Universidad Abierta
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SÓCRATES: EL CRÍTICO DE LA TOTALIDAD.
FAZ MORA JOSÉ MARTÍN
CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
SÓCRATES, SU CONTEXTO, VIDA Y OBRA.
EL PROBLEMA SOCRÁTICO
EL CONTEXTO HISTÓRICO (Grecia en el siglo V a. C.)
SU VIDA
SU OBRA
EL MARCO TEÓRICO DEL ANÁLISIS: LA
ÉTICA DE LA LIBERACIÓN
EL AMBITO DE LA TOTALIDAD
EL ÁMBITO DE LA ALTERIDAD
LA FILOSOFÍA ÉTICA DE LA LIBERACIÓN
EL ANÁLISIS SOCRÁTICO DESDE LA
PERSPECTIVA DE LA ÉTICA DE LA LIBERACIÓN.
BIBLIOGRAFIA
INTRODUCCIÓN.
El presente ensayo, realizado a título de memoria de examen profesional
en opción al grado de Licenciatura en Filosofía por la Universidad Abierta,
S.C., tiene una finalidad primordialmente pedagógica y pretende introducir al
lector a dos planteamientos filosóficos disímbolos, tanto en contenido como en
tiempo, orígenes, latitudes y muchos otros aspectos que seguramente apreciará
quien lo lea.
El primero de ellos es la reflexión de uno de los filósofos más
importantes del pensamiento occidental: Sócrates, incuestionable inspirador en
la creación y formulación de la filosofía griega. A veinticinco siglos de su existencia,
Sócrates sigue ejerciendo una fascinación intelectual que pocos pensadores
suscitan. Su mensaje y particularmente su figura mantiene una vigencia y
atracción que el tiempo no solo no ha opacado, sino que, por el contrario, se
consolida. Infinidad de estudios y ensayos se han escrito sobre él y sigue
siendo una inagotable fuente de inspiración para el análisis filosófico desde
cualquier perspectiva desde la que éste se aborde.
El otro, de particular interés tanto por su actualidad como por ser uno de
los esfuerzos filosóficos más consistentes en Latinoamérica y en nuestro país,
donde reside tal autor de origen argentino, se refiere al pensamiento
filosófico de Enrique Dussel, quien desde la corriente de la filosofía de la
liberación a encabezado un fructífero esfuerzo de propuestas filosóficas,
particularmente éticas.
Este ensayo pretende, por un parte, una presentación sintética de las
respectivas obras de los autores. Para el caso de Sócrates y debido a la
distancia temporal y contextual que nos separa, he dedicado una amplia sección
para el análisis del contexto histórico y social en que vivió, que pueda
permitir al lector abordar su obra con la pertinencia debida, así como situarla
convenientemente. Ello seguramente redundará en una mejor comprensión de la
crucial importancia que su reflexión filosófica ha tenido en la creación del
pensamiento occidental.
En una segunda parte intento la
presentación sintética del pensamiento de Enrique Dussel a manera de
introducción, particularmente en lo que al método filosófico se refiere.
Recorreremos las fuentes filosóficas en las que nutre su reflexión, así como la
pretendida superación que de ellas realiza para levantar una filosofía propia
consistente, sugestiva y de gran actualidad.
Siendo el objeto del presente trabajo
de carácter pedagógico, he querido que esta presentación brinde al lector un
acceso directo a las fuentes, por lo que he recurrido a una considerable
profusión de referencias bibliográficas y de citas que le permitirá remitirse
directamente a las obras consultadas, todas ellas accesibles para quien esté
interesado en ello, convencido de que no hay nada mejor que abrevar
directamente de la obra filosófica.
Por otra parte, y a modo de ensayo
filosófico, y en cierta medida como excusa artificiosa y hasta arbitraria para
acercar al lector a los dos pensamientos filosóficos mencionados, relaciono
algunos elementos del pensamiento socrático expuesto en la primera parte, que
pueden resaltarse a la luz del discurso ético de la filosofía de la liberación.
En modo alguno pretendo descontextualizar al filósofo ateniense del siglo V
a.C., y hacerlo pasar por una especie de “antecesor” del actual pensamiento
filosófico latinoamericano representado por Dussel. En buena medida la
filosofía de éste se sitúa en las antípodas del discurso filosófico griego de
la época clásica, al que está íntimamente unido Sócrates. Mi pretensión intenta
ser meramente pedagógica, lo cual habrá de juzgar el lector, y un pretexto para
aproximar al lector a dos reflexiones filosóficas que, en lo personal,
considero de particular importancia. Desde tal perspectiva debe analizarse el
presente ensayo.
En lo que respecta a los Diálogos de
Platón que refieren el pensamiento y la vida de Sócrates, son citados con una
doble clasificación, según sea el caso, ya que utilizo la paginación que se
acostumbra tomar como tipo, en conformidad con la edición conocida como
estefaniana (1578) y además la paginación de la edición de la colección
"Sepan cuantos" de la Editorial Porrúa, y que es la más accesible
para el lector en nuestro país. De tal manera que primero aparece la paginación
clásica y universalmente reconocida y enseguida, entre paréntesis, la
paginación de Porrúa señalando el número de Página y con letra el párrafo en
que aparece la cita: Eutifrón, 3 B (Porrúa, Pág. 26 A); Apología 37
A-C (Porrúa, Pág. 16 B-C). En algunos casos sólo aparece alguna de las dos
referencias cuando así lo considere pertinente por el lenguaje utilizado. Para
el caso de los
Recuerdos de Sócrates y la Apología de Jenofonte, cuya edición de la colección
"Sepan cuantos" fue la que
consulté, también utilicé el criterio de señalar el número de página y
con una letra el párrafo, seguido de la referencia tradicional en que está
dividida la obra a través de libros y otra letra para señalar el párrafo del
libro en que aparece la cita: Recuerdos, Pág. 150, Libro Segundo II G;
Recuerdos, Pág. 160, Libro segundo VII D-F.
SÓCRATES, SU CONTEXTO, VIDA Y OBRA.
EL PROBLEMA SOCRÁTICO
EL SÓCRATES HISTÓRICO.
Sabemos a ciencia cierta que Sócrates fue ejecutado en el 399 a. C., y
por referencias de su discurso en la Apología de Platón, para entonces tendría
70 años, por lo que habría nacido hacia el 470 ó 469 a.C.
La inexistencia de escritos de Sócrates, sea por opción consciente del
mismo o por situación cultural como señala Taylor, ha colocado a todos los
estudiosos de su figura y su papel en el desarrollo del pensamiento filosófico
griego en la necesidad de recurrir a los testimonios escritos que de él
hicieran discípulos inmediatos suyos como Platón y Antístenes (de quien sólo
nos ha llegado algunos fragmentos de las numerosas obras que se le atribuyen,
pero como veremos más adelante, parece haber sido fuente de otros testimonios
que sí han llegado a nuestros días); contemporáneos que tuvieron algún contacto
con él o con discípulos suyos como Jenofonte; testimonios de discípulos de
algunos socráticos como el caso de Aristóteles, quien lo fuera de Platón; y
testimonios de contemporáneos suyos como el comediante Aristófanes, quien en su
obra Las nubes, pinta un retrato sumamente discutido, pero no por ello menos
valioso, de Sócrates.
Fue durante la segunda década del siglo XIX que se planteó por primera
vez el análisis crítico para el estudio de Sócrates. Schleiermacher fue el primero en formularlo de manera
puntual. El centro del análisis consistió, inicialmente, en el intento de
llegar al Sócrates histórico a través de las fuentes escritas que daban
testimonio de su vida y su reflexión. Lo primero que se hacía evidente era la
discrepancia de la figura de Sócrates transmitida por los distintos autores,
aún entre aquellos que le profesaban particular admiración, como los casos de
Platón y Jenofonte. A pesar de elementos comunes, particularmente en lo que se
refiere a la forma de los diálogos, tanto en su estructura como en la
reiteración estereotipada de propuestas generalmente paradójicas, así como la
diáfana y aguda ironía de los mismos, el saldo final es bastante contrapuesto.
Al considerar por sí solos los testimonios de Jenofonte no alcanza a percibirse
la profundidad y el contenido de las consideraciones filosóficas del Sócrates
que, en cambio, asoma en la obra de Platón, y resulta sumamente difícil
considerar posible que los atenienses hayan tenido motivo alguno para condenar
a muerte a alguien como el Sócrates descrito en los Recuerdos de Sócrates. La
consideración de los Diálogos de Platón presenta, a su vez, otras dificultades,
tanto porque hay notorias diferencias en la figura de Sócrates entre algunos
diálogos y otros, como por notorias discrepancias en algunas tesis filosóficas
sostenidas por el propio Sócrates en uno y otro diálogo, donde uno de los
claros ejemplos sería la doctrina sobre la inmortalidad del alma, claramente
inexistente en la Apología en contraste con el Fedón. El notorio contraste de
la Apología jenofóntica y la platónica son, quizá, el más claro ejemplo de la evidente diferencia de los Sócrates de
uno y otro. El propio Aristóteles era, desde entonces, de la opinión de que la
mayor parte de los pensamientos filosóficos del Sócrates que aparece en los
Diálogos de Platón, debían considerarse como doctrinas de éste y no del
primero.
La situación se complicaba más aún, si se consideraba el retrato que
Aristófanes plasmó en Las nubes.
Sócrates habría sido solo un sofista más: retórico charlatán de pocos
escrúpulos, poseedor de una doctrina oscura, esotérica y hermética, que
representaba los antivalores de la polis, y por ello mismo sería, como lo
presenta la obra, el principal subvertidor de los fundamentos espirituales de
Atenas, en plena coincidencia con sus acusadores durante el juicio que le
condujera a la muerte.
