso, "jefe de una "escuela" organizada"  al estilo del “pensadero” que le atribuye aquél en Las nubes, quien lo habría deformado para conseguir el efecto cómico sobre la base real de la existencia de tal especie de “escuela organizada”. Taylor, seguramente por sus notables inclinaciones platónicas, va más allá al sugerir la probabilidad de que Sócrates hubiera sido iniciado en los misterios de la religión órfica.

Angelópulos y Brun, siguiendo con ciertas reservas al primero, consideran que habría que distinguir cuatro partes en la vida de Sócrates:

a)       hasta el 449, durante su educación;

b)       del 449 al 430, donde desarrolló la profesión de escultor, como habría sido su padre.

c)       del 430 al 420, periodo en el que sería el sofista presentado por Aristófanes

d)       del 420 al 399, cuando “habría comprendido lo banal de las ciencias que enseñaba y entonces se habría convertido en el filósofo que la tradición platónica nos ha hecho conocer”.

Esta periodización atraviesa por algunos serios problemas, ya que el primero es sumamente arbitrario y el segundo no es aceptado del todo, pues la tradición que sostiene que Sofronisco, su padre, era escultor parece ser de origen dudoso y como una malinterpretación de una broma socrática sobre su linaje familiar el cual extendería hasta el legendario escultor Dédalo, inclusive, según Taylor, Sócrates ni siquiera ejerció jamás oficio alguno. De ser así, tendríamos un escenario más bien parecido al planteado por Taylor, Reale,  Antiseri y Gómez Robledo.

Jeager, en cambio, no considera que pueda atribuirse a Sócrates ninguna etapa distinta de aquella de la que dan testimonio Platón y Jenofonte: “En su vida no nos encontramos con ningún periodo que podamos considerar como específico de un filósofo de la naturaleza”. No desconoce sin embargo la influencia que la obra de Anaxágoras de Clazomene y Arquelao, su sucesor, ejercieron en Sócrates, pero en el sentido de que ésta fue abordada desde una perspectiva crítica desde el principio que le permitió luego desarrollar su propia reflexión filosófica, a pesar del entusiasmo que despertó en él, de acuerdo al testimonio de Platón en el Fedón, no habría sido propiamente un filósofo de la physis, como lo revela la cita mencionada.

De cualquier forma en que quiera periodizarse la vida de Sócrates, existen una serie de hechos indiscutibles sobre su vida: fue un ciudadano sumamente apegado a su patria, Atenas, a la que defendió en servicios militares durante la primera parte de la segunda guerra del Peloponeso y aún en medio del trágico desenlace de su juicio no quiso abandonar la ciudad, a pesar de ser un hecho común marchar al destierro, y de ser conminado a ello por su buen amigo Critón, como lo revela el diálogo del mismo nombre; desde el punto de vista filosófico, los primeros datos sobre Sócrates lo ubican en el círculo ateniense de Arquelao, discípulo de Anaxágoras al cual algunos atribuyen el mérito de haber sido quien introdujo el pensamiento filosófico en la ciudad; Sócrates frecuentaba seguramente los altos círculos de la sociedad política y cultural ateniense, según confirman Jeager y Taylor ; su enseñanza era pública y frecuentaba las plazas y gimnasios donde sus conversaciones suscitaban un profundo interés; fue notoriamente conocido por su crítica al sistema político ático, fuera la democracia o la oligarquía; estuvo casado con Jantipa, a quien los antiguos atribuyeron un proverbial mal genio, con quien procreó tres hijos; físicamente, todas las descripciones le hacen aparecer poco atractivo; y, finalmente, fue acusado de “impiedad” y por “pervertir a la juventud”, siguiéndosele un proceso que lo condeno a muerte, la cual se ejecutó en el “año de laques” (399). De todo lo anterior, no hay duda.

 

EL JUICIO Y SU MUERTE

 

Taylor y Brun, siguiendo a Diógenes Laercio, respaldado en una reconocida autoridad de la época, Favorino de Arles, quien habría visto el documento original que aún se conservaba en el siglo II d, C., considera que la acusación de Melito era la siguiente: “Sócrates es culpable: 1) de no rendir culto a los dioses a quienes rinde culto el Estado, sino de introducir prácticas religiosas nuevas y poco conocidas; 2) y además, de corromper a los jóvenes.”. Aunque Platón menciona también la invención e introducción de dioses nuevos, a la que asocia con el famoso “demonio” socrático.

