Universidad Abierta


El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado

Friedrich Engels.

(1820-1895)

Sociólogo, economista y filósofo alemán, nacido en Barmen y muerto en Londres; fundador, con Karl Marx, del materialismo histórico, el socialismo científico y el movimiento socialista internacional; refugiado en Inglaterra, vivió de sus actividades comerciales en Manchester; colaboró intensamente con Marx en la redacción de distintas obras de economía y filosofía, entre ellas: Die Heilige Familie (La sagrada familia); Manifest der Kommunistischen Partei (Manifiesto del Partido Comunista) y Das Capital (El Capital); de esta última, una vez muerto Marx, publicó el segundo y tercer tomos; participó en la organización y dirección de la Segunda Internacional; autor de: Die Lage der Arbeitehden Klaussen in England (La situación de las clases trabajadores en Inglaterra; 1845); Der Ursprung der Familie, des Privateigenthums des Staates (Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado; 1884); Anti-Dühring (1878); Ludwig Feuerback und das Ende der Klassischen Philosophie (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía alemana; 1888); Dialektik der Natur (Dialéctica de la Naturaleza; póstuma, 19250), etc.

 

 

 

 

 

CONTENIDO

Introducción

Marco Histórico

Capítulos

  1. Estados prehistóricos de cultura
  2. La Familia
  3. La gens iroquesa
  4. La gens griega
  5. Génesis del Estado ateniense
  6. La gens y el Estado en Roma
  7. La gens entre los Celtas y los Germanos
  8. La formación del Estado de los Germanos
  9. Barbarie y Civilización

INTRODUCCIÓN

Las siguientes páginas vienen a ser la ejecución de un testamento. Karl Marx había reservado para sí mismo la misión de exponer los resultados de los trabajos de Morgan en cuanto se relacionan con las conclusiones de sus propias tareas históricas (hasta cierto punto, pudiera decir que de nuestras tareas comunes) y hacer así resaltar todo su alcance. Morgan había descubierto de nuevo, a su modo, en América, la teoría materialista de la historia, que cuarenta años antes descubrió Marx; y en su paralelo entre la barbarie y la civilización había ido a dar con los mismos resultados esenciales que Marx. Y así como "El Capital" fue saqueado durante años por los economistas de profesión en Alemania, con tanto afán como empeño en guardar silencio acerca de ese libro, exactamente de la misma manera trataron los maestros en la ciencia "prehistórica" en Inglaterra al "Ancient Society" de Morgan. Mi trabajo a duras penas puede suplir al que no pudo terminar mi difunto amigo. Sin embargo, tengo a la vista, junto con extractos detallados que hizo de la obra de Morgan, glosas críticas que reproduzco aquí dentro de los límites de lo posible.

Según la teoría materialista, el móvil esencial y decisivo al cual obedece la humanidad en la historia, es la producción y la reproducción de la vida inmediata. A su vez, éstas son de dos clases. Por un lado, la producción de los medios de existir, de todo lo que sirve para alimento, vestido, domicilio y de los utensilios que para ello se necesitan; y por otro, la producción del hombre mismo, la propagación de la especie. Las instituciones sociales bajo las que viven los hombres de una época y de un país dados, están íntimamente enlazados con estas dos especies de producción, por el grado de desarrollo del trabajo y por el de la familia. Cuanto menos desarrollado está el trabajo, más restringida está la cantidad de sus productos, y, por consiguiente, la riqueza de la sociedad; más subordinado se halla el orden social a los vínculos de la consanguinidad. En esa organización de la sociedad fundada en los lazos de familia, cada vez es menos productivo el trabajo; con ella progresan la propiedad privada y el cambio de productos, la diferencia de fortunas, la valorización de la mano de obra extraña y, por consiguiente, los antagonismos de clases: elementos sociales, nuevos todos ellos, que con el transcurso de las generaciones se esfuerzan por adaptar la antigua constitución social a nuevas condiciones, hasta que a la postre la incompatibilidad entre una y otras acarrea una completa revolución. La sociedad antigua, cimentada en la consanguinidad, desaparece entre el choque de las clases sociales recién formadas, y cede el paso a una sociedad nueva resumida en el Estado, y cuyas unidades constituyentes ya no son lazos de familia, sino vínculos locales, una sociedad donde el orden de la familia está completamente sometido al orden de la propiedad, y en el seno de la cual tienen libre curso esos antagonismos y esas luchas de clases que componen hasta hoy toda la historia "escrita".

El gran mérito de Morgan consiste en haber descubierto y reconstituido con sus principales rasgos esa base prehistórica de nuestra historia escrita, y haber hallado en las asociaciones de raza de los indios de la América del Norte, la clave que nos permite descifrar los enigmas más importantes e insolubles hasta ahora, de la historia de las antigüedades griega, romana y germánica. Pero su obra no es labor de un día: necesitó luchar cerca de cuarenta años con su asunto para enseñorearse por completo de él. También, por eso, su libro es una de las escasas obras de nuestro tiempo que forman época.

En la exposición de hechos y doctrinas que sigue, el lector distinguirá con facilidadentre lo que pertenece a Morgan y lo agregado por mí. En la parte histórica relativa a Grecia y a Roma no me he atenido a los documentos suministrados por Morgan, sino que he añadido aquellos de que disponía yo. La parte que trata de los celtas y de los germanos es mía esencialmente; acerca de este punto, Morgan sólo disponía de documentos de segunda mano, y en lo que se refiere a los germanos, aparte de Tácito, no tuvo a la vista sino las malas falsificaciones liberales de M. Freeman. He reformado de nuevo todas las deducciones económicas que en Morgan bastaban para su propósito, pero eran insuficientes en absoluto para el mío. Y, por último, claro es que soy responsable de todas las conclusiones, mientras no cité expresamente a Morgan.

MARCO HISTÓRICO

Las anteriores ediciones de este libro, a pesar de su gran tirada, se agotaron desde unos seis meses ha; y desde hace mucho tiempo venía rogándome el editor que preparase otra nueva. Trabajos más apremiantes me han impedido hacerlo hasta ahora. Desde que apareció la primera edición han transcurrido siete años, durante los cuales ha hecho importantes progresos el conocimiento de las formas primitivas de la familia. Por tanto, veíame en el caso de refundir y completar con esmero mi obra; y a mayor abundamiento, cuando, proyectándose estereotipar el actual texto, me seria imposible toda modificación ulterior.

Así, pues, he revisado con esmero todo el texto y he introducido en él una serie de adiciones en las cuales confío haber tenido en cuenta cual conviene, el estado actual de la ciencia. Aparte de eso, en este prólogo doy una rápida ojeada de conjunto al desarrollo de la historia de la familia desde Bachofen hasta Morgan; y sobre todo lo hago así porque la escuela prehistórica inglesa, patriotera a machamartillo, continúa haciendo lo imposible por guardar convenido silencio acerca de la revolución realizada en las nociones de historia primitiva por los descubrimientos de Morgan, a la vez que no se le da un ardite de apropiarse los resultados por él obtenidos. Y también en otros países se sigue este ejemplo dado por los ingleses.

Mi obra ha sido traducida a varios idiomas extranjeros. Primero, al italiano: "L'origine della famiglia, della proprietá prívata e dello stato, versíone riveduta dall'tutore, di Pasquale Martignetti, Benevento", 1885. Después al rumano: "Origina familei, proprietatei private si a statului, traducere de Joan Nadejde", en la revista de Jassy: "Contemporamil" (septiembre de 1885 a mayo de 1886). Luego al dinamarqués: "Famíljens, privatejendormmens og Statens Oprindelse. Dansk of Forfatteren gennemgade Udgave, bosoget af Gerson Trier, Koebenhavn", 1888. Está en prensa una traducción francesa, hecha de esta nueva edición, por Henri Ravé.

Hasta 1860 no hay que pensar en una historia de la familia. La ciencia histórica se encontraba aún, en este terreno, bajo el influjo exclusivo de los cinco libros de Moisés. La forma patriarcal de la familia, que se pinta allí con más detalles que en ninguna otra parte, no sólo se admitía de un modo corriente como la más antigua, sino que, después de suprimida la poligamia, identificábase aquélla con la familia plebeya contemporánea; de tal suerte, que la familia en general no había realizado ninguna evolución histórica, concediéndose, a lo sumo, que en los tiempos primitivos pudo haber habido un período de comercio sexual sin reglas. No cabe duda de que, aparte de la monogamia, conocíanse también la poligamia del Oriente y la poliandria del Tíbet; pero estas tres formas no se sucedían en el orden de una serie histórica, sino que figuraban una junto a otra, sin relacionarse entre sí por medio de ningún vínculo. Que en algunos pueblos de la antigüedad y en ciertos salvajes de la época actual se cuenta la descendencia, no según el padre, sino según la madre, y, por consiguiente, la filiación femenina es la única que se considera entre ellos como válida; que en numerosos pueblos contemporáneos estuvo prohibido el matrimonio dentro del círculo de ciertos grandes grupos que aún no se habían determinado con exactitud, encontrándose esta usanza en todas las partes del mundo: es cierto que estos hechos eran conocidos y cada día se agregaban a ellos otros nuevos ejemplos. Pero no se sabía qué consecuencia sacar; y hasta en las "Researches into the Early History of Mankind", etc., de E. B. Taylor (1865), figuran como "costumbres singulares", junto con la prohibición vigente entre algunos salvajes de remover la leña ardiendo con ningún trebejo de hierro, y en compañía de otras futilezas religiosas análogas. La historia de la familia empieza en 1861, con la aparición del "Derecho materno", de Bachofen. El autor asienta allí las siguientes proposiciones.

1º. Que los seres humanos habían vivido primitivamente en la promiscuidad, que designa de un modo impropio con el nombre de "hetairismo".

2º. Que un comercio sexual de esta índole excluye toda certidumbre de paternidad; que, por consiguiente, la descendencia sólo podía contarse en línea femenina (es decir, con arreglo al derecho materno), y que en este caso estuvieron en su origen todos los pueblos de la antigüedad.

3º. Que a consecuencia de este hecho, las mujeres, como madres y únicos parientes ciertos de la generación joven, gozaban de tal aprecio y respeto, que, según parecer de Bachofen, llegaron hasta la preponderancia femenina absoluta (ginecocracia).

4º. Que el paso a la monogamia, en que la mujer pertenece exclusivamente a un solo hombre, encerraba la transgresión de una ley religiosa primitiva (es decir, de hecho, la transgresión del derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella mujer), transgresión que debía expiarse o cuya tolerancia debía rescatarse por medio del abandono temporal de la mujer.

Bachofen halla pruebas de estas proposiciones en innumerables pasajes de la literatura de la antigüedad clásica, recogidos con suma diligencia. Según él la transición del "hetairismo" a la monogamia y del derecho materno al derecho paterno se realiza, sobre todo en los griegos, a consecuencia del progreso de las ideas religiosas, de la intromisión de nuevas divinidades, representantes de las ideas nuevas en los grupos de dioses transmitidos por la tradición, y representantes, a su vez, de las ideas antiguas; de suerte que las segundas iban quedando cada vez más relegadas al último término por las primeras. Según Bachofen, lo que ha realizado modificaciones históricas en la situación recíproca del hombre y de la mujer, no es el desarrollo de las condiciones efectivas para la existencia de los seres humanos, sino el reflejo religioso de esas condiciones en los cerebros de esos mismos seres. Con arreglo a esta idea, Bachofen presenta el "Orestes", de Esquilo, como el cuadro dramático de la lucha entre el derecho materno agonizante y el derecho paterno naciente y vencedor en la época heroica. Clitemnestra, por amor a su amante Egisto, ha matado a su marido Agamenón al regresar éste de la guerra de Troya; pero Orestes, hijo de Clitemnestra y de Agamenón, venga la muerte de su padre matando a su madre. Persíguenle por este hecho las Erinias, demoníacas protectoras del derecho materno; el matricidio era, pues, el más odioso y el más inexplicable de los crímenes. Pero te protegen las dos divinidades que representan en este caso el orden nuevo, el derecho paterno: Apolo, que por conducto de su oráculo, ha incítado a Orestes a cometer ese acto, y Minerva, que llamada como juez, oye a las dos partes. Todo el litigio se resume brevemente en la discusión habida entre Orestes y las Erinias. Orestes se apoya en que Clitemnestra ha cometido un doble delito, matando al esposo de ella y al padre de él. ¿Por qué le persiguen las Erinias a él y no a ella, que es mucho más culpable? La respuesta es sorprendente: "No estaba 'unida por los vínculos de la sangre al hombre a quien ha matado".

La muerte violenta de un hombre no consanguíneo, aun cuando sea el esposo de la matadora, puede redimirse; no concierne a las Erintas, cuyas funciones no consisten sino en perseguir al homicidio entre consanguíneos; y según el derecho materno, el más grave, el más inexplicable, es el matricidio. Pero Apolo entra en escena como defensor de Orestes; Minerva hace votar a los Areopagitas (los regidores de Atenas); hay el mismo número de votos en pro de la absolución y en pro de la condena; entonces Minerva, en calidad de presidente, vota en favor de Orestes y le absuelve. El derecho paterno ha vencido al derecho materno; los "dioses de raza joven", como los llaman las mismas Erinias, pueden más que éstas, las cuales se dejan por último convencer también para ponerse al servicio del nuevo orden de cosas.

Esta interpretación nueva pero exacta del "Orestes", es uno de los más hermosos y mejores pasajes del libro, pero prueba también que Bachofen cree en las Erinias, en Apolo y en Minerva por lo menos, tanto como en ellos creía Esquilo en su época; en efecto, cree que esas divinidades realizaron en los tiempos heroicos de Grecia el milagro de echar abajo el derecho materno y sustituirlo por el derecho paterno. Claro es que semejante concepto, según el cual se considera la religión como la palanca principal de la historia del mundo, tiene que ir a parar, por último, al más perfecto misticismo. Por eso es un trabajo árido y a veces de poco provecho el estudiar a fondo el grueso tomo en 4ª de Bachofen. Pero todo esto no disminuye su mérito de roturador; ha sido el primero en reemplazar las frases acerca de un desconocido tiempo primitivo en que reinaba la promiscuidad, por la prueba de que la literatura clásica de la antigüedad nos indica a montones los vestigios de un estado de cosas anterior a la monogamia, existente entre los griegos y entre los asiáticos, en el cual no sólo un hombre tenía relaciones sexuales con muchas mujeres, sino también una mujer con muchos hombres, sin menoscabo de las buenas costumbres. Ha probado que esta usanza no desapareció sin dejar huellas bajo la forma de un abandono temporal, por el que las mujeres debían comprar su derecho a un matrimonio único; que, por tanto, primitivamente no podía contarse la descendencia sino en línea femenina, de madre a madre, que esta validez exclusiva de la filiación femenina se ha conservado aún largo tiempo en el seno de la monogamia, con la paternidad asegurada, o, por lo menos, reconocida; y, por último, que esa situación primitiva de las madres, corno únicos padres ciertos de sus hijos, aseguró a aquéllas (y, por consiguiente, a las mujeres en general) una condición social más elevada de la que desde entonces acá han tenido nunca. Bachofen no emitía esos principios con esa claridad, por impedírselo el misticismo de sus conceptos, pero los ha demostrado, y eso equivalía, en 1861, a una revolución completa.

