Universidad Abierta
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FILOSOFÍA NÁHUATL
JOSÉ MANUEL ALCÁNTAR SEPÚLVEDA
CONTENIDO:
INTRODUCCIÓN
OBJETIVOS
PROBLEMATIZACIÓN
MARCO
CONCEPTUAL
MARCO TEÓRICO
RESUMEN
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
CUESTIONARIO
En nuestro continente
americano, antes de la llegada de los conquistadores españoles, se desarrollaba
una cultura que por su originalidad destaca en el curso de la historia de la
humanidad.
Mucho
se ha especulado acerca del origen del hombre en América, pero lo que es
indudable es la presencia de manifestaciones culturales autóctonas que hacen de
esta región, hasta entonces desconocida de nuestro planeta, un escenario
fascinante de la búsqueda del hombre por encontrar el absoluto. Esta búsqueda
de lo absoluto lo hace levantar los ojos al cielo y buscar en las estrellas la
explicación del misterio del hombre y del mundo que los rodea. Escudriñando el
cielo, los Tlamatinime o sacerdotes sabios, se sentían parte viva del cosmos y
los incorporaron a su existencia cotidiana, sintiéndose parte integrante de la
armonía del universo la divinidad, los dioses eran los creadores del hombre y
del mundo que intervenían directamente en todos y cada uno de los momentos y
acciones del día.
Pensaban
que existía una relación estrecha de dependencia entre la divinidad y el
hombre, a tal grado que las acciones de unos repercutían infaliblemente en las
del otro y viceversa. Por ejemplo, si Tláloc, el dios de la lluvia, era
propicio, las cosechas serían abundantes. Si no se ofrecían sacrificios y
ofrendas a los dioses, éstos podrían castigar a los hombres.
Por
primitivas y pueriles que nos parezcan estas creencias, y a pesar del horror
que nos producen los sacrificios humanos, he querido presentar este trabajo
haciendo referencia a una filosofía que trasciende el salvajismo de los
náhuatl, anterior al imperialismo militar de la gran Tenochtitlán. Nos
referimos a la cosmovisión tolteca, según el pensamiento de Quetzalcóatl hacia
el siglo IX de nuestra era; hablar de Quetzalcóatl es hablar de un personaje y
de un mito, de un personaje real, rey de Tula o Tollan, la mítica ciudad que
dio origen a otras culturas de nuestra patria, como la de Teotihuacan. Y de un
mito, de un símbolo que enmarca los conceptos antropológicos y metafísicos de
los toltecas, conceptos que a la filosofía tradicional le llevó siglos acuñar,
los encontramos también en la filosofía tolteca. Por ejemplo, a la idea de
trascendencia, del absoluto, le hallamos su equivalente en la filosofía tolteca
en las ideas de Topan y Mictlán con la que los prehispánicos señalaban al más
allá metafísico.
Antes de exponer mi trabajo,
creo oportuno advertir la necesidad de despojarnos de nuestros esquemas
mentales que nos impiden la cabal comprensión de la filosofía prehispánica. No
se trata de una filosofía en el sentido formal y de perspectiva occidental,
sino de una cosmovisión, de una explicación integral de dios, el hombre y el
mundo. No es un sistema filosófico según los cánones europeos tradicionales, es
una filosofía original y propia de unos seres humanos que lograron una
explicación coherente, de acuerdo con su propia cultura y a sus peculiares
circunstancias, únicas en el mundo.
Centré
mi atención en la cultura náhuatl porque su idioma, y el tiempo en el que el
mundo indígena de América entró en contacto con el pensamiento europeo, se
considera como la lengua y la cultura que predominaba en el área de los pueblos
que habitaban el Altiplano del Anáhuac; a pesar de que había culturas con mayor
desarrollo como la Maya, Olmeca, Purépecha, sin embargo, fue la cultura náhuatl
la que más vivamente pudo expresar y presentar su contenido a la mentalidad de
los europeos.
Sus
testimonios escritos que contenían los tesoros de su cultura, fueron expresados
en forma ideográfica, de tal manera que sus documentos muestran los
acontecimientos por medio de dibujos, como sucede con el sistema jeroglífico de
los egipcios.
El
tesoro cultural náhuatl, que nos refleja su gran contenido de pensamiento y su
cosmovisión, la encontramos en sus principales manifestaciones: Los códices
indígenas que describen adecuadamente la sabiduría indígena en su expresión
original; los códices mixtos elaborados en su mayoría por misioneros; los
relatos, hechos narrados por testigos oculares de esta civilización; los poemas
que con su lenguaje metafórico plasmaban la idea del hombre, del mundo y de
dios; y las obras de arte que son imprescindibles para entender este
pensamiento y que debemos conocer, reflexionar sobre las formas estéticas a las
que llegaron principalmente a través de la pintura, escultura y arquitectura.
A
lo largo de la historia, mucho se ha valorado los a grandes filósofos griegos
que intentaron una concepción racional del universo mediante abstracciones
inteligibles, o a los grandes pensadores cristianos como San Agustín y Santo
Tomás de Aquino que lograron una fusión del pensamiento griego y cristiano.
No
puedo menospreciar toda la riqueza y profundidad de pensamientos, la
contemplación reflexiva, el anhelo constante por conocer la verdad del hombre,
el servir de fundamento al caminar de la misma ciencia, la firmeza de encontrar
la causa primera y última de las cosas, las mismas especulaciones que han dado
pauta a la búsqueda de nuevas fundamentaciones; a lo largo de la historia del
hombre se ha manifestado la potencialidad de la inteligencia, se ha aprendido a
disciplinar el pensamiento por medio de la lógica para escudriñar el mundo que
nos rodea tanto inmanente como trascendente. Muchos hombres han tenido la plena
libertad de investigar, discutir, fundamentar, sin temor a la Iglesia o al
Estado, buscando la verdad donde ésta se encuentre.
Así,
con esta libertad de manifestar sus ideas en una constante marcha hacia la
verdad, el mundo prehispánico, a pesar de su inhumana explotación, menosprecio
y prejuicios ha logrado una actitud filosófica de los problemas centrales en el
hombre, la vida, la muerte, dios, etc. Estoy consiente que no encontraremos una
disciplina filosófica, sistemática, analítica y rigurosa en todo el sentido de
la palabra pero sí levanta los ojos al cielo y busca en el firmamento y dentro
de su interior las respuestas a sus múltiples interrogantes. No es con
dialéctica o argumentaciones, pero sí una lucha constante por resolver los
misterios que encuentra desde que empieza a existir hasta el trágico instante,
en que, al transplantar el umbral de su propia vida, se enfrenta a lo
desconocido.
