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LA ETICA
TEORÍA DEL BIEN Y DE LA
FELICIDAD
EL BIEN ES EL FIN DE TODAS
LAS ACCIONES DEL HOMBRE
Todas las artes, todas las indagaciones metódicas del
espíritu, lo mismo que todos nuestros actos y todas nuestras determinaciones
morales, tienen al parecer siempre por mira algún bien que deseamos conseguir;
y por esta razón ha sido exactamente definido el bien, cuando se ha dicho que
es el objeto de todas nuestras aspiraciones.
Pero téngase entendido, que esto no impide que haya
grandes diferencias entre los fines que uno se propone. A veces estos fines son
simplemente los actos mismos que se producen; otras, además de los actos, son
los resultados que nacen de ellos. En todas las cosas que tienen ciertos fines
que trascienden de los actos, los resultados definitivos son naturalmente más
importantes que aquellos que los producen. Por otra parte, como existe una
multitud de actos, de artes y de ciencias diversas, hay otros tantos fines
diferentes: por ejemplo, la salud es el fin de la medicina; la nave es el de
la arquitectura naval; la victoria, el de la ciencia militar; la riqueza, el de
la ciencia económica. Todos los hechos de cada orden están en general sometidos
a una ciencia especial que los domina; y así a la ciencia de la equitación
están subordinados el arte de la guarnicionería y todas las concernientes al
caballo; así como estas artes a su vez y todos los demás hechos militares están
sometidos a la ciencia general de la guerra. Otros actos están igualmente
sometidos a otras ciencias; y respecto de todas sin excepción, los resultados
a que aspira la ciencia fundamental son superiores a los de las artes
subordinadas; porque únicamente a causa de los primeros se buscan los segundos.
Poco importa, por lo demás, que los actos mismos sean
el objeto último que uno se proponga al obrar, o que se aspire a otro resultado
más allá de estos actos, como en las ciencias que acabamos de citar. Si en
todos nuestros actos hay un fin definitivo que quisiéramos conseguir por sí
mismo, y en su vista aspirar a todo lo demás; y sí, por otra parte, en nuestras
determinaciones no podemos remontarnos sin cesar a un nuevo motivo, lo cual
equivaldría a perderse en el infinito y hacer todos nuestros deseos
perfectamente estériles y vanos, es claro que el fin común de todas nuestras
aspiraciones será el bien, el bien supremo. ¿No debemos creer que, con relación
a la que ha de ser regla de la vida humana, el conocimiento de este fin último
tiene que ser de la mayor importancia, y que, a la manera de los arqueros que
apuntan a un blanco bien señalado, estaremos entonces en mejor situación para
cumplir nuestro deber?
Si esto es cierto, debemos intentar definir el bien,
aunque no sea más que haciendo de él un sencillo bosquejo, y hacer notar de
qué ciencia y de qué arte forma parte.
Un primer punto, que puede tenerse por evidente, es
que bien se deriva de la ciencia soberana, de la ciencia más fundamental de
todas; y ésta es precisamente la ciencia política. Ella es, en efecto, la que
determina cuáles son las ciencias indispensables para la existencia de los
Estados, cuáles son las que los ciudadanos deben aprender, y hasta qué grado
deban poseerlas. Además, es preciso observar, que las ciencias más estimadas
están subordinadas a la Política; me refiero a la ciencia militar, a la ciencia
administrativa, a la retórica. Como ella se sirve de todas las ciencias
prácticas y prescribe también en nombre de la ley lo que se debe hacer y lo que
se debe evitar, podría decirse que su fin abraza los fines diversos de todas
las demás ciencias; y por consiguiente el de la política será el verdadero
bien, el bien supremo del hombre. Es cierto, por otra parte, que el bien es
idéntico para el individuo y para el Estado. Sin embargo, procurar y garantir
el bien del Estado, parece cosa más acabada y más grande; y si el bien es digno
de ser amado, aunque se trate de un sólo ser, es, no obstante, más bello, más
divino, cuando se aplica a toda una Nación, cuando se aplica a Estados enteros.
Por lo tanto, en el presente tratado estudiaremos
todas estas cuestiones, que forman casi un tratado político.
Habremos dicho en esta materia todo cuanto es posible
si logramos tratarla con toda la claridad que ella permite. Pero en todas las
obras del espíritu no debe exigirse una precisión igual a la que se exige en
las obras de mano; porque el bien y lo justo, objetos que estudia la ciencia
política, dan lugar a opiniones de tal manera divergentes y de tal manera
laxas, que se ha llegado hasta sostener que lo justo y el bien existen
únicamente en virtud de la ley, y que no tienen ningún fundamento en la
naturaleza. Por otra parte, si los bienes mismos suscitan tan gran diversidad
de opiniones y tantos errores, es porque sucede con mucha frecuencia que los
hombres sólo sacan mal de tales bienes, y se ha visto a menudo perecer algunos
a causa de sus riquezas, como perecían otros por su valor. Así pues, cuando se
trata de un asunto de este género y se parte de tales principios, es preciso
saber contentarse con un bosquejo un poco grosero de la verdad; y además, como
se razona sobre hechos generales y ordinarios, sólo deben sacarse consecuencias
del mismo orden y también generales. De aquí que deba acogerse con indulgente
reserva todo lo que habremos de decir. Un espíritu ilustrado no debe exigir en
cada género de objetos más precisión que la que permita la naturaleza misma de
la cosa de que se trate; y tan irracional sería exigir de un matemático una
mera probabilidad, como exigir de un orador demostraciones formales.
Siempre hay razón para juzgar de aquello que se
conoce, y respecto de ello es uno un buen juez. Mas para juzgar de un objeto
especial, es preciso conocer especialmente este objeto, y para juzgar bien de
una manera general, es preciso conocer el conjunto de las cosas. He aquí por
qué la juventud es poco a propósito para hacer un estudio serio de la
política, puesto que no tiene experiencia de las cosas de la vida, y precisamente
de estas cosas es de las que se ocupa la política y de las que deduce sus
teorías. Debe añadirse, que la juventud que sólo escucha la voz de sus
pasiones, en vano oiría tales lecciones, y ningún provecho sacaría de ellas,
puesto que el fin que se propone la ciencia política no es el simple
conocimiento de las cosas, sino que es ante todo un fin práctico. Cuando digo
juventud, quiero decir lo mismo la juventud del espíritu que la juventud de la
edad, sin que bajo esta relación haya diferencia, porque el defecto que yo
señalo no tiene que ver con el tiempo que se ha vivido, sino que se refiere
únicamente al que se vive bajo el imperio de la pasión, sin dejarse nunca guiar
sino por ella en la prosecución de sus deseos. Para los espíritus de este género,
el conocimiento de las cosas es completamente infecundo, tanto como lo es en
los que a consecuencia de un exceso pierden la posesión de sí mismos. Por lo
contrario, los que arreglan sus deseos y sus actos solamente según la razón,
pueden aprovechar mucho en el estudio de la política.
Pero limitémonos a estas ideas preliminares por lo
que hace al carácter de los que quieren cultivar esta ciencia, a la manera de
recibir sus lecciones y al fin que aquí nos proponemos.
EL FIN SUPREMO DEL HOMBRE ES LA FELICIDAD
Volvamos ahora a nuestra primera afirmación; y puesto
que todo conocimiento y toda resolución de nuestro espíritu tienen
necesariamente en cuenta un bien de cierta especie, expliquemos cuál es el bien
que en nuestra opinión es objeto de la política, y por consiguiente el bien
supremo que podemos proseguir en todos los actos de nuestra vida. La palabra
que lo designa es aceptada por todo el mundo; el vulgo, como las personas
ilustradas, llaman a este bien supremo felicidad, y, según esta opinión común,
vivir bien, obrar bien es sinónimo de ser dichoso. Pero en lo que se dividen
las opiniones es sobre la naturaleza y la esencia de la felicidad, y en este
punto el vulgo está muy lejos de estar de acuerdo con los sabios. Unos la
colocan en las cosas visibles y que resaltan a los ojos, como el placer, la
riqueza, los honores; mientras que otros la colocan en otra parte. Añadid a
esto que la opinión de un mismo individuo varía muchas veces sobre este punto;
enfermo, cree que la felicidad es la salud; pobre, que es la riqueza; o bien
cuando uno tiene conciencia de su ignorancia, se limita a admirar a los que
hablan de la felicidad en términos pomposos, y trazan de ella una imagen
superior a la que aquel se había formado. A veces se ha creído que por encima
de todos estos bienes particulares existe otro bien en sí, que es la causa
única de que todas estas cosas secundarias sean igualmente bienes.
Indagar todas las opiniones sobre esta materia, sería
un trabajo bastante inútil; y así nos limitaremos a las más conocidas y
divulgadas, es decir, a las que al parecer tienen alguna verdad y alguna razón.
Por lo demás, no perdamos de vista que hay mucha
diferencia entre las teorías que parten de los principios, y las que se elevan
a los mismos. Platón tuvo mucha razón para preguntar y para indagar, si el verdadero
método consiste en partir desde los principios o en subir hasta ellos, a la
manera que en el estadio se puede ir de los jueces a la meta, o, a la inversa,
de la meta a los jueces. Pero siempre es preciso comenzar por cosas muy
notorias y muy claras. Las cosas pueden ser notorias de dos maneras: o con
relación a nosotros o de una manera absoluta. Quizá deberemos comenzar por las
que son notorias a nosotros, y he aquí por qué las costumbres y los
sentimientos honrosos son una preparación necesaria para todo el que quiera
hacer un estudio fecundo de los principios de la virtud, de la justicia, en una
palabra, de los principios de la política.
El verdadero principio de todas las cosas es el
hecho, y si el hecho mismo fuese siempre conocido con suficiente claridad, no
habría nunca necesidad de remontarse a su causa. Una vez que se tiene un
conocimiento completo del hecho, ya se está en posesión de los principios del
mismo, o por lo menos se pueden fácilmente adquirir. Pero cuando uno no está en
posición de conocer, ni el hecho, ni la causa, debe aplicarse esta máxima de
Hesiodo:
Lo primero
es poderse dirigir a sí mismo,
sabiendo lo
que se hace en vista del fin.
También es
bueno seguir el sabio consejo de otro;
pero no poder
pensar y no escuchar a nadie
es una
acción propia de un tonto de todos
abandonado.
