Historia y perspectivas

de la Educación Primaria Rural en México

 
Gabriel de la Cruz Renovato

 

INTRODUCCIÓN

 

El presente trabajo contiene un resumen que nos muestra cual fue la educación que se impartió a los mexicanos desde la llegada de los conquistadores españoles a nuestro país, y también a quienes nunca se tomó en cuenta al momento de impartir la educación; los indígenas que vivieron fuera de los principales núcleos de población,, ciertamente existe una historia de la educación que se desarrollo en lo que hoy ocupa la República Mexicana, sin embargo esta nunca llegó a formar parte de un sistema tal,, que llegara a todas las latitudes de nuestro país.

 

Es conveniente para nuestro estudio analizar lo referente a la educación que se impartió a la población en general desde la época de la Nueva España hasta nuestros días, con la finalidad de ir descubriendo en que momento de nuestra historia realmente se llegó a dar educación a las clases sociales que vivieron y siguen viviendo en las zonas rurales del país, esto con la única finalidad de darle un valor real a este campo educativo, porque no tiene un mismo significado. Esto quiere decir que las intenciones de las autoridades respectivas tienen una valoración muy diferente dependiendo de la época de que se trate; así por ejemplo en el principio de la conquista se educó a ciertos indígenas, no con la finalidad de educarlos a todos por igual, sino que se seleccionaron aquellos que pertenecían a las clases acomodadas de México Tenochtítlan.

 

En primer término veremos las actividades que realizaron en la Nueva España los frailes franciscanos, por ser estos los primeros en dedicarse a estas actividades propiamente educativas, aunque la educación fue siempre por mucho tiempo de carácter político y con las intenciones de conquistar espiritualmente a los habitantes  de la ciudad de México. Posteriormente se hará un breve estudio de la influencia que tuvo la Compañía de Jesús en la educación novohispana, de una importancia fundamental, ya que éstos vinieron a revolucionar lo establecido en cuanto a educación se refiere en la Nueva España, modificaron el método pedagógico, aunque en realidad los programas educativos tuvieron gran similitud con otras instituciones educativas a lo largo de trescientos años que duró la etapa colonial.

 

Pasaremos a continuación a ver lo que fue la actividad educativa en el México independiente, ya como una nación gobernada por un modelo republicano, los incipientes congresos eligieron otro tipo de educación. Aquí veremos como la Compañía Lancasteriana asumió la dirección de la educación por méritos propios, los primeros intentos de esta Compañía se dieron a principios del siglo, aunque su verdadero auge lo tuvo al finalizar la primera mitad del siglo XIX.

Lo que si nos quedará muy claro, es que los nuevos dirigentes del país deseaban una educación muy diferente, en esta parte del resumen veremos los esfuerzos de grandes hombres por transformar la educación y darle un rumbo diferente, en donde los habitantes más pobres del país ya se comenzaban a tomar en cuenta, desde luego será sumamente poner en práctica un modelo educativo diferente, ya que la situación que prevaleció durante trescientos años, no fue fácil de desterrar, las acciones educativas no tuvieron avances importantes reales educación fue la bandera de más importancia de los liberales, y no sólo fue la bandera, sino que logró llegar a lugares y personas que jamás había llegado, las escuelas se duplicaron, la matrícula llegó a duplicarse durante el periodo de gobierno de Juárez.

 

Durante el porfiriato se retrocedió en muchos aspectos en la educación, se frenó el ritmo de crecimiento y se detuvieron en gran parte los planes educativos en cuanto al método pedagógico que iba ganando terreno para bien de los habitantes de la nación,, se puede afirmar que en realidad durante treinta años la educación no tuvo avances significativos en relación con lo hecho anteriormente y con el número de habitantes.

 

Pasaremos en este mismo resumen a analizar el papel de los maestros en la Revolución Mexicana, es importante porque después de ésta, el maestro llegó a formar parte de un sistema educativo que ahora sí llegaría hasta las masas del pueblo más alejadas de los centros urbanos que hasta entonces existían, verdaderamente después de la Revolución podemos afirmar que comienza verdaderamente la escuela rural en México.

 

Por último en el presente resumen encontraremos la información más completa de lo que el tema de éste verdaderamente nos interesa, aquí encontraremos la gloria de la educación rural en México que se llevó a cabo en las escuelas rurales en la postrevolución y la situación de la educación rural hasta bien entrados los años del siglo XX.

 

 

OBJETIVOS

 

Cuál es la razón de que debemos considerar interesante este tema dentro del ámbito educativo, una de ellas es que los mexicanos y en particular los maestros de escuela deben conservar en la memoria la historia de la educación rural en particular, otra razón serían las consecuencias históricas que repercutieron en la formación de un estado mexicano reformado a tal grado de borrar de la geografía de México un régimen caduco que se estanco dentro de su propio sistema autoritario, que ya no permitió el crecimiento de la nación en el sentido social.

 

Por qué digo que los maestros no debemos borrar de nuestra memoria los acontecimientos históricos de la educación rural en México. Sencillamente porque a ella nos debemos, la situación del magisterio actual es producto del pasado, ciertamente nos encontramos en una etapa que parece que se aleja cada vez más de la mística y gloriosa escuela rural mexicana, ciertamente los tiempos actuales son otros, la economía difiere en gran parte de la de entonces, los adelantos tecnológicos se encuentran a una distancia enorme de los de la época de la escuela rural, sin embargo la historia de la educación rural nos remite al pasado, el cual nos permite entender de donde venimos, en donde estamos y hacia donde nos dirigimos.

 

La mística del maestro rural no debe olvidarse por el contrario debe cultivarse del tal manera que adecuándola a los tiempos actuales podamos ofrecer un servicio educativo a todos los niños de que asisten a escuelas alejadas de los centros urbanos. Es claro que en nuestros días ya no encontramos lugares  lejanos, ya que la tecnología en comunicaciones nos acerca cada vez a todas las latitudes del mundo, con más razón a las latitudes de nuestro país, desde luego no vamos a poner en práctica todas las acciones del maestro rural, pero si las que nos permiten tener una comunicación más cercana a la comunidad, aún con los avances tecnológicos que hoy tenemos, existen muchos lugares donde los niños no tienen acceso a una educación de calidad,, comparándola con la mayoría de las escuelas de los centros urbanos.

El objetivo principal de este trabajo es que consideremos que el maestro es capaz de entregar su trabajo a la comunidad de la misma manera que en el pasado en cuanto a labor social. Yo se que los momentos actuales hacen muy difícil que esto suceda, las circunstancias socioeconómicas que vivimos nos impiden llegar a ser responsables en su totalidad, tenemos los maestros  cientos de distractores, unos de tipo político, otros de tipo económico, otras veces llegamos a ser insensibles ante la realidad, caímos en un pesimismo al ver cuantas diferencias de tipo ideológico y corrupción dentro del magisterio, sin embargo debemos asumir nuestra realidad, el maestro tiene que aflorar su humanismo natural, la realidad es que de ello vivimos y esa es una razón sino suficiente, si con la fuerza necesaria de hacer las cosas con algo de la mística que caracterizó al maestro rural postrevolucionario.

 

Considero que con el presente trabajo tendremos la oportunidad de reflexionar sobre los hechos históricos que sucedieron dentro de las acciones  educativas de todos los maestros rurales de México, entonces seremos capaces de educar a los niños con el ímpetu creador que es característico de los maestros rurales, en la actualidad todos sabemos que para ellos en muchas partes no tienen horario fijo, ya que cumplen con el tiempo oficial que el estado les encomienda, pero además promueven  actividades que conllevan a la convivencia familiar en la comunidad, no se han terminado los eventos socioculturales, deportivos, sociales y de trabajo comunitario. No puedo decir que el trabajo comunitario se encuentra a los mismos niveles que en la época de oro de la gloriosa escuela rural, sin embargo hay un alto porcentaje de participación en actividades extraescolares para el desarrollo de los niños y de la comunidad en general.

 

 

 

LA CONQUISTA EDUCATIVA DE LOS HIJOS DE ASIS

 

LA EDUCACIÓN FRANCISCANA

 

La  educación de los primeros indígenas fue de corte marcadamente feudal aunque sólo se impartió en un principio a los hijos de los señores principales. Se dice que la organización  indígena cuadraba exactamente con la organización feudal europea por esa razón no batallaron en adaptarse al nuevo modelo que ofrecía la conquista.

 

Sobre la actividad educativa de los franciscanos podemos decir que se centró en cuatro ramas: la educación para hijos de la minoría directora; la enseñanza catequística en el patio; la enseñanza con miras a la capacitación profesional y la educación de niñas indias.

Son muy escasos los datos que nos informan de la labor educativa de los franciscanos durante este período que podemos denominar texcocano y que coincide con aquella temporada, en la que los indígenas macehualtin estaban al decir de Gante, “como animales sin razón, indomables, que no los podíamos traer al gremio, ni a la doctrina, ni al sermón... sino que huían como salvajes de los frailes  franciscanos.

 

LOS HIJOS DE LA MINORIA DIRECTORA

Para la educación de los hijos de la minoría directora, que en este caso se hace referencia a los hijos de los gobernantes de las ciudades principales, los franciscanos tuvieron a bien servirse del modo y la disciplina que habían regido antes de la llegada de los españoles a tierras mexicanas dentro del calmécac. El éxito tan sorprendente del tipo de educación intensiva que se ofreció a los nobles mexicas no fue la alfabetización del idioma náhuatl, ni la formación de buenos canteros o artesanos, sino la conversión de los educandos en un medio eficacísimo para la promoción del apostolado y al mismo tiempo una arma ofensiva contra su propio pueblo y contra la religión prehispánica.

 

LA ENSEÑANZA CATEQUISTICA DEL PATIO

El número creciente de indígenas conversos obligó a los franciscanos a organizar un sistema de instrucción en masa, que se practicaba en las explanadas de las iglesias, llamadas atrio o patio. En el patio tenía lugar además de misa, la enseñanza de los rudimentos de la doctrina cristiana para los hijos de la gente común. Nótese que fueron las primeras acciones de instrucción que se les ofrecía a los pobres en la Nueva España, sin embargo lejos está de ser una educación  que sea capaz de llegar a todas las latitudes de lo que se llama Mesoamérica y que además era solamente la doctrina cristiana.

 

ENSEÑANZA PRACTICA CON MIRAS A LA CAPACITACIÓN PROFESIONAL

Hacia el año 1530 comenzó la enseñanza de oficios mecánicos y artes para los alumnos en edad avanzada como en la adolescencia, pero que antes hubieran aprendido bien la doctrina cristiana. Del establecimiento fundado por Pedro de Gante, al poco tiempo empezaron a salir sastres, zapateros, carpinteros, lapidarios, orfebres, canteros, alfareros, teñidores, curtidores, fundidores de campanas, herreros, etc.

