Universidad Abierta IMPORTANTE: Se autoriza la reproducción de este texto para fines no comerciales, agradecemos citar la fuente LA CIUDAD DE DIOS. SAN AGUSTÍN. INTRODUCCIÓN DE FRANCISCO MONTES DE OCA. INTRODUCCIÓN Del mismo modo que un cuerpo humano minado por la vejez llama a las enfermedades, así el Imperio Romano, a fines del siglo IV, llamaba a su seno a los Bárbaros. Y vinieron, en efecto: y llegaron, no sólo como estaban todos habituados a verlos antaño, es decir, como soldados más o menos encuadrados, sino por tribus enteras, con mujeres y niños, con carromatos, carretas de bagajes, caballerías de reserva, animales y rebaños. El término exacto para designar aquel fenómeno, mucho más que la palabra española invasión, que hace pensar, sobre todo, en la entrada de un ejército en un país, sería el alemán Völkerwanderung, migración de pueblos. Lo que el universo mediterráneo había conocido más de mil años antes de nuestra Era, cuando los invasores arios, griegos y latinos, habían asaltado los viejos imperios, volvió a reproducirse a partir de fines del siglo IV. Uno de los episodios que mayor trascendencia tuvo y que más conmoción causó en el seno del Imperio fue el saqueo de Roma por las tropas de Alarico en el año 410. Acontecimiento terrible, que depositó un dejo de tristeza aun en los espíritus más firmes, aunque no fue totalmente inesperado. El propio San Agustín se sintió profundamente conmovido. Llevaba en el corazón el destino del Imperio, por lo ligado que lo creía al destino de la Iglesia. Dos años antes había sabido con gran consternación, por una carta del presbítero Victoriano, cómo los vándalos habían invadido la infortunada España y cómo habían incendiado sistemáticamente todas las basílicas y asesinado, casi sin excepción, a cuantos siervos de Dios pudieron capturar. Y a comienzos del 409, cuando los visigodos amenazaron por vez primera la Ciudad eterna, reprendía Agustín a una matrona allí residente, porque, habiéndole escrito tres veces, nada le contaba sobre la situación de Roma: "Tu última carta no me dice nada sobre vuestras tribulaciones. Y querría saber qué hay de cierto en un confuso rumor llegado hasta mí acerca de una amenaza a la Ciudad" El temor del obispo de Hipona se convertiría en desoladora realidad en menos de dos años. Roma, la inexpugnable Roma, fue conquistada por Alarico y entregada al saqueo; la Ciudad eterna tuvo que confesarse mortal. La fecha del 24 de agosto de 410 sonó en los oídos romanos como la campana de la agonía. Durante cuatro días consecutivos se desencadenó allí un frenesí de crímenes y de violencias, en una atmósfera de pánico. Pocos días después llegaba al África la terrible nueva: ¡Roma acababa de ser saqueada por los bárbaros! La vieja capital, inviolada desde los lejanos tiempos de la invasión gala, había sido forzada por las bandas de un godo y gemía todavía bajo el peso de sus ultrajes. Y tras la nueva, fueron llegando algunos de los que lograron escapar a la catástrofe. Veíase desembarcar, en atuendo mísero y con la mirada turbada, a aristócratas fugitivos portadores de los más ilustres apellidos romanos. Se escuchaban sus relatos acerca de los actos de terror en la ciudad, los palacios incendiados, los jardines de Salustio en llamas, la casa de los ricos, la sangre que manchaba los mármoles de los foros, los carros de los bárbaros atestados de objetos preciosos robados y maltrechos. Familias enteras habían quedado aniquiladas, habían sido asesinados senadores, violadas vírgenes consagradas a Dios, y la anciana Marcela había sido abandonada por muerta en su palacio del Ayentino, por no haber podido mostrar a los bárbaros asaltantes ningún escondrijo de oro y haberles rogado solamente que respetaran el honor de su joven compañera Principia. Se los oía con horror y se repetían por doquiera sus relatos, mientras ellos, los últimos romanos, se daban prisa en abandonar la minúscula ciudad portuaria y marchaban a Cartago, donde inmediatamente ocupaban otra vez localidades en el teatro, y donde, con la presencia de los fugitivos romanos, la locura y barahúnda eran mayores que antes. Pero la impresión de la caída de Roma no podía borrarse fácilmente. El mundo parecía decapitado. "¡Cómo han caído las torres!", leían los ascetas en Jeremías y pensaban en la torre de la muralla aureliana. "¡Qué solitaria está la ciudad, antes populosa!", pensaban las gentes pías, cuando oían hablar del espantoso vacío que siguiera al saqueo, de cómo aullaban los canes en los palacios desiertos, de cómo salían los supervivientes, agotados por el hambre, después de cinco días de forzada abstinencia, de las basílicas, y se daban la mano para sostenerse en pie por las calles cubiertas de cadáveres, mientras chirriaban, camino del sur, por la Vía Apia, los carros cargados de oro y plata y de jóvenes y muchachas cautivas. Es cierto que Alarico y sus soldados no permanecieron más que tres días en la Ciudad eterna, después de haberla saqueado a ciencia y conciencia; es cierto que se instituyó una fiesta conmemorativa para celebrar el aniversario de su liberación. Con todo la caída de la capital tuvo una resonancia inmensa y durable por todo el Imperio. Puede resultarnos hoy a nosotros un tanto difícil de comprender: contemplada de lejos, la entrada de los bárbaros en la Ciudad eterna quizá no nos parezca más que un incidente banal. La administración del Imperio, y el emperador Honorio mismo, hacía varios años que ya no residían ahí. Retirados a Ravena, fortalecidos detrás de una fuerte cintura de lagunas, se hallaban a buen recaudo desde el 404, y dispuestos a proseguir, sin sentirse inquietados seriamente, aquellas bajas intrigas que constituían lo esencial de sus preocupaciones cotidianas. Por lo demás, al cabo de pocos años los mismos contemporáneos se dieron cuenta de que nada había cambiado en sus costumbres, de que el Imperio sobrevivía a todas las catástrofes y de que no había lugar para inquietarse por un desastre tan rápidamente reparado. Pero de momento no fue así. Tremendamente sacudidos en sus ánimos paganos y cristianos pusiéronse por una vez de acuerdo para plañir juntos las calamidades que les afectaban igualmente. Hacía largo tiempo que venían, atribuyendo los primeros todas las desventuras de Roma al hecho de que los cristianos hubiesen abandonado a sus antiguos dioses. Pero también estos empezaron a repetir con otras palabras y en diferente sentido la misma cantinela: ¿"Dónde están ahora las memoriae de los apóstoles?", oía decir el obispo a sus gentes. "¿De qué le ha valido a Roma poseer a Pedro y a Pablo? Antes estaba en pie la ciudad, ahora ha caído". Los que así murmuraban eran cristianos y no podía replicarles el prelado de Hipona, como a los no cristianos, que un pagano como Radagaiso, que ofrecía puntualmente cada día sacrificios a los dioses, fue vencido, y Alarico, que era cristiano, fue vencedor. Difícilmente podía alegar esto ante cristianos descontentos. ¿No era Alarico arriano? ¿Y tenía que caer la Ciudad eterna precisamente ahora cuando estaba ceñida por una corona de sepulcros de mártires? El viejo pecado bíblico de la murmuración volvía a levantar cabeza entre aquellos fieles, presa del abatimiento, y no era permitido al pastor permanecer callado. Cuando, súbitamente y casi sin lucha, sucumbió la Ciudad, recibió Agustín las primeras noticias, en una casa de campo en que, por prescripción médica, tenía que descansar un verano enteró. Inmediatamente mandó una carta a Hipona, exhortando al pueblo y clero á cooperar en vez de lamentarse, a acoger y vestir a los fugitivos que afluían, y a hacerlo mejor de lo que lo hicieran antes. Y a las diversas quejas de los murmuradores les va a salir al paso con argumentos exclusivamente cristianos, que dominan diferentes sermones de los años 410 y 411. La catástrofe de Roma es una intervención divina. Dios es un médico que corta la carne podrida de nuestra civilización. Este mundo es un horno en que la paja arde al fuego; el oro, en cambio, sale purificado y ennoblecido. Es una prensa que separa el aceite del deshecho sin valor; el deshecho es negro y tiene que desaguar por el canal. El canal se pone así más sucio, pero el aceite sale más puro. Los que murmuran son el deshecho; el que entra en sí y se convierte, es el aceite puro. El día de San Pedro y San Pablo del año 411, diez meses después del saqueo, Agustín se dejó caer, como sin pretenderlo, en el tema del destino de la Ciudad y la lamentación que no enmudecía nunca. Y es su respuesta, que arranca de un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos sobre la relatividad de todo sufrimiento terreno, un soberano ejemplo de improvisación en el púlpito: "Está escrito que los sufrimientos de este tiempo no pueden compararse con la gloria por venir que ha de revelarse en nosotros. Si es así, que nadie de vosotros piense hoy carnalmente. No es este el momento. El mundo ha sido sacudido, el hombre viejo despojado, la carne prensada: dad, por tanto, libre curso al espíritu. El cuerpo de Pedro está en Roma, dice la gente, el cuerpo de Pablo está en Roma, el cuerpo de Lorenzo está en Roma, los cuerpos de otros muchos mártires están en Roma, y, sin embargo, Roma está en la miseria, Roma está devastada, Roma está en la desolación; ha sido pisoteada e incendiada. ¿Dónde están ahora las memoriae de los apóstoles? -¿Qué dices, hombre? -Lo que he dicho: ¡Cuánta calamidad no está pasando Roma! ¿Dónde están ahora las memorias de los apóstoles? -Allí están, allí están ciertamente, pero no en ti. ¡Ojalá estuvieran en ti! Tu, quienquiera que. seas, que así te expresas y tan neciamente juzgas, quienquiera que tú seas, ¡ojalá estuvieran en ti las memorias de los apóstoles! ¡Ojalá te acordaras de ellos! Entonces verías si se les ha prometido dicha temporal o eterna. Porque si la memoria del apóstol es realmente viva en ti, oye lo que dice: La ligera carga de la tribulación temporal nos depara un peso grande sobre toda ponderación de gloria eterna; porque lo que vemos es temporal y lo que no vemos es eterno. En Pedro mismo fue temporal la carne y no quieres tú que sean temporales las piedras de Roma. Pedro reina con el Señor, el cuerpo del apóstol Pedro yace en alguna parte, y su recuerdo ha de despertar en ti el amor a lo eterno, para que no sigas pegado a la tierra, sino que, con el apóstol, pienses en el cielo. ¿Por qué estás, entonces, triste y lloras porque se han derrumbado piedras y maderos, y han muerto hombres mortales?... Lo que Cristo guarda, ¿se lo lleva acaso el godo? ¿Es que las memoriae de los apóstoles tenían que haberos preservado para siempre vuestros teatros de locos? ¿Es que murió y fue sepultado Pedro para que jamás caiga de los teatros una piedra?" No, Dios obra con justicia y quita a los niños malos las golosinas de las manos. Basta ya de pecar y murmurar. ¡Qué vergüenza que anden los cristianos lamentándose de que Roma ha ardido en época cristiana. Roma ha ardido ya tres, veces: bajo los galos, bajo Nerón y ahora con Alarico. ¿Qué sacamos de irritarnos? ¿Para qué rechinar de dientes contra Dios, porque arde lo que tiene costumbre de arder? Arde la Roma de Rómulo, ¿hay algo de extraño en ello? Todo el mundo creado por Dios arderá un día. ¡Pero es que la ciudad perece cuando en ella se ofrece el sacrificio cristiano? ¿Y por qué fue arrasada su madre Troya, cuando se ofrecían los sacrificios a los dioses? Lo sucedido ha sucedido porque el mundo tiene que meditar y, además, después de la predicación del Evangelio, es mucho más culpable que antes. Por lo demás, aun cuando Agustín no creía en la eternidad del Imperio, le resultaba difícil imaginar un mundo sin él. El fin del uno era para él el fin del otro. No acertaba a divisar una edad media tras los bárbaros. En este sentido su pensamiento era doblemente escatológico. Pero, según su creencia, el Imperio había sido probado, que no cambiado; y, como esto había sucedido ya incontables veces, Roma tenía aún la posibilidad de levantarse de nuevo. Claro que le preocupaban más las almas inmortales que los reveses exteriores del destino. Sus amonestaciones, a veces conmovedoras, contra una civilización que era la suya y que en realidad, había construido algo más que teatros, le eran inspiradas por esta superior solicitud. No se dirigían contra la ruina mayestática de una Roma agonizante, sino contra los enanos de poca fe y murmuradores que, en el desierto cristiano del siglo Y, echaban de menos tristemente la opulenta casa de la servidumbre, las ollas y cebollas del paganismo. Entre los paganos, por su parte, era corriente la versión de que la caída de Roma no era más que un castigo infligido por los dioses a aquellos que les habían vuelto las espaldas. Lo cual no era otra cosa que enmarcar el suceso reciente en el marco de una antigua polémica. Por Tertuliano y otros apologistas sabemos cómo hacían responsable a la nueva religión de todas las catástrofes: desbordamientos del Tiber, sequías, temblores de tierra, peste o hambre. Eran desgracias que, según ellos, no acontecieron cuando se ofrecían sacrificios a los dioses de la ciudad; solo eran imputables a esta religión, enemiga de la re- pública. Si hemos de creer al historiador, Zosimo, buen número de paganos se habrían dirigido al prefecto de Roma, poco antes de que se produjese su toma por Alarico, a fin de demandarle autorización para ofrecer de nuevo sacrificios. Y el papa Inocencio I se habría avenido a hacer la vista gorda ante esta infracción a las leyes cristianas, con tal de que esos sacrificios fuesen celebrados en privado, sin solemnidad externa. A lo que habrían advertido los peticionarios que las ceremonias exigidas por los dioses no podían ser eficaces para proteger a Roma si no se efectuaban públicamente en presencia del senado. Naturalmente habría sido imposible satisfacer esta nueva exigencia y el asunto no pasó de ahí. Mas la ciudad había sido ocupada y esto había proporcionado a los paganos excelentes pretextos para renovar sus lamentaciones, con más acritud que nunca: "Ha sido en tiempos del cristianismo cuando Roma ha sido devastada, alegaban ellos, cuando el hierro y el fuego han devastado Roma... Mientras nosotros pudimos ofrecer sacrificios a nuestros dioses, Roma permanecía incólume, Roma estaba floreciente. En cambio hoy, cuando han reemplazado vuestros sacrificios a los nuestros, cuando los ofrecéis por doquier a vuestro Dios, cuando no se nos permite sacrificar a nuestros dioses, he ahí lo que ha sucedido a Roma". Durante los primeros meses que siguieron al memorable saqueo, creyó Agustín que bastaría con responder a todas las objeciones, de cualquier parte que viniesen, por medio de su predicación, tanto más cuanto que los moradores de la capital se pusieron a reparar las ruinas y a reanudar una existencia normal, mientras que los fugitivos refugiados en Cartago y en toda África, seguían escandalizando con su