El grueso tomo en 4° de Bachofen estaba escrito en alemán, es decir, en la lengua de la nación que menos se había interesado hasta entonces por la historia primitiva de la familia contemporánea. Por eso permaneció desconocido: su más inmediato sucesor en este terreno entró en escena en 1865, sin haber oído hablar nunca de Bachofen.

Este sucesor fue J. F. MacLennan, diametralmente opuesto a su predecesor. En lugar del místico genial, tenemos aquí al árido jurisconsulto; en vez de una exuberante y poética fantasía, las plausibles combinaciones de un alegato de abogado. MacLennan encuentra en muchos pueblos salvajes, bárbaros y hasta civilizados. De los tiempos antiguos y modernos, una forma de matrimonio en que el novio, solo o con sus amigos, está obligado a arrebatar su futura esposa a sus padres, simulando un rapto por violencia. Esa usanza debe ser vestigio de una costumbre anterior, por la cual los hombres de una tribu adquirían mujeres cogiéndolas realmente por la fuerza en el exterior, en otras tribus. Pero, ¿cómo nació ese "matrimonio por rapto"? Mientras los hombres pudieron hallar en su propia tribu suficiente número de mujeres, no había absolutamente ningún motivo para practicarlo así. Por otra parte, con frecuencia no menor encontramos en pueblos no civilizados ciertos grupos (que en 1865 aún solían identificarse a menudo con las tribus mismas), en el seno de los cuales estaba prohibido el matrimonio, viéndose obligados los hombres a buscar esposas y las mujeres esposos fuera del grupo; al paso que en otras partes hallamos una costumbre en virtud de la cual los hombres de cierto grupo están obligados a no tomar, sino en el seno del mismo, sus mujeres. MacLennan llama "exógamos" a los primeros, "endosarnos" a los segundos, y sin más ni más, imagina en redondo una antítesis evidente entre "tribus" exogamas y endogamas. Y aun cuando sus propias investigaciones acerca de la exogamia le meten por los ojos el hecho de que esa antítesis no subsiste sino en su imaginación en muchos de los casos, cuando no en la mayoría o hasta en la totalidad de los mismos, no por eso deja de tomarla como base de toda su teoría. Por tanto, las tribus exogamas no pueden tomar mujeres sino de otras tribus; y dada la guerra permanente de tribu contra tribu, que corresponde al estado salvaje, eso no puede hacerse de ninguna otra manera más que por medio del rapto.

Después plantea MacLennan esta cuestión: "¿De donde proviene esa costumbre de la exogamia?" A su parecer, nada tiene que ver con ella la idea de consanguinidad y de incesto, la cual ha nacido mucho más tarde. La causa de tal usanza pudiera ser la costumbre muy difundida entre los salvajes, de matar a las niñas en seguida que nacen. De eso resultaría un excedente de hombres en cada tribu aislada, siendo la inmediata consecuencia de ello que muchos hombres tendrían la posesión común de una misma mujer, y de ahí la poliandria. Otra consecuencia: sabíase quién era la madre de un niño, pero no quién era su padre; y de ahí el contarse la ascendencia sólo en línea femenina, con exclusión de la línea masculina (derecho materno). Y otra consecuencia de la escasez de mujeres en el seno de la tribu (escasez atenuada, pero no suprimida, por la poliandria) era precisamente el rapto sistemático y brutal de mujeres de tribus extrañas. "Desde el momento en que la exogamia y la poliandria proceden de una sola causa, del desequilibrio numérico entre los sexos, debemos considerar a 'todas las razas exogamas como entregadas primitivamente a la poliandria". Y por eso debemos tener por indiscutible que en las razas exogamas, el primer sistema de parentesco ha sido aquel que sólo por el lado materno reconoce el vínculo de la sangre". (MacLennan, "Studies in Ancient History", 1886; "Primitive Martiage", pág.. 124). El mérito de MacLennan consiste en haber indicado el uso general y la elevada significación de lo que llama él exogamia. En cuanto al hecho de la existencia de grupos exógamos, no lo ha "descubierto" ni mucho menos, y tampoco lo ha comprendido. Sin hablar de las noticias anteriores y sueltas, de numerosos observadores (precisamente las fuentes donde ha bebido MacLennan), Latham había descrito con mucha exactitud y precisión ("Descriptive Ethnology", 1859) esa institución entre los magares de la India, y había dicho que estaba universalmente difundida y se encontraba en todas las partes del mundo, pasaje que el mismo MacLennan reproduce. Y nuestro Morgan la había indicado y descrito perfectamente desde 1848 en sus cartas acerca de los iroqueses ("American Review"), y en 1851 en su obra respecto a la liga de los iroqueses ("The League of the Iroquois"); mientras que el ingenio triquiñuelista de MacLennan ha cometido aquí una confusión mucho más grande que la fantasía mística de Bachofen en el terreno del derecho materno. Otro mérito de MacLennan consiste en haber reconocido el orden de descendencia con arreglo al derecho materno, aun cuando en ello le precedió Bachofen, según lo ha confesado aquél más tarde. Pero ni aun en este caso ven bien claras las cosas, puesto que sin cesar hablan de "parentesco en línea femenina solamente" ("kinship through females only); y esta expresión, exacta para un período anterior, continúa empleándola también para un estudio de desarrollo en que, sí es cierto que aún se contaba la descendencia y la herencia exclusivamente según la línea femenina, también está reconocido y expresado el parentesco por el lado masculino. La estrechez de criterio del jurisconsulto es la que forja una expresión fija de derecho; y continúa aplicándola sin modificarla, a circunstancias que entretanto han ido haciéndola inaplicable.

A pesar de ser tan plausible, sin embargo, según las apariencias, la teoría de MacLennan no le ha parecido a su autor asentada con mucha solidez. Por lo menos, le llama la atención el que sea de advertir "que la forma del rapto (titulado) de las mujeres es más marcada y expresiva precisamente en los pueblos donde domina el parentesco masculino (es decir, la descendencia en línea paterna), (pág. 140)". Y también escribe este concepto: "Es un hecho muy extraño que, según las noticias que acerca de ello tenemos, el infanticidio no se practica por sistema en ninguna parte donde coexisten la exogamia y la más antigua forma de parentesco (pág. 146)". Doble hecho que invalida directamente su manera de explicar las cosas, y al cual no pueden oponérsele sino nuevas hipótesis más enredosas aún.

No por eso tuvo menor resonancia su teoría en Inglaterra, donde encontró numerosas aprobaciones; MacLennan fue considerado aquí por la generalidad como el fundador de la historia de la familia y como la primera autoridad en este asunto. Aunque se pudieron advertir excepciones y modificaciones sueltas a su antítesis entre "tribus" exogamas y endogamas, es lo cierto que continuó siendo base reconocida de la opinión dominante y trocóse en unas anteojeras que hicieron imposible ver con libertad el terreno explotado e impidieron, por consiguiente, todo progreso decisivo. Es un deber el presentar ante la exageración de los méritos de MacLennan, consagrada hoy en Inglaterra y fuera de ella, el hecho de que con su mal comprendida antítesis de "tribus" exogamas y endogamas ha causado más daño que servicios ha prestado con sus Investigaciones.

Entretanto, diéronse a luz hechos que ya no cabían en su pequeño molde. MacLennan sólo conocía tres formas de matrimonio: la poligamia, la poliandria y la monogamia. Pero así que este asunto llamó la atención, se hallaron pruebas, cada vez más numerosas, de la existencia de ciertas formas de matrimonio en que una serie de hombres poseían en común a una serie de mujeres, en los pueblos no desarrollados; y Lubbach ("The origin of Civilization", 1870), reconoció como un hecho histórico este matrimonio por grupos ("communal marriage").

Poco después (en 1871) apareció Morgan en escena con documentos nuevos y decisivos desde muchos puntos de vista. Habíase convencido de que el sistema de parentesco propio de los iroqueses, y vigente aún entre ellos, era común a todos los aborígenes de los Estados Unidos, es decir, que estaba difundido en un continente entero, aun cuando se encuentra en contradicción formal con los grados de parentesco que resultan del sistema conyugal que rige en él. Incitó entonces al gobierno federal americano a que recogiese informes acerca del sistema de parentesco de los demás pueblos, tomando por base interrogatorios y cuadros formulados por él mismo. Y de las respuestas dedujo:

1º Que el sistema de parentesco indio-americano estaba igualmente en vigor en Asia, y, bajo una forma un poco modificada en numerosas poblaciones de África y de Australia;

2º Que este sistema se explicaba perfectamente por una forma de matrimonio por grupos, a punto de desaparecer en Hawai y en otras islas australianas;

3º Pero que en estas mismas islas existía, junto a esa forma de matrimonio, un sistema de parentesco que sólo podía explicarse mediante una forma, desaparecida hoy, de matrimonio por grupos, más primitiva aún.

Morgan publicó el conjunto de estas noticias y las conclusiones deducidas de ellas en sus "Systems of Consanguinity and Affinity", 1871, y llegó así la discusión a un terreno infinitamente más amplio. Tomando como punto de partida los sistemas de parentesco y reconstituyendo con ellos sus formas de familia correspondientes, abría nuevo campo a las investigaciones y un horizonte mucho más vasto a la historia primitiva de la humanidad. Si se aceptaba este método, se iba como el humo la ligera construcción de MacLennan.

MacLennan defendió su teoría en la nueva edición del "Primitive marriage" ("Studies ín Ancient History", 1875). Al paso que combina él mismo una historia de la familia con simples hipótesis y de una manera soberanamente artificial, exige a Lubbock y a Morgan, no sólo la prueba de cada uno de sus alegatos, sino nada menos que pruebas de una precisión inatacable, como las que sólo se admiten en algún tribunal de justicia escocés. Y ese mismo hombre es quien, apoyándose en el íntimo parentesco entre el tío materno y el sobrino en los germanos (Tácito: "Germania", cap. XX), en el relato de César, según el cual los bretones tienen sus mujeres en común por grupos de diez o doce, y en todas las demás relaciones que los autores antiguos hacen de la comunidad de las mujeres entre los bárbaros, saca de ello sin vacilar la consecuencia de que la poliandria ha reinado en todos esos pueblos. Parece estarse oyendo a un fiscal que, para amañar sus conclusiones, puede permitirse entera libertad, pero exige al defensor la prueba formal y jurídicamente valedera de cada palabra que éste pronuncie.

Pretende que es pura invención el matrimonio por grupos, y queda con eso muy por debajo de Bachofen. Añade que los sistemas de parentesco de Morgan no son sino simplemente fórmulas de cortesía social, demostradas por el hecho de que al dirigir los indios la palabra hasta a un extranjero, a un blanco, le tratan de hermano o de padre.

Esto es lo mismo que si se quisiera pretender que las palabras: padre, madre, hermano y hermana, son puras fórmulas de apóstrofe sin significación, porque a los sacerdotes y a las abadesas católicas se les saluda igualmente con los nombres de padre y madre, y porque frailes y monjas, lo mismo que los masones y los miembros de los sindicatos ingleses, se tratan entre sí de hermanos y hermanas en sus reuniones solemnes. En una palabra, la defensa de MacLennan era flojísima hasta más no poder.

Pero quedaba un punto acerca del cual no se le había derrotado. No sólo no se había bamboleado la antítesis de las "tribus" exogamas y endogamas en la cual se funda todo su sistema, sino que hasta se reconocía universalmente como el eje en que se sustenta toda la historia de la familia.

Concedíase que el ensayo de demostración de esta antítesis hecho por MacLennan era insuficiente y estaba en contradicción con los hechos por él enumerados. Pero se consideraba como un indiscutible Evangelio la hipótesis misma, la existencia de dos géneros (exclusivos entre sí) de tribus autónomas e independientes, uno de los cuales tomaba sus mujeres en la misma tribu, mientras que eso le estaba prohibido en absoluto al otro. Consúltese, por ejemplo, "Los Orígenes de la Familia", de B. Giraud-Teulon (1874) y aun la obra de Lubbock, "Origin of Civilization" (49 edición, 1884).

Aparece luego la obra fundamental de Morgan, "Ancient Society" (1877), que forma la base de este trabajo. En esta nueva obra se desenvuelve con pleno convencimiento lo que sólo vagamente sospechaba aún Morgan en 1871. La endogamia y la exogamia no forman ninguna antítesis; la existencia de "tribus" exogamas no está demostrada hasta ahora en ninguna parte.

Pero, en la época en que aún dominaba el matrimonio por grupos (y, según toda verosimilitud, ha existido en todas partes en un momento dado), la tribu se escindió en cierto número de grupos consanguíneos por lado materno ("gentes"), en el seno de los cuales estaba prohibido con absoluto rigor el matrimonio, de tal suerte, que los hombres de una "gens" es verdad que podían tomar mujeres en la tribu, y las tomaban efectivamente en ella, pero estaban obligados a tomarlas fuera de su propia "gens". De esta manera, la "gens" era exógama en sentido estricto; pero la tribu, que comprendía la totalidad de las "gentes", era también estrictamente endógama. Esta demostración acabó de echar por el suelo el último resto de las sutilezas de MacLennan.

Pero Morgan no se limitó a esto. La "gens" de los indios americanos le sirvió además para hacer el segundo progreso decisivo en el terreno por él explorado. En esa "gens", organizada con arreglo al derecho materno, descubrió la forma primitiva de donde salió la "gens" ulterior basada en el derecho paterno, la "gens" tal como la encontramos en los pueblos civilizados de la antigüedad. La "gens" griega y romana, que había sido un enigma para todos los historiadores hasta nuestros días, quedó explicada por la "gens" india, y de paso se encontró de ese modo una base nueva para toda la historia primitiva.