Pero volvamos al punto de que nos hemos separado. No
es, en nuestra opinión, un error completo formarse una idea del bien y de la
felicidad en vista de lo que pasa a cada uno en su vida propia. Y así las naturalezas
vulgares y groseras creen que la felicidad es el placer, y he aquí por qué sólo
aman la vida de los goces materiales. Efectivamente no hay más que tres géneros
de vida que se puedan particularmente distinguir: la vida de que acabamos de
hablar; después la vida política o pública; y por último, la vida contemplativa
e intelectual. La mayoría de los hombres, si hemos de juzgarlos tales como se
muestran, son verdaderos esclavos, que escogen por gusto una vida propia de
brutos, y lo que les da alguna razón y parece justificarles es, que los más de
los que están en el poder sólo se aprovechan de éste para entregarse a excesos
dignos de un Sardanápalo. Por el contrario, los espíritus distinguidos y
verdaderamente activos ponen la felicidad en la gloria, porque es el fin más
habitual de la vida política. Pero la felicidad comprendida de esta manera es
una cosa más superficial y menos sólida que la que pretendemos buscar aquí. La
gloria y los honores pertenecen más bien a los que los dispensan que al que los
recibe, mientras que el bien, tal como nosotros lo proclamamos, es una cosa por
completo personal, y que muy difícilmente se puede arrancar al hombre que lo
posee. Y además, muchas veces no busca uno la gloria sino para confirmarse en
la idea que tiene de su propia virtud; y procura granjearse la estimación de
los sabios y del mundo, de que es uno conocido, porque se considera a aquélla
como un justo homenaje al mérito que se atribuye. De aquí concluyo que la virtud,
a los ojos mismos de los que se guían por estos motivos, tiene la preeminencia
sobre la gloria que ellos buscan. Fácilmente podría por tanto creerse, como
consecuencia de lo que va dicho, que la virtud es el verdadero fin del hombre
más bien que la vida política. Pero la virtud misma, es evidentemente
incompleta cuando va sola, porque no sería imposible que la vida de un hombre,
lleno de virtudes, fuese un largo sueño y una perpetua inacción. Hasta podría
suceder que un hombre semejante sintiese los más vivos dolores y los mayores
infortunios, y a no ser en interés de una opinión personal, nadie puede
sostener que el hombre entregado a tales infortunios sea feliz.
El tercer género de vida, después de los dos de que
acabamos de hablar, es la vida contemplativa e intelectual, que estudiaremos
luego. En cuanto a la vida que sólo tiene por fin el enriquecerse, es una
especie de violencia y de lucha continuas; pero evidentemente no es la riqueza
el bien que nosotros buscamos; la riqueza no es más que una cosa útil a que
aspiramos con la mira de otras cosas que no son ella. Y así los diversos
géneros de vida, de que anteriormente hemos hablado, deberían considerarse con
más razón que la riqueza como los verdaderos fines de la vida humana, porque
sólo se los quiere por sí mismos absolutamente; y, sin embargo, estos fines no
son los verdaderos, a pesar de todas las discusiones a que han dado lugar. Pero
dejemos todo esto a un lado.
DE LA IDEA GENERAL DE LA FELICIDAD
Quizá sea más conveniente estudiar el bien en su
acepción universal, y darnos de esta manera cuenta del sentido exacto de esta
palabra. No quiero, sin embargo, disimular que una indagación de este género
puede ser para nosotros bastante delicada, habiendo sido el sistema de las
ideas presentado por personas que nos son queridas. Pero debe parecer bien y
mirarse como un verdadero deber de nuestra parte, el que, en obsequio de la
verdad, hagamos la crítica de nuestras propias opiniones, sobre todo cuando
nos preciamos de ser filósofos; y así entre la amistad y la verdad, que ambas
nos son caras, es una obligación sagrada dar la preferencia ala verdad.
Los que han sostenido esta opinión, no han hecho ni
admitido ideas para las cosas, en que distinguían un orden de prioridad y de
posterioridad; y esto mismo les impedía, dicho sea de paso, suponer ideas para
los números. El bien aparece igualmente en la categoría de la sustancia, en la
de la cualidad y en la de la relación. Pero lo que es en sí, es decir, la
sustancia, es por su naturaleza misma anterior a la relación, puesto que la
relación es como una superfetación y un accidente del ser; y al parecer no se
puede afirmar para todos estos bienes una idea común. Añadamos que el bien
puede presentarse bajo tantas acepciones diversas como el ser mismo; y así el
bien en la categoría de la sustancia es Dios y la inteligencia; en la categoría
de la cualidad, es la virtud; en la de la cuantidad, es la medida; en la de la
relación, es lo útil; en la del tiempo, es la ocasión; y en la de lugar, es la
posición regular, y lo mismo sucede con todas las demás categorías. Por lo
tanto el bien evidentemente no es una especie de universal común a todas; no es
uno, porque si lo fuese, no se lo encontraría en todas las categorías, y
estaría exclusivamente en una. Pero más aún; como no hay más que una sola
ciencia de las cosas que están comprendidas en una sola idea, sería preciso que
no hubiese igualmente más que una sola ciencia de todos los bienes,
cualesquiera que ellos fuesen. Pero lejos de esto, hay muchas ciencias hasta
para los bienes de una misma categoría. Y así la ciencia de la oportunidad es
en la guerra la ciencia estratégica; es en la enfermedad la ciencia médica. La
ciencia de la medida es también la ciencia médica en lo que concierne a los
alimentos; así como es la ciencia gimnástica en lo que concierne a los
ejercicios.
Podría preguntarse igualmente lo que es la cosa en
sí, y lo que se quiere decir cuando se aplica esta expresión: en sí, a cada cosa. Para el hombre en sí
y para el hombre, la definición es una sola y misma definición, que es la del
hombre simplemente, en tanto que es hombre; no hay ni de una ni de otra parte
diferencia alguna; y si en este caso es así, no puede tampoco haber diferencia
entre el bien en sí y el bien, en tanto que son bienes uno y otro.
Tampoco podría decirse que el bien en sí es más un
bien que cualquier otro bien, porque sea eterno, puesto que, en otro género,
una blancura que dure largos años no es por esto más blanca que la que dura un
sólo día. El sistema de los Pitagóricos sobre la naturaleza del bien me parece
aún más aceptable, cuando colocan la unidad en la serie coordenada en que ponen
igualmente los bienes; opinión en que Espeusipo parece haberles seguido. Pero
dejemos la discusión de estos últimos puntos, que tendrá lugar en otra parte.
A la refutación que acabamos de presentar, parece que
podrá oponerse una objeción, y decir que las ideas atacadas por nosotros no se
aplican a los bienes de toda especie, y que sólo conciernen a una especie de
bienes; a saber, a aquellos que se buscan y se aman por sí mismos únicamente,
mientras que las cosas que producen estos bienes, o que contribuyen a
conservarlos de cualquier manera que sea, o que previenen lo que les es
contrario y los destruye, no son llamados bienes sino a causa de aquellos y
bajo otro punto de vista. Y así, esta expresión de bienes puede evidentemente
tomarse en un doble sentido; de una parte, los bienes que son bienes por sí
mismos; después los otros bienes que no lo son sino a la sombra de los
primeros; y entonces podemos separar y distinguir los bienes en sí de los
bienes que sirven mutuamente para procurarse los primeros; e indagar si los
bienes en sí, comprendidos de esta manera, están realmente expresados y
comprendidos bajo una sola idea.
Ante todo, ¿cuáles son precisamente los bienes que
deben ser reconocidos como bienes en sí? ¿Son los bienes que se buscarían aun
cuando estuviesen aislados, por ejemplo, pensar, ver, o también tal o cual
placer, tal o cual honor en particular? Todas estas cosas pueden buscarse
también en vista de otra, pero sin embargo, pueden muy justamente pasar por
bienes en sí. ¿O bien no debe reconocerse absolutamente por un bien más que la
idea, y la Idea sola? La idea entonces vendrá a ser completamente vana e
inútil. Pero si las cosas que acabamos de enumerar son bienes en sí, será
preciso que la definición del bien sea manifiestamente la misma en todos estos
casos diversos, como la definición de la blancura es evidentemente idéntica
para la nieve y para la cera. Ahora bien, las definiciones de los honores, del
pensamiento, del placer, son muy distintas y muy diferentes, en tanto que todas
estas cosas son bienes. Concluyamos, pues, que el bien no es una cosa común que
se pueda comprender bajo una sola y única idea.
¿Pero cómo es que a todas estas cosas llamamos
bienes? No son ciertamente homónimos y equívocos que crea el azar. ¿Están
comprendidas bajo un nombre semejante, porque proceden todas de un mismo
origen, o porque tienden todas a un mismo fin? ¿O es más bien por una simple
analogía? Así, por ejemplo, la vista del cuerpo tiene analogía con el
entendimiento del alma, y una cosa tiene analogía con tal otra. Pero es conveniente
dejar a un lado por el momento todas estas cuestiones para tratarlas con la
debida precisión en otra parte de la filosofía, que es en donde corresponde; y
lo mismo poco más o menos podría decirse de la idea; porque si el bien que se
atribuye a tantas cosas y que se hace común a todas es uno, como se pretende, o
si es una cosa separada que existe en sí, es perfectamente claro, que no podría
entonces ser poseído ni practicado por el hombre. Y lo que precisamente
buscamos es un bien de esta última especie accesible al hombre.
Pero puede suceder que acaso sea una gran ventaja
conocer el bien en su relación con los bienes que el hombre puede adquirir y
practicar; porque conocido el bien de esta manera y sirviéndonos en cierto modo
de modelo, podríamos descubrir mejor los bienes especiales que nos convienen; y
una vez ilustrados sobre este punto, llegaríamos más fácilmente a conseguirlos.
Sin dejar de confesar que esta opinión tiene algo de
plausible, debo decir, sin embargo, que está en desacuerdo con los ejemplos
que nos presentan todas las ciencias. Aunque todas tengan por fin un bien, y
aunque tiendan a satisfacer nuestras necesidades, no por eso desprecian menos
el estudio del bien en sí mismo. Y no puede suponerse que todos los prácticos y
todos los artistas desconociesen un auxilio tan poderoso, y no le buscasen. Ni
será fácil ver de qué serviría al tejedor y al albañil para su arte especial
conocer el bien en sí, ni cómo podría ser uno mejor médico o mejor general del
ejército por haber contemplado la idea misma del bien. No es bajo este punto de
vista como el médico considera ordinariamente la salud, porque la que él
considera es la del hombre, o por mejor decir, considera especialmente la
salud de tal individuo, puesto que sólo ejerce la medicina con relación a casos
particulares. Pero, repito, no hablemos más de esta materia.