indolencia y mala conducta. Los ejemplos que ofrecían los habitantes de Roma y los refugiados no bastaban, sin embargo, para aplacar a los adversarios del cristianismo, que siguieron acusando a la doctrina cristiana: "Se tenía buen cuidado de hacer notar a los fieles, escribe el Santo, que su Cristo no les había socorrido, y este argumento había hecho mella en muchos de ellos, ya que nada permitía, en la catástrofe, pretender que Dios había hecho una discriminación entre los buenos y los malos. Si nosotros, que somos pecadores, hemos merecido estos males, ¿por qué han sido muertos por el hierro de los bárbaros los servidores de Dios y conducidas al cautiverio sus servidoras? Las Escrituras prometen que por diez justos no hará perecer Dios la ciudad, ¿es qué no había en Roma cincuenta justos? Entre tantos fieles, entre tantos religiosos, entre tantos continentes, entre tantos siervos y siervas de Dios, ¿no se han podido hallar cincuenta justos, ni cuarenta, ni treinta, ni veinte, ni diez?... Muchos han sido llevados cautivos, muchos han sido muertos, muchos han sufrido diversas torturas. ¡Tantos horrores se nos han contado! Y, a la inversa, entre los que han salvado la vida gracias al asilo cristiano, no pocos eran paganos. ¿Por qué se extiende esa divina misericordia hasta a los impíos y a los ingratos?" En el grupo de paganos que más animosidad mostraban entonces contra el cristianismo figuraba un rico individuo de Roma llamado Volusiano. Era hermano de Albina y tío de Santa Melania, la joven. Esta notable familia romana ofrecía un espectáculo un tanto extraño desde el punto de vista religioso. El padre, Probo, que vemos discurrir en las Saturnales de Macrobio, había sido el amigo íntimo de Símaco y pontífice de la diosa Vesta. Sus primas Marcela y Asela habían convertido en convento su palacio del Aventino, y más tarde en escuela bíblica, bajo la dirección de San Jerónimo. Sus dos hijas, Albina y Leta, eran cristianas fervorosas, y el antiguo pontífice pagano veía a la pequeña Paula, consagrada a Dios desde jovencita, saltar sobre sus rodillas balbuceando el Aleluya de Cristo. Volusiano, a ejemplo de su padre, permanecía alejado del cristianismo y multiplicaba contra él las objeciones. En conversaciones con sus amigos pretendía que "de ninguna manera convienen al Estado la predicación y la doctrina cristiana, porque preceptos como no devolver a nadie mal por mal, presentar la otra mejilla a quien te abofetea en la derecha, dejar también el manto a quien quiere litigar contigo para arrebatar la túnica y caminar dos millas con quien te ha contratado para una, son nefastos para la conducta del Estado, y se oponen al bien de la República. Si el enemigo arrebata una provincia del Imperio, ¿habrá que renunciar a reconquistarla con las armas? Si han sobrevenido tales desventuras al Estado, es evidente que la culpa la tienen, los emperadores cristianos por observar la religión de Cristo". El tribuno Marcelino, gran amigo y sostén de Agustín en la lucha, contra el donatismo -el mismo que presidiera en junio del 411 la magna conferencia entre obispos católicos y los de aquella secta-, está al tanto de tales reproches y se dirige, impresionado, al Santo para ponerle al corriente de las ideas que circulaban en los medios frecuentados por Volusiano, y para preguntarle qué clase de respuesta habría que dar a esas interrogaciones. También Volusiano había entrado ya en relación con Agustín y le escribía, por su parte, proponiéndole nuevas objeciones sobre la encarnación del Hijo de Dios, en nombre propio y en el de un grupo de amigos. A entrambos corresponsales dirige el de Hipona sendas misivas extensas y bien documentadas. En la que envía a Marcelino hace notar que la impugnación se vuelve contra sus autores. Criticando la mansedumbre y generosidad de Cristo, critican igualmente los paganos a sus más grandes escritores: "¿No escribió Salustio de los grandes hombres que gobernaron y engrandecieron la República, que preferían perdonar las injurias a vengarlas? ¿No alabo Cicerón a César por no saber olvidar más que una cosa: las ofensas? "Cuando leen esto en sus autores, aclaman, aplauden... Y he aquí que oyendo la misma enseñanza, por mandato de la autoridad divina, acusan a nuestra religión de ser enemiga del Estado". Llegado al final de su carta, se da cuenta el autor de que se ha extendido demasiado, aunque no tanto como lo reclamaría la importancia del asunto. Ruega a Marcelino que recoja otras objeciones, que "yo responderé a ellas, con la ayuda de Dios, en nuevas cartas o con libros". Palabras éstas últimas que encierran una especie de promesa y responden fielmente a los deseos expresados por Marcelino, cuando pedía a su amigo de Hipona que, para responder cabalmente a Volusiano, escribiera algún libro, que, eran sus palabras, "sería de enorme utilidad en las presentes circunstancias". Y, en efecto, iba a responder a Volusiano y a los paganos todos, no en una carta dirigida a algún individuo en particular, sino en un libro para el público de entonces y del porvenir: iba a componer La Ciudad de Dios. La correspondencia entre Agustín de un lado y Volusiano y Marcelino de otro, tuvo lugar en el curso de los primeros meses del 412. Es decir, que había transcurrido año y medio desde la toma de Roma por Alarico y que las dificultades específicas que planteara tan sonado acontecimiento, habían perdido ya mucha de su virulencia. El año 411 se le había pasado al obispo de Hipona; parte en los preparativos para la conferencia con los donatistas, parte en poder llevar a la práctica los resultados logrados en el curso de aquella discusión. No pudo encontrar reposo para ocuparse detenidamente de problemas apologéticos. Sólo al año siguiente pudo estar dispuesto para emprender la redacción de la obra acariciada. Por lo que no hay que tomar en sentido demasiado estricto lo que leemos en las Retractaciones: "En el entretanto fue destruida Roma por la invasión e ímpetu arrollador de los godos, acaudillados por Alarico. Fue aquel un gran desastre. Los adoradores de muchos falsos dioses, a quienes llamamos paganos de ordinario, empeñados en hacer responsable de dicho desastre a la religión cristiana, comenzaron a blasfemar del Dios verdadero con una acritud y un amargor desusado hasta entonces. Por lo que yo, ardiendo en celo por la casa de Dios, decidí escribir estos libros de la Ciudad de Dios contra sus blasfemias o errores. La obra me tuvo ocupado algunos años, porque se me interponían otros mil asuntos que no podía diferir y cuya solución me preocupaba primordialmente." En conjunto, los recuerdos que evoca San Agustín en esta información son exactos, pero incompletos. No nos dice que las primeras objeciones lanzadas después del saqueo de Roma partieron de los cristianos mismos. No habla más que de los paganos, lo que le permite justificar el carácter marcadamente apologético de su obra. No explica; sobre todo, por qué se ha visto obligado a responder a dificultades especiales, surgidas a propósito de un pasajero acontecimiento histórico, con una obra inmensa, que comporta una vista de conjunto sobre la historia del universo desde la creación de los ángeles, o la historia de la humanidad desde la creación de Adán, y que se desarrolla hasta los últimos días del mundo. En realidad, es lícito pensar que San Agustín abrigaba desde hacía muchos años el deseo de escribir esta vasta obra sobre la ciudad de Dios, o, más exactamente, sobre las dos ciudades que se reparten hoy día el imperio del mundo. Durante largo tiempo no pudo llevarlo a la práctica. La caída de Roma, los deseos de Marcelino le impulsaron a poner manos a la obra. Pero en su proyecto no se trataba únicamente de descartar algunas dificultades pasajeras; había que mostrar la conducta de la Providencia en los asuntos de este mundo, y es preciso subrayar el hecho de que, desde las primeras palabras de su prefacio a Marcelino, indica con toda precisión la finalidad que se ha propuesto y hasta los grandes lineamientos del plan que pretende seguir, al paso que no desliza la más mínima alusión en ese prefacio a la caída de Roma: "He emprendido, a instancias tuyas, carísimo hijo Marcelino, en esta obra que te había prometido, la defensa, contra aquellos que anteponen sus dioses a su Fundador, de la gloriosísima Ciudad de Dios considerada, tanto en el actual curso de los tiempos, cuando, viviendo de la fe, realiza su peregrinación en medio de los impíos, como en aquella estabilidad del descanso eterno, que ahora espera por la pa- ciencia, hasta que la justicia se convierta en juicio, y luego ha de alcanzar por una suprema victoria en una paz perfecta. Grande y ardua empresa. Pero Dios es nuestro ayudador... Por lo cual también de la Ciudad terrena, que en su afán de dominar, aunque le estén sujetos los pueblos, está dominada ella por la pasión de la hegemonía, será menester hablar, sin omitir nada de lo que reclama el plan de esta obra ni de lo que me permita mi capacidad." Es verdad que los primeros libros de la obra y, sobre todo, los capítulos iniciales del primer libro se destinan a refutar las objeciones particulares provocadas por la toma de Roma. Pero enseguida se da uno cuenta de que esas objeciones apenas interesan ni al autor ni a sus eventuales lectores. Estos casi se han olvidado ya de las catastróficas jornadas del 410. Han transcurrido dos años desde entonces; los refugiados regresaron a la Península, la vieja capital renació de sus cenizas. Agustín persigue un designio más vasto, precisado ya al final del primer libro: "Recuerde la Ciudad de Dios que entre sus mismos enemigos están ocultos algunos que han de ser conciudadanos, porque no piense que es infructuoso, mientras aún anda entre ellos, que los soporte como enemigos hasta el día en que llegue a acogerlos como creyentes. Del mismo modo que en el curso de su peregrinación por el mundo, la Ciudad de Dios cuenta en su seno con hombres unidos a ella por la participación de los sacramentos, que no compartirán con ella el destino eterno de los santos... De hecho, las dos ciudades están mezcladas y entreveradas en este mundo hasta que el último juicio las separe. Quiero, pues, en la medida en que me ayude la gracia divina, exponer lo que estimo deber decir sobre su origen, su progreso y el fin que les espera." Vastísimo es el programa así trazado: largos años necesitaría el Santo para llevarlo a cabo. * * * Obra de circunstancias, como casi todas las suyas, La Ciudad de Dios es un gigantesco drama teándrico en veintidós libros, síntesis de la historia universal y divina, sin duda la obra más extraordinaria que haya podido suscitar el largo conflicto que, desde el siglo I al siglo VI, colocó frente a frente al mundo antiguo agonizante con el cristianismo naciente. Obra imperfecta, ciertamente, repleta de digresiones, de episodios, de demoras, de prolongaciones, en la que no todo es del mismo trigo puro. La proyección, en el más allá del espacio y del tiempo, de lo que el Santo sabe por haberlo experimentado él mismo, en un presente cargado de su propio pasado y de su propio porvenir, le, llevó a consideraciones aventuradas, discutibles o francamente erróneas. Pero la obra resulta de una excepcional calidad por el plan que la inspira, y de un inmenso alcance por las perspectivas que abrió a la humanidad. En las Retractaciones resume así el autor el plan que ha seguido al escribir el De Civitate Dei: "Los cinco primeros libros refutan la tesis de los que hacen depender la prosperidad terrestre del culto dedicado por los paganos a los falsos dioses y pretenden que, si surgieron tantos males que nos abaten, es porque ese culto fue proscrito. Los cinco libros siguientes se alzan contra los que aseguran que estas desgracias no han sido ni serán perdonadas jamás a los mortales, que unas veces, terribles y otras soportables, se diversifican según los lugares, los tiempos, las personas, pero que sostienen por otra parte, que el culto de una multitud de dioses con los sacrificios que se les ofrecen, son útiles para la vida futura después de la muerte. Estos diez primeros libros son, por tanto, la refutación de las opiniones erróneas y hostiles a la religión cristiana. Pero para no exponerme al reproche de haber refutado únicamente las ideas ajenas sin establecer las nuestras, consagramos a esta última tarea la segunda parte de la obra, que comprende doce libros. Por lo demás, incluso en los diez primeros, no hemos dejado de exponer nuestros puntos de vista, allí donde era necesario, al igual que en los doce últimos hemos tenido que refutar también las opiniones adversas. Por consiguiente, de estos doce libros, los primeros tratan del origen de las dos Ciudades, la de Dios y la, del mundo; los cuatro siguientes explican su desenvolvimiento o su progreso, y los cuatro últimos los, fines que les son asignados. El conjunto de estos veintidós libros tiene por objeto las dos Ciudades. Sin embargo, recibieron su título de la mejor de las dos; por eso preferí titularlos La Ciudad de Dios." En carta dirigida a los monjes Pedro y Abraham, escrita entre 417 y 419, es decir, cuando aún faltaba mucho para dar remate a la obra, pero cuando ya había avanzado el trabajo lo suficiente como para que fuese posible prever la continuación, el obispo de Hipona da los siguientes informes sobre las ideas directrices que ha seguido: "He terminado ya diez volúmenes bastante extensos. Los cinco primeros refutan a aquellos que defienden como necesario el culto de muchos dioses y no el de uno solo, sumo y verdadero, para alcanzar o retener esta felicidad terrena y temporal. Los otros cinco van contra aquellos que rechazan con hinchazón y orgullo la doctrina de la salud y creen llegar a la felicidad que se espera después de esta vida, mediante el culto de los demonios y de muchos dioses. En los tres últimos de estos cinco libros refuto a sus filósofos más famosos. De los que faltan, a partir del undécimo, sea cual fuere su número, ya he terminado tres, y traigo entre manos el cuarto. Contendrán lo que nosotros sostenemos y creemos acerca de la Ciudad de Dios. No sea que parezca que, en esta obra, sólo he querido refutar las opiniones ajenas y no proclamar las nuestras." La Ciudad de Dios, pues, divídese en dos partes: la una negativa, de carácter polémico contra los paganos (libros I-X), subdividida, a su vez, en dos secciones: los dioses no aseguran a sus adoradores los bienes materiales (I-V); menos todavía les aseguran la prosperidad espiritual (VI-X); -la otra positiva, que suministra la explicación cristiana de la historia (libros XI- XXII), subdividida asimismo en tres secciones: origen de la Ciudad de Dios, de la creación del mundo al pecado original (XI- XIV); historia de las dos ciudades; que progresan la una contra la otra y, por así decirlo, la una en la otra (XV-XVIII); los fines últimos de las dos ciudades (XIX-XXII) Y es obvio