Algunos manifestaron serias reservas sobre la posibilidad de acceder al
Sócrates histórico con excepción de los hechos relativos a su juicio y ejecución.
Todo lo demás, señala Olof Gigon, debe ser considerado como una creación
"poética" sobre el ideal de filósofo que elaboraron sus discípulos.
La discusión llevó, finalmente, al análisis crítico de las fuentes
mediante criterios científicos, tanto filológicos, exegéticos, hermenéuticos,
literarios y el auxilio de ciencias como la arqueología, historia, sociología y
otras que con el paso del tiempo fueron desarrollándose de tal forma que
permitieran dicho análisis. Del siglo pasado a la fecha los criterios se han
enriquecido mucho, por ello Jeager afirma que "Es cierto que la mayor
capacidad de comprensión histórica y de interpretación psicológica que hoy
tenemos parece dar a nuestros esfuerzos una base más segura"
En un primer periodo, y luego del planteamiento del análisis crítico de
las fuentes, el propio Schleiermacher abonó el camino para considerar a
Jenofonte como una fuente privilegiada, con ciertas reservas, ya que él mismo
considera que Sócrates "pudo" y "debió" haber tenido otras
cualidades y capacidades que expliquen el efecto causado por él, más allá de
las que testifica Jenofonte y que no parecen dar cuenta adecuadamente del
impacto que la obra de Sócrates causó en el medio filosófico y cultural de
Atenas. Por otra parte, en opinión de Gómez Robledo, el carácter de
"historiador" que se atribuyó a sí mismo el propio Jenofonte y que se
le reconoció durante mucho tiempo sin el debido análisis crítico, explicaría
también la prevalencia del testimonio jenofóntico en un primer periodo
El tiempo
terminó por poner las cosas en su debido lugar. Especialistas como Heinrich
Maier (1913), Karl Joël (1893-1901),
León Robin (1911), entre otros muchos, contribuyeron a matizar en mucho el
testimonio de Jenofonte
Hoy día, ante todo, se acepta que Jenofonte nunca fue un miembro cercano
al círculo socrático a quien sólo conoció durante su juventud, sin volver a
verle nunca más. Lo anterior lleva a considerar lo tardío de la composición de
sus escritos, realizados varios decenios después de la muerte de Sócrates y con
la intención política de integrarse nuevamente y reconciliarse a la polis luego
de más de cuarenta años de ausencia. El escrito menos tardío, consideran los
analistas de manera unánime, es la primera parte de sus Recuerdos de Sócrates,
conocida como "defensa" y que
se refiere a una acusación póstuma (fines de la década del 390) y distinta al
juicio final de Sócrates, y que posteriormente colocara a la cabeza - dos
primeros capítulos - de la obra mencionada. Por si fuera poco hay coincidencia
en señalar la escasa capacitación filosófica de Jenofonte, lo cual se evidencía
al contemplar la figura del Sócrates de los Memorabilia y la Apología, más bien
campechano, simple y de gran sentido común que filósofo profundo, así como
abundante y redundante moralista de fácil palabra antes que dialéctico
penetrante y analítico. De ser cierta la imagen socrática de Jenofonte,
difícilmente puede entenderse como alguien así pudo provocar la profunda
trastocación filosófica que sin asomo de duda produjo la actuación de Sócrates
en el medio cultural griego.
Para Taylor el propósito declaradamente apologético de los Recuerdos es
a lo que debe atribuirse la imagen, por así decirlo, achatada y de bajo perfil
("vulgar") de Sócrates: "El propósito apologético de Jenofonte
le obliga a suprimir, dentro de todo lo posible, todo rasgo original de
carácter de su héroe que desconcertaría seguramente a un lector torpe y de
ideas convencionales" . Esta misma razón, es la más considerable de las
objeciones de Taylor al testimonio de Jenofonte, aún y cuando le otorga cierta
validez dentro de ciertos límites.
Es por todo lo anterior, que hoy día se tiende a pensar que en realidad
Jenofonte plasmó la imagen que de Sócrates tenían otros contemporáneos suyos,
posiblemente discípulos de éste, entre los cuales alcanza a vislumbrarse la
figura de Antístenes, adversario de Platón,
y a quien se atribuye el inicio del cinismo.
A pesar del giro de casi ciento ochenta grados que la crítica se encargo
de hacer sobre la credibilidad de la obra de Jenofonte, se admite que su
testimonio, a condición de ser sometido a los criterios de autenticidad
generalmente reconocidos hoy en día y mencionados más adelante: aporta
elementos válidos para conocer el pensamiento y la personalidad de Sócrates.
LOS DIÁLOGOS DE PLATÓN.
El testimonio platónico de Sócrates no resulta bien librado durante el
primer periodo del análisis crítico iniciado, como dijimos con anterioridad, en
la segunda década del siglo XIX y se prolongó hasta casi iniciar el presente
siglo. Ya desde la antigüedad clásica Aristóteles sembró el virus de la duda en
relación al Sócrates de los Diálogos platónicos al señalar, como lo dijimos
antes, que la mayoría de los pensamientos filosóficos del Sócrates de Platón deben
considerarse como doctrinas de éste y no de aquél.
Se generalizó la opinión de que Platón había utilizado la figura de
Sócrates para exponer sus propias teorías filosóficas, por lo que se deducía
que había "jugado" con la verdad histórica y no era entonces una
fuente confiable para llegar al Sócrates histórico. Bajo tal perspectiva el
testimonio de Jenofonte era, en cambio, tenido por más fiel. Las cosas
cambiaron sustancialmente con el paso del tiempo a medida que abundaron los
estudios y análisis, tanto de la obra platónica como de la de Jenofonte.
Burnet (1911, 1924), Maier (1913), Ritter (1931) y Taylor aportaron
elementos decisivos para revalorar el testimonio de Platón. Si bien existen
divergencias, el resultado final arroja bases más sólidas para enfrentar el así
llamado "problema socrático".
Para Maier, los escritos de la primera época de Platón (Apología y
Critón) son los únicos que pueden considerarse fuentes históricas del Sócrates
real. Otros diálogos como Laques, Carmides, Lisis, Ión, Eutifrón y los dos
Hipias, deben entenderse como relatos de libre creación, pero esencialmente
fieles a la verdad. El resto de las obras platónicas no pueden considerarse
fuentes históricas seguras para conocer el pensamiento y la figura de Sócrates.
Para Burnet y Taylor, en cambio, pueden y deben utilizarse todos los
diálogos platónicos como fuente histórica de Sócrates. La obra de Taylor
establece, desde luego, algunos matices al considerar que las obras en las que
existe consenso generalizado de que pertenecen al último periodo de su vida,
tales como: El Sofista, El Político, Filebo, Timeo, y Las Leyes, en las que
Sócrates se presenta de manera periférica hasta su desaparición en la última,
no pueden ser fuentes históricas ya que conscientemente Platón hace desaparecer
la figura socrática pues sabe que las ideas ahí plasmadas son resultado de las
reflexiones filosóficas propias y no de su maestro. La única
excepción sería el Filebo donde Sócrates sí ocupa el personaje central por ser
el tema de la obra cuestiones de ética y psicología moral propias de la
reflexión socrática. El anterior razonamiento, en opinión de ambos autores
sería "la prueba positiva de que Platón no usó una "máscara"
para encubrirse o como un ideal imaginario de lo que debe ser "el
filósofo"...Podemos deducir con buena razón, que Platón, en todo caso, no
tuvo conciencia de haberse apartado de la verosimilitud histórica en el retrato
de Sócrates trazado en la mayor parte de sus diálogos, en los que el filósofo
es la figura central". Más adelante señala: "...por consiguiente...el
retrato que hace Platón de su Maestro es esencialmente exacto, y la información
que ofrece tiene la intención de ser considerada como hecho histórico.", y
a continuación aclara debidamente: "Naturalmente, de esto no se debe sacar
la consecuencia de que no hubo "transfiguración" de Sócrates en la
mente de Platón al meditar éste sobre su muerte mártir ; pero sí debe deducirse
que cualquier proceso de idealización ha sido inconsciente y que no existe
ningún engaño deliberado en los diálogos. Asimismo, tampoco obliga a pensar que
todo lo que nos cuenta Platón deba ser una verdad histórica exacta."
Las conclusiones de la escuela alemana,
encabezada por Maier y las de la escuela escocesa por Burnet y Taylor, difieren
en cuanto que ésta última encuentra en Sócrates al creador de la teoría de las
ideas, la inmortalidad del alma, el retorno del saber como recuerdo de la
preexistencia del alma. En fin, para tal escuela Sócrates es el padre de la
metafísica occidental. La escuela alemana no llega a tanto y considera que
tales ideas no son realmente socráticas pues no están expuestas en las obras de
Platón que deben considerarse fuentes históricas de Sócrates. Según Maier,
citado por Jeager, la peculiaridad de Sócrates no debe entenderse desde la
perspectiva del pensador teórico, sino que "hay que considerarlo como el
creador de una actitud humana que señala el apogeo de una larga y laboriosa
trayectoria de liberación moral del hombre por sí mismo y que nada podía
superar: Sócrates proclama el evangelio del dominio del hombre sobre sí mismo y
de la "autarquía" de la personalidad moral."