Este descubrimiento de la primitiva "gens" de derecho materno, como etapa anterior a la "gens" de derecho paterno de los pueblos civilizados, tiene para la historia primitiva la misma importancia que la teoría de la evolución de Darwin para la biología, y que la teoría del exceso de precio de Marx para la economía política. Puso a Morgan en condiciones para bosquejar por vez primera una historia de la familia, donde por lo menos los estadios clásicos de la evolución quedan asentados en, cuanto lo permiten así los datos actuales. A la vista de todo el mundo está que por eso mismo se inicia una nueva era para el estudio de la prehistoria. La "gens" de derecho materno ha llegado a ser el eje alrededor del cual gira toda esta ciencia, desde su descubrimiento, sábese cómo y en qué dirección encaminar sus investigaciones y de qué manera se ha de agrupar lo que se encuentre. Y por eso, en lo sucesivo se harán en este terreno, progresos mucho más rápidos que antes de aparecer el libro de Morgan.

Los descubrimientos de Morgan se admiten ahora por la universalidad de los prehistoriadores ingleses; o, más bien, éstos se los han apropiado. Pero en casi ninguno de ellos se declara al público que a Morgan debemos esa revolución en las ideas. En Inglaterra ha pasado, en silencio su libro; en cuanto al autor del mismo, se han desembarazado de él dignándose dirigirle algunos elogios por sus "precedentes" producciones; escudriñanse con sumo cuidado los pequeños detalles de su exposición de hechos, pero se guarda silencio pertinaz acerca de sus descubrimientos verdaderamente importantes. La edición original de su libro "Ancient Society" se agotó, en. América no hay salida remunerativa para obras de esta clase; en Inglaterra parece que le han ahogado sistemáticamente, y la única edición de este libro (uno de los que forman época) que circula en las librerías es la traducción alemana.

¿Por qué esa reserva, en la cual es difícil, no advertir una conspiración del silencio, sobre todo al ver las numerosas citas de pura urbanidad y otras pruebas de compadrazgo que hormiguean en las obras de nuestros prehistoriadores de fama? ¿Quizá porque Morgan es americano, y resulta muy dura para los prehistoriadores ingleses, a pesar del indiscutible esmero que ponen en acopiar documentos, verse reducidos a seguir las indicaciones de dos extranjeros de genio, Bachofen y Morgan, en los puntos de vista generales, necesarios para ordenar y agrupar los datos, en una palabra, hasta en sus ideas? Aún pudiera pasar el alemán; pero ¡el americano! En presencia del americano, vuélvase patriota todo inglés, he visto en los Estados Unidos ejemplos chistosísimos. Agréguese a esto que MacLennan era en cierto modo el fundador y el director oficial de la escueta prehistórica inglesa, que hasta cierto punto correspondía al buen tono prehistórico no hablar sino con el más profundo respeto de su alambicada construcción de la historia, que conducía, desde el infanticidio a la familia de derecho materno, pasando, por la poliandria y el matrimonio por rapto. Teníase como criminal herejía manifestar la menor duda acerca de la existencia de "tribus' endogamas y exogamas que se excluyen unas a otras; por consiguiente, al hacer Morgan desvanecerse como el humo todos estos dogmas consagrados, cometía una especie de sacrilegio. Yo, por añadidura, los hacía desvanecer con argumentos cuya sencilla exposición basta para hacer saltar inmediatamente la verdad a los ojos de todos. De tal suerte, que los adoradores de MacLennan, que hasta entonces se zambullían desesperadamente entre la exogamia y la endogamia, casi se vieron obligados a darse de puñadas en la frente, y exclamar: "¿Cómo hemos podido ser tan pazguatos, para no haber encontrado esto nosotros mismos desde hace mucho tiempo?"

Y como si tantos crímenes no fuesen aún suficientes para prohibir a la ciencia oficial toda actitud que no sea la de un desdén de hielo, Morgan hizo desbordarse el vaso, no sólo criticando, de un modo que recuerda a Fourier, la civilización, y la sociedad de la producción mercantil (forma fundamental de nuestra sociedad presente), sino, además, hablando de una transformación de esta sociedad en términos que hubieran podido salir de labios de Karl Marx. "Así. pues, no tiene sino su merecido, cuando indignado MacLennan te acusa de que el método histórico le es absolutamente antipático", y cuando el señor profesor Giraud-Teuton le espeta la misma cosa en Ginebra en 1884. Y, sin embargo, el mismo señor Giraud-Teulon pateaba aún como un desesperado en 1874 ("Orígenes de la familia") en el laberinto de la exogamia de MacLennan: ¡de donde sólo Morgan habría de sacarle!

No necesito detallar aquí los demás progresos que debe a Morgan la historia primitiva; en el curso de mi trabajo se hablará lo que es preciso decir acerca de este asunto. Los catorce años transcurridos desde que apareció su obra capital, han aumentado mucho el tesoro de nuestros materiales para la historia de las sociedades humanas primitivas. Junto con los antropólogos, viajeros y prehistoriadores de profesión, han venido a mezclarse en la contienda los jurisconsultos, aportando documentos inéditos los unos, y nuevos puntos de vista los otros. Más de una hipótesis de Morgan ha llegado a bambolearse y hasta a caducar. Pero los materiales recién acumulados no han conseguido suplantar en parte ninguna sus grandes ideas principales. El orden introducido por él en la historia primitiva subsiste aún en lo primordial de sus rasgos. Sí; puede afirmarse que cuanto más se trata de arrebatar a Morgan su carácter de autor de este gran progreso, tanto más encuentra la aprobación universal el orden que él ha creado.

Vladimir Edgar Méndez Exzacariast

 

CAPITULO I. ESTADOS PREHISTÓRICOS DE CULTURA

Morgan es el primero que con conocimiento de causa ha tratado de introducir un orden preciso en la prehistoria de la humanidad; las agrupaciones adoptadas por él permanecerán de seguro en vigor todo el tiempo en que no obliguen a modificarlas documentos mucho más abundantes.

Dicho se está que de las épocas principales salvajismo, barbarie, civilización, sólo se ocupa de las dos primeras y del paso a la tercera, Divide cada una de las dos en los estadios: inferior, medio y superior, según los progresos realizados en la producción de los medios de existencia, porque dice: "La habilidad en esa producción es lo más a propósito para establecer el grado de superioridad y de dominio de la naturaleza conseguido por la humanidad: el ser humano es, entre todos los seres el único que ha logrado hacerse dueño casi en absoluto de la producción de sus víveres. Todas las grandes épocas del progreso de la humanidad coinciden, de una manera más o menos directa, con las épocas en que se extienden los medios de alimentarse." El descubrimiento de la familia camina al mismo paso, pero sin presentar caracteres tan salientes en lo que atañe a la división de los periodos.

I. ESTADO SALVAJE

1º Estadio inferior. Es la infancia del género humano, el cual, viviendo encima de los árboles, por lo, menos parte de él (y esta es la única explicación de que pudiera continuar existiendo en presencia de las grandes fieras), permanecía aún en sus mansiones primitivas, los bosques tropicales o subtropicales. Los frutos, las nueces y las raíces servían de alimento; el principal producto de esa época es la elaboración de un lenguaje articulado. Ninguno de los pueblos del período histórico que conocemos pertenecía ya a ese estado primitivo. Aun cuando ha podido durar miles de años, no por eso podemos demostrar su existencia con testimonios directos; pero admitiéndose que el ser humano ha salido del reino animal no hay más remedio que aceptar esa transición.

2º Estadio medio. Comienza con el empleo alimenticio de los pescados (entre los cuales contamos también los crustáceos, los moluscos y otros animales acuáticos) y con el uso del fuego. Los dos van juntos, porque sólo el fuego permite hacer comestible de un modo perfecto la pesca. Pero con esta nueva alimentación los hombres hiciéronse independientes del clima y de los lugares; siguiendo el curso de los ríos, y las costas de los mares aun en estado salvaje, pudieron difundirse en la mayor parte de la tierra. Los instrumentos de piedra de la primera edad, trabajados groseramente, sin pulimentar, conocidos con el nombre de paleolíticos, que pertenecen todos o la mayoría de ellos a este período y se encuentran desparramados por todos los continentes, son pruebas de hecho en apoyo de esas emigraciones. La ocupación de nuevas zonas, el instinto descubridor siempre despierto, y la posesión del fuego por medio del frotamiento, crearon alimentos nuevos, tales como las raíces y los tubérculos amiláceos cocidos entre ceniza caliente o en hornos excavados en el suelo; y tales también como la caza, que con la invención de las primeras armas la maza y la lanza llegó a ser para la alimentación un recurso ocasional. Jamás hubo pueblos exclusivamente cazadores, como se dice en los libros, es decir que vivían sólo de la caza, porque el producto de ésta es harto inseguro. Por efecto de la constante incertidumbre de los medios de alimentarse, parece establecerse durante ese estadio la usanza de la antropofagia, que desde entonces se sostiene durante largo tiempo. Los australianos y muchos polinesios se hallan hoy aun en ese estado medio del salvajismo.

3º Estadio superior. Comienza con la invención del arco y de la flecha, gracias a los cuales llega la caza a ser un alimento corriente; y el cazar una de las ramas habituales del trabajo. El arco, la cuerda y la flecha forman ya un instrumento muy complejo, cuya invención supone larga experiencia acumulada y facultades mentales superiores, así como el conocimiento simultáneo de otra multitud de inventos. Si comparamos los pueblos que conocen el arco y la flecha, pero no el arte de la alfarería (del cual deriva Morgan el tránsito a la barbarie), encontramos ya algunos comienzos de residencia fija en aldeas, cierto dominio de la producción de los medios de subsistir, vasijas y trebejos de madera, el tejido a mano (sin telar) con fibras de corteza, cestos trenzados con corteza o con juncos, armas de piedra pulimentada (neolíticas). En la mayoría de los casos, el fuego y el hacha de piedra han producido ya la piragua formada por un solo tronco de árbol (monóxila), y en ciertas comarcas las vigas y las tablas necesarias para construir casas. Todos estos progresos los encontramos, por ejemplo, entre los indios del Noroeste de América, que conocen el arco y la flecha, pero no la alfarería. El arco y la flecha fueron para el estado salvaje lo que la espada de hierro para la barbarie y el arma de fuego para la civilización: el arma decisiva.

II. BARBARIE

1º Estadio inferior. Empieza al introducirse el uso de la alfarería. En muchos casos, y verosímilmente, nació ésta de la costumbre de recubrir con arcilla los objetos de cestería o de madera, para hacerlos refractarios al fuego; lo cual no tardó en hacer descubrir que la arcilla moldeada no tenía necesidad del objeto interior para prestar este servicio.

Hasta aquí hemos podido considerar la marcha del progreso de un modo general, aplicándose en un periodo determinado a todos los pueblos, sin distinción de localidades. Pero con el advenimiento de la barbarie hemos llegado a un estadio en que se marca la diferencia de los dones naturales entre los dos grandes continentes terrestres. El momento característico del período de la barbarie es la domesticación y cría del ganado y el cultivo de los cereales. Pues bien; el continente occidental, el llamado antiguo mundo, poseía casi todos los animales domesticables y toda clase de cereales propios para el cultivo, menos uno de éstos; el continente occidental (América) no tenía más mamíferos mansos que la llama (y aun así, nada más que en una parte del Sur), y una solo de los cereales cultivables, pero el mejor, el maíz. Estas condiciones naturales diferentes, hacen que desde ese momento siga su marcha propia la población de cada hemisferio, y que las señales puestas como límites de los estados particulares difieran en cada uno de los dos casos.

2º Estadio medio. Comienza en el Este con la cría de los animales domésticos, en el Oeste con el cultivo de las hortalizas por medio del riego y con el empleo de adobes (ladrillo sin cocer y seco al sol) y de la piedra para la construcción de edificios.

Comenzamos por el Oeste, porque este estadio no ha sido sobrepujado en ninguna parte hasta la conquista europea.

Entre los indios del estadio inferior de la barbarie (de los cuales forman parte todos los que se encuentran al Este del Mississipi), existía ya en la época del descubrimiento cierto cultivo hortense del maíz y quizá de la calabaza, del melón y otras plantas de huerta que les suministraban una parte muy esencial de su alimentación; vivían en casas de madera, en aldeas protegidas por empalizadas. Las tribus del Noroeste, principalmente las del valle de Colombia, hallábanse aún en el estadio superior del estado salvaje, sin conocer la alfarería ni el cultivo de ninguna clase de plantas. Por el contrario, los indios de los llamados pueblos de Nuevo México, los mexicanos, los centroamericanos y los peruanos de la época de la conquista, hallábanse en el estadio medio de la barbarie; vivían en casas de adobes y de piedra en forma de fortalezas; cultivaban el maíz y otras plantas alimenticias, diferentes según la orientación y el clima, en huertos de riego artificial que suministraban la Principal fuente de alimentación; hasta habían reducido a la domesticidad algunos animales; los mexicanos, el pavo y otras aves; los peruanos, él llama. Además, sabían laborar los metales, excepto el hierro; por eso continuaban en la imposibilidad de prescindir de sus armas e instrumentos de piedra. La conquista española cortó en redondo todo ulterior desenvolvimiento autónomo.

En el Este comenzó el estadio medio de la barbarie con la domesticación de animales para el suministro de leche y carne, mientras que el cultivo de las plantas parece ser que permaneció desconocido allí hasta una época muy avanzada de ese período. La domesticación de animales, la cría de ganados y la formación de grandes rebaños, parecen haber hecho que los arios y los semitas se apartasen del resto de la masa de los bárbaros. Los nombres que designan animales son aún comunes a los arios de Europa y de Asia, pero de ningún modo lo son los de las plantas cultivadas.