que San Agustín se propuso desde un principio tratar en su conjunto la historia de las dos ciudades, desde su origen a su consumación final; la sola mención de la Ciudad de Dios en la primera línea de la obra, bastaría para confirmarlo. Cuando comenzó su trabajo sabía ya muy bien el Santo lo que quería hacer y que no se proponía tan solo, ni siquiera principalmente, tomar la defensa de la religión cristiana contra: sus acusadores más o menos malévolos, sino que quería recordar en su conjunto la maravillosa historia de la Ciudad de Dios. En el año 412 hacía ya mucho tiempo que el autor venia meditando acerca de la oposición de las dos ciudades; la toma de Roma y el recrudecimiento de la oposición solamente le empujaron a no retardar más una obra de cuyo contenido estaba bien compenetrado. No cabe la menor duda de que fue el propio Agustín quien dividió su obra en veintidós libros. En todo momento habla, indicando la cifra, de los libros que constituyen La Ciudad de Dios, y sus divisiones son exactamente las que nos ha transmitido la tradición manuscrita. Por lo demás, al obrar así no hizo más que conformarse a un uso tradicional que correspondía a exigencias de orden material. Un libro basta para llenar un papiro de dimensión corriente; cuando se llena el papiro se acaba el libro. Una obra poco extensa no lleva, pues, más que un solo libro; una obra importante cuenta con varios. Así es como Agustín declara, al fin de las Retractaciones, que ha compuesto hasta la fecha noventa y tres obras, o sea doscientos treinta y dos libros. El libro es así, por la fuerza de las cosas, la unidad fundamental, y debe leerse, si no de un tirón, al menos como formando un todo cuyas partes son inseparables una de otra. Más difícil es determinar si fue también él quien dividió los libros en capítulos. Y más todavía si fue el autor de los títulos que preceden a cada uno de los capítulos. Lo cierto es que están muy lejos de ser recientes esos títulos y su uso se fue imponiendo progresivamente. Vamos a dar a continuación el contenido sumario de la obra, tal como lo resume M. Bendiscioli. Las devastaciones y estragos efectuados por los godos no han dañado lo que verdaderamente vale; a lo más han constituido una prueba saludable y una advertencia elocuente para los cristianos demasiado apegados a los bienes terrenales (libro I). Los males morales y los males físicos afligieron también a la humanidad cuando el culto de los dioses estaba en pleno vigor y aun no existía el cristianismo. La prosperidad y el incremento del Imperio romano no pueden haber sido obra de los dioses venerados por los romanos: basta examinar la mitología para comprobar su incoherencia y puerilidad. No son los falsos dioses, sino el Dios único y verdadero quien distribuye los reinos según sus designios, que no por estar ocultos para nosotros son menos ver- daderos. Es la Providencia divina, no el azar epicúreo, ni el hado estoico, quien ha otorgado a Roma su imperio en premio a sus virtudes, naturales y como indemnización por la felicidad eterna que nunca hubiera conseguido. El celebrado celo de los romanos por su patria terrena ha de ser aviso y ejemplo para los cristianos al aspirar a la patria celestial (II-V) Esta primera sección va enderezada contra los qué opinan que se debe adorar a los dioses con miras a alcanzar los bienes materiales, es decir, contra el vulgo. En la segunda sección de la primera parte -consagrada a la polémica antipagana pasa a refutar a los que afirman que se debe practicar el culto de los dioses para obtener la felicidad ultraterrena. Estos son filósofos y por eso la polémica va dirigida principalmente contra ellos; y, sobre todo, contra su tentativa de justificar de algún modo el núcleo de la religión popular. El más autorizado de estos defensores es Varrón. San Agustín piensa que basta con refutar las justificaciones de este eminente teólogo pagano para dar por demolida la pretensión pagana de asegurar con el politeísmo la felicidad ultraterrena (VI-VII). Pero los filósofos no se han limitado a esto; han intentado, además, elaborar una teoría de los dioses, diversa de la de los poetas, y de las instituciones públicas. Una "teología natural" que Agustín reconstruye y pulveriza, siguiendo la trayectoria del pensamiento griego, desde los milesios a Platón y 195 neoplatónicos (VIII-X). El motivo fundamental de la polémica es: para los presocráticos, la incomprensión de la inmaterialidad de Dios y de su cualidad de Creador; para Platón, la ignorancia del hecho de la Redención y de todo el contenido de la Revelación cristiana; para los neoplatónicos, la imposibilidad de conciliar su demonología con la omnipotencia y la perfección divinas. En la segunda parte, el autor pasa de tratar el problema casi exclusivamente de modo polémico y negativo, a tratarlo; ante todo, de modo expositivo y dogmático. No basta demostrar la incoherencia y lo infundado del culto politeísta; es menester probar que, en efecto, toda la verdad se encuentra en el cristianismo, y cómo él satisface a un mismo tiempo al corazón y a la inteligencia, y es verdaderamente el camino de liberación del mal y de la, infelicidad. He aquí, pues, la descripción cristiana del mundo, no tanto del físico como del moral, basado en la aspiración a la felicidad. Esta descripción se desarrolla en tres fases. Primero se discute el origen de la sociedad en general, de la "ciudad", principiando por examinar el comienzo absoluto de lo que no es Dios, es decir, la creación, y aclarando así que con ella ha tenido origen el tiempo, que es el surco señalado por la mutabilidad de las criaturas; de aquí viene la consideración del origen y de las características de las dos ciudades del culto; la creación de los ángeles (Ciudad de Dios) y el origen de la de los malvados, con la rebelión de los ángeles soberbios y sus consecuencias en la vida humana y su destino (XI), ya que la historia de las dos ciudades entre los hombres tiene como preámbulo necesario la de las dos ciudades ultraterrenas: de los ángeles felices sujetos a Dios con sumisión y amor y de los demonios desventurados y rebeldes. En la caracterización de la ciudad terrena tienen extensa parte tres cuestiones: la del mal, que se explica como una deficiencia de perfección y cuya causa se achaca a un desvío de la voluntad respecto al bien supremo, que es Dios, hacia el individuo; la cuestión de la muerte en su sentido relativo (separación del alma del cuerpo: primera muerte) y en su sentido absoluto (muerte del alma: segunda muerte), con su separación sin remedio de Dios (XII); y la cuestión del pecado original, de su naturaleza (desobediencia y orgullo), de sus manifestaciones (rebelión de la carne, concupiscencia, debilitamiento de la voluntad), y de sus efectos principales (XIII). Estos efectos pueden advertirse en toda la vida psíquica, que se muestra trastornada y perturbada por el predominio de las pasiones; es significativo a este respecto el sentimiento del pudor (XIV). La segunda fase es la que considera los desarrollos de las dos ciudades: de la carnal, fundada en el amor de sí mismo, y de la espiritual, fundada en el amor de Dios. Cada una posee su propia manera de vivir y de gozar. La ciudad terrena finca su residencia y su felicidad relativa aquí abajo; la ciudad de Dios está sobre la tierra meramente de paso, en espera de la felicidad celeste. La ciudad terrena procede del fratricidio de Caín, mientras que la de Dios remonta sus comienzos hasta Abel. Cada una continúa en la serie de las generaciones que enumera la Biblia desde el Diluvio (XV), pasando por Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los Jueces (XVI), mientras se afirman las grandes monarquías de Babilonia y de Asiria. Y ello con un permanente signifi- cado simbólico, ya que las vicisitudes de Noé, de los Patriarcas, de Moisés y de otros personajes bíblicos semejantes prefiguran místicamente la ciudad de Dios en su peregrinación. Lo mismo vale para la época de los profetas, que señala el momento culminante y la crisis irreparable de Israel, realidad y símbolo al mismo tiempo de la ciudad de Dios. También aquí el significado simbólico profético predomina sobre el histórico (XVII). La ciudad terrena se desenvuelve, después de Noé y la dispersión de los pueblos, en las grandes monarquías orientales, de las cuales el autor da noticia valiéndose de la Crónica de Eusebio de Cesarea, en los reinados helénicos y en la Roma antigua; para esto se sirve prudentemente de Varrón. Aquí queda subrayado el carácter mixto de la historia humana, la imposibilidad de distinguir en ella la ciudad terrena de la ciudad celeste, que siguen siendo dos realidades metafísicas, cuya separación empírica, sensible, queda reservada al juicio final de Dios. Esto vale, de modo particular, para los primeros siglos de la era cristiana, en que la Iglesia, la Ciudad de Dios, vive mezclada con la ciudad del mundo, hasta el punto de albergar en ella también hombres carnales, aunque tal vez deseosos de redención. De ahí las persecuciones, las herejías, los escándalos que, con todo, tienen su función beneficiosa sobre la ciudad de Dios metafísica: sus santos (XVIII). La tercera fase se refiere al resultado final de las dos ciudades: felicidad eterna para la una, infelicidad también eterna para la otra. Aquí (XIX) se vuelve a tratar extensamente la cuestión de la verdadera naturaleza de la felicidad y de su carácter necesariamente transcendental, divino. De aquí la confutación de los estoicos, que presumían arribar a ella por sus propios medios: la vida humana, vista con ojos realistas, es desorden, apasionamiento, violencia. La racionalidad y la paz no son de este mundo, ni es aquí donde las cosas reciben su valoración definitiva. Esta depende del juicio futuro de Dios (XX). A su luz, el vicio se revelará como tal, aunque aquí abajo se presente con el aspecto fascinador de la virtud y de la felicidad. Nada seguro se sabe acerca de cuándo vendrá ni cómo se desarrollará. Desde luego, el juez será el Cristo glorioso, y la última fase de la historia humana estará muy agitada por luchas espirituales y acontecimientos físicos gigantescos; y ciertamente el fin y el juicio representaran una regeneración, una palingenesia del mundo. Entonces tendrá lugar también la distinción real de las dos ciudades. A la ciudad del mundo tocará una eternidad de dolor, a la vez moral y físico (XXI); eternidad de pena contra la cual no valen ni las objeciones físicas derivadas de la pretendida imposibilidad de un fuego que no se consume, ni las morales, que dependen de una presunta desproporción entre un pecado temporal y un castigo eterno: la gravedad del cual será, no obstante, proporcionada en intensidad a la entidad de la culpa. En cambio, a los santos quedará reservada la bienaventuranza eterna (XXII); no sólo para las almas en la contemplación de Dios, sino para los propios cuerpos que resucitarán a una vida real, aunque diversa de la terrena. La forma de la resurrección no está clara; pero, el hecho, a pesar de las objeciones de los platónicos, es cierto; como es seguro que, aun siendo la Ciudad de Dios en primer lugar obra de la predestinación divina, no es indiferente para ella la orientación del libre albedrío humano. La observación de la vida psíquica podrá dar a entender cuál ha de ser la bienaventuranza eterna como satisfacción de las exigencias positivas del hombre. Ella será, por lo tanto, el gran sábado, la paz suprema en el reino de Dios. Tal es, en resumen, esta gran obra de la antigüedad cristiana, síntesis amplísima que abarca la historia de toda la raza humana y sus destinos, en términos de tiempo y eternidad, y en la que se plantea decididamente, la cuestión de las relaciones entre el Estado y la sociedad humana en general, según los principios cristianos. En consecuencia su influjo en el desarrollo del pensamiento europeo tiene una importancia incalculable. Osorio y Carlomagno, Gregorio I y Gregorio VII, Santo Tomás y Bossuet, todos sin excepción, la han conceptuado como la expresión clásica del pensamiento, político cristiano y de la actitud cristiana frente a la historia. Y en los tiempos modernos sigue conservando su vigencia. De todos los escritos de los Santos Padres es el único que el historiador secular no se atreve a desdeñar de forma definitiva, y el siglo XIX opinó que esa obra justifica que se considere a San Agustín como el fundador de la filosofía de la historia. Ciertamente La Ciudad de Dios no es una teoría filosófica de la historia en el sentido de inducción racional de los hechos históricos. No descubre nada nuevo sobre la historia, considerando ésta sencillamente como el resultado de una serie de principios universales. Lo que San Agustín nos ofrece es una síntesis de historia universal a la luz de los principios cristianos. Su teoría de la historia procede estrictamente de la que tiene sobre la naturaleza humana, que a la vez deriva de su teología de la creación y de la gracia. No es teoría racional si se considera que se inicia y termina con dogmas revelados; pero sí es racional por la lógica estricta de su procedimiento e implica una teoría definidamente filosófica y racional sobre la naturaleza de la sociedad y de la ley, y la relación entre la vida social y la ética. San Agustín leyó en su experiencia propia la verdad universal que en ella estaba contenida. Leyó, en el presente que es, el misterioso presentimiento del porvenir que no es todavía, y que, no obstante, como el pasado que no es ya, revive y se perpetúa en la imagen presente de la memoria, existe ya, y nos es presente por sus causas y por sus signos precursores, como dice en las Confesiones. La Ciudad de Dios extiende a la humanidad el tiempo que él había percibido en su interior: este tiempo, ambivalente, que es el del envejecimiento y de la espera, de la dominación del pecado y de la liberación del alma, resuelve su dualidad por la mediación del Verbo encarnado, en el advenimiento de esa plenitud de los tiempos que reunirá todas las cosas en Jesucristo. Inmensa esperanza que recorre el universo, que lo sacude, que le hace presente en cada instante el fin de su progreso, que le salva de sus calamidades y de sus caídas, puesto que todas, y el pecado mismo con sus consecuencias, concurren, por caminos misteriosos, sólo de Dios conocidos, al advenimiento del Reino sustraído al envejecimiento, ya que, en lo eterno, hay coincidencia de lo temporal y de lo intemporal, de las existencias y de las esencias, en el seno del Ser que permanece. La distensio misma de nuestro tiempo en nosotros se encamina a ello por la tensio o la intentio del alma, que es una extensio animi ad superiora, que reúne en sí las cosas pasadas, presentes y futuras. Imagen lejana, porque el acto de sobrepasar el tiempo es don de Dios, pero imagen ejemplar y real, como se ve por la Iglesia, que está en el tiempo aun siendo eterna. Añadamos