Sea que el interesado en el tema socrático se incline por las
conclusiones de una u otra escuela, hay consenso en reconocer a los diálogos
juveniles de Platón, como auténticas fuentes para el conocimiento del Sócrates
histórico, en lo que puede apreciarse de éste, en el sentido de lo dicho por
Magalhaes-Vilhena: "Nos parece evidente que cuando se dice hoy que el
Sócrates de Platón es el Sócrates de la historia, o por lo menos el más
histórico de los Sócrates que han llegado hasta nosotros, no se quiere decir
que haya una identificación total entre los dos y que el primero agote
completamente al segundo. Lo que debe y puede decirse...es que el Sócrates de
Platón, en sus puntos más esenciales, y por más que no sea en todo
históricamente exacto, es el más fiel retrato de Sócrates entre los que
poseemos.."
Los estudios sobre la obra de Platón, aún y cuando difieran en la
interpretación (hermenéutica) y en la exégesis, de acuerdo a la diversidad de
criterios utilizados, reconocen casi de manera unánime la validez del
testimonio socrático particularmente en los primeros diálogos, a los que se
otorga, incluso, el nombre de diálogos socráticos, a saber: Critón, Eutifrón,
Laques y el Carmides. La Apología ocupa, desde la perspectiva de prácticamente
todos los estudiosos un lugar excepcional en cuanto al testimonio socrático
Durante un tiempo, se creyó encontrar en Aristóteles la fuente ideal
para el conocimiento de Sócrates, pues en opinión de algunos el testimonio de aquél sería más
"objetivo" por no hallarse tan apasionadamente interesado como los
discípulos inmediatos de Sócrates en el problema de quién era éste y cuáles
habrían sido sus aspiraciones, hallándose sí en cambio, lo suficientemente
cerca de él en el tiempo como para poder averiguar acerca de su personalidad
más de lo que es posible hacerlo ahora.
De acusador, Aristóteles acabo en acusado de aquello mismo que
denunciaba en Platón. Nadie mejor que
Magalhaes-Vilhena y su famosa sentencia sobre el estagirita para
plantear la situación: "Cuando Aristóteles habla de los demás piensa
esencialmente en sí mismo. Sus alusiones históricas son, por así decirlo, una
discusión sobre su propia doctrina....Los elementos de apariencia histórica que
encierra la exposición aristotélica, son sobre todo materiales que el filósofo
utiliza en función de su propio sistema". Tanto la escuela alemana como la
escocesa, a las que nos hemos referido en el anterior apartado, coinciden en
cuanto al punto de partida: eliminar a Aristóteles como fuente histórica de
Sócrates.
Aristóteles presenta a un Sócrates como predecesor de su propia
doctrina, al atribuirle la determinación de los conceptos generales (definición
universal) y el método inductivo de investigación como los dos grandes logros
del pensamiento socrático. Los relatos aristotélicos de Sócrates en los
primeros capítulos de la Metafísica, son en el fondo una argumentación para su
polémica con Platón, ¿qué mejor que recurrir al propio maestro de Platón para
argumentar en su contra? Sin demeritar que los logros que Aristóteles atribuye
a Sócrates sean o no ciertos, el avance en torno a la reflexión y el análisis del problema socrático terminó
por desplazar de manera casi definitiva el criterio de utilizar el testimonio
aristotélico como "el" criterio que permitía salvar la zanja entre
Jenofonte y Platón, en el que se tuvo durante un buen tiempo a Aristóteles. Por
otra parte, y particularmente de acuerdo a la escuela escocesa, el testimonio
aristotélico no decía nada en absoluto de la personalidad de Sócrates, de cuya
representación se había "evaporado" todo rasgo individual.
Hoy día, el análisis crítico y científico de las fuentes, desde diversos
ángulos y ciencias como la filología, la crítica literaria, la historia y
particularmente la hermenéutica contemporánea desde el propio Schleiermacher,
quien fuera el primero en plantear el análisis crítico de las fuentes socráticas
atravesando por Dhilthey, Heidegger y, finalmente, Gadamer, han permitido
establecer de acuerdo a una serie de principios tanto teóricos como
metodológicos, una serie de criterios que, aplicados a todo tipo de textos
pertenecientes a una época lejana y diferente de la nuestra, permiten
otorgarles un alto grado de confiabilidad respecto de su historicidad. La
exégesis bíblica y la hermenéutica cristiana, tanto protestante como católica,
han colaborado también en este campo con autores como Rudolf Bultmann, Fuchs,
Ebeling, James M. Robinson, J. Jeremias, Lambiasi y Léon-Dufour.
Los criterios de historicidad universal y científicamente reconocidos
por la exégesis y la hermenéutica actuales, relativos a Sócrates, son los
siguientes:
a)
Criterio de testimonio múltiple: las
cosas que están bien y sólidamente atestiguadas en muchas o todas las fuentes,
tienen mayor garantía de ser históricas.
b)
Criterio de discontinuidad o
desemejanza, el cual puede enunciarse de la siguiente forma: se considera
históricamente aceptable una situación, opinión, idea, palabras o un hecho
atribuido a Sócrates, cuando esto no se explica ni como un producto de la
tradición filosófica o literaria precedente, ni del ambiente contemporáneo, ni
tampoco como retropoyección de lo que caracteriza a la vida y las concepciones
de las posteriores escuelas socráticas, por ello, deben considerase auténticos
los elementos de la reflexión filosófica de Sócrates que sean irreductibles al
ambiente griego de aquel tiempo y a las concepciones de las escuelas
socráticas.
c)
Criterio de continuidad o
conformidad, el cual es complementario del anterior, mediante el cual se afirma
que pueden considerarse históricamente aceptables aquellas situaciones,
opiniones, ideas, palabras y hechos que están en estrecha conformidad con el
contexto histórico-cultural del ambiente griego al que, en este caso, nuestro
filósofo se dirige, por lo que se puede considerar como auténtico un dicho o
actitud de Sócrates que esté en estrecha conformidad, no solo con la época y el
ambiente, sino además y sobre todo íntimamente coherente con la enseñanza
esencial del autor.
Es lo que de manera demasiado sintetizada, Reale y Antiseri, señalan
como la “perspectiva del antes y del después de Sócrates”, que se va abriendo
camino entre los especialistas y que permiten así tener elementos más certeros
sobre el pensamiento filosófico y la vida de Sócrates.
En conformidad con tales criterios las fuentes utilizadas para el
presente ensayo son primordialmente los diálogos socráticos pertenecientes al
periodo juvenil de Platón: Apología, Critón, Eutifrón, Laques, y el Carmides,
así como los Recuerdos de Sócrates y la Apología de Jenofonte sometidas al
análisis de los criterios anteriores. Para algunos temas se considerarán
algunos diálogos de otros periodos de la obra de Platón, como el Fedón por
ejemplo, pero siempre a la luz de los criterios de autenticidad y la opinión de
los estudiosos del tema.
EL CONTEXTO HISTÓRICO (Grecia en el siglo V, a. C.)
CONTEXTO ECONÓMICO
LOS CAMBIOS DE LA ECONOMÍA EN
EL MEDITERRÁNEO (SIGLOS VIII AL VI A. C.)
Para el siglo V a. C., en el que Sócrates vive, Grecia y en particular
Atenas habían culminado un largo proceso que les condujo a obtener la hegemonía
económica y política del Mediterráneo, dicho proceso estuvo directamente
vinculado a los cambios socioeconómicos producidos por el advenimiento de la
Edad del Hierro (segundo milenio a. C., en adelante) que suplantó a la de
Bronce (del tercero al segundo milenio a. C.).
En efecto, el descubrimiento del hierro y el perfeccionamiento de la
técnica para su elaboración, tuvo un efecto revolucionario sobre las
estructuras económicas de los pueblos del Medio Oriente y el Mediterráneo. La
utilización del hierro significó un notable avance en la capacidad productiva
de la sociedad, ya que éste permitió la elaboración de mejores herramientas
como el arado, hachas, cuchillos, martillos, hoces, etcétera, lo que
revolucionó la técnica agrícola y aumentó la capacidad productora de la
agricultura, base productiva esencial de la sociedad antigua. Los metales de
las épocas anteriores, el cobre y el bronce, no reunían las características
necesarias para su aplicación en tales herramientas. El bronce, por ejemplo,
tuvo sus principales aplicaciones en objetos de lujo y armas. El hierro, mejor
distribuido que los otros metales, resultó también más barato por lo que su uso
se popularizó dejando así de ser monopolio exclusivo de los ricos. Gracias al
aumento de la productividad y a su capacidad para generar una nueva división
del trabajo, el uso del hierro transformó la producción misma y la forma en que
la sociedad se apropiaba de sus frutos, particularmente en lo que se refiere a
la apropiación individual de éstos, ya que durante las épocas precedentes
prevalecían formas de apropiación colectiva. Aunado a lo anterior, la Edad de
Hierro vio un notable aumento en la producción de mercancías, y con ello, la
expansión del comercio.
Tal transformación de la base económica originó el desarrollo de
aquellas regiones que presentaban mejores condiciones para la explotación de
los nuevos avances de las fuerzas productivas. El Mediterráneo vio surgir dos
polos de desarrollo que aprovecharon las oportunidades: Palestina, con los
fenicios, y Grecia. Fenicios y griegos se disputaron la hegemonía económica, particularmente
comercial, en la zona durante los siguientes siglos posteriores al X a.C., una
vez superada la turbulencia ocasionada en la zona por las invasiones de los
“pueblos del mar” y la caída de las civilizaciones de la Edad de Bronce de la
región.
