“El discernimiento ignaciano como

herramienta pedagógica educativa”

 

 

 

Alfonso Altamira Valdés

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE GENERAL

 

 

 

Índice 

 

Introducción 

 

PARTE PRIMERA

 

 

Íñigo López de Loyola   

 

La Compañía de Jesús

 

La Compañía de Jesús en el Mundo 

 

La Compañía de Jesús en México 

 

PARTE SEGUNDA

 

 

Los Ejercicios Espirituales

 

La Ratio Studiorum 

 

Características Educativas de la Compañía de Jesús  

 

 

 

PARTE  TERCERA

 

 

Educación y Espiritualidad Ignaciana

 

El Paradigma Pedagógico Ignaciano y su Implementación

 

Conclusión

 

Bibliografía

 

APÉNDICE

 

 

Cronología ignaciana

 

Estructura de los Ejercicios Espirituales 

 

Jesuitas sobresalientes

 

Jesuitas muertos violentamente de 1964-1999 

 

Asociación de Universidades Confiadas a la Compañía de Jesús

 

Los jesuitas en Internet   

 

Asociaciones, Publicaciones, Revistas y Casas de Retiro

 

Jesuitas en el Mundo 

 

Miembros de la Compañía de Jesús al 2002

 

 

 

Cuestionario  

 

 

 


Introducción

 

Desde el comienzo de la historia, la humanidad ha ido construyendo un mundo donde habitar. El ser humano salió de las cavernas para entrar en el mundo de la civilización y el desarrollo. Hoy día, por ejemplo, el acontecer de un país puede ser visto de forma casi inmediata en otro lado de la esfera terrestre. Las guerras son transmitidas al instante como si fueran una función dominical, que debería ser vista en familia, en el calor del hogar consumiendo ‘gaseosas’ bien frías y todo tipo de botanas, además, con la mascota a un lado. Indudablemente todo un espectáculo.

 

Parece que la frialdad cada día va ganando terreno. Los medios de publicidad mal utilizados y las técnicas de mercadeo, engendros de los mercantilistas, han logrado dominar en gran parte las actitudes anímicas de los seres humanos, las mentes permanecen adormiladas, enajenadas al ataque devastador de la dignidad humana.

 

Es más que necesario, vital, despertar la conciencia crítica de las masas, a todos los niveles: adolescentes y adultos; en todos los sectores: de servicios, industrial, y productivo, en todas las personas: campesinos, obreros e indígenas, profesionistas, académicos, estudiantes, etc.

 

Ha surgido una gran cantidad de métodos para la concienciación masiva, sin embargo, son pocos los que han arrojado grandes resultados, Tal vez no sea tanto debido a la estructura metódica cuanto a la finalidad del método. Muchos de ellos son creados para el dominio y la manipulación, especialmente de los países subdesarrollados. Algunos son usados sin un profundo conocimiento estructural y dinámico. Otros más no ofrecen soluciones reales.

 

No obstante, existe un método que ha perdurado ya por casi quinientos años con resultados bastante alentadores. La violencia mortal ronda a quienes realmente aplican este método a sus vidas, es una consecuencia lógica. El nadar contra corriente es bastante difícil, luchar contra sistemas establecidos es mortal. ¿Valdrá la pena morir por algo, o por alguien, que no sea uno mismo? ¿Es posible derribar a esas estructuras gigantes que oprimen, reprimen y exprimen a la humanidad?  ¿Cómo?

 

En el año que Cristóbal Colón partió por primera vez para las Indias,  y que terminó perdido en lo que hoy es conocido como el Continente Americano, nace en Guipúzcoa, región vasca, Íñigo López fundador de la Compañía de Jesús y creador de los Ejercicios Espirituales [EE]. Estos últimos son una metodología completa y compacta que permite a quien los ejecuta ver el mundo con ojos distintos, desde una panorámica humana. Simplemente introyectan una actitud de responsabilidad y acción, compromiso real con el mundo actual (de cualquier época) de permanente discernimiento, mismo que conlleva a compromisos radicales personales y sociales.

Los jesuitas –como se conoce a los miembros de la Compañía de Jesús- han estado desde su misma fundación en casi todos los ámbitos de la sociedad tales como las artes y humanidades, las ciencias y la tecnología, política y religión, un gran número de ellos ha muerto violentamente* por esa causa.

 

Principal testimonio de la efectividad del método de discernimiento ignaciano.

 

La Compañía de Jesús, Orden Religiosa de la Iglesia Católica Apostólica con sede en Roma, Italia, está hoy extendida en más de 120 países en los que poco más de 21,000 jesuitas trabajan por la evangelización del mundo, en defensa de la fe y la promoción de la justicia, en permanente diálogo cultural y religioso.

 

Los EE no son para leerse de un hilo, son una metodología de discernimiento enfocada al espíritu principalmente, que sirven como guía para el que acompaña a quien se ejercita. Son la estructura metódica de la enseñanza del discernimiento ignaciano. El riel que conducirá a la persona a través de un proceso de cambio, de conversión hacia una vida comprometida con su entorno, tanto económico como político y social.

 

Los EE pueden aplicarse a cualquier persona y no implican contraindicaciones por la cultura, nacionalidad o raza. Basta el deseo de cambiar propositivamente la actitud adormecida por influjo de la actualidad que la rodea y el deseo de ser completamente libre. Son prácticamente un reto a la esclavitud del hombre. Esclavitud económica, política y social, personal, individual y comunitaria.

 

La división de este trabajo consta de tres partes, la primera nos ofrece una breve perspectiva de la vida de Ignacio y su conversión espiritual, algunos rasgos importantes de la Compañía de Jesús, su influencia en el mundo y el arribo de los jesuitas a la Nueva España. En la parte segunda se aborda sucintamente los Ejercicios Espirituales y la Ratio Studiorum, con la finalidad de dar a conocer la existencia del método y la estructura de los mismos, así como la presentación de algunas de las características de la educación jesuita. En la tercera y última parte se analiza la relación espiritual y educativa de la Pedagogía Ignaciana, además de su  implementación en el contexto latinoamericano.