No
deberíamos negar que si podemos tener a la mano lo que un pueblo ha pensado en
el terreno de la filosofía, podemos también tener una base para explicarnos él
por qué de muchos acontecimientos de la vida nacional en los aspectos
sociológicos, artísticos y en fin, en todas aquellas manifestaciones que de una
manera más o menos directa, afectan la vida de los que hemos nacido en estas
tierras, y las de los que de otras partes del mundo han venido a compartir la
aventura de ir construyendo una comunidad humana que proyecta su ser, en los
parámetros del tiempo y el espacio, para prolongarlo hacia el porvenir.
Por
ello, intento buscar la objetividad desde los orígenes de mi pueblo, por sobre
la base de mis investigaciones se pueda comprender más al hombre y el hecho de
hoy.
Yo
como mexicano quiero, a través de este trabajo, glorificar mis antecedentes
prehispánicos, al tiempo que hablo español y practico el cristianismo; no
pretendo realizar un tratado filosófico, sino más bien una guía que estimule,
ayude a la comprensión y al amor de nuestro pueblo.
Con
actitud humilde realizaré este trabajo de investigación; ya sé que el verdadero
intelectual, sabio o filósofo no ha de temer la esterilidad e inutilidad, basta
que un árbol sea árbol para que dé fruto; los resultados llegan tarde a veces
pero llegan; el espíritu de investigación aquí está, ojalá logre mis objetivos.
Si bien, no puedo igualarme a aquellos que admiro, pero siempre podré igualarme
conmigo mismo ya que cada individuo es único, por lo tanto, cada fruto del
espíritu es único también. Creo que si hago esto daré frutos útiles y alcanzaré
lo que deseo.
No
rechazo mi mestizaje, acepto, creo y vivo mi pasado, aunque sea un pasado
continuo y no consistente; estoy convencido que mi pueblo es muy afortunado por
su gran legado de pensamiento, artístico, literario y su gran potencia creadora
notable. En él los mexicanos deberíamos conciliar el hecho de ser conquistados
y conquistadores, de conservar muchas características raciales y rasgos de
personalidad indígena; debemos luchar por encontrar el equilibrio entre Cortés
y Cuauhtémoc, y al desarrollo
filosófico que originó el encuentro de las dos culturas.
México,
orgulloso de su pasado indígena, parece avergonzarse de su presente indígena.
Los edificios del gobierno están cubiertos con pinturas murales y esculturas
que alaban el heroísmo de los indígenas, mientras que los museos albergan
exquisitas joyas, cerámica y artefactos encontrados en las ruinas prehispánicas.
Pero los indios mismos, los descendientes directos de ese “glorioso pasado”,
siguen siendo una raza conquistada, víctimas de la peor pobreza y
discriminación que se pueda encontrar en México hoy día.
Han
perdido la mayor parte de sus tierras comunales, su cultura ha sido asediada y
erosionada por la “civilización” e incluso se les ha robado su pasado.
El
México moderno, que ha desenterrado sus raíces indígenas y elevado el
indigenismo a símbolo de identidad nacional, tiene poco espacio para los indígenas
del presente.
Sin
embargo, la fuerza y resistencia de su visión religiosa y cultural del mundo
han contribuido a conservar una identidad indígena independiente.
Desde
la Conquista, todos ellos han estado librando una batalla contra la asimilación
y la desaparición. Su mera existencia es un tributo a su decisión de
sobrevivir. Son los campesinos que viven en las peores tierras de una país de
tierras pobres; subsisten en la medida que su cultura pueda resistir los
ataques del individualismo, materialismo y consumismo inherentes al desarrollo
moderno.
Yo
sé que mi pueblo cuenta con su riqueza mitológica pero trataré de reivindicarla
al descubrir una forma autónoma y originaria de pensamiento que expresa parte
de la verdad de manera fantástica y poética, siendo clave en la manifestación
de su cultura. Mi postura será que no hay que rechazar la mitología, hay que
partir y servirnos de ella para entrar necesariamente el hecho real, buscando
conquistar con honestidad a la objetividad.
Así
pues, este tema no trataré de comprenderlo todo, quiero fijarme en un solo
punto, el aspecto filosófico y girar alrededor de él, como bien lo dijo el gran
Napoleón Bonaparte: “No es con abundancia de tropas sino con tropas bien
organizadas y disciplinadas como se obtienen éxitos en la guerra”.
¿Es
filosófica la interrogación sobre la existencia de una filosofía náhuatl?,
pienso que es una interesante pregunta que no se plantearán los grandes
pensadores, que a lo largo de su historia, han hecho lo que consideramos
filosofía.
Pienso
que ni Platón, ni Aristóteles, ni ningún otro sabio griego se plantearon jamás
el problema de la existencia de una filosofía griega; ni Hobbes, ni Locke sobre
la existencia de una inglesa; ni tampoco Descartes o Voltaire sobre una francesa; pero entonces ¿por qué los
latinoamericanos, nos vemos por momentos forzados a iniciar, en nuestro
filosofar, planteándonos el problema de sí existen realmente una filosofía en
nuestro mundo prehispánico?. Creo que es una cuestión que afecta a nuestro
propio ser, nuestro ser como hombres, ya que el pensar, reflexionar es propio
del hombre; y es este pensar, es este reflexionar el que está puesto en duda
cuando nos preguntamos sobre su posibilidad entre hombres como nosotros. Esto
es, nos estamos preguntando, nada más y nada menos si somos o no hombres.
Entonces
sinceramente ¿acaso dudamos de nuestra capacidad para pensar, reflexionar y
filosofar? ; ¿confirmamos la idea de
nuestros conquistadores de que somos bestias e irracionales?.
Lamentablemente
muchos compatriotas dudan de esta capacidad de especular, argumentar,
reflexionar, pareciera que esta capacidad fuera, tan sólo, de un cierto tipo de
súper-hombre, de una cultura y no en la nuestra.
Pero
quiero ir más allá en estos planteamientos, ¿se duda de la capacidad de
reflexionar o de una filosofía auténtica en el mundo prehispánico?.
Un
filósofo reflexiona sobre diversos temas y problemas pero sin tener en la mente
la preocupación por un determinado modelo de pensar; nosotros reflexionamos en
función con unos determinados modelos a los que consideramos filosóficos;
¿acaso es filosofía auténtica la que se ha hecho desde tales de Mileto hasta
Sartre? Y ¿es inauténtica la que hemos hecho nosotros?.