Técnicamente la acusación era de impiedad, un delito contra la religión del Estado como da testimonio el diálogo sostenido con Eutifrón y la afirmación de que se trata de un "negocio de Estado.”. Era, entonces, un asunto enteramente político toda vez que en la antigüedad religión y política estaban estrechamente vinculados, como es reconocido. No cumplir con el culto de los dioses del estado se consideraba una forma de socavar los cimientos del mismo. La acusación es instigada, como es de esperarse, por un político prominente de la restaurada democracia además de próspero productor y comerciante de nombre Anito, quien se hace acompañar de dos comparsas: Melito, a quien hace aparecer como el principal denunciante y Licón, un presunto orador profesional.

Desde el punto de vista jurídico, el delito de impiedad, como muchos más, no estaba puntualmente definido ni tenía pena establecida, por lo que la definición jurídica quedaba, en buena medida, en la interpretación que realizaran tanto los magistrados como el tribunal correspondiente. El procedimiento era así: el acusador presentaba denuncia ante el Arconte Rey y notificaba al acusado, quien iba ante el magistrado a responder la querella contra él. Si el acusado negaba la acusación y el demandante sostenía su denuncia, el magistrado remitía el caso y el expediente (anákrisis) al Tribunal de los Heliastas, conformado por 501 ciudadanos para el caso de Sócrates, quien dirimía la situación y fijaba la pena, luego de un procedimiento en el que existían tres tiempo medidos con reloj de agua: primero se leía la anákrisis seguida del discurso de los acusadores y la respuesta del acusado, luego la deliberación sobre la sentencia de inocencia o culpabilidad, y en tercer lugar, si se hallaba culpable al procesado, se escuchaba a las partes establecer propuestas únicamente sobre el asunto de la condena cuando ésta no estaba estipulada por la ley, como lo era para el caso del delito de impiedad. Luego venía una segunda votación para decidir la pena exclusivamente sobre la base de las propuestas de las partes. Al quedar definida la pena, si el tribunal lo concedía, el sentenciado podía volver a hacer uso de la palabra. Tal es el esquema de la Apología de Platón, en la que no aparecen los discursos de los acusadores, sino sólo los tres que realizará Sócrates.

Debido a que la religión oficial no es una religión de dogmas sino de culto público, en la que no importaba tanto la adhesión personal que tuviera el ciudadano, quien podía o no creer en los relatos mitológicos, sino el hecho de realizar el culto y, por ello, era una acusación poco sólida de la que Sócrates hubiera podido salir bien librado con relativa facilidad, los analistas han debido inquirir y establecer algunas hipótesis que permitan comprender las razones por las que los acusadores deciden llevar a juicio a Sócrates, así como también por las que el propio filósofo decidió realizar una defensa como la que hizo. Ya desde entonces Jenofonte intenta una absurda explicación en su Apología, en la que atribuye a Sócrates un deseo suicida para evitar los achaques de la vejez, brindándole así una infausta ayuda.

Hay general coincidencia en considerar que Anito no tenía ninguna intención deshonesta de índole personal contra Sócrates, a pesar del testimonio de Jenofonte quien parece no acertar nada relativo al tema, y no queda menos que considerar que Anito creía sinceramente que el filósofo representaba un peligro real para la ciudad, sea por su demoledora crítica al status quo y sus representantes, como por la opinión de que habría sido el instigador de Alcibíades y Critias, quienes tanto daño habían hecho a la ciudad. Igualmente concuerdan los analistas en señalar que la idea de los acusadores, particularmente de Anito el político, era desterrar a Sócrates de Atenas. Nuestro autor lo sabía pero en un acto supremo de dignidad, no exento de su característica ironía, prefiere enfrentar la muerte que el destierro.

Finalmente no hay otra salida que interpretar lo sucedido de acuerdo a lo planteado por Sauvage, en el sentido de que Anito "no es tanto el representante de una casta como de una estructura psicosocial (...) no es sino el personaje que encarna la pereza espiritual de Atenas, lo que tiene su alma de estrecha y anquilosada.". Brun también apunta a una conclusión similar al señalar que: “En efecto, parece que el proceso de Sócrates...es el proceso seguido en contra del pensamiento que inquiere, fuera de la mediocridad cotidiana, por los problemas verdaderos. Sócrates, al hostigar a los atenienses como un tábano, les impedía dormir y reposar en las soluciones morales y sociales ya hechas; él es quien, al asombrarnos, nos impide pensar según los hábitos adquiridos. Sócrates se sitúa, pues, en las antípodas de la tranquilidad intelectual, de la buena conciencia y de la serenidad satisfecha.”. Jeager, desde su propia perspectiva, coincide en señalar que el conflicto definitivo "tratábase de un choque inevitable entre el individuo espiritualmente libre y la comunidad y su inevitable tiranía", y así: "los guardianes del estado creen descubrir, detrás del papel que este pensador levantisco se arroga, la rebelión del individuo espiritualmente superior contra lo que la mayoría considera bueno y justo y, por tanto, un peligro contra la seguridad del estado".

