DISCURSO
DEL METODO
René Descartes
PRIMERA PARTE
El buen sentido' es la cosa mejor repartida del
mundo: pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él que incluso los que son
más difíciles de contentar con cualquier otra cosa no están acostumbrados a
desear más del que tienen. En lo que no es verosímil que todos se engañen, pero
esto testimonia más bien que el poder de juzgar bien y distinguir lo verdadero
de lo falso, que es propiamente lo que se denomina el buen sentido o la razón,
es naturalmente igual en todos los hombres; y así como la diversidad de
nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros sino
solamente de que conducimos nuestros pensamientos por diversas vías y no
consideramos las mismas cosas. Pues no es suficiente tener buen ingenio2, sino
lo principal es aplicarlo bien.
1 Expresión que hay que entender
como la facultad de distinguir lo verdadero de lo falso: es la razón o facultad de juzgar. Se liga también con la
expresión luz natural, o luz natural de la inteligencia humana, para
distinguirla de la otra luz, la Revelación, recibida de Dios. Un segundo
sentido en otros contextos es el de sabiduría, equivalente al bona mens de los estoicos
romanos. Y, "sentido" hace referencia a los órganos para recibir los
objetos exteriores (vista, oído, olfato, etc.). Gilson, Commentaire. 81-82.
2 Esprít bon. Esprit no se puede traducir automáticamente todas las veces por espíritu. Descartes la traduce del latín ingenwm que significa: cualidades naturales, temperamento, carácter, inteligencia, talento, genio- Entre los varios usos, se destaca principalmente el de espíritu opuesto a materia, a sustancia extensa, y en este sentido es equivalente a pensamiento.
Las más grandes almas son capaces de los mayores
vicios lo mismo que de las mayores virtudes; y los que sólo andan muy
lentamente pueden avanzar mucho más si siguen siempre el camino recto, que los
que corren y se alejan de él. Por mi parte, jamás he presumido que mi espíritu3 fuese más
perfecto que los del común; incluso he deseado frecuentemente tener el
pensamiento tan rápido, o la imaginación tan nítida y distinta o la memoria tan
amplia, o tan presente, como algunos otros. Y no conozco otras cualidades sino
éstas que sirvan a la perfección del espíritu; pues en relación con la razón, o
el sentido, dado que ella es la única que nos hace hombres y nos distingue de
los animales, quiero creer que está toda entera en cada uno, y seguir en esto la
opinión común de los filósofos que dicen que sólo hay más y menos entre los
accidentes, y no entre las formas4, o naturalezas de los individuos de una misma especie5.
Pero no temeré decir que pienso haber sido muy afortunado por haberme encontrado, desde mi juventud, en ciertos caminos que me han conducido a consideraciones y máximas con las que he formado un método por el cual me parece que tengo medios para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco al más alto punto que la mediocridad de mi espíritu y la corta duración de mi vida le permitan alcanzar.
3
Espíritu en un sentido más amplio que el de razón, provisto de memoria,
voluntad e imaginación.
4
Formas, esto es, formas sustanciales. Para la escolástica, la forma es
aquello que es común a todos los individuos de una especie.
5
La especie es un atributo universal predicable. Y es la forma la que
define la especie numéricamente compuesta de individuos. El accidente es una
cualidad que puede estar o no en un individuo.
Pues ya he recogido de él tales frutos que aún con los juicios que hago de mí mismo trato siempre de inclinarme hacia el lado de la desconfianza más bien que hacia el de la presunción; y aunque mirando con ojo de filósofo las diversas acciones y empresas de todos los hombres, casi ninguna hay que no me parezca vana e inútil, no dejo de sentir una extrema satisfacción por el progreso que pienso haber hecho ya en la búsqueda de la verdad, y concebir tales esperanzas para el futuro que, sí entre las ocupaciones de los hombres puramente hombres hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que he escogido.
Sin embargo, puede suceder que me equivoque, y lo que
quizá no es más que un poco de cobre y de vidrio lo tome como de oro y
diamantes. Sé cuánto estamos sujetos a equivocarnos en lo que nos concierne y
cuánto también deben sernos sospechosos los juicios de nuestros amigos cuando
lo son a nuestro favor. Pero me gustaría mucho hacer ver, en este discurso,
cuáles son los caminos que he seguido, y representar en él mi vida como en un
cuadro para que cada cual pueda juzgarla y conociendo por el rumor público las
opiniones que haya, sea éste un nuevo medio de instruirme, que agregaré a los
que ya acostumbro utilizar.
Así, pues, mi propósito no es enseñar aquí el método que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino solamente hacer ver de qué manera he tratado de conducir la mía. Los que tratan de dar preceptos deben estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan; y si fallan en la menor cosa son por ello censurables.
Pero al proponer este escrito sólo como una historia
o, si lo prefieren mejor, como una fábula en la cual, entre algunos ejemplos
que se pueden imitar, se encontrarán acaso también muchos otros que con razón
no deben seguirse, espero que será útil para algunos, sin ser nocivo para
nadie, y que todos agradecerán mi franqueza.
Desde mi infancia fui educado en las letras6, y puesto que me persuadían de que por medio de
ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil
para la vida, tenía un gran deseo de aprenderlas. Pero tan pronto acabé todo
ese curso de estudios, al cabo del cual se acostumbra ser recibido en el rango
de los doctos, cambié enteramente de opinión. Pues yo me encontraba confundido
con tantas dudas y errores que me parecía no haber obtenido otro provecho, al
tratar de instruirme, que el de descubrir cada vez más mi ignorancia.
Y sin embargo yo estaba en una de las más célebres
escuelas de Europa7 en donde pensaba
que debía haber hombres sabios, si los había en algún lugar de la Tierra. Allí
había aprendido todo lo que los otros aprendían; y no estando contento aún con
las ciencias que nos enseñaban, había recorrido todos los libros que tratan de
las que se consideran las [cosas] más curiosas y más raras que habían podido
caer en mis manos8.
6
Litterae humaniores. El conjunto de estudios humanísticos estaba
integrado por la retórica, la gramática, ia historia y la poesía. Descartes
iniciaría sus estudios a la edad de diez años.
7
El colegio Henri IV, de La Fleche, fundado en 1604 junto al Loira, era
dirigido por los jesuitas.
8
Se trata aquí de la alquimia, la magia y la astrología.
Con esto, conocía los juicios que los otros hacían de
mí; y no veía que se me considerara inferior a mis condiscípulos, aunque ya
hubiera entre ellos algunos destinados a ocupar los puestos de nuestros
maestros. Y por último, nuestro siglo me parecía tan floreciente y tan fértil
en buenos espíritus como cualquiera de los precedentes. Lo que me permitía
tomar la libertad de juzgar por mí mismo a todos los demás y pensar que no
había ninguna doctrina en el mundo que fuese tal como la que antes se me había
prometido esperar.
No
dejaba, sin embargo, de apreciar los ejercicios de los que nos ocupamos en las
escuelas. Sabía que las lenguas que allí se aprenden son necesarias para la
comprensión de los libros antiguos; que el encanto de las fábulas despierta el
espíritu; que las acciones memorables de las historias lo elevan y que leídas
con discreción ayudan a formar el juicio; que la lectura de todos los buenos
libros es como una conversación con las personas más íntegras de los siglos
pasados, quienes han sido sus autores, e incluso una conversación estudiada en
la cual sólo nos descubren lo mejor de sus pensamientos; que la elocuencia
posee fuerzas y bellezas incomparables; que la poesía tiene delicadezas y
dulzuras bien encantadoras; que las matemáticas tienen inventos muy sutiles y
que pueden servir tanto para satisfacer a los curiosos como para facilitar
todas las artes9 y disminuir el
trabajo de los hombres; que los escritos que tratan de las costumbres contienen
muchas enseñanzas y muchas exhortaciones a la virtud que son muy útiles; que la
teología enseña a ganar el cielo; que la filosofía proporciona medios para
hablar con verosimilitud de todas las cosas y hacerse admirar de los menos
sabios10; que la jurisprudencia, la medicina y las otras ciencias aportan
honores y riquezas a los que las cultivan; y, en fin, que es bueno haberlas
examinado todas, incluso las más supersticiosas y las más falsas, con el fin de
conocer su justo valor y cuidarse de ser engañado por ellas.
9
Alusión a las matemáticas aplicadas, en particular la mecánica.
"Artes"
en el sentido de trabajo manual y
en general de técnica. Por el contra-
rio, las artes liberales requerían
de un mayor ejercicio del espíritu.
Creía, no obstante, haber dedicado ya suficiente
tiempo a las lenguas e incluso también a la lectura de los libros antiguos, a
sus historias y a sus fábulas. Pues es casi lo mismo conversar con los de otros
siglos como viajar. Es bueno saber algo de las costumbres de los diversos
pueblos para juzgar las nuestras con mayor sensatez y para que no pensemos que
todo lo que está en contra de nuestras maneras de actuar sea ridículo y opuesto
a la razón, así como tienen la costumbre de hacer los que no han visto nada.
Pero cuando se emplea demasiado tiempo en viajar uno se vuelve finalmente
extraño en su país; y cuando se es demasiado curioso de las cosas que se
practicaban en los siglos pasados se queda uno por lo común muy ignorante de
las que se practican en el presente.
Además de que las fábulas hacen imaginar como
posibles muchos acontecimientos que de ningún modo lo son y que incluso las
historias más fieles, si no cambian ni aumentan el valor de las cosas para
hacerlas más dignas de ser leídas, por lo menos omiten casi siempre las
circunstancias más bajas y menos ilustres: de donde proviene que lo demás no
parezca tal como es, y que los que regulan sus costumbres por los ejemplos
sacados de ellas estén expuestos a caer en las extravagancias de los paladines
de nuestras novelas y a concebir propósitos que superan sus fuerzas.
10 Es una ironía contra la filosofía escolástica. Lo que entiende
por filosofía y la utilidad de ésta, así como las condiciones del filosofar, se
ve claramente en la Cana al abad Claude Picot o Prefacio a los Principios de la
filosofia.