a esto que se encuentra en La Ciudad de Dios el primer ensayo grandioso y coherente de coordinar la marcha de los acontecimientos y el progreso de la humanidad con la lucha incesante entre los hombres esclavos del hombre y los hombres que son los servidores de Dios. Desde este punto de vista, la vida de la humanidad entera se ostenta como un maravilloso poema que se desarrolla a lo largo de los siglos -saeculorum tanquam pulcherrimum cermen (XI, 18)-. Poema del que uno mismo no puede recorrer sus páginas sin sentir un inmenso amor y una intensa admiración por el modulador inefable que creó el mundo con el tiempo, que regula su orden y sus armonías, poniendo de acuerdo los contrarios y adaptándolos a los tiempos. Este Dios que ve y quiere y mueve todos los seres inmutablemente, que creó todas las cosas por bondad, tanto las pequeñas como las grandes, señalándolas todas, y en primer lugar al alma humana, con la impronta de la Trinidad divina. En esta historia, ni el azar o lo que con este nombre denominamos, ni el destino o la fortuna representan papel alguno, ni los designios o las pasiones de los hombres son los que disponen; porque todo, en último término, está ordenado a Dios y entra en sus planes, sin que su presencia constriña la libertad del hombre y su libre elección. Es decir, que no hay otras causas eficientes que las causas voluntarias, dependientes todas ellas de la voluntad de Dios; pues no tienen más eficacia que la que Dios les presta. Siempre son, al mismo, tiempo, actuantes y actuadas; únicamente Dios hace y no es hecho. Causa itaque rerum, quae facit non fit, Deus est; aliae vero causae et faciunt et fiunt. Después de lo cual, una vez que la causalidad haya terminado su trabajo, Dios descansará, y estaremos nosotros mismos en la paz. Veremos y amaremos, amaremos y alabaremos en el Reino sin fin. Así, quiéralo o no lo quiera el hombre, tome o no conciencia de ello, se preste por su concurso o por su resistencia, de todo lo cual Dios extrae igualmente partido, todo progreso de la humanidad se realiza en el sentido de un aumento de la ciudad celeste a expensas de la ciudad terrena, o, como dirá el poeta Baudelaire, de una disminución de las huellas del pecado original. Noción singularmente más profunda y más próxima a nosotros, observa con justicia Rudolf Eucken, que la concepción hegeliana de un devenir inmanente, y, con mucha más razón, que su contrapartida marxista de un materialismo histórico, que no retiene de los hechos más que su apariencia externa o una imagen parcial, con frecuencia deformada. En la visión agustiniana, son retenidos todos los elementos, pero colocados en su lugar debido, y reciben su sentido de la conducta invisible de Dios, cuyos eternos designios transcurren en la duración al igual que la gracia se incorpora a la naturaleza, sin privarle en nada de su espontaneidad, ni al hombre de su libertad, sino, por el contrario, perfeccionándola, de tal suerte que ser plenamente libre para el hombre es obedecer a los designios de Dios. Es La Ciudad de Dios la obra que expresa, mejor que ninguna otra, la polifacética personalidad de San Agustín, a un mismo tiempo exegeta, metafísico, psicólogo y teólogo. En ella confluyen, emergiendo de cuando en cuando, los motivos de obras precedentes, que han formado tanta parte de la vida intelectual y religiosa del Padre africano: el antimaniqueismo y el antiplatonismo del De la verdadera religión y de las Confesiones; el antidonatismo y el antipelagianismo que nutren las largas digresiones acerca de los problemas internos de la Iglesia. En ella todo es orgánico. Reanudada y abandonada mil veces, su redacción se lleva a cabo entre el 412 y el 426, y se presenta sobrecargada por las polémicas circunstanciales. Si no es, repetimos, una filosofía de la historia -de la historia San Agustín conocía muy poco-, sí es una metafísica de la sociedad, es decir, una determinación de lo permanente en lo mudable de las conductas humanas, de las fuerzas secretas que deciden el diverso comportamiento de individuos y naciones. Lo que en las Confesiones hiciera para el individuo, reduciendo el drama de los afectos y de las inquietudes del hombre en particular al drama Dios-Hombre, lo hace San Agustín en el De civitate Dei acentuando los elementos propiamente teológicos y bíblicos. Sólo que aquí las pasiones y las ambiciones son las desencadenadas por la primera voluntad humana, la de Adán, que se ha preferido a Dios. Aquí la gracia redentora libera no sólo a Agustín sino a todos los hombres, llamados, a la salvación de la "masa de los pecadores" en Adán. La lucha entre las dos ciudades, que, estriba respectivamente sobre el amor sui y el amor Dei, es el reflejo social de la lucha entre el viejo y el nuevo Adán en cada uno de nosotros. * * * Hemos indicado que el de Hipona empleó no menos de catorce años en la redacción de la que no pocos consideran su obra maestra, La Ciudad de Dios. Del 412 al 426 trabajó en este grandioso libro, sin descuidar por ello sus habituales tareas episcopales, sin remitir en lo más mínimo en su cara ocupación de predicar la palabra divina y sin que sufriese mengua su siempre copiosa correspondencia. Le vemos durante esos años desplazarse, para no perder la costumbre, en largos y fatigosos viajes. Son los años de la áspera pugna pelagiana y aún no han concluido las enojosas disputas con los empecinados donatistas. Y todavía le queda tiempo para sostener prolongadas conferencias con el español Paulo Orosio, que tan bien asimilara en su Historia las lecciones del maestro, para discutir con Emérito de Cesárea y para conseguir la retractación del monje francés Leporio. Y, lo que es más asombroso, para componer otras muchas obras de la más varia doctrina. Porque, alternando con la composición de La Ciudad de Dios, brotaron de su pluma más de una veintena de diversos tratados, tales como Sobre el origen del alma, Contra los priscilianistas y los origenistas, Sobre la presencia de Dios, De la gracia de Cristo y del pecado original, Contra un adversario de la ley y de los profetas, Contra la mentira, De la fe, de la esperanza y de la caridad, De los matrimonios adúlteros, De las bodas y de la concupiscencia, Contra Gaudencio, Cuestiones sobre el Heptateuco, por enumerar algunos. Ateniéndonos al orden seguido en La Ciudad de Dios, y tomando en cuenta algunos datos contenidos en la misma, podríamos rastrear las etapas de su redacción sin necesidad apenas de apoyarnos en argumentos extrínsecos. Aquel gran amigo del Santo, el tribuno Marcelino, cuya epístola fue el motivo determinante para la composición de esta magna obra a él dedicada, pereció ejecutado en septiembre del 413, acusado de atentar contra la seguridad del Estado. Antes de su muerte habían sido concluidos y publicados los tres primeros libros. El autor mismo nos informa, a punto de terminar el quinto, de que ha editado por separado estos tres libros y la dedicatoria a Marcelino precisa la fecha de su aparición. Nos da cuenta asimismo, del éxito alcanzado por su obra, que, asegura, circula sin cesar de mano en mano. Que esos tres primeros libros tuvieron una entusiasta acogida nos lo confirma un testimonio de fines del 414; una carta dirigida a San Agustín por el vicario de África, Macedonio, dándole cuenta de los sentimientos y reflexiones que en él ha suscitado la lectura de las primicias de su obra: "He acabado de leer tus libros, le escribe. Me han entusiasmado hasta el punto de alejar de mí todas mis restantes preocupaciones. Muchos son los aspectos que me han sorprendido, de tal suerte que no sé qué admirar más, si la perfección del sacerdocio, o las doctrinas filosóficas o el pleno conocimiento de la historia o lo agradable de la elocuencia.. Los espíritus más neciamente obstinados han tenido que convencerse, a la vista de los siglos felices cuyo recuerdo evocan, de que peores acontecimientos han tenido lugar... Tú te has servido del ejemplo más conmovedor de las recientes calamidades; aunque has fundado sólidamente tu argumentación, yo hubiera preferido, de haber sido posible, que no le hubieras concedido tanta importancia. Mas cuando aquellos a quienes hay que convencer de necedad han comenzado a quejarse de aquellos acontecimientos, no hay más remedio que extraer de los mismos las pruebas de la verdad." Bien significativos son estos últimos párrafos, porque demuestran que, apenas al día siguiente de la invasión, ya no era del agrado de muchos el recordar con insistencia el saqueo de Roma, y que, a la mención de los recientes sucesos se prefería el relato de antiguas catástrofes: la lección que proporcionaban, por ser menos hiriente, no era tan desagradable. En su larga respuesta a Macedonio no alude Agustín al reproche de su corresponsal. Se limita a hablarle de la verdadera felicidad y de sus condiciones, y no hace alusión alguna a los tres primeros libros de La Ciudad de Dios mas que para recordar que allí había tratado largamente la cuestión del suicidio. Tal vez el propio obispo habría caído en la cuenta de que era ya demasiado tarde para insistir en la ferocidad de las hordas de Alarico. El caso es que los dos libros siguientes, como ya cabe observar, por lo demás, en el segundo y en el tercero, se elevan a reflexiones más generales. Su redacción ocupa los últimos meses del 413 y el año 414. Está acabada en el 415, como lo atestigua una carta dirigida al obispo Evodio a fines de ese mismo año. Es menester leer todo el pasaje referente a La Ciudad de Dios, porque nos suministra preciosa información, no sólo acerca de los libros ya terminados, sino también acerca de los que faltan por escribir: "Añadí dos nuevos libros a los otros tres de La Ciudad de Dios contra los demonícolas, que son sus ene- migos. Creo que en estos cinco libros he, discutido bastante contra aquellos que, por razón de la felicidad de la presente vida, creen que debemos adorar a sus dioses, y se oponen al nombre cristiano por creer que les impedimos su felicidad. En adelante, según prometí en el primer libro, tengo que hablar contra aquellos que, por razón de la vida que sigue a la muerte, juzgan necesario el culto de sus dioses, sin saber que cabalmente por esa vida somos nosotros cristianos." Con renovado ardor prosigue Agustín su tarea a partir del 415; en el 417 ha terminado ya el libro décimo y, con él, la primera parte de la obra que había acometido. Es lo que declara abiertamente al final de dicho libro: "Por esta razón, en estos diez libros, aunque menos de lo que esperaba de mí la intención de algunos, con todo, he satisfecho el deseo de otros, con la ayuda del Dios verdadero y del Señor, refutando las contradicciones de los impíos, que prefieren sus dioses al Fundador de la Ciudad Santa, sobre la que nos propusimos disertar. De estos diez libros, los cinco primeros los escribí contra aquellos que juzgan que a los dioses se les debe culto por los bienes de esta vida, y los cinco últimos, contra los que piensan que se les debe por la vida que seguirá a la muerte. En adelante, como prometí en el libro primero, diré, con la ayuda de Dios, lo que crea conveniente decir sobre el origen, sobre el desarrollo y sobre los fines de las dos ciudades, que, como he dicho también, andan en este siglo entreveradas y mezcladas la una con la otra." La fecha está claramente indicada por Paulo Orosio en el prefacio de su Historia contra los paganos. Esta obra, redactada a instancias del propio Agustín, para servir de complemento a La Ciudad de Dios, está destinada a probar que las invasiones bárbaras no han sido una calamidad excepcional; que las guerras y matanzas son de todos los tiempos, y que los romanos contemporáneos no tienen por qué sorprenderse de ellas si se sienten más débiles que los bárbaros. Nos consta que esta obra fue redactada en 417. Acababa de publicarse entonces la edición de los diez primeros libros de San Agustín y su luz se difundía por el mundo entero. Aunque al principio del libro undécimo se cree obligado el Santo a repetir una vez más las ideas fundamentales que se propone desarrollar y que ya había esbozado al final del anterior, eso no nos debe mover a pensar que hubo de transcurrir mucho tiempo entre la composición de uno y de otro, puesto que del libro duodécimo se hace ya mención en el De Trinitate, tratado que no parece ser muy posterior al 417. El libro XIV está citado en el Contra un adversario de la, ley y de los profetas, que data de hacia el 420., Tratase en este opúsculo del pecado original y de la desobediencia del primer hombre, temas éstos, dice Agustín, que ha abordado más ampliamente en otras partes y, sobre todo, en el libro XIV de La Ciudad de Dios. En los libros XV y XVI, se utilizan con frecuencia las Cuestiones sobre el Heptateuco, que parecen haber sido redactadas después del 418 y antes del 420. Comparando la lista de los lugares paralelos échase de ver bien a las claras la imposibilidad de una relación inversa, porque un cierto número de problemas, apenas esbozados en las Cuestiones, están resueltos en su obra maestra. Queda así fijado el término a quo de la redacción de esos dos libros, pero no podemos decir otro tanto del término ad quem. Como el libro, XVIII se inicia con una especie de recapitulación, en la que el autor se cree obligado a resumir lo que ya ha expuesto con anterioridad y lo que le queda aún por exponer, nos sentimos impulsados a preguntarnos si no habrán sido publicados juntos los libros XIV-XVII. Como quiera que sea, el libro decimoctavo no ofrece visos de ser anterior al 425. Figuran en él algunos datos cronológicos que serían preciosos para fijar la fecha en que fue compuesto el libro si no fuesen tan imprecisos. El conjunto de la obra estaba terminado antes de escribir las Retractaciones, es decir, antes del 427, puesto que en este último escrito pudo estampar San Agustín: "Esta gran obra de La Ciudad de Dios quedó, por fin, concluida en veintidós libros." Y adivinase en ese "por fin" como un suspiro de alivio. Después de haber trabajado durante tanto tiempo, tras incontables trastornos y zozobras, siente el autor la alegría de haber arribado al término de la empresa que se había señalado. Sus últimas palabras, al concluir el libro XXII, habían sido para expresar la misma satisfacción de la obra terminada: "Estoy en que ya he saldado, con la ayuda de Dios, la deuda de esta inmensa obra. Que me perdonen los que la encuentren demasiado corta o de- masiado larga. Y quienes estén satisfechos con ella, agradecidos den gracias no á mí, sino a Dios conmigo. Así sea." No es menester insistir en que una obra tan considerable, y cuya consumación exigiera tantos años, fue editada en varias veces. Gracias a las indicaciones suministradas por el autor mismo podemos seguir de cerca las diversas fases de esa publicación. Los tres primeros libros, ya lo hemos visto, comenzaron por ser editados aparte y dedicados a Marcelino, apenas