La consecuencia de la formación de rebaños fue hacer que se erigiesen comarcas adecuadas para la vida pastoril; los semitas, en las praderas del Eufrates y del Tigris; los arios en las de las Indias, el Oxus y el Yaxartes, el Don y el Dnieper. En las fronteras de esos países de pastos es donde primero debieron domesticarse animales de ganadería. Así, pues, a las generaciones posteriores paréceles que los pueblos pastores procedían de comarcas que, lejos de ser la cuna del género humano, eran, por el contrario, casi inhabitables para sus salvajes abuelos y hasta para gentes del estadio inferior de la barbarie. Y, a la inversa, en cuanto esos bárbaros del estadio medio se habituaron a la vida pastoril, nunca se les hubiera podido ocurrir la idea de abandonar voluntariamente las llanuras herbosas para volver a los territorios selváticos donde habitaron sus antepasados. Y ni aun cuando fueron rechazados más lejos les fue posible a los semitas y a los arios retirarse a las regiones de los bosques en el Asía occidental y en Europa, antes de haberlas puesto, por el cultivo de los cereales, en estado de alimentar sus ganados en este suelo menos favorable y, sobre todo, de invernar en él. Es más que verosímil que el cultivo de los granos naciese aquí, en primer término, de la necesidad de forrajes para bestias, y que hasta más tarde no se utilizasen aquellos para alimentar al hombre.

La civilización superior de arios y semitas quizá deba atribuirse a la abundancia de la carne y de la leche en los territorios ocupados por estas dos razas, y en particular a su benéfica acción sobre el desarrollo de la infancia. Es un hecho que los indios de los pueblos de Nuevo México, que se ven reducidos a una alimentación casi exclusivamente vegetal, tienen un cerebro mucho más pequeño que los indios del estadio inferior de la barbarie, que comen más carne y pescado. En todos los casos, en el curso de este estadio desaparece poco a poco la antropofagia y no se sostiene ya sino como acto religioso o como sortilegio, lo cual viene a ser casi lo mismo.

3º Estadio superior. Comienza con la fundición del mineral de hierro, y pasa al estadio de la civilización con el invento de la escritura alfabética y su empleo para la notación literaria. Este estadio, que, como hemos dicho, no ha existido de una manera independiente sino en el hemisferio occidental, supera por los progresos de la producción a todos los anteriores juntos. A este estadio pertenecen los griegos, de la época heroica, las tribus itálicas poco antes de la fundación de Roma, los germanos de Tácito, los normandos del tiempo de los Vikingos.

Ante todo, nos hallamos aquí con el arado de hierro arrastrado por animales que hace posible el cultivo de la tierra en gran escala, la agricultura, y por lo mismo produjo un aumento prácticamente casi ilimitado de los medios de existencia para las condiciones de entonces; el arado es el que hizo aprovechables la tala de los bosques y su transformación en tierras de labor y en praderas, transformación imposible antes de que se introdujesen el hacha y la reja de hierro. Pero también resultó de ello un rápido aumento de la población y de la densidad de ésta en un espacio pequeño. Antes de la era de la agricultura, debió necesitarse de un estado de cosas muy excepcional, para que medio millón de hombres pudieran reunirse bajo una misma y única dirección central, y es de creer que esto no aconteció nunca.

En los poemas homéricos, principalmente en la Iliada, es donde encontramos la época más floreciente del estadio superior de la barbarie. La principal herencia que los griegos llevaron de la barbarie a la civilización fue: trebejos de hierro perfeccionados, el molino de brazo, la rueda de alfarero, la preparación del aceite y del vino, el trabajo de los metales ascendido a la categoría de oficio artístico, la carreta y el carro de guerra, la construcción de barcos por medio de tablones y vigas, los comienzos de la arquitectura como arte, las ciudades amuralladas con torres y almenas, la epopeya homérica y el conjunto de la mitología. Sí comparamos con esto la descripción hecha por César y hasta por Tácito, de los germanos, que estaban al principio del estadio de cultura, del cual iban a pasar los griegos a un grado más alto, vemos qué espléndido desarrollo de la producción abarca el estadio superior de la barbarie.

El cuadro del desenvolvimiento de la humanidad a través del salvajismo y de la barbarie hasta los comienzos de la civilización, cuadro que acabo de bosquejar siguiendo a Morgan, es bastante rico ya en caracteres nuevos e innegables, puesto que están deducidos inmediatamente de la producción. Y, sin embargo, parecerá empañado e incompleto si se compara con el que se desarrollará al final de nuestro viaje; sólo entonces será posible presentar con toda claridad el tránsito de la barbarie a la civilización y el pasmoso contraste entre ambas. Pero desde ahora podemos generalizar así la clasificación de Morgan:

Salvajismo. Período en que predomina la apropiación de productos naturales enteramente formados; las producciones artificiales del hombre están destinadas, sobre todo, a facilitar esa apropiación.

Barbarie. Período de la ganadería y de la agricultura y de adquisición de métodos de creación más activa de productos naturales por medio del trabajo humano.

Civilización. Período en que el hombre aprende a elaborar productos artificiales, valiéndose de los productos de la naturaleza como primeras materias, por medio de la industria propiamente dicha y del arte.

CAPÍTULO II. LA FAMILIA

Morgan, que pasó gran parte de su vida entre los iroqueses establecidos aún actualmente en el Estado de Nueva York, y fue adoptado en una de sus tribus (la de los senekas), encontró vigente entre ellos un sistema de parentesco en contradicción con sus verdaderos vínculos de familia.

Reinaba allí esa especie de matrimonio, fácilmente disoluble por ambas partes, llamado por Morgan "familia sindiásmica". La descendencia de una pareja conyugal de esta especie era, pues, patente y reconocida por todo el mundo; ninguna duda podía quedar acerca de saber a quién debían aplicarse los apelativos de padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana. Pero el empleo de estas expresiones está en completa contradicción con aquella manera de ver. El iroqués no sólo llama hijos e hijas a los suyos propios, sino que también a los de sus hermanos; y los hijos del segundo, llaman padre también al primero. Por el contrario, llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanas, los cuales le llaman tío. Inversamente la iroquesa, a la vez que a los propios, llama hijos e hijas de ella a los de sus hermanas, quienes le dan el nombre de madre. Pero llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanos, hijos que la llaman tía. Los hijos de hermanos se llaman entre sí hermanos y hermanas. y lo mismo hacen por su parte, los hijos de hermanas. Los hijos de una mujer y los del hermano de ésta se llaman mutuamente primos y primas. Y no son simples nombres, sino expresión de la idea que se forma de lo próximo o lejano, de lo igual o desigual del parentesco consanguíneo, expresiones que sirven de base a un sistema de parentesco completamente elaborado y capaz de expresar muchos centenares de relaciones de parentesco, diferentes para un solo individuo. Hay más. Este sistema, no sólo se halla en pleno vigor en todos los indios de América (hasta ahora no se han encontrado excepciones), sino que además existe, casi sin cambio ninguno, en los aborígenes de la India, en las tribus dravidianas del Dekán y en las tribus goras del Indostán. Los nombres de parentesco de los tamilas del sur de la India y los de los senekasiroqueses del Estado de Nueva York están hoy aún de acuerdo para más de doscientos géneros de parentesco diferentes. Y en esas tribus de la India, como entre los indios de América, las relaciones de parentesco resultantes de la vigente forma de la familia están en contradicción con el sistema de parentesco.

¿Cómo explicarlo? Por el fundamental papel que la consanguinidad representa en el orden social entre todos los pueblos salvajes y bárbaros; es imposible suprimir con mera palabrería la importancia de un sistema tan difundido. Un sistema que está universalmente en vigor en América, que existe en Asia entre pueblos de razas diferentes del todo, del cual se encuentran formas más o menos modificadas por todas partes, en África y en Australia, semejante sistema requiere ser explicado históricamente y no soslayarse con frases, como, por ejemplo, ha intentado hacerlo MacLennan. Los apelativos de padre, hijo, hermano, hermana, no son simples títulos honoríficos, sino que, por el contrario, traen consigo serios deberes recíprocos perfectamente definidos, y cuyo conjunto forma una parte esencial de la constitución social de esos pueblos. Y se ha encontrado la explicación del hecho. En las islas Sandwich (Hawai) aún existía en la primera mitad de este siglo una forma de familia que suministraba el mismo género de padres y madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas, tíos y tías, sobrinos y sobrinas, que requiere el sistema de parentesco de los indios primitivos de América. Pero (¡cosa extraña!) el sistema de parentesco que estaba vigente en Hawai tampoco respondía a la forma de familia que allí existía de hecho es decir, que en este país todos los hijos de hermanos y hermanas, sin excepción, son hermanos y hermanas entre sí y se reputan como hijos comunes, no sólo de su madre y de las hermanas de ésta o de su padre y de los hermanos de éste, sino que también de todos los hermanos y hermanas de sus padres y madres sin distinción. Por lo tanto, si el sistema americano de parentesco presupone una forma más primitiva de la familia, que ya no existe en Alemania, por otra parte el sistema hawaiano nos lleva a otra forma aún más rudimentaria de la familia, cuya existencia, es cierto que ya no podemos demostrar en ninguna parte, pero que ha debido necesariamente existir, puesto que sin eso no hubiera podido nacer el sistema de parentesco que le corresponde. "La familia, dice Morgan, es el elemento activo; nunca permanece estacionaria, sino que pasa de una forma inferior a una forma superior a medida que la sociedad evoluciona de un grado más bajo a otro más alto. En cambio, los sistemas de parentesco son pasivos; sólo después de largos intervalos registran los progresos hechos por la familia en el curso de las edades, y no sufren radical modificación sino cuando se ha modificado radicalmente la familia" "Y, añade Karl Marx, lo mismo sucede con los sistemas políticos, jurídicos, religiosos y filosóficos." Al paso que la familia continúa viviendo, el sistema de parentesco se dosifica; y mientras que éste se mantiene por la fuerza de la costumbre, la familia sigue independiente de aquél. Pero, así como Cuvier, al descubrirse en el suelo parisiense huesos marsupiales de un esqueleto, pudo deducir que éste pertenecía a un animal didelfo y que animales de este género, desaparecidos entonces, vi vieron en otros tiempos en aquella comarca; de igual manera, de un sistema de parentesco históricamente transmitido, podemos inducir que existió una forma de familia correspondiente, hoy extinta.

Los sistemas de parentesco y las formas de familia que acabamos de recordar difieren de los reinantes hoy, en que cada hijo tenía varios padres y madres. En el sistema americano de parentesco, al cual corresponde la familia hawaiana, pueden ser padre y madre de un mismo hijo un hermano y una hermana; pero el sistema de parentesco hawaiano presupone una familia en la cual, por el contrario, esto es la regla. Llegamos aquí a una serie de formas de familia que están en contraposición absoluta con las admitidas hasta ahora como únicas valederas. Según las ideas corrientes, nuestra sociedad no conoce más que la monogamia, junto a ella la poligamia de un hombre, y, en rigor, la poliandria de una mujer; como conviene al fariseo moralista, pasa en silencio que en la práctica se salta tácitamente y sin escrúpulos por encima de las barreras impuestos por la sociedad oficial. En cambio, el estudio de la historia primitiva nos manifiesta condiciones en que la poligamia de los hombres y la poliandria de las mujeres van juntas, y en que, por consiguiente, los hijos comunes se considera que les pertenecen en común. A su vez, esas mismas condiciones pasan por toda una serie de modificaciones hasta que se resuelven en la monogamia. Estas modificaciones son de tal especie, que el círculo que abarca la unión conyugal común, y que era muy amplio en su origen, se estrecha poco a poco hasta que, por último, ya no deja subsistir sino la pareja aislada que hoy predomina.

Reconstituyendo de esta suerte la historia de la familia, Morgan llega a estar de acuerdo con la mayor parte de sus colegas acerca de un primitivo estado de cosas según el cual, en el seno de una tribu imperaba el comercio sexual sin obstáculos, de tal suerte que cada mujer pertenecía igualmente a todos los hombres y cada hombre a todas las mujeres.

Desde el siglo anterior habíase hablado de un estado primitivo de esta clase, pero sólo de una manera general; Bachofen fue el primero (y este es uno de sus mayores méritos) que lo tomó en serio, e investigó sus vestigios en las tradiciones históricas y religiosas. Sabemos hoy que esos vestigios descubiertos por él no conducen a ningún período social de comercio sexual sin trabas, sino a una forma muy posterior: el matrimonio por grupos. Aquel período social primitivo, aún admitiendo que haya existido realmente, pertenece a una época tan remota, que de ningún modo podemos prometernos encontrar pruebas directas de su existencia, ni aun en los fósiles sociales, entre los salvajes más atrasados. El mérito de Bachofen consiste, precisamente, en haber puesto este punto en el primer término de la discusión.

En estos últimos tiempos se ha hecho de moda negar ese período inicial de la vida sexual del hombre. Se quiere ahorrar esa "vergüenza" a la humanidad. Y para ello apóyanse, no sólo en la falta de pruebas directas, sino sobre todo en el ejemplo del resto del reino animal, De éste ha sacado Letourneau ("Evolution du mariage et de la familte", 1888), numerosos hechos, con arreglo a los cuales un comercio sexual sin trabas no es propio sino de las especies más inferiores. Pero de todos estos hechos no puedo inducir más conclusión que ésta: no prueban absolutamente nada respecto al hombre y a sus primitivas condiciones de existencia. El emparejamiento por largo plazo en los vertebrados tiene suficiente explicación en los motivos fisiológicos, por ejemplo, en las aves por la necesidad de proteger a la hembra mientras incuba los huevos; los ejemplos de fiel monogamia que se encuentran en las aves no prueban nada respecto al hombre, puesto que éste no desciende precisamente del ave. Y sí la estricta monogamia es el colmo de la virtud, la palmera tiene que ceder ante la tenía solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un aparato sexual masculino y femenino completo, y se pasa la existencia entera apuntándose casualmente consigo misma en cada uno de esos anillos reproductores. Pero si nos atenemos a los mamíferos, encontramos en ellos todas las formas de la vida sexual, la promiscuidad, la unión por grupos, la poligamia, la monogamia; sólo falta la poliandria, a la cual nada más que los seres humanos podían llegar. Hasta nuestros parientes más próximos, los cuadrumanos, presentan todas las variedades posibles del agrupamiento entre machos y hembras; y si nos encerramos en límites aún más estrechos y no ponemos mientes sino en las cuatro especies de monos antropomorfos, Letourneau no sabe decirnos acerca de ellos sino que viven cuándo en la monogamia, cuándo en la poligamia; mientras que Saussure (en la obra de Giraud-Teulon) declara que son monógamos. También distan mucho de probar nada los recientes asertos de Westermark (The History of Human Marriage, London, 1891), acerca de la monogamia del mono antropomorfo. En resumen, los datos son de tal naturaleza, que el honrado Letourneau conviene en que "no hay en los mamíferos ninguna relación entre el grado de desarrollo intelectual y la forma de la unión sexual." Y Espinas dice con franqueza (Les sociétes animales 1877): "El aduar es el más elevado de los grupos sociales que hemos podido observar en los animales. Parece compuesto de familias, pero hasta en su origen son antagónicos la familia y el aduar; se desarrollan en razón inversa una de otro."