Los franciscanos no fueron los únicos impulsores de la capacitación profesional de los indígenas de la Nueva España. Hoy sabemos que la introducción de la técnica de cerámica de Talavera de la Reina en Puebla de los Angeles, se debió a los dominicos. Sabemos también que los agustinos se esforzaron en el adiestramiento de los michoacanos y enviaron a algunos a la ciudad de México para que se instruyeran en los oficios que mencioné anteriormente. Por otra parte diremos que la preocupación por la capacitación de los indígenas fue un tema de interés para los indígenas, se sabe que Zumárraga volvió de la Nueva España con treinta hombres oficiales para que les enseñaran los oficios a los indígenas.

 

EDUCACIÓN DE LAS NIÑAS INDIAS

A diferencia de los niños, todas las niñas hijas de principales y aún de la gente más humilde se enseñaron en la doctrina cristiana por sus corrillos de forma tradicional repartidas en alguna orden. Se dice que las niñas tenían como maestras ayudantes a unas viejas que sabían oraciones en coro, además las niñas mayores se integraban a este tipo de grupos y seguían su instrucción de tipo religioso hasta que se casaban en los patios o atrios de las iglesias.

Ciertamente sabemos ahora que esta educación fue en gran medida deficiente, sin embargo los primeros pasos educativos fueron en esta dirección, tuvieron que pasar largos años para que la educación sufriera cambios notables en la educación de los indígenas particularmente, ya que la educación de los peninsulares fue de carácter particular. Durante largo tiempo los franciscanos y las demás órdenes religiosas se esmeraron en impartir la doctrina cristiana en el pueblo conquistado, pero sabemos que poco a poco los alumnos indígenas fueron dejando los centros de instrucción poco a poco, ya que la enseñanza no les ofrecía gran cosa en relación con sus expectativas sociales como pueblo.

La educación femenina perseguía dos finalidades: una era formar buenas  cristianas , que después de casadas enseñaran a sus maridos las cosas de la fe  y el modo honesto de comportarse y de vivir; la otra cosa consistía en proteger la honra de las niñas de una costumbre prehispánica de ofrecerlas tanto el padre como la madre a personas por demás holgazanes, que las llevan a lugares subterráneos y escondidos donde nadie las puede ver y de esta manera nunca podrán escuchar la palabra de Dios.

 

A partir de 1536 se propone que el tipo de educación de las niñas sea el mismo que la que reciben los niños, esto en cuanto a organización y la misma escala con la que cuenta el Colegio de Tlatelolco. Así  una de las soluciones por las cuales parecía que se solucionaría la falta de interés de asistir a la escuela por parte de las niñas fue la de construir casas protegidas del exterior por medio de grandes bardas para que no haya molestias de la gente ajena que perturbe la educación de las mismas. Sin embargo este proyecto no pudo llevarse a cabo  a causa de oposiciones de algunos gobernantes de las audiencias principales  entre ellas la de la ciudad de México, otro motivo fue que la corona española en un principio prometió mandar monjas que se dedicasen a educar a las niñas, sin embargo esto nunca sucedió, otra causa fue la epidemia de 1545 es otra de las causas que se suman para arruinar el proyecto educativo de Zumárraga,  pero la causa principal fue que los principales caciques señalaban que los indígenas se rehusaban a casar con las mujeres que asistían regularmente al adoctrinamiento que impartían  los franciscanos.

 

LA INFLUENCIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LA SOCIEDAD NOVOHISPANA DEL SIGLO XVI

 

Otro hecho histórico que viene a resaltar y a darle otro sentido a la educación virreinal es la llegada en 1572 de los jesuitas a la Nueva España, desde luego fue un acontecimiento trascendental para la vida religiosa, intelectual y social de la colonia. Recordemos que hasta ese año la educación predominante fue lo relativo a la doctrina cristiana, las artes y oficios que organizaba y administraban los agustinos y en mayor medida la orden de San Francisco de Asís entre otras órdenes religiosas.

Existieron dificultades entre las distintas órdenes religiosas para aplicar sus actividades de evangelización, por lo tanto lo mismo sucedía con lo relativo a la instrucción que impartían sobre todo en lo que se refiere a la jurisdicción correspondiente de cada uno. Ciertamente fueron muchas las discusiones  en donde se debatía cuales eran las atribuciones de una, otras y en donde deberían establecerse una y otras.

En particular una de las dificultades entre franciscanos y la orden de los jesuitas fue en la disputa por los territorios misioneros del norte de lo que fue la Nueva España,; también lo relacionado con los pleitos de los conventos establecidos por no respetar algunos privilegios pontificios de los que gozaba; también encontramos el choque que tuvieron los jesuitas con la Universidad Pontificia por aspirar aquellos al derecho de conceder grados, cosa que hasta ese momento no había otra autoridad que la Universidad para aplicar este derecho; y las lamentaciones de los criollos acaudalados,, autoridades, particulares que veían como la Compañía aumentaba cada día sus rentas y se adueñaba cada vez más de las mejores propiedades rurales y urbanas de la colonia.

Pese a todo lo anterior podemos decir que los jesuitas fueron acogidos favorablemente y gozaron de la protección de las autoridades civiles y eclesiásticas y de las familias más acomodadas económicamente dentro de la sociedad criolla. Muchas de las puertas se les habrían ya que la compañía venía precedida de gran fama por la ortodoxia y de la capacidad de sus métodos como educadores. Desgraciadamente lo que quedó en el olvido fue la tarea de evangelizar a los indios de las zonas más alejadas que aún no habían recibido el conocimiento de la doctrina cristiana.

En realidad los jesuitas se manifestaron muy astutos, ya que aprovecharon cuantas ocasiones se les presentaron para lograr el aprecio de toda la población. La asistencia a los enfermos en la epidemia del matlazáhuatl de 1575, les sirvió para atraerse a quienes todavía no les tenían confianza, las visitas a los enfermos, cárceles y obrajes contribuyeron a consolidar la fama de pureza evangélica en las actividades de los socios de la Compañía, sobre todo en la enseñanza de la doctrina, que recorría las calles y plazas con los niños que la coreaban.

En todas las ciudades pusieron en práctica este método de instrucción catequística. Todos los domingos salía del Colegio Máximo cuatro doctrinas; una para los niños españoles, otra para los negros y dos más para los indios. Sin embargo, como hemos de notar y lo voy a recalcar durante este resumen continuamente, la instrucción en esa época solo se impartía en las ciudades, en los pueblos más grandes o en algunas villas, por lo tanto puedo afirmar que la gran mayoría de la población no recibía ningún tipo de instrucción como de la que estamos hablando ya que estos vivían en las zonas más alejadas de la población como en las serranías y profundas cañadas en donde el poder virreinal no los pudiese tocar, recordemos también que los indios salieron huyendo de los malos tratos que recibían de los conquistadores, por lo tanto siempre se mantuvieron al margen de toda doctrina e instrucción por parte de la orden franciscana como de la Compañía de los jesuitas.

 

LA VIDA ESCOLAR Y EL GUSTO LITERARIO

Volvamos a la realidad de la instrucción de los jesuitas, repito que esta sólo se dio en as comunidades más pobladas que en realidad era una  minoría. Los jóvenes fueron los más directamente afectados por las innovaciones que introdujo la compañía en el sistema educativo colonial, en el interior de las escuelas se siguió el método preescrito por el ratio que establecía ya un reglamento relativo a método de enseñanza, horario, textos y explicaciones que habían de darse en las clases.

El gusto literario de los criollos se formaba principalmente durante su estancia en la escuela y de acuerdo con las lecturas que se les recomendaban. Los estudiantes de gramática y artes tenían que leer una serie de libros que utilizaban en sus cursos y que casi siempre procedían de la propia imprenta de la escuela; así los clásicos podían quedar al alcance de los jóvenes, pues los textos que utilizaban habían sido expurgados para que no se encontrase en ellos ninguna expresión o concepto peligroso para la moral. En 1577 los jesuitas dirigieron una solicitud al virrey Don Martín de Enriquez para que se permitiese la impresión de una serie de obras de diversos autores, entre ellos: Catón, Luis Vives, Cicerón, Virgilio. Ovidio, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio, San Jerónimo, además de algunas fábulas, cartillas de la doctrina cristiana, Súmulas del padre Francisco de Toledo y los emblemas de Alcíato.

En años sucesivos se amplio la lista de los títulos  editados y la preparación y cuidado de las ediciones quedó a cargo de la Congregación de la Anunciata.

Se incluyeron algunos títulos de Santo Tomás de Aquino, Arias Montano, Roberto Bellarmino, conferencias espirituales del padre Anaya, sermones, comentarios teológicos, los ejercicios espirituales de San Ignacio y los inevitables textos de gramática y selecciones de Cicerón que utilizaban los estudiantes en sus clases de latín, Retórica y artes.

Estos apólogos conceptuosos como les llama el escritor de esta obra y los correspondientes grabados alusivos influyeron en el gusto literario de los jóvenes y fueron una contribución más para la caracterización del barroco novohispano.

Según se dice y a juzgar por los relatos de los propios maestros de los colegios, los vecinos de las ciudades, en especial de aquellas en que los jesuitas tenían estudios superiores, ponían gran interés en las actividades escolares, asistían a los actos públicos y contribuían al esplendor de las representaciones teatrales, desfiles, disputas y certámenes. La vida intelectual de las ciudades dependía de los actos que organizaba la Universidad y de los que programaban los colegios, pero éstos tenían el aliciente de tener como protagonistas a grupos muy numerosos de niños o jóvenes que solían ser muy conocidos o parientes de los espectadores.

 

LAS FIESTAS Y EL TEATRO

Los jesuitas novohispanos aprovecharon la oportunidad que les brindaban las fiestas populares para acercarse a la población iletrada que en realidad era la gran mayoría. La mayor parte de las fiestas eran de carácter religioso y se hacían en ocasiones de la elevación a los altares de alguno de sus miembros o cualquier otro motivo de regocijo; por ejemplo una de las actividades  de este tipo que tuvo resonancia en toda la Nueva España, fue la celebración de las reliquias, que fueron recibidas en el año de 1578. Estas celebraciones daban ocasión a la Compañía de Jesús a contribuir con sus oraciones en correcto latín, su erudición clásica, su preocupación por la forma y también cada vez más con el barroquismo, el amor al lujo, el culteranismo  y la suntuosidad que impregnaba el mundo criollo.