se acabó su redacción. Una segunda edición aparecida en 415 contenía los cinco primeros. En el 417, hácese referencia, en el prefacio de Orosio a su Historia, a una nueva edición que no contaba con menos de diez libros mientras el once estaba ya en preparación. En el 418 o 419, según toda probabilidad, una carta dirigida a los monjes Pedro y Abraham proporciona nueva información. Después de haberse referido a los diez primeros libros que son del dominio público y que ellos pueden leer, si es que no lo, han hecho ya, dirigiéndose al presbítero Firmo, añade Agustín que ha dado cima a los tres libros siguientes y que está en proceso de composición el decimocuarto. En éste se responde a todas las preguntas planteadas por Pedro y Abraham. De donde verosímilmente se puede concluir que hubo de ser publicado junto con los tres precedentes, si es que no lo fue con los trece en un futuro muy próximo. No parece que después de esa publicación de los catorce primeros libros haya habido ninguna otra para el conjunto de la obra antes de acabarla toda. A lo sumo se podría preguntar si cada uno de los libros sucesivos fue publicado aisladamente, a medida que se iba componiendo. No tenemos ningún vestigio cierto de una tal publicación, que, por lo demás, pugna un tanto con la costumbre de San Agustín. Una vez que hubo puesto punto final a La Ciudad, de Dios, procedió el autor a una revisión de conjunto de la obra para asegurar su perfecta corrección, y envió el manuscrito a Firmo, que era una especie de agente literario suyo, su librero o su editor en Cartago. El manuscrito dirigido a, Firmo constaba de veintidós cuadernos separados, uno por cada libro, y aconsejaba el Santo que no se leyesen en un solo volumen que sería desmesurado, sino en dos o en cinco. Por último, tras haber invitado a Firmo a leer atentamente todo su tratado, prosigue Agustín: "Por lo que se refiere a los libros de mi Ciudad de Dios que todavía no poseen nuestros hermanos de Cartago, te ruego que se los facilites a quienes te los pidan, para que saquen copia. No se los des a gran número de personas, sino a uno o a dos y que éstos a su vez se los den a otros. Por lo que toca a tus amigos personales, sean miembros del pueblo cristiano deseosos de instruirse o sean paganos que pueden, según tu opinión, ser liberados de sus errores, con la gracia de Dios, por la lectura de mi obra, a ti te corresponde decidir como comunicárselos." , De manera que el ejemplar de La Ciudad de Dios dirigido a Firmo no estaba destinado más que a él, que debería permitir sacar una Copia a todos Ios cristianos que lo deseasen. Hasta los mismos paganos, podían tener acceso a ese ejemplar, bajo la responsabilidad de Firmo. Así se cierra la larga y compleja historia de la composición de esta magna obra. Emprendida con ardor en defensa de la Iglesia, abandonada en varias ocasiones, reanudada otras tantas hasta su consumación definitiva, esa obra maestra de San Agustín no, cesó de solicitar su atención durante quince años. Fácilmente se comprende, pues, si se tiene presente el gran lapso de tiempo que necesitó el autor para llevarla a cabo, que ha de haber, en ella algunos desórdenes en su composición, algunas repeticiones en la distribución de los materiales. Defectos que podemos ir descubriendo con solo seguir el plan establecido por el obispo de Hipona. Pero defectos que en ningún momento alcanzaron a impedir la extraña fascinación que ejerciera sobre sus contemporáneos tan colosal obra, como no impiden que todavía en nuestros días suscite la admiración de cuantos reflexivamente la leyeren. CRONOLOGIA 350. Magencio se hace proclamar emperador. Muerte de Constante. Los hunos en Europa Oriental. Mefila traduce la Biblia al gótico. Edad de oro de la cultura hindú y del sánscrito. 351. Lucha de Constancio contra los usurpadores. 352. Constancio, último superviviente entre los hijos de Constantino, reconquista Italia y la Galia al usurpador Magencio. 353. Muerte de Magencio. Constancio emperador único. Constancio favorece al arrianismo. 354. Nace Agustín en Tagaste el 13 de noviembre. 355. Los francos, alamanes y sajones invaden la Galia. Juliano es designado césar y enviado a la Galia contra los alamanes. 356. Victoria de Juliano en Estrasburgo (Argentoratum), y liberación de las Galias. 358. El patriarca Hillel II fija el calendario hebreo. 360. Juliano el apóstata se proclama emperador en París, rebelándose contra Constancio. 361. Agustín estudiante en Tagaste. 362, Juliano resucita el antiguo paganismo. Lucha religiosa con el cristianismo. 363. En guerra con los persas sasánidas, Juliano el apóstata, que había llegado victorioso hasta Ctesifonte, es derrotado y muerto. Joviano emperador. Paz desastrosa con los persas. 364. Valentiniano es nombrado emperador, asociándose, para Oriente, con su hermano Valente. Nueva invasión de los. alamanes en la Galia, rechazada por Valentiniano. 365. Usurpación de Procopio, que es derrotado por Valente. 367. Marcha Agustín a Madaura a estudiar gramática. Guerra de Valente contra los godos y de Valentiniano contra los alamanes. 368. Teodosio el Viejo pacifica la Bretaña romana. 370. Interrumpe Agustín los estudios durante un año y permanece en Tagaste. Fallece su padre Patricio. Los persas conquistan Armenia. 371. Agustín estudiante, en Cartago. Comienza sus relaciones con la madre de Adeodato. 372. Rebelión en África del jefe bereber Firmus. Introducción del budismo en Corea. Nacimiento de Adeodato. 373. Florece en China Hui Youan, fundador de una secta budista. Lee Agustín el Hortensius de Cicerón y se convierte a la filosofía. Se adhiere al maniqueísmo. 374. Los hunos atraviesan el Volga, siguiendo su avance hacia el Oeste. San Ambrosio, obispo de Milán. Agustín profesor en Tagaste. 375. Graciano emperador en Oriente y Valentiniano II coemperador en Occidente. Los hunos aniquilan el reino ostrogodo y empujan a los visigodos hacia el Sur. Son aceptados los visigodos en el imperio de Oriente. Chaudragupta II, rey en la India. 376. Agustín profesor en Cartago. 377. Graciano derrota a los alamanes. 378. Sublevación de los visigodos. Valente es derrotado y muerto por los godos en la batalla de Andrinópolis. 379. Teodosio es asociado al imperio por Graciano. 380. Teodosio abandona a los visigodos la Panonia, y establece a los ostrogodos en el sur del Danubio. Restablece el cristianismo como religión del Estado. Historia de Roma de Amiano Marcelino. 381. Concilio ecuménico de Constantinopla; derrota definitiva del arrianismo. Escribe Agustín el De pulchro et apto. 382. Establecimiento de los visigodos en Mesia. Comienzan las dudas de Agustín contra el maniqueísmo. 383. En Occidente, usurpación de Máximo, asesino de Graciano. Conversaciones de Agustín con Fausto. 384. Comienza San Jerónimo la traducción de la Biblia. Relación sobre el ara de la Victoria de Símaco. Agustín se aparta del maniqueísmo. Profesorado en Roma. Es nombrado profesor en Milán, donde comienza a oír a San Ambrosio. Decide ser catecúmeno. 385. Agustín orador oficial. Panegírico de Bauton y de Valentiniano II. Llegada, de Mónica. 386. Dinastía de los Wei, en el norte de China. Lucha de San Ambrosio con la emperatriz Justina. Descubre Agustín la filosofía neoplatónica. Lee las Epístolas de San Pablo. Se convierte y parte a Casiciaco. Escribe los primeros Diálogos. 387. Máximo arrebata Italia a Valentiniano II. Regresa Agustín a Milán, donde recibe el bautismo con Alipio y Adeodato. Muerte de Mónica en Ostia. Estancia de Agustín en Roma.. 388. Teodosio derrota a Máximo. Valentiniano II bajo la tutela del franco Arbogasto. Parte Agustín a África. 389. Agustín comienza su vida monástica en Tagaste. Muerte de Adeodato. 391. Valerio, obispo de Hipona, ordena sacerdote a Agustín. Funda un segundo monasterio. 392. Arbogasto asesina a Valentiniano II y proclama emperador a Eugenio. Conmoción ante el empuje de los hunos. Los vándalos son rechazados hacia el Oeste, por los alanos que los siguen. Estilicón derrota a los bárbaros en el Danubio. Disputa de Agustín con el maniqueo Fortunato. 393. Últimos juegos olímpicos en Grecia. Sínodo de Hipona donde Agustín predica sobre la fe y el símbolo. 394. Teodosio, vencedor de Eugenio, en Aquileya, se proclama único emperador. 395. Muerte de Teodosio el Grande. División del Imperio: Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente, bajo la regencia de Estilicón. Alarico rey de los visigodos. 396. Los visigodos en Iliria. Fin de los misterios de Eleusis. Es nombrado Agustín obispo auxiliar de Valerio y lo consagra Megalio, el primado de Numidia. 397. Intrigas en la corte de Arcadio, dominado por su mujer Eudoxia; triunfo del partido antigermano; renacimiento nacional bizantino. Vida de San Martín de Tours de Sulpicio Severo. Asiste Agustín a un concilio de Cartago. Muere Valerio y la sucede Agustín como obispo de Hipona. 398. San Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla. San Agustín escribe las CONFESIONES. Controversia con Fortunio. 399. Los vándalos entran en la Galia. Los hunos llegan al Elba. Yezdegerd I, rey de Persia. Tolerancia del cristianismo. Entrevista de Agustín con Crispín, obispo donatista de Calama. 400. Llega Pelagio a Roma. Florecen Macrobio y Kalidasa. 401. Primera tentativa de los visigodos en Italia. Asiste Agustín a un concilio de Cartago. Lucha con los donatistas. 402. El emperador Honorio se refugia en Ravena, futura residencia imperial. 404. Acude Agustín al concilio de Cartago. 405. El ostrogodo Radagaiso en Italia. 406. Estilicón derrota a Radagaiso en Fiésole. Vándalos, alanos, suevos y burgundios se establecen en Galia. 407. Usurpación de Constantino III en Bretaña, prontamente evacuada. 408. Teodosio II sucede a Arcadio como emperador de Oriente. Marcha de Alarico sobre Roma. 409. Vándalos, suevos y alanos, entran en España. 410. Conquista y saqueo de Roma por los visigodos de Alarico. Muerte de Alarico. 411. Constantino III restablece la autoridad romana en la Galia. Conferencia en Cartago entre católicos y donatistas. Comienza la polémica pelagiana. 412. Los visigodos en la Galia meridional. Comienza Agustín LA CIUDAD DE DÍOS. 413. Rebelión de Heraclio en África, pronta y salvajemente reprimida. Los burgundios se establecen en el Rin. Nuevo amurallamiento de Constantinopla por Teodosio II. 414. Ataúlfo, caudillo de los visigodos casa con Gala Placidia, hermanastra del emperador Honorio. Orosio se entrevista con Agustín. 415. En las luchas contra los paganos en Alejandría muere Hipátia. 416. Se establecen los visigodos en España. Fundación del reino visigodo de Toulouse. Asiste Agustín al concilio de Milevi contra los pelagianos. 417. Historia contra los paganos de Paulo Orosio. 418. Teodorico I sucede a Walia como rey de los visigodos. Taulouse se anexa a Aquitania. Disputa de Agustín con Emérito de Cesarea donatista. 419. Reino de los suevos en el noroeste de España. Nuevamente Agustín en Cartago. 420. Anglosajones y jutos se instalan en Bretaña. Comienza la dinastía de los Sung en China. Varanes V, rey de Persia; persecución al cristianismo. Consigue Agustín la retractación de Leporio. 422. Paz entre Bizancio y los persas. 425. Valentiniano III, emperador de Occidente. Regencia de Gala Placidia y más tarde de Aecio. Ataque de los hunos a Persia. 426. Termina San Agustín La Ciudad de Dios y nombra a Heraclio obispo auxiliar. 427. Rebelión, en África, del conde Bonifacio. 428. Los persas en Armenia. Controversia nestoriana. Conferencia de Agustín con el obispo arriano Maximino. 429. Los vándalos pasan al África durante el reinado de Genserico. Código teodosiano. 430. Muere San Agustín el 28 de agosto mientras Genserico sitia Hipona. 431. Concilio ecuménico de Efeso, que condena las doctrinas de Nestorio y Pelapio. 432. Rivalidad entre Aecio y Bonifacio. Evangelización de Irlanda por San Patricio. 437. Atila, rey de los hunos. 439. Conquista de Cartago por los vándalos. 440. León I papa. Guerras entre Atila y Teodosio II. PROEMIO En esta obra, que va dirigida a ti, y te es debida mediante mi palabra, Marcelino, hijo carísimo, pretendo defender la gloriosa Ciudad de Dios, así la que vive y se sustenta con la fe en el discurso y mundanza de los tiempos, mientras es peregrina entre los pecadores, como la que reside en la estabilidad del eterno descanso, el cual espera con tolerancia hasta que la Divina Justicia tenga a juicio, y ha de conseguirle después completamente en la victoria final y perpetua paz que ha de sobrevenir; pre- tendo, digo, defenderla contra los que prefieren y dan antelación a sus falsos dioses, respecto del verdadero Dios, Señor y Autor de ella. Encargo es verdaderamente grande, arduo y dificultoso; pero el Omnipotente nos auxiliará. Por cuanto estoy suficientemente persuadido del gran esfuerzo que es necesario para dar a entender a los soberbios cuán estimable y magnífica es la virtud de la humildad, con la cual todas las cosas terrenas, no precisamente las que usurpamos con la arrogancia y presunción humana, sino las que nos dispensa la divina gracia, trascienden y sobrepujan las más altas cumbres y eminencias de la tierra, que con el transcurso y vicisitud de los tiempos están ya como presagiando su ruina y total destrucción. El Rey, Fundador y Legislador de la Ciudad de que pretendemos hablar es, pues, Aquel mismo que en la Escritura indicó con las señales más evidentes a, su amado pueblo el genuino sentido de aquel celebrado y divino oráculo, cuyas enérgicas expresiones claramente expresan . Pero este particular don, que es propio y peculiar de Dios, también le pretende el inflado espíritu del hombre soberbio y envanecido, queriendo que entre sus alabanzas y encomios se celebre como un hecho digno del recuerdo de toda la posteridad . Y así', tampoco pasaremos en silencio acerca de la Ciudad terrena (que mientras más ambiciosamente pretende reinar con despotismo, por más que las naciones oprimidas con su insoportable yugo la rindan obediencia y vasallaje, el mismo apetito de dominar viene a reinar sobre ella) nada, de cuanto pide la naturaleza de esta obra, y lo que yo penetro con mis luces intelectuales. LIBRO PRIMERO LA DEVASTACIÓN DE ROMA NO FUE CASTIGO DE LOS DIOSES DEBIDO AL CRISTIANISMO CAPITULO PRIMERO De los enemigos del nombre cristiano, y de cómo éstos fueron perdonados por los bárbaros, por reverencia de Cristo, después de haber sido vencidos en el saqueo y destrucción de la ciudad Hijos de esta misma ciudad son los enemigos contra quienes hemos de defender la Ciudad de Dios, no obstante que muchos, abjurando sus errores, vienen a ser buenos ciudadanos; pero la mayor parte la manifiestan un odio inexorable y eficaz, mostrándose tan ingratos y desconocidos a los evidentes beneficios del Redentor, que en la actualidad no podrían mover contra ella sus maldicientes lenguas si cuando huían el cuello de la segur vengadora de su contrario no hallaran la