Estoy
convencido de que Platón y Aristóteles se plantearon los problemas de su mundo
y de su tiempo, así nuestro mundo prehispánico, también se ponen a reflexionar
sobre lo que consideran eran los problemas a resolver en el hombre, pugnando
por emerger rompiendo servidumbre y formas de esclavitud.
Algunos,
que niegan rotundamente una filosofía náhuatl, preguntan: ¿dónde está un
trabajo equivalente a la Metafísica de Aristóteles, el discurso del Método de
Descartes, la Crítica de la Razón Pura de Kant?, ¿a poco los indígenas
originaron un sistema equivalente a estos trabajos?, ¿qué acaso no más bien son
pensadores o sabios y no filósofos?, les preguntaría yo: ¿qué acaso debe ser
pleno eco y reflejo de la filosofía occidental?, ¿es rechazado todo lo peculiar
u original?, ¿debemos ser copias perfectas de tal modelo?, ¿qué no hay la
mínima posibilidad de ser auténticos aunque ingenuos?.
La
filosofía no es sólo un pensar sistemático, se puede expresar en otras
múltiples formas y si no, ¿dónde dejaríamos el Poema de Parménides? ¿Las
Máximas de Epicteto?, ¿La Apología de Sócrates?, ¿Los Diálogos de Platón? Y ¿el teatro de Jean Paul Sartre?, creo
que lo importante es la actitud en la búsqueda de la verdad, ¿cómo lograrlo?,
eso no es lo esencial, el problema es llegar y encontrarla.
Así
pues, al filósofo, le ha preocupado reflexionar, enfrentar, los problemas que
se plantean al hombre, sobre sí mismo y la realidad en determinado tiempo y
espacio; ¿por qué entonces negarse a sí mismo? , ¿por qué América ha de negar
la grandeza de sus indios?, ¿ Por qué valorar solamente al padre colonizador y
desprestigiar nuestro seno maternal?, bien lo decía José Martí: “Estos nacidos
en América, que se avergüenzan porque llevan delantal indio, de la madre que
los crió y reniegan ¡bribones! de la madre enferma y las dejan en el lecho de
las enfermedades..... maldiciendo y negando el seno que los cargó”.
CONCEPTO DE
FILOSOFÍA, ETAPAS Y COINCIDENCIAS
El
significado etimológico del vocablo “filosofía”, proviene de dos palabras
griegas: “philos” que significa “amante” y “sophia” que significa “saber” o
“sabiduría”, reuniendo los dos términos, filósofo es aquél que es amante de la
sabiduría; como bien sabemos, el primero que usó esta palabra fue Pitágoras, el
cual, con mucha humildad, no queriendo hacerse pasar por el sabio, manifiesta
que él era solamente amante de la sabiduría, ya que el verdadero saber le
corresponde sólo al Ser Trascendente.
Pienso
que la filosofía no es, ni algo oscuro, ni ideas confusas, ni una superciencia,
creo que es algo sencillo: el conocimiento que reclama nuestra razón humana
como natural; es simplemente la contestación de los porqués.
Desde
la antigüedad, la filosofía se ha entendido como el conjunto de conocimientos
elaborados por la razón humana; siendo el resultado del ejercicio espontáneo de
la razón y del sentido común, cuando el hombre reflexiona sobre sí mismo y el
mundo que le rodea. El filósofo debe ir en búsqueda de la verdad y no solamente
en una exposición dialéctica como encontramos en los sofistas.
En el
gran filósofo Sócrates percibimos un giro al concepto de filosofía, para él
consiste en llegar al conocimiento de las esencias, es encontrar el elemento
fijo y permanente que hay en las cosas particulares.
Platón
ya propone un sistema, para él es una visión de conjunto de todos los
conocimientos, los cuales hay que jerarquizarlos; afirma que la filosofía es la
adquisición de la ciencia, la cual tiene por objeto llegar a conocer lo
inmutable de las cosas sensibles, o sea la idea.
Para
Aristóteles había unos conocimientos “vulgares” que son los que el hombre
adquiere por medio de su experiencia y de su contacto con el mundo que le rodea
y los conocimientos “científicos” que tratan de explicar las causas inmediatas
del acontecer en los seres de la naturaleza. De aquí resulta, que si del
conocimiento elemental de las cosas, nos elevamos posteriormente a pensar en
las causas inmediatas o primeras de las cosas y llegamos finalmente a
reflexionar en las últimas causas de ellas, o sea, lo que en último término
descubre el hombre como causa de las cosas, su actividad vendría a constituir
el “saber filosófico”.
Después
de estos tres pensadores griegos que representaron la maduración de la
filosofía como ciencia especial que busca el conocimiento de las cosas por sus
últimas causas aparecen los Estoicos para quienes la filosofía es un esfuerzo
de llegar a la verdad, orientado hacia lo práctico; y los Epicureístas para
quienes la filosofía es una actividad que procura la vida dichosa con discursos
y razonamientos.
En
la edad media el concepto es acentuado por Santo Tomás de Aquino como el
conocimiento de las cosas por sus últimas causas, a la luz natural de la razón;
con esto pretende separar los conocimientos debidos al esfuerzo exclusivo de la
razón de aquellos que pretenden también explicar las cosas por sus últimas
causas, pero cuya fuente se encuentra en la palabra revelada por dios;
filosofía llamada: Escolástica.
San
Agustín vendrá a adoptar el sistema de pensamiento platónico y lo amplía con
las enseñanzas del cristianismo para dar origen a la filosofía Agustiniana.
En
la edad moderna, se vislumbra el panorama de las ciencias por su constante afán
de conocer las maravillas del ensanchamiento que tiene el mundo y el concepto
del universo, con lo cual surgen nuevos conceptos de filosofía.
Para
Bacon, filosofía es todo aquello que es objeto de la razón y la convierte en
madre de las demás ciencias. Para René Descartes la filosofía consiste en el
perfecto conocimiento de las cosas. Para Leibnitz es el estudio que persigue la
sabiduría; Manuel Kant dice que es una ciencia teórica que indaga los
principios “a priori” de los objetos del conocimiento científico. Por su parte,
Fichte afirma que es la teoría de las ciencias; Hegel menciona que es el
pensamiento aplicado a la consideración de los objetos.
