FORMACION DEL HOMBRE

DESDE UN ENFOQUE SOCIO EDUCATIVO

 

Dalid Cervantes Tapia

 

 

CONTENIDO

 

 

INTRODUCCIÓN

 

OBJETIVOS

 

PARTE PRELIMINAR

Contradicciones

¿Qué es el Método Montessori?

El hombre desconocido

El estudio del hombre

Nuestro presente social

El cometido de la nueva educación

 

 

LA REVELACIÓN DEL ORDEN NATURAL EN LOS NIÑOS Y SUS OBSTÁCULOS

 

Revelaciones y obstáculos

Revelaciones anteriores

La forma mental de la infancia

El Mneme

La disciplina

Orden y bondad

Salud y desviaciones

La base del crecimiento

Educación dilatoria

 

 

PREJUICIOS SOBRE EL NIÑO EN LA CIENCIA Y EN LA EDUCACIÓN

 

La conquista de la cultura

La cuestión social del niño

El Ombius

 

 

LAS “NEBULOSAS”

 

El hombre y los animales

La función del niño

El embrión espiritual

La mente absorbente

La adaptación

El contacto con el mundo

Conclusiones de la autora

ANALFABETISMO MUNDIAL

CONCLUSIONES PERSONALES

BIBLIOGRAFIA

CUESTIONARIO

 

 

 

INTRODUCCION

 

 

 

El presente trabajo es un análisis del pensamiento que la doctora María Montessori aporta sobre la formación del hombre, estableciendo como criterio de lectura una línea socio educativa.

 

Dada la amplitud y magnitud de la obra se hace un recorte para recuperar las ideas sobre hombre, educación y sociedad que tiene la autora.

 

Todo movimiento que trasciende fronteras nos remite a quien lo inicia, en este caso María Montessori es una de las precursoras de una educación que se rebela a los cánones de la educación tradicional a principios del siglo anterior.

 

El trabajo que realizó la autora es amplio y en este documento se presentan cuestiones importantes, las cuales se han organizado con fines de exposición en los siguientes apartados:

 

Una parte preliminar presenta algunas de las contradicciones que se dan en torno al pensamiento Montessori, por ejemplo nuestra presencia en el ambiente, de manera general hacia donde se dirige la nueva educación; la necesidad de transformar la noción y la idea de subordinación y aislamiento que tradicionalmente la sociedad ha tenido respecto al niño.

 

El segundo punto es la revelación del orden natural en los niños y sus obstáculos, se enfatiza en relacionar las leyes que la naturaleza tiene con las que el niño se mueve,  ya que cuando este orden se rompe o interrumpe surgen “las anormalidades”, las desviaciones, disfunciones y la intervención del método para recuperar la higiene psíquica. Se abordan cuestiones claves relacionadas con el orden y la disciplina, la espontaneidad y la posibilidad de ver al niño desde otro ángulo, el del centro, el de la clave del trabajo educativo y social.

 

A lo anterior se anteponen prejuicios y errores que obstaculizan la misión de educar, ideas y creencias que se disfrazan de bondad pero que entorpecen el desarrollo del niño, También se considera como el niño se apropia de la cultura y del ambiente a pesar de lo anterior.

 

En el tercer apartado se aprecia el enfoque naturalista de la autora, resaltando conceptos muy importantes como es el de la adaptación, el hombre y su papel al interactuar con el ambiente.

 

Se tocan algunos puntos centrales que a manera de conclusión presenta la autora y se abre un espacio a las reflexiones que Montessori plantea al problema del analfabetismo que atañe a todo el mundo.

 

Se plasman algunas reflexiones personales a manera de conclusiones  y se presenta un cuestionario resultado del análisis y resumen de la obra de María Montessori desde un enfoque socio educativo.

 

 

 

 

objetivos

 

General

 

Analizar y reflexionar dialogicamente con el pensamiento de María Montessori en lo que se refiere a la formación del hombre.

 

 

Específicos

 

1.- Identificar el enfoque socio educativo del  pensamiento Montessori.

 

2.- Establecer semejanzas y diferencias de las premisas manejadas por la autora con los planteamientos de algunos teóricos en el campo educativo.

 

3.- Realizar una evaluación critica sobre algunos supuestos Montessori trasladados a nuestro momento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FORMACIÓN DEL HOMBRE

 

 

El 31 de agosto de 1870 en el pueblo de Chiaravalle, Italia, nació María Montessori. Sus padres Alejandro y Renilde Montessori la llevaron a Roma a los 12 años de edad para darle mejores oportunidades en su educación. Desde pequeña fue muy afecta a los números, por lo que llegado el momento y siendo de un carácter fuerte y decidido, se inscribe por sí sola en una escuela técnica para ingeniería.