vida, con que tanto se ensoberbecen, en sus sagrados templos. Por ventura, ¿no persiguen el nombre de Cristo los mismos romanos a quienes por respeto y reverencia a este gran Dios, perdonaron la vida los bárbaros? Testigos son de esta verdad las capillas de los mártires y las basílicas de los Apóstoles, que en la devastación de Roma acogieron dentro de sí a los que precipitadamente, y temerosos de perder sus vidas, en la fuga ponían sus esperanzas, en cuyo número se comprendieron no sólo los gentiles, sino también los cristianos. Hasta estos lugares sagrados venía ejecutando su furor el enemigo, pero allí mismo se amortiguaba o apagaba el furor del encarnizado asesino, y, al fin, a estos sagrados lugares conducían los piadosos enemigos a los que, hallados fuera de los santos asilos, hablan perdonado las vidas, para que no cayesen en las manos de los que no usaban ejercitar semejante piedad, por lo que es muy digno de notar que una nación tan feroz, que en todas partes se manifestaba cruel y sanguinaria, haciendo crueles estragos, luego que se aproximó a los templos y capillas, donde la estaba prohibida su profanación, así como el ejercer las violencias que en otras partes la fuera permitido por derecho de la guerra, refrenaba del todo el ímpetu furioso de su espada desprendiéndose igualmente del afecto de codicia que la poseía de hacer una gran presa en ciudad tan rica y abastecida. De esta manera libertaron su, vidas muchos que al presente infaman y murmuran de los tiempos cristianos, imputando a Cristo los trabajos y penalidades que Roma padeció, v, no atribuyendo a este gran Dios el beneficio incomparable que consiguieron por respeto a su santo nombre de conservarles las vidas; antes por el contrario, cada uno, respectivamente, hacía depender este feliz suceso de la influencia benéfica del hado, o de su buena suerte, cuando, si lo reflexionasen con madurez, deberían atribuir Ias molestias y penalidades que sufrieron por la mano vengadora de sus ene- migos a los inescrutables arcanos y sabias disposiciones de la Providencia divina, que acostumbra a corregir y aniquilar con los funestos efectos que presagia una guerra cruel los vicios y las corrompidas costumbres de los hombres, y siempre que los buenos hacen una vida loable e incorregible suele, a veces, ejercitar su paciencia con semejantes tribulaciones, para proporcionarles la aureola de su mérito; y cuando ya tiene probada su conformidad, dispone transferir los trabajos a otro lugar, o detenerlos todavía en esta vida para otros designios que nuestra limitada trascendencia no puede penetrar. Deberían, por la misma causa, estos vanos impugnadores atribuir a los tiempos en que florecía el dogma católico la particular gracia de haberles hecho merced de sus vidas los bárbaros, contra el estilo observado en la guerra, sin otro respeto que por indicar su sumisión y reverencia a Jesucristo, concediéndoles este singular favor en cualquier lugar que los hallaban, y con especialidad a los que se acogían al sagrado de los templos dedicados al augusto nombre de nuestro Dios (los que eran sumamente espaciosos y capaces de una multitud numerosa), para que de este modo se manifestasen superabundantemente los rasgos de su misericordia y piedad. De esta constante doctrina podrían aprovecharse para tributar las más reverentes gracias a Dios, acudiendo verdaderamente y sin ficción al seguro de su santo nombre, con el fin de librarse por este medio de las perpetuas penas y tormentos del fuego eterno, así como de su presente destrucción; porque muchos de estos que veis que con tanta libertad y desacato hacen escarnio de los siervos de Jesucristo no hubieran huido de su ruina y muerte si no fingiesen que eran católicos; y ahora su desagradecimiento, soberbia y sacrílega demencia, con dañado corazón se opone a aquel santo nombre, que en el tiempo de sus infortunios le sirvió de antemural, irritando de este modo la divina, justicia y, dando motivo a que su ingratitud sea castigada con aquel abismo de males y dolores que están preparados perpetuamente a los malos, pues su con- fesión, creencia y gratitud fue no de corazón, sino con la boca, por poder disfrutar más tiempo de las felicidades momentáneas y caducas de esta vida. CAPITULO II Que jamás ha habido guerra en que los vencedores perdonasen a los vencidos por respeto y amor a los dioses de éstos Y supuesto que están escritas en los anales del mundo y en los fastos de los antiguos tantas guerras acaecidas antes y después de la fundación y restablecimiento de Roma y su Imperio, lean y manifiesten estos insensatos un solo pasaje, una sola línea, donde se diga que los gentiles hayan tomado alguna ciudad en que los vencedores perdonasen a los que se habían acogido (como lugar de refugio) a los templos de sus dioses. Pongan patente un solo lugar donde se refiera que en alguna ocasión mandó un capitán bárbaro, entrando por asalto y a fuerza de armas en una plaza, que no molestasen ni hiciesen mal a todos aquellos que se hallasen en tal o tal templo. ¿Por ventura, no vio Eneas a Príamo violando con su sangre las aras que él mismo había consagrado? Diómedes y Ulises, degollando las guardias del alcázar y torre del homenaje, ¿no arrebataron el sagrado Paladión, atreviéndose a profanar con sus sangrientas manos las virginales vendas, de la diosa? Aunque no es positivo que de resultas de tan trágico suceso comenzaron a amainar y desfallecer las esperanzas de los griegos; pues en seguida vencieron y destruyeron a Troya a sangre y fuego, degollando a Príamo que se había guarecido bajo la religiosidad de los altares. Sería a vista de este acaecimiento una proposición quimérica el sostener que Troya se perdió porque perdió a Minerva; porque ¿qué diremos que perdió primero la misma Minerva para que ella se perdiese? ¿Fueron por ventura sus guardas? Y esto seguramente es lo más cierto, pues, degollados, luego la pudieron robar, ya que la defensa de los hombres no dependía de la imagen, antes más bien, la de ésta dependía de la de aquellos. Y estas naciones ilusas, ¿cómo adoraban y daban culto (precisamente para que los defendiese a ellos y a su patria) a aquella deidad que no pudo guardar a sus mismos centinelas? CAPITULO III Cuán imprudentes fueron los romanos en creer que los dioses Penates, que no pudieron guardar a Troya, les habían de aprovechar a ellos Y ved aquí demostrado a qué especie de dioses encomendaron los romanos la conservación de su ciudad: ¡oh error sobremanera lastimoso! Enójanse con nosotros porque referimos la inútil protección que les prestan sus dioses, y no se irritan de sus escritores (autores de tantas patrañas), que, para entenderlos y comprenderlos, aprontaron su dinero, teniendo a aquellos que se los leían por muy dignos de ser honrados con salario público y otros honores. Digo, pues, que en Virgilio, donde estudian los niños, se hallan todas estas ficciones, y leyendo un poeta tan famoso como sabio, en los primeros años de la pubertad, no se les puede olvidar tan fácilmente, según la sentencia de Horacio, . Introduce pues, Virgilio a Juno, enojada y contraria de los troyanos, que dice a Eolo, rey de los vientos, procurando irritarle contra ellos: ; ¿y es posible que unos hombres prudentes y circunspectos encomendasen la guarda de su ciudad de Roma a estos dioses vencidos, sólo con el objeto de que ella jamás fuese entrada de sus enemigos? Pero a esta objeción terminante contestarán alegando que expresiones tan enérgicas y coléricas las dijo Juno como mujer airada y resen- tida, no sabiendo lo que raciocinaba. Sin embargo, oigamos al mismo Eneas,, a quien frecuentemente llama piadoso, y atendamos con reflexión a su sentimiento: No dice que los mismos dioses (a quienes no duda llamar vencidos) se los encomendaron a su defensa, sino que no encargó la suya a estas deidades, pues le dice Héctor Si Virgilio, pues, a estos falsos dioses los confiesa vencidos y ultrajados, y asegura que su conservación fue encargada a un hombre para que lo librase de la muerte huyendo con ellos, ¿no es locura imaginar que se obró prudentemente cuando a Roma se dieron semejantes patronos, y que, si no los perdiera esta ínclita ciudad, no podría ser tomada ni destruida? Mas claro: reverenciar y dar culto a unos dioses humillados, abatidos y vencidos, a quienes tienen por sus tutelares, ¿qué otra cosa es que tener, no buenos dioses, sino malos demonios? Acaso no será más cordura creer, no que Roma jamás experimentaría este estrago, si ellos no se perdieran primero, sino que mucho antes se hubieran perdido, si Roma, con todo su poder, no los hubiera guardado? Porque, ¿quién habrá que, si quiere reflexionar un instante, no advierta que fue presunción ilusoria el persuadirse que no pudo ser tomada Roma bajo el amparo de unos defensores vencidos, y que al fin sufrió su ruina porque perdió los dioses que la custodiaban, pudiendo ser mejor la causa de este desastre el haber querido tener patronos que se habían de perder, y podían ser humillados fácilmente, sin que fuesen capaces de evitarlo? Y cuando los poetas escribían tales patrañas de sus dioses, no fue antojo que les vino de mentir, sino que a hombres sensatos, estando en su cabal juicio, les hizo fuerza la verdad para decirla y confesarla sinceramente. Pero de esta materia trataremos copiosamente y con más oportunidad en otro lugar. Ahora únicamente declararé, del mejor modo que me sea posible, cuanto habla empezado a decir sobre los ingratos moradores de la saqueada Roma. Estos, blasfemando y profiriendo execrables expresiones, imputan a Jesucristo las calamidades que ellos justamente padecen por la perversidad de su vida y sus detestables crímenes, y al mismo tiempo no advierten que se les perdona la vida por reverencia a nuestro Redentor, llegando su desvergüenza a impugnar el santo nombre de este gran Dios con las mismas palabras con que falsa y cautelosamente usurparon tan glorioso dictado para librar su vida, o, por mejor decir, aquellas lenguas que de miedo refrenaron en los lugares consagrados a su divinidad, para poder estar allí seguros, y adonde por respeto a él lo estuvieron de sus enemigos; desde allí, libres de la persecución, las sacaron alevemente, para disparar contra él malignas imprecaciones y maldiciones escandalosas. CAPITULO IV Cómo el asilo de Juno, lugar privilegiado que había en Troya para los delincuentes, no libró a ninguno de la furia de los griegos, y cómo los templos de los Apóstoles ampararon del furor de los bárbaros todos los que se acogieron a ellos La misma Troya, como dije, madre del pueblo romano, en los lugares consagrados a sus dioses no pudo amparar a los suyos ni librarlos del fuego y cuchillo de los griegos, siendo así que era nación que adoraba unos mismos dioses; por el contrario, Si César no mencionara en este lugar los templos, acaso pensaríamos que los enemigos solían respetar los lugares sagrados. Esta profanación temían los templos romanos les había de sobrevenir, causada, no por mano de enemigos, sino por la de Catilina y sus aliados, nobilísimos senadores y ciudadanos romanos; pero, ¿qué podía esperarse de una gente infiel y parricida? CAPITULO VI Que ni los mismos romanos jamás entraron por fuerza en alguna ciudad de modo que perdonasen a los vencidos, que se guarecían en los templos Pero ¿qué necesidad hay de discurrir por tantas naciones que han sostenido crueles guerras entre sí, las que no perdonaron a los vencidos que se acogieron al sagrado de sus templos? Observemos a los mismos romanos, recorramos el dilatado campo de su conducta, y examinemos a fondo sus prendas, en cuya especial alabanza se dijo: Pero, supuesto que los historiadores romanos no pudieron dejar de contar las lágrimas de Marcelo, ni el donaire de Fabio, ni la honesta clemencia de aquél y la graciosa moderación de éste, ¿cómo lo omitieran si ambos hubiesen perdonado alguna persona por reverencia a alguno de sus dioses, mandando que no se diese muerte ni cautivase a los que se refugiasen en el templo? CAPITULO VII Que lo que hubo de rigor en la destrucción de Roma sucedió según el estilo de la guerra, y lo que de clemencia provino del poder del nombre de Cristo Todo cuanto acaeció en este último saco de Roma: efusión de sangre, ruina de edificios, robos, incendios, lamentos y aflicción, procedía del estilo ordinario de la guerra; pero lo que se experimentó y debió tenerse por un caso extraordinario, fue que la crueldad bárbara del vencedor se mostrase tan mansa y benigna, que eligiese y señalase unas iglesias sumamente capaces para que se acogiese y salvase en ellas el pueblo, donde a nadie se quitase la vida ni fuese extraído; adonde los enemigos que fuesen piadosos pudiesen conducir a muchos para librarlos de la muerte, y de donde los que fuesen crueles no pudiesen sacar a ninguno para reducirle a esclavitud; éstos son, ciertamente, efectos de la misericordia divina. Pero si hay alguno tan procaz de no advertir que esta particular gracia debe atribuirse a nombre de Cristo y a los tiempos cristianos, sin duda está ciego; o no lo ve y no lo celebra es ingrato, y de que se opone a los que celebran con júbilo y gratitud este sin beneficio es un insensato. No permita Dios que ningún cuerdo quiera imputar esta maravilla a la fuerza de los bárbaros. El que puso terror en los ánimos fieros, el que los refrenó, el que milagrosamente los templó, fue Aquel mismo que mucho antes habla dicho por su Profeta: . CAPITULO VIII De los bienes y males, que por la mayor parte, son comunes a los buenos y malos No obstante, dirá alguno: ¿por qué se comunica esta misericordia del Altísimo a los impíos e ingratos?, y respondemos, no por otro motivo, sino porque usa de ella con nosotros. ¿Y quién es tan benigno para con todos? . Porque aunque es cierto que algunos, meditando atentamente sobre este punto, se arrepentirán y enmendarán de su pecado, otros, como dice el Apóstol, . Con todo, hemos de entender que la paciencia de Dios respecto de los malos es para convidarlos a la penitencia, dándoles tiempo para su conversión; y el azote y penalidades con que aflige a los justos es para enseñarles a tener sufrimiento, y que su recompensa sea digna de mayor premio. Además de esto, la misericordia de Dios usa de benignidad con los buenos para regalarlos después y conducirlos a la posesión de los bienes celestiales; y su severidad y justicia usa de rigor con los malos para castigarlos como merecen, pues es innegable que el Omnipotente tiene aparejados en la otra vida a los justos unos bienes de los que no gozarán los pecadores, y a éstos unos tormentos tan crueles, con los que no serán molestados los buenos; pero al mismo tiempo quiso que estos bienes y males temporales de la vida mortal fuesen comunes a los unos y a los otros, para que ni apeteciésemos con demasiada codicia los bienes de que vemos gozan también los malos, ni huyésemos torpemente de los males e infortunios que