Los jesuitas introdujeron modificaciones y fueron de dos tipos: por una parte propiciaron la solemnización de acontecimientos exclusivamente religiosos como la conmemoración del Corpus Christi y de San Pedro y San Pablo; por otra parte ampliaron el marco de festejos populares que hasta aquel momento se habían reducido a diversiones como los juegos de cañas, alcancías, sortijas, toros, mitotes, máscaras, música y quema de artefactos pirotécnicos. Para finales del siglo XVI, se mantenían los antiguos jolgorios, pero ya acompañados de comedias, certámenes poéticos y alegorías clásicas y bíblicas en la decoración de los arcos de triunfo y en los disfraces y carros de las máscaras.

En teatro como elemento educador de la población había tenido importancia desde la llegada de los misioneros franciscanos; los frailes supieron aprovechar la existencia de ciertas formas de teatro prehispánico que habían servido de cauce para la manifestación de sentimientos populares. Los misioneros aprovecharon la afición de las representaciones dramáticas como expresión de creencias y sentimientos colectivos; por ellos el teatro de evangelización más que un espectáculo para ser contemplado era un acto en que todos participaban. Para 1570 este tipo de teatro ya había decaído, pero los jesuitas rescataron algunos aspectos aprovechables tanto en las creaciones dramáticas adaptadas a las misiones como en los intermedios y entremeses de los actos literarios llevados a cabo en los colegios.

En algunos colegios también se realizaron representaciones mixtas en lenguas indígenas y castellano; queda testimonio de algunas realizadas en los colegios de Pátzcuaro, San Gregorio y Tepotzotlan.

 

LA PROYECCIÓN SOCIAL

La integración de la Compañía de Jesús en la vida criolla fue un proceso complejo que se inició sobre la base de la admiración del criollo hacia la cultura europea y culminó cuando la orden asimiló los valores novohispanos y se convirtió en su más exaltada defensora. En cambio hasta los últimos años del siglo XVI abundan los textos que atestiguan la desconfianza de los superiores de la Compañía hacia los hijos de españoles nacidos en las Indias. Si los podían recibir pero siempre con muchas consideraciones, ya que si los recibían en masa las consecuencias para su organización se verían afectadas, esta situación generó molestias y abatimiento en los criollos porque sus mismos ancestros renegaban de ellos. Si esto se le hacía al criollo imaginemos que no se le hacía el indio.

En contraste con tantas precauciones para recibir criollos, los catálogos correspondientes a los últimos años del siglo XVI ponen de manifiesto que eran muchos los novohispanos incorporados a la Compañía, principalmente como hermanos estudiantes; también puede suponerse que eran muchos los expulsados en vista de las importantes variaciones en el número de socios en documentos de fechas próximas. Tampoco es fácil comprobar la exactitud de la referencia porque los catálogos rara vez proporcionan el dato de lugar de nacimiento y nunca el origen racial, en todo caso a mediados del siglo XVII los criollos llegaron a ser la mayoría y desempeñaron cargos de importancia como provinciales o rectores de colegios.

 

Es importante que entendamos que cuando hablamos de educación nos referimos a la doble vertiente de lo que es rural y urbano. Desde la perspectiva histórica se vislumbran antagonismos e incompatibilidades, aspiraciones frustradas e incomprensiones mutuas; al mismo tiempo se encuentran cambios de actitudes, nuevos enfoques y una invariable esperanza de redención. Es una manera de vivir y de ver el mundo cada día más complejo, vivimos en la en la misma geografía, nos vemos constantemente, arrastramos problemas que tienen que ver con todos, los aciertos de un pueblo son aciertos para todos sin distinción, entonces porqué nunca hasta nuestros días hemos podido dar de manera equivalente a todos los humanos por igual. Desde luego este resumen nos aclara también que las zonas rurales durante la colonia prácticamente no existían, lo que existía eran pequeños poblados donde sus construcciones donde habitaban consistían en unas sencillas chozas y jacales, recordemos además que la gran mayoría de los indígenas huían de las autoridades y los españoles ricos de la colonia. Por otra parte también recordemos las dificultades que tenían los propios criollos para poder asistir normalmente a las escuelas de instrucción de la colonia durante el primer siglo de la conquista.

Una cosa si es clara, la distancia entre la legislación y la práctica y los problemas de financiamiento de los establecimientos docentes, que hoy enfrentan muchos gobiernos, tienen sus raíces en el pasado. Durante  la época colonial ya casi al terminar, los gobiernos de entonces encontraron una manera de financiar la educación y sostener escuelas en los pueblos indios: se ordenó la elaboración de reglamentos financieros de los bienes de la comunidad y se asignaron salarios para los maestros.

Durante esa época se aceptaba con naturalidad que la educación de los indios fuera diferente de la de los criollos, ya vivieran en la ciudad o en el campo; en el siglo XIX cuando todavía la mayor parte de la población residía en pequeñas localidades rurales, la escuela fue aprovechada preferentemente por los grupos ladinizados, capaces de incorporarse a los cambios de la vida moderna.

Aún con la poca información que tenemos del periodo colonial, podemos  asumir como realidades del mundo colonial a la identificación de la tarea evangelizadora con la labor educadora, la enorme importancia de la educación informal, la gestación de formas culturales peculiares; tan diferentes a las que eran propias del mundo indígena como a las tradiciones castellanas, y a la evolución de los conceptos y de los métodos educativos a lo largo de 300 años. Otra realidad del periodo colonial, es que la educación de la población india no fue una preocupación marginal en el proyecto colonizador de la corona española, sino objeto primordial, justificador de  la legitimidad de la conquista.

Hubo instituciones de enseñanza destinada a españoles a indios, pero solo una pequeña parte de la población novohispana tuvo acceso a ella. Para todos los demás, indios, macehuales y españoles pobres, negros esclavos y mestizos desarraigados; niños de pequeñas comunidades y adultos trabajadores  en minas y haciendas no hubo otra educación que la recibida en el hogar, otro entrenamiento que el proporcionado en los lugares de trabajo, otra catequesis que la de los púlpitos y confesionarios y otras normas de convivencia social que las impuestas por la comunidad. Entre 1524-1555 se produjeron las más generosas iniciativas para facilitar la incorporación de los indígenas a la sociedad castellana.

Para los indios existía una opinión generalizada por la mayoría de los educadores religiosos, decían que las actitudes comunes entre los indios correspondían a un ejemplar comportamiento cristiano. Y es precisamente en estas rutinas de convivencia, en las que se aprecia la huella de una vieja tradición de educación familiar y comunitaria, conservada en los pueblos más apartados del trato con los españoles. Del concepto cristino de vicio y virtudes resaltaba la importancia de la educación como medio de inculcar determinados hábitos. Los españoles cristianos viejos, instruidos en la fe y asistentes a colegios y escuelas, asimilaban escasamente las recomendaciones sobre formas de comportamiento, que en cambio, los indios practicaban. La educación institucionalizada  no logró gran influencia en la mejoría de las costumbres; la vida doméstica determinó, en buena medida, las actitudes de unos y otros.

 

LAS ESCUELAS LANCASTERIANAS EN LA CIUDAD DE MÉXICO: 1822-1842

 

En 1822 cinco hombres prominentes de la ciudad de México (Dr. Manuel Codorniu, Lic. Agustín Buenrostro, Coronel Eulogio Villaurrutis, Manuel Fernández Aguado y Eduardo Turreau de Linares) fundaron una asociación filantrópica con el fin de promover la educación primaria entre las clases  pobres, llamaron a su organización Compañía Lancasteriana en honor a Joseph Lancaster, inventor de un método pedagógico llamado sistema de enseñanza mutua, o sistema lancasteriano, se difundió con rapidez no solo en Inglaterra, sino en Francia, los países nórdicos, España, los Estados Unidos del Norte y las nuevas repúblicas latinoamericanas.

En México aun antes de la fundación de la Compañía Lancasteriana, la enseñanza mutua fue practicada por algunos maestros particulares y en las escuelas gratuitas de algunos conventos. Tan reconocida fue la fama de la enseñanza reciproca y el prestigio de los miembros de la asociación lancasteriana, que veinte años después de su fundación, en 1842, el gobierno nacional entrego a la Compañía Lancasteriana la dirección de la instrucción primaria en toda la Republica Mexicana.

Gran parte de la reputación del sistema derivaba de su economía y rapidez. Siguiendo el método de Lancaster un solo maestro podría enseñar de 200 hasta 1000 niños, con lo que bajaba el costo de la educación. Los alumnos eran divididos en pequeños grupos de diez; cada grupo recibía la instrucción de un monitor o instructor, que era un niño de mas edad y mas capacitado, previamente preparado por el director de la escuela.

En 1822, de las 71 escuelas primarias en la ciudad de México, con aproximadamente 3800 alumnos, tres instituciones particulares, dos conventos y El Sol, la escuela de la compañía Lancasteriana, usaron la enseñanza mutua durante  las dos décadas siguientes, el sistema Lancasteriano se extendió a muchas escuelas particulares y fue declarado método oficial para las escuelas gratuitas municipales. Entre 1842 y 1845, la Compañía Lancasteriana encabezó la Dirección General de Instrucción Pública, y al terminar su gestión dejo 106 escuelas primarias en la capital, con 5847 alumnos, todos usando el sistema mutuo.

La escuela ubicada en un edificio colonial, tenía uno de sus más grandes salones convertido en aula de clase donde cabían entre 100 y 300 niños. En fila, de frente al escritorio del maestro, se sucedían, una detrás de otra, largas mesas con bancos de madera para diez alumnos en cada banco. En la primera mesa de cada una de las ocho clases se colocaba un “telégrafo”, uno de los aparatos distintivos de la técnica lancasteriana, que era un palo de madera que sostenía en su extremidad superior una aspa de hojalata que un lado decía el número de la clase y en el otro EX que quería decir examen. A veces se colgaba de estos “telégrafos” un tablero con los caracteres que habían de ser copiados por los niños.

La idea clave del sistema Lancasteriano fue que el niño debía ser constantemente activo. No se aburría, porque siempre estaba aprendiendo algo del monitor en su pequeño grupo. Lancaster insistía en que “cada niño debe tener algo que hacer a cada momento y una razón para hacerlo. Llegar a este objetivo significaba un complicado sistema de registro del movimiento de cada alumno de una clase a otra. Los libros de asistencia de los maestros de las escuelas municipales muestran a que clase de lectura, escritura, aritmética y doctrina cristiana y civil habían sido asignado cada alumno, y cono había ido progresando en cada clase. Se podía estar, al mismo tiempo, en un grupo avanzado de lectura, en no mediano de escritura y otro elemento de aritmética y doctrina.

En vista de que en un aula había enseñanza simultánea de ocho clases y después el movimiento, o “evolución”, de aproximadamente ciento cincuenta niños al final de cada hora, cuando cambiaban de grupos, era imprescindible que los alumnos guardaran estricto orden y silencio. Para llevar a cabo esta evoluciones sin confusión y con rapidez, el “telégrafo” era movido por el monitor de la mesa de escritura a los semicírculos, donde era colocado en dos asas de fierro el tablero de lectura o aritmética. Cada muchacho encontraba el grupo que le correspondía al ver el número de su clase levantado en el telégrafo.