EL BIEN EN CADA GÉNERO DE COSAS ES EL FIN EN VISTA
DEL CUAL SE HACE TODO LO DEMÁS
Volvamos otra vez a tratar del bien que buscamos, y
veamos lo que puede ser. Por lo pronto, el bien aparece muy diferente según los
diferentes géneros de actividad y según las diferentes artes. Y así es uno en
la medicina, otro en la estrategia; y lo mismo sucede en todas las artes sin
distinción. ¿Y qué es el bien en cada una de ellas? ¿No es la cosa, en cuya
vista se hace todo lo demás? En la medicina, por ejemplo, es la salud; en la
estrategia es la victoria; como es la casa en el arte de la arquitectura, y
como es cualquier otro objeto en cualquier otro arte. Pero en toda acción, en
toda determinación moral, el bien es el fin mismo que se busca, y siempre, en
vista de este fin, se hace constantemente todo lo demás. Es, por lo tanto, una
consecuencia evidente, que si para todo lo que el hombre puede hacer en general,
existe un fin común al cual tienden todos sus actos, este fin único es el bien,
tal como el hombre puede practicarlo; y si hay muchos fines de este género,
ellos son entonces los que constituyen el bien.
Después de este largo rodeo, la discusión ha venido
a parar a nuestro punto de partida; pero nos es forzoso ilustrar más aún esta
materia.
Como, a lo que parece, hay muchos fines, y podemos
buscar algunos en vista de otros: por ejemplo, la riqueza, la música, el arte
de la flauta y, en general, todos estos fines que pueden llamarse instrumentos,
es evidente que todos estos fines indistintamente no son perfectos y
definitivos por sí mismos. Pero el bien supremo debe ser una cosa perfecta y
definitiva. Por consiguiente, si existe una sola y única cosa que sea
definitiva y perfecta, precisamente es el bien que buscamos; y si hay muchas
cosas de este género, la más definitiva entre ellas será el bien. Mas en
nuestro concepto, el bien, que debe buscarse sólo por sí mismo, es más
definitivo que el que se busca en vista de otro bien; y el bien que no debe
buscarse nunca en vista de otro bien, es más definitivo que estos bienes que se
buscan a la vez por sí mismos y a causa de este bien superior; en una palabra,
lo perfecto, lo definitivo, lo completo, es lo que es eternamente apetecible en
sí, y que no lo es jamás en vista de un objeto distinto que él. He aquí
precisamente el carácter que parece tener la felicidad; la buscamos siempre por
ella y sólo por ella, y nunca con la mira de otra cosa. Por contra, cuando
buscamos los honores, el placer, la ciencia, la virtud, bajo cualquier forma
que sea, deseamos sin duda todas estas ventajas por sí mismas; puesto que,
independientemente de toda otra consecuencia, desearíamos realmente cada una
de ellas; sin embargo, nosotros las deseamos también con la mira de la felicidad,
porque creemos que todas estas diversas ventajas nos la pueden asegurar;
mientras que nadie puede desear la felicidad, ni con la mira de estas ventajas,
ni de una manera general en vista de algo, sea lo que sea, distinto de la
felicidad misma.
Por lo demás, esta conclusión a que acabamos de
llegar, parece proceder igualmente de la idea de independencia que atribuimos
al bien perfecto, al bien supremo. Evidentemente lo creemos independiente de
todo. Y cuando hablamos de independencias no nos limitamos en manera alguna al
hombre que pasa una vida solitaria, porque no pertenece menos al que vive para
sus padres, para sus hijos, para su mujer, y en general para sus amigos y sus
conciudadanos, puesto que el hombre es naturalmente sociable y político. Sin
duda en esto debe procederse con cierta mesura, porque si estas relaciones se
extendiesen a los padres primero, después a los descendientes de todos grados,
y por último a los amigos de los amigos, sería llevar las cosas al infinito.
Pero ya examinaremos otra vez estas cuestiones. Por el momento, entendemos por
independencia aquello que, considerado aisladamente, basta para hacer la vida
aceptable, sin que tenga necesidad de ninguna otra cosa; y esto es precisamente
lo que en nuestra opinión constituye la felicidad. Digamos además que la
felicidad, para ser la cosa más digna de nuestro deseo no tiene necesidad de
sumarse con ninguna otra. Si se añadiese una cosa cualquiera, es claro que
bastan a la adición más pequeña de bienes para hacerla más deseable aún, porque
en tal caso lo que se añade forma una suma de bienes superior e incomparable,
puesto que un bien más grande es siempre más deseable que un bien menor. Por
consiguiente, la felicidad es ciertamente una cosa definitiva, perfecta, y que
se basta a sí misma, puesto que es el fin de todos los actos posibles del
hombre.
Pero quizás aun conviniendo con nosotros en que la
felicidad es sin contradicción el mayor de los bienes, el bien supremo, habrá
quien desee conocer mejor su naturaleza.
El medio más seguro de alcanzar esta completa noción,
es saber cuál es la obra propia del hombre. Así como para el músico, para el
estatuario, para todo artista, y en general para todos los que producen alguna
obra y funcionan de una manera cualquiera, el bien y la perfección están, al
parecer, en la obra especial que realizan; en igual forma, el hombre debe
encontrar el bien en su obra propia, si es que hay una obra especial, que el
hombre deba realizar. Y si el albañil, el zapatero, etc., tienen una obra
especial y actos propios que ejecutar, ¿será posible que el hombre sólo no los
tenga? ¿Estará condenado por la naturaleza a la inacción? O más bien; así como
el ojo, la mano, el pie, y en general toda parte del cuerpo, llevan
evidentemente una función especial, ¿debemos creer, que el hombre,
independientemente de todas estas diversas funciones, tiene una que le sea
propia? ¿Pero cuál puede ser esta función característica? Vivir es una función
común al hombre y a las plantas, y aquí sólo se busca lo que es exclusivamente
especial al hombre; siendo preciso, por tanto, poner aparte la vida de nutrición
y de desenvolvimiento. En seguida viene la vida de la sensibilidad, pero ésta
a su vez se muestra igualmente en otros seres, el caballo, el buey y, en
general, en todo animal, lo mismo que el hombre. Resta, pues, la vida activa
del ser dotado de razón. Pero en este ser debe distinguirse la parte que no
hace más que obedecer a la razón, y la parte que posee directamente la razón y
se sirve de ella para pensar. Además, como esta misma facultad de la razón
puede comprenderse en un doble sentido, es preciso fijarse en que de lo que se
trata sobre todo es de la facultad en acción, la cual merece más particularmente
el nombre que llevan ambas. Y así, lo propio del hombre será el acto del alma
conforme a la razón, o por lo menos el acto del alma que no puede realizarse
sin la razón. Por otra parte, cuando decimos que tal función es genéricamente
la de tal ser, entendemos que es también la función del mismo ser completamente
desarrollado, así como la obra del músico se confunde igualmente, con la obra
del buen músico. De igual modo en todos los casos, sin excepción, se añade siempre
a la idea simple de la obra la idea de la perfección suprema, que esta obra
puede alcanzar; por ejemplo, si la obra del músico consiste en componer música,
la obra del buen músico consistirá en componerla buena. Si todo esto es exacto,
podemos admitir, que la obra propia del hombre en general es una vida de cierto
género, y que esta vida particular es la actividad del alma y una continuidad
de acciones a que acompaña la razón; y podemos admitir que en el hombre bien
desarrollado todas estas funciones se realizan bien y regularmente. Pero el
bien, la perfección para cada cosa varía según la virtud especial de esta cosa.
Por consiguiente, el bien propio del hombre es la actividad del alma dirigida
por la virtud; y si hay muchas virtudes, dirigida por la más alta y la más
perfecta de todas. Añádase también que estas condiciones deben ser realizadas
durante una vida entera y completa; porque una sola golondrina no hace verano,
como no lo hace un sólo día hermoso; y no puede decirse tampoco, que un solo
día de felicidad, ni aun una temporada, baste para hacer a un hombre dichoso y
afortunado.
IMPERFECCIÓN INEVITABLE DE ESTA INDAGACIÓN DE LA
FELICIDAD
Contentémonos por el momento con este bosquejo
imperfecto del bien; es una necesidad, quizás útil, comenzar desde luego por
trazar este incompleto cuadro, sin perjuicio de volver después sobre estos
primeros trazos. Una vez bien hecho el bosquejo, todo el mundo al parecer es
capaz de continuar la obra y precisar todos sus detalles; el tiempo es el que
procura todos estos progresos, por lo menos, es un poderoso auxiliar para
hacerlos descubrir. Él es el origen de todos los perfeccionamientos en las
artes; porque una vez creado un arte, no hay nadie que no pueda contribuir a
llenar sucesivamente sus vacíos.
Importa no olvidar tampoco lo que acaba de decirse.
Repitamos que no es justo exigir en todas las cosas un mismo grado de
exactitud, y que en cada caso sólo debe pedirse una precisión relativa a la
materia de que se trata. Es preciso al mismo tiempo resignarse a no obtenerla
sino en la medida compatible con los procedimientos y el método que se
aplique. De este modo el operario y el geómetra buscan por muy diferente
camino la línea recta. El uno no se ocupa de ella, sino en cuanto puede servir
para la obra que hace; el otro la estudia en lo que es en sí misma y en sus
propiedades: porque sólo busca y contempla lo verdadero. De este modo debemos
conducirnos en todas las cosas; no sea que las malas obras se hagan más
numerosas que las obras mismas.
Un motivo semejante debe obligarnos a no querer en
todas las cosas remontamos hasta la causa. En muchos casos, basta mostrar
claramente la existencia de la cosa, como se hace con los principios; porque la
existencia de la cosa es un principio y un punto de partida. Por otra parte,
entre los principios, unos son descubiertos y conocidos por la inducción; otros
lo son por la sensibilidad; otros lo son por una especie de hábito; otros, en
fin, vienen de otro origen. Es preciso aprender a tratar cada uno de esos
principios según el método que corresponde a su naturaleza, y es poco cuanto
cuidado se ponga para determinarlos bien. Tienen una gran importancia para las
deducciones y las consecuencias que de ellas se sacan; porque con razón se
dice, que principiar es hacer más de la mitad en todas las cosas, y que basta
por sí sólo para aclarar muchos puntos en las cuestiones que se discuten.