observamos envía también Dios de ordinario a los buenos; aunque hay una diferencia notable en el modo con que usamos de estas cosas, así de las que llaman prósperas como de las que señalan como adversas; porque el bueno, ni se ensoberbece con los bienes temporales, ni con los males se quebranta; mas al pecador le envía Dios adversidades, ya que en el tiempo de la prosperidad se estraga con las pasiones, separándose de las verdaderas sendas de la virtud. Sin embargo, en muchas ocasiones muestra Dios también en la distribución de prosperidad y calamidades con más evidencia su alto poder; porque, si de presente castigase severamente todos los pecados, podría creerse que nada reservaba para el juicio final; y, por otra parte, si en la vida mortal no diese claramente algún castigo a la variedad de delitos, creerían los mortales que no había Providencia Divina. Del mismo modo debe entenderse en cuanto a las felicidades terrenas, las cuales, si el Omnipotente no las concediese con mano liberal a algunos que se las piden con humillación, diríamos que esta particular prerrogativa no pertenecía a la omnipotencia de un Dios tan grande, tan justo y compasivo, y, por consiguiente, si fuese tan franco que las concediese a cuantos las exigen de su bondad, entenderla nuestra fragilidad y limitado entendimiento que no debíamos servirle por otro motivo que por la esperanza de iguales premios, y semejantes gracias no nos harían piadosos y religiosos, sino codiciosos y avarientos. Siendo tan cierta esta doctrina, aunque los buenos y malos juntamente hayan sido afligidos con tribulaciones y. gravísimos males, no por eso dejan de distinguirse entre sí porque no sean distintos los males que unos y otros han padecido; pues se compadece muy bien la diferencia de los atribulados con la semejanza de las tribulaciones, y, a pesar de que sufran un mismo tormento, con todo, no es una misma cosa la virtud y el vicio; porque así como con un mismo fuego resplandece el oro, descubriendo sus quilates, y la paja humea, y con un mismo trillo se quebranta la arista, y el grano se limpia; y asimismo, aunque se expriman con un mismo peso y husillo el aceite y el alpechín, no por eso se confunden entre sí; así también una misma adversidad prueba, purifica y afina a los buenos, y a los malos los reprueba, destruye y aniquila; por consiguiente, en una misma calamidad, los pecadores abominan y blasfeman de Dios, y los justos le glorifican y piden misericor- dia; consistiendo la diferencia de tan varios sentimientos, no en la calidad del mal que se padece, sino en la de las personas que lo sufren; porque, movidos de un mismo modo, exhala el cieno un hedor insufrible y el ungüento precioso una fragancia suaví- sima. CÁPITULO Ix De las causas por qué castiga Dios juntamente a los buenos y a los malos ¿Qué han padecido los cristianos en aquella común calamidad, que, considerado con imparcialidad, no les haya valido para mayor aprovechamiento suyo? Lo primero, porque reflexionando con humildad los pecados por los cuales indignado Dios ha enviado al mundo tantas calamidades, aunque ellos estén distantes de ser pecaminosos, viciosos e impíos, con todo, no se tienen por tan exentos de toda culpa que puedan persuadirse no merecen la pena de las calamidades temporales. Además de esto, cada uno, por más ajustado que viva, a veces se deja arrastrar de la carnal concupiscencia, y aunque no se dilate hasta llegar a lo sumo del pecado, al golfo de los vicios y a la impiedad más abominable, sin embargo, degeneran en pecados, o raros, o tanto más ordinarios cuanto son más ligeros. Exceptuados éstos, ¿dónde hallaremos fácilmente quien a estos mismos (por cuya horrenda soberbia, lujuria y avaricia, y por cuyos abominables pecados e impiedades, Dios, según que nos lo tiene amenazado repetidas veces por los Profetas, envía tribulaciones a la tierra) les trate del modo que merecen y viva con ellos de la manera que con semejantes debe vivirse? Pues de ordinario se les disimula, sin enseñarlos ni advertirlos de su fatal estado, y a veces ni se les increpa ni corrige, ya sea porque nos molesta esa fatiga tan interesante al bien de las almas, ya porque nos causa pudor ofenderles, cara a cara, reprendiéndoles sus demasías, ya porque deseamos excusar enemistades que acaso nos impidan y perjudiquen en nuestros intereses temporales o en, los que pretende nuestra ambición o en, los que teme perder nuestra flaqueza; de modo que, aunque a los justos ofenda y desagrade la vida de los pecadores, y por este motivo no incurran al fin en el terrible anatema que a los malos les está prevenido en el estado futuro, con todo, porque perdonan y no reprenden los pecados graves de los impíos, temerosos de los suyos, aunque ligeros y veniales, con justa razón les alcanza juntamente con ellos el azote temporal de las desdichas, aunque no el castigo eterno y las horribles penas del infierno. Así pues, con justa causa gustan de las amarguras de esta vida, cuando Dios los aflige juntamente con los malos, porque, deleitándose en las dulzuras del estado presente, no quisieron mostrarles la errada senda que seguían cuando pecaban, y siempre que cualquiera deja de reprender y corregir a los que obran mal, porque espera ocasión más' oportuna, o porque recela que los pecadores pueden empeorarse con el rigor de sus correcciones, o porque no impidan a los débiles, necesitados de una doctrina sana, que vivan ajustadamente, o los persigan y separen de la verdadera creencia, no parece que es ocasión de codicia, sino consejo de caridad. La culpa está en que los que viven bien y aborrecen los vicios de los malos, disimulan los pecados de aquellos a quienes debieran reprender, procurando no ofenderlos porque no les acusen de las acciones que, los inocentes usan lícitamente; aunque este saludable ejercicio deberían practicarlo con aquel anhelo y santo celo del que deben estar internamente inspirados los que se contemplan como peregrinos en este mundo y únicamente aspiran a obtener la dicha de gozar la celestial patria. En esta suposición, no sólo los flacos, los que viven en el estado conyugal y tienen sucesión o procuran tenerla y poseen casa y familias (con quienes habla el Apóstol, enseñándoles y amonestándolos cómo deben vivir las mujeres con sus maridos y éstos con aquéllas, los hijos con sus padres y los padres con sus hijos, los criados con sus señores y los señores con sus criados) procuran adquirir las cosas temporales y terrenas, perdiendo su dominio contra su voluntad, por cuyo respeto no se atreven a corregir a aquellos cuya vida escandalosa y abominable les da en rostro, sino también los que están ya en estado de mayor perfección, libres del vinculo y obligaciones del matrimonio, pasando su vida con una humilde mesa y traje; éstos, digo, por la mayor parte, consultando a su fama y bienestar, y temiendo las asechanzas y violencias de los impíos, dejan de reprenderlos; y aunque no los teman en tanto grado que para hacer lo mismo que ellos se rindan a sus amenazas y maldades, con todo, aquellos pecados en que no tienen comunicación unos con otros, por lo común no los quieren reprender, pudiendo, quizá, con su corrección lograr la enmienda de algunos, y, cuando ésta les parece imposible, recelan que por esta acción, llena de caridad, corra peligro su crédito y Vida; no porque consideren que su fama y vida es necesaria para la utilidad y enseñanza del prójimo, sino porque se apodera de su corazón flaco la falsa idea de que son dignas, de aprecio las lisonjeras razones con que los tratan los pecadores, y que, por otra parte, apetecen vivir en concordia entre los hombres durante la breve época de su existencia; y, si alguna vez temen la critica del vulgo y el tormento de la carne o de la muerte, esto es por algunos efectos que produce la codicia en los corazones, y no por lo que se debe a la caridad. Esta, en mi sentir, es una grave causa, porque juntamente con los malos atribula Dios a los buenos cuando quiere castigar las corrompidas costumbres con la aflicción de las penas temporales. A un mismo tiempo derrama sobre unos y otros las calamidades y los infortunios, no porque juntamente viven mal, sino porque aman la vida temporal como ellos, y estas molestias que sufren son comunes a los justos y a los pecadores, aunque no las padecen de un mismo modo; por esta causa los buenos deben despreciar esta vida caduca y de tan corta duración, para que los pecadores, reprendidos con sus saludables consejos, consigan la eterna y siempre feliz; y cuando no quieren asentir a tan santas máximas ni asociarse con los buenos para obtener el último galardón, los 'debemos sufrir y amar de corazón, porque mientras existen en esta vida mortal, es siempre problemático y dudoso si mudarán la voluntad volviéndose a su Dios y Criador. En lo cual no sólo son muy desiguales, sino que están más expuestos a su condenación aquellos de quienes dice Dios por su Profeta: , porque para este fin están puestas las atalayas o centinelas, esto es, los Propósitos y Prelados eclesiásticos, para que no dejen de reprender los pecados y procurar la salvación de las almas; mas no por eso estará totalmente exento de esta culpa aquel que, aunque no sea Prelado, con todo, en las personas con quienes vive y conversa ve muchas acciones que reprender, y no lo hace por no chocar con sus índoles y genios fuertes, o por respeto a los bienes que posee lícitamente, en cuya posesión se deleita más de lo que exige la razón. En cuanto a lo segundo, los buenos tienen que examinar otra causa, y es el por qué Dios los aflige con calamidades temporales, como lo hizo Job, y, considerada atentamente, conocerá que el Altísimo opera con admirable, probidad y por un medio tan esencial a nuestra salud, para que de este modo se conozca el hombre a sí mismo y aprenda a amar a Dios con virtud y sin interés. Examinadas atentamente estas razones, veamos si acaso ha sucedido algún trabajo a los fieles y temerosos de Dios que no se les haya convertido en bien, a no ser que pretendamos decir es vana aquella sentencia del apóstol, donde dice. CAPITULO X Que los Santos no pierden nada con la pérdida de las cosas temporales Si dicen que perdieron cuanto poseían, pregunto: ¿Perdieron la fe? ¿Perdieron la religión? ¿Perdieron los bienes del hombre interior, que es el rico en los ojos de Dios? Estas son las riquezas y el caudal de los cristianos, a quienes el esclarecido Apóstol de las gentes decía: , para que, en efecto, como buen siervo estimase por rica y crecida hacienda la voluntad y gracia de su Señor; enriqueciese, sirviéndole con el espíritu, y no se entristeciese ni le causase pena el dejar en vida lo que había de dejar bien presto muriendo. Pero los más débiles y flacos, que estaban adheridos con todo su corazón a estos bienes temporales, aunque no lo antepusiesen al amor de Jesucristo, vieron con dolor, perdiéndolos, cuánto pecaron estimándolos con demasiado afecto; pues tan grande fue su sentimiento en este infortunio como los dolores que padecieron, según afirma el Apóstol, y dejo referido, y así convenía que se les enseñase también con la doctrina la experiencia a los que por tanto tanto tiempo no hicieron caso de la disciplina de la palabra, pues cuando dijo el Apóstol Pablo , sin duda que en las riquezas no reprende la hacienda, sino la codicia. El mismo Santo Apóstol ordena en otro lugar a su discípulo Timoteo el siguiente reglamento para que anuncie entre las gentes, y le dice: En el tiempo de la tribulación y de las calamidades experimentaron con cuánta discreción obraron en no haber desechado el consejo del Divino Maestro, fidelísimo y segurísimo custodio. Pero si algunos se lisonjearon de haber tenido guardadas sus riquezas adonde por acaso sucedió que no llegase el enemigo, ¿con cuánta más certidumbre y seguridad pudieron alegrarse los que, por consejo de su Dios, transfirieron sus haberes al lugar donde de ningún modo podía penetrar todo el poder del vencedor? Y así nuestro Paulino, Obispo de Nola, que, de hombre poderoso se hizo voluntariamente pobre cuando los godos destruyeron la ciudad de Nola, una vez ya en su poder (según que luego lo supimos por él mismo) hacía oración a Dios con el mayor fervor, implorando su piedad por estas enérgicas expresiones: Y estas palabras manifestaban evidentemente que todos sus haberes los había depositado en donde le había aconsejado aquel gran Dios; el cual había dicho, previendo los males futuro:, que estas calamidades habían de venir al mundo, y por eso los que obedecieron a las persuasiones del Redentor, formando su tesoro principal donde y como debían, cuando los bárbaros saquearon las casas y talaron los campos no per- dieron ni aun las mismas riquezas terrenas; mas aquellos a quienes pesó por no haber asentido al consejo divino dudoso del fin que tendrían sus haberes, echaron de ver ciertamente, si no ya con la ciencia del vaticinio, a lo menos con la experiencia, lo que debían haber dispuesto para asegurar perpetuamente sus bienes. Dirán que hubo también algunos cristianos buenos que fueron atormentados por los godos sólo porque les pusiesen de manifiesto sus riquezas; con todo, éstos no pudieron entregar ni perder aquel mismo bien con que ellos eran buenos, y si tuvieron por más útil padecer ultrajes y tormentos que manifestar y dar sus fortunas; haberes, seguramente, que no eran buenos; pero a éstos, que tanta pena sufrían por la pérdida del oro; era necesario advertirles cuánto se debía tolerar por Cristo para que aprendiesen a amar, especialmente al que se enriquece y padece por Dios, esperando la bienaventuranza, y no a la plata ni al oro, pues en apesadumbrarse por la pérdida de estos metales fuera una acción pecaminosa, ya los ocultasen mintiendo, ya los manifestasen y entregasen diciendo la verdad; porque en la fuerza de los mayores tormentos nadie perdió a Cristo ni su protección, confesando, y ninguno conservó el oro sino negando, y por eso las mismas afrentas que les daban instrucciones seguras para creer debían amar el bien incorruptible y eterno eran, quizá, de más provecho que los bienes por cuya adhesión y sin ningún fruto eran atormentados sus dueños; y si hubo algunos que, aunque nada tenían que poseer patente, cómo no los daban crédito, los molestaron con injurias y malos tratamientos, también éstos, acaso, desearían gozar grandes haberes, por cuyo afecto no eran pobres con una voluntad santa y sincera, y éste es el motivo porque - era necesario persuadirles que no era la hacienda, sino la codicia de ella la que me-recia semejantes aflicciones; pero si por profesar una vida perfecta e intachable no tenían atesorado oro ni plata, no sé ciertamente si aconteció acaso a alguno de éstos que le atormentasen creyendo que tenía bienes; y, dado el caso de que así sucediese, sin duda, el que en los tormentos confesaba su pobreza, a Cristo confesaba; pero aun cuando no mereciese ser creído de los