Las cortes de Cádiz desde 1814 prohibieron el uso del azote. El Ayuntamiento de la ciudad de México repitió esa prohibición en 1823 y estaba vedado también en la Compañía Lancasteriana; este decreto prohibía “la corrección de azotes en todas las enseñanzas, colegios, casa de corrección y reclusión, y demás establecimientos de la Monarquía. Ya puesto en práctica en la escuela lancasteriana de El Sol decía: “jamás por ningún pretexto se podrá dar golpes a ningún niño, y los instructores podrán castigar a sus alumnos con mandarles arrodillar no más que durante el trabajo en que se hallen... y no siendo ese bastante que no sea azote, ni algún otro instrumento cuyo uso se prohibe enteramente”.

Los monitores tenían una clara definición de cual comportamiento y cual aprovechamiento merecía castigos o premios, esto quedaba muy claro ya que así se aseguraba que los monitores administraban justamente la disciplina.

El horario de la mayor parte de las escuelas era de 8:00 a las 12:00 y de las 2:00 a las 5:00 o sea siete horas de clase, los monitores tenían que llegar a las 6:30 para recibir instrucción en los ramos en que iban a enseñar a sus pequeños grupos. El rector los preparaba con una media hora de lectura, escritura y aritmética. Antes de comenzar la sesión de la tarde, les daba media hora de doctrina cristiana. Generalmente el mayor número de niños asistía en las mañanas. El ochenta por ciento de los alumnos tenía entre los seis y diez años de edad, aunque algunos solo tenían cuatro y otros catorce.

Cuando los alumnos estaban fuera de la escuela el niño quedaba sujeto a las influencias de la familia cualquier que fueran sus condiciones. Un dato muy importante es que la mayor parte de los alumnos inscritos en las escuelas lancasterianas y del municipio eran pobres, es aquí donde comenzamos a ver que la educación popular tiene ya dimensiones más grandes que en la colonia, desde luego aun arrastra la mayor parte de las costumbres de la época, pero es importante sin hacer notar que la escuela lancasteriana recibía a la mayoría de alumnos pobres de la ciudad de México, embargo quiero hacer notar que aún no se ve por donde y como reciban educación los pobres de las zonas  rurales del país, sabemos que los hacendados tenían a sus propios maestros particulares, pero la educación rural y pública no llegaba aún a las zonas rurales del país.

Eran común que a los niños les faltaran zapatos para la escuela, tanto así, que el inspector mandado por el ayuntamiento a revisar un establecimiento municipal, notó con extrañeza que “allí apenas concurren niños descalzos”. Al investigar la razón del hecho, se enteró por los vecinos de que el maestro en cuestión no admitía a los más pobres. En consecuencia el inspector recomendó que se ordenara al maestro “recibir a toda clase de niños sin excepción y si cupiera alguna preferencia, sería en todo a beneficio de los muy pobres y necesitados”.

Por otra parte algunas escuelas se cerraron por falta de fondos, tanto de la Compañía como del Ayuntamiento. Muchas veces los profesores no recibían su sueldo hasta meses después, y en consecuencia vivían endeudados y con aprietos económicos. Esta situación fue descrita por los propios maestros de esta forma: “se presenta a la imaginación el desaliento de estos hombres (los maestros) cargados de familia, que aunque físicamente estén presentes en las escuelas, su alma entera esta muy lejos de ellas, ocupada exclusivamente en adivinar de donde les vendrá el sustento.

Otra dificultad que tenían que soportar los profesores, era la ira de los padres que a veces protestaban en contra de los castigos administrados a sus hijos. Un padre buscó a su hijo a la salida de la escuela para insultarlo y amenazarlo por haber hecho que su hijo se hincara de rodillas como castigo por haberse dos pizarrones. Otro padre expuso su descontento de la manera siguiente: “señor maestro, ni la policía ni las leyes facultan a ninguno a aplicar castigos no haciendo delito; más el despotismo de usted lo hizo con mi hijo Tomás por un olvido natural, pero advierto a usted que si en lo adelante se excede en ese modo de proceder yo lo enseñaré a ser maestro y no verdugo.

Como  nos estamos dando cuenta para algunos los maestros  pecaban de estrictos, a ojos de otros padres eran demasiado benignos. Recibieron quejas en ocasiones los vecinos pidieron al ayuntamiento el establecimiento de escuelas en sus barrios. Se quejaban si sus hijos no hacían suficiente progreso, y a veces  los cambiaban de escuela en búsqueda de mejor instrucción. Si no les gustaba el ambiente de la clase o los compañeros de sus niños, también los retiraban. Una madre no quería que su hijo chiquito “se juntase con ningún niño aunque fuere el hijo del presidente Victoria y principalmente con los niños Fernández, quienes lo conrochaban y por último tuvieron a su hijo como un descomulgado.

Este eterno dilema sobre quien tenía la culpa de la falta de aprendizaje de los niños, fue resumido en un párrafo de un profesor que tenía veintiocho años de experiencia: “los padres de familia celosos hasta el extremo del aprovechamiento de sus hijos culpan ciegamente a los preceptores cuando no lo consiguen en poco tiempo. Todas  las cosas lo tienen para sus sazón y rara vez se ven adelantos precoces; la culpa no es de los preceptores sino de la falta de potencias de los niños... Convengo en que son justísimas las ansias de los interesados pero también confieso que no son jueces imparciales: el amor de padres el mas calificador. Es preciso decirlo con la severidad y franqueza que me es característica; los preceptores vemos en los discípulos un fardo insoportable, un peso que nos agobia, una carga que nos abruma; los discípulos ven al preceptor como a un verdugo, como a un enemigo, como un instrumento de su martirio. Desgraciada  alternativa”.

 

 

ESCUELAS EN LOS PUEBLOS INDIOS DE LA INTENDENCIA DE MÉXICO EN 1808, SEGÚN LOS REGLAMENTOS DE LOS BIENES DE LA COMUNIDAD.

En estas páginas vamos a recordar o a retroceder en el análisis de la educación en México, antes de continuar con el desarrollo de la educación en el siglo XIX veamos cual era la situación durante la segunda década del siglo XVIII. Desde 1550 se empezó a legislar sobre la enseñanza de castellano a los indios de la Nueva España. Periódicamente los reyes enviaban cédulas en las cuales ordenaban enseñar la doctrina cristiana en el idioma español. Estas leyes se incluían en la Recopilación de las leyes de las Indias de 1680. Medio siglo más tarde, en 1753, el arzobispo de México, Manuel Rubio y Salinas, en un edicto destinado a todos los párrocos, mandó fundar “escuelas de lengua castellana para que los niños y niñas de los indios aprendan a hablar la lengua castellana y a leer, a escribir y cantar en dicha lengua”. Se debía financiar a las escuelas por medio de las cajas de comunidad. El arzobispo no dictó ni mencionó la cédula de 1691 que ordenaba esta forma de financiamiento, probablemente porque no la conocía, debido a que no se incluían las cédulas de finales del siglo XVII en las mencionadas leyes de 1680. Como resultado de la iniciativa de Rubio y Salinas se establecieron escuelas en 281 pueblos de indios en el arzobispado de México. El salario de algunos maestros fue otorgado de las cajas de comunidad de las poblaciones indígenas y los demás preceptores percibieron su sueldo del sacerdote o de los padres  de familia. El siguiente arzobispo hizo lo mismo.

Durante la década de los setentas del siglo XVIII, la dirección del proyecto de establecer escuelas pasó de residir en las autoridades eclesiásticas a los gobernantes civiles, ya que usar fondos de las cajas de comunidad, hacía necesario que la Contaduría General y Arbitrios interviniera.

En 1791 y 1805 se elaboraron reglamentos para los pueblos indígenas de cinco intendencias: Guadalajara, Guanajuato, Yucatán, Michoacán y Zacatecas. Las de San Luis Potosí y México las formularon entre 1806-1808. Oaxaca, Puebla y Veracruz seguían usando los reglamentos antiguos, expedidos por el contador Gallarreta en los años ochenta. Según parece, en Durango y Arispe no se hicieron reglamentos de los bienes de comunidad.

Los reglamentos fueron redactados  según el “formulario” enviado por el contador de Propios y Arbitrios, Manuel Saviñón. Por eso todos presentaban el mismo formato, sea el de San Luis Potosí, Yucatán, Zapotlán, Xochimilco, etc., entre otras. En el reglamento se señalaban los gastos que eran permitidos, en general se reducían, o eliminaban contribuciones a las celebraciones religiosas, solamente permitiendo una erogación para la fiesta del santo patrón del pueblo y a veces para Corpus Christi y Jueves Santo. Se asignaba una cantidad para el maestro de escuelas de primeras letras y doctrina cristiana “que deben precisamente establecerse en todos los pueblos de español e indios de competente vecindario”. En algunos pueblos de con cuantiosos ingresos, se permitía gastar algo en obras públicas. Si necesitaban fondos para emergencia, solo se gastaría doce pesos, ya que para sacar una cantidad mayor se tenía que conseguir la aprobación del subdelegado, de los contadores de la capital de la intendencia del intendente y de la Junta Superior de Real Hacienda en la ciudad de México.

La Intendencia de México ocupaba la parte céntrica del virreinato. De las intendencias principales, era tercera en extensión geográfica, 4138 lenguas cuadradas, superada solo por Valladolid y Guadalajara. México tenía el mayor número de habitantes indígenas de todas las intendencias, aproximadamente 950000 indios, la mayoría de lengua náhuatl. Las intendencias de Veracruz, Oaxaca, Yucatán y Puebla tenían un mayor porcentaje de habitantes indígenas que la intendencia de México pero no un mayo número, en términos absolutos.

Las 43 subdelegaciones que abarcaban la intendencia de México, en 16 habían tenido reglamentos antiguos, expedidos alrededor de 1783 y en estos lugares se les había pagado a los maestros de escuela con fondos comunales durante más de veinte años. Otros lugares sin reglamentos antiguos, también desde antes costeaban el salario de un preceptor, sea con fondo de cajas comunitarias o de los padres de familia, hecho constante en los “Cuadernos de Noticias” que cada subdelegado envió a Arce como informe previo a la elaboración de los reglamentos. Además en 25 subdelegaciones habían existido escuelas desde 1754 según la encuesta del arzobispo Rubio y Salinas.

 

ALFABETO Y CATECISMO, SALVACIÓN DEL NUEVO PAÍS.

