Universidad Abierta

 


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ANÁLISIS DEL ESTADO CAPITALISTA: LA CRISIS DEL CAPITALISMO DESDE LA PERSPECTIVA DE LA REFORMA DEL ESTADO DE MÉXICO

 

SAMUEL ALAPIZCO JIMÉNEZ

 

 

CONTENIDO:

 

INTRODUCCIÓN:   

                                                         

1.- HIPÓTESIS     

                                                          

2.- EL ESTADO

Ø       Conceptos y Antecedentes                                        

Ø       El estado Moderno                                                   

Ø       Los Estados Latinoamericanos                                   

Ø       Problemas de Gobernabilidad                                     

 

3. - LA ECONOMIA DEL ESTADO MEXICANO POSREVOLUCIONARIO

Ø       Antecedentes                                                         

Ø       El modelo de Desarrollo de Integración y los inicios del Estado Intervencionista                    

Ø       El modelo de Desarrollo Industrial

Ø       Modelo del Desarrollo Estabilizador

 

4. - LA CRISIS DEL CAPITALISMO EN MEXICO

Ø       Cambio y Continuidad

Ø       El modelo de Desarrollo Compartido

Ø       Expansión, Desequilibrio y Crisis

Ø       El espejismo del Auge

Ø       Del Auge a la Realidad de la Crisis

Ø       El Modelo Neoliberal

 

5. - SUGERENCIAS Y RECOMENDACIONES

 

CONCLUSIONES

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 


INTRODUCCIÓN:

 

Aceptando la idea de que el Estado capitalista debe tratar de cumplir las dos funciones básicas y a menudo contradictorias, de acumulación y de legitimación, significa que tiene que tratar de mantener o de crear las condiciones en que sea posible una acumulación de capital rentable, y también debe tratar de mantener o de crear las condiciones de armonía social.  Un Estado capitalista, que abiertamente usa su fuerza coercitiva para ayudar a que una clase acumule capital a expensas de las otras, pierde su legitimidad y, por consiguiente, socava las bases de su lealtad y apoyo.

 

Durante las tres décadas siguientes al final de la Segunda Guerra Mundial, el modelo  de Estado benefactor, aplicable a una veintena de países, funcionó.  La legitimidad del sistema quedaba garantizada tanto por los indicadores del ejercicio del voto regular por parte de las mayorías de las poblaciones, como por su implícita aceptación mediante múltiples aspectos de la vida cotidiana, que iban desde la actividad asociativa, la libre circulación de ideas y los valores predominantes.  En cuanto a la eficacia del sistema, este mostró un elevado grado de eficiencia por el mantenimiento de altas tasas de crecimiento económico, por la ampliación de las clases medias y por la extensión de servicios sociales generalizados.  Dentro de este modelo, el elemento que aparecía como clave era el Estado.  El gobierno contaba con la legitimidad suficiente para llevar a cabo una política que culminara las expectativas de los ciudadanos sustrayendo recursos de la propia sociedad mediante la política fiscal.  La complejidad de una operación así, hacía que <antes de que se percibieran los efectos de la primera gran crisis que afectó a este modelo> se debatiera la necesidad de establecer un sistema de contabilidad social, que contuviera "presupuestos de ejecución" en varias áreas, para servir como criterios que indicaran cómo iban las cosas.

 

Pero también se encontraba la dificultad de poner en marcha cualquier tipo de plan que detuviera el crecimiento del Estado del bienestar en favor de la productividad del sector privado de la economía, que se introducía en el sistema político a través de los grupos de presión. De este modo, el interrogante surgía por partida doble en la relación entre lo público y lo privado, y en la contradicción existente entre una sociedad que abogaba por los beneficios del Estado de bienestar, pero que exigía al gobierno mayor rigor en el gasto y menor presión impositiva;  Por consiguiente, aparecían fuertes contradicciones entre legitimidad y eficacia que enturbiaban su idealizado equilibrio.

 

En las últimas décadas, los procesos económicos, sociales y políticos eran coordinados mediante una matriz centrada en el Estado.  Esa concepción implicaba una doble dependencia en las relaciones entre el Estado y la sociedad civil.  Entraron al escenario actores sociales como los obreros industriales, los burócratas estatales o los miembros de la clase media; todos, formaban parte del desarrollo urbano-industrial pero dependientes del Estado para la satisfacción de sus demandas y aspiraciones. El populismo no fue la única fórmula política surgida bajo el modelo de "desarrollo hacia adentro", aunque hay que reconocer que fue la más importante.  Todas las soluciones políticas a una situación económica y social más compleja tenían en común el énfasis en una tendencia omnipresente a la intervención estatal en todas las esferas de la vida económica, social, política y cultural. El Estado pasó a ser un  "Estado desarrollista", que no sólo aportaba la mayor parte de la estructura de soporte del proceso de desarrollo sino que  extendía su poder e influencia hasta las propias áreas que lo afectaban.  Fue así que la acción estatal llegó a incluir, además de las áreas básicas referentes a la continuidad, el orden interno y las relaciones externas del sistema social; esto es, un número cada vez mayor de intervenciones en: el campo del desarrollo educacional, tecnológico y científico; el campo de las políticas sociales, incluyendo niveles de vida, servicios sociales y de seguridad social, niveles de ingreso, salarios y jornales, niveles de empleo, funcionamiento del mercado de trabajo, poder adquisitivo de la población, formación de la fuerza de trabajo; el campo de las políticas financieras, incluyendo crédito, cuestiones monetarias (emisión, devaluación, tasas de cambio), asuntos fiscales (exenciones, concesiones, impuestos), presupuestos, gasto público (subsidios); el campo de la política económica, incluyendo presupuestos, inversiones públicas, políticas acerca de la producción de bienes y servicios, políticas referentes a la compra y venta de bienes y servicios, nacionalización, privatización, transnacionalización; el campo de la política legal, incluyendo conciliación y arbitraje, justicia legal (civil y penal), sanciones y represión; el campo de la legitimación cultural e ideológica.

 

Sin embargo, en los últimos quince años el Estado y sus actividades en la economía y la sociedad se han derrumbado, ante una andanada de críticas acerca de su papel desarrollista.  Diversos gobiernos, fuertemente presionado por organizaciones multilaterales emprendieron programas de reestructuración radicales en las actividades estatales: recortaron instituciones oficiales, despidieron a grandes cantidades de funcionarios, y la intervención estatal se redujo mucho a favor de la operación de las fuerzas del mercado. En algunos casos hubo incluso vandalismo contra el Estado, que perdió capacidad vital de creación de política.

 

En México, varias generaciones nos educamos en el esquema de que una mayor presencia del Estado era considerada como sinónimo de una mayor justicia social. Durante muchos años, cuando fue necesario promover la industrialización del país, el Estado creó empresas y entidades públicas para canalizar recursos y subsidios. Compró compañías que se encontraban en dificultades financieras para salvar empleos y apoyar la producción.  Nuestra falla radicó en  la idea de que el Estado, por sí solo, tenía que proveer todo, sin respeto a las iniciativas y creatividad de los individuos y de la sociedad civil. A partir de la evidencia proporcionada por más de un cuarto de siglo de crisis, ahora podemos decir que estas no fueron siempre las mejores decisiones. Sabemos que un Estado grande no es siempre un Estado más capaz. En realidad en el caso de México un Estado más grande significó la reducción de su eficiencia para responder a las necesidades sociales y finalmente resultó en un Estado más débil.