Otro
pensador del siglo pasado, P. Graty afirma que no es la sola inteligencia, sino
el alma completa con todas sus disposiciones morales, la condición primaria
para un filosofar válido.
La
moderna es una etapa que se caracterizó por una hostilidad hacia la cultura
medieval, encontramos una concepción racionalista del universo, el intento de
reducir las órdenes superiores complejos al método matemático y es fundamental
la idea de progreso en todas sus facetas.
Finalmente,
en la filosofía contemporánea, tenemos una complejidad de movimientos
filosóficos, como el Positivismo (Comte), Evolucionismo (Spencer, Bergson), el
Materialismo Dialéctico (Marx, Engels), el Vitalismo (Nietzsche, Unamuno), el
Historicismo (Dilthey), el Idealismo (Husserl), la Fenomenología (Scheler), el
Existencialismo (Kierkergaad, Heidegger y Sartre) y Raciovitalismo (Ortega y
Gasset).
Pensamiento
contemporáneo en donde hay un descubrimiento de la existencia, de la
contingencia de lo que existe, como experiencia fundamental.
Por
la somera revisión que he hecho de lo
que piensan los filósofos en relación con el concepto que ellos mismos nos
dicen tener de su propia actividad, a lo largo de sus etapas históricas
descubrimos que no siempre coinciden, pero sí encontramos varias coincidencias
felices que son comunes y claves en la actividad propia de todo filósofo.
Reflexión:
Un filósofo tiene como tarea fundamental volver a pensar sobre los datos que ya
conoce, para tratar de llegar a lo más profundo de las cosas; tiende a adquirir
un conocimiento exhaustivo de las cosas.
Visión
Unitaria: Se busca una explicación unitaria de todos los conocimientos
adquiridos, precisamente por estar dedicada al saber más profundo, a aquél que
pretende explicar a fondo el principio, origen o causa fundamental de las
cosas.
Teórica:
Ya que la teoría es el conjunto de leyes que sirven para explicar la relación
de un determinado conjunto de fenómenos, y podemos decir, que la filosofía es
una reflexión teórica.
Científica:
Algunos lo llegan a negar, pero precisamente para negar el valor científico de
la filosofía, hacen una serie de reflexiones teóricas argumentando que sólo se
puede llamar científico a lo experimental, a lo útil, a lo práctico, debido a
que esas reflexiones ya son en sí filosóficas y con ello están haciendo
ciencia, la filosofía es una ciencia. Además por ser la filosofía un saber
acerca de algo, siguiendo un determinado orden o sistema, llena las
características de lo que es propiamente ciencia.
Acumulación
de conocimientos: Hay problemas fundamentales en ella que no encuentran una
solución definitiva por hallarse condicionados a los adelantos de las ciencias
y de la técnica; por tanto, el progreso de la filosofía radica en el estudio
constante de los problemas fundamentales, profundizando y ampliando soluciones
y armonizándolos con el progreso de otras ciencias.
Posibilidad
de definición: Algunos defienden que la filosofía no se puede definir,
argumentando que para ello es necesario “vivirla” para saberla comprender, yo
pienso que aquí no hay que confundir filosofar como ocupación que corresponde
al acto de vivir la filosofía.
Después
de contemplar una aparente disconformidad, y a veces oposición en un aspecto
tan fundamental para una disciplina del conocimiento humano como es su propia
definición, debemos aceptar que en realidad, la filosofía es una actividad de
la inteligencia a la cual los filósofos contemplan desde diferentes ángulos y
obtienen, en consecuencia, conceptos distintos.
Sin
embargo, puedo decir que la filosofía es la ciencia que estudia los principios
más generales de lo que nos es dado.
No
me cabe la menor duda, de que la filosofía prehispánica, cuenta con varios
elementos de lo que hemos analizado; pero ahora pasaré ha esclarecer algunos
conceptos afines a la filosofía que nos conducirán al cuerpo de nuestra
investigación.
El
estudio filosófico y el científico se complementan ya que son limitados, sin
embargo cualquier modo de interrogar la realidad es legítimo; lo negativo es
cuando alguna corriente quiere absolutizar la verdad, por eso el contraste
entre las diversas filosofías resulta fecundo para neutralizar la
unilateralidad de cada una.
El
camino hacía la verdad se ve continuamente amenazado, por actitudes que no
respetan la situación concreta y real de la verdad humana; esto es evidente
especialmente en la tendencia a crear ideologías, es decir, la formulación de
ciertas verdades o sistemas sociales, políticos, económicas, etc., no ya en primer
lugar dentro de una sumisión sincera a la realidad objetivamente buscada y
reconocida, sino más bien, o al menos en una medida determinada, en función de
intereses personales o de grupo. Pienso que se puede llamar ideología a toda
verdad o sistema de verdades que se funde voluntaria o involuntariamente en
función de unas condiciones sociales o de poder, considerando como absoluto
aquello que es un aspecto parcial de la realidad; que procura hacer aparecer
mediante la lógica de una teoría, sus múltiples intereses y que tiende al
poder.
La
tendencia a fortalecerse ante los demás, le hace tener una postura relativa y
atacable. Cada hombre y cultura tienen sus propias ideologías, tomadas por
muchos como paradigmas, que empujan al hombre a la búsqueda de la verdad y muy
frecuentemente impiden encontrar la verdad que buscan, o por lo menos cometerse
respetuosamente a ella, con una postura de búsqueda y de apertura.
El
progreso de la verdad parece ser muchas veces y necesariamente, una lucha
contra los prejuicios y contra las ideologías; esta actitud crítica es una
tarea permanente de la reflexión filosófica.
El
filósofo Bacon, en su teoría de los ídolos, critica la conciencia falsa,
engañada por los prejuicios sociales y anticipa el concepto de ideología que es
usual en la actualidad.
El
verdadero conocimiento desenmascararía el carácter interesado del propio
pensamiento y realizará la propia pretensión de poder; por esto sus productos
intelectuales son ideología y no-filosofía.
En
todas las culturas humanas encontramos una tendencia a expresar el saber por
medio de un lenguaje revestido de formas bellas, que constituye la poesía; ésta
tiene como preocupación fundamental la armonía de las formas expresadas, en
tanto que la filosofía trata de explicar la esencia de las cosas por sus
causas, además la búsqueda y sistematización de esos conocimientos.