 

Al final se incluye un apéndice con una breve cronología de la vida de San Ignacio, además se listan los nombres de jesuitas reconocidos, así como algunas de las universidades a cargo de la Compañía de Jesús y otros datos de especial interés, mismos que corroboran lo extraordinario del resultado, a nivel mundial y a través del tiempo, de la aplicación del Discernimiento Ignaciano.

 


PARTE PRIMERA

Íñigo López de Loyola

(1491-1556)

 

Íñigo López, mejor conocido como San Ignacio de Loyola, fue el fundador de la orden religiosa “La Compañía de Jesús”, cuyos miembros son reconocidos como los “jesuitas”, nació en un castillo propiedad de su familia, en Azpeitia (Guipúzcoa), España, y de joven fue paje en la corte de Fernando el Católico. Hizo la milicia a las órdenes de Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera, y participó en la represión de la revuelta de las Comunidades, donde resultó herido en una pierna en 1521 en la defensa de Pamplona ante los ataques franceses. Mientras se recuperaba leyó varios libros religiosos que le llevaron a consagrarse a la vida espiritual. Después de hacer confesión en el monasterio de Montserrat en 1522, se retiró a una cueva cerca de Manresa (en la provincia de Barcelona) donde vivió y rezó durante 10 meses con una gran austeridad, tras lo cual emprendió un viaje de peregrinación a Jerusalén.

 

Regresó a España en 1524 y estudió en las universidades de Barcelona, Alcalá de Henares y Salamanca, y en 1528 marchó a París, en cuya universidad se licenció en artes; al año siguiente creó una fraternidad piadosa que más tarde sería la Compañía de Jesús. En 1537 los miembros de la fraternidad se dirigieron a Roma, donde Loyola fue ordenado sacerdote (1538) y donde recibieron permiso oral del papa Pablo III, quien dio la confirmación oficial de la orden en 1540. Por la bula Mare magnum, la Compañía era declarada exenta de jurisdicción episcopal, de tributación y de tener a su cuidado la dirección espiritual de religiosas. Un año después Ignacio fue elegido primer general de la orden y, además de administrar los asuntos de la Compañía, se dedicó a terminar sus Ejercicios espirituales y a escribir las Constituciones de la orden, terminadas después de su muerte, el 31 de julio de 1556, que, en lo sustancial, nunca han sido modificadas. En Roma fundó los colegios Romano y Germánico.

 

La conversión de Íñigo

 

Su Autobiografía presenta la trayectoria de maduración cristiana que recorre desde su convalecencia en Loyola. En este sentido, la historia de Ignacio es una verdadera peregrinación y él mismo un peregrino, como se llama a si mismo.

 

El progreso de la conversión y maduración de la vida cristiana va realizándose en diferentes zonas de la existencia, a modo de tránsito o paso desde un nivel todavía pobre o rudimentario a uno más rico o perfecto. No se trata de un itinerario simple, sino múltiple. Un camino variado y complejo desde los primeros tanteos de Loyola hasta las cumbres de Roma. El progreso de Ignacio es como un estallido de numerosos rayos luminosos que surgen de la chispa que brotó en las horas muertas de Loyola. Esta es la peregrinación que recorrió Ignacio con Dios mismo como guía.

 

Ignacio es un caso típico de la transformación de un ser; en esto consiste la santidad cristiana. Una fácil comparación que apunta, sin embargo, a algo muy profundo.

 

La caída de Ignacio en la fortaleza de Pamplona ha sido relacionada con la de Pablo de Tarso en el camino de Damasco. El abatimiento de Ignacio y el de Pablo marcan un giro total de sus vidas. Pablo, el fariseo ferviente y el perseguidor tenaz de cristianos se convierte en ferviente confesor de Cristo y tenaz luchador de la fe.

 

También Ignacio, una vez purificado de su vida de pecado, pasa de la condición de caballero valeroso a la de cristiano intrépido en el servicio de Cristo. También es convertido por Dios como Pablo en instrumento de elección. Dos naturalezas nobles y generosas puestas al servicio de Cristo y de la buena nueva del Reino.

 

La transformación de Ignacio se desarrolla a partir de una temperamento orientado enteramente hacia la gloria y grandeza humana; un cambio espiritual realizado evidentemente bajo la acción del Espíritu, cuyo efecto es someter todas las capacidades naturales del ser y actuar al designio de Dios. Efectivamente, se observa en el inicio del relato. Ignacio se presenta con toda la fuerza de un hombre valiente, ambicioso y con tal valor ante el peligro que arrastra a los que le rodean.

 

Una vez caído, sigue dando muestras aterradoras de resistencia al dolor e incluso de voluntad de someterse a una nueva y dolorosa intervención quirúrgica sólo para que su cuerpo no quede defectuoso. En la inmovilidad de la convalecencia su imaginación vuela a las grandes hazañas: sueños de hechos heroicos, discursos galantes, encantamiento ante una mujer de condición más elevada que la de condesa o duquesa. Siempre con el trasfondo de aquellas novelas que habían alimentado sus apasionados deseos, los libros de caballería. Y este hombre, con pie firme en sus cualidades humanas (carácter, ideales, sueños) se dirige hacia otros horizontes: hacer cosas grandes, sí, pero las que hacían los santos; ser caballero, sí, pero de nuestra Señora. Y sobre todo ir a Dios por el camino de Cristo. Porque se va entusiasmando con la lectura de su vida, el afecto hacia Cristo empieza a manifestarse en formas de sincera e ingenua delicadeza y el soñador de las grandes hazañas caballerescas piensa ahora en «servir a nuestro Señor». Cristo ya estará para siempre presente y cada día de modo más profundo en la vida de Ignacio: en los inicios de Loyola, cuando Jesús se le aparece en brazos de María; en la experiencia única que marca un giro definitivo en la vida apostólica de Ignacio cuando en el camino de Roma «Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo»; finalmente, en las habituales y extraordinarias experiencias de los últimos años de su vida. Se trata sólo de tres hitos de esta constante presencia Jesús, el Cristo, en la peregrinación de Ignacio.