La defensa realizada por Sócrates puede parecer sin sentido, o un conjunto desventurado de ideas y frases temerarias y hasta imprudentes, a quienes, como Jenofonte, no logran captar la enorme fuerza ética del filósofo. Su alegato de defensa o apología es, realmente, un monumento a la dignidad y la congruencia de un hombre convencido de su misión filosófica la cual entiende como eminentemente ética y religiosa. Es igualmente una obra admirable que le dibuja por entero con muchas de las características más propias de Sócrates: su implacable crítica y denuncia, su fina ironía, el peculiar sarcasmo y agudo sentido del humor, su impecable dialéctica y su imbatible lógica y retórica, que hicieron –todos juntos- palidecer y abochornarse a tantos que se tenían por sabios. No existe discusión respecto del lugar de excepción que todos los estudiosos del tema otorgan a la Apología de Platón, como el más vigoroso testimonio histórico y espiritual de Sócrates.

A pesar de las muchas salidas, tanto retóricas como jurídicas que podía haber utilizado Sócrates en su defensa, decide afrontar la acusación remontándose a la profunda convicción ética que le movía a "examinar" e "indagar" a profundidad, a filosofar en suma, respecto de la verdadera sabiduría, aquello que daba en llamar su misión. Y así, como dice Taylor: "Hizo centro de su discurso la historia del oráculo que lo había declarado el más sabio de los hombres, y describió sin la menor reserva cómo aquello lo había llevado a tomar sobre sí la tarea de convencer a unos y otros, de los principales hombres de estado hacia abajo, de su vergonzosa ignorancia del único género de conocimiento que es de suprema importancia: el saber cómo hacer el alma de uno mismo y las de los demás tan buenas como sea posible". Y, por otra parte, deja totalmente en claro que no habrá de abandonar su misión así se lo exigieran como condición para librarse de la muerte. Una vez declarado culpable, de acuerdo al procedimiento el acusado, en este caso Sócrates, debía proponer una sentencia alternativa que seguramente el jurado habría aceptado, y que muy previsiblemente debía ser la del destierro por ser lo usual. En vez de ello aseguró que era tal el beneficio que la ciudad obtenía de su actividad filosófica de indagación, que debía más bien ser recompensado a expensas del erario público. Sin estar exenta tal afirmación de su peculiar y fina ironía, no debe entenderse lo anterior como una bravuconada insolente, sino como lo que es: una clara convicción ética sobre el sentido profundo del bien, la verdadera virtud y la búsqueda de la verdad. Finalmente, en una segunda votación, es condenado a muerte por un número mayor de jurados del que lo había declarado culpable de los cargos, seguramente molestos por la denuncia de las palabras de Sócrates.

Con la misma convicción, dignidad y congruencia enfrentó Sócrates su muerte. Circunstancias extraordinarias, de carácter ritual retrasaron su ejecución durante un mes, cuando lo ordinario era que se llevara a efecto veinticuatro horas después de decretada la pena, pero resulta que el día anterior a su proceso había partido de Atenas la nave sagrada que cada año los ateniense enviaban al santuario de Delos, en conmemoración  de la mítica liberación de los siete jóvenes y siete doncellas atenienses realizada por Teseo en Cnossos. El ritual de purificación ceremonial prohibía las ejecuciones durante el tiempo que la nave viajaba. En esa ocasión la nave quedo detenida durante el tiempo mencionado por condiciones meteorológicas adversas para la navegación en la zona. Ello dio ocasión para que Sócrates rechazara, por considerarlo indigno e indebido, el plan de fuga diseñado por sus cercanos, y dio muestras de una particular "dulzura y tranquilidad" a sus allegados, reflejo de la profunda convicción que mantenía respecto de su buen obrar en el cumplimiento de su misión.

 

SU OBRA

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