Un
poeta expresa la verdad cuando es auténtico, pero más que dirigirse a la raza
exclusivamente, lo hace a la intuición y al sentimiento, habrá quien pueda
acercarse a la verdad a través de un poema que toca su sensibilidad, que quizá
a través de un raciocinio escueto y carente de formas bellas y armoniosas que
son fundamentales en la poesía. El poeta puede acercarse a la verdad en chispazos
de intuición y moviendo las fibras de nuestros sentimientos.
Así
pues, pienso que un poeta expresa de manera brillante sus sentimientos a través
de su poesía, y no sólo los de él, sino los mismos sentimientos y pensamientos
de todo un pueblo, sus ideales, fracasos, sus temores y por qué no decirlo,
refleja la idea que tienen de sí mismos, del mundo y de la divinidad.
Un
claro ejemplo lo encontramos en las culturas prehispánicas en lo que se nota
una interpolación de lo que propiamente constituye el saber filosófico, ya que
es expresado a través de formas literarias, muy elaboradas y refinadas en las
cuales descubrimos un canto o poema que contiene en sí las intuiciones del
pensador, pero cuya verdad desvirtúa frecuentemente la esencia misma del pensamiento
para dar preferencia a la expresión de su belleza.
La
poesía la enmarcamos dentro de la literatura que al igual que todo testimonio
humano y ningún filmación de hechos más abundante, contiene datos sobre
acontecimientos, las nociones, datos históricos, los indicios más preciosos
sobre nuestras “moradas interiores”, puesto que representa la manifestación más
cabal de los fenómenos de conciencia profunda. La literatura, con toda su
belleza, puede y debe ser citada ante el tribunal de la historia o del derecho,
como un testimonio del filósofo, como cuerpo de experimentación, del sabio. Así
encontramos, por ejemplo: Una concepción de Historia en la Iliada griega, un
esbozo de Geografía marítima en la Odisea, la relación de Meteorología y la
Agricultura en Hesíodo, en Dante la Cosmografía de su tiempo, la idea nacional
en el Poema del Mío Cid, la teoría del honor en Lope de Vega y Calderón de la
Barca, la Química en Aldous Huxley, y porqué descartarlo, el pensamiento
náhuatl en su “Flor y Canto”.Para el pensador náhuatl, el modo más firme de
acercarse al conocimiento de la verdad es a través de la “Flor y Canto”, o sea,
en la observación de las formas naturales como expresión esencial armoniosa de
las mismas, a través, de la línea, por cierto, muy estimada y meritoria. Por
ello, creo que para el hombre náhuatl, el poeta es quizá el único poseedor de
la verdad.
FILOSOFÍA Y
SABIDURÍA
La
sabiduría, a lo largo de la historia, ha sido considerada desde tres ángulos:
la ciencia de dios, la del hombre como persona y la de las comunidades humanas;
en todas ellas se implica no sólo un cúmulo de conocimientos, sino también una
actitud frente a la vida, por lo que con frecuencia se suele identificar con la
filosofía; así se habla, de la sabiduría de dios cuando se quiere referir al
modo como el Ser Trascendente va disponiendo las circunstancias históricas para
que acontezcan tales y cuales cosas; se habla de la sabiduría de un hombre
cuando los conocimientos que ha obtenido a través del tiempo lo sabe aplicar,
usando para ello la prudencia.
También
hablamos de la sabiduría de un pueblo cuando sabe manejar sus destinos teniendo
conciencia de sus propias capacidades y actuando en sus relaciones, tanto
internas como externas, para llegar a logros que lo conduzcan a su realización
histórica.
Por
ser la sabiduría un combinado de amplios conocimientos de las ciencias, de las
artes o de las letras, a veces se confunde con la filosofía y precisamente de
allí nace el que sean disciplinas o actitudes afines. Cuando se carece de
sabiduría, suele acontecer que las masas humanas se adhieren a las doctrinas
que les proponen sus demagogos o líderes, que expresan ideales sin dar tiempo a
que el hombre reflexione.
Pienso
que es significativo que en la actualidad el sabio es invitado a explicar
problemas que hasta ahora sólo dependían de la filosofía: causalidad,
determinismo, probabilidad, continuidad, espacio, tiempo, etc., el sabio en vez
de recurrir al filósofo para comprender estas nociones, quiere filosofar
consigo mismo, con lo que puede llegar a hacerlo sin experiencia o en forma
deficiente. Me he encontrado a lo largo de mi vida, personas muy cultas, con un
cúmulo de conocimientos impresionante, me parecen extraordinarios en el manejo
de conocimientos de muchos temas, son interesantes ante tal eminencia, diría
que son una “enciclopedia andando”, pero muchas ocasiones no saben transmitir
esos conocimientos, no aplican en su vida toda esa riqueza de conceptos que
manejan; en cambio, pienso que esos hombres “sabios” de nuestras humildes
comunidades, viven y dan testimonio de lo saben, se refleja en su hablar, en su
actuar y en todo su ser; son coherentes con lo que piensan y hacen, lo que
afirman en teoría lo viven en la práctica; por ello, creo que un hombre sabio,
tiene conocimientos que repercuten en la actitud que toman ante la vida. Cuando
el individuo se da esa falta de sabiduría que lo lleva a proceder a la ligera,
por pereza o ignorancia se hace ver la urgencia de meditar profundamente en la
utilidad de la filosofía para que el hombre del mundo actual, no sean
arrastrados por el asombroso desarrollo de la tecnología, que puede
proporcionarte comodidades y tranquilidad, pero que le hace evitar su encuentro
íntimo y personal, para que pueda distinguir por la razón, cual es su verdadero
fin, distinguiendo lo superficial y accidental, de lo esencial y fundamental.
FILOSOFÍA Y
MITO
En
los pueblos primitivos, más que en civilizaciones muy desarrolladas, se
observan relatos que rigen las costumbres de esos pueblos y que se refieren a
las relaciones del hombre con otros seres que están en el mundo que les rodea;
y las que tiene el propio ser humano con lo que trasciende al mundo sensible.
Se
dice que tienen un serio contenido filosófico y a su expresión se le ha
llamado: mito, puesto que con él se trata de dar una explicación del origen del
hombre en el mundo, del origen y existencia de las fuerzas naturales, así como
de las relaciones e influencia que ellas tienen sobre la humanidad.
Los
mitos son saberes que regulan la vida de esos pueblos, así como la misma
conducta de los mismos hombres.
Cabe
mencionar que todo mito puede diferir en detalle pero no en contenido básico.