Según acabamos de decirlo, no sabemos nada positivo acerca de los grupos de familia y otras agrupaciones sociales de los monos antropomorfos; los datos que de eso tenemos se contradicen diametralmente, y no hay que extrañarse. ¡Las nociones que, tenemos respecto de las tribus humanas en estado salvaje están ya tan llenas de contradicciones y tan necesitadas de pasarlas por el tamiz del examen crítico! Pues las sociedades de los monos son mucho más difíciles de observar que las de los hombres. Por tanto, hasta una información amplia, necesitamos renunciar a inducir ninguna conclusión definitiva de datos tan por completo insuficientes.

Por el contrario, la frase de Espinas que hemos citado nos da mejor punto de apoyo. La horda y la familia, en los animales superiores, no son complementos recíprocos, sino antagónicos. Espinas demuestra muy bien cómo la rivalidad de los machos durante el período del celo relaja o suprime momentáneamente los lazos sociales de la horda. "Allí donde está íntimamente unida la familia no vemos formarse hordas, salvo raras excepciones. Por el contrario, las hordas se constituyen de un modo natural, hasta cierto punto, donde reinan la promiscuidad o la poligamia. Para que se produzca la horda se necesita que los lazos domésticos se hayan relajado algún tanto y que el individuo haya recobrado su libertad. Por eso escasean de tal manera entre las aves las hordas organizadas. En cambio, entre los mamíferos es donde encontramos sociedades un poco constituidas, precisamente porque en esta clase el individuo no se deja absorber por la familia. Así, pues, la conciencia colectiva de la horda no debe tener en su origen enemigo más grande que la conciencia colectiva de la familia. No titubeamos en decirlo: si se establece una sociedad superior a la familia, no puede ser sino incorporándose a ella familias profundamente alteradas, salvo el permitir a éstas, más adelante, reconstituirse en el seno de aquélla, al amparo de condiciones infinitamente más favorables." (Espinas, citado por Giraud-Teulon: Oriqines du mariaqe et de la famille, 1884, págs. 518520).

Vemos, pues, que, en efecto, las sociedades animales tienen cierto valor para las conclusiones que pueden inducirse de ellas respecto a las sociedades humanas, pero un valor puramente negativo. Según nos es posible saberlo hasta ahora, el vertebrado superior no conoce sino dos formas de familia: la poligamia y la monogamia. Los celos del macho, lazo y límite de la familia a la vez, hacen de la familia animal la antagonista de la horda, la horda que es la forma más elevada de la sociabilidad, se hace imposible; se relaja o se disuelve durante el período del celo; y, en el caso más favorable, entorpecen su desarrollo los celos de los machos. Esto basta para probar que la familia animal y la sociedad humana primitiva son dos cosas incompatibles; que los hombres primitivos, en la época en que pugnaban por elevarse por encima de la animalidad, o no tenían ninguna noción de la familia, o, a lo sumo, sólo conocían una forma que no se encuentra en los animales. Un animal tan inerme como el hombre pudo en pequeño número sostenerse aún en estado de aislamiento; mientras que la forma de sociabilidad más elevada es la monogamia, tal como bajo la fe de cazadores la atribuye Westermarck al gorila y al chimpancé. Para salir de la animalidad, para realizar el mayor progreso que presenta la naturaleza, era preciso un elemento nuevo, hacía falta reemplazar la carencia de poder defensivo del hombre aislado, por la unión de fuerzas y la acción común de la horda. En condiciones como las en que viven hoy los monos antropomorfos, sería sencillamente inexplicable el tránsito a la humanidad; estos monos producen más bien el efecto de líneas colaterales desviadas, que caminan a la extinción y que de todas maneras están en decadencia. Con esto basta para rechazar toda especie de paralelo entre sus formas de familia y las de la humanidad primitiva. Pero la tolerancia recíproca entre machos adultos, la falta de celos, eran las primeras condiciones necesarias para formarse esos grupos extensos y duraderos en el seno de los cuales, únicamente, es donde ha podido realizarse la evolución de la animalidad hacía la humanidad. Y, en efecto, ¿qué encontramos como forma más antigua y primitiva de la familia, aquella cuya existencia indudable nos manifiesta la historia que aún podemos estudiar hoy en algunas partes? El matrimonio por grupos, la forma en que grupos enteros de hombres y grupos enteros de mujeres se poseen recíprocamente, es forma que deja poquísimo lugar a los celos. Y además encontramos, en un estadio posterior de desarrollo, la forma excepcional de la poliandria, que excluye en absoluto los celos, y que, por tanto, es desconocida entre los animales. Pero como las formas de matrimonio por grupos que conocemos, van acompañadas por una complicación tan característica, que recuerdan necesariamente formas anteriores más sencillas de la unión sexual, y, en último término, un período de promiscuidad correspondiente al tránsito de la animalidad a la humanidad, el retorno a las uniones animales nos conduce exactamente al punto que se nos debía hacer pasar de una vez para siempre.

¿Qué significa lo de comercio sexual sin trabas? Eso significa que no existían los límites prohibitivos de ese comercio, vigentes hoy o en una época anterior. Ya hemos visto caer las barreras de los celos. Hay un hecho de los más ciertos de todos, y es: que los celos son un sentimiento que se ha desarrollado relativamente tarde. Lo mismo sucede con la idea del incesto. No sólo en la época primitiva eran marido y mujer el hermano y la hermana, sino que aún hoy es lícito en cierto número de pueblos el comercio sexual entre padres e hijas. Ban croft (The native Races of the Pacífic Coast of North Ameríca, 1885, tomo 1) atestigua este hecho respecto a los kadiakos, cerca de Alaska, y respecto a los tinnehs, en el centro de la América del Norte inglesa, Letourneau reúne numerosos ejemplares de mí o hechos relativos a los indios chippenways, os cucús de Chile, los caribes, los karens del fondo de la India; y esto, dejando a un lado los relatos de los antiguos griegos y romanos acerca de los parthos, los persas, los escítas, los hunos, etcétera ... Antes de la invención del incesto (porque es una invención, y hasta de las más preciosas), el comercio sexual entre padres e hijos no podía ser más horripilante que el habido entre otras dos personas que pertenecieron a generaciones diferentes. Y esto último sucede aún muy a menudo en nuestros días, hasta en los países más mojigatos, sin producir grande horror. "Señoritas" viejas de más de sesenta años, se casan con hombres jóvenes menores de treinta años, con tal de que sean bastante ricas. Pero si a las formas primitivas de la familia que conocemos les quitamos las ideas de incesto que corresponden a aquéllas (ideas que difieren en absoluto de las nuestras, y que a menudo las contradicen por completo), vendremos a parar a una forma de trato carnal que sólo puede llamarse comercio sexual sin reglas, en el sentido de que aún no existían las restricciones impuestos más tarde por la costumbre. Pero de esto no se deduce de ninguna manera que en la práctica cotidiana hubiese un confuso revoltijo. De ningún modo quedan excluidas las uniones temporales a plazo, hasta el punto de que forman la mayoría de los casos aun en el casamiento por grupos. Y cuando Westermarck, que es quien más recientemente ha negado ese estado de cosas, designa con el nombre de matrimonio a todo estado en el cual permanecen unidos los dos sexos hasta el nacimiento de un vástago, puede respondérsela que esta clase de matrimonio podía muy bien hallarse en el estado del comercio sexual sin reglas, sin contradecir en nada a la falta de trabas, es decir, a la carencia de límites sería lados por la costumbre al comercio sexual. Verdad es que Westermarck parte del punto de vista de que "la falta de trabas supone la restricción de las inclinaciones individuales", de tal suerte, que "su forma por excelencia es la prostitución". Paréceme más bien que es imposible formarse la menor idea de las condiciones primitivas, mientras para examinarlas se mire a través del cristal del lupanar. Cuando hablemos del matrimonio por grupos volveremos a tratar de este asunto.

Según Morgan, salieron verosímilmente pronto de ese estado primitivo del comercio sexual sin trabas:

1º La familia consanguínea. Es la primera etapa de la familia. Los grupos conyugales sepárense aquí según las generaciones: todos los abuelos y abuelas, en los límites de la familia, son maridos y mujeres entre sí; lo mismo sucede con sus hijos, es decir, los padres y las madres; los hijos de éstos, forman, a su vez, el tercer círculo de cónyuges comunes; y sus hijos, es decir, los bisnietos de los primeros, el cuarto. En esta forma de la familia, los ascendientes y los descendientes, los padres y los hijos, son los únicos que están excluidos entre sí de los derechos y de los deberes (pudiéramos decir) del matrimonio. Hermanos y hermanas, primos y primas en primero, segundo y restantes grados más lejanos, son todos ellos entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo todos ellos maridos y mujeres unos de otros. El vínculo de hermano y hermana, en ese período, tiene consigo el ejercicio del comercio carnal recíproco. La fisonomía típica de una familia de esta clase consiste en descender de una pareja; y en que, a su vez, los descendientes en cada grado particular son entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo maridos y mujeres unos de otros.

La familia consanguínea ha desaparecido. Ni aun los pueblo más groseros de que habla la historia nos presentan ningún ejemplo de ella. Pero nos vemos obligados a admitir que ha debido existir, puesto que el sistema de parentesco hawaiano que aún reina hoy en toda la Polinesia, expresa grados de parentesco consanguíneo que sólo han podido nacer con esa forma de familia; y nos vemos obligados a ello por todo el desarrollo ulterior de la familia, que exige esa forma como estadio previo necesario.

2º La familia punalúa. Sí el primer progreso de la organización ha consistido en excluir a los padres y los hijos del comercio sexual recíproco, el segundo ha consistido en la exclusión de los hermanos y las hermanas. Por la mayor igualdad de edades de los interesados, este progreso ha sido infinitamente más importante, pero también mucho más difícil que el primero. Es verosímil que se haya realizado poco a poco, excluyendo del comercio sexual a los hermanos y hermanas uterinos (es decir, por parte de madre), al principio en casos aislados, luego como regla general (en Hawai aún había excepciones en los comienzos de este siglo), y acabando por prohibirse el matrimonio hasta entre hermanos colaterales (es decir, según nuestros actuales nombres de parentesco, los primos carnales, primos segundos y primos terceros). Este progreso constituye, según Morgan, "un pasmoso ejemplo de la influencia del principio de la selección". Sin duda, las tribus donde ese progreso limitó la reproducción entre consanguíneos, debieron des arrollarse de una manera más rápida y más completa que aquellas donde continuó siendo la regla general el matrimonio entre hermanos y hermanas. La institución de la gens nos hace comprender hasta qué punto se dejaba sentir la acción de ese progreso; la gens, nacida inmediatamente de él, y que pasándose con mucho del fin que se le había señalado, formó la base del orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos de la tierra, y desde la cual pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, a la civilización.

Cada familia primitiva tenía que escindirse a lo sumo después de algunas generaciones. El hogar doméstico comunista primitivo, que domina exclusivamente hasta muy entrado el estadio medio de la barbarie, prescribía una extensión máxima de la comunidad familiar, variable según las circunstancias, pero bastante determinada en cada localidad. En cuanto brotó la idea de la inconveniencia de la unión sexual entre hijos de la misma madre, debió ejercer una acción eficaz sobre esas escisiones de antiguos hogares comunistas y sobre la formación de otros nuevos que, por supuesto, no coincidían por necesidad con la agrupación de familia. Una o varias series hacíanse núcleo de uno de ellos, y sus hermanos carnales núcleo de otro. De la familia consanguínea salió, así o de una manera análoga, la forma de familia a la cual ha dado Morgan el nombre de punalúa.

Según la costumbre hawaiana, cierto número de hermanas carnales o más lejanas (es decir, primas en primero, segundo y otros grados), eran mujeres comunes de sus maridos comunes, de los cuales quedaban excluidos los hermanos de ellas; esos hombres, por su parte, tampoco se llamaban entre sí hermanos (lo cual ya no tenía necesidad de ser), sino punalúa, es decir, compañero íntimo, como quien dice consocio. De igual modo, una serie de hermanos uterinos o más lejanos, tenían en matrimonio común cierto número de mujeres, con exclusión de las hermanas de ellos, y esas mujeres se llamaban entre sí punalúa. Este es el tipo clásico de una formación de familia que tiene una serie de variaciones, y cuyo rasgo característico esencial era: comunidad recíproca de hombres y mujeres en el seno de un determinado círculo de familia, pero del cual se excluían al principio los hermanos carnales, y más tarde, también los hermanos más lejanos de las mujeres, e inversamente también las hermanas de los hombres.

Esta forma de la familia nos indica ahora con la más perfecta exactitud los grados de parentesco, tal como los expresa el sistema americano. Los hijos de las hermanas de mi madre son también hijos de ésta, como los hijos de los hermanos de mi padre lo son también de éste; y todos esos hijos son hermanas y hermanos míos. Pero los hijos de los hermanos de mí madre son sobrinos y sobrinas de ésta, como los hijos de las hermanas de mi padre, son sobrinos y sobrinas de éste; y todos esos hijos son primos y primas míos. Pues, al paso que los maridos de las hermanas de mí madre son también maridos de ésta, y de igual modo las mujeres de los hermanos de mi padre son también mujeres de éste de derecho, si no siempre de hecho, la prohibición social del comercio sexual entre hermanos y hermanas, ha dividido en dos clases los hijos de hermanos y de hermanas, tratados hasta entonces indistintamente como hermanos y hermanas: unos siguen siendo después, como lo eran antes, hermanos y hermanas entre sí (más lejanos); otros no pueden seguir siendo ya hermanos y hermanas, ya no pueden tener progenitores comunes, ni el padre solo, ni la madre sola, ni ambos juntos; y por eso se hace necesaria por primera vez la clase de los sobrinos y sobrinas, de los primos y primas. El sistema de parentesco americano, que parece sencillamente absurdo en toda forma de familia que descanse de cualquier modo en la monogamia, se explica de una manera racional y se motiva de una manera natural, hasta en sus particularidades más intimas, por la familia punalúa. Allí donde se encuentre este sistema de parentesco, tuvo que hallarse establecida la familia punalúa, o una forma análoga.