Al lograr la independencia, México se contagió de un gran optimismo. El país parecía una panacea de bendiciones: las minas más ricas del mundo los ríos más caudalosos, las planicies más fértiles. Se encontraba además en el cruce del comercio mundial por paso obligado de las mercancías orientales destinadas a Europa y las europeas destinadas a Asia. México también mediaría el comercio entre el norte y el sur. Los criollos menospreciados por el régimen colonial, creían que había llegado su hora. Se sentían definitivamente superiores a los gachupines;  más cultos, más cultos, más refinados, más ilustrados, más hábiles para manejar sus propios negocios. El más grandioso de todos sería organizar la nueva nación mexicana.

Sin embargo, los ataques internaciones, la descapitalización del país y las revueltas atrasaron el progreso material que en un principio había parecido tan a la mano. Esto duró hasta la época de Porfirio Díaz, sólo la educación hizo adelantos realmente notables y aventajó al periodo final de la colonia. Estos avances fueron sobre todo en la educación primaria, que se extendió a gran parte del país que había carecido de ella en épocas anteriores. Aún así la confianza en poder solucionar tantas deficiencias pronto se volvió una tenaz y a veces desanimadora lucha contra obstáculos apenas imaginados. La lucha por educar a las masas y prepara  a las masas y preparar un hombre digno de tomar su lugar en la nueva sociedad tropezaba con cada revuelta militar y cambios de gobierno. Se pensaba que la educación era la única capaz de inculcar los buenos  principios republicanos y los valores morales, por ello fueron obligatorios en la educación primaria durante las primeras décadas de independencia.

Buscar la historia de los intentos por lograr esta formación patriótica es hablar de algunos cambios y muchos fracasos. Pero más importante es tratar de identificar que buscaba la sociedad en sus nuevos ciudadanos. Conocemos la estructura formal de los sistemas escolares. Conocemos la leyes en vigor, sus antecedentes y sus debates previos a su aprobación. Tenemos ya noción de los métodos pedagógicos de moda. La formación humanista no era realmente adecuada a las circunstancias que México vivía en sus primeras décadas de independencia. Existía un abismo entre los hombres públicos y el modelo de ciudadano respetuoso, honrado y obediente prototipo del periodo.

Era el mismo abismo que existía entre las constituciones en vigor y la realidad política. Los hombres que salían a la luz pública durante estas décadas de militarismo dan la impresión de ser modelos muy alejados del erudito hombre culto de épocas anteriores. Los nuevos héroes aturdían con el brillo de sus uniformes y no se fijaban demasiado en los refinamientos académicos; Santa Anna y sus compañeros o contrincantes de armas apenas tenían en su haber la instrucción primaria y se preocupaban mucho más por los negocios que por los estudios. Es una generación que no entendemos bien no sabemos si realmente representaba la cumbre de las aspiraciones populares, o si era  una facción minoritaria incongruente con el modelo aceptado como válido.

En marzo de 1853 se decretó que en todas las escuelas  precisa e indispensablemente, sin que ninguno de los maestros pueda eximirse, bajo pena de cerrarle el establecimiento, doctrina cristiana por el catecismo del padre Ripalda, rezándola los niños todos los días, cuando menos media hora por la mañana y media hora por la tarde. Salta  a la vista otra cosa, que los centros de estudio sigue siendo un importante centro transmisor de valores religiosos y el catecismo siguió siendo el común denominador de la instrucción primaria.

Se encuentran también otras constantes de la época colonial, ciertamente existía un esfuerzo por parte de los ayuntamientos por mantener escuelas públicas y mejorar, o por lo menos vigilar, al magisterio. La marcada preocupación por la escuela y la difusión de las letras aumentó después de la independencia, pues se la veía como una arma para defender a la república recién nacida. Pero se tropezó con los problemas de siempre, que existían ya en la colonia e irían aumentando hasta la fecha: falta de locales apropiados, de maestros aptos, de útiles, de condiciones mínimas de higiene, y de fondos con que resolver todo lo anterior.

Las semejanzas con la época colonial eran muchas, entonces ¿dónde están las diferencias? Las encontramos en la educación superior. Es allí donde vemos otras aspiraciones, los gérmenes de una nueva sociedad, y los indicios  de una corriente secular que aspiraban al poder y sobre todo a la responsabilidad  al formar una élite capaz de enfrentarse a las varias camarillas eclesiásticas,  antiguamente casi  las únicas detentadoras del saber. Los primeros indicios aparecen en el gran entusiasmo por el estudio del derecho constitucional, cuya primera cátedra se ofreció en Yucatán en 1813. La constitución de la monarquía española se convirtió en lectura obligada para una generación de jóvenes abogados interesados por elaborar las leyes orgánicas de sus respectivas entidades.

Si el estudio del derecho constitucional despertó el entusiasmo por examinar el pacto social, los derechos y las obligaciones del hombre, y por plantear la cuestión de cuales eran las relaciones más convenientes entre gobierno y gobernados, despertó también una mentalidad en entero desacuerdo con el proceso tradicional de aceptar como dogma las enseñanzas; conocer pero no razonar ni poner en duda, y aceptar la voz de las autoridades clásicas. Estas nuevas materias eran propicias para crear en cada estudioso su propio mundo intelectual producto de sus reflexiones y no del catecismo o del texto aprendido de memoria.

Sobra decir que la iglesia no salió bien librada de este trance, puesto que poner en tela de juicio los escritos y la autoridad  de los santos padres iba en contra  de su visión dogmática de la vida. Se fue debilitando la fuerza de la iglesia, laicos en su mayor parte, o con un número mayor de maestros laicos, y después por la franca intervención del estado en la educación superior. Esta batalla de ninguna manera se ganó en la primera acometida. Guadalajara es un buen ejemplo. En 1827 prisciliano Sánchez estableció un Instituto laico allí y al mismo tiempo cerró la Universidad, baluarte de una formación conservadora, a la antigua, escolástica y dogmática. A los ocho años el instituto fue borrado de la faz de la tierra, la Universidad abrió sus puertas y ciertos sectores dieron gracias al cielo por la desaparición de dicho instituto.

Sin embargo ya nadie paraba el movimiento por la educación superior. En el año de 1843, había en los tres colegios de la capital, San Ildefonso, San Juan de Letrán y San Gregorio, unos 695 alumnos entre internos y externos. Los institutos literarios de Chihuahua,  Zacatecas  y el Colegio de Jalapa agrupaban otros 221. en San Luis Potosí y Guanajuato tenían 351 alumnos, 257 hacían estudios en San Francisco Javier de Querétaro, 145 en la Universidad de Guadalajara, y casi tres mil en los diez seminarios conciliares del país, que seguían atrayendo el mayor número de estudiantes, en total podemos imaginar que no llegaba a más de seis mil muchachos en cursos de cualquier tipo de educación superior.

Llegaron tiempos más optimistas cuando Santa Anna nacionalizó los colegios superiores en 1843. Gracias a esta medida logró tenerlos bajo sumando, con la ventaja de que su secretario de Instrucción  Pública podía escoger su personal, aprobar el presupuesto, dictaminar sobre los libros de texto y establecer los cursos. Con anterioridad Santa Ana decretó un plan de estudios para todo el país, cuya meta era hacer cursar a los aspirantes de abogado, médico y sacerdote una misma preparación antes de pasar a sus cursos profesionales.

Manuel Baranda secretario de Instrucción Pública, logró que Santa Ana aceptara las siguientes materias preparatorias: gramática castellana, latina, francesa e inglesa, ideología, lógica, metafísica y moral, matemáticas, física, cosmografía, geografía y cronología, todas a nivel elemental. Hoy en día las llamaríamos introducción a las matemáticas, o la física, etc., los estudiantes tenían que cursar además economía política y dibujo natural y lineal. La intención era dar al joven una preparación más amplia, sino más profunda, para ayudarlo a enfrentarse a la vida moderna. Ciertamente el plan familiarizaba al alumno con una información general a la que pocos estudiantes tuvieron acceso durante la colonia.

Es evidente que estas medidas se dieron con la finalidad de uniformar la educación superior, pero también lo es un intento para centralizar el poder y actuar la dependencia de cada dependencia de cada departamento a la voluntad del dictador. La novedad residía, y esto si está claro en reemplazar la importancia de la iglesia por la del estado como última autoridad en cuanto a la educación superior. Por fin se llenaba el vacío de poder dejado por los jesuitas desde su expulsión en 1767. Si el centralismo hubiera logrado imponerse durante más tiempo tal vez estas medidas  hubieran dejado una huella más duradera. En realidad Santa Anna tuvo muchas dificultades para controlar los departamentos. Es posible que las autoridades locales hicieran caso omiso de los reglamentos menores que poco afectaban sus bolsillos o su poder político.

Pasemos ahora a lo que se refiere a la educación primaria, la habíamos dejado al último con la finalidad es por que los directores de la sociedad de ninguna manera le daban la misma importancia que a la educación superior. Los institutos, seminarios y universidades eran los lugares claves  para la formación del hombre “moderno” o ilustrado de las clases productivas. Era allí donde se podría promover una educación que condujera al progreso. Habría que agregar que estas instituciones eran el alma mater de los gobernantes, quienes naturalmente se preocupaban por su sobrevivencia. Además el patrocinar establecimientos de enseñanza superior era signo de civilización.

La historia de la primaria es casi una historia económica del país. Cuando este formaba parte de los reinos españoles cada ayuntamiento tenía la responsabilidad de mantener sus respectivas escuelas, situación que perduró hasta que esta responsabilidad pasó a la Compañía Lancasteriana en 1842. Los Ayuntamientos eran los encargados (y no tenían que rendir cuentas a nadie) de los maestros y locales bajo su mando. La salud de las escuelas estaba en relación directa con la salud de los ayuntamientos. Si existían fondos, si lograban cobrar el derecho de plaza, si había comercio que lo pagara, entonces había con que pagar al maestro.

Durante todos estos años una plaza empobrecida, que no se recuperara todavía de los destrozos de la guerra de 1810, como por ejemplo, muchos lugares el bajío, significaba necesariamente la falta de sueldo y la falta de maestro, o un sueldo miserable, pagado de vez en cuando, que el mismo ayuntamiento consideraba tan mezquino que le impedía llamar la atención y mucho menos reemplazar al maestro. Si la plaza era pobre en comercio, lo más seguro era que los vecinos también lo fueran. A veces el ayuntamiento subvencionaba a los padres de familia, quién en forma particular lograban contratar a alguna persona que enseñara a leer y a escribir.