 

El nuevo horizonte de la vida de Ignacio va atrayéndole con fuerza siempre creciente y orienta toda su realidad humana a dicho horizonte. Su valor, su capacidad de afrontar las dificultades, su tenacidad inconmovible, su libertad de espíritu ante todo, especialmente ante las autoridades, e incluso su impresionante y fina sensibilidad, y ternura. Dios, que nunca deshace lo que El mismo ha creado y ama, va apoderándose de Ignacio y de toda su carga de humanidad, para elevarlo hacia nuevas cumbres. Y así, mientras asciende más arriba, se hace más de Dios, más él mismo. Se despoja progresivamente de su voluntad propia y poco a poco llega a ser él mismo. Bien instruido por Dios, Ignacio nos comunicará la lección aprendida. Los Ejercicios Espirituales empiezan prácticamente con la oración preparatoria, la súplica al Señor para que el ejercitante, todo él, con sus proyectos y actividades interiores y exteriores, se oriente plenamente.

 

Los Ejercicios terminan con el ofrecimiento total del ejercitante: Toma, Señor, y recibe... libertad... memoria ... entendimiento ... todo mi haber y poseer... El hombre entero con toda su riqueza personal, debe ponerse al servicio del Reino de Dios. Toda la pedagogía de Ignacio ayudará a rechazar los angelismos evasivos: no podernos servir a Dios si volvernos las espaldas a las cosas de nuestro mundo. Se trata de una genuina tradición cristiana, experimentada por Ignacio en carne propia y posteriormente transmitida a los demás. Esta tradición cristiana siempre ha enseñado que la acción de Dios en el mundo y, por lo tanto, en el hombre no destruye nada, sino que todo lo lleva a su perfección y plenitud. Esta experiencia y magisterio ignacianos marcarán a muchos de sus seguidores.

 

Toda la intención era hacer de estas obras grandes exteriores, nos dice el peregrino, hablando de los primeros tiempos después de su conversión. Todo su deseo era ya agradar a Dios y servirle en todo lo que conociese, pero era como un niño demasiado centrado en las cosas exteriores y dirigido desde fuera. Porque esta voluntad de servir y complacer al Señor consistía sobre todo en prácticas externas de devoción, como la vigilia de armas, la peregrinación a Tierra Santa, procesiones, la veneración de imágenes, ayunos, abstinencias y otras penitencias; maltratar el cuerpo, dejando crecer los cabellos y las uñas; dar gran importancia a mil pequeños detalles, casi ingenuos, como anotar las palabras de Jesús y de María con diversas tintas, reproducir ante la Madre de Dios el ritual de Arnadís y de los caballeros, consolarse con su libro de notas, reparar la excesiva preocupación que había tenido por sus cabellos y uñas con una negligencia también extremada, estar dispuesto a ir detrás de un perrillo para conseguir la luz y paz que había perdido, desear que le digan a gritos que es un pecador para superar la vanidad, subir repetidamente al monte de los Olivos para venerar con minuciosidad las pisadas de Jesús, tratar a todo el mundo de «vos» como creía que lo había hecho Jesús, ilusionarse en reproducir de manera materialmente exacta el grupo de Jesús y sus discípulos.

 

La voluntad de hacer cosas difíciles, como penitencias, entrar en una comunidad religiosa muy relajada para padecer mucho, cualquier tipo de trabajo duro y la práctica sacramental que, a pesar de vivirla con una fidelidad generosa y llena de fervor, se revelaba quizá demasiado vinculada a la frecuencia de la participación en los sacramentos.

 

Estas “cosas grandes exteriores” estaban enraizadas en una dependencia casi total de los modelos que le venían de fuera y no en luz interior. No sólo vivía demasiado esclavizado por la búsqueda de personas espirituales que finalmente le decepcionaron,  sino que incluso le ligaban los ejemplos de los santos porque no los consideraba como una ayuda para ir a Jesús encontrando su propio camino, sino que los miraba como un modelo que quería reproducir de un modo demasiado material y estereotipado.

 

En dos momentos, el mismo peregrino explica en qué consistía propiamente esta exterioridad de su vida: el primero cuando dice que sentía deseos de imitar a los santos, no mirando más circunstancias que prometerse así con la gracia de Dios hacerlo como ellos lo habían hecho; y el segundo, cuando toda su intención era hacer de estas obras grandes exteriores, porque así les habían hecho los santos para gloria de Dios, sin mirar otra ninguna más particular circunstancia.

 

Ignacio vivía, pues, centrado en las cosas exteriores en la medida en que estaba seducido por la realización de determinadas obras buenas y generosas en lugar de guiarse por lo que las situaciones concretas, las circunstancias tanto personales como sociales o históricas, podían exigirle. Se encontraba, pues, fijado en los actos, en las cosas, y esclavizado por los modelos. Por esto dice él mismo que no miraba a cosa ninguna interior y que no tenía ningún conocimiento de cosas interiores espirituales.

 

Es obvio que esto que se ha señalado hasta ahora revela ya unas manifestaciones sinceras de fidelidad a Cristo. Es más, no sólo hay signos de gran generosidad, sino de afinada sensibilidad cristiana que va perfeccionándose poco a poco. Sin embargo, todo el comportamiento demasiado exterior del peregrino refleja una situación todavía incipiente y de una cierta superficialidad. Una etapa poco madura, pero quizá también inevitable. Porque este Ignacio tan dependiente de las cosas exteriores y de la imitación casi literal de los gestos de Jesús y de los santos, tan dependiente de los detalles más fútiles y tan dado a los extremismos, recuerda las primeras e inevitables manifestaciones de un enamorado. Etapa que hay que superar, sí, pero etapa que hay que haber vivido.

 

Dios conduce a Ignacio hacia adelante. Las cosas exteriores, aunque sigan teniendo importancia en la vida de Ignacio, se sitúan en el conjunto de las circunstancias. Las penitencias en el dormir y en el comer serán moderadas por las exigencias de la salud y del estudio, el castigo del cuerpo cederá en beneficio de las conveniencias que supone el trato con los otros, también la necesidad de conservar la salud le hace aceptar el consejo de un viaje para tomar los aires de la tierra, el deseo a ultranza de humillaciones se moderará para conservar la buena reputación de los compañeros y la que requiere el apostolado. Ahora el seguimiento de Cristo y la imitación de los santos adquirirán una creatividad dinámica.