 

Las políticas de globalización han constituido un desafío al que hasta ahora los intelectuales no han sabido responder con claridad.  América Latina vive un momento crucial, porque los gobiernos de la mayor parte de los países del continente, siguiendo los lineamientos del FMI, están profundizando las políticas económicas neoliberales de manera tal que ello entraña un empobrecimiento de las mayorías y un proceso de reconversión de los Estados nacionales; y, ante estas redefiniciones de importancia histórica, el primer reto intelectual tendría que ser el de determinar las dimensiones del cambio que se está produciendo, no sólo en las estructuras sociales y económicas sino en la naturaleza misma de los regímenes, a fin de explicar las dimensiones de estas políticas y sus consecuencias, en particular por una razón: porque los teóricos de la globalización pretenden que esta es irreversible y que el neoliberalismo llegó para quedarse.  Ello supone, por lo mismo, plantear de nuevo y en otros términos los problemas del Estado y de la democracia; porque las nuevas políticas no hubieran sido posibles, desde luego, de no existir condiciones políticas para ello, como ha sido evidente en el caso de América Latina.

 

El neoliberalismo es una doctrina que ha sustentado una verdadera guerra económica contra la mayoría de la población que son los asalariados. Las políticas del "neoliberalismo", decididas por los centros de poder financiero trasnacional, y que han sido bautizadas como de "la globalización", pretenden alcanzar la "eficiencia económica", escudándose en nociones tan vagas como la de "la modernidad" o la de "la sociedad tolerante",  pero en América Latina han logrado precisamente todo lo contrario de lo que muchos de sus teóricos pretenden, y las cifras están ahí para probarlo: una concentración sin precedentes de la riqueza, el empobrecimiento y el desempleo o el subempleo de la mayoría de la población económicamente activa. En México, por ejemplo, tras las experiencias neoliberales de los gobiernos de De la Madrid <1982-1988>, de Salinas <1988-1994> y de Zedillo <1994-2000.> en donde el nivel de vida es inferior al que se tenía en 1973, según se reconoce en los medios académicos norteamericanos, y ello luego de que el Estado vendió cientos de empresas públicas, obedeciendo ciegamente los dictados del FMI y del Banco Mundial.

 

El presente trabajo de investigación, parte de  conocimientos empíricos y académicos del suscrito, y está sustentado en la visión y las teorías de diversos especialistas de la materia, que han contribuido con sus artículos y obras  escritas para el fortalecimiento de nuestro acervo sobre el tema. El trabajo está estructurado por la Introducción, la Hipótesis, y se divide en tres capítulos que analizan sinópticamente al Estado, a la economía del Estado mexicano posrevolucionario y a la crisis del capitalismo en México;  así también, se  plantea la propuesta a la problemática analizada en el apartado Sugerencias y Recomendaciones; finalmente, se incluyen las Conclusiones y la Bibliografía relativa.

 

HIPÓTESIS

 

El Estado representa un mecanismo para la articulación de relaciones sociales dentro de una estructura compleja de relaciones de poder que pueden ser congruentes entre sí, en unas ocasiones, y contradictorias en otras.  El resultado de esto son variaciones considerables en la relación entre el Estado y la sociedad civil, y la situación se complica aún más por la constante presencia de fuertes presiones internacionales sobre los estados latinoamericanos.

 

El Estado en América Latina se caracteriza por su "falta de responsabilidad", su "naturaleza no democrática" y su "incapacidad" para realizar las tareas que se esperan de una burocracia que opere en forma responsable. La naturaleza está directamente asociada con el ya mencionado legado histórico del patrimonialismo y los patrones históricos relacionados con él, que establecieron una práctica política por medio de la cual se introdujeron en el Estado intereses particularistas. El constitucionalismo actuaba como una fachada detrás de la cual proseguían las prácticas tradicionales relacionadas con los intereses particulares.  Las constituciones contenían algunos elementos ilustrados copiados de la constitución estadounidense y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa.  Sin embargo, el modelo del Estado napoleónico era una fuente de inspiración más práctica, y resultaba congruente con las tendencias autoritarias, centralistas y jerárquicas de las prácticas administrativas anteriores.  La tensión entre centro y periferia que acompaña al gobierno patrimonial-burocrático se controló limitando la delegación de autoridad a los niveles regional y local, y creando provisiones constitucionales para un gobierno presidencialista fuerte. Ese proceso de formación del Estado tuvo como límite la capacidad para movilizar los recursos financieros necesarios para la construcción de un aparato institucional capaz de definir e implementar las regulaciones y los arreglos infraestructurales que dan soporte al crecimiento económico.

 

Inicialmente esos recursos financieros consistían tan sólo en tarifas aduanales cobradas al comercio exterior, especialmente en las economías de enclave, y en préstamos obtenidos en los mercados financieros internacionales.  Más tarde, con el crecimiento de las economías y de la sociedad urbana, se desarrollaron otras fuentes de ingresos estatales. Nunca surgieron sistemas puramente corporativistas, y en la práctica los elementos de este tipo se combinaron con otros derivados de distintos antecedentes, incluso liberal-democráticos.  La alianza de clases que respaldaba el modelo de crecimiento económico encabezado por la industrialización por sustitución de importaciones y que apoyaba los regímenes populistas, estaba dominada por grupos de las clases media y media alta urbanas, así como por importantes sectores de la clase trabajadora urbana.  Estos últimos, constituían una base electoral masiva en el curso del proceso de crecimiento, con la diferenciación de la estructura económica y la expansión del aparato estatal, que implicó que esa alianza incluyera un nuevo segmento social de administradores, burócratas, profesionistas y tecnócratas que desarrollaron su propia relación con la comunidad empresarial nacional e internacional, junto con sectores de las clases medias y la burguesía, pero excluyendo explícitamente a las clases populares. Esos grupos constituyeron una parte importante de una nueva alianza que, en conjunción con los militares, optó por una solución burocrático-autoritaria a la crisis del modelo de crecimiento por sustitución de importaciones, también al fracaso del breve interludio democrático que habían experimentado algunos países de la región; esa solución radical, trajo como consecuencia la caída del gobierno populista. Dentro de la burocracia estatal se organizarían estructuras jerárquicas rígidas, que llegarían por último a estar bajo control militar. El nuevo dualismo en la sociedad, entre los que participan en los procesos de modernización y los que están excluidos de ellos, es el talón de Aquiles de la estrategia neoliberal. La confianza de los inversionistas está siendo restaurada al precio de acumular una "deuda social" de magnitud considerable, que a su vez representa una amenaza para la continuidad de la estrategia y el avance del proceso de democratización.  La retirada del Estado ha conducido a un "vacío político" en los niveles más bajos de la sociedad, que va siendo llenado cada vez más por las actividades de movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales.  En algunos casos esas organizaciones están participando en una caótica privatización de servicios que, en condiciones normales y para asegurar el acceso igualitario de toda la población, debería constituir una responsabilidad del sector público. Los países que en etapas anteriores se auto definían como "democráticos" a menudo mantenían, detrás de esa fachada "moderna", una práctica política muy tradicional, como los casos de: México, Colombia, Venezuela y más recientemente Perú, que experimenta el restablecimiento de un presidencialismo extremo, cuyo funcionamiento se vincula a elementos tradicionales de un viejo pasado populista. El resultado de esto, es que las elecciones pueden ser amañadas, la oposición política puede ser cooptada o intimidada, la toma de decisiones parlamentaria puede ser afectada por decretos presidenciales, la descentralización puede ser aplicada mediante transferencias de competencias sin medios, los militares pueden ser invitados a participar en la toma de decisiones políticas y muy posiblemente pueden llegar a constituir un vehículo político para el gobierno (como el caso Fujimori en el Perú.  Las tendencias autoritarias, organicistas, corporativistas, centralistas y antidemocráticas del pasado burocrático-patrimonial aparecen y reaparecen continuamente, y en una situación de desigualdades socioeconómicas enormes, detrás de la fachada democrática, se están poniendo a prueba su función como instrumentos de cooptación y control social.