Apreciaba mucho la elocuencia y estaba enamorado de
la poesía, pero pensaba que una y otra eran dones del espíritu antes que frutos
del estudio.
Los que poseen un razonamiento más fuerte y digieren
mejor sus pensamientos, a fin de hacerlos claros e inteligibles, pueden siempre
persuadir mejor de lo que se proponen, aunque sólo hablaran el bajo bretón y
nunca hubiesen aprendido retórica. Y los que tienen las invenciones más
agradables y las saben expresar con el máximo adorno y suavidad no dejarían de
ser los mejores poetas aunque el arte poético les fuera desconocido.
Me agradaban sobre todo las matemáticas por la certeza
y evidencia de sus razones, pero no advertía todavía su verdadero uso y,
pensando que servían sólo a las artes mecánicas, me asombraba de que siendo sus
fundamentos tan firmes y tan sólidos no se hubiera construido encima de ellos
nada más elevado. Y al contrario, comparaba los escritos de los antiguos
paganos que tratan de las costumbres, con palacios muy soberbios y magníficos,
construidos sólo sobre arena y barro. Ellos elevan bien alto las virtudes y las
hacen aparecer como estimables por encima de todas las cosas que hay en el
mundo, pero no enseñan suficientemente a conocerlas, y frecuentemente lo que
llaman con un nombre tan hermoso no es más que insensibilidad u orgullo, o
desesperación o parricidio11.
Reverenciaba nuestra teología y pretendía como
cualquier otro ganar el cielo; pero habiendo aprendido como cosa bien segura
que el camino no está menos abierto a los más ignorantes que a los más doctos y
que las verdades reveladas que conducen a él están por encima de nuestra
inteligencia, no me había atrevido a someterlas a la debilidad de mis
razonamientos, y pensaba que para intentar examinarlas y lograrlo era necesario
tener alguna asistencia extraordinaria del cielo y ser más que hombre.
No diré nada de la filosofía sino que viendo que ha sido cultivada por los más excelentes espíritus que hayan vivido desde hace muchos siglos, y que sin embargo no se encuentra nada en ella que no sea objeto de discusión, y que por consiguiente no sea dudoso, no tenía bastante presunción como para esperar encontrar algo mejor que los demás; y considerando cuántas opiniones diversas puede haber respecto a una misma materia, sostenidas por gentes doctas, aun cuando jamás pueda existir más de una sola que sea verdadera, yo daba casi por falso todo lo que era más que verosímil.
11 Pasaje inspirado en los principios morales del estoicismo. El
sabio estoico vive de acuerdo con la naturaleza o sea de acuerdo con la razón
pues todo en la naturaleza está impregnado de razón; "Usa la razón en los
casos difíciles" aconsejaba Séneca. La insensibilidad o imperturbabilidad
(ataraxia) hace que ei sabio no le tema a la muerte, al sufrimiento y al dolor;
su felicidad es idenlificable con la de los dioses {orgullo). La desesperación
es algo censurable y se liga con el suicidio, concretamente de Catón enUtica
cuando ganó César (Cf. Séneca, Cartas morales II). Con el parricidio se evoca
posiblemente el asesinato de César, padre adoptivo de Bruto. W. Shakespeare, en
su obra dramática Julio César(1600), toma algunas de las preocupaciones de los
estoicos como censura del suicidio, los presagios, obediencia de la naturaleza.
Luego, para las otras ciencias12, en tanto toman sus principios de la filosofía,
juzgaba que no se podía haber edificado nada que fuese sólido sobre cimientos
tan poco firmes. Y ni el honor ni la ganancia que ellas prometen eran
suficientes para convidarme a aprenderlas; pues no me sentía, gracias a Dios,
en la condición que me obligaba a hacer de la ciencia un oficio para alivio de
mi fortuna; y aunque no hiciese profesión de despreciar la gloria como un
cínico13 sin embargo tenía en poca
estima aquella que se adquiere sólo con falsos títulos. Y por último, respecto
a las malas doctrinas creía conocer ya bastante lo que ellas valían como para
no ser engañado, ni por las promesas de un alquimista, ni por las predicciones
de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por los artificios o la
jactancia de alguno de quienes hacen alarde de saber más de lo que saben.
Por lo cual, tan pronto como la edad me permitió
salir de la sujeción de mis preceptores, abandoné enteramente el estudio de las
letras. Y decidiéndome a no buscar otra ciencia que la que se podría encontrar
en mí mismo, o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud
en viajar, en ver cortes y ejércitos14, en frecuentar personas de diversos caracteres y condiciones, en
recoger diversas experiencias, en probarme a mí mismo en las ocasiones que la
fortuna me deparaba, y en hacer siempre tal reflexión sobre las cosas que se
presentaban que pudiese sacar algún provecho de ellas.
12 Se refiere a la jurisprudencia y a la medicina, que estudia en
Poitiers
1615-1616.
13 "Cínico" toma el nombre de kynós = perro. En cuanto
seguidores de
Antístenes y Diógenes de Sínope consideraba poco imponanles
o más
bien indiferentes para la vida las riquezas, la belleza, la
gloria-
14 Pertenecería al ejército del principe Mauricio de Nassau y al de
Maximiliano de Baviera. En 1619 estuvo en la coronación del
empera-
dor Femando II,
Pues me parecía que podría encontrar mucha más verdad
en los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos que le interesan y
cuyo desenlace será su castigo en seguida si ha juzgado mal, como en los que
lleva a cabo un hombre de letras en su gabinete acerca de las especulaciones
que no producen ningún efecto, y que no tienen otra consecuencia para él, sino
que quizás sacará de esto más vanidad cuanto más alejadas estén del sentido
común, porque habrá tenido que emplear tanto más el ingenio y la astucia para
tratar de hacerlas verosímiles. Y siempre tenía un gran deseo de aprender a
distinguir lo verdadero de lo falso para ver claramente en mis acciones y
caminar con seguridad en esta vida.
Es cierto que mientras sólo consideraba las costumbres
de los demás hombres casi no hallaba en qué afirmarme, y advertía casi tanta
diversidad como antes entre las opiniones de los filósofos. De manera que el
mayor provecho que obtenía de ellas era que, viendo muchas cosas que aunque nos
parezcan muy extravagantes y ridiculas no dejan de ser comúnmente admitidas y
aprobadas por otros grandes pueblos, yo aprendía a no creer muy firmemente en
nada de lo que hubiera sido persuadido sólo por el ejemplo y la costumbre; y
así me liberaba poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz
natural15 y hacemos menos
capaces de en tender la razón. Pero después de que dediqué algunos años a
estudiar así en el libro del mundo y a tratar de adquirir alguna experiencia,
tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo y de emplear todas
las fuerzas de mi espíritu en elegir los caminos que debía seguir. Lo que logré
mucho mejor, me parece, que si no me hubiese alejado de mi país y de mis
libros.
15 Cfr. supra, nota 1.
Estaba entonces en Alemania en donde la circunstancia
de unas guerras que todavía no han terminado16 me había llamado; y como volvía de la coronación del Emperador17 al ejército, el comienzo del invierno me detuvo en
un cuartel donde no encontraba conversación alguna que me divirtiera y, por
otra parte, no teniendo, por suerte, preocupaciones ni pasiones que me
perturbaran permanecía solo, encerrado todo el día, junto a una estufa donde
tenía todo el tiempo libre para dedicarme a mis pensamientos. Entre los cuales
uno de los primeros fue que se me ocurriera considerar que a menudo no hay
tanta perfección en las obras compuestas de muchas piezas y hechas con la mano
de varios maestros, como en aquellas en las que uno solo ha trabajado.
Así vemos que los edificios que un mismo arquitecto
ha iniciado y acabado suelen ser más bellos y mejor ordenados que los que
varios han tratado de recomponer, haciendo servir viejos muros que habían sido
construidos para otros fines. Así como esas antiguas ciudades que al comienzo
sólo fueron aldeas y se han convertido con el tiempo en grandes ciudades son
por lo común tan mal acompasadas18, en comparación con esas plazas regulares,
que un ingeniero traza en su fantasía en una llanura, y que, aunque
considerando sus edificios por separado encontramos en ellos frecuentemente
tanto o más arte que en los de las otras ciudades; sin embargo, al ver cómo
están dispuestos, uno grande aquí, allá uno pequeño, y cómo se vuelven las
calles curvas y desniveladas, se diría que es más bien la fortuna que la
voluntad de algunos hombres que usan la razón la que los ha dispuesto de esa
manera. Y si consideramos que aunque ha habido en todo tiempo personas
encargadas de la función de cuidar los edificios de los particulares, para que
sirvan al ornato público, se advertirá que es incómodo realizar cosas bien
acabadas trabajando únicamente sobre las obras de los demás.
16 Se refiere a la guerra de los Treinta Años que terminó con la
paz de Wesífalia en 1648.
17 Fernando II fue coronado en Francfort en 1619, tras haber recibido en años anteriores las coronas de Bohemia y Hungría. El ejército al que debía regresar Descartes era el de Maximiliano de Baviera.
Así también imaginaba que los pueblos que eran antes
semisalvajes y se han ido civilizando poco a poco hicieron sus leyes sólo a
medida que la incomodidad de los crímenes y de las querellas los presionaban a
ello, no podían estar tan bien ordenados como los que han observado las
constituciones de algún prudente legislador desde el mismo momento en que se
congregaron. Como es también cierto que el estado de la verdadera religión,
cuyas ordenanzas Dios ha instituido, debe estar incomparablemente mejor
dirigido que todos los demás.