Esta forma de la familia, cuya existencia actual está demostrada en Hawai, verosímilmente lo hubiera sido también en toda la Polinesia si los piadosos misioneros, como antaño los frailes españoles en América, hubiesen podido ver en estas situaciones anticristianas otra cosa más que una sencilla "abominación". Cuando César nos dice de los bretones, los cuales se hallaban en aquel momento en el estadio medio de la barbarie: "Tienen comunes entre sí las mujeres, por decenas o docenas, y hasta con la mayor frecuencia entre hermanos y hermanas, padres e hijos", esto se explica sin dificultad ninguna con el matrimonio por grupos. Las madres bárbaras no tienen diez o doce hijos en edad de poder sostener mujeres comunes; pero el sistema americano de parentesco, que corresponde a la familia punalúa, suministra gran número de hermanos, puesto que todos los primos próximos o remotos de un hombre son hermanos de él. Es posible que lo de padres e hijos" sea un concepto erróneo de César; sin embargo, no está absolutamente prohibido por este sistema que puedan encontrarse en el mismo grupo conyugal padre e hijo, madre e hija; pero sí lo está el que se encuentren en él padre e hija, madre e hijo. Esta forma de la familia suministra también la más fácil explicación de los relatos de Herodoto y de otros escritores antiguos acerca de la comunidad de mujeres en los pueblos salvajes y bárbaros. Lo que Watson y Kaye (The people of fndia') cuentan de los tikurs del Audh, al Norte del Ganges, debe referirse también a la familia punalúa: "Viven casi indistintamente juntos (es decir, sexualmente), en grandes comunidades; y cuando dos individuos se consideran como casados el uno con el otro, no por eso deja de ser puramente nominal el vínculo que los une."

En la inmensa mayoría de los casos, la institución de la gens ha salido directamente de la familia punalúa. Cierto es que el sistema de clases australiano también presenta un punto de partida de aquéllas; los australianos tienen gentes, pero aun no tienen familia punalúa. Sin embargo, su organización social es un hecho harto aislado para que hayamos de tenerlo en cuenta.

En ninguna forma de la familia por grupos puede saberse con certeza quién es el padre de la criatura, pero sí se sabe quién es la madre. Aun cuando ésta llama hijos suyos a todos los de la familia común y tiene deberes maternales para con ellos, no por eso deja de distinguir a sus propios hijos entre los demás. Por tanto, es claro que en todas partes donde existe el matrimonio por grupos, la descendencia no puede demostrarse sino por la línea materna y, por consiguiente, sólo se reconoce la filiación femenina. En ese caso se encuentran, en efecto, todos los pueblos salvajes y los que se hallan en el estadio inferior de la barbarie; haberío descubierto antes que nadie es el segundo gran mérito de Bachofen. Designa este reconocimiento exclusivo de la filiación maternal, y las relaciones de herencia que después se han deducido de él, con el nombre de "derecho materno"; conservó esta expresión en aras de la brevedad. Sin embargo, es inexacta; porque en ese estadio de la sociedad no existe aún derecho en el sentido jurídico de la palabra.

Tomemos ahora en la familia punalúa uno de los dos grandes grupos modelo; por ejemplo, el de una serie de hermanas carnales, más o menos lejanas (es decir, descendientes de hermanas carnales en primero, segundo y otros grados), con sus hijos y sus hermanos directos por línea materna (los cuales, con arreglo a nuestra suposición, no son sus maridos), y tenemos exactamente el círculo de los individuos que más adelante aparecerán como miembros de una gens en la primitiva forma de esta institución. Todos ellos tienen por tronco común una madre, y en virtud de este origen, los descendientes femeninos forman generaciones de hermanas. Pero los maridos de estas hermanas ya no pueden ser sus hermanos; luego ya no pueden descender de aquel tronco materno, y no pertenecen a este grupo consanguíneo que más adelante llega a ser la gens; pero sus hijos pertenecen a este grupo, puesto que la descendencia por línea materna es la única que lo constituye, por ser la única cierta. En cuanto fue objeto de la reprobación de la sociedad el comercio sexual entre todos los hermanos y hermanas (incluso los colaterales más lejanos) por línea materna, el grupo antedicho queda transformado en una gens, es decir, se constituye un círculo cerrado de parientes consanguíneos por línea femenina, que no pueden casarse unos con otros; círculo que desde ese momento se consolida cada vez más por medio de instituciones comunes, de orden social y religioso, que lo distinguen de las otras gentes de la misma tribu. Más adelante volveremos a ocuparnos de este punto. Pero si encontramos que la gens nace necesaria y naturalmente de la familia punalúa, nos vemos muy cerca de admitir como casi cierta la existencia anterior de esta forma de familia en todos los pueblos donde se puede demostrar la institución de la gens, es decir, en casi todos los pueblos bárbaros y civilizados.

Cuando Morgan escribió su libro eran escasísimos nuestros conocimientos acerca del matrimonio por grupos. Teníanse vagas nociones respecto al matrimonio por grupos entre los australianos organizados en clases, y, además, Morgan había publicado en 1871 todos los datos que poseía sobre la familia punalúa en Hawai. La familia punalúa, por un lado, suministraba la explicación completa del sistema de parentesco vigente entre los indios americanos y que había sido el punto de partida de todas las investigaciones de Morgan; por otro lado, constituía el punto de arranque de la gens matriarcal; por último, presentaba un grado de evolución mucho más alto que las clases australianas. Comprendíase, pues, que Morgan la tomase por el período evolutivo inmediatamente anterior al matrimonio sindiásmico y le atribuyese una difusión general en una época precedente. De entonces acá, hemos llegado a conocer otra serie de formas de matrimonio por grupos, y sabemos ahora que Morgan fue demasiado lejos en este punto. Pero no por eso es menos cierto que, en su familia punalúa, tuvo la suerte de encontrar la forma más elevada, la forma clásica del matrimonio por grupos, gracias a la cual se explica de la manera más sencilla el paso a una forma superior.

Si las nociones que tenemos del matrimonio por grupos se han enriquecido radicalmente, lo debemos al misionero inglés Lorimer Fison, que durante años ha estudiado esta forma de la familia en su tierra clásica, la Australia. Entre los negros australianos del monte Gambier, en la Australia del Sur, es donde encontró el grado más inferior de desarrollo. La tribu entera se divide allí en dos grandes clases: los krokis y los kumitas.

Está terminantemente prohibido el comercio sexual en el seno de cada una de estas dos clases; en cambio, todo hombre de una de ellas es madronato de toda mujer de la otra, y recíprocamente. No son los individuos son grupos enteros, quienes están casados unos con otros, clase con clase. Y nótese que allí no hay en ninguna parte restricciones por diferencia de edades o de consanguinidad especial, salvo la que se desprende de la división de dos clases exogamas. Un kroik tiene de derecho por esposa a toda mujer kumita; y como su propia hija, como hija de una kumita, es también kumita en virtud del derecho natural, por este solo hecho es esposa nata de todo kroki, y, por consiguiente, también de su propio padre. A lo menos, ningún obstáculo opone a esto la organización por clases, tal como se nos presenta. Pues bien; o esa organización de prohibir el comercio sexual en el seno de cada clase procede de una época en que, a pesar del vago instinto de limitar la propagación en el seno de la raza, no se encontraba aún nada de odioso en las relaciones entre hijos y padres, y entonces el sistema de clases ha debido nacer directa mente de las condiciones del comercio sexual sin trabas; o, por el contrario, cuando se crearon las clases estaban ya prohibidas por las costumbres las relaciones entre padres e hijos, y entonces la situación actual recuerda a la familia consanguínea y constituye el primer paso dado para salir de ella. Este último caso es el más verosímil. No tengo conocimiento de ningún ejemplo de unión conyugal entre padres e hijos suministrado por la Australia; y, aparte de eso, la forma ulterior de la exogamia, la gens basada en el derecho materno, pasa en silencio en general la prohibición de este comercio, como una cosa que había encontrado ya establecida antes de su fundación.

El sistema de las dos clases aún se encuentra en el monte Gambier de la Australia del Sur; en el río Darling más al Este, y en el Queensland al N. E.; de modo que está muy difundido. Sólo excluye el matrimonio entre hermanos y hermanas, entre hijos de hermanos y entre hijos de hermanas por línea materna, porque éstos pertenecen a la misma clase; por el contrario, los hijos de hermanos y los de hermanas pueden casarse unos con otros. Un nuevo paso para limitar el matrimonio entre consanguíneos se ha dado entre los kamilaros, en las márgenes del río Darlíng, en la Nueva Gales del Sur, donde las dos clases originatias se han escindido en cuatro, y donde cada una de estas cuatro clases se casa en junto con otra determinada. Las dos primeras clases son esposas natas una de otra; pero según pertenezca la madre a la primera o a la segunda, pasan los hijos a la tercera o a la cuarta. Los hijos de estas dos últimas clases, igualmente casadas una con otra, pertenecen de nuevo a la primera y a la segunda. De suerte que siempre una generación pertenece a la primera y a la segunda clase, la siguiente a la tercera y a la cuarta, y la que viene inmediatamente después a la primera y a la segunda. Dedúcese de aquí, que hijos de hermanos y de hermanas (por línea materna) no pueden ser marido y mujer, pero sí los nietos de hermanos y hermanas. Este complicado orden se enreda aún más porque (aun cuando más adelante) se injerta en él el de las gentes basadas en el derecho materno; pero no podemos tratar de este asunto. Sin embargo, se echa de ver constantemente el deseo de impedir el matrimonio entre consanguíneos, pero con tanteos espontáneos y sin conocimiento preciso del fin que se propone.

El matrimonio por grupos, que en Australia es además un matrimonio por clases, la unión conyugal en masa de toda una clase de hombres a menudo difundida por toda la superficie del continente, con una clase entera de mujeres tan diseminada como aquélla, este matrimonio por grupos, visto de cerca, no tiene un aspecto tan monstruoso como se lo representa la fantasía de los mojigatos acostumbrados a lo que sucede en las casas de prostitución. Por el contrario, han transcurrido muchísimos años antes de que se tuviese ni siquiera noción de su existencia, la cual hasta se ha puesto en duda de nuevo. A los ojos del observador superficial, se presenta como una monogamia de vínculos muy flojos, con poligamia de vez en cuando, junto con una infidelidad ocasional. Hay que consagrarle años de estudio, como lo han hecho Fison y Howitt, para descubrir en esas relaciones conyugales (que, en la práctica, recuerdan más bien a la generalidad ¿e los europeos las costumbres de su patria), la ley en virtud de la cual el negro australiano extranjero, alejado miles de kilómetros de su patria nativa, no por eso deja de encontrar, entre gentes cuyo lenguaje no comprende (y a menudo de un campamento o de una tribu a otros), mujeres que se le entregan de buena fe y sin resistencia, ley en virtud de la cual quien tiene varias mujeres cede una de ellas a su huésped para la noche. Allí donde el europeo ve inmoralidad y carencia de ley reina de hecho una ley inexorable. Las mujeres pertenecen a la clase conyugal del forastero, y, por consiguiente, son sus esposas natas; la misma ley moral que destina el uno a la otra prohíbe sopena de infancia, todo comercio sexual fuera de las clases conyugales que se pertenecen recíprocamente. Aun allí donde se practica el rapto de las mujeres, que a menudo y en gran parte de la Australia es la regla general, se mantiene escrupulosamente la ley de las clases.

Pero en el rapto de las mujeres encuéntrese ya un vestigio del tránsito a la monogamia, por lo menos en la forma del matrimonio sindiásmico; cuando un joven, con ayuda de sus amigos, ha cogido de grado o por fuerza a una joven, ésta sirve para todos, uno tras otro, pero después se considera como esposa del promotor del rapto. Y a la inversa, si la mujer robada huye de casa de su marido y la recoge otro, se hace esposa de este último y el primero pierde sus prerrogativas. En el seno del matrimonio por grupos que se mantiene en su generalidad, se encuentran, pues, relaciones exclusivistas, uniones a plazo más o menos largo, junto a la poligamia; de suerte que allí también está en decadencia el matrimonio por grupos, y sencillamente se trata de saber quién desaparecerá antes de la escena, por la influencia europea, si el matrimonio por grupos o los negros australianos que lo practican. El matrimonio por clases enteras, tal como existe en Australia, es en todo caso una forma muy atrasada y muy primitiva del matrimonio por grupos, al paso que la familia punalúa es su grado más alto de evolución. El primero parece ser la forma correspondiente al estado social de los salvajes errantes; la segunda supone ya el establecimiento relativamente fijo de poblados comunistas, y conduce sin transición al grado de desarrollo inmediatamente superior. Entre los dos hallaremos aún de seguro muchos grados intermedios; este es un terreno de investigación que acaba de descubrirse, y en el cual no se han dado todavía sino los primeros pasos.

3º La familia sindiásmica. Bajo el régimen del matrimonio por grupos, o quizá antes, formábanse ya parejas conyugales unidas para un tiempo más o menos largo; el hombre tenía una mujer en jefe (no puede aún decirse que una mujer favorita) entre sus numerosas esposas, y era para ella el esposo principal de todos. Esta circunstancia no ha contribuido poco a la confusión producida por los misioneros, quienes en el matrimonio por grupos venera la comunidad de mujeres sin regla ninguna, ora el adulterio arbitrario. Pero conforme se desarrollaba la gens e iban haciéndose más numerosas las clases de "hermanos" y de "hermanas", entre quienes en adelante era imposible el matrimonio, han debido de contraerse cada vez más uniones de ese género. Aún fue más lejos el impulso dado por la gens a la prohibición del matrimonio entre parientes consanguíneos. Así vemos que entre los iroqueses y entre la mayoría de los demás indios del estadio inferior de la barbarie, está prohibido el matrimonio entre todos los parientes que cuenta su sistema, y hay algunos centenares de parentescos diferentes. Con esta creciente complicación de las prohibiciones del matrimonio hiciéronse cada vez más imposibles las uniones por grupos, las cuales fueron sustituidas por la familia sindiásmica. En esta etapa, un hombre vive con una mujer, pero de tal suerte, que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un derecho para los hombres, al paso que casi siempre se exige la más estricta fidelidad a las mujeres, mientras dure la vida común, y su adulterio se castiga cruelmente. Pero el vínculo conyugal se disuelve con facilidad por una y otra parte; y después, como antes, los hijos pertenecen a la madre sola.