 

Los estudios sobre las diversas dimensiones de la transformación del papel del Estado, muestran diferencias considerables entre los países en el contenido y la forma de la reforma del Estado y en la redefinición de la relación entre Estado, mercado y sociedad civil. La privatización de servicios públicos y los recortes en subsidios, servicios sociales y de bienestar tienden a empeorar la distribución del ingreso, ya sesgada en perjuicio de las familias de ingresos bajos y medios.  Las reformas fiscales iniciadas recientemente por muchos países no han logrado hasta ahora corregir esa tendencia.  Es preciso cambiar del énfasis en la tributación indirecta a la tributación dirigida principalmente hacia el ingreso y la propiedad. 

 

La reorganización del aparato fiscal -objetivo prioritario de la reforma del Estado- está en sus etapas iniciales, y la tradicional estructura  de recaudación del Estado se mantiene en gran medida estática.  Así, los estratos de ingresos bajos y medios se ven obligados a contribuir relativamente más a un Estado que ha reducido sus actividades en las áreas de servicios públicos que atienden principalmente sus necesidades.  El ascenso de la tecnocracia se inició ya en la década de 1960, pero su presencia pública dominante está relacionada con la aplicación de los programas de ajuste estructural inspirados por el neoliberalismo. El éxito de la receta neoliberal, en el sentido de proporcionar los lineamientos generales para el funcionamiento de cualquier economía de mercado abierta en condiciones capitalistas, fortaleció la posición de los tecnócratas. Los análisis del papel del fenómeno tecnocrático se concentran principalmente en su funcionamiento en instituciones clave del gobierno central y su acción en la definición de los parámetros macroeconómicos de un nuevo modelo de crecimiento, a menudo elaborado en coordinación con expertos extranjeros, representantes de las principales organizaciones multilaterales, como el Banco Mundial, el FMI y el BID.  En el nivel macro hay variaciones considerables en cómo se adoptan esas nuevas políticas y se integran en las vías  de acción tradicionales, según las presiones económicas y políticas nacionales y las condiciones de los programas de préstamos multilaterales.  Si se toman en consideración otros niveles de acción estatal, esas variaciones se multiplican.  En este sentido es útil la distinción de Migdal entre distintos niveles del Estado, todos diferentes en las presiones que reciben de otras instituciones estatales y de actores de la sociedad civil.  Este autor menciona: En cada uno de esos niveles existen escenarios políticos en los que se encuentran fuerzas sociales en condiciones de negociación y disputa. Durante el periodo de ajuste estructural las principales ONG, con sus centros de documentación, su habilidad y sus contactos internacionales, fueron un factor de continuidad en áreas que sufrían los efectos de la retirada del Estado y la destrucción de instituciones.  Después del ajuste, el programa de reforma del Estado se encuentra con que algunas áreas políticas incluidas en el programa han sido ocupadas por ONG que operan con una filosofía y un proyecto de desarrollo propios, y no necesariamente coincidentes con los presentados por el Estado.

 

En el caso de México, la dinámica que vive actualmente este país constituye un proceso extraordinariamente complejo y cambiante que ha penetrado al conjunto de la sociedad mexicana, en todos los órdenes de su visión. En ninguna otra etapa en la historia de nuestra nación, el influjo de una forma de organización de la vida se había extendido y cuestionado a todos los puntos del territorio en lapsos tan breves, teniendo como consecuencia las diversas instancias de gobierno la necesidad de crear nuevas formas institucionales realmente innovadoras.

 

Es en este contexto que se contempla el cambio como elemento inherente al hombre y a la naturaleza y que se da independientemente de la intervención volutiva del primero; por ello es menester considerar profunda y reflexivamente a las instituciones como elementos fundamentales de organización de la sociedad hacia el interior de ésta y a ésta misma con la propia naturaleza, toda vez que las instituciones son los elementos que permiten dar velocidad, orientación, dirección e intensidad al cambio que se produce en la naturaleza y a la intencionalidad del hombre respecto de ésta y de sí mismo, entendiéndose por cambio la modificación que se lleva a cabo para el beneficio y disfrute de los más y nunca para pequeños grupos; ésta situación, hablará de otro concepto pero no de cambio.

 

Es por ello que el debate actual que ha venido enfrentando las democracias recientes, se da en relación a la consecución y concreción, en una primera instancia que se da en el recambio, flujo y reflujo democrático en las plataformas electorales, en un contexto que en el último tiempo se ha caracterizado por el arribo de la representatividad popular de las minorías como resultado de la alternancia y competitividad de ese ejercicio democrático.

 

En apariencia y de conformidad con el marco teórico de la política, esto no representa problema alguno, sin embargo, estamos ciertos que la democracia no es tan sencilla como aquí se plantea. Existen muchas condiciones que gravitan en el fortalecimiento y evolución  de la vida democrática de occidente, sobre todo y fundamentalmente en las economías emergentes, como es el caso de la mexicana.  De esta realidad, la perspectiva que se observa es la necesidad de una profunda reforma del Estado, derivada y debidamente soportada jurídicamente en el marco del proyecto social y nacional (Constitución del 1917), en la cual se establezcan las bases fundamentales de organización, tanto de la sociedad como del Estado y sus responsabilidades explícitas.


 

EL ESTADO

 

Conceptos y Antecedentes

 

El Estado nació cuando la sociedad gentilicia empezaba a transformarse en sociedad de clases, donde la resolución de las controversias a favor del Estado dominante requería un aparato superior.  Esto indica  que no siempre existió, en consecuencia podemos afirmar que hubo sociedades que lógicamente no lo tuvieron. En realidad el Estado es una abstracción, una convención que se materializa en un sistema de órganos y funciones, superior a los individuos.  Hay teorías que  lo consideran  una entelequia.  Kelsen, por ejemplo, lo despoja de su concepción  histórica,  le niega su poder como hecho y lo reduce a "validez deontológica del derecho".  Afirma también, que el Estado como invento utilitario se va transformando en realidad concreta, de igual modo que las leyes son revestidas de majestad tras ser creadas e impuestas por y para intereses específicos de clase.  

 

Su esencia totalizadora, dice Engels,  previene que una de sus muchas partes lo encarne o disponga en su poder. Estos límites se aplican a diversos aparatos como los partidos oficiales o los grupos empresariales, las iglesias y aún a las agencias de intervención extranjera, y también, a las fuerzas armadas, y a los gobernantes por dictatoriales que estos sean.