Al paso del tiempo se da cuenta de que las ciencias naturales le dan más satisfacción por lo que interrumpe su carrera para entrar a la Escuela de Medicina de la Universidad de Roma. En esa época las mujeres son consideradas únicamente útiles para el cuidado del marido y los hijos. Su padre deja de hablarle ya que al tener que estar en contacto con cadáveres masculinos es considerada "demasiado liberal". Finalmente, en 1894 se convierte en la primera mujer en Italia que recibe el título en medicina.

Su método prueba ser mucho más efectivo y en 1907 abre la primera Escuela Montessori en un barrio bajo de la ciudad de Roma llamándola: "Casa de los Niños". Antes de los 5 años los pequeños ya leen y escriben, prefieren el trabajo más que el juego y despliegan una gran concentración mental sin fatigarse.

 

Muere a los 82 años en mayo de 1952, en Noordwijk, Holanda, dejando escrito en su tumba para la posteridad:

"Ruego a los niños todopoderosos, se unan a mí para construir la paz del hombre y la paz del mundo"

 

PARTE PRELIMINAR

 

Contradicciones

 

 

 A principios del siglo la doctora María Montessori abre la  primera Casa de los Niños posterior a esto  sus aportaciones corren por todo el mundo. Después casi ya de 100 años su obra sigue  vigente alrededor del mundo.

 

 ¿Qué es, pues, este método que partiendo de los recién nacidos tiende a alcanzar a los doctores universitarios?

 

Continuamente se establecen paralelos y aproximaciones. Por ejemplo, se comparan las nurseries inglesas con las escuelas Montessori; se parangonan los juguetes y el modo de tratar a los niños en las dos instituciones, con la intención de compaginarlas y hacer de las dos una sola cosa. En América se han establecido muchos paralelos para unificar los parvularios froebelianos y las Casas de los Niños. Comparando nuestro material con las prendas froebelianas, se ha llegado a la conclusión de que los dos métodos son buenos y que sería conveniente emplearlos conjuntamente. Existen algunos aspectos de discordancia, por ejemplo respecto de los cuentos de hadas, sobre los juegos con la arena, empleo del material y otros particulares, en cuya defensa surgen todavía muchas discusiones. Incluso en las escuelas elementales se sigue discutiendo sobre los métodos para enseñar a leer y escribir, o para enseñar la aritmética, y se habla especialmente de nuestra insistencia por enseñar la geometría y otras cosas demasiado pronto, durante este período de la instrucción. Respecto de las escuelas secundarias, las opiniones son diversas. Unos piensan que nosotros no tenemos bastante en cuenta el deporte y otros trabajos que dan una impronta más moderna a la enseñanza, como la mecánica y los trabajos manuales. Y todo esto se pone tanto más de relieve cuanto que los programas de las escuelas montessorianas deben ser los mismos necesariamente que los de las demás escuelas secundarias, pues de otra forma sus alumnos no serían admitidos en la Universidad. 

 

 

 

¿Qué es el Método Montessori?

 

 

Si se aboliera no solamente el nombre, sino también el concepto común de “método” para sustituirlo por otra designación; si hablásemos de “una ayuda hasta que la personalidad humana pueda conquistar su independencia, de un medio para liberarla de la opresión de los prejuicios antiguos sobre la educación”, entonces todo estaría claro. Es, pues, la personalidad humana lo que hay que considerar, y no un método de educación: es la defensa del niño, el reconocimiento científico de su naturaleza, la proclamación social de sus derechos lo que debe suplantar a los modos fragmentarios de concebir la educación.

 

Pero ¿qué es la personalidad humana? ¿Dónde comienza? ¿Cuándo empieza el hombre a ser hombre? Es difícil precisarlo. La personalidad humana es ciertamente una sola, que pasa por diversos estadios de desarrollo. Pero, cualquier hombre que se considere y en cualquier edad, niños de las escuelas elementales, adolescentes, jóvenes y hombres adultos en general, todos empezaron por ser niños; y pasan luego de niños a adultos sin que se rompa la unidad de su persona. Si la personalidad es una en diversos estadios de desarrollo, se debe concebir también un principio educador que afecte a todas las edades.

 

De hecho nosotros, hoy, en nuestros cursos más recientes, hemos llamado al niño: hombre.

 

 

 

El hombre desconocido

 

 

El hombre que llega al mundo bajo la forma de niño se desarrolla rápidamente por un verdadero milagro de creación. El recién nacido no tiene todavía ni el lenguaje ni los otros caracteres relativos a las costumbres de la estirpe: no tiene inteligencia, ni memoria, ni voluntad, ni menos el poder de moverse y tenerse en pie; y sin embargo este recién nacido lleva a cabo una auténtica creación psíquica: a la edad de dos años habla, camina, reconoce las cosas: y, pasados los cinco años, alcanza el desarrollo psíquico suficiente para ser admitido a estudiar en las escuelas.