La selección natural continúa obrando en esta exclusión cada vez más grande de los parientes consanguíneos del lazo conyugal. He aquí lo que dice Morgan acerca de esto: "El matrimonio entre gentes no consanguíneas engendraba una raza más fuerte, en lo físico y en lo moral; mezclábanse dos tribus avanzadas, y los nuevos cráneos y cerebros crecían naturalmente hasta que contuviesen dentro las capacidades de ambas." Las tribus que habían adoptado el régimen de la gens, tenían, pues, que tomar la delantera respecto a las que se habían quedado retrasadas o arrastradas en seguimiento suyo en su ejemplo.

Por tanto, la evolución de la familia en la historia primitiva consiste en estrecharse constantemente el círculo en el cual reina la comunidad conyugal entre los dos sexos, y que en su origen abarcaba la tribu entera. La exclusión progresiva, primero de los parientes cercanos, después de los más o menos lejanos, y luego de los que son simples parientes por alianza, hacen, por fin, imposible, en la práctica, toda especie de matrimonio por grupos; en último término, no queda sino nada más que la pareja provisionalmente unida por un vínculo frágil aun: es la molécula, con la disociación de la cual concluye el matrimonio en general. Esto, prueba cuán poco tiene que ver el origen de la monogamia con el amor sexual individual, en la actual acepción de la palabra.

Mientras que en las anteriores formas de la familia los hombres nunca pasaban apuros por encontrar mujeres, antes bien, tenían más de las que les hacían falta, desde este momento escasearon las mujeres y fueron más buscadas. Por eso, con el matrimonio sindiásmico empiezan el rapto y la compra de las mujeres, síntomas muy difundidos, pero nada más, de un cambio mucho más profundo efectuado; MacLennan, ese escocés pedante, ha transformado esos síntomas, que no son sino simples métodos de adquirir mujeres, en distintas clases de familias, bajo la forma de "matrimonio por captura" y "matrimonio por compra". De igual modo, entre los in dios de América y en otras partes (en el mismo estadio), no incumbe el convenir en un matrimonio a los interesados, a quienes a menudo ni aun se les consulta, sino a sus madres. Muchas veces quedan prometidos así dos seres que no se conocen el uno al otro, y llegan a saber el cierre del trato cuando se acerca el momento del enlace matrimonial. Antes de la boda, el futuro hace regalos a los parientes gentiles de lo prometido, es decir, a los parientes por parte de la madre de ésta, y no al padre ni a los parientes de éste; regalos que se consideran como el precio por el cual compra a la joven núbil que le ceden. El matrimonio es disoluble a voluntad de cada uno de los dos cónyuges; sin embargo, en numerosas tribus (por ejemplo, entre los iroqueses), se ha formado poco a poco una opinión pública hostil a esas rupturas; en caso de haber disputas, median los miembros de la gens parientes de cada parte, y, sólo cuando no da buen resultado este paso, es cuando se lleva a cabo la separación, en virtud de la cual se queda la mujer con los hijos, y cada una de las dos partes es libre de casarse de nuevo.

La familia sindiásmica, demasiado débil e inestable por sí misma para hacer sentir la necesidad, o, aunque sólo sea el deseo de un hogar doméstico particular, no suprime de ningún modo el hogar comunista que nos presenta la época anterior. Pero el hogar comunista significa predominio de la mujer en la casa; lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa profunda estimación de las mujeres, es decir, de las madres. Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la de decir que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y entre todos los bárbaros de los estadios medio e inferior, y en parte hasta entre los del estadio superior, la mujer no sólo tiene una posición libre, sino también muy considerada. Arturo Wright, que fue durante muchos años misionero entre los iroqueses-senekas, puede decirnos lo que aún es el matrimonio sindiásmico: "Respecto a sus familias, en la época en que aún vivían en las antiguas "casas grandes" (domicilios comunistas de muchas familias) reinaba allí siempre el sistema de un 'clan' (una gens), de tal suerte que las mujeres tomaban sus maridos en otros 'clanes' (gentes) . . . En general, la parte femenina gobernaba en la casa; las provisiones eran comunes, pero ¡desdichado del pobre marido o amante harto holgazán o torpe para aportar su parte al acervo de las provisiones de la comunidad! Sea cual fuere el número de hijos o la cantidad de enseres personales que tuviese en la casa, podía a cada instante ser puesto en la precisión de liar los bártulos y tomar el portante. Y era inútil que intentase hacer resistencia, porque la casa se hacía inhabitable para él; no le quedaba más remedio sino volverse a su propio 'clan' (gens), o, lo que solía suceder más a menudo, contraer un nuevo matrimonio en otro. Las mujeres eran el gran poder dentro de los ‘clanes’ (gentes), lo mismo que fuera de ellos. Llega do el caso, no se les encogía el ombligo para destituir a un jefe y arrojarlo a las filas de los simples guerreros."

El hogar doméstico comunista, donde la mayoría, sí no la totalidad de las mujeres, pertenecen a una misma gens, mientras que los hombres se dividen en gentes diferentes, es la base efectiva de aquella preponderancia de las mujeres, que en los tiempos primitivos estuvo difundida por todas partes, y el descubrimiento de la cual es el tercer mérito de Bachofen. Además, advierto que los relatos de los viajeros y de los misioneros acerca de los trabajos con que se abruma a las mujeres entre los salvajes y los bárbaros, no están de ninguna manera en contradicción con lo que acabo de decir. La división del trabajo entre los dos sexos, depende de otras causas que nada tiene que ver con la posición de la mujer en la sociedad. Pueblos, en los cuales las mujeres se ven obligadas a trabajar mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde, tienen a menudo mucha más consideración real hacia ellas que nosotros los europeos. La "señora" de la civilización, rodeada de falsos homenajes, extraña a todo trabajo efectivo, tiene una posición social muy inferior a la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme y se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera "dama" (lady, frawa, frau, domina) y que lo es también por su carácter.

Nuevas investigaciones acerca de los pueblos del Noroeste, y, sobre todo, del Sur de América, que aún se hallan en el estadio superior del estado salvaje, nos dirán sí el matrimonio sindiásmico ha reemplazado o no por completo hoy, al matrimonio por grupos en América. Respecto a los sudamericanos, refiéranse tan variados ejemplos de licencia sexual, que apenas es admisible la desaparición completa del antiguo matrimonio por grupos. En todo caso, aún no se han perdido los vestigios de éste. En cuarenta tribus de la América del Norte lo menos, el hombre que se casa con la hermana mayor tiene derecho a tomar igualmente por mujeres a todas las hermanas de ella, en cuanto, llegan a la edad núbil; resto de la comunidad de los hombres para toda la serie de las hermanas. De los peninsulares de la California (estadio superior del salvajismo), cuenta Banchoft que tienen ciertas festividades en que se reúnen varías tribus con el fin de practicar el comercio sexual; con toda evidencia, son gentes que en esas fiestas conservan un oscuro recuerdo del tiempo en que las mujeres de una gens tenían por maridos a todos los hombres de otra, y recíprocamente. La misma costumbre impera aún en Australia. En algunos pueblos acontece que los ancianos, los jefes y los hechiceros, practican en provecho propio la comunidad de mujeres y monopolizan la mayor parte de éstas; pero, en cambio, durante ciertas fiestas y grandes asambleas populares, están obligados a dejar otra vez en vigor la antigua comunidad y permitir que sus mujeres se recreen con los hombres jóvenes. Westermarck (páginas 28-29), presenta una serie de ejemplos de saturnales de este género, en las que recobra el vigor por corto tiempo la antigua libertad del comercio sexual: en los Hos, Santalas, Pandschas y Cotaros, en las Indias, en algunos pueblos africanos, etcétera. Cosa notable: Westermarck deduce que estos hechos constituyen restos, no del matrimonio por grupos (que niega él), sino... del período del celo que los hombres primitivos tuvieron de común con los animales.

Llegamos, al cuarto gran descubrimiento de Bachofen, el de la gran difusión de la forma del tránsito del matrimonio por grupos al matrimonio sindiásmico. Lo que Bachofen representa como una penitencia por la trasgresión de los antiguos mandamientos de Dios, como una penitencia impuesta a la mujer para comprar su derecho a la castidad, no es, en resumen, sino la expresión mística de la multa, por medio de la cual se rescata la mujer de la antigua comunidad de los hombres y adquiere para sí el derecho de no entregarse más que a uno solo. Esa multa consiste en una prostitución limitada: las mujeres babilónicas estaban obligadas a prostituirse una vez al año en el templo de Mylita; otros pueblos del Asía anterior enviaban durante años enteros sus hijas al templo de Anaitis, donde debían entregarse al amor libre con favoritos elegidos por ellas antes de poderse casar: en casi todos los pueblos asiáticos entre el Mediterráneo y el Ganges hay análogas usanzas, disfrazadas de costumbres religiosas. El sacrificio expiatorio para el rescate se hace cada vez más ligero con el tiempo, como ya lo había hecho notar Bachofen: "La ofrenda, repetida cada año, cede el puesto a un sacrificio hecho una sola vez; sustituye al hetairismo de las matronas el de las jóvenes solteras; se practica antes del matrimonio, en vez de ejercitarlo durante éste; en lugar de abandonarse a todos, sin tener derecho a elegir, la mujer ya no se entrega sino a ciertas personas." (Derecho materno, página 19). En otros pueblos falta el disfraz religioso; en algunos, como los tracios, los celtas, etcétera, en la antigüedad; en gran número de aborígenes de la India; en los pueblos malayos, insulares de la Oceanía y muchos indios americanos en el día, las jóvenes gozan de la mayor libertad sexual hasta que contraen matrimonio. Así sucede, sobre todo en la América del Sur, como pueden atestiguarlo todos los que han penetrado algo en el interior. De una rica familia de origen indio refiere Agassiz (A Journey in Brazil, Boston and New York, 1886, página 266) que, habiendo conocido a la señorita de la casa, preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre, oficial del ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió sonriéndose: Nao tem paz, he filha da fortuna (no tiene padre, es hija del acaso). "Las mujeres indias o mestizas hablan constantemente en este tono, sin vergüenza, ni censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla, mientras que lo contrario parece ser la excepción. Los hijos... a menudo sólo conocen a su madre, porque todos los cuidados y toda la responsabilidad recaen sobre ella, nada saben acerca de su padre, y tampoco parece que la mujer tuviese nunca la idea de que ella o sus hijos pudieran reclamarle la menor cosa." Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado es sencillamente la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.

En otros pueblos, los amigos y parientes del novio o los convidados a la boda ejercen con la novia, durante la boda misma, el derecho adquirido por usanza inmemorial, y al novio no le llega la vez sino el último de todos; así sucedía en las islas Baleares y entre los augilas africanos en la antigüedad, y así sucede aún entre los bareas de Abisinia. En otros, un personaje oficial, sea jefe de la tribu o de la gens, cacique, "schaman", sacerdote o príncipe, es quien representa a la colectividad y quien ejercita en la desposada el jus primae noctis. A pesar de todos los ensayos de rehabilitación neorromántica, ese jus primae noctis existe hoy aún como resto del matrimonio por grupos entre los habitantes del territorio de Alaska (Bancroft: Natíve Races, I, 81), entre los tahus del Norte de México, (ibid., pág. 584), y entre otros pueblos; y ha existido durante toda la Edad Medía, por lo menos en los países de origen céltico (donde nació directamente del matrimonio por grupos), en Aragón, por ejemplo. Al paso que en Castilla nunca fue siervo el campesino, la servidumbre más abyecta tomó en Aragón hasta la sentencia o bando arbitral de Fernando el Católico, en 1586, documento donde se dice: "Juzgamos y fallamos que los señores (senyors, barones), susodichos no podrán tampoco pasar la primera noche con la mujer que haya tomado un campesino, ni tampoco podrán durante la noche de boda, después que se hubiere acostado en la cama la mujer, pasar la pierna encima de la cama ni de la mujer, en señal de su soberanía; tampoco podrán los susodichos señores servirse de las hijas o de los hijos de los campesinos contra su voluntad, con y sin pago." (Citado, con el texto original en catalán, por, Su genheim, La Servidumbre, Petersburgo, 1861, pág. 35).

Aparte de eso, Bachofen tiene razón evidente cuando afirma que el paso de lo que llama "hetairismo" o "generación pantanoso" a la monogamia se ha realizado esencialmente por las mujeres. Cuanto más han hecho perder a las antiguas relaciones sexuales su candoroso carácter primitivo el desarrollo de las condiciones económicas, y, por consiguiente, la desaparición del antiguo comunismo y la densidad cada vez más grande de la población, más envilecedoras y opresivas han debido parecer esas relaciones a las mujeres, y más han debido apetecer como una manumisión el derecho a la castidad, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con un solo hombre. Por otra parte, este progreso no podía deberse al hombre, por la sencilla razón de que nunca, ni aun en nuestra época, se le ha pasado por las mentes la idea de renunciar a los goces del matrimonio por grupos. Sólo después de efectuado por la mujer el tránsito al matrimonio sindiásmico, es cuando los hombres pudieron introducir la monogamia estricta, por supuesto, en perjuicio de las mujeres.

La familia sindiásmica aparece en el límite que separa el salvajismo de la barbarie, las más de las veces en el estadio superior del primero, y sólo de vez en cuando en el estadio inferior de la segunda. Es la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que evolucione hasta llegar a la monogamia definitiva, han sido menester otras causas diversas de aquellas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la familia sindiásmica había quedado ya reducido a su última unidad; y su molécula a dos átomos, un hombre y una mujer. La selección natural había realizado su obra con la exclusión cada vez más completa de la comunidad de los matrimonios; nada le quedaba que hacer en este sentido. Por tanto, si no entraban en juego nuevas fuerzas repulsivas de orden social, no hubiese habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas.

Abandonemos ahora la América, tierra clásica de la familia sindiásmica. Ningún indicio permite afirmar que en ella se haya desarrollado una forma de familia más perfecta, que haya existido allí la monogamia definitiva en ningún tiempo ni lugar, antes del descubrimiento y de la conquista.