En aquel momento hacía furor el sistema de enseñanza mutua, donde los niños mejor instruidos ayudaban a los principiantes, y había alcanzado tal fama que en 1842 se colocaron los estudios primarios en todo el país bajo la dirección de la Compañía lancasteriana, situación que duró hasta el restablecimiento del federalismo. En estos años se procuraba vencer: la desorganización, mediante una estructura burocrática se esperaba centraliza y uniformar la educación, sin comprender que al faltar la materia prima, persona idóneas y fondos, toda la organización y uniformidad del mundo de nada servían. Es sin embargo, algo injusta la crítica, ya que el entusiasmo generado dio otro impulso a la enseñanza pública y se logró el establecimiento de más escuelas.

La Compañía planeaba los déficit de personas y fondos mediante escuelas normales, impuestos sobre herencias, y el cobro de un real por familia al mes. Los vaivenes de la política, sin embargo, acabaron pronto con el centralismo y con la Compañía como cuerpo director. Mientras rigió los destinos educativos del país estableció compañías corresponsales en cada capital de departamento y estas corresponsales establecieron a su vez juntas inspectoras en los ayuntamientos. Sin embargo, frustraban su éxito los mismos problemas que antes: falta de personas responsables dispuestas a batallar con el problema de contratar maestros y vigilar la escuela, de personas con cierto nivel cultural.

No es raro encontrar en los archivos cartas como la siguiente: “hace más de un año que no puedo conseguir ni aún una sola contestación de la junta subdirectora de enseñanza primaria en este departamento, a pesar de los esfuerzos del obispo de ésta diócesis... Si esto pasa en la capital, que no sucederá en los partidos, donde absolutamente se carece de manos secundarias capaces”. En otra localidad el corresponsal se desesperaba al escribir que “las juntas de vigilancia son inútiles y nocivas. En San Salvador no hay tres individuos que lo puedan formar legalmente. No pueden cumplir por ignorancia, malicia o desvergüenza. Carecen hasta de sentido común, a pesar de ser los principales en fortunas y conocimientos”.

Después del gran esfuerzo misional de los primeros años de la conquista se procuró llegar a todos los rincones, sin duda fue en esos años cuando se llevó a cabo un segundo intento a nivel nacional por incorporar a todas las áreas urbanas y rurales a un proceso  educativo considerado como indispensable para el bienestar y sobrevivencia de la patria y para la realización y felicidad de sus ciudadanos. Como sabemos los indios que vivían en sus comunidades retiradas no participaban de ninguna manera de este esfuerzo, para ello había que esperar muchas décadas y no podemos decir tampoco que el país se tapizaba de escuelas. Lo que se puede afirmar del período es la constancia de la preocupación educativa, sobre todo a nivel de los ayuntamientos.

Los esfuerzos realizados durante estas primeras décadas del México independiente no se encaminaron tan sólo a abrir escuelas, sino al otro paso lógico: preparar maestros para servirlas. Sabemos del establecimiento de varias escuelas normales, pero, según parece, su vida fue siempre efímera, ya que las noticias son esporádicas y hablan más bien de intentos que de realizaciones. Zacatecas parece haber establecido la primera norma en 1826 y luego bajo el gran impulso del gobernador Francisco García Salinas se fundó otra en 1832 dirigida por Ignacio Ribot.

El gobierno mexicano procuró fomentar actividades culturales que dieran mayor brillo a su renombre internacional, y que le permitiera presentar al país como nación culta o en camino de serlo. Entre otras, en 1833 dictó providencias para establecer la Biblioteca Nacional y el Instituto de geografía y Estadística. La primera tendría que esperar la exclaustración para enriquecer realmente sus fondos; el segundo empezó a dar resultados desde 1835. Reunió  estadísticas y el gobierno, que siempre lamentó el nivel cultural del país, quedó encantado con los trabajos del instituto. Aunque dejó de existir a los pocos años, el gobierno público posteriormente una memoria con el resultado de sus trabajos en 1846.

Esta reafirmación del pueblo mexicano dio al gobierno cierta esperanza de poder combatir y vencer la ignorancia y pobreza reinantes. Por muchas inversiones y quiebras económicas que sufrieran el México del siglo XIX, sus gobernantes jamás dudaron de la habilidad natural de la población y de la refinada cultura de sus clases más instruidas. En momentos de derrota y depresión admitían la posibilidad de gobernar un país tan heterogéneo en cuento a razas, idiomas y geografía, pero creían fielmente que al llevar el alfabeto y el catecismo hasta el último rincón de tierra patria el país sería otro.

Los secretarios de Instrucción pública y otras personas relacionadas con el problema educativo lo describían como un circulo vicioso.

 

 

 

LA REPUBLICA RESTAURADA Y LA EDUCACIÓN, UN INTENTO DE VICTORIA DEFINITIVA

Para 1867 los liberales habían vuelto a vencer, e irónicamente el programa liberal del imperio les allanaba el camino. Juárez y los liberales se daban cuenta, y hacían falta fortalecerlo asegurándose un cambio en las conciencias de los ciudadanos del futuro, tarea que solo podía llevarse a cabo a través de un medio único: la escuela ya desde 1861, después del primer triunfo sobre los conservadores, Juárez había promulgado una ley de educación (15 de abril), en la cual se reflejaba  la convicción de que el gobierno tenía que controlar este medio insustituible de formación de ciudadanos.

La instrucción primaria, en el distrito y territorios, queda bajo la inspección federal, la que abrirá escuelas para niños de ambos sexos, y auxiliará con sus fondos las que se sostengan por sociedades de beneficiencia  y por las municipalidades, a efecto de que se sujeten todas al presente plan de estudios...El mismo gobierno federal sostendrá en los Estados profesores para niños y niñas, que se destinarán a la enseñanza elemental en los pueblos cortos que carezcan de escuela.

La ley orgánica de Instrucción Pública establecía la instrucción primaria “gratuita para los pobres y obligatoria en los términos que expondrá el reglamento”. Desde luego excluía toda enseñanza religiosa del plan de estudios. Curiosamente, con excepción de la escuela de sordomudos, que si enseñaban catecismo y “principios religiosos”. En los demás planteles se aludía a “deberes de las mujeres en sociedad”, “de las madres en relación a la familia”, o de moral, a secas. Y, como sutilmente observa O. Gorman “lo de moraliza al pueblo es discreta alusión al catolicismo: ni esta iglesia ni ninguna religión eran indispensables para la existencia de una ética social”. Esta ley aunque estuvo dirigida al Distrito y Territorios Federales, tuvo la misma vigencia en todo el país.

Barreda realiza una hazaña muy importante; adaptar la doctrina de Comité a la circunstancia mexicana. La postulaba como capaz de poner en orden la mente de los mexicanos para que se terminara el estado de caos continuo en que hasta entonces el país había vivido. Según Barreda la ley de 1867 era perfecta para lograrlo. Por un lado, la extensión que planeaba darle a la instrucción elemental, combatiría “la principal y más poderosa rémora que detiene a nuestro país en el camino de su agradecimiento...la ignorancia”. Por otro lado, con la creación de la enseñanza preparatoria, se proporcionaba una educación uniforme y a una edad apropiada para fijar bien las ideas al grupo selecto que continuaría su educación adelante, del cual seguramente saldrían las clases  dirigentes.

Sin duda Barreda necesitaba del liberalismo y los liberales necesitaban aliarse a una doctrina al servicio del orden material, por ello fue posible hacer ajustes. Lo que sí era imposible era postular el positivismo en su verdadera dimensión, como doctrina total; y a pesar de las precauciones del creador de la preparatoria, tarde o temprano había de provocarse el rompimiento y empezarían los ataques liberales. Barreda, por de pronto no podía interpretar la historia en la misma forma que Comte, que consideraba al liberalismo como fuerza negativa. Para Barreda, este puesto lo ocupaba el clero y la milicia, en tanto que los liberales representaban el espíritu positivo.

El 15 de mayo de 1869 aparecía la reforma a la ley orgánica de instrucción pública que demostraba en que medida la educación pública seguía siendo la preocupación esencial de la República restaurada. A pesar de lo que se ha afirmado frecuentemente, se trataba más bien de un retoque a la ley anterior, insistiendo en que: habrá en el Distrito Federal costeados por los fondos, el número de escuelas de instrucción primaria de niños y niñas que exijan su población y sus necesidades; este número se determinará en el reglamento que deberá darse en cumplimiento de la presente ley. Lo importante  era acelerar la adopción del principio de la instrucción primaria obligatoria que, al decir de Díaz Covarrubias, era un principio muy discutido.

La obligatoriedad era sumamente importante, ya que entre las clases sociales de inferior posición, por poco ilustrados, lejos de ser general y espontáneo el deseo de educar a los hijos, se necesita de alguna coacción y de la vigilancia de la sociedad misma...este hecho, bien comprobado ya, justifica por si solo, el principio de obligación para adquirir la instrucción primaria...algunos espíritus puramente teóricos creen ver en el precepto de instrucción primaria obligatoria, un atentado a la libertad individual y a la independencia de los familiares. Nosotros no concebimos un derecho que consista en elegir entre la educación y la ignorancia.

En el informe del ministro baranda en 1843, se registraban 1310 escuelas primarias. La guerra con los Estados Unidos, la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa, no eran los acontecimientos más indicados para el mejoramiento de la situación, y sin embargo en 1857 se registraban 2424 escuelas. De las 4570 que existían en 1870, casi la mitad eran una realización del esfuerzo liberal. Para 1874, Díaz Covarrubias menciona 8103 escuelas primarias, de las cuales, 5567 eran para niños, 1594 para niñas, 548 mixtas, 124 para adultos, 21 para adultas y 249 sin clasificación. Esfuerzo tan meritorio que duplicaba el número de escuelas en 4 años, era minúsculo para las necesidades de la república, con 1800000 y tan sólo 349000 en la escuela.

La clasificación  no deja de ser también muy expresiva desde otros ángulos y puntos de vista diferentes: 603 eran sostenidas por la federación y los estados, 5240 por las municipalidades, 378 por corporaciones o individuos particulares, 117 por el clero católico u otras asociaciones religiosas,1581 eran privadas de paga y 184 estaban sin clasificar. Es decir, de 2016 escuelas particulares solo 117 estaban directamente dirigidas por asociaciones religiosas y aún considerando que el total de éstas fuera de tendencia confesional de cualquier forma eran sólo una cuarta parte del total.

Fueron también los liberales los que empezaron a dar un impulso importante a la educación femenina, aunque todavía se subraya que la urgencia mayor era la educación masculina y se limitaban las materias de enseñanza a las niñas; así por ejemplo,  se excluía el civismo, es decir, la preparación en los deberes ciudadanos. Díaz Covarrubias hacía ver la conveniencia de instruir a la mujer entendiéndola  como necesaria a cualquier humano. La educación, decía, es de tal naturaleza que pude considerarse esencial para complementar a todo se humano...la instrucción primaria es como la materia prima para discurrir y para conducirse en el mundo y debe estar igualmente a disposición del hombre que de la mujer. Ignacio Ramírez consideraba que ya que la mujer tenía la “personalidad religiosa y la civil, y solo le faltaba la política”, tenía que educarse, no solo para defender sus intereses, sino por la  influencia que forzosamente tenía en la educación infantil.