Este
fenómeno, que parece satisfacer a las almas sencillas, se ve en nuestro mismo
pueblo náhuatl, en donde sucede que la fuerza sobrenatural se le representa por
una imagen pintada o esculpida.
En
muchas culturas, el mito se fue tergiversando por la tradición oral; pero en
otras encontramos una etapa en la cual el proceso se invierte, y aquellos
mitos, empiezan a ser relacionados por los pensadores, dando origen a algo que
ya puede empezar a llamarse filosofía como nuestro mundo prehispánico; ya que
en él descubrimos una manera autónoma y originaria de pensamiento que
manifiesta parte de verdad de manera fantástica y poética, siendo trascendental
en la expresión de un pueblo, aunque sea simbólica y afectiva.
El
mito ejerce gran influjo en la cultura y vida de un pueblo; en él encontramos
una concepción del universo y de la vida, las más de las veces personalizada en
la que lo plástico no es mera alegoría externa de lo conceptual, sino que forma
con ello una unidad originaria, vivida especialmente por nuestros antepasados
como si fuera la misma realidad.
Aunque
la filosofía ha empleado ocasionalmente los mitos como formas de exposición y
no desconoce la acción fomentadora de la cultura inherente a muchos de ellos,
debe elevarse por encima de la plasticidad concreta del mito para venir a la
clara y despierta autoconciencia del pensamiento.
De
acuerdo con el origen de la palabra religión que significa el conjunto de
creencias y normas de conducta por las cuales el hombre se “religa” al ser
supremo, es decir, a dios; estas creencias o formas de vida pueden ser más o
menos perfectas o elaboradas según sea el adelanto de la civilización en que se
encuentre.
Así,
surgen una serie de conceptos del mismo ser y diversos caminos de conducta que
ha de seguir para su descubrimiento o reencuentro con el absoluto.
En
la exposición dogmática de toda religión se encuentra una serie de conceptos
que coinciden con los conocimientos filosóficos, pues abarcan la misma
problemática que el hombre se plantea para la explicación de sí mismo y del
mundo que le rodea; la diferencia está en que las verdades del dogma son
producto de lo que dios ha revelado al hombre, mientras que la filosofía trata
de hacerlo por su propia razón.
Después
del dogma, en una religión aparece la moral, que es el conjunto de reglas que
deben regir las costumbres del hombre para hacer más grato su comportamiento
frente al Ser Trascendente; estas normas tienen mucho que ver en la filosofía
práctica o Ética.
La
forma de relacionarse el hombre y dios se plasma en los ritos o la liturgia,
que naturalmente tienen derivaciones de otro tipo, como lo artístico, que es un
problema de la Estética, rama de la filosofía.
Dentro
pues, de todo el contenido de las revelaciones del hombre con Dios, sean esas
muy primitivas y elaboradas, muy limpias o sanguinarias, todas tienen un acervo
de conocimientos que frecuentemente se confunden con aquellas que corresponden
exclusivamente a la filosofía.
Cuando el individuo se da
esa plena realización de armonía con su ser supremo, se dice que ha alcanzado
su felicidad total.
No
me cabe la menor duda, que nuestro mundo indígena tenía una definida
cosmovisión teológica de sí mismo y del mundo que le rodea.
EL
HOMBRE NAHUATL, SU MUNDO Y SUS DIOSES
La
visión del mundo de los propios nahuas en un preciso momento histórico excluía
cualquier punto convergente entre los dioses y los hombres, y por lo tanto los
primeros no podían formar parte del modo visible de la vida de los mortales.
Los hombres podían invocar al dador de vida, más no podían sostener un diálogo
con él.
Las
innumerables preguntas acerca del sentido de la vida de su fugacidad, la duda
acerca de qué es lo real y qué es un sueño, se quedaba en el ámbito de
pensamiento filosófico de la clase sacerdotal y gobernante.
Ignoramos
los sentimientos del esclavo que iba a morir en la piedra de los sacrificios o
de la madre a quien arrebataban al hijo para ofrendarlo a los dioses. Lo más
verosímil por falta de testimonios escritos que reflejaran el estado
psicológico de las víctimas o de los que presenciaron el sacrificio nos induce a
pensar que esta enorme masa del pueblo, educada en la creencia de que el Sol
necesitaba sangre para vivir y seguir alumbrando al mundo, ignoraba el
conflicto que nace entre el sentimiento de deber y el dolor, entre el deber y
el temor, el deber y la rebelión.
La
creencia de que el sacrificio tiene una fuerza mágica para detener el mal se
manifiesta todavía en algunos pueblos.
Basarse
únicamente en los testimonios de los que presenciaron estos actos con ojos
occidentales y consideraron el sacrificio únicamente como un acto de barbarie,
ignorando su significado ritual, íntimamente ligado a la visión religiosa del
mundo de los antiguos nahuas, será si no falsificar, sí empobrecer el
significado de mismo acto. Lo que a los ojos de los occidentales parecía cruel
y trágico, en realidad era el cumplimiento del más alto deber humano para estos
hombres.
De
los dioses no se habla, se menciona su voluntad y deseos, pero ellos mismos no
se presentan en forma humana, no participan en la vida de los seres humanos, no
los asisten ni los castigan, no dirigen sus actos, no se interponen a lo que
ellos emprenden de modo visible, por medio de acción o de palabra directa.
Mientras
el dios cristiano vive independientemente del hombre, entre los dioses del
mundo prehispánico y los hombres existe una dependencia mutua, según el
cristianismo el hombre es libre en la elección del mal y el bien, mientras que
el hombre prehispánico no tenía esa libertad; el cristianismo subraya la
necesidad de salvar el alma, mientras que los indígenas imploran por los bienes
materiales.
Los
dioses de la cultura náhuatl a pesar de que aparecen en innumerables leyendas,
son en el momento de la conquista todavía más bien fuerzas sobrenaturales que
seres de carne y huesos.
Esta
mitología de los hombres-dioses son solitarios sobre toda medida natural, sin
la cual no sería posible comprender la opresión de la masa de los hombres. Los
dioses se colocan en lugar más preponderante que los hombres.
Aún
en el poema que cuenta cómo Quetzalcóatl rescató los huesos preciosos en el
reino de la muerte para crear al hombre y darle el sustento –el maíz--, el
primer lugar lo ocupan las hazañas del dios mismo y no el ser creado por él.
Por
un lado, los griegos acercaron a los dioses lo más posible a los hombres,
mientras que los prehispánicos, consideraban la vida como un sueño: “Puede que
nadie diga la verdad en la tierra”, y alejaron a los dioses a distancias
inalcanzables para el hombre.