La referencia a los ejemplos de los santos será una inspiración y no un aprender la lección de memoria. La fidelidad a Jesús consistirá en vivir la realidad del mundo de su siglo con los mismos sentimientos que tuvo Cristo. Y aquel peregrino que anhelaba volver a Tierra Santa acaba viviendo en el amplio mundo del siglo XVI con un original grupo de apóstoles, el Papa y sus compañeros.

 

En conjunto, pues, va desarrollándose un proceso de personalización y de libertad en la manera de vivir el cristianismo. Ignacio ya no vive aquella ansia de buscar personas espirituales, porque ha llegado a un punto tal de maduración en la fe que su fuerza radica en el magisterio interior de Dios y la experiencia personal: Si no hubiera Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto. Y aquel peregrino que no tenía ningún conocimiento de cosas interiores espirituales se encuentra ahora con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas.

 

De ahora en adelante lo que guiará al peregrino no serán tanto las cosas dificultosas y graves cuanto el qué haría teniendo en cuenta la circunstancias. Revestido de una gran profundidad de penetración en las cosas interiores, se convierte en el hombre de la independencia y de la libertad. Todo este tránsito de lo exterior a lo interior hace de Ignacio una maestro eximio del hombre interior. No es que la realidad exterior del hombre no tenga gran importancia en la vida cristiana. Negar esta importancia sería negar el mensaje de la encarnación del Verbo. Pero el hombre interior pone el peso de la vida cristiana en la persona y en la libertad: en una palabra, en el corazón, en su sentido más rico y profundo. Los Ejercicios Espirituales son la pedagogía ignaciana de la personalización de la fe y de la libertad cristiana.

 

Su objetivo es posibilitar una experiencia de Dios completamente personal y por ello el guía de la experiencia tiene que estar continuamente atento para no interferir o dificultar este proceso personal. Ahora bien, por una parte el ejercitante deberá tener muy en cuenta en todo el conjunto de los Ejercicios, oración, penitencia y otras actividades, tanto la realidad del propio cuerpo, de su psiquismo y entorno ambiental, como la situación del mundo y la sociedad donde se desarrolla su vida; por otra parte, el núcleo de la experiencia y la fuerza que libera nacerá del interior: conocimiento interno del Señor. Conocimiento en el sentido bíblico, es decir, vital, de todo el hombre, pero enraizado en el corazón. La atención del ejercitante ha de dirigirse continuamente a las emociones que en el alma se presentan para conocerlas mejor y saber reaccionar de forma evangélica. Porque no sólo es importante la realidad exterior a uno mismo, sino lo que Dios nos habla personalmente mediante esta realidad.

 

Una palabra de gran densidad evangélica que los Ejercicios usan con predilección resume plenamente la tarea del cristiano: caminar. Es el término que indica la fidelidad a Cristo en la historia concreta. Una fidelidad en la libertad y no determinada por la ley o por lo que hacen los demás. Una fidelidad creadora, y no limitada a la simple reproducción de otros hechos y modelos.

 

Una fidelidad en la historia, tratando de hacer la historia de hoy como Jesús hizo la de su tiempo.

 

Formando parte de la ruta que acabamos de exponer, de lo exterior a lo interior, e incluso como alma de aquel proceso de interiorización, aparece otro itinerario: el que va de un amor inflamado, pero ciego, a un amor ya maduro de claridad y discernimiento. Porque el amor no es sólo una cuestión de buena voluntad y generosidad. Puedes entregar el cuerpo a las llamas, puedes repartir todos los bienes a los pobres... y no tener amor. El amor, por lo menos cuando es maduro, no es ciego sino lúcido. La lucidez brota también del amor verdadero. Este es otro aspecto de la peregrinación que recorre Ignacio: de la ceguera a la luz, del amor ciego al amor con discernimiento. Se trata de uno de los pocos fragmentos en los que Ignacio se extiende en una interpretación de los hechos y de su situación interior. Ignacio hace ver, primeramente, el estado de falta de luz de su alma, cuando afirma que su alma estaba ciega, además de que  no sabía qué cosa era humildad, ni caridad, ni paciencia, ni conocía la discreción para reglar ni medir estas virtudes.

 

Esta falta de luz y de conocimiento es una constatación importante, pues la repetirá más adelante cuando reconoce no tener ningún conocimiento de cosas interiores espirituales; Aunque no tenía conocimiento de cosas interiores espirituales, todavía en su hablar mostraba mucho hervor y mucha voluntad de ir adelante en el servicio de Dios.

 

Todo este estado de oscuridad y de escaso conocimiento de las cosas espirituales se manifestó en un curioso episodio que Ignacio presenta como muestra de la manera cómo nuestro Señor se había con esta ánima que aún estaba ciega. Se trata del incidente del moro en el camino a Montserrat. El peregrino no sabe si ha de retroceder para defender el honor de la Madre de Dios y apuñalar al moro por lo que había dicho. Finalmente, se decide por una solución que no puede ser más ejemplar del poco conocimiento de cosas interiores y a la vez de una admirable confianza en Dios, lo deja todo a las decisión de la mula...

 

Pero también con la falta de luz y de conocimiento se da un gran amor y una gran generosidad. Ignacio reconoce que tenía grandes deseos de servirle (al Señor) en todo lo que conociese; y así determinaba de hacer grandes penitencias, no teniendo ya tanta preocupación por satisfacer sus pecados, sino agradar a Dios. Tenía tanto aborrecimiento a los pecados pasados y el deseo tan vivo de hacer cosas grandes por amor de Dios. Cuando se acordaba de hacer alguna penitencia que hicieron los santos, proponía de hacer la misma y aún más. Toda su intención era hacer de estas obras grandes exteriores, porque así las habían hecho los santos para gloria de Dios.

 

La unión de estos dos datos, falta de luz, por una parte, y amor sincero y generoso, por otra,  demuestra que la ceguera de la que habla Ignacio no es ya la del pecado ni la de la cerrazón voluntaria a la luz de Dios.

 

Pero, a partir de la conjunción de estos dos datos, se comprende que la falta de claridad es una imperfección del amor y, por lo tanto, el amor generoso del peregrino deberá dar un paso adelante. Un paso que es un largo camino de su peregrinación.