 

Existe hoy un gran interés científico por conocer la psicología infantil en los primeros años de edad. Durante miles y miles de años la humanidad había pasado junto al niño, quedándose enteramente insensible ante esta especie de milagro de la naturaleza, que es el formarse de una inteligencia, de una personalidad humana. ¿Cómo se forma? ¿A través de qué procesos y con que leyes?

 

Porque si todo el universo se rige por leyes fijas, es imposible que la mente humana se forme al azar, es decir sin leyes.

 

Todo se desarrolla a través de procesos evolutivos complejos; incluso el hombre, que a los cinco años se ha convertido en un ser inteligente, debe haber tenido también su evolución constructiva. Pero este campo está se puede decir, todavía inexplorado. Hay un vacío en los conocimientos científicos de nuestro tiempo, un campo no explorado, una incógnita; en el proceso de formación de la personalidad.

 

Para iniciar una exploración científica del inmenso campo oscuro, que es el espíritu humano, hay que sobrepasar obstáculos poderosos. Solamente sabemos que existe en la psique humana un enigma que todavía no ha despertado nuestro interés.

 

El hombre en edades más avanzadas (niño, adolescente, joven, adulto) llega a nosotros desde lo desconocido; y juzgamos sus diversos aspectos tal como se nos presentan. Nuestros esfuerzos para orientar al hombre en estas varias edades, son, pues, empíricos, superficiales. Juzgamos, como agricultores desmañados, las apariencias, los efectos, sin preocuparnos de las causas que los producen. Con razón Froebel llama "jardines de la infancia" a las escuelas de los niños de cuatro o cinco años de edad; y nosotros podremos llamar con el mismo nombre a todas las escuelas, especialmente a las mejores, a aquellas en las que con sinceridad se busca el bien y la felicidad de los niños; las podremos llamar a todas ellas "jardines" para distinguirlas de las otras donde reina una tiranía cruel. Porque en ésas, en las más modernas y mejores, se comportan los maestros como los buenos jardineros y los buenos agricultores respecto de sus plantas.

 

Pero tras el buen agricultor, está en científico. El científico escudriña los secretos de la naturaleza y conquista, descubriéndolos, los conocimientos profundos que le pueden llevar no sólo a juzgarlos, sino incluso a transformarlos. El moderno agricultor, que multiplica la variedad de flores y de frutos, que mejora la floresta, que cambia, por así decir, la faz de la tierra, ha recogido sus principios técnicos de la ciencia y no de la rutina. Sí esas flores maravillosas de fantástica belleza, esos claveles de tantos colores, esas soberbias orquídeas, esas rosas gigantescas, perfumadas y sin espinas, y tantos y tantos frutos y maravillas que han cambiado la faz de la tierra, son el producto del hombre que ha estudiado las plantas científicamente. La ciencia fue la que orientó hacia unas técnicas nuevas; fue el hombre científico quien dio el impulso para construir una verdadera super naturaleza fantásticamente más rica y hermosa que la que hoy llamamos naturaleza salvaje.

 

 

 

El Estudio del Hombre

 

 

Si la ciencia empezara a estudiar a los hombres, llegaría no sólo a dar nuevas técnicas para la educación de los niños y jóvenes, sino que también nos llevaría a una comprensión profunda de muchos hechos humanos y sociales, que todavía están envueltos en una pavorosa oscuridad.

 

La base de la reforma educativa y social, necesaria en nuestros días, se debe levantar sobre el estudio científico del hombre desconocido.

 

Pero, como decía, hay un grande obstáculo para el estudio científico del hombre. Son los prejuicios acumulados durante miles de años, consolidados como glaciares majestuosos y casi inaccesibles. Por eso se impone una exploración valiente; una lucha contra los elementos adversos, para la cual no son suficientes las armas ordinarias de la ciencia, es decir la observación y el experimento.

 

 Este estudio del hombre espiritual, de la psicología, es un movimiento intelectual que se está difundiendo desde los primeros años de este siglo. El descubrimiento del inconsciente ha sido un descubrimiento fecundo. Se inició en hombres adultos enfermos mentales, pero luego se extendió también a hombres considerados normales. Más recientemente la psicología infantil ha empezado a interesar a los científicos.