Los fenicios antecedieron a los griegos en el liderazgo comercial en la
zona pues, originarios de la región y asentados aún antes que los griegos,
desde el siglo XII Tiro y Sidón, entre otras ciudades, realizaban un intenso
comercio en la zona y la invasión de los “pueblos del mar” (s. XII) no ocasionó
un trastocamiento tan profundo como para otras regiones del Mediterráneo. Del
siglo XI al VIII los fenicios tuvieron un periodo de auge económico, comercial
y hasta cultural indiscutible en la zona, dirigidos por una oligarquía
mercantil, que había establecido varias ciudades a lo largo del Mediterráneo
incluyendo el Egeo. Hacia el siglo IX a. C., inclusive los griegos adoptaron el
alfabeto fenicio y agregaron signos para las vocales
Para el siglo VIII, y una vez consolidadas las estructuras sociales de
su región, los griegos irrumpieron en el Mediterráneo y rompieron el monopolio
del comercio fenicio en el Egeo, iniciando un progresivo proceso de expansión a
las costas de sur de Italia, Sicilia, Asia Menor, e incluso, la costa francesa.
Thomson lo expresa así: "...se produjo en Grecia, entre los siglos VII y
VI antes de Cristo, un movimiento de expansión comercial, que aunque pequeño,
según las pautas modernas, significó, sin embargo, una nueva etapa en la evolución
de la sociedad antigua, caracterizada por el surgimiento de una clase
mercantil, que en numerosas ciudades conquistó el control del Estado y
estableció una constitución democrática" Tal era la situación para el
siglo VI en Grecia y particularmente en Atenas, donde la clase de los
comerciantes habían consolidado su control sobre el estado con las famosas
reformas de Solón y, posteriormente, las de Clístenes.
A mediados del siglo VI, luego que los fenicios fueron dominados por los persas, los griegos consolidaron su dominio en la zona. El siguiente siglo, en el que vivió Sócrates, es testigo del particular ascenso económico de Atenas luego de que las guerras médicas contra los persas desplazaron el centro de gravedad económico de Jonia hacia el ática. Atenas vivió entonces el esplendor inigualable del siglo V, coincidiendo con la vida de nuestro filósofo, la ciudad era entonces la principal potencia marítima y comercial de Grecia.
Las clases sociales
atenienses. Sin considerar, desde luego, la existencia de las dos clases
sociales básicas del sistema de producción esclavista, los esclavos y los
hombres libres, los griegos establecieron varias clases sociales teniendo como
criterio de su conformación la capacidad tributaria de los individuos, así
existían los pentacosiomedimni, los hipeis (caballeros), los zeugitae
("uncidos" mayoría de los ciudadanos y campesinos áticos) y thétes
(villanos o ciudadanos pobres). Esta última clase fue añadida por Solón.
CONTEXTO POLÍTICO
La evolución del estado griego, como la de cualquier sociedad de la
época significa la transición de la tribu al estado. Claro está que para el
caso de Grecia, el tipo de estado finalmente conformado a través del proceso
fue radicalmente distinto al de las civilizaciones vecinas, particularmente de
los imperios orientales como Persia y Egipto. Ni siquiera todos los pueblos
griegos adoptaron formas de gobierno común. La famosa “democracia” ateniense
fue el resultado final de este proceso en dicha ciudad y en otras ciudades
griegas, pero no en todas, donde el más claro ejemplo es Esparta con su
monarquía, o las tiranías de innumerables ciudades griegas.
Entre los investigadores existe consenso en señalar distintas y claras
etapas que condujeron de la organización tribal a la democracia ateniense,
éstas son: Monarquía, Oligarquía (aristocracia terrateniente), Tiranía y,
finalmente, Democracia.
La monarquía corresponde todavía a un periodo, avanzado si se quiere, de
la etapa tribal que los griegos poseían al entrar a la península griega. Una
vez establecidos sobre las ruinas de la civilización micénica y habiéndola
heredado, además de la monarquía se identifican otras formas de organización estatal como el boulé o consejo
de jefes, y el Ágora o asamblea de hombres libres.
Para el caso de
Atenas, se instauró una especie de triunvirato en el que estaban el Rey, el
Polemarco (comandante militar), y el Arconte (un magistrado). Los cargos eran,
inicialmente, vitalicios pero evolucionaron a
puestos de elección. De hecho, la figura del Rey desaparece en cuanto
tal y se fusiona con la del Arconte, a quien con el paso del tiempo también se
denomina Arconte Rey. Precisamente a este magistrado, el segundo de los nueve
arcontes de que constaba el arcontado, se dirige Sócrates al inicio de su
proceso, pues era este el funcionario encargado de atender los casos que
afectaban a la religión del estado. Junto a este triunvirato funcionaba el
Consejo del Areópago, que vigilaba la elección de los arcontes y tenía poder
para asegurar el cumplimiento de las leyes.
La acumulación de
poder de una nobleza vinculada a la propiedad territorial, los eupátridas,
transformaron la monarquía en un gobierno oligárquico dominado por dicha clase
que se fue convirtiendo en terrateniente, en la medida en que a través de
préstamos de semilla y abastecimientos se apropiaban de las tierras de los
agricultores pobres, a quienes llegaban incluso a esclavizar, pues la
esclavitud por deudas era una práctica común en la época (siglo VIII). Durante
este periodo se afianzó el poder de los eupátridas, quienes controlaban las
instituciones del estado ateniense anteriormente mencionadas.
Solón, en el 594
a.C., realizó las famosas reformas que llevan su nombre. Tales reformas
responden a la necesidad de alianza entre la oligarquía terrateniente de los
eupátridas y los comerciantes en ascenso, quienes para entonces desplegaban una
dinámica actividad en la región mediterránea. Ambas clases sociales temían el
descontento de los campesinos quienes se hallaban al borde de una revuelta
debido a la pérdida de sus tierras en manos de los prestamistas, oligarcas y
mercaderes, así como a la esclavitud por deudas que también sufrían. Solón
comienza por la cancelación de todas las deudas, públicas y privadas, y
prohibió la esclavitud por deudas. También otorgó participación política a los
ciudadanos de menores recursos (thétes) en la asamblea popular (ecclesia). Las
reformas de Solón tuvieron por efecto disminuir el poder de la oligarquía
terrateniente, así, por ejemplo, abolió la pretensión de éstos para que los
arcontes fueran elegidos por derecho de nacimiento y restringió las facultades
del Consejo del Areópago fortaleciendo las de la Asamblea Popular. Sus reformas
redundaron en el fortalecimiento de las clases medias y los intereses de los
comerciantes. Solón mismo, siendo aristócrata se había dedicado a la actividad
comercial.
Desde el punto de
vista económico, fue durante su gobierno que se creó una nueva moneda que,
según Petrie, ayudó a colocar a Atenas entre los grandes estados comerciales de
aquel tiempo. Es preciso considerar que existen indicios de que durante tal
periodo comenzaron a explotarse las minas de Laurión, cuyos yacimientos fueron
el sustento material de la economía ateniense, fortaleciendo su capacidad
comercial a través de la progresiva monetarización de su economía.
La “tiranía” de
Pisístrato y sus hijos (561-512/11) fue otra etapa política que consolidó el
ascenso de los intereses económicos y políticos de los comerciantes. De hecho
la tiranía puso los cimientos para la expansión de la potencia marítima
ateniense. Puede afirmarse que la tiranía tuvo una función transitoria, ya que
provocó y mantuvo una brecha en el dominio de la oligarquía aristocrática
terrateniente, permitiendo así que la clase comerciante en ascenso consolidara
sus fuerzas para, finalmente, mediante la democracia tomar el control del
estado ateniense, como sucedió luego de la caída del tirano Hipias en una
acción combinada de oligarcas y Clístenes, quien finalmente logró resistir los
posteriores intentos de aquellos, aliados con los espartanos, por restaurar el
estado oligárquico, e instauró la
democracia ateniense.
La obra de
Clístenes (510-09) barrió con las formas de organización oligárquicas, al
sustituir las cuatro tribus tradicionales por diez. El criterio para crear las
diez nuevas tribus fue meramente artificial y con un cierto contenido
geográfico y, desde luego, político, si consideramos que las cuatro
tradicionales tribus tenían como criterio el nacimiento. Cada tribu contenía, a
su vez, tres divisiones o “tritias”, una del área urbana, otra de los distritos
marítimos y, finalmente, otra del campo. Con lo anterior se lograba una
dispersión políticamente oportuna para evitar sublevaciones tribales, y al
mismo tiempo, dado que las reuniones de la Asamblea se realizaban en la ciudad,
otorgaba a los miembros de la tribu habitantes de ésta el control político del
estado ateniense. Los más poderosos e influyentes ciudadanos eran, desde luego,
los comerciantes, quienes aseguraban ventaja permanente sobre los intereses del
campo.
Al interior de cada
uno de las diez tribus se estableció el demo, que pasó a constituirse en la
célula básica de la vida política y social de la democracia ateniense. Cierto
es que el demo tenía reminiscencias tribales al seguir considerando la
pertenencia a un grupo como lo que daba sentido y, aún, derechos al ciudadano,
pero en modo alguno puede considerarse una continuación del antiguo sistema que
ahora quedaba definitivamente disuelto.
Igualmente, Clístenes
suprimió el Consejo de los Cuatrocientos formado por las cuatro tribus y creó
el Consejo de Quinientos, integrado por 50 miembros de cada nueva tribu
designados por sorteo. También a tales reformas se atribuye la aparición de un
nuevo cargo militar, el estratego (general) y la práctica del ostracismo, por
la cual un ciudadano considerado peligroso por el estado podía ser desterrado
de la ciudad durante diez años y sin pérdida de sus propiedades y derechos
políticos, si existía una mayoría de seis mil votos en la Asamblea Popular.