JUSTIFICACIÓN DE LA DEFINICIÓN DE LA FELICIDAD DADA
ANTERIORMENTE
Para comprender bien el principio sentado aquí, no
debemos atenernos sólo a la conclusión a que fuimos a parar, ni a los elementos
que componen la definición de felicidad dada por nosotros, sino que hay que
aclarar más, considerando los atributos que se conceden ordinariamente a la
felicidad; porque las realidades están siempre de acuerdo con una definición
verdadera, mientras que la verdad se pone bien pronto en desacuerdo con el
error.
Divididos los bienes en tres clases: bienes exteriores,
bienes del alma y bienes del cuerpo, los del alma son a nuestros ojos los que
llamamos más especial y excelentemente bienes. Al alma es a la que nuestra
definición atribuye las facultades y los actos que el alma sola dirige; y
podemos decir que esta definición es buena, puesto que conforma con una opinión
muy antigua y admitida unánimemente por todos los que se ocupan de filosofía.
También hemos dicho con razón, que ciertas aplicaciones de nuestras facultades
y ciertos actos son el verdadero fin de la vida; porque entonces este fin se
pone en los bienes del alma y no en los bienes exteriores. Lo que confirma
nuestra definición es que se confunde ordinariamente al hombre feliz con el que
se conduce bien y logra sus propósitos; y lo que entonces se llama felicidad,
es una especie de fortuna y de honradez. Y así, todas las condiciones
requeridas habitualmente como constituyentes de la felicidad, se reúnen en la
definición que hemos dado; porque para unos la felicidad es la virtud; para
otros es la prudencia; para éstos es la sabiduría; para aquellos es todo esto
junto o algo de esto a que se une el placer, o por lo menos que no está privado
de él. Lo mismo sucede con los que quieren comprender en este círculo tan
extenso la abundancia de los bienes exteriores.
De estas opiniones, unas han sido sostenidas y de
antiguo por numerosos partidarios, y otras lo han sido por algunos, pocos en
número, pero personas de crédito. Es razonable suponer que los unos lo mismo
que los otros no han incurrido en error sobre todos los puntos, y que han
visto en claro algunos; y si se quiere, casi todos.
Por lo pronto, nuestra definición es aceptada por los
que pretenden que la felicidad es la virtud, o por lo menos, una cierta virtud,
porque la actividad del alma conforme
a la virtud forma también parte de la virtud pero no es del todo
indiferente colocar el bien supremo en la posesión o en el uso de ciertas
cualidades, en la simple aptitud o en el acto mismo. La aptitud puede existir
realmente sin producir ningún bien como, por ejemplo, en un hombre que duerme o
en uno que por cualquiera otra causa permanezca inactivo. El acto, por el
contrario, no puede encontrarse nunca en este caso, puesto que obra
necesariamente, y además obra bien. En esto sucede como en los juegos olímpicos;
allí no son los más hermosos ni los más fuertes los que alcanzan el premio, y
sí los concurrentes que han tomado parte en la lucha; porque sólo entre ellos
puede encontrarse los vencedores. Lo mismo acontece en este caso; los que obran
bien son los únicos que pueden aspirar en la vida a la gloria y a la felicidad.
Por lo demás, la existencia de estos hombres que obran bien, está naturalmente
llena de encantos. Sentirse encantado es un fenómeno, que se refiere
exclusivamente al alma, y un objeto tiene para nosotros encantos cuando decimos
de él que lo amamos: el caballo, por ejemplo, encanta al que ama los caballos;
el teatro encanta al que ama las representaciones, como las cosas justas
encantan al que ama la justicia: y en general, los actos virtuosos encantan al
que ama la virtud. Si los placeres del vulgo son tan diferentes y tan opuestos
entre sí, es porque no son por su naturaleza verdaderos placeres. Las almas
cultas, que aman lo bello, sólo gustan de los placeres que por su naturaleza
son placeres verdaderos, y lo son tales todas las acciones conformes a la
virtud, que agradan a estos corazones bien nacidos, y les agradan únicamente
por sí mismas. Además, la vida de estos hombres generosos no tiene necesidad,
absolutamente hablando, de que el placer se una a ella, como una especie de
apéndice y de complemento, puesto que lleva el placer en sí misma; porque
independientemente de todo lo que acabamos de decir, puede añadirse que el que
no encuentra placer en las acciones virtuosas, no es verdaderamente virtuoso,
lo mismo que no se puede llamar justo al que no se complace en practicar la
justicia, ni liberal al que no se complace en actos de liberalidad, y así de
todos los demás.
Si todo esto es cierto, los verdaderos placeres del
hombre son las acciones conformes a la virtud. No son sólo agradables, sino que
además son buenas y bellas, y lo son sobre todas las cosas, cada una sobre las
de su género, si el hombre virtuoso sabe estimar su justo valor, como de hecho
lo estima en el acto mismo de ser virtuoso, como ya hemos dicho. Por
consiguiente la felicidad es a la vez lo mejor, más bello y más dulce que
existe, porque no deben separarse ninguna de estas cualidades de las demás,
como lo hace la inscripción de Delos:
Lo justo es
lo más bello; la salud, lo mejor;
obtener lo
que se ama, es lo más dulce
para el
corazón.
Todas estas ventajas se encuentran reunidas en las
buenas acciones, en las acciones mejores del hombre, y el conjunto de estos
actos, o por lo menos, el acto único, que es el mejor y el más perfecto entre
todos los demás, es lo que llamamos felicidad.
Sin embargo, parece que la felicidad no puede ser
completa sin los bienes exteriores, según hemos hecho ya observar. Es
imposible, o por lo menos no es fácil, hacer el bien cuando está uno privado de
todo, puesto que para una multitud de cosas son instrumentos indispensables
los amigos, la riqueza, la influencia política. Hay también otras cosas, cuya
privación altera la felicidad de los hombres que de ellas carecen: la nobleza,
una familia feliz, la belleza. No puede decirse que sea feliz un hombre, cuando
es de una deformidad repugnante, pertenece a una mala familia o se encuentra
aislado y sin hijos; y menos aún puede decirse que sea feliz el que tiene hijos
o amigos completamente perversos, o si la muerte le ha arrebatado los amigos y
los hijos virtuosos que tenía.
Por lo tanto, repitamos que al parecer son indispensables
estos útiles accesorios para la felicidad; y he aquí por qué se confunde muchas
veces la fortuna con la felicidad, como otras se confunde con la virtud.
LA FELICIDAD NO ES UN
EFECTO DEL AZAR; ES A LA VEZ UN DON DE LOS DIOSES Y EL RESULTADO DE NUESTROS
ESFUERZOS
Todo esto ha dado ocasión a que se pregunte si es
posible aprender a ser dichoso, si se adquiere la felicidad por medio de
ciertos hábitos., y si se consigue por cualquier otro procedimiento análogo; o
si es más bien efecto de algún favor divino, y, si se quiere, el resultado del
azar. Realmente, si hay en el mundo algún don que los dioses hayan concedido a
los hombres, deberá creerse seguramente que la felicidad es un beneficio que
nos viene de ellos; y tanto más motivo hay para creerlo así, cuanto que no hay
nada que deba el hombre estimar sobre esto. Por lo demás, no quiero
profundizar esta cuestión, que pertenece quizá más especialmente a otro orden
de estudios. Pero digo que si la felicidad no nos la envían exclusivamente los
dioses, sino que la obtenemos por la práctica de la virtud, mediante un largo
aprendizaje o una lucha constante, no por eso deja de ser una de las cosas más
divinas de nuestro mundo, puesto que el precio y término de la virtud es
evidentemente una cosa excelente y divina y una verdadera felicidad. Y añado
que la felicidad es en cierta manera accesible a todos, porque no hay hombre a
quien no sea posible alcanzar la felicidad, mediante cierto estudio y los
debidos cuidados, a menos que la naturaleza le haya hecho completamente incapaz
de toda virtud.
Como vale más conquistar la felicidad a este precio
que deberla al simple azar, la razón nos obliga a suponer, que así es
realmente como el hombre puede llegar a ser dichoso, puesto que las cosas que
siguen las leyes de la naturaleza son siempre naturalmente tan bellas como es
posible. La misma regla se aplica a todas las artes, a toda las causas, y sobre
todo a la causa más perfecta, porque sería un absurdo inconcebible imaginar,
que lo más grande y lo más bello que hay en el mundo esté entregado al azar. La
solución del problema que sentamos aquí, surge con completa claridad de la
misma definición que hemos dado de la felicidad. La felicidad, hemos dicho, es
cierta actividad del alma conforme a la virtud; y por lo que hace a los demás
bienes, ¿están necesariamente comprendidos en la felicidad, o contribuyen a
ella como auxiliares y como naturales y útiles instrumentos. Esto, por lo
demás, resulta perfectamente de acuerdo con lo que dijimos al comenzar este
tratado. El objeto de la política, tal como nosotros lo concebimos, es el más
elevado de todos, y su cuidado principal es formar el alma de los ciudadanos, y
enseñarles, mejorándolos, la práctica de todas las virtudes. Y así no podemos
llamar dichosos ni a un caballo, ni a un buey, ni a cualquier otro animal,
porque ninguno de ellos es capaz de la doble actividad que asignamos al hombre.
Por la misma razón debe decirse que el niño no es dichoso, porque su edad no le
consiente aún llevar a cabo las acciones que constituyen la felicidad; y los
niños, a quienes se aplica algunas veces esta expresión, sólo puede llamárseles
dichosos a costa de la esperanza que inspiran, puesto que para la verdadera
felicidad se necesitan, como dijimos antes, dos condiciones: una virtud
completa y una vida completamente desarrollada.