 

Ya en Loyola el peregrino empieza a avanzar hacia la luz. El mismo lo explica, y con esta declaración hay que atemperar las interpretaciones demasiado categóricas de la ceguera o de la ignorancia de la que hablará más tarde. En Loyola, pues, una vez se le abrieron un poco los ojos. Era en el tiempo de aquellos pensamientos contradictorios entre las grandezas caballerescas y las grandezas de los santos. Se da cuenta de que el pensamiento de las grandezas de los santos le dejaban, a la larga, un consuelo profundo en el alma mientras que el pensamiento de aquellas otras grandezas empezaban animándole, pero al final le dejaban vacío. Esto quería decir, empieza a pensar él, que unos pensamientos eran cosa de Dios, y otros no. Y dice que recibió mucha luz de esta lección. Se trata de unos primeros pasos en el aprendizaje del discernimiento, pero la importancia de estos pasos iniciales, como piensa Ignacio en su vejez, es grande.

 

Progresos importantes, pero progresos de principiante. Porque todavía ha de tener lugar la anécdota del moro, tan reveladora de la situación incipiente de Ignacio. Sin embargo, poco a poco, van repitiéndose lecciones como las de Loyola. Como se deriva de tres hechos en la época de Manresa.

 

En primer lugar, la cruel tortura a la que le someten los escrúpulos acaba llevando a Ignacio a sentir disgusto de la vida cristiana que apenas había iniciado. Más al fin de estos pensamientos le vinieron unos disgustos de la vida que hacía, con algunos ímpetus de dejarla. Este pensamiento sobresaltó al peregrino, que empezó a ver las cosas en su sentido real. Esto quiso el Señor que despertó como de un sueño. Y como ya tenía alguna experiencia de la diversidad de espíritus con las lecciones que Dios le había dado, empezó, a mirar por los medios con que aquel espíritu era venido, y así se determinó con grande claridad de no confesar más ninguna cosa de las pasadas.

 

El peregrino deja bien claro algunas cosas: primero, que ya tenía una cierta experiencia de discernimiento; segundo, que esta experiencia le venía de antes y, por lo que se sabe, es posible deducir que venía de Loyola; y, finalmente, que la claridad obtenida al final de la crisis de escrúpulos fue notable.

 

Otro hecho interesante surge cuando se analiza el choque de las luces y consuelos espirituales con el descanso necesario, cuando se iba a acostar, muchas veces le venían grandes noticias, grandes consolaciones espirituales, de modo que le hacían perder mucho del tiempo que él tenía destinado para dormir, que reconoce no era mucho.

 

También en este conflicto interior se observa a Ignacio practicando un discernimiento cuidadoso, mirando él algunas veces por esto, vino a pensar consigo que tenía tanto tiempo determinado para tratar con Dios, y después todo el resto del día; y por aquí empezó a dudar si venían de buen espíritu aquellas emociones.

 

El resultado del discernimiento es totalmente diáfano. Vino a concluir consigo mismo que era mejor dejarlas para después y dormir el tiempo destinado. Como en el caso anterior, el fin es la luz sobre el asunto que le preocupaba.

 

Finalmente, también deja la abstinencia de carne que practicó durante mucho tiempo con un propósito firme. También ello fue efecto de una claridad muy personal.

 

Cierto día a la mañana, cuando fue levantado, se le representó delante carne para comer, como si la viera realmente, sin haber precedido ningún deseo o pensamiento sobre la misma; y le vino también juntamente un grande asenso de la voluntad para que de allí adelante la comiese; y aunque se acordaba de su propósito de antes, no podía dudar en ello, sino determinarse que debía comer carne.

 

La capacidad de discernir que ya posee se nota en que, frente a la objeción que le hace el confesor, que mirase por ventura si era aquello tentación, el peregrino examina bien las cosas y se mantiene firme en lo que sentía antes: examinándolo bien, nunca pudo dudar de ello. Como en el primer caso, se observa aquí una claridad extraordinaria. Pero, en cambio, ahora se produce la luz de manera más intuitiva que en los casos anteriores. Estos hechos de la vida espiritual de Ignacio en Manresa, a pesar de la luz recibida ya en Loyola, dice que esta lección le había dado mucha luz, manifiestan un notable progreso en la práctica y en la solidez del discernimiento. ¿Es posible imaginarse todavía un comportamiento tan rudimentario, como el que tuvo el peregrino en aquel encuentro con el moro, que le ocurrió después de haber recibido la lección de Loyola? El progreso es, pues, ciertamente innegable.

 

Sin embargo, Ignacio no ha alcanzado todavía la cumbre de la capacidad del discernimiento. En Manresa recibiría la última lección definitiva. Porque Dios le trataba de la misma manera que un maestro de escuela a un niño, enseñándole. Y el peregrino resume en cinco puntos y con la precisión y orden de un programa escolar las lecciones que le enseñó este maestro. A la orilla del río Cardoner, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento... entendiendo y conociendo muchas cosas ... con una ilustración tan grande que le parecían todas las cosas nuevas... recibió una grande claridad en el entendimiento ... y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuera otro hombre y tuviera otro intelecto, que ya tenía. La experiencia no comportaba nuevos objetos de conocimiento, sino una nueva visión penetrante.

 

Y el peregrino llega a afirmar que la claridad del entendimiento fue tan grande que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, asociando todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto como de aquella vez sola. ¡No puede decirse más! Difícilmente podría presentarse de manera más ponderativa la iluminación que vivió Ignacio en este momento. Lo cual es tanto más significativo si se tiene en cuenta la conocida moderación del santo en el uso de expresiones superlativas. Los ojos de Ignacio, fijos en las estrellas durante largas horas en las noches de Loyola, porque esto le llenaba de gran consolación y de deseos de servir al Señor; ojos que, sin embargo, todavía eran ciegos para captar la última profundidad y sentido de las cosas y, por esto, siempre anhelaba más claridad, ahora se abren transformados en la mirada amplia y profunda de Dios. No resulta nada sorprendente que Ignacio, desde la perspectiva de su ancianidad, considere este hito de su peregrinación como el punto decisivo y más elevado de la instrucción divina.