Los
dioses griegos tienen un poder mucho más amplio sobre los hombres, pero no
absoluto; los dioses de la cultura náhuatl tienen un poder absoluto sobre el
hombre y además tienen el deseo de divertirse o complacerse con el espectáculo
de los seres transitorios. Ometeotl, el dios viejo, tiene a los hombres en el
centro mismo de su mano y allí, sosteniendo y dominando a los pobres
macehuales: los hombres, introduce la acción en el mundo: “nos está moviendo a
su antojo... él de nosotros se ríe”, y el hombre no encuentra una contestación
satisfactoria a las preguntas que le acechan. Los griegos se sienten en
confianza con los dioses y éstos tienen amores con los mortales; los antiguos
mexicanos tienen miedo de sus dioses, a pesar de que saben que ellos les deben
todo el sustento. Ningún dios prehispánico puso sus ojos sobre un mortal.
Ningún mortal puso en duda los designios de dios.
De
los dioses de la cultura náhuatl sabemos muy poco, no sabemos quienes fueron
sus hijos; no hay comparación con el amor, sexo, celos, bigamia e incesto de
los dioses griegos. Del árbol genealógico de los dioses mexicanos se sabe poco,
y eso sólo en cuanto a los dioses principales; no hay celos unos de otro, y no
luchan entre sí por el poder, a excepto de Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, ya que
éste último es derrotado y expulsado de Tula.
Así
pues, en el mundo náhuatl, el hombre está agobiado por el peso de los dioses y
encadenado por su omnipotencia.
En
ningún momento un hombre puede ser digno compañero de los dioses, ni éstos,
rebajarse a su nivel, mezclarse con los seres humanos.
Sus
dioses tienen que permanecer más allá de la experiencia humana. Los hombres
eran vasallos de los dioses y nada más.
Ser vasallo de los dioses es el fin y el objeto de la existencia del hombre.
Los
dioses nunca bajan a la tierra para mezclarse con el hombre, no adoptan el
aspecto humano, no hablan con mortales, no cometen incestos y si lo hacen como
Quetzalcóatl, se les considera impuros y tienen que abandonar su reino y se
transforman en perros o en serpientes. Sus dioses no se divierten, no cortan
flores en el campo, no huyen del amor ni tratan de conquistarlo; no viajan en carros de oro, no beben, no
atraviesan en el mundo de los muertos en busca de la mujer amada.
El
único sentimiento bien definido del que se habla en las crónicas antiguas es el
deseo de obtener el precioso líquido, la sangre humana para sostener el
universo y asegurar su continuidad.
El
dios que más se asemeja a Prometeo en el panteón de los antiguos mexicanos es
Quetzalcóatl, el dios supremo, el sabio, el benefactor de la humanidad, el creador
de uno de los “soles” y del hombre; el dios que robó a la hormiga colorada el
sustento elemental de la raza humana: el maíz.
La
edad de múltiples rostros que reflejan “por encima de todo, sabiduría
extraordinaria e inclinación constante de favorecer a los seres humanos”.
La
diferencia esencial reside en que Quetzalcóatl en ninguno de sus actos se opone
a la voluntad de otros dioses y en ningún momento corre el riesgo de atraer
sobre sí su ira; no crea al hombre por su propia voluntad, sino que ejecuta el
mandato de los dioses a quienes quiere ayudar a resolver el problema de cómo
poblar la tierra. Además al ver los hombres ya creados dijeron: “han nacido los vasallos de los dioses”.
Quetzalcóatl
no crea pues un ser que podría oponerse a los dioses, sino que va a ser su
vasallo, o sea, hace un acto contrario al Prometeo quien, al robar el fuego,
entrega a los hombres un arma que les permitirá liberarse del poder divino y
buscar su camino por su propio razonamiento.
Lo
mismo ocurre con el robo del maíz. No es Quetzalcóatl solo quien se preocupa
por el sustento del hombre, son todos los dioses quienes se plantean la
pregunta de cómo alimentar a los seres creados y “ya todos buscan alimento”.
Mientras Prometeo, al entregar el fuego, hace del hombre un rival de los
dioses: al poseer la técnica, las artes, la ciencia, los hombres se iban a
liberar del poderío de los dioses. Al convertirse en seres racionales, los
hombres podían dominar la naturaleza, liberarse de la voluntad y órdenes
divinas.
Quetzalcóatl
no yerra de modo consciente; es víctima de un complot de otros sacerdotes y su
pecado lo aterroriza.
No
trata de buscar una salida, deshacer el mundo, ni por su propio bien ni por el
bien de su pueblo. Escoge el camino del castigo ejemplar y muere por su propia
voluntad, quemándose en el fuego. Al entrar en conflicto con las leyes divinas,
sociales, éticas y morales de su tiempo, Quetzalcóatl no se debate, no se
pregunta, no se opone; avergonzado acepta su tragedia y con eso dejar de ser un
héroe.
La fiesta
religiosa de los antiguos mexicanos, tendría para nosotros un sentido más
amplio diferente al occidental. Eran mucho más acontecimiento que
representaciones. Un acontecimiento cuyo fin era liberar a los espectadores,
que al mismo tiempo eran actores, del miedo a las fuerzas sobrenaturales, del
terror que les infundían los dioses esotéricos. La diversión y la alegría eran
elementos secundarios, lo esencial era ganar la gracia de los dioses, aplacar
sus iras, descifrar sus propósitos y colaborar con ellos en asegurar la
existencia del mundo por medio de la sangre derramada. Para acercarse a los
dioses, los actores en las fiestas religiosas se vestían de animales, se
transformaban en tigres y coyotes, águilas y serpientes: se cubrían de plumas,
imitaban las aves del agua en sus movimientos y voces; se convertían en
mariposas, flores, plantas e insectos; se pintaban de colores sagrados: negro,
blanco, rojo y azul; ejecutaban movimientos con significado oculto que sólo
para ellos era conocido; así, para los que contemplaban el espectáculo desde
fuera, como soldados y frailes, la fiesta religiosa era simplemente obra del
demonio.
Curiosamente
en el siglo XX se vuelve la mirada hacia las fiestas prehispánicas, espectáculo
“cuyos ritos y danzas sacras son la forma más bella y únicas que puede en
realidad justificarse”. Hoy día vemos en la fiesta religiosa prehispánica, en
el afán de comprender el “acontecimiento” religioso, un drama humano
relacionado con las fuerzas cósmicas que regían la vida del hombre, una guerra
contra el destino, contra el fatalismo.