Acaecen en el curso de la vida muchas vicisitudes y
cambios diversos, y puede suceder que después de mucho tiempo de prosperidad
ocurran a uno en la ancianidad grandes desgracias como cuenta la fábula de
Priamo en los poemas heroicos; y nadie puede llamar dichoso al hombre que tuvo
tan gran fortuna y que concluyó tan miserablemente. ¿Quiere esto decir que
nunca debe afirmarse de un hombre que es dichoso mientras tenga vida, y que
según la máxima de Solon, se debe esperar siempre a ver el fin? Si se acepta
esta teoría, el hombre no será dichoso hasta después de la muerte. Pero esto es
un absurdo patente, sobre todo cuando se sostiene, como hacemos nosotros, que
la felicidad es cierta aplicación de la actividad. Si no podemos admitir que el
hombre no pueda decirse dichoso hasta después de la muerte, ni tampoco Solon lo
pretende, y si sólo queremos decir que no se puede llamar con seguridad dichoso
un hombre, sino cuando está fuera del alcance de todos los males y de todos los
infortunios, esta opinión, así limitada, no deja de prestar materia para la
controversia. Al parecer, en este sistema subsisten después de la muerte bienes
y males, que deberán experimentarse entonces, como se experimentan durante la
vida, sin sentirlos por otra parte personalmente; como, por ejemplo, los
honores y las afrentas, o de una manera más general, los sucesos prósperos y
los reveses de nuestros hijos y de nuestra posteridad. Esto como se ve, es
bastante embarazoso, puesto que ha podido ser uno dichoso durante su vida,
incluyendo la ancianidad, y haber muerto en la prosperidad, y al mismo tiempo
haber experimentado una multitud de contratiempos en las personas de sus
descendientes. Puede suceder que entre éstos, unos hayan sido virtuosos y
gozado de la suerte que merecían; y otros hayan tenido una suerte del todo
contraria porque es claro, que bajo mil conceptos los hijos pueden diferir
completamente de sus padres. Es una insensatez admitir que un hombre, después
de la muerte, pueda experimentar a la par de sus descendientes todas estas
alternativas diversas, y que junto a ellos sea tan pronto dichoso como
desgraciado. Es cierto que, por otra parte, no es menos absurdo suponer que
algo de lo que toca al hijo deje de llegar ni por un sólo instante hasta sus
padres.
LA VIRTUD ES LA VERDADERA
FELICIDAD
Volvamos a la primera cuestión que llenos sentado
anteriormente; ella puede muy fácilmente contribuir a resolver la que ahora nos
proponemos.
Si es preciso siempre esperar y ver el fin, y si sólo
entonces se pueden tener por dichosos a los hombres, no porque lo sean en aquel
momento, sino porque lo fueron en otro tiempo; ¿no sería un absurdo, cuando uno
es actualmente dichoso el reconocer, respecto de él, una verdad que es
incontestable? Es vano pretexto decir que no se quiere proclamar dichosas a las
personas que viven por temor a los reveses que puedan sobrevenirles, y alegar
que la idea de la felicidad nos la representamos como una cosa inmutable y que
no cambia fácilmente; y en fin, que la fortuna causa muchas veces las
perturbaciones más diversas en un mismo individuo. Conforme a este
razonamiento, es claro que si quisiéramos seguir todas las mudanzas de la
fortuna de un hombre, sucedería muchas veces que llamaríamos a un mismo
individuo dichoso y desgraciado, haciendo del hombre dichoso una especie de
camaleón y de una naturaleza medianamente mudable y pobre. ¡Pero qué! ¿es
prudente dar tanta importancia a los cambios de la fortuna de los hombres? No
es en la fortuna donde se encuentran la felicidad o la desgracia, estando la
vida humana expuesta a estas vicisitudes inevitables, como ya hemos dicho; sino
que son los actos de virtud los únicos que deciden soberanamente de la
felicidad, como son los actos contrarios los que deciden del estado contrario.
La cuestión misma que dilucidamos en este momento, es un testimonio más en
favor de nuestra definición de la felicidad. No, no hay nada en las cosas
humanas que sea constante y seguro hasta el punto que lo son los actos y la
práctica de la virtud; estos actos nos aparecen más estables que la ciencia
misma. Además, entre todos los hábitos virtuosos, los que hacen más honor al
hombre son también los más durables, precisamente porque en vivir con ellos se
complacen con más constancia las personas verdaderamente afortunadas; y he aquí
evidentemente la causa de que no olviden jamás el practicarlos.
Así pues, la perseverancia que buscamos es la del
hombre dichoso; él la conservará durante toda su vida y sólo practicará y
tomará en cuenta lo que conforma con la virtud, o por lo menos, se sentirá
ligado a ello más que a todas las demás cosas; y soportará los azares de la
fortuna con admirable sangre fría. El que dotado de una virtud sin tacha es, si
así puede decirse, cuadrado por su base, sabrá resignarse siempre con dignidad
a todas las pruebas.
Siendo los accidentes de la fortuna muy numerosos y
teniendo una importancia muy diversa, ya grande, ya pequeña, los sucesos poco
importantes; lo mismo que las ligeras desgracias, apenas ejercen influjo en el
curso de la vida. Pero los acontecimientos grandes y repetidos, si son
favorables, hacen la vida más dichosa; porque contribuyen naturalmente a
embellecerla, y el uso que se hace de ellos da nuevo lustre a la virtud. Si,
por el contrario, no son favorables, interrumpen y empañan la felicidad;
porque nos traen consigo disgustos, y en muchos casos sirven de obstáculo a
nuestra actividad. Pero en medio de estas pruebas mismas la virtud brilla con
todo su resplandor, cuando un hombre con ánimo sereno soporta grandes y números
infortunios, no por insensibilidad, sino por generosidad y por grandeza de
alma. Si los actos virtuosos deciden soberanamente de la vida del hombre, como
acabamos de decir, jamás el hombre de bien que sólo reclama la felicidad de la
virtud, puede hacerse miserable, puesto que nunca cometerá acciones
reprensibles y malas. A nuestro parecer, el hombre verdaderamente sabio, el
hombre verdaderamente virtuoso, sabe sufrir todos los azares de la fortuna sin
perder nada de su dignidad; sabe sacar siempre de las circunstancias el mejor
partido posible, como un buen general sabe emplear de la manera más conveniente
para el combate el ejército que tiene a sus órdenes; como el zapatero sabe
hacer el más precioso calzado con el cuero que se le da; como hacen en su
profesión todos los demás artistas. Si esto es cierto, el hombre dichoso,
porque es hombre de bien, nunca será desgraciado, aunque no será dichoso, lo
confieso, si por acaso caen sobre él desgracias iguales a las de Priamo. Pero
por lo menos siempre resulta que no es un hombre de mil colores, ni cambia de
un instante a otro. No se le arrancará fácilmente su felicidad; no bastarán
para hacérsela perder infortunios ordinarios; sino que será preciso para esto,
que caigan sobre él los más grandes y repetidos desastres. Recíprocamente,
cuando salga de semejantes pruebas, no recobrará su dicha en poco tiempo y de
repente, después de haberlas sufrido; sino que si vuelve a ser dichoso, será
después de un largo y debido intervalo, durante el cual habrá podido gozar
sucesivamente grandes y brillantes prosperidades.
¿Por qué, pues, no hemos de declarar que el hombre
dichoso es el que obra siempre según lo exige la virtud perfecta, estando
además suficientemente provisto de bienes exteriores, no durante un tiempo
cualquiera, sino durante toda su vida? ¿O bien habrá de añadirse como condición
precisa, que deberá vivir constantemente en esta prosperidad y morir en una
situación no menos favorable, ya que el porvenir nos es desconocido, y que la
felicidad, tal como nosotros la comprendemos, es un bien y un cierto
perfeccionamiento definitivo en todos conceptos? Si todas estas
consideraciones son exactas, llamaremos dichosos entre los vivos a los que
poseen o puedan poseer todos los bienes que acabamos de indicar.
Téngase entendido por otra parte que cuando digo
dichosos, quiero decir hasta donde los hombres pueden serlo. Pero no insisto
más sobre esta materia.
INFLUJO DEL DESTINO DE
NUESTROS HIJOS Y DE NUESTROS AMIGOS SOBRE NOSOTROS
Sostener que la suerte de nuestros hijos y de nuestros
amigos no pueda influir ni poco ni mucho en nuestra felicidad, es una teoría
excesivamente austera, y que además tiene el inconveniente de ser contraria a
las opiniones recibidas. Pero como los hechos de la vida son muy numerosos y
presentan los más diversos matices, tocándonos los unos de cerca y apenas
tocándonos los otros, sería un trabajo largo y sin fin distinguir cada uno en
particular, así que nos limitaremos a hablar aquí de ellos de una manera
general, presentando un ligero bosquejo de los mismos.
Si es cierto que entre las desgracias que nos afectan
personalmente, unas pesan gravemente sobre nuestra vida, mientras que otras
apenas nos conmueven, lo mismo debe acontecer absolutamente con los sucesos que
afectan a las personas que amamos. Pero respecto de cada una de estas
impresiones que experimentamos, hay tan gran diferencia entre experimentarlas
durante la vida o después de la muerte, como la hay entre los crímenes y las
catástrofes imaginarias que aparecen en las tragedias y la realidad de estos
horribles sucesos. Esta comparación puede servir ya para comprender esta
diferencia. Pero aún se puede avanzar más, y preguntar si los muertos pueden
conservar alguna idea de prosperidad o de desgracia. Estas diversas
consideraciones hacen ver claramente que, si es posible que alguna impresión,
buena o mala, pueda extenderse hasta los muertos, esta impresión debe ser
ciertamente muy débil y oscura si no en sí misma absolutamente, por lo menos
con relación a ellos. En todo caso, no es bastante fuerte ni de tal naturaleza
que pueda hacerlos felices, si no lo son; o privarles de su felicidad, si lo
son. Y así puede bien creerse que a los muertos causan aún alguna impresión las
prosperidades y los reveses de sus amigos; pero sin que esta influencia pueda
llegar a hacerles desgraciados, si son dichosos, ni ejercer sobre su destino
ningún cambio de este género.
LA FELICIDAD NO MERECE
NUESTRAS ALABANZAS: MERECERIA MÁS BIEN NUESTRO RESPETO
Después de las aclaraciones que preceden, examinemos
si conviene colocar la felicidad entre las cosas que merecen nuestras
alabanzas, o si deberá clasificársela entre las que merecen nuestro respeto.
Lo cierto es que no hay en el hombre una facultad de que pueda disponer a su
gusto. Toda cosa simplemente laudable no parece deber ser alabada, si no porque
tiene cierta naturaleza y mantiene cierta relación con alguna otra cosa. Así se
alaba al hombre justo, al hombre valiente, y, en general, al hombre de bien y a
la virtud, a causa de sus actos y de los resultados que ellos producen; así se
alaba al hombre vigoroso, al hombre ligero en la carrera, y a cada uno en su
género, porque tienen cierta disposición natural, y están en cierta relación
respecto de alguna cualidad o disposición. Demuéstrase esto con toda evidencia
con las mismas alabanzas que se dirigen a los dioses, a quienes se pone en
completo ridículo cuando se los asimila a los hombres, lo cual nace de que las
alabanzas implican siempre una cierta relación, como acabamos de decir.