 

Naturalmente, el peregrino continuará caminando, pero ahora, según su comparación, ha recibido ya la última lección escolar. Ya es un cristiano plenamente maduro y adulto. De ahora en adelante, el peregrino con ojos nuevos irá penetrando con más claridad en los diversos momentos de su agitada vida e irá decidiendo también con firmeza. Y, a medida que el grupo de compañeros va haciéndose más sólido, la claridad de discernimiento de Ignacio se une a la de la pequeña comunidad que, en discernimiento comunitario, va tomando sucesivas decisiones. En esta larga ruta hay, sin embargo, un acontecimiento que, en maravilloso paralelo con la iluminación a la orilla del Río Cardoner, hace todavía más lúcida la claridad del alma del peregrino: Estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia y haciendo oración, sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios lo ponía con Cristo, su Hijo, que no se atrevería a dudar de esto. Nueva y extraordinaria comunicación de Dios. Ignacio es confirmado en el camino de Jesús, como compañero suyo con Cristo, con el Hijo. Momento de la más elevada unión.

 

De esta comunicación de Dios, se produce un nuevo cambio interior y una iluminación todavía más fuerte, ve tan claramente que no se atrevería a dudar.

 

Se hayan pues, relacionadas la unión con Cristo, el amor, y la claridad interior, el discernimiento. Porque la claridad que ayuda a discernir no es la que proviene de ideas o criterios y normas generales y frías, sino la que nace de la relación con Cristo. El contacto y la unión con El, casi instintivamente, efectúa la valoración cristiana de las situaciones que vive el creyente. Espontáneamente, la notable gracia de la Storta volverá de nuevo al corazón de Ignacio en las horas de más profunda experiencia de Dios. En uno de estos momentos le venía a la memoria cuando el Padre lo puso con el Hijo.

 

Pero Dios va conduciendo al peregrino aún más arriba. Al término de la peregrinación, buscando siempre a Dios con un amor lleno de luz, Ignacio es introducido cada día más en la misma fuente de la luz. Siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de hallar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería hallar a Dios, lo hallaba.

 

Palabras como éstas pronunciadas por un hombre siempre tan mesurado en sus ponderaciones y tan cauteloso para evitar toda sombra de vanagloria son profundamente cautivadoras. Dios es Luz, en Él no hay oscuridad alguna. Por lo tanto, a medida que Ignacio va creciendo en devoción, en facilidad para encontrar a Dios, en amor divino, disfruta de una luz más resplandeciente y de una confirmación más segura. Con un criterio más fiable puede discernir las situaciones siempre nuevas que se le presentan como cabeza de la naciente Compañía.

 

Hasta estos momentos, en la visión de La Storta y en la habitual facilidad de encontrar a Dios, aparece a la vez el alto grado de amor al que Dios ha elevado a Ignacio y la lúcida penetración de su espíritu. Pero, y esto es de la mayor importancia, amor y lucidez aparecen compenetrados. El amor de Dios hace cada día más lúcido al peregrino y la lucidez se convierte en la maduración de su amor.

 

Las tres cumbres hacia las cuales Dios ha conducido al peregrino son como sigue: la ilustración del Cardoner, la visión en la capilla de La Storta y la devoción siempre creciente de los últimos años de Roma. Los tres momentos envían un rayo de luz al corazón de Ignacio y dejan en él su propia huella. Cardoner es la gran claridad del entendimiento,  hasta el punto de parecerle como si tuviese otro intelecto que tenía antes. Por consiguiente, es la lección o ayuda definitiva para el discernimiento. El peregrino se hace competente para discernir. En La Storta Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo. El proyecto largamente madurado y ligado con un voto comunitario de ayudar a las almas no había llegado aún a su definitiva concreción. ¿Podría el grupo ir a Jerusalén? Y, si iba ¿se quedaría allí definitivamente para hacer apostolado? Ahora, camino de Roma, Ignacio es iluminado, el grupo es confirmado como compañía de Jesús, Roma será su Jerusalén, el Papa hará que la figura de Jesús sea visible como cabeza única de la Compañía. La Storta representa, pues la concreción histórica del discernimiento. Finalmente, en los últimos años de Roma, siempre iba creciendo en devoción, como dice el peregrino que siempre que quería hallar a Dios, lo hallaba; hechos que constituyen el estado habitual de claridad interior en la comunión mística con Dios, alcanzada hasta ese momento por Ignacio.

 

Esta evolución que hemos contemplado, desde el amor todavía ciego a la plena claridad del amor, nos lleva a uno de los principios más vitales del cristianismo: el amor maduro implica la capacidad de discernimiento. Quien llega a esta altura se encuentra en la edad madura porque los adultos son los que tienen las facultades ejercitadas en el discernimiento del bien y del mal. Ignacio transmitió la lección aprendida de su buen maestro de escuela. Los Ejercicios Espirituales, que son una especie de arte de amar al estilo de Cristo o en todo amar y servir a su divina majestad, es la cumbre de los Ejercicios, constituyen a la vez una pedagogía del discernimiento y de la elección.

 

Efectivamente, la elección se encuentra en el centro de la larga experiencia y el discernimiento es el instrumento para realizarla.

 

Amar y discernir vienen a ser la fuerza interna de los Ejercicios: gracia que hay que pedir continuamente y actividad que hay que ejercer con perfección creciente. Esta pedagogía incluye un mensaje siempre nuevo porque se olvida a menudo: el amor vivido en la historia, concreta y cambiante, pide siempre la luz del discernimiento.

 

El amor nunca es ciego. Entiéndase, un amor humano y cristiano. ¿Qué quiere decir amar hoy y aquí? ¿Cómo se deben traducir en un compromiso concreto y actual las exigencias evangélicas del amor? El amor no puede avanzar solamente con el impulso de la generosidad y necesita la compañía del discernimiento. Es más, cuando el amor es adulto, él mismo es luz y discernimiento. Cristianos y comunidades, por lo tanto, han de estar siempre atentos al compromiso y, al mismo tiempo, a lo que el Espíritu dice a las iglesias. En una densa expresión de dos palabras, formuló Ignacio lapidariamente esta doctrina: discreta caridad. Con el Espíritu Santo el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Pero este mismo Espíritu es Espíritu de la verdad que guía hacia la verdad plena y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios.