La Constitución de
Clístenes fue la culminación del proceso iniciado durante los dos siglos y
medio anteriores de permanente ascenso económico de la clase comercial la cual,
finalmente, tomó la dirección del estado ateniense a través de tales reformas,
barriendo las antiguas formas de organización tribal y arrebatando el poder a
la aristocracia terrateniente. Tal fue el contenido de la “revolución
democrática” ateniense.
Sin duda alguna el
advenimiento de esta nueva forma de estado significó una radical transformación
de la vida social en el aspecto político, sin embargo los límites de tal avance
están también señalados por el carácter esclavista de la producción y la
actividad económica en general de la época, así como por el localismo, de
reminiscencia tribal. La democracia ateniense, sólo otorgaba derechos a los
varones libres y atenienses. Ni las mujeres, menores de edad, los metecos
(personas establecidas en Atenas que no eran originarios de ella), extranjeros
- fueran griegos o bárbaros- como tampoco los esclavos, que podían inclusive
ser griegos, tenían derechos plenos en la democracia ateniense. Un claro ejemplo es la ley de ciudadanía del
propio Pericles, propuesta en el 451/50, de acuerdo con la cual solo podían
considerarse ciudadanos aquellos varones que descendían de atenienses tanto por
línea paterna como materna, independientemente de las distintas explicaciones
que los investigadores dan a esta ley, sean razones étnicas o políticas, ésta
manifiesta claramente los límites de la democracia ateniense. Así entonces, la
democracia ática consistía en el dominio de una minoría sobre una mayoría que
carecía de derechos políticos, aunque, como en el caso de los metecos, se
recurría a ellos para realizar servicios militares y estatales. Aún así, la
organización política ateniense debe verse, sin duda, como un avance en materia
de organización estatal, y significa desde muchos puntos de vista una notoria
evolución en el terreno político y social.
Las reformas de
Efialtes (461) y Pericles, quien le sucedió, reafirman y culminan la obra de
Clístenes, al eliminar prácticamente el menguado poder de las instituciones de
la nobleza oligárquica terrateniente.
CONTEXTO CULTURAL
La cultura
ateniense del siglo V a.C. está indisolublemente asociada al principal
personaje político de la época: Pericles. No en vano dicho periodo recibe el
nombre de “el siglo de Pericles”. Durante su liderazgo Atenas desarrolló una
actividad constructora sin precedentes, y de entonces datan las grandes obras de
Ictino y Fidias. En pintura destacan Mandrocles de Samos y Polignoto de Tasos,
de cuyas obras existen referencias. Polícleto de Argos, Mirón y Peonio
sobresalen en escultura y sus obras aún hoy provocan admiración.
La literatura
griega alcanza niveles sin precedentes con la tragedia y la comedia áticas, a
cargo de Esquilo, Sófocles y Eurípides la primera, así como Cratino y
Aristófanes en la segunda. El testimonio que ambos géneros literarios ofrecen
del nivel de la vida cultural e intelectual de la época, son valiosísimos e
imperecederos.
Los grandes
historiadores Herodoto y Tucídides son, al igual que los anteriores,
contemporáneos del siglo V, junto con el médico Hipócrates. Todos ellos
confluyeron en al ambiente cultural de la Atenas de Sócrates.
Directamente
vinculado a la filosofía, durante el mismo siglo, Grecia verá nacer el
movimiento intelectual de los sofistas (maestros de sabiduría). Hoy día a
quedado claro que los sofistas no son esa caricatura creada por Platón en sus
Diálogos y confirmada en las obras de Aristóteles que pasara a la posteridad
como un sinónimo de hábiles embusteros y charlatanes impulsados por un interés
de lucro. Tal posición adoptada por ambos filósofos debe entenderse dado el
carácter polémico desde el cual se situaron los dos con respecto al movimiento
sofista. Actualmente se reconoce que el movimiento sofista significó una
profunda revolución intelectual para la época, ligado íntimamente a los
profundos cambios económicos y sociales que ocurrían en Grecia ante el
resquebrajamiento del orden de la nobleza oligárquico-terrateniente, que era
desplazada por los comerciantes en ascenso, como ya lo analizamos. El cambio de
valores de la época, el fortalecimiento del demo y el acceso de la clase
comercial a la vida política fue entendido por un grupo de intelectuales,
muchos de ellos filósofos de la physis, que rompiendo con antiguas tradiciones
culturales emprendieron una labor educativa poniendo al alcance de los nuevos
grupos sociales el saber desde una perspectiva práctica (retórica y política),
y desde métodos educativos innovadores que incluían desde el cobro por la
formación brindada, hasta su actitud errante que rompía con el tradicional
esquema de considerar la ciudad-estado como el único y perfecto horizonte de la
vida política.
Los sofistas son
ahora equiparados con el movimiento de la "Ilustración". La
revolución intelectual y educativa de los sofistas no había tenido precedente
en Grecia, ellos convirtieron la reflexión filosófica en su vertiente ética,
política y discursiva en tema de público interés. Cierto es que el movimiento
sofista no fue, como ningún movimiento intelectual, monolítico y no estuvo
exento de algunos de los excesos destacados por Platón y Aristóteles, sin que
por ello deba prevalecer la valoración negativa que durante mucho tiempo
predominó para entenderlo.
En tal ambiente
intelectual surgió Sócrates, y como es de esperarse, de él se nutrió para su
desarrollo intelectual y moral. Aunque, como lo analizaremos adelante:es causa
de polémica entre los analistas, hay quienes consideran que él mismo fue, en
alguna etapa de su vida un sofista, en conformidad con el testimonio de
Aristófanes en Las nubes.
CRONOLOGÍA HISTÓRICA.
Sócrates nace en el 470 a.C., ocho años antes de la creación de la liga
marítima délico-ática, que encabezara Atenas y muere en el 399 a.C., a tan solo
cinco años de la derrota de Atenas por Esparta, en la segunda guerra del
Peloponeso. Así, Sócrates vive inmerso en el llamado “siglo de Pericles”,
periodo de esplendor tanto político, económico como cultural de Atenas, y fue
también testigo de la inmediata y posterior decadencia de Atenas mediante la
guerra contra Esparta que culminó en la derrota, de la cual no pudo levantarse
nuevamente la ciudad.
Para cuando Sócrates nace, los griegos son ya la potencia indiscutible
del Mediterráneo. Ese mismo año, y a principios del siguiente, los griegos
obtenían la definitiva victoria sobre los persas en la batalla del Eurimedonte,
colofón con el cual culminaban las
guerras médicas y remataban las victorias de la década anterior: Salamina
(480), Platea (479) y Micala (479), con las que pusieron fin a la amenaza
persa. El proceso de hegemonía griega en la zona había iniciado dos siglos
antes frente a los fenicios, y la derrota del expansionismo persa la consolidó.
Fue durante este periodo, y gracias a la creación de la liga délico-ática que
Atenas ascendió a la cúspide de su prestigio político y económico en el mundo
griego. Para entonces el antagonismo contra el otro principal estado griego,
Esparta, también conocida como Lacedemonia, y quien agrupaba a otros estados
griegos en la liga del Peloponeso, se iba agudizando.
Pericles, el gran estadista, fue jefe indiscutible del estado ateniense
del 461 al 429, en tal periodo Atenas fue el centro cultural, político y
económico más importante de Grecia y el Mediterráneo. En este contexto Sócrates
vivió su infancia, juventud y el primer periodo de su vida adulta. Durante los
doce años de la primera guerra del Peloponeso (457 al 445) cruzó de la
adolescencia a la juventud. La convenida paz de los treinta años, que resultó
ser de solo catorce, coincide con el primer periodo de su vida adulta.
Hacia los 39 años de su vida, dio inicio la segunda guerra del
Peloponeso entre Esparta y Atenas, la cual vivió íntegramente, no solo como
espectador, sino activamente rindiendo servicios militares durante el sitio de
Potidea (432-429), la batalla de Delión (424) y la de Anfípolis (422). Los
veintisiete años que duró la guerra (431 al 404) coinciden con el periodo de la
vida adulta y vejez de Sócrates, y su muerte fue resultado de la reinstauración
de la democracia ateniense de la postguerra.
Los grandes y graves cambios en la situación histórica que tocó vivir a
Sócrates han permitido a Taylor afirmar acertadamente que: "Su juventud y
su primera madurez transcurrieron en una sociedad separada de aquella en que
crecieron Platón y Jenofonte, por el mismo abismo que separa la Europa de la
posguerra de la Europa de la preguerra.".
Conviene detallar someramente los momentos decisivos de la gran guerra
de los griegos, a fin de conocer el contexto político y social que tocó a
Sócrates vivir.
La segunda y definitiva guerra del Peloponeso suele dividirse en dos
periodos divididos por una pequeña etapa de tregua, conocida como la Paz de Nicias.
El primer periodo de acciones bélicas es conocido como la Guerra de Arquidamo
(431 al 421), nombre del rey de Esparta que condujo los ejércitos peloponesios
al Ática, y a él corresponden las tres actividades militares que Sócrates
realizara en servicio de su ciudad, en plena edad adulta.