Y para hablar de cosas humanas, creo que si Esparta fue en el pasado muy floreciente no ha sido por la bondad de cada una de sus leyes en particular, dado que por lo común tan mal acompasadas18, en comparación con esas plazas regulares, que un ingeniero traza en su fantasía en una llanura, y que, aunque considerando sus edificios por separado encontramos en ellos frecuentemente tanto o más arte que en los de las otras ciudades; sin embargo, al ver cómo están dispuestos, uno grande aquí, allá uno pequeño, y cómo se vuelven las calles curvas y desniveladas, se diría que es más bien la fortuna que la voluntad de algunos hombres que usan la razón la que los ha dispuesto de esa manera. Y si consideramos que aunque ha habido en todo tiempo personas encargadas de la función de cuidar los edificios de los particulares, para que sirvan al ornato público, se advertirá que es incómodo realizar cosas bien acabadas trabajando únicamente sobre las obras de los demás.
18 En contraste con las nuevas ciudades del XVI y comienzos del XV11
con calles anchas y rectas trazadas con regla y compás
(compassées).
Y aún más pensaba que como todos hemos sido niños
antes de ser hombres, y hemos tenido que ser gobernados mucho tiempo por
nuestros apetitos y nuestros preceptores, que con frecuencia eran contrarios
unos a otros y, que quizá ni los unos ni los otros nos aconsejaban siempre lo
mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y tan sólidos como
lo serían si hubiéramos utilizado enteramente nuestra razón desde nuestro
nacimiento y no hubiésemos sido guiados jamás sino por ella.
Es verdad que no vemos que se derriben todas las
casas de una ciudad con el solo propósito de reconstruirlas de otra manera y
hacer las calles más bellas; pero vemos que muchos derriban las suyas para
reedificarlas e incluso a veces son obligados a ello cuando están en peligro de
caerse y los cimientos no son tan firmes. Con este ejemplo me convencí de que
no sería en verdad razonable que un particular se propusiera reformar un
Estado, cambiando todo desde los cimientos y derribándolo para enderezarlo; ni
tampoco reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las
escuelas para enseñarlas; pero en cuanto a las opiniones que había admitido
hasta entonces en mi creencia no podía hacer nada mejor que emprender, de una
vez por todas, suprimirlas a fin de sustituirlas después o colocar otras
mejores, o bien las mismas cuando las hubiera ajustado al nivel de la razón. Y
creí firmemente que por este medio lograría conducir mi vida mucho mejor que si
yo construyese sobre viejos cimientos y me apoyase sobre los principios con que
me había dejado persuadir en mi juventud sin haber examinado jamás si eran
verdaderos. Pues aunque notase en esto diversas dificultades, sin embargo no
eran irremediables ni comparables con las que se encuentran en la reforma de
cosas menores referidas a lo público.
Estos grandes cuerpos son muy difíciles de volver a
levantar una vez derribados, o incluso de impedir que caigan una vez han
tambaleado, y sus caídas siempre son muy duras. Por otra parte, en cuanto a sus
imperfecciones, si las tienen, y como la sola diversidad entre ellos basta para
asegurar que muchos las tienen, el uso las ha suavizado, sin lugar a dudas; e
incluso ha evitado o corregido insensiblemente muchas que no podrían remediarse
de igual manera por la prudencia. Y por último, son casi siempre más
soportables que lo que sería su cambio: de la misma manera que los grandes
caminos que serpentean entre montañas se vuelven poco a poco tan llanos y tan
cómodos a fuerza de ser frecuentados, es mucho mejor seguirlos que intentar
acortar el camino saltando por encima de las rocas y descendiendo hasta el
fondo de los precipicios.
Por eso no podría de ninguna manera aprobar esos
caracteres desordenados e inquietos que no siendo llamados ni por nacimiento ni
fortuna al manejo de los asuntos públicos, no dejan siempre de idear una nueva
reforma. Y si pensara que hubo la menor cosa en este escrito por la que se
pudiera sospechar semejante locura, me habría arrepentido de permitir que se
hubiera publicado. Nunca mi propósito ha ido más allá de tratar de reformar mis
propios pensamientos y de construir sobre un terreno completamente mío. Si al
haberme gustado tanto mi obra les muestro aquí el modelo, esto no significa que
quiera aconsejarle a alguien que la imite.
Aquellos a quienes Dios favoreció con mejores dotes
tendrán tal vez propósitos más elevados; pero mucho me temo que este propósito
mío no resulte para muchos demasiado audaz. La sola resolución de deshacerse de
todas las opiniones que uno ha recibido anteriormente en su creencia no es un
ejemplo que cada uno deba seguir. Y el mundo está compuesto de dos clases de
espíritus a los que esto no conviene en modo alguno. A saber, los que
creyéndose más hábiles de lo que son no pueden impedir la precipitación de sus
juicios, ni tener suficiente paciencia para conducir ordenadamente todos sus
pensamientos: de donde proviene
que
si una vez hubieran tenido la libertad de dudar de los principios recibidos y
apartarse del camino común, nunca podrían mantenerse en el sendero que es
necesario tomar para avanzar más rectamente y permanecerían extraviados toda su
vida. Y, de otros, que teniendo bastante razón o modestia para juzgar que son
menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que algunos otros, por
quienes pueden ser instruidos, deben más bien contentarse con seguir las
opiniones de éstos antes que buscar por ellos mismos otras mejores.
Y por mí, habría estado sin duda en el número de
estos últimos si no hubiera tenido más que un solo maestro, o si no hubiese
conocido las diferencias que siempre han existido entre las opiniones de los
más doctos. Pero habiendo aprendido desde el colegio que no se podía imaginar
nada tan extraño y tan poco creíble que no hubiera sido dicho por alguno de los
filósofos; y habiendo reconocido luego de viajar que todos los que tienen
opiniones bien contrarias a las nuestras no son por esto bárbaros ni
salvajes19, sino que muchos hacen uso, tanto o más que nosotros, de la razón; y
habiendo considerado que un mismo hombre, con un espíritu idéntico, siendo
criado desde su infancia entre franceses o alemanes, llega a ser diferente de
lo que sería si hubiera vivido siempre entre chinos o caníbales20; y que hasta en las modas de nuestros vestidos, la
misma cosa que nos gustó hace diez años y nos gustará quizá todavía dentro de
diez, nos parece ahora extravagante y ridicula: de manera que es más la
costumbre y el ejemplo los que nos persuaden, que un conocimiento cierto, y que
sin embargo la pluralidad de voces no es una prueba que valga para las verdades
un poco difíciles de descubrir, ya que es más verosímil que un hombre solo las
haya encontrado que todo un pueblo: no podía yo elegir a alguien cuyas
opiniones me parecieran preferibles a las de otros, y me encontré como
constreñido a emprender por mí mismo la manera de conducirme.
Pero, como un hombre que anda solo y en tinieblas, me
resolví a caminar tan lentamente y a utilizar tanta circunspección en todo, que
si yo avanzaba muy poco me cuidaría, al menos, de caer. Incluso no quise
comenzar por rechazar completamente ninguna de las opiniones que en el pasado
se habían podido deslizar
en
mi creencia sin haber sido introducidas allí por la razón, sin que antes
hubiera empleado bastante tiempo en hacer el proyecto de la obra que emprendía
y en buscar el verdadero método para llegar al conocimiento de todas las cosas
de las que fuera capaz mi espíritu.
19 Se anuncia ya la oposición entre salvaje y civilizado que será
posterior-
mente desarrollada en Occidente.
20 Descanes utiliza en su traducción latina la palabra americanos.
Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica,
entre las partes de la filosofía, el análisis de los geómetras y el álgebra
entre las matemáticas, tres artes o ciencias que parecían tener que contribuir
en algo a mi proyecto. Pero al examinarlas me previne en cuanto a la lógica,
que sus silogismos y la mayoría de sus instrucciones sirven más bien para
explicar a otro las cosas que uno conoce o, incluso, como el arte de Lulio21, para hablar sin juicio de las que se ignora que
para aprenderlas. Y aunque en efecto contenga muchos preceptos muy verdaderos y
muy buenos hay no obstante otros tantos, mezclados con ellos, que son tan
dañinos o superficiales, que es casi tan difícil separarlos como sacar una
Diana o una Minerva de un bloque de mármol que todavía no está esbozado.
21 Raimundo Lulio, mallorquín (1235-1309). Su arte consistía en
combi-
nar los nombres que expresaran las ideas más abstractas y
más genera-
les con el fin de juzgar la exactitud de las proposiciones y
descubrir
nuevas verdades. Autor del Ar5 magna, dividido en trece
partes: el
alfabeto, las figuras, las definiciones, las reglas, etc. A
su vez, el alfabe-
to comprendía nueve letras y cada una admitía seis
significados dife-
rentes según representara un principio absoluto, uno
relativo, una
pregunta, un sujeto, una virtud, un vicio.
Luego, en cuanto al análisis de los antiguos y el
álgebra de los modernos, además de que no se extienden sino a materias muy
abstractas y que no parecen de
alguna
utilidad, el primero está siempre tan restringido a la consideración de las
figuras que no puede ejercitar el entendimiento sin fatigar mucho la
imaginación; y en
el
álgebra está uno tan sometido a ciertas reglas y cifras que se ha hecho de ella
un arte confuso y oscuro que enreda el espíritu en lugar de ser una ciencia que
lo cultive. Eso hizo que yo pensara que era necesario buscar algún otro método
que, reuniendo las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y
como la multitud de leyes proporciona con frecuencia excusas a los vicios, de
manera que un Estado está mucho mejor regido cuando teniendo muy pocas ellas
son rigurosamente bien observadas; así, en lugar de ese gran número de
preceptos de los que se compone la lógica, creía que eran suficientes los
cuatro siguientes, con tal que tomara una firme y constante resolución de no
dejar de observarlos una sola vez.
El primero era no aceptar jamás ninguna cosa por verdadera
que yo no conociese evidentemente como tal: es decir, evitar cuidadosamente la
precipitación y la prevención; y no incluir en mis juicios nada más que lo que
se presentara a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese ocasión
alguna de ponerlo en duda.
El segundo, en dividir cada una de las dificultades
que examinara en tantas partes como se pudiera y se requiriera para resolverlas
mejor.