La instrucción de la mujer tiene una misión de primera importancia en las relaciones sociales... ¡Cuanta diferencia resultará entre la niñez pesada entre mujeres instruidas y nuestra actual infancia, que sigue amamantándose con miserables consejas!... la instrucción  pública, científica, positiva, no será general y perfecta sino cuando comience en la familia, la naturaleza no ha querido que las mujeres sean madres, no para que sean preceptoras.

Seguramente también no escapaba a los integrantes de la República Restaurada la importancia de educar a los indígenas. Muchos de ellos racialmente de este grupo, se negaron a considerarlo como un aparte. Su ambición  suprema era arrancarlos de las garras de la iglesia, para lo cual  nuevamente no había sino un camino: la escuela. Los indígenas, decía Ramírez “nada saben y solo sirven de labradores o de soldados; los que entre ellos se levantan sobre su clase,  forman excepciones marcadas. Sus recuerdos están en contradicción con lo presente; sus costumbres son humildes, sus necesidades escasas, sus idiomas producen el aislamiento... para contar con ellos como ciudadanos hemos de comenzar los hacerlos hombres. Ramírez podía apreciar con claridad lo que poder al día a los indígenas significaba. El pensaba que, ni más ni menos, debían sabe lo que hoy “saben todos los pueblos ilustrados” solo que tenían que salvar mayores desventajas.

Las desventajas que los indígenas debían superar según Ignacio Ramírez eran que fuera de los conocimientos elementales, como la lectura, escritura, aritmética, álgebra, Geometría, Dibujo, Canto y Gimnasia, los indígenas deben conocerse a sí mismo y tener nociones exactas sobre todo de lo que les rodea, no como sabios, sino como hombres bien educados, responsables de sus acciones y miembros de una planta, de la tierra, del cielo, de la nación a la que pertenecen; esto es, anatomía, botánica, geología, geografía, astronomía y las leyes generales y las de su municipio.

El problema de los indios viene desde muy atrás, el deseo de hacer algo por el indio estaba presente ya en la legislación de las Cortes de Cádiz, donde se le eximió del tributo, del servicio personal a funcionarios o corporaciones, y se extendió la educación y la ciudadanía a todos, salvo los descendientes de africanos en este último caso. Inclusive se decretó darles becas de estudios a los indios. Era fácil idealizar al lejano indio precolombino y había, además, poderosas razones políticas para hacerlo. Se prestaba legitimidad a los movimientos independistas que querían hacer creer que la soberanía radicaba en el pueblo, es decir, en los pobladores originales de las tierras mexicanas.

Para los gobernantes del México independiente, el indio era un recuerdo estorboso de tiempos pasados, si no había manera de hacerles desaparecer, se les  podría relegar, siempre y cuando no causara problemas a la república. Esto se lograría perfeccionando los métodos usados por la corona para asegurar la obediencia y lealtad a sus súbditos; la enseñanza del catecismo religioso y civil, que explicaban al educando sus derechos y obligaciones como cristiano y como ciudadano. Si el indio aprendía bien estas lecciones, el leer, escribir y hacer cuentas salían sobrando. El propósito de la mayoría de las escuelas indígenas éste, y era lo más que buscaban los padres de familia para sus hijos.

Se decía que al indio había que educarlo para que se le quitaran todos sus vicios. En esto estaban de acuerdo Estado e Iglesia. El alcohol en exceso dejaba a las comunidades aisladas de los saludables efectos de la ilustración, según el criterio de la época, aunque no se quejaban de los ladinos que se lo suministraba a cambio de buena ganancias. El resultado fue denunciado como atraso. El vicario de Chamula. Chiapas, se lamentaba en 1830 de que las 12000 almas de esa zona, segregadas en siete pueblos, son gobernados por ayuntamientos de puros indígenas, entre quienes si apenas se encuentra u escribiente con el nombre de secretario que sepa leer y escribir; no hay otro elemento que los haga capaces del cumplimiento de las leyes y deberes que ellas imponen.

El encargado eclesiástico del pueblo de Moyos también de Chiapas apuntó que “la juventud está en estado lastimoso, sin educación, instrucción, ni maestro alguno que pueda prestarla, careciendo éste tanto como los demás pueblos, de proporciones para el establecimiento de una escuela”. No llegaba ni a doctrinero de pueblo, ya que en él “no se encuentra un solo indígena que sepa al menos los principales misterios de nuestra religión”. En otro pueblo, un peninsular les enseñaba a los indios la doctrina pero no entendían el español, no había maestro de escuela y no tenían idea de que se trataba la Constitución, ni cuales eran las atribuciones de los ayuntamientos, ni conocían las leyes generales del país.

La guerra de independencia no significó la puesta en práctica de las metas acordadas en Cádiz.  Al contrario, al cumplir la primera década de autonomía de la madre patria, el balance educativo para los indígenas fue desfavorable.  El veracruzano José María Iglesias, al reflexionar acerca de los habitantes de su estado natal observo que: “la ilustración respecto a la raza indígena y algunas gentes pobres de razón, está en su primera edad; y sin temor de faltarles puede asegurarse que en los primeros se halla tan atrasado que más parece que han retrogradado a los oscuros tiempos de la barbarie.

La independencia política no había favorecido a los indios en absoluto; de hecho su situación era mucho más lastimosa que durante la colonia porque ahora, aparte de acusarlos de ignorantes, se les despreciaba por no formar parte de la economía capitalista que tanto promovían los ilustrados e incipientes industrialistas del país.  A pesar de haber abolido las categorías raciales en la legislación, se seguía clasificando a las personas y a los pueblos.  En todo el país de hablaba de indios y de gente sin razón, como si los indios no lo fuera.  En los pueblos de población mixta veracruzana, se abrían escuelas con cargo al erario del estado, pero en los pueblos puramente de indígenas “se cobraría un tributo a casados, viudos y solteros para pagar a un doctrinero que enseñaría el catecismo de Ripalda”.

Desde luego estas actitudes no mejoraron las relaciones entre las razas y a partir del decenio de 1840 se incendió el país con la guerra de castas.  Hay mucha constancia del odio entre indígenas y blancos, además de la furia con que los indígenas atacaron a los españoles y a las poblaciones de mestizos y criollos desde tiempos del levantamiento de Hidalgo.  En Querétaro, la pobreza y el resentimiento preocupaban al gobierno que no encontraba la manera de someter al orden a los pueblos indígenas.  “La ignorancia del idioma y la aversión de los indígenas a los que llaman de razón oponen un muro inaccesible: les ofende la luz; como que han vivido mucho tiempo en tinieblas”.

Las guerras de castas, que estallaron en varias partes de la república, recordaron a la clase  gobernante y a los habitantes de las ciudades que la numéricamente poderosa población indígena no estaba tan sumisa como habían creído.  En Yucatán, en Juchitán, Oaxaca, en la sierra Gorda y en otras localidades, las rebeliones campesinas con matices específicamente racistas llenaban de terror a los blancos.  Esto les obligó a pensar en un tema legalmente ignorado, la instrucción indígena más allá de la enseñanza de la doctrina.  Asignaron a las letras un papel sobresaliente en la conservación de la paz social.

A partir de Ignacio Ramírez hay una voz fuerte que recalca el carácter imprescindible de la instrucción que necesitan los indios porque ella es la base de una verdadera educación pública; la situación era lamentable, según una descripción de él mismo: “rompen el alambre telegráfico para ver salir la palabra; en los periódicos descubres solamente viñetas; el ferrocarril y los grandes buques causan miedo; en las elecciones ven una especie de leva... para contar con ellos como ciudadanos, tenemos necesidad de comenzar por hacerlos hombres”. Ramírez encontró una salida, aunque imposible de realizar, que le pareció justa.  Les dejaría a los indígenas sus trajes, costumbres e idiomas, pero les exigiría participar plenamente en la vida moderna, en la industria, la agricultura, en el comercio, en la política y en el teatro de la civilización  el progreso.

Para lograr semejante combinación se tenía que reformar el sistema educativo y dejar a un lado temas tradicionales como el catecismo, la poesía, la historia y la metafísica.  El secreto era enseñarles lo mismo que a cualquier otro mexicano; las mismas matemáticas, el conocimiento de la naturaleza y de la sociedad; geología geografía; astronomía, derecho, física y química, e idiomas modernos; Ramírez se atrevió a decir que hasta las mujeres debían estudiar un programa idéntico.  Quería instruir a las masas y moralizar a las masas dentro del mejor espíritu ilustrado.

Los liberales creyeron en el poder de la educación casi con desesperación.  Su ambición era gigantesca, porque desde su perspectiva todo lo que para México deseaban dependía de ella.

Altamirano expreso con mucho tino esta ansiedad: “abrir escuelas por todas partes, con profusión, con impaciencia, casi con exageración”. Había que liberar a todos los mexicanos, incluso a los marginados como las mujeres y los indios.  A las primeras, porque sin derecho de ciudadanía, influían en la formación de los ciudadanos; a los indios, porque  debían de integrarse a la vida republicana.

 

EDUCACIÓN ELEMENTAL EN EL PORFIRIATO

Al  iniciarse la vida independiente existían en el país alrededor de 30000 alfabetos de un total de 4800000 adultos , es decir, que el porcentaje de analfabetos era de 99.38% contra un 0.6 de alfabetizados.  Estas cifras nos ilustran de la precaria situación cultural en que el país inició su vida independiente.  También reflejan el carácter increíblemente exclusivista y desigual de la educación que predominó durante la colonia.  La independencia por primera vez hizo reconocer la necesidad de instruir a la población con la participación del estado. Pero el largo período de la guerra por la independencia que había ocasionado grandes pérdidas materiales y, permitieron que la educación de desarrollara en ese sentido.

José María Luis Mora fue uno de los pocos que alcanzó a percibir la importancia y la urgencia de un plan educativo de amplias perspectivas.  Mora consideraba que la prosperidad de la nación solo podría lograrse cuando se contara con el concurso activo de las mayorías para construir un estado democrático en su forma de gobierno republicano.  La acción de las mayorías implicaba en ellas, según la visión de Mora, el conocimiento claro de sus deberes y obligaciones hacia sus conciudadanos y hacia la patria.