enemigos, con todo, el confesor de tan loable pobreza no pudo ser afligido sin la esperanza del premio y remuneración que le estaba preparada en el Cielo. CAPITULO XI Del fin de la vida temporal ya sea breve ya sea larga Mas se dirá perecieron muchos cristianos al fuerte azote del hambre, que duró por mucho tiempo, y respondo que este infortunio pudieron convertirle en utilidad propia los buenos, sufriéndole piadosa y religiosamente, porque aquellos a quienes consumió el hambre se libraron de las calamidades de esta vida, como sucede en una enfermedad corporal; y los que aún quedaron vivos, este mismo azote les suministró los documentos más eficaces no sólo para vivir con parsimonia y frugalidad, sino para ayunar por más tiempo del ordinario. Si añaden que muchos cristianos murieron también a los filos de la espada, y que otros perecieron con crueles y espantosas muertes, digo que si estas penalidades no deben apesadumbrar, es una ridiculez pensarlo así, pues ciertamente es una aflicción común a todos los que han nacido en esta vida; sin embargo, es innegable que ninguno murió que alguna vez no hubiese de morir; y el fin de la vida, así a la que es larga como a la que es corta, las iguala y hace que sean una misma cosa, ya que lo que dejó una vez de ser no es mejor ni peor, ni más largo ni más corto. Y ¿qué importa se acabe la vida con cualquier género de muerte, si al que muere no puede obligársele a que muera segunda vez, y, siendo manifiesto que a cada uno de los mortales le están amenazando innumerables muertes en las repetidas ocasiones que cada día se ofrecen en esta vida, mientras está incierto cuál de ella le ha de sobrevenir? Pregunto si es mejor sufrir una, muriendo, o temerlas todas, viviendo. No ignoro con cuánto temor elegimos antes el vivir largos años debajo del imperio de un continuado sobresalto y amenazas de tantas muertes, que muriendo de una, no temer en adelante ninguna; pero una cosa es lo que el sentido de la carne, como débil, rehúsa con temor, y otra lo que la razón bien ponderada y examinada convence. No debe tenerse por mala muerte aquella a que precedió buena vida, porque no hace mala a la muerte sino lo que a ésta sigue indefectiblemente; por esto los que necesariamente han de morir, no deben hacer caso de lo que les sucede en su muerte, sino del destino adonde se les fuerza marchar en muriendo. Sabiendo, pues, los cristianos, que fue mucho mejor la muerte del pobre siervo de Dios , ¿de qué inconveniente pudieron ser a los muertos que vivieron bien aquellos horrendos género de muertes con que fueron despedazados? CAPITULO XII De la sepultura de los cuerpos humanos, la cual, aunque se les deniegue, a los cristianos no les quita nada Pero dirán que, siendo tan crecido el número de los muertos, tampoco hubo lugar espacioso para sepultarlos. Respondo que la fe de los buenos no teme sufrir este infortunio, acordándose que tiene Dios prometido que ni las bestias que los comen y consumen han de ser parte para ofender a los cuerpos que han de resucitar, . Tampoco dijera la misma verdad por San Mateo , si fuese inconveniente para la vida futura todo cuanto los enemigos quisieran hacer de los cuerpos de los difuntos; a no ser que haya alguno tan necio que pretenda defender, no debemos temer antes de la muerte a los que matan el cuerpo, precisamente por el hecho de darle muerte, sino después de la muerte, porque no impidan la sepultura del cuerpo; luego es tanto lo que dice el mismo Cristo, que pueden matar el cuerpo y no más, si tienen facultad, para poder disponer tan absolutamente de los cuerpos muertos; pero Dios nos libre de imaginar ser incierto lo que dice la misma Verdad. Bien confesamos que estos homicidas obran seguramente por sí cuando quitan la vida, pues cuando ejecutan la misma acción en el cuerpo hay sentido; pero muerto ya el cuerpo, nada les queda que hacer, pues ya no hay sentido alguno que pueda padecer; no obstante, es cierto que a muchos cuerpos de los cristianos no les cubrió la tierra, así como lo es que no hubo persona alguna que pudiese apartarlos del, cielo y de la tierra, la cual llena con su divina presencia. Aquel mismo que sabe cómo ha de resucitar lo que crió. Y aunque por boca de su real profeta dice: ; mas lo dijo por exagerar la impiedad de los que lo hicieron, que no la infelicidad de los que la padecieron; porque, aunque estas acciones, a los ojos de los hombres, parezcan duras y terribles; pero a los del Señor ; y así, el disponer todas las cosas que se refieren al honor y utilidad del difunto, como son: cuidar del entierro, elegir la sepultura, preparar las exequias, funeral y pompa de ellas, más podemos caracterizarlas por consuelo de los vivos que por socorro de los muertos. Y si no, díganme qué provecho se sigue al impío de ser sepultado en un rico túmulo y que se le erija un precioso mausoleo, y les confesaré que al justo no perjudica ser sepultado en una pobre hoya o en ninguna. Famosas exequias fueron aquellas que la turba de sus siervos consagró a la memoria de su Señor, tan impío como poderoso, adornando su yerto cuerpo con holandas y púrpura; pero más magnificas fueron a los ojos de aquel gran Dios las que se hicieron al pobre Lázaro, llagado, por ministerio de los ángeles, quienes no le enterraron en un suntuoso sepulcro de mármol, sino que deposita- ron su cuerpo en el seno de Abraham. Los enemigos de nuestra santa religión se burlan de esta santa doctrina, contra quienes nos hemos encargado de la defensa de la Ciudad de Dios, y, con todo observamos que tampoco sus filósofos cuidaron de la sepultura de sus difuntos; antes, por el contrario, observamos que, en repetidas ocasiones, ejércitos enteros muertos por la patria no cuidaron de elegir lugar donde, después de muertos, fuesen sepultados, y menos, de que las bestias podrían devorarlos dejándolos desamparados en los campos; por esta razón pudieron felizmente decir los poetas: . Por esta misma razón no debieran baldonar a los cristianos sobre los cuerpos que quedaron sin sepultura, a quienes promete Dios la reformación de sus cuerpos, como de todos lo: miembros, renovándoselos en un momento con increíbles mejoras. CAPITULO XlII De la forma que tienen los Santos en sepultar los cuerpos No obstante lo que llevamos expuesto, decimos que no se deben menospreciar, ni arrojarse los cadáveres de los difuntos, especialmente los de los justos y fieles, de quienes se ha servido el, Espíritu Santo ; porque si los vestidos, anillos y otras alhajas de los padres, las estiman sobrema- nera sus hijos cuanto es mayor el respeto y afecto que les tuvieron, así también deben ser apreciados los propios cuerpos que les son aún más familiares y aún más inmediatos que ningún género de vestidura; pues éstas no son cosas que nos sirven para el adorno o defensa que exteriormente nos ponemos, sino que son parte de la misma naturaleza. Y así, vemos que los entierros de los antiguos justos se hicieron en su tiempo con mucha piedad, y que se celebraron sus exequias, y se proveyeron de sepultura, encargando en vida a sus hijos el modo con que debían sepultar o trasladar sus cuerpos. Tobías es celebrado por testimonio de un ángel de haber alcanzado la gracia y amistad de Dios ejercitando su piedad de enterrar los muertos. El mismo Señor, habiendo de resucitar al tercero día, celebró la buena obra de María Magdalena, y encargó se celebrase el haber derramado el ungüento precioso sobre Su Majestad, porque lo hizo para sepultarle; y en el Evangelio, hace honorífica mención San Juan de José de Arimatea y Nicodemus, que, bajaron de la cruz el santo cuerpo de Jesucristo, y procuraron con diligencia y reverencia amortajarle y enterrarle; sin embargo, no hemos de entender que las autoridades alegadas pretenden enseñar que hay algún sentido en los cuerpos muertos; por el contrario, nos significan que los, cuerpos de los muertos están, como todas las cosas, bajo la providencia de Dios, a quien agradan semejantes oficios de piedad, para confirmar la fe de la resurrección. Donde también aprendemos para nuestra salud cuán grande puede ser el premio y remuneración de las limosnas que distribuimos entre los vivos indigentes, pues a Dios no se le pasa por alto ni aun el pequeño oficio de sepultar los difuntos, que ejercemos con caridad y rectitud de ánimo, nos ha de proporcionar una recompensa muy superior a nuestro mérito. También debemos observar que cuanto ordenaron los santos Patriarcas sobre los enterramientos o traslaciones de los cuerpos quisieron lo tuviésemos presente como enunciado con espíritu profético; mas no hay causa para que nos detengamos en este punto; basta, pues, lo que va insinuado, y si las cosas que en este mundo son indispensables para sustentarse los vivos, como son comer y vestir, aunque nos falten con grave dolor nuestro, con todo, no disminuyen en los buenos la virtud de la paciencia ni destierran del corazón la piedad y religión, antes si, ejercitándola, la alientan y fecundizan en tanto grado; por lo mismo, las cosas precisas para los entierros y sepulturas de los difuntos, aun cuando faltasen, no harán míseros ni indigentes a los que están ya descansando en las moradas de los justos; y así cuando en el saco de Roma echaron de menos este beneficio los cuerpos cristianos, no fue culpa de los vivos, pues no pudieron ejecutar libremente esta obra piadosa, ni pena de los muertos, porque ya no podían sentirla. CAPITULO XIV Del cautiverio de los Santos, y cómo jamás les faltó el divino consuelo Sí dijesen que muchos cristianos fueron llevados en cautiverio, confieso que fue infortunio grande si, por acaso, los condujeron donde no hallasen a su Dios; mas, para templar esta calamidad, tenemos también en las sagradas letras grandes consuelos. Cautivos estuvieron los tres jóvenes, cautivo estuvo Daniel y otros profetas, y no les faltó Dios para su consuelo. Del mismo modo, tampoco desamparó a sus fieles en el tiempo de la tiranía y de la opresión de gente, aunque bárbara, humana, el mismo que no desamparó a su profeta ni aun en el vientre de la ballena. A pesar de la certeza de estos hechos, los incrédulos a quienes instruimos en estas saludables máximas intentan desacreditarlas, negándolas la fe que merecen, y, con todo, en sus falsos escritos creen que Arión Metimneo, famoso músico de cítara, habiéndose arrojado al mar, le recibió en sus espaldas un delfín y le sacó a tierra; pero replicarán que el suceso de Jonás es más increíble, y, sin duda, puede decirse que es más increíble, porque es más admirable, y más admirable, porque es más poderoso. CAPITULO XV De Régulo, en quien hay un ejemplo de que se debe sufrir el cautiverio aun voluntariamente por la religión, lo que no pudo aprovecharle por adorar a los dioses Los contrarios de nuestra religión tienen entre sus varones insignes un noble ejemplo de cómo debe sufrirse voluntariamente el cautiverio por causa de la religión. Marco Atilio Régulo, general del ejército romano, fue prisionero de los cartagineses, quienes teniendo por más interesante que los romanos les restituyesen los prisioneros, que ellos tenían que conservar los suyos, para tratar de este asunto enviaron a Roma a Régulo en compañía de sus embajadores, tomándole ante todas cosas juramento de qué si no se concluía favorablemente lo que pretendía la República, se volvería a Cartago. Vino a Roma Régulo, y en el Senado persuadió lo contrario, pareciéndole no convenía a los intereses de la República romana el trocar los prisioneros. Concluido este negocio, ninguno de los suyos le forzó a que volviese a poder de sus enemigos; pero no por eso dejó Régulo de cumplir su juramento. Llegado que fue a Cartago, y dada puntual razón de la resolución del Senado, resentidos los cartagineses, con exquisitos y horribles tormentos le quitaron la vida, porque metiéndole en un estrecho madero, donde por fuerza estuviese en pie, habiendo clavado en él por todas partes agudísimos puntas, de modo que no pudiese inclinarse a ningún lado sin que gravemente se lastimase, le mataron entre los demás tormentos con no dejarle morir naturalmente. Con ra- zón, pues, celebran la virtud, que fue mayor que la desventura, con ser tan grande; pero, sin embargo estos males le vaticinaban ya el juramento que había hecho por los dioses, quienes absolutamente prohibían ejecutar tales atrocidades en el género humano, como sostienen sus adoradores. Mas ahora pregunto: si esas falsas deidades, que eran reverenciadas de los hombres para que los hiciesen prósperos en la vida presente, quisieron o permitieron que al mismo que juró la verdad se le diesen tormentos tan acerbos, ¿qué providencia más dura pudieran tomar cuando estuvieran enojados con un perjuro? ,Pero, por cuanto creo que con este solo argumento no concluiré ni dejaré convencido lo uno ni lo otro, continúo así. Es cierto que Ré- gulo adoró y dio culto a los dioses, de modo que por la fe del juramento ni se quedó en su patria ni se retiró a otra parte, sino que quiso volverse a la prisión, donde había de ser maltratado de sus crueles enemigos; si pensó que esta acción tan heroica le importaba para esta vida, cuyo horrendo fin experimentó en sí mismo, sin duda, se engañaba; porque con su ejemplo nos dio un prudente documento de que los dioses nada contribuían para su felicidad temporal, pues adorándolos Régulo fue, sin embargo, vencido y preso, y porque no quiso hacer otra cosa, sino que cumplir exactamente lo que había jurado por los, falsos dioses, murió atormentado con un nuevo nunca visto y horrible género de muerte; pero si la religión de los dioses da después de esta vida la felicidad, como por premio, ¿por qué calumnian a los tiempos cristianos, diciendo que le vino a Roma aquella calamidad por haber dejado la religión de sus dioses? ¿Pues, acaso, reverenciándoles con tanto respeto, pudo ser tan infeliz como lo fue Régulo? Puede que acaso haya alguno que contra una verdad tan palpable se oponga todavía con tanto furor y extraordinaria ceguedad, que se atreva a defender que, generalmente, toda una ciudad que tributa culto a los dioses no puede serlo, porque de estos dioses es más a propósito el poder para conservar a muchos que a cada uno en particular, ya que la multitud consta de los particulares. Si confiesan que Régulo, en su cautiverio y corporales tormentos, pudo ser dichoso por la virtud del alma, búsquese antes la verdadera virtud con que pueda ser también feliz la ciudad, ya que la ciudad no es dichosa por una cosa y el hombre por otra, pues la ciudad no es otra cosa que muchos hombres unidos en sociedad para defender mutuamente sus derechos. No disputo aquí cuál fue la virtud de Régulo; basta por ahora decir que este famoso ejemplo les hace confesar, aunque no quieran, que no deben adorarse los dioses por los bienes corporales o por los acaecimientos que exteriormente sucedan al hombre, puesto que el mismo Régulo quiso más carecer de tantas dichas que ofe