Lo contrario sucedió en el Antiguo Mundo. La domesticación de animales y la cría de ganados habían abierto aquí un manantial de riqueza desconocido hasta entonces, creando condiciones sociales enteramente nuevas. Hasta el estadio inferior de la barbarie, la riqueza duradera limitábase poco más o menos a la habitación, los vestidos, alhajas y enseres necesarios para preparar los alimentos: la barca, las armas, los trebejos caseros más sencillos. Antes había que conquistar al día el alimento. Pero desde aquel instante, con sus manadas de caballos, camellos, asnos, bueyes, carneros, cabras y cerdos, los pueblos pastores, que iban ganando terreno (los arios en el país de los cinco ríos y en el valle del Ganges, así como en las a la sazón mucho más espléndidamente irrigadas estepas del Oxus y del Yaxartes, y los semitas en el Eufrates y el Tigris), habían adquirido riquezas que sólo necesitaban vigilancia y los más burdos cuidados para reproducirse en una proporción cada vez más grande, y suministrar abundantísima alimentación en carne y leche. Desde entonces quedaron en segundo término todos los medios con anterioridad empleados; la caza, que en otros tiempos era una necesidad verdadera, trocóse en un lujo.

¿A quién pertenecía aquella nueva riqueza? No cabe duda alguna de que, en su origen, a la gens. Pero muy pronto debió desarrollarse la propiedad particular de los rebaños. Es difícil decir sí el patriarca Abraham era considerado por el autor de lo que se llama el primer libro de Moisés, como propietario de sus rebaños, en virtud de un derecho particular (como jefe de una comunidad familiar), o en virtud de su carácter de jefe hereditario de una gens. Lo cierto es que no debemos imaginárnoslo como propietario, en el sentido moderno de la palabra. Además, es lo cierto que en los umbrales de la historia auténtica encontramos ya en todas partes los rebaños corno propiedad particular de los jefes de familia, con el mismo título que los productos del arte de la barbarie, los enseres de metal, los objetos de lujo, y finalmente, el ganado humano, los esclavos.

Porque desde ese momento queda también inventada la esclavitud. El esclavo no tenía valor ninguno para los bárbaros del estadio inferior. Por eso los indios americanos de aquella época obraban con sus enemigos vencidos de una manera muy diferente de como se hizo en el estadio superior. Los hombres eran muertos o adoptados como hermanos por la tribu vencedora; casaban a las mujeres o las adoptaban, al mismo tiempo que a sus hijos supervivientes. En este estadio, la fuerza "trabajo humano" no produce aún excedente apreciable sobre sus gastos de costo. Pero al introducirse la cría de ganado, la fabricación de los metales y de los tejidos, y por último, la agricultura, tomaron otro aspecto las cosas. Así como las mujeres, tan fáciles de adquirir en otro tiempo, lograban ahora tener valor cambiable y se compraban, lo mismo aconteció con las fuerzas productoras de trabajo, sobre todo desde que los rebaños se habían convertido definitivamente en propiedad familiar. La familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Se necesitaban más personas para la custodia de éste; podía utilizarse para ello el prisionero de guerra, que además se prestaba para producir una raza, lo mismo que el ganado.

Convertidas todas estas riquezas en propiedad particular de las familias, y aumentadas después rápidamente, removían en sus cimientos la sociedad fundada en el matrimonio sindiásmico, y en la gens, basada en el matriarcado. El matrimonio sindiásmico había introducido en la familia un elemento nuevo. Junto a la verdadera madre había puesto el verdadero padre (verosímilmente más auténtico que muchos "padres" de nuestros días). Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces el papel del hombre consistía en proporcionar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello, y por consiguiente, era propietario de estos últimos, se los llevaba consigo en caso de separación, de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Según la costumbre de aquella época, el hombre era igualmente propietario del nuevo manantial de alimentación (el ganado), y más adelante, del nuevo medio de trabajo (el esclavo). Pero según la usanza de aquella misma sociedad, sus hijos no podían heredar de él, porque acerca de este punto pasaban las cosas como vamos a ver ahora.

Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la descendencia sólo se contó por línea femenina, y según la costumbre hereditaria primitiva usual en la gens, los miembros de ésta heredaban al principio de su pariente gentil difunto. La fortuna debía quedar, pues, en la gens. Por efecto de su poca importancia en la práctica, debió de ir la sucesión a los parientes más próximos, es decir, a los consanguíneos por línea materna. Pues bien: los hijos del difunto no pertenecían a su gens, sino a la madre; al principio heredaron con los otros consanguíneos de su madre; más tarde heredaron de ella en primera línea, pero no podían ser herederos de su padre, porque no pertenecían a su gens, en la cual debía quedar su fortuna. A la muerte del propietario de rebaños, éstos pasaban en primer término a hermanos y hermanas, y a los hijos de estos últimos, o a los descendientes de las hermanas; en cuanto a sus propios hijos, estaban desheredados.

A medida que iba en aumento la fortuna, por una parte daba al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia, y, por otra parte, hacía nacer la idea en él de valerse de esta ventaja para derribar en provecho de los hijos el orden de suceder establecido. Pero esto no pudo hacerse mientras permaneció vigente la filiación de derecho materno, la cual tenía que ser abolida, y lo fue. Eso no fue tan difícil como hoy nos parece; porque aquella revolución (una de las mayores que la humanidad ha visto) no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los miembros vivos de una gens. Todos los miembros de ésta podían seguir siendo después lo que habían sido antes. Bastó decidir, sencillamente, que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecían en la gens, pero los de un miembro femenino saldrían de ella pasando a la gens de su padre. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno. Nada sabemos respecto, a cómo y cuándo hubo esta revolución en los pueblos cultos, puesto que se remonta a los tiempos prehistóricos. Pero tenemos pruebas más que suficientes de que se realizó, en los numerosos vestigios del matriarcado reunidos principalmente por Bachofen; y con qué facilidad se verificó, lo vemos en toda una serie de tribus indias, donde acaba de efectuarse recientemente y se efectúa aún en la actualidad, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de género de vida (emigración desde los bosques a las praderas), y en parte por la influencia moral de la civilización y de los misioneros. En ocho tribus del Missouri, seis tienen una filiación y un orden de suceder masculinos, que en las otras dos son femeninos. Entre los schawnees, los miamies y los delawares se ha introducido la costumbre de dar a los hijos un nombre perteneciente a la gens paterna, para hacerlos pasar a esta con el fin de, que puedan heredar de su padre. "Casuística innata en los hombres la de cambiar las cosas cambiando sus nombres y hallar rodeos para romper con la tradición, sin salirse de ella, en todas partes donde un interés directo da el impulso suficiente para ello." (Marx). Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual no se podía remediar, v no se remedió sino en parte, más que con el paso al patriarcado. "Por lo común, ésta parece ser la transición más natural." (Marx). Acerca de lo que a los jurisconsultos se les ocurre decir sobre el modo cómo en la antigüedad hubo de realizarse esa transición (casi puras hipótesis), véase Kovalevsky, Cuadro de los orígenes y de la evolución de la familia y de la propiedad. Stokolmo, 1890).

La abolición del derecho materno fue la gran derrota del sexo femenino. El hombre llevó también el timón en la casa; la mujer fue envilecida, domeñada, trocóse en esclava de su placer y en simple instrumento de reproducción. Esta degradada condición de la mujer, tal como se manifestó sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada y disimulada, en ciertos sitios hasta revestida de formas más suaves; pero de ningún modo se ha suprimido.

El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el punto y la hora en que se fundó, se encuentra en la forma intermedia de la familia patriarcal que surgió en ese momento. Lo que la caracteriza, sobre todo, no es la poligamia, de la cual hablaremos luego, sino la organización de cierto número de individuos (libres o no) en una familia bajo el poder paterno del jefe de ésta. En la forma semítica ese jefe de familia vive en plena poligamia, los esclavos tienen mujer e hijos, y el objetivo de la organización entera es la guarda de ganados en un determinado terreno. El punto esencial consiste en la incorporación de los esclavos y la patria potestad paterna; por eso, la familia romana es el tipo cabal de esta forma de familia. En su origen, la palabra familia no significa el ideal formado por una mezcla de sentimentalismo y disensiones domésticas del mojigato de nuestra época; al principio, entre los romanos, ni siquiera se aplica a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan sólo a los esclavos. Famulus quiere decir "esclavo doméstico", y familia designa el conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre. Todavía se transmitía testamentariamente en tiempo de Cayo la familia, id est patrimonium, es decir, la parte de herencia. La expresión esta la inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder a la mujer, a los hijos, y a cierto número de esclavos, con la patria potestad romana y derecho de vida y muerte sobre todos ellos. "La palabra no es, pues, más antigua que el broncíneo sistema de familia de las tribus latinas que nació al introducirse la agricultura y la esclavitud legal, y después de la escisión entre los arios itálicos y los griegos." Y añade Marx: "La familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud (servios), sino también la servidumbre, puesto que desde el comienzo refiérase ésta a los servicios de 1 a agricultura; encierra en miniatura todos los antagonismos que se desarrollarán más adelante en la sociedad y en su Estado."

Esta forma de familia señala el tránsito del matrimonio sindiásmico a la monogamia. Para asegurar la fidelidad de la mujer, y por consiguiente, la paternidad de los hijos, es entregada aquélla sin reservas al poder del hombre; cuando éste la mata, no hace más que ejercer su derecho.

Con la familia patriarcal entramos en los dominios de la historia escrita, donde la ciencia del derecho comparado nos presta gran auxilio. Y, en efecto, nos ha valido aquí para un progreso esencial, A Kovalevsky (obra citada, páginas 60-100) debemos la idea de que el hogar doméstico patriarcal, según existe aún entre los servios y los búlgaros con el nombre de zádruga (que puede traducirse poco más o menos como "alianza de amistad") o bratsvo ("unión fraternal"), y bajo una forma modificada entre los orientales, ha constituido el estudio de transición entre la familia de derecho materno, fruto del matrimonio por grupos, y la monogamia moderna. Esto parece probado, por lo menos respecto a los pueblos civilizados de la antigüedad, los arios y los semitas.

La zádruga de los esclavos del Sur constituye el mejor ejemplo, existente aún, de una comunidad familiar de esta clase. Abarca muchas generaciones de descendientes del mismo padre, los cuales viven junto con sus mujeres bajo el mismo techo; cultivan en común sus tierras, tienen provisiones comunes para alimentarse y vestirse, y poseen en común el sobrante de sus productos. La comunidad está sujeta a la administración superior del dueño de la casa (domacin), quien la representa fuera de ella; tiene el derecho de enajenar las cosas de valor mínimo, lleva la caja y es responsable de ésta, lo mismo que de la buena marcha de los negocios. Es elegido, y no necesita ser el de más edad. Las mujeres y el trabajo de ellas están bajo la dirección de la dueña de casa (domacita), quien suele ser la mujer del domacin. Esta tiene también voz deliberativa, a menudo hasta preponderante, cuando se trata de elegir marido para las jóvenes solteras. Pero el poder supremo reside en el consejo de familia, en la asamblea de todos los asociados adultos, hombres y mujeres. Ante esa asamblea da sus cuentas el domacin; ella es quien zanja las cuestiones, ejerce la jurisdicción sobre todos los miembros de la sociedad, decide acerca de las compras o ventas de alguna importancia, sobre todo respecto a propiedades territoriales, etcétera.

No hace ni diez arios que se ha probado la existencia en Rusia de comunidades familiares de esta especie; y está generalmente reconocido hoy que en la costumbre popular rusa tienen raíces tan hondas como la obscina, o comunidad de aldea. Figuran en el más antiguo código ruso, el Pravda de Jaroslaw, con el mismo nombre (verbi) que en las leyes de Dalmacia; y se encuentran de igual modo en las fuentes históricas polacas y checas.

También entre los alemanes, según A. Heusler (Instituciones del derecho alemán), la unidad económica primitiva no es la familia aislada en el sentido moderno de la palabra, sino una comunidad familiar que se compone de muchas generaciones o familias y que además encierra muy a menudo individuos no libertos. La familia romana se refiere igualmente a este tipo; y, por tan toa el poder absoluto del Padre sobre los demás miembros de la familia, privados de derechos por completo, se ha puesto muy en duda recientemente. Comunidades familiares del mismo género han debido existir entre los celtas de Islandia; en Francia, se han mantenido en el Nivernesado con el nombre de parconneries, hasta la Revolución, y no se han extinguido aún en el Franco-Condado. En los alrededores de Louhans (Saône-et-Loire) se ven grandes caserones de labriegos, con una sala común muy alta de techo, hasta el caballete del tejado; alrededor se encuentran los dormitorios, a los cuales se sube por unas escalerillas de seis a ocho peldaños; habitan en esas casas varias generaciones de la misma familia.

La comunidad familiar, con cultivo del suelo en común, mencionase ya en las Indias por Nerco, en tiempo de Alejandro Magno, y aún subsiste en el Pandschab y en todo el Noroeste del país. El mismo Kovalevsky ha podido encontrarla en el Cáucaso. En Argelia existe aún en las kabilas. Ha debido hallarse hasta en América, donde se cree descubrirlas en las calpullis descritas por Zurita en Nuevo México; por el contrario, Cunow (Ausland, 1890, número 4244) ha demostrado de una manera bastante clara la existencia de una especie de régimen de federación local en el Perú, en la época de la conquista (en el que, cosa extraía, la federación local se llamaba marca), con reparto periódico de las tierras cultivadas, y, por consiguiente, cultivo individual.

Desde entonces, la comunidad familiar del patriarca do, con posesión y cultivo del suelo común, ha tenido en todos los casos una importancia mucho mayor que anteriormente. Ya no podemos dudar del gran papel que representó entre los pueblos civilizados y otros de la antigüedad, para establecer el tránsito desde la familia de derecho materno a la familia individual. Más adelante hablaremos de otra consecuencia deducida por Kovalevsky, a saber: que la comunidad familiar ha formado igualmente la fase de transición de donde ha salido la comunidad de aldea o de la federación local (marca), con cultivo individual del suelo y reparto al principio periódico y después definitivo de los campos y pastos.

Respecto a la vida de familia en el seno de esos domicilios familiares comunes, debe hacerse notar que, por lo menos en Rusia, el amo de casa tiene la reputación de abusar mucho de su carácter con las mujeres más jóvenes de la comunidad, principalmente las nueras, y de formarse a menudo con ellas un harem; la