 

Hay una asociación entre dos enfoques en las teorías marxistas contemporáneas sobre el Estado. Un enfoque sugiere que existe una relación instrumental específica entre la clase dominante por un lado y el aparato estatal por el otro. El Estado se concibe como un instrumento para promover los intereses comunes de la clase dominante.  Creemos que esta perspectiva lleva a graves equivocaciones, incluyendo la versión ofrecida en la doctrina de capitalismo monopolista de Estado, con su estereotipada pretensión de una amalgama entre los monopolios y el aparato estatal.  La perspectiva alternativa es que el Estado no favorece intereses específicos, no está aliada con clases específicas. Lo que el Estado protege y sanciona es, mas bien, un grupo de instituciones y relaciones sociales necesarias para el dominio de la clase capitalista. En esta segunda perspectiva, el estado no es un instrumento   de clase alguna. En vez de defender los intereses específicos de una clase singular, trata de poner en práctica y garantizar los intereses colectivos de todos los    miembros de una sociedad  de clases dominada por el capital.

 

En su calidad de ente histórico dependiente en su evolución social, el Estado cambia y se adapta a las circunstancias. Si en su origen pudo haberse circunscrito a la administración pública y al desempeño de sus tres funciones políticas de gobierno, a partir de la aparición de la sociedad de clases su contenido y su rol económico se convierten en funciones básicas:

 

a.-velar por la propiedad y su incremento,

b.-velar por los intereses de las capas hegemónicas, y,

c.-velar por el desarrollo en sus objetivos capitales en el orden económico;

 

Esto, no es producto de la circunstancia actual, ya que  desde principios del siglo XIX  la revolución industrial y el auge del capitalismo habrían sido imposibles sin su intervención. Clarificar esta noción de tutela  es importante para comprender al Estado actual.

 

El papel más fundamental del estado ha cambiado drásticamente a lo largo del tiempo en la mayoría de las sociedades, y ha diferido mucho de una sociedad a otra en todo momento; incluye igualmente el fomento de los intercambios voluntarios mediante la adopción de reglas generales. Este papel, describe un deber válido de un gobierno destinado a preservar y a reforzar una sociedad libre; pero se le puede considerar también como una justificación de un desarrollo limitado del poder del estado. El espacio que ocupa el poder del Estado le ha sido otorgado por ciertas renuncias a los derechos individuales y sociales. El alto desarrollo del Estado moderno, tiende a producir la misma desigualdad real de los individuos; pero con la racionalidad de las leyes el Estado funda y mantiene la libertad limitada, sobre el supuesto de que es la única posible para la sociedad, lo cual justifica aquellas renuncias.

 

Dar a la dimensión del Estado importancia trascendente es otra de las trampas conceptuales de que habla Kliksberg. El verdadero problema es determinar cuales son sus componentes y sus funciones en un lugar y en un momento dados. Desde todos los ángulos, el concepto de Estado depende de la base teórica, de los intereses y de la ideología de clase. No debe olvidarse que en la esfera de lo político y de lo social, la ciencia puede esmerarse en que su análisis y su tratamiento crítico sean objetivos, pero siempre estarán inevitablemente ideologizados.

 

Todo ejercicio  o merma de actividades económicas del Estado, emana no solo de la necesidad social sino de la macro política que la seleccione y la aplique. Mientras más se expande el capitalismo, más fuerte es la coacción que sobre aquél se ejerce para moldearlo y condicionarlo. Por lo tanto, para garantizar el principio de rendimiento, para impedir las restricciones de competencia mercantil, para limitar las tendencias igualitarias, se necesita de un Estado fuerte que se encuentre neutral y poderosamente encima de la lucha económica de intereses. La privatización de sus empresas y servicios, por ejemplo, emana ahora directamente de la presión de la iniciativa privada y del Fondo Monetario Internacional; pero el grado en que un gobierno ceda  ante ella, o la negocie, depende también de cambios profundos en la ideología de los gobernantes.

 

El Estado Moderno

 

Entre las instituciones de la modernidad, que no son otras que las del Estado moderno, se inscribe también la presencia de un cambio radical en la concepción de la estructura y las formas de ejercicio del poder público en el ámbito administrativo. El Estado moderno es supralocal y por tanto nacional, en el sentido puramente territorial del término; aunque actualmente la proliferación de los miniestados de la posguerra desmiente un poco esta afirmación.

 

De otra parte, la nación constituye sociológicamente dos realidades distintas, pero congruentes entre sí:

 

Tenemos a la sociedad nacional examinando  el conjunto, desde la perspectiva socio jurídica que abre paso al contractualismo que universalizara al mercado bajo los presupuestos de la división social del trabajo y sus consecuencias, mismas que son un resultado de la estructura de la producción capitalista. 

 

Paralelamente, coexiste con ella la comunidad nacional, que le da su nombre a la sociedad nacional, resolviendo las diferencias establecidas por Tonnies entre sociedad y comunidad, mediante fórmulas que sirvieron de base a la nueva noción de comunidad política, que después privilegió el enfoque de sistemas en este plano.

 

En esa perspectiva, la institucionalidad del Estado moderno abre en la superestructura el espacio para operar el ejercicio del poder público en sus dos vertientes internas: de un lado, como poder del Estado en su función constituyente y de determinación política; mientras que del otro se ejerce como autoridad en el cumplimiento de la función administrativa, que tiene por finalidad satisfacer las necesidades públicas, políticamente reconocidas como tales, que son necesidades cuya satisfacción directa o indirecta interesa al todo social como conjunto, como producción de regulaciones o de bienes y/o servicios.  En este sentido, los norteamericanos si exigen al Estado que cumpla cabalmente con la segunda vertiente, y lo vemos en la afirmación de Finkielkraut: "Norteamérica se halla ante una tradición pragmática que juzga al Estado, al igual que cualquier empresa,  por su funcionamiento, sus servicios y su productividad."

 

Bajo este Estado moderno, de tales características, aparece el escindido mundo privado, la sociedad regulada y ordenada políticamente mediante el derecho, en la que los individuos realizan valores e intereses a título privado, bajo el encuadramiento del contractualismo que no podía abrirse a otra cosa distinta que no fuera la del mercado de la libre concurrencia. Así pues, el nexo entre Estado y sociedad lo constituían los partidos políticos para los fines del ejercicio de la soberanía por definición popular, mientras que el nexo entre el Estado y la sociedad, como regulación y control del orden, y como agentes de satisfacción de necesidades públicas, recaían en la administración Estatal. 

 

La sociedad que el Estado moderno abrió a la libre competencia en el mercado, una vez que el nuevo régimen y los códigos napoleónicos pusieron término al derecho adscriptivista del pasado feudal, las características que forzosamente dominarían estructuralmente la tipología del comportamiento administrativo, derivado de la nueva legitimidad legal-racional, como tipo ideal de la dominación burocrática.  Es menester destacar el compromiso del Estado con la norma, hasta su casi independencia de la finalidad; también,  la separación estricta de bienes;  y, el principio subyacente de neutralidad. Todo ello, ante la competencia  protagonizada en la sociedad, entregada a una libre concurrencia en el mercado, sólo regulada por el poder público. 

 

La debilidad del capitalismo en nuestros países al momento de la independencia no estaba exigiendo la constitución de una sociedad nacional ni de una comunidad nacional, porque todavía no eran así, aunque sí quería serlo, había que constituirla primero y hacer de ella paralelamente en ese esfuerzo, una comunidad  política nacional.  Todas estas tareas, de suyo como tareas nacionales por su finalidad, y no porque hubieran sido abordadas por la nación todavía inexistente, habría de cumplirlas finalmente el Estado, diseñado y percibido según los cánones europeos y norteamericanos, para poblaciones mayoritariamente indígenas, liberadas por el mestizaje, resultado heredero del pasado colonial.  Pero esto se pensaba sin que ninguno de esos elementos de las institucionalidades reales y objetivas, que le dan vida a la sociedad civil en el mundo privado que configura, llegará a concretarse realmente.  Así, se marca una diferencia con el Estado que podría ser fruto o resultado simplemente de un acto de poder y de fuerza, condicionado de la voluntad política de las minorías conductoras.  