La Paz de Nicias, pactada en marzo del 421 y proyectada para durar
cincuenta años dio claros indicios de fracaso desde el inicio, ya que algunos
aliados de Esparta se opusieron enérgicamente a ella, particularmente Corinto,
Mégara, Elide y Beocia. Incluso algunos de estos estados formaron una alianza
peloponésica distinta de la que tenían con Esparta. Las alianzas eran
modificadas de un mes a otro, algunos como Corinto se adherían y luego se
retiraban. Mientras tanto Atenas realizaba alianzas con los disidentes de la
liga peloponésica. Finalmente, a tan solo cuatro años de pactar la paz, Esparta
atacó a los peloponésicos opositores en la batalla de Mantinea (418), ciudad
con la que Atenas había realizado una alianza. De este modo Esparta volvió a
hegemonizar la liga del Peloponeso y las actividades bélicas no tardaron en
reactivarse.
En Atenas, por otra parte, el curso de los acontecimientos había dado,
desde antes, un vuelco significativo a favor del bando bélico encabezado por
Alcibíades, quien en la primavera del 420 fue elegido estratego (general), y
comenzó a hegemonizar políticamente a la ciudad. Entre otras cosas, realizó
alianzas con los peloponesios que se oponían a Esparta como Mantinea, Argos y
Élide. Luego de la batalla de Matinea la paz con Esparta, de hecho, quedó rota
ya que Atenas inclusive tuvo un contingente armado en dicha batalla apoyando a
su aliado. Aún así no se desencadenó una lucha abierta entre las ligas
adversarias encabezadas por Esparta y Atenas
Es importante para el contexto y la circunstancia específica de Sócrates
señalar el papel que Alcibíades desempeñó en la última parte de la fatal
guerra, pues de acuerdo con las fuentes, tanto Jenofonte y Platón,
principalmente éste último, señalan la íntima cercanía afectiva que uniera a
ambos personajes. Como veremos, Alcibíades, llevó buena parte en la
responsabilidad de la derrota final de los atenienses, y ello, en opinión de
los analistas fue un factor, sin ser el principal, que intervino en la animosidad
contra Sócrates que le condujo a ser juzgado y condenado.
La segunda parte de la gran guerra dio inicio, prácticamente, luego de
que la batalla de Mantinea pusiera en entredicho la Paz de Nicias. La brutal
voluntad de poder de Alcibíades condujo, en el
416, el ataque a la isla de Melos, quien había sido neutral durante la
guerra. La acción fue brutal: los atenienses tomaron la isla, asesinando a
todos los varones y esclavizando a todas las mujeres y niños, quienes fueron
vendidos.
El suceso decisivo que inclinó la guerra en favor de Esparta y contra
Atenas fue la expedición ateniense a Sicilia (415-413). Leontinos y
Segesta, estados griegos atacados por Selinunte, a quien apoyaba Siracusa,
potencia hegemónica de la isla de Sicilia, solicitaron ayuda militar a Atenas. Alcibíades vio
la empresa con gran interés y se empeño en convencer a los atenienses de la
importancia de involucrarse, aún contra la opinión de Nicias, otro de los
estrategos atenienses. En votación pública, el demo, decidió intervenir en la
empresa convencido por Alcibíades y desoyendo a Nicias. Sea por su reciente y
fácil victoria sobre Melos, o porque la expectativa de obtener grandes riquezas
despertó en los atenienses todo tipo de expectativas extravagantes, según el
testimonio de Plutarco, el hecho es que los atenienses se embarcaron en la
empresa que a la postre significaría su desastre final. El sentir generalizado
era de seguridad en la victoria, pero, de acuerdo con Begston, quien no cita la
fuente: "únicamente algunos pesimistas empedernidos, de los que se dice
formaba parte Sócrates, tenían sus dudas.".
Justo aquí, el papel de Alcibíades comenzó a tener una importancia
decisiva en los acontecimientos, unido al cambiante parecer del demo ateniense.
Encargado junto con Nicias y Lámaco de la expedición, Alcibíades vio cambiar
radicalmente su situación. Acusado de profanación a los sagrados misterios de
Eleusis, acusación de dudosa fundamentación según Begston, fue obligado a
volver a la ciudad a enfrentar los cargos, pero huyó y finalmente fue a parar a
Esparta donde se convirtió en asesor político y militar de éstos contra la
propia Atenas, aconsejando y convenciendo a los espartanos para intervenir en
la guerra apoyando a Siracusa. Los consejos de Alcibíades fueron aceptados por Esparta
y fue enviado un importante y decisivo apoyo militar al mando de Gilipo. Pero
no paró allí Alcibíades, quien recomendó también atacar la propia región ática,
logrando que Esparta iniciara una campaña militar que tomó la ciudad de Decelia
y la fortificó para asediar Atenas (primavera del 413). La campaña espartana
provocó un sensible retroceso en la actividad económica ateniense, pues se
calcula que alrededor de veinte mil esclavos escaparon de las actividades
productivas, principalmente metalúrgicas de las minas de Laurión. De esa manera
Alcibíades, deseoso de venganza, traicionó a la ciudad.
El final de la expedición.- Ya desde principios del invierno del 414 Nicias, quien
había quedado al mando luego de la muerte de Lámaco, había hecho llegar a Atenas
un mensaje solicitando que se suspendiera la empresa en Sicilia, o bien, se
enviaran refuerzos suficientes. En ello estaba la ciudad cuando el ejército
espartano penetró en el Ática la primavera del 413 causando gran devastación.
Finalmente, los atenienses decidieron enviar refuerzos a Sicilia, y con ello
Atenas echó su suerte en la campaña contra Sicilia, al hacer acopio de una
enorme fuerza militar y enviarla al mando de Demóstenes para reforzar la
expedición. Si no obtenía la victoria contra Siracusa y los Espartanos no solo
acabaría la expedición, sino que la misma Atenas se vería en grandes peligros
para defenderse, lo que, finalmente, ocurrió. La astucia militar de Gilipo,
aunada a la indecisión de mando de Nicias, significó el fracaso absoluto de la
expedición: Demóstenes y Nicias fueron tomados prisioneros y ejecutados. Todas
las tropas atenienses fueron tomadas prisioneras y los sobrevivientes, según
Tucídides unos cuarenta mil, fueron arrojados a las canteras de Siracusa donde
la mayoría perdieron la vida por las rigurosas condiciones que en ellas
imperaba. Así acabó la expedición auspiciada por Alcibíades, quien ahora
asesoraba a los espartanos contra Atenas. La empresa, según cálculos costo la
vida o la libertad a casi cincuenta mil individuos.
Si bien, circunstancias de carácter personal intervinieron en la
catástrofe, tales como la voluntad ambivalente de Alcibíades y la indecisión y
superstición de Nicias, a nadie más que al demo de Atenas y a sus demagogos
debe atribuirse la situación, toda vez que en decisión pública se decidió
iniciar y continuar la guerra, si bien, el demo no estaba suficientemente
enterado de la situación objetiva y sus decisiones se realizaban por
convencimientos retóricos fundados en ilusiones, falsas esperanzas y especulaciones
de toda índole. La falta de conducción política y militar que denotó Nicias,
fue producida en cierta medida por la decisión de la ciudad de juzgar y separar
a Alcibíades del cargo, lo cual solo puede achacarse a la ciudadanía ateniense
que decidió hacerlo, más allá de si eran fundados o no los cargos. El sólo
hecho de que se le formularan es significativo sobre la situación que guardaba
la fama de Alcibíades, quien con sus posteriores actitudes durante la
expedición contra Sicilia y en el desenlace final de la guerra contra Esparta,
mostró con creces una ambición de poder sin límites ni escrúpulo alguno, muchas
veces al amparo de la propia ciudad.
Restauración de la democracia: llamamiento de Alcibíades. Luego de
restaurarse la democracia ateniense, se sucedieron varios éxitos militares que
ilusionaron a los atenienses quienes legaron a rechazar propuestas de paz
realizadas por Esparta. Para julio del 410 las instituciones democráticas
estaban plenamente restauradas. Al año siguiente continuaron los triunfos
militares de Atenas. Para entonces Alcibíades, había logrado que la flota
ateniense lo nombrase estratego al unírseles durante la rebelión de Samos
contra la oligarquía lo cual habla del oportunismo político del personaje, y
los triunfos militares obtenidos terminaron por congraciarlo ante los ciudadanos,
que ahora lo veían como el salvador de la ciudad. En junio del 408 la ciudad
llamó a Alcibíades a quien otorgó una recepción triunfal, dio el mando supremo
de las fuerzas atenienses y se le compensaron los bienes embargados, anulando
su sentencia a muerte, y olvidando la tenacidad con la que había combatido a
Atenas asesorando a los espartanos.
La intervención de Persia en apoyo de
Esparta.- Para entonces, los persas modificaron su política en
relación a Grecia. Tisafernes, quien había mantenido una política oscilante
entre Esparta y Atenas fue enviado a otra satrapía y su lugar lo ocupó Ciro,
hijo del rey Darío II, quien se inclinó definitivamente por Esparta. Además los
espartanos habían encontrado un excelente militar en la persona de Lisandro quien
dirigía las acciones bélicas contra Atenas. El dinero persa en apoyo de las
fuerzas peloponésicas no tardó en colocar a Atenas en una situación crítica, y
pronto las grandes esperanzas depositadas en Alcibíades terminaron en fracaso
luego de la derrota de Nocio (407), con la que la carrera de éste llegó a su
fin, huyendo primero a Tracia y luego con los persas donde fuera finalmente
asesinado a instancias de Lisandro (404).
Fue tal el terror impuesto por los
treinta, que un grupo de ciudadanos atenienses se levantó contra la tiranía
precipitando su caída en el 403, a pesar del apoyo de la guarnición espartana
que la respaldaba. Fueron ahora los oligarcas los que se retiraron de la ciudad
y fundaron en Eleusis un estado oligárquico separado que se opuso a la
democracia ática restaurada. No fue sino hasta el 401/400 que se reincorporaron
a Atenas bajo los auspicios de Pausanias, rey espartano que se oponía a la dictadura de facto que el general Lisandro había impuesto.