 

El inicio de la conversión de Ignacio es una experiencia de soledad y de aislamiento. El peregrino se encuentra sólo ante Dios. Sus planes son hacer penitencia de la vida pasada, peregrinar solo a Jerusalén, rezar y tomar notas íntimas. Cuando piensa en el futuro, le domina la imagen de la Cartuja, solo, desconocido y comiendo solamente hierbas, ¿Se trata quizá del síntoma de un cierto narcisismo espiritual, propio de un intenso despertar evangélico, todavía tierno? Su mirada se vuelve más bien hacia su perfección espiritual en vez de dirigirse al servicio de los otros. Todo se le va en ponerse delante cosas difíciles, querer competir con los gestos de los santos y sus extremadas penitencias. Una búsqueda exagerada de la perfección personal lleva fácilmente a la búsqueda de sí mismo...

 

Pero Ignacio no llega tan lejos, porque en su aislamiento busca también la necesaria libertad de espíritu para poder fiarse plenamente de Dios. Diego Laínez informa de una confidencia que había recibido directamente de Ignacio: «Dios le enseñó primero la salvación propia, luego la de los prójimos. Se alejó del mundo, afligió su carne con ayunos, abstinencias y disciplinas, macerándose y huyendo las ocasiones del mal, hasta que sintió el deseo de hacerse cartujo. Pero viendo luego que había sido llamado a ayudar a los demás...

 

Deberá, pues, recorrer todavía un largo camino y el peregrino lo recorrerá con toda ligereza. El yo de Ignacio, protagonista de los primeros tiempos de la conversión, va convirtiéndose en un nosotros. Ya en Loyola, cuando en el espíritu del convaleciente sólo cabe soñar, pensar y rezar, aparece el primer brote de la vivencia comunitaria de la fe: las conversaciones sobre cosas de Dios, en las cuales se transforman las inevitables relaciones cotidianas. Posteriormente, en su vida se dará un continuo esfuerzo para encontrar a personas que le puedan ayudar, con las que pueda compartir su experiencia espiritual, o a las que pueda hacer el bien.

Y, finalmente, un esfuerzo para encontrar colaboradores del apostolado. La imagen del Señor que se le impondrá como definitiva es la de Jesús formando grupo con sus discípulos. Y aquel peregrino que rehusaba tener un compañero en la ida a Jerusalén acaba fundando una compañía de Jesús. 

 

Este paso del alejamiento al retorno sucede dentro de tres momentos distintos, manifestaciones características de la espiritualidad de Ignacio:

 

a) comunicación

b) ayuda a las almas, o el apostolado

c) conversión al mundo

 

Comunicación

 

La comunicación no fue ciertamente, la nota dominante de los comienzos. En Loyola, durante medio año, predominó más bien el silencio y el aislamiento. El primer tiempo de Manresa es el desierto: largas horas de soledad, oración y penitencia. Con todo, la necesaria soledad de cara a cara con Dios, del encuentro consigo mismo y de la firme decisión personal van cediendo el paso a una comunicación que progresa de día en día.

 

Después de aquellas conversaciones primeras de Loyola, del camino a Aránzazu y a Montserrat, se inicia en Manresa una nueva comunicación de fe. Una evolución que se realiza en dos etapas. La primera se cierra con la estancia en Barcelona, antes de embarcarse hacia Tierra Santa. La segunda abarca todo el resto de la vida del peregrino.

 

Refiriéndose a Ignacio en la época de Manresa, y como quien revela una novedad importante de la vida, dice: en este tiempo conversaba todavía algunas veces con persona espirituales, las cuales le tenían crédito y deseaban conversarle; porque, aunque no tenía conocimiento de cosas espirituales, todavía en su hablar mostraba mucho hervor y mucha voluntad de ir delante en el servicio de Dios.

 

Existe aquí una conversación en la que no sólo buscan provecho los demás, sino también el mismo peregrino, como él mismo confiesa. Hay que decir, sin embargo, que de la misma comunicación de los dones que Dios le había otorgado le venía más fervor espiritual. Es muy elocuente lo que cuenta Polanco: estos deseos de comunicar al prójimo lo que Dios a él le daba, siempre los tuvo, hallando por experiencia que no sólo no se disminuía en él lo que comunicaba a otros, pero aún mucho crecía.

 

Se trataba, pues, de una comunicación de ambas partes; de un dar y de un recibir. El peregrino aportaba el ardor de su palabra y el testimonio de su vida generosa, y, en cambio, recibía la confirmación que procedía del contraste con los demás, y sobre todo, de la expansión de su corazón cada día más lleno del amor de Dios.

 

Todo el tiempo de Manresa y de la primera estancia en Barcelona representa el inicio de la apertura a los demás a través de la conversación. Sin embargo, ya desde Montserrat, va frecuentando el recurso a los demás, confesor, amigos, personajes de consejo, con una gran trasparencia de alma para buscar la luz y apoyo en sus debilidades, dudas y crisis. Aunque después de las tres semanas pasadas en Barcelona y antes de salir hacia Tierra Santa, se produce un giro. Su costumbre de buscar todas las personas espirituales... para tratar con ellas y esto con gran avidez desaparece. Es que no pudo hallar personas que tanto le ayudasen como él deseaba. Esto fue debido también a otra causa: el deseo creciente de ayudar a las almas. Una vez que los peregrinos se hicieron a la mar en el puerto de Barcelona, la voluntad decidida de ayudar al prójimo domina ya plenamente en las conversaciones de Ignacio. Conversaciones provocadas a veces por los que le buscan, a veces por iniciativa del peregrino. Todas ellas llenan el relato ignaciano hasta las últimas confidencias al P. Gongalves da Cámara. La Autobiografía es una conversación continua. Puede decirse que el camino recorrido por Ignacio es de la conversión a la conversación.

 

Esta conversación, mantenida de forma ininterrumpida, no cae nunca en la rutina o en el tópico. Las realidades que entran en juego en ella son demasiado importantes: el espíritu del peregrino, la personalidad del interlocutor, el mensaje que trasmite. Ignacio, como nos cuenta él mismo, va creándose un arte propio de la conversación espiritual: escucha, acoge el tema y lo prepara; trata al interlocutor sin convencionalismos, pero con respeto; tiene algunos puntos de fondo, constantes de todas las conversaciones. Arte también de conversación espiritual, pero más elaborado aún, son los Ejercicios. Pronto, ciertamente desde los tiempos de Alcalá, el peregrino va dándolos con frecuencia.