 

La conclusión a que han llegado esos estudios ha sido que casi todos los hombres que viven hoy tienen alguna tara, mientras las estadísticas resaltan de modo indiscutible la cantidad siempre creciente de locos y criminales y aumenta el numero de niños difíciles y se agrava el fenómeno de la delincuencia de los menores, que hace pensar en los daños que de todo esto se deriva para la humanidad. Las condiciones sociales producidas por nuestra civilización obstaculizan evidentemente el desarrollo normal del hombre. Todavía no ha creado ella para el espíritu unas defensas análogas a las de la higiene física. Mientras hoy se dominan y se utilizan las riquezas de la tierra y sus energías, no se ha considerado aún la suprema energía que es el entendimiento del hombre; mientras se han explorado los oscuros abismos de las fuerzas naturales, no han sido iluminados aún los abismos del subconsciente del hombre. El hombre psíquico, abandonado a las circunstancias externas, se está convirtiendo en un destructor de sus propias construcciones.

 

Se puede, pues, idear un movimiento universal de reconstrucción con un objetivo único: ayudar al hombre a conservar su equilibrio, su normalidad psíquica, su orientación en las presentes circunstancias del mundo exterior. Este movimiento no se limita a ninguna nación ni a ninguna ideología política, puesto que quiere simplemente valorar al hombre, que es lo que esencialmente interesa, por encima de todas las políticas y las diferencias nacionales.

 

La educación es un hecho social y humano, un hecho de interés universal. Debe fundamentarse en la psicología, para defender la individualidad, y luego debe orientarla hacia la comprensión de la civilización, para que la personalidad, protegida de los desórdenes que la circundan, haga al hombre consciente de su postura real en la historia. Evidentemente no es un “syllabus” o un programa arbitrario lo que informa la cultura actual: pero se necesita un “syllabus” que permita captar las condiciones del hombre en la sociedad presente: con una visión cósmica de la historia y de la evolución de la vida humana, ¿de qué serviría hoy la cultura, si no ayudara a los hombres a conocer el ambiente al que deben adaptarse?

 

Finalmente, los problemas de la educación se deben resolver teniendo en cuenta las leyes del orden cósmico, que abarcan desde la ley eterna de la construcción psíquica de la vida humana, a las leyes mudables que conducen a la sociedad por los caminos de su evolución sobre la tierra.

 

El respeto a las leyes cósmicas es un respeto fundamental. Sólo desde ellas se puede juzgar y modificar las numerosas leyes humanas que afectan al momento transitorio de las construcciones sociales externas.

 

 

 

 

 

 

 

Nuestro presente social

 

 

Es ya una frase común decir que existe un desequilibrio entre el milagroso progreso del ambiente y el atraso en el desarrollo del hombre; que el hombre recibe un gran choque al adaptarse al ambiente, y que en este choque sufre y se degrada.

 

Hoy la humanidad está vencida y esclavizada por su propio ambiente, porque frente a él se ha quedado débil.

 

¿Por qué esclavizada? Porque vencedores o vencidos, los hombres son todos esclavos, están inseguros, atemorizados, viven en sospecha y hostilidad, obligados a defenderse con el espionaje y el bandolerismo; aceptando y cultivando la inmoralidad como una forma de defensa. La estafa, el robo adquieren nuevos aspectos, y se convierten en el modo de sobrevivir allí donde las restricciones  llegan al absurdo. La vileza, la prostitución, la violencia se convierte en formas habituales de existir. Se pierden los valores espirituales e intelectuales que antes honraban a los hombres. Los estudios son áridos, fatigosos, sin altura: tienen la única finalidad de ayudar a encontrar un trabajo, que a pesar de todo es incierto e inseguro.

 

Impresiona ver que esta humanidad, que yace en una esclavitud sin nombre, grita, como un estribillo estereotipado, que ella es libre o independiente. Este miserable pueblo degradado clama que es soberano. ¿Qué es lo que buscan estos infelices? Buscan como bien supremo lo que llaman democracia: es decir, que el pueblo pueda expresar su opinión acerca del modo como es gobernado, que pueda emitir el voto en las elecciones.

 

Tenemos aquí un aspecto del desequilibrio entre el hombre y el ambiente, del que tiene que liberarse la humanidad, fortaleciéndose a sí misma, desarrollando los propios valores, curándose de su locura y siendo consciente del propio poder.

 

Es necesario que el hombre aúne todos sus valores vitales, sus energías; que los desarrolle y se prepare para su liberación. No es ya tiempo de luchar unos contra otros, de buscar el arrollarse mutuamente; hay que contemplar al hombre sólo con la mira, de despojarlo de los lazos inútiles que se está fabricando y que lo arrastran hacia el abismo de la locura. La fuerza enemiga está en la impotencia del hombre respecto de sus mismos productos, está en frenar el desarrollo de la humanidad. Bastaría, para vencerla, que el hombre reaccionase y se comportase con una preparación diversa frente al ambiente, que por sí mismo es productor de riquezas y de felicidad.

 

Se trata de una revolución universal, que solamente exige que el hombre ensalce sus propios valores, y se convierta en el dominador, en vez de ser la víctima del ambiente que él mismo ha creado.