Por
lo tanto, la fiesta religiosa no era un reflejo de la vida, sino la vida misma;
se refleja la vida del hombre, su pensamiento, su visión del mundo; en ella los
ayunos, plegarias, comidas y danzas, cantos y música, pintura y adornos
faciales, máscaras y plumajes, ritos y magia, ceremonias oscuras y complejas,
todo lo que rodea al ser humano, tiene un doble sentido; todo es signo, un
signo complicado e irrevocable.
Un
espectáculo que siempre tiene que desembocar en la muerte, en estos
espectáculos religiosos el hombre juega un papel insignificante, sus pasos
desde el nacimiento están vigilados por
fuerzas invisibles, sus actos de adultos determinados de antemano. Sus dioses
son encarnaciones de las fuerzas de la naturaleza, crueles, despiadados, el
papel del hombre se limita a aclararlos, a asegurar el poder de los dioses y
ofrecerles sus máximos dones: su propia sangre y corazón.
La
fiesta de los nahuas es la máxima expresión de un fanatismo religioso, ese
fanatismo que lleva a un hombre a la piedra de los sacrificios.
El
mundo fue creado, según los antiguos mexicanos, por una pareja divina:
Ometecuhtl “el Señor de la dualidad” y Omecíhuatl “la Señora de la dualidad”.
Una de las leyendas dice que el sol creado necesitaba sangre para iniciar su
marcha sobre la bóveda celeste: “entonces los dioses se sacrificaron y el sol,
sacándose vida de su muerte, comenzó su curso en el cielo”.
He
aquí el punto de partida: el momento en que comienza el drama de la humanidad
ligada para siempre con el sol.
El
mundo se creó y fue destruido cuatro veces y cada una de estas veces lleva el
nombre del “Sol”. Cada época duraba 52 años solares de 365 días y para que una
nueva época pudiera surgir, para que el Sol pudiera alumbrar de nuevo en la
tierra, para que no se rompiera la regularidad del proceso cósmico, había que
alimentar al sol: lo más precioso que el hombre posee, su sangre: chalchíuatl,
la sustancia mágica, el sacrificio que despierta tanto horror en los cronistas
españoles: “No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan
inhumana, y más que bestial y endiablada, no se enternezca y mueva a lágrimas,
horror y espanto”.
No
sólo es Tonatiúh quien vive gracias a este alimento sagrado. Sin él, no pueden
existir otros dioses: Tláloc, dios de la lluvia. Ni “nuestra abuela” Toci, ni
el dios del fuego Xiuhtecuhtl: , ni Xilonen la mazorca tierna, ni Centeotl dios
del maíz.
El
pueblo náhuatl, cuya estructura económica es básicamente agrícola, veneran a los
dioses de la vegetación.
De
la masa del maíz se forman los dioses, el maíz se come, el maíz sirve de adorno
a las doncellas. El maíz es el símbolo de la renovación de la naturaleza, pero
a la vez es la renovación del hombre mismo.
Se
agrupaban a todos los seres según los puntos cardinales y la dirección central,
o de abajo arriba. Por eso en la inutilidad es tan importante el número 4 como
para los occidentales es el número 3.
Todo
el mundo: los animales, los dioses, los días, los nombres, los colores quedan
agrupados en estas cuatro direcciones. El hombre recibe el nombre del día en
que nace, los días a su vez agrupados en el calendario ritual se dividen en
cuatro partes de 65 días cada una que corresponde al Este, Oeste, Sur y Norte.
Cuatro
fueron los hijos engendrados por la primera pareja: Los tres Tezcatlipocas y
Quetzalcóatl, cuatro los dioses que crearon al dios y la diosa del agua, que a
su vez tenían un aposento de cuatro cuartas; los cuatro dioses ordenaron hacer
por el centro de la tierra cuatro caminos para entrar por ellos y alzar el
cielo; cuatro fueron las primeras destrucciones, cuatro “soles” edades antes de
que surgiera el mundo actual, cuatro direcciones tiene el segundo juego de
pelota.
Junto
al número cuatro, los números importantes son: el nueve que es el número del
inframundo, es el número de los días maléficos, es el número de la tierra y
lugares subterráneos.
El
trece son los cielos donde la pareja divina espera la destrucción del mundo
actual para construir el mundo nuevo.
El
veinte es el número del hombre; es la suma de los dedos de las manos y de los
pies. Veinte son los días de las trece unidades (meses), veinte es el cuatro
por cinco y cuatro es el número del sol y cinco es la quinta dirección del
mundo, de arriba abajo, los cuatro colores: rojo, azul, negro y blanco los
colores de los cuatro puntos cardinales del mundo, más el amarillo, el color
del sol.
La
palabra “flor” tiene un significado distinto cada vez. El “agua florida”, es
simbólicamente la sangre, las “flores que bailan” son los guerreros. Las
“flores que se ambicionan” son los cautivos que serán inmolados en el altar del
sacrificio. Por fin “la flor” es ya el mismo canto y es la flor divina que de
la mansión de los cantos baja.
Si nos hemos detenido con
tanta insistencia en las explicaciones de los símbolos del mundo de los
antiguos mexicanos, es para poner lo complejo de aquel pensamiento en que el
significado de cada acto, de cada cosa, residía en su relación con otros. Este
simbolismo, quedó oculto para los cronistas españoles. En aquel espectáculo
religioso todo era obra del demonio, por él dirigido y a él dedicado; este
sentido impregnó la literatura y pensamiento occidental y sólo cuatrocientos
años después de haber sido cortada aquella civilización, después del triunfo de
la Revolución, cuando en México se opera un fenómeno llamado “la vuelta a las
raíces”, comienza a surgir el interés por aquel mundo desaparecido y su
mitología, tan diferente de la griega y de la cristiana, cuyo centro lo constituye
el sol y en el que el sentimiento más poderoso es el temor.
CARACTERÍSTICAS
DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO DE LOS NAHUATL
El
escritor peruano Carlos Manatequi afirma: “Me parece evidente pensar en un
pensamiento francés o alemán, pero no me parece evidente la existencia de un
pensamiento prehispánico”.
Esta opinión sólo es eco de otras muchas que niegan la categoría de filosofía al pensamiento de las culturas prehispánicas, entre ellas a la náhuatl, la cual sólo sería poesía y mito, y quedaría reducido a un produc