Un hecho que pudo ser trascendental por su objetivo de proporcionar educación a las masas fue el establecimiento de las escuelas lancasterianas en 1882.  Teóricamente el método lancasteriano hacía posible la instrucción mínima para un número considerable de alumnos.  La base de su funcionamiento residía en que la enseñanza era impartida por “monitores” asesorados por un profesor.  El crecimiento de las escuelas lancasterianas fue rápido en la primera etapa.  Ya en 1834 existían 1310 escuelas con 58744alumnos.  El método de la enseñanza mutua tuvo su vigencia durante casii cincuenta años, hasta que las escuelas oficiales lo desplazaron.  En 1870 había ya cerca de 4000 escuelas primarias y aparecieron mil más en el año siguiente.  Cuatro años más tarde el número había ascendido a un total de 8103 establecimientos, con una población escolar de 34900 alumnos.  El 65% de esas escuelas eran sostenidos por los municipios, el 7% la federación y el 28% por particulares.  En 2878, el porcentaje de escuelas oficiales con relación a las demás era de 89%.  De lo anterior se sigue que el ritmo de incremento de los establecimientos escolares fue muy acelerado y que la escuelas municipales crecieron más rápidamente que las federales hasta 1878 en que su número alcanza el máximo porcentaje.  El incremento observado entre 1875 y 1878 es, parte de un proceso iniciado la década anterior, cuyo centro de impulso fue la escuela municipal.

La reforma educativa emprendida por Juárez y continuada por Lerdo constituye el punto de partida del proceso educativo del Porfiriato. Esa reforma, en resumen, establece que la gratuidad de la enseñanza, especialmente para los niños pobres, fuese con fondos municipales o con fondos de los dueños de fincas y haciendas; impulso la obligatoriedad de la instrucción, y en cuanto a la orientación teórica, se inclino decididamente por un laicismo positivista.  En 1880, sin embargo, el positivismo fue obstruido por la vieja guardia liberal.  El entonces secretario de Justicia e Instrucción, Ezequiel Montes, expidió un decreto que atacaba la instrucción positivista y ordenaba el cambio del libro de lógica de los positivistas Stuart Mills y Vain, por el de Tiberghien, discípulo de Krause.

Se hizo claro también que, tal como lo entendían sus defensores, el positivismo se refería exclusivamente al método de las ciencias naturales y que por ello era incapaz de tratar los problemas de las ciencias filosóficas y morales en la que se establece lo que debe ser.  Hacia 1881 dio inicio también una ofensiva en el orden práctico, mediante una nueva reforma educacional que suprimió los cursos de rendimientos de física y de artes en el nivel primario, y según Leopoldo Zea, que el plan positivista inicial pudiera imponerse definitivamente y consolidarse en el régimen de Porfirio Díaz.

Como se a dicho ya en alguna parte, una de las características fundamentales del porfirismo, fue la paulatina centralización del poder y en general de los recursos económicos, a costa de las autonomías locales y estatales.  La concentración de la propiedad de la tierra en una minoría civil, que tuvo inicio justamente con las medidas de desamortización, se dio con mayor fuerza durante el porfiriato.  Las Leyes de Reforma se aplicaron con todo rigor en contra de los pueblos que poseían tierras. En el pasado inmediato había existido cierta tendencia a estimar que dichas leyes no eran aplicables a las tierras de común repartimiento de los ejidos.  Díaz, en cambio, dictó dos circulares (en 1899 y 1890) que declaraban que todas las tierras de los pueblos debían dividirse y ordenaban que se expidieran los títulos individuales.

En otro asunto, ¿Cómo procedió Baranda para tratar de realizar los objetivos implícitos en las concepciones educacionales mencionadas con anterioridad? En primer lugar era necesario emprender la organización de las instituciones aisladas, en un conjunto integrado, unificado.  Nada más conveniente que ese conjunto laborara bajo la dirección del estado aunque no en forma excluyente. Y no era que el estado debía fortalecer el conjunto escolar solo porque allí se prepararían los futuros ciudadanos, sino que el estado era el único con posibilidades económicas suficientes para expandir la educación a los campesinos y a otros sectores carentes de los recursos necesarios.

La instrucción religiosa y las prácticas oficiales de cualquier cultor quedan prohibidas en todos los establecimientos de la federación, de los estados y de los municipios, dice la ley.  Sin embargo, “la aceptación del principio no basta para satisfacer nuestros deseos, sino el propósito de ponerlo en ejecución, dice Baranda”, además nos sigue diciendo: “”nos consideraremos satisfechos  cuando se fijen los mejores medios de sanción para hacer efectiva la ley; cuando simultáneamente se propague la instrucción primaria, y la reciban todos los niños de igual edad, en el mismo tiempo y conforme a idéntico programa, cuando la escuela se la puerta de todas las casa y las chozas”

Respecto a la extensión de la educación rural la comisión expresó: “no se trata de averiguar, desde el punto de vista pedagógico, que programa satisfará mejor las necesidades de la vida agrícola y cual de las de la vida comercial e industrial.  Se trata de fundar la escuela nacional mexicana; de impartir la enseñanza obligatoria, y de fijar por consiguiente, el mínimo de instrucción que el estado tiene obligación de proporcionar a todos sus hijos, mínimo que deben poseer para llenar sus deberes como hombres y como ciudadanos, y hacer uso de los derechos que como tales les garantiza la constitución”. En esta exposición se hizo un recuento de los obstáculos que se presentarían al extender la educación en el campo, no obstante hubo conciencia en afirmar que: “las escuelas rurales son indispensables en las haciendas, rancherías y pueblos que no sean cabeceras de municipios”.

Puede afirmarse que este primer congreso dio forma a la idea original de Baranda, de constituir un sistema nacional de enseñanza. Esto fue posible porque los puntos de vista expuestos y aprobados reflejaban no solo las aspiraciones del grupo intelectual en general, y de los pedagogos en particular, sino también el de las masas con las cuales, por lo menos algunos congresistas, tenían estrechos contactos. Si esto es así, se puede afirmar que ahí nació la escuela mexicana. Recordemos que este congreso se celebró en 1889 y fue el propio Baranda quien lo denominó: Congreso Constituyente dela Enseñanza.

Sin embargo, el Congreso y lo que representaba dentro del régimen dominante ¿Acaso no significaba una contradicción? ¿Cómo es posible que mientras se alentaba el aniquilamiento de pueblos y ranchos por medio de los cercamientos que iban a engrandecer las haciendas y latifundios, se estuviera permitiendo la educación de los ahora reducidos a peones? ¿Cómo se entiende que mientras se entregaba la economía al extranjero se pugnara por una educación eminentemente mexicana, para la unidad e independencia nacionales?

Es de entenderse pues, que muy poco de lo aprobado en el Congreso Constituyente de la Enseñanza pudo ser realizado durante el porfiriato a nivel nacional.  Esto refleja los límites sociales del régimen; sus logros fueron ciertamente sustantivos pero circunscritos al Distrito Federal y a los centros urbanos de algunos estados; y aun en esas zonas es difícil precisar su verdadero alcance. Esto queda como un tema a investigar.  Sin embargo, tanto lo realizado como lo que quedó en proyecto, reafirmo las aspiraciones necesidades educacionales tanto de las masas como los sectores medios, e inclusive de la oposición, que pronto se manifestaría.

Justino Fernández remplazó a Baranda en el Ministerio de Educación Pública en 1901.  Se pretendía, que todo el sistema educativo estuviera orientado por un consejo, en el cual tendrían cabida los distintos funcionarios de la educación.  También se reglamento que la educación primaria permanecería escalonada en elemental (con dos años de estudio)y en superior, con cuatro. Se fijo como objetivo de esta última ampliar los conocimientos de la primaria  elemental y prepara para la vida práctica a los alumnos que por variedad de motivos no lleguen a perseguir las más altas investigaciones del saber humano. Paralelamente la división de la escuela primaria, se estableció en la Normal la formación de profesores tanto para el nivel elemental como el superior, con cuatro y seis años de estudio respectivamente, lo más importante fue la diversificación y autonomía del conjunto escolar central.

Después de Justino Fernández entra a dirigir la educación Justo Sierra, veste es el ideólogo de la burguesía porfiriana, expresa claramente sus propósitos y objetivos y la forma de realizarlos. Sierra se percató de que la circunstancia mexicana comparada con las naciones civilizadas dejaba mucho que desear, especialmente en el aspecto cultural. Se dio cuenta también de que la paz impuesta por las armas si bien era necesaria como condición previa para el progreso, era también insuficiente como punto de arranque: para ello, debía de haber conciencia nacional ésta solo era posible formando la conciencia nacional.

El impulso que Justo Sierra logró dar a la educación fue eminentemente urbano; pero en este sector llegó hasta el límite estructural de la desigualdad social; no pudo expandir la educación al campo.  Pero su constante lucha en pro de la educación debió contribuir a reafirmar la conciencia de la necesidad de llevar la educación a todos los grupos. Esta idea potencial sería retomada por sectores de la oposición y germinaría en medios más propicios. Tal vez lo más importante de la época porfirista, para el futuro educativo de las masas, fue lo que no pudieron realizar quienes pugnaron por mejorar y expandir la educación; lo que no dejaron de exponer y repetir por todos los medios; la creación de un sistema nacional de educación capaz de producir las transformaciones del país.

A inicio del porfiriato, la escolaridad ya había logrado un nivel del 41 matriculados por cada mil habitantes. Puede considerarse como notable este nivel, sobre todo si tenemos en cuenta que es el resultado del primer impulso educativo nacional. La nueva tendencia, que abarca el período de la dictadura, en general es de menor crecimiento.  La fase inicial (1878-1900) muestra una tasa de 3.2% anual de aumento y hace subir el nivel a 51 matriculados por cada mil habitantes.  Es en la fase final (1900-1907) el ritmo de escolaridad disminuye en 2.7% y el nivel alcanza a elevarse a 59 matriculados por cada mil, esto se da por la disminución de la población. Lo anterior revela que el porfiriato partió de un punto respetable de escolaridad; y aunque el impulso educativo disminuyó, el nivel de escolaridad registró un incremento.

Durante el portifiato la educación local se dejó bajo la tutela de los ayuntamientos y gobiernos estatales, pero al mismo tiempo el gobierno federal pretendió dirigir y controlar la educación elemental en todo el país. La influencia del gobierno central más bien fue decisiva tanto porque desbarató las bases que sostenían al conjunto escolar anterior que se desarrollaba en forma casi homogénea en todo el país, como porque impulsó las condiciones en que se desarrollarían nuevas fuerzas estructurales que determinaron más directamente, pero de una manera desigual, la expansión escolar en todo el país.

Las capitales de los estados fueron las más  favorecidas con la nueva tendencia, algo parecido a la crisis financiera municipal ocurrió a nivel estatal por la supresión de las “alcabalas”. Sin embargo, la recuperación a nivel estatal debió ser mayor por el nuevo carácter citadino del nuevo desarrollo. De otro lado, se produjo una influencia del poder central en la demanda real de educación pero también como antecedente inme