 

 

 

 

El cometido de la nueva educación

 

 

Así como se ayuda a un enfermo en el hospital para que recupere la salud y pueda continuar viviendo, así hoy hay que ayudar a la humanidad a salvarse. Nosotros tenemos que ser los enfermeros en este hospital, inmenso como el mundo.

 

Es necesario caer en la cuenta de que el problema no se limita a las escuelas, tal como son concebidas hoy y no afecta a métodos de educación, más o menos prácticos, más o menos filosóficos.

 

O la educación contribuye a un movimiento de liberación universal, indicando el modo de defender y elevar a la humanidad, o se convierte en uno de esos órganos que han quedado atrofiados al no ser usados durante la evolución del organismo.

 

De todos modos, éste es el movimiento científico que está naciendo con el fin de poner alguna barrera al mal que lo inunda todo, y algún remedio a los espíritus confusos y desorientados. Y a este movimiento hay que enganchar la educación.

 

Creedme: las tentativas de la llamada educación moderna que intentan sin más liberar a los niños de supuestas represiones, no van por buen camino. El dejar hacer a los escolares aquello que quieren, entretenerlos con ocupaciones ligeras, hacerles volver como  a un estado de naturaleza salvaje, no es suficiente. No se trata de “liberar” de algunas ataduras, se trata de reconstruir; y la reconstrucción exige la elaboración de una “ciencia del espíritu humano”. Es una labor paciente, una labor de investigación, a la que deben contribuir miles de personas dedicadas a este objetivo.

 

Quien trabaje en esta reconstrucción debe ir impulsado por una idea grande, más grande que aquellos ideales políticos que han promovido mejoras sociales porque tenían a la vista la vida material de algún grupo de hombres oprimidos en la injusticia y la miseria.

 

Aquí el ideal es universal: es la liberación de toda la humanidad. Y se necesita mucha labor paciente en este camino de liberación y valoración del hombre.

 

El ideal, el fin que hay que proponerse debe ser común a todos. “Compréndete: a ti mismo, tu hermosura; avanza prósperamente en tu ambiente, rico y lleno de milagros; y reina sobre él”.

 

La pedagogía debe resurgir bajo la guía de la psicología aplicada a la educación, a la que conviene darle pronto un nombre diverso: Psicopedagogía.

 

 En este campo se obtendrán muchos descubrimientos. Es indudable que, si el hombre ahora está desconocido y reprimido, su liberación vital ofrecerá revelaciones asombrosas. Y la educación deberá proceder en función de estas revelaciones; del mismo modo que la medicina común se basa en la “vis medicatrix naturae”, en las fuerzas curativas que ya están en la naturaleza, y la higiene se basa en los conocimientos de la fisiología, es decir en las funciones naturales del cuerpo.

 

Ayudar a la vida: es el primer principio fundamental.

 

Ahora bien, ¿quién puede revelarnos las vías naturales por las que marcha el crecimiento psíquico del individuo humano, sino el mismo niño en condiciones de manifestarse? Así pues, nuestro primer maestro será el mismo niño, o mejor, el impulso vital con las leyes cósmicas que le conducen inconscientemente no lo que nosotros llamamos “la voluntad del niño”, sino el misterioso querer que dirige su formación.

 

Yo puedo afirmar que las revelaciones del niño no son difíciles de obtener. La verdadera dificultad reside en los prejuicios antiguos del adulto hacia el niño, en la ciega incomprensión y en los velos que una forma de educación, arbitraria y basada sólo sobre el raciocinio humano, o mejor sobre el egoísmo inconsciente del hombre y su  soberbia de dominador, ha venido tejiendo para ocultar los valores de la sabia naturaleza.

 

Nuestra contribución, aunque pequeña, incompleta todavía, y considerada insignificante en el campo científico de la psicología, servirá sin embargo para ilustrar este enorme obstáculo de los prejuicios, que pueden borrar y destruir las aportaciones de nuestra experiencia aislada.

 

Si lográramos sólo probar la existencia de estos prejuicios, habríamos aportado ya un beneficio de importancia general.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA REVELACIÓN DEL ORDEN NATURAL EN LOS NIÑOS

Y SUS OBSTÁCULOS

 

 

 

Revelaciones y obstáculos

 

 

Recordemos cómo empezó nuestro estudio. Hace unos cuarenta años en un grupo de niños de cuatro años se manifestó un fenómeno inesperado que maravilló a todos. Este fenómeno fue llamado “la explosión de la escritura”. Algunos niños comenzaron espontáneamente a escribir; esto se propagó rápidamente a un gran número de ellos. Fue una verdadera explosión de actividad y a la vez de entusiasmo. Aquellos pequeños llevaban, como en una especie de procesión triunfal, el alfabeto, dando gritos de alegría. Eran infatigables escribiendo: cubrían los suelos, las paredes con su escritura irrefrenable. Sus progresos fueron fantásticos, milagrosos. E inmediatamente después ellos, por si solos, aprendieron a leer diversas escrituras, cursiva e impresa, en letras minúsculas y mayúsculas, e incluso escrituras especiales, artísticas y góticas.