 

Hay que destacar dos características en la conversación ignaciana. En primer lugar, a medida que se va rodeando de compañeros y el grupo va haciéndose más estable, aflora, al lado de la conversación individual, la conversación comunitaria. En segundo lugar, la comunicación tiene un peso tan fuerte en la experiencia cristiana del peregrino, que vence incluso las inevitables separaciones físicas con la comunicación epistolar. Así, en Tierra Santa, vemos cómo el peregrino empezó a escribir cartas para Barcelona para personas espirituales.

 

El Apostolado

 

Fácilmente se aprecia ya el deseo de hacer el bien al prójimo unido íntimamente con la conversación. Durante buena parte de la vida de Ignacio, el deseo de ayudar a los demás dirige su tan frecuente comunicación. Pero esta ayuda al prójimo no se limita sólo al ámbito de la conversación; lo determina todo. Ahondando un poco  más en este rasgo fundamental de la espiritualidad de Ignacio se revelará con mayor amplitud el proceso de apertura que se está examinando. “Ayudar a las almas” y expresiones similares caracterizan el relato ignaciano desde la conversión hasta el final. Pero lo más notable es que ese celo apostólico va profundamente, y no sólo cronológicamente, unido con las gracias interiores más elevadas. El impulso que siente Ignacio hacia la ayuda a los demás es parte sustantiva de su más íntima experiencia espiritual.

 

Aunque ya en Loyola empieza a darse cuenta con gusto de que es capaz de hacer el bien a los demás, desde Manresa el testimonio ignaciano va a acompañado por el motivo constante de ayudar a las almas. Esta es la ayuda que intenta en las primeras conversaciones en Manresa. En Jerusalén no le guía solamente la devoción, sino el deseo de hacer el bien a los demás. Para poder ayudar a las almas decide estudiar. Este permanente deseo de apostolado dirigirá para siempre sus pasos: la corrección de su meditada dejadez en el cuidado personal, la moderación de las devociones y pensamientos espirituales, enseñar la doctrina y predicar, dar ejercicios, sus viajes y cambios de ciudad, formar un grupo de compañeros, sus variadas iniciativas. Su incansable pasión de ayudar a las almas fue el origen de los maltratos, procesos, prisiones y sentencias absolutorias.

 

Conversión del Mundo

 

A través de la comunicación y de la ayuda al prójimo, Ignacio va saliendo de su yo hacia los demás. ¿Sólo hacia los hombres? Se ha hablado de una conversión de Ignacio al mundo. Efectivamente, la evolución que va teniendo Ignacio hacia afuera revela una dimensión cósmica e histórica de su espiritualidad. Porque la experiencia de Dios, que le lleva a ayudar al prójimo, incluye también un retorno a las realidades creadas. Puede, pues, considerarse la transformación interior de un Ignacio alejado del mundo a un Ignacio abierto al mundo como un proceso religioso.

 

En un primer período, desde el cambio realizado en Loyola hasta la experiencia del Cardoner, va produciéndose en Ignacio un alejamiento de las cosas de la tierra: evita que le encuentren quienes podrían honrarlo, se deja crecer con descuido cabellos y uñas, se carga de todo tipo de penitencias corporales... Sólo piensa en torturarse, esconderse, ser despreciado y ejercitar el odio que contra sí tenía concebido. La conversión introduce en la estructura (interior de Ignacio) un nuevo dinamismo, una nueva orientación, pero al principio parece sofocar su intrínseca sensibilidad por los valores naturales. A pesar de poner, de entrada, toda su riqueza personal al servicio de Dios, vive este servicio en continua negación de las cosas materiales y naturales.

 

Pero, cerca del Cardoner, le parecían todas las cosas nuevas y no solamente es introducido en las profundidades de Dios, sino también en las profundidades del mundo. Las cosas de la tierra ya no le parecen fatalmente repudiables: todo puede servir para ayudar a las almas, todo puede integrarse en la construcción del Reino de Dios, si se sabe descubrir su sentido. Con penetración sintética y brillante.

 

Por eso, Ignacio, ya en Manresa, después que empezó a ser consolado de Dios y vio el fruto que hacía en las almas tratándolas, dejó aquellos extremos que de antes tenía; ya se cortaba las uñas y cabellos. Es de notar cómo estas palabras relacionan el cuidado del aspecto corporal con la experiencia de Dios y el apostolado. Precisamente de la más íntima unión con Dios y de la clara vocación apostólica procede la ignaciana conversión al mundo.

 

Muchos de los hechos y comportamientos comentados repetidamente revelan esta evolución: un cuidado, todavía elemental, del aspecto exterior corporal; mayor preocupación por la salud; procurar adquirir los estudios necesarios para poder ayudar mejor a los demás; pedir sentencia en todos los procesos para eliminar los obstáculos que le pueden impedir la necesaria confianza de los demás. Incluso, para garantizar las condiciones materiales que pide el estudio, abandona el hospital. Paulatinamente Ignacio es guiado, purificado, interiorizado por Dios, más profundamente iluminado y conducido por la gracia, integra y armoniza todo el ámbito de la realidad, Dios y la realidad creada y natural, en una potente visión dinámica.

 

Conducido por Dios, Ignacio ha dado un gran paso, ha roto la incomunicación  inicial de su mundo habitual, ha conseguido de manera extraordinaria la síntesis viva y fundamental de una vida auténticamente cristiana. Dios y los hermanos, Dios y el mundo, Dios y la historia. En la Autobiografía se ven tres manifestaciones patentes de ello: la comunicación, la ayuda a las almas, la conversión al mundo. De este aprendizaje en la escuela de Dios salió un maestro consumado.

 

La comunicación constituirá una nota constante en el magisterio ignaciano. Los Ejercicios son, en su relación guía y ejercitante, conversión más que predicación. Por esto, antes de entrar en la actividad de este largo retiro, el santo hace una advertencia muy acertada sobre la necesaria confianza recíproca que debe haber entre el ejercitante y el que le orienta.

 

También la conversación es uno de los medios de apostolado privilegiados que Ignacio recomienda con más insistencia en sus cartas y en las Constituciones hasta considerar como una gracia muy apreciada la gracia de hablar y la gracia de conversar. Puesto que la comunicación e