El tercero, en conducir ordenadamente mis
pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer,
para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más
compuestos; e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden
naturalmente unos de otros.
Y el último, en hacer en todo enumeraciones tan
completas y revisiones tan generales que estuviese seguro de no omitir nada.
Estas largas cadenas de razones muy simples y
fáciles, de las que suelen servirse los geómetras para llegar a sus más
difíciles demostraciones, me habían dado la ocasión para imaginar que todas las
cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se siguen unas a
otras de igual manera, y que solamente con tal de que uno se abstenga de
recibir por verdadera alguna que no lo sea, y se guarde siempre el orden
necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas
que finalmente no lleguemos a ellas ni tan ocultas que no las descubramos.
Y no hubo mucha dificultad en buscar por cuáles era
necesario comenzar, pues sabía ya que era por las más simples y las más fáciles
de conocer; y considerando que entre todos los que han buscado hasta ahora la
verdad en las ciencias, sólo los matemáticos han podido encontrar algunas
demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba de que
debía empezar por las mismas que ellos han examinado; aunque no esperase
ninguna otra utilidad sino que acostumbra rían mi espíritu a saciarse de
verdades y a no contentarse con falsas razones.
Pero no por esto tuve el propósito de intentar
aprender todas esas ciencias particulares que comúnmente se llaman matemáticas;
y viendo que aunque sus objetos sean diferentes, no dejan de concordar todas en
que no consideran más que las diversas relaciones o proporciones que en ellos
se encuentran, pensaba que más valía examinar solamente esas proporciones en
general y suponiéndolas sólo en aquellos asuntos que servirían para hacerme más
fácil el conocimiento, incluso también sin restringirlas de ningún modo, a fin
de poder después aplicarlas tanto mejor a todos los demás a los cuales convendrían.
Luego advertí que para conocerlas tendría a veces
necesidad de considerarlas a cada una en particular, y otras veces sólo
retenerlas en la memoria o comprender muchas a la vez, pensaba que para
considerarlas mejor en particular debía suponerlas como líneas porque no
encontraba nada más simple ni que pudiese representar más distintamente a mi
imaginación y a mis sentidos; pero para recordarlas o para comprender varias a
la vez era necesario que las explicase por medio de algunas cifras lo más
breves que fuera posible; y por este medio tomaría todo lo mejor del análisis
geométrico y del álgebra y corregiría todos los defectos de una por medio del
otro.
Y en efecto, me atrevo a decir que la exacta
observación de los pocos preceptos que había escogido me proporcionó tanta
facilidad para desenredar todas las cuestiones a las que se extienden estas dos
ciencias que, en dos o tres meses que empleé en examinarlas, habiendo comenzado
por las más simples y más generales, y siendo cada verdad que encontraba una regla
que me servía después para encontrar otras, no sólo resolví muchas que antes
había juzgado muy difíciles sino también me pareció, hacia el final, que podía
determinar, incluso en las que ignoraba, por qué medios y hasta dónde era
posible resolverlas. En lo cual no os pareciera quizá muy vanidoso, si
consideráis que habiendo sólo una verdad en cada cosa, el que la encuentra sabe
todo lo que se puede saber de ella; y que por ejemplo, un niño instruido en
aritmética habiendo hecho una suma según sus reglas, se puede estar seguro que
encontró, sobre la suma que examinaba, todo lo que el espíritu humano podría
encontrar. Pues finalmente el método que enseña a seguir el verdadero orden y a
enumerar exactamente todas las circunstancias de lo que se busca contiene todo
lo que da certeza a las reglas de la aritmética.
Pero lo que más me agradaba de este método era que
por él estaba seguro de utilizar en todo mi razón, si bien no perfectamente, al
menos lo mejor que estuviera en mi poder; además de que sentía, al practicarlo,
que mi espíritu se acostumbraba poco a poco a concebir los objetos más
claramente y con mayor distinción, y que, no habiéndolo sometido a ninguna
materia particular, me prometía aplicarlo tan útilmente a las dificultades de
las demás ciencias como había hecho con las del álgebra. No es que por esto me
atreviera a emprender primeramente el examen de todas las que se me
presentaran, pues esto mismo hubiera sido contrario al orden que el método
prescribe. Pero habiendo advertido que todos sus principios debían ser tomados
de la filosofía, en la cual no encontraba todavía ninguno cierto, pensaba que
era necesario ante todo que tratase de establecerlos en ella; y que siendo esto
lo más importante del mundo y donde eran más de temer todavía la precipitación
y la prevención, yo no debía intentar llevarlo a cabo antes de haber alcanzado
una edad más madura que la de veintitrés años, que tenía entonces, y antes de
que hubiera dedicado mucho más tiempo en prepararme, tanto desarraigando de mi
espíritu todas las malas opiniones recibidas hasta entonces, como juntando
varias experiencias que fueran después materia de mis razonamientos, y
ejercitándome siempre en el método que me había prescrito para afirmarme en él
cada vez más.
En fin, como no es suficiente antes de comenzar a
reconstruir la casa en que se habita derribarla y aprovisionarse de materiales
y arquitectos, o ejercitarse uno mismo en la arquitectura y además de esto
haber trazado cuidadosamente su plano, sino que también es necesario proveerse
de alguna otra habitación en la que uno pueda estar alojado cómodamente durante
el tiempo que dure el trabajo; así pues, para no permanecer indeciso en mis
acciones, mientras la razón me obligaba a serlo en mis juicios, y no dejar de
vivir desde entonces lo más felizmente que pudiera, me formé una moral
provisional que no consistía más que en tres o cuatro máximas que les quiero
comunicar.
La primera, era obedecer las leyes y las costumbres
de mi país, manteniendo con constancia y firmeza la religión en la que Dios me
concedió la gracia de ser instruido desde mi infancia, y gobernándome en todo
lo demás según las opiniones más moderadas y más alejadas del exceso, que
fuesen comúnmente admitidas en la
práctica
por los más sensatos de aquellos con quienes tendría que vivir. Comenzando,
pues, a partir de ese momento, a no contar en nada con las mías propias, porque
quería someterlas todas a examen, estaba seguro de no poder hacer algo mejor
que seguir las de los más sensatos. Y aunque hay acaso entre los persas y los
chinos también sensatos como nosotros, me parecía que lo más útil era regirme
según aquellos con quienes tendría que vivir, y que para saber cuáles eran en
verdad sus opiniones debía prestar atención más bien a lo que ellos practicaban
que a lo que decían; pues no solamente porque en la corrupción de nuestras
costumbres hay pocas personas que quieran decir todo lo que creen sino también
porque muchos lo ignoran ellos mismos; ya que siendo diferente la acción del
pensamiento por la cual se cree una cosa de aquella por la que se conoce que se
la cree, con frecuencia se dan la una sin la otra.
Y entre muchas opiniones igualmente recibidas solo
escogía las más moderadas, Lanío porque son siempre las más cómodas para la
práctica y verosímilmente las mejores, pues todo exceso suele ser malo, como
también con el fin de apartarme menos del verdadero camino en caso de
equivocarme, sí, al haber escogido uno de los extremos era el otro el que
hubiera sido necesario seguir. Y particularmente entre los excesos colocaba
todas las promesas por las cuales se recorta algo de la propia libertad. No es
que desaprobase las leyes que, para remediar la inconstancia de los espíritus
débiles, permiten cuando se tiene algún buen propósito, o incluso, para la
seguridad del comercio o algún propósito indiferente, que se hagan votos o
contratos que obligan a perseverar en ellos. Pero como no veía en el mundo
ninguna cosa que permaneciera siempre en el mismo estado y. como en mí caso particular,
me prometía perfeccionar cada vez más mis juicios y no volverlos peores,
hubiera pensado estar cometiendo una gran falta contra el buen sentido si, por
aprobar entonces alguna cosa, me hubiese obligado a tomarla por buena aún
después quizás de haber dejado de serlo o que yo hubiera dejado de juzgarla
como tal.
Mi segunda máxima era ser lo más firme y lo más
resuelto que pudiera en mis acciones, y no seguir con menos constancia las
opiniones más dudosas, una vez me hubiera determinado a ellas como si hubiesen
sido muy seguras. Imitando en esto a los viajeros que encontrándose extraviados
en algún bosque no deben errar dando vueltas de un lado para otro, ni menos
todavía detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más recto posible hacia
un mismo lado y no cambiarlo por débiles razones, aun cuando haya sido quizás
al comienzo solo el azar el que les haya determinado a elegido: pues por este
medio si no van exactamente a donde desean, llegarán por lo menos, finalmente,
a alguna parte en donde de manera verosímil estarán mejor que en medio de un
bosque. Y como las acciones de la vida no admiten con frecuencia ninguna
demora, es una verdad muy cierta que cuando no está en nuestro poder discernir
las opiniones más verdaderas debemos seguir las más probables; e incluso, aun
cuando no advirtamos más probabilidad en unas que en otras debemos sin embargo
decidimos por algunas, y considerarlas después no ya como dudosas en tanto se
relacionan con la práctica sino como muy verdaderas y muy ciertas porque la razón
que nos ha determinado a ello lo es.
Y esto fue suficiente desde entonces para librarme de
todos los arrepentimientos y remordimientos que suelen agitar las conciencias
de esos espíritus débiles y vacilantes, que se dejan llevar con inconstancia a
practicar como buenas las cosas que juzgan después que son malas.
Mi tercera máxima era tratar siempre de vencerme a mí
mismo más bien que a la fortuna, y de cambiar mis deseos más que el orden del
mundo22; y en general, acostumbrarme a
creer que no hay nada que esté absolutamente en nuestro poder como nuestros
pensamientos, de suerte que después de haber hecho lo mejor respecto de las
cosas que nos son exteriores, todo lo que nos falta por lograr es absolutamente
imposible. Y esto solo me parecía suficiente para impedirme desear nada en el
futuro que no pudiese alcanzar, y de esta manera sentirme contento.