 

Y sin embargo, ¿cuál fue la reacción, especialmente de los científicos de la época?, la escritura milagrosa no se atribuyó a un hecho psíquico, sino a un “método de educación”.

 

Escritura y naturaleza no se podían juntar. La escritura es, en general, la consecuencia de una paciente e ingrata preparación en las escuelas, es un recuerdo de esfuerzos áridos y de fatigas soportadas, de castigos impuestos, de tormentos, para todo el que no sea un analfabeto. Y tenía que ser un método verdaderamente maravilloso aquel que había conseguido unos resultados tan brillantes, en una edad precoz. Se suscitó la curiosidad en torno a este método educativo que ofrecía la prueba de haber encontrado finalmente un medio para vencer rápidamente el analfabetismo, que más o menos seguía estando en los pueblos, aun en los más civilizados.

 

Cuando vinieron algunos profesores de las Universidades de los Estados Unidos de América para estudiar personalmente este método, yo no contaba con otro material que mostrarles que las letras del alfabeto separadas una de otra, letras que tenían la forma de objetos manejables, movibles, de una dimensión más bien grande.

 

Algunos de estos profesores se molestaron, y creyeron que yo me reía de ellos, sin respeto a su dignidad. En las altas esferas se empezó a decir que todo aquello no era nada serio, que hablar de milagros era una mixtificación. Al ver después que, en vez de los libros ordinarios, yo empleaba “objetos”, que podían ser comprados o vendidos, se tuvo miedo de caer en una comercialización.

 

Una especie de amor propio alejó de la atención de los grandes esta manifestación, que sin embargo estaba unida a una incógnita del orden psicológico. Y así surgió un obstáculo, una barrera insuperable entre aquella experiencia iluminadora y las personas que pertenecían a las altas esferas de la cultura, aquellas que por su cultura superior habrían podido descifrarla y utilizarla.

 

Expongamos otros tipos de prejuicio.

 

Los niños pequeños que escribían incansablemente eran una realidad que centenares y millares de personas podían constatar Muchas personas tuvieron que convencerse de que las letras del alfabeto estaban allí, aisladas, sin más, y que ningún maestro se esforzaba por enseñar a escribir: los niños hacían estos progresos por sí solos. A alguno le pasó por el pensamiento que todo el secreto estaba en haber ideado convertir las letras del alfabeto en objetos aislados y movibles. ¡Que descubrimiento tan simple y genial! ¿Por qué ‑decían muchos con amargura‑, por qué no lo he ideado yo? Pero, dijo alguien, en realidad no se trata de un descubrimiento. Ya en la antigüedad Quintiliano había usado un alfabeto móvil de este tipo. Y así, en el caso de que yo hubiera pretendido presentarme como una genial inventora, habría sido desenmascarada.

 

Sin duda que la historia habría registrado estos hechos imponentes. En cambio no recuerda solamente las letras que tienen un influjo mágico; la magia no esta en las letras sino que reside en la psicología del niño. Pero entonces nadie llegó a admitirlo. Aquel prejuicio de “no creer en lo extraordinario”, la vergüenza de aparecer crédulo para quien quiere mantener su dignidad y superioridad cultural, es corriente; y es uno de los obstáculos que ocultan lo “nuevo” e inutilizan un descubrimiento.

 

Un descubrimiento, para ser tal, tiene que contener alguna cosa nueva. Y la cosa nueva es una puerta abierta para quien tiene la valentía de atravesarla: una puerta por la que se tiene acceso a campos todavía no explorados; por tanto una puerta fantástica, maravillosa, que debería herir la imaginación. Y son verdaderamente, los hombres de cultura superior los que deberían convertirse lógicamente en exploradores de estos campos. Pero, una barrera mental emocional, está allí, para las gentes serias que han perdido ya el gusto de las “fairy tales” de la naturaleza; es raro hallar una excepción de esta regla.

 

Quiero decir sobre todo el interés por evitar a los niños los “esfuerzos mentales” y los “precoces trabajos intelectuales”. Los niños son para todos unos seres vacíos a los que les conviene solamente jugar, dormir y distraerse con cuentos fantásticos; un trabajo mental serio en los niños tan tiernos parece un sacrilegio. Y sobre todo después de las insistentes publicaciones de la señora Bühler, esposa del conocido psicólogo de Viena, autorizada erudita ella también en psicología experimental. La señora Bühler llegó a la conclusión de que las facultades mentales de los niños, antes de los cinco años, son absolutamente negativas para toda forma de cultura. Y así se echó, en nombre de la ciencia, una especie de losa sepulcral sobre nuestros experimentos.