A la caída de los treinta un comité de diez personas, elegido en
asamblea, fue encargado de componer una constitución, así como de revisar y
codificar todo el cuerpo del derecho ateniense, su trabajo concluyó finalmente
en el 401/400, para cuando se restauró plenamente la democracia en la ciudad.
En ese momento Anito, uno de los líderes de la democracia, presentó la denuncia
contra Sócrates. Un año después se desarrollo el proceso, la condena y su
ejecución.
SU VIDA
PERIODIZACIÓN
Periodizar o distinguir las etapas de la vida de Sócrates enfrenta
dificultades íntimamente vinculadas a las de la valoración de las fuentes. La
dificultad nace, en buena medida, de que la mayoría de éstas han transmitido
solo el testimonio de la última etapa de la vida de Sócrates, y aún las
referencias a los periodos anteriores están tamizados por tal imagen, más aún,
tal imagen es interpretada, incluso, desde la perspectiva del destino trágico
de Sócrates y el impacto que su juicio y muerte produjo en sus discípulos, tal
y como lo indica Jeaguer: “Tampoco la influencia directa de Sócrates empezó a
plasmarse en una imagen armónica en sus discípulos hasta después de muerto el
maestro, evidentemente. La conmoción de este acontecimiento dejó en la vida de
aquellos una huella profunda y poderosa. Y todo parece indicar que fue
precisamente esta catástrofe la que les movió a representar por escrito a su
maestro”
Para el caso de Aristófanes y el testimonio que plasmó en Las nubes,
representada en marzo del 423 para cuando Sócrates tiene 46 años
aproximadamente, las opiniones son disímbolas. Algunos consideran que es una
caricatura grotesca en la que el autor reúne todas las características de los
representantes de la “ilustración” sofísta, en ese entonces de moda, y que
Aristófanes habría puesto, por así decirlo, en el mismo costal a Sócrates y los
sofistas a través del recurso típico de la comedia, en el que el autor da vuelo
a la fantasía y a la necesaria comicidad del género, dada su ignorancia en
asuntos filosóficos por no ser tal su área de actividad cultural, además de su
reconocido conservadurismo que veía en la “ilustración” y el racionalismo de
éste, el origen de todo lo que subvertía el viejo orden de Atenas por aquel
siglo V. Así opinan Jeager y Gómez Robledo, quienes descartan totalmente el
testimonio de Aristófanes por no tener apoyo en otras fuentes y no reunir, así,
el criterio del testimonio múltiple.
No piensan igual Taylor, Burnet, Angelópulos y Brun, para quienes, con
algunos matices, el testimonio aristofánico debe ser considerado pues revelaría
una etapa del desarrollo filosófico de Sócrates anterior a aquella en la que
Platón y Jenofonte le conocieron y plasmaron en sus escritos. Incluso, para tal
opinión, en los propios diálogos platónicos y los Recuerdos de Jenofonte
existen indicios de ello, con lo que operaría entonces el criterio de
testimonio múltiple y otorgaría, así, cierto nivel de confiabilidad histórica
al testimonio de Las nubes, más aún porque existe plena concordancia y
conformidad con el contexto histórico-cultural del ambiente griego en el cual
escribe Aristófanes su obra.
Sea como sea, es el único testimonio que correspondería a un periodo
anterior al de la vida de Sócrates descrito por Platón y Jenofonte, que para
entonces sería unos niños de entre 5 y 7 años respectivamente, y no lo habrían
conocido sino hasta alrededor de quince años después, cuando Sócrates habría
llegado a su plena madurez filosófica que caracterizaría su discurso y
actividad hasta su muerte. Hoy día parece abrirse camino el criterio de otorgar
valor histórico al testimonio de Aristófanes.
Como lo mencionamos antes en la cronología histórica Sócrates (470/69 al
399) vive de lleno el llamado siglo de Pericles y el trágico desenlace que la
segunda guerra del Peloponeso tuvo para Atenas, su ciudad natal que nunca
abandonó, ni siquiera para evitar su ejecución, la cual es resultado directo de
la reinstauración de la democracia ateniense de la postguerra.
Reale y Antiseri, así como Gómez Robledo, siguiendo todos a Taylor,
consideran que deben distinguirse dos periodos en la vida de Sócrates, uno
inicial en el que habría frecuentado a los filósofos de la physis o
metereólogos, como Jeaguer dice que se les llamaba entonces, y habría sido
impactado por los temas del movimiento sofista aunque desde una perspectiva
polémica. No coinciden, en cambio, al señalar la causa por la que Sócrates
habría evolucionado a una final y definitiva etapa de la que nos dan testimonio
los diálogos de Platón y el testimonio de Jenofonte. Los primeros consideran
que "los dos momentos de la vida de Sócrates tienen sus raíces en la etapa
histórica en la que le tocó vivir, más que en los hechos de su vida individual",
aunque para tal efecto citan al propio Taylor, quien es de opinión contraria
pues considera que tal cambio se originó en una suerte de "crisis
espiritual" de Sócrates, a raíz de
la respuesta que el oráculo de Delfos da a su amigo Querefón respecto de “si
había alguno más sabio” qué Sócrates, lo cual le lleva a descubrir su
"misión" de hacer descubrir la ignorancia de cada quién y el cuidado
de su alma: "Sócrates, hacia la mitad de su vida, pasó por un periodo de
crisis, cuyo resultado fue el surgimiento de un hombre con una clara conciencia
de una "misión".". Como ya vimos, Taylor otorga validez al
testimonio de Aristófanes y considera que en sus “primeros tiempos” Sócrates
había sido, incluso, "jefe de una "escuela" organizada" al estilo del “pensadero” que le atribuye
aquél en Las nubes, quien lo habría deformado para conseguir el efecto cómico
sobre la base real de la existencia de tal especie de “escuela organizada”.
Taylor, seguramente por sus notables inclinaciones platónicas, va más allá al sugerir
la probabilidad de que Sócrates hubiera sido iniciado en los misterios de la
religión órfica.
Angelópulos y Brun, siguiendo con ciertas reservas al primero,
consideran que habría que distinguir cuatro partes en la vida de Sócrates:
a)
hasta el 449, durante su educación;
b)
del 449 al 430, donde desarrolló la
profesión de escultor, como habría sido su padre.
c)
del 430 al 420, periodo en el que
sería el sofista presentado por Aristófanes
d)
del 420 al 399, cuando “habría
comprendido lo banal de las ciencias que enseñaba y entonces se habría
convertido en el filósofo que la tradición platónica nos ha hecho conocer”.
Esta periodización atraviesa por algunos serios problemas, ya que el
primero es sumamente arbitrario y el segundo no es aceptado del todo, pues la
tradición que sostiene que Sofronisco, su padre, era escultor parece ser de
origen dudoso y como una malinterpretación de una broma socrática sobre su
linaje familiar el cual extendería hasta el legendario escultor Dédalo,
inclusive, según Taylor, Sócrates ni siquiera ejerció jamás oficio alguno. De
ser así, tendríamos un escenario más bien parecido al planteado por Taylor,
Reale, Antiseri y Gómez Robledo.
Jeager, en cambio, no considera que pueda atribuirse a Sócrates ninguna
etapa distinta de aquella de la que dan testimonio Platón y Jenofonte: “En su
vida no nos encontramos con ningún periodo que podamos considerar como
específico de un filósofo de la naturaleza”. No desconoce sin embargo la
influencia que la obra de Anaxágoras de Clazomene y Arquelao, su sucesor,
ejercieron en Sócrates, pero en el sentido de que ésta fue abordada desde una
perspectiva crítica desde el principio que le permitió luego desarrollar su
propia reflexión filosófica, a pesar del entusiasmo que despertó en él, de
acuerdo al testimonio de Platón en el Fedón, no habría sido propiamente un
filósofo de la physis, como lo revela la cita mencionada.
De cualquier forma en que quiera periodizarse la vida de Sócrates,
existen una serie de hechos indiscutibles sobre su vida: fue un ciudadano sumamente
apegado a su patria, Atenas, a la que defendió en servicios militares durante
la primera parte de la segunda guerra del Peloponeso y aún en medio del trágico
desenlace de su juicio no quiso abandonar la ciudad, a pesar de ser un hecho
común marchar al destierro, y de ser conminado a ello por su buen amigo Critón,
como lo revela el diálogo del mismo nombre; desde el punto de vista filosófico,
los primeros datos sobre Sócrates lo ubican en el círculo ateniense de
Arquelao, discípulo de Anaxágoras al cual algunos atribuyen el mérito de haber
sido quien introdujo el pensamiento filosófico en la ciudad; Sócrates
frecuentaba seguramente los altos círculos de la sociedad política y cultural
ateniense, según confirman Jeager y Taylor ; su enseñanza era pública y
frecuentaba las plazas y gimnasios donde sus conversaciones suscitaban un
profundo interés; fue notoriamente conocido por su crítica al sistema político
ático, fuera la democracia o la oligarquía; estuvo casado con Jantipa, a quien
los antiguos atribuyeron un proverbial mal genio, con quien procreó tres hijos;
físicamente, todas las descripciones le hacen aparecer poco atractivo; y,
finalmente, fue acusado de “impiedad” y por “pervertir a la juventud”,
siguiéndosele un proceso que lo condeno a muerte, la cual se ejecutó en el “año
de laques” (399). De todo lo anterior, no hay duda.