Porque como nuestra voluntad se inclina naturalmente
a desear sólo las cosas que nuestro entendimiento le representa de alguna
manera como posibles, es cierto que si consideramos todos los bienes que están
fuera de nosotros como igualmente alejados de nuestro poder, no tendremos que
lamentarnos de carecer de los que parecen deberse a nuestro nacimiento, cuando
estemos privados de ellos sin culpa nuestra como no la tenemos por no poseer
los reinos de la China o de México; y haciendo, como se dice, de la necesidad
una virtud, ya no desearemos más estar sanos, cuando estemos enfermos, o ser
libres estando en prisión, como ahora no deseamos tener cuerpos de una materia
tan poco corruptible como los diamantes o alas para volar como los pájaros.
22 Lus ecos de moral estoica son evidentes, Epicteto, en el
Enquiridion
(cap. VIII), recomendaba "aceptar de buen grado cuanto
suceda", y en
la Diatriba 11,14,7 "debe uno acomodar su voluntad a los
aconteci-
mientos". Por otra parte, era un principio fundamental
para la libertad
y la felicidad la distinción "entre lo que está en
nuestro poder y lo que
no" (cap. I) o la aclilud "ante las cosas que no
están en nuestro poder o
que no dependen de nosotros". (Diatriba I, 22,18).
Pero confieso que se requiere un largo ejercicio y
una meditación frecuentemente reiterada para acostumbrarse a mirar desde este
sesgo todas las cosas; y creo que en esto consistía principalmente el secreto
de esos filósofos23 que pudieron en
otro tiempo sustraerse al imperio de la fortuna y, a pesar de los dolores y la
pobreza, disputar la felicidad con sus dioses. Pues ocupándose sin cesar de
considerar los límites que les eran prescritos por la naturaleza se convencían
tan perfectamente de que nada estaba en su poder más que sus propios
pensamientos, que esto sólo bastaba para impedirles tener afecto por otras
cosas; y disponían de sus pensamientos tan absolutamente, que tenían en esto
alguna razón de estimarse más ricos, más poderosos, más libres y más felices
que ninguno de los demás hombres que, no poseyendo esta filosofía, por muy
favorecidos que puedan estar por la naturaleza y la fortuna, nunca disponen de
esta manera de todo lo que quieren.
Finalmente, como conclusión de esta moral, se me
ocurrió pasar revista a las diversas ocupaciones que tienen los hombres en esta
vida para intentar elegir la mejor; y sin que nada quiera decir de las de los
otros, pensaba que no podía hacer nada mejor que continuar en la misma en que
me encontraba, es decir, emplear toda mi vida en cultivar mi razón y progresar
cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad, según el método que me había
prescrito. Había experimentado satisfacciones tan extremas desde que comencé a
servirme de este método, que no creía que se pudieran recibir otras más suaves
e inocentes en esta vida; y descubriendo cada día por medio de él algunas
verdades que me " Se refiere a los filósofos estoicos parecían bastante
importantes, y comúnmente ignoradas por los demás hombres, la satisfacción que
sentía por ello llenaba de tal manera mi espíritu que todo el resto no me
importaba.
23 Se refiere a los filósofos estoicos.
Además, las tres máximas precedentes sólo estaban
fundadas en el propósito que tenía de continuar instruyéndome, pues habiendo
dado Dios a cada uno alguna luz para distinguir lo verdadero de lo falso, no
hubiera creído tener que contentarme un solo momento con las opiniones de los
demás, si no me hubiese propuesto emplear mi propio juicio en examinarlas a su
debido tiempo; y siguiéndolas, no hubiese podido liberarme de escrúpulos si no
hubiera esperado aprovechar toda ocasión para encontrar otras mejores, en el
caso de que las hubiera. Y por último no hubiera podido limitar mis deseos ni
estar satisfecho si no hubiese seguido un camino por el cual, pensando estar
seguro de la adquisición de todos los conocimientos de que fuera capaz, y
pensaba, estarlo, por el mismo medio, también de la adquisición de todos los
verdaderos bienes que estuviesen en mi poder; puesto que nuestra voluntad no se
inclina a seguir ni a huir de algo sino cuando nuestro entendimiento se lo
representa como bueno o malo, basta con juzgar bien para actuar bien y juzgar
lo mejor que se pueda para hacer también lo mejor, es decir, para adquirir
todas las virtudes y conjuntamente todos los otros bienes que se puedan
adquirir; y cuando se tiene la certeza de que eso es así no puede uno menos que
estar contento.
Después de haberme asegurado de estas máximas y
ponerlas apañe de las verdades de la fe que siempre han sido las primeras en mi
creencia, juzgué, con respecto al resto de mis opiniones, que podía libremente
empezar a deshacerme de ellas. Y como esperaba poder conseguirlo mejor tanto
hablando con los hombres como permaneciendo más tiempo encerrado en el cuarto
donde había tenido todos esos pensamientos, aunque no había terminado el
invierno me puse a viajar.
Y en los nueve años siguientes no hice otra cosa que
rodar por el mundo aquí y allá tratando de ser espectador más bien que actor en
todas las comedias que en él sé representan24; y reflexionando particularmente en cada materia sobre aquello que
pudiera hacerla sospechosa y damos ocasión para engañamos, arrancaba de raíz de
mi espíritu, durante ese tiempo, todos los errores que antes se hubieran podido
deslizar. No es que con esto imitase a los escépticos que sólo dudan por dudar
y fingen estar siempre indecisos: pues, al contrario, todo mi propósito sólo
tendía a afirmarme y descartar la tierra movediza y la arena para encontrar la
roca o la arcilla. Lo que me parece que lograba bastante bien puesto que
tratando de descubrir la falsedad o la incertidumbre de las proposiciones que
examinaba, no por medio de débiles conjeturas sino por razonamientos claros y
seguros, no hallaba nunca ninguna tan dudosa que no pudiese sacar siempre de
ella alguna conclusión bastante más cierta como sólo fuese la de que no
contenía nada cierto.
Y así como cuando al derribar un viejo edificio se
reservan ordinariamente las demoliciones para que sirvan en la edificación de
uno nuevo, así al destruir todas aquellas opiniones mías que juzgaba mal
fundadas, hacía diversas observaciones y adquiría muchas experiencias que
después me han servido para establecer otras opiniones más ciertas aquellas
opiniones mías que juzgaba mal fundadas, hacía diversas observaciones y
adquiría muchas experiencias que después me han servido para establecer otras
opiniones más ciertas.
24 Para Epicieío "la vida es un drama en el que el hombre ha de
represen-
tar bien el papel que se le asigne", (Enquiridion,
XV11); "acuérdate de
que eres actor de un drama", insistía.
Y también continuaba ejercitándome en el método que me había prescrito; pues además de que me preocupaba por conducir generalmente todos mis pensamientos según sus reglas, de vez en cuando reservaba algunas horas para practicarlo en las dificultades matemáticas o incluso también en algunas otras que yo podía hacer casi semejantes a las de las matemáticas, desligándolas de lodos los principios de las otras ciencias" que no encontraba suficientemente firmes, como verán que he hecho en muchas que se explican en este volumen.
Y así, sin vivir, aparentemente, de manera diferente
de los que no teniendo ninguna ocupación que la de pasar una vida suave e
inocente se dedican a separar los placeres de los vicios, y que, para disfrutar
de su tiempo libre sin aburrirse, utilizan todas las diversiones que son
honestas, no dejaba de continuar en mi propósito y aprovechar en el
conocimiento de la verdad, acaso más que si no hubiera hecho sino leer libros o
frecuentar personas de letras.
Sin embargo, esos nueve años se pasaron antes de que
hubiese tomado algún partido sobre las dificultades que suelen ser discutidas
entre los doctos, ni comenzado a buscar los fundamentos de alguna filosofía más
cierta que la vulgar26. Y el
ejemplo de muchos excelentes espíritus que habiendo tenido antes el mismo
propósito no lo habían logrado, me hacía imaginar tantas dificultades que
quizás no me hubiese atrevido a emprenderlo tan pronto si no hubiese visto que
algunos hacían circular el rumor de que yo lo había llevado a término.
25 A saber, los Meteoros, la Dióptrica y la Geometría que eran
precedidos
en el volumen por el Discurso del método, especie de
introducción o
prefacio.
26 O sea la escolástica comúnmente enseñada,
No podría decir sobre qué fundaban esa opinión; y si
contribuía a ello en algo por mis discursos, debe haber sido por confesar con
más ingenuidad lo que ignoraba, lo que no suelen hacer aquellos que han
estudiado un poco, y quizá también por hacer ver las razones que tenía de dudar
de muchas cosas que los demás estiman ciertas más que vanagloriarme de poseer
alguna doctrina.
Pero como tengo un corazón bastante orgulloso como
para no querer que se me tome por otro del que soy, pensaba que era necesario
tratar por todos los medios de hacerme digno de la reputación que me daban; y
hace justamente ocho años que ese deseo hizo que me resolviera a alejarme de
todos los lugares en donde podía tener conocimientos y a retirarme aquí en un
país27 donde la larga duración de la
guerra ha hecho que se establezcan tales reglamentos, que los ejércitos que se
mantienen no parecen servir sino para hacer que se gocen los frutos de la paz
con mayor seguridad, y donde entre la multitud de un gran pueblo bien activo, y
más cuidadoso de sus propios asuntos que curioso de los de los demás, sin que
me falte ninguna de las comodidades que están en las ciudades más frecuentadas,
he podido
vivir tan solitario y retirado como en los desiertos más apartados.
27 Descartes hizo residencia en Holanda en el otoño de 1628 cuando
co-
mienza a escribir las Meditaciones metafísicas.
No sé si debo hablarles de las primeras meditaciones
que hice allí pues son tan metafísicas28 y tan poco comunes que no serán quizá del agrado de todo el mundo. Y sin
embargo, para que se pueda juzgar si los fundamentos que tomé son bastante firmes,
me encuentro de alguna manera obligado a hablar de ellas.