 

Por eso la tarea de construcción histórica de nuestras sociedades y su aproximación al modelo que les servía de referencia se desarrolla a marcha forzada, con desiguales ritmos, con retrocesos y avances que confirman las leyes que hacen del desarrollo algo desigual y combinado.  Nuestro pasado premedieval, en algunas regiones prehistóricas, y una modernidad institucional conocida por referencias, pero no madurada originalmente en el seno del mundo de contrastes en que vivíamos, así lo iba imponiendo.  Por eso la política se correspondió más con la lucha de caudillos y de caciques que con la lucha de partidos.  Nuestra administración fue más patrimonialista y prebendaria,  que identificable con las modernas burocracias que prevalecieron bajo el esquema de explicación weberiano; éstas, hoy tienden a desaparecer al influjo de nuevas nociones asignadas al término de modernidad en la economía planetarizada, al influjo también, del despliegue tecnológico inimaginado  que contemplamos con asombro;  ante ello, el Estado Latinoamericano se queda sin las alternativas de acción de las que antes dispuso, al amparo de condicionamientos históricos que hoy pertenecen al pasado y que no puede reeditarse.

 

El concepto actual de modernidad, como fenómeno de desarrollo económico vertical y horizontal, se da bajo las premisas del neoliberalismo que exalta las libertades políticas del individuo para un doble mercado político y económico que excluye las visiones autoritarias no pluralistas en ambos aspectos.  Esta es la visión ideologizada  que surge como propuesta de  interpretación de la Europa Occidental, cuyo nivel de vida en el bienestar generalizado y la abundancia,  se ha presentado como un mentís a la teoría de la eventual incapacidad del capitalismo como sistema para enfrentar sus crisis y revertirlas llegado cierto nivel.  Se acabó entonces la proclamada agonía del sistema. 

 

En la actual modernidad también se incluyen los éxitos que registran las sociedades asiáticas que adoptaron las formulas de liberalismo económico, retrógrado hasta los inicios históricos del capitalismo salvaje.  Todo ello impuesto desde la privación casi absoluta de las libertades políticas de sus ciudadanos.  Corea del Sur, Singapur, Taiwán e Indonesia son, entre otros, manifestaciones concretas de la modernidad contemporánea o del impulso modernizador.  El Japón actual, es otra muestra de modernidad en la que se manifiesta la acción de variables relativamente distintas.

 

El desarrollo de las fuerzas productivas reclamó modelos administrativos privados, entre los que podemos citar los casos del "Justo a tiempo" y la pugna por la "Calidad Total".  Los fenómenos de integración en la descentralización y desconcentración de los procesos productivos contemporáneos, han replanteado los supuestos de ventaja que tenía la antigua integración, que concentraba y descentralizaba.

 

Las nuevas técnicas de control financiero de la economía planetarizada, con que se superan los viejos esquemas de imperialismo y tras nacionalización, rompe con las viejas formas de administración burocráticas en el plano privado y su éxito va imponiendo una progresiva disminución del papel regulador del Estado en beneficio de la empresa, en aras de asignarle al auge económico la tarea que antes se había entregado al welfare state, en los lejanos tiempos del keynesianismo, o del Estado como motor del desarrollo.

 

La progresiva desburocratización del mundo ha  sustituido al predominio de las burocracias públicas y privadas.  Los principios del mérito ante el cambio tecnológico y la capacidad para asimilarlo o producirlo, han acabado con los de la antigüedad, el inmovilismo y el igualitarismo burocrático. Además, si de secretos se trata, solo importa el que produce ganancias.  Las escalas económicas se han hecho mundiales y las políticas nacionales, ceden espacios a procesos de definiciones políticas continentalmente regionalizadas, con muy  raras excepciones: recuérdese Suiza, Australia y Suecia en la Comunidad Económica Europea.

 

La riqueza de los Estados Unidos no depende de lo que arrebata o expolia a nuestros países, sino a su propio esfuerzo y productividad económicos.  Ese, era un mito tan grande y colosal como el otro, de que los avances democráticos y populares en nuestros países, ponía realmente en riesgo la sociedad política y militar de aquella nación. Eso independientemente de que el imperialismo fuera real y nos empobreciera.

 

Somos pobres porque no hemos podido resolver nuestra inferioridad económica y las causas reales de ello, dependen del plano de la iniciativa, la productividad, la inventiva y el desarrollo tecnológico.

 

Estos son los paradigmas evolucionados de la modernidad como fuerza histórica, que por serlo, podemos reconocerlos como tales en sus conexiones con el liberalismo político y económico, impulsado por la ilustración y por las concepciones que hizo madurar la propia idea de democracia representativa, para un mundo que hegelianamente pensaba haber llegado al final de la historia, a la unidad del objeto, y el sujeto al reino de la libertad.

 

A grandes rasgos, esa es la modernidad que hoy, a diferencia del siglo pasado, nos sirve, más que como referencia, como desafío, porque la única posibilidad de asimilarse a ella es incorporándose a esta economía globalizadora, con cuyos parámetros no podemos competir ni alcanzarlos sin esa asimilación.  Esta composición de lugar, tan brevemente expuesta, desaloja todos los esquemas del nacionalismo vuelto hacia adentro en el sueño ya inviable del autarquismo, la sustitución de importaciones y el valor casi mágico de la justicia a través de los subsidios. Ahora todos se orientan al mercado y se privilegia la capacidad de realización de la sociedad más que del Estado.  Se han desplomado también las viejas ideas de que el subdesarrollo nuestro era una consecuencia exclusiva del imperialismo, como fase superior y última del capitalismo monopólico.

 

Los Estados Latinoamericanos

 

La relación entre el Estado, la economía y la sociedad civil en América Latina ha conocido algunos cambios espectaculares en un período bastante breve.  Hace menos de dos décadas el Estado y sus actividades en la economía y la sociedad se derrumbaron ante una andanada de criticas acerca de su papel desarrollista.

 

No debe sorprender que ese debate en torno a estrategias de desarrollo, el papel de ciertos sectores económicos, las responsabilidades del Estado en relación con las funciones del mercado y los procesos de reforma de aquél se hayan producido en América Latina con tanto fervor.  Después de todo, la discusión sobre modelos de desarrollo que combinen el crecimiento económico con un acceso mas equitativo a la riqueza para la gran mayoría de la población <lo que requiere una acción fuerte y decisiva del Estado> ha sido una preocupación constante de la región durante los últimos cincuenta años.

 

El núcleo central del  tema  del Estado es su proceso histórico, en función de las nuevas condiciones planteadas por la tenaz represión económica y las exigencias de una democratización efectiva. Cuando se visualiza a través de los balances contables y financieros, el Estado tiende a ser confundido con el gobierno o la administración pública, que son sus expresiones más importantes, pero no son todo él.  Muchas actividades de las empresas estatales se dirigen a redistribuir los ingresos en la medida y forma que lo decida; el móvil institucional del Estado es prestar los servicios públicos; por todo ello, no se le puede aplicar el concepto   de productividad de la economía privada, cuyo móvil es el lucro. Sin embargo,  se puede agregar que el lucro no motiva a la mayoría del empresariado de los Estados Latinoamericanos, a realizar un esfuerzo para brindar una excelente calidad en sus servicios.