 

Se atribuyeron únicamente a un “método de educación”, por lo demás inseguro y discutible. A partir de entonces las críticas se sucedieron vertiginosamente; se dijo en primer lugar que no había que “sacrificar la vida mental de los niños pequeños, para obtener resultados inútiles”, porque un poco más tarde, después de los seis años de edad, todos pueden aprender a leer y escribir, y ya se sabe con cuanto esfuerzo y sacrificio. ¡Es necesario evitar en la primera infancia todo trabajo duro de estudio! ¡Claparéde, gran autoridad en la pedagogía, describió por cuenta de la New Education FelIowship los males que se producen en los escolares por efecto del estudio en las escuelas!

 

Y el mundo oficial de la educación, también él, se apartó de nuestro trabajo. Las maestras que aprendieron con nosotros fueron al principio en gran parte personas dedicadas a la educación en los parvularios froebelianos; unieron los juegos de Froebel con nuestro material científico de desarrollo mental y llegaron a la conclusión de que los dos hay cosas buenas, a condición sin embargo de que no se introduzca el alfabeto, la escritura o las matemáticas en las escuelas de los niños de tierna edad.

 

El “milagro” fue oficialmente olvidado. No llegó a interesar a la psicología moderna. Me quedó a mí el trabajo de indagar los secretos de la psicología infantil manifestados en este experimento, porque nadie mejor que yo podía “aislar” aquellos hechos reales de los influjos educativos que podían haberlos provocado. Era evidente para mí que “alguna energía”, especial en los niños de esa edad, se había manifestado y por tanto existía.

 

Incluso si la experiencia se hubiera limitado solamente al primer grupo de niños, el hecho representaba un descubrimiento de poderes, que antes estaban ocultos en la psique infantil.

 

 

 

Revelaciones anteriores

 

 

La historia de la pedagogía cuenta en realidad los “milagros” de varios teóricos como Pestalozzi, y Tolstoi.

 

¡Y cuántos hechos semejantes se habrán repetido durante la vida de los niños, que no se  conocen porque no tuvieron cerca a nadie que pudiera inmortalizarlos en la historia de la pedagogía!

 

 

 

La forma mental de la infancia

 

 

Hay, pues, una energía interior que tiende a manifestarse por sí misma; pero permanece sepultada bajo las barreras del prejuicio universal. Hay una forma mental de la Infancia que no ha sido reconocida nunca.

 

Era, en realidad, una “forma mental”, y no sólo el fenómeno explosivo de la escritura, lo que se reveló en mis niños de la primera escuela de S. Lorenzo.

 

Ocurría que, al dictarles yo palabras muy largas e incluso en lengua extranjera, ellos las reproducían fonéticamente con el alfabeto móvil, habiéndolas oído pronunciar sólo una vez.

 

¿Qué era lo que fijaba en las mentes de los niños aquellas palabras complicadas, de modo que ellos parecían retenerlas en la mente con seguridad, como si hubieran sido esculpidas allí? Y lo más maravilloso era su calma y sencillez, como si no hicieran ningún esfuerzo. Ellos, hay que tenerlo en cuenta, no escribían, pero debían buscar cada letra en las diversas casillas del alfabeto. La búsqueda, nada fácil, del lugar de la letra y el apoderarse de aquel objeto, para ponerlo a continuación de las otras letras ya colocadas y completar las palabras, habría distraído la atención de cualquiera de nosotros.

 

Y sin embargo se trataba de un hecho de memoria. La idea de que pudiera existir una forma de memoria, diversa de la de los niños menores, era algo inconcebible. ¡El niño pequeño tiene que tener una memoria más débil que la del niño mayor, que tenga cinco años más!.

 

Pero ¿qué es lo que había en aquella memoria del niño pequeño? Evidentemente en su mente se esculpía la palabra con todos los detalles de los sonidos que la componían y por su orden. La palabra se esculpía, permanecía toda entera en la mente, nada podía borrarla. Esa memoria tenía una cualidad diversa; introducía en la mente una especie de visión, y el niño copiaba con seguridad la visión clara y fija.

 

 

 

El Mneme

 

 

¿Puede existir una memoria diferente de la de nuestra mente consciente y desarrollada?

 

Cuando hoy los psicólogos modernos consideran otra forma de memoria en el inconsciente, que puede fijarse incluso a través de las generaciones, reproduciendo minuciosamente los caracteres de la especie, le han querido dar un nombre distinto: Mneme. El mneme, en sus infinitos grados, se abisma en los mismos hechos de la vida y de la eternidad. Después de esta constatación, se podría reconocer en la mente del niño de cuatro años una fase de desarrollo psíquico en el que el mneme se encuentra precisamente en el umbral de la memoria consciente, hasta llegar a confundirse con ella, manifestándose sin embargo como el ultimo carácter de un fenómeno que tiene profundas raíces.