Desde hace mucho tiempo había observado, en relación
con las costumbres, que es necesario a veces seguir las opiniones que sabemos
son muy inciertas, como
si
fueran indudables, tal como se ha dicho antes; pero puesto que entonces deseaba
dedicarme solamente a la búsqueda de la verdad, pensaba que era necesario hacer
todo lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que
pudiera imaginar la menor duda para ver si después de esto quedaba algo en mi
creencia que fuera enteramente indudable.
Así, pues, como nuestros sentidos nos engañan a
veces, quise suponer que no había ninguna cosa que fuese tal como ellos nos la
hacen imaginar. Y puesto que hay hombres que se equivocan al razonar, incluso
sobre los más simples temas de geometría y cometen paralogismos29, juzgando que estaba sujeto a equivocarme tanto como
otro cualquiera, rechazaba como falsas todas las razones Y, en fin,
considerando que los mismos pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos
nos pueden sobrevenir también cuando dormimos, sin que haya ninguno, por tanto,
que sea verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que habían entrado
hasta entonces en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis
sueños.
28 Se refiere e! autor a metafísica en el sentido de abstracto,
apartado de
lo que tiene que ver con e! mundo sensible.
29 Razonamientos falsos cuya falsedad se consideraba de buena fe,
y en
este sentido, se oponía al sofisma.
Pero inmediatamente después advertí que mientras
quería pensar de este modo que todo era falso, era preciso necesariamente que
yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y notando que esta verdad: pienso, luego
soy, era tan firme y tan segura, que todas las más extravagantes suposiciones
de los escépticos no eran capaces de modificarla, juzgaba que podía aceptarla
sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que buscaba.
Luego, examinando con atención lo que yo era y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno donde yo estuviese, pero que por esto no podía fingir que yo no era; y que al contrario, por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas se seguía muy evidentemente y muy ciertamente que yo era; mientras que si solo hubiese dejado de pensar, aunque fuera verdadero todo lo demás que había imaginado, no tenía ninguna razón para creer que hubiese existido; conocí por esto que yo era una sustancia cuya esencia toda o naturaleza consiste sólo en pensar, y que para ser no necesita de ningún lugar ni depende de ninguna cosa material. De manera que este yo, es decir, el alma30 por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo e incluso ella es más fácil de conocer que éste, y aunque él no existiera ella no dejaría de ser todo lo que es.
30 En la versión en latín se encuentra la
palabra mens, eso significa que
Descartes se refiere al pensamiento puro, al alma racional.
Después de esto consideré en general lo que se
requiere de una proposición para que sea verdadera y cierta; pues ya que
acababa de encontrar una que sabía que lo era, pensaba que debía también saber
en qué consiste esa certeza. Y habiendo notado que en todo esto: pienso, luego
soy, no hay nada que me asegure que digo la verdad, sino que veo muy claramente
que para pensar hay que ser, juzgué que podía tomar por regla general que las
cosas que concebimos muy clara y muy distintamente son todas verdaderas, pero
que solamente hay alguna dificultad en notar bien cuáles son las que concebimos
distintamente.
A continuación, reflexionando sobre lo que dudaba y,
por consiguiente, que mi ser no era completamente perfecto, pues veía
claramente que era una mayor perfección conocer que dudar, quise indagar de
dónde había aprendido a pensar en algo más perfecto que yo mismo; y conocí
evidentemente que debía ser por alguna naturaleza que fuese en efecto más
perfecta. En relación con los pensamientos que tenía de muchas otras cosas que
están fuera de mí como el cielo, la tierra, la luz, el calor, y mil más, no
estaba tan preocupado por saber de dónde venían porque, no observando nada en
ellas que a mi parecer fueran superiores a mí, podía creer que, si fueran
verdaderas, dependían de mi naturaleza en tanto ésta tenía alguna perfección, y
si no lo eran era porque procedían de la nada, es decir, que estaban en mí
porque yo tenía algún defecto. Pero no podía juzgar de la misma manera con la
idea de un ser más perfecto que el mío,
pues obtenerla de la nada era cosa manifiestamente imposible; y como no
hay menos contradicción en que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia
de lo menos perfecto que en pensar que de la nada proceda alguna cosa, tampoco
podía tenerla de mí mismo. De manera que sólo quedaba que hubiese sido puesta
en mí por una naturaleza que verdaderamente fuera más perfecta de lo que yo
era, e incluso que tuviera en sí todas las perfecciones de las que yo podía
tener alguna idea, es decir, para explicarme, en una sola palabra, que fuera
Dios31. A esto agregué que puesto que
conocía algunas perfecciones que no tenía, no era yo el único ser que existía
(utilizaré aquí libremente, si me permitís, palabras de la Escuela32), sino que por necesidad tenía que haber existido
otro más perfecto del cual yo dependiera y del que hubiese adquirido todo lo
que tenía. Pues si yo hubiese sido sólo e independiente de cualquier otro, de
manera que hubiese tenido, por mí mismo, todo lo poco en lo que participaba del
ser perfecto, por la misma razón hubiera podido tener por mí mismo todo lo
demás que sabía me faltaba, y ser así yo mismo infinito, eterno, inmutable,
omnisciente, todopoderoso y, en fin, tener todas las perfecciones que podía
advertir que están en Dios.
31 Es la primera prueba de la existencia de Dios por la idea que el
hombre
tiene de Él, esto es, como idea innata. Vendrán
inmediatamente luego
la segunda prueba por la imperfección del hombre, y la
tercera llama-
da "ontológica" desde Kant, en la que la
existencia es un atribulo nece-
sario de la idea de Dios o la idea de un ser perfecto.
Argumento que
guarda semejanzas con el de San Anselmo: Deus est id quo
majus
cogitan non potest.
32 Palabras de origen escolástico.
Pues siguiendo los razonamientos que acabo de hacer,
para conocer la naturaleza de Dios en cuanto la mía era capaz de ello, no tenía
más que considerar todas las cosas de las que encontraba en mí alguna idea, si
era perfección o no poseerlas, y estaba seguro de que ninguna de las que
indicaban alguna imperfección estaba en él, pero que todas las otras sí lo
estaban. De esta manera veía que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas
semejantes no podían estar en Él, dado que yo mismo me hubiese sentido mejor
sin ellas. Además de esto tenía ideas de muchas cosas sensibles y corporales, y
aunque supusiera que estaba soñando y que todo lo que veía o imaginaba era
falso, no podía negar, sin embargo, que las ideas estuviesen verdaderamente en
mi pensamiento; mas habiendo conocido ya en mí muy claramente que la naturaleza
inteligente es distinta de la corporal, consideraba que toda composición es
testimonio de dependencia y que la dependencia es manifiestamente un defecto,
juzgaba de ahí que no podía ser una perfección en Dios el estar compuesto de
esas dos naturalezas, y que por consiguiente, no lo estaba; pero que si en el
mundo había algunos cuerpos o algunas inteligencias, u otras naturalezas que no
fuesen del todo perfectas, el ser de éstas debía depender de su poder de tal
manera que no podían subsistir sin Dios un solo momento.
Después de esto quise buscar otras verdades y,
habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que yo concebía como un cuerpo
continuo, o un espacio indefinidamente extenso en longitud, ancho y altura o profundidad,
divisible en diversas partes, que podían tener varias figuras y magnitudes y
ser movidas o trasladadas en todos los sentidos; porque los geómetras suponen
todo esto en su objeto, recorrí algunas de sus más simples demostraciones. Y
habiendo advertido que toda esa gran certeza que todo el mundo les atribuye
sólo está fundada en que se las concibe con evidencia, siguiendo la regla ya
mencionada, también advertí que no había absolutamente nada en ellas que me
asegurara la existencia de su objeto. Por ejemplo, yo veía bien que, suponiendo
un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos;
pero no veía con esto nada que me asegurara que ha habido en el mundo triángulo
alguno. Mientras que al volver a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto,
encontraba que la existencia estaba comprendida en ella de la misma manera que
en la idea de triángulo está comprendido que sus tres ángulos son iguales a dos
rectos, o en la idea de una esfera, el que todas sus partes son igualmente distantes
de su centro, o incluso con mayor evidencia. Y que, por consiguiente, es por lo
menos también cierto que Dios, que es ese Ser perfecto, es o existe, como
ninguna demostración de la geometría podría serlo.
Pero lo que hace que haya muchos que se persuaden de
que hay dificultades para conocerlo e incluso también para conocer lo que es su
propia alma, es que no elevan nunca su espíritu más allá de las cosas
sensibles, y están tan acostumbrados a no considerar nada sino imaginándolo, lo
que es una manera particular de pensar para las cosas materiales, por lo que
todo aquello que no es imaginable les parece que no es inteligible. Lo cual se
manifiesta suficientemente incluso en lo que los filósofos tienen por máxima en
las escuelas, que no hay nada en el entendimiento que no haya estado
primeramente en el sentido33, donde, sin
embargo, es cierto que las ideas de Dios y del alma nunca han estado. Y me
parece que los que quieran utilizar su imaginación para comprenderlas obran lo
mismo que si para oír los sonidos, o sentir los olores quisieran servirse de
sus ojos: pero es que incluso hay además esta diferencia, y es que el sentido
de la vista no nos da menos seguridad de la realidad de sus objetos que la que
nos dan el olfato o el oído de los suyos; mientras que ni nuestra imaginación
ni nuestros sentidos nunca podrían asegurarnos nada si nuestro entendimiento no
interviene.
33 Nihi! est in iniellectu quod prius non fuerit in 5f:nsu, decían
los esco-
lásticos con su célebre fórmula.