 

La estadística en América Latina  señala un porcentaje muy elevado de negocios privados cuyos servicios distan mucho de la excelencia. "Los componentes del discurso usual del empresariado a este respecto tiene en común radicales deficiencias metodológicas y absolutos vacíos empíricos (los gobiernos son más eficientes y las empresas privadas más ineficientes de lo que se cree)".

 

Orientada en exclusiva por motivos de lucro, la política de privatización puede acarrear más inconvenientes que ventajas a la sociedad.  Sin embargo, es evidente que los negocios estatales en su gran mayoría generan pérdidas y no brindan un beneficio real a las grandes mayorías de la población, por lo que  no pueden sobrevivir en una economía moderna con designios de libre mercado y mantenimiento del comercio y de la especulación financiera, hasta sus más altos niveles de consumismo y de lucro.

 

Por lo anterior, es importante destacar, que la riqueza para ser distribuida debe ser antes producida.  En las economías capitalistas esto significa que es la capacidad del capital industrial la que determina en última instancia la actividad económica; eso depende de la productividad de la fuerza de trabajo y de la posibilidad de vender la producción industrial.  Inversamente, dado el nivel de productividad y de demanda para el producto, la actividad económica dependerá de cuán seguras sean las precondiciones generales del capital industrial.  En este sentido, debe recalcarse que el capitalismo moderno es un sistema revolucionario en el que la competencia estimula de varias formas la constante reorganización de los diversos elementos que comprende la relación capitalista.

 

El Estado desempeñó y desempeña un papel vital en la promoción de la iniciativa privada en los países  de lo que es el Primer Mundo. El empresariado debe en gran parte la fabulosa prosperidad  de que hoy goza, al tutelaje y a los provenientes servicios del Estado; intervencionismo a su favor es:  la distribución inequitativa del crédito, la reducción al mínimo de cargas sobre capital y utilidades, los impuestos indirectos, la asunción de servicios públicos que directamente bajan los costos de producción, la inflación, la abolición de controles de precios, la contención de los salarios,  e inclusive la represión política y social para capearle problemas de demandas obreras y agresiones de la izquierda.  A la muy hábil ideologización  de la "derecha" debe atribuirse que en la América Latina la gran mayoría de las inconformidades obreras no se dirijan contra las empresas privadas sino contra el Estado.

 

Al desacreditar al Estado como administrador de negocios y como gerente de bienes nacionales, el empresariado persigue tres objetivos:

 

Ø       la adquisición de bienes rentables y depreciados;

Ø       la liquidación de la base económica del poder; y,

Ø       la eliminación de cualquier viso de economía dirigida (que desde luego conceptúa como de origen  "comunista".

 

Esta táctica de los empresarios está plagada de contradicciones, considerando el apoyo que presta al desarrollo capitalista un Estado económico fuerte.  Poder que pierde el control económico tiene contados sus días y de poco o nada le sirve al capital.

 

El rol de los obreros en la expansión del capitalismo en Latinoamérica ha sido indispensable.  En el marco del capitalismo y por la necesidad institucional de gobernar para la sociedad global, el Estado es más progresista que la burguesía.  Mas por sus orígenes y su enajenación a ella, no se puede cargar a costa de los patrones ninguna proporción razonable del gasto público y del desarrollo integral de la sociedad.  Son las organizaciones laborales las que en el mundo desarrollado han presionado a los patrones a mejorar el sistema de producción y de remuneración efectiva, con  incidencia en la aplicación del mercado de consumo y la redistribución de parte del ingreso. Esta visión realista inspiró a Henry Ford  a escribir a principios del siglo una obra lúcida donde para asombro (provisorio) del empresariado mundial, explica por qué multiplicó el salario de sus trabajadores y con qué óptimos frutos para su negocio de autos.

 

Dentro del estudio de las economías latinoamericanas, el pensamiento estructuralista es una manifestación de la búsqueda de un paradigma alternativo a las concepciones teóricas cuyos supuestos no se adaptan a las características de los países en desarrollo. En esta búsqueda, la escuela estructuralista replantea la importancia de la economía política y la necesidad de la intervención del Estado para transformar la estructura productiva, lo que constituye un gran acierto a la vez que abre las puertas de un promisorio enfoque cuyo potencial está lejos de agotarse.

 

En el aspecto teórico y político el estructuralismo propone una nueva vía para promover el crecimiento y la industrialización así como eliminar <en teoría> la dependencia del exterior: la estrategia de sustitución de importaciones.   El poder económico latinoamericano debe acostumbrarse a la idea de que la presencia del Estado está cambiando, pero no disminuyendo. La naturaleza y la magnitud de las inminentes transformaciones que se avecinan en el mundo, la tendencia a la reducción de importancia y costo de las fuerzas armadas con motivo de asegurarse la paz, y la intrincada complejidad de la economía emanada de la reestructuración de la comunidad europea, obligan a presumir que surgirá un Estado económicamente fuerte y técnicamente superior. Ningún sector social en alianzas, y menos por sí solo, sería capaz de controlar ese inesperado y sorprendente universo.

 

Desde los años setenta y principalmente en el último decenio, por no extraña coincidencia, una época de ahondamiento de la depresión económica y del repunte de la derecha, se repite que los gobiernos en Latinoamérica son demasiado fuertes y que su reducción tendrá un efecto positivo inmediato para el desempeño y el crecimiento económico. La pobreza de sus bases objetivas demuestra que tal acierto es inexacto.  No por defectos de su existencia misma, sino por sus notorias deficiencias de control y negociación, los Estados de la región estén muy lejos del superpoder que les atribuye el empresariado; su tendencia es debilitarse, no fortalecerse. Tal vez a ellos se deba que el Estado no haya desempeñado, ni desempeñe en Latinoamérica el papel vital que Alfredo Costa Filho le asigna para la promoción de la iniciativa privada en Europa, donde en términos absolutos y relativos es más fuerte.  Así lo demuestran las series numéricas formadas por Kliksberg con apoyo en tres de los indicadores más usuales para medir su tamaño:  la burocracia, el gasto público y los gastos de la administración relacionados con el producto nacional bruto.  De manera que no se sustenta con hechos la solución mítica del neoliberalismo, en el sentido de que el empequeñecimiento del estado conduce a mayor eficiencia económica. Es de entenderse que se puede medir el tamaño del Estado, pero no que los resultados tengan mayor importancia para apreciar críticamente su verdadero rol.  En el orden de la praxis, la política es previsión y planificación;  y,  tal como observa y precisa  Córdoba, no hay forma científica para determinar cual deberá ser el tamaño del Estado.

 

La transformación de la sociedad occidental y los cambios en la concepción tradicional de la política tienen su origen después de la segunda guerra mundial por la intervención del Estado en todos los planos de la vida social, derivando con ello el desarrollo del capitalismo monopólico. El Estado intervencionista de las últimas décadas se  encuentra actualmente ante el dilema que Claus Offe resume de la siguiente manera: "el Estado capitalista sufre una sobrecarga de demandas y exigencias que no puede satisfacer sin destruir la naturaleza capitalista de la economía, ni ignorar sin debilitar su propia configuración institucional y el control que ésta ejerce sobre el conflicto de clases".