 

Este último rasgo del mneme procedía de muy lejos, y estaba unido a las fuerzas creadoras del lenguaje. El lenguaje materno se había ya formado en el inconsciente y con procedimientos diversos de los de la mente consciente. Ese es el lenguaje que se fija en la personalidad, como un carácter de la raza, y es diferente de los lenguajes extranjeros que se pueden conseguir con la ayuda de la memoria consciente: lenguajes siempre imperfectas, que sólo se mantienen a base de un ejercicio continuo.

 

Está claro que las letras movibles representaban un objeto relativo a los sonidos fijados en la mente del niño y sacaban afuera, al mundo exterior, el lenguaje de manera sensible. El interés demostrado por la escritura provenía de dentro; estaba todavía vibrando una sensibilidad creadora, como aquella destinada por la naturaleza a fijar el lenguaje hablado en el hombre; y era esta sensibilidad la que suscitaba el entusiasmo por el alfabeto.

 

 

 

La disciplina

 

 

Recordemos las lecciones sobre la disciplina, es decir, el fenómeno estupendo ofrecido por aquellos niños pequeños, que, dejados en libertad para elegir sus ocupaciones, para realizar sin molestarse sus propios ejercicios, se quedaban ordenados y silenciosos. Ellos eran capaces de quedarse así todo el tiempo, incluso cuando la maestra estaba ausente, la conducta colectiva de armonía social, y la calidad de su carácter, sin envidia, sin competencia, pero que les llevaba en cambio a ayudarse mutuamente, provocaba admiración. Ellos amaban, y lo buscaban como un verdadero placer. La obediencia se desarrollaba en grados sucesivos de perfección, llegando incluso a una “obediencia realizada con alegría”, yo diría que con ansia de obedecer; semejante en mucho a la de los perros, cuando su dueño tira lejos un objeto para que lo vayan a buscar.

 

La lección de la maestra no contribuía en nada a conseguir este extraño fenómeno. No era, pues, directo de la educación: y porque no había ni ensayos, ni exhibiciones, ni premios, ni castigos, todo ocurría espontáneamente. Sin embargo este hecho inusitado tenía que tener alguna respuesta, estar producido por algún influjo. A quien me pedía explicación, yo solamente le podía responder: “Es la libertad”, como para la explosión de la escritura había respondido: “Es el alfabeto móvil”.

 

Además de los principios de la filosofía relativos a la naturaleza del alma humana, yo ofendía también los principios de la técnica en la educación escolástica. Se hablaba de mi enseñanza como de un método apriorístico, que “abolía” los premios y castigos, proponiendo conseguir la disciplina sin estas ayudas prácticas. Lo juzgaron como un “absurdo” pedagógico e incluso en contradicción con las experiencias practicas universales; más aún, como un sacrilegio, pues está dicho que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, y esto es el principal sostén de la moralidad.

 

Un grupo de maestros ingleses presentaron una protesta pública, declarando que si se abolían los castigos, ellos dimitirían de su cargo, porque no podían educar sin castigos. ¡Los castigos! No había caído en la cuenta de que fueran una institución indispensable, dominante sobre la vida de toda la humanidad infantil, Todos los hombres han crecido bajo esta humillación, no hay duda de que el castigo violento estaba muy en boga: bofetadas, insultos, palos, encierros, sustos terribles imaginarios.

 

 La necesidad de estos “medios indispensables” para la educación demuestra que la vida de los niños no fue ni es democrática, ni la dignidad humana es respetada. Desde la antigüedad se ha incrustado una barrera más aún en el corazón que en la mente del adulto: las fuerzas interiores del niño no han sido nunca vistas ni del lado intelectual ni del moral.

 

En mis experiencias, la revelación de estas desconocidas fuerzas interiores había eliminado los castigos. Pero todo esto, al aparecer de repente, en una súbita revelación, resultaba incomprensible y provocaba el escándalo.

 

Dejadme hacer una comparación clarificadora: cuando se señala a un perro, con el índice extendido, un objeto para que vaya a cogerlo, el perro mira fijamente al índice, no al objeto señalado. Sería más fácil que al final el perro mordiera aquel dedo en vez de comprender que ha de ir, en la dirección que se le señala, a recoger el objeto. La barrera de los prejuicios actuaba del mismo modo. La gente veía en mí el índice indicador y terminaba por mordérmelo.

 

Por eso hablamos de un punto ciego en el corazón del hombre que, sin embargo sabe comprender tantas cosas, análogo al punto ciego que está en el fondo de la