Dios y del alma nunca han estado. Y me parece que los
que quieran utilizar su imaginación para comprender las obran lo mismo que si
para oír los sonidos, o sentir los olores quisieran servirse de sus ojos: pero
es que incluso hay además esta diferencia, y es que el sentido de la vista no
nos da menos seguridad de la realidad de sus objetos que la que nos dan el
olfato o el oído de los suyos; mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros
sentidos nunca podrían asegurarnos nada si nuestro entendimiento no interviene.
Por último, si todavía hay hombres que no estén
suficientemente persuadidos de la existencia de Dios y de sus almas, con las
razones ya presentadas, quiero que sepan que todas las demás cosas, de las
cuales se creen quizá más seguros como tener un cuerpo, de que hay astros y una
Tierra, y de cosas semejantes, son menos ciertas. Pues aunque se tenga tal
seguridad moral de estas cosas, que parezca, a menos de ser extravagante, que
no se las puede poner en duda, sin embargo también, a menos de estar privado de
la razón, cuando se trata de una certeza metafísica, no se puede negar que sea
suficiente motivo para no estar completamente seguro de ellas el haber
advertido que del mismo modo podemos imaginar, mientras dormimos, que tenemos
otro cuerpo, y que vemos otros astros y otra tierra, sin que nada de eso sea
así.
Pues ¿de dónde sabemos que los pensamientos que
sobrevienen en el sueño son más falsos que los otros, dado que con frecuencia
no son menos vivos y nítidos?
Y
por más que los mejores espíritus estudien esto cuanto les plazca, no creo que
puedan dar alguna razón que sea suficiente para quitar esa duda, si no se
presupone
la
existencia de Dios. Pues, en primer lugar, esto mismo que antes tomé por una
regla, a saber, que las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente son
todas verdaderas, sólo es segura porque Dios es o existe, y es un ser perfecto,
y todo lo que está en nosotros viene de Él. De donde se sigue que siendo cosas
reales nuestras ideas o nociones, y que vienen de Dios en cuanto son claras y
distintas, no pueden ser en esto más que verdaderas. De suerte que si con
bastante frecuencia tenemos ideas que contienen falsedad, sólo puedan ser
aquellas que tienen algo confuso y oscuro, porque en esto ellas participan de
la nada, es decir, ellas son confusas en nosotros porque no somos completamente
perfectos. Y es evidente que no hay menos contradicción en admitir que la
falsedad o la imperfección en cuanto tal proceda de Dios, que la que hay en que
la verdad o la perfección procedan de la nada.
Pero si no supiéramos que todo lo que hay en nosotros
de real y verdadero viene de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas
que fuesen nuestras ideas, no tendríamos ninguna razón que nos asegurara que
tienen la perfección de ser verdaderas.
Ahora bien, después de que el conocimiento de Dios y
del alma nos ha dado la certeza de esta regla, es bien fácil conocer que los
ensueños que imaginamos estando dormidos, de ninguna manera deben hacemos dudar
de la verdad de los pensamientos que tenemos estando despiertos. Pues si
sucediera incluso, cuando dormimos, que tuviésemos alguna idea muy distinta,
como por ejemplo que un geómetra inventaba alguna nueva demostración, su sueño
no le impediría que ella fuera verdadera. Y. en cuanto al error más corriente
de nuestros sueños que consiste en que nos representan diferentes objetos de la
misma manera como lo hacen nuestros sentidos exteriores, no importa que nos dé
ocasión para desconfiar de la verdad de tales ideas, porque también ellas
pueden engañamos con bastante frecuencia sin que durmamos: como cuando los que
tienen ictericia ven todo de color amarillo o que los astros u otros cuerpos
bien alejados nos parecen mucho más pequeños de lo que son34. Pues finalmente,
sea que estemos despiertos, sea que durmamos, no debemos nunca dejamos
convencer sino por la evidencia de nuestra razón. Y es de observar que digo, de
nuestra razón, y no de nuestra imaginación ni de nuestros sentidos. Así, aunque
veamos el Sol muy claramente, no debemos juzgar por esto que sea del tamaño que
lo vemos; y bien podemos imaginar distintamente una cabeza de león pegada al
cuerpo de una cabra sin que sea necesario concluir por esto que en el mundo
haya una quimera: pues la razón no nos dice que lo que vemos o imaginamos de
esa manera sea verdadero. Pero sí nos dice muy bien que todas nuestras ideas o
nociones deben tener algún fundamento de verdad; porque no sería posible que
Dios, que es todo perfecto y todo verdadero, las haya puesto en nosotros sin
esa cualidad. Y puesto que nuestros razonamientos nunca son tan evidentes ni
tan completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque a veces nuestras
imaginaciones sean entonces tanto o más fuertes y nítidas, la razón también nos
dice que nuestros pensamientos, no pudiendo ser verdaderos porque no somos
completamente perfectos, lo que tienen de verdad debe encontrarse
infaliblemente en los que tenemos estando despiertos, más bien que en nuestros
sueños.
QUINTA PARTE
Me
agradaría continuar aquí haciendo ver todo el encadenamiento de las demás
verdades que he deducido de estas primeras. Pero como para esto necesitaría
ahora
hablar
de muchas cuestiones que están en controversia entre los doctos, con los cuales
no quiero disgustarme, creo que será mejor que me abstenga de ello y que diga
solamente en general cuáles son, para dejar juzgar a los más sabios si sería
útil que el público estuviera más detalladamente informado de ellas. Siempre he
permanecido firme en la resolución que había tomado de no suponer ningún otro
principio que el que acabo de servirme para demostrar la existencia de Dios y
del alma. Y de no admitir como verdadera ninguna cosa que no me pareciera más
clara y más cierta que lo que hasta entonces habían sido las demostraciones de
los geómetras. Y sin embargo, me atrevo a decir que no solo he encontrado el
medio de satisfacerme en poco tiempo en lo referente a las principales
dificultades que se acostumbra tratar en filosofía sino que también he indicado
ciertas leyes que Dios ha establecido de tal manera en la naturaleza y cuyas
nociones ha impreso en nuestras almas que, después de haber reflexionado
bastante sobre ello, no podríamos dudar de que son observadas exactamente en
todo lo que hay o acontece en el mundo. Después, considerando la serie de esas
leyes, me parece haber descubierto muchas verdades más útiles y más importantes
que todo lo que antes había aprendido o, incluso, esperado aprender.
34 Es la tesis reiterada de que los sentidos nos engañan o, aun,
que nos
impiden tener una representación exacta. El Sol nos parece
una bola
pequeñita, las torres vistas de lejos parecen redondas pero
de cerca
aparecen cuadradas (sexta Meditación),
Pero como he intentado explicar las principales de
ellas en un tratado35, que algunas consideraciones me impiden publicar, no las
podría hacer conocer mejor que diciendo aquí sumariamente lo que contiene. Tuve
el proyecto de abarcar en él todo lo que pensaba saber, antes de escribirlo,
referente a la naturaleza de las cosas materiales. Pero del mismo modo que los
pintores, al no poder representar igualmente bien en un cuadro plano todas las
diferentes caras de un cuerpo sólido, escogen una de las principales que
colocan sola hacia la luz y, dejando en la sombra a las demás, no las hacen
aparecer sino en cuanto se las puede ver al mirar aquella: así, temiendo no
poder poner en mi discurso todo lo que tenía en el pensamiento, me propuse
exponer en él con bastante amplitud solamente lo que concebía de la luz; luego,
en su momento, agregar algo del Sol y de las estrellas fijas, porque de ellas
procede casi toda la luz; de los cielos que la transmiten; de los planetas, los
cometas y la Tierra, que la reflejan; y en particular de todos los cuerpos que
están sobre la Tierra porque son coloreados, transparentes o luminosos; y por
último, del hombre que es su espectador.
35 Le monde, ou Trai!é de la lamiere. (.El mundo o tratado de la
luz).
Terminado en 1634, no pudo
publicarlo por la condenación a Galíleo
el año inmediatamente anterior. Obra
postuma publicada en 1664.
Esta quinta parte del método es una especie de resumen.
Incluso, para dejar un poco en la sombra todas esas
cosas y poder decir más libremente lo que pensaba, sin estar obligado a seguir
ni refutar las opiniones que son admitidas entre los doctos, resolví dejar este
mundo a sus disputas y hablar solamente de lo que sucedería en uno nuevo, si
Dios creara ahora en alguna parte, en los espacios imaginarios, materia
suficiente para componerlo y agitara de diversas maneras y sin orden las
diversas partes de esa materia, de manera que compusiera con ello un caos tan
confuso como pueden fingirlo los poetas, y que después no hiciera otra cosa
sino prestar su concurso ordinario a la naturaleza y dejarla actuar siguiendo
las leyes que ha establecido.
Así, primeramente describí esa materia y traté de
representarla de tal manera que no hay nada en el mundo, me parece, más claro y
más inteligible, con excepción de lo que antes he dicho de Dios y del alma:
pues hasta supuse expresamente que en ella no había ninguna de esas formas o
cualidades de las que se discute en las escuelas, ni en general ninguna cosa
cuyo conocimiento no fuese tan natural para nuestras almas que ni siquiera se
pudiese fingir que se ignora. Además, hice ver cuáles eran las leyes de la
naturaleza; y sin apoyar mis razones en ningún otro principio más que en las
perfecciones infinitas de Dios, trataba de demostrar todas aquellas leyes en
las que pudiera haber alguna duda, y de hacer ver que son tales que, aunque
Dios hubiera creado muchos mundos, no podría haber ninguno donde ellas dejaran
de ser observadas. Después de esto, mostraba cómo la mayor parte de la materia
de ese caos, como consecuencia de esas leyes, debía disponerse y ordenarse de
cierta manera que la hiciera semejante a nuestros cielos; y cómo, sin embargo,
algunas de sus partes debían componer una tierra, otras, planetas y cometas, y
algunas otras, un sol y estrellas fijas. Y aquí, al extenderme al tema de la
luz, expliqué detalladamente cuál era la que debía encontrarse en el Sol y las
estrellas, y cómo desde allí atravesaba en un instante los inmensos espacios
celestes y cómo se reflejaba desde los planetas y los cometas hacia la Tierra.