 

En una sociedad de clases el Estado carece de autonomía para legislar contra el capital, a menos que se de la cada vez mas extraña circunstancia de que a causa de sus contradicciones internas, éste se divida políticamente.  Ante la urgencia de su propio crecimiento y del clamor masivo de la población a favor de una política social amplia y efectiva, el Estado no puede traspasar los límites que le fija el empresariado en materia de impuestos, gravámenes, y destino prioritario de sus recursos financieros; tal es el origen del endeudamiento público que ha llegado a agobiar a todos los países latinoamericanos.  A estos factores de inequidad se une la política establecida por el Fondo Monetario Internacional sin congruencia alguna con las realidades nacionales y las exigencias peculiares de los países dependientes y atrasados.

 

Los Problemas de Gobernabilidad

 

Uno de los aspectos centrales que deben tenerse en cuenta cuando se analiza la gobernabilidad de un sistema político es la consideración de la política económica y de los distintos procesos y medidas que la ponen en marcha como algo estrictamente integrante del proceso político. En ese marco se llevan a cabo interacciones que están lejos de ser unidireccionales entre los mundos de la política y de la economía.  De esta forma, la política, en cuanto a aportación procesal resolutiva de aspectos técnicos, es una respuesta a las constricciones estructurales implícitas en la organización socioeconómica existente en cada nación. Pero, al mismo tiempo,    al tratarse de un producto generado fundamentalmente por los gobiernos, y ser estos de naturaleza estrictamente política, todas las variables políticas que tienen cabida en su seno, comportan un relevante impacto en las decisiones gubernamentales. 

 

Por consiguiente, la política económica se alza hoy en día como una de las actividades más importantes del Estado.  Su acción se lleva a cabo desde una plataforma en la que las condiciones económicas suministran al andamiaje político, la situación previa de las necesidades sociales y de las crecientes trabas existentes en un mundo cada vez más interdependiente, que deben tomarse en consideración a la hora del diseño de políticas públicas.  Estas son determinadas, no simplemente por las condiciones económicas prevalecientes, sino también por la dinámica política. Por ello, el mantenimiento de la autoridad política en situaciones de dificultad económica, vía la normalizada actividad del gobierno, es el mayor reto con el que puede enfrentarse éste, fuera de las amenazas que suponen los conflictos de tipo étnico.

 

Esto es así, incluso por encima de las propias disfunciones formales sobre las que pudiera estar asentado tanto a la hora de su conformación como del procesamiento de sus políticas.  Desde este escenario, el tema de la gobernabilidad adquiere un sentido relevante. Habida cuenta de la citada relación entre la política económica y la formulación de la política misma, los análisis efectuados con respecto a las políticas económicas nacionales registran una marcada inclinación a moverse dentro de un modelo implícito de entendimiento de la política. En este sentido, el estudio de la misma después de la segunda Guerra Mundial ha seguido de diferentes sendas interpretativas en seis modelos, a saber:

 

1)- Funcional;

2)- Cultural;

3)- Elección pública;

4)- Grupo – conflicto;

5)- Estado – técnico; y,

6)- Estado - céntrico e institucional.

 

Todos estos modelos, presentes en la literatura de ciencia política elaborada en las últimas cuatro décadas, conforman un cuerpo teórico según el cual cada uno reclama poseer el correcto entendimiento de la política, no siendo enteramente congruente alguno con otro.  Un notable número de estudios ha reivindicado la necesidad de una integración de algunas de las referidas líneas de análisis, cuando no de una completa asimilación en un cuerpo teórico en el que tuviera cabida como variables independientes.

 

Los análisis funcionalistas desarrollados por Merton, parten de la aceptación de que la vida política debe entenderse como un todo orgánico en el que se produce una constante interacción de las distintas partes, de manera que las acciones del Estado se explican por las funciones que llevan a cabo para la estabilidad o supervivencia del sistema político en su totalidad. La teoría de sistemas derivada de esta percepción, explica generalmente la puesta en marcha de diferentes políticas como el requisito funcional para el mantenimiento de un sistema político y económico dado, de forma que todo interactúa de acuerdo con imperativos sistémicos súper ordenados. De esta manera se sugiere a menudo que las políticas económicas se persiguen para asegurar la ejecución de dos funciones en particular:  la de acumulación, entendida como el mantenimiento de condiciones para la acumulación rentable de capital; y la de legitimación, entendida como mantenimiento de la armonía social y del apoyo para el régimen,  el riesgo que comporta esta aproximación, que hace muy difícil entender como ocurre el cambio, es que "los factores que unen el sistema y sus funciones asociadas a las actuales políticas permanecen especificados con muy poca claridad"  de forma que las conexiones causales entre unos y otros adolecen de rigor. 

 

En términos más concretos del estudio de la gobernabilidad, supone que esta se va a ver afectada no solamente por este rosario de interconexiones.  Más aún, al desconocer los mecanismos de la propia causalidad, resultará muy complicado realizar predicciones en cuanto al funcionamiento del sistema.  Por otra parte, el funcionalismo insiste demasiado en el mantenimiento del equilibrio, de manera que cualquier tipo de cambio se presenta como disfunción, con una connotación de valor negativo. También son imprecisas las funciones asignadas a priori  al Estado;  además, las de legitimación y acumulación, las de reclutamiento, articulación y agregación de intereses que, son términos que con frecuencia fracasan a la hora de identificar las políticas o las instituciones que llevarán a cabo tales funciones con cierto grado de especificidad.

 

Los argumentos culturalistas, desde la óptica de la gobernabilidad, presuponen la existencia de una notoria serie de conocimientos estructurales que gravitan enormemente sobre los procesos políticos y que llegan a explicar su contenido y su forma de comportamiento.  De esta manera, se registra un marcado determinismo que ignora la presencia de otros elementos.  Además, en un mundo tan interconectado y global como el presente la cultura, que es más bien fruto del aprendizaje que de la herencia, se encuentra sesgada por influencias internacionales que desvirtúan la existencia de características nacionales singulares. 

 

Es dudoso que los procesos de socialización que habitualmente han reproducido ciertas actitudes nacionales no se hayan visto sometidos en el último medio siglo a estas influencias,  tendiéndose a generar patrones de comportamiento más universales. De esta suerte, quizá debieran ser los vehículos de creación y transmisión de las modernas pautas culturales los que merecieran la atención, cosa que, por cierto, no sucede entre los que se dedican al estudio de la cultura política. En cuanto a la incidencia de los factores culturales en la puesta en marcha de instituciones políticas, debe sugerirse que estas <a lo largo de la historia> se han visto sometidas a un elevado número de impactos gracias a coyunturas históricas que tenían que ver con la distribución del poder entre grupos sociales y que han alterado su constitución original.

 

Al igual que el análisis culturalista, los teóricos de la elección pública sitúan el centro de su atención en el papel de la acción individual pero, a diferencia de aquellos, la unidad de análisis la constituyen los individuos concebidos como actores racionales. Por consiguiente, las decisiones políticas se explican mejor como el resultado de un concurso lúdico en que los individuos a la búsqueda del poder, o las instituciones actuando como individuos, compiten por los recursos y por el apoyo de los electores, quienes también buscan maximizar sus recursos personales.

 

Igualmente, en lo que a la economía se refiere, se postula que los agentes económicos a la hora de formar sus expectativas, lo hacen como si conocieran la verdadera estructura de la economía, aunque exceptúen el elemento aleatorio de la misma. De nuevo, en ambos terrenos se da la circunstancia de que los actores pueden ver influenciadas sus preferencias en función de esquema institucional adoptado y de las constricciones generadas por él mismo.  Complementariamente, desde la perspectiva de la escuela económica de raíz neoclásica que se ha apropiado de la visión interpretativa de la elección racional, la incorporación de expectativas racionales en los modelos de equilibrio general, suponen la confirmación de la incapacidad de la política económica para cambiar los resultados del mercado.  Desde esta perspectiva, la gobernabilidad resulta algo aleatoria, ajena a la propia internacionalidad de las políticas que pudieran ponerse en marcha.