Si son estas las cosas a que se aplica la alabanza,
es claro que no se aplica a las más perfectas, puesto que para éstas se
necesita una cosa que sea más grande y mejor que la alabanza. La prueba es que
admiramos la dicha y la felicidad de los dioses, lo mismo que admiramos la
dicha de esos hombres que, entre nosotros, se aproximan más a la divinidad.
Otro tanto hacemos respecto a los bienes, y a nadie se le ocurre alabar la
felicidad como se alaba la justicia; se la admira como cosa más divina y mejor.
Esto es lo que Eudoxio ha sabido hacer valer perfectamente,
para justificar la preferencia que concedía al placer. Después de observar que
no se alaba el placer, aunque el placer sea un bien, Eudoxio creyó que de aquí
podía deducir, que el placer está por encima de estas cosas que se pueden
alabar; como, por ejemplo, Dios y la perfección, que son los dos fines superiores
a que se liga todo lo demás. Pero la alabanza puede aplicarse a la virtud,
porque ella es la que enseña a los hombres a hacer el bien; y nuestros elogios
públicos pueden dirigirse igualmente a los actos del alma que a los del cuerpo.
Por lo demás, la discusión precisa sobre este punto corresponde quizá más
especialmente a los escritores, que se han ocupado de esta materia de elogios.
En cuanto a nosotros resulta evidentemente de lo que acabamos de decir, que la
felicidad es una de estas cosas que merecen nuestro respeto y que son
perfectas. Para concluir, añadiremos que lo que le da aún este carácter es que
es un principio; porque sólo en vista de la felicidad hacemos todo lo que
hacemos, y lo que para nosotros es principio y causa de los bienes que
buscamos, debe ser a nuestros ojos algo profundamente respetable y divino.
PARA DARSE CUENTA DE LA
FELICIDAD ES PRECISO ESTUDIAR LA VIRTUD QUE LA PRODUCE
Puesto que la felicidad, según nuestra definición, es
cierta actividad del alma dirigida por la virtud perfecta, debemos estudiar la
virtud. Éste será un medio rápido de comprender mejor la felicidad misma.
La virtud parece ser, antes que nada, el objeto de
los trabajos del verdadero político, puesto que lo que éste quiere es hacer a
los ciudadanos virtuosos y obedientes a las leyes. Tenemos ejemplos de esta
solicitud en los legisladores de los Cretenses y de los Lacedemonios, y en
algunos otros que se han mostrado tan sabios como ellos. Si este estudio
pertenece especialmente a la ciencia política, es claro que la indagación que
vamos a hacer satisfará precisamente al plan que nos hemos propuesto desde el
principio de este tratado.
Por lo tanto, estudiemos la virtud, pero la virtud
puramente humana, porque sólo buscamos el bien humano y una felicidad humana.
Cuando decimos la virtud humana, entendemos la virtud del alma, y no la del
cuerpo, porque para nosotros, como queda dicho, la felicidad es una actividad
del alma. Una consecuencia evidente de esto es que el hombre de Estado, el
político, debe conocer, hasta cierto punto, las cosas del alma; a la manera que
el médico que, por ejemplo, tiene que curar los ojos, debe conocer igualmente
la organización del cuerpo entero. El hombre de Estado debe tanto más imponerse
en este estudio, cuanto que la política es una ciencia mucho más elevada y
mucho más útil que la medicina; y ya los médicos distinguidos están haciendo
los mayores esfuerzos para adquirir el exacto conocimiento de todo el cuerpo
humano. Es preciso, por consiguiente, que el hombre de Estado haga un estudio
del alma; pero el que vamos a hacer nosotros ahora sólo tiene por objeto la
política, y sólo lo llevaremos hasta donde sea puramente necesario para hacer
conocer bien el objeto actual de nuestras indagaciones. Un examen más profundo
y completamente exacto nos obligaría a un trabajo mayor que el que exige el
asunto que en este momento discutimos.
Por lo demás, la teoría del alma ha sido suficientemente
desenvuelta en algunos puntos, hasta en nuestras obras exotéricas; tomaremos
de ellas lo que nos convenga, como, por ejemplo, lo haremos desde luego con la
distinción de las dos partes del alma: la una que está dotada de razón, y la
otra que está privada de ella. En cuanto a saber si estas partes son
separables, como lo son las del cuerpo, y como lo es todo objeto divisible; o
bien si sólo son dos bajo un punto de vista racional, siendo inseparables por
su naturaleza, como lo son la parte cóncava y la parte convexa en la
circunferencia; éstas son cuestiones que en este momento nada nos importan. En
la parte no racional del alma hemos reconocido cierta facultad que parece que
es común a todos los seres vivos, que es la facultad vegetativa; en otros
términos, es la causa que hace que el ser pueda alimentarse y desenvolverse.
Esta facultad del alma debe reconocerse en todos los seres que se alimentan, y
hasta en los gérmenes y los embriones, así como se la debe encontrar
idénticamente la misma en los seres completamente formados, porque la razón
quiere que en esta materia haya identidad más bien que una diferencia. Ya
tenemos aquí un poder del alma que es general y común, y que no parece
pertenecer como una especialidad al hombre. Añado que esta parte del alma y
este poder obran sobre todo durante el sueño. Pero nada hay durante el sueño
que distinga al hombre de bien del hombre malo; y he aquí lo que ha dado ocasión
a decir que durante una mitad de la vida los hombres dichosos en nada se
diferencian de los hombres desgraciados. Y la verdad es que así sucede, porque
el sueño es para el alma una completa inercia de las facultades que motivan el
que se la llame buena y mala, a menos que no se suponga que en este mismo
estado tienen lugar algunos ligeros movimientos que lleguen hasta ella, y que,
por consiguiente, los sueños de los hombres de una naturaleza distinguida deban
ser mejores que los del vulgo.
Pero no quiero llevar más adelante el examen de esta
primera parte del alma, y dejo a un lado la facultad nutritiva, puesto que no
puede ser partícipe de la virtud especialmente humana que nosotros buscamos.
Al lado de esta primera facultad aparece igualmente
en el alma otra naturaleza, que es igualmente irracional, pero que, sin
embargo, puede participar hasta cierto punto de la razón. Reconocemos, en efecto,
y alabamos en el hombre sobrio que se domina, y hasta en el hombre intemperante
que no sabe dominarse, la parte del alma que está dotada de razón, y que
invita sin cesar a uno y a otro al bien por medio de los mejores consejos.
Reconocemos igualmente en ellos otro principio que por su naturaleza va contra
la razón, la combate y se mantiene frente a frente de ella. Sucede como con
los miembros del cuerpo que después de un accidente han sido mal curados, y que
se marchan por la izquierda cuando se les quiere mover hacia la derecha. Lo
mismo absolutamente sucede con el alma; y las pasiones de los intemperantes se
dirigen siempre en sentido opuesto al que pide su razón. La única diferencia
consiste en que, respecto al cuerpo, podemos ver la parte cuyos movimientos son
irregulares, mientras que no la vemos en el alma. Pero no por eso dejamos de
creer que existe en el alma algo que es contra la razón, que se opone a ella y
que marcha fuera de su debida dirección. El cómo esta parte del alma es tan
diferente, es una cuestión que en este momento no nos importa; pero esta
porción misma tiene también su parte de razón, como acabamos de decir. En el
hombre que sabe ser sobrio y dominarse, ella obedece a la razón; y aún más
dócilmente se somete en el hombre sabio y valiente, porque en él nada hay que no
esté de acuerdo con la razón más ilustrada.
Así la parte irracional del alma parece que es también
doble. En efecto, mientras que la facultad vegetativa no participa nada de la
razón, la parte apasionada, y más generalmente la parte instintiva, participa
de ella hasta cierto punto en el sentido de que puede escuchar la razón y
obedecerla, a la manera que nosotros deferimos a la razón de un padre, a la de
nuestros amigos, sin que por eso nos sometamos en este caso del modo que nos
sometemos a las demostraciones matemáticas. Lo que prueba también que esta
parte irracional puede dejarse conducir por la razón, es que se dan consejos a
las gentes, y que en muchas ocasiones se les dirige indistintamente
reprendiéndolos o animándolos. Pero si puede decirse también que esta parte
secundaria está dotada de razón, será preciso reconocer que la parte racional
del alma es igualmente doble, y deberá distinguirse la parte que posee la razón
en propiedad y por sí misma, y la parte que escucha la razón como se escucha la
voz de un padre benévolo.
La virtud en el hombre nos presenta asimismo distinciones
fundadas en esta diferencia; y así entre las virtudes, llamamos a unas virtudes
intelectuales y a otras virtudes morales. La sabiduría o la ciencia, el
ingenio, la prudencia, son virtudes intelectuales; la generosidad y la
templanza son virtudes morales. Hablando de la moralidad y del carácter de un
hombre, no decimos que es sabio o ingenioso, mientras que podemos decir que es
dulce o que es moderado. Bajo este punto de vista alabamos al sabio en vista de
las facultades que posee; y entre las diversas facultades calificamos de
virtudes las que nos parecen dignas de nuestra alabanza.
TEORÍA DE LA VIRTUD
DE LA DISTINCIÓN DE LAS
VIRTUDES EN INTELECTUALES Y MORALES. LA VIRTUD Y EL HÁBITO
Siendo la virtud dos especies, una intelectual y otra
moral, aquélla resulta casi siempre de una enseñanza a la que debe su origen y
su desenvolvimiento; y de aquí nace que tiene necesidad de experiencia y de
tiempo. En cuanto a la virtud moral nace más particularmente del hábito y de
las costumbres; y de la palabra misma hábito, mediante un ligero cambio,
procede el nombre de moral que hoy tiene.
Basta esto para probar claramente que no hay una sola
de las virtudes morales que exista en nosotros naturalmente. Jamás las cosas de
la naturaleza pueden por efecto del hábito hacerse distintas de lo que ellas
son: por ejemplo, la piedra, que naturalmente se precipita hacia el suelo,
nunca podrá adquirir el hábito de ascender hacia arriba, aunque un millón de
veces se la lance en este sentido; el fuego no irá hacia abajo, y no hay un
sólo cuerpo que pueda perder la propiedad que tiene por naturaleza para
contraer un hábito diferente.