Añadía también allí muchas cosas relacionadas con la sustancia, la situación,
los movimientos y todas las diversas cualidades de esos cielos y de esos
astros; de manera que pensaba decir de ellos bastante para que se conociera que
no se observa nada en los de este mundo que no deba, o al menos que no pueda
parecer completamente semejante a los del mundo que describía. De allí pasé a
hablar en particular de la Tierra: cómo, aunque hubiese supuesto expresamente
que Dios no había puesto ninguna gravedad en la materia de que está compuesta,
todas sus partes no dejan de tender exactamente hacia su centro; cómo, habiendo
en ella agua y aire en su superficie, la disposición de las cielos y de los
astros, principalmente de la Luna, debía causar un flujo y reflujo, que fuera
semejante en todas sus circunstancias al que se observa en nuestros mares; y
además de esto, una cierta corriente tanto de agua como de aire, del naciente
hacia el poniente, tal como la que se observa en los trópicos; cómo las
montañas, los mares, los manantiales y los ríos podían formarse naturalmente, y
producirse los metales en las minas, y las plantas crecer en los campos, y en
general engendrarse allí todos los cuerpos que se llaman mixtos o compuestos. Y
entre otras cosas, como además de los astros no conocía nada en el mundo que
produzca luz sino el fuego, me apliqué a hacer comprender bien claramente todo
lo que pertenece a su naturaleza, cómo se produce y cómo se alimenta; cómo a
veces hay calor sin luz y, otras, luz sin calor; cómo puede introducir diversos
colores en diversos cuerpos, y otras diversas cualidades; cómo funde a unos y
endurece a otros; cómo puede consumirlos a casi todos o convertirlos en cenizas
y en humo; y, finalmente, cómo de esas cenizas, por la sola violencia de su
acción, forma el vidrio; puesto que esta transmutación de cenizas en vidrio me
parecía tan admirable como ninguna otra de las que suceden en la naturaleza
tuve un particular agrado en describirla.
Sin embargo, no quería inferir de todas estas cosas
que este mundo hubiese sido creado de la manera como yo proponía, pues es más
verosímil que Dios, desde el comienzo, lo haya hecho tal como debía ser. Pues
es cierto, y es una opinión comúnmente admitida entre los teólogos, que la
acción por la cual ahora Dios conserva el mundo es completamente la misma que
aquella por la cual lo ha creado; de manera que, aunque no le hubiera dado al
principio otra forma que la del caos, con haber establecido las leyes de la
naturaleza y haberle prestado su concurso para que actuara como ella
acostumbra, se puede creer, sin desconocer el milagro de la creación, que sólo
por esto todas las cosas que son puramente materiales hubieran podido con el
tiempo llegar a ser tales como las vemos ahora. Y su naturaleza es mucho más
fácil de concebir cuando se las ve nacer poco a poco de esta manera, que cuando
se las considera ya hechas completamente.
De la descripción de los cuerpos inanimados y de las
plantas pasé a la de los animales y particularmente a la de los hombres. Pero
como todavía no tenía suficiente conocimiento para hablar de estas cosas con el
mismo estilo que del resto, esto es, demostrando los efectos por las causas y
haciendo ver de qué semillas y de qué manera la naturaleza debe producirlos, me
contenté con suponer que Dios formó el cuerpo de un hombre completamente
semejante a uno de los nuestros, tanto en la figura exterior de sus miembros
como en la conformación interior de sus órganos, sin componerlo de otra materia
que la que había descrito, y sin colocarle, al principio, ningún alma racional,
ni ninguna otra cosa que le pudiera servir de alma vegetativa o
sensitiva36,
sino que había excitado en su corazón uno de esos fuegos sin luz, que ya he
explicado, y que concebía de naturaleza semejante al que calienta el heno
cuando se lo ha encerrado antes de estar seco, o que hace hervir los vinos jóvenes
cuando se dejan fermentar con el hollejo. Pues examinando las funciones que
podían estar en este cuerpo como consecuencia de esto, encontraba que eran
exactamente las mismas que pueden estar en nosotros sin que pensáramos en ellas
y sin que, por tanto, contribuya en nada nuestra alma, es decir, esa parte
distinta del cuerpo de la que ya se ha dicho que su naturaleza es solamente
pensar, con lo cual se puede decir que los animales desprovistos de razón se
nos parecen: sin que por esto se pueda encontrar en ese cuerpo ninguna de las
que siendo dependientes del pensamiento son las únicas que nos pertenecen en
cuanto hombres, mientras que todas esas las encontraba yo en seguida cuando
suponía que Dios había creado un alma racional y la había unido a ese cuerpo de
cierta manera que yo describía.
36 Aristóteles distinguía en los
seres vivos la facultad de pensar, la sensi-
tiva y la nutritiva o función
vegetativa de crecimiento y nutrición (Del
alma, II, 4). Distinción retomada
por la escolástica. Es claro para Des-
cartes que sí la esencia o
naturaleza del alma es pensar no puede tener
ninguna función fisiológica.
Pero a fin de que se pueda ver de qué manera trataba
esta materia, quiero introducir aquí la explicación del movimiento del corazón
y de las arterias, pues siendo lo primero y lo más general que se observa en
los animales, fácilmente se juzgará por él lo que se deba pensar de todos los
demás. Y con el fin de que haya menos dificultad en comprender lo que voy a
decir, quisiera que los que no son versados en anatomía se tomen el trabajo,
antes de leer esto, de hacer cortar ante ellos el corazón de algún animal
grande que tenga pulmones. Porque en todo es muy semejante al del hombre, y que
se hagan mostrar las dos cámaras o concavidades37 que hay allí. Primero la que
está en su lado derecho, a la cual corresponden dos tubos muy anchos, a saber,
la vena cava, que es el principal receptáculo de la sangre y como el tronco del
árbol cuyas ramas son todas las otras venas del cuerpo, y la vena arterial38
que ha sido así mal llamada, porque es en realidad una arteria, que teniendo su
origen en el corazón, se divide, después de haber salido de él en muchas ramas
que van a repartirse por todas partes en los pulmones. Luego la que está a su
lado izquierdo, a la cual
37 Los dos ventrículos.
38 La artería pulmonar,
Luego la que está a su lado izquierdo, a la cual
corresponden de la misma manera dos tubos que son tanto o más anchos que los
anteriores, a saber, la arteria venosa, también mal llamada así, ya que no es
otra cosa que una vena que viene de los pulmones, donde está dividida en varias
ramas entrelazadas con las de la vena arterial y las de ese conducto llamado
garganta39, por donde entra
el aire de la respiración y la gran arteria40, que sale del corazón y envía sus
ramas por todo el cuerpo. Quisiera también que se mostraran cuidadosamente las
once pielecitas41 que como otras tantas puertecillas abren y cierran las cuatro
aberturas que hay en esas dos concavidades, a saber, tres a la entrada de la
vena cava, donde están dispuestas de tal forma que no pueden impedir de ninguna
manera que la sangre contenida en la vena entre en la concavidad derecha del
corazón, pero sí que salga de allí; tres a la entrada de la vena arterial42, que estando dispuestas de un modo enteramente
contrario permiten que la sangre que está en esa concavidad pase a los pulmones
pero no que la que está en los pulmones retome a aquélla; otras dos43 a la entrada de la arteria venosa, que dejan pasar
la sangre de los pulmones hacia la concavidad izquierda del corazón, pero se
oponen a su retomo; y tres a la entrada de la gran arteria44, que permiten que la sangre salga del corazón, pero
que le impiden volver a él.
39 Siffiet corrieniemente se traduce por silbato. En el francés familiar
del
siglo XVI significa garganta. Corresponde al conducto que
lleva el aire
a los pulmones (la tráquea).
40 La arteria aorta.
41 Las válvulas.
42 Las tres válvulas sigmoides de la arteria pulmonar.
43 Válvula mitral.
44 Las tres sigmoides de la arteria aorta.
Y no es necesario buscar otra razón al número de esas
pieles sino que siendo ovalada la abertura de la arteria venosa por el lugar en
que se encuentra, puede cerrarse cómodamente con dos, mientras que las otras,
siendo redondas, lo pueden hacer mejor con tres. Quisiera además hacerles
considerar que la gran arteria y la vena arterial son de una composición mucho
más dura y más firme que la arteria venosa y la vena cava; estas dos últimas se
ensanchan antes de entrar al corazón y forman allí como dos bolsas, llamadas
las orejas del corazón, compuestas de una carne semejante a la de éste; que hay
siempre más calor en el corazón que en ningún otro lugar del cuerpo; y en fin,
que ese calor es capaz de hacer que si entra alguna gota de sangre en sus
concavidades, ésta se hincha rápidamente y se dilata como sucede generalmente
con todos los líquidos cuando se les deja caer gota a gota en algún vaso que
está muy caliente.
Después de esto no necesito decir otra cosa para explicar el movimiento del corazón, sino que, cuando sus cavidades no están llenas de sangre, ésta corre necesariamente de la vena cava a la concavidad derecha y de la arteria venosa a la izquierda, pues estos dos vasos que siempre están llenos y sus orificios que miran al corazón no pueden entonces taparse; pero tan pronto como de ese modo han entrado dos gotas de sangre, una en cada concavidad, estas gotas, que tienen que ser muy gruesas porque los orificios por donde entran son muy anchos y los vasos de donde proceden están muy llenos de sangre, se expanden y se dilatan por el calor que encuentran allí, con lo cual, al hacer inflar todo el corazón, empujan y cierran las cinco puertecillas que están a las entradas de los dos vasos de donde vienen, impidiendo así que baje más sangre al corazón; y al continuar enrareciéndose cada vez más impulsan y abren las otras seis puertecillas que están a las entradas de los otros dos vasos por donde salen, haciendo hinchar por este medio todas las ramas de la vena arterial y de la gran arteria, casi al mismo instante que e! corazón, el cual in