EL JUICIO Y SU MUERTE
Taylor y Brun, siguiendo a Diógenes Laercio, respaldado en una
reconocida autoridad de la época, Favorino de Arles, quien habría visto el
documento original que aún se conservaba en el siglo II d, C., considera que la
acusación de Melito era la siguiente: “Sócrates es culpable: 1) de no rendir
culto a los dioses a quienes rinde culto el Estado, sino de introducir
prácticas religiosas nuevas y poco conocidas; 2) y además, de corromper a los
jóvenes.”. Aunque Platón menciona también la invención e introducción de dioses
nuevos, a la que asocia con el famoso “demonio” socrático.
Técnicamente la acusación era de impiedad, un delito contra la religión
del Estado como da testimonio el diálogo sostenido con Eutifrón y la afirmación
de que se trata de un "negocio de Estado.”. Era, entonces, un asunto
enteramente político toda vez que en la antigüedad religión y política estaban
estrechamente vinculados, como es reconocido. No cumplir con el culto de los
dioses del estado se consideraba una forma de socavar los cimientos del mismo.
La acusación es instigada, como es de esperarse, por un político prominente de
la restaurada democracia además de próspero productor y comerciante de nombre
Anito, quien se hace acompañar de dos comparsas: Melito, a quien hace aparecer
como el principal denunciante y Licón, un presunto orador profesional.
Desde el punto de vista jurídico, el delito de impiedad, como muchos
más, no estaba puntualmente definido ni tenía pena establecida, por lo que la
definición jurídica quedaba, en buena medida, en la interpretación que
realizaran tanto los magistrados como el tribunal correspondiente. El
procedimiento era así: el acusador presentaba denuncia ante el Arconte Rey y
notificaba al acusado, quien iba ante el magistrado a responder la querella
contra él. Si el acusado negaba la acusación y el demandante sostenía su
denuncia, el magistrado remitía el caso y el expediente (anákrisis) al Tribunal
de los Heliastas, conformado por 501 ciudadanos para el caso de Sócrates, quien
dirimía la situación y fijaba la pena, luego de un procedimiento en el que
existían tres tiempo medidos con reloj de agua: primero se leía la anákrisis
seguida del discurso de los acusadores y la respuesta del acusado, luego la
deliberación sobre la sentencia de inocencia o culpabilidad, y en tercer lugar,
si se hallaba culpable al procesado, se escuchaba a las partes establecer
propuestas únicamente sobre el asunto de la condena cuando ésta no estaba
estipulada por la ley, como lo era para el caso del delito de impiedad. Luego
venía una segunda votación para decidir la pena exclusivamente sobre la base de
las propuestas de las partes. Al quedar definida la pena, si el tribunal lo concedía,
el sentenciado podía volver a hacer uso de la palabra. Tal es el esquema de la
Apología de Platón, en la que no aparecen los discursos de los acusadores, sino
sólo los tres que realizará Sócrates.
Debido a que la religión oficial no es una religión de dogmas sino de
culto público, en la que no importaba tanto la adhesión personal que tuviera el
ciudadano, quien podía o no creer en los relatos mitológicos, sino el hecho de
realizar el culto y, por ello, era una acusación poco sólida de la que Sócrates
hubiera podido salir bien librado con relativa facilidad, los analistas han
debido inquirir y establecer algunas hipótesis que permitan comprender las
razones por las que los acusadores deciden llevar a juicio a Sócrates, así como
también por las que el propio filósofo decidió realizar una defensa como la que
hizo. Ya desde entonces Jenofonte intenta una absurda explicación en su
Apología, en la que atribuye a Sócrates un deseo suicida para evitar los
achaques de la vejez, brindándole así una infausta ayuda.
Hay general coincidencia en considerar que Anito no tenía ninguna
intención deshonesta de índole personal contra Sócrates, a pesar del testimonio
de Jenofonte quien parece no acertar nada relativo al tema, y no queda menos
que considerar que Anito creía sinceramente que el filósofo representaba un
peligro real para la ciudad, sea por su demoledora crítica al status quo y sus
representantes, como por la opinión de que habría sido el instigador de
Alcibíades y Critias, quienes tanto daño habían hecho a la ciudad. Igualmente
concuerdan los analistas en señalar que la idea de los acusadores,
particularmente de Anito el político, era desterrar a Sócrates de Atenas.
Nuestro autor lo sabía pero en un acto supremo de dignidad, no exento de su
característica ironía, prefiere enfrentar la muerte que el destierro.
Finalmente no hay otra salida que interpretar lo sucedido de acuerdo a
lo planteado por Sauvage, en el sentido de que Anito "no es tanto el
representante de una casta como de una estructura psicosocial (...) no es sino
el personaje que encarna la pereza espiritual de Atenas, lo que tiene su alma
de estrecha y anquilosada.". Brun también apunta a una conclusión similar
al señalar que: “En efecto, parece que el proceso de Sócrates...es el proceso
seguido en contra del pensamiento que inquiere, fuera de la mediocridad
cotidiana, por los problemas verdaderos. Sócrates, al hostigar a los atenienses
como un tábano, les impedía dormir y reposar en las soluciones morales y
sociales ya hechas; él es quien, al asombrarnos, nos impide pensar según los
hábitos adquiridos. Sócrates se sitúa, pues, en las antípodas de la
tranquilidad intelectual, de la buena conciencia y de la serenidad
satisfecha.”. Jeager, desde su propia perspectiva, coincide en señalar que el
conflicto definitivo "tratábase de un choque inevitable entre el individuo
espiritualmente libre y la comunidad y su inevitable tiranía", y así:
"los guardianes del estado creen descubrir, detrás del papel que este
pensador levantisco se arroga, la rebelión del individuo espiritualmente
superior contra lo que la mayoría considera bueno y justo y, por tanto, un
peligro contra la seguridad del estado".
La defensa realizada por Sócrates puede parecer sin sentido, o un
conjunto desventurado de ideas y frases temerarias y hasta imprudentes, a
quienes, como Jenofonte, no logran captar la enorme fuerza ética del filósofo.
Su alegato de defensa o apología es, realmente, un monumento a la dignidad y la
congruencia de un hombre convencido de su misión filosófica la cual entiende
como eminentemente ética y religiosa. Es igualmente una obra admirable que le
dibuja por entero con muchas de las características más propias de Sócrates: su
implacable crítica y denuncia, su fina ironía, el peculiar sarcasmo y agudo
sentido del humor, su impecable dialéctica y su imbatible lógica y retórica,
que hicieron –todos juntos- palidecer y abochornarse a tantos que se tenían por
sabios. No existe discusión respecto del lugar de excepción que todos los
estudiosos del tema otorgan a la Apología de Platón, como el más vigoroso
testimonio histórico y espiritual de Sócrates.
A pesar de las muchas salidas, tanto retóricas como jurídicas que podía
haber utilizado Sócrates en su defensa, decide afrontar la acusación
remontándose a la profunda convicción ética que le movía a "examinar"
e "indagar" a profundidad, a filosofar en suma, respecto de la
verdadera sabiduría, aquello que daba en llamar su misión. Y así, como dice
Taylor: "Hizo centro de su discurso la historia del oráculo que lo había
declarado el más sabio de los hombres, y describió sin la menor reserva cómo
aquello lo había llevado a tomar sobre sí la tarea de convencer a unos y otros,
de los principales hombres de estado hacia abajo, de su vergonzosa ignorancia
del único género de conocimiento que es de suprema importancia: el saber cómo
hacer el alma de uno mismo y las de los demás tan buenas como sea
posible". Y, por otra parte, deja totalmente en claro que no habrá de
abandonar su misión así se lo exigieran como condición para librarse de la
muerte. Una vez declarado culpable, de acuerdo al procedimiento el acusado, en
este caso Sócrates, debía proponer una sentencia alternativa que seguramente el
jurado habría aceptado, y que muy previsiblemente debía ser la del destierro
por ser lo usual. En vez de ello aseguró que era tal el beneficio que la ciudad
obtenía de su actividad filosófica de indagación, que debía más bien ser
recompensado a expensas del erario público. Sin estar exenta tal afirmación de
su peculiar y fina ironía, no debe entenderse lo anterior como una bravuconada
insolente, sino como lo que es: una clara convicción ética sobre el sentido
profundo del bien, la verdadera virtud y la búsqueda de la verdad. Finalmente,
en una segunda votación, es condenado a muerte por un número mayor de jurados
del que lo había declarado culpable de los cargos, seguramente molestos por la
denuncia de las palabras de Sócrates.
Con la misma convicción, dignidad y congruencia enfrentó Sócrates su
muerte. Circunstancias extraordinarias, de carácter ritual retrasaron su
ejecución durante un mes, cuando lo ordinario era que se llevara a efecto
veinticuatro horas después de decretada la pena, pero resulta que el día
anterior a su proceso había partido de Atenas la nave sagrada que cada año los
ateniense enviaban al santuario de Delos, en conmemoración de la mítica liberación de los siete jóvenes
y siete doncellas atenienses realizada por Teseo en Cnossos. El ritual de
purificación ceremonial prohibía las ejecuciones durante el tiempo que la nave
viajaba. En esa ocasión la nave quedo detenida durante el tiempo mencionado por
condiciones meteorológicas adversas para la navegación en la zona. Ello dio
ocasión para que Sócrates rechazara, por considerarlo indigno e indebido, el
plan de fuga diseñado por sus cercanos, y dio muestras de una particular
"dulzura y tranquilidad" a sus allegados, reflejo de la profunda
convicción que mantenía respecto de su buen obrar en el cumplimiento de su
misión.
SU OBRA
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