Así pues, las virtudes no existen en nosotros por la
sola acción de la naturaleza, ni tampoco contra las leyes de la misma; sino que
la naturaleza nos ha hecho susceptibles de unas, y el hábito es el que las
desenvuelve y las perfecciona en nosotros. Además, con respecto a todas las
facultades que poseemos naturalmente, lo que, llevamos desde luego en nosotros
es el simple poder de servirnos de ellas; y más tarde es cuando producimos los
actos que de las mismas emanan. Tenemos un patente ejemplo de esto en nuestros
sentidos. No es a fuerza de ver ni a fuerza de oír como adquirimos los
sentidos de la vista y del oído; sino que, por el contrario, nos hemos servido
de ellos porque los teníamos; y no los tenemos en modo ninguno porque nos
hemos servido de ellos. Lejos de esto, no adquirimos las virtudes sino después de
haberlas previamente practicado. Con ellas sucede lo que con todas las demás
artes; porque en las cosas que no se pueden hacer sino después de haberlas
aprendido, no las aprendemos sino practicándolas; y así uno se hace arquitecto,
construyendo; se hace músico componiendo música. De igual modo se hace uno
justo, practicando la justicia; sabio, cultivando la sabiduría; valiente,
ejercitando el valor.
Lo que pasa en el gobierno de los Estados lo prueba
bien: los legisladores sólo hacen virtuosos a los ciudadanos habituándolos a
serlo. Tal es ciertamente el deseo fijo de todo legislador. Los que no
desempeñan como deben esta tarea, faltan al objeto que se proponen; y esta es
precisamente la diferencia que separa un gobierno bueno de uno malo.
Toda virtud, cualquiera que ella sea, se forma y se
destruye absolutamente por los mismos medios y por las mismas causas que uno se
forma y desmerece en todas las artes. Tocando la cítara, hemos dicho, se forman
los buenos y malos artistas; mediante trabajos análogos se forman los
arquitectos, y sin excepción todos los que ejercen un arte cualquiera. Si el
arquitecto construye bien, es un buen arquitecto; es malo, si construye mal.
Si no fuese así, nunca habría necesidad de maestro que enseñara a obrar bien, y
todos los artistas serían siempre y de primer golpe buenos o malos. Lo mismo
absolutamente sucede respecto a las virtudes. A causa de nuestra conducta en
las transacciones de todos géneros que intervienen entre los hombres,
aparecemos unos justos y otros inicuos. A causa de nuestra conducta en las
circunstancias peligrosas, y después que contraemos en unos hábitos de flojedad
o de firmeza, nos hacemos unos valientes, otros cobardes. Lo mismo sucede
también con los resultados de nuestras pasiones o de nuestros arrebatos entre
los hombres; los unos son moderados y dulces, los otros son intemperantes y
dados a excesos, según que éstos se conducen de tal manera en determinadas
circunstancias, y que aquellos se conducen de una manera contraria; en una
palabra, las cualidades sólo provienen de la repetición frecuente de los
mismos actos. He aquí cómo es preciso dedicarse escrupulosamente a practicar
solamente actos de cierto género; porque las cualidades se forman según las
diferencias mismas de estos actos y siguen su naturaleza. No es pues de poca
importancia contraer desde la infancia y lo más pronto posible tales o cuales
hábitos; por el contrario, es éste un punto de muchísimo interés, o por mejor
decir, es el todo.
UN TRATADO DE MORAL NO DEBE
SER UNA PURA TEORIA, SINO ANTE TODO UN TRATADO PRÁCTICO
No debe perderse de vista que el presente tratado no
es una teoría como pueden serlo otros muchos. No nos consagramos a estas
indagaciones para saber lo que es virtud, sino para aprender a hacernos de virtudes
buenas; porque de otra manera este estudio sería completamente inútil. Es por
lo tanto necesario que consideremos todo lo que se refiere a las acciones, para
aprender a realizarlas, porque ellas son las que deciden soberanamente de
nuestro carácter, y de ellas depende la adquisición de nuestras cualidades,
como acabamos de decir. Es un principio comúnmente admitido que es preciso
obrar conforme a la recta razón. Aceptamos también este principio,
reservándonos explicar más tarde lo que es la recta razón, y cuál es la
relación que guarda con las demás virtudes.
Convengamos desde luego en este punto; a saber, que
toda discusión que tiene por objeto los actos del hombre, no puede ser más que
un bosquejo vago y sin precisión, como ya hicimos notar al principio, porque no
puede exigirse rigor en los razonamientos, sino en cuanto lo permite la materia
a que se aplican. Las acciones y los intereses de los hombres no pueden
someterse a ninguna prescripción inmutable y precisa, como no puede hacerse
tampoco con las condiciones diversas de la salud. Y si el estudio general de
las acciones humanas presenta estos inconvenientes, con mucha más razón el
estudio especial de cada una de ellas en particular presentará mucha menos
precisión aún; porque no cae en el dominio de un arte regular ni, lo que es
más, en el de ningún precepto formal. Pero cuando se obra, es una necesidad
constante guiarse en vista de las circunstancias en que uno se encuentra,
absolutamente del mismo modo que se practica en el arte de la medicina y en el
de la navegación.
Por lo demás, por positiva que sea la dificultad que
presenta el estudio que intentamos llevar a cabo, no por eso dejaremos de hacer
un esfuerzo para prestar este servicio realizándolo.
Por lo pronto conviene decir que las cosas del orden
de las que nos ocupamos, corren el riesgo de ver comprometida su existencia a
causa de todo exceso, sea en un sentido, sea en otro; y para servirnos de
ejemplos visibles, mediante los cuales puedan hacerse comprender bien cosas
oscuras y ocultas, veámoslo con respecto a la fuerza del cuerpo y a la salud.
La violencia desmedida de los ejercicios o la falta de ejercicio destruyen
igualmente la fuerza. Lo mismo sucede respecto al comer y el beber: los
alimentos en grande o en pequeña cantidad destruyen la salud; mientras que, por
el contrario, tomados en debida proporción, la dan, la sostienen y la
aumentan. Lo mismo absolutamente sucede con la templanza, el calor y todas las
demás virtudes. El hombre que a todo teme, que huye y que no sabe soportar
ninguna contrariedad, es un cobarde; el que no teme nunca nada y arrostra todos
los peligros, es un temerario. En igual forma, el que goza de todos los
placeres y no se priva de ninguno, es intemperante; y el que huye de todos sin
excepción, como los salvajes que habitan en los campos, es en cierta manera un
ser insensible. Y esto es así, porque la templanza y el valor se pierden
igualmente por exceso que por defecto, y no subsisten sino mediante la
moderación. No sólo el origen, el desenvolvimiento y la pérdida de estas
cualidades proceden de las mismas causas y están sometidos a las mismas influencias;
sino que además las acciones, que estas cualidades inspiran, han de ser hechas
por los mismos individuos que tienen estas cualidades. Aclaremos esto con el ejemplo
de cosas más palpables y más visibles, y citemos de nuevo la fuerza del
cuerpo. Procede ésta de la abundancia del alimento que se toma y de las fatigas
repetidas que se sufren; y recíprocamente, el hombre fortificado de tal manera
soporta mucho mejor todas estas pruebas. El mismo fenómeno se repite respecto
a las virtudes: sólo a condición de abstenemos de los placeres, es como podemos
hacemos templados; y una vez que lo somos, podemos abstenernos de los placeres
con más facilidad que antes. La misma observación puede hacerse respecto al
valor: habituándonos a despreciar todos los peligros y a arrostrarlos, nos
hacemos valientes; y una vez que lo somos, podemos soportar mejor los peligros
sin el menor temor.
INMENSO LUJO DEL PLACER Y
DE LA PENA EN EL DESTINO HUMANO Y EN LA VIRTUD
Un signo manifiesto de las cualidades que adquirimos,
es el placer o el dolor que se unen a nuestras acciones y que las siguen. El
hombre que se abstiene de los placeres del cuerpo y hasta se complace en esta
reserva misma, es templado; y el que con pesar soporta esta situación, es
intemperante. El hombre que arrostra los peligros y en ello tiene un placer, o
que por lo menos no le turban, es un hombre valiente; el que se turba, es un
cobarde. Y es que realmente la virtud moral se relaciona con los dolores y con
los placeres, puesto que la persecución del placer es la que nos arrastra al
mal, y el temor del dolor es el que nos impide hacer el bien. He aquí por qué
desde la primera infancia, como dice muy bien Platón, es preciso que se nos
conduzca de manera que coloquemos nuestros goces y nuestros dolores en las
cosas que convenga colocarlas, y en esto es en lo que consiste una buena
educación. Además, las virtudes nunca se manifiestan sino por actos y
afecciones; y como no hay acto ni afección que no tenga por consecuencia el
placer o el dolor, ésta es una nueva prueba de que la virtud se refiere
únicamente a nuestros dolores y a nuestros placeres. Esto mismo lo atestiguan
también los castigos que algunas veces siguen a nuestras acciones. Estos
castigos son en cierta manera remedios, y los remedios ordinariamente, y según
el curso natural de las cosas, sólo obran por medio de los contrarios.
Podemos repetir además lo que acabamos de decir: toda
cualidad del alma a causa de su verdadera naturaleza está en relación con las
cosas, y sólo a las cosas corresponde hacerla naturalmente mejor o peor. Ahora
bien, las cualidades del alma sólo se pervierten por el placer o el dolor,
cuando se persigue al uno y se huye del otro en el momento en que no debe
hacerse y sin apreciar ni la ocasión en que se hace, ni la manera en que puede
hacerlo o cometiendo otras faltas análogas, que la razón puede muy fácilmente
imaginar. He aquí cómo han podido definirse las virtudes: estados del alma, en
que el alma misma se encuentra extraña a toda afección y en un completo reposo.
Definición que no es muy exacta, porque tiene un carácter demasiado absoluto, y
se dejan de añadir ciertas condiciones como éstas: «qué es preciso hacer o qué
no es preciso» o bien «cuándo es preciso», y otras modificaciones que se pueden
concebir fácilmente.
Por lo tanto, debe sentarse en principio que la virtud
es aquello que debe prepararnos respecto de los dolores y de los placeres de
tal manera, que nuestra conducta sea la mejor posible; y que el vicio es precisamente
todo lo contrario.