 

 

LA ECONOMÍA DEL ESTADO MEXICANO POSREVOLUCIONARIO

 

Antecedentes

 

La construcción de la República Federal consumió el talento y heroísmo de muchos mexicanos que lucharon por hacer efectivo su ideal de otorgar al México independiente una organización democrática, representativa y federal.  Estos principios representaron la solución que significaba edificar una Nación sobre la base de la reivindicación, rescate y ponderación de la riqueza y diversidad de las regiones.

 

La organización política de la Nueva España tuvo fuertes tendencias centralistas. Las decisiones trascendentes y la creación de leyes se concentraron en órganos metropolitanos. Se vivió en un régimen cuya expresión jurídico-política fue el absolutismo monárquico, lo que sentó un antecedente en la cultura política y administrativa favorable a la práctica del centralismo.

 

La idea de estados autónomos dotados de gobiernos propios, no se motivó por un deseo inconsciente y extra lógico de imitación de instituciones extranjeras, sino que surgió de la experiencia interna de las provincias mexicanas que reaccionaban al centralismo colonial y que buscaban una forma de organización que les garantizara libertad y al mismo tiempo asegurara la integración y solidez de la República en ciernes.

 

Ante los problemas nacionales, los gobiernos federales posrevolucionarios se vieron en la necesidad de crear y dinamizar, con el impulso de las instituciones públicas, un desarrollo económico y social que dio origen al Estado de economía mixta y que culminó en un Estado con elevada participación en las actividades económicas.  Al cabo de estos fenómenos, debe reconocerse que el Gobierno Federal también incrementó su poder y esfera de acción frente a los gobiernos estatales y municipales.

 

Durante el desarrollo del México posrevolucionario, el papel del Estado, así como las ideas sobre lo que debería ser, han evolucionado de modo sustancial de acuerdo con las necesidades de la sociedad.  Al término de la Revolución, México era un país muy fragmentado, no sólo en términos de una economía que había sufrido una grave destrucción material, sino también en términos de las instituciones que debieron ser construidas para servir de base al modelo de país contemplado por la Constitución de 1917.

 

Las instituciones son fundamentales para entender la relación entre el sistema legal y el comportamiento económico y, por consiguiente, estas constituyen un factor importante para explicar el desempeño económico de un país. La evolución de las grandes variables económicas y los cambios en la política macroeconómica han sido hasta ahora los actores privilegiados de una historia en la que el cambio institucional paralelo ha estado marginado de explicaciones e interpretaciones. Los incentivos para que los particulares participen en la economía varían continuamente, a medida que el marco legal sirve para definir mejor los derechos de propiedad, para regular nuevas actividades económicas o afinar los instrumentos de política económica y los mecanismos de control gubernamental.  Douglas North afirma que "los incentivos son los determinantes subyacentes del desempeño económico". Por lo anterior es necesario incorporar el análisis institucional a la historia económica del Estado Mexicano.

 

Tradicionalmente la política económica ha sido monopolizada o, al menos, concentrada en manos del Poder Ejecutivo más que otras materias de gobierno.  En casos extremos incluso se ha excluido al Congreso de la Unión de esta tarea, como en los decretos emitidos por Venustiano Carranza cancelando las concesiones de los bancos de emisión porfirianos y en las posteriores negociaciones emprendidas por Adolfo de la Huerta y Álvaro Obregón para rehabilitarlos durante el periodo posrevolucionario. En la época moderna, o al menos desde la promulgación de la Constitución política de 1917, ha habido una evolución paralela <mas no lineal ni constante> del papel del Estado en la economía, y del Congreso de la Unión en el debate y la formulación de las leyes económicas.

 

Esto ha sido, tanto de aquellas leyes que son creadoras de instituciones económicas <por ejemplo, de dependencias gubernamentales con funciones administrativas de carácter económico, fiscal o monetario; leyes y reglamentos que especifican derechos de propiedad para la explotación de recursos naturales; tratados comerciales con otros países; leyes que regulan la banca, las comunicaciones, el transporte, el comercio o la competencia económica, entre otras>, como las que son instrumentos de política económica. Entre 1920 y los años de la Gran Depresión, la expansión institucional del sector público se centró esencialmente en la tarea de reconstrucción, creación de nueva infraestructura y formación de un marco que permitiera a la iniciativa privada reanudar el proceso de inversión y crecimiento. 

 

El Modelo de Desarrollo de Integración y los Inicios del Estado Intervencionista

 

Como ocurrió en casi todos los países del mundo, la Gran Depresión representó un fuerte argumento para motivar la activa intervención del Estado en la economía. En 1930, México abandonó el patrón oro mediante una reforma a la Ley Monetaria, convirtiéndose en el primer país en dar ese paso, como consecuencia lógica de la depreciación del peso en la década anterior. La economía mexicana todavía enfrentaba las secuelas de la Gran Depresión, cuando en el periodo de Pascual Ortiz Rubio (1930-1932) el Congreso aprobó la nueva Ley General de Instituciones de Crédito del 28 de junio de 1932, que englobó todas las disposiciones referentes al régimen y funcionamiento de las instituciones de crédito.  Se incluyó a las instituciones nacionales de crédito, a las instituciones bancarias nacionales y extranjeras, además de auxiliarse de los almacenes generales de depósito, a las cámaras de compensación, a las bolsas de valores, a las sociedades financieras y a las uniones de crédito.  

 

En México, las primeras entidades paraestatales se crearon con el fin de complementar el papel administrativo del gobierno central, concentrándose en tareas especializadas, tales como el control monetario por medio de la creación del Banco de México o la construcción de infraestructura por la Comisión Nacional de Carreteras y Caminos, y la Comisión Nacional de Irrigación. En 1934, el Presidente Cárdenas presentó a la nación el "Plan Sexenal", el cual reflejaba un profundo cambio en el concepto de las responsabilidades del sector público, basado en la estrategia de integración de todos los sectores  con el gobierno.  El plan,  establecía como objetivo el progreso económico y social apoyado en una política gubernamental sustentada en tres principios fundamentales: el control directo sobre los recursos naturales v las industrias estratégicas, la expansión del gasto del gobierno Y la creación de nueva infraestructura productiva y social. 

 

Durante esa década, el crecimiento del sector paraestatal se dio principalmente en dos áreas: la de organización de empresas públicas para producir productos y servicios básicos, tales como la Comisión Federal de Electricidad, y la creación de entidades que administraran los sectores nacionalizados, como Petróleos Mexicanos y Ferrocarriles Nacionales de México; y la del sector financiero estatal,  conformado por la creación de un grupo de bancos nacionales de desarrollo, como Nacional Financiera, varios bancos para el financiamiento agrícola y el Banco Nacional de Comercio Exterior.

 

Durante los años de la guerra y la década siguiente, las autoridades mantuvieron la concepción de que el gobierno debía involucrarse directamente en las actividades productivas, pero ello se dio   de acuerdo con una estrategia de industrialización basada en la sustitución de importaciones, en donde las empresas estatales tendrían el encargo de proporcionar un flujo confiable de insumos a una industria privada nacional naciente, que sería responsable de la producción de bie