He aquí ahora una observación, que nos hará comprender
más fácilmente todas las que preceden. Hay tres cosas que se deben buscar; hay
igualmente tres de que debemos huir; debe buscarse el bien, lo útil, lo
agradable; debe huirse de sus tres contrarios, el mal, lo dañoso y lo
desagradable. Respecto de todas estas cosas, el hombre virtuoso sabe conducirse
bien y seguir el camino recto; el malo no comete sino faltas. Sobre todo las
comete respecto al placer, porque por lo pronto el placer es un sentimiento
común a todos los seres animados, y además se lo encuentra como resultado de
todos los actos dejados a nuestra libre elección; puesto que el bien mismo y el
interés pueden revestir igualmente la apariencia del placer. Añádase a esto que
desde nuestra más tierna infancia, cuando apenas empezamos a hablar, ya
alimentamos en nuestro seno en cierta manera el placer, y ya se desenvuelve
con nosotros. Así que sería muy difícil deshacernos de un sentimiento que tan
profundamente ha penetrado en nuestra vida, y que ha tomado todos los colores
de la misma, si bien, según los individuos, así el placer y el dolor serán una
regla que dirija más o menos completamente su conducta.
De aquí que necesariamente habrá de recaer sobre
estas dos afecciones todo el tratado que signe, porque no es cosa de poco más o
menos, en todo lo concerniente a nuestros actos, saber regocijarse o afligirse
bien o mal con motivo de ellos.
Otra observación: es más difícil aún combatir el
placer, que combatir la cólera, como dice Heráclito; porque el arte y la virtud
se aplican siempre con preferencia a lo que es más difícil, puesto que en las
cosas que son más difíciles el bien adquiere un más alto precio; lo cual es
una razón más para que la virtud y la política pongan cuanto esté de su parte
para estudiar los placeres y los dolores, porque el que sabe usar bien de estos
dos sentimientos, será bueno; y malo, el que use mal de ellos. Hemos probado,
pues, que la virtud no se ocupa en el fondo más que de los placeres y de los
dolores; que se acrecienta mediante las causas que la hacen nacer; que se
destruye por estas mismas causas cuando su dirección cambia; y que obra y se
ejercita sobre estos mismos sentimientos de donde procede. Tales son los
principios que acabamos de afirmar.
EXPLICACIÓN DEL PRINCIPIO,
SEGÚN EL QUE SE HACE UNO VIRTUOSO EJECUTANDO ACTOS DE VIRTUD
Podría preguntarse qué es lo que entendemos cuando
decimos que para ser justo es preciso practicar la virtud, y para ser templado
practicar la templanza; porque si se hacen actos justos, actos de templanza, es
porque ya es uno justo y templado, lo mismo que si se aplican las reglas de la
gramática y de la música, es porque ya era uno gramático o músico anteriormente.
¿Pero no es más exacto decir, que no es así, ni aún
respecto de las artes vulgares? ¿No es posible, por ejemplo, hacer una cosa muy
correcta en gramática por casualidad o con auxilio extraño o por sugestiones de
otro? Pero no será uno verdaderamente gramático, si lo que hace en gramática no
lo hace gramaticalmente, es decir, según las leyes de la gramática que sabe y
que el mismo posee. Hay además una diferencia, que conviene señalar, entre las
virtudes y las artes. Las cosas que producen las artes, llevan la perfección
que les es propia en sí mismas, y basta por consiguiente que aparezcan de una
cierta manera. Pero los actos que producen las virtudes, no son justos ni
moderados únicamente porque aparezcan de una cierta manera, sino que es
preciso además que el que obra se halle en cierta disposición moral en el
momento mismo de obrar. La primera condición es que sepa lo que hace; la
segunda, que lo quiera así mediante una elección reflexiva y que quiera los
actos que produce a causa de los actos mismos; por fin, es la tercera que al
obrar, lo haga con resolución inquebrantable de no obrar jamás de otra manera.
En las otras artes, no se tienen en cuenta todas estas condiciones, hasta saber
lo que se hace. Por el contrario, respecto de las virtudes, el saber es punto
de poca importancia, y si se quiere, de ninguna; mientras que las otras dos
condiciones son de una importancia absoluta; porque las virtudes sólo se conquistan
mediante la constante repetición de actos de justicia, de templanza, etc. Y así
pueden llamarse justos y templados los actos, cuando son de tal naturaleza
que un hombre templado y justo pueda ejecutarlos. Pero el hombre templado y
justo no es simplemente el que los ejecuta, sino el que los ejecuta como lo
hacen los hombres verdaderamente justos y templados. Razón ha habido, pues,
para decir que se hace justo el hombre ejecutando acciones justas, templado
ejecutando acciones de templanza; y que si no se practican actos de este
género, es imposible que nadie llegue nunca a ser virtuoso. Pero el común de
las gentes no practican estas acciones; y pagándose de vanas palabras, creen
crear una filosofía y se imaginan, que por este método adquieren una verdadera
virtud. Esto es poco más o menos lo mismo que hacen los enfermos que escuchan muy
atentos a los médicos, pero que no hacen nada de lo que les ordenan; y así como
los unos no pueden tener el cuerpo sano, cuidándose de esta manera; lo mismo
los otros no tendrán jamás muy sana su alma, filosofando de esta suerte.
TEORÍA GENERAL DE LA VIRTUD
Una
vez fijados todos estos puntos, indicaremos lo que es la virtud. Como en el
alma no hay más que tres elementos: las pasiones o afecciones, las facultades y
las cualidades adquiridas o hábitos, es preciso que la virtud sea una de estas
tres cosas.
Llamo
pasiones o afecciones al deseo, a la cólera, al temor, al atrevimiento, a la
envidia, a la alegría, a la amistad, al odio, al pesar, a los celos, a la
compasión; en una palabra, a todos los sentimientos que llevan consigo dolor o
placer. Llamo facultades a las potencias que hacen que se diga de nosotros que
somos capaces de experimentar estas pasiones; por ejemplo, de encolerizarnos,
de afligimos, de apiadamos. En fin, entiendo por cualidad adquirida o hábito la
disposición moral, buena o mala, en que estamos para sentir todas estas
pasiones. Así, por ejemplo, en la pasión de la cólera, si la sentimos demasiado
viva o demasiado muerta, es una disposición mala; si la sentimos en una debida
proporción, es una disposición que se tiene por buena. La misma observación se
puede hacer respecto a todas las demás pasiones.
De
aquí se sigue que ni las virtudes ni los vicios, hablando propiamente, son
pasiones. Por lo pronto, en realidad no se nos llama buenos o malos en vista de
nuestras pasiones, sino teniendo en cuenta nuestras virtudes y nuestros vicios.
En segundo lugar, al hombre no se le alaba ni se le censura a causa de las
pasiones que tiene; así que no se alaba ni se censura al que en general tiene
miedo o se encoleriza, sino que sólo es censurado el que experimenta estos
sentimientos de cierta manera; y, por el contrario, en razón de los vicios y
virtudes que descubrimos, somos directamente alabados o censurados. Además,
los sentimientos de cólera y de temor no dependen de nuestra elección y de nuestra
voluntad, mientras que las virtudes son voliciones muy reflexivas, o por lo
menos, no existen sin la acción de nuestra voluntad y siendo objeto de nuestra
preferencia. Añadamos también, que respecto de las pasiones debe decirse que
somos por ellas conmovidos, mientras que respecto de las virtudes y de los
vicios no se dice que experimentamos emoción alguna; y sí sólo que tenemos una
cierta disposición moral.
Por
estas mismas razones las virtudes no son tampoco simples facultades; porque no
se dice de nosotros que seamos virtuosos o malos sólo porque tengamos la
facultad de experimentar afecciones, así como no es este motivo suficiente para
que se nos alabe o se nos censure. Además, la naturaleza es la que nos da la
facultad, la posibilidad de ser buenos o viciosos; pero no es ella la causa de
que nos hagamos lo uno o lo otro, como acabamos de ver.
Concluyamos,
pues, diciendo, que si las virtudes no son pasiones, ni facultades, no pueden
ser sino hábitos o cualidades; y todo esto nos prueba claramente lo que es la
virtud, generalmente hablando.
DE LA NATURALEZA DE LA VIRTUD
Es
preciso no contentarse con decir, como hemos hecho hasta ahora, que la virtud
es un hábito o manera de ser, sino que es preciso decir también en forma
específica cuál es esta manera de ser.
Comencemos
por sentar que la virtud es, respecto a la cosa sobre que recae, lo que
completa la buena disposición de la misma y le asegura la ejecución perfecta
de la obra que le es propia; así por ejemplo, la virtud del ojo hace que el ojo
sea bueno, y que realice como debe su función; porque gracias a la virtud del
ojo se ve bien. La misma observación, si se quiere, tiene lugar con la virtud
del caballo; ella es la que le hace buen caballo a propósito para la carrera,
para conducir al jinete y para sostener el choque de los enemigos. Si sucede
así en todas las cosas la virtud en el hombre será esta manera de ser moral,
que hace de él un hombre bueno, un hombre de bien, y gracias a la cual sabrá
realizar la obra que le es propia.
Ya
hemos dicho cómo el hombre puede conseguir esto, pero nuestro pensamiento se
hará más evidente aún, cuando hayamos visto cuál es la verdadera naturaleza de
la virtud.
En
toda cantidad continua y divisible pueden distinguirse tres cosas: primero el
más; después el menos, y por fin, lo igual y estas distinciones pueden hacerse
o con relación al objeto mismo, o con
relación a nosotros. Lo igual es una especie de término intermedio entre el
exceso y el defecto, entre lo más y lo menos. El medio, cuando se trata de una
cosa, es el punto que se encuentra a igual distancia de las dos extremidades,
el cual es uno y el mismo en todos los casos. Pero cuando se trata del hombre,
cuando se trata de nosotros, el medio es lo que no peca, ni por exceso, ni por
defecto; y esta medida igual está muy distante de ser una ni la misma para
todos los hombres.
Veamos un ejemplo: suponiendo que el número diez represente una cantidad grande, y el número dos una muy pequeña, el seis será el término medio con relación a lo que se mide; porque seis excede al dos en una suma igual a la que le exceda el número diez. Este es el verdadero medio según la proporción que demuestra la aritmética, es decir, el número. Pero no es éste ciertamente el camino que debe tomarse para buscar el medio tratándose de nosotros. En efecto, porque para tal hombre diez libras de alimento sean demasiado y dos libras muy poco, no es razón para que un médico prescriba a todo el mundo seis libras de alimento, porque seis libras para el que haya de tomarlas, pueden ser una alimentación enorme o una alimentación insuficiente. Para MiIon